Juan Calvino enseñó que las buenas obras eran parte de la vida de cada cristiano y la inevitable manifestación de una verdadera fe y justificación que salva

Título: Juan Calvino enseñó que las buenas obras eran parte de la vida de cada cristiano y la inevitable manifestación de una verdadera fe y justificación que salva.
Autor: Dave Armstrong.
Copyright by Dave Armstrong. All rights reserved.
Original en Inglés: John Calvin Taught That Good Works Are Part of Every Christian’s Life and the Inevitable Manifestation of a True Saving Faith and Justification.
Traducción: Alejandro Villarreal de Biblia y Tradición, 2008.

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Dietrich Bonhoeffer

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Dietrich Bonhoeffer en azul.

Juan Calvino en rojo.

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Dietrich Bonhoeffer, un protestante que consideró seriamente su conversión al catolicismo, escribió:

“Empiezo a creer que esta es una de las más peligrosas enseñanzas de la tradición de la Reforma Protestante, debido a que le da al pecado poca importancia, después de todo, si todos los pecados ya han sido perdonados, los pasados, presentes y futuros, y nada puede cambiar eso, entonces, ¿en dónde queda el temor de Dios en esa enseñanza?, ¿uno podría temer cometer pecados debido a que desagradaría a Dios, que es santo y justo, si por el contrario uno piensa que no hay pecado que pueda separarlo de Dios?, ¿No causa esta clase de creencia que se trate a Dios como si fuese un tapete para limpiarse los zapatos?… Esta actitud de ‘Cristo ha hecho todo por ti en el Calvario’ y ‘no se espera nada de los cristianos’, nada que ellos puedan o deban hacer para crecer en justicia y santidad, hace de nuestras vidas como creyentes en Cristo y nuestro testimonio para el mundo como velas iluminando en unas tinieblas que no tienen ningún impacto sobre nosotros. Si yo pienso que no se requiere nada de mí para continuar en la gracia de Dios, yo viviré sin orden ni concierto y no me importara ni un comino el vivir una vida buena y fiel a Cristo mi Señor”

Entiendo que la justificación ha sido formalmente separada de la santificación en la Reforma y las enseñanzas generales protestantes, y esto conduce a efectos letales, y es común que se distorsione y abuse en los círculos protestantes. He escrito bastante acerca de esto en mis escritos de apologética.

Sin embargo, también me causa mucha inquietud que somos engañosos con nuestros hermanos protestantes; el más erudito de los estudiosos y fundadores del protestantismo nunca enseñó y no enseña sobre la “gracia barata” (como la llama Bonhoeffer), no debemos juzgar a las corrientes del pensamiento por el peor de sus postulantes, sino por el mejor.

Yo mismo he documentado, ahora en mi libro también, cómo Martín Lutero insistía enérgicamente en la práctica de las buenas obras como una prueba de fe verdadera: Martín Lutero sobre la Santificación y la Absoluta Necesidad de las Buenas Obras como una Prueba de Auténtica Fe.

Juan Calvino enseña lo mismo, por ejemplo:

Aunque ya hemos enseñado en parte de qué manera la fe posee a Cristo, y mediante ella gozamos de sus bienes, sin embargo, quedaría oscuro si no añadiésemos la explicación de los efectos y frutos que los fieles experimentan en sí mismos.

No sin razón se compendia el Evangelio en el arrepentimiento y la remisión de los pecados. Por tanto, si dejamos a un lado estos dos puntos principales, todo cuanto se pueda tratar y discutir sobre la fe; será muy frío y de poca importancia, y casi del todo inútil. Mas como quiera que Jesucristo nos da ambas cosas;  a saber, la vida nueva y la fe reconciliación gratuita, y que ambas las obtenemos por la fe, la razón y el orden mismo de la exposición piden que comencemos a decir algo de lo uno y lo otro en este lugar.

Pasaremos, pues, de la fe al arrepentimiento, porque, entendido bien este artículo, sé verá mucho mejor cómo el hombre es justificado solamente por la fe y por pura misericordia, y cómo a pesar de todo, la santificación de la vida no se puede separar de la imputación gratuita de la justicia… Que el arrepentimiento no solamente sigue inmediatamente a la fe, sino que también nace y proviene de ella, es cosa indudable. (ver Calvino en Juan 1:13) Pues la remisión de los pecados nos es ofrecida por la predicación del Evangelio, para que el pecador, libre de la tiranía de Satanás, del yugo del pecado y de la miserable servidumbre de los vicios, pase al reino de Dios; por lo cual nadie puede abrazar la gracia del Evangelio sin apartarse de sus errores y su mala vida, ni poner todo el cuidado y diligencia en reformarse y enmendarse.

Los que piensan que el arrepentimiento precede a la fe y no, es producida por ella, como el fruto por su árbol, éstos jamás han sabido en qué consiste su propiedad y naturaleza, y se apoyan en un fundamento sin consistencia al pensar así. (Institutos de la Religión Cristiana, III, 3, 1 completo; énfasis añadido)

Porque si de veras participamos de su muerte, nuestro viejo hombre es crucificado por su poder y el cuerpo del pecado es muerto, para que la corrupción de nuestra naturaleza nunca más tenga ya fuerza ni vigor (Rom. 6,5-6). Y si participamos de su resurrección, somos resucitados por ella a nueva vida, según corresponde a la justicia de Dios… Mas esta restauración no se verifica en un momento, ni en un día, ni en un año; sino que Dios incesantemente va destruyendo en sus elegidos la corrupción de la carne, y poco a poco los purifica de sus impurezas, consagrándolos como templos en que El pueda habitar, restaurando todos sus sentidos con una verdadera pureza, para que durante toda su vida se ejerciten en el arrepentimiento y sepan que esta lucha no cesará hasta la muerte… siguiendo en ello a san Pablo, afirmo que la imagen de Dios es verdadera santidad y justicia; como si al definir una cosa no se deba buscar la misma perfección e integridad. Al afirmar que Dios restaura en nosotros su imagen, no niego que lo haga progresivamente; sino que según cada uno va adelantando, se acerca más a la semejanza de Dios, y que tanto más resplandece en él esa imagen de Dios(Op. Cit., III, 3, 9; énfasis añadido)

Ahora podemos comprender cuáles son los frutos del arrepentimiento; a saber, las obras de piedad o religión para con Dios, y las de caridad para con los hombres, y, en fin, la perpetúa santidad y pureza de vida. En resumen, cuanto mayor cuidado pone cada uno en conformar su vida con la regla de la ley divina, tanto mejores son las señales que da de penitencia. Por eso el Espíritu Santo, queriendo exhortarnos a la penitencia, unas veces nos propone todos los mandamientos de la Ley, otras lo que se prescribe en la segunda Tabla; aunque en otros lugares, después de haber condenado la impureza de la fuente del corazón, desciende luego a los testimonios externos del verdadero arrepentimiento. De esto expondré a los lectores luego una viva imagen, cuando describa cómo debe ser la verdadera vida cristiana.

No quiero acumular aquí los testimonios de los profetas, en los que se burlan de las vanidades de aquellos que se esfuerzan en aplacar a Dios con ceremonias, diciendo que eso no son más que juegos de niños; y en los que enseñan asimismo que la integridad exterior de nuestra vida no es lo principal que se requiere para el arrepentimiento, porque Dios tiene puestos sus ojos en el corazón. Cualquiera medianamente versado en la Escritura puede entender por si mismo y sin ayuda ajena, que cuando hay que tratar con Dios no se adelanta nada, si no comenzamos por el afecto interno del corazón. El pasaje de Joel ayuda a comprender los demás: “Rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos” (Jl. 2, 13) etc…Y lo mismo dicen claramente Las palabras de Santiago; “Pecadores, limpiad las manos; y vosotros los de doble ánimo, purificad vuestros corazones” (Sant. 4,8). Es verdad que en estas palabras primero se pone lo accesorio; pero luego se indica el principio y el manantial; a saber, que las impurezas ocultas se han de purificar para que en el mismo corazón pueda edificarse un altar en el cual ofrecer sacrificios a Dios.

Hay también algunos ejercicios externos de los que nos servimos como remedios para humillarnos, para dominar nuestra carne, o para atestiguar públicamente nuestro arrepentimiento. Todas estas cosas proceden de aquella venganza de que habla san Pablo (2 Cor. 7: 2, 11). Porque propio es de un corazón dolorido, gemir, llorar, no tenerse en nada, huir de la pompa y la ostentación, privarse de pasatiempos y deleites. Igualmente, el que siente de verdad cuán grande mal es la rebeldía de la carne, procura dominarla por todos los medios posibles. Y el que reflexiona bien cuán enorme pecado es transgredir la justicia de Dios, no logra tranquilizarse hasta que con su humildad da gloria a Dios. Los escritores antiguos mencionan con mucha frecuencia estas clases de ejercicios cuando hablan de los frutos del arrepentimiento. (Op. Cit., III, 3, 16; énfasis añadido)

Si es verdad, como evidentemente se ve, que todo el Evangelio consiste en estos dos puntos: el arrepentimiento y el perdón de los pecados, ¿no vemos que el Señor gratuitamente justifica a los suyos, para santificarlos y restaurarlos en la verdadera justicia?

Juan Bautista, que fue el mensajero enviado para preparar los caminos de Cristo (Mt. 11,10), resumía toda su predicación en estas palabras: “Arrepentíos, porque el reino de Dios se ha acercado” (Mt. 11:10; 3:2). Exhortando a los hombres a la penitencia, les aconsejaba que se reconociesen pecadores y confesasen que ellos y cuanto había en ellos era digno de condenación delante de Dios; y esto para que deseasen con todo el corazón la mortificación de su carne y un renacimiento en el Espíritu. (Op. Cit., II, 3, 19: énfasis añadidos)

En cuanto a que los santos muchas veces se confirman y consuelan trayendo a la memoria su inocencia e integridad, e incluso a veces no se abstienen de ensalzarla y engrandecerla, esto ocurre de una de estas dos maneras: o porque al comparar su buena causa con la mala de los impíos sienten la seguridad de la victoria, no tanto por el valor y estima de su justicia, cuanto porque así lo merece la iniquidad de sus enemigos; o bien, cuando reconociéndose a sí mismos delante de Dios sin compararse a los demás, reciben un cierto consuelo y confianza, que proviene de la buena conciencia que tienen.

Del primer modo trataremos más adelante (cap. 17, 14; cap. 20, 10). Resolvamos ahora brevemente el segundo, exponiendo cómo puede concordar y convenir con lo que anteriormente hemos dicho; a saber, que ante el juicio de Dios no hemos de apoyarnos en la confianza de ninguna clase de obras, y que de ningún modo debemos gloriamos de ellas.

Pues bien; la armonía entre ambas cosas está en que los santos, cuando se trata de establecer y fundar su salvación sin consideración alguna de sus obras, fijan sus ojos exclusivamente en la bondad de Dios. Y no solamente la miran fijamente por encima de todas las cosas como principio de su bienaventuranza, sino que, teniéndola por cumplimiento suyo, en ella reposan y descansan enteramente. Cuando la conciencia queda así fundada, levantada y confirmada, puede también fortalecerse con la consideración de las obras, en cuanto son testimonios de que Dios habita y reina en nosotros.

Por tanto, como quiera que esta confianza en las obras no tiene lugar basta que hemos puesto toda la confianza de nuestro corazón en la sola misericordia de Dios, esto de nada vale para poder afirmar que las obras justifican, o que por sí mismas pueden dar seguridad al hombre. Por eso cuando excluimos la confianza en las obras no queremos decir otra cosa, sino que el alma cristiana no debe poner sus ojos en el mérito de sus obras, como en un refugio de salvación, sino que debe reposar totalmente en la promesa gratuita de la justicia.

Sin embargo no le prohibimos que establezca y confirme esta fe con todas las señales y testimonios que siente de la benevolencia de Dios hacia ella. Porque si todos los beneficios que Dios nos ha hecho, cuando los repasamos en nuestra memoria, son a modo de destellos que proceden del rostro de Dios, con los que somos alumbrados para contemplar la inmensa luz de su bondad, con mayor razón las buenas obras de que nos ha dotado deben servimos para esto, ya que ellas muestran que el Espíritu de adopción nos ha sido otorgado. (Op. Cit., III, 14, 18 completo; énfasis añadido)

Por tanto, cuando los fieles sienten fortalecida su fe por una conciencia de plenitud y toman de ella motivo para regocijarse, no hacen otra cosa sino comprender por los frutos de su vocación que Dios los ha adoptado por hijos.

Lo que dice Salomón, que “en el temor de Jehová está la fuerte confianza” (Prov. 14,26), y el que los santos, para que Dios los oiga, usen algunas veces la afirmación de que han caminado delante de la presencia del Señor con integridad (Gn. 24,40; 2 Re. 20,3); todas estas cosas no valen para emplearlas como fundamento sobre el cual edificar la conciencia; sólo entonces, y no antes, valen, cuando se toman como indicios y efectos de la vocación de Dios. Porque el temor de Dios no es nunca tal que pueda dar una firme seguridad; y los santos comprenden muy bien que no tienen una plena perfección, sino que está aún mezclada con numerosas imperfecciones y reliquias de la carne. Mas como los frutos de la regeneración que en sí mismos contemplan les sirven de argumento y de prueba de que el Espíritu Santa reside en ellos, con esto se confirman y animan para esperar en todas sus necesidades el favor de Dios, viendo que en una cosa de tanta importancia lo experimentan como Padre. Pues bien, ni siquiera esto pueden hacer sin que primeramente hayan conocido la bondad de Dios, asegurándose de ella exclusivamente por la certidumbre de la promesa. (Op. Cit., III, 14, 19; énfasis añadido)

De hecho, Calvino expresamente condena esta doctrina cristiana corrompida sobre la salvación o soteriología en el pensamiento Anabaptista, que es de donde surgen principalmente la mayoría de los errores que observamos en la actualidad:

Algunos anabaptistas se imaginan no sé qué fantástico despropósito en lugar de la regeneración espiritual; a saber, que los hijos de Dios son ya ahora restituidos al estado de inocencia, que ya no es necesario preocuparse de refrenar los apetitos de la carne, sino que deben seguir únicamente al Espíritu como guía, bajo cuya dirección nadie puede jamás errar. Parecería cosa increíble que el hombre pudiera caer en semejante desvarío, si ellos públicamente y con todo descaro no hubiesen pregonado su doctrina, en verdad monstruosa. Mas es justo que el atrevimiento de los que de esta manera osan convertir en mentira la verdad de Dios, se vean de esta manera castigados por su blasfema audacia.

Yo les pregunto: ¿Hay que suprimir, por tanto, toda diferencia entre lo honesto y lo deshonesto, entre lo justo y lo injusto, entre lo bueno y lo malo, y entre la virtud y el vicio? Responden ellos que esta diferencia viene de la maldición del viejo hombre, de la cual nosotros quedamos libres por Cristo. Por ello ya no habrá diferencia alguna entre la verdad y la mentira, entre la impureza y la castidad, entre la sencillez y la astucia, entre la justicia y el robo. Dejad a un lado, dicen, todo vano temor; el Espíritu ninguna cosa mala os mandará hacer, con tal que sin temor alguno os dejéis guiar por Él.

El creyente recibe un espíritu de santificación y de pureza. ¿Quién no se asombrará al oír tan monstruosas doctrinas? Sin embargo, es una filosofía corriente entre los que, ciegos por el desenfreno de sus apetitos, han perdido todo juicio y sano entendimiento. Mas yo pregunto, ¿qué clase de Cristo se forja esta gente? ¿Y qué espíritu es el que nos proponen? Nosotros no conocemos más que a un Cristo y a su Espíritu, tal cual fue prometido por los profetas, y como el Evangelio nos asegura que se manifestó; y en él no vemos nada semejante a lo que éstos dicen. El Espíritu de la Escritura no es defensor del homicidio, de la fornicación, de la embriaguez, de la soberbia, de la indisciplina, de la avaricia, ni de engaños de ninguna clase; en cambio es autor del amor, la honestidad, la sobriedad, la modestia, la paz, la moderación y la verdad. No es un espíritu fantástico y frenético, inconsiderado, que a la ligera vaya de un lado a otro sin pensar si es bueno o malo; no incita al hombre a permitirse nada disoluto o desenfrenado; sino que, como hace diferencia entre lo lícito y lo ilícito, enseña al hombre discreción para seguir lo uno y evitar lo otro.

Más, ¿para qué me tomo la molestia de refutar esta disparatada sinrazón? El Espíritu del Señor no es para los cristianos una loca fantasía, que, forjada por ellos en sueños, o inventada por otros, la acepten; sino que con gran reverencia la reciben cual la describe la Escritura, en la cual se dicen de Él dos cosas: primero, que nos es dado para la santificación, a fin de que, purificados de nuestras inmundicias, nos guíe en la obediencia de la justicia divina; obediencia imposible de lograr, si no se domina y somete la concupiscencia, a la que éstos quieren dar rienda suelta. Lo segundo, que con su santificación quedamos limpios, de tal forma sin embargo, que quedan en nosotros muchos vicios y miserias mientras estamos encarcelados en este cuerpo mortal. De ahí viene que, estando nosotros tan lejos de la perfección, tenemos necesidad de esforzarnos siempre en hacer algún progreso, y también, como estamos enredados en los vicios, nos es necesario luchar con ellos de continuo.

De ahí se sigue también que, desechando la pereza, hemos de velar con gran cuidado y diligencia para que no nos asalten las traiciones y astucias de la carne; a no ser que pensemos que hemos adelantado en santidad más que el Apóstol, que se sentía molestado por el ángel de Satanás (2 Cor. 12,7-9), para que su poder fuese perfeccionado en la flaqueza, y que no hablase como de memoria al referir la lucha entre el espíritu y la carne, que sentía en su propia persona (Rom. 7,7 y ss.). (Op. Cit., III, 3, 14 completo; énfasis añadido)

De nuevo, Calvino desvanece las fantasías [Anabaptistas] de su soteriología, desvaríos que son retomados por algunos protestantes en la actualidad y que son mucho menos astutos y versados en la Biblia que Calvino y Lutero. En otro pasaje:

Con esto se puede refutar la gran desvergüenza de ciertos malvados, que calumniosamente nos acusan de que condenamos las buenas obras, y que apartamos a los hombres de las mismas, al decir que no son justificados por las obras, y que con ellas no merecen la salvación. En segundo lugar nos echan en cara que hacemos muy fácil y ancho el camino de la justicia al enseñar que la justicia consiste en que nuestros pecados sean gratuitamente perdonados; insisten en que con estos halagos atraemos al pecado a los hombres, quienes por si mismos están ya más inclinados de lo necesario a pecar. Estas calumnias digo que quedan refutadas con lo que ya hemos dicho; sin embargo responderé brevemente a ellas… Nos acusan de que por la justificación de la fe son destruidas las buenas obras… les duele sobremanera que las obras pierdan su valor por ensalzar tanto la fe. ¿Pero y si con esto resulta que quedan mucho más confirmadas y firmes? Porque nosotros no soñamos una fe vacía, desprovista de toda buena obra, ni concebimos tampoco una justificación que pueda existir sin ellas. La única diferencia está en que, admitiendo nosotros que la fe y las buenas obras están necesariamente unidas entre si y van a la par, sin embargo ponemos la justificación en la fe, y no en las obras. La razón de hacerlo así es muy fácil de ver, con tal que pongamos nuestros ojos en Cristo, al cual se dirige la fe, y de quien toma toda su fuerza y virtud. ¿Cuál es, pues, la razón de que seamos justificados por la fe? Sencillamente porque mediante ella alcanzamos la justicia de Cristo, por la cual únicamente somos reconciliados con Dios. Más no podemos alcanzar esta fe sin que juntamente con ella alcancemos también la santificación. Porque “él nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención” (1 Cor.1, 30).

Por lo tanto, Cristo no justifica a nadie sin que a la vez lo santifique. Porque estas gracias van siempre unidas, y no se pueden separar ni dividir, de tal manera que a quienes El ilumina con su sabiduría, los redime; a los que redime, los justifica; y a los que justifica, los santifica.

Mas como nuestra discusión versa solamente acerca de la justificación y la santificación, detengámonos en ellas. Y si bien distinguimos entre ellas, sin embargo Cristo contiene en si a ambas indivisiblemente. ¿Queremos, pues, alcanzar justicia en Cristo? Debemos primeramente poseer a Cristo. Más no lo podemos poseer sin ser hechos partícipes de su santificación; porque El no puede ser dividido en trozos. Así pues, como quiera que el Señor jamás nos concede gozar de estos beneficios y mercedes sino dándose a si mismo, nos concede a la vez ambas cosas, y jamás da la una separada de la otra. De esta manera se ve claramente cuán grande verdad es que no somos justificados sin obras, y no obstante, no somos justificados por las obras; porque en la participación de Cristo, en la cual consiste toda nuestra justicia, no menos se contiene la santificación que la justicia. (Op. Cit., III, 16, 1; énfasis añadido)

En tercer lugar, Calvino niega que la visión de su “Reforma” sea sobrepasada por la objeción a las observaciones de Santiago acerca de la fe y las obras. De nuevo muestra que aquellos que podrían consentir el pecado afirmando que ya están justificados, están en un error y son contrarios a su enseñanza:

Niego, pues, que lo que afirma Santiago, y que ellos tienen siempre en la boca, sirviéndose de ello como de un escudo fortísimo, sirva a su propósito lo más minino. Para aclarar esto es preciso ante todo considerar la intención del apóstol, y luego señalar en qué están ellos equivocados.

Como en aquel tiempo había muchos – y el demonio ha existido en la Iglesia desde entonces – que claramente dejaban ver su infidelidad menospreciando y no haciendo caso alguno de las obras que todos los fieles deben realizar, gloriándose a pesar de ello, falsamente, del título de fe, Santiago se burla en este texto de su loca confianza. Por tanto, su intención no es menoscabar de ningún modo la virtud y la fuerza de la verdadera fe, sino declarar cuán neciamente aquellos pedantes se gloriaban tanto de la mera apariencia de la fe, y satisfechos con ella, daban rienda suelta con toda tranquilidad a toda clase de vicios, dejándose llevar a una vida disoluta. (Op. Cit., III 17, 11; énfasis añadido)

Lutero y Calvino representaron la corriente principal, magisterial o clásica del pensamiento protestante en teología, ellos no enseñaron la “gracia barata” y no separaron por completo las obras de la fe, como si fuesen irreconciliablemente contrarias, en su lugar, enseñaron que están orgánicamente relacionadas, e incluso ellos separaron formalmente, de una forma abstracta, la santificación de la justificación, en términos de la salvación misma.

Por supuesto, muchos protestantes en la actualidad no parecen entender esto y enseñan algo distinto, y con razón están condenados por hacer eso, por la Escritura y también por Calvino y Lutero. Debemos se cuidadosos de no proyectar en Lutero o Calvino estas distorsiones de los protestantes actuales, ya que no tienen nada que ver con sus enseñanzas.

Se transcribió desde la versión en español de la Institución de la Religión Cristiana, de C. de Valera, en donde corresponde el texto de Calvino.

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