Jesucristo ¿es Dios?

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Conferencias Cuaresmales en la Parroquia de San Ginés y en la Santa Iglesia Catedral de Madrid. Año 1933. 4a Edición de 1937, Santiago de Chile. Ed. Splendor. Conferenciante: Padre José Antonio de Laburu, S. J.
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Contenido:

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Prólogo

Audacia te parecerá, lector, y no pequeña, lanzarse a publicar las Conferencias cuaresmales del P. Laburu. Pone éste tanto de su cosecha personalísima en la predicación, que con dificultad podrá parecer, leída, al reconocerse como auténtica la transcripción taquigráfica de sus discursos, la cual nunca podrá dar idea del color y eficacia con que el P. Laburu iba llegando al alma de sus oyentes.

La vehemencia, a ratos la ironía tajante, los apóstoles, las glosas homiléticas y la animación del orador, que ni por un momento decae, suelen sostener constantemente la atención, la curiosidad y la emoción profunda de sus inmensos auditorios.

La oratoria inmensamente popular, atractiva, llena de avasalladora convicción, al alcance así del obrero analfabeto como del catedrático, explica suficientemente la muchedumbre extraordinaria que en la pasada Cuaresma acudió a oír al profesor de la Universidad Gregoriana.

De la parroquia de San Ginés, donde tradicionalmente se predicaban estas Conferencias, hubieron de trasladarse, por material insuficiencia de capacidad de aquella, a las espaciosas naves de la catedral, que también resultaron estrechas para tantos oyentes.

En medio de aquellas apreturas, unos taquígrafos diligentes y decididos tomaron estas notas que, como recuerdo de aquellas jornadas, te ofrecemos, lector, para que en el reposo de la lectura vuelvas a estudiar la figura culmen y centro de la Humanidad, Nuestro Señor Jesucristo.

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Primera Conferencia. 21 de marzo de 1933
Despreocupación religiosa
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P. José Antonio de Laburu Olascoaga, S. J.

P. José Antonio de Laburu Olascoaga, S. J.

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EXCELENTÍSIMO Y REVERENDÍSIMO SEÑOR (doctor don Leopoldo Eijo y Garay, obispo de Madrid-Alcalá), SEÑORES:

¡Que ansia de vivir hay en el hombre! ¡Qué preocupación por los problemas de la vida! ¿Verdad?

Problema internacional agudísimo: desarme, intercambio comercial; problema nacional: producción, presupuestos, etcétera…; problema familiar: ocupación, sostenimiento del hogar, porvenir de los hijos; problema individual: trabajo, enfermedades… ¿No tengo aquí ningún hombre que tenga alguna preocupación?

¡Qué preocupaciones científicas! ¡La constitución de la materia! Problemas psíquicos… el enigma de la psicosis; histológico… ¿Que será eso de la patogenia el cáncer?.. Problemas químicos… históricos…

Problemas bursátiles, de técnica industrial…

¡Cómo ocupan a los hombres de sus problemas! ¡Cómo absorben toda su actividad! ¡El mundo se agita como loco! ¿Tendré yo, esta noche, que alargarme un minuto más para decir que en el mundo hay hondas preocupaciones sobre el problema del vivir?

¿Y del problema religioso? ¡Cómo contrasta con aquellas preocupaciones la despreocupación religiosa, el descuido por el problema religioso! ¡El problema religioso, para muchísimos, está orillado. Ni le hacen caso… no quieren saber de él… Les tiene completamente sin cuidado!

¡Hay quien lo desprecia… y hasta quien lo odia! ¿No conocéis, señores, a hombres que desprecian y aún odian el problema religioso?

Yo, señores, esta noche, a hombres -esta es la gran ventaja de hablar a hombres, el que se puede hablar a lo característico del hombre, que es la inteligencia-, yo, esta noche, a hombres, y en serio, quisiera simplemente y a modo de introducción, hacer unas reflexiones sobre este proceder en la despreocupación religiosa. Os invito, señores, no a oír, sino a pensar, a adentraros todo en vuestro interior y a meditar.

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Hay hombres dotados de inteligencia, hombres, en pleno uso de su razón -vosotros los conocéis; quizás esté aquí alguno de ellos; no sé dónde-, hombres… el uno preocupado en las investigaciones de su laboratorio, en su comercio el otro, y el que está absorto en su negocio y el que está contrariado porque no tiene en qué preocuparse; hombres, en fin, que se encogen de hombros, que adoptan un aire de suficiencia y dicen despectivamente: “¿El problema religioso? Es que no me interesa en absoluto; me tiene completamente sin cuidado. Si fuera el material, si fuese el de los valores, si fuese…”

Y a éste quisiera yo hacerle pensar. ¡Hombre que estás aquí! ¡Hombre que pudieras estar y no lo estás: piensa!

¿Y eres hombre? ¿Sabes lo que me dices? ¿Qué no te interesa el problema, que no te preocupas de él? ¿Y que? ¿Tú crees que por no interesarte un problema, deja este de existir? Sería el gran medio de deshacernos de los grandes problemas que nos acosan.

Si por no interesarte uno de los problemas, éstos desaparecieran, ¡qué gran medio para que la tuberculosis y el cáncer, problemas para la Humanidad y la Medicina, dejarán de existir!

¿Para qué Ligas antituberculosas, para que la lucha anticancerosa, tanto laboratorio, tantas investigaciones, tanto hombre de capacidad que emplea su ciencia y su vida en el estudio de los problemas que plantea la tuberculosis y el cáncer?

Si por no interesarse uno, desaparecieron los problemas, ¡qué fáciles serían las soluciones? Encogernos de hombros y decir: “¿y a mí que me importa el cáncer y la tuberculosis?” Y se acabaron, de una vez, estos azotes de la Humanidad.

Hombre: raciocina, piensa.

Si el bacilo de Koch, de 1. 5 a 3. 5 micras de largo y de 0. 3 a 0. 5 micras de ancho, no deja de existir porque tú te encojas de hombros y no quieras pensar en él, si la celulita cancerosa sigue impertérrita su lujuriante proliferación, sin detenerse por nada, a pesar de que tú no te preocupes de ella, el problema que es problema por esencia, ¿va a dejar de existir porque tú no te intereses?

Si eres hombre, no puedes orillar un problema, como el religioso, despreocupándote y no interesándote por él.

Lo propio de todo hombre, digno de serlo, es investigar en el problema, conceder al problema la atención reposada y seria que a problemas de menor cuantía les concede en la vida todo hombre serio.

Hombres, pensad…, siquiera una noche.

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Encogerse es como algo pasivo. Ya no es el tipo de hombre que se encoge de hombros. Es el tipo que se cree con temperamento indómito, rebelde. Es joven, y le bulle algo allá, en su interior.

Y con temperamento de hombre rebelde y de hombre que hierve, ¡qué bien cae en su boca esta palabra que lo llena todo, ingurgitándolo todo: “Yo soy libre para pensar lo que quiero… y yo no quiero encadenar mi pensamiento con dogmas!”.

¡Ah! ¡Y cómo te crees diciendo eso!

¡Con qué énfasis repite el joven que se cree consciente: “Libre; cada uno es libre para pensar lo que se le antoja…!” Y lo dice, y lo repite; y el que no ha oído una sola vez deshacer estas falacias del entendimiento, que tanto estrago están haciendo, oye que es libre, y repite “yo soy libre”… y el obrero inconsciente va repitiendo: “libre, libre”.

Quisiera tenerte yo aquí a dos pasos de mí, y mirarte de hito en hito y de arriba abajo, sin pestañear y decirte: Mírame… fijo… Y ahora, óyeme: ¿Libre para pensar lo que quieras? Falso.

-“¿Que no soy libre?..”
-Óyeme. Tú, tú no eres libre para pensar lo que quieras.

Y además te advierto que vas a entender perfectamente él como no eres libre para pensar a tu antojo.

Pruebo lo que te afirmo.

Dime: ¿Cuántas son dos y dos?

Cállate, que me adelantó yo y respondo por ti: “Dos y dos son cuatro”.

No eres libre para decirme que son tres, ni cinco. Me tienes que decir, que quieras que no, que dos y dos son cuatro. Óyeme bien, doctor que no cesas de clamar “amplia libertad de ideas”: si yo te pidiese tu firma, pero en serio, fíjate bien, en serio, para que, conforme a ese tu criterio de “amplia libertad de ideas”, dieses con tu firma, en serio, vuelvo a repetir, permiso para la fundación de una cátedra de Fisiología en la que se enseñase que el órgano de la visión es el corazón y el de la digestión el ojo, ¿qué dirías?
Comprendo lo que estás diciendo: -“Eso es un disparate; yo no doy mi firma para semejante necedad”.

Y te pregunto: ¿Por qué es disparate eso? ¿Por qué es necedad?

-“Porque esas suposiciones, para las que se me pide la firma, son falsas”.

-¡Falsas! ¿Y qué es ser algo falso?

-“Que no es ésa la realidad objetiva”.

-¡Ah!.. Ahora sí que me has respondido bien.

Tú, que decías “amplia libertad de ideas”, tú mismo dices que tú no puedes consentir que se diga que el órgano de la visión es el corazón, y el de la digestión el ojo. Y razonas él porque tú no puedes consentir eso. Y no lo conscientes, porque la realidad objetiva no es esa, y salirse de la realidad objetiva es falsedad.

Aquí está el tope de la “libertad de pensar”; la realidad objetiva. Aquí el encadenamiento de la “amplia libertad de ideas”.

El entendimiento tiene que acoplase a la realidad objetiva. Y saltar toda valla de realidad objetiva es, no libertad, sino locura.

Eso es el loco, el que finge un “oyó ” y un mundo fuera de la realidad objetiva.

Y por el contrario, eso es el sabio; el que más descubre y se amolda a la realidad objetiva.

CAJAL no es CAJAL porque dio rienda suelta a su imaginación y se encerró en su laboratorio a soñar libremente y él formó arbitraria y libremente el concepto de neurona, y el de las relaciones neuronales y se le ocurrió inventar, calenturientos, la arquitectonia de la corteza cerebral y de la retina. No.

CAJAL es CAJAL, porque pacientemente investigó la realidad objetiva celular e histológica, y a fuerza de trabajo y de estudio, la llegó a ver.

CAJAL es quién es en Histología, porque pacientemente, año tras año, corte tras corte, microtomía tras microtomía, observación tras observación, dibujó y anotó y llegó a sorprender la realidad objetiva para darle al mundo. Por eso es CAJAL quién es.

Medita sobre todo.

Todos los grandes progresos científicos, en todos los órdenes, biológicos, químicos, físicos, son a base de serio estudio de la realidad objetiva, para dar con sus leyes y sus constitutivos.

El médico que más sepa acomodarse a la realidad objetiva de una patogenia, éste es el mejor médico. El histólogo que más sepa acomodarse a la realidad objetiva de una textura, ese es el mejor histólogo. No es el que fantasea, no el que inventa, no el que es libre.

Y es que la libertad racional está encadenada por la realidad objetiva. Encadenamiento que no oprime, sino que eleva.

A mí no me oprime, señores, el tener que decir que el órgano de la visión es el ojo y no el estómago. A mí no me oprime el tener que decir que Buenos Aires, está a orillas del Plata. A mí no me oprime el tener que decir que CICERÓN fue un orador y NAPOLEÓN un guerrero.

Esto es la libertad, noble sujeción a la realidad objetiva. Y lo tengo que decir yo, y tú. Y si lo tengo que decir, no soy libre. No, y 1000 veces no. “Yo soy libre para pensar lo que quiero”, es un absurdo científico.

La libertad racional está encadenada por lo objetivo. Y la acomodación intelectual a lo objetivo es la verdad. Y la verdad jamás tortura a la razón.

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Padre, me dirá alguno, la realidad objetiva, en dos y dos son cuatro, y en que el ojo es el órgano de la visión, y no el corazón, la admito, porque la veo y la entiendo; pero… en el dogma religioso hay cosas que ni las veo ni las entiendo, y yo francamente lo que no veo ni entiendo… francamente no lo admito.

¿Que lo que tú no ves y no entiendes, tú no lo admites?, ¿qué para ti no existe?

¿Entiendes tú que es la electricidad? ¿Entiendes tú que es la materia? ¿Entiendes que es la vida?

Anda, dilo pronto, que te haces el hombre más célebre del mundo.

¿No lo entiendes? No eres tú el único. Ni tú ni nadie de entre los hombres entiende que es la vida, la materia; y, fíjate bien, todos los hombres, y tú con ellos, admiten que hay materia y vida, aunque nadie entienda que es la vida y la materia. ¿Lo comprendes?

¿Entiendes – ¡qué paradoja!-, entiendes tú que es morir?

¡Allá, en la clase de citología, cuando se habla del problema del morir, se habla de sí es un problema de protoplasma, de si es un problema de núcleo, de si es un problema micelar, de si es un problema de coloides!

¡Una interrogación muy grande! Nadie sabe que es morir y 80.000 cadáveres diarios de hombres de este mundo se van (1937). ¿No caes en la cuenta, hombre, que nadie entiende que es vivir y nadie entiende que es morir, y, sin embargo, existe la vida y la siega la muerte?

Y es muy natural; menguados estábamos, si solamente lo que nosotros entendiéramos, tuviera existencia. Nada en absoluto existiría, porque no hay cosa cuya esencia nos sea conocida.

No entendemos el vivir celular, y la célula vive con sus millones de múltiples operaciones.

No entenderemos que es la materia, y ahí están las masas solares y estelares, con sus volúmenes y velocidades asombrosos.

¡Y refugiarte tú en el “yo no lo entiendo” para negar el dogma religioso!

¡Pobre entendimiento humano! ¡No sé si caes en la cuenta de la soberbia de loco que este refugio supone en un hombre!

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Hay otro tipo de hombres, el tipo de “discusiones no quiero”. Tipo muy del día, respetuoso, enguantado, fino, correcto.

-“Padre espacio-me dice-, yo, por técnica, por ideología, lo palpable, lo experimentable, eso sí, eso lo admito. Ahora, yo, por mi educación en Alemania, por toda la formación de mi cabeza, yo, lo que realmente no palpe, lo que no llegue a comprobar experimentalmente, francamente, yo no lo admito”.

Condiciona, no dice que no. Mientras no palpe… mientras no experimente. Cuando palpe, entonces sí.

¿De veras? Voy a tener que ser duro contigo. Pero no por quererte mal. El cirujano, en el quirófano, es duro; abre y corta, pero no abre y corta, como el asesino, para dar una puñalada. Corta para sanar. Yo, en el momento actual, quiero obrar así contigo, hombre que me escuchas.

Te ruego me perdones la pregunta que te voy a hacer; bien sabe Dios que no es por molestarte.

El nombre de tu madre.. ¿cuál es? Dime, ¿cómo se llama tu madre?

No lo dudo. Todos habéis recordado un nombre, una fisonomía.

Tu madre. ¿Cómo se llama?.. ¿Y la tuya?.. ¿Y la tuya?..

¡Cómo tenéis en vuestra mente y en vuestro corazón a vuestra madre!

¡Como recuerdas tú algunas de sus palabras! Lo que pasa es que de aquellos consejos que te dio éstas tan lejano en el vivir…; pero ¡el recuerdo de tu madre! ¡Vaya si lo tienes!

Y ahora, un momento.

¡Tu madre! ¡Esa, tu madre! ¡Ca! ¿Cómo lo sabes? ¿Lo viste? ¿Lo palpaste? ¿Lo puedes volver a experimentar?

-” ¡Padre!”
-¿Qué?
-“Mi madre es buena”.
-Te felicito. ¿Y qué me dices con eso?
-“¿Mi madre me iba a engañar? ¿Y no sabía si me dio o no me dio ella a luz?”
-¿Y?
-“Que ella me dijo que era mi madre, y con ella, mi padre, mis parientes, mis conocidos me han afirmado que ella es mi madre. Y lo que me afirmaban lo podían saber, y no puedo creer que, buenos como son, me iban a engañar”.

No razonas mal. Tu madre es ésa que tú crees, porque te lo han dicho…

[Nota de B. y T.: Razonamiento que no pierde fuerza, ni ante descubrimientos modernos como el análisis genético para determinar el parentesco de sangre, pues, ¿cuántos escépticos, descreídos, incrédulos, cientificistas, racionalistas, etc., se han sometido a un examen de este tipo para saber si su madre es su madre biológica?, simplemente lo creen, tal como lo plantea el Padre Laburu.]

Pero te decía que razonabas bien. Te lo han dicho, no cualquiera, sino los que podían estar enterados de lo que te decían y de los que no tienes motivos para creer que te podían engañar.

Eran testigos con ciencia y con veracidad.

¡Qué razonable es el creer a aquel que tiene ciencia y veracidad!

Crees en tu madre, crees en quién es tu padre, sólo por el testimonio a base de ciencia y veracidad.

Crees en la situación en paralelo y meridiano de las poblaciones, a base de ciencia y veracidad en los que lo afirman. Tú no te has puesto a comprobarlo.

Crees en la existencia de determinados cuerpos, en la masas estelares, a base de ciencia y veracidad en los que han hecho los estudios espectográficos. No todos vosotros lo habéis personalmente comprobado.

¿Para qué sufrir? Crees en los kilómetros cuadrados que tienen Asia y África, y en los habitantes que tiene América… Hombre que estás aquí, que probablemente no has hecho por ti mismo la medición de kilómetros cuadrados de España y crees que tiene X kilómetros cuadrados porque te lo asegura el agrimensor que un día la hizo… Hombres que estáis aquí, médicos muchos, que no habéis visto personalmente las capas retinianas, pero que las habéis estudiado en reputado autor y creéis en ellas porque ese autor tiene ciencia y veracidad… Químicos que estáis aquí, no habéis hallado por nosotros personalmente la fórmula de la cafeína y os la dan y la tenéis por buena porque os viene de un hombre de ciencia y autoridad…

La humanidad entera está viendo que creemos, que creemos, pero que exigimos que se tenga ciencia y veracidad. No creemos al papelucho indocumentado de 10 céntimos, creemos a la obra razonada, porque prueba que es seria por su ciencia y veracidad.

Y haces muy bien en creer. Es lo más razonable. Además, es lo único posible.

De no admitir el testimonio ajeno, la vida es un imposible.

Pero no admites un testimonio cualquiera; no crees, sin más ni más, a toda afirmación. Y haces en ello muy bien. Para admitir tú un testimonio, exiges ciencia y veracidad.

Si no sabe lo que afirma, o si le falta el ser veraz, de nada vale el testimonio.

Pero si, por el contrario, tiene ciencia y veracidad, es lo más razonable creer al que testifica.

Y si es razonable creer al que tiene ciencia y es veraz, dime, ¿qué no será de razonabilísimo el creer al que tenga Ciencia Infinita, y también Infinita Veracidad?

Y ésta, y no otra, es la conducta del creyente; la de creer a la Infinita Sabiduría y a la Infinita Veracidad.

Eso sí, hay que tener certeza de que Dios ha hablado, para creerle.

No basta el que tengas probabilidad, por grande que ésta sea.

¿Cuando te has puesto tú, hombre que me escuchas, a investigar si Dios, Infinita Sabiduría e Infinita Verdad, ha hablado?

Yo quisiera tenerte a ti cerca de mí para preguntarte qué cara a cara: ¿Cuándo has investigado tu resto, en serio? Respóndeme. Pronto. Mejor dicho, respóndete a ti.

La fe te dice: “Abre los ojos, investiga con toda seriedad y con toda crítica, si Dios ha hablado”. Cuando, después de una seria y crítica investigación, te conste ciertamente que si, que Dios ha hablado, no dirás que el creerle no es la cosa más razonable.

Cuando prudentemente no puedas dudar de que es verdad que Dios ha manifestado algo, ¡que lógico es prestar un asentimiento firmísimo a esa autoridad de Dios, infinita en Ciencia y Veracidad!

Eso es lo que hace el creyente.

Creer a la autoridad de Dios que ha hablado, y de lo cual nos consta ciertamente, sin tener la menor duda prudente de que, en realidad de verdad, Dios nos ha hablado.

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Repito mi pregunta:

¿Te has puesto, en serio, con toda diligencia y verdad, a investigar si es o no es cierto el que Dios haya revelado algo?

Eso tú lo sabrás mejor que yo.

¿Eres tú médico? ¡Cuántos años de estudio para obtener el título!: seis de bachillerato, 7 de carrera; luego te especializaste; más tarde, estudios de tantos años en el extranjero, y por fin, lleva ya treinta y tantos años de práctica no en Medicina, sino en una partecita -su especialidad-de la Medicina.

Y si yo te dijese que, en la materia de su especialidad, me escribieses un trabajo serio de investigación, para una de esas revistas mundiales en que sólo se publica lo más selecto de la investigación científica, ¿escribirías ese artículo?

Ya que oigo decir: “Escribir un trabajo de esas características, no me es posible ahora. Yo estoy sumamente ocupado en mi consulta; apenas tengo tiempo para leer lo más saliente de las revistas profesionales. Un trabajo verdaderamente serio, me exigiría un conocimiento de todo lo recientemente publicado sobre la materia y una compulsación de trabajos y bibliografía en las revistas más serias de mi profesión. Sin hacer todo esto, yo no sería tan imprudente que me arriesgara a escribir el trabajo que se me pide”.

Bien está la contestación. Ella revela al hombre serio, que sabe que sin un estudio profundo, sin un conocimiento extenso bibliográfico, es de espíritus ligeros y superficiales atreverse a hacer afirmaciones en el campo científico.

Y esto le pasa, al especialista, dentro del campo mismo de su especialidad; ¡que sería si se tratase de otra rama de la medicina que él no cultiva, y que si el objeto del trabajo fuese una ciencia de la que él no tiene más conocimiento que el de su nombre y el de que existe!

¡Que razonablemente se procede en este campo del que ahora voy hablando! Nadie, nadie arriesga el crédito de su nombre de su reputación científico, lanzándose a afirmar algo en ciencia, sin maduro estudio y sólida información bibliográfica.

Y en cambio, ¡como contrasta esta conducta con la que de ordinario se sigue en el problema religioso!

En este asunto, todos hablan, todos discuten, todos afirman o niegan, todos dogmatizan.

Por ocho meses de retraso en la lectura de sus revistas, creía imprudente el otro médico escribir en una publicación de alta investigación, ¿y tú, médico, eres el que con mayor énfasis, alarde de doctrina y petulancia tocas el problema religioso y lanzas, una tras otra, las más audaces y absurdas aseveraciones? Si este hombre se adentra en sí mismo y hace un examen de conciencia un cuarto de minuto, ¿no tendrá que decir: “Soy un farsante”?

¿Es esto serio?

¿Es de hombre esta conducta? Los que así proceden en el problema religioso, son los mismos hombres que en los demás problemas de otras ciencias son tan cautos y circunspectos.

Tú, obrero, ¿se atreves a dogmatizar sobre problemas de cálculo diferencial e integral?

Y tú, comerciante e industrial, ¿te lanzas a hablar sobre el papel de las mitocondrias? Y tú, abogado, ingeniero, arquitecto, ¿tendrías valor para hablar y discutir sobre neurotropismo o neurobionas?

Respondedme. Respondeos a vosotros mismos.

Y ante esa vuestra respuesta, vienen y pregunta: ¿Y tú eres el mismo que así dogmatizas de religión y niegas y afirmas con las aseveraciones más rotundas?

¿Cuánto has estudiado tú de religión?

De un médico o ingeniero que hubiese estudiado medicina e ingeniería en periódicos de 10 céntimos y revistas y novelas, ya sabemos que juzgar.

¿Tú cuánto has estudiado de religión?

¿Cuánto sabes tú de exégesis? ¿De hermenéutica?

¡Ni estos nombres sabes repetir; ignoras lo que significa, y tú dogmatizando en religión!

¿Sabes siquiera los tratados que abarca la Teología?
La Teología está integrada por la Propedéutica: con sus tratados de Religión y de Ecclesia.

La Teología dogmática: la positiva y la escolástica.

La Teología bíblica o Escriturística.

La Teología Patrística.

La Teología práctica, con la Moral y la Ascética.

El Derecho Canónico.

La Historia Eclesiástica.

¿Sabías esto? Y esto no es más que títulos de ramas de Teología. Títulos que no te dan idea de la materia que cada uno de ellos contiene.

Algo puede ser que te ilumine el saber que sólo la Teología Patrística, la edición MIGNE (París) contiene 221 tomos de Padres latinos y 161 de Padres griegos. La Berolinense (Berlín) 34 tomos de Padres griegos (sólo de los tres primeros siglos, y aún no está acabada). La Vindebonense (Viena), 65 tomos de Padres latinos (de los seis primeros siglos). La Oriental, de París, 72 tomos de Padres armenios, sirios y coptos (y aún no está acabada).

En Teología Escriturística, te puede dar luz el que en el Instituto Bíblico de Roma, en su biblioteca, existen más de 90.000 volúmenes de libros de sola su especialidad y más de 300 revistas periodísticas.

Y de la marcha general de la Teología, da idea el Catálogo de VOGELSANG, según el cual de sólo revistas de alta Teología, en Alemania, aparecen más de 100.

¿Conocías tú esto? ¿Has estudiado tú con esta bibliografía el problema religioso?

No te tengo que urgir nada. Dime tú que debes pensar de ti mismo.

+

Si eres serio, y esto supongo de ti, tú ves que no puedes despreocuparte del problema religioso, porque con la despreocupación no desaparecen las realidades objetivas.

Si eres serio, tú ves que no tienes libertad de pensar lo que se te ocurre, sino que la verdad te encadena a la realidad objetiva.

Si eres serio, tú ves que existen en tu vida realidades, sin que las comprendas, ni las entiendas.

Si eres serio, tú ves que ni su madre sabes cuál es, a no ser porque crees a los que así te lo han dicho.

Si eres serio, tú comprendes lo lógico que es creer a quien tiene ciencia y veracidad en sus testimonios.

Si eres serio, tú ves lo racional que es investigar con toda diligencia y escrupulosidad si Dios ha revelado algo a los hombres.

Y si eres serio, tienes que confesar que lo más razonable del mundo es, si Dios ha hablado, creer a su testimonio, infinitamente digno de ser creído, por ser Sabiduría Infinita, que no puede engañarse, e Infinita Verdad, que no puede engañar.

¿No quieres ocuparte del problema religioso, no quieres investigar seriamente en él? No obras razonablemente.

Pero, óyeme, si la celulita cancerosa y la infinitesimal bacteria no desaparecen porque no te ocupes de ellas, Dios y sus testimonios ¿van a no tener existencia porque tú te despreocupes de ello?

Si eres hombre, te dejo que pienses.

Sois más de 2000 hombres. A todos os invito a meditar…; yo debo comprender el estado espiritual de todos. No me enfureceré yo aquí con vosotros.

Dice SAN AGUSTÍN que le costó mucho encontrar la verdad (San Agustín, ML, VIII, c. III, 175).

Enfurézcanse con vosotros, dice SAN AGUSTÍN, los que no saben cuánto cuesta encontrar la verdad, cuán difícil es precaver el error. Yo, añade AGUSTÍN -y pudiera repetir aquí yo-, que tantas veces, lanzado de un lugar a otro, de tumbo en tumbo y de error en error, pude comprender cuánto cuesta encontrar la verdad; yo con vosotros nunca me enfureceré. Yo con vosotros quisiera conducirme, dice AGUSTÍN, como se portaron conmigo aquéllos que con tanta paciencia y amor me aguantaron, cuando, ciego y rabioso, vivía en el error.

Hombres que estáis aquí: cuatro días quedan, nada más. ¿Quiere alguno, en estos cuatro días, plantearse este problema: “JESUCRISTO, tú quién eres? ¿Eres hombre? ¿Nada más?.. JESUCRISTO, ¿eres tu Dios?”

Termino, con estos pasajes del Evangelio.

Saliendo un día JESUCRISTO de Jericó, un ciego que estaba pidiendo junto al camino, como oyó que pasaba Jesús de Nazaret, empezó a clamar diciendo: “JESÚS, hijo de DAVID, ten compasión de mi”.

Mandó JESUCRISTO que le llamasen, y al hallarse, lleno de gozo, junto a JESUCRISTO, le preguntó el Señor al cieguecito:

-¿Qué quieres que haga contigo?
-Maestro -respondió el ciego-, yo, que me des vista, que vea.
-Vete -le dijo JESÚS-, tu fe te ha salvado.

Y al momento vio el ciego, que fue siguiendo a JESÚS por el camino.

Yo quisiera, que cuando esta noche te acuestes, que todos éstos días al retirarte, tú, recordando al que estaba cieguecito y recibió de JESUCRISTO la vista, apagues la luz, porque vas a tener miedo de ti mismo, y a tus solas, dichas: “JESUCRISTO, yo quisiera ver”. Y te aseguro que verás.

JESUCRISTO es el mismo Aquel que dio vista al cieguecito.

Y en otra ocasión, pasando también JESUCRISTO por un camino, se le acercó un leproso, que, avergonzándose y tapándose sus carnes ulceradas y podridas con los andrajos de sus vestidos, le dijo al Señor: “Si tú quisieras…” Y JESUCRISTO dijo sólo una palabra: “Quiero…” y al instante quedó sano.

Hay lepra del cuerpo y lepra del alma. Acude a JESUCRISTO. Es Él el único que cura la lepra.

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Segunda Conferencia. 22 de marzo de 1933
Jesucristo en Profecía

EXCELENTÍSIMO Y REVERENDÍSIMO SEÑOR, SEÑORES:

Quedamos anoche, señores, en que propio es de todo hombre prudente el estudiar, y el investigar seriamente un problema cualquiera. Pero sí para el estudio de cualquier problema se exige crítica y seriedad, más crítica y seriedad se debe exigir en el estudio del problema religioso.

Es propio de un hombre consciente de sus actos en no proceder por cargas afectivas, propias del psiquismo inferior, sino el utilizar la característica del hombre, la inteligencia, aplicando la con toda seriedad crítico-científica en la investigación de la verdad.

Procedamos con seriedad, no con ésa ligereza que causa escalofrío, propia del hombre que ya en el modo de presentarse y aún en el tono mismo de su voz revela claramente, aún al menos psicólogo, su carga afectiva.

“Padre…”, y plantea una pregunta de religión.

Diez minutos de hablar con él… “No me convence… y se va.

Y pienso yo, señores: ¿Qué diría el profesor de la Facultad de Medicina de Madrid, el de la Escuela de Arquitectura de aquí, si alguien completamente limpio en Medicina o en Arquitectura, ley llamarse una mañana y le dijese: “Yo, de Medicina quisiera que en 10 minutos me diese usted…”

-¿En 10 minutos? En años enteros de estudio serio llegamos a saber que poco o nada sabemos de Medicina. ¿Y en diez minutos…?

¿Puede preciarse de seriedad, señores, un hombre que pretenda ventilar cuestiones de tal trascendencia, ni en 10 minutos ni en cuatro conferencias?

No, señores; mi aspiración es mucho más modesta. Sólo pretendo ser lo suficientemente discreto para apuntar ante vuestras inteligencias, con toda seriedad, problemas ante los cuales el hombre serio diga: “No sabía nada de esto. Lo voy a estudiar”.

Y habré conseguido muchísimo, si consigo esto. No pretendo todavía convenceros; quiero que estudiéis.

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Supongo que todos deseamos sinceramente hallar la verdad. Si de antemano hay quien excluye de su ánimo el deseo sincero de hallar la verdad, a ese yo no me dirijo.

Me dirijo a los que desean fondear en el puerto de la Verdad.

Pero ¿dónde está la verdad en el problema religioso? ¿Podremos seguramente, navegando por este mar de la vida, agitado de tanto huracán de pasiones y sacudido por ingentes olas de tendencias encontradas, y entrecruzado por vertiginosas corrientes de doctrinas, hallar el puerto de la Verdad Religiosa?

¡Cuántos de vosotros habréis navegado por los mares reales de esta tierra, de costa a costa -navegación de cabotaje-, de continente a continente -navegación transatlántica!

El buque que cruza el Atlántico con rumbo concreto, prefijado, puede servirnos de imagen fidelísima y de modelo para hallar nosotros en la navegación por el mar de la vida, el puerto de la Verdad.

Ese buque que navega por el Atlántico tiene una ruta trazada, no va a la deriva. Si a la deriva fuese, jamás llegaría al puerto de su destino, situado allá en el otro continente.

Hay un técnico en ese buque: un técnico a quien acompañan otros; y tantos más, cuánto de mayor categoría es el barco que navega y el viaje es de mayor trascendencia.

Capitán y pilotos tienen allá en el puente su carta de navegar extendida; tienen su brújula perfecta, aislada de todas las influencias magnéticas parásitas.

Allá, en sus horas de guardia, hacen sus cálculos, sus observaciones…

Capitán y pilotos juntos, en reunión oficial y obligatoria, confieren sus datos, sus observaciones…, determinan exactamente la posición del buque en la inmensidad del mar.

La carta de navegar delante, la posición del buque precisa. Saben dónde se hallan. El puerto está a tantas millas; el rumbo lo fijan exacto.

La costa aún no se ve, pero está cerca. Es el momento de la recalada.

El capitán no sale del puente de mando.

Tal situación, tal velocidad… Ojea la costa… A la derecha tiene que aparecen un faro…Observa. Observan. Es noche cerrada.

Allá en la lejanía obscura… un destello; más atención; se repiten…

Es el faro que se esperaba. Allá está la costa.

Y corre por la tripulación y el pasaje: ” ¡Costa…!, ¡costa!”

Pero no es el faro del puerto.

Éste tiene otras características de luz y de poderío de destellos.

Se navega, ojos en la costa.

Se mira. Si; aquél es. Luz más potente…

Se observa. Características de luz y de período de destellos. Exacto: todo exacto. El faro del puerto.

Avanza el barco majestuoso. Entre las infinitas direcciones en que pudo navegar por el Atlántico; entre los infinitos puntos que pudo tener de llegada, el barco, preciso, justo… entra en el puerto de destino. Las anclas se hunden. -Navegación feliz.- Está en el puerto de su destino.

+

¡Cuántos de vosotros navegáis, tal vez, a la deriva de las pasiones y al soplo del huracán de las doctrinas!
A la deriva, y a merced del huracán, ni el barco que navega por el Atlántico llega a su puerto.

Observaciones reiteradas hechas por los técnicos, brújula, carta de navegar delante, y mano fija al timón, para no desviarse del rumbo debido.

En la carta de navegar con dos coordenadas -longitud y latitud-, paralelos y meridianos, se fija matemáticamente la situación del puerto. No se navega de otra manera.

Destellos del faro, regulares, precisos, característicos, concretan los datos de la carta de navegar.

¿Se cumplen los datos de la carta de navegar? ¿Son ésos los destellos propios de tal faro? ¿Si? Nadie duda. Ese es el puerto. Y ese es el puerto.

Si encontrarais, en el navegar tras el puerto de la Verdad, coordenadas que le designan con precisión (dos bastan para designar un puerto); si reconoceréis los destellos precisos y característicos del faro que le muestran, no dudéis: navegad con ese rumbo: anclad en ése puerto. Es el de la Verdad.

EXISTENCIA Y AUTENTICIDAD DEL PLANO.

Despleguemos ante nosotros esta noche un plano que por su precisión y por su origen, y por estar hecho justamente para señalar el puerto de la Verdad, debemos estudiar con cuidado.

Si ese plano fuese posterior a la avenida de nuestro Señor JESUCRISTO, no tuviera el valor demostrativo que tiene.

Si ese plano fuera de data desconocida, pudiera hablarse de falsificación.

Pero aquí está la fuerza probatoria, de todo ineludible que poseen las indicaciones en ese plano contenidas.

Siglos antes de la venida de JESUCRISTO, ese plano estaba perfectamente delineado en todos sus detalles. Y ese plano estaba custodiado precisamente por los enemigos originarios del Cristianismo.

Hecho críticamente cierto. Siglos antes de la avenida de JESUCRISTO, tenían los judíos en sus Escrituras una serie de vaticinios concretos, de características específicas, referentes al Mesías que esperaban -el Legado Divino-, el hijo de Dios.

Antes de la separación de los samaritanos de los judíos (722 a. de J.C.) es un hecho cierto la admisión, por parte de los judíos, de los vaticinios fundamentales (en el Pentateuco), relativos al Mesías.

La versión del Antiguo Testamento, hecha por los 70 del hebreo al griego, se terminó cerca de dos siglos antes de JESUCRISTO; pues ya en 130 antes de JESUCRISTO estaba en Egipto. En esa versión de los 70 están los vaticinios mesiánicos íntegros, tal como hoy los leemos.

Durante 11 siglos, siglo tras siglo, unas por un Profeta, otras por otros, fueron vaticinadas las características del Legado Divino.

Cinco siglos (al fin del V siglo) antes de su venida, estaba terminada la descripción de los rasgos del Mesías.

Nadie puede dudar de la genuinidad de estos vaticinios. Antes de la venida de JESUCRISTO, los poseía la Sinagoga. Aún hoy día los conserva íntegros esa misma Sinagoga, por providencial y sapientísima disposición de Dios.

“Propterea autem judaei sunt, ut libros nostros portent ad confusionem suam. Quando enim volumus ostendere prophetatum Christum, proferimus paganis istas litteras. Et no forte dicant duri ad fidem, quia nos illas christiani composuimus, et cum Evangelio, quod praedicamus, finxerimus prophetas: hinc eos convincimus quia omnesipsae litterae, quibus Christus prophetatus est, apud judaeos sunt, onne ipsas litteras haben judaei. Proferimus codices ab inimicis, ut confundamus alios inimicos… Codicem portat judaeus, unde credat christianus. Librarii nostri facti sunt, quomodo solent servi post dominos codices ferre, ut illi portando deficiant, illi legendo proficiant…” (San Agustín, in Ps. LVI, n. 9).

¡Qué bien comenta SAN AGUSTÍN! “No nosotros, sino los judíos son los que conservan esos libros que son nuestros. Cuando queremos mostrar que JESUCRISTO fue profetizado, presentamos esos libros a los paganos. Y no fuera que los duros en creer nos dijesen que esos libros los habíamos compuesto nosotros, acomodándolos a lo sucedido, haciendo oficio de falsificadores: “hinc eos convincimus”, por eso precisamente les podemos convencer con evidencia, de que eso no es así, porque todos esos libros en que JESUCRISTO está profetizado “apud judaeos sunt”, todos están, siglos antes de la avenida de JESUCRISTO, en poder de los judíos: ellos son sus guardianes”.

Les presentamos los códices que tienen nuestros enemigos, para con ellos confundir a otros enemigos. “Codicem portat judaeus, unde credat christianus”. El judío lleva el códice, para que crea el cristiano. “Librarii nostri facti sunt… “.

Ellos son nuestros archiveros. Y en los documentos que genuinamente nos conservan, los hay de 15 siglos antes de la avenida de JESUCRISTO, hasta cinco siglos antes de la misma venida. Bella imagen la que añade SAN AGUSTÍN: Cuando el siervo está teniendo el libro para que lo lea el señor, el pobrecito siervo tiene el libro, pero no puede leerlo, porque lo tiene del revés; el señor es quien lo lee.

Ellos, los judíos nos conservan los escritos que, durante 11 siglos consecutivos, iban conteniendo los vaticinios del Mesías futuro. Todos esos vaticinios -hecho histórico innegable en ciencia-, todos estaban ya publicados siglos antes del avenida de JESUCRISTO.

CONTENIDO DE ESTE PLANO.

Unos vaticinios son de un Profeta, otros de otro; unos en un sitio, otros en otro; unos de una materia, otros de otra…

Cara Profeta describe un rasgo, una circunstancia del Mesías venidero.

Cada Profeta lo anuncia solemne.

Y todos esos rasgos fragmentarios y separados, convergen en un punto concreto: En la Persona Integra del Mesías. Vaticinios en el período patriarcal, judicial, en el real, en el profético.

Se anunció: vendrá el Mesías, y nacerá de la estirpe de ABRAHÁM (Génesis, 22:18; 26:4).

Y descenderá de ISAAC ( Génesis, 26:4), y de entre los hijos de ISAAC, otro vaticinio concreta que descenderá de JACOB (Génesis, 28: 4); y otro nuevo vaticinio determina que, de las doce tribus procedentes de los hijos de JACOB, descenderá de la tribu de JUDA (Génesis, 49: 8); y por último, otra profecía señala concretamente que, entre la multitud de familias de la tribu de JUDA, nacerá el Mesías de la familia de DAVID (Salmos 88 y subsiguientes).

“No cesará el poder supremo de la tribu de JUDA, hasta que venga el Mesías” (Génesis, 49: 10), predice categóricamente JACOB.

DANIEL, en términos concretos de tiempo, predice que al cumplirse 70 semanas de años, se cumplirá la prevaricación del pueblo judío y sobrevendrá la muerte del Mesías.

“Se quita la vida al CRISTO y no será más suyo el pueblo, destruirá la ciudad y el santuario; y su fin será la devastación; y acabada la guerra, quedará establecida (allí) la desolación “. ” Y él (CRISTO) afirmará su (nueva) alianza… con muchos ” (9: 24-27).

¡Qué recuerdo de la Iglesia, señores!

Cuando el pueblo estaba triste, porque al venir de la cautividad de Babilonia, su primer templo, el de SALOMÓN, estaba destrozado, y destrozado el pueblo aquel (2: 7 subsiguientes), AGEO consuela al pueblo anunciándole qué este segundo templo, menos suntuoso que el de SALOMÓN, será más glorioso que el primero, pues en él habrá de entrar el Mesías.

Y MALAQUÍAS (3: 1) afirma lo mismo, que al segundo templo vendrá el Mesías, y después de su venida quedará para siempre destruido el templo.

MIQUEAS (5: 2) señalar que será Belén precisamente el sitio donde nacerá el Mesías.

ISAÍAS (9: 1-2; 42: 1 y subsiguiente) predice que el Mesías enseñará especialmente en Galilea. Que tratará a los pecadores con benignidad y mansedumbre.

ZACARÍAS (11: 12) predice la venta del Mesías, por treinta monedas, y que el traidor las arrojaría en el templo, y que con ellas se compraría el campo de un alfarero.

ISAÍAS, contra toda la creencia del pueblo judaico sobre el Mesías, predijo que:

1. El Mesías iba a ser contado entre los malhechores, impuesto entre ellos (53: 12)
2. Que había de ser condenado a muerte (…)
3. Que le habían de azotar, abofetear y escupir (50: 6).

Y estas escenas de la Pasión del Mesías están -por la trascendencia excepcional que tenían- expuestas con tal rigor de detalle, que al mismo tiempo que causan estupor, inundan de luz al alma.

Al Mesías:

1. Le despojarían de sus vestiduras, y se las dividirían los soldados, sorteándolas entre ellos (Salmos 21:19)
2. Ni simplemente se predice que le mataran, sino que se precisa el modo: que sus manos y sus pies serán taladrados (por los clavos) (Salmos 21:17)
3. Que en el suplicio de la cruz, sufrirá del tormento de la sed, teniendo reseca la lengua como una teja (¡qué imagen tan viva la de la teja reseca al sol abrasador del Oriente!) Y pegada al paladar (Salmos 21:16)
4. Y que para aliviar esa sed le van a dar a beber vinagre (Salmos 68: 22)
5. Y que, ya clavado en la cruz, ” todos los que le veían así, se iban mofando de él, y con sus labios y con sus meneos de cabeza iban a insultarle, diciendo: Espero en el Señor; que le libre, que le salve ahora…” (Salmos 21: 7 y subsiguientes).

Completó la escena ZACARÍAS al decir, “que se quedarían a mirar aquel cadáver aquellos mismos que le habían atravesado con sus armas” (Zacarías 12: 10).

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Predicciones, señores, concretas; concretas en tiempo, concretas en lugar, concretas en acontecimientos.

No se trata de meras conjeturas, ni de anunciados equívocos y vagos e imprecisos.

Predicciones a plazos de siglos; la duración histórica de la institución pro profetismo en Israel duró un espacio de muchos siglos y todos los rasgos de la figura trazados estaban terminados antes de finalizar el siglo V antes del Mesías.

No se trata de predicciones a plazos cercanos, en que tal vez se puede prever con algún género de probabilidad.

Predicciones sobre acontecimientos complicadísimos y múltiples, en cuya realización tenían que intervenir multitud de voluntades humanas, que aún no tenían existencia, sino que después de muchos siglos habían de intervenir en la Historia.

No predicciones en un orden sencillo de cosas, y dependientes de causas necesarias, como terremotos y cataclismos astrales.

Predicciones contra todo el pensar y sentir de la mente judía, tales como la destrucción del templo, la cesación de su religión, la vocación de los gentiles, las ignominias que sufriría el Mesías, y el modo como había de verificarse la redención esperada.

Predicciones que envuelven y a las que acompaña tal doctrina en los Profetas, que no hay hoy un día racionalista serio y científico que no reconozca que las ideas y los preceptos contenidos en ellas, por su sabiduría y elevación, superan en absoluto a todas las doctrinas de pueblo alguno, aún de entre los más cultos de los gentiles. Índice, señores, de su origen y exclusión del inconsciente charlatanismo.

Predicciones, no pocas veces, en contradicción con las ideas propias del profeta (Natán, II Reg., VII; Isaías IV Reg., XX, 1-5; Jeremías, XLII).

Predicciones de los Profetas que, contra toda su voluntad, recibieron el don profético (Amós, III, 8; VII, 14-16; Jeremías, XX, 7-9); pues sabían y temían los males que por ellos habían de sufrir.

Predicciones en que, como se ve, claramente se elimina el factor afectivo, al que pudiera atribuir la aceptación de los deseos del profeta, como revelaciones divinas.

Y predicciones que, de haber sido fruto de la mente de los profetas, jamás hubieran tenido cumplimiento, y menos todas las predicciones, y todas las de todos los profetas, y en el mismo y único personaje a que se referían.

REALIZACIÓN DEL CONTENIDO DEL PLANO.

Y, señores, esas predicciones concretas, anunciadas siglos antes de su objeto, al llegar el tiempo preciso y prefijado tienen un cumplimiento exactísimo y pleno.

Porque de la estirpe de ABRAHÁM; descendiente de ISAAC, y de JACOB, y de la tribu de JUDA, y de la familia de DAVID, y… en el tiempo, cinco siglos antes señalado por DANIEL; no existiendo el cetro de JUDA, como anunció Jacob; en el pueblecito insignificante de Belén, como anunció MIQUEAS, nació Nuestro Señor JESUCRISTO, con aparición con cronología y lugar, de precisión absoluta.

Y… JESUCRISTO entró en el segundo templo, como lo predijo AGEO, y ese templo, después de la ” venida de JESUCRISTO, quedó arruinado y destruido, como lo profetizó MALAQUÍAS.

Y… Galilea fue el teatro principal de sus predicaciones; y… trató a la Adúltera, y a la Samaritana, y a ZAQUEO, y a la MAGDALENA y al ladrón… con la dignidad por El descrita en el Padre del hijo pródigo, y el Buen Pastor, tal como lo predijo ISAÍAS ocho siglos antes.

Del momento culmen de la vida del Mesías, estaban profetizadas riquezas de detalles, para hacer inconfundible -con la certeza más firme que pueda exigirse-la persona del Legado Divino.

Y esa multiplicidad y minuciosidad de detalles tuvieron en JESUCRISTO Nuestro Señor cumplimiento fidelísimo.

En la 70ª semana de años, según la profecía de DANIEL; después de haber sido vendido por treinta monedas, como lo predijo ZACARÍAS; contado entre los malhechores, condenado a muerte a petición del pueblo, azotado, abofeteado, escupido, como ocho siglos antes lo puntualizó ISAÍAS, en sus profecías; despojados de sus vestiduras, que dividieron y sortearon los soldados; clavadas sus manos y sus pies al madero del suplicio; atormentado por la sed, que lo obligó a exclamar “tengo sed “, y socorrido con vinagre en vez de agua; mofado e insultado por la multitud en las mismas agonías del morir, como al pie de la letra estaba predicho minuciosamente en los a Salmos, murió JESUCRISTO Nuestro Señor, a quien atravesaron el cuerpo, ya muerto, tal como ZACARÍAS lo había vaticinado, y le enterraron en el sepulcro de un rico, JOSÉ DE ARIMATHEA, como ISAÍAS lo había consignado.

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Predicciones indudables, de rigurosa exactitud histórica. Cumplimiento de las mismas, exactísimo; tan rigurosamente fiel, que de no existir la prueba auténtica de la veracidad de las predicciones, conservada y custodiada por la religión judía desde siglos antes de los acontecimientos, más que vaticinios parecerían copias fidelísimas del original histórico.

Reflexionemos, señores, sobre estos hechos incontrovertibles: la existencia y el cumplimiento de esas predicciones.

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Predicciones tan categóricas, tan aseverantes, tan múltiples, tan ricas en los más finos detalles, cumplidas con la más fidelísima exactitud, tras el decurso de los siglos, en el tiempo preciso por ellas señalado, nadie que sea hombre serio y de crítica científica puede atenerse a suponer que sean productos del entendimiento humano.

Para el hombre de estudio, el hombre que reflexiona y es en ciencia preciso, no hay que ponderar la dificultad de la predicción.

Predecir, señores, ¡que es difícil!

Claro que no hablo de un predecir “allá va eso “, ” salga lo que saliere “, un predecir puramente conjetural y aventurado. Predecir así, no será difícil, pero ésa predicción nada tiene que ver con la predicción precisa, categóricamente aseverada, y matemáticamente cumplida, de la profecía.

Predecir, señores, ¡qué difícil! Claro está que no hablo de un predecir enfático y presuntuoso, que anuncia sin que lo anunciado tenga la realización que se predijo.

¡Predecir! Aún fenómenos meteorológicos, férreamente concatenados en sus causas, es un imposible al entendimiento humano el predecirlos a grandes plazos -y aún a cortos- con precisión de temperatura, dirección y velocidad del viento…, milímetros de pluviómetro. Predicciones para siglos de plazo, en Meteorología, sería lo que el Calendario Zaragozano en ciencias exactas.

¿Hay aquí alguno, señores que, en serio, me diga a mí qué tiempo hará en 1934, tal día y tal hora? ¿Hay alguno que me diga, en 1975, tal día y en tal hora, qué tiempo tendremos? En serio, señores.

¿Hay alguno aquí que me diga cuántos milímetros precisos caerán en el pluviómetro tal día determinado? ¡Señores, predecir! ¡Fijaos bien! Y eso en Meteorología, en que los fenómenos, todos ellos, están ya contenidos en causas naturales. Todo lo que entonces vaya a suceder tiene causas que lo determinen y que actualmente tienen existencia. Pero ¡qué difícil es predecir, así y todo!

¡Predecir! Predecir, en los fenómenos sísmicos, el lugar del movimiento, designación del epicentro, intensidad de terremoto, consecuencias del mismo y predecirlo con aseveración y con la realidad de cumplimiento, a distancia de siglos, ni siquiera de días, ni aún de horas, es superior a la comprensión científica del entendimiento humano.

¡Oh! Si con el plazo de un día que pudiesen predecir los terremotos, no hubiera pasado las desgracias de lo de Mesina, ni lo de Japón, ni lo de California.

Señores, es muy difícil predecir. Y fijaos: las causas de las sacudidas terrestres, todas cuantas determinan las conmociones y terremotos, tienen hoy existencia, y en el desenvolvimiento de estas causas está precisamente contenido el terremoto. Y a pesar de eso, al entendimiento humano ¡qué difícil le es predecir!

¡Predecir! Predecir el sexo de un ser futuro, sus tendencias, sus futuros estados nosológicos, con su etiología precisa, con su sintomatología y su pronóstico, decidme, médicos que me escucháis, si esa predicción sería propia del hombre de ciencia, que, 100 veces en la vida, no puede predecir, ayudado de todos los medios de diagnósticos modernos, la evolución de la enfermedad que tiene delante. Predicciones en esta materia, serían adivinanzas de adivina que ” echa las cartas”, y de gitana que observa la raya de la mano, y hecha la buenaventura. Quien de esto predijera, y cuánto más en serio y con más seguridad…, tanto más simplistamente necio.

¡Predecir! ¡Qué difícil, señores que imposible el predecir categórico, serio, concreto, con matemático cumplimiento de lo predicho, y eso aún tratándose de fenómenos como los meteorológicos, los sísmicos, no pocas veces los patológicos, que son fenómenos cuya existencia está férreamente contenida ya en sus causas ahora existentes! Y si ese predecir es imposible para el entendimiento humano, ¿qué será para él el predecir futuros dependientes del humano querer, futuros no férreamente contenidos en sus causas, como la lluvia o el frío que tendremos mañana?

¡Predecir, donde interviene la voluntad humana!

¡Si de uno mismo no puede uno predecir que hará tal hora o dentro de cuatro años! Primero, ¿vivirá tal día como hoy dentro de cuatro años? ¿No ha muerto nadie repentinamente de angina de pecho?

Las llamadas leyes estadísticas no predicen jamás hechos concretos, determinados el lugar, tiempo y persona. Sino que expresan, según el cálculo de probabilidades -nada más que probabilidades-, algunos acontecimientos humanos.

Jamás, por la ley estadística, se puede predecir ” el año 1934 habrá en el mundo tal número preciso -ni al poco más o menos-de homicidios; el primero de este año será en tal sitio, en la calle, por tal persona, de tal modo…; el segundo…, el milésimo… “.

A plazos de años, cuanto más de siglos, predecir con exactitud fenómenos dependientes del querer humano (y aún más si entran en juego multitud de voluntades humanas), y predecirlos con detalles precisos, concretos y múltiples, excuso intentar, señores, probar que, en ciencia seria, es un absurdo. Sois auditorio de cultura, para comprender esta palpable verdad sin que os la diluya.

Nadie, con seriedad científica, se atreverá a suponer que el entendimiento humano puede vaticinar con precisión absoluta, a través de los siglos, acontecimientos dependientes del múltiple concurso de voluntades humanas.

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Esas predicciones, con las notas de aseveración categórica, determinación concreta absoluta y precisa, cumplimiento de exactitud sólo son propias del entendimiento que, por ser Infinito, está presente a los tiempos todos, y ve los futuros libres que aún no existen pero que tendrán realidad física en su tiempo.

Sólo es de Dios el poder predecir sobre futuros libres, y a plazos de siglos, con aseveración absoluta, con determinación precisa, y, señores, con cumplimiento exacto de todo lo predicho.

La razón humana lo ve esto con evidencia.

Predicciones -en plural-, predicciones -más de 30 son las que aquí hemos expuesto- hechas durante 11 siglos, por diversos profetas, de rasgos y detalles tan minuciosos y detallados como variadísimos en su contenido, y todas ellas exacta y puntualísimamente cumplidas, tal como fueron profetizadas, en la Persona a quien se refieren, sólo a Dios han podido tener como Autor.

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Y si Dios es el Autor de esas predicciones, que están contenidas en las Escrituras, bien podemos guiarnos por ellas en la adquisición de la verdad.

Con ellas ante nuestra vista, naveguemos tras el puerto de la verdad.

Dos coordenadas bastan en la carta de navegar para fijar exactamente la posición de un puerto determinado.

Más de 30 coordenadas, coincidentes con la precisión más exacta en la Persona de JESUCRISTO – con las características que acabamos de estudiar- bien seguros pueden dejarnos de si es JESUCRISTO la Verdad.

Dos coordenadas, latitud y longitud, destellos en luz y período de faro, señalan el puerto al que navega el barco, y le sirven de guía fidelísimo para que en él ancle la nave con seguridad.

Destellos de luz divina, emitidos durante 11 siglos, señalando a JESUCRISTO -Legado Divino-Hijo de Dios-, seguros nos pueden conducir a Él como puerto de la Verdad Religiosa.

Cuando lleguemos a El oigamos de su boca divina: “Ego sum veritas”. “Yo soy la Verdad”.

Las credenciales que Dios entregó a su Hijo son de tal naturaleza, por su multiplicidad y clarividencia, que aquietan al entendimiento más escrupuloso.

Y, por otra parte, son de las que evidencian la mala fe de los que, con ceguera voluntaria, no quieren considerarlas y admitirlas.

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Por eso, el mismo JESUCRISTO les argüía a los judíos que admitían las escrituras del Antiguo Testamento y las creían inspiradas por Dios, a que, basándose precisamente en ellas, creyesen en su Mesiandad, y le recibieran como enviado de Dios, su Padre.

“Vosotros escudriñáis las Escrituras, porque creéis que en ellas se encuentra la vida eterna, et illae sunt; pues ellas son precisamente las que testifican de mi” (Juan, V, 39 y subsiguientes).

Señores, escudriñad también vosotros, los vaticinios con que en las Escrituras se señalan las características del Legado Divino; vedlos todos coincidir y realizarse en la persona de JESUCRISTO, y Él os ilumine, para que la verdad crítica, histórica innegable -de los vaticinios de su cumplimiento en JESUCRISTO- os haga decir con la Samaritana: “Scio quia Messias venit”.

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Hombre que me escuchas: ¿buscas sinceramente el puerto de la Verdad? Ve la coincidencia de la longitud, comprueban los destellos de luz y período del faro; enfoca el rumbo de tu vida; timón firme, proa al puerto y… ¡ancla! Ha llegado el momento final, el momento cumbre de la sinceridad.

“¿Quién es el Mesías? “, preguntó a JESUCRISTO la Samaritana.

JESÚS dice: “Yo soy, el mismo que habla contigo”.

¿Quién es la verdad?, pregunta el hombre serio. Escuchemos del mismo JESUCRISTO, la contestación: “Yo soy. El mismo de que hablan las Profecías”.

Él os haga, con la gracia divina, aceptar libre y sobrenaturalmente al Enviado de Dios, que es luz y camino y es verdad. Ojalá repitáis con FELIPE, cuando encontró a NATANEL:

“Quem scripsit MOYSES in lege et prophetae, invenimus JESUM” (Juan, I, 45). “Hemos hallado a Aquel de quien escribieron los profetas” -a JESÚS.

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He aquí, señores, el problema. Yo quisiera que esta noche, serenos vosotros, lo pensaseis. Os he dado orientación en el plano de hallar la Verdad. He cumplido mi cometido: “JESUCRISTO en Profecía”.

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Tercera Conferencia. 23 de marzo de 1933
Jesucristo en la Historia

EXCELENTÍSIMO Y REVERENDÍSIMO SEÑOR, SEÑORES:

Esta noche estudiemos a JESUCRISTO encuadrado en el marco real de la Historia.

Estaba predicha la Persona del Mesías.

Y éste se presenta al mundo. “Lux venit in mundum”.

Lleno de luz y de verdad. -La Verdad y la luz.

Señores, quisiera que esta noche tuviéramos abiertos los ojos del alma, y que las tinieblas o nubes de pasiones no entenebrezcan la refulgente claridad en que se halla envuelta la persona histórica de JESUCRISTO.

Abrid vuestros ojos, disipad tinieblas de afectividades perturbadoras; eso sólo basta. La Verdad, la Luz os iluminará.

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Aparece JESUCRISTO en pleno marco de historia. Nacido en tiempo de AUGUSTO, muerto en el de TIBERIO, vive JESUCRISTO en la misma época historia que FILÓN el judío, que TITO LIVIO, que SÉNECA, que VIRGILIO.

Su vida pública se desarrolla toda entre personajes históricos.

“En el año 15º del imperio de TIBERIO CÉSAR, gobernando PONCIO PILATOS la Judea, siendo HERODES tetrarca de Galilea…, en tiempo de los sumos sacerdotes ANÁS y CAIFÁS…” hace JESUCRISTO su primera aparición pública.

No es JESUCRISTO la figura legendaria, vaga, que se oculta entre sombras de tiempos prehistóricos y vive en sitios desconocidos y fantásticos.

Es, señores, la realidad histórica, concreta, en tiempos, en lugar, en obras.

Su figura es viviente, tangible, realísima. Tan real y tan viviente, que un apóstata reciente de la fe no ha tenido más remedio que escribir:

“JESÚS viviente trata con los vivientes; el mundo que se ve agitar a su alrededor, es un mundo real; los personajes que allí se dibujan, tienen el relieve de su existencia y de sus caracteres individuales; la vida está llenándolo todo, y con la vida, la verdad de la presentación histórica” (Loisy, Le Quatriéme Evangile, París, 1903, pág. 72).

Podemos, pues, abordar el estudio de su Persona con la mayor crítica y rigurosidad histórica con que puede estudiarse problema alguno histórico de cualquier otra disciplina.

LAS FUENTES HISTÓRICAS PARA EL ESTUDIO DE JESUCRISTO.

¿Qué fuentes críticas hay en las cuales pueda yo estudiar este personaje viviente, histórico?

Señores, un poco de psicología.

Señores, era muy lógico. Conceder valor histórico a las fuentes sobre la Persona de JESUCRISTO, no convenía de modo alguno a los que no querían aceptar las conclusiones que de ella se desprendían.

Señores, era muy lógico. Si se concedía valor histórico a los Evangelios, no se podía menos de aceptar su contenido, como los de otro cualquier documento histórico, y ese contenido no era grato en su aceptación.

Señores, era muy lógico. Se relegaban los Evangelios a épocas muy posteriores a las que se decían escritos; y ya no se vería uno acosado por su contenido.

Señores, era muy lógico. Se les concedía una fecha de composición posterior al 150 de nuestra era. Con ello estaban resueltas todas las dificultades. Ni sus autores son los que encabezan el título de los Evangelios, ni su contenido es otro que el de la evolución de un ideal hondamente querido por el pueblo cristiano. No eran relatos históricos los Evangelios. Eran escritos posteriores en más de un siglo a los hechos que narran; hechos que, lejos de ser realidades, eran afectividad del corazón del pueblo creyente.

Todo esto era muy lógico, señores, pero nada tenía de científico.

Era muy lógico, dadas las enormes cargas afectivas de dónde procedía. Eso sí que arrancaba de la afectividad; no de la razón, no del estudio sereno e imparcial.

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¡Y con qué febril actividad, con qué ardor se emprendió el estudio crítico histórico de los Evangelios! ¡Que analizarlos y desmenuzarlos en estos últimos cincuenta años, con todo el rigor y escrupulosidad de que la Ciencia es capaz, por cuántos métodos es posible dilucidar la autenticidad histórica de un documento!

Y este estudio hecho por racionalistas con la finalidad de aquietar sus cargas afectivas, ha obligado a exclamar, al ver sus resultados, a una gran figura del racionalismo alemán:

“¿Hemos trabajado los racionalistas cincuenta años febriles para sacar sillares macizos que sirvan de pedestal a la Iglesia católica?”.

Porque, señores, trabajos serios, crítica de investigación la más precisa, ha dado lo siguiente:

Por el método de citaciones, se ven citas de los Evangelios en escritos auténticos anteriores al 150, y anteriores al año 100 de nuestra era, y citas al pie de la letra, y citas de los cuatro Evangelios, en un fragmento del manuscrito llamado MURATORIANO, estudiado por WIESELER y HERZ, entre otros, consta cierto que ya en 142, bajo PÍO I, existía el catálogo de los libros canónicos, y entre ellos están los Evangelios.

Y el manuscrito Códice Sinaítico es copia del texto griego de los Evangelios, que se usó en la Iglesia antes de finalizar el siglo I.

La lógica, a impulso de las cargas afectivas, quería que los Evangelios hubiesen estado escritos después de 150; la crítica, en ciencia serena, los encuentra copiados en citas antes del año 100.

Por el método de traducciones…

Naturalmente, obrero que me escuchas, si uno traduce un libro, este libro traducido es anterior a la traducción.

Tenemos traducciones. La Vetus Italica, que es la versión latina de los Evangelios, y la Peschito, que es la versión siríaca, que son de antes del 150 la primera y de fines del siglo I la segunda.

Luego si las versiones son algunas del siglo I, los Evangelios -aunque la lógica afectiva los ponía como posteriores al 150- son ciertamente anteriores al siglo II.

Por el método de polémica, tenemos, señores, que ya en el siglo II se escribían defensas contra los herejes, en las que se les argüía recurriendo a los cuatro Evangelios, lo cual supone su existencia.

Y supone, además, como se les argumentaba de lo que los herejes mismos concedían, que ya en esas fechas se admitía aún por los herejes la genuinidad de los Evangelios. De lo contrario, bastaba que los herejes contestasen que qué tenían ellos que ver con lo que los Evangelios decían.

La lógica afectiva supuso escritos los Evangelios cuando a sus deseos convenía.

Pero la ciencia seria, con multiplicidad de argumentos de estricto valor crítico, concluye la genuinidad de los Evangelios; son escritos en el siglo I y por los autores cuyos nombres llevan.

Ya RENÁN tuvo que confesar:

“En suma, admito como auténticos los cuatro Evangelios canónicos” (Vie de Jésus pág. 23).

Y toda la crítica racionalista seria, con HARNACK a la cabeza, no puede menos de conceder, arrollada por la Ciencia: “El carácter absolutamente único de los Evangelios, es hoy día universalmente reconocido por la crítica”.

Tan cierto es en ciencia seria el valor histórico de los Evangelios, que el gran crítico inglés STREETER afirma que, en el estudio de la literatura clásica, los Evangelios son los que críticamente tienen la posición más privilegiada que existe.

Y el más seguro de los críticos textuales del siglo XIX, HORT, resume sus investigaciones de 25 años -(estamos, señores, viviendo en un país de investigaciones sobre la mesa de un café, discutiendo ante una copa de coñac)-, resume HORT sus investigaciones de 25 años, repito, a las de su colega WESTCOTT, con estas textuales palabras:

“Las 7/8 partes del contenido verbal del Nuevo Testamento están fuera de duda. La última octava parte consiste principalmente en modificaciones en el orden de las palabras o en variantes insignificantes. De hecho, las variantes que tocan a la sustancia del texto, son muy poco numerosas, y pueden ser valuadas en menos de la milésima parte del texto”.

Señores: espanta que entre la cantidad innumerable de códices, versiones y copias de los Evangelios en todo el mundo, aún en la materialidad misma de las palabras, este fuera de duda la concordancia de 7/8 partes del texto y que la otra octava parte sea de variantes en el orden de las palabras. Espanta, señores, que a través de tantos copistas, y en tantas lenguas, las variantes entre los códices y versiones del mundo todo, no lleguen a más de una milésima parte del texto evangélico.

¿Quién pudiera exigir tanta precisión y exactitud histórica en las fuentes para el estudio de JESUCRISTO?

Reflexionad, señores, que no es hoy día cuando se han copiado ni traducido los Evangelios. Hoy disponemos de un teclado a máquina, en que las copias salen exactamente iguales. Aquilatad la prueba, reflexionando como hombres que sois Entonces, las copias eran en papiros; entonces la copia era de amanuenses, que enviaban los Evangelios, uno a Siria, otro a Grecia, otro a Palestina, el otro corría por África…

Auténticos, genuinos, escritos los Evangelios en la generación en que se desarrollaron los hechos que narran. Generación que hubiera podido, a leerlos, recusar su contenido, como no exacto, y jamás lo hizo.

Transparentes y sencillos, sin ocultar debilidades y caídas de los Apóstoles ni humillaciones e ignominias de JESUCRISTO. Escritos por testigos presenciales, como MATEO y JUAN, por MARCOS, amanuense de PEDRO, y LUCAS, el fidelísimo investigador y crítico relator de lo que narra. Sellados con el testimonio de los tormentos y del martirio sufrido por sus autores, son los Evangelios, según lo da el estudio más crítico-científico que de ellos a través de años de investigación han hecho hombres ajenos a su ideario religioso, las fuentes críticas irrecusables que nos ponen con absoluta seguridad científica en contacto con la Persona y la obra de JESUCRISTO.

Nadie puede dudar de su contenido, con duda prudente y racional.

Dudar imprudentemente e irracionalmente, sí se puede. Yo, señores, creo que no seréis de los que quieren proceder imprudentemente; de los que quieren ser irracionales.

+

Veamos en esos documentos, fuentes de historicidad auténtica, quien es JESUCRISTO.

JESUCRISTO se ha manifestado con claridad insuperable.

Categóricamente ha dicho JESUCRISTO quién es…

Estaba anunciada la venida del Legado Divino, del hijo de Dios.

En JESUCRISTO se cumplieron los vaticinios todos, con lo cual estaba ya indudablemente designado quién era; pero ahora, no los Profetas, sino El mismo se manifiesta y revela a la Humanidad.

El hecho central histórico en la vida de JESUCRISTO, es su afirmación categórica, repetida en privado, en público y ante público tribunal en funciones, que El era el Hijo de Dios.

“Tu credis in Filim Dei?”, le preguntó al cieguecito de nacimiento, a quien acababa de dar la vista. ¿Crees tú en el Hijo de Dios? Él respondió y dijo: “¿Quién es, Señor, para que crea en El?” Y le dijo JESÚS: “Le has visto (hacía sólo un momento que podía verlo) y el que habla contigo ese mismo es” (Juan, IX, 36-37).

En particular, al ciego, como a la Samaritana, se revela el Hijo de Dios. JESUCRISTO no hace distinción de almas.

Un día hablaba con una pobre mujer de Samaria, mujer descarriada, a quien encontró JESUCRISTO y le tocó el corazón. Recordaréis que anoche os dije que en 722 se separaron los samaritanos de los judíos y que los samaritanos se llevaron las profecías y las conservaban. Por eso, la samaritana le dice a JESUCRISTO: “Ya sé que viene el Mesías, el que llaman Cristo. Cuando El venda nos enseñará todo”.

Entonces le dijo JESUCRISTO solemnemente: “Yo soy, el mismo que habla contigo”. Y la Samaritana, echándose en tierra, le adora. En privado.

Y en público, señores, ¡qué magnífica confesión la suya!; “El Padre y yo somos una misma cosa”. ¡Y tan bien la entendieron cuando lo dijo en público, que por ello le quisieron apedrear!

¡Qué diálogo!..

-“Muchas buenas obras he hecho: ¿por cuál de ellas me queréis apedrear?
-No te apedreamos por sus buenas obras, sino por la blasfemia; porque siendo tú un simple hombre, te haces Dios” (Juan, X, 30-33).

Aquí le quieren apedrear, y después del discurso que tuvo JESÚS ante los escribas y fariseos, acabado de curar el paralítico en la probática piscina, le quisieron matar porque “decía que su padre era Dios, haciéndose igual a Dios” (Juan, V, 18).

Y toda su vida pública es un atestiguar su filiación divina y un testimoniar con pruebas sus afirmaciones.

Y ante el público tribunal, en el momento más solemne de su vida, le conjura el Sumo Sacerdote en nombre de Dios vivo, que de una vez diga claramente (¡cuantísimas lo había dicho!): “¿Tú eres el Cristo Hijo de Dios bendito?”.

Con la misma claridad que durante su predicación evangélica, lleno de majestad y dominio, aunque maniatado, responde ante el Tribunal Supremo Eclesiástico, categóricamente: “Ego Sum”. “Yo lo soy” (Marcos, XIV, 61-62).

Y porque lo dijo, porque reiteró categóricamente su filiación divina, por eso precisamente le condenaron a muerte. “Nosotros tenemos ley, y según la ley, debe morir, porque se hizo hijo de Dios” (Juan, XIX, 7).

Bien terminante es ante la Historia la reiterada afirmación de JESUCRISTO, de que Él es el Hijo de Dios.

+

Y tan histórica como esta afirmación, son históricas las pruebas que JESUCRISTO adujo para demostrarla.

Motivos tenía JESUCRISTO, por todo lo que se veía en su Persona de santidad y de verdad, por todo lo que los Profetas habían predicho del Mesías, que lo podían ver cumplido en Él, para qué se le creyese. Pero “si mihi non vultis credere”, “si a Mí no me queréis creer”, decía a sus adversarios, “operibus credite”, “creed a mis obras” (Juan, X, 38).

¡Las obras de JESUCRISTO! Llenas de realidad, inconfundibles, infalsificables.

Justísimo es que el entendimiento humano quiera pruebas de la realidad afirmada por JESUCRISTO.

Sin pruebas, no es de hombre razonable el creer.

Pide tu pruebas, y pruebas positivas, de las que no puedas razonablemente dudar, de las que no puedan falsificarse.

Ahora, que cuando te ofrecen esas pruebas con todo el rigor crítico posible, no procedes como racional si las recusas por apriorismos afectivos.

-“Padre, déme una prueba clara, una prueba para un obrero. Padre, una prueba para un comerciante… Padre, que yo soy un hombre metido en negocios; yo soy un arquitecto… Padre, no me dé esa prueba… que no entiendo. Padre, yo soy un médico y cuido nada más que de la parte material del hombre; no me dé una prueba de exquisitez, de agudeza de entendimiento, porque…”
-Haces muy bien en pedir una prueba a tu alcance. Pide una prueba que tú palpes, pide una prueba manifiesta, en donde conste sin tergiversación posible que es una prueba irrecusable.

Tú exiges pruebas, exige.

Pruebas sensibles, tangibles, no pruebas de exquisiteces recónditas para algún que otro entendimiento culmen.

Pruebas manifiestas, y fuera en absoluto del curso natural y ordinario.

Pruebas en que salte a la vista la desproporción real entre la causa y el efecto.

Pruebas, que por el modo lleno de dignidad con que se realizan, excluyen el charlatanismo y cuanto tienda a favorecer el orgullo, el exhibicionismo y los intereses bastardos del lucro.

Pruebas, relacionadas con algo de trascendencia vital, de verdadero interés, y no de ligereza de puerilidades nigrománticas y de vacuidad manifiesta.

Pruebas en que la persona que las realice, por su honorabilidad, virtud, seriedad, sea garantía de las mismas.

En ti está el exigir esas pruebas, para tener sólido fundamento en tus creencias.

+

¡Y qué espléndido JESUCRISTO en ofrecer pruebas inconcusas para probar sus afirmaciones!

Espléndido en las pruebas JESUCRISTO. Pruebas de la historicidad crítica más absoluta. Pruebas enteramente positivas, sensibles, tangibles, de manifiesta superación del poder de las causas naturales, fuera en absoluto del curso natural y ordinario, llenas de dignidad y de la más vital trascendencia.

Espléndido en las pruebas JESUCRISTO.

¡Ah, señores! ¡Cuando JESUCRISTO se pone a sellar! Hay firmas que se pueden falsificar, por eso hay estafadores.

¡Pero cuando JESUCRISTO se pone a sellar, y se pone a sellar para dar un sello que nadie le pueda falsificar! ¡Que buen sellador es Jesucristo!..

En los cuatro Evangelios se cuentan 41 de estas pruebas: 24 en SAN MATEO; 22 en SAN MARCOS; 24 en SAN LUCAS; 9 en SAN JUAN; en total, distintas, 41; las demás son repetidas.

Pruebas que constituyen la sustancia misma de los Evangelios.

Pruebas de tal manera distribuidas en los Evangelios, que es en absoluto, en plena crítica científica, imposible interpelación alguna; porque los antecedentes y los consiguientes de esas pruebas -el porque se hacen los milagros y la doctrina que con ocasión de ellos explica JESUCRISTO- son todo el Evangelio.

Todo el Evangelio, señores, es como antecedente y consecuente de las pruebas -los milagros- que JESUCRISTO ofreció de su Persona.

Todo el Evangelio. Y, señores, el Evangelio todo, en plena crítica, con el criterio científico más riguroso, es un documento histórico de tal valor, que por confesión de los mismos no católicos, pero especialistas en la materia, no hay otro libro en la literatura antigua que tenga, no iguales, sino ni muy lejanas pruebas en favor de su historicidad.

Espléndido en ofrecer pruebas JESUCRISTO.

Cuarenta y una ofrece, de la rigurosidad más crítica histórica.

Escojamos algunas…

+

En cierta ocasión JESUCRISTO levantó los ojos y vio una turba numerosísima que había venido a Él, y comparecido de ellos, porque estaban como ovejas que no tenían pastor, los recibió y comenzó a enseñarles; comenzó a predicarles. Eran muchos, como vosotros esta noche, más de 5000, sin contar muchedumbre de mujeres y niños.

Y estos hombres, entusiasmados con la predicación de JESUCRISTO -¡oh, si yo os pudiera hablar esta noche como hablaba JESUCRISTO!-, estos hombres le siguieron todo el día, sin probar bocado.

Venida la tarde y avanzando las horas, se le acercaron los discípulos y le dijeron:

“Estamos en un desierto y pasan las horas. Despide las turbas para que vayan a las aldeas y villas que están cerca y compren allí algo que comer” (Mateo, XIV, 17-21).

Respondió JESÚS y dijo: “No es necesario que vayan; dadles vosotros de comer”.

Entonces dirigiéndose a FELIPE, le dijo:

“¿De dónde podremos comprar pan bastante para éstos? ¿Cuántos panes tenéis?” (Juan, VI, 5-14).

ANDRÉS, el hermano de SIMON PEDRO, le respondió: “Hay aquí un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero esto ¿qué es para tanta gente?”.

Díjole JESÚS: “Traedme eso acá”. Y añadió mandando: “Haced que se vayan sentando por grupos sobre la hierba”.

Y, según los mando, hicieron a todos sentarse en grupos de a 100 o de a 50.

Entonces tomó JESÚS los cinco panes y los dos peces, los bendijo al modo oriental y mandó a sus discípulos distribuirlos…

¡Ah, seudocientífico!, el que con ironía y desdén exclama, para desvirtuar ciertos hechos: ” ¡Sugestión, sugestión! ¿Quién sabe adónde alcanza la sugestión?”.

¡Seudocientífico! Lo triste no es que te pierdes, sino que te pierdes porque quieres; lo triste es que voluntariamente no quiere reflexionar; lo triste es que tú te pierdes y arrastras a otros infelices en tu perdición, abusando de tu seudocientífica autoridad.

Se encarcela porque se envenena con drogas y estupefacientes, y no se encarcela cuando se envenena el alma, que es más que el cuerpo.

¡Seudocientífico! ¡Qué bien enseña JESUCRISTO!

¡Enseña, y sella de manera infalsificable su enseñanza!

Se reparte el pan, se reparten los peces. ¡Sugestión! 5000 hombres que comen, 5000 hombres que se hartan. ¡Sugestión! ¡Oh protervia humana! Creemos las ridiculeces y gacetillas de periódicos, y viene JESUCRISTO sellando, y dice: ¡es sugestión!

¡Sugestión en más de 5000 hombres -y añade aún las mujeres y los niños- que no creen ver, sino que palpan y comen y se sacian!.. ¡Qué bien sella JESUCRISTO!.. ¡Y manda que recojan los fragmentos de pan sobrantes, y… se llenan 12 grandes cestos de pan!

JESUCRISTO, ¿mandas que se recojan los fragmentos de pan? ¿Y qué falta que hacen esos pedacillos, cuando así multiplicaste los cinco panes?

¡Ah, señores!, ninguna falta le hacían a JESUCRISTO los sobrantes de pan. Pero a mí sí me venía muy bien el que JESUCRISTO mandase recogerlos.

Empezaron a repartirse cinco panes, comieron de ellos más de 5000 hombres, sin contar las mujeres y los niños, y sobran, señores, 12 cestos de fragmentos de pan.

¡Con qué razón arguye JESUCRISTO: “Si a Mí no me creéis, creed a mis obras!”.

+

¡Qué pecado tan grande el del que escupe a JESUCRISTO, y le dice: “No te creo”!

Señores, ¡qué bien sella JESUCRISTO!..

¿Tengo yo aquí médicos? Dice el médico: ¡Sugestión!

Yo le preguntaría: Querría ver que es sugestión… ¿Qué será la sugestión?

¿Tengo yo aquí algún psiquiatra? ¿Qué será la sugestión?

El mecanismo interno que se designa con nueve letras: ¡sugestión!

Pero, espera, que viene JESUCRISTO camino de Jerusalén, y se le acercan 10 leprositos.

¿Tengo yo aquí médicos que conozcan el bacilo de HANSEN, y los nódulos cancerosos y la degradación de los tejidos?

La técnica actual del siglo XX, a fuerza de investigaciones en tantos centros, ha llegado a ver qué tal vez por el aceite de chaulmogra, administrado debidamente, se obtenga alguna remisión y curación condicionada de la lepra. Tratamiento dolorosísimo, prolongado y… no eficaz.

Médico, que viene JESUCRISTO, y se le acercan los leprositos, aquellos que no podían presentarse en público, pero que tuvieron confianza para hacerlo ante el Maestro, con aquélla confianza que inspiraba JESUCRISTO.

Viene el leproso, tapándose, el pobre, las llagas que tenía en las carnes por la lepra, y una vez en su presencia, le dice: “Señor, si tú quisieras, me pudieras limpiar” (Mateo, VIII, 2-3).

Contestación de Jesucristo: ” ¡Quiero! Queda limpio”.

Y, al momento, aquellas carnes quedan completamente limpias de lepra, sanas y como la carne del niño recién nacido… ¡Sugestión!

Y éste era uno de los muchos casos de leprosos que de modo similar curó JESUCRISTO.

¿Hay quien quiera hacer el ridículo afirmando que la lepra se cura por sugestión?

Señores: ¡cómo sella JESUCRISTO!

Medicina legal. ¿Tengo yo aquí quien la conozca? ¿Cuál es la prueba cierta para determinar la muerte real y distinguirla de la muerte aparente?

Fijaos, señores; lo que es cierto en ciencia, lo que es indiscutible, es esto: donde hay podrido, allí no hay vida. Célula podrida, célula que no vive. Lo podrido no vive. Protoplasma desintegrado, núcleo desintegrado, estado coloidal pasado a estado de gel…, ¡muerte!

¡Es indiscutible en ciencia: donde podrido muerte!

LÁZARO de Betania se halla gravemente enfermo. Sus hermanas se lo notifican a JESUCRISTO. Este retrasa el acudir al llamamiento y llega a casa de su amigo cuatro días después de enterrado LÁZARO (Juan, XI, 1-54).

Le dicen a JESÚS: “Si tú hubieras estado aquí, LÁZARO, nuestro hermano, no hubiera muerto”. Lo que equivalía a decirle: ¿Por qué le has dejado morir?..

Para esto, señores, le deja morir, para sellar bien la prueba de su divinidad.

“Señor le dice MARTA- señor -repite MARÍA-, si hubieras estado aquí, mi hermano no hubiera muerto “.

Llora MARTA, llora María, los judíos que con ella habían venido al sepulcro lloran también, y JESÚS, ante aquella escena llena de pena y de ternura, nos deja entrever la inmensa delicadeza de su corazón… ¡y JESÚS llora!

Dice JESÚS: ” ¡quitad la piedra!”

Dícele MARTA, la hermana del difunto: “Señor, hiede ya, que es difunto de cuatro días”.

Al quitar la piedra, todos, sin duda, hubieron de sentir el hedor pestilencial que del sepulcro salía.

Levantó JESÚS los ojos a lo alto y dijo: “Padre… Para qué crean que Tú me has enviado”.

Y con aquel poder con que creó los astros, que siguen rodando por los espacios a vertiginosas velocidades, y con millones de kilómetros cúbicos de masa; con aquel poder de Dios Creador, sereno JESUCRISTO, digno, con pleno dominio de Si, clama con gran voz: ” ¡LÁZARO!, ¡sal fuera!”

Y LÁZARO que se presenta vivo, no en un sitio que no se sabe dónde fue, ni ante un grupo de los iniciados por JESUCRISTO, sino en Betania, ante aquel concurso de judíos que se hallaban en casa de MARTA y MARÍA, en gran parte enemigos mortales de JESUCRISTO.

¡LÁZARO vivo!

Salió el que había estado muerto, ligados los pies las manos con vendas y su rostro envuelto en un sudario.

¡Señores! ¡Es para perder la cabeza!

Parece que ver el cadáver resucitado sería bastante para haberse echado en tierra y adorar a JESUCRISTO, besarle la orla del manto y decir: ” ¡Creo!”

No fue así.

Muchos, si. Muchos si creyeron.

Pero dice el Evangelio que una gran parte, no.

Yo quisiera tener aquí esta noche, señores, un gran psicólogo, un gran psiquiatra que me pudiese explicar el influjo de la afectividad en la lógica y podría estar viendo cómo las derivaciones psíquicas, que antes se creían primordialmente intelectuales, ahora parece que son de orden afectivo.

¡Que verdad es! ¡Qué influjo el de la afectividad! Y por efecto de ella, ¡como odian a JESUCRISTO, con odio encarnizado! Ved que lo que JESUCRISTO les da como mejor, ellos lo convierten en lo peor.

Los judíos no niegan el hecho -es palpable en demasía-, sino que, hirvientes de odio ante el prodigio, acuden presurosos a los Príncipes de los Sacerdotes, a urgir que a JESUCRISTO se le quite cuanto antes de en medio. “¿Qué hacemos?, porque este hombre hace muchos milagros”. “Si le dejamos de esta manera, todos van a creer en él”.

¡Qué tremendas, señores, son las cegueras afectivas! ¡Lo que es el odio para la inteligencia!

Ven palpable el prodigio; no lo niegan, y en lugar de rendirse a la evidencia, el mismo prodigio les enciende incendios de odio, que anublan sus inteligencias.

Y a aquéllos judíos se les oye decir: “¿Qué hacemos con este hombre? Porque este hombre está haciendo unos prodigios estupendos, y si le dejamos así, ¡todos van a creer en él!”

¿Que qué hacer? Pues creer en El y adorarle. Lo lógico, lo consecuente.

Pero no, señores, fue lo contrario. De este hecho nació precisamente el influjo tremendo que determinó la muerte de Nuestro Señor.

De este hecho de amor nació el odio, y de esta fuente de vida salió el “Hay que llevarle a la muerte”.

Igual que hoy. ¡Hay que raerle de la sociedad! ¡Igual que hoy!

¡Lo que pueden las cargas afectivas!…

+

La Historia se repite, señores, en el decurso de los siglos.

Este influjo de la pasión en la inteligencia, está de modo insuperable descrito en la escena del ciego de nacimiento. Es la página más bella que se ha escrito sobre la afectividad y la lógica (Juan, IX).

Salía JESUCRISTO del templo un día; salían del templo, bramando tras Él, los fariseos y los escribas, cargadas las manos de piedras para arrojarlas sobre El.

Salió; y al salir, igual que aquí -¿no habrá pobrecitos que pidan limosna a la salida de este templo?-, vio a un cieguecito de nacimiento que pedía limosna a la puerta del templo de Jerusalén.

JESUCRISTO, que acababa de decir que era la Luz del mundo, quiso demostrar con un hecho que Él daba la luz al mundo -ciego de nacimiento por las pasiones y las concupiscencias-, como daba la luz a los ojos del cieguecito que esperaba una limosna.

Y su JESUCRISTO con el polvo del suelo y su saliva un poco de barro, con el que untó los ojos del ciego, y: “Vete -le dijo- y lávate en la piscina de Siloé”.

Y el cieguecito, conducido por su lazarillo, fuese, lavóse y vio.

El ciego no ve, pero le cree; el ciego marcha al natatorio, y el ciego recobra la vista de los ojos, que es la luz.

¡Un ciego de nacimiento! ¡Oculista! Atrofia retiniana, nervio óptico, tálamos, corteza occipital…, etc. ¡Qué problemas plantea la ceguera de nacimiento! Ciego de nacimiento… Y un poco de barro que le pone JESÚS en los ojos, que obedece, se los lava y adquiere la vista…

Por mis recuerdos de mis años de estudiante, que aquí viví, en 1903, feligrés de esta iglesia, supongo que la gente del barrio conocerá los pobrecitos que se ponen aquí a pedir en la puerta de este templo. ¡Piden tantos años!

Esto pasaba también en el templo de Jerusalén.

Observa la gente que aquel hombre ve, y se dicen: “¿Pero no es éste el cieguecito que estaba pidiendo en el templo?” Y le dicen: “Oye, ¿tú eres el que pedía a la puerta del templo?”.

El contesta que si…

Van y le cogen…

¡Ah, señores, si es que no habéis saboreado nunca los Evangelios! ¡Que capituló el noveno de SAN JUAN!

Y el cieguecito, entusiasmado, creyendo que les daba la gran noticia a los escribas y fariseos, les dice: ” ¡JESÚS me acaba de dar la vista!”

Los escribas y fariseos… ¡Qué cosa es ésa de la afectividad!

“¡Qué!, ¿hoy le ha curado? ¡Si hoy es sábado! -El sábado es el día de fiesta entre los judíos-; si hoy es sábado, y el sábado no es posible trabajar, ¿cómo le va a curar hoy, siendo sábado?”

¡Hipócritas! ¡Qué hipócritas!

Un día que JESUCRISTO sanó a una mujercita en sábado les dijo: ” ¡Qué dialéctica tenéis! ¿Tú no das pienso al buey de tu pesebre en sábado para que no se te muera? ¿Es, por ventura, esta pobre mujer de peor condición que el buey de tu pesebre? Si se cae el buey en un hoyo, en sábado, ¿no llamas a tu amigo para que te ayude a sacarlo de allí? ¿Es de peor condición esta pobre mujer que el buey que se te cayó? ¡Hipócritas!”

Dicen los escribas y fariseos: “¿Como le iba a curar, si es sábado? Le llaman:

– “Oye, ¿cómo ha sido eso?”

El hombre, el pobre, a la primera vez que le preguntan, contesta:

– “Estaba a la puerta del templo, y cuando salió JESÚS, me untó con barro los ojos, y me los lavé y vi”.
– Este no ha sido ciego -contestaron los fariseos-. Y para probar que no ha sido ciego, que vengan sus padres.

Vienen sus padres y les preguntan:

– ¿Es éste es vuestro hijo?
– Si.
– ¿Este ha sido ciego?
– Desde su nacimiento.
– Y ¿cómo ve?

Ellos, que temían contestar cómo veía, porque existía la amenaza de que habrían de arrojar del templo a quien confesara a JESUCRISTO, les contestaron: “Edad tiene él, preguntádselo a él”.

Se encargan otra vez con el recién curado, y le preguntan cómo ha sido el curarse.

Harto ya éste de tanta pregunta, les dice: “¿Acaso también vosotros queréis haceros discípulos de El?”

¡¡…….!!

Al oírlo estallaron en ira todos: “¿Nosotros discípulo de ése, que ni siquiera sabemos de donde es? ¡Nosotros somos discípulos de MOISÉS! ¿En pecado has nacido todo entero, y pretendes enseñarnos?..

Y lo arrojaron fuera del templo.

JESUCRISTO, que oye que le expulsan se hace el encontradizo con él, y le pregunta:

– “¿Crees tú en el Hijo de Dios?”

El mendigo, que reconoció a quien le había curado, confiando en que lo que él dijese merecía crédito y confianza, dijo:

– “Señor, y ¿quién es ese para que crea en el?”

Díjole JESÚS:

– “Le has visto. Y el que está hablando contigo, ése es”.
– “Creo, Señor”, dijo el ciego curado, y cayó de rodillas adorándole.

El cieguecito reconoce a JESUCRISTO. Y los escribas y fariseos huyen voluntariamente de la luz, cegándose obstinados por el odio.

Ahí tenéis, señores, retratada la psicología de la incredulidad.

Señores, ¿queréis crítica, queréis ciencia? Pues en plena ciencia y crítica histórica, tenéis que admitir la historicidad de los Evangelios.

En ellos, constituyendo su esencia, están algunas de las pruebas dadas por JESUCRISTO, aseveradoras de su misión y de su Persona.

¡Que negáis los hechos, porque no encajan en vuestras ideas y en vuestras tendencias afectivas!

¿Y alardeabais vosotros de ciencia?

Señores, eso no sería ni serio ni sincero.

Señores, eso sería algo espantoso.

+

Todo crítico especialista en la materia, admite las obras de HERODOTO y de TUCÍDIDES. Pues bien, señores, la primera mención de HERODOTO la hace ARISTÓTELES 100 años después de la muerte de aquél. Y de TUCÍDIDES, el primero que alega sean de él sus obras, es CICERÖN, y esto después de 300 años de haber muerto TUCÍDIDES.

A HERODOTO y a TUCÍDIDES, con testigos de 100 y 300 años posteriores en una cita, basta para que el crítico haga gala de erudición y los admita como autores de tales y tales obras.

Señores, es de enorme enseñanza el observar que los mismos que en los Evangelios huyen de la luz, son los mismos que admiten a ojos cerrados la doctrina y la vida de BUDHA. Y el libro Lalita Vistara, que contiene la historia de BUDHA, todos los críticos están conformes en afirmar que es del siglo I antes de JESUCRISTO, esto es, escrito por lo menos tres siglos después de la muerte de BUDHA.

Y es, señores, que no es cuestión de ciencia; no, señores, es cuestión de fobias.

Lo dijo expresamente STRAUSS: no quieren admitir los Evangelios, no porque haya razones para ello, sino por no admitir las consecuencias morales de los mismos.

Más -confiesa terminantemente ZELLER-: que aunque tuviesen la prueba magna de JESUCRISTO probada con los argumentos de mayor fuerza y más ciertos, él no la creería jamás.

Eso es lo que les pasó a los judíos y les pasa a los incrédulos de hoy.

Y éste es el enorme pecado contra el Espíritu Santo, del que el gran perdonador JESUCRISTO Nuestro Señor dice que “no habrá perdón para quien blasfeme contra el Espíritu Santo” (Lucas, XII, 10).

Es el pecado del despreciar y calumniar las obras manifiestas de Dios.

Esto, como se ve, no tienen perdón, no porque, de arrepentirse, no lo tuviera, pues Dios a todo arrepentido perdona, sino porque los que así proceden, ellos mismos se cierran del modo más absoluto el camino a la conversión.

¡Ah! ¡Qué lástima dio esta gente a JESUCRISTO! ¡El que fue sellando con tantos sellos y dejando garantías máximas en favor de la verdad! ¡Qué lástima le dio esta conducta!

¡Con qué dolor de corazón exclamó JESUCRISTO ante este tristísimo proceder!:

“Si yo hubiera venido y no les hubiese hablado, no tendrían pecado; pero ahora no tienen excusa… si no hubiera hecho obras como ninguno otro las ha hecho, no tendrían pecado; pero ahora ellos las han visto y, con todo, me han aborrecido a mí, y no sólo a mí sino también a mí Padre” (Juan, XV, 22-24).

“Lux venit in mundum”. Vino la luz al mundo…

Bien nítido y claro está todo lo referente a la persona de JESUCRISTO y a sus obras en el Evangelio.

Pero “amaron más los hombres las tinieblas que la luz”…

Señores, yo pedí esta noche, al comenzar, que tuviésemos los ojos del alma abiertos, procurando disipar las tinieblas de las afectividades que perturban la visión clara.

Y ante nosotros se ha presentado JESUCRISTO con una realidad histórica en sus fuentes, de tal valor crítico, que ante los técnicos especialistas de años de investigación minuciosa, no existen, en el estudio de la literatura clásica, libros que tengan históricamente posición más privilegiada que los Evangelios.

Y esas fuentes, de valor inconcuso, nos han presentado a JESUCRISTO con declaraciones limpias, diáfanas, sobre su Persona, y con pruebas en número y en calidad en absoluto convincentes.

Ese es JESUCRISTO en la Historia.

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Cuarta Conferencia. 24 de marzo de 1933
JESUCRISTO ante la Ciencia

EXCELENTÍSIMO Y REVERENDÍSIMO SEÑOR, SEÑORES:

Vimos ayer a JESUCRISTO proclamándose El Legado Divino, el Hijo de Dios.

Ante la Historia aparece JESUCRISTO, sellando sus afirmaciones con la autenticidad de los sellos privativos e infalsificables de Dios: los milagros.

Si se procediese con JESUCRISTO, nada más que como ordinariamente se procede con los personajes que nos presenta la Historia, tendríamos, en plena ciencia y crítica escrupulosa, el concepto extracto de la Persona de JESUCRISTO, como se afirma la personalidad de CICERÖN, TUCÍDIDES, HERODOTO…

Pero en vano es hoy en Psicología y Psiquiatría punto de vital interés el influjo de la afectividad en la lógica; el influjo de la afectividad en la voluntad.

En los problemas históricos ordinarios, están las cargas afectivas ausentes. Por eso no cuesta el ser lógico, ni la voluntad se desvía.

En el problema de JESUCRISTO, existen las cargas afectivas al máximum de intensidad. Las fobias, repugnancias afectivas a la doctrina de JESUCRISTO y sus consecuencias prácticas, son de tal violencia, que anulan y ciegan la inteligencia, y arrastran la voluntad.

Señores, antes de encuadrar yo el asunto de esta noche, un momento de reflexión.

La potencia luminosa de un faro, se puede valuar cuán intensa sea, cuando, a pesar de estar rodeados de las nieblas más espesas, todavía deja percibir a gran distancia sus destellos. Densísimas son las nieblas afectivas y de preocupaciones apriorísticas, ante los destellos de la Persona de JESUCRISTO. Las mayores que existen en la Humanidad.

Alrededor de esa luz se ha puesto cuánto hay de odio y de pasión en el mundo; pero, señores, si aún a pesar de toda esa cerrazón de nieblas en la inteligencia, todavía se perciben destellos del luz intensa, podemos por ellos descubrir la potencia intrínseca del luz que JESUCRISTO encierra. Señores, veamos esta noche qué perciben de JESUCRISTO los que abiertamente le niegan el ser Hijo de Dios, pero que, obligados por la Ciencia, no pueden menos de conceder un valor histórico innegable a sus fuentes de estudio.

Veamos qué concepto se ha formado la Ciencia racionalista de JESUCRISTO. La Ciencia -ellos no admiten más Ciencia que la racionalista.

Pues bien, pues bien, ante esos hombres de criterio único y exclusivo racionalista, materialista, ¿cómo aparece la Persona de JESUCRISTO, estudiada por ellos, con su técnica?

Oigámosles esta noche a ellos. Que ellos nos digan quién es Jesucristo estudiado por la Ciencia. Su Ciencia.

Vamos por consiguiente a ver ante la Ciencia racionalista pura, ante la refinada súper crítica, ante los que a priori, a priori, dicen que es imposible la existencia de un hombre Dios, lo que opina esa misma Ciencia sobre JESUCRISTO.

No les propongáis argumentos a los que defienden a priori que es imposible un hombre Dios. Ciegos por sus prejuicios, niegan cuanto hay de divinidad.

¿Que hay testimonios? ¿Que son auténticos?.. A priori lo niegan.

Ante estos, precisamente, ¿quién es JESUCRISTO? Esta noche vamos a oírles a ellos.

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Si yo, señores, os propusiera esta noche las conclusiones que estos investigadores han formado de JESUCRISTO, repitiéndolas aquí confiadas a mi memoria, espero que las creeríais, no dudando de mi veracidad.

Pero, señores, agradeciéndoos esa confianza en mis citas, no voy a proceder de ése modo.

Tal vez mi memoria pudiera trastocar palabras que modificaran ideas de los textos que iba a citar. Tal vez pudiera a algunos de mis oyentes asaltarles la duda de si no habría entera fidelidad en las citas.

Por eso, señores, para tranquilidad absoluta mía y garantía plena vuestra, voy esta noche a leeros textualmente las conclusiones sobre la Persona de JESUCRISTO de los investigadores racionalistas. Y de los investigadores racionalistas corifeos, y cabezas de escuelas: de las figuras de primer orden.

No voy a citar a esos arlequines de la Ciencia, a esos embaucadores, que se cubren con una capa rota, que no es la Ciencia, sino mero diletantismo.

El arlequín, al café, al periódico.

Los que estudian, ¿cómo conciben a JESUCRISTO cuando lo estudian?

Y yo, señores, no llamó estudiar al comparar por dos pesetas un libro y devorarlo en una noche. No.

Yo entiendo que estudia el que posee el griego y el hebreo; yo considero capacitado para este estudio al que posee bien la filología, al conocedor de todas las bibliografías referentes a esta materia, y al que, así preparado, dedica una vida al estudio.

Y estos, señores, ¿qué dicen de JESUCRISTO?

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JESÚS, para RENÁN, con “su perfecto idealismo, es la más alta regla de la vida, la más destacada y la más virtuosa. Él ha creado el mundo de las almas puras, donde se encuentra lo que en vano se pide a la tierra, la perfecta nobleza de los hijos de Dios, la santidad colmada, la total abstracción de las mancillas del mundo, la libertad, en fin” (E. Renán, Vie de Jésus 14, c. XV, XVII; c. XIX, XX; c. XXVIII).

JESUCRISTO es de una claridad de inteligencia, de una penetración de espíritu tan profunda, de una elevación de ideas tan sublimes, que, para RENÁN, “ha creado la enseñanza práctica más bella que la Humanidad ha recibido” (Ibíd., pág. 125).

“Él ha concebido -continua RENÁN- la verdadera ciudad de Dios, la palingenesia verdadera, el sermón de la montaña, la apoteosis del débil, el amor del pueblo, el gusto del pobre, la rehabilitación de todo lo que es humilde, verdadero y sencillo. Esta rehabilitación la ha hecho él, como artista incomparable, con caracteres que durarán eternamente. Cada uno de nosotros le es deudor de lo que tenga en sí de mejor” (Ibíd…, pág. 294).

“Se siente por todo -escribe LOISY, el apóstata modernista- en sus discursos (de Jesús), en sus actos, en sus dolores, un no sé que de divino, que eleva a JESUCRISTO, no sólo por encima de la Humanidad ordinaria, sino por encima, de lo más selecto de la Humanidad” (Le Quatriéme Evangile, 1903, pág. 72).

Para LOISY, la obra de JESUCRISTO, “el Cristianismo, representa incontestablemente el mayor y más feliz esfuerzo que ha sido realizado hasta el presente, para elevar moralmente la Humanidad” (La Morale Humaine, págs. 185-186).

Y la cabeza del racionalismo alemán, el profesor renombrado HARNACK, ¿qué escribe de JESUCRISTO?

Para HARNACK, “la grandeza y la fuerza de la predicación de JESÚS, se muestran en que ella es, a la vez, tan sencilla y tan rica: tan sencilla, que ella está encerrada en cada uno de los pensamientos fundamentales que él ha expresado; tan rica, que cada uno de sus pensamientos parece inagotable, y que nosotros jamás hemos llegado al fondo de sus sentencias y parábolas”.

¡Atención, señores! Si HARNACK, con la preparación científica que tenía, reconoce que, aún estudiándolas sinceramente, no cree haber llegado al fondo de las sentencias y parábolas de JESUCRISTO… ¿El diletante..?, ¿me entendéis…? No prosigo. (En el auditorio, risas de asentimiento al orador).

Y continúa HARNACK: JESUCRISTO es quien “ha puesto a la luz por primera vez, el valor de cada alma humana, y nadie puede deshacer lo que Él ha hecho. Cualquiera que sea la actitud que ante JESUCRISTO se tome, no se puede menos que reconocer que, en la Historia, es Él quien ha elevado la Humanidad a esta altura” (A. Harnack. Das Wesen des Christentums 1901, páginas 33 y 34).

Quien “se esfuerce en conocer a Aquél que ha traido el Evangelio, testificará que aquí lo divino ha aparecido con la pureza que es posible que aparezca en la tierra” (Íbid., p. 92)

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Ante la perfección moral, y la paz armónica, y la conducta delicada, serena, limpidísima y llena de humilde majestad de JESUCRISTO, exclama HARNACK: “¡Qué prueba de paz intensa y de certidumbre!” (Íbid., p. 23)

¡Ah! Yo quisiera tener aquí psicólogos profundos que me dijeran que piensan del hombre que sepa tener paz en el alma, y paz serena, y paz de dominio, y paz de tranquilidad, a pesar de todas las mordeduras, de todos los odios, de todos los tormentos, incluso el del patíbulo de la cruz. ¡Espanta, señores!

“De uno solo sabemos que ha unido la humildad más profunda y la pureza de voluntad la más entera, con la pretensión de ser más que todos los profetas que han existido antes de él”, añade HARNACK. (Das Christentum und die Geschichte, 5, 1904, pág. 10).

Tal es la perfección que en el orden intelectual y moral encuentran en JESUCRISTO los mismos que no le reconocen la divinidad, que TYRRELL confiesa al verle tan superior a todos los hombres: “Ellos le querrían tener a JESÚS por divino, en cierto sentido… Él sería Dios a la manera de un vicario, de un representante, la manifestación en carne de lo que Dios significa para nosotros… JESÚS sería, todo lo más, el más semejante a Dios entre los hombres” (Jesus or Christ? London, 1909, pág. 15).

Que es lo que J. MIDDLETON MURRY, más recientemente ha escrito, diciendo que JESÚS es el más divino que todos los hombres (Jesus Man of Genius, London and New York, 1926)

Es JESUCRISTO, para el padre del modernismo de Francia, AUGUSTO SABATIER, el alma más bella que existió jamás: sincera, pura, que ha podido elevarse a una altura a la que nunca el hombre podrá llegar (Equisse d’une Philosophie de la Religion d’aprés la Psychologie et l’Histoire, París, 1896. Les Religions, d’autorité et la Religion de l’espirit, París, 1903).

Hubo, señores, en América, un hombre que empleó todo el trabajo de su oratoria y de su ciencia en raer de JESUCRISTO la divinidad, y en dejarle en puro hombre: CHANNING.

Pues este hombre, señores, arrastrado y obligado por la evidencia histórica en crítica racionalista pura, emite este juicio sobre JESÚS:

“Creo que JESUCRISTO es más que un hombre. Los que no le atribuyen la preexistencia (es decir, los que, como él, le negaban la divinidad) no le miran por eso, en manera alguna, como mero hombre, sino que establecen entre él y nosotros profunda diferencia… Conceden gustosos que JESUCRISTO deja atrás todas las perfecciones humanas, por su grandeza y por su bondad” (Discours sur le caractere de Christ).

WILHELM BOUSSET, el exégeta tal vez más fuera de plano de la seriedad, no ha podido menos de escribir: “JESÚS queda, es cierto, en relación con nosotros, a una distancia infranqueable… Nosotros no nos atrevemos a medirnos con él, ni a colocarnos al lado de este héroe” (Jesús, traducción francesa de la tercera edición alemana. Tubingen, 1907, pág. 72).

Ya lo dijo GOETHE: “Me inclino ante JESUCRISTO, como ante la revelación divina del principio supremo de la moralidad”.

Y ROUSSEAU llega a decir: “Si la vida y la muerte de SÓCRATES son las de un sabio, la vida y la muerte de JESUCRISTO son las de un Dios”.

¿Se puede decir más, señores?

A todos los demás hombres es posible superar, pero JESUCRISTO es de tal cúmulo de perfecciones intelectuales y morales, en tal pureza y elevación poseídas, que RENÁN confiesa, lapidariamente: “JESUCRISTO nunca será sobrepujado” (Vie de Jésus, pág. 325).

JESÚS, colocado -prosigue RENÁN- “en la más alta cima de la grandeza humana…, superior en todo a sus discípulos…, principio inagotable de conocimiento moral, la más alta… En él se condensa todo lo que hay que bueno y elevado en nuestra naturaleza” (Ibíd…, págs. 465, 468, 474.).

Afirmación que años antes que RENÁN, hizo expresamente uno de los más encarnizados enemigos del Catolicismo, no pudiendo huir de la evidencia que, aún contra sus prejuicios y cargas afectivas, se le imponía.

STRAUSS, a quien aludo, escribió estas palabras: “El Cristo no podía tener sucesor que le aventajase… Jamás en tiempo alguno será posible subir más alto que él, ni imaginarse nadie que le sea siquiera igual”.

Y tan grande, aunque puramente humano, aparece JESÚS y su obra, que RENÁN, a pesar del veneno vertido insidiosa y seudocientíficamente en sus obras, con todo, ante la presión de la realidad, de la que en vano huye, exclama estas palabras, dignas ciertamente de meditación para el hombre incrédulo: “La Iglesia, esta gran fundación, fue ciertamente la obra personal de JESÚS. Para haberse hecho adorar hasta ese punto, es necesario que él haya sido adorable”. Notad, señores, que en este párrafo le concibe únicamente como hombre, y añade: “El amor no existe sin un objeto digno de encenderle, y nosotros nada sabríamos de JESÚS, si no fuera por el entusiasmo que él supo inspirar a su alrededor, por el que podemos afirmar ahora que él fue grande y puro. La fe, el entusiasmo, la constancia de la primera generación cristiana, no se explican sino suponiendo en el origen de todo el movimiento a un hombre de proporciones colosales” (Vie de Jésus, pág. 463).

Y aún ante el cadáver de JESÚS, ajusticiado en un patíbulo, se siente tan honda la grandeza de JESÚS, que, no el creyente, sino la llamada Ciencia racionalista, ha dejado escritas estas líneas, con las que cierro la lista de testimonios, que nos muestran qué concepto ante esa Ciencia ha merecido la Persona de JESUCRISTO.

Ha muerto JESUCRISTO; se le ha ajusticiado como a blasfemo, por asegurar su filiación divina, y ante ése cadáver escribe RENÁN: “Reposa ahora en tu gloria, noble iniciador… Tu obra está acabada, tu divinidad fundada… Al precio de unas horas de sufrimiento, que no han llegado a tocar a tu grande alma, tú has comprado la más completa inmortalidad. Signo de nuestras contradicciones, tú serás la bandera en torno de la cual se librará la más ardiente batalla. Mil veces más viviente, mil veces más amado después de tu muerte, que durante los días de tu vida aquí abajo, tú llegarás hasta tal punto a ser la piedra angular de la Humanidad, que arrancar tu nombre de este mundo, sería sacudirlo en sus fundamentos. Entre ti y Dios no se distinguirá jamás. Plenamente vencedor de la muerte, tomas posesión del reino al que te seguirán, por la vía real que tú has trazado, siglos de adoradores” (RENÁN, Vie de Jésus, pág. 440).

Señores, meditad un momento que he terminado de leer: “Tomad posesión del reino al que te seguirán, por la vía real que tú has trazado, siglos de adoradores”!! ¿El leído de manera que se me entienda?

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Señores, esto es lo que la incredulidad más incrédula, pero a la luz de la llamada Ciencia, siente de JESUCRISTO. JESUCRISTO es, ante la Ciencia racionalista, la inteligencia más sublime y más profunda, de la que ha recibido la Humanidad la doctrina más práctica y más bella, más sencilla y más rica en contenido, más consoladora y rehabilitadora.

JESUCRISTO es, ante la Ciencia nacionalista, el hombre culmen y la flor de la Humanidad, que jamás tendrá quién supere. El hombre con la conciencia exacta de su dignidad sobrehumana, junto con la sencillez y llaneza más sincera.

JESUCRISTO es, ante la Ciencia nacionalista, la persona sin el menor desequilibrio entre sus cualidades, sublimes todas, en la que reina la máxima armonía intelectual, afectiva, moral.

JESUCRISTO es, ante la Ciencia nacionalista, el alma más bella y pura, delicada y llena de luz y de amor y de verdad.

JESUCRISTO es, ante la Ciencia nacionalista, aquel en quien se concentra todo lo noble, puro y elevado de nuestra naturaleza.

JESUCRISTO es, ante la Ciencia racionalista, por todas las sublimes, armónicas y únicas cualidades que ha poseído, la piedra angular de la Humanidad, quitada la cual, se sacudían los cimientos del mundo de la vida.

Señores, la Ciencia racionalista, investigando seriamente, se ve obligada a confesar, y por todos sus grandes hombres estudiosos, de todas sus escuelas, que JESUCRISTO es ése que habéis oído. Ese sí. Pero Dios, no.

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Ese, si, señores. Lo sumo de la sabiduría, lo sumo de la moral, lo sumo de la rectitud, lo sumo de la justicia, lo sumo de la verdad. Eso sí concede la Ciencia racionalista que es JESUCRISTO. Pero Dios, no.

¡Y qué tranquila, señores, y como descansando de un remordimiento que la oprime persiguiéndola, queda la Ciencia, la racionalista, cuando concede eso a JESUCRISTO!

Sí. De ser lógica y seria y científica, le debería confesar a JESUCRISTO por Dios. Pero, al tener que negarle divinidad contra toda ley de ciencia crítico-histórica, cegada por las densas nieblas que ella misma afectivamente se ha ido creando; no le regatea nada de lo más sublime que pueda concebirse, con tal de que no rebase los límites de lo puramente humano.

Y con este proceder, como que acalla los gritos de la verdad histórica, que clama: “No sois serios, no sois científicos, nos sois sinceros en el problema más vital para la Humanidad; claudicáis ante vuestros apriorismos. Eso no es Ciencia”.

Y como respondiendo a esa voz, atormentadora cual pesadilla espantosa, responden: “Dios, no. Pero, en cambio, ya confesamos que lo más grande en el orden intelectual, lo más grande en el orden moral, en el orden afectivo, lo más grande de la Humanidad existente y por existir, eso sí, eso sí es JESUCRISTO.

A trueque de negarle que es Dios, no les importa conceder a la JESUCRISTO lo que le conceden. Negarle a JESUCRISTO que es Dios, con toda su fuerza; pero ensalzarle en cuanto hombre, hasta lo ideal.

Pero, señores, fijaos bien, señores; precisamente de lo mismo que le conceden a JESUCRISTO en cuanto hombre, se desprende de un modo intuitivo que es Dios.

Precisamente por las perfecciones que en cuanto hombre le atribuye a JESUCRISTO la Ciencia racionalista, negándole ser Dios, precisamente por esas concesiones, se deduce clarividentemente que ese JESUCRISTO es precisamente Dios. ¿Me habéis entendido?

Ved la prueba.

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Hay argumentos difíciles para mí de exponer, porque tienen conceptos delicados, que tal vez yo no acierte a expresar con la debida claridad; pero esta noche, nada tengo que esforzarme.

Hay quizá aquí gente que me puede decir, el chofer que me escucha, el obrero, el comerciante, metido en sus negocios, el joven que viene de la oficina del Banco: “Padre, yo no estoy acostumbrado a ciertos raciocinios…”

Pero desde el obrero hasta el intelectual, todos me entendéis el de ésta noche. ¿Verdad que me entendéis?

Ese JESUCRISTO, señores, ese dijo que Si que Dios Padre y El era una misma cosa -que Él era el Hijo de Dios- que antes que ABRAHÁM, ya Él tenía existencia -que ABRAHÁM deseó ver su día- que Él era mayor que SALOMÓN -que el que no dejarse a los padres y cuánto tuviese por Él, no entraría en el reino de los cielos- que Él vendría a juzgar en el día final a la Humanidad entera.

Lo dijo. Dijo todo esto repetidas veces, aseverante, exigiendo que se le creyese. Lo dijo, señores, en privado y en público. Lo dijo, señores, con tal claridad y tan categóricamente, que, por decirlo, le llevaron al patíbulo.

Y arguyo ahora, señores. Oídme un momento; el raciocinio es fulgurante.

JESUCRISTO dijo de Si…

Y, señores, si no era Hijo de Dios, si no era mayor que SALOMÓN, ni anterior a ABRAHÁM, ni el poseedor de todo poder en el cielo y en la tierra; si no era el Juez de la Humanidad, y se lo creyó, y se lo creyó, fijaos bien, señores.

JESUCRISTO fue un vulgar paranoico. JESUCRISTO fue un infeliz delirante megalómano. Era un tipo de reclusión manicomial.

Y si no es que lo creyera, sino que, sabiendo El que no era Hijo de Dios, ni nada de cuánto afirmó y lo afirmó, y lo afirmó, señores, amedrentando con condenación eterna al que no le creyese, JESUCRISTO fue un refinado embaucador.

JESUCRISTO fue un impostor. Era un tipo de reclusión carcelaria.

JESUCRISTO, señores, si no fue Dios, como afirmaba, fue un loco un impostor; fue un delirante o un embaucador.

Evidente de toda evidencia, señores.

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Pero, Ciencia racionalista, ¿qué nos has dicho tú en pura ciencia, de JESUCRISTO?

¿Cómo has recalcado, a trueque negarle la divinidad, que era JESUCRISTO la inteligencia más sublime y más profunda, lo más equilibrado y armónico que ha existido y puede existir en el orden intelectual?

Luego si la perfección sublimada, en lo intelectual, fue JESUCRISTO; luego no fue un delirante, luego no fue un paranoico, luego no se engañó.

¿Cómo has recalcado, Ciencia racionalista, a trueque de negarle a JESUCRISTO la divinidad, que fue la persona de la moral más pura y elevada; que fue la rectitud llena de luz y de verdad?

Luego si la perfección sublimada, en el orden moral, fue JESUCRISTO; luego no fue un vulgar y refinado impostor y embaucador.

Luego, señores, si JESUCRISTO no se engañó, y si JESUCRISTO no engañó, y JESUCRISTO, seria y repetidamente, afirmó que era Dios, JESUCRISTO es Dios.

Dios, o loco, o impostor. He aquí el dilema.

¡Loco JESUCRISTO! Ciencia racionalista, repite ahora lo que has concedido a la Persona intelectual de JESUCRISTO. Luego, loco, tú eres la primera en confesar que no lo fue JESUCRISTO.

¡Impostor JESUCRISTO! Ciencia racionalista, repite ahora lo que has concedido a la Persona moral de JESUCRISTO. Luego, impostor, tú eres la primera en confesar que no lo fue JESUCRISTO.

Dios, o loco, o impostor, eso es JESUCRISTO.

Ante la Ciencia pura racionalista, JESUCRISTO es lo sumo de la sabiduría, los sumo de la moral, los sumo de la rectitud, los sumo de la verdad: luego no es ni loco ni impostor.

Dios, o loco, o impostor.

Ni loco JESUCRISTO, ni impostor; luego, señores, ante la Ciencia misma racionalista, JESUCRISTO es Dios.

JESUCRISTO Dios. Ahora sí que puede JESUCRISTO volveremos a repetir aquella frase que en vida salió de sus labios augustos: “Aún cuando soy yo quien da testimonio de Mí mismo, mi testimonio es veraz ” (Juan, VIII, 13-14).

¡Creedme, dice JESUCRISTO, yo soy Dios!

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Señores, he terminado. Señores, yo os invito a pensar.

Una noche hablamos de JESUCRISTO en Profecía, vivimos converger en JESUCRISTO, como en punto concéntrico, cumplidas y realizadas todas las profecías del decurso de once siglos.

Señores, anoche os presenté a JESUCRISTO ante la Historia, y recordad que no hay monumento, literario en las obras clásicas del mundo, que tenga la certeza histórica de que gozan los Evangelios; recordad el testimonio autorizado y nada sospechoso de WESCOTT en favor de los Evangelios, diciendo que la alteración que pudiera haber en éstos no pasaría de una milésima parte de los mismos.

Ved, hoy, señores a JESUCRISTO ante la Ciencia racionalista, que le aclama de manera que no cabe lugar a que en manera alguna se le pueda tener ni por un loco, ni por un embaucador.

Luego la conclusión, señores… ¿Querréis pensar la conclusión?

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Al venir esta noche aquí, señores, se me ha ocurrido este pasaje del Evangelio:

Un día, rodeado JESUCRISTO de los suyos, les pregunta: “¿Quién dicen los hombres que soy yo?”

Sus discípulos fueron diciendo a la JESUCRISTO las opiniones que acerca de Él corrían entre los hombres.

Hoy me imagino yo a JESUCRISTO repitiendo la misma pregunta:

-¿Quién dicen los hombres que soy yo? ¿Quién dice la Ciencia racionalista que soy yo?

Y que luego, volviéndose a nosotros, como en aquélla ocasión a los suyos, nos hace la pregunta definitiva: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?..”

Señores, la respuesta es vuestra. Pensadla.

¿Querréis pensarla? Yo no hago más que abrir horizontes. ¿Querréis meditar sobre estos problemas?

Señores, sois hombres; pensad. ¿Querréis? Estudiad…

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Quinta Conferencia. 25 de Marzo de 1973
Jesucristo en su obra

EXCELENTÍSIMO Y REVERENDÍSIMO SEÑOR, SEÑORES:

Hemos visto en las pasadas noches a JESUCRISTO en Profecía, en la Historia, ante la Ciencia.

Veámosle, señores, esta noche en su Obra.

Y como su obra es visible y actual, abramos los ojos, mirémosla y, como hombres que somos, reflexionemos acerca de ella.

La obra de JESUCRISTO es la Iglesia.

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“Y por aquellos días en que JESUCRISTO empezó a predicar su nueva doctrina -el Evangelio-, sucedió que se internó JESUCRISTO a orar en el monte y allí pasó toda la noche en oración. Y cuando ya amaneció, llamó a los discípulos que le seguían oyendo su doctrina, y de ellos eligió a doce, a los cuales llamó Apóstoles” (Lucas, VI, 12-13).

“Y los envió a predicar el reino de Dios” (Lucas, IX, 1-2).

Y los envió a predicar, poniéndoles obligación de hacerlo así: “Se me ha dado -les dijo- todo poder en el cielo y en la tierra; “euntes ergo”, por consiguiente, yo, dueño de la plenitud del poder en el cielo y en la tierra, os envío; id, y enseñad a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo cuanto yo os he mandado” (Mateo, XXVIII, 18-20).

Los Apóstoles, pues, tenían la obligación de enseñar; y las gentes y naciones todas, la obligación de aceptar su doctrina.

Se eligió JESUCRISTO a sus Apóstoles, es decir, a aquellos que enviaba para predicar su doctrina y fundar su Iglesia.

Y los eligió llamando El a Sí a los que Él quiso. “Vocavit ad se quos ipse voluit”.

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Vamos, señores, a meditar sobre esto.

¿Quiénes eran estos Apóstoles?

Estos doce, de entre los que le seguían a JESUCRISTO, y en los cuales fijó Él la atención, ¿quiénes eran?

¿Qué condiciones tenían para cumplir la misión que les imponía?

Poseemos notas individuales de algunos de ellos, en las que se nos dice quiénes eran personalmente, y poseemos notas del grupo de la colectividad de los doce.

¿Quiénes eran estos hombres?

En conjunto, todos, excepción hecha, tal vez de JUDAS, eran galileos, infelices pueblerinos de una región completamente orillada de la Humanidad; aún más, despreciada entre los mismos judíos. Y entre los galileos, los escogió de entre la gente humilde y poco apreciada. Eran gente del pueblo, trabajadores, rudos, iliteratos.

Estos doce, a quienes JESUCRISTO entregó el poder para que predicasen su doctrina al mundo, ¿quiénes eran, señores?

Tal vez NATANAEL y MATEO tuvieron alguna mayor instrucción, pero nunca la necesaria para podérseles considerar ilustrados; todos los demás eran unos infelices pescadores.

Todos empapados en las ideas religiosas de su época y resurrección, con un concepto fantástico sobre la persona, dominio y reino del futuro Mesías.

Todos con la concepción carnal y mundana de un Mesías de origen fabuloso, lleno de poder y majestad exteriores.

¿Quiénes eran en su psicología individual aquellos hombres?

Poseemos en el Evangelio datos concretos y precisos para designar quiénes eran los Apóstoles.

PEDRO era fiel, franco, intrépido, valiente.

FELIPE, dócil, previsor, reflexivo, sencillo.

NATANAEL-BARTOLOMÉ (?), recto, experimentado, instruido, independiente.

MATEO, hombre de negocios -recaudador aduanero-, clase odiada, por las violencias y abusos que cometía, y por ser ministro de la dominación extranjera.

¿Quién era JUAN? De espíritu finísimo y de aguda observación psicológica, pero pescador.

Señores, ¿quién era JUDAS? Avaro, intrigante, traidor.

Ejemplo vivo de cómo la gracia no anula la libertad. De cómo en lo más alto de la Jerarquía Eclesiástica, puede haber indignos por su culpa de ellos.

Si del orden individual pasamos al colectivo, podemos tener una ficha psicológica de los doce, de perfecta exactitud, por hallarse en los Evangelios los datos característicos y temperamentales de Apóstoles aislados y del colegio apostólico, descritos con rigurosa fidelidad.

Se les pintan, tal como fueron. Sin retoques, sin atenuantes, sin disimular sus defectos.

La veracidad histórica es intuitiva.

¿Quién, señores, de no ser veraz, hubiera dicho lo que los Evangelios dicen que fueron los Apóstoles?

Se hubieran callado sus defectos; se les hubiera pintado intachables.

Pero los Evangelios los pintaron tal como fueron.

Eran los doce, hombres desconfiados, faltos de fe, como aparecen en las tempestades del mar (Mateo, VIII, 23-27; Marcos, IV, 36-40; Mateo, XIV, 22-24).

Pagados de su dignidad. Son el caso del pueblerino que se engrandece, del pueblerino a quien la grandeza le levanta y se cree algo. Y como con JESUCRISTO intervenían en el predicar, y como con JESUCRISTO intervenían en los milagros, ellos, infelices rústicos, se creían revestidos de la grandeza que redundaba de JESUCRISTO; por eso, al manifestarse esa debilidad pueblerina, tuvo un día JESUCRISTO que llegar aún a retirarles de la vista de las gentes, obligándolos a subir a una barca.

¿Quiénes eran estos hombres? Los mismos pueblerinos que, pequeñitos, se engrandecen y creen que son algo, y así cuando niños con sus madres se acercan a JESUCRISTO, atraídos por la bondad divina de JESÚS, ellos les cortan el paso, hasta el punto de que JESUCRISTO les tiene que recordar que de los pequeños precisamente es el reino de los cielos y le dice: “Dejar que los niños se acerquen a Mi”.

SAN CRISÓSTOMO comenta así éste pasaje: “¿Por qué los discípulos alejaban a los niños? Para que no padeciera su dignidad. ¿Y que hizo, en cambio, JESUCRISTO? Para enseñarles a proceder modestamente, y a pisotear el fausto mundano, toma a los niños en sus brazos y los abraza y a estos tales promete el reino de los cielos”.

¿Quiénes eran estos hombres, señores? Ambiciosos, hasta en los momentos más sublimes; en el momento de la ultima cena, a dos pasos de la Pasión, lo que se les ocurrió fue disputar entre ellos, y disputar sobre quién sería el mayor al establecer el reino de Dios (Lucas, XXII, 24).

Eran ambiciosos al mismo tiempo que cobardes, pues todos abandonaron a JESUCRISTO al verle en poder de sus enemigos. “Tunc discipuli omnes, relicto eo, fugerunt” (Mateo, XXVI, 56).

¿Quiénes eran estos hombres? Obstinados en esperar un reino de JESUCRISTO lleno de poder terreno y de fausto mundano, y no les cabía a ellos, dentro de la visión judaica, más que un Mesías dominador (como a nosotros nos pasa, que soñamos en un reino de JESUCRISTO, de formulismo y pompa externa, y no es verdad). En ese Mesías dominador terreno, hasta última hora esperaron, preguntando al Señor, en el momento mismo de la Ascensión: “¿Es ahora cuando vas a establecer tu reino?” (Actos, I, 6).

¿Quiénes eran los Apóstoles? Murmuradores. Y empieza la murmuración por uno, y empieza por JUDAS. Cuando aquella mujer que se convirtió sinceramente, la mujer agradecida y reconocida a JESUCRISTO, la MAGDALENA, vertió el ungüento a los pies de JESÚS, JUDAS entonces empezó a murmurar y a decir -igual que hoy, señores, que la Historia se repite-: Pero “¿a qué viene este derroche? ¡Cuánto más valdría que me lo hubiese entregado a mí; yo hubiera vendido este ungüento y con su importe socorrido a los pobres!”.

Y no decía esto JUDAS -nota el Evangelio- porque a él le importasen los pobres, sino que, como JUDAS era el depositario del dinero del colegio apostólico, le importaba que ingresarse esto en la bolsa común, porque era ladrón y podría robar más si había más dinero (Mateo, XXVI, 8; Juan, XII, síndico-seis).

¡Qué bien describe el Evangelio a los Apóstoles! ¡Tan ambiciosos eran, que cuando JESUCRISTO les manifestó que en unión de ellos había de sentarse en un reino… – ¡qué bien!-, envían los dos hijos del ZEBEDEO, SANTIAGO y JUAN, a su madre y ésta le dice a JESÚS: “Señor, tú dí cuando estés en tu reino, que el uno de mis hijos se siente a tu derecha y el otro a tu izquierda…” (Mateo, XX, 20-23). ¡Y, como veis, PEDRO a un lado!..

¿Quiénes eran estos Apóstoles? Hombres interesados, que cuando CRISTO habló de premio, a ellos se les ocurrió preguntar: “Oye, Señor, y a nosotros ¿qué nos vas a dar?..” (Mateo, XIX, 27).

¿Quiénes eran? Hombres tan llenos de repugnancia por el dolor y a quienes nunca les cupo la idea de que JESUCRISTO los había de redimir con dolores y muerte. Y que ante la explícita y categórica aseveración de JESUCRISTO sobre su pasión, exclama PEDRO replicándole: “No, Señor; no digas semejantes cosas”. De modo que JESUCRISTO le tuvo que decir esta frase tan dura que se lee en el Evangelio: “Satanás, que me eres escándalo. Vete atrás” (Mateo, XVI, 22-23).

Hombres confiados y presuntuosos que, al oír la profecía de su defección, dicen, primero PEDRO y luego a coro todos los demás: “Aunque todos se escandalizaren, yo no…” (Mateo, XXVI, 23).

Infiel a su Maestro el cabeza de todos ellos. Y recordad por qué, y en qué circunstancias, cuántas veces y de qué modo (Marcos, XIV, 66-72).

Traidor y villano JUDAS, que por treinta monedas entregó a su Maestro a los enemigos que lo llevaron al patíbulo (Mateo, XXVI, 14-16; Juan, XVIII, 2-6).

Señores, Jesucristo se eligió doce hombres, para implantar en el mundo la obra de su Iglesia.

Y aquí veis las condiciones psicológicas de esos hombres.

Estos hombres, banqueros que estáis aquí, que no los escogerías tú para tu negocio; estos hombres, que tú, comerciante que estás aquí, no los escogerías para tu comercio, éstos, y precisamente éstos, escogió JESUCRISTO para Apóstoles suyos.

Plebeyos, sin ilustración, interesados, cobardes, fieles ante el Señor, sin trato alguno social, sin poder alguno humano, infieles pueblerinos galileos.

Repito: para vuestros negocios no los elegiríais vosotros.

Sabéis bien la selección que hacéis de vuestros empleados.

Y, sin embargo, a éstos escogió JESUCRISTO para implantar su Iglesia.

“Dios escogió lo débil del mundo para confundir lo fuerte”.

Los pensamientos de JESUCRISTO no son como los pensamientos de los hombres, ni los caminos de JESUCRISTO como los caminos de la prudencia humana. “Neque viae vestrae viae meae” (Isaías, LV, 8).

Sobre este designio de JESUCRISTO, escribe admirablemente SAN PABLO a los corintios dando la razón de este proceder de JESUCRISTO: “Lo necio del mundo eligió Dios para confundir a los sabios, y lo débil del mundo eligió Dios para confundir lo fuerte. Y lo innoble del mundo y lo despreciable y lo que es como si no fuera eligió Dios para destruir lo que parece que tiene que ser. Para que ningún mortal puedan gloriarse su presencia” (I Corintios, I, 27-29).

Eso eran los Apóstoles. Judíos, que por serlo, tenían el descrédito y desprecio de las grandes firmas de los romanos de la época. TÁCITO los llama “taeterrima gens”, gente corrompida y torpe.

Y para AMNIANO MARCELINO, eran gente los judíos que hieden, que apestan, en cuanto al cuerpo, y que son intrigantes siempre en el espíritu, “foetentium judaeorum et tumultuantium”.

Y entre los judíos, los Apóstoles eran galileos.

De la región más despreciable para los mismos israelitas. Y de entre los galileos, infelices hombres, de la más baja posición plebeya, en su generalidad, rudos pescadores.

Bien los califica SAN PABLO: eran lo necio del mundo, y lo sin nobleza, y lo despreciable, según el criterio humano, los que eligió JESUCRISTO para Apóstoles suyos.

Fue elección hecha por JESUCRISTO con especialísimo designio.

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Señores, empecemos a meditar.

Si JESUCRISTO hubiera escogido sus Apóstoles entre los oradores romanos -un CICERÖN, por ejemplo- o si de Grecia hubiese traído un DEMÓSTENES, o a DIÓGENES de entre sus filósofos; si hubiera echado mano de los potentados del dinero o los hubiese escogido de entre los generales que acaudillaban legiones de ejércitos disciplinados… ¡qué fácil, señores, hubiera sido dar explicación cumplida de la estabilización y propagación de la obra de JESUCRISTO!..

Esta noche, al hablar yo de la fundación de la provincial iglesia, me hubieseis dicho, gentes que me estáis oyendo: ” ¡Con tanto dinero como el que dispuso, natural; escogiendo oradores que arrastraban las muchedumbres, natural; con unos ejércitos a retaguardia, mandados por los mejores generales, natural!”

Por eso precisamente no fue ése el designio de JESUCRISTO en la elección de sus Apóstoles.

Por eso fueron los Apóstoles tan nada en el orden de dones naturales, y de cultura, y de poder, y de dinero, y de influjo social.

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Pero se puede concebir, señores, que propagandistas sin grandes dotes, puedan suscitar adeptos, no tanto por sus cualidades, cuanto por las ideas que propagan.

No es la fuerza del propagandista: es la fuerza de la idea.

Se comprende, señores, se comprende muy bien, que ante el obrero reprimido y reducido a esclavo paria; ante el obrero que no puede constituir o sustentar un hogar, ni siquiera con las comodidades que tienen los animales en sus nidos; ante el obrero que ve el fruto de su sangre convertido en crápula y en lujuria de los que le oprimen; ante el obrero que, ansiando ser feliz, está viviendo amasado en dolor y con trabajo, sin horizonte alguno de felicidad; se comprende, señores, que si se le presenta a ese obrero un ideal en que se le hable, no ya de emancipación, sino de subyugar sus opresores; no tanto de salario equitativo, sino del dominio absoluto de las industrias; no ya de mejorar su situación, sino de llegar a ser la única clase privilegiada; no ya de aminorar sus trabajos, sino de vivir en el goce de la vida; se comprende, señores, que esas ideas le conmuevan, le apasionan, le arrastren, le transformen.

Prometer placer, prometer pasiones saciadas, prometer dominio, gran fuerza tiene para el que sufre, para el que trabaja, para el que está en humillante servidumbre.

Si le digo al obrero: “¿Estás oprimido?, debe matar; ¿eres pobre?, debes ser rico; ¿no tienes nada?, que voy a dar las tierras, tú vas a ser el dueño, tú vas a dominar el mundo…”; el obrero, señores, me sigue, me aclama…, ¡cómo no me va a seguir! ¡Así se arrastra a la Humanidad!

Pero, señores, esos hombres, los Apóstoles, con las cualidades humanas que hemos visto, se presentan al mundo con un programa doctrinario peregrino.

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¡A qué mundo se presentan, y con qué programa!

¡Ah qué mundo, señores!

Al mundo en que el instinto había llegado a tal rebajamiento perversión, que, en el orden sexual, llegó socialmente al dislocamiento máximo. Sobre toda saciación de instinto, sobre las perversiones ni soñadas, sobre el delirio de todas las inversiones, se llegó, no ya en los países salvajes, sino en el Imperio que ha dejado al mundo su Derecho, a la pública divinización del vicio, y a la divinización del vicio con la dedicación de templos públicos, a aquellos harapos de hombres que habían sido prostituidos en público, y cuyo ejemplo se proponía, y hasta se tenían en los templos a ellos dedicados, ritos de iniciación en sus perversiones.

La podredumbre. La idolatría del vicio pervertido, no sólo en la afectividad, sino en la inteligencia, que salta hecha añicos.

Señores, ¡a qué mundo se presentaron los Apóstoles!

Al mundo de los esclavos; de los esclavos a millones; de los esclavos de quienes nuestra inteligencia no pueden informarse idea de qué eran.

El hombre esclavo era “res”, cosa. Era cosa -no hombre-, cosa a disposición de sus dueños, en todo, en todo, en todo.

Como la cosa, como la caja de cerillas tuya la tiras al suelo, la pisoteas, y la escupes y la echas, porque es cosa tuya. Eso era el hombre esclavo en el mundo romano.

Cosa, cosa, que ni de sus propios hijos podían disponer; eran ellos, como sus hijos, reses de las que el dueño dispone, desde el venderlas por lucro o el utilizarlas por placer, hasta el herirlas y matarlas por diversión y por goce.

¡Ah qué mundo, señores, se presentaron dos Apóstoles!

Al mundo en que tenía el placer, el goce por único fin y única sensación.

Al mundo en que ni siquiera de palabra era conocido lo que significa la Caridad.

Al mundo de la divinización, no sólo de los vicios, sino de las inversiones de los vicios.

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Y aquellos hombres despreciables, y ante ese mundo… se presentan predicando ¡qué doctrina!

Señores, es la paradoja más grande de la Historia.

Al mundo de los VIRGILIOS y OVIDIOS, y de los CICERONES y DEMÓSTENES… presentan la doctrina de uno que murió ajusticiado, clavado en una cruz, mofado y atormentado del modo más público y grosero.

Los pueblerinos, señores, los pescadores, los sin letras van a hablar a ése mundo. Y ¿qué le dicen? ¿Qué?

“La doctrina que os predicamos es de uno que murió ajusticiado en un patíbulo. ¡Os traemos la doctrina de uno que estuvo colgado de un madero y le tuvieron que alancear el pecho!..”.

Vaya, señores, que es como para atraer multitudes…, ¿verdad?

¡Qué ascendiente ante el mundo romano y griego el de un ajusticiado desconocido!

¡Al mundo del vivir en pleno goce, al del despotismo absoluto, al del refinamiento del placer!…

A ese mundo presentan los Apóstoles, sencilla y llanamente, transparente y sin paliativos, la doctrina de Aquel que murió ajusticiado.

En el orden intelectual, presentan una doctrina, con un contenido de creencias, como el de la Trinidad, Eucaristía, Resurrección…, sobre todo lo que la humana razón puede, por sí sola, comprender.

En el orden moral, le presentan una doctrina que es freno y atadero de todas las fuerzas instintivas del hombre, doctrina que impone obligaciones las más costosas.

Doctrina que no promete ningún lucro terreno. Con predicciones de tribulaciones y persecuciones.

Bienaventurados los pobres de espíritu.

Bienaventurados los mansos.

Bienaventurados los que lloran.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia.

Bienaventurados los misericordiosos.

Bienaventurados los limpios de corazón.

Bienaventurados los pacíficos.

Bienaventurados los que parecen persecución por la justicia (por ser ellos así justos) (Mateo, V, 3-13).

Extraño programa para arrebatar tras sí a aquel mundo a quien se le proponía.

¡Poner la bienaventuranza en la pobreza… a los que codiciaban y robaban lo ajeno!

¡Poner la bienaventuranza en la mansedumbre… a los que gozaban en desahogar violentamente su ira!

¡Poner la bienaventuranza en la justicia… a los que no conocían sino la opresión del débil y del esclavo!

¡Poner la bienaventuranza en ser limpios de corazón… a los que, en su paroxismo de vicio de carne, deificaron hasta las perversiones del instinto!

¡Poner la bienaventuranza en el padecer y en ser perseguidos por vivir santa y justamente… a los que huían del dolor y del trabajo y llegaron al refinamiento del goce!…

Meditad, señores, si es programa que tiene alicientes para arrebatar en pos de sí a las muchedumbres. Ahí tenéis, señores, el sumario del contenido doctrinal, original de un judío ajusticiado, presentado por vulgares e ignorados judíos al mundo del poder y de las letras.

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Entre el desprecio cuajado de odio, fue recibida por los grandes genios y talentos del Imperio la doctrina del ajusticiado.

TÁCITO la llama superstición desoladora, “exitiabilem supersticionem”.

PLINIO, escribiendo a TRAJANO, llamo a la doctrina cristiana, locura, “amentiam”.

MINUCIO FÉLIX nos muestra que el retórico africano FRONTÓN tenía el cristianismo por “furiosam opinionem”, y de él dijo que era doctrina que carecía de ingenio y de cultura, indigna de todo griego y de todo romano.

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¿Desprecios solos? ¿Fueron desprecios solos, señores, lo que encontró esta doctrina y lo que les espero a sus Apóstoles y seguidores?

No, señores: desprecios con tormentos. ¡Y que tormentos!

Había de raerla del Imperio. Y fuerza y poder tenía en sus manos el Imperio romano, que dominó al mundo y era señor del mismo por el poder de sus armas.

Era el momento culmen del Imperio romano, y por lo mismo era el momento en que la águilas imperiales romanas tenían al mundo todo sujeto por el poder de la fuerza.

Romano dominó imperios, cautivó razas, deshizo y aniquiló pueblos aguerridos y fieros. ¿Cómo no acabaría el Imperio con aquella predicación necia y estólida propuesta por unos judíos despreciables, ignorantes y plebeyos?

El Imperio romano era todo el mundo.

Todo el mundo, en la cumbre precisamente del poder y de la gloria.

Y ese poder, en toda su plenitud de fuerza, se abalanzó ingente contra el Cristianismo, que afloraba en el Imperio, predicando la doctrina de un vulgar ajusticiado que, en las tendencias de igualdad y hermandad de los hombres todos, y en todo su contenido doctrinal, repelía al pueblo señor del mundo entero.

Estalló, rugiente, la persecución del año 64, con aquel que dejó su nombre en la Historia como sinónimo de crueldad: NERÓN. Y durante 249 años, señores, con los vaivenes y altibajos que se dan en las tempestades de los mares, rugió esa tempestad de odios y de tormentos contra los cristianos.

Cuerpos de cristianos, empapados en pez y resinas, ardieron como antorchas, al antojo de NERÓN.

Como reses al matadero, eran conducidos los cristianos al Circo y al Coliseo para echarlos a las fieras.

DOMICIANO y DIOCLECIANO inventaron el refinamiento de los suplicios en la dilaceración de los cuerpos.

No me negaréis, señores, que aquella doctrina predicada por pescadores, freno de las pasiones, sin ninguna promesa halagüeña para este mundo, contemplada una noche romana a la luz de aquellas antorchas vivientes de cuerpos de cristianos, no era un espectáculo para arrastrar a muelles senadores y elegantes patricias.

¿Lo vais entendiendo esta noche, señores?

Con la frialdad y la energía del que está acostumbrado a disponer en el mando de innumerables ejércitos, ordena TRAJANO que si el cristiano delatado persevera en la confesión de su fe, se le quite la vida sin más, para que esta gente despreciada no perturbe la ideología y la vida del Imperio.

Corrió la sangre a torrentes, sangre de hombres en la virilidad y en la ancianidad, sangre de niños, sangre de mujeres, sangre de jovencitas, como INÉS y CECILIA, sangre de esclavos, sangre de emparentados con emperadores, sangre de magistrados, sangre de gente de armas, de senadores y hasta de una legión íntegra de soldados, la Tebea.

Se levantan, gigantes, contra el Cristianismo: NERÓN, DOMICIANO, SÉPTIMO SEVERO, DECIO, DIOCLECIANO, GALERIO; se levantan, señores, TRAJANO, CARACALLA…, y en su poder despótico, cuajado de odio y de rencor, disponen de los garfios de hierro que rasgan a jirones las carnes de los cristianos, dejando descubiertas las entrañas y los hueso; echan mano de engranajes de ecúleo; que ponen, con sus cuerdas y poleas, tensos los miembros de los cuerpos, que se descoyuntan centímetro a centímetro por todas sus articulaciones; usan de las láminas y de los bueyes de bronce hechos de ascuas, que hacen crepitar la carne de los cristianos, al morir asados como reses; utilizan la pez y el fuego, que hacen de cuerpos humanos antorchas que iluminan orgías de hienas; disponen de la tenaza y de los golpes, que arrancan sangrientos y mutilan lacerando y majando los miembros de los cuerpos; se sirven de fieras que con sus zarpazos desgarran en jirones, y con sus dientes trituran, como ruedas de molino, los cuerpos de aquellos mártires que eran devorados chorreando sangre y cuyos huesos relamían y roían después las fieras saciadas.

¡El Imperio romano, puesto a aplastar al Cristianismo!.. ¡Medios tenía para ello!
¡Cuántos cristianos murieron!

Muchos, muchísimos, innumerables… Ya lo dice una inscripción de aquella época, que los mártires fueron tantos, “quorum nomina Deus seit”, que sólo Dios sabe los nombres de todos ellos…

Pensad, señores, esta noche. Reflexionemos.

Existieron doctrinas que halagaron, que dispusieron de todo el ímpetu que las pasiones más fuertes de la Humanidad encierran, y -lo sabéis bien los que habéis estudiado Historia de la Filosofía, lo sabéis bien- existieron, señores, existieron… esto es, no existen. Fueron, no son. Pasaron, perecieron.

Existieron, señores, imperios y naciones que dispusieron de genios en la Filosofía, y de oradores que arrastraron con su elocuencia, y de generales y de ejércitos que subyugaron al mundo. Y… existieron, señores… Esto es, no existen. Fueron, no son. Pasaron, perecieron.

Existieron, señores, imperios como el de Siria, no existe; el de Persia, no existe; el de Egipto, no existe; el de Grecia, el de Roma… ¡existieron!

Y ante esta ley de la Historia, de la caducidad de todo lo que ha tenido por fundamento lo humano, por grande que ello fuera, se presenta este otro hecho histórico innegable, y de perpetuidad única, y de experiencia intuitiva.

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El hecho histórico e intuitivo es, señores, el que la doctrina ofrecida por el Cristianismo, que en su origen y en su contenido era un ludibrio y una irrisión; la doctrina propagada por despreciables judíos sin cultura ni ascendiente alguno humano; la doctrina perseguida a muerte por el poderío más grande que ha existido en la tierra; esa doctrina, que, por cada una de esas causas, estaba, según las leyes psicológicas y de la Historia, llamada, no a desaparecer, pero ni a comenzar a propagarse; ésa doctrina, no sólo no desaparece, sino que con vitalidad única en el mundo, se difunde, se propaga y se perpetúa.

Meditemos, señores, meditemos. Seamos hombres racionales.

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Y en la misma Roma, donde como luminarias ardían, empapados en pez, los cuerpos de los cristianos; donde a centenares echaban cristianos a las fieras; donde a ríos corría sangre cristiana, allí mismo el Cristianismo crecía lleno de vitalidad sobrehumana.

Esclavos que se hacían cristianos, abrazando la religión que prohíbe odiar y santifica la obediencia. Fácil hubiera sido, señores, hacer prosélitos, incitando al odio por las injustas vejaciones y excitando a la rebelión.

Libres, que con sus oficios de públicos funcionarios, renunciaban a todas las ilusiones de una carrera llena de honor, y sostén de su casa y familia, para abrazar la religión cristiana, que les conduciría a la miseria y al martirio.
Senadores, y aún de la casa de los emperadores por vínculos de sangre, que, conscientes de lo que perdían y sabiendo la muerte a que se les destinaba, no vacilaban en pronunciarse en público como cristianos.

Soldados, y a veces en legión, como los héroes de la Legión Tebea, que antes de hacer traición a su fe y de idolatrar, vertieron, llenos de honor y de dominio, su sangre por la fe cristiana que amaban y practicaban.

Señores, yo estaba esta mañana viendo en El Escorial el cuadro de nuestro GRECO sobre el martirio de la Legión Tebea. La legión de soldados, legión.

Legión en que, cristianos todos, cuando se les quiere hacer claudicar, dicen que no; que ellos servirán con fidelidad, como nadie, hasta la muerte, a la patria; hasta la muerte, pero claudicar ante Dios, no.

Filósofos como IRENEO, que en la cumbre de la vida, lleno de ancianidad, muere valiente por su fe.

Jovencitas y mujeres, INÉS con 13 años, CECILIA con 21, que, sin exaltaciones ni arrebatos, pudieron con un gesto, con sólo un signo del meñique, a la menor señal, evitar el martirio, ni lo temen, ni lo evitan.

Y bajo el martirio de los tormentos más refinados y atroces, ante la tempestad de odio y de furor más grande que jamás haya visto el mundo, sin propagandas desde cátedras, ni excitantes afectivos que arrastraran por realizarse con estrépito y en público; señores, humilde, silenciosa, pero con vitalidad privativa suya, se desarrolla la vida cristiana.

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Roma, señores, queda atónita al ver surgir de las catacumbas, de aquella verdadera ciudad subterránea, no ya cristianos aislados, sino una verdadera sociedad compuesta por millares de miembros, de toda casta y posición social, de todo sexo y edad.

En Oriente, la vida cristiana se ha difundido con tanta rapidez, que su mayoría es cristiana.
Ya en 107, cuando en tiempos de TRAJANO, llevaron de Antioquia a Roma, a pie, en penosa peregrinación, rodeado de soldados fieros como leopardos, al anciano SAN IGNACIO de Antioquia, para martirizarle en el anfiteatro Flaviano, al atravesar la Siria, el Asia Menor y Macedonia, las comunidades de cristianos salen a saludarle y recibirle. Por todas partes la escena se repite y el mártir es despedido con veneración y santa envidia por parte de sus hermanos los cristianos en Laodicea, en Esmirna, en Troya, en Filipos… donde acudían a su encuentro para recibirle.

En Asia, en Grecia, en Macedonia, en Italia, en España, en Francia, en Bretaña, en el Norte de África, se extiende el Cristianismo.

Y el Asia Menor, Frigia, Capadocia y el Ponto eran ya cristianos en la mayoría de su población.

PLINIO escribe a TRAJANO, atónito al ver la multitud de cristianos que encuentra en su gobierno de Bitinia.

Creciente el Cristianismo, va dominando las inteligencias y los corazones, lo mismo de los FLAVIOS, POMPONIOS, ACILIOS, y de las más linajudas familias del Imperio, que de los esclavos…, con una propagación tan rápida tan firme, que ya en el siglo III había en el mundo más de 1500 sedes episcopales.

“Hesterni sumus et vestra omnia implevimus”. Somos de ayer -decía abiertamente TERTULIANO y cara a cara al paganismo-, somos de ayer, y ocupamos todo lo vuestro; llenamos vuestras ciudades, vuestras casas, vuestras islas, vuestros castillos, municipios, consejos, campamentos, decurias, el palacio, el senado, el foro; “sola vobis reliquimus templa”, sólo os dejamos los templos…, los templos vacíos.

“¿Para qué guerra no seríamos idóneos, no estaríamos preparados, aún con desventaja de medios, nosotros, que con tanto gusto nos dejamos matar?.. Aún sin armas ni rebeliones podríamos luchar con vosotros, sólo con alejarnos… Si nos hiciéramos a un lado, quedaríais horrorizados de vuestra soledad, de un silencio que parecería el estupor de una ciudad muerta; tendríais que buscar a quien mandar” (ML., 1, 462).

Y se extendió y arraigó en el mundo la vida cristiana, tanto, que, como escribía el jefe del racionalismo alemán, ADOLFO HARNACK, “antes de CONSTANTINO, la victoria del Cristianismo estaba ya decidida”, y CONSTANTINO fue -continúa- “el hombre político, avisado y valiente que supiera hacerse cargo de las exigencias y tendencias religiosas de su tiempo”. “Su genialidad está en haber visto claro y en haberse anticipado con golpe certero a lo que ya era inevitable”.

La vitalidad y difusión en todo el mundo del Cristianismo, era la que obligó a CONSTANTINO a declarar la libertad de la Iglesia.

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“Me attendite, vobis dicit Ecclesia” (ML., 40, 146), escribía SAN AGUSTÍN en el siglo IV. Miradme bien, os dice a vosotros la Iglesia; miradme bien, aún vosotros, que aunque no me queréis mirar, no podréis menos de verme. Los que en tiempos anteriores, allá en la Judea, vivieron, conocieron la Natividad, la Pasión, la Resurrección y la Ascensión de JESUCRISTO.

Pero vosotros, nada de esto admitís, porque no lo visteis, y por eso lo recusáis. Pero no importa; mirad esto, fijaos en esto que tenéis ahora mismo ante vuestros ojos, y meditad, no sobre cosas pasadas que se os cuentan, ni sobre futuras que se os predicen, sino sobre las presentes que tenéis ante vuestros ojos. ¿Os parece cosa baladí e insignificante?, ¿pensáis que no es o que es pequeño el milagro divino de que el género humano íntegro corra en pos de un Crucificado?

Atended bien, señores, quiérase o no se quiera, ahí está ante el mundo del siglo XX (y XXI) la obra de JESUCRISTO: la Iglesia.

En el Imperio romano, estaba el Palatino ahí, el Capitolio ahí, la Curia romana aquí, los templos y circos ahí, los palacios imperiales aquí…; y ahora todo eso es un cementerio en ruinas. Todo eso fue, pero ahora no es. Símbolo de que toda grandeza terrena es perecedera, y todo lo humano pasa.

Alemania y Rusia son recientes…; las posesiones del Imperio napoleónico se deshicieron…

Y los cristianos llenaron el mundo… y el Imperio romano no existe, señores, y la Iglesia tiene (más de) 20 siglos de existencia.

La amarán unos; otros la odian y persiguen, pero por eso la persiguen y la odian, porque existe.

Porque existe, señores, por qué hace (más de) 20 siglos que existe.

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Un día dijo JESUCRISTO a su discípulo PEDRO: “Tú eres PEDRO y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y los poderes del infierno jamás prevalecerán contra ella” (Mateo, XVI, 18).

Como esferitas de jabón que un momento brillan y se deshacen para siempre, así han existido en la Historia los grandes poderes terrenos que en su favor contaban con la herencia de la sangre, con el poder de sus ejércitos, y del dinero, y de sus oradores…

Por el escenario de la Historia ha desfilado el mundo de los oradores de los filósofos y de los artistas y de los guerreros, y por él han desfilado los imperios terrenos, cimentados en todo lo que es grande y tiene fuerza y poder en lo humano.

Y éste es el gran milagro de la Historia, señores; que la doctrina de uno que murió ajusticiado en un patíbulo, la doctrina que en sí contiene un ideario superior a lo que puede ver el entendimiento humano, que sólo gusta de admitir lo que le es comprensible; la doctrina que impone unas obligaciones que contrarían a las fundamentales tendencias sensitivo-afectivas del hombre; la doctrina que no promete nada terreno, ni nada presenta, y que predice tribulaciones y persecuciones terrenas a los que la abrazan… la doctrina, señores, empezada a propalar por unos infelices pueblerinos sin instrucción y cultura de filosofías ni retóricas, esa doctrina haya llenado (más de) 20 siglos de Historia y sea el centro de la Humanidad.

Una doctrina recibida, en cuanto empezó a aflorar, con todo el odio y con toda la oposición del Imperio más grande que jamás existió, y en el momento cumbre de su poderío…

Una doctrina que ha sido combatida con todos los refinamientos del tormento y del dolor…, esa doctrina, contra toda ley psicológica de la Historia, sigue, no sólo viviendo sino reinando a través de (más de) 20 siglos, en millones de corazones!!

Todas las demás instituciones, todas, señores, desaparecieron. Sólo la Iglesia permanece y puede recorrer uno por uno, desde el Papa actual, toda la lista de los Soberanos Pontífices, hasta llegar al primero, a quien JESUCRISTO dijo: “Sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y los poderes del infierno jamás prevalecerán contra ella”.

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Miradme bien, señores, y reflexionad.

A los pocos días de empezar los Apóstoles a predicar a JESUCRISTO en Jerusalén, cuando los persiguieron y los apresaron, les mandaron que no volviesen a predicar más a JESUCRISTO.

¡Con qué fina ironía le dice SAN PEDRO al jefe del Tribunal: “¿Y os parece bien que os atendamos a vosotros más que a JESUCRISTO?” (Hechos de los Apóstoles, IV, 19).

Y cuando vuelven a predicar, vuelven a encarcelarlos.

Y cuando los quieren atormentar, ahí un hombre que discurre, doctor de la Ley, honorable a la multitud de la plebe, GAMALIEL, que arguyó de esta manera a la muchedumbre judía: “Separaos de esos hombres y dejadles ir; porque si esta obra que predican y las ideas que proponen es cosa de hombres, ellas solas de por sí desaparecerán; pero si es cosa de Dios, no la podréis deshacer, por más que os empeñéis en ello” (Hechos de los Apóstoles, V, 38-39).

Aquí está el secreto. Aquí, señores, se halla la causa de este enigma de la Historia.

Las obras de los hombres, por grandes que fueran y por muchos medios con que contaran, todas han pasado.

La Obra de Jesucristo, la Iglesia, por más que se le haya perseguido, presente está en (más de) 20 siglos de existencia, porque lo que es de Dios, no pueden deshacerlo los hombres.

“He aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta la consumación de los siglos” (Mateo, XXVIII, 20).

Y he aquí, señores, la única explicación del hecho histórico que tenemos ante nuestra vista.

En lo humano, nada en absoluto está en favor de la duración de la Obra de JESUCRISTO: ni los hombres que escogió JESUCRISTO para fundarla, ignorantes, débiles, sin recursos de armas ni de dinero ni de ciencia; ni la doctrina que proponían, con ideario superior al que el entendimiento humano puede comprender, con obligaciones las más costosas, por contrarias a las tendencias vitales sensitivo-afectivas del hombre, sin aliciente alguno presente y terreno, y con promesas ciertas y resultados tangibles de persecuciones y tribulaciones; ni los 249 años de la persecución única de odio y de exquisiteces de tormentos que padeció en los comienzos de su nacimiento; ni las acérrimas impugnaciones y vehementísimas persecuciones que contra ella se han levantado de herejías y cismas y apostasías, y de sectas clandestinas, y de violencia y de calumnias, de un modo universal, continuo y encarnizado; ni las pasiones desatadas, ni los vicios que corroen…, nada en absoluto, nada de todo ello está, repito, en favor de la duración de la Obra de JESUCRISTO.

Y, sin embargo, señores, inmóvil, llena de majestad y de vitalidad, con la pureza íntegra de su fe, y la unidad perfectísima en la disciplina (1937), tenemos ante nosotros la Obra de JESUCRISTO, su Iglesia.

Ese es, señores, el milagro divino, no pequeño, como lo llama SAN AGUSTÍN. Y el milagro actual, presentísimo, que nos está indicando con claridad meridiana quien fue Aquel que dijo: “Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y los poderes del infierno jamás prevalecerán contra ella”.

Que porque es Dios, por eso precisamente se cumple lo que dijo en Jerusalén a los judíos GAMALIEL: “Si vero ex Deo est, non poteritis dissolvere illud”. Porque es fundación de un Dios, que le prometió su asistencia y su protección, por eso existe hoy, como ayer, como (más de) 20 siglos hace.

La predicción de JESUCRISTO, en un momento, solemne y sencillo a la par, de su vida, en que ante sus Apóstoles, allá en Cesárea de Filipo, le dice a un hombre infeliz, pescador, PEDRO: “Tú eres PEDRO, y sobre esta piedra edificaré ni Iglesia, y las puertas del infierno nunca prevalecerán contra ella”, ya lo veis, señores está cumplida.

Y la Iglesia, perseguida, maltratada, odiada, como ninguna en el momento presente, viva está, cumpliendo la misión augusta de su Divino Fundador, y presente está…, por lo menos para que se la persiga.

¿Me entenderéis, señores?.. ¡y he terminado!

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Señores, con toda el alma os prometo solemnemente que, dentro de mi pequeñez, nunca, en los días de mi vida, cuando tenga al Señor en mis manos, os he de olvidar.

No os conozco personalmente a muchísimos, pero mucho aprecio la voluntad que habéis tenido, esperando aquí largas horas para escucharme.

Entre los que aquí estáis habrá hombres que hacía mucho tiempo que no habían pisado la Iglesia; vuelvo a prometeros de corazón que os he de encomendar todos los días de mi vida a Dios nuestro Padre, para que nos volvamos a encontrar en una eternidad feliz, donde podáis decir: “Padre, bendito el día en que, hablándome de JESUCRISTO en Profecía, de JESUCRISTO en la Historia, de JESUCRISTO en la Ciencia y de JESUCRISTO en su Obra, me inspiró deseos de estudiar a JESUCRISTO. Padre, le estudié; fui hombre consciente en mi religión”.

Dios nos conceda esta gracia, madrileños.

Muchas gracias, y hasta que Dios quiera.

(El público estalla en un aplauso cerrado, que el orador sagrado no puede impedir y que con dificultad logra cortar).

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