Posteado por: Alejandro Villarreal | Domingo, marzo 15, 2009

Los Judíos por el P. Leonardo Castellani

Por Leonardo Castellani, escrito el viernes Santo de 1945

(Recopilación de tres escritos publicados por la revista “Cabildo” en 1945, y publicados en la obra “Decíamos Ayer” antología de Durañona Y Vedia sobre escritos del Padre Castellani en diversas publicaciones nacionalistas como Pampero, Crisol y otras)

La cuestión judía es un hecho entre nosotros: es perfectamente inútil y tonto cerrar los ojos ante ella. La enorme afluencia de israelitas a nuestra patria ha causado como en todas partes y en todos los tiempos la formación de ese núcleo cerrado y heterogéneo en medio de nosotros y la consiguiente reacción de fastidio y aversión llamada antisemitismo. El problema se complica con la existencia del capitalismo y el comunismo, dos fenómenos contrarios pero parientes en cuya formación han tenido una participación capital. Por último, el problema que siempre preocupó a los gobernantes se pone hoy al rojo vivo por las reacciones violentas y persecutorias de que Europa nos da ejemplo, y por la cantidad de resortes subterráneos de acción de que disponen hoy los judíos, gracias al poder del oro, en medio de la sociedad cristiana anemiada y desarmada por el liberalismo.

La solución integral y perfecta de este problema es sumamente difícil para el cristiano que debe conciliar la caridad para todos con la necesaria energía en la defensa de su vida y de lo que es más caro que su propia vida. Sin embargo, las líneas generales de la solución están dadas hace siglos por la Iglesia; y solamente por haberlas despreciado y flagrantemente quebrantado, el mundo de hoy se ha traído tantos enredos, y ha complicado las cosas en forma que parecen insolubles.

La Iglesia simplemente ha prohibido que se mate, se maltrate o se despoje a los judíos por el hecho de ser tales; y por otra parte ha mandado solemnemente por boca de muchos concilios y por las leyes de los grandes monarcas cristianos que los judíos no tengan esclavos cristianos y que vivan separados de los cristianos. Ninguna injusticia hay en esto, sino cumplir con lo que ellos mismos son y desean. Su Ley les manda esto mismo.

Al romperse por la Reforma la Cristiandad europea, las naciones perdieron la solución del problema judío y oscilaron sucesivamente hacia los dos extremos: los protestantes fueron más bien antisemitas, la Revolución Francesa fue filosemita. Los Reyes Protestantes persiguieron a los judíos, los gobernantes liberales les destrancaron los guettos y los introdujeron al interior del estado nacional cristiano, es decir, les permitieron prácticamente tener esclavos cristianos. Porque no nos hagamos ilusiones: los obreros del agro y la industria argentina y la masa bestializada que absorbe las novelas y los noticiarios de Radio Belgrano (pobre Belgrano) son verdaderos esclavos de Bunge y Born y de Yanquelevich; esclavos de la peor especie, porque no saben que lo son, y ni siquiera pueden desesperarse y degollar al tirano. Podrán matar al capataz, como lo hizo el pobre Gabrielli; el dueño maldito está muy lejos. Entierra a los dos argentinos y sigue embolsando su plata.

Indignémonos mucho, pero indignémonos bien. Indignarse mal es antisemitismo condenado por los Papas, o bien el gesto demente de Gabrielli. Indignárse bien es indignárse primero contra nosotros mismos.

Si no hubiésemos aflojado en nuestra fe y en nuestra tradición, los judíos no tendrían mano aquí. En una sociedad sólidamente cristiana, el judío es inofensivo. La debilidad nuestra es la potencia de ellos. Los judíos son como la hormiga colorada: una colmena fuerte no tiene temor de ella, son la ruina de las colmenas flojas.

Si sabemos castigar nuestros errores no habrá necesidad de deguellos de judíos, sin querer decir con esto que debemos ser zonzos con los errores de ellos. Si no sabemos castigar nuestros errores, los deguellos de los judíos no remediarán nada, sin contar que ellos nos degollarán primero; o nos harán degollar mejor dicho, porque la plata lo puede todo en un pueblo que pierde su fibra cristiana y cae en la idolatría del Becerro de Oro.

Cuando Caín mató a Abel le dijo Dios: “Andarás vagando por la tierra; pero ninguno matará a Caín porque quien mate a Caín tendrá castigo siete veces peor que Caín”. Caín era imagen del pueblo deicida, que mató a su inocente hermano el Cristo.

No hay más remedio que el guetto, las filacterias amarillas y la reconquista heroica (a fuerza de pobreza, valor e inteligencia) de la economía nacional de manos de la gran finanza extranjera, que es hoy por hoy el nido y el reducto del judaísmo.

A no ser antes se produzca otro acontecimiento inesperado, la llegada del “tiempo de las naciones”.

II

Nuestra nota anterior ha parecido a algunos demasiado beninga hacia los judíos, y a otros demasiado rigurosa. “No podemos volver a los tiempos de la Edad Media”. “En una ciudad moderna no se concibe un guetto”. “Si lo judíos son obligados a distinguirse de los cristianos, ¿dónde está la libertad?

En realidad esto es simplemente ayudar a los judíos a cumplir con su ley. Ni siquiera a ellos les conviene ser hombres sin ley. Todo hombre debe tener una ley, profesarla y confesarla, vivir y morir en ella sin avergonzarse de ella. La ley de Moisés prescribe formalmente a los judíos separarse de los otros pueblos y distinguirse de ellos hasta por el vestido. Si un judío quiere dejar la ley del Talmud y pasarse a la de Cristo, está espléndido. Pero si quiere jugar a dos manos, nadar entre dos aguas y tener dos fueros distintos, y apelar al que le conviene, entonces está muy mal, y es un tramposo, lo cual no le conviene a nadie.

Pero ¿porqué los judíos han de vivir separados? ¿No podrían ser como los italianos o los españoles?

Hacer dos mil años que no lo son ni lo pueden ser. Este es un misterio. La única explicación posible es una explicación teológica, válida sólo para el creyente, que vamos a indicar.

Los tres primeros Evangelistas, Mateo, Marcos y Lucas han dejado solenmemente consagrada en sus crónicas una profecía de Jesucristo en que amenaza a su pueblo recalcitrante con la destrucción de su capital Jerusalén y su dispersión por todas las naciones hasta el fin del mundo. Esta profecía no es más que la concreción asombrosamente detallada de una sorda amenaza que recorre todo el Antiguo Testamento y resuena claramente en el capítulo IX de la Profecía de Daniel, a la cual alude Jesucristo literalemente:

“Cuando veais en el lugar santo la abominación abominable, que dijo Daniel Profeta, sabed que la hora está cerca… Cuando veais a Jerusalén cercado por un ejército, sabed que su destrucción ya viene. Entonces los que están en Judea que huyan a la montaña, los que están adentro que salgan, los que están en provincia que no entren. Porque estos son los días de la venganza en que se cumplirá lo que está escrito. Habrá gran apertura en la tierra y furor sobre el pueblo éste. Y caerán a filo de espada, y serán llevados cautivos por todos los pueblos, y Jerusalén será hollada por las gentes, hasta que se cumplan los tiempos de las naciones…” (Luc. XXI,20).

Desde aquellas palabras hasta hoy, durante casi 2.000 años el mundo ha presenciado el espectáculo de un pueblo desparramado en medio de los otros pueblos, que no consigue asimilarse a los otros ni separarse de ellos para reunirse en una nación distinta. El historiador profano no puede explicar este hecho insólito y único; el fiel cristiano abre el Evangelio y lo encuentra retratado en la luz de la presciencia divina. No es verdad que el pueblo judío haya estado siempre disperso y haya sido siempre fastidioso parásito de los otros pueblos, como afirman los antisemitas; ni tampoco estará siempre disperso, sino solamente hasta que “se cumplan los tiempos de las otras naciones”. Cada nación tiene su tiempo y será irremisiblemente juzgada por Dios. Para Dios no hay naciones irremedibles.

La profecía de la dispersión de los judíos tiene su contraparte en la profecía de la rejunción, precursora del fin del mundo. Esta profecía está indicada por Jesucristo en una palabra, se halla también en el Antiguo Testamento y está desarrollada lujosamente por San Pablo en su carta a los Romanos.

“No quiero que ignoréis este misterio, hermanos; para que no seais sólo a vosotros sabíos.

“Que la ceguera de Israel parcial, sucedió hasta que el cúmulo de la gente entrara.

“Y así después todo Israel será salvo…”.

Se espanta San Pablo de la subimidad de los caminos de Dios y prosigue largamente su comparación del injerto del olivastro en el olivo, amonesta a los romanos convertidos que no se engrían del beneficio de la fe, que fue primeramente don de los judíos y lo será también al fin. La Iglesia ha tenido siempre como cosa de fe esta conversión terminal de los judíos en masa, que parece requerir como condición su rejuntamiento previo en un estado nacional judío.

Este rejuntamiento parece con ganas de realizarse hoy día: por una parte los judíos han puesto el pie en Palestina, por otra parte cunde en todas las naciones la propensión a expelerlos. La extraña historia de este pueblo parece un drama que está entrando hoy en su quinto acto:

Primer acto: elección conyugal por parte de Dios
Segundo acto: infidelidad y apostasía al rechazar al Mesías Ungido.
Tercer acto: cautividad entre las naciones.
Cuarto acto: falso intento de impía liberación proporcionada por el liberalismo.
Quinto acto: compulsión violenta por parte de las naciones a que sean de una vez un pueblo, lo cuál no pueden sin volverse a Dios, y sin “mirar hacia Aquel a quien clavaron”, como dijo el Profeta: “Videbunt in quem transfixerunt”.

Cuando Cristo estaba clavado en la Cruz, le dijeron los judíos: “Si bajas de la Cruz creeremos que eres el Hijo de Dios”. Jesucristo era realmente el Hijo de Dios y quería con toda el alma que su pueblo lo creyera. No podía someterse a sus condiciones, porque Dios no se somete jamás a nuestras condiciones, pues dejaría de ser Dios, que significa el Incondicionado. Entonces recogió el desafío y lo dio vuelta en esta forma: “Cuando vosotrois creais que yo soy el Hijo de Dios, entonces bajaré de la Cruz”. Y por eso cuando se produzca ese gran milagro de la gracia que será la restauración del pueblo judío y su conversión en masa a Cristo, el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia, acabará su Pasión y el cielo se abrirá en un inmenso grito para revelar al que ha de bajar de los cielos del mismo modo que subió a los cielos. Se acabará el tiempo de la Crucifixión y empezará el tiempo de la Resurrección.

Yo por ahora no tengo muchas ganas de verlo. Pero en realidad todos lo veremos, queramos o no queramos.

Y esto que he dicho que no tengo ganas de verlo, pensándolo bien, es falso.

Pero entretanto , como no sabemos cuándo será ese tiempo, hemos de ver en otra nota qué debemos hacer ahora.

III

El anitsemitismo es el odio ciego al judío por el hecho de ser judío. Sin necesidad que lo condene la Iglesia, el antisemitismo es abominable, y lo curioso es que también es natural. En el hombre caído todo lo natural que no se vuelve sobrenatural es abominable, por lo menos en el plano teológico, sobre todo cuando está más cerca del polo animal que del polo racionial: como el apetito sexual sin sacramento. Antisemitismo es propalar escandalosamente los crímenes de algunos judíos, como si entre los cristianos no hubiese criminales, tratantes de blancas incluso. Antisemitismo es achacar a los judíos todos los males de la época, para golpear el mea culpa en el lomo ajeno. Antisemitismo es envidiar las riquezas de los judíos. Antisemitismo es reprocharles sin misericordia, olvidando los propios defectos, sus defectos raciales, que a veces pueden ser hasta inculpables, y a veces son virtudes desarrapadas.

Antisemitismo es enfurecerse contra el reinado que presta al judío el ídolo Pluto, sin recordar que nuestros padres pusieron las condiciones de posibilidad de ese reinado, al rechazar, obedeciendo a la herejía liberal, el reinado de Cristo en la Argentina, que es la otra alternativa necesaria. Porque no hay más que dos señores, o Dios o las riquezas. No podeis servir a dos señores.

Nuestros padres comieron frua aceda y nosotros tenemos la dentera. Tenemos encima la carga inmensa de los pecados de nuestros padres, y esa carga nacional no podemos levantarla solos, necesitamos Dios y ayuda, porque está escrito: ¿Quién puede levantar pecados sino Dios solo? Por eso, por mucho que urja entre nosotros e problema judío, no podemos olvidar ni la justicia ni la caridad.

Los antisemitas argentinos no son malignos, la mayoría son buenos muchachos, el verdadero antisemita envenenado es raro entre nosotros. Pero es bueno describirlo de todos modos paemedicare potius quam curare, curarse en salud, como dicen.

El antisemita odia sobre todo al judío pobre, al judío mísero, grasiento y tacaño, que es justamente el que está llevando el peso de la maldición del Pretorio, y es por tanto presa de Dios. Está prohibido en la Escritura castigar a un hombre, aunque sea Caín mismo, a quien Dios está castigando: que sea presa de Dios. Maldito sea el que sobreimpone el yugo al buey que está llevando yugo. Está probado, por otra parte, que al judío rico, elegante y perfumado, con talegas, blasones o mando, el antisemita le da la mano, y hasta, si a mano viene, la mano de su hija; dándose también el caso, de que ese judío renegado ¡es antisemita!. Y paradoja mayor, el antisemita cristiano no se percata que a veces está odiando al judío por la misma razón con que Voltaire, por ejemplo, odiaba a judíos y cristianos; es decir, por una condición religiosa, por la marca que hay en él de divina, aunque sea la marca de la Justicia Divina. O sea que su odio de natural deviene diabólico (todo lo natural bajo la acción del pecado, puede volverse diabólico), odia sin saberlo la imagen de Cristo azotado.

No hay que olvidar que el judío lleva la sangre de Judas pero también la de Cristo, aunque la lleve sobre la cabeza. Hasta el fin del mundo en la raza judía estarán unidos Judas y Cristo. El beso es el signo unitivo por excelencia y el beso de Judas fue aceptado y devuelto por Cristo; y en el beso de Cristo no había odio, aunque sí estaba la Justicia Divina, que es peor que el odio del hombre. Mate un judío, dice el antisemita. Pero Dios dice: ¡Ay de aquél que mate a Caín, porque tendrá un castigo siete veces más grande que Caín! Porque Caín es la presa de Dios. Y esta es la gran dificultad de este problema: que no podemos tratar a Caín como él trató a Abel, pero tampoco podemos reconocerlo como hermano.

Todo esto y cuatro cosas más debe aprender el gobierno cristiano de la Argentina para poder resolver el problema judío; porque el problema judío se debe resolver. La pequeña levadura de la Diáspora arrojada por el confusionismo liberal en la triple harina de la sociedad cristiana, constituye el fermento de revolución y disgregación más activo que existe. Y al decir que el judío es un problema teológico, que no es totalmente solucionable por medidas civiles, mucho menos si son persecutorias e injustas, no significa que el gobernante cristiano se debe cruzar de brazos ante la confusión actual, que daña incluso a los judíos. Al contrario. La solución posible fue hallada por la Cristiandad y actuada eficazmente en otros tiempos, aunque debe ser reencontrada por los tiempos nuestros, porque la historia no es reversible. Esencialmente consistía en tres puntos:

1° Separación (guetto, antaño, hoy día imposible, mañana Estatuto Legal).

2° Prohibición de tener esclavos y discípulos cristianos (manumisión compensada antaño, hoy día jornaleros de Bunge Y Born y alumnas de Sansón Raskowski, mañana corporatismo cristiano).

3° Celo por convertirlos a la fe (ayer Chiesa Santa María in Peschería, hoy conversiones ficticias y poco sólidas, mañana conversión en masa de las reliquias de Israel ante la inminencia del Anticristo).

Pero estas tres cosas solamente obtendrán su efecto total si el mundo actual se convierte, es decir, si realmente hemos de ver nosotros, como predicen los teólogos, la sexta Iglesia del Apocalipsis que se llama Filadelfia, antes que vean nuestros nietos el fin del mundo.

En cuanto a mí, ¿cómo es que dice la difunta Vanguardia y el mal literato que firma Fray Gil, que odio a los judíos y estoy sublevado contra el Sumo Pontífice, si de todos los judíos que conozco uno sólo me resulta antipático; y soy incapaz de malagradecer jamás la digna hospitalidad parisiense de Raisa Maritain? Mal negocio para mí, que necesito de la Madre y de la Sangre de Cristo más que todos los argentinos juntos, dejarme tomar por el odio a la sangre de su madre. “Su madre le salía por todos lo poros y él parecía un matorral de rosas – El diluvio de azotes lo desollaba y había un charco enorme en las losas…”.

Los judíos judaicos escupieron al Cristo y lo siguen escupiendo. Pero los cristianos se deben guardar muy bien de escupir a los judíos; de miedo que el esputo encuentre la cara de la Virgen sin Mancilla, que está allí al pie de la Cruz, entre los verdugos, los lamentables hijos de su pueblo, ella, la Madre del Hombre Pecado, la Flor de la Raza Anatema.

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