Capítulo Primero. El Judío Según la Teología Católica

El Judío en el Misterio de la Historia
Capítulo Primero. El Judío Según la Teología Católica
Autor: Pbro. Julio Meinvielle (Teólogo)
Ediciones Theoría, Buenos Aires, 1975

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Contenido:

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>>EL JUDÍO EN EL MISTERIO DE LA HISTORIA<<

>>CAPÍTULO SEGUNDO<<

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ACLARACIÓN NECESARIA SOBRE EL LIBRO: “EL JUDÍO EN EL MISTERIO DE LA HISTORIA” DEL P. JULIO MEINVIELLE

Querido Amigo:

Quiera Dios guardarle y bendecirle siempre.

El Padre Julio Meinvielle ha sido un eminente escritor y teólogo que nosotros apreciamos mucho. Esta eminencia no exime de la posibilidad de alguna afirmación incorrecta que cualquiera puede realizar; el mismo Padre indicó, por ejemplo, al eminentísimo Padre Garrigou Lagrange los errores de Maritain que aquél había repetido inadvertidamente.

Allá por el año 1986-1988 fue motivo de una discusión con otros sacerdotes este libro y algunas de sus afirmaciones.

La Cuestión Judía entraña escollos y dificultades en los que es muy fácil encallar el navío sea en favor o en contra, generalmente por perder de vista algún principio teológico, o por ignorarlo en el caso de los legos, o por considerar sólo algunas afirmaciones de la Sagrada Escritura.

En el caso del Padre Meinvielle me da la impresión de haber sido introducido a este tema por terceras personas usando luego su genio propio para sacar profundas y veraces conclusiones. Es en los prolegómenos en donde yo veo la pata floja o la brújula corrida algunos grados con las gravísimas consecuencias de eso a la distancia. El Padre no sacó estas consecuencias o conclusiones simplemente porque no era su cometido y por eso quizás pasaron inadvertidas.

En aquella discusión a la que hice alusión, terminaron mis interlocutores con esta pregunta-afirmación: -¿Dirás que el Padre Meinvielle no leyó a Santo Tomás? Contesté que sin duda sí pero no exhaustivamente en este tema.

El Padre Meinvielle cita la Carta a los Romanos y es, por cierto, esencial; en sus citaciones es, evidentemente correcto, pero la conclusión a la que me referiré no es la misma de Santo Tomás.

Las traducciones del Comentario de Santo Tomás a las Epístolas de San Pablo que más circulan entre los tradicionalistas son de la Editorial Tradición (de México) de Salvador Abascal. Consta que este Señor es de origen dudoso y, curiosamente traduce mal las frases importantes.

Seguiremos nosotros una edición latina completa de los Comentarios de Santo Tomás de Aquino que la preocupación por este tema, ya de años, nos hizo leer y anotar.

La obra del Padre Meinvielle, repito, es muy buena pero en los prolegómenos se refiere al pueblo elegido de manera tal que él parecería tener siempre la prelacía y el primer lugar. Esto no es teológico. En la Fe católica la única prelacía es la del mérito. En el Cielo se distinguen los Santos sólo por su santidad o mérito alcanzado y, accidentalmente, por la “aureola” del martirio, la virginidad o la confesión de la Fe. No existe allí la aureola del judaísmo. Lo mismo vale para la tierra que tiene más o menos grandeza por relación a aquella del Cielo.

La edición que poseemos del libro del Padre Meinvielle, “El Judío en el Misterio de la Historia”, es la tercera, de la editorial Theoría de 1959, y me refiero al capítulo primero, en su subtítulo “Grandeza del Pueblo Judío”, en nuestra edición páginas 19 y siguientes. Dice el Padre Meinvielle:

Página 20: “Pero este linaje escogido siempre tendrá superioridad sobre los otros linajes de la tierra. Si acepta al Cristo será lo principal, lo mejor de la Iglesia. Será la raíz y el tronco de esa Oliva que produce frutos para la vida eterna, como enseña el Apóstol. Si rechaza a Cristo será también lo principal, es a saber, lo peor en el reino de la iniquidad”.

“… El Apóstol San Pablo… Subraya esta superioridad del judío en lo bueno y en lo malo (Rom. II ,9).”

“…  El judío es, entonces, primero en el orden de la bondad, en el misterio de la Gracia…”

“… Los gentiles… Si quieren entrar en la vía de salud tienen que entrar de limosna, aprovechando que algunos judíos serán rechazados para que ellos puedan ser injertados…” (“En la Oliva”, para el Padre Meinvielle aquí indica Israel).

(Nota nuestra: No parece muy acorde con la voluntad de Dios el que todos se salven; aún numéricamente los salvos serán muchos más que los judíos que no se salven.)

“Judío entonces el tronco del árbol que es la Iglesia,… Judíos los Patriarcas… Los Profetas… San Juan Bautista el Precursor… San José… La Madre de Dios… Nuestro adorable Salvador, etc.”. (página 20)

Son entonces tres cosas:

A). La superioridad de Israel en lo bueno y en lo malo, a saber, en la Gracia y el pecado, en la Iglesia y en la contra-Iglesia y, consiguientemente, en la Gloria y el infierno

B). Los gentiles convertidos hemos sido injertados en la Oliva=Israel fiel.

C). Judío nuestro adorable Salvador…

A). Ya dijimos que teológicamente la única superioridad es la del mérito que procede del grado de Gracia alcanzado en la tierra; grado que determina el de Gloria en el Cielo.

Dice claramente Santo Tomás: “… A los cuales el Evangelio es dado en salvación, tanto a Judíos como a Gentiles. Dios no lo es sólo de los Judíos sino también de los Gentiles. Y de allí agrega,           -primero al Judío, y al Griego (Gentiles)… Pero como más abajo dirá: -No hay distinción entre Judío y Griego ¿Cómo entonces dice: primero el Judío? Hemos de decir que en cuanto al fin de la salvación a alcanzar no hay distinción entre ellos. Se alcanza una igual merced para ambos… Cuanto al orden son primeros porque a ellos fueron hechas las promesas.” (Santo Tomás, Ad Romanos, Lección 6, Cap. I, Pags. 18-19, Marietti, Turín 1929, Tomo I).

Dice más adelante Santo Tomás: “En esto atribuye (el Apóstol) el primado a los Judíos, porque a ellos fueron hechas primero las promesas” (idem, Cap. II página 37).

Dice en la Lección cuatro sobre el Cap. II, Página 41: “Mostrando que los que cumplen la Ley se justifican aunque no la hayan escuchado (los Gentiles)… Los que la escuchan (Judíos) no se justifican si no la cumplen”.

Todavía más claramente explica Santo Tomás en el comentario al Cap. III, Página 44: “Se pregunta en qué sea más el Judío. Es más cuanto a la cantidad lo que se significa cuando dice mucho (vers. 2) y cuanto al número lo que se significa al decir de todas las maneras (idem vers. 2)… Más en la contemplación de las cosas divinas (que les fueron reveladas)”.

Si se trata de las promesas de grandeza hechas a David dice el Santo: “Ha de considerarse que la promesa hecha por Dios a David se cumpliría en la Encarnación de Cristo” (idem Página 46).

Y ya de una manera clarísima y determinante dice en la Lección II sobre el Capítulo III vers. 9 al 20, Página 48 y 49: “Luego que el Apóstol muestra  la prerrogativa de los Judíos sobre los Gentiles cuanto a los divinos beneficios, aquí excluye su gloria vana por la que se preferían a los Gentiles conversos a la Fe: ¿Qué diremos nosotros Judíos convertidos a la Fe? ¿Pasaríamos por delante de los Gentiles convertidos a la Fe?; y respondiendo dice: De ninguna manera.”

“… Parece esto contrario a aquello de que el Judío es más. A esto se responde en la Glosa que aquello (más) fue dicho de los Judíos del esse (existir) que tuvieron en tiempo de la Ley y esto lo dice ahora el Apóstol según el estado de la Gracia, porque, como dice en Colosenses III: En Cristo no hay Gentil y Judío, circuncisión o prepucio, a saber, no hacen diferencia cuanto al estado de Gracia. Y completa una líneas después: De donde no dice que el Judío sea más excelente sinó que le dieron algo más excelente (la Promesa), esto excluye la excelencia de las personas”. (idem Página 48 in fine).

La Lección IV de Santo Tomás comentando el Capítulo III, vers. 27-31 de la Carta a los Romanos lleva este título: “Se extirpa de raíz la gloria de los Judíos, que tenían en la Ley, y por la que se preferían a los Gentiles; y se dice que en todos debe verse por igual la justicia de la Fe siendo el Dios que justifica de Gentiles y Judíos…”

Concluyamos diciendo que tanto la bondad como la malicia son cualidades morales de los actos, ordenados o nó según la Ley de Dios y la recta razón. Si la bondad no procede de la sangre o ésta no agrega mérito, la maldad tampoco procede de ella sinó de las acciones y la mala voluntad del sujeto; claro está que si alguien reemplaza la Ley de Dios por las prescripciones del Talmud necesariamente odiará, y mucho, todo lo que no sea judío.

B). Los Gentiles hemos sido injertados en la Oliva (=Israel fiel).

Dicho esto así parece negarse todo lo que acabamos de probar. Todo está en preguntarse dos cosas y responderlas bien:

1. ¿Qué es esa Oliva? (Israel fiel)

2. Si es contra la naturaleza de los Gentiles dicho injerto.

1. Tanto Israel fiel como la Gentilidad han sido injertados en la Iglesia. La Oliva no es Israel sinó la Iglesia, para unos de la Promesa a cumplirse en Cristo, para otros de la Promesa ya cumplida. Es esencial recordar que Israel fue un pueblo teológico formado por Dios a partir de Abraham, racialmente Caldeo, por la Fe en la Promesa del Mesías; Promesa cuyo signo era la circuncisión, signo de creyentes en Quien vendría. Hoy esa Fe sobrenatural desaparecida en ellos se ve invertida, ya no son del pueblo que espera esto sino que los que son del pueblo es esto lo que esperan, a saber, el triunfo de Israel.

Entre los más grandes comentadores de la Sagrada Escritura se encuentra el Jesuita Cornelius a Lápide, de autoridad indiscutida y quien compendió las enseñanzas de los Santos Padres. En su Comentario a la Epístola a los Romanos, Cap. XI, vers. 17 al 20, del Comentario a todas las Epístolas de San Pablo, Tomo I, Edición II, Marietti, Turín, 1928, Página 261 hablando de aquella Oliva dice claramente parafraseando a San Pablo: “Tu pues, (oh pueblo Gentil) siendo acebuche (olivo silvestre, infructuoso de buenas obras por tu infidelidad e impiedad, porque eras Gentil) has sido hecho socio (partícipe) de la raíz y de la abundancia del Espíritu Santo, que los padres de los Judíos tuvieron, sobremanera Abraham Padre de los creyentes y de su posteridad, que fueron la Iglesia de Dios:  ESTA ES PUES LA OLIVA”. Por eso dice más adelante (página 262): “Los fieles y Santos Patriarcas a los cuales fue hecha la Promesa del Mesías, y que por lo tanto eran el Pueblo y la Iglesia de Dios”.

2. ¿Es contra la naturaleza del Gentil este injerto?

Otra vez debemos plantear bien el tema:

Israel del Antiguo Testamento por la Fe en el Mesías=Iglesia de Dios

Gentiles incrédulos=Acebuche silvestre.

Si por la Fe en Jesucristo se pertenece a la Iglesia basta tenerla para ser de ella, sea Judío o Gentil por nacimiento.

Cuando el Apóstol, entonces, dice “contra natura” entendamos contra la naturaleza de la Gentilidad que no era creyente por oposición al Israel fiel que sí lo era.

C). Judío Nuestro adorable Salvador, Nuestra Señora, San José, San Juan Bautista, etc.

Distingamos dos cosas: Nuestro Señor por un lado, los demás por el otro.

Los demás: ¿Eran judíos por la raza de su pueblo (por la raza fueron Caldeos) o fueron de su pueblo por la Fe en el Mesías prometido=Jesucristo único Mesías? Ciertamente por su Fe, luego, creyeron en Jesucristo como nosotros, ellos en el que vendría, nosotros en el mismo que ya vino. La Fe entonces fue común, la cronología dispar. Digamos mejor entonces: Católico Abraham, Católico San José, catolicísima María Santísima.

Nuestro Señor: Si se es Judío fiel del Antiguo Testamento o Cristiano creyente del Nuevo Testamento por la Fe y lo Judío no dice racialidad sinó Fe así como lo dice lo Cristiano, entonces Nuestro Señor es ajeno a esto ya que es el comienzo, el fin, la consumación, la misma Vida Eterna “Que te conozcan a Ti sólo Dios verdadero y a Jesucristo a quien enviaste” (San Juan XVII, 3).

Simplemente, Dios dispuso un pueblo teológico, según la Fe, en el Antiguo Testamento para que allí fuera preparado el nacimiento del Verbo Encarnado como manera más adecuada de preparar en un solo pueblo ese acontecimiento, anunciarlo, consignarlo, confirmar los anuncios proféticos por los milagros y prodigios de toda su historia, lo que difícilmente pudiera haberse  dado en un nacimiento en cualquier tiempo y lugar.

Agreguemos algo. Sinó fuera así como intentamos probarlo, si realmente la pertenencia física a Israel diera cierta prelacía, dignidad o relevancia a un converso, ¿No deberíamos tenerlo en mayor estima, admiración y veneración? ¿No habríamos de mirarlo en más que a nosotros pobres Gentiles conversos? Es claro que esto contradiría a San Pablo, pero además ¿Qué sucedería si dicho converso del Judaísmo al Cristianismo no lo fuera tal? Quiero decir si no se hubiera hecho realmente Cristiano o nó del todo, o sólo en apariencia. ¿No sería tal decepción una trampa gravísima para los incautos? ¿No sería un error que gustarían incentivar aquellos que hoy consienten al deicidio de ayer? Piénselo.

Nuestro Señor no sólo dijo que fuéramos simples como palomas, también que fuéramos prudentes. (San Mateo X, 16).

+Mons. Andrés Morello.

Junio 20 de 2008

*Las líneas que preceden corresponden a una respuesta a un particular que creímos útil transformarla en artículo.

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PRÓLOGO A LA TERCERA EDICIÓN

La primera edición de me ensayo tiene ya más de veinte años. Pero su posición no ha cambiado en lo más mínimo. Ni podrá cambiar. Al examinar la razón del problema judío -que es un problema tan fundamental como la historia misma hemos tratado sobre todo de determinar su raíz. Y ella no está en la economía, ni en la política, ni en la sociología, ni en la antropología, sino únicamente en la teología. El pueblo judío es un pueblo sagrado, elegido por Dios de entre todos los pueblos para cumplir la misión salvífica de la humanidad, cual es la de traernos en su carne al Redentor, Y este pueblo se ha hecho, en parte, infiel a su vocaci6n, y por ello cumple en la humanidad la misión sagrada y diabólica de corromper y dominar a todos los pueblos.

Este libro quiere ser una meditación -una simple meditación- sobre este punto preciso, para destacarlo en toda su fuerza y hacerlo penetrar en la mente distraída del hombre moderno.

El estudio de este punto nos ha conducido a introducir en esta tercera edición un cuarto capítulo, que se intitula “El judío en el misterio de la historia”, y en el cual se considera el papel excepcional que le toca desempeñar al judío en la historia y en la escatología. Esta consideración es también de tipo teológico, basada sobre la exégesis de los capítulos noveno, décimo y undécimo de la Carta de San Pablo a los romanos.

Al añadir este nuevo capítulo tuvimos mucho cuidado de no quitar nada de lo anterior. Sin embargo, el punto de vista general con que aparecía enfocado el problema a través de todo el libro era como transportado a otro nivel, que lo hacía menos polémico. Por lo mismo, preferimos cambiar el título con que aparecieron la primera y segunda ediciones, y denominar a esta tercera con el título del nuevo capítulo. Y así, en efecto, nuestro libro “El judío” se llamará, de ahora en adelante, “El judío en el misterio de la historia”.

Como han persistido hasta aquí las disensiones entre judíos y cristianos sobre la perversidad del T almud, verdadero y único libro sagrado del judío, hemos utilizado para esta edición el libro famoso del I. B. Pranaitis “Cristo e i cristiani nel Talmud”, donde su autor reproduce fotográficamente el texto hebreo de los lugares en que el Talmud se refiere a Cristo y los cristianos. A título de muestra, para que el lector tenga una idea exacta del valor del libro de Pranaitis, reproducimos en esta edición copia fotográfica de algunas páginas de dicho libro.

Las variantes que hemos introducido .en diversos pasajes de la presente edición no afectan en los más mínimo el contenido, sino que tratan de reforzarlo.

EL AUTOR.

Buenos Aires, en la fiesta de los

Santos Apóstoles Redro y Pablo de 1959

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PRÓLOGO A LA PRIMERA EDICIÓN

No es posible disimular que el tema del presente libro es sumamente difícil y sumamente apasionante.

Difícil, porque el pueblo judío llena toda la historia de Dios y de los hombres. ¿Qué período de la historia se puede escribir sin mencionar a este pueblo? Sin mencionar a este pueblo glorificándolo o condenándolo, pero es forzoso hacer mención de él. Dos son los misterios de la historia, ha dicho un escritor judío (Ed. Fleg, JESUS RACCONTÉ PAR LE JUIF ERRANT, p. 177): ¡Jesús es un misterio como Israel es un misterio! Y cuando ponéis juntos estos dos misterios, ¿queréis que os diga lo que pasa? iHay un tercer misterio más misterioso, él solo, que los otros dos!

Apasionante, porque ¿quién puede ocuparse del judío sin un sentimiento de admiración o de desprecio, o de ambos a la vez? Pueblo que un día nos trajo a Cristo, pueblo que le rechazó, pueblo que se infiltra en medio de otros pueblos, no para convivir con ellos, sino para devorar insensiblemente su sustancia; pueblo siempre dominado, pero pueblo lleno siempre de un deseo insolente de dominación.

Más apasionante aún ahora, porque la dominación de este pueblo, aquí y en todas partes, va cada día siendo más efectiva. Porque los judíos dominan a nuestros gobiernos como los acreedores a sus deudores. Y esta dominación se hace sentir en la política internacional de los pueblos, en la política interna de los partidos, en la orientación económica de los países; esta dominación se hace sentir en los ministerios de Instrucción Pública, en los planes de enseñanza, en la formación de los maestros, en la mentalidad de los universitarios; el dominio judío se ejerce sobre la banca y sobre los consorcios financieros, y todo el complicado mecanismo del oro, de las divisas, de los pagos, se desenvuelve irremediablemente bajo este poderoso dominio; los judíos dominan las agencias de información mundial, los rotativos, las revistas, los folletos, de suerte que la masa de gente va forjando su mentalidad de acuerdo a moldes judaicos; los judíos dominan en el amplio sector de las diversiones, y así ellos imponen las modas, controlan los lupanares, monopolizan el cine y las estaciones de radio, de modo que las costumbres de los cristianos se van modelando de acuerdo a sus imposiciones.

¿Dónde no domina el judío? Aquí, en nuestro país, ¿qué punto vital hay de nuestra zona donde el judío no se esté beneficiando con lo mejor de nuestra riqueza al mismo tiempo que está envenenando nuestro pueblo con lo más nefasto de las ideas y diversiones? Buenos Aires, esta gran Babilonia, nos ofrece un ejemplo típico. Cada día es mayor su progreso, cada día es mayor también en ella el poder judaico. Los judíos controlan aquí nuestro dinero, nuestro trigo, nuestro maíz, nuestro lino, nuestras carnes, nuestro pan, nuestra le che, nuestras incipientes industrias, todo cuanto puede re portar utilidad, y al mismo tiempo son ellos quienes siembran y fomentan las ideas disolventes contra nuestra Religión, contra nuestra Patria y contra nuestros Hogares; son ellos quienes fomentan el odio entre patrones y obreros cristianos, entre burgueses y proletarios; son ellos los más apasionados agentes del socialismo y comunismo; son ellos los más poderosos capitalistas de cuanto dancing y cabaret infecta la ciudad. Diríase que todo el dinero que nos arrebatan los judíos de la fertilidad de nuestro suelo y del trabajo de nuestros brazos será luego invertido en envenenar nuestras inteligencias Y lo que aquí observamos se observa en todo lugar y tiempo. Siempre el judío, llevado por el frenesí de la dominación mundial, arrebata las riquezas de los pueblos y siembra la desolación. Dos mil años lleva en esta tarea la tenacidad de su raza, y ahora está a punto de lograr una efectiva dominación universal.

¡Y pensar que este pueblo proscrito, que sin asimilarse vive mezclado en medio de todos los pueblos, a través de las vicisitudes más diversas, siempre y en todas partes intacto, incorruptible, inconfundible, conspirando contra todos, es el linaje más grande de la tierra!

El linaje más grande, porque este linaje tiene una historia indestructible de 6.000 años. El linaje más grande porque de él tomó carnes el Cristo, Hijo de Dios vivo.

Y bien, este pueblo que aquí y en todas partes, ahora y en los veinte siglos de civilización cristiana, llena todo a pesar de ser una infinitesimal minoría, ¿qué origen tiene?, ¿cómo y por qué se perpetúa?, ¿qué suerte le cabe en la historia?, ¿qué actitud hay que tomar frente a él? He aquí lo que espero explicar en los capítulos siguientes.

Explicar, digo, porque estas páginas pretenden ser una explicación del judío, y en este caso, la única posible, una explicación teológica. La Teología es la ciencia de los misterios de Dios. Los misterios de Dios son los juicios inescrutables del Altísimo que nos son conocidos cuando Él se digna manifestárnoslos. Sin su manifestación jamás podríamos ni vislumbrarlos.

Ahora bien, el judío, como enseña la Teología católica, es objeto de una especialísima vocación de Dios. Sólo a la luz teológica puede explicarse el judío. Ni la sicología, ni las ciencias biológicas, ni aun las puras ciencias históricas pueden explicar este problema del judío, problema universal eterno, que llena la historia por sus tres dimensiones; problema que por su misma condición requiere una explicación universal y eterna, que valga hoy, ayer y siempre. Explicación que, como Dios, debe ser eterna; es decir, teológica.

¿Será menester advertir que estas lecciones, que tocan al vivo un problema candente, no están de suyo destinadas a justificar la acción semita ni la antisemita? Ambos términos tienden a empequeñecer un problema más hondo y universal. En el problema judaico no es Sem contra Jafet quien lucha, sino Lucifer contra Jehová, el viejo Adán contra el nuevo Adán, la Serpiente contra la Virgen, Caín contra Abel, Ismael contra Isaac, Esaú contra Jacob, el Dragón contra Cristo. La Teología Católica, al mismo tiempo que derramará la luz sobre “el misterio ambulante” que es todo judío, indicará las condiciones de convivencia entre judíos y cristianos, de pueblos hermanos que han de vivir separados hasta que la misericordia de Dios: disponga su reconciliación.

BUENOS AIRES, 1936

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Capítulo I. EL JUDÍO SEGÚN LA TEOLOGÍA CATÓLICA

El judío no es como los demás pueblos, que hoy nacen y mañana fenecen; que crean una civilización admirable restringida a un punto del tiempo y del espacio. Recordemos los grandes imperios de los egipcios, de los asirios, de los persas, de los griegos y romanos. Su gloria fue gloria de un día. .

El pueblo judío, porción minúscula enclavada en la encrucijada del Oriente y del Occidente, está hecho de pequeñez para llevar el misterio de Dios a través de los siglos. Y para llevar este misterio grabado en su carne.

No debe crear una civilización porque esto es humano, y a él está reservado lo divino. Es el pueblo teológico, que Dios crea para sí. Moisés nos refiere en el Génesis cómo el Señor Dios, 2.000 años A. C., llama al Patriarca Abrahán, que vivía en Ur de Caldea, en la Mesopotámia, y le dice:

l. Sal de tu tierra, y de tu parentela; y de la casa de tu padre, y ven a la tierra que te mostraré.

2.Y hacerte he en gran gente, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendito.

3. Bendeciré a los que te bendigan y maldeciré a los que te maldigan, y en ti serán benditos todos los linajes de la tierra. (Cap. 12).

El pueblo judío, hijo de Abrahán, tiene entonces su origen en Dios, porque Él lo selecciona del resto de la humanidad y porque a Él le promete su bendición en forma tal que en él serán benditos todos los linajes de la tierra. Israel, entonces, es grande, y grande con grandeza teológica.

¿Pero esta grandeza de Israel estriba puramente en su descendencia carnal de Abrahán, en que este pueblo está formado en los lomos del Patriarca, o en cambio estriba en la fe que tiene Abrahán en la Promesa de Dios?

Esto es sumamente importante; porque si las bendiciones de Dios son para la descendencia carnal de Abrahán, para la pura descendencia carnal, entonces por el hecho de ser hijo de Abrahán, el pueblo judío será elegido y bendito entre todos los linajes de la tierra.

Si en cambio las bendiciones están reservadas a la fe en la Divina Promesa, la pura descendencia carnal no vale; es necesaria la descendencia de Abrahán por la fe en la Promesa, o sea una descendencia espiritual fundada en la fe.

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ISMAEL E ISAAC

¿En qué estriba, entonces, la grandeza de Israel, según los divinos designios? Para mostrarlo Dios le da a Abrahán dos hijos. Uno, de su esclava Agar, que nace en forma corriente y natural, y recibe el nombre de Ismael. El otro que contra toda esperanza le pare su mujer Sara en la vejez, de acuerdo a la Promesa de Dios, y que es llamado Isaac.

Con Isaac y con su descendencia después de él confirma Dios el pacto celebrado con Abrahán. A Ismael le otorga el Señor también una bendición puramente material, prometiéndole hacerle caudillo de un gran pueblo. De este Ismael descienden los actuales árabes, que tan reciamente se han opuesto a la entrada de los judíos en Palestina. Como Ismael, el hijo de la esclava, se burlase y persiguiese a Isaac, Abrahán, a instancia de Sara, su mujer, y de acuerdo a la orden de Dios, tuvo que echarlo de su casa. (Ver Génesis, cap. 21,-9-21).

¿Qué significado tienen estos dos hijos de Abrahán, Ismael e Isaac? San Pablo, el gran Apóstol de los Misterios de Dios, nos explica que en Ismael e Isaac están prefigurados dos pueblos. (San Pablo ad. Gal. 4, 22-31).

Ismael, que nace primero de Abrahán, como fruto natural de su esclava Agar, figura la Sinagoga de los judíos, que se gloría de venir de la carne de Abrahán. Isaac, en cambio, que nace milagrosamente de acuerdo a la promesa divina, de Sara la estéril, representa y figura a la Iglesia, que ha surgido, como Isaac, por la fe en la Promesa de Cristo.

No es, por tanto, la descendencia carnal de Abrahán lo que salva, sino su unión espiritual por la fe en Cristo.

El pueblo judío, formado en Abrahán, no es precisamente por su unión carnal con Abrahán, sino asemejándosele en la fe, creyendo en Cristo, como puede lograr su salud.

Todos los que se unen con Cristo forman la descendencia bienaventurada de Abrahán y de los Patriarcas, y son el objeto de las Divinas Promesas. La Iglesia es Sara hecha fecunda por la virtud de Dios. El espíritu vivifica, y la carne, en cambio, nada vale, decía más tarde Jesucristo. (S. Juan 6, 64).

¿Podría suceder que este pueblo, o parte de este pueblo, unido por lazos carnales con Abrahán, creyese que esta pura unión genealógica es la que justifica y salva?

Sí podría suceder, y sucedió… Y para prefigurarlo, comenta el Apóstol San Pablo, dispuso Dios que Abrahán tuviese dos hijos, uno de la esclava y otro de la libre. Mas el de la esclava nació según la carne; al contrario, el de la libre nació en virtud de la Promesa. Todo lo cual fue dicho por alegoría para significar que el hecho de una pura unión carnal con Abrahán está representado en Ismael, el hijo de la esclava, y la imitación de Abrahán por la fe en Jesucristo figurada en Isaac, el hijo de la Promesa.

De aquí que haya que distinguir entre los verdaderos israelitas porque imitaron su fe en Dios creyendo en Jesucristo, y éstos están figurados en Isaac, y los israelitas que descienden de Abrahán por la carne sin imitar su fe, y éstos están figurados en Ismael.

Ismael perseguía a Isaac. Y San Pablo, comentando, añade: Mas así como entonces el que había nacido según la carne perseguía al nacido según el espíritu, así sucede también ahora. (Gál.4.29).

Y aquí está expresada la necesidad teológica de que Ismael persiga a Isaac, la Sinagoga persiga a la Iglesia, los judíos que están unidos con Abrahán por sólo una unión carnal persigan a los cristianos, verdaderos israelitas, unidos por la fe en Cristo.

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ESAÚ Y JACOB

El mismo misterio nos lo revelan los dos hijos que el Señor concedió al Patriarca Isaac: Esaú y Jacob.

Nos refiere el Génesis en el capítulo 95:

21. Hizo Isaac plegarias al Señor por su mujer, porque era estéril, y el Señor le oyó, dando a Rebeca virtud de concebir.

22. Pero chocaban entre sí, en el seno materno, los gemelos que concibió; lo que le hizo decir: Si esto me había de acontecer, ¿qué provecho he sacado yo de concebir? y fue a consultar al Señor.

23. El cual respondió diciendo: Dos naciones están en tu vientre y dos pueblos saldrán divididos en tu seno, y el uno sojuzgará al otro pueblo y el mayor ha de servir al menor.

24. Llegado ya el tiempo del parto, he aquí que se hallaron dos gemelos en su vientre(1).

25. E1 que salió primero era rubio y todo velludo, a manera de pellico, y fue llamado Esaú. Saliendo inmediatamente el otro, tenía asido con la mano el talón del pie del hermano, y por eso se le llamó Jacob.

San Pablo en su carta a los romanos, donde revela el misterio del pueblo judío, hace ver cómo Esaú, el mayor según la carne, es el pueblo judío, unido con Abrahán por puros lazos de sangre, y Jacob, el hermano menor, es la Iglesia (formada de judíos y gentiles), que porque está unida por la fe en Cristo, es preferida a Esaú. Y así se cumplen las palabras escritas: He amado más a Jacob y he aborrecido a Esaú. Y así la Iglesia vence a la Sinagoga, aunque la Sinagoga, como Esaú, mantiene vivo su odio y dice en su corazón: Yo mataré a mi hermano Jacob. (Gén. 27, 41)

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GRANDEZA DEL PUEBLO JUDÍO

He recordado estas figuras de los antiguos Patriarcas no como evocación literaria, sino porque en el origen mismo del pueblo judío, en Abrahán y en Isaac, está figurada la grandeza y miseria de este pueblo y su oposición con la Iglesia.

El pueblo judío es el linaje teológico, escogido, consagrado, santificado para significar y traernos en su carne a Ese otro que había de venir, al Esperado de las naciones.

He aquí lo tremendo de ese pueblo: su carne está santificada y estigmatizada para traemos a Aquél que es la Verdad y la Vida; que es la Salud de los hombres.

Pero, ¿por qué esta carne es santa? ¿Porque es del linaje de Abrahán, o porque ha de traemos a Cristo?

En otros términos: ¿Es Cristo quien santifica al linaje judío, o es el linaje judío el que santifica al Cristo?

He aquí, entonces, que Cristo, como había, predicho Isaías (ad. Rom. 9, 33), ha sido puesto como piedra de tropiezo y de escándalo para este pueblo.

Porque si este pueblo, con la humildad de Abrahán. cree en el Cristo que santifica su linaje, está llamado a ser raíz y tronco de una frondosa Oliva que es la Iglesia de Jesucristo; si en cambio parte de este pueblo rechaza al Cristo fundado en la soberbia de su linaje, está llamado a ser la raíz y el tronco de una Vid silvestre que no produce sino frutos amargos de pecado.

Si lo primero, este pueblo será Isaac, Jacob, Abel; si lo segundo, este pueblo está llamado a desempeñar el papel de Ismael, Esaú, Caín.

Pero este linaje escogido siempre tendrá superioridad sobre los otros linajes de la tierra. Si acepta al Cristo será lo principal, lo mejor de la Iglesia. Será la raíz y el tronco de esa Oliva que produce frutos para la vida eterna, como enseña el Apóstol. Si rechaza al Cristo será también lo principal, es a saber lo peor en el reino de la iniquidad.

El Apóstol San Pablo, que con orgullo se sentía israelita, subraya esta superioridad del judío en lo bueno y en lo malo cuando, escribiendo a los Romanos, dice (2, 9-10):

Así que tribulación y angustia aguardan al alma de todo hombre que obra mal, del judío primero y después del griego.

Mas la gloria y el honor y la paz serán de todo aquél que obra bien, del judío primero y después del griego.

Grande es, pues, la superioridad de los judíos, enseña el mismo Apóstol, (Rom, 3, 2) porque a ellos les fueron confiados los oráculos de Dios.

El judío es, entonces, primero en el orden de la bondad, en el misterio de la gracia. Judío, entonces, el tronco del árbol que es la Iglesia. Judíos o Israelitas, los Patriarcas; Judíos los Profetas; Judío, Bautista el Precursor; Judío, San José; Judía, la Madre de Dios; Judío, Nuestro Adorab1e Salvador, en quien son benditas todas las naciones. Judíos los Apóstoles y Evangelistas; Judío el Protomártir Esteban.

¡Qué pueblo, este pueblo teológico, hecho tronco del Árbol de la Iglesia!

Delante de esta Oliva, ¿qué valen los pueblos gentiles que no son más que pobre acebuche?

¿Qué el poderío de Roma y la ciencia de los griegos? Estulticia y necedad, los llama el Apóstol, porque absolutamente de nada sirven para la salud.

Los gentiles, con los griegos a la cabeza, si quieren entrar en la vía de salud tienen que entrar de limosna, aprovechando que algunos judíos serán rechazados para que ellos puedan ser injertados, y así dice el Apóstol que la caída de parte del pueblo judío:

¡Qué pueblo, este pueblo teológico, hecho tronco del Árbol de la Iglesia!

Delante de esta Oliva, ¿qué valen los pueblos gentiles que no son más que pobre acebuche?

¿Qué el poderío de Roma y la ciencia de los griegos? Estulticia y necedad, los llama el Apóstol, porque absolutamente de nada sirven para la salud.

Los gentiles, con los griegos a la cabeza, si quieren entrar en la vía de salud tienen que entrar de limosna, aprovechando que algunos judíos serán rechazados para que ellos puedan ser injertados, y así dice el Apóstol que la caída de parte del pueblo judío:

Ha venido a ser una ocasión de salud para los gentiles.

17. Si algunas ramas han sido cortadas, y si tú, pueblo gentil, que no eres más que un acebuche, has sido injertado en lugar de ellas y echo participante de la savia que sube de la raíz del olivo.

18. No tienes de qué gloriarte contra las ramas. Y si te glorías, sábete que no sustentas tú a la raíz, sino la raíz a ti. (Rom. 11).

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MISERIAS DEL PUEBLO JUDÍO

Pero cuanto mayor sea la grandeza de Israel, que ha sido predestinado en el Cristo, tanto mayor ha de ser su fidelidad a Cristo. ¡Miserable este pueblo si llega a rechazar a Aquél que es su salud! Entonces seguirá siendo el primero, pero el primero en la iniquidad. Y todo cuanto más inicuo y perverso produzca el mundo saldrá también de éste pueblo.

Judío fue Judas el traidor,. Judíos, Anás y Caifás. Judío el pueblo que se gozaba con la sangre del Salvador y que exclamaba: Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos. Judíos, los que apedrearon a San Esteban. Judíos, los que dieron muerte al Apóstol Santiago de Jerusalén. Judíos, todos los que acechaban contra la predicación de los Apóstoles. El crimen más grande de todos los tiempos, la muerte del Hombre Dios, ha sido perpetrado por éste pueblo, que mereció por eso el nombre de “pérfido”.

¿En qué está la raíz del pecado y de todos los errores judaicos?

En que parte de este pueblo creyó que las Promesas hechas a los judíos a causa de Cristo que debía nacer de ellos fueron hechas a su carne, a su genealogía.

En otras palabras: En lugar de advertir que si el pueblo judío era pueblo de predilección lo era por el Cristo, ellos, en su obcecación, creyeron que el Cristo recibió gloria de su descendencia genealógica.

Así no era de Cristo de quien venía la gloria, sino de la carne de Abrahán. Por esto los fariseos, encarnación genuina de este espíritu de iniquidad, decían con orgullo para no aceptar a Jesucristo: Nosotros tenemos por Padre a Abrahán.

Su pecado consistió entonces, en carnalizar las divinas Promesas. De esta suerte, dieron valor de sustancia a lo que no era más que figura. Esperaron la salud de lo que no era sino un signo.

Y del Mesías, que era el esperado para traer al mundo la gracia y la verdad, hicieron ellos un dominador político, terrestre, que debía asegurar y perpetuar la grandeza de Israel sobre todas las naciones sujetadas como esclavas al imperio judaico.

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CARNALIZACIÓN DEL PUEBLO JUDÍO

Es a1eccionador indicar las etapas del proceso de carnalización obrado en el pueblo judío.

Siempre fue e1 israelita de condiciones natura1es perversas, dominado por una gran soberbia y una gran avaricia.

Moisés advierte expresamente a los israelitas (Deut. 9,6):

Sabe, pues, que no por tus justicias te ha dado el Señor Dios tuyo esta excelente tierra en posesión, pues eres un pueblo de cerviz muy dura.

Y advierte más adelante (Deut. 9, 13-14):

13. Y me dijo de nuevo el Señor: Veo que este pueblo es de dura cerviz.

14. Déjame que lo desmenuce y que borre su nombre de debajo del cielo y te ponga sobre una gente que sea mayor y más fuerte que ésta.

Pero de modo particular este pueblo prevaricó y se carnalizó en la época de los Reyes, entregándose a mil deshonestidades e idolatrías, de suerte que en castigo fue primero desmembrado y llevado luego en cautivo a Babilonia por el rey Nabucodonosor, seiscientos años A. C.

Setenta años duró este cautiverio, al cabo de los cuales, vueltos los judíos a Palestina, se reconstituyeron en nación sobre las bases nuevas y más firmes que les dio Esdras, a quien los judíos consideran un legislador casi tan grande como Moisés. De esta reorganización que dio Esdras al pueblo judío, arranca en realidad el judaísmo tal como era en tiempo de Jesucristo y como se perpetúa hasta nosotros.

Para caracterizar a los judíos, hemos de decir que el judío es un pueblo atado a un Libro, el Libro por excelencia, la Ley, la Thora. En realidad forman la Thora los 5 libros del Pentateuco que escribió Moisés. Pero los judíos sólo aceptan la Thora con las interpretaciones que los Rabinos han ido trasmitiendo de boca en boca como palabra de Dios superior a la del mismo Moisés, interpretaciones que han quedado consignadas y en cierto modo petrificadas en un voluminoso libro, llamado el Talmud, que es el código civil y religioso de los judíos.

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EL JUDAÍSMO

Los judíos son, entonces, un pueblo forjado por la mentalidad de los Rabinos, en especial de los Rabinos fariseos.

El Fariseo nos muestra al vivo el carnalismo judaico. Carnal, digo, no precisamente porque los judíos tengan una propensión especial a los pecados de la impureza, sino en la acepción que Jesucristo daba a esta palabra cuando anatematizaba la tendencia de atribuir una interpretación literal, inferior y terrestre a lo que en la mente de Dios tiene un sentido espiritual superior y celeste.

Los Fariseos, en lugar de seguir las huellas de los Profetas que, como Isaías y Ezequiel, habían predicado la adoración de Dios en espíritu, la compunción del corazón, la reforma de las costumbres, la caridad para con todos los hombres, se afanaron por inculcar en el pueblo la observancia literal de ritos mezquinos y un sentimiento de orgullo por el hecho de la descendencia carnal del Patriarca Abrahán.

Nosotros somos hijos de nuestro Padre Abrahán, exclamaban con orgullo, como si la carne justificase. (San Juan, 8, 31 y sig.).

Los Fariseos, casuístas miserables, habían redactado numerosas prescripciones sobre la purificación, la ablución, la loción e inmersión de las manos, de los cuerpos, de las copas, de los manteles, a fin de asegurar la pureza del pueblo. Obligaban al baño a todo fiel que había tocado a un no-judío en el paseo, en el mercado, y consideraban grave pecado la violación de estas reglas rituales.

El que comiere pan sin lavarse las manos -dice el Talmud-, obra tan mal como el que se echa con la meretriz.

Nada demuestra mejor el carnalismo judaico que aquellos terribles ¡ay! que en los últimos días de su vida mortal pronuncia Cristo, denunciando la hipocresía de religión, la hipocresía de pureza y la hipocresía de piedad del pueblo farisaico. (Mt. 23).

Denuncia la hipocresía de religión cuando dice:

13. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas! que cerráis el reino de los cielos a los hombres, porque no vosotros entráis ni dejáis entrar a otros.

14. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas! que rodeáis la mar y la tierra para hacer un prosélito, y después de haberle hecho le hacéis dos veces más digno del infierno que vosotros.

16. …¡ay de vosotros, guías ciegos!…

23. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas! que pagáis diezmos de la hierba buena y del eneldo y del comino y habéis dejado las cosas que son más importantes de la Ley, la justicia y la misericordia y la fe.

24. Guías ciegos que coláis el mosquito y os tragáis el camello.

Denuncia la hipocresía de pureza cuando les increpa, diciendo:

25.¡Ay de vosotros, escribas y fariseo. hipócritas! que limpiáis lo de fuera del vaso y del plato, y por dentro estáis. llenos de inmundicia y de rapiña.

27. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas! que sois semejantes a los sepulcros blanqueado, que parecen de fuera hermosos a los hombres y dentro están llenos de huesos de muertos y de toda suciedad.

Denuncia por fin la simulación de culto y piedad para con los antepasados cuando les dice:

29. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas! que edificáis los sepulcros de los Profetas y adornáis los monumentos de los justos.

30. Y decís: Si hubiéramos vivido en los días de nuestros padres, no hubiéramos sido sus compañeros en la sangre de los profetas.

32. Llenad vosotros la medida de vuestros padres.

33. Serpientes; raza de víboras, ¿cómo huiréis del juicio de la gehenna?

34. Por esto he aquí que yo envío a vosotros profetas, y sabios y doctores, y de ellos mataréis y crucificaréis, y de ellos azotaréis en vuestras sinagogas y los perseguiréis de ciudad en ciudad.

35. Para que venga sobre vosotros toda la sangre inocente desde la sangre de Abel el justo hasta la sangre de Zacarías, hijo de Barachías, al cual matasteis entre el templo y el altar.

Nadie en el curso de la historia ha pronunciado anatemas más terribles que el Hijo de Dios contra este pérfido carnalismo judaico que iba a colmar toda medida con la muerte del Justo por excelencia.

(1)Ver: Gál. 4, 22-23

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EL GRAN PECADO DE LOS JUDÍOS

El 14 de Nisán del año 33, el pueblo judío, agrupado en Jerusalén delante del Pretorio del gobernador Pilatos, azuzado por sus sacerdotes, pide a voz en grito la muerte del Prometido.

Crucifícale, dicen, crucifícale.

¿Qué mal ha hecho?

Nosotros -responden los judíos- tenemos una Ley, y según esta Ley debe morir. (Juan, 19, 7). Y antes habían dicho los Rabinos en un concilio secreto contra Jesús: ¿Qué hacemos…? Si lo dejamos así, creerán todos en él; y vendrán los Romanos y arruinarán nuestra ciudad y nación. Y Caifás añadía: Conviene que muera un hombre por el pueblo y no que toda la nación perezca. (Juan, 11, 48-50).

Los judíos, entonces, en nombre de su Ley, de su Thora, y para servir a los intereses carnales de su Nación, de su Raza, piden la Sangre de Aquel que les fue prometido corno Bendición.

Ellos concitan a los gentiles contra Jesús; ellos, con los gentiles como ejecutores de sus planes, crucifican a Aquel que será levantado en alto como Signo de contradicción. (Lc. 2, 34).

Y Cristo, Piedra de Tropiezo, levantado en alto, por encima del tiempo y del espacio, con los brazos extendidos, dividirá en dos a este pueblo; los unos en la persona de los Apóstoles, serán los grandes instrumentos de la Misericordia de Dios en la Fundación y Propagación de la Iglesia; los otros, en la persona de los escribas y fariseos, serán instrumentos de la Justicia Divina en el Reino de Satanás, en su obra de perdición de la Iglesia y de las almas.

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EL JUDÍO, VERDADERO CAÍN

Dios no exterminará al judaísmo carnalizado. Cuando los judíos deicidas se vuelvan al Señor y, como verdadero Caín, le digan:

13. Mi iniquidad es muy grande para merecer el perdón.

14. He aquí que me echas hoy de la haz de la tierra, y me esconderé de tu presencia, y seré vagabundo y fugitivo en la tierra; por lo que todo el que me hallare me matará. (Gén., 4).

El Señor les dirá, como a Caín:

15. No será así; antes bien, todo el que matare a Caín, siete veces será castigado, y puso el Señor a Caín señal para que no le matase todo el que lo hallase.

Y desde entonces este pueblo marcado con el Sello de Dios debe andar errante por el mundo, ¿haciendo qué? Llevando en su carne el testimonio de Cristo en el misterio de la iniquidad.

Porque la carne judía, quiérase o no, proclama a Cristo el Bendito de todos los siglos. Lo proclama la carne porque Cristo es de esa genealogía. Lo proclama la carne judía porque esa Ley del judío, rabínicamente interpretada, ha crucificado a Cristo, Término y Cumplimiento de la Ley. Y Cristo no puede ser recordado sin que recordemos al judío, y el judío no puede ser recordado sin que recordemos a Cristo.

Lo proclama la carne judía en el misterio de iniquidad porque el judío, sellado en la iniquidad después que perpetró su crimen, queda para el resto de la historia como el agente de iniquidad. El judío, que fue misterio de bondad, queda convertido en misterio de iniquidad. Ya no es Isaac, sino Ismael. No Jacob, sino Esaú. No Abel, sino Caín.

Otros le han arrebatado los derechos de primogenitura. A otros les fueron acordadas las Bendiciones de la Promesa. Y esos otros somos todos aquellos -judíos y gentiles, judíos primero y después gentiles- que formamos la Iglesia de Jesucristo,

La Iglesia de Jesucristo es el verdadero Isaac, el verdadero Jacob y el verdadero Abel. Cristo ha sido el santificador de judíos y gentiles para formar una creación nueva, la Iglesia de Jesucristo, que adora al Padre en Espíritu y en Verdad. (Juan, 4, 23). Frente a la Iglesia, que es Isaac, Jacob, Abel, ¿qué hará la Sinagoga?, ¿qué hará el judío?

Hará el papel de Ismael, de Esaú y de Caín.

¿Qué hacía Ismael con Isaac? Se burlaba de él y le perseguía. (Gén. 21, 9). ¿Qué hacía Esaú con Jacob?

Nos dice el Génesis, 27:

41. Esaú, pues, aborreció siempre a Jacob por la bendición con que su padre le había bendecido; y decía en su corazón: Vendrán los días de luto de mi padre y mataré a mi hermano Jacob.

He aquí el papel que le toca entonces desempeñar a la Sinagoga, al judío que queda judío y no quiere reconocer a Cristo. Se dedicará a perseguir a la Iglesia, como observa el Apóstol.

Y tendrá que hacerlo porque ésa es su misión, su papel teológico.

El judío será, entonces, el agente de la iniquidad. Así como en el reino de la bondad le cupo y le cabe (porque la historia es un presente a los ojos de Dios) la primacía, así también en el reino de la maldad le ha de caber el primer lugar. Y todo lo malo que se perpetre en los veinte siglos de historia cristiana debe ser primera y principalmente judaico. Los otros pueblos, los gentiles, si quieren obrar la iniquidad tendrán que venir a la zaga de los judíos. Los gentiles, si quieren carna1izar, tendrán que judaizar; así con gran exactitud teológica los Santos Padres llaman judaizantes los gentiles que diseminan la herejía.

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CONCLUSIONES TEOLÓGICAS

Yo no sé si habré logrado exponer con fuerza la oposición teológica, es decir, dispuesta por Dios, que ha de existir a través de la historia cristiana entre la Sinagoga y la Iglesia, entre cristianos y judíos, entre Isaac e Ismael, entre Jacob y Esaú. En los dos capítulos siguientes estudiaré históricamente estas relaciones entre judíos y cristianos. Lo indispensable aquí es dejar consignadas las conclusiones teológicas a cuya luz debe interpretarse la historia.

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PRIMERA CONCLUSIÓN

El pueblo judío, cuyo destino fue traernos a Cristo, tropezó en Cristo. Parte del pueblo creyó en Cristo y se edificó sobre Él para formar la raíz y el tronco de la Oliva que es la Iglesia. Otra parte del pueblo cayó y renegó de Él invocando el orgullo carnal de la raza y de la nación judaica. Esta parte de Israel fue rechazada y lleva sobre sí la sangre de Cristo como maldición. Esta parte forma el Judaísmo propiamente dicho, que es herencia y continuación de los Rabinos que rechazaron a Cristo.

Después de Cristo no hay, para los descendientes de Abrahán, sino dos caminos: o ser cristianos adhiriéndose a Cristo, o ser judíos. El que a sabiendas no se convierte sinceramente al cristianismo, es judío con todas las perversidades satánicas de la raza estigmatizada.

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SEGUNDA CONCLUSIÓN

El Judaísmo es un enemigo declarado y activo de todos los pueblos en general, y de modo especial de los pueblos cristianos. Desempeña el papel de Ismael, que perseguía a Isaac; de Esaú, que buscaba matar a Jacob; de Caín, que dio muerte a Abel. San Pablo, en su 1ª Carta a los Tesalonicenses, dice que los judíos son enemigos de todos los pueblos (2, 15). Observemos que esto es tremendo e importantísimo. Son enemigos teológicos. Es decir, no es una enemistad local, o de sangre, o de intereses. Es una enemistad dispuesta por Dios. Los judíos, si son judíos, es decir, si no se han convertido sinceramente al cristianismo, aunque no quieran buscarán con mentiras hacer daño, perder y corromper a los cristianos, apoderarse de sus bienes y sujetarlos como a viles esclavos. Desempeñan en ello una función teológica como la desempeña el diablo, de quien son hijos, en expresión de Jesucristo, quien decía de los fariseos: Vosotros sois hijos del diablo y queréis cumplir los deseos de vuestro padre. El fue homicida desde el principio, y no permaneció en la verdad porque no hay verdad en é!; cuando habla mentira, de suyo habla, porque es mentiroso y padre de la mentira. (Juan, 8, 44).

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TERCERA CONCLUSIÓN

Si los judíos son enemigos teológicos, esta enemistad debe ser universal, inevitable y terrible. Universal, porque debe extenderse a todos los pueblos, ya previniendo al Cristianismo, ya acompañándole, y así vemos que donde va el cristianismo van los judíos. No hay modo de evitarlo, porque es teológico. El Cristianismo y el Judaísmo han de encontrarse en todas partes sin reconciliarse y sin confundirse. Representan en la historia la lucha de Lucifer contra Dios, de las tinieblas contra la Luz, de la carne contra el Espíritu. Representan en el tiempo el cumplimiento espiritual y el cumplimiento carnal de la Escritura. La Letra tiene que estar en todas partes para ser sirvienta del Espíritu, y por esto Santo Tomás de Aquino enseña que el judío es sirviente de la Iglesia.

Enemistad terrible, porque es teológica. En el judío hay un misterio de iniquidad, como enseñan San Jerónimo y San Justino haciéndose eco de Jesucristo y de la predicación Apostólica. No os fiéis del judío porque ejerce la enemistad simulando que os beneficia. Jesucristo los anatematiza llamándoles infinidad de veces hipócritas y mentirosos. El judío hace daño sin mostrar la mano. Los judíos obran detrás de los bastidores, insinúa el gran judío Disraeli. Y en ello no hacen sino perpetuar lo que un día hicieron con el Cristo: ellos tramaron contra Él la conjura secreta, pero sus planes los ejecutaron los gentiles. Así la acción judaica sobre el mundo se realiza en la sombra de los concilios secretos, y los personajes que parecen regir los pueblos no son más que títeres manejados por estos hijos de la iniquidad.

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CUARTA CONCLUSIÓN

Después que Cristo fue levantado en alto sobre el monte Calvario, el mundo ha quedado entregado a dos fuerzas verdaderamente opuestas: la judía y la cristiana.

En el mundo actual, en todas las manifestaciones de la vida no puede haber más que dos modos verdaderamente fundamentales, dos polos de atracción: el. cristiano y el judío. Sólo dos religiones: la cristiana y la judía. Sólo dos internacionalismos: el cristiano y el judío. Todo lo que no sea de Cristo y para Cristo se hace en favor del judaísmo. De aquí que la descristianización del mundo corra paralelamente con su judaización.

¿Por qué no puede haber más que estos dos modos? Porque éstos son los únicos queridos por Dios. Son los únicos teológicos. Dios ha repartido el mundo entre Isaac e Ismael, entre Jacob y Esaú, entre Caín y Abel, entre el Cristo y el Anticristo. Todas las fuerzas humanas tienen que plegarse en uno u otro frente.

De aquí que a los pueblos gentiles, a nosotros, a quienes se nos ha propuesto la vocación a la fe cristiana, no nos queda más que dos caminos: o cristianizarnos o judaizarnos. O formar en la Oliva de la Iglesia o en la Vid estéril del Judaísmo; o ser hijos de Sara la libre, o de Agar la esclava.

Los pueblos gentiles, si quieren ser libres y grandes, no tienen otra solución que adherirse humildemente a la Iglesia; no tienen otra grandeza en la libertad que la grandeza incomparable de las naciones cristianas de la Edad Media, que forjó los santos y los héroes, que levantó las catedrales, que educó al pueblo en la contemplación de los santos, que le dio el sentido de la belleza en el canto gregoriano y en los frescos del Angélico y del Giotto, que sublimó su inteligencia con la Suma Teológica del doctor Angélico. Si los pueblos gentiles, repudiando esta grandeza como obscurantista y sombría, quieren ser grandes con la grandeza carnal de Babilonia, podrán serlo, sí, pero como sirvientes del judaísmo. Porque los judíos tienen la superioridad en el dominio de lo carnal.

Y he aquí que la historia nos dice (Werner Sombart hace la comprobación) que la decantada grandeza del capitalismo inglés y norteamericano no es más que una creación judaica. Grandeza carnal incomparable, pero que es cl trabajo de millones de cristianos en beneficio de un puñado de judíos.

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QUINTA CONCLUSIÓN

La única defensa y protección de los pueblos gentiles para no caer en la esclavitud judaica es la vida cristiana. Porque Cristo, únicamente, es la Salud del hombre. De aquí que la Edad Media no ha sufrido la dominación de los judíos. Los judíos han asechado, pero sin lograr jamás la dominación.

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HOMENAJE DE GRATITUD DE LOS JUDÍOS A LA IGLESIA

La Iglesia, reconociendo la perversidad teológica que hay en ellos, sabía sujetarlos con leyes sabias y con vigilancia alerta para que no inficionasen a los cristianos. Sin embargo, la Iglesia jamás ha odiado al judío. Al contrario, ha orado y ha hecho orar por ellos; los ha defendido de las vejaciones y persecuciones injustas, de tal suerte que cuando el Sanedrín judío se reunió públicamente, por vez primera después de siglos, en Francia en 1807, convocado por Napoleón, rindió homenaje público a la benevolencia de los Pontífices en documentos que se conservan. (Collection des Actes de l’Assemblée des Israelites de France et du royaume d’Italie, par Diogène Tama).

Los Diputados Israelitas del Imperio de Francia y del Reino de Italia en el Sínodo hebraico decretado el 30 de mayo último, penetrados de gratitud por los beneficios sucesivos que el clero cristiano ha hecho en los siglos pasados a los Israelitas de diversos Estados de Europa;

Llenos de reconocimiento por la acogida que diversos Pontífices han hecho en diferentes tiempos a los Israelitas de diversos países, cuando la barbarie, los prejuicios y la ignorancia reunidos perseguían y expulsaban a los judíos del seno de las sociedades; declaran:

Que la expresión de estos sentimientos será consignada en el proceso verbal de este día para que quede para siempre como un testimonio auténtico de la gratitud de los Israelitas de esta Asamblea por los beneficios que las generaciones que les han precedido han recibido de los Eclesiásticos de los diversos países de Europa.

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SEXTA CONCLUSIÓN

Los cristianos, que no pueden odiar a los judíos, que no pueden perseguirlos ni impedirles vivir, ni perturbarlos en el cumplimiento de sus leyes y costumbres, han de precaverse, no obstante, contra la peligrosidad judaica.

Precaverse como quien se precave de los leprosos. Tampoco se puede odiar ni perseguir ni perturbar a los leprosos, pero hay que tomar precauciones contra ellos para que no inficionen el organismo social. Dura cosa es, no hay duda; pero es irremediable. Así los cristianos no han de trabar relaciones comerciales, ni sociales, ni políticas con esa casta perversa que hipócritamente ha de buscar nuestra ruina. Los judíos deben vivir separados de los cristianos porque así se lo ordenan a ellos sus Leyes, como veremos más adelante, y además porque son “infecciosos” para los demás pueblos.

Si los demás pueblos rechazan estas precauciones, tienen que atenerse a las consecuencias, o sea a ser lacayos y parias de esta raza, a la que le corresponde la superioridad en el reino de lo carnal.

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SÉPTIMA CONCLUSIÓN

En la vida errante y despreciable del judío, que se prolonga, al menos, durante dieciocho siglos, hay que descubrir el misterio cristiano. Así lo demuestra magníficamente el abbé Joseph Léhmann, judío convertido, en su libro L’Entrée des Israelites dans la société française. (pág. 3).

El judío había llenado de oprobio al Justo. Le había puesto un manto de burla sobre sus espaldas, una corona de espinas sobre su cabeza, una caña en su mano, golpes, escupidas, insultos, injurias, vergüenzas de toda clase le había prodigado, y nada le perdonó de cuanto es oprobioso. Y al final le vendió por el precio vil de treinta monedas.

Estos oprobios se han encontrado después, como castigo y pena de talión, en la vida del pueblo judío. Ya lo había anunciado Moisés: Seréis burla y risa de todos los pueblos adonde os conducirá el Señor. (Deut. 28, 37).

a) Venta en remate como animales de los judíos después de la mina de Jerusalén. Se había vendido al Justo por treinta dineros, y en la feria de Terebinto, en la llanura de Mambré, se llegó a dar treinta judíos por un dinero.

b) Prohibición, durante siglos, de venir a llorar sobre las ruinas de Jerusalén.

c) Exclusión de los judíos de los rangos de la sociedad, en pago de que el judío había excluido a Cristo como leproso de todo trato de hombres.

d) La cachetada que en Tolosa, Béziers y otras partes estaba obligado a recibir un diputado de la comunidad judía, públicamente, el viernes santo.

e) La rueda o estrella amarilla que debía llevar en su pecho o en su sombrero para ser reconocido como judío.

f) Los barrios o juderías donde debían vivir amontonados.

g) La obligación en ciertas ciudades de pagar hasta el aire que respiraban, como en Augsburgo, donde pagaban un florín por hora, y en Bremen un ducado por día.

h) Prohibición de aparecer en público desde el Domingo de Ramos hasta el día de Pascua.

i) Los insultos al judío errante.

j) La desconfianza o creencia de una malicia perpetua del judío, aun en las causas entre ellos. En Puy, las diferencias que surgían entre dos judíos eran sometidas a monaguillos, a fin de que la extrema inocencia de los jueces pusiese en descubierto la extrema malicia de los litigantes.

k) En Alemania y en Suiza se colgaba al judío al lado de un perro, en burla, porque éste era símbolo de fidelidad.

l) Permiso dado a todo oficial público para usar epítetos infamantes contra los judíos.

m) Expulsión, todas las tardes, de ciertas ciudades, al toque de trompeta de los judíos.

n) Prohibición de bañarse en las playas donde se bañaran los cristianos.

o) Interdicción de pasearse en paseos públicos. En ciudades de Alemania se colocaba esta inscripción: Prohibición a los judíos y a los perros de entrar aquí.

p) Fl peaje, que era un derecho que se cobraba por la entrada de todo judío a la ciudad.

¿Hasta cuándo ha de prolongarse esta enemistad tremenda entro judíos y cristianos? Hasta que la misericordia de Dios disponga el tiempo de la reconciliación.

San Pablo nos enseña que día vendrá en que Israel reconozca a Aquél a quien ha negado (Rom. 11).

25. Mas no quiero, hermanos, que ignoréis este misterio, que la ceguedad ha venido en parte a Israel hasta que haya entrado la plenitud de las gentes.

26. y que así todo Israel se salve.

Cuando llegue esa hora, que está en las manos de Dios, Esaú se reconciliará con Jacob, esto es: los judíos se convertirán en cristianos, y entonces se cumplirá la palabra del Profeta Ezequiel, dicha 500 años antes de Cristo:

21. He aquí yo tomaré a los hijos de Israel de en medio de las naciones, a donde fueran; y los recogeré de todas partes, y los conduciré a su tierra.

22. Y los haré una nación sola en la tierra, en los montes de Israel, y será sólo un rey que los mande a todos; y nunca más serán dos pueblos, ni se dividirán en lo venidero en dos reinos.

27. Y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. (Ez., 37).

Entonces todos “en el Cristo” serán una sola cosa, porque los judíos dejarán de ser “judíos” y los cristianos serán cristianos de verdad, y la paz se realizará como fruto de la justicia y de la caridad en Aquél, el Prometido de Abrahán, a Isaac y a Jacob, que es Jesucristo, la Bendición de todos los siglos.

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>>EL JUDÍO EN EL MISTERIO DE LA HISTORIA<<

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