Mediación Universal de María

Exposición del Excelentísimo Sr. Dr. D. Pascual Díaz y Barreto, S. J., Arzobispo Primado de México de 1929 a 1936, pronunciado durante el Congreso Nacional Guadalupano de 1931.
GRECA

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Excmo. Sr. Dr. D. Pascual Diaz y Barreto, S. J.

Excmo. Sr. Dr. D. Pascual Díaz y Barreto, S. J.

I.

En la cima del desmedrado cerrillo, bañado por los primeros resplandores del sol naciente, al amanecer del 9 de diciembre de 1531, parecía a Juan Diego oír un cantar, “semejaba el canto de varios pájaros preciosos; callaban a ratos las voces de los cantores, y parecía que el monte les respondía. Su canto, muy suave y deleitoso, sobrepujaba al del “coyotótotl” y del “tzinnizcan”, de otros pájaros lindos que cantaban…” Cuando el canto cesó, oyó el indio “que le llamaban y cuando llegó a la cumbre vio a una Señora, que estaba allí de pie y que le dijo que se acercara”. Entre otras cosas que aquella celestial Señora dijo al dichoso indio, oyeron sus oídos estas palabras de María: “Deseo vivamente que se me erija aquí un templo, para en él mostrar todo mi amor y compasión, auxilio y defensa, pues yo soy vuestra piadosa madre, a ti, a todos vosotros juntos los moradores de esta tierra, y a los demás amadores míos que me invoquen y en mi confíen: para oír aquí sus lamentos, y remediar todas sus miserias, penas y dolores”. Estas son las candorosa palabras que en la vetusta narración del prodigio Guadalupano nos conservan, con todo el aroma delicado de lo que aquella mañana pasó en Tepeyácac, el intento amoroso de la Madre de Dios.

Encontramos en las palabras de María, no sólo la ternura exquisita de la más tierna y amorosa de las madres: “Yo soy vuestra piadosa madre”; no sólo el amor de predilección que quiso dispensar a México: “Para en el (en el templo que deseaba se le construyera) mostrar y dar todo mi amor… a ti, a todos vosotros juntos, los moradores de esta tierra”; sino también sus designios, mejor dicho los designios amorosísimos de Dios, al señalar a su Madre un papel y oficio y misión especial y regaladísima sobre todos los hombres; por esto, a mi entender, prosiguió la Reina de los cielos: “Y a todos los demás amadores míos que me busquen e invoquen y en mi confíen”.

Maternidad divina de María que lleva consigo en el plan de Dios la maternidad espiritual de la Santísima Virgen con relación a todos los hombres; maternidad espiritual de María que entraña la mediación universal de Madre de Dios; mediación universal que se extiende a todos los hombres, y cuya esfera de acción son todas nuestras necesidades, las cuales remediadas por un don de Dios, es decir, en un sentido o en otro por una gracia, lleva al conocimiento de que la esfera de acción de esa mediación, universal en cuanto a los individuos, es también universal en cuanto a todas las gracias.

Ocioso parece insistir en la actualidad del suavísimo tema: los pueblos todos de la tierra levantan sus voces al sumo Pontífice desde hace varios lustros para pedir la definición dogmática de la Mediación universal de la Madre de Dios; los teólogos se esfuerzan cada vez con mayor ahínco en hacer ver que en el depósito de la revelación está contenido el privilegio gloriosísimo e inaudito de la Mediación universal; los prelados de numerosísimas diócesis juntan sus voces a las del pueblo cristiano; los mismos Sumos Pontífices, cada vez con más claridad, con más amor, con mayor ternura, con mayor confianza, de la manera más elocuente, contestan que si, que María es nuestra Medianera, que el pueblo cristiano hace bien en mirarla como su refugio y amparo, que los prelados y maestros hacen bien en fomentar ese nuevo brote de devoción, que los teólogos no van errados al buscar las pruebas de que en el depósito de la revelación está contenido el privilegio de María.

No podría celebrarse el presente Congreso Mariano, en honra y gloria de Nuestra Señora de Guadalupe, Madre verdadera de Dios verdadero; sin que llamara nuestra atención lo que tan de relieve pone la Virgen Santísima; su Mediación universal. Por esto es preciso que tratemos de ella.

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II.

Las palabras de María en el Tepeyac elevan el espíritu cristiano para ver en la cumbre de los cielos al Redentor del mundo derramando su sangre por la salvación de los pueblos todos de la tierra; en la tierra y en un lugar concreto de ella, a un pueblo, entonces hundido en las tinieblas de un paganismo repugnante y sanguinario, y hasta entonces como olvidado y abandonado de todos; en medio de ese pueblo y de ese Redentor, como si fuera el canal por donde las aguas de la gracia habían de bajar, como si fuera la nube gloriosísima que mitigara un poco los resplandores infinitos del sol de justicia para que los ojos enfermos de ese pueblo pudieran resistir tanta luz y tan asombrosa claridad, como si fuera la tabla de salvación arrojada en medio de ése naufragio moral para que los pobres náufragos se salvaran: está la Madre de Dios, revestida con el ropaje propio de Nuestra Señora de Guadalupe. Nos encontramos en el Tepeyácac el cuadro completo de la Redención, concretado, sensibilizado, aplicado a un caso particular, y en perfecta armonía con el fondo mismo del dogma cristiano y del plan providencial de Dios. Así es; detrás de este cuadro de gloria y de ternura, cualquiera que haya profundizado en las enseñanzas de la Teología, y esté familiarizado con la interpretación de las Escrituras y haya de solazar su ánimo gastado, sus días y sus noches con la lectura de las obras de los Padres de la Iglesia, que conozca a fondo las enseñanzas de nuestros grandes teólogos, y se haya puesto en contacto con el instinto de piedad del pueblo cristiano; no podrá menos que ver aparecer otro cuadro triste y lamentable, pero que tiene también su aspecto de gloria de ternura. Para derrocar al hombre y hacer de la tierra una antesala del infierno, quiere el enemigo de la humana naturaleza, después de haber arrastrado en su caída a una multitud de ángeles, rebeldes y soberbios como él, arrastrar al género humano en el camino de la perdición, valiéndose de la mujer. Un ángel que engaña, una mujer que incita y coopera al pecado, un hombre que pierde para sí y para los suyos todos los tesoros de orden sobrenatural y perfectamente gratuitos que Dios había concedido al género humano. Y Dios ordenando lo desordenado, sacando mayores bienes de los males que el abuso de la libertad había introducido en el plan de la Providencia: Dios descubriendo tesoros no soñados de sabiduría y de amor y de providencia infinita, formando un nuevo plan en el que el levantamiento y exaltación de sus criaturas racionales fuera paso a paso desandando el camino trazado por el tentador y recorrido por Eva y por Adán, al precipitarnos en la caída. En vez del Príncipe de este mundo, el Señor del universo; en vez de la mujer que incita y coopera al pecado, otra mujer que dedica toda su persona y su actividad y su vida a la grandiosa obra de la Redención; en vez del hombre rebelde al mandato de Dios, el hombre obediente hasta la muerte y muerte de cruz.

Sería imposible recorrer esta noche los acentos dulcísimos y uniformes de la tradición cristiana: los Padres de los tres primeros siglos enseñan constante y unánimemente que el papel de María en la obra de Jesucristo fue el mismo que tuvo la desgracia de desempeñar Eva en la funesta obra de Adán. Los Padres de los siglos IV y V, y los posteriores, se fijan más en el Calvario, realización de la promesa del Génesis, y en el Calvario ven un árbol que sustituye al del paraíso: la cruz del Redentor; un hombre que obedece en vez del desobediente Adán: el Redentor; una mujer que lleva a ese hombre a la cruz y lo inmola y con él se inmola, como Eva había llevado a Adán al árbol de la ciencia del bien y del mal, y lo había ligado con el deleite pecaminoso de gozar su fruto, y con él lo había gustado. Las voces del oriente y occidente son unánimes y constantes los mismos acentos se repiten a través de todos los siglos. Junto con Justino y Tertuliano, Policarpo el discípulo de Juan; Cirilo de Jerusalén, San Efrén, Epifanio, el Crisóstomo, Gregorio el Taumaturgo, forman un coro magistral que resuena en las plácidas y misteriosas tierras orientales, y que es contestado, como en la antiestrofa del coro de una tragedia griega, por las voces de Jerónimo, de Agustín, de Pedro Crisólogo, de Bernardo, y de la multitud de teólogos y predicadores que en la sucesión de los siglos les siguieron. María desempeña para salvarnos el papel que Eva desempeño para perdernos, y ese papel fue dado en el plan de Dios para levantar al hombre, el de cooperadora imprescindible, es decir, el de Medianera propiamente tal.

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III.

En ese papel de “Nueva Eva”, asignado providencialmente a María en el plan de la Redención, encuéntranse contenidos conceptos importantísimos para la materia que estamos tratando: es el primero el que la nueva Eva debía ser la Madre del Redentor. Y no creemos necesario insistir en este punto, ya que durante el año varias veces se ha tratado de él, a propósito del centenario del Concilio de Éfeso. Ello, por lo demás, no puede ofrecer dificultad alguna.

El segundo concepto importantísimo, es el que la Madre del Redentor debía cooperar a la obra de la Redención.

Conviene en este punto y para dar a nuestra exposición toda la claridad que requiere y que esté a nuestro alcance darle, el que nos concretemos al concepto mismo de cooperación. No queremos tratar, pues, del mérito, que ordinariamente va junto con la cooperación: queremos limitarnos al concepto mismo de cooperación. La Madre del Redentor cooperó, y de distintas maneras, a la obra de la Redención y esta cooperación nos la enseñan a la par las Sagradas Escrituras, la tradición cristiana, el magisterio ordinario de la Iglesia y aún el mismo sentir de los fieles.

Tuvo María cooperación física, aunque mediata, en la obra de la Redención, ya que por ella tuvimos al Redentor; ésta cooperación física consistió en el hecho de engendrar y ser la Madre verdadera del Redentor. Tuvo María cooperación, en el orden de causalidad moral, en la obra de la Redención; y ésta cooperación que si no produce físicamente el efecto, no por eso deja de ser con toda propiedad alguna “causalidad” la tuvo María, así por su consentimiento expreso al aceptar voluntariamente y libremente el papel que le asignaba la providencia divina, como por su participación libre y espontánea en el sacrificio del Redentor, estando a él unida por la fe y la compasión.

Ven los Padres de la Iglesia en el misterio de la Encarnación las nupcias de la Naturaleza divina con la humana, y la Naturaleza humana venía representada por María, como si ella fuera la esposa que debe dar su consentimiento, y lo da no sólo en su nombre, sino en nombre de todos los hijos de Adán. Interminables seríamos si uno tras otro enumeramos los testimonios de los Padres, de los teólogos, de los predicadores, explicando estos conceptos grandiosos, que forman el fondo mismo de las enseñanzas de la Iglesia sobre el misterio de la Encarnación, en cuanto éste se refiere a la Redención del hombre por Jesucristo. Agustín y Gregorio el Grande, San Ildefonso y San Bernardo, Dionisio el Cartusiano, Santo Tomás y las obras de muchos teólogos insignes, todos ellos inculcan esta verdad, y fijándose en la unión de Cristo con la Iglesia, vienen a explicar y comentar lo que ya enseñaba San Pablo en los versículos 31 y siguientes del capítulo quinto de la carta a los fieles de Éfeso.

No se detienen aquí las enseñanzas de la Iglesia, siguen adelante, y ven la conveniencia del consentimiento prestado por María, para que se realice el plan de Dios: tener en el curso de nuestra Reparación la participación consentimiento de la mujer, de la misma manera que se dio el consentimiento y cooperación de la mujer en el hecho de la caída, es la idea inculcada por el Crisóstomo y desarrollada magistralmente por Bossuet.

Pero cuando el amor entusiasmado de los Padres de la Iglesia sube de punto, y no encuentran ellos palabras para glorificar a María y mostrarle un agradecimiento sin límites, es cuando nos enseñan que ella, libre y espontáneamente, con pleno conocimiento de causa, al dar su consentimiento, ese consentimiento que esperaban los cielos y la tierra para que se realizara el ministerio de la Encarnación; lo daba queriendo y pretendiendo la salvación de todos los hombres. Conmovedoras son las palabras de Bernardo de Claraval, de Pedro Crisólogo, de Ireneo. Teólogos y apologistas, ¿qué más? Aún uno que otro de los escritores protestantes, no pueden menos de ver la luz clarísima de la tradición cristiana, y juntarse ocasionalmente al coro de la Iglesia para proclamar la cooperación de María en la obra de nuestra Redención.

Pasan los Padres de las consideraciones relativas al misterio de la Encarnación, a la explicación de dos pasajes de nuestros Libros Sagrados. La presentación del divino Niño en el Templo de Jerusalén, y el sacrificio de Jesús en el Calvario. En uno y otro ven, y no podía menos de verse, a María cooperando, con su libre consentimiento y su libre voluntad a la obra de Jesús. Si Jesús se ofrece como el primogénito esperado durante tantos siglos por el Padre celestial, para reparar los pecados de su pueblo, María es la que lo lleva al Templo, María es la que lo ofrece, María es la que junta su voluntad con la del primogénito ofrecido, María es la que al recibirlo de brazos del sacerdote, mira en El lo que ya era entonces Jesús, la víctima real y verdaderamente aceptada por el Padre para la Redención del mundo. Y por esto sube María con Jesús al Calvario: por esto atraviesa su alma la espada profetizada por Simeón, por esto está de pie al pie de la Cruz, inmolando a su Hijo, y uniéndose con su Hijo. Si en la literatura cristiana, así antigua como moderna, hay algo claro y repetido, es la actitud y la significación que tenía María en el Calvario, sobre todo después del siglo V, en el que, concretándose con mayor claridad las ideas, enseñan los Padres y los comentaristas con toda precisión que no era a Juan solo, sino a todo el género humano, a quien Jesús decía: “He allí a tu madre”, porque, aquella Señora había desempeñado el papel de madre de todos los redimidos, por su cooperación a la obra de la Redención.

La Nueva Eva, pues, coopera a la Redención, lo cual quiere decir que tuvo papel y oficio de verdadera causa en la obra de nuestra Redención, es decir, que es con toda propiedad medianera, así como con toda propiedad es nuestro Medianero, Jesucristo Nuestro Señor.

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IV.

Si junto con Cristo, si dependientemente de Cristo, si apoyada en Cristo, si subordinada a Cristo, pero real y verdaderamente, María coopera a la obra de nuestra Redención; su misión y su influencia no se limita a esto, sigue en la sucesión de los siglos, así como en la sucesión de los siglos sigue la eficacia de la obra redentora de Jesús. Al aplicarse a cada uno de los redimidos la obra de la Redención, es a saber, al participar de hecho cada uno de los hombres de la obra redentora; María tiene así mismo su papel y su oficio. Y así como junto a Cristo ejecuta la obra de la Redención, así junto con Cristo y subordinada a Cristo, aplica la obra de la Redención, es decir, de la gracia y todas las gracias.

Consultemos las liturgias, los libros de los oradores y ascetas, los ternísimos sermones de Bernardo, las efusiones encendidas de Buenaventura, las elucubraciones de Dionisio el Cartujo, los arranques místicos de Gerson, los ardorosos y encendidos párrafos de Bernardino de Sena, los tratados solidísimos de Antonio de Florencia o de Alberto Magno, los documentos oficiales de los Sumos Pontífices: repetidas sin interrupción vemos la misma idea, que llena el alma de confianza y de júbilo al mismo tiempo: “La voluntad de Dios es que todo, absolutamente todo, nos venga por medio de María”. Y al repetirlo en estos momentos, brillan, como rayos dulcísimos de sol primaveral en mi memoria, las palabras de Cirilo de Alejandría, las series encantadoras de lo que se llama las salutaciones, o las “Aves”, las enseñanzas de Germán, el patriarca de Constantinopla, lo que predicaba Andrés de Creta y Teodoro Sturdita y el Damasceno. Y estas palabras viene a confirmarlas el hecho de que en realidad todo nos viene de María y por María. No podremos resistir al deseo de citar palabras solemnísimas y autorizadísimas, las de Nuestro Santísimo Padre, el Papa León XIII, quien en su encíclica “Jucunda semper”, sobre el Rosario, toma y hace suyas las palabras que Bernardino de Sena aprendió de San Bernardo: “Toda gracia comunicada a este siglo nos viene por medio de una triple procesión: de Dios a Cristo, de Cristo a la Virgen, de la Virgen a nosotros”. Y León XIII no hacía sino seguir las enseñanzas de Pío IX, y Pío IX no hacía sino repetir lo que durante todos los siglos anteriores habían cantado la Iglesia de oriente y la Iglesia de occidente, y la Iglesia de oriente y occidente no hacían sino manifestar el consentimiento unánime del pueblo cristiano y de sus Pastores y maestros, es decir, expresar un sentimiento común guiado, según la promesa de Jesucristo, por el Espíritu de Verdad, que no puede guiar a la Iglesia de Jesucristo sino a la verdad, y que tiene la misión de guiarla única y exclusivamente a la verdad.

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V.

No nos parece prudente ni necesario fatigar vuestra atención en determinados aspectos que más bien pertenecen a una discusión e investigación teológica. Quédese para los teólogos la faena dulcísima de encontrar las armonías de este con los demás dogmas de la fe, la confirmación de esas armonías y el fundamento de ellas, en las Escrituras y en los Padres. Quédese para nosotros la persuasión de que en la tradición cristiana, resumida admirablemente en las encíclicas de los últimos Pontífices, Pío IX, León XIII, Pío X, Benedicto XV, se encuentra claramente contenido, suficientemente precisado, admirablemente expuesto, amorosamente repetido, el que María es la Medianera Universal de todos los hombres.

Por esto, os decíamos al principio, que en las Apariciones de Nuestra Madre Santísima de Guadalupe, nos veíamos una aplicación a un caso concreto, del plan grandioso de la Redención. Para salvar a un pueblo, para hacerlo participante de la Redención de Jesús, para hacer escudo y sostén y ayuda y consuelo y remedio e intercesora; aparece la que en el plan de la Providencia tiene el papel de Intercesora y Medianera Universal, y para que ese pueblo aprenda con la facilidad con que aprende el niño pequeñito y tiene de labios de su madre las verdades primeras más necesarias para la vida; María dice en concreto, con requiebros de madre, con ternura inefable que enciende el corazón, con arrullos encantadores, con delicias del cielo: “no temas, porque la Madre de Dios que soy yo, es también tu Madre, y como Madre es tu medianera; bajo el cariño de tal Madre, y la omnipotencia suplicante de tal Medianera, todo lo tienes asegurado, y todo lo puedes y lo debes esperar”.

Por esto al ver en la diócesis que Dios nos ha confiado, lo que vimos durante nuestro ministerio sacerdotal, y lo que presenciamos desde que tuvimos uso de razón: esa fe, esa confianza, esa persuasión de nuestro pueblo de la eficaz intercesión y mediación de María; al ver cómo se levantan los ojos de todos hacia la milagrosa imagen de la Virgen de Guadalupe; al ver cómo se mueven los labios y cómo derraman los ojos lágrimas, y cómo se escapa de los pechos de todos, la petición confiada, el recurso filial en que se pide con la misma seguridad y la misma fe todo, absolutamente todo, a la Madre de Dios; no vemos sino un caso particular y una aplicación concreta de lo que la Iglesia Universal ve en todas partes, y lo que en todas partes se enseña, y lo que en todas partes se practica, es a saber, que movidos por el Espíritu Santo, maestros y fieles, pastores y ovejas, Iglesia docente e Iglesia discente, cree y confiesa que María es la Medianera universal de todas las gracias.

Un anhelo recóndito y vehemente de mi corazón de Pastor y de mi corazón de Hijo de María quiero que sea la última palabra que dirija el actual Arzobispo de México a esta veneranda, honorable y piadosa reunión: arden nuestras almas en deseos de hacer un obsequio notable a nuestra Madre. He buscado que podríamos presentar como humildísimo obsequio a la Medianera Universal del género humano, en su advocación de Guadalupe, para nosotros tierna y regalada como la fibra más sensible de nuestro propio corazón, y la que he visto proclamada Patrona de la América Latina, coronada solemnemente, en nombre del Sumo Pontífice, con corona de oro, como Reina de la América Latina, su culto litúrgico con oficio y misa propia, su fiesta elevada al rango de fiesta de precepto, su devoción enriquecida con numerosas indulgencias.

¿Qué podríamos pedir, que podríamos conseguir, que podríamos ofrecer como muestra de nuestro amor y de nuestra gratitud a la que lo tiene todo, a la que han honrado incalculablemente nuestros predecesores, a la que debemos todo, a aquella de quien esperamos todo, como de Madre tierna y omnipotente? ¿Qué podríamos conseguir? Y revolviendo en mi corazón de Pastor y en mi corazón de hijo estas ideas, me ha ocurrido, ya que los Sumos Pontífices se han indignado conceder y aprobar el culto litúrgico de María Santísima como Medianera Universal, me ha ocurrido, digo, que podríamos los obispos aquí reunidos elevar una súplica humilde y rendida a la Cátedra de Pedro depositaria de la Verdad, en la que, exponiendo nuestro amor y devoción, y nuestro celo por la gloria de Jesucristo y la glorificación de María, como obsequio digno de Ella, como petición instantísima a Ella, en las circunstancias porque atravesamos, pidiéramos a Su Santidad se dignara definir como dogma de fe, la verdad contenida en la Escritura y en la Tradición, predicada por los maestros, ratificada por el magisterio ordinario de los Sumos Pontífices, expuesta en las obras de los teólogos, practicada por el pueblo cristiano. De este modo el obsequio de México a María en el cuarto centenario de las Apariciones Guadalupanas, sería el participar de una manera solemne y eficaz a la glorificación universal de la Madre de Dios, para que, junto con su título de Madre de Dios, de Inmaculada, ostentara también el glorioso título de Medianera Universal del género humano.

¡ Ojalá que nuestros ojos vieran esta nueva glorificación de nuestra Madre! ¡Ojalá que al rendir nuestros entendimientos ante el Supremo y Definitivo Magisterio de la Iglesia, nuestra devoción predilecta fuera ese nuevo dogma de fe, y las palabras de María tuvieran de ese modo un nuevo significado y un nuevo atractivo para nuestras almas de cristianos!

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