Capítulo Segundo. El Judío y los Pueblos Cristianos

El Judío en el Misterio de la Historia
Capítulo Segundo. El Judío y los Pueblos Cristianos
Autor: Pbro. Julio Meinvielle (Teólogo)
Ediciones Theoría, Buenos Aires, 1975

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Contenido:

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>>CAPÍTULO PRIMERO<<

>>EL JUDÍO EN EL MISTERIO DE LA HISTORIA<<

>>CAPÍTULO TERCERO<<

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Capítulo II. EL JUDÍO Y LOS PUEBLOS CRISTIANOS

En el capítulo anterior hemos expuesto la grandeza y miseria de este pueblo judío, único linaje sagrado de la tierra. Y porque Linaje sagrado, único que ha de perpetuarse a través de la historia como un testimonio carnal de Aquél en quien son benditos todos los linajes de la tierra. La carne judía, el linaje judío, es el misterio de Grandeza y de miseria. Porque ese linaje nos trajo al Redentor. Pero el Redentor, puesto como Piedra de Tropiezo al mundo, también fue tropiezo para este linaje que llevó su sangre. Por esto los de este linaje que creyeron en Cristo fueron hechos tronco y raíz de la Oliva frondosa que es la Iglesia. Los de ese linaje que rechazaron a .Cristo fueron hechos tronco y raíz de la Vid que no produce más que uvas silvestres. (Is. 5, 4).

De los judíos viene la Salud. Pero la Salud aun para los judíos. La Salud no son los judíos ni es su Padre Abrahán. La Salud es Cristo. ¡Ay de este pueblo forjado y santificado para traer la Salud, para producir a Cristo, si cree que su carne es la Salud! Entonces en nombre de su “Carne” crucificará a Aquél que constituía su grandeza. y entonces este pueblo, hecho Grande por Aquél que sale de su linaje, se trocará en Miserable por el rechazo voluntario que hará de Cristo.

Es importante compenetrarnos de este Misterio de Grandeza y de Perfidia del judío. El judío que no se adhiere a Cristo es un “ser de iniquidad”, es un “ser de perfidia”, y no puede estar haciendo otra cosa en el curso de la historia que perseguir a Cristo. Aunque no lo quiera, es su destino. Porque la razón de ser de esta raza es el Cristo. O con Él o contra Él. De aquí la perfidia del judío carnal. Y carnal es todo judío que no se adhiere a Cristo. Luego digamos sencillamente: la perfidia del judío.

Pero advirtamos nosotros, los gentiles que hemos abrazado la fe de Cristo, que esta perfidia judaica tiene un carácter sagrado, teológico. Está en ella el sello de Dios. Luego, no hemos de combatir contra “esta perfidia judaica”, contra “este pueblo deicida”, como se puede combatir contra otras fuerzas humanas. Recordemos que este pueblo, nuevo Caín, lleva sobre sí una señal para que nadie se atreva a exterminarlo.

No es, por tanto, basándose en persecuciones y de “pogroms” como se soluciona el problema judío, y por esto los Sumos Pontífices en todo tiempo han protestado contra todo odio contra los judíos, y en la tremenda persecución de Hitler, el Romano Pontífice y los Obispos alemanes han hecho oír su voz de protesta.

Pero aunque los cristianos debamos amar al judío de acuerdo al precepto de Cristo de amar a nuestros mismos enemigos, no se sigue que no hayamos de reconocer la peligrosidad que hay en ellos y que no hayamos de precavernos contra ella. También debemos amar a los leprosos, y esto no impide que se los aísle para evitar la contaminación; debemos amar a los delincuentes, y esto no obsta a que se los encarcele para que no dañen a la sociedad.

Es muy importante subrayar, en el ambiente moderno en que vivimos, que se ha dejado atontar por las ideas sentimentales del Liberalismo, que el judío, verdadero Ismael frente a Isaac, Esaú frente a Jacob, Caín frente a Abel, no puede estar regido por el derecho excepción de los cristianos. Debe estar regido por un derecho de excepción que tome las debidas y adecuadas precauciones contra la peligrosidad teológica de esta raza.

Ni exterminarlos de en medio de los pueblos cristianos como pretende el antisemitismo, ni darles derecho de igualdad, que en realidad es de superioridad, como pretende el liberalismo o filo-semitismo.

El antisemitismo está condenado por la Iglesia en decreto del Santo Oficio del 25 de marzo de 1928, que dice: La Iglesia Católica ha acostumbrado siempre a rezar por el pueblo judío, que fue el depositario de las Promesas divinas hasta Jesucristo, a pesar de la ceguera de este pueblo. Más aún, lo ha hecho a causa de esta ceguera. Regla de esta misma caridad, la Silla Apostólica ha protegido a este pueblo contra injustas vejaciones, y así como reprueba todos los odios y animosidades entre los pueblos, así condena el odio contra el pueblo escogido por Dios en otro tiempo, este odio que hoy se designa de ordinario con el vocablo de antisemitismo.

También está condenado el Liberalismo en toda la legislación y práctica de la Iglesia.

El judío ha de vivir en medio de los cristianos como testigo ciego de la verdad cristiana y como acicate que nos obligue a permanecer fieles a Jesucristo. Ni se lo debe exterminar, ni se lo debe frecuentar. No lo primero porque desempeña el papel teológico de Caín, que lleva el sello de Dios para que nadie lo extermine. No lo segundo porque es sumamente peligroso.

El judío podrá ser y es bueno dentro de su pueblo. Sus costumbres son generalmente intachables y laudables. Pero con respecto a otros pueblos, aunque viva dentro de ellos, es un enemigo hipócrita que está acechando en la sombra contra los que le brindan hospitalidad. Es un enemigo que acecha.

Así como un día enjuició a Cristo, lo insultó y escupió y le entregó a los gentiles para que fuese clavado en la cruz, así desde entonces su única razón de ser y su única preocupación es destruir al cristianismo.

Los Hechos de los Apóstoles nos refieren cómo todas las primeras persecuciones levantadas contra los Apóstoles y contra la Iglesia fueron urdidas por los judíos. Ellos amenazaban a San Pedro para que no predicase a Cristo (4, 1-23); apedrean a San Esteban (6 y 7), persiguen a los cristianos de Jerusalén (8, 1), toman consejo para matar a San Pablo (9, 23), concitan persecuciones contra Pablo en Iconio (14), en Listra (14), en Tesalónica (17), en Corinto (18), en Jerusalén (22). Tertuliano resume las denuncias de los Padres contra la peligrosidad judaica en esta frase: Sinagogae Judaeorum fontes persecutionum. Las Sinagogas de los judíos son las fuentes de nuestras persecuciones.

Los judíos en todas estas persecuciones no hacen sino cumplir su destino. San Pablo, el terrible Fariseo convertido a Cristo sobre el camino de Damasco, que conocía por experiencia propia el odio satánico de los judíos contra Cristo, enuncia la ley de las persecuciones contra la Iglesia

28. Nosotros, hermanos, dice a los cristianos de Galacia, somos hijos de la promesa, según Isaac. (Gál. 4)

29. Mas como entonces aquél que había nacido según la carne perseguía al que era según el espíritu, así también ahora.

Y este “así también ahora” debe perpetuarse en toda la historia cristiana porque es una ley teológica más fuerte que todos los planes y recursos de los hombres.

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EL TALMUD

Lo que importa saber es que el judío realiza esta su ley en virtud de su judaísmo, como quien cumple con una misión.

Porque esta ley contenida en el Talmud, que rige al judío, le manda, en efecto, despreciar y odiar a todos los pueblos, en especial a los cristianos, y no parar hasta dominarlos y sujetarlos como esclavos. Veamos qué nos enseña sobre el Talmud Paulus L. B. Drach, el célebre rabino del siglo pasado convertido al cristianismo, en su famosa y rara obra De l’harmonie entre l’Eglise et la Synagogue, Paul Melier, Libraire-éditeurs, Paris, 1844. Dice Drach que el Talmud designa el gran cuerpo de doctrina de los judíos, en el que trabajan sucesivamente, en épocas diferentes, los más acreditados ministros de Israel. Es el código completo, civil y religioso, de la sinagoga. Su objeto es explicar la ley de Moi sés conforme al espíritu de la tradición verbal, y encierra las discusiones de los diversos doctores. Si el lector juicioso del Talmud puede afligirse a veces de las extrañas aberraciones en que puede caer el espíritu humano, si más de una vez las torpezas del cinismo rabínico obligan a cubrirse el rostro, si el fiel ha de conmoverse por las atroces e insensatas calumnias que el odio impío de los fariseos difunde sobre todos los objetos de su veneración religiosa, en cambio el teólogo cristiano puede recoger allí datos y tradiciones preciosas para la explicación de más de un texto oscuro del Nuevo Testamento y para convencer a nuestros adversarios de la antigüedad del Dogma Cató1ico. El Talmud contiene las tradiciones rea les, que están confiadas a un cuerpo de setenta doctos, el sanedrín, que era mirado como legítimo sucesor de Moisés. Allí se mezcla lo religioso con lo profano, sobre todo después que los judíos fueron llevados cautivos a Babilonia (586 a. C.). La autoridad de los rabinos desplaza entonces a Moisés y los profetas. Las prescripciones para el acrecentamiento temporal del pueblo judío adquieren más importancia que los preceptos del mejoramiento religioso. Con estas enseñanzas rabínicas, que agravan los peores instintos del pueblo judío, se ha llegado a crear una mentalidad antisocial y criminal que hace de este pueblo un inadaptado entre todos los pueblos que le dan hospedaje.

El Talmud adquirió singular virulencia después de la aparición del cristianismo. Allí se estamparon las más insolentes y sacrílegas infamias contra Cristo y los cristianos. Esto determinó que los libros del Talmud fueran entregados a las llamas por orden de los Romanos Pontífices o de los príncipes cristianos. Fue entonces cuando un Sínodo judío, reunido en Polonia en 1631, ordenó suprimir cuanto se refiere a Cristo o a los cristianos, en los siguientes términos: “Por tales razones, os ordenamos que de ahora en adelante, cuando publicareis una nueva edición de estos libros, dejéis en blanco los pasajes donde se habla de Jesús de Nazareth, haciendo un circulo como éste O; y todo rabino, como cualquier otro maestro, tenga el cuidado de enseñar tales pasajes a sus fieles sólo verbalmente. De este modo los hombres de ciencia cristianos no tendrán nada que reprochamos al respecto, y podremos evitar que nos sobrevengan las más grandes calamidades y nos será posible vivir en paz”.

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La obra de Pranaitis (1)

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PORTADA INTERIOR DEL LIBRO DE PRANAITIS

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En 1892, de la tipografía de la Academia de Ciencias de San Petersburgo salía la mejor y más cuidadosa antología de máximas talmúdicas referentes a Cristo y los cristianos. Su autor era Mons. I. B. Pranaitis, titular de la cátedra de hebreo de la Universidad Imperial y tenía por título: “Christianus in Talmude Judaeorum, sive Rabbinicae doctrinae de christianis secreta”. (El cristiano en el Talmud de los judíos, o los secretos de la enseñanza rabínica acerca de los cristianos). El libro llevaba, el texto hebreo de las prescripciones rabínicas con su traducción en latín. Pero los ejemplares des aparecieron casi completamente. Sólo algunos pocos se salva ron. Con uno de éstos publicó una edición fotocopiada Mario de Bagni, con la correspondiente traducción italiana. De esa edición. aparecida en los Editores Tunminelli y Cía., Milán, Roma, 1939, hemos podido hacer uso para este nuestro libro.

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Las enseñanzas del Talmud referentes a Cristo y a los cristianos

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PÁGINA DEL LIBRO DE PRANAITIS.


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Antes de reproducir textualmente los pasajes más insultantes y criminales del Talmud referentes a Cristo y a los cristianos vamos a dar de ello una idea de conjunto. En una primera parte expondremos la doctrina del Talmud sobre Cristo y los cristianos, y en una segunda los preceptos del Talmud sobre los cristianos.

La primera parte encierra dos capítulos, sobre Cristo y otro sobre los cristianos.

SOBRE CRISTO. Se le llama con desprecio: “este hombre”, “un quídam”, “hijo del carpintero”, el “colgado”. Se enseña que es hijo espúreo, de una mujer menstruada. Que tenía en sí el alma de Esaú, que era tonto, prestidigitador, seductor, idólatra, que fue crucificado, sepultado en el infierno, y que hasta ahora es un ídolo para sus secuaces. Como seductor e idólatra, no pudo enseñar otra cosa que el error y la herejía, y ésta irracional e imposible de cumplir.

SOBRE LOS CRISTIANOS. Son llamados Notsrim, Nazarenos, y se les aplica todos los nombres con los cuales se designa a los no judíos. Abada zara, es decir, cultivadores de la idolatría; acum, adoradores de las estrellas y de los planetas; Obdé Elilim, siervos de los ídolos; Mínim, herejes; Edom, idumeos; Goim, gentiles; Nokhrim, extranjeros, forasteros; Ammé Aarez, pueblos de la tierra, ignorantes; Apicorosim, epicúreos; Cutim, samaritanos.

Se dice de los cristianos lo más abominable que se pueda imaginar. Que son idólatras, hombres pésimos, peores que los turcos, homicidas, libertinos, animales impuros, indignos de llamarse hombres, bestias con forma humana, contaminantes a manera del estiércol, bueyes y asnos, puercos, perros, peores que los perros; que se propagan a modo de las bestias, que son de origen diabólico; que sus almas proceden del diablo y que han de volver al diablo en el infierno después de la muerte; que el cadáver de un cristiano muerto no se distingue de los restos de una bestia extinta.

Del culto de los cristianos se dice que es idolátrico, que sus sacerdotes son sacerdotes de Baal, que sus templos son casas de fatuidad e idolatría, y que todos los aparatos que hay en ellos, cálices, libros, sirven a la idolatría; que sus preces privadas y públicas son pecados que ofenden a Dios y que sus fiestas son días de calamidades.

La segunda parte de los preceptos del Talmud sobre los cristianos encierra tres capítulos: los cristianos deben ser evitados, deben ser destruidos, deben ser matados.

LOS CRISTIANOS DEBEN SER EVITADOS. Según el Talmud, por lo mismo que el judío viene de un linaje escogido y recibe la circuncisión, está dotado de tan alta dignidad que nadie, ni siquiera un ángel, lo puede igualar. (Chullin 91 b). Aún más, se le considera casi igual a Dios. Quien golpee al israelita en la mejilla, dice R. Chemina, es como si da una bofetada a la Divina Majestad. (Sanedrín 58 b). El judío es siempre bueno, a pesar del número r cantidad de los pecados, que no alcanzan a contaminarle, al modo que el barro no contamina el núcleo de la nuez sino sólo su cáscara. (Chagigah 15 b). Sólo el israelita es hombre; de él es todo el universo y a él deben servirle todas las cosas, principalmente los animales que tienen forma de hombre.

Siendo esto así, se hace manifiesto que todo comercio con los cristianos mancha a los judíos. y desdice grandemente a su dignidad. Deben, por tanto, mantenerse lejos de todas las costumbres y actos de los cristianos.

Los cristianos deben ser evitados porque son inmundos. El Abhodah Zarah 72 b cuenta que una vez un hebreo trasvasó vino por medio de un sifón ron dos cañas, una y otra .sumergidas en los vasos. Vino un cristiano y tocó el sifón, y de repente quedó contaminado todo el vino.

Deben ser evitados porque son idólatras y perniciosos. y así no es lícito al judío usar nodriza cristiana, ni preceptor, ni médico, ni peluquero, ni obstetriz cristianos.

LOS CRISTIANOS DEBEN SER DESTRUÍOS. A los discípulos de “aquel hombre”, cuyo mismo nombre entre los judíos suena a “bórrese su nombre y su memoria”, no se les puede desear otra cosa sino que perezcan todos, romanos, tiranos, los que llevan en cautiverio a los hijos de Israel, de suerte que los judíos puedan librarse de ésta su cuarta cautividad. Está obligado, por tanto, todo israelita a combatir con todas sus fuerzas aquel impío reino de Idumea, propagado por el orbe. Pero como no siempre y en todas partes y a todos es posible este exterminio de cristianos, manda el Talmud combatirlos al menos indirectamente, haciéndoles daño de todas las maneras y así disminuyendo su poder y preparando su ruina. Donde sea posible, puede el judío matar a los cristianos y debe hacerlo sin ninguna misericordia. Vamos a detenernos en este último punto trayendo los textos de la obra de Pranaitis.

Abhodah Zarah 26 b: Los herejes y traidores y apostatas deben ser tirados en un pozo de donde no puedan ser sacados.

Si añadimos a éstos los tiranos que ahora reducen en cautiverio a Israel, tendremos los cuatro géneros de los que deben ser matados por los judíos; es, a saber: los traidores, los apostatas, los tiranos y todos los herejes-cristianos, sin ninguna excepción, ni aunque fueran los mejores de los hombres.

I) Son considerados como los mayores enemigos de los judíos aquellos que revelan los secretos del Talmud o causan daño pecuniario a los judíos aunque sea de poca importancia -Noseroth- traidores.

Choschen Hammischpat 388, 10. Es lícito matar al delator aun en nuestro tiempo, en todo lugar en que sea encontrado. Puede ser matado antes de la delación, Tan pronto como haya dicho que él quiere traicionar a alguien en sus bienes de vida o de riqueza, aunque éstas sean pequeñas y no le produzca mucho daño, ya pronunció contra si mismo suficiente causa de muerte, Avísenle y díganle: “No quieras delatar”. Pero si imprudentemente dice: “No, manifestaré esto”, debe ser muerto; y cuanto más pronto alguien le matare, tanto mayor mérito tendrá. Si faltare el tiempo de avisarle, el aviso no es necesario. Hay quienes dicen que el traidor debe ser matado sólo cuando sea imposible librarse de él privándole algún miembro. Si fuera posible librarse de él, por ejemplo, quitándole la lengua o los ojos, entonces no es lícito matarle, porque no es peor que los otros perseguidores.

Choschen Hammischpat 388, 15: Si se hubiera probado que alguien ha traicionado por tres veces a Israel, o ha hecho que su dinero pasara a manos de cristianos, será necesario buscar un medio prudente y astuto de suprimirlo del haz de la tierra.

Sanedrín 59 a: Dice R. Jochamam: el cristiano que escruta la ley es reo de muerte.

II) Deben ser matados los judíos que reciben el bautismo.

Iove Dea 158, 2 Hagah: Los prevaricadores que se pasan a la parte de los cristianos y que se contaminan entre los cristianos, dando culto a las estrellas y a los planetas como ellos hacen, son semejantes a aquellos que prevarican para irritar a Dios; por eso deben ser echados al pozo y no sacados.

III) Deben ser matados los cristianos porque son tiranos, restos de los amalecitas, a los que manda destruir la ley antigua.

Zohar I, 219 b: Cierto es que nuestra cautividad debe durar hasta que sean borrados de la tierra los príncipes cristianos que adoran a los ídolos.

IV) Deben ser matados todos los cristianos, sin exceptuar los mejores de entre ellos.

Abhodah Zarah 26 b. Tosephoth: El mejor entre los goim merece ser muerto.

V) El judío que mata a un cristiano no peca, sino que ofrece un sacrificio aceptable.

Sepher Or Israel 177 b. Borra la vida del cristiano y mátale. Es agradable a la majestad divina como el que ofrece un don de incienso.

Ibid. fol. 180. El israelita está obligado a poner todo su empeño en quitar las espinas de la viña. esto es, en arrancar y en extirpar a los cristianos de la tierra; no se puede dar alegría mayor a Dios bendito que ésta que hacemos exterminando a los impíos y a los cristianos de este mundo.

VI) Después de la destrucción del templo de Jerusalén no hay sacrificio más grande que el exterminio de los cristianos.

En el Zohar III, 227 b., dice el buen pastor: No hay otro sacrificio fuera del que consiste en quitar del medio la parte inmunda.

Mikdasch Melech en el Zohar f. 62, dice: El cabrón que mandaban el día de la expiación a Azaziel nos enseña que también nosotros debemos suprimir del mundo a los cristianos.

VII) A los que matan a los cristianos se les promete el supremo lugar en el paraíso.

Zohar I, 38 b. y 39 a. En el cuarto palacio del paraíso están todos los que lloraban a Sión y a Jerusalén y todos los que han destruido los restos de las naciones idólatras… Y como la púrpura es el vestido honorífico y distintivo de Dios, así serán honrados y distinguidos todos los que habrán matado a los otros pueblos idólatras.

VIII) No se deben hacer las paces con los cristianos, sino que hay que exterminarlos.

Hilkhoth Akum 10, 1. No hagan las paces con los idólatras; de suerte que les concedan permiso de adorar a los ídolos… sino que los aparten de su culto y los maten.

IX) Todos los judíos están obligados a obrar concordemente para destruir a los traidores sus enemigos; si no con la acción directa, al menos con todos los medios.

Choschen Hammischpat, 388, 16: Todos los habitantes de la ciudad están obligados a resarcir los gastos hechos para matar al traidor, aun aquellos que pagan por otro concepto sus tributos.

Pesachim 49 b: Dice R. Eliezer: Es lícito estrangular al hombre idiota en la fiesta de la expiación, aun si caiga en día sábado.

Le dijeron sus discípulos: Rabbí, di más bien inmolar. A lo que les respondió: De ningún modo; porque inmolando es necesario recitar ciertas preces, y estrangulando no son necesarias.

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Cuatro acusaciones contra los judíos

Y ahora veamos cómo diecinueve siglos de historia cristiana van a comprobar cuatro capítulos de perversidades judías; es, a saber: 1º cómo los judíos, llevados por un odio satánico, buscan la destrucción del cristianismo; 2º cómo conspiran contra los Estados cristianos que les dan albergue; 3º cómo se apropian de los bienes de los cristianos; y 4º cómo los exterminan, arrebatándoles la vida, cuando pueden.

En este capítulo me limitaré preferentemente a la época histórica de la Edad Media, para terminar exponiendo las medidas represivas con que la Iglesia, representada en los Soberanos Pontífices, prevenía la peligrosidad de los judíos. Una advertencia. preliminar. Al exponer las perversidades de esta raza grande (porque es la primera para el bien y para el mal) no me dejaré llevar por ningún sentimiento de desafecto hacia ella. En la lección anterior he expuesto la grandeza espiritual de este linaje, de quien tomó carne nuestro Adorable Redentor. Israel es tan grande, que no ha podido perpetrar el mal sino también terriblemente. Linaje consagrado, que si nos salva en el Cristo, cuando se aparta de Dios nos pierde en el Anticristo.

Los cristianos no podemos odiar a este pueblo; sólo podemos compadecerlo, temblando también nosotros, porque si este pueblo cayó, ¿qué será de nosotros si la misericordia de Dios no nos sostiene?

Por esto ruego no se quiera ver animosidad en todo cuanto diga; sobre todo que nada podré decir de inicuo, de perverso y de pérfido más espantoso que lo que este pueblo perpetró ya, dando muerte al Hijo de Dios.

Además que autores judíos como Bernard Lazare, en su libro L’Antisémitisme reconocen la peligrosidad de los judíos forjada por la mentalidad que en este pueblo imprimió la acción exclusivista de los Rabinos. Los rabinos, dice (ed. 1934, pág. 57 del tomo I), habían separado a Israel de la comunidad de los pueblos; le habían hecho un solitario salvaje, rebelde a toda ley, hostil a toda fraternidad, cerrado a toda idea bella, noble y generosa; le habían hecho una nación miserable y pequeña, agriado por el aislamiento, embrutecida por una educación estrecha, desmoralizada y corrompida por un injustificable orgullo.

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Los judíos destruyen el Cristianismo

Comencemos por la primera acusación: Los judíos, llevados por un odio satánico, buscan la destrucción del cristianismo.

San Pablo, en la Primera Carta a los Tesalonicenses, recriminando la perfidia de los judíos que molestaban a los primeros convertidos de su nación, dice (1 ad. Tes. 11, 15): Los cuales dieron muerte al Señor Jesús y a los profetas, ya nos otros nos persiguen, y que no agradan a Dios y están contra todos los hombres; que impiden que se hable a los gentiles y se procure su salvación. Con esto colman la medida de sus pecados.

Hemos visto como los judíos impedían de palabra y de obra esta predicación. En las épocas posteriores se perpetuará en igual forma esta acción pérfida. .

San Justino, en su famoso Diálogo con el judío Trifón, dice repetidas veces que los judíos, después de haber matado al Justo, y antes de Él a los Profetas, ahora deshonran y alzan increpaciones contra los cristianos, y cuando pueden aun les quitan la vida (XVI, CXXXIII); San Basilio afirma que antes los judíos y los paganos han luchado entre sí, pero ahora tanto unos como otros luchan contra el cristianismo. Y así vemos a los judíos en Esmirna, en 155, reclamando suplicios para San Policarpo (Martyrium Sancti Policarpi); el 250 los vemos insultar a los cristianos que se niegan a apostatar (Passio S. Pionié); el 304 se les encuentra entre los más violentos de los que quieren obligar a sacrificar a los ídolos a San Felipe y su diácono Hennes en Heraclea (Passio S. Phillippi Heracleensis), y asimismo en las Actas de los martirios de San Poncio de Cimiez el año 261 y San Marciano de Cesárea; en Mauritania el año 303 figuran los judíos excitando a los paganos contra los Santos Mártires. Ellos son, asimismo, los que levantan las calumnias contra los cristianos para suscitar persecuciones de parte de los paganos, como afirman San Justino, Tertuliano (Ad. Marcionem III, XXIII), Orígenes (C. Cels. VI, XXVII) Y San Gregorio Nacianceno (Oratorio n contra Jul.).

Los judíos colaboran gozosos con Juliano el Apóstata en las terribles persecuciones contra los cristianos (Sócrates, Hist. Ecl. III, XVII). En Persia, dicen las Actas de San Simeón- bar-Sabae, Patriarca de Seleucio, la persecución de Sapor es fomentada por los judíos, estos perpetuos enemigos de los cristianos que se encuentran siempre en los tiempos de tempestad, tenaces en su odio implacable y que no retroceden ante ninguna acusación calumniosa. En Singara, el año 390, el niño judío Abdul Masich, que se había convertido al cristianismo, es degollado por su padre; el año 524, el rey Dhon Nowas, de los Hyniaritas, judío, desencadena, a instigación de los judíos, una persecución criminal contra los cristianos (H. Leclerc, Les Martyrs, París 1905, t. IV, p. CIII). En Antioquía, el año 603, los judíos se precipitan sobre los cristianos, matan un gran número y queman los cadáveres. En Palestina, el año 614, masacran a los cristianos por millares e incendian las iglesias y conventos. (Ver el artículo de F. Ver net, “Juifs et Chrétiens” en Dictionnaire d’ Apologétique).

Desde el siglo XII en adelante disminuyen estas persecuciones, no porque se amengüe el odio, sino porque, dada la vigilancia de la Iglesia y del Estado, disminuyen las posibilidades de realizarlas.

Sin embargo, vemos a los judíos aliados con los herejes en la destrucción del cristianismo. Con sus intrigas deciden a León Isáurico en su campaña iconoclasta. Los judíos inspiran y se alían con Cátaros y Valdenses. Una ordenanza de Felipe el Hermoso, del 6 de junio de 1299, nos enseña que los judíos escondían a los herejes fugitivos (Donais, L’Inqusition, París 1906), y en 1425 el duque de Baviera castigó a los judíos de su ducado, que habían proporcionado armas a los hussitas contra los cristianos.

No es aventurado afirmar, con el judío Darmesteter, Les Prophétes d’lsrael, que todos los revolucionarios del espíritu (herejes, por tanto) vienen a él, en la sombra o en plena luz, a recoger el arsenal criminal de razonamientos y blasfemias que legará luego a la posteridad. (Ver Luis Dasté, Les Societés Secrètes et le juifs, París, 1912).

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Conspiran contra el Estado

Los judíos, si quieren la desaparición del cristianismo, también deben trabajar para el extermino de los Estados cristianos, y así los vemos en todo período ocupados en la tarea de conspirar contra el Estado que los alberga. Jamás se los ha visto asimilarse con el país que los acoge; al contrario, forman en él un foco permanente de espionaje, dispuestos a entregarlo, al primer enemigo que se presente.

La acusación del ministro Amán al rey Asuero contra los judíos cautivos en Babilonia tiene ml todo tiempo y lugar una sorprendente actualidad:

Hay un pueblo -dice- esparcido por toda la tierra, que se gobierna por leyes propias y que, oponiéndose a la costumbre de todas las gentes, menosprecia las órdenes de los reyes y altera con su discusión la concordia de todas las gentes.

Nación contraria a todo el linaje de los hombres, que sigue leyes perversas y perturba la paz y concordia de las provincias. (Est. 13, 4).

En España, los judíos, de acuerdo con sus hermanos de África, traman el año 694 una conjura para abrir la península a los árabes; el 711 se alían con los árabes, que invaden y conquistan a España. El 852 entregan Barcelona.

En Francia, por el año 507, acusan a San Cesáreo, obispo de Arlés, de querer entregar a los francos la ciudad ocupada por los visigodos, mientras un judío, en nombre de sus correligionarios, se ofrece a los sitiadores para introducirlos en la plaza. Hasta el siglo XII duró en Tolosa la práctica de la colafisación: el viernes santo el representante de la comunidad judía debía recibir en presencia del conde una bofetada en castigo de la traición hecha por los judíos en favor de los musulmanes. Igual práctica existía en Béziers.

El año 845 la ciudad de Burdeos fue entregada a los normandos por los judíos, y a fin del siglo XIII se habrían entendido con los mongoles en contra de los cristianos de Hungría.

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Se apoderan de los bienes de los cristianos

La tercera acusación grave contra los judíos es la de que en todo tiempo y lugar se apropian los bienes de los no-judíos, en especial de los cristianos. La usura es el gran instrumento para ejercer esta apropiación. El préstamo a interés es un robo, como enseñaron siempre las Sagradas Escrituras y la Iglesia. Por esto los judíos tenían severamente prohibido prestarse a interés entre ellos. (Deut. 23, 20). Dios les había permitido prestar a los extranjeros, porque, dice Santo Tomás, era muy grande en ellos la avaricia, y entonces había que consentirles que prestar a los extranjeros para que no recibiesen usura de los judíos, sus hermanos, que adoraban a Dios. (II. II. 78 a 1).

En realidad, la avaricia es el pecado capital de los judíos, así como en los gentiles el pecado por excelencia es la lujuria. El Profeta Isaías ha anatematizado con palabras de fuego la inclinación judaica a la avaricia, y un judío moderno, Bernard Lazare, en su conocido libro L’Antisémitisme, reconoce que el amor al oro se ha exagerado al punto de llegar a ser para esta raza el único motor de sus acciones.

Afirmaba más arriba que así como la avaricia es el pe cado de los judíos, la lujuria es el pecado de los no-judíos. Un judío, por miserable que sea su situación económica, siempre va acumulando abonos que forman un capital; en cambio el gentil, por holgada que sea su condición, siempre se halla en bancarrota porque gasta en vicios más de lo que gana. Es lógico que los no-judíos acudan a los judíos en busca de dinero, y así se cumplan las proféticas palabras de Dios en el Deuteronomio (27, 12) hechas al pueblo judío: Prestarás a muchas gentes, pero tú de nadie recibirás prestado.

En todos los tiempos los judíos han sido y son, para castigo de los cristianos pródigos, los grandes usureros.

Para circunscribirnos a una época de la historia, veamos lo que dice Jansen, el gran historiador de Alemania y la Reforma, cuando estudia la economía alemana en la época anterior a la Reforma: Los judíos no sólo acaparaban el comercio del cambio: la verdadera fuente de su fortuna era la usura o el préstamo a interés o sobre prendas, que les reportaban grandes ventajas. llegaron a ser poco a poco los verdaderos banqueros de la época y los prestamistas de todas las clases sociales. Prestando al Emperador como al simple artesano y al agricultor, explotaron a grandes y pequeños sin el menor escrúpulo. Puede hacerse una idea aproximativa de las pro porciones que alcanzó su tráfico examinando la tasa de los intereses autorizados por la ley en los siglos XIV y XV. En el año 1338 el Emperador Luis de Baviera concede a los burgueses de Francfort, a fin de que protejan a los judíos de la ciudad y velen por su seguridad con mejor corazón, un privilegio especial, gracias al cual podrán obtener empréstitos de los judíos al 32 1/2 % al año, mientras que con los extranjeros están autorizados a prestar hasta el 43 por ciento. El Consejo de Maguncia contrajo un empréstito de 1.000 florines y les permitió reclamar el 52 por ciento. En Ratisbona, Augsburgo, Viena y otras partes, el interés legal subía frecuentemente hasta el 86 por ciento.

Pero los intereses más vejatorios eran los que exigían los judíos por préstamos mínimos contraídos a corto plazo, préstamos a los que estaba obligado a recurrir el pequeño comerciante y el campesino. Los judíos saquean y despellejan al pobre hombre, dice el coplero Erasmo de Erbach (1487). La cosa llega a ser verdaderamente intolerable; ¡que Dios tenga piedad de nosotros! Los judíos usureros se instalan ahora en lugar fijo en las ciudades más pequeñas; cuando adelantan 5 florines, toman prendas que representan 6 veces el valor del dinero prestado; después reclaman los intereses de los intereses y éstos aún de los intereses nuevos, de suerte que el pobre hombre se ve despojado de todo lo que poseía.

Es fácil comprender, dice Tritemo en esa época, que en los pequeños como en los grandes, en los hombres instruidos como en los ignorantes, en los príncipes como en los campesinos, se ha arraigado una profunda aversión contra los judíos usureros, y yo apruebo todas las medidas legales que proporcionen al pueblo los medios de defenderse de su explotación usuraria, ¿Qué? ¿Acaso una raza extranjera debe reinar sobre nosotros? ¿Es más poderosa y animosa que la nuestra? ¿Su virtud más digna de admiración? No. Su fuerza no descansa más que en el miserable dinero que quita de todos lados y que se procura por todos los medios, dinero cuya búsqueda y posesión parece constituir la suprema felicidad de este pueblo. (Ver Jansen, L’Allemagne et La Réforme, I).

Recordemos otro hecho que demuestra la proverbial usura de los judíos, y que de paso demuestra la sempiterna prodigalidad y derroche de los cristianos. Cuando Felipe Augusto, en el siglo XII, los expulsó de Francia, poseían la tercera parte de las tierras, y habían acaparado de tal suerte el numerario del reino, que cuando ellos se fueron apenas se encontró dinero.

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Exterminan a los cristianos

Vengamos ya a la cuarta acusación de que los judíos, cuando pueden, arrebatan la vida de los cristianos. San Justino lo dice ya en su tiempo, y hemos visto cómo el Talmud los autoriza a practicar esta acción agradable a Dios y la historia lo comprueba en todo período de la humanidad cristiana. Prescindamos de si los judíos martirizan a cristianos inocentes con el objeto de arrebatarles la sangre, que emplearían en ciertos ritos, que ha dado lugar a la debatida cuestión del crimen ritual. Pero sea con el propósito de crimen ritual o sea simplemente por el odio satánico que tienen a Cristo, lo cierto es que no hay época en la historia incluso la moderna, en que no hayan quitado la vida a cristianos, sobre todo a niños inocentes. Hay más de cien casos perfectamente registrados, algunos tan famosos como San Guillermo de Inglaterra, niño de 12 años, afrentosamente martirizado por los judíos en 1144.

San Ricardo de París, asesinado el día de Pascua de 1179, el Santo Dominguito de Val, crucificado en Zaragoza el año 1250. El beato Enrique de Munich, que fue desangrado y herido con más de 60 golpes, el año 1345. El beato Simón, martirizado en Trento el año 1475.

Más recientemente el Padre Tomás de Calangiano, martirizado en Damasco, con su criado, el año 1840; Caso famoso éste, en que ]os asesinos confesaron su crimen y fueron condenados a muerte por Chérif-Pachá, gobernador general de Siria. Pero intervino la judería universal en favor de los, culpables, influyendo sobre Mehemet-Alí para que revocase la sentencia del gobernador de Siria. Cremieux, judío, vicepresidente del Consistorio francés. no tardó en tomar la defensa de los culpables, y en una carta aparecida en el Journal des Débats del 7 de abril de 1840 no dudó en Atribuir este odioso asunto a la influencia de los cristianos de Oriente Los judíos de todos los países se agitaron en favor de los santos y de los mártires; es decir, de los asesinos de Damasco… Inmensas sumas fueron ofrecidas a los empleados de los consulados y a los testigos… para obtener la conmutación de la pena y la no-inserción en los Procesos verbales de las tradiciones de los libros judíos y de las explicaciones dadas por el rabino Mouza-Abu-el-afich.

Y el hecho es que Mehemet-Alí, en vista de la inmensa población judía que por medio de Montefiore y de Crémieux reclaba en favor de los asesinos, decretó su libertad.

Táctica perfectamente encuadrada dentro de las normas habituales de estos hijos de 1a mentira y de la hipocresía, que cuando son convictos de culpa se declaran víctimas la arbitrariedad de los cristianos.

Los cuatro capítulos de acusaciones se pueden documentar perfectamente en todo período de la historia y en todo lugar de la tierra donde la casta judía coexista con los cristianos. La historia comprueba entonces con hechos uniformes, registrados en tiempos y lugares diversos, que los judíos son un peligro permanente y un peligro religioso y social para los pueblos cristianos.

No se diga: eso acaecía así antes, en la Edad Media, que vivía de prejuicios. El capítulo anterior demostró que esta lucha es una ley de la historia. Podrán variar las condiciones y los métodos de lucha, pero en el fondo, hoy como en la Edad Media y en la Edad apostólica y en tiempo de Cristo Nuestro Señor, la lucha se plantea irreducible y decisiva entre cristianos y judíos.

El deseo de los judíos de destruir los Estados cristianos y el cristianismo y de apoderarse de los bienes de los cristianos y de arrebatar sus vidas es hoy tan firme como en las edades anteriores… La única diferencia es que entonces los judíos no podían realizar estos propósitos sino directamente, contra pueblos que estaban prevenidos contra ellos y que generalmente hacían pagar muy caro estos deseos criminales.

Hoy, en cambio, cuando los pueblos se han descristianizado y se han inficionado con las lacras del liberalismo, los judíos arrebatan los bienes de los cristianos, exterminan sus vidas y conspiran contra los Estados… valiéndose de los mismos cristianos, a quienes antes han insensibilizado con un descristianamiento progresivo que lleva 300 años; y los judíos han logrado así que los cristianos se dividan en bandos opuestos que luchan hasta un total exterminio. Pero de esto nos ocuparemos en el próximo capítulo.

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Juicios de los Papas sobre los judíos

La Iglesia no dejó de reconocer, por boca de sus más ilustres Pontífices, toda la ruindad y peligrosidad de este pueblo. Existen por lo menos 15 documentos públicos de Papas como Inocencio IV, Gregorio X, Juan XXII, Julio III, Paulo IV, Pío IV, en los que se denuncia la célebre perfidia judaica. Y tengamos en cuenta que estos ilustres varones no procedían por impulsos inferiores, ya que dieron generosa hospitalidad a los judíos y los defendieron de injustas vejaciones, Como lo reconocen en documentos públicos los rabinos reunidos en París en 1807, en el sanedrín convocado por Napoleón, y cuyo texto fue reproducido en el capítulo anterior.

Veamos con qué palabras califica el gran Papa San Pío V a esta casta de los judíos:

El pueblo hebreo -dice-, elegido en otro tiempo por el Señor para ser participante de los celestes misterios por haber recibido los oráculos divinos, cuanto más en alto fue levantado en dignidad y gracia sobre todos los otros, tanto más, por culpa de su incredulidad, fue después abatido y humillado; cuando llegó la plenitud de los tiempos fue reprobado como pérfido e ingrato, después de haber quitado la vida in dignamente a su Redentor. Porque perdido el sacerdocio, habiéndosele quitado la autoridad de la Ley, desterrado de su propia tierra, que el Benignísimo Señor le había preparado, donde corría la leche y la miel, anda errante hace ya siglos por el orbe de la tierra, aborrecido y hecho objeto de insultos y desprecios por parte de todos, obligado, como viles esclavos, a emprender cualquier sucio e infame trabajo con el que pueda satisfacer el hambre. La piedad cristiana. teniendo compasión de esta irremediable caída, les ha permitido hallar hospitalidad en medio de los pueblos cristianos… Sin embargo, la impiedad de los judíos, iniciada en todas las artes más perversas, llega a tanto que es necesario, si se quiere atender a la salud común de los cristianos, poner remedio rápido a la fuerza del mal. Porque, para no nombrar los muchos modos de usuras con los que los judíos arrebatan los recursos de los cristianos pobres, creemos que es demasiado evidente que ellos son los cómplices y ocultadores de rateros y ladrones que a fin de que no se conozcan las cosas profanas y religiosas que éstos roban, o las ocultan, o las llevan a otro lugar o las transforman completamente; muchos también, con el pretexto de asuntos del propio trabajo, andan rondando por las casas de mujeres honestas y hacen caer a muchas en vergonzosos latrocinios; y lo que es peor de todo, entregados a sortilegios, a encantaciones mágicas, a supersticiones y maleficios, hacen caer en las redes del diablo a muchísimos incautos y enfermos que creen que profetizan acontecimientos futuros, que revelan robos. tesoros y cosas ocultas y que dan a conocer muchas cosas de las que ningún mortal tiene poder de investigar. Por fin, tenemos perfecto conocimiento de cuán indignamente tolere esta raza perversa el nombre de Cristo, cuán peligrosa sea para todos los que lleven este nombre, y con qué engaños busca poner acechanzas contra sus vidas. En vista de éstas y otras gravísimas cosas, Y movidos por la gravedad de los crímenes que diariamente aumentan para malestar de nuestras ciudades, y considerando, además, que la dicha gen te, fuera de algunas provisiones que traen de Oriente, de nada sirven a nuestra República. ..

Pero la Teología Católica no dejaba de reconocer que, aunque esta peligrosidad era bien real, sin embargo este pueblo merecía una consideración muy especial. En efecto, el judío podrá ser muy perverso, pero es un pueblo sagrado, para con el cual debe tener la Iglesia suma consideración, ya que en cierto modo es el Padre de la Iglesia, porque a él le fueron hechos los oráculos de Dios. Ahora bien, por perverso y peligroso que sea un padre, los hijos le deben albergue y respeto. No se lo puede exterminar, ni se lo puede maltratar, aunque haya que buscar el hacer inocua su perversidad.

De acuerdo a este principio, el gran Pontífice Inocencio III ha resumido la doctrina y jurisprudencia con respecto a los judíos:

Son ellos -dice el sabio Pontífice- los testigos vivos de la verdadera fe. El cristiano no debe exterminarlos ni oprimirlos, para que no pierda el conocimiento de la Ley. Así como ellos en sus sinagogas no deben ir más allá de lo que su ley les permite, así tampoco debemos molestarlos en el ejercicio de los privilegios que les son acordados. Aunque ellos prefieran persistir en el endurecimiento de sus corazones antes que tratar de comprender los oráculos de los Pro fetas y los secretos de la Ley y llegar al conocimiento de Cristo, sin embargo no tienen por eso menos derecho a nuestra protección. Así lo reclaman nuestro socorro, Nos acogemos su demanda y los tomamos bajo la égida de nuestra protección, llevados por la mansedumbre de la piedad cristiana; y siguiendo las huellas de nuestros predecesores de feliz memoria, de Calixto, de Eugenio, de Alejandro, de Clemente y de Celestino, prohibimos, a cualquiera que fuere, de forzar al bautismo a ningún judío. ” Ningún cristiano debe permitirse hacerle daño, apoderarse de sus bienes o cambiar sus costumbres sin juicio legal. Que nadie les moleste en sus días de fiesta, sea golpeándolos, sea apedreándolos, que nadie les imponga en esos días obras que puedan hacer en otros tiempos. Además, para oponernos con toda nuestra fuerza a la perversidad y a la codicia de los hombres, prohibimos, a cualquiera que fuere, el violar sus cementerios y desenterrar sus cadáveres para sacarles el dinero. Los que contravinieren estas disposiciones serán excomulgados.

He aquí, en estas sabias palabras, reconocidos los derechos de consideración y respeto a que tienen derecho los judíos por parte de los cristianos. Tomen nota los antisemitas de estas prescripciones, para no rebasar de lo justo en la acción represiva de la peligrosidad judaica. Sobre todo, no olviden que el antisemitismo es una cosa condenada, porque es la persecución del judío sin atender al carácter sagrado de esta Raza Bendita y a los derechos consiguientes.

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El ghetto

Pero si los judíos deben ser respetados en el ejercicio de sus legítimos derechos, no hay que desconocer su peligrosidad ni hay que dejar de reprimirla. Y así la Santa Sede puso en vigor, con energía, la disciplina del ghetto, es decir, el aislamiento de los judíos y la restricción de los derechos civiles.

El dominico Ferraris ha resumido la legislación sobre el ghetto, cuando escribe: “Todos los judíos deben habitar en un mismo lugar; y si éste no fuera capaz, en dos o tres o los que sean necesarios, contiguos, los que deben tener sólo una puerta de entrada y de salida”.

Los judíos no podían domiciliarse fuera de los ghettos, y aun no podían ausentarse de ellos desde el toque del Ave María al atardecer hasta la madrugada.

Tres ventajas importantísimas se derivaban de este régimen: (Constant, Les juifs devant l’Eglise):

1ª El Estado tenía constantemente número e identidad de los judíos, lo que facilitaba su vigilancia.

2ª El sentimiento de esta vigilancia mantenía al judío en el recto proceder, ya que el judío se rige por el temor, de acuerdo a lo que enseña San Pablo, quien dice, hablando de ellos, que han recibido el espíritu de servidumbre en el temor.

3ª Atendiendo a que la noche es cómplice del malhechor, Qui male agit odit lucem (el que obra mal, odia la luz.), se prevenían las perversidades de los judíos durante la noche.

Además de la reclusión en los ghettos, los judíos debían someterse a la obligación de llevar una escarapela o cinta amarilla que los distinguiese de los no-judíos, para que en esta forma, perfectamente individualizados, no pudiesen hacer daño más que a los cristianos tontos que se pusiesen en relaciones con ellos.

Dirá alguno: ¿Y estas odiosas distinciones no van contra la justa libertad y contra los legítimos derechos a que es acreedor todo hombre y toda colectividad humana?

No. De ninguna manera, cuando este hombre y esta colectividad humana rehúsa asimilarse en el país que le brinda hospedaje; de ninguna manera, cuando esta colectividad quiere regirse con leyes propias y conspirar contra la nación que le da albergue. Y éste es el caso del judío, como lo de muestra la Teología católica, como lo exigen las prescripciones del Talmud y como lo comprueba la historia de los mismos judíos en todo tiempo y lugar.

El mismo Santo Tomás de Aquino, consultado por la duquesa de Brabante sobre si era conveniente que en su provincia los judíos fueran obligados a llevar una señal distintiva para diferenciarse de los cristianos, contesta: Fácil es a esto la respuesta, y ella de acuerdo a lo establecido en el Con cilio general (Cuarto de Letrán, año 1215, c. 68), que los judíos de ambos sexos en todo territorio de cristianos r en todo tiempo deben distinguirse en su vestido de los otros pueblos. Esto les es mandado a ellos en su ley, es a saber, que en los cuatro ángulos de sus mantos haya orlas por las que se distingan de los demás.

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Restricciones civiles

Además de la obligación de recluirse en los ghettos, había otras restricciones que limitaban los derechos civiles de los judíos dentro de las sociedades cristianas.

Así, por ejemplo, no podían tener nodrizas, ni sirvientes cristianos, de ambos sexos; no podían dedicarse al comercio de mercaderías nuevas; de modo particular les estaba vedada la confección de seda de toda especie y género, y la compra o venta, aun indirecta, de seda nueva, tejida o no, debiendo limitarse a la compra-venta de ropa usada o a un comercio definido y limitado de alimentos necesarios para la vida. (Benedicto XIII, Alias emanarunt).

Se les prohibía el ocupar cátedras en las universidades; y no podían ser promovidos al doctorado, ni ejercer la medicina entre los cristianos, ni ser farmacéuticos, ni hoteleros, ni ejercer la magistratura ni la carrera de las armas. Se les permitían, en cambio, las profesiones de banqueros, proveedores de los reinos, joyeros, impresores, corredores, profesiones ellas, que no implicaban un peligro directo para los cristianos, y en las que mostraban los judíos singulares aptitudes, ya por las inmensas riquezas de que disponían, ya por su cosmopolitismo, que les permitía el rápido desplazamiento de la riqueza.

La sabiduría de la Iglesia en estas prescripciones limitando las actividades comerciales de los judíos está admirablemente reconocida en la reclamación de los mercaderes y comerciantes de París contra la admisión de los judíos formulada en 1760, cuando por la influencia de las logias masónicas se quiso destruir estas admirables leyes represivas de a ciudad cristiana. Dice así: La admisión de esta especie de hombres en una sociedad política no puede ser sino muy peligrosa; se los puede comparar a las avispas, que no se introducen en las colmenas sino para matar a las abejas, abrirles el vientre y extraer la miel que tienen en sus entrañas. Así son los judíos, en quienes es imposible suponer que existan las cualidades del ciudadano de una sociedad política.

Ninguno de los de esta especie de hombres ha sido educado en los principios de una autoridad legitima. Creen ellos que toda autoridad es una usurpación sobre ellos y hacen votos por llegar a un Imperio universal; miran todos los bienes romo si les perteneciesen, y a los súbditos de todos los Esta dos como si les hubiesen arrebatado sus posesiones.

Habla luego el documento de la rápida acumulación de riquezas que hacen los judíos, y pregunta: ¿Será acaso por una capacidad sobrenatural que llegan ellos tan rápidamente a un tal grado de fortuna?

Los judíos -contesta- no pueden gloriarse de haber procurado al mundo ninguna ventaja en los diferentes países en que han sido tolerados. Las invenciones nuevas, los des cubrimientos útiles, un trabajo penoso y asiduo; las manufacturas, armamentos, la agricultura, nada de esto entra en su sistema. Pero aprovechan los descubrimientos para con ello alterar las producciones, alterar los metales, practicar toda especie de usura, ocultar los efectos robados, comprar de cualquier mano, aun de asesinos o de un criado, introducir mercaderías prohibidas o defectuosas, ofrecer a los disipadores o a los infortunados deudores recursos que apresuran su bancarrota, los descuentos, los pequeños cambios, Los agiotajes, los préstamos sobre prendas, los trueques, la compraventa; he aquí toda su industria.

Permitir a un solo judío una casa de comercio en una ciudad sería permitir el comercio en toda la nación; seria oponer a cada comerciante las fuerzas de una nación entera, que no dejaría de emplearlas para oprimir el comercio de cada casa, una después de otra, y por consiguiente el de toda la ciudad.

Y concluye:

Los judíos no son cosmopolitas, no son ciudadanos en ningún rincón del universo; ellos se prefieren a todo el género humano, son sus enemigos secretos, ya que un día se proponen sojuzgarlo romo a esclavo.

Hasta aquí los comerciantes de París en esta requisitoria, que conserva toda su actualidad.

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Disciplina de la Iglesia

La disciplina de la Iglesia con respecto a los judíos se puede resumir en dos palabras: libertad para que dentro de sus leyes legítimas puedan los judíos desenvolverse y vivir; protección a los cristianos para que no sufran los efectos de las acechanzas judaicas y no caigan bajo su dominación.

Que los judíos no permitan que los cristianos pobres les llamen señores (dueños), prescribe Paulo IV. (Cum nimis absurdum, julio 1555).

Que ni siquiera los judíos se atrevan a juzgar o comer o mantener familiaridad con los cristianos, ordena el mismo Pontífice.

No concibe la Iglesia que los judíos, hijos de la esclava Agar, puedan estar en pie de igualdad con los herederos de Isaac en las Promesas Divinas, y mucho menos dominar sobre ellos.

De aquí que si la Iglesia, en todos los tiempos, y también modernamente por boca de S. S. Pío XI, hace oír su voz de protesta por las persecuciones contra los hijos de este pueblo pérfido, por el ansia injusta de exterminarlo, es también ella la que previene con medidas eficaces el instinto peligroso de dominación que hay en el judío y la que ad vierte a los cristianos de no acercarse a los judíos y de no trabar con ellos relaciones de ningún género.

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Sabiduría de la Iglesia

Sabiduría admirable de la Iglesia, que ha sabido penetrar hondamente en el corazón de los judíos y en el de los cristianos, para descubrir en el de aquellos el deseo disimulado pero profundo de dominación universal, y en el de éstos la simplicidad pecadora de arrimarse a los judíos para obtener algunas ventajas para sus arcas de oro.

Porque la esclavización de los cristianos, de los pueblos cristianos debajo del poder judaico, ha comenzado por la culpa de los cristianos. Los judíos, con sus ansias orgullosas de dominación no hacen sino cumplir con su deber. Para eso están en medio de los pueblos cristianos: para dominarlos, si pueden. Ese es su papel teológico; es decir, la misión que Dios ha deparado a su perfidia.

¿No quieren los cristianos ser víctimas de esa perfidia? Dejen de frecuentar a los judíos; no se entreguen a los vicios, y así no tendrán necesidad de recurrir al prestamista judío, ni a los cines judíos, ni a los modistos judíos, ni a los teatros judíos, ni a las revistas judías, y no tendrán mañana que aguantar al patrón judío en la fábrica, al patrón judío en la oficina, en los bancos, en las empresas comerciales, al patrón judío en la riqueza del país, en el trigo, en el maíz, en el lino, en la leche, en el vino, en el azúcar, en el petróleo, en los títulos y acciones de toda empresa de importancia, en la regulación de la moneda, en el oro, y quizá también en el dominio político. No tendrán mañana que pensar a lo judío en teología, en filosofía, en historia, en política, en economía, porque la prensa judía y las universidades, escuelas y bibliografía judaizadas han formado la mentalidad de nuestro pueblo; no tendrán mañana que aguantar la acción mortífera de los judíos en la sociedad liberal que nos legó la revolución francesa, la acción judía en la socialización de los pueblos del socialismo, ni la esclavización judaica en el comunismo.

En el capítulo próximo estudiaremos cómo la judaización de los pueblos cristianos marcha a la par de su descristianización, y cómo, si la Misericordia de Dios no dispone otra cosa, no estamos lejos del día en que los cristianos seremos parias que con nuestros sudores estaremos amontonando las riquezas de esta raza maldita.

Lo que decíamos en el capítulo anterior es muy importante, y no está de más repetirlo aquí. Si los pueblos gentiles, es decir, también nosotros, queremos una civilización basada en la grandeza de lo económico como fue, por ejemplo, la antigua civilización de los Faraones en tiempos de José, o de Babilonia en tiempos de Asuero, o modernamente la civilización capitalista o comunista, es decir, un régimen de grandeza carnal, del auge de todos los valores económicos, un régimen en que toda la nación, maravillosamente equipada con las últimas invenciones de la técnica, se desenvuelva con la precisión de un reloj para producir cuanto el hombre necesita para una vida confortable aquí abajo, yo digo que sí, que lo podemos lograr como se han logrado estas civilizaciones… siendo los judíos amos y nosotros esclavos.

Después que Cristo vino al mundo no es posible una civilización de grandeza carnal, del predominio de Marnmón, el dios de las riquezas y el dios de la iniquidad, sin que sean los judíos sus creadores y sean los gentiles sus ejecutores. Porque a ellos se les ha dado la hegemonía en lo carnal. como hemos explicado en el capítulo anterior; y el capítulo próximo, que versará sobre los judíos y los pueblos descristianizados, nos hará ver que el proceso de destrucción del orden cristiano, o sea de una civilización de tipo espiritual, corre paralelo con la formación de una civilización de tipo carnal, materialista, de predominio económico, y uno y otro proceso corren asimismo paralelos con la emancipación de los judíos, que van tomando revancha sobre las pretendidas agresiones medievales, y ésta a su vez corre paralela con la esclavización de los pueblos cristianos.

¡Ah! Es que no se pisotea impunemente la palabra de Dios. La Teología rige la historia con una precisión inmensamente más admirable de lo que creen los ojos vulgares, que no ven más que fuerzas antagónicas que sin sentido luchan entre sí. No, la historia tiene un sentido, y éste es un sentido teológico, porque Dios sabe aprovechar todos los aciertos y desaciertos de los hombres para que cumplan sus insondables designios.

A las naciones cristianas que se han desenvuelto bajo el control amoroso de la Iglesia en la Edad Media, Dios les ha puesto dos enemigos: uno interno, que es el instinto de rebelión contra lo espiritual para realizar una grandeza sin Dios; otro externo, que son los judíos, que debían vivir junto a los pueblos cristianos para servirles de aguijón y de acicate.

La Cristiandad, bajo el gobierno de Pontífices y Reyes Santos como Inocencio III y Luis IX de Francia, supo refrenar a estos enemigos. Refrenaba los instintos carnales de grandeza porque estaba unida a la palabra de Jesucristo, que había dicho: Buscad primero el Reino de Dios r Su justicia, y todo los demás Se os dará por añadidura. Rechazaba las acechanzas judías porque, con gran sentido teológico, veía en ellos la dominación de lo camal, con la consiguiente peligrosidad para lo espiritual, y sabía reprimirla con el aislamiento enérgico de esta raza pérfida, aunque sagrada.

La Cristiandad realizó una civilización y cultura espiritual en la libertad, donde era forzoso que los judíos viviesen bajo la dominación cristiana.

Pero se inicia la Edad Moderna, con la rebelión de los instintos carnales del Renacimiento y de la Reforma Protestante, y por una necesidad teológica, más fuerte que los cálculos de los hombres, ha de comenzar también la emancipación de los judíos, a quienes entregó Dios el monopolio de lo camal; emancipación que ha de irse acrecentando a medida que se acrecienta la civilización de grandeza carnal; emancipación que ha de trocarse forzosamente en la dominación efectiva del judío que se logra en el Capitalismo y que con más eficacia aún se realiza en el Comunismo, como demostraré, Dios mediante, en el capítulo próximo.

Por esto yo no culpo a los judíos de los males que nos acontecen. Ellos cumplen con su deber al realizar el programa pérfido que en los Divinos designios les toca llevar a cabo. Hay que culpar a los cristianos, a los pueblos cristianos, que no han respondido a la vocación admirable a que Dios los llamó, y por la ambición de ser grandes en lo carnal, han trabado alianza con los judíos; grandeza que tiene que terminar en los ríos de sangre cristiana como terminó en Rusia, en España y en el mundo, porque no en vano la Verdad Eterna ha dicho: Buscad primero el Reino de Dios, que lo demás se os dará por añadidura. (Mt. 6, 24-33).

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>>CAPÍTULO PRIMERO<<

>>EL JUDÍO EN EL MISTERIO DE LA HISTORIA<<

>>CAPÍTULO TERCERO<<

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