Las Maravillas en los Ojos de María

Título: Las Maravillas en los Ojos de María
Autor: R. P. Ángel Peña, O. A. R.
Fragmento tomado del libro ‘Las Maravillas de la Virgen de Guadalupe‘, pp. 21-25. Edición digital.

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Los Ojos de la Virgen. Fragmento de un programa del canal Infinito sobre la Virgen de Guadalupe, en el cual aparece el Dr. José Aste Tonsmann hablando sobre un asombroso descubrimiento en la tilma, el efecto de ‘Samson-Purkinje’ en los ojos de la Virgen de Guadalupe, es decir, la reflexión de imágenes en las córneas como si fuesen espejos.

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LAS MARAVILLAS EN LOS OJOS DE MARÍA

En 1929, e1 fotógrafo oficial de la basílica de Guadalupe, Alfonso Marcué, menciona que en el examen del negativo de la foto de la Virgen se nota en el ojo derecho la figura de un hombre con barba. El 5 de julio de 1938, Berthold von Stetten tomó las primeras fotografías a color de la imagen. El 29 de mayo de 1951, el fotógrafo José Carlos Chávez hizo el mismo descubrimiento que Alfonso Marcué. A partir de entonces, unos veinte oftalmólogos mexicanos examinaron la imagen, entre 1951 y 1960, y todos declararon unánimemente que los ojos de la Virgen se comportan como los ojos de una persona viva: al proyectar la luz de un oftalmoscopio sobre el ojo, el iris brilla más que el resto, no así la pupila, lo que da una sensación de profundidad, pareciendo que el iris fuera a contraerse de un momento a otro.

En una entrevista con el oftalmólogo doctor Rafael Torija Lavoignet, que fue el primero que descubrió en los ojos de la Virgen el efecto Purkinje-Samson, en julio de 1956, le preguntaron de qué color eran los ojos de la Virgen. Y respondió: verde amarillentos; tienen un verde cercano al marrón o al tono amarillento. El efecto Purkinje-Samson sólo se da en personas vivas o en fotografías, jamás en pinturas. Purkinje y Samson fueron dos investigadores del siglo XIX que descubrieron que dentro del ojo humano se forman tres imágenes del objeto que está viendo. En los ojos de la Virgen de Guadalupe se encuentra un conjunto de imágenes exactamente de acuerdo con las leyes que descubrieron dichos investigadores y que eran desconocidas en el siglo XVI. El oftalmólogo doctor Enrique Graue, en una entrevista con el periodista español J. J. Benítez, le dijo: Sobre los ojos comprobé varias cosas a cual más sorprendente. Por ejemplo, las imágenes que aparecen en el ojo derecho están perfectamente enfocadas. Las del izquierdo en cambio están desenfocadas. ¿Por qué? Pues muy sencillo: porque el ojo izquierdo de la Virgen estaba en aquellos instantes un poquito más atrás que el derecho, respecto a la persona o personas que estaba contemplando. Esos milímetros o centímetros de diferencia son más que suficientes como para que el objeto que se observa quede fuera de foco. ¿A qué pintor se le hubiera ocurrido una cosa así en el caso de que ese supuesto falsificador hubiera decidido colocar una miniatura en el interior de los ojos de la Señora? Allí en el ojo se ve claramente un hombre barbado. Lo curioso de los reflejos en los ojos de la Virgen de Guadalupe es que se presentan en la cara anterior de la córnea y en el cristalino. ¿A qué pintor se le hubiera ocurrido hacer algo así en el siglo XVI o XVII? Entonces no se había descubierto la triple imagen de Purkinje-Samson. Tomé el oftalmoscopio y lancé el haz de luz en el interior del ojo. Y quedé atónito: aquel ojo tenía y tiene profundidad. ¡Parece un ojo vivo! En el ojo derecho y en un espacio aproximado de cuatro milímetros se ve con claridad la figura de un hombre con barba. Ese reflejo se encuentra en la cara anterior de la córnea. Un poco más atrás, el mismo busto humano queda reflejado en las caras anterior y posterior del cristalino, siguiendo con total precisión las leyes de Samson-Purkinje. Ese fenómeno es lo que proporciona profundidad al ojo.

En el ojo izquierdo pude ver la misma figura humana, pero con una ligera deformación o desenfoque. Este detalle resulta muy significativo, porque concuerda plenamente con las leyes de la óptica. Sin duda, ese personaje se hallaba un poco más retirado del ojo izquierdo de la Virgen que del derecho. Lo que más me llamó la atención fue la luminosidad que se aprecia en la pupila. Uno pasa el haz de luz en los ojos de la Virgen de Guadalupe y ve cómo brilla el iris y cómo adquiere profundidad.

¡Es algo que emociona! Parecen los ojos de una persona viva y estando yo en una de aquellas experiencias con el oftalmoscopio, inconscientemente comenté en voz alta, dirigiéndome a la imagen: Por favor, mire hacia arriba.

El doctor Javier Torroella afirmó en un documento en 1976: Desde el punto de vista óptico y de acuerdo con la posición de la cabeza de la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe, la colocación de las figuras en cada ojo es la correcta (interna en el derecho y externa en el izquierdo). La figura del ojo izquierdo no se ve con claridad, porque para que en el ojo derecho se vea con nitidez el objeto debe estar colocado a unos 30 o 40 centímetros de él y, por lo tanto, queda a unos cuantos centímetros más lejos del izquierdo, lo suficiente para que quede fuera de foco y la figura se vea borrosa.

El doctor José Roberto Ahued dice: Llama la atención el hecho de sentir la exploración ocular de un ser vivo, aparecen los tres reflejos luminosos del ojo derecho más el del lado izquierdo, que guardan una proporción en distancia tan perfecta que encuadran fácilmente con los reflejos de Purkinje-Samson. Esto mismo dicen los oculistas que estudiaron el ojo de la imagen de la Virgen de Guadalupe como Eduardo Turati, Amado Jorge Kuri, Rafael Torija, Ismael Ugalde, A. Jaime Palacios, Guillermo Silva, Ernestina Zavaleta, etc. Pero lo más maravilloso fue lo descubierto por el doctor peruano José Aste Tönsmann en 1979, aumentando 2.500 veces los ojos de la imagen. Así pudo encontrar hasta 13 personas. Y, aumentando mil veces más los ojos del obispo, aparece claramente Juan Diego en el acto de mostrar su tilma al obispo. ¿Quién podría haber pintado en miniatura en los 7 a 8 mm. de espacio de los ojos de la imagen tantas personas que no pueden apreciarse a simple vista y que sólo pudieron descubrirse en el siglo XX? Además, están pintados con la correspondiente perspectiva en ambos ojos. El doctor Tönsmann ha descubierto lo siguiente: Un indio sentado con la cabeza ligeramente levantada y como mirando hacia arriba. Está sentado y su pierna izquierda aparece extendida sobre el piso. Se trata de una postura muy común entre las personas que no usaban sillas. Tiene sus manos en una actitud parecida a la de una persona que reza y, evidentemente, está casi desnudo. Las formidables ampliaciones de los ordenadores han permitido descubrir otros detalles muy interesantes. Por ejemplo: la sandalia o huarache en el pie izquierdo. Se observa la correa que lo sujetaba y cuyo ancho es de apenas unos 120 micrones. A pesar del pequeñísimo espacio que ocupa el indio sentado en la tilma, los detalles son de una precisión asombrosa. En la oreja derecha del indio se aprecia un aro o quizá una arrancada (arete) que le atraviesa el lóbulo. Su grosor es apenas 10 micrones en la tilma.

También aparece un hombre barbudo. Está en actitud contemplativa. Parece ensimismado por algo. El hecho de que esté agarrando o acariciando su barba con la mano derecha, corrobora esta teoría sobre una posible actitud de concentración y sumo interés. En su mano derecha, el dedo pulgar está escondido en el interior de la barba. Dice Tönsmann: Aparece el anciano (obispo) que fue uno de mis descubrimientos más interesantes. Pasé horas contemplando aquella nueva imagen tratando de recordar dónde había visto yo antes algo parecido. Hasta que un día recordé que se trataba un famoso cuadro de Miguel Cabrera, pintado en el siglo XVIII, y en el que se ve al primer obispo de la Nueva España fray Juan de Zumárraga, arrodillado y mirando la imagen que había aparecido en la tilma de Juan Diego. La cabeza del obispo era muy parecida a la que yo acababa de descubrir con las computadoras… El pelo guarda la clásica forma de la tonsura de algunas Órdenes religiosas. Los franciscanos, precisamente, lucían entonces ese cerquillo alrededor del cráneo. La nariz es recta y grande y sus arcos superciliares muy salientes. Está mirando hacia abajo y, sobre su mejilla, parece rodar una lágrima… Su barba, perfectamente cana, es espléndida. Indudablemente, se refiere a la cabeza del obispo Juan de Zumárraga. Tiene mucho parecido con el retrato que le hicieron en 1548, el año de su muerte, para el hospital del Amor de Dios, fundado por él. Este retrato se conserva en el Museo Nacional de historia del castillo de Chapultepec, en la ciudad de México. Este cuadro fue copiado después por Miguel Cabrera. Pero hay más personajes. Se ve un individuo con una especie de sombrero con aspecto de indio. Se trata de un hombre de edad madura. Tiene pómulos muy salientes y nariz aguileña, escasa barba y bigote, pegado a la cara. Ampliaciones del ordenador nos muestran un sombrero en forma de cucurucho de uso corriente entre los indios, según los entendidos en la materia. Pero lo que hace más interesante a esta figura es el ayate que, al parecer, lleva anudado al cuello. El brazo derecho del indio se encuentra extendido bajo dicha tilma como mostrándola en dirección al lugar donde se halla el anciano. Los labios del indio, aparecen entreabiertos. Uno termina por deducir que se trata de Juan Diego. También aparece una mujer negra, quizás el personaje más retirado. Está de frente y sus ojos llaman poderosamente la atención. Son muy intensos y expresivos. Tiene rasgos negroides, nariz achatada y la tez oscura y labios muy gruesos. Esto se ha comprobado, porque en el archivo general de las Indias de Sevilla se ha encontrado el testamento del obispo Zumárraga y en él se habla de María, una sirvienta o esclava negra a quien le da la libertad. También aparece el llamado traductor. Se encuentra inmediatamente a la izquierda de la cara del anciano y parece un hombre joven. Es muy notable la naturalidad de las expresiones de ambas caras. Históricamente, está comprobado que el padre Juan González fue su traductor.

Y sigue diciendo el doctor Tönsmann: En el ojo izquierdo y en pleno centro descubrí lo que podríamos llamar un grupo familiar indígena. Allí había una mujer muy joven, un hombre con un sombrero y unos niños que parecen controlados por la joven. Y, por último, otra pareja que contempla la escena. La presencia de un grupo familiar en ambos ojos de la Señora de Guadalupe es, desde mi punto de vista, la más importante de las imágenes. Como hemos visto, el conjunto corresponde a una escena diferente a la propia estampación, su ubicación precisamente en las pupilas de la Virgen, es decir, en la parte más importante de sus ojos y en la dirección en que debieron haber caído las flores que llevó Juan Diego al obispo, parece manifestar esa intención. El mensaje dirigido al mundo contemporáneo vendría a ser el anuncio de que María tiene a la familia en su mirada compasiva, en la niña de sus ojos. Una invitación a defenderla con todas las fuerzas. También se puede afirmar que en las córneas aparecen reflejadas personas de diferentes razas: blancos, indios y una mujer negra, cuyo significado podría ser la igualdad de todas las razas ante Dios. Quizá el personaje más claro es la mujer indígena. Presenta unos rasgos muy finos y luce un tocado o sombrero rematado en su parte superior por un adorno circular. A su espalda aparece un bebé sostenido por el rebozo, tal y como aún acostumbran a llevar a sus hijos muchas indias. Evidentemente, es imposible explicar por medios naturales la presencia de estos minúsculos retratos; por lo que, aceptando como un hecho sobrenatural la estampación de la imagen de la Virgen de Guadalupe, me atrevo a sostener que en el momento en que Juan Diego fue recibido por Zumárraga, la Virgen María se encontraba presente, invisible para los que allí estaban, pero viendo toda la escena y, por tanto, teniendo reflejadas en sus ojos las imágenes de todos los asistentes, incluyendo al propio Juan Diego. Cuando se desplegó la tilma y cayeron las flores, la imagen de Nuestra Señora se grabó en ella tal como estaba en ese instante, es decir, llevando en sus ojos el reflejo de todo el grupo de personas que observaba ese histórico suceso.

De esta manera, la Virgen quiso dejarnos una fotografía celestial de su estampación milagrosa en el ayate de Juan Diego. Comportamiento coincidente con el que hubiéramos sugerido en nuestros días para aceptar el prodigio: presentar una fotografía del hecho, que es, en definitiva, lo que nos ha proporcionado.

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