El Comunismo en la Revolución Anticristiana

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Título: El Comunismo en la Revolución Anticristiana
Autor: R. P. Julio Meinvielle (1905-1973)
Cruz y Fierro Editores, 4ta Edición, 1982, Buenos Aires.

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Contenido

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>>BIBLIA Y TRADICIÓN<<

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[PREFACIO]

La realidad operante de la subversión comunista constituye, sin lugar a dudas, el aspecto más negativo y disolvente de la crisis intelectual y moral del siglo veinte. Muchos han sido los esfuerzos desplegados por multitud de filósofos, teólogos, economistas, políticos, sociólogos, etc., para desentrañar el meollo de la teoría y la praxis marxista-leninista y señalar sus consecuencias negativas tanto para la persona humana como para el orden social. Dentro de la vastísima bibliografía existente, se destaca, sin embargo, esta obra de R. P. Julio Meinvielle, que conoce ahora su tercera edición, publicándose sin incluir el apéndice titulado “La Mater et Magistra y la propiedad colectiva privada”, por haber sido éste agregado en la reedición de “Conceptos fundamentales de la Economía” (segunda edición, Editorial Universitaria de Buenos Aires, Buenos Aires, 1973).

La reflexión sobre el fenómeno comunista ha sido una de las constantes preocupaciones del P. Meinvielle a lo largo de su amplia trayectoria intelectual. En tal sentido, resultaría largo historiar la larga serie de libros, artículos, conferencias y editoriales por él consagrados a los más diversos aspectos teóricos y prácticos del marxismo, a partir de su primera obra “Concepción católica de la política” (editada por los Cursos de Cultura Católica, 1932, y ahora reeditada por la Biblioteca del Pensamiento Nacionalista Argentino, vol. III, Ediciones Dictio, 1974), hasta su última conferencia pronunciada en México, D.F., en el VI Congreso de la Liga Mundial Anticomunista (WACL), durante el 25 de agosto de 1972, bajo el título de “Civilización cristiana versus Comunismo” (publicada en “Verbo”, nº 126/127, diciembre, 1972, que se incluye como Apéndice en la presente edición).

Este libro del Padre Julio es complementario de “El poder destructivo de la dialéctica comunista” (29 edición, Cruz y Fierro Editores, Buenos Aires, 1973) y tiene la virtud de situar la Revolución Comunista en una doble perspectiva complementaria. En primer lugar, dicho movimiento es analizado a la luz de la antropología filosófico-teológica, la cual nos brinda la auténtica imagen del hombre y del orden social, sobre la base del realismo filosófico de Aristóteles y Santo Tomás. En segundo lugar, el fenómeno marxista es enfocado a la luz de la teología católica de la historia y de la cultura. Esta doble perspectiva, no sólo confiere a la obra una singularidad excepcional, sino que le permite alcanzar la máxima hondura al juzgar los efectos devastadores de la empresa comunista a la luz de la crisis histórica de las naciones cristianas.

El punto de partida antropológico está dado substancialmente por la formulación de la doctrina de las cuatro formalidades, la cual configura uno de los mayores aportes intelectuales del autor. Al distinguir los cuatro aspectos esenciales del ser humano (ser-sensible-racional-divino), Meinvielle detecta su íntimo paralelismo con las funciones sociales básicas en toda cultura (economía de ejecución – economía de dirección – política sapiencial). Dicho ordenamiento es universalmente válido, pues se inspira en la propia naturaleza del hombre, razón por la cual trasciende las contingencias y variaciones propias de cada época y de cada sociedad. Pero, a partir del nominalismo del siglo catorce, Occidente fue involucionando a través de tres momentos sucesivos: el Renacimiento y la Reforma, la Revolución Francesa y, por último, la Revolución Comunista, cuya exaltación del homo faber instaura la dominación del proletariado o economía de ejecución por encima de todos los otros valores.

Ubicada en tal perspectiva, surge con nitidez la perversidad intrínseca de la empresa comunista, como lo señalara magistralmente Pío XI en la Divini Redemptoris (nº 58). Al invertir la jerarquía natural de valores, la sociedad colectivista nos ofrece un hombre amputado, reducido a la condición de engranaje anónimo del sistema. Privado de derechos esenciales, carente de iniciativa y de responsabilidades concretas, el homo faber del marxismo termina siendo una tristísima caricatura de la imagen del hombre según el orden natural y cristiano. Meinvielle pone a la vez de manifiesto cómo el marxismo penetra en todos los ambientes a través de su instrumento clave, la lucha de clases o praxis revolucionaria, mediante la cual disuelve todas las estructuras, instituciones y grupos dirigentes, reemplazándolos por sus propias “correas de transmisión”.

El libro reafirma la gran perspectiva teológica, característica de todo el pensamiento del 5 autor, de la civilización cristiana o ciudad católica, esto es, de la Cristiandad. Al respecto cabe señalar que Julio Meinvielle es el máximo teólogo de la Cristiandad en lo que va del siglo veinte.

Esta constante que jalona toda su labor intelectual alcanza su perfil definitivo en la presente obra, al insertarse en una teología de la Historia centrada en la obra redentora de Cristo Rey, Señor de los tiempos y de las naciones. Con su lucidez habitual, su rigor conceptual y su apertura constante a los problemas que signan estos tiempos cruciales para el destino del mundo, el Padre Meinvielle ha realizado una labor señera que ilumina a los espíritus sedientos de verdades trascendentes y los alienta para la recuperación de nuestra Iglesia y de nuestra Patria, frente a la ofensiva arrolladora del aparato comunista internacional.

CARLOS ALBERTO SACHERI Buenos Aires, marzo 7 de 1974, en la festividad de Santo Tomás de Aquino, Doctor Universal de la Iglesia.

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PRÓLOGO A LA PRIMERA EDICIÓN

El gran hecho, que se ofrece a las generaciones que habitan en este siglo nuestro planeta, es el avance sostenido e incontenible del comunismo ateo. La teoría comunista comenzó a elaborarse después del año 40 del siglo pasado. Pero esta teoría, hecha acción, comenzó a operar con fuerza a principio de siglo. Lenin y los revolucionarios rusos, financiados ya entonces por la banca judía norteamericana, realizaron una obra titánica de envenenamiento y adiestramiento de las clases laboriosas de aquel país que había de lograr completo éxito con la Revolución de octubre de 1917. Es claro que el comunismo no se implantó, en virtud de motivaciones primeramente económicas. Fue específicamente una revolución política, a base del poder político, que contó con el apoyo de la banca judía Kuhn Loeb and Co. (de los Estados Unidos) y con la ayuda del ejército alemán. El poder político removió y movilizó todos los resentimientos del pueblo ruso desquiciado y entregó esa noble nación a la camarilla revolucionaria que encabezaban Lenin y Trotsky. Desde entonces, el comunismo dispuso de una poderosa plataforma para expandirse por el globo terráqueo. Mientras se consolidaba fuertemente en Rusia, apelando a métodos gigantescos de organización y usando sin escrúpulos y en escala nunca vista los medios más expeditivos de eficacia policial, montaba una poderosa maquinaria de acción revolucionaria encargada de propagar por todos los países del mundo el comunismo ateo.

Con la segunda guerra mundial, y siempre a base del poder político, el comunismo logra insospechados beneficios y triunfos en la Europa oriental y en el Asia. Con la complicidad manifiesta de potencias, que se exhiben como anticomunistas, el comunismo conquista, prácticamente sin lucha, y como si recibiera un regalo, vastas regiones y pueblos de Europa y de Asia y en especial, China. Ya hoy es dueño de la mitad de la tierra y amenaza extenderse rápidamente por el África e Hispanoamérica y se encuentra a las puertas mismas de los Estados Unidos y de Europa continental.

Aquí surge una pregunta: ¿Qué encanto y qué singular atractivo ofrece el comunismo para que los pueblos se echen en sus brazos? Porque está suficientemente documentado que es un inmenso y terrible régimen carcelero que somete a la gente a un trabajo despiadado, sin proporcionarle las legítimas satisfacciones y goces que ha encontrado siempre el hombre en las más diversas civilizaciones. ¿Qué razón puede explicar que los pueblos abracen, en forma rápida y en gran escala, un sistema de vida que contraría las aspiraciones más legítimas y elementales del bienestar humano? A esta pregunta, que debe formularse todo hombre responsable que desee conocer la razón de un fenómeno social como el comunismo, no cabe sino una respuesta que sólo puede dar la teología de la historia. Decimos: “teología de la historia”, vale decir, la historia, y la historia de nuestros días, vista a la luz de las enseñanzas de la Revelación cristiana. Cristo nos ha traído un mensaje que debe iluminar a todo hombre que viene a este mundo. Este mensaje es propagado, en forma autorizada y en su integridad, por la Cátedra romana en la que se prolonga el magisterio de Cristo. La vida del hombre y por lo mismo su historia – historia de los individuos y sobre todo, historia de los pueblos – se ha de ajustar a la enseñanza del Señor, que se puede resumir en aquella palabra del Evangelio: “Buscad pues primero el reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura”.

Y añade el Señor: “No os inquietéis, pues, por el mañana; porque el día de mañana ya tendrá sus propias inquietudes; bástale a cada día su afán”. (San Mateo, 6, 33).

Aquí el Señor, único Maestro autorizado de la humanidad, le dice al hombre, sea individuo, sea pueblo: ¿quieres ser feliz? Pues bien, lo serás si buscas como fin primero de tu vida el reino de Dios. Si diriges tus esfuerzos en servir a Dios, lograrás y sólo entonces lo lograrás, lo que te es indispensable para la felicidad en este mundo. Si en cambio vives preocupado primeramente por tu felicidad en este mundo y andas inquieto pensando en el mañana de tu vida, ni serás feliz en este mundo ni lo serás en el otro.

Esta palabra de Cristo – palabra como todas las suyas de Vida Eterna – tiene valor y vigencia para la historia de los pueblos cristianos, que son por otra parte los pueblos rectores del mundo. ¿Qué ha de pasar con los pueblos cristianos si llega un momento en su historia que, lejos de tomar en serio la palabra de su Señor y de dedicarse a la propagación de su reino por el mundo, se entregan a la erección de la Ciudad del Hombre, y ponen todas sus energías para edificar la ciudad del mañana en la que le sean solucionados todos sus problemas? Si la palabra de Cristo tiene valor y debe ser tomada en serio, habrá de acaecer necesariamente que esa ciudad, lejos de proporcionarle al hombre su felicidad, traerá su ruina y desgracia, ruina y desgracia, por otra parte, en la medida en que el hombre posponga la búsqueda del reino de Dios y se concentre en su propio bienestar.

Ahora bien; el comunismo no es más que la etapa, que estamos al presente viviendo, de un proceso en el cual los pueblos que han conocido y practicado el Mensaje cristiano han promovido una Revolución contra este Mensaje. Esta es la Revolución Anti-cristiana. Cristo dijo: “Buscad primero el reino de Dios”. Y los pueblos cristianos le contestan: “De ninguna manera. Buscaremos primero nuestro bienestar. Edificaremos la ciudad del Hombre”.

Y he aquí que, desde hace casi cinco siglos, la Europa cristiana ha comenzado a volver sus espaldas al Evangelio, a su propagación, y se ha dedicado a empresas puramente materiales.

Primero se ocupó del Humanismo, después del Capitalismo y hoy del Comunismo.

Y se da la paradoja que, a pesar que el hombre dispone día a día de mayores medios técnicos que podrían contribuir a su felicidad, se encuentra en una situación de incertidumbre, angustia y terror. La técnica lejos de serle útil, le resulta perjudicial. Porque al bajar el hombre en calidad moral y al perder por lo mismo su señorío, baja también en su capacidad de dominador de las fuerzas que le rodean y se hace esclavo de sus propias pasiones y utiliza en servicio de éstas los adelantos que produce. Cuanto mayor progreso realiza la técnica en todos sus aspectos, más desgraciada y ruinosa es la condición del hombre que la utiliza al servicio de su degradación moral.

El presente ensayo al explicar el comunismo a la luz de la teología de la historia, explica también de dónde procede su carácter “inevitable”. “Inevitable” si se tiene en cuenta que el hombre, llamado a una vocación de vida cristiana, se empeña en torcer radicalmente el mensaje evangélico que le requiere. El hombre está llamado primeramente a la contemplación de Dios. El hombre puede y debe dedicarse a tareas materiales que le aseguren un bienestar aquí abajo. Pero no primeramente. El hombre es homo sapiens y no precisamente homo faber. Y hombre sabio de la Sabiduría más alta, que es la divina.

Al explicar el comunismo a la luz de la teología tratamos de elevarnos sobre la economía, la sociología, la política y aun la filosofía, que no pueden aclararnos sino aspectos fragmentarios del mismo. El comunismo, al pretender crear un “hombre total”, nuevo, pretende infundir un nuevo espíritu a la humanidad. Ese espíritu, al no venir de Dios, viene del enemigo de Dios, del Príncipe de este mundo. Por ello, en la implantación del comunismo, se traba una lucha entre el Espíritu de Dios y los espíritus malos que tratan de perder al hombre. Del sentido, origen y término de esa lucha, sólo puede dar razón la teología de la historia.

Nuestro ensayo quiere explicar asimismo porqué el comunismo viene ahora, en este preciso momento histórico. Y ello se explica si entendemos que la historia no es sino el despliegue a través del tiempo del hombre mismo. Hay que comprender entonces cuáles son las virtualidades y valores esenciales que encierra el hombre y qué ha de acaecer si en un momento dado el hombre cristiano, como conjunto social y civilizador, renuncia a la plenitud de su manifestación. Cuando al final de la Edad Media renunció a su condición de “cristiano” para expresarse únicamente como “hombre” – de aquí el “humanismo” de la época renacentista –, no podía advertir con experiencia histórica que le era completamente imposible mantenerse en ese “humanismo”. Y el hombre fue descendiendo al “animalismo” que caracteriza al hombre del liberalismo que llena el siglo diez y nueve, al hombre precisamente burgués y capitalista, sumergido en las preocupaciones y goces dela vida económica. Pero ni aquí, ni en este plano de la economía dirigente, puede mantenerse el hombre. Ha de ir descendiendo más abajo, hacia un plano más inferior y de menor densidad cultural, hacia el plano del comunismo, en que el hombre, renunciando a su dignidad de cristiano, a su dignidad de hombre, a su dignidad animal, se contenta con ser un engranaje de la gran maquinaria en que se convierte la ciudad comunista.

Este ensayo quiere explicar igualmente cuál es la única y adecuada solución que ponga remedio a la caída del hombre y de los pueblos en el comunismo ateo. Sin desatender la utilidad que puede proporcionar la economía, la sociología, la política y la filosofía, quiere sobre todo destacar que el remedio pleno y adecuado contra el comunismo es la vida cristiana en plenitud, en el orden privado y público. El “buscad primero el reino de Dios”, no es una palabra vacía del Señor. Dios no dice, como decimos nosotros, palabras vacías. Es una ley para los pueblos. Es una ley de la Historia. Es una solución también para los pueblos y para la Historia que, cuando por infidelidad han caído en los abismos de la degradación, encuentran su remedio en la Palabra del Señor. Logos quiere decir Palabra. Y el mundo hoy, sobre todo el mundo que fue cristiano y ya no lo es, necesita el soplo del Logos, de la Palabra, que lo levante y le dé nueva vida.

En medio de la tragedia que aqueja profundamente a los pueblos y a la Historia en esta hora sombría de la humanidad, Dios parece haber reducido a silencio a su Iglesia, en vastas regiones del planeta – la Iglesia del silencio comprende a Rusia, Estonia, Letonia, Lituania, Ucrania, Albania, Bulgaria, China, Corea, parte de Alemania, Hungría, Polonia, Rumania, Checoslovaquia, Vietnam, Yugoslavia y Cuba y amenaza extenderse a otros países –, para que el hombre, después de haber callado, esté en condiciones de oír la Palabra de la Esposa del Verbo.

Sólo esta Palabra puede salvarle.

JULIO MEINVIELLE En la festividad de San José Obrero, de 1961.

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PRÓLOGO A LA SEGUNDA EDICIÓN

Este ensayo ha tenido más acogida en el público de lo que su autor hubiera podido presumir. Se dicen en él algunas verdades, sino nuevas, substanciales que me ha parecido conveniente subrayar en esta nueva edición. Por ello, se ha suprimido lo que podía haber de circunstancial para dar énfasis, en cambio, a conceptos, hoy aunque olvidados, no menos necesarios y urgentes de la problemática religiosa. Son éstos los conceptos de la Realeza de Cristo y el de civilización cristiana. Si hemos de creer, en efecto, a ciertos autores no se sabe hoy qué es la civilización cristiana ni lo saben “todos los Papas de nuestro siglo”1.

Sin embargo, es el concepto de Realeza de Cristo el que nos puede aclarar suficientemente el de la civilización cristiana y es éste, o el de su equivalente de Ciudad Católica, el que, como punto de referencia, puede darnos razón cumplida de lo que en realidad se propone destruir totalmente el comunismo, para luego en esta forma reducir a la Iglesia al silencio más absoluto. Al suprimir conceptos tan substanciales, se suprime por lo mismo la recta inteligencia del comunismo y de su propagación y se quitan las bases para una lucha eficaz contra este mal, el primero de nuestro tiempo.

La Carta Magna de la Iglesia sobre el comunismo ateo, la Divini Redemptoris de Pío XI, en cambio centra sobre el punto de la civilización cristiana y de su exclusión por el comunismo toda la médula de error, de malicia y de peligro de que éste está lleno. Por esto, en la primera página de dicho documento, después de destacar que la promesa y venida del Redentor colmó la expectación de la humanidad e “inauguró una nueva civilización universal, la civilización cristiana, inmensamente superior a la que hasta entonces trabajosamente había alcanzado el hombre en algunos pueblos más privilegiados”, añade este párrafo sugestivo: “Este peligro tan amenazador, ya lo habéis comprendido, Venerables Hermanos, es el comunismo bolchevique y ateo, que tiende a derrumbar el orden social y a socavar los fundamentos mismos de la civilización cristiana”.

Porque entre muchos católicos se suprime o se debilita el recto sentido de la civilización cristiana o el de la Ciudad Católica, se suprime también o se debilita paralelamente el combate que se ha de librar contra este mal y peligro del comunismo y se da lugar a una como aceptación del mismo, cuando no a un verdadero reconocimiento y aprobación. Tal el error del progresismo que en formas más o menos francas o atenuadas invade hoy y envenena la mentalidad y la acción de muchos católicos. Aunque esperamos en breve dedicar a este tema un pequeño ensayo, no hemos querido dejar de señalar aquí su error y peligro2.

Al alterar el concepto de civilización cristiana y en consecuencia el de comunismo, muchos católicos se ven obligados a alterar el significado de la teología de la historia, desvinculando a ésta del dogma fundamental en la materia que es el de la Realeza de Cristo. Porque la historia, la historia de la realidad temporal de los pueblos, de su realidad pública y también política, debe significar el alto y supremo dominio que Dios ha puesto en manos de Cristo. Es cierto que los pueblos podrán rebelarse contra la pacífica dominación de Cristo. Pero aún entonces, para su ruina, los pueblos no podrán dejar de significar a Cristo. Porque la historia tiene una directa dependencia de Cristo, ya que toda ella debe significar como un sacramento el reino de Dios. Y lo significa sólo positivamente cuando se convierte en historia cristiana, en civilización cristiana, en Ciudad Católica. Por olvidar esto, la teología de la historia se ha convertido hoy en una teología nominalista que niega la substancia misma con que ha de estar constituida; es, a saber, de esta significación positiva que ha de brindar a la realidad pública de los pueblos.

Por ello, alteración del concepto de civilización cristiana, disminución del combate contra el comunismo, progresismo y una mala teología de la historia andan hoy juntos en muchos católicos y aun en teólogos que se consideran expertos en teología de la historia. Todo esto nos ha inducido a añadir un nuevo capítulo a este primitivo ensayo que lleva precisamente por título “De la Realeza de Cristo en la historia a la civilización cristiana”. De esta suerte ha de aparecer más fuerte la coherencia de temas que no pueden ser desglosados.

JULIO MEINVIELLE Epifanía del Señor 1964.

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CAPÍTULO I. DE LA REALEZA DE CRISTO, EN LA HISTORIA, A LA CIVILIZACIÓN CRISTIANA

El presente libro quiere determinar con precisión qué sitio ocupa el comunismo en la Revolución anticristiana. Pero ello no es posible si no se determina, a su vez, el significado y alcance de la misma Revolución anticristiana. La Revolución anticristiana no puede ser caracterizada en toda su significación si no se fija el carácter necesariamente cristiano que ha de revestir el movimiento de la historia después que Cristo se ha hecho presente entre nosotros. El tema del presente ensayo es precisamente éste, a saber, cuál sea el significado último del comunismo en la historia. Y la historia, en definitiva, pertenece a Cristo como le pertenece todo hombre. El comunismo, que aparece en la historia y llena toda una época de la vida del hombre en su paso por la tierra, ha de entrañar necesariamente una significación en la relación también necesaria del hombre en Cristo. De aquí que en un primer capítulo hayamos de explicar la significación de Cristo y de su enemigo el anti-Cristo en la historia de los pueblos.

La historia de los pueblos en su dinamismo más profundo proclama a Cristo en su divina Realeza. No se ha de considerar como una ocurrencia piadosa que nos refiramos a la Realeza de Cristo para medir el lugar y el alcance del comunismo, sino que está ello exigido por la necesidad de encontrar una razón explicativa suficiente de este hecho que invade a los pueblos cristianos en un momento determinado de su historia.

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La historia de los hombres

La historia en su realidad última está constituida por las acciones de los hombres. Pero, ¿qué tienen de especial las acciones de los hombres frente a las de otros seres para que precisamente ellas y sólo ellas constituyan la historia? A esta cuestión, por mucho que se profundice, no se le puede dar respuesta más satisfactoria que la que le dio la sabiduría griega cuando definió al hombre como animal racional. La historia procede de esta doble condición del hombre. Porque el hombre con su razón pone libremente un determinado orden en el curso de sus acciones sobre sí mismo, sobre los otros hombres y sobre las cosas a su servicio, resulta un determinado desarrollo histórico que necesariamente se halla transido por una contingencia radical. Aunque este desarrollo ha resultado éste y no otro, pudo haber resultado otro y no éste. No sólo la serie de la sucesión histórica, sino cada eslabón de esa serie, dependiente de una voluntad humana, pudo haber sido otro. El hombre hace su historia y hace la historia. Por ser racional es libre, y por ser libre es un agente responsable de su propio destino.

La historia del hombre está constituida por acciones y hechos, libremente puestos, que deben determinar un contorno de realizaciones en su paso por la tierra. Un contorno en el espacio y en el tiempo. En el espacio, porque el obrar del hombre, se entrecruza no sólo con el paisaje sino entre las decisiones de los unos con las decisiones de los otros, de las de unos hombres individuales con las de otros hombres individuales, entre las de unos grupos sociales con las de otros grupos sociales, entre las de unas naciones con las de otras naciones y, finalmente, entre las de unas civilizaciones con las de otras civilizaciones. E igualmente en el tiempo, porque las acciones de los hombres determinan otras múltiples acciones que repercuten y cristalizan en realizaciones e instituciones que, a su vez, también actúan y ejercen influencia más o menos profunda y lejana. La historia es un inmenso entrecruzarse de pensamientos, palabras, acciones y realizaciones de los hombres. Un entrecruzarse a veces pacífico, a veces bélico. Un entrecruzarse de destrucción y de construcción.

La historia, por ser, precisamente, creación libre del hombre, se opone a la naturaleza. Ésta, en efecto, se mueve por un modo invariable de obrar. Aunque el hombre tiene también naturaleza que lo faculta para un obrar también determinado, sin embargo, esa determinación de ésa su naturaleza y de las facultades que de ella emanan está dotada de una amplia plasticidad y libertad que provienen de su condición racional. En consecuencia, la historia no se opone a la naturaleza negándola, sino continuándola. Es decir que no niega la naturaleza, sino que expresa una de las realizaciones posibles en que esa naturaleza puede desplegarse. Al contrario de lo que pasa en las otras naturalezas, privadas de razón, en que sólo es posible una realización determinada y fija de esa naturaleza. La especie humana admite en realidad infinitas realizaciones. Piénsese sino, no sólo en las innumerables civilizaciones de que nos da cuenta la historia sino también en otras que pudieron ser posibles.

Aunque la historia está constituida por todas las acciones de los hombres, en realidad, no se considera historia sino tan sólo ciertas acciones relevantes cumplidas por determinadas comunidades humanas o por personas destacadas de esas comunidades. Res gesta, las hazañas, las acciones ilustres eran tan sólo registradas en la memoria de los pueblos. La historia cobraba así la función de paradigma de los pueblos. Constituía por lo mismo un alto magisterio de dignidad en la conducta de los hombres.

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La diversidad de historias

Hablamos de historia de los pueblos, del hombre y de la humanidad. Pero, en realidad, desde el punto de vista del hombre, esta historia no existe. No existe por la misma razón que no existe unidad de la humanidad. Existen hombres individuales que se mueven en comunidades más o menos grandes y que se determinan por motivos propios de cada uno de ellos. No existe por ahora, ni en el espacio y menos en el tiempo, una humanidad que, como un sujeto singular, se mueva hacia un fin también propio, por ella fijado. De aquí la diversidad de pueblos y de civilizaciones.

Si el hombre tiene una misma naturaleza específica, ¿de dónde proviene la diversidad con que se mueve en civilizaciones tan distintas? Esta diversidad proviene principalmente del suelo, de la sangre y de los fines diferentes que dan origen a las acciones de los hombres. El suelo modifica las necesidades que experimentan los hombres y su satisfacción. La sangre crea también diversidades bien características. Y conjugados suelo y sangre, la diversidad se multiplica al infinito. Pero son sobre todo los fines los que diversifican las vidas de los hombres y en consecuencia, las civilizaciones.

Cuando Santo Tomás en la Suma Teológica quiere determinar la conducta de los hombres, comienza por fijar no sólo el fin en común o felicidad que mueve a los hombres y que determina sus motivaciones, sino y principalmente en qué bien coloca ésta su felicidad3. Porque muy distinta resulta la vida y la civilización si el motivo determinante y que le da razón de ser es la riqueza, el honor, el trabajo, el poder o los placeres. Grecia, Roma y Cartago se distinguen sobre todo por el ideal que mueve sus acciones colectivas. Mientras la primera toma como ideal de su existencia la cultura humana – paidei,a –, la segunda se mueve por la gloria que proporciona el poder y el mando – el imperium –, y la última por el éxito en la adquisición comercial de las riquezas. Cierto que detrás de estos fines particulares actúa un fin universal, el bien común, la felicidad que produce siempre cierto progreso en la vida y condición de los pueblos. El hombre está impulsado por el progreso, vale decir, por el ansia de acrecentar aquel bien en que pone su felicidad. Claro que este progreso puede significar en realidad un regreso, un caminar hacia atrás y hacia la propia ruina si el hombre se equivoca y pone en un falso bien su felicidad. Toynbee caracteriza por las tres palabras griegas koroj, ub` rij, at, h, la ruina de los pueblos que se duermen en sus laureles y pierden el ímpetu de la creatividad.

No hay historia de la humanidad. Hay, sí, historias de hombres y pueblos que en el curso de las edades se mueven en los diversos suelos de la tierra según su diversa ascendencia genealógica, acuciados también por fines diversificados. La historia de la humanidad, lejos de tener un sentido, es un entrecruzarse y mezclarse de infinitos sentidos que chocan entre sí y entran a menudo en conflicto para producir ruina y muerte.

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La historia tiene un sentido a los ojos de Dios

La historia no parece tener sentido mirada desde el punto de vista del hombre. Hablamos de la historia humana en su conjunto. Podrá tenerlo la historia de un hombre o de un pueblo, o de una civilización. Sin embargo, la historia debe tener un sentido desde el punto de vista de Dios, Creador y ordenador del hombre. En efecto, la teología enseña que en Dios, en la mente divina, existe la razón del orden que hay en las cosas con respecto a sus fines. Dios es Prudente y propio es del prudente, como enseña el Filósofo (Etica, VI), ordenar las cosas a sus fines, bien sea respecto a nosotros mismos, y por esto llamamos prudente al hombre que ordena sus actos al fin de su propia vida, o bien con respecto a los que nos están encomendados en la familia, en la ciudad o en el Estado. La prudencia en Dios o Providencia es la razón del orden de las cosas a sus fines o, como dice Boecio, es la misma razón divina asentada en el príncipe supremo de todas las cosas, que todo lo dispone4. La causalidad providente de Dios se extiende en absoluto a todos los seres, y no sólo en cuanto a sus elementos específicos, sino también en cuanto a sus principios individuales, lo mismo si son corruptibles que si son incorruptibles, por lo cual todo lo que de algún modo participa del ser, necesariamente ha de estar ordenado por Dios a un fin, como dice el Apóstol: “Lo que viene de Dios, está ordenado”5.

La providencia divina respecto a la historia de los hombres podría ofrecer dificultad especial por moverse toda ella en el dominio de la libertad humana. Pero ya advierte Santo Tomás que “corresponde a la providencia divina producir el ser en todos sus grados, y por ello señaló a unos efectos causas necesarias para que se produjeran necesariamente, a otros causas contingentes, con objeto de que se produzcan de modo contingente, según sea la condición de las causas próximas”6.

Que Dios tiene providencia quiere significar en definitiva que todo cuanto acaece en el Universo, y por lo mismo también la historia, se cumple dentro del plan divino que todo lo tiene calculado y pesado. “Es necesario, dice Santo Tomás, que todos los seres estén sujetos al orden de Dios como las obras artísticas lo están al orden del arte”. “Y el propio mal, como enseña San Agustín (Ench. CII), Dios lo permite porque es tan omnipotente y bueno que puede sacar de él bien”.

Pero hay una enseñanza teológica que hace más directamente a este problema de la historia en el plan divino, y es la que se refiere a la conducción especial que Dios tiene con respecto a aquellos hombres que infaliblemente se han de salvar. El dogma de la predestinación se vincula directamente y de una manera muy peculiar con este tema de la historia. Sabido es que el hombre, todo hombre, en la providencia actual está llamado a la visión de la eterna gloria. Pero no todos los hombres han de alcanzar de hecho este fin. Otros lo han alcanzado ya y otros ciertamente lo han de alcanzar. Son los santos, los elegidos, los predestinados. Y se llaman precisamente predestinados porque para que lleguen al fin a que están llamados deben ser transmitidos por otro, como una flecha por el arquero; y, por ello, la creatura racional, enseña Santo Tomás, llega a la vida eterna como si fuese transmitida por Dios. Ahora bien, la razón de esta transmisión preexiste en Dios como preexiste en él la razón del orden de todas las cosas a sus fines7.

Dios elige gratuitamente y desde la eternidad a los que quiere salvar. Más aún: Dios ordena de un modo eficaz las cosas de la historia para que aquellos predestinados que han sido escogidos para la gloria obtengan este fin infaliblemente. Así se desprende de la enseñanza del Apóstol Pablo: “A los que destinó, a esos llamó, y a los que llamó, a esos glorificó”8. Tan importante es esta doctrina para el problema de la historia, que el fin de ésta está marcado por el número de los elegidos. La historia de los hombres ha de terminar cuando sea completado el número de los escogidos. Dios tiene fijado de antemano el número de los predestinados y como la razón de ser de toda la historia es precisamente hacer posible la eterna salud de estos mismos predestinados, cuando se obtenga aquel número, la historia pierde su razón de ser y alcanza su fin.

Todo este problema del fin de la historia, determinado por el número de los predestinados, depende de una enseñanza clara y determinada del Apóstol que dice: “todo coopera en bien de los que aman a Dios, de aquellos que en sus designios son llamados”9. Enseñanza singular, porque parece contradecir aquella otra enseñanza conocida de Santo Tomás para quien todo cuanto acaece, incluso el mal, en definitiva acaece en bien de todo el universo. Pero aquí el Apóstol no habla del todo, sino de una parte del Universo como son los escogidos. Mas Santo Tomás, a este propósito, advierte que con respecto a las partes nobilísimas del universo existe el mismo orden que con respecto al universo, porque el mal, de las otras partes se ordena al bien de las más nobles. Pero lo que acaece en las partes más nobles no se ordena sino al bien de ellas mismas. Porque de ellas cuida Dios por ellas mismas; de las otras, en cambio, en cuanto a ellas les ayuda. Como el médico tolera la enfermedad para curar la cabeza. Ahora entre todas las partes del universo sobresalen los santos de Dios. De modo que Dios cuida de modo particular y mirando en ellos como un fin que se ha de obtener infaliblemente en los santos, en cuyo bien y provecho ordena todo lo otro10.

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Cristo, primer Predestinado, en función del cual se mueve toda la historia

Dios dirige la historia en función de los santos que se han de salvar. Pero, a su vez, los santos que finalizan la historia se ordenan en función de Cristo que ha sido constituido cabeza de todos los predestinados. La historia por consiguiente se desarrolla en función del primer Predestinado, Cristo, que es cabeza de la Iglesia. El dogma del Cuerpo Místico, puesto tan de relieve por la teología contemporánea, dice relación directa con la Historia.

Santo Tomás trata con prolijidad de este misterio en la Cuestión Octava de la tercera parte de su Suma Teológica. Primeramente hace ver que Cristo, en cuanto hombre, es cabeza de la Iglesia. Es un atributo que le corresponde por analogía. Porque así como se dice de la Iglesia que es un Cuerpo Místico en atención a que está compuesta de diversos miembros con diversos actos y operaciones, así Cristo también por analogía se llama Cabeza de la Iglesia. Por ser Cabeza de la Iglesia, Cristo tiene preeminencia de orden, de perfección y de poder sobre todos los santos. En primer lugar, por razón de su proximidad con Dios, su gracia es la más elevada y la primera, aunque no en el tiempo, porque todos cuanto reciben la gracia, la reciben en relación con la suya. En segundo lugar, tiene la perfección porque posee la plenitud de todas las gracias, como dice San Juan: “Le vimos lleno de gracia y de verdad”. Por último, Cristo tiene el poder de comunicar la gracia y la gloria a todos los miembros de la Iglesia, según aquello de San Juan: “De su plenitud todos hemos recibido”.

Esta triple preeminencia e influencia de Cristo sobre los santos se extiende no sólo a sus almas sino también a sus cuerpos, por cuanto los miembros del cuerpo son instrumentos de la justicia que existe en las almas por Cristo y también en cuanto por la vida gloriosa se deriva del alma a los cuerpos, de acuerdo con aquello: “Quien resucitó a Jesús de entre los muertos dará también vida a vuestros cuerpos mortales por virtud de su Espíritu que habita en vosotros”.

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Principalía de Cristo sobre toda la historia

San Pablo tiene una palabra que es definitoria sobre la sujeción de toda la historia a los santos y por los santos a Cristo. En la primera Carta a los Corintios escribe: “Todas las cosas son vuestras, sea Pablo, sea Apolo, sea Cefas, sea el mundo, sea la vida, sea la muerte, sean las cosas presentes, sean las futuras. Todas las cosas son vuestras; vosotros sois de Cristo; Cristo es de Dios”.

Santo Tomás hace un soberbio comentario de este texto del Apóstol que parece hecho para destacar la principalía de Cristo sobre toda la historia. Todas las cosas son vuestras. Como si dijera: Así como el hombre no se gloría de las cosas que le están sujetas, así tampoco el hombre debe gloriarse de las cosas de este mundo por levantadas que parezcan; pues todas ellas han sido puestas debajo de sus pies. Entre estas cosas que están debajo del hombre y a su servicio, están primeramente los ministros de Cristo puestos para el ministerio de los fieles e incluso el Romano Pontífice.

Tampoco debe gloriarse el hombre en las cosas exteriores de este mundo, pues todas ellas están al servicio de las necesidades corporales del hombre o sirven para llevarle al conocimiento de Dios.

Tampoco debe gloriarse el hombre ni de la vida ni de la muerte porque la vida está al servicio de los fieles de Cristo, ya que le sirve de merecimiento, y la muerte en cuanto le abre el camino a los premios eternos.

Tampoco debe gloriarse de las cosas presentes ni de las futuras porque todas ellas son para nuestro servicio y son perecederas como nosotros que andamos caminando hacia una ciudad permanente. Todas las cosas son vuestras, vale decir, sirven para vuestra utilidad, de acuerdo con la enseñanza del Apóstol: “todas las cosas cooperan al bien de los que aman a Dios”. Así, pues, el primer ordenamiento es el de las cosas de Cristo a los fieles: quiere decir, de toda la historia al servicio del hombre auténtico que es el predestinado.

Pero vosotros sois de Cristo. Es el segundo ordenamiento, porque Cristo con su muerte nos redimió, de suerte que sea que vivamos o sea que muramos, somos del Señor. La historia tiene por fin y por destino hacer que pertenezcamos a Cristo. No tiene otro fin último. No tiene otra razón de ser. La historia significa a Cristo y la historia está a su servicio total.

Y Cristo es de Dios. Es el tercer ordenamiento, la pertenencia de Cristo, en cuanto hombre a Dios, esto es, a la augusta Trinidad. Y como nadie debe gloriarse en aquello que le es inferior, sino de aquello que está sobre él, los fieles no deben gloriarse en las cosas del mundo ni tampoco en los ministros de los fieles, sino sólo en Cristo; “Lejos de mí gloriarme si no es en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo así como Cristo se gloría de tener por Padre a Dios” (Salmo 2).

El curso de los acontecimientos históricos no es en definitiva para el hombre o la persona humana sino para el hombre predestinado que pertenece a Jesucristo. De aquí la profundidad de los auténticos teólogos de la Historia, como un San Agustín y un Bossuet que han escrutado las hazañas de los pueblos como senderos que conducen a la Iglesia de los fieles y, a través de éstos, a la cabeza, Cristo. Porque en definitiva, Cristo, en cuanto hombre, es el dueño y Señor de la Historia de los pueblos y por ello ha de someterla al juicio definitivo, al fin de los tiempos.

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La Realeza de Cristo sobre la historia

Hay una verdad fundamental de la dogmática cristiana que lo que se llama nueva teología busca oscurecer o debilitar. Es la verdad de la Realeza universal de Cristo sobre todo lo creado y por lo mismo sobre la historia. Sin embargo, esta verdad constituye la substancia misma del kerygma evangélico, que consiste en la predicación del Reinado de Dios y de su Cristo sobre la tierra. La nueva teología oscurece y disminuye la luz de esta verdad porque ella se opone directamente al laicismo de la vida y de la historia que en su versión de liberalismo, socialismo y comunismo domina hoy sobre los pueblos. El laicismo constituye la substancia misma del mundo moderno y la nueva teología querría pactar con el mundo moderno. Luego se ve llevada a oscurecer y a disminuir una verdad que tan radicalmente se opone a su intención profunda.

Sin embargo, la encíclica Quas Primas, de Pío XI, sobre Cristo Rey, ha quedado como un documento que desafía los conatos de la impiedad en su intento de rebajar los méritos de este título glorioso del Redentor. Las páginas de la Escritura, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, la Tradición de los Padres, la liturgia y los documentos del magisterio, abundan en testimonios de esta verdad. Los salmos de David cantan bajo la imagen y representación de un Rey opulentísimo y sapientísimo al que había de ser Rey de Israel. El trono tuyo, oh Dios, permanece por los siglos; el cetro de tu reino es cetro de rectitud. En ellos se predice que su reino no tendrá límites y que estará enriquecido con los dones de la justicia y de la paz. Florecerá en sus días la justicia y la abundancia de la paz. Y dominará de un mar a otro y desde el uno al otro extremo del orbe de la tierra.

Por lo tanto, no es de maravillar que al cerrar el Apóstol San Juan los libros santos le llame Príncipe de los Reyes de la tierra que lleva escrito en sus vestiduras y en su manto: Rey de reyes y Señor de los que dominan.

La Historia, la historia concreta de los pueblos, debe sujetarse al reinado de Cristo. Cristo en cuanto hombre, por su preeminencia y por derecho de conquista de la Redención, tiene derecho a que los pueblos lo reconozcan en su carácter de Rey. Cierto que los pueblos pueden rebelarse. Y así, canta el salmo: ¿Por qué se amotinan las gentes y trazan las naciones planes vanos? Se reúnen los reyes de la tierra y a una se confabulan los príncipes contra Yavé y contra su ungido. Rompamos su coyunda, lejos de nosotros sus ataduras… Pero esto es vano. El que mora en los cielos se ríe. Yavé se burla de ellos.

La historia sirve al reinado de Cristo de buen grado o de mal grado, pero le sirve. Es claro que lo correcto y lo que todos hemos de desear y en lo que hemos de empeñarnos es que le sirva de buen grado.

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El diablo, Príncipe de este mundo, tiene algún señorío sobre la historia

Tendríamos una imagen muy imperfecta de la historia si hiciéramos intervenir solos, como protagonistas principales, al hombre y a Cristo. Por ello, Santo Tomás en la misma cuestión en que trata de Jesucristo, Cabeza de la Iglesia, dedica un artículo – el séptimo – a resolver si el diablo es cabeza de los malos. Y contesta afirmativamente, demostrando que ejerce función de gobernante quien influye en los demás para atraerlos a su propio fin. Ahora bien, el fin del demonio es apartar a la creatura racional de la obediencia a Dios, y este fin se logra con el apartamiento de Dios de la creatura con su libre albedrío, según aquello de Jeremías: Rompiste el yugo y las cadenas y dijiste: no serviré. Cuando, pues, los hombres, pecando, se dirigen hacia ese fin, caen de lleno bajo el régimen y el gobierno del demonio, y por esto se le llama cabeza de ellos. El nombre de Príncipe de este mundo (Juan, 12, 31; 14, 30; 16, 11) que la palabra divina da al demonio no es un mero título, sino que expresa el verdadero dominio que el diablo ha conquistado sobre la historia de los hombres. Es claro que este dominio no es absoluto, pero es demasiado real y se ejerce no sólo sobre el hombre individual, sino también, y sobre todo, sobre el orden temporal y sobre las civilizaciones.

Digo sobre todo. Porque el arte del demonio es dominar los medios temporales para por allí perder el interior del hombre. De aquí que trate de dominar los medios del placer, de la riqueza y del poder para tener agarrado a todo el hombre. Son éstas las tres tentaciones con que se ha atrevido a atacar al Señor en el desierto. Son las tres tentaciones de la triple concupiscencia, que menciona el Apóstol San Juan.

Junto con el diablo y bajo su dominio también hemos de referirnos a la influencia del Anticristo en la historia. En la misma cuestión octava, artículo 8, Santo Tomás nos dice que también el Anticristo debe ser dicho cabeza de los malos. Porque aunque no lo sea en el orden del tiempo ni por su influencia, lo es por la perfección de su malicia. Pues como en Cristo habitó la plenitud de la divinidad, así en el Anticristo ha de brillar la plenitud de malicia. Esta caracterización del Anticristo como un personaje en el que se concentra, al fin de los tiempos, la malicia humana, da una significación al proceso histórico en el camino hacia un punto culminante de malicia. Lejos de favorecer la tesis que suele sostener la nueva teología de un progreso histórico, se le opone y señala que, aunque la historia sostiene el progreso incesante de la edificación del Cuerpo Místico de Cristo, ella misma puede emprender y seguir un camino de regreso. Por otra parte, que el Anticristo haya de encarnar la malicia perfecta no significa que su humanidad haya de ser asumida por el diablo al modo como la humanidad de Cristo fue asumida por el Hijo de Dios, sino que el diablo le ha de comunicar por sugestión su malicia en grado superior que a todos los demás. En este sentido todos los demás malos que le precedieron son como figuras del Anticristo, y por ello el misterio de iniquidad ya está obrando. También por este lado hay como una exigencia del progreso del mal en la historia misma, por cuanto las figuras nunca llegan a alcanzar el grado de aquello cuya significación llevan.

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Significación de la “Sinagoga de Satanás” en la historia

Con el problema del diablo y del Anticristo está conectado el problema de la malicia de los judíos fariseos y de su significación en la historia. Es claro que el mal no es patrimonio de ningún hombre, y menos de ningún pueblo. Todos los hombres son pecadores y son capaces de las peores aberraciones. Así como la gracia de Dios tampoco dice relación especial con ningún hombre ni con pueblo determinado. Sin embargo, Dios puede escoger un camino determinado para dispensarnos su gracia y para permitir expresarse a la malicia humana. De hecho, Dios escogió este camino. El pueblo judío, como es sabido, fue escogido directamente por Dios para traernos en su sangre al Mesías Jesucristo, quien había de ser la Salud del mundo. Parte principal de este pueblo, contrariando toda la tradición auténtica de los Patriarcas y Profetas, carnalizó la esperanza del Mesías y se ató a una falsa tradición humana de dominación de otros pueblos. Parte del pueblo judío, bajo la influencia y el gobierno de este grupo de fariseos, se constituyó de modo especial desde la venida de Jesucristo en lo que San Juan, en su Apocalipsis (2, 9), llama la “Sinagoga de Satanás”. Desde entonces parte del pueblo judío dominada por esta minoría llena de malicia, se dedica a la tarea de perversión y de dominación de otros pueblos. A esta minoría se le aplican con toda verdad las palabras que dirigía Jesús a los judíos fariseos: “Vosotros tenéis por padre al diablo y queréis hacer los deseos de vuestro padre. Él es homicida desde el principio y no se mantuvo en la verdad, porque la verdad no estaba en él. Cuando habla la mentira, habla lo suyo propio, porque es mentiroso y padre de la mentira”.

San Pablo ha estampado en letras inconmovibles que quedan como ley de la historia la conducta de esta minoría de judíos entre las naciones. Dice el Apóstol (1 Tes. 2, 14 sig.): “Hermanos, os habéis hecho imitadores de las Iglesias de Dios en Cristo Jesús de Judea, pues habéis padecido de vuestros conciudadanos lo mismo que ellos de los judíos, de aquellos que dieron muerte al Señor Jesús y a los profetas, a nosotros nos persiguen, y que no agradan a Dios y están contra todos los hombres, que impiden que se hable y se procure su salvación”.

De acuerdo con esta ley que enuncia aquí el Apóstol Pablo, una minoría farisaica de judíos desempeña en la historia el papel de enemigos primeros de los pueblos cristianos, empeñados en perderlos, impidiendo su cristianización. Para ello buscan el dominio total de la vida de los pueblos apoderándose de los resortes del poder: del poder económico primero y luego del mismo poder político. Sería largo historiar el proceso histórico que cumple esta minoría farisaica. Pero una vez que es derribada la sólida estructura de la cristiandad medieval, fundada en la fe y en la caridad, los judíos logran penetrar dentro de los pueblos cristianos y desde allí corromperlos con el liberalismo y esclavizarlos con el comunismo. La Revolución moderna – liberalismo, socialismo, comunismo – es el gran instrumento de dominación de que se valen. Con ella logran suprimir la civilización cristiana y suplantarla por una civilización laicista y atea.

Los cristianos, a su vez, no tienen otra defensa eficaz contra la judaización que una adhesión efectiva a la vida cristiana, lo cual importa el cumplimiento privado y público de la ley natural y sobrenatural. Cuando los cristianos se debilitan en este cumplimiento, van cayendo de modo insensible pero seguro en el dominio judaico.

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La historia consiste en una disputa entre Cristo y el diablo por apoderarse de los hombres

De lo que llevamos dicho queda en claro que en la historia intervienen tres protagonistas principales. El hombre que, dedicado a múltiples actividades profesionales, económicas, políticas y culturales, ha de decidir con su acto libre y en cada acto qué destino y qué sentido quiere darle al curso de la historia. El diablo que, operando a través de lo exterior y sobre todo a través de los grandes medios del poder, trata de sugerir en cada hombre el amor de sí propio. Dios que, obrando en lo más recóndito del corazón humano, lo mueve suavemente pero con fuerza hacia la práctica del amor auténtico. De estos tres protagonistas, sólo Dios tiene un dominio total y soberano sobre la historia, que ejerce de acuerdo con los designios inescrutables de su sabiduría y voluntad.

La historia en concreto es el campo donde el divino sembrador sembró la buena semilla y donde el diablo sembró también cizaña. Es el mar y la red barredera que se echa en el mar y recoge peces de todas clases. En ella, el mal está mezclado con el bien y ello en la proporción que sólo Dios conoce, y así ha de ser siempre hasta el fin de la historia.

La historia es el campo de la disputa entre Cristo y el demonio por la posesión total del hombre. Cristo emplea sobre todo medios sobrenaturales obrando en el interior de los corazones donde se determina verdaderamente la intención por la que el hombre obra. En esa intención del obrar humano se resuelve si el hombre acepta a Dios como fin último de su vida o, en cambio, si se acepta a sí mismo. Al resolverse el fin último de la vida en esa intención última, se da por lo mismo sentido y significación a todos los otros bienes en los que la vida se desenvuelve. En esta lucha se decide el juicio último de todos los acontecimientos humanos, sean públicos, sean privados, porque todos ellos, cualesquiera sean sus caracteres y sus dimensiones, se resuelven en definitiva en esa intención última y suprema en la que el hombre se resuelve por Dios o por la criatura.

En la historia hay en definitiva dos grandes contendientes que se disputan la totalidad del hombre: Cristo y el diablo. Porque si cada acto humano debe resolverse en definitiva por un fin último – Dios o la creatura, Cristo o el diablo – toda la historia, que por ser humana se resuelve en actos humanos, en definitiva también ella pertenece a Cristo o al diablo y, en absoluto, sólo a Cristo en la medida en que hasta el diablo cae bajo su dominio.

Por aquí resulta que Cristo es siempre el victorioso de la historia, el Señor de la vida y de la muerte, el Alfa y Omega. Triunfa por el amor y la misericordia en los predestinados, triunfa también por la justicia en los reprobados. La historia escribe siempre el nombre de Cristo y sólo el nombre de Cristo. Cristo que trasciende la historia, es también inmanente a todo el devenir histórico. Todo el curso de la historia marcha hacia Cristo por unos caminos que sólo Dios conoce.

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La disputa entre Cristo y el demonio se libra en el dominio de la civilización temporal

La disputa entre Cristo y el diablo se cumple en definitiva en el interior del corazón del hombre. Pero sería un error concluir de allí que el campo de la vida temporal del hombre es terreno neutro a esta disputa. De ninguna manera. Porque, aunque el destino de la vida humana se resuelve en el interior del corazón, se resuelve allí sobre cosas que hacen a la vida temporal. El hombre desenvuelve su vida en actividades temporales que hacen a la satisfacción de sus necesidades elementales de vivir y a las de progresar en el modo de satisfacer esas mismas necesidades. Su vida de familia, de trabajo, de cultura, forma el tejido de acciones y de actividades que forma la civilización temporal y en las cuales ha de tejer también su decisión última y su destino eterno. De aquí la importancia del sentido que se dé a esa civilización temporal en relación con la vida eterna.

¿Esa civilización ayuda con su sentido a la cristianización de la vida o más bien la entorpece? Es claro que una civilización que favorece la degradación de las ideas y de las costumbres, que corrompe la institución familiar, que paganiza la vida pública, no puede ayudar a la catequización de un pueblo. La civilización llamada occidental laicista y de ateísmo libertario no es propicia para devolver el sentido de Dios a las almas. Mucho menos lo es la civilización atea y de trabajo forzado de los países comunistas. Que a pesar de ello Dios consiga influir sobre los corazones y salve en esas civilizaciones a muchos escogidos, no puede dejar de convencernos que son civilizaciones perversas que pierden a muchas almas, que puestas en condiciones propicias y favorables a la fe cristiana, se salvarían. Con esas civilizaciones el diablo consigue que no llegue el mensaje cristiano a los gentiles y que estos se salven. (I Tes., 2, 14 y sig.).

Es claro que Dios puede dejar entregado el dominio temporal de los pueblos y civilizaciones en poder del diablo y sin embargo ganar la verdadera batalla, que es la salud de los escogidos. Pero que Dios pueda lograr sus fines a pesar de las civilizaciones anticristianas, no nos autoriza a nosotros a estimular estas civilizaciones y dejar de trabajar para que impere la verdadera civilización cristiana.

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La tarea necesaria, hoy, en pro de la civilización cristiana

De aquí que la Iglesia con insistencia, desde los días de León XIII, clama por la restauración de la civilización o de la Ciudad Católica. Más adelante traeremos las recordadas palabras de San Pío X que son clásicas en la materia. Pero podemos citar también las de Pío XI y de Pío XII. Este Pontífice ha dado al mundo entero el 19 de setiembre de 1944 un mensaje sobre este tema de la “civilización cristiana”. Allí manifiesta textualmente que “la fidelidad al patrimonio de la civilización cristiana, su defensa intrépida contra todas las corrientes ateas o anticristianas, es la clave de la bóveda, que nunca podrá ser sacrificada ni ante alguna ventaja transitoria ni ante ninguna combinación mudable”.

Para la Iglesia, esta palabra “civilización cristiana” no es una mera palabra, vacía de contenido. La considera apuntando a un patrimonio vivo que todavía alimenta en lo substancial la vida de muchos pueblos. Por eso Pío XII en ese mismo documento dice unas palabras que merecen ser recordadas: “Europa –expresa – y los otros continentes viven todavía, en diverso grado, gracias a las fuerzas vitales y a los principios que la herencia del pensamiento cristiano les transmitió casi como una transfusión espiritual de sangre. Algunos llegan a olvidar este precioso patrimonio, a desdeñarlo, incluso a rechazarlo; pero subsiste siempre el hecho de aquella sucesión hereditaria.

Hasta cierto punto puede un hijo renegar de su madre; mas no por eso cesa de estar unido biológica y espiritualmente. Así también los hijos que se alejan de la casa paterna y se consideran extraños a ella, oyen siempre, sin embargo, a veces inconscientemente y a su pesar, como voz de la sangre, el eco de aquella herencia cristiana, que muchas veces en sus intentos y en su actuación les preserva de dejarse dominar totalmente y guiar por las falsas ideas, a las que, intencionadamente o de hecho, adhieren”.

Pero también Juan XXIII, nada menos que el 14 de noviembre de 1960, en el discurso a los miembros de las comisiones preparatorias del Concilio, les dijo palabras muy oportunas sobre este punto. En efecto, allí manifestó: “Nos esperamos grandes cosas de este Concilio, que quiere ser una renovación de las fuerzas de la fe, y de la doctrina, de la disciplina eclesiástica, de la vida religiosa y espiritual, contribuir a la reafirmación de los principios de orden cristiano, en los que se inspira y sobre los cuales reposa el desarrollo de la vida cívica, económica, política y social. La ley del Evangelio debe llegar hasta allí, englobar todo lo que viene del rocío del cielo y de la fertilidad de la tierra. Nosotros sabemos lo que significa vivir con el Cristo, con su Evangelio y lo que podemos esperar de los enemigos de Cristo y de la civilización cristiana”.

En la Mater et Magistra, del 15 de mayo de 1961, Juan XXIII dijo unas palabras luminosas sobre este problema de la civilización cristiana. Advirtió primeramente “que el aspecto más siniestramente típico de la época moderna se encuentra en la tentativa absurda de querer edificar un orden temporal sólido y fecundo fuera de Dios, único fundamento sobre el cual pueda existir y querer proclamar la grandeza del hombre, cortándole de la grandeza de cuya fuente brota y en la que se alimenta”.

Y prosigue Juan XXIII: “La Iglesia se encuentra hoy colocada ante esta pesada tarea: hacer a la civilización moderna conforme a un orden verdaderamente humano y con los principios del Evangelio”. Estas palabras confirman aquellas conocidas de Pío XII: “Es todo un mundo que es necesario rehacer desde sus fundamentos; de salvaje, hacerlo humano; de humano, hacerlo divino, es decir, según el corazón de Dios”.

En estas palabras de Juan XXIII y de Pío XII se encierra toda una teología de la civilización moderna que da sentido a aquellas palabras de la proposición 80 del “Syllabus” que negaba la posibilidad de conciliación de la Iglesia con la civilización moderna. Porque, en efecto, si ésta es la tarea pesada que la Iglesia tiene por delante, hacer conforme al Evangelio la civilización moderna, es porque esta civilización se encuentra en la tentativa absurda de querer edificarse fuera de Dios.

Hay que refundirla totalmente, como enseña Pío XII.

Pero antes de entrar a considerar qué tipo de tratamiento profundo necesita la civilización moderna habrá que considerar en qué clase de aberración ha caído.

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CAPÍTULO II. DE LA CIUDAD CATÓLICA A LA CIUDAD COMUNISTA

El comunismo no puede ser entendido ni doctrinaria ni históricamente si no se establece un punto de referencia con el cual compararle. Este punto puede ser el cristianismo, el hombre, la sociedad burguesa o cualquier otro que quiera tomar la casi infinita consideración humana. Se logrará así de él, según el caso, una inteligencia más o menos verdadera y completa. Pero el único punto que proporciona sobre él una luz verdadera y completa es el de la Ciudad Católica. Porque éste es el de la sociedad elaborada de acuerdo al plan de Dios, en la Providencia actual, el único que satisface plenamente los designios de Dios y las aspiraciones del hombre. Cuando el hombre entiende cómo debe ser la ciudad terrestre, en qué forma ha de estructurarse y hacia qué fin ha de ordenarse, entiende también cuán perversa, absurda y nefasta es la ciudad comunista, que contraría de tan radical modo los derechos de Dios y las exigencias del hombre.

No ha de faltar quien encuentre peregrino este concepto de Ciudad Católica, como si fuera una novedad caprichosa, enunciada arbitrariamente. No hay tal. Es un concepto que aparece en el magisterio y en el pensamiento ordinario de la Iglesia a veces no con este nombre, sino con el más común de Civilización Cristiana. San Pío X, en el importante documento Notre Charge Apostolique, del 25 de agosto de 1910, sobre la democracia cristiana de Le Sillon, lo registra en un párrafo de singular energía, que dice así: “Hay que recordarlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual, en que cada individuo se convierte en doctor y legislador. No, venerables hermanos, no se edificará la ciudad de un modo distinto a como Dios la ha edificado; no se levantará la sociedad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar, ni la ciudad nueva por construir en las nubes. Ha existido, existe; es la Civilización Cristiana. Es la Ciudad Católica. No se trata más que de instaurarla y restaurarla sin cesar sobre los fundamentos naturales y divinos de los ataques siempre nuevos de la utopía moderna, de la Revolución y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo”.

A la luz de la Ciudad Católica vamos, pues, a estudiar la utopía comunista. La Ciudad Católica alcanzó su momento de plenitud histórica en el siglo XIII, cuando la sabiduría culminó con Santo Tomás de Aquino, cuando la prudencia política logró forma maravillosa con San Luis, rey de Francia, cuando el arte se iluminó en el pincel del Beato Angélico. Unos siglos después, la Revolución anticristiana rompe la unidad de la Ciudad Católica. Y se inicia un proceso de degradación que alcanza cada vez capas más profundas de la ciudad, amenazándola con una ruina y muerte total. El comunismo significa esta ruina y muerte total de la Ciudad Católica. De triunfar en forma definitiva y permanente – si Dios lo permitiere –, se sumergiría en un naufragio total la Ciudad Católica.

Adviértase que decimos la Ciudad Católica, y no el cristianismo o la Iglesia Católica. Esta, que es indefectible, en virtud de la promesa de asistencia de Cristo, podrá seguir viviendo, y con alta fuerza del Espíritu, en el corazón de muchas almas escogidas, así, poco más o menos, como persevera viviendo el catolicismo en la Rusia soviética o en China comunista. Habría catolicismo, pero no habría Ciudad Católica.

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El Cristianismo y la Ciudad Católica

La Ciudad Católica es una realidad distinta y en absoluto separable de la Iglesia y del Cristianismo. Porque, aunque no puede haber Ciudad Católica sin la Iglesia, puede haber Iglesia sin Ciudad Católica. La Iglesia es inmanente y trascendente a la Ciudad Católica. La Iglesia, aunque tiene una organización externa de magisterio, gobierno y culto, en sí es una realidad mística que prolonga en la vida de los pueblos la presencia de Cristo, Nuestro Señor. Pues bien, la Iglesia, con su organización externa y con su realidad mística, puede difundirse entre civilizaciones hostiles sin informar ninguna ni apoyarse en ninguna. En un mundo hostil sólo lograría sostenerse en algunas almas privilegiadas, que, viviendo aisladas o comunitariamente, se entregarían a su divino esposo.

Así como hubo la Iglesia de Pentecostés, y luego la Iglesia de los mártires, en las que sólo unas pocas almas respondían a Cristo en un mundo totalmente rebelde, así también puede existir una Iglesia de gran desolación en la que sólo unos pocos fieles continúen viviendo de la Fe.

La Ciudad Católica, en cambio, implica una acción informativa de la Iglesia misma sobre la vida de los pueblos, sobre su vida temporal. Una impregnación tal de esa vida temporal que ella se desenvuelva dentro de las normas públicas cristianas al servicio de Cristo. Una vida de familia, del trabajo, de la cultura, de la política al servicio de Cristo. León XIII, en su Inmortale Dei, nos atestigua que la Ciudad Católica fue una realidad en el mundo. “Hubo un tiempo –escribe – en que la filosofía del evangelio gobernaba los Estados. En aquella época la eficacia propia de la sabiduría cristiana y su virtud divina habían penetrado en las leyes, en las instituciones, en la moral de los pueblos, infiltrándose en todas las clases y relaciones de la sociedad. La religión fundada por Jesucristo se veía colocada firmemente en el grado de honor que le corresponde y florecía en todas partes gracias a la adhesión benévola de los gobernantes y a la tutela legítima de los magistrados. El sacerdocio y el Imperio vivían unidos en mutua concordia y amistoso consorcio de voluntades”.

Aquella realidad histórica que fue la Ciudad Católica se rompió, y desde entonces viene sufriendo un proceso destructivo que, como hemos dicho, culmina en el comunismo. El comunismo tiene, por ello, una raíz cristiana. No es un movimiento puramente pagano. Es una herejía del cristianismo hecha acción. El comunismo ha de ser ubicado en un contexto cristiano. Por ello también consideramos muy importante oponer a la utopía del comunismo la verdad de la Ciudad Católica, vale decir, la verdad total del cristianismo, el cristianismo completamente realizado en la Ciudad Católica.

Al comunismo, que pretende realizar “el hombre total”, sólo se le opone verdaderamente la Ciudad Católica, respuesta verdaderamente completa y acabada.

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La Revolución anticristiana contra la Ciudad Católica

Todas las herejías fueron revolucionarias, y revolucionarias en un sentido total. No quisieron reformar solamente las creencias religiosas, sino reformar también la vida. Muchas de ellas predicaron, desde un primer momento, el comunismo de vida. Así, los célebres albigenses, que en el siglo XII se difundieron por el sur de Francia, Flandes y la Lombardía, poseyeron dos caracteres distintivos de su herejía revolucionaria en la creencia de una teología dualista, maniquea, y en la rebelión de las clases inferiores, so pretexto de restaurar un cristianismo primitivo.

Pero estas herejías chocaron contra la sólida estructura de la sociedad medieval. En efecto, como veremos inmediatamente, una sociedad fuertemente estructurada en sólidas instituciones no puede ser abatida de un solo golpe. Es necesario, para derribarla, una acción destructiva que vaya dirigida progresivamente, y de acuerdo con la jerarquía de su importancia, contra cada una de sus partes.

El cristianismo logró forjar sobre la base de las instituciones grecorromanas, y con el aporte del mundo bárbaro, un sólido edificio de civilización que alcanza su plenitud en el siglo XIII.

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Aunque la civilización medieval fue católica, no agota el contenido de una civilización católica

Aquí conviene formular una aclaración para no identificar civilización medieval con civilización católica. A ello nos invita Pío XII cuando en el discurso del 16 de mayo de 1947 para la canonización de San Nicolás de Flue, decía, “Se oye con frecuencia identificar Edad Media y civilización católica. La asimilación no es del todo exacta. La vida de un pueblo, de una nación, se mueve en un dominio muy variado que desborda el de la actividad propiamente religiosa. De aquí, que cuando en la extensión de este vasto dominio, una sociedad respetuosa de los derechos de Dios se niega a franquear los límites señalados por la doctrina y la moral de la Iglesia, puede legítimamente llamarse cristiana y católica. Ninguna cultura podría darse en bloque como específicamente tal; ni aun la cultura medieval; sin contar que ésta seguía una evolución continua y que precisamente en esta época (en el siglo XV) se enriquecía por la afluencia de una nueva y poderosa corriente de cultura antigua”.

Además; que aunque la civilización medieval pueda considerarse católica no agota sin embargo el contenido de esta civilización. Otras culturas de otros países y épocas pueden serlo igualmente si en sustancia se ajustan a los dictados del Evangelio.

Pío XII no niega el carácter católico de la civilización medieval y así allí mismo escribe: “Esta reserva hecha, es justo reconocer a la Edad Media y a su mentalidad una nota verdaderamente católica. La certeza indiscutible que la religión y la vida forman, en la unidad, un todo indiscutible.

Sin desertar del mundo, sin perder el verdadero sentido de la vida, ordena toda la existencia humana hacia un objetivo único: el «adherere Deo», el «prope Deum esse», hacia la toma de contacto con Dios, hacia la amistad de Dios, convencido que fuera de allí no podría haber ninguna paz sólida, ni para el corazón del hombre, ni para la sociedad, ni para la comunidad de los pueblos…”.

Y después de contraponer lo que sucedía entonces con el espectáculo antitético que ofrecen en la hora presente los pueblos, añadía el sabio Pontífice: “¿Cuál será prácticamente la solución en lo que os concierne a vosotros que vivís en medio de un derrumbe de los más altos valores espirituales y morales? ¿Un retorno a la Edad Media? Nadie piensa. Sino un retorno, sí, a esta síntesis de la religión y de la vida. Ella no es un monopolio de la Edad Media: superando infinitamente todas las contingencias de los tiempos, es siempre actual, porque es la clave de bóveda indispensable de toda civilización, el alma de la que ha de vivir toda cultura, so pena de destruirse con sus propias manos, de rodar en el abismo de la malicia humana que se abre bajo sus pies, desde que comienza por la apostasía a desviarse de Dios”.

La Iglesia, encarnada en la realidad de la Ciudad Católica, se oponía a las herejías con las mismas estructuras sociales y políticas, y era propósito de las herejías destruir esas estructuras junto con el espíritu que las animaba, a fin de sumir al hombre en un sistema de desorden que le privara de los beneficios de la redención. También es ése el objetivo que mueve al comunismo en su ofensiva contra la Ciudad Católica, medio natural y normal del hombre, para vivir el cristianismo en su plenitud.

Aquí se nos plantea una cuestión esencial, que es necesario enfrentar si queremos ver claro en este problema del comunismo. El comunismo, como luego veremos, no es más que una etapa del proceso de lucha que lleva la Revolución anticristiana contra la Ciudad Católica y, en definitiva, contra el cristianismo. Pero, ¿a qué finalidad responde esa Revolución? Esta pregunta nos lleva a exponer brevemente el Plan de Dios y la perturbación de este plan por el pecado de los espíritus, dos hechos que iluminan toda la historia humana, y sin los cuales ésta carece de sentido.

Dios uno y trino, que es omniperfecto y feliz en su vida trinitaria, decreta crear en el tiempo el universo de los espíritus y el universo de la creación sensible con el hombre como rey de esta creación. Crea Dios en el tiempo, pues, el universo de los espíritus, colocándolos en el estado de perfección de naturaleza y gracia, pero con facultad de libre albedrío para aceptar el plan de Dios y conformarse con él. Conocido es lo que acontece según el relato bíblico. Parte de los espíritus se rebelan contra Dios y pronuncian su grito de rebelión: ¡Non serviam! Pecado de orgullo. Pecado de autonomía. El ángel malo y sus compañeros no aceptan la sujeción y obediencia que como creaturas les corresponde hacia su Creador, y prefieren, en cambio, su propia excelencia como primero y supremo valor. Lo importante es destacar el hecho que, desde entonces, la Creación se halla alterada con un elemento de perturbación y desorden. Dios crea el bien, pero la creatura, eligiendo su propio y particular bien antes que el bien divino, introduce el mal en la Creación.

Cuando Dios crea luego el Universo Sensible, y lo crea bueno y se complace en su bondad – “Y vio Dios ser muy bueno cuanto había hecho”11 –, el espíritu malo, bajo la permisión soberana de Dios, se sobreentiende, introduce el mal también en esta creación sensible e induce al primer hombre al pecado, en el cual éste consiente. Desde entonces tenemos el mal en la creación sensible.

Y el espíritu malo, el diablo, se constituye en “Príncipe de este mundo”12.

Los espíritus malos tienen poder para engañar y seducir a los hombres. San Pablo nos enseña que “Nuestro combate no es contra la carne y la sangre, sino contra los principados, contra las potestades, contra las dominaciones de este mundo tenebroso, contra los espíritus malos de los aires”13.

Además, existe el mal en nosotros mismos y en nuestra naturaleza, por cuanto el hombre, aunque está ordenado al bien, tiene propensión a dejarse arrastrar por bienes particulares, que le apartan de su verdadero bien. El mal nace en el espíritu del hombre antes de traducirse en sus acciones y en sus obras. Su espíritu está desordenado y se siente propenso a preferir su propia excelencia a la de su Creador. También está desordenado en su sensibilidad y se siente inclinado a buscar el bien sensible aun a costa de los bienes de su espíritu. De aquí nacen todos los pecados, los de soberbia, de avaricia, de lujuria14, pero la raíz última de los pecados es la soberbia, que vive solamente en el espíritu, y que impele al hombre a buscar su autonomía. El pecado del hombre, como el del Ángel, es un pecado de soberbia, un pecado de autonomía. ¡Non serviam! Cristo, el Hijo de Dios, vino a traer al hombre la gracia de la Redención, combatiendo contra el pecado y contra la muerte, y obteniendo sobre ellos una victoria total y definitiva. El plan de Cristo y de la Iglesia tiene su lugar aquí. El combate de Cristo se prolonga en la historia. En las almas de los cristianos se ha de cumplir el combate que se libra entre Dios y su Ungido contra el espíritu diabólico por la posesión de los hombres. Es una lucha totalitaria; abarca todo el hombre con todo lo que es, con todo lo que puede y con todo lo que tiene.

La historia cobra sentido a la luz de esta gran lucha milenaria que libran los espíritus. El punto culminante de la lucha se cumple cuando aparece Cristo y con su pasión y muerte libra la batalla decisiva y logra la victoria completa.

La conquista del hombre tanto por Cristo como por el diablo quiere ser total. Uno y otro quieren que el hombre le pertenezca totalmente. Uno y otro exigen la adoración completa y rendida, pero de diversa manera. Dios, que tiene acceso a lo más interno del corazón del hombre, quiere primero y directamente el alma del hombre con su ser más interior. Por ello Dios puede permitir que los pueblos se pierdan, porque El se regocija con el consuelo y el goce de unas pocas almas que se le entregan en lo más íntimo de su ser a pesar de todas las dificultades exteriores.

En cambio, el diablo, que en la medida en que es diablo es privación de ser, está hecho de nada y a la nada tiende, encuentra su gusto en la cantidad y en lo exterior. Tiende a dominar los pueblos, aun los pueblos cristianos, en su condición exterior, en lo profano – sea social-económico o social-político –, para de allí luego ejercer su dominación sobre la intimidad de las conciencias.

Así como la cristiandad se forja desde el interior de las almas, en las que habita el Divino Espíritu, hacia el exterior de la vida profana de los pueblos, el reino del diablo, por el contrario, se expande desde el exterior y desde la vida profana hacia el interior de las almas. Las tentaciones del diablo son siempre, de algún modo, exteriores. Tentación de sensualidad, simbolizada en la comida del pan. Tentación de vanidad y soberbia, simbolizada en el espectacular tirarse del pináculo del templo; codicia de los reinos de este mundo que se le ofrecen en la tercera tentación. Voluntad de poder, manejo de riquezas, sensualidad, a eso se reduce el poder del diablo. Lo político y lo económico le ofrecen un dominio fácil.

Por ello el diablo, para perder a las almas pierde primero a los pueblos, atentando directamente contra la estructura de la Ciudad Católica. Y se vale para ello de recursos sociológicos, económicos, culturales y políticos. En cierto modo, el mundo le sigue perteneciendo.

A la luz de estas pocas ideas sobre el plan divino en la historia cobra sentido la erección de la Ciudad Católica y su destrucción progresiva por la Revolución anticristiana. Cristo, a través de la Iglesia, edifica la Ciudad Católica de la sociedad medieval. Operando sobre el interior de las almas la Iglesia edifica la Ciudad Cristiana. Hombres y mujeres plenamente cristianos establecen familias cristianas, una estructura económico-social cristiana y un orden político cristiano.

Por ello en la Edad Media pudo haber profesionales de la política que fueran santos: hubo reyes santos. Así surgió la Ciudad Católica, con todas las imperfecciones de lo humano y aun con imperfecciones propias del momento histórico. Al ser católica la ciudad, quedaba restringida la acción del diablo, que debía ceñirse principalmente a una conquista individual de almas.

Pero el diablo no podía aceptar esta restricción. Tenía que intentar destruir la Ciudad Católica. Tenía que intentar la Revolución anticristiana. Y lo intenta con una acción desde adentro y desde afuera. Por dentro, con la acción de cismáticos y herejes. Por fuera, con las sucesivas invasiones de pueblos paganos, y luego de las musulmanas. Pero la Ciudad Católica resiste, se defiende y difunde, hasta alcanzar su punto culminante en el siglo XIII. Luego ha de producirse su derrumbe.

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La Ciudad Católica y las cuatro dimensiones del hombre

La Ciudad Católica medieval – decimos medieval porque puede haber una Ciudad Católica de otro signo histórico, como la que esperamos se realice en período próximo – señala un punto culminante de la cultura humana. Un punto culminante porque en ella se alcanza, en lo esencial, la perfección a que puede llegar el espíritu humano. Y en esto señalamos el criterio que nos debe guiar en la apreciación de las culturas.

Una cultura no es más que “el hombre manifestándose”. Una cultura será tanto más rica cuanto más ricas sean las manifestaciones del hombre. El valor de esas manifestaciones se debe ponderar de acuerdo a su contenido de realidad. La Realidad subsistente es Dios, de quien deriva todo bien y de quien todo bien infinito no es sino participación. De aquí que una cultura será tanto más rica cuanto más divinas, cuanto más cercanas a Dios sean las manifestaciones del hombre15.

El hombre, que es un conflicto de potencia pura y acto puro, puede realizar culturas tan diversas como la divina de la Edad Media y la diabólica de la Rusia comunista.

El hombre es un conflicto de potencia pura y de acto puro, hemos dicho. Es potencia pura porque, como explican Aristóteles y Santo Tomás, el entendimiento humano está en potencia con respecto a todos los inteligibles, y por ello el hombre al principio es como una tabla rasa, en la cual no hay nada escrito. Es acto puro porque, gracias a la actividad del entendimiento agente, puede actualizarse todo inteligible. Puede elevarse, pues, desde la realidad más ínfima hasta Dios por participación, o puede contentarse con ser sólo hombre, como acaeció en el racionalismo de la edad clásica, o puede convertirse en animal, como sucede en el hombre del siglo XIX, o puede ser simplemente “cosa”, como se empeña en convertirlo la dictadura proletaria.

En el hombre, conflicto de potencia pura y de acto puro, coexisten, desde la redención, cuatro formalidades fundamentales que explican las cuatro etapas posibles de un ciclo cultural.

En efecto, el hombre es algo, es una cosa.

El hombre es animal, es un ser sensible, que sigue el bien deleitable.

El hombre es hombre, es un ser racional que se guía por el bien honesto.

Y por encima de estas tres formalidades, el hombre, participando de la esencia divina, está llamado a la vida en comunidad con Dios.

Existen, pues, en el hombre, cuatro formalidades esenciales: La formalidad sobrenatural o divina.

La formalidad humana o racional.

La formalidad animal o sensitiva.

La formalidad de realidad o de cosa.

En un hombre normalmente constituido (digamos también en una cultura normal), estas cuatro formalidades deben estar articuladas en un ordenamiento jerárquico que asegure su unidad de dinamismo.

Y así el hombre es algo para sentir como animal; siente como animal para razonar y entender como hombre; razona y entiende como hombre, para amar a Dios como Dios. O sea: la formalidad de realidad que hay en él debe estar subordinada a su función de animal; la de animal, a su función de hombre; la de hombre, a la sobrenatural. Lo cual se comprueba aun en el campo experimental, ya que los procesos físico-químicos del hombre están al servicio de las funciones vegetativas; éstas al servicio del funcionamiento normal de los sentidos; la vida sensitiva asegura, a su vez, la adquisición de las ideas y la vida psicológica superior, con todo el ordenamiento económico, político y moral, que no es más que un medio para que el hombre se ponga en comunicación con su Creador. Por esto, profundamente ha podido escribir Santo Tomás de Aquino16 que todos los oficios humanos parecen servir a los que contemplan la Verdad.

En otras palabras: la mística, la contemplación infusa de los santos, que no es sino el ejercicio más alto de la santidad, es el destino más elevado de todo hombre; y así como no puede haber hombre más humano que el santo, no puede haber cultura más cultural (de mayor densidad cultural) que aquella que esté bajo el signo de la santidad, como lo estuvo – dentro de la inevitable imperfección de lo terrestre – la cultura medieval.

Si estas cuatro formalidades que constituyen al hombre son proyectadas socialmente, se tienen cuatro funciones bien caracterizadas: a la formalidad de cosa responde la función económica de ejecución – trabajo manual –, que cumple el obrero en un oficio particular; a la formalidad de animal corresponde la función económica de dirección – capital –, que cumple la burguesía en la producción de bienes materiales; a la formalidad de hombre corresponde la función política – aristocracia, gobierno de los mejores en su sentido etimológico –, que cumple el político en la conducción de una vida virtuosa de los demás hombres; a la formalidad sobrenatural corresponde la función religiosa del sacerdocio, que se ocupa de conducir los hombres a Dios.

Antes de indicar cuál es el ámbito propio de cada una de esas funciones, observemos que las tres primeras son de derecho humano, es decir, pueden revestir diversas formas de realización, con tal que se respete su naturaleza esencial; no así la cuarta, el sacerdocio, que por voluntad de Cristo tiene circunscripta su forma concreta de constitución en el episcopado unido con el Pontífice Romano. En efecto, Jesucristo, el Hijo de Dios, a quien le ha sido dado todo el poder en el cielo y en la tierra, ha comunicado su misión al episcopado en unión con el Pontífice de Roma cuando en las personas de Pedro y de los apóstoles ha dicho: “Id, por tanto, y enseñad a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado. Y yo estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos”.

Hemos de exponer ahora las atribuciones propias de los grupos sociales que desempeñan estas funciones. El sacerdocio, digamos la Iglesia, tiene como función asegurar la vida del hombre, incorporándolo a la sociedad de los hijos de Dios y manteniéndolo en ella. Para eso la Iglesia ejerce funciones de Maestra, y en este carácter es depositaria e intérprete auténtica de todas las verdades reveladas por Dios al hombre. Ejerce funciones de Sacerdote, y en este carácter, santifica con la virtud que brota del sacrificio perenne a todos sus miembros pecadores. Ejerce funciones de Pastor, y en este carácter, rige la conducta de los hombres. Su dominio se extiende a todo el ámbito de lo espiritual, sea interno o externo, privado o público, individual, doméstico o social. Nada que de un modo u otro tenga atingencia con el orden eterno está sustraído a su jurisdicción. Si el gobierno temporal de un príncipe perjudica a la gloria de Dios y a la salvación eterna de sus súbditos, la Iglesia puede y debe, en virtud de su universal jurisdicción en lo espiritual, aplicar medidas de coerción contra el príncipe, que pueden llegar hasta la deposición.

La función política – fundamento de la aristocracia – tiene como fin propio hacer virtuosa la convivencia humana. El ser humano debe vivir en sociedad para lograr su perfección. Y la realización de la virtud es función propia de aquella clase social que en una u otra forma tiene en sus manos la función política. La cual no puede ser sino aristocrática, esto es, gobierno de los virtuosos en la acepción etimológica, ya que sólo quien posee la virtud puede hacerla imperar.

La aristocracia no define en qué consiste la virtud. Eso es atribución del poder sacerdotal, según aquello de que “los labios del sacerdote guardarán la ciencia y de su boca aprenderán la ley”17. La aristocracia lleva a la realización práctica el estado de virtud cuyo conocimiento ha aprendido de los labios sacerdotales; de aquí que es esencial a la aristocracia su subordinación al sacerdocio, como es esencial a la política su sujeción a la teología.

Por debajo del orden aristocrático, que se ocupa de la política, se encuentran las clases inferiores, burguesía y artesanado, dedicadas a la función económica de proveer los elementos esenciales para la subsistencia material del hombre. La burguesía interviene en las operaciones financieras y comerciales y en la dirección de la producción. El artesanado, en la ejecución de los diferentes oficios. Uno dirige, el otro ejecuta. Una aporta capital, el otro su trabajo. Uno y otro viven asociados en mutua colaboración dentro del ámbito económico, y a su vez subordinados a la aristocracia y al sacerdocio, que cumplen funciones más altas dentro del ámbito más amplio de la vida humana.

Las cuatro funciones esenciales que acabamos de exponer, lo mismo que las cuatro formalidades que constituyen el hombre, están articuladas en una jerarquía de servicio mutuo.

El artesanado sirve a la burguesía y la burguesía sirve al artesanado en cuanto lo dirige y tutela, así como la vida vegetativa sostiene los órganos sensoriales y a su vez es servida por ella, ya que el animal, por medio de sus sentidos, se procura el sustento vegetativo.

El artesanado y la burguesía, unidos en la cooperación económica, sirven a la nobleza y son servidos por ella, que les garantiza el ordenamiento virtuoso, del mismo modo que los sentidos contribuyen a la adquisición de las ideas, y éstas rectifican y perfeccionan el conocimiento sensitivo.

El artesanado, la burguesía y la aristocracia sirven al sacerdocio, pues los dos primeros le aseguran la sustentación económica y el tercero la convivencia virtuosa, y a su vez son servidos por él en cuanto el sacerdocio consolida el ordenamiento económico y político de aquellos por la virtud santificadora que dispensa; es de modo análogo a cómo el hombre con su entendimiento se convence de la necesidad de admitir la Revelación sobrenatural y ésta ratifica el conocimiento de las verdades naturales.

Un orden normal de vida es un orden esencialmente jerárquico, una jerarquía de servicios. Y el orden jerárquico integra en la unidad lo múltiple. Así las familias se integran en la unidad de las corporaciones; las corporaciones en la unidad de la nación bajo un mismo régimen político; las naciones en la unidad de la Cristiandad por la adoración del mismo Dios, en un mismo bautismo y en un mismo Espíritu.

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Las tres revoluciones posibles

Si el orden normal es jerarquía, la anormalidad es violación de la jerarquía y al mismo tiempo atomización, porque al romper la jerarquía se rompe el principio de unidad y se deja libre expansión a las causas de multiplicación que son las inductoras de la muerte. La muerte no es más que la disgregación de lo uno en lo múltiple.

¿Cuántos y cuáles tipos de anormalidad son esencialmente posibles? Tres y sólo tres son las revoluciones posibles, a saber: Que lo natural se rebele contra lo sobrenatural, o la aristocracia contra el sacerdocio, o la política contra la teología; he aquí la primera rebelión.

Que lo animal se rebele contra lo natural o la burguesía contra la aristocracia, o la economía contra la política; he aquí la segunda rebelión.

Que lo algo se rebele contra lo animal, o el artesanado contra la burguesía. He aquí la tercera rebelión.

En la primera revolución, si lo político se rebela contra lo teológico, ha de producirse una cultura de expansión política, de expansión natural o racional monárquica y al mismo tiempo de opresión religiosa.

Es precisamente la cultura que se inaugura con el Renacimiento, y que se conoce con los nombres de: Humanismo Racionalismo Naturalismo Absolutismo.

En la segunda revolución, si lo económico-burgués se rebela contra lo político, ha de producirse una cultura de expansión económica, de expansión animal, de expansión burguesa, de expansión de lo positivo y de opresión de lo político y racional.

Es precisamente la cultura que se inaugura con la Revolución Francesa, y que se conoce con los nombres de: Economismo Capitalismo Positivismo Animalismo Siglo Estúpido Democracia Liberalismo.

En la tercera revolución, si lo económico-proletario se rebela contra lo económico-burgués, ha de producirse una cultura de expansión proletaria, de expansión materialista y de opresión burguesa.

Es precisamente la cultura que se inaugura con la Revolución Comunista, y que se conoce con los nombres de: Comunismo Materialismo dialéctico Guerra al capitalismo Guerra a la burguesía.

Revolución última y caótica, porque el hombre no afirma cosa alguna, sino que se vuelve y destruye. Destruye la religión, el Estado, la propiedad, la familia, la Verdad.

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La primera revolución

Pero no nos adelantemos, y veamos ahora, aunque debamos volver sobre conceptos sugeridos, cómo este proceso de rebeliones se viene desarrollando desde la Edad Media hasta acá.

La Edad Media es esencialmente teocéntrica, sobrenatural y sacerdotal, porque todas las actividades humanas, desenvolviéndose cada una dentro de su propia esfera con una admirable economía, coadyuvan a la unión del hombre con Dios. Es sacerdotal, porque, siendo el sacerdote el depositario visible de la palabra de Dios, debe él ordenar en último término un mundo cuyo anhelo es la realización visible de esta palabra.

Antes de colocar la corona sobre la cabeza del rey, el arzobispo oficiante hacía las seis preguntas siguientes: “¿Quiere Vuestra Majestad conservar la Santa Fe Católica y Apostólica y fortificarla con obras justas? “¿Quiere Vuestra Majestad proteger a la Iglesia y a sus servidores? “¿Quiere Vuestra Majestad gobernar el Imperio que Dios le confía según la justicia de nuestro Padre y promete defenderlo enérgicamente? “¿Quiere Vuestra Majestad mantener los derechos del Imperio, reconquistar los Estados que han sido injustamente separados y regirlos de modo que sirvan a los intereses del Imperio? “¿Quiere Vuestra Majestad mostrarse juez equitativo y leal defensor de los pobres como de los ricos, de las viudas y de los huérfanos? “¿Quiere Vuestra Majestad prestar al Papa y a la Santa Iglesia Romana la obediencia, la fidelidad y el respeto que son debidos?”.

Después de la prestación de juramento, el arzobispo oficiante se volvía hacia los cuerpos reunidos del Estado, lo mismo que al resto de la asamblea, que en el espíritu del ceremonial representaban al pueblo entero, e interrogándoles, decía: “¿Queréis fortificar su Imperio? ¿Consentís en prestarle fidelidad y homenaje? ¿Os comprometéis a someteros a todos sus mandamientos según la palabra del Apóstol: que cada cual esté sometido a la autoridad que tiene poder sobre él y al Rey, que es el jefe supremo?”.

Toda la asamblea respondía entonces: “Amén”.

Esta augusta ceremonia, añade el historiador Janssen, consagraba, por medio del representante de la Iglesia, los deberes recíprocos del soberano y del pueblo; un contrato quedaba firmado entre la Nación y el Soberano. En seguida tenía lugar la coronación y la consagración. La Iglesia santificaba el orden temporal en la persona del rey y lo penetraba del espíritu del cristianismo.

De esta suerte, toda la vida cultural fielmente respetada era santificada por la vida sobrenatural, y así la vida en todas sus manifestaciones era profundamente cristiana. La vida era oración. Y como en toda criatura en oración, la vida era rica en todas sus manifestaciones posibles, en sabiduría, moral y arte, y al mismo tiempo profundamente humilde, olvidada de sí misma, suspirando tan sólo por Aquél de quien viene todo bien.

Este admirable equilibrio va a romperse cuando el poder temporal deje de servir y no busque sino mandar. Todo desequilibrio en el orden moral es producido por el pecado del Espíritu Malo, por el grito de soberbia: ¡non serviam!, ¡no serviré! Esto acaece de un modo típico al fin de la Edad Media, cuando Felipe el Hermoso vuelve contra la Iglesia la autoridad consagrada por ella. Por la mano sacrílega de Guillermo de Nogaret, Felipe el Hermoso se apodera del Papa, lo mantiene preso y lo ultraja en Anagni. Sentado sobre su trono, la tiara en la cabeza, teniendo en sus manos las llaves y la cruz, el anciano Pontífice, en quien se ha refugiado el orden medieval, es despreciado por el absolutismo del monarca que abre la Edad Moderna. Esta rebelión inaugura en lo social un nuevo espíritu que se va fortaleciendo con el desprestigio – que abarcó a la función sacerdotal – de los Papas del Renacimiento, y que quedó oficialmente formulado y asegurado con la Reforma de Lutero.

Lutero, respaldado por los príncipes, y en cierto modo preanunciado por el Renacimiento, concentra sus golpes contra el Pontífice Romano, depositario auténtico del orden sobrenatural. La revolución de Lutero fue la revolución de los señores. La nobleza, que tanta parte tenía de culpa en la corrupción de la Iglesia, con la conversión de las dignidades eclesiásticas en sinecuras para la casta aristocrática18, tomó como cosa propia la reforma de Lutero.

Y así queda inaugurada una cultura absolutista, en que los príncipes no reconocen más derecho que el capricho de su voluntad; naturalista, porque el hombre busca la expansión de su naturaleza; racionalista, porque el mismo hombre constituye su razón en la medida de todas las cosas.

Un caso concreto de esta cultura lo hallamos en el siglo de Luis XIV, en Francia, donde el absolutismo del monarca cobra una expansión paralela al naturalismo de Buffon y Fontenelle, al moralismo de Descartes, al humanismo de Molière, al clasicismo de Corneille y Racine, y al galicanismo de Bossuet.

Al mismo tiempo en que es vivido el mundo antropocéntrico – el mundo de la razón –, éste camina hacia su disolución y va dejando paso al mundo de la pura libertad – mundo animal –, es decir, a un mundo en el cual el hombre no ajustará su vida a las exigencias de la razón humana, sino a la infrahumana de las fuerzas inferiores que le solicitan, Al mundo del liberalismo y del positivismo que se prolonga por todo el siglo XIX. La exaltación de la razón en Descartes ha de terminar en la eutanasia de la misma razón practicada por Kant.

¿Y por qué acaece esto? Porque, como enseña el Concilio Vaticano, el hombre no puede, sin la Revelación y sin la Gracia Sobrenatural, realizar la perfección de su naturaleza y de su razón; sin auxilios sobrenaturales el hombre se ha de ir degradando; ha de ir descendiendo a grados más infrahumanos de condición.

Y así – inevitablemente – el racionalismo no es más que un camino al suplicio de la razón; el absolutismo, al suplicio de los monarcas; el naturalismo, un camino al suplicio de la naturaleza; el humanismo, un camino al suplicio de lo humano.

Y así – también inevitablemente – el racionalismo termina con el suicidio de la razón en Kant y Nietzsche, el absolutismo en el patíbulo con Luis XVI, el naturalismo en el materialismo del siglo XIX, el humanismo con el “homo oeconomicus” de la burguesía y con la vida animal del positivismo y de Darwin.

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La segunda revolución

Es decir, que la primera revolución, operada por el hombre moderno al suplantar lo sobrenatural, va a terminar en la segunda revolución, que desplazará, a su vez, a lo político para inaugurar el primado de lo económico.

La revolución de Lutero se precipita inevitablemente en la Revolución Francesa.

La Revolución Francesa es, en sustancia, el reemplazo de la nobleza por la burguesía, de la política por la economía, de lo humano por lo infrahumano, de lo racional por lo animal, de lo clásico por lo romántico, del absolutismo por la democracia.

Y esto por la lógica intrínseca de las revoluciones. Una revolución en el sentido metafísico es una rebelión de lo inferior contra lo superior para hacer prevalecer lo inferior.

Con la Revolución Francesa comienza un mundo burgués animal, estúpido y positivista. El homo naturalis no funciona ya, y el homo animalis asume sus responsabilidades. De aquí el materialismo del siglo XIX: agotado el raciocinio, o sea la operación que interpreta y unifica los hechos, que reflexiona sobre ellos, no le queda al hombre más que limitarse a comprobar los acontecimientos y coleccionarlos.

Hemos dicho que esta segunda revolución abre la era de la economía. En efecto, el siglo XIX es un siglo esencialmente economista, como lo demuestra la colosal expansión industrial, comercial y financiera que en él se desarrolla.

El hecho de que sea economista exige que se debilite la fuerza política y que se doblegue a las exigencias económicas, así como en la era anterior el primado de lo político significó la anulación cultural del sacerdocio como valor dominante. Y así, en efecto, la política pierde su antigua eficacia a consecuencia de la concepción de la soberanía popular auspiciada por Rousseau y practicada luego a partir del encumbramiento burgués a la autoridad del Estado.

Sería erróneo, sin embargo, imaginar que una cultura económica logra acabadamente su objeto propio, así como en una cultura puramente política tampoco la política alcanza el suyo. Pues si la economía debe hallarse sujeta al imperio de la política, la prioridad de aquélla entraña una inversión de valores.

En efecto, la economía economista es inevitablemente invertida; en ella se consume para producir más, se produce más para vender más, se vende más para lucrar más, cuando la recta ordenación exige que la finanza y el comercio estén al servicio de la producción y ésta al servicio del consumo, ambos al servicio de la economía; ésta al servicio de la política, la política al servicio del hombre, y el hombre al servicio de Dios.

Esta economía así invertida es implacablemente funesta, y termina en la tremenda catástrofe contemporánea que presenciamos: un inmenso aparato productor que remueve las riquezas del mundo, y una humanidad de la cual las dos terceras partes sufren la intemperie, la falta de abrigo y el hambre. Así como en la era del absolutismo político los pueblos debían sufrir los abusos de los monarcas absolutistas, así en la economista quedan sometidos al yugo de los productores de riqueza.

El momento en que actualmente nos encontramos es el final de la era economista y la entrada en la era proletaria.

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La tercera revolución

Nos hallamos al cabo de una época en la cual se agota la influencia cultural del sacerdocio y reina el ateísmo militante; se agota la influencia cultural de la política y reina la anarquía demagógica; se agota la influencia cultural de la economía burguesa y el cetro del poder está, hoy, a punto de pasar al proletariado.

Nos hallarnos en la tercera revolución, que es la comunista, la revolución proletaria, en la que el obrero, el obrero descalificado y marginal, el proletario, quiere desplazar al burgués, al político y al sacerdote. Quiere suplantar al burgués y repudia a la economía burguesa de propiedad privada; quiere suplantar al político y repudia a los gobiernos de autoridad al servicio del bien común; quiere suplantar al sacerdocio y erige en sistema al ateísmo militante.

El comunismo, extendido hoy a una gran parte del globo, señala la última de las revoluciones posibles en un ciclo cultural. Después de él, y aun ya con él, no es posible sino el caos.

El comunista es un hombre a quien se le ha quitado su formalidad sobrenatural de hijo de Dios, su formalidad natural de hombre, su formalidad de animal sensible. El comunista convierte al hombre en una cosa – un tornillo, una tuerca – de una gran maquinaria que es la sociedad colectiva del proletariado. ¿Qué queda de un hombre si se le han quitado estas tres formalidades? Queda sólo una cosa, algo que camina a la nada. Y así el comunismo es, en definitiva, la deificación de la realidad que tiende a la nada. ¿Cuál es la realidad que tiende a la nada? ¿Qué es lo que sigue siendo algo y es nada por su pura potencialidad? Es la materia prima de Aristóteles. Dico antem materiam quae secundum se, ne quid, nec quantitas nec aliud aliquid eorum dicitur quibus est ens determinatur.

Aquella materia que de sí misma no es esencia ni calidad ni cantidad ni ninguna otra cosa por las cuales el ser se determina.

El comunismo tiende a la nada, a lo puramente informe, a ser cualquier cosa bajo la todopoderosa mano de la dictadura del proletariado. Este poder colosal estruja al hombre y lo convierte en engranaje de una maquinaria también colosal. El hombre, el hombre individual, pierde su condición de hijo de Dios, hecho a la imagen de Dios y para contemplar a Dios. Pierde su condición racional de señor y dominador de la naturaleza. Pierde también su condición animal hecha para gozar de los placeres sensibles. El hombre es una pura cosa útil, que se usa o se tira según lo exija la conveniencia de la gran maquinaria colectiva. El hombre ha perdido su destino.

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La Ciudad Católica ajustada a la medida sin medida del hombre

La Ciudad Católica tuvo una realización de relativa plenitud que alcanzó su esplendor en la sociedad medieval del siglo XIII. Aquí podríamos formulamos varias cuestiones. ¿En qué consiste, en esencia, una Ciudad Católica? ¿La Ciudad Católica, es una o son varias? Y en este caso, ¿con distinción de especie o de individuo? ¿Qué posibilidad y probabilidad existe para que vuelva a renacer en plenitud? La respuesta acertada o desacertada a cada una de estas cuestiones guiará una recta o desviada filosofía o teología de la historia y, en consecuencia también, unas normas rectas o desviadas de acción político-religiosa.

Se dice muchas veces que la historia es irreversible. Y lo es en un sentido preciso. La historia es el cumplimiento singular de la vida de pueblos e individuos. Lo singular se circunscribe siempre a unas condiciones concretas de lugar y tiempo que no admiten, en el plano de lo singular, ninguna multiplicación o repetición. Pero la historia no se ha de concebir como una sucesión de puntos, cada uno de los cuales tendría existencia y actividad propia e independiente. Si la historia es historia, lo es de un ser que se desarrolla históricamente y es que, a través de caminos sucesivos, reviste una permanencia de estructura y de actividad.

Enfocada de este modo, la Ciudad Católica está constituida por pueblos que, informados por la Iglesia, se desarrollan, históricamente. En rigor, la Ciudad Católica existe desde que existe la Iglesia, así como una planta es tal desde el momento en que el principio vegetativo informa una materia dada. Pero así como una planta sin dejar de ser tal puede llevar una vida embrionaria o de perfecto desarrollo, floreciente o raquítica, así la Ciudad Católica, puede conocer las vicisitudes de un estado embrionario – la incipiente Cristiandad que se abre paso en el Imperio Romano – o de un estado de florecimiento – la civilización cristiana medieval –; o de un estado de declinación y raquitismo, como el que presenta la Ciudad Católica de los tiempos modernos.

Tenemos entonces una Ciudad Católica, que es tal en lo esencial, con una unidad singular e individual pero que presenta diversos estados de desarrollo. Mientras la Iglesia mantenga su influjo vital – no hablemos del estado de este influjo – sobre un pueblo, habrá allí una Ciudad Católica. A la luz de esta perspectiva se entienden las palabras de San Pío X que citamos más arriba y que dicen: “La civilización no está por inventar, ni la ciudad nueva por construir en las nubes. Ha existido, existe, es la civilización cristiana, es la Ciudad Católica”.

Que existe, no quiere decir que su florecimiento alcance la plenitud que le corresponde.

Tanto en los días de San Pío X como ahora, la Ciudad Católica se halla quebrantada con achaques gravísimos, que son el naturalismo, el liberalismo y el comunismo que amenazan llevarla a la ruina definitiva.

Por ello, la pregunta a que trataremos de dar respuesta más adelante se debe formular de esta manera: ¿Volverá a conocer la Ciudad Católica un nuevo florecimiento en los tiempos modernos? Ahora corresponde señalar que una Ciudad Católica en estado de florecimiento debe encerrar los cuatro valores o formalidades indicados más arriba y en la jerarquía que los mismos valores involucran. No obstante, ello no implicará una repetición o imitación de la ciudad medieval.

Aquella ciudad se cumplió en condiciones históricas, religiosas, culturales, políticas y económicas que no podrán repetirse. Muy particularmente, el proceso de ascensión de las clases inferiores – entonces derivado de la desaparición de la esclavitud pagana, hoy de circunstancias económicopolíticas específicas del siglo XX – habrá de ser absorbido por la nueva Ciudad Católica dentro de una más plástica ordenación de los cuatro valores señalados.

Más adelante nos referiremos a las condiciones de una Ciudad Católica florecida. Importa señalar que lo que propiamente la constituye es que, al encerrar los cuatro valores indicados en la jerarquía que les corresponde, se ajusta a la medida sin medida del hombre. Sólo una ciudad que tenga en cuenta todas las aspiraciones que Dios ha depositado en el hombre – aspiraciones sin medida, ya que en definitiva le empujan a Dios, que no tiene medida – puede ser una Ciudad verdadera y plenamente Católica.

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CAPÍTULO III. EL COMUNISMO, ÚLTIMA ETAPA DE LA REVOLUCIÓN ANTICRISTIANA

Hemos señalado los cuatro valores esenciales que debe encerrar una civilización si quiere ser perfectiva del hombre y resultarle beneficiosa. Hemos visto también como se ha venido efectuando, bajo la Revolución Anticristiana que tiene como agente responsable al mismo Satanás, un proceso regresivo en que se les ha arrebatado a los antiguos pueblos católicos uno tras otro, cada uno de estos valores hasta sumirlos en esta postración que desemboca en el comunismo.

Corresponde ahora que, en función de los valores que perfeccionan al hombre, examinemos el comunismo enseñado por Marx y llevado a la práctica por la actual revolución comunista mundial.

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El comunismo, heredero histórico de las dos Revoluciones, agudiza sus consecuencias aun en el plano en que éstas se efectuaron

Porque el comunismo es una revolución contra la verdadera autoridad religiosa y aun contra toda religión. Para él, la religión es una alienación del hombre, una perdición, una frustración. La religión es el opio del pueblo, enseña Marx.

En Introducción a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel, en 1844, Marx escribe: “La religión es la autoconciencia y el autosentimiento del hombre que aún no se ha adquirido a sí mismo, o que ha vuelto a perderse”… “La miseria religiosa es la expresión de la miseria real, y por otra parte, la protesta por la miseria real”.

Pero la religión no sólo es inútil; es positivamente mala, porque es destructora del hombre.

La dialéctica de la oposición entre Dios y el hombre, está alimentando todo el pensamiento de Marx. Si Dios existe y es Creador del hombre, entonces no puede existir el hombre y menos ser creador de sí mismo. Porque lo que uno es y tiene, lo es y lo tiene a costa del otro. Pero como el hombre existe, y es creador de su propia historia, luego Dios no existe ni es creador del hombre.

Cuando el hombre recurre a Dios lo hace determinado por una debilidad, una pérdida de sí mismo que le lleva a transferir imaginativamente en un superhombre los atributos que a él le faltan. Esa transferencia imaginativa no hace sino trabar el esfuerzo que el hombre debe emplear en su propia autocreación.

Por ello, el proceso dialéctico le lleva al comunismo, no sólo a negar a Dios frente al hombre, sino a afirmar que el hombre es Dios. Debe ser suprimido un Dios fuera del hombre para que sea conservado un Dios en el hombre e inmanente en él. Marx tiene a ese respecto un texto famoso, donde al mismo tiempo que establece la relación de la creencia en Dios con la propiedad privada, establece la supresión de la propiedad privada, con la supresión de la creencia en Dios y, finalmente, del ateísmo superado que es la divinidad del hombre, con el comunismo superado, que es el verdadero comunismo. Dice el texto19: “El ateísmo es, en cuanto supresión de Dios, el devenir del humanismo teórico, como el comunismo es, en cuanto supresión de la propiedad privada, la reivindicación de la vida humana real como siendo su propiedad, reivindicación que es el devenir del humanismo práctico; en otros términos, el ateísmo es el humanismo, mediatizado por la supresión de la propiedad privada. No es sino por la supresión de esta mediación – pero como por presupuesto necesario – que nace el humanismo procediendo positivamente de sí mismo, el humanismo positivo”. En Marx, el ateísmo lo mismo que el comunismo no son una huida, una evasión, una mera privación, sino la verdadera afirmación del hombre. No se suprime a Dios para negarle, sino para afirmar que el hombre es Dios. No se suprime la propiedad privada que trajo el moderno desarrollo industrial para negarla, sino para adjudicar a la comunidad ese inmenso desarrollo industrial. Marx no se contenta con un ateísmo negativo, así como tampoco se contenta con un comunismo negativo, sino que quiere aprovechar y conservar los valores positivos de la religión – su fe en la divinidad – y los valores de la propiedad privada – su inmensa capacidad para desarrollar la producción industrial – e incorporarlos en su ateísmo militante y en su comunismo positivo. Su sistema quiere ser humanismo positivo que haga del hombre un Dios dedicado a producir riquezas. Una humanidad atea, creadora de una civilización técnica.

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De este modo, con su ateísmo militante, la revolución comunista apura las consecuencias finales de la revolución religiosa cumplida por la Reforma

En efecto, aquella revolución no suprimió a Dios ni tampoco a Cristo. Suprimió a la Iglesia, que es la realidad social viviente que nos pone en contacto con Cristo. La Revolución Protestante habría de aparejar como fruto lógico, el deísmo primero, el agnosticismo después y finalmente el ateísmo. Al atacar a Pedro, roca sobre la que se asienta la Iglesia, Lutero atacaba a Cristo y de este modo a Dios.

Después de la convulsión de la Reforma, que pudo provocar en muchos un sincero despertar religioso cristiano, se da en Europa el fenómeno de la incredulidad escéptica. El caso típico es Voltaire, que se mofa de Cristo, pero sigue creyendo en Dios, gran Relojero de este reloj que es el universo. Pero ya entonces, el golpe no se dirige contra la Iglesia romana, sino contra la persona adorable de Cristo. Todo el cientificismo se ha de armar para una lucha despiadada contra todos los Libros que puedan aportar un testimonio histórico de Cristo, Dios-Hombre, que funda su Iglesia. El deísmo, vale decir, la creencia sólo en un Dios, autor de la naturaleza, alimenta la mente de los filósofos de los siglos XVII y XVIII. Cuán lejos estamos de las afirmaciones explícitas de los reformadores. Sin embargo, los filósofos no son sino sus hijos.

Pero el deísmo no puede mantenerse. Sin la luz sobrenatural de la Revelación cristiana, el hombre ha de claudicar de las mismas verdades naturales que puede adquirir con el buen uso de su razón.

Todo el esfuerzo de la filosofía con Kant, ha de consistir en denunciar la incapacidad del hombre para conocer con certeza la existencia de Dios. El deísmo ha de terminar en el agnosticismo. Y como el hombre no puede vivir razonablemente sin Dios, o ha de trocar a Dios en la creatura – panteísmo – o ha de decretar, sencillamente, la muerte de Dios. Después de Kant, Hegel, Nietzsche y Marx. El ateísmo de Marx no es sino una herencia histórica de la herejía luterana.

Pero el comunismo de Marx apura también las consecuencias de la revolución política iniciada por la Revolución Francesa que arrebató al hombre su condición política para trocarle en un mero homo oeconomicus.

La Revolución Francesa debilitó la majestad de la autoridad. Esta, en la concepción tradicional y teológica, venía de Dios y se orientaba hacia el bien de toda la comunidad; ahora se la hace derivar del pueblo y se la coloca al servicio de la clase poseedora de riquezas. En el Estado democrático liberal, el pueblo queda sometido a una burguesía voraz, que le condena a un duro trabajo en su propio beneficio.

Cuando aparece Marx, puede sostener sin temor de ser desmentido que el Estado político, o simplemente el Estado, constituye una alienación o desgarramiento que separa al hombre real de su verdadera humanidad. No existe la política como esfera superior en que se conciliarían los intereses divergentes y opuestos de las varias clases que constituyen la sociedad civil. La política y el Estado surgirían cuando la sociedad civil se divide en clases surgiendo como órganos de poder de la clase dominante. Por tanto corresponde destruir el Estado. Y, en efecto, en la sociedad comunista, al menos en su fase final después que la dictadura del proletariado haya vencido completamente a la clase burguesa y ya no exista división de clases, tampoco tendrá razón la existencia del Estado. Y se extinguirá, enseña Marx en la Crítica del programa de Gotha, y repite Lenin en El Estado y la Revolución.

El hombre comunista es un hombre sin religión y sin política, sin relación con un Dios trascendente ni con sus semejantes. Y así el proceso que inicia la Reforma, continuado luego por la Revolución Francesa, ha de terminar en el hombre comunista, puro instrumento de producción de bienes económicos.

La destrucción de la politicidad del hombre, como una relación esencial constitutiva, es tarea propia y peculiar del liberalismo. La revolución comunista, supuesta aquella revolución previa, acometerá propiamente contra la economicidad que constituye la condición misma de la burguesía.

En efecto, la politicidad no consiste en la mera relación de hombre a hombre, sino en una relación de hombre a hombre que determine y dé nacimiento a una relación humana para la suficiencia completa del vivir humano. El hombre busca a otro hombre en cuanto quiere establecer relaciones de pura humanidad. Estas relaciones no le darán tan sólo bienes económicos sino sobre todo bienes intelectuales y morales. Pero al liberalismo los bienes intelectuales y morales no le interesan. Le interesa sólo la libertad que interpreta como el movimiento autónomo hacia la posesión de bienes económicos. El liberalismo, que da la preminencia social a la burguesía, no busca la verdad y el bien que constituyen propiamente el plano de lo humano, sino los beneficios económicos que hacen su bienestar animal. El poseer riquezas, sean naturales o artificiales, proporciona un goce específicamente animal. Es la relación del hombre con las cosas. En la sociedad liberal, si el hombre se junta a otro hombre y con él se relaciona no es por el hombre mismo, sino para ayudarse en su relación con las cosas y disponer de mayores riquezas. Por ello, el burgués considera natural la explotación del proletariado, porque sólo le interesa el rendimiento. La ciudad liberal no es, en definitiva, una sociedad política, de hombre a hombre, sino económica, de hombre a cosas.

La sociedad comunista, por su parte, no llega ni a esto. Al comunismo no le interesa propiamente la riqueza, le interesa el trabajo, que es instrumento productor de riquezas. No busca el vivir del hombre, sino el trabajar del hombre. Marx lo afirma explícitamente y el comunismo recoge en esta materia como sagradas sus afirmaciones. En La ideología alemana, escribe Marx: “Podemos distinguir al hombre de los animales por la conciencia, por la religión o por lo que se quiera. Pero el hombre mismo se diferencia de los animales a partir del momento en que empieza a producir [subrayado en el original, J. M.] sus medios de vida, paso éste que se halla condicionado por su organización corpórea. Al producir sus medios de vida, el hombre produce indirectamente su propia vida material” (pág. 19). Y más adelante escribirá: “El primer hecho histórico, es, por consiguiente, la producción de los medios indispensables para la satisfacción de estas necesidades, es decir, la producción de la vida material misma, y no cabe duda que es éste un hecho histórico, una condición fundamental de toda la historia, que lo mismo hoy que hace miles de años necesita cumplirse todos los días y a todas horas, simplemente pata asegurar la vida de los hombres” (pág.

27).

De aquí que el Manual de Economía Política de la URSS20 pueda expresar, sin salirse de la más estricta ortodoxia marxista: “Para el paso al comunismo, tiene una importancia extraordinaria la educación comunista de los trabajadores, cuya tarea cardinal reside en la educación del nuevo hombre que verá en el trabajo la primera necesidad vital” [subrayado por mí, J. M.]. Y prosigue: “El trabajo comunista, en el más riguroso y estricto sentido de la palabra – escribía Lenin –, es un trabajo gratuito en bien de la Sociedad, un trabajo que se ejecuta no para cumplir un servicio determinado, no para adquirir derecho a determinados productos, no por normas establecidas y fijas de antemano, sino un trabajo voluntario, sin norma, realizado sin la mira de recompensa alguna, sin poner condiciones sobre la remuneración, un trabajo realizado por el hábito de trabajar en bien de la sociedad, y por la actitud consciente (convertida en hábito) ante la necesidad de trabajar en beneficio común; en una palabra, el trabajo como exigencia de un organismo sano”21.

En el comunismo, el supremo valor es el trabajo productor de bienes materiales. El hombre mismo, ni aun su bienestar material, no interesa primero y directamente. Sólo interesa que trabaje y produzca, aunque no disfrute.

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En el comunismo, el hombre, reducido a puro instrumento productor de bienes, es menos que un hombre y aun que un animal

El homo oeconomicus es propiamente producto de la sociedad burguesa. En ella el hombre está todo hecho para producir la mayor cantidad de bienes con el menor esfuerzo. Conciben la sociedad sometida a la ley del trabajo para el disfrute de los pocos afortunados que puedan cumplir el ideal del homo oeconomicus, quien vive para la producción de bienes económicos y para el goce de los mismos.

Los economistas, sobre todo David Ricardo, nos han descripto la ley del trabajo como valor de las cosas, y la ley de la lucha entre capitalistas y asalariados como condición de funcionamiento armonioso de la sociedad burguesa.

Cuando Marx aparece en escena, ya va a encontrar situados todos los principios y premisas de los cuales debe partir para crear el homo oeconomicus communista, que no aspira a ningún goce sino a ser una simple herramienta en la sociedad colectiva de producción. Como el trabajo, por ser trabajo, constituye la esencia de valor de las mercancías, el hombre comunista se dedica sin más a la producción de trabajo, que es una producción de valores.

Marx, partiendo de los principios de los economistas liberales, sostiene que hay que suprimir aquella minoría de afortunados de la sociedad burguesa que realizaban el ideal del homo oeconomicus liberal. De una sociedad de capitalistas y trabajadores hay que obtener una exclusivamente de trabajadores. Hay que suprimir la propiedad privada de los medios de producción, esto es, del capital.

La tesis de Marx puede parecer consecuente. ¿Por qué, en efecto, sólo una minoría de afortunados debe gozar del trabajo de una multitud de asalariados? ¿Qué razón justifica que una multitud se afane para el goce de unos pocos? La sociedad medieval tenía sentido porque todo concurría a Dios. La sociedad del siglo XVII también lo tenía porque todo concurría al hombre.

Pero, la sociedad burguesa, ¿qué sentido puede tener que la justifique? ¿Cómo puede justificarse que una multitud deba trabajar en provecho del enriquecimiento puramente económico de un puñado de privilegiados? Es claro que las razones que inducen a Marx a exigir, como ley de la realidad social, la expropiación de los explotadores burgueses por los proletarios no se fundan en esto.

Para Marx, siendo el trabajo el hecho primero y fundamental que produce la vida material del hombre, y por el cual éste se autocrea, no puede ser alienado en manos de unos pocos; los proletarios, cuya definición es, precisamente, ser trabajadores, es decir, no tener otra realidad social que la de producir con su trabajo, exigen por su condición desalienarse, o sea tomar el control y el gobierno de la producción. Así se autocreará el hombre nuevo, comunista, cuya necesidad primera la constituirá el hecho mismo de trabajar para crear riquezas y autocrear una humanidad nueva, que será producto del incesante progreso técnico material desarrollado por el trabajo.

Pero sea por simples razones de sentido común, o con las más complicadas de un hegelianismo invertido, cabe preguntar: ¿Con la supresión de la propiedad privada levanta Marx a la condición de afortunados a todos los asalariados, o rebaja a la condición de asalariados a los pocos afortunados? Ya Aristóteles vio con mirada definitiva, contra Platón, que si se priva al trabajo del goce que le viene del estímulo de la propiedad privada, no queda otro recurso para la producción de bienes, siempre penosa, que el trabajo forzado. Y las razones de Aristóteles están fundadas en la psicología de la naturaleza humana, que muestra una permanencia de comportamiento que desafía las previsiones más halagüeñas de cualquier Utopía. El hombre, o trabaja para adquirir riqueza, o por miedo al castigo. La sociedad comunista, que suprime la propiedad privada, estímulo natural del trabajo, implanta, por lo mismo, el trabajo forzado. Ahora bien, en una sociedad donde el hombre es privado de vida religiosa y de vida política, y es condenado al trabajo forzado, ¿en qué condición se halla? ¿Divina, humana, animal o infraanimal? La respuesta se impone por sí misma.

Es cierto que Marx, en El Capital, se esfuerza por afirmar la superioridad del trabajo del hombre sobre el de los animales, y así escribe: “Una araña ejecuta operaciones que semejan las manipulaciones del tejedor, y la construcción de los panales de las abejas podría avergonzar, por su perfección, a más de un maestro de obras. Pero hay algo en que el peor maestro de obras aventaja a la mejor abeja, y es que antes de ejecutar la construcción la proyecta en su cerebro. Al final del proceso de trabajo brota un resultado que antes de comenzar el proceso existía ya en la mente del obrero; es decir, un resultado que tenía la existencia ideal. El obrero no se limita ya a hacer cambiar de forma la materia que le brinda la naturaleza, sino que al mismo tiempo realiza en ella su fin, fin que él sabe que rige como una ley las modalidades de su actuación y al que tiene necesariamente que supeditar su voluntad. Y esta supeditación no constituye un acto aislado. El obrero debe aplicar su atención, sus fuerzas físicas y espirituales”22.

Pero ese “ideal”, esa “conciencia” del fin, esas “fuerzas espirituales” que en la concepción de Marx asignarían al hombre una superioridad sobre el animal, no las emplearía el hombre sino para trabajar. Están condicionadas, entonces, por su trabajo, y por él limitadas. El hombre no trabajaría para su expansión espiritual, sino que tendría fuerza espiritual para ejecutar un trabajo; y como el trabajo es siempre penoso, no se allanaría a trabajar sino por la fuerza. ¿No advierte Marx que precisamente si el hombre tiene fuerzas espirituales, las tiene como un fin en sí; y en consecuencia, si trabaja, trabaja para satisfacer sus necesidades materiales, que le disponen a la vida más alta del espíritu? ¿De qué le valdría tener espíritu, si éste no es sino puro medio para su vida de trabajador? En definitiva, el hombre comunista no tiene el goce divino de la contemplación de Dios; no tiene el goce humano que proporciona la convivencia política; no tiene tampoco el goce animal del disfrute de los bienes económicos. Es un puro trabajador esclavizado al trabajo en bien de la grandeza colectiva.

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Las predicciones de Marx sobre el inevitable desenlace de la sociedad burguesa en la sociedad comunista se están cumpliendo, aunque no por las razones que invoca Marx

Marx sostenía, como es bien conocido, que la economía capitalista contiene en su seno los gérmenes de su propia muerte y el engendro de la sociedad comunista que la ha de sustituir. Ésta es la profecía de Marx, lo que llama “la gran ley dialéctica de la historia”. Esta ley no es puramente automática, sino dialéctica, crítico-práctica, y la podemos resumir en los siguientes puntos: a) En virtud de la producción capitalista, que busca la acumulación del capital acumulando la plusvalía arrebatada a los asalariados, la sociedad tiende a dividirse en dos polos, en los cuales se sitúan, a un lado, unos pocos poderosos capitalistas, y al otro el ejército de asalariados. “Todos los métodos – escribe Marx –23 de producción de plusvalía son al mismo tiempo métodos de acumulación, y todos los progresos de la acumulación se convierten, a su vez, en medios de desarrollo de aquellos métodos. De donde se sigue que a medida que se acumula el capital, tiene necesariamente que empeorar la situación del obrero, cualquiera sea su retribución, sea alta o baja.

Finalmente – añade –, la ley que mantiene siempre la superpoblación relativa o ejército industrial en equilibrio con el volumen o la intensidad de la acumulación, tiene al obrero encadenado al capital con ataduras más firmes que las cuñas de Vulcano con que Prometeo estaba clavado a la roca. Esta ley determina una acumulación de miseria, equivalente a la acumulación de capital. Por eso lo que en un polo es acumulación de riqueza, es en el polo contrario acumulación de miseria, de tormentos, de trabajo, de esclavitud, de despotismo, de ignorancia y degradación moral”.

b) Esta presión de las necesidades sobre el proletariado, junto con la acción de algunos intelectuales, determina que aquél, así radicalmente encadenado y sin que se le reconozcan sus más elementales derechos, tome conciencia de su propia condición y de la opresión que sufre bajo el régimen capitalista, para organizarse junto con los intelectuales, en vistas de la gran revolución social que sepulte definitivamente al capitalismo e instaure la sociedad comunista.

c) Se establece un juego dialéctico de oposición recíproca entre el régimen capitalista, que multiplica inevitablemente los proletarios al mismo tiempo que los concentra en las grandes aglomeraciones industriales, y la fuerza del proletariado, que cada vez más, bajo una opresión mayor, toma conciencia de su fuerza, que también va en progresivo aumento.

d) “Conforme disminuye – escribe Marx – progresivamente el número de magnates capitalistas que usurpan y monopolizan este proceso de transformación, crece la masa de la miseria, de la opresión, del esclavizamiento, de la degeneración, de la explotación, pero crece también la rebeldía de la clase obrera, cada vez más numerosa y más disciplinada, más unida y más organizada por el mecanismo del mismo proceso capitalista de producción. El monopolio del capital se convierte en grillete del régimen de producción que ha florecido con él y bajo él. La centralización de los medios de producción y la socialización del trabajo llega a un punto en que ya son incompatibles con su envoltura capitalista. Ésta salta hecha añicos. Le llega la hora a la propiedad privada capitalista. Los expropiadores son expropiados24.

e) Entonces los proletarios implantan una férrea dictadura y toman el control total de la producción y de la distribución. En esta primera fase de la sociedad comunista se ha de imponer la regla de repartición “a cada cual según su trabajo”.

f) “Después en la fase superior de la sociedad comunista – escribe Marx –, cuando haya desaparecido la subordinación esclavizadora de los individuos a la división del trabajo, y con ella el contraste entre el trabajo intelectual y el trabajo manual, cuando el trabajo sea no solamente un medio de vida, sino la primera necesidad vital, cuando con el desarrollo de los individuos en todos sus aspectos crezcan también las fuerzas productivas y corran a chorros llenos los manantiales de la riqueza colectiva, sólo entonces podrá rebasarse el estrecho horizonte del derecho burgués y la sociedad podrá inscribir en sus banderas: «De cada cual según su capacidad; a cada cual según sus necesidades»25.

¿Qué debemos pensar de la gran ley de la historia de Marx? Esta ley, según como la enuncia y la expone Marx, no se cumple. En efecto, si ella pudiera ser cierta en el capitalismo concurrencia que conoció Marx en el siglo pasado, “no es justa para un capitalismo que comporta el sindicalismo y todas las leyes sociales debidas principalmente al poderío de éste; ni para un capitalismo que, por lo demás, tiende, como lo vemos hoy a organizar racionalmente la economía mundial en vista de evitar la crisis, reabsorber la desocupación y asegurar la prosperidad en todas las regiones del globo”26.

Además, el comunismo hasta ahora sólo ha logrado imponerse en países subdesarrollados, de tradición campesina más que industrial. No lo ha engendrado el mundo de producción capitalista, como lo exige la ley marxista, sino otras causas políticas e ideológicas, totalmente diferentes.

Sin embargo, si salimos de la problemática estrictamente marxista, hemos de reconocer que el comunismo ha hecho un gran avance y que continúa avanzando rápidamente. A un siglo de cuando escribía Marx El Capital, el comunismo se ha implantado en Rusia, en los países de Europa Oriental, en gran parte de Asia, se está afirmando rápidamente en los pueblos africanos y pone pie – ¡y con qué fuerza! – en América Latina.

¿Por qué penetra y avanza el comunismo? Se puede comprender este problema y descubrir su sentido solamente si se lo enfoca en la perspectiva de la Revolución Anticristiana. El comunismo es una etapa de esta revolución. Y ésta es una revolución dinámica en la cual una etapa conduce a la etapa siguiente. Una revolución en la que el hombre camina hacia su disolución completa si en la providencia actual deja de estar sostenido por la Revelación y por la gracia cristiana. Es un dogma de fe que en su actual condición, si no lo conforta la Revelación, no puede el hombre conocer todas las verdades que hacen al patrimonio humano; y es también dogma de fe que en su actual condición no puede practicar la ley natural sin la confortación de la gracia santificante y elevante de Cristo.

Ahora bien, lo que vale para el individuo, vale también, y con mayor razón, para los pueblos y para las culturas. Sin la confortación de la ley y de la fuerza divina los pueblos van cayendo en un estado de degradación cada vez mayor. Podrán cumplir progresos parciales en aspectos exteriores al hombre mismo, sobre todo en la técnica de fabricación de artefactos, pero en lo que se refiere al hombre en cuanto hombre, en su comportamiento moral, social e individual, aquéllos irán cayendo cada vez en una condición más humillante, no sólo infrahumana, sino hasta infraanimal.

Cuando se produce la Reforma y se ataca la base del orden sobrenatural, que es la roca de Pedro, las naciones quedan desguarnecidas. Suprimido lo sobrenatural, aparece el homo naturalis, el humanismo. Pero aquel orden sobrenatural era un sostén de lo natural. Lo natural, entonces, falto de sostén, camina hacia su ruina. Ruina de la razón, ruina del corazón. Los siglos naturalistas del XVI al XVII derivan hacia el homo animalis de la vida burguesa democrática, que busca sólo el disfrute de bienes económicos. Pero este disfrute no puede ser cosa sino de unos pocos privilegiados, a costa del trabajo de los muchos. La sociedad burguesa, laica, democrática, capitalista, conduce por lógica interna a una sociedad atea, totalitaria, de economía de trabajo forzado. Así como el hombre, cuando lo abandona el alma – principio de su vida –, queda reducido a cadáver, y éste poco a poco, pero inevitablemente, camina hacia una mayor disolución, así la sociedad cristiana en que vivimos va alcanzando estados cada vez mayores de bajeza y disolución.

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Un mundo que ha apostatado oficialmente de la Verdad y de la Gracia corre por pendiente propia a su disolución final y, por lo tanto, al comunismo

El comunismo avanza hoy espontáneamente. Ya Babeuf, en plena Revolución Francesa, quiso implantar un régimen comunista. Pero las condiciones no estaban maduras. La burguesía y el homo animalis debían desenvolverse y actualizar antes todas sus virtualidades.

El comunismo avanza hoy de dos maneras, que a su vez se complementan. Avanza porque un centro mundial trabaja para hacerlo avanzar. Avanza, además, porque los pueblos, a consecuencia del debilitamiento en que han quedado por efecto del naturalismo y del liberalismo, no solamente no ofrecen resistencia, sino que se sienten dispuestos para darle acogida.

Al primer modo de avance se refiere Pío XI cuando en la Divini Redemptoris denuncia las causas de penetración, y dice: “Además, esta difusión rápida de las ideas comunistas que se infiltran en todos los países, lo mismo grandes que pequeños, en los cultos como en los menos desarrollados, de modo que ningún rincón de la tierra se ve libre de ellos, se explica por una propaganda verdaderamente diabólica, cual el mundo tal vez jamás ha conocido: propaganda dirigida desde un solo centro y adaptada habilísimamente a las condiciones de los diversos pueblos”.

Existe, entonces, en la enseñanza del Pontífice, un centro mundial que dirige la difusión del comunismo en el mundo. Y como alguien pudiera pensar que ese centro es Rusia, el Pontífice se adelanta a decir que no lo es, y, por el contrario, que ha sido la primera víctima de las maquinaciones infernales de ese centro mundial. Por eso añade: “Pero con esto no queremos en modo alguno condenar en masa a los pueblos de la Unión Soviética, por los que sentimos el más vivo afecto paterno. Sabemos que no pocos de ellos gimen bajo el duro yugo impuesto a la fuerza por hombres en su mayoría extraños a los verdaderos intereses de su país, y reconocemos que otros muchos han sido engañados con falaces esperanzas. Condenamos al sistema y a sus autores y fautores, los cuales han considerado a Rusia como terreno más apto para poner en práctica un sistema elaborado desde hace decenios. Y de allí siguen propagándolo por todo el mundo”.

Por lo que enseña la Divini Redemptoris, existe un centro mundial de propagación del comunismo que ha logrado imponerlo como duro yugo sobre Rusia y otros pueblos. No hay que descartar que este centro mundial opere en combinación con otros centros de disolución que promueven la disolución anticristiana, y que la Cátedra Romana viene denunciando repetidamente desde Clemente IX, In Eminenti, en 1738, y al que se refiere particularmente la Humanum Genus, del Papa León XIII. Tampoco hay por qué descartar que la unión de todos estos centros se haga sobre la base de un centro de mentira y crimen más principal que vendría operando, con odio anticristiano, desde la cruz a través de toda la historia cristiana, y que se conectaría directamente con el diablo, Príncipe de este mundo. Está en todo esto implicado el misterio teológico del mal, que la Escritura nos presenta como toda una organización dirigida por el ángel caído que combatiría al cuerpo místico de Cristo27.

Aquí corresponde retomar el problema del misterio del mal, que introduce en el universo el espíritu angélico y el espíritu humano. En la historia de los pueblos se traba una lucha, no pura ni primeramente carnal, sino de espíritus; una lucha entre Dios y Belial, entre Cristo y Satanás, cuyo agente primero y más directo ha de ser luego, después de su infidelidad, la Sinagoga.

De aquí que sea tan importante subrayar la relación que establece el mismo Cristo en su Evangelio cuando arguye con los judíos y les dice: “Vosotros tenéis por padre al diablo, y queréis hacer los deseos de vuestro padre: Él es homicida desde el principio, y no se mantuvo en la verdad porque la verdad no estaba en él. Cuando habla la mentira, habla de lo suyo propio, porque él es mentiroso y padre de la mentira”. Estas palabras las dirigía Cristo a la sinagoga de su tiempo; pero como toda palabra de Cristo encierra una constante histórica, la sinagoga continúa y mantiene el mismo furor contra Cristo, el cristianismo y la Ciudad Católica que tenía entonces. Es un agente, y muy principal, de la Revolución Anticristiana. Y como hijo del diablo, opera con la mentira y el crimen. Miente y mata. Por ello la Revolución Anticristiana miente también y mata. Y el comunismo, que es la etapa histórica de la Revolución Anticristiana de este momento, miente y mata.

Sinagoga y masonería son los agentes, encarnaciones del diablo, que movilizan el combate de la Contra-Iglesia a base de mentira y de crimen. En sus manos la Revolución Anticristiana se junta con el gran capitalismo financiero corruptor. Por ello el dinero y la publicidad ejercen una acción sistemática, de alcance gigantesco y escala planetaria, que lleva el comunismo a todos los rincones de la tierra.

El comunismo avanza porque hay agentes que trabajan para su penetración. Pero el comunismo avanza también porque los pueblos han quedado desarmados ante esa penetración. Las ideas de naturalismo, liberalismo, democracia moderna, capitalismo, socialismo – de ofrecer una defensa contra él –, operan como factores de ablandamiento que le preparan el terreno. El cristianismo diluido, lo que hoy se llama un “humanismo cristiano”, también se lo prepara.

Son todas estas formas degeneradas de la civilización cristiana auténtica, que han nacido como efecto de la Revolución Anticristiana. Si el comunismo es etapa última de la Revolución Anticristiana, ¿cómo se le quiere atacar eficazmente con una etapa anterior de ese mismo proceso? Por eso no “anda” el mundo occidental frente a la lógica de la penetración comunista. ¿Cómo puede “andar” si ante un avance impetuoso de formas que brotan lógicamente de las anteriores opone formas caducas y degeneradas? ¿Cómo puede atajarse al ateísmo con el laicismo? ¿Cómo la democracia popular con la democracia liberal? ¿Cómo a un ejército mundial de masas semihambrientas que avanzan se las quiere atajar con las “maravillas” del capitalismo liberal que ha producido esa disimetría de la economía mundial? Occidente, que se convierte cada día más en una poderosa máquina técnica sin alma, no ofrece ninguna resistencia sólida al comunismo que avanza. Por esto, precisamente, el avance. Y hasta corre peligro el Occidente de que puesto a disputar en el terreno puro de la técnica, también aquí lo arrolle el enemigo. Todo, por una razón llena de lógica.

En efecto, el comunismo, aún en Marx, tiene por objetivo la erección de una poderosa colectividad entregada febrilmente, con el trabajo de la inteligencia y de las manos, a la producción de bienes económicos. Para Marx, el hombre ideal es Prometeo, que, en la leyenda, arrebata el fuego al cielo para uso de los mortales. Prometeo quiere servir sólo a los hombres y de ningún modo a Dios. En su primer escrito, en su tesis doctoral de 1841, Marx nos presenta a Prometeo contestándole a Hércules, el mensajero de los dioses: “Jamás cambiaré mis cadenas por el servilismo del esclavo. Mejor es estar encadenado a una roca que al servicio de Zeus”. Prometeo no quiere ser servidor de Dios. El hombre de Marx es ateo porque quiere ser completamente hombre. Y el hombre de Marx es un puro técnico, homo faber. Con la ciencia y el trabajo de la colectividad levanta una ciudad de abundancia de bienes económicos, de la que, en frase del mismo Marx, “corran a chorros llenos los manantiales de la riqueza colectiva”, de suerte que se pueda dar a cada cual según sus necesidades. Por ello también el comunismo sueña con el hombre politécnico, que lo mismo pueda ejecutar el trabajo de un ingeniero que el de un obrero común. Leemos en el último Manual de Economía Política de la Rusia Soviética (pág. 586) que “el camino para alcanzar una diferencia sustancial entre el trabajo físico y el intelectual es el de elevar la preparación cultural de los obreros hasta el nivel de los ingenieros y técnicos. Y la preparación técnico-cultural de los campesinos hasta alcanzar el nivel de los agrónomos”.

En la modelación de una humanidad tecnificada, el comunismo puede superar a Occidente.

No se va a encontrar con los escrúpulos que los residuos de la moral cristiana han dejado en la sociedad occidental y que podrían impedir un manejo discrecional del hombre como si fuera un conejo de experimentación. ¿Por qué un puñado de hombres audaces en la mentira y en el crimen como son los comunistas, que disponen de los países subyugados, no han de poder organizar sobre una base científica inigualable toda una nación y todo un continente con un resultado técnico superior al del mundo occidental?

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En Occidente, y de modo especial en nuestro país, el comunismo avanza por la incomprensión y desacertada actuación de sus clases dirigentes

Este punto es sumamente importante. Ésta es una ley de toda sociedad en decadencia, que la historia confirma ampliamente. Un pueblo se deshace y se corrompe siempre por arriba, por sus clases dirigentes. Así lo confirma la misma historia de la Revolución Anticristiana. Si se verifica la revolución religiosa de la Reforma, es porque antes el clero, e incluso sus más altas jerarquías, habían defeccionado. Después del apogeo del pontificado en el siglo XIII, comienza la decadencia con el cautiverio de Avignon, el cisma de Occidente y los escándalos del Renacimiento. Cuando aparecen las herejías de Wicleff, luego de Huss y por fin de Lutero, la resistencia de la cristianidad es cada vez menor y acaba por desmoronarse. La sal se ha corrompido. La Revolución Francesa igualmente triunfa, más que por el empuje del tercer estado de la burguesía, por la defección de la nobleza e incluso de la familia real. El filosofismo y la disolución de costumbres habían entrado en los salones de la aristocracia de Francia, y hoy el comunismo avanza sobre todo por la defección de sus clases burguesas que difunden en el pueblo el laicismo, el democratismo, y quieren todavía sujetar al asalariado a condiciones de hambre.

Lo que pasa en nuestro país en este momento es tremendamente aleccionador. Es fácil percibir que el comunismo trata de establecerse en América Latina. Lo de Cuba es un primer paso.

Pues bien, ¿cuál es la situación de nuestro país en lo que a penetración comunista se refiere? ¿Qué factores lo introducen? Se da el caso paradojal de que sean nuestras clases dirigentes las más sensibles a su avance y las que coadyuven a su desarrollo, mientras que nuestros obreros, a pesar que se los empuja, son reacios a emprender el camino. Al hablar de clase dirigente nos referimos a los universitarios y profesionales, a los empresarios, que tienen, en definitiva, el manejo de nuestra economía; a los dirigentes políticos y a los militares de las diversas armas.

Las universidades oficiales argentinas, que, por naturaleza, constituyen la matriz donde se generan nuestras clases dirigentes, están entregadas lisa y llanamente al comunismo soviético. La sociedad argentina dedica sumas fabulosas del erario público a la perversión sistemática de las inteligencias de lo que debe ser su mejor juventud y las clases dirigentes del mañana.

El comunismo ya tiene en el país su cerebro; lo constituyen las universidades, en especial las de Bahía Blanca, Nordeste, La Plata, Buenos Aires y Córdoba. Estas universidades son tierra ocupada por el comunismo, que allí prepara en todas las profesiones los planteles de nuevos egresados que luego han de llevar sus ideas a colegios, instituciones, ambientes sociales. Por allí toda la juventud de la clase media que se educa en universidades, colegios secundarios, institutos, se está impregnando de una mentalidad filocomunista. La universidad dispone de poderosos recursos que le proporciona el Estado para su acción comunista. Estos recursos se emplean sobre todo a través de becas para financiar la acción de agentes comunistas. Fuera de lo que recibe del Estado también recibe dinero de instituciones privadas anticomunistas: Lo importante es señalar que las universidades oficiales argentinas son el cerebro del comunismo en el país, papel que, como se sabe, corresponde siempre a las clases intelectuales. Pero el comunismo no avanza en ningún país con cerebro solo. Hace falta un cuerpo. Y el cuerpo sólo se lo puede dar la masa asalariada. De aquí el trabajo que se está operando a paso rápido para crear este cuerpo que se acople a la cabeza ya fabricada.

A pesar de todos los avances en técnica de penetración y propagación realizados por el comunismo en estos últimos cincuenta años, primero con las experiencias de Lenin y luego con la de Mao Tsé Tung, hay que reconocer que, sin embargo, sigue en pie el esquema fijado por Marx. El comunismo avanza y se implanta por causas objetivas y subjetivas. Para que una sociedad dada evolucione hacia el comunismo es necesario que se produzcan condiciones de oposición de unas clases contra otras, de los burgueses contra los proletarios. Esa oposición debe ser sobre todo económica y se funda en una irritante distribución de la riqueza, de suerte que mientras una minoría detenta los instrumentos de producción, la masa de la población vése obligada a someterse al trabajo asalariado en favor de una minoría a cambio de una paga miserable e insegura que éste le proporciona. Esa situación suministra las condiciones objetivas en que se desarrolla el comunismo.

Pero éstas no bastan. Hace falta que la clase explotada tome conciencia de estas condiciones que configuran su explotación. Pero a su vez esta clase no puede tomar conciencia por sí y directamente de su situación objetiva. Marx no da ninguna razón de por qué no puede tomar conciencia; se limita a la comprobación del hecho. Y por ello en La contribución a la Filosofía del derecho de Hegel, recuerda la necesidad de que los intelectuales se pongan a la vanguardia del proletariado para hacerle tomar conciencia de su situación objetiva de explotación. Así la explotación de objetiva se hace, al mismo tiempo, subjetiva, lo cual permite poner en práctica la dialéctica o la praxis comunista, que es siempre un movimiento crítico-práctico y por lo tanto una toma de conciencia por parte de la clase proletaria de su situación de explotación y, por consiguiente, un proceso revolucionario para apoderarse del poder, y con él desalojar a la burguesía e implantar la sociedad comunista.

Desde esta suerte la dialéctica revolucionaria por la que se implanta el comunismo exige necesariamente, en cuanto crítica, la colaboración de intelectuales – un cerebro –; y en cuanto práctica, la acción de la masa de la población: un cuerpo.

Sin embargo, sería un error pensar que el comunismo penetra en algún país como comunismo porque la mayoría de la población, aun de la asalariada, lo reclame y lo implante. El comunismo necesita introducirse bajo una máscara engañosa. El comunismo es siempre obra de una minoría mentirosa, criminal, que logra imponerlo con el fraude y el crimen a toda una nación. Por ello es también un grave error decir que un país no puede ser comunista porque es muy rico y no quiere serlo. Ningún país quiere ser comunista. El comunismo se implanta siempre contra la voluntad del país, como efecto de un plan puramente criminal y artificial.

El comunismo en nuestro país tiene su cerebro. Le hace falta un cuerpo. ¿Cómo se prepara ese cuerpo? He aquí lo que debemos examinar.

Es un error pensar que el comunismo se propaga principalmente por la persuasión, por la prédica de sus ideas. El comunismo es una pobre doctrina. Pío XI, en la Divini Redemptoris, se pregunta: “¿Pero cómo un tal sistema, el del comunismo, anticuado hace ya mucho tiempo en el terreno científico, desmentido por la realidad de los hechos, como decimos, semejante sistema ha podido difundirse tan rápidamente en todas partes del mundo?”. Y responde Pío XI: “La explicación reside en que son muy pocos los que conocen a fondo lo que se proponen y a lo que realmente tienden los comunistas”.

El comunismo no se difunde por la enseñanza de su doctrina, de hombre a hombre. El comunismo se difunde haciéndole practicar, poniéndolo en práctica.

Ya la práctica del comunismo es la dialéctica, pero no la dialéctica como artificio de razonamiento, sino la dialéctica de la acción.

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¿Qué es la dialéctica de la acción?

La dialéctica, que usan los comunistas, viene de Marx, el cual, a su vez, la toma de Hegel.

La dialéctica trata en todas las cosas de buscar las contradicciones, las oposiciones, la lucha. De crear dos polos, de los cuales el uno se vuelca necesariamente contra el otro en forma recíproca.

Pero Hegel aplicaba la dialéctica a las ideas. Los comunistas la aplican a la sociedad. Hacen jugar la dialéctica en una sociedad ya dividida, con divisiones de religión, de política, de raza, de intereses económicos y sociales.

La dialéctica consiste precisamente en eso, en buscar en todo la lucha, la contradicción, lo que divide. La dialéctica considera que en toda realidad social se encuentra una contradicción interna, clave de su evolución ulterior.

La sociedad llamada capitalista oculta una contradicción interna entre capitalistas y proletarios. Esta sociedad ha de evolucionar en la medida en que la contradicción entre las dos clases, haciéndose cada vez más violenta y aguda, llegue a un punto de ruptura.

Siempre existen posibilidades de contradicciones internas, realmente preexistentes o artificialmente provocadas, que en uno u otro caso serán considerablemente amplificadas y exacerbadas por la agitación y propaganda: entre explotadores y explotados, burgueses y proletarios, imperialistas y antiimperialistas, blancos y negros, laicos y libres, reaccionarios y revolucionarios.

Que estas contradicciones sean reales o ficticias, al comunismo no le interesa. Tampoco le interesa hacerlas desaparecer. Al contrario, el comunismo quiere arrastrarnos a la práctica de la dialéctica, quiere hacernos entrar en su mecanismo, para que, conscientes o no, la practiquemos. La realidad concreta de esta práctica de la dialéctica consiste en explotar la existencia de dos campos políticos a propósito de cada contradicción, o en crearlos, si no existe uno de los campos, siendo bautizado como “campo de la clase obrera”, que debe luchar contra el otro campo hasta su total eliminación.

La línea de limitación entre los campos puede ser más o menos arbitraria; basta que el partido comunista esté en condiciones de imponer a las conciencias, por el volumen de su influencia y de la publicidad, que adopten la línea de demarcación que ha trazado y no otra. Esta línea de demarcación nunca ha de ser presentada como entre comunistas y no comunistas, porque es precisamente la única línea que impide de hecho organizar la colaboración.

La línea de demarcación, inventada o explotada, ha de serlo entre burguesía y proletariado, imperialistas y antiimperialistas, oligarquía y pueblo, etc., pero jamás entre comunismo y anticomunismo. Precisamente esa demarcación que excluye la oposición comunismo anticomunismo, permite al comunismo atraer hacia sí, poco a poco, a vastos sectores anticomunistas, y atraerlos haciéndoles practicar el juego dialéctico que ellos imponen a la opinión pública.

Hay que hacer hincapié en esto. El comunismo busca atraer hacia sí a los no comunistas.

Para ello tiene que ofrecerles disyuntivas (que no sean precisamente comunismo-anticomunismo), y en las que tomarían partido, colocándose del lado en que se coloca el comunismo. Así por ejemplo la disyuntiva o imperialismo o antiimperialismo. De suyo, no hace falta ser comunista para ser antiimperialista. Pues bien, el comunismo de tal modo hará jugar esta disyuntiva, o imperialismo o antiimperialismo, que, por un lado dividirá a la población de un país, en imperialista y antiimperialista, y luego va a tratar de reservarse el manejo del antiimperialismo, con lo que, por lo mismo, manejará como a suyas todas las fuerzas antiimperialistas, incluso a las que no quieren ser comunistas.

Producido el juego dialéctico entre dos campos de lucha, los de un campo se autopersuaden que los del otro campo son un enemigo que hay que destruir totalmente. Para que la dialéctica funcione, basta que haya adversarios de la ideología comunista que adopten como objetivo concreto, provisional, limitado, el objetivo que el comunismo propone para este momento, o sea la eliminación política del enemigo designado.

Entre los dos campos, la propaganda y la influencia comunista excita y desarrolla la tensión de suerte que se acelera el proceso de la evolución de la sociedad dada conforme a las teorías de Marx, pero no se contenta con acelerar. El comunismo organiza. Es decir, no elige cualquier contradicción interna en cualquier contrariedad social. No se ocupa de todas las contradicciones al mismo tiempo. No se ocupa tampoco de dar prioridad a las que se presentan como objetivamente más actuales. Sino que escoge. Escoge según un plan de estrategia mundial.

A su vez, el carácter mundial y organizado de esa estrategia está disimulado por la táctica; ésta, la única que alcanza al público, la única que le solicita, nunca habla de participar en una revolución universal comunista; dice simplemente que en algunas partes hay algunas injusticias y que ésa y no otra hay que combatir en este momento.

No importa que uno no sea comunista. Ya se hará si entra en ese juego dialéctico que tácitamente le propone el comunismo. “Ciencia ciertamente criminal de la propaganda” le llama Pío XI a esta política concreta de la dialéctica de la acción. Por ella, penetra el comunismo en todos los campos, incluso en la de los que no quieren el comunismo.

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El gran juego dialéctico determina el avance del comunismo

En nuestro país, no es difícil percibir el gran juego dialéctico en que el comunismo nos tiene envueltos y en que nos va aprisionando y atenazando y que, si con la ayuda de Dios, no atinamos a romper, acabará inevitablemente por llevarnos a una dictadura comunista, fin último de toda su estrategia.

El juego dialéctico que se cumple entre nosotros está subordinado al juego dialéctico de penetración comunista latinoamericano, cuya pieza maestra en estos momentos la constituye Cuba, y subordinado al juego mundial que es la lucha contra Occidente.

En este juego dialéctico se hace intervenir de modo más o menos activo, más o menos también consciente, a todas las fuerzas del país, a las que no quieren ser comunistas, a las que quieren serlo, y ello según la intensidad de su deseo, y a las que no saben qué quieren.

Es evidente que lo que se está buscando por ahora no es un pronunciamiento del país en favor del comunismo soviético. Esto no podrá conseguirlo por ahora. Pero lo que está buscando es un pronunciamiento del país, un pronunciamiento público y de poder, contra el imperialismo capitalista. Para que esta operación resulte se están apurando dentro y fuera del país las causas que hacen sentir la dominación financiera internacional entre nosotros y la imposición de un plan de hambre y de persecución policial contra nuestra masa trabajadora que se resiste al comunismo. Se quiere deliberadamente que aumente la injusticia, la injusticia social, en el plano interno, y también en el plano internacional. No es difícil disfrazar esa injusticia y los motivos que la justifiquen con razones de bien público. No es difícil conseguir tampoco, la complicidad de las que debían ser nuestras clases dirigentes para cumplir un plan de opresión del país y de nuestra población mansa y resignada. Y nuestras clases pudientes, y ellas encierran a ganaderos, empresarios, funcionarios, militares, etc., en este momento del mundo en que el comunismo amenaza apoderarse de los resortes del gobierno mundial, se prestan a perpetrar la gran injusticia social en que vive el país; injusticia que salta a la vista pues mientras vemos a la masa de la población sometida a un plan de austeridad, el sector privilegiado no sabe en qué gastar sus recursos. Mientras nuestro pueblo sufre, el gran mundo se divierte.

Esto es por lo que respecta a nuestras clases dirigentes que, en su mayoría, no quieren al comunismo. No lo quieren, pero son cómplices de la gran injusticia social que en estos momentos provoca el comunismo. Y ante esta injusticia pública y notoria, ¿qué hacen las fuerzas procomunistas del país? Pues están actuando activamente con células de agentes de provocación en organizaciones políticas, culturales, gremiales, en fábricas, clubes y barrios para activar el sentimiento antiimperialista de la población. Y el mismo sentimiento nacional que hasta hace diez años era, en nuestro país, exclusivamente cristiano, está hoy poderosamente canalizado por el comunismo. Esta tarea, en efecto, de penetrar en este campo la empezó, de manera sistemática y organizada, el comunismo allá en 1949. Rodolfo Puiggrós, Abelardo Ramos, Eduardo B. Astesano, tuvieron a cargo esa misión. “Presencia” lo denunció en su momento, en un artículo clarividente, que se intitulaba Hacia un nacionalismo marxista. De entonces a aquí, la penetración se ha hecho profunda y organizada. El comunismo ha logrado copar instituciones que se consideraban hasta hace algunos años baluartes contra el comunismo.

Además, el comunismo ha conseguido la colaboración habitual en este nacionalismo marxista, de conspicuos nacionalistas. Las victorias del comunismo en este terreno son de notoria significación.

Se cumple en estos momentos una acción intensísima para que nuestras masas populares tomen posición junto a Cuba comunista. Por ahora no lo han logrado. Pero es evidente que la resistencia va cediendo, y que si la injusticia persiste, el comunismo acabará, como decíamos antes, por encontrar en la masa de nuestro pueblo el cuerpo que ya tiene su cerebro en nuestras universidades.

Sobre una injusticia se está cumpliendo el gran juego dialéctico que el comunismo explota en estos momentos, y que puede llevarnos, o mejor, nos está llevando a una situación similar a la de Cuba. Nuestras clases responsables han de advertirlo a tiempo. Puede llegar un momento en que sea demasiado tarde.

Advertir que el comunismo avanza y advertir cómo avanza. Que avanza, es cosa que se hace notoria a quien tiene un poco de sensibilidad social. Pero advertir cómo avanza es bastante más difícil, porque la mayoría cree que el comunismo avanza por la propaganda directa en favor de la idea comunista. Y esto no es cierto. Aun en el campo universitario, donde el comunismo actúa más desembozadamente, lo hace ocultando su acción y su fin bajo la máscara de fines científicos, profesionales, universitarios o humanos.

Este juego dialéctico imperialismo-oligarquía contra nación-pueblo está jugando poderosamente en la penetración del comunismo en nuestro país, con mucha más eficacia y con mucho más peligro que la misma penetración ideológica, que se está efectuando a su vez en el sector universitario y cultural del país.

Esta penetración del comunismo en nuestro país debe advertirlo sobre todo el sacerdote y el militar. El comunismo no penetra por una acción de prédica que abiertamente se oponga a nuestra fe religiosa. El comunismo penetra por la dialéctica de la acción que toma arranque de injusticias reales o aparentes – peor si son reales – y que las hace jugar dialécticamente oponiendo una parte del país a la otra parte, y unos pueblos a otros pueblos, en una lucha sin cuartel que ha de acabar con la dominación de los unos sobre los otros.

Lo grave, terriblemente grave de este gran juego dialéctico en que el país está aprisionado, es que parecería no tener solución.

La dialéctica actúa como una tenaza. Uno de sus brazos determina la acción del otro brazo.

Hay un tal antagonismo entre un sector de la población, el más pudiente, y el otro sector menos favorecido, que cada uno parece creer que su bienestar se ha de realizar a costa del otro. Este juego dialéctico posiblemente no es de hoy entre nosotros. Pero hoy está alcanzando un grado muy agudo de oposición. No voy a entrar a examinar a quién cabe la responsabilidad de su agudización. Pero es claro que las clases dirigentes que tienen la conducción del país no pueden descargar su responsabilidad. Deben percatarse de este gran juego dialéctico que está horadando nuestro ser nacional. Si hay un juego dialéctico que opone una parte del país contra la otra parte, hay que hacer un esfuerzo serio, venciendo cualquier repugnancia para superar esa dialéctica. A la lucha hay que oponer la armonía. Eliminar las causas de divisiones y propiciar la convivencia entre todos los argentinos. En esto consiste la sabiduría del arte cristiano de gobernar. El maquiavelismo, en cambio, divide para reinar. Pero este maquiavelismo en este momento crucial de los pueblos determina como causa principal el avance del comunismo.

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El gran juego dialéctico comunista es la última etapa destructiva de la Revolución Anticristiana

El gran juego dialéctico tiende por naturaleza a desunir, a dividir, a destruir. El comunismo es esencialmente destructor, como lo es la Revolución Anticristiana. Así como Cristo es amor y el amor une, la ciudad cristiana tiende a la unión. Unión de las fuerzas armónicas de capital y trabajo, de ricos y de pobres, que entran en el proceso de la producción y distribución de las riquezas. Unión de las fuerzas económicas con las políticas – funcionarios, intelectuales y militares –, para edificación de la ciudad. Unión de las fuerzas económicas, políticas y religiosas – armonía del Estado con la Iglesia – en la edificación de la Ciudad Católica. De la feliz armonía de lo diverso nace la paz y la prosperidad auténtica, la abundancia de valores económicos, culturales y religiosos que hacen feliz a un pueblo.

La Revolución Anticristiana es esencialmente destructiva. Y para destruir, divide. Divide primeramente a los pueblos como pueblos de la Iglesia de Cristo. Cumplida la primera Revolución de la Reforma, se rompe la Cristiandad y aparecen los nacionalismos. Se rompe la unidad religiosa y aparecen las rivalidades de secta. Se rompe la unidad del hombre cristiano y aparecen los humanismos. Se separa la política de la religión y la filosofía de la teología. El hombre queda desgarrado.

Con la segunda revolución se produce un desgarramiento aún mayor, aun dentro del hombre, como hombre. Se separa al hombre de las leyes que le impone su naturaleza racional, y el hombre queda entregado al capricho de sus instintos libertarios. El hombre de Rousseau es el hombre de los sentimientos instintivos frente al orden de la razón. Y el “homo oeconomicus” de los economistas liberales es la economía frente a la política.

Con la Revolución Comunista se produce un desgarramiento total de todos los valores que perfeccionan al hombre: supresión total de Dios, supresión de la vida filosófica y cultural, supresión de los goces de la familia burguesa; el hombre, sin destino trascendente, convertido en una tuerca de la gran maquinaria que es la ciudad comunista; el hombre, puro productor de bienes económicos, queda metido en un engranaje que necesariamente lo desgarra y lo tritura. Un engranaje que quiere hacer de él una herramienta puramente productiva, cuando por todo su ser y su destino está hecho para gozar. Porque si trabaja, no lo hace por trabajar, sino para el disfrute sensible, para el disfrute intelectual y para el disfrute divino. De aquí que el comunismo sea una maquinaria de desgarramiento del hombre para desviarle de todo lo que dignifica y perfecciona, de lo divino, de lo humano y aun de lo sensible, y convertirlo en una pura herramienta. El hombre sólo pertenece a la colectividad para efectuar dentro de ella, por la fuerza, el trabajo que se le asigne.

En virtud del sistema comunista, el hombre queda totalmente destruido. Ello no impide que pueda ser utilizado como pieza para cualquier ciudad anticristiana. Pero en el camino mismo de la destrucción no parece posible avanzar y llegar a un grado más inferior.

El comunismo, al destruir totalmente al hombre, al hombre de la Ciudad Católica, lo deja en condición de informidad, como una pasta maleable sin ninguna estructura, listo para recibir dócilmente cualquier conformación que se le quiera imponer.

El comunismo aparece así como la última etapa de un proceso destructivo y revolucionario que logra imponerse sobre la Ciudad Católica que había creado la Iglesia sobre las ruinas del imperio romano. Existe una continuidad cronológica y operativa en el proceso revolucionario. Bajo este aspecto no hay tres revoluciones sino una sola Revolución. La Revolución en que los príncipes de la tierra se confabulan contra Yavé y contra su Cristo. Rompamos, dicen, sus coyundas, lejos de nosotros arrojemos sus ataduras (Salmo 2, 2). La Revolución Anticristiana por excelencia. Explicar esta Revolución de manera exhaustiva nos exigiría fundar toda una teología de la historia, lo cual va más allá de los límites del presente libro.

Baste decir que la historia se cumple de un modo especialísimo bajo la mano providencial de Dios, quien se propone en la realización histórica la consumación del Cuerpo místico de los elegidos, cuya cabeza es Cristo. Todo pertenece y se realiza a causa de los elegidos. Los elegidos pertenecen a Cristo. Cristo es de Dios. “Todo es vuestro, y vosotros de Cristo y Cristo de Dios29.

Dios cuida con una providencia especial que todos los acontecimientos se dirijan y ordenen al cumplimiento de este divino plan. Dios tiene también sus instituciones que de un modo positivo y directo se ocupan de la realización de este plan. Y la Iglesia, con su poder de enseñar, regir y santificar, no sólo a los individuos, sino también a los pueblos y civilizaciones, es “aquel monte de la casa de Yavé que será ensalzado sobre los collados y al que correrán todas las gentes y vendrán muchedumbres de pueblos diciendo: Venid, subamos al monte de Yavé, a la casa del Dios de Jacob, y El nos enseñará sus caminos e iremos por sendas, porque de Sión ha de salir la ley, y de Jerusalem la palabra de Yavé”30.

La Iglesia, aunque su destino definitivo sea el de la vida futura, logró edificar aquí en la tierra una ciudad que, aunque imperfecta como todo lo humano, ostenta las condiciones esenciales para ser y denominarse católica. Pero una Ciudad Católica es una realización muy difícil, que sólo puede darse milagrosamente, bajo la acción de una providencia especial. El hombre ha quedado de tal suerte herido en el estado que viene a este mundo en sus facultades naturales, que cuando se ordena sobrenaturalmente queda en un estado de equilibrio inestable muy difícil de mantener.

Necesita de la gracia para mantenerse en ese estado. Gracia que se le da si la pide, pero gracia que es un puro don. Lo que vale para un alma vale para una civilización. La civilización o ciudad católica es un milagro. Tiene muchos enemigos interiores y exteriores. Los enemigos interiores provienen del mismo hombre, que si no es muy humilde para sostener el don divino, va a flaquear, caer, y perderlo todo. Los enemigos exteriores son el diablo, Príncipe de este mundo, y los pueblos judío y pagano que van a tratar con toda clase de astucias de destruir a la Cristiandad.

Para destruir a la Cristiandad se echó mano de armas dialécticas. Toda destrucción es separación. Así como la vida es unión, unión de la creatura con el Creador, de la naturaleza humana con la divina, de la razón con la revelación, de la política con la teología, del imperio con el sacerdocio, así la destrucción es oposición: oposición de la creatura al Creador, de la naturaleza a la gracia, de la razón a la fe, de la política a la teología, del Estado a la Iglesia, del Imperio contra el Sacerdocio. Le metieron cuñas para separar y dividir lo que por disposición divina debía estar unido.

Y llegó un momento en que la separación se produjo. Se separó el Sacerdocio del Imperio; la Filosofía de la Teología; la política de la religión; la razón de la Fe; la naturaleza de la sobrenaturaleza; las naciones de la Cristiandad; los pueblos del Ungido de Dios.

Consumada la primera ruptura, producida la primera quiebra, no quedaba sino una alternativa. O rehacer lo que se había quebrado, para volver al estado de integridad anterior, o continuar un proceso de nuevas rupturas. Lo primero habría demandado una acción sobrenaturalmente milagrosa. Porque cuando los pueblos produjeron la primera ruptura, se sintieron liberados. Esa sensación de liberación coincidió, por otra parte, con descubrimientos y adquisiciones científicas nuevas que más bien empujaban al hombre a emprender veloz carrera por la nueva senda que se abría. Luego no quedaba lugar sino a la segunda alternativa; alternativa peligrosa, sobre todo si tenemos presente una doctrina de la teología católica que enseña que no puede el hombre con sus solas fuerzas naturales mantener la integridad de la ley natural.

Esta enseñanza de la teología católica es sumamente importante para interpretar el desenvolvimiento de los pueblos. Cierto es que el hombre, sin auxilio gratuito de Dios, puede cumplir muchas obras buenas. Pero no puede, en cambio, guardar la integridad de la ley natural y guardarla por mucho tiempo. Es ésta la enseñanza contra los pelagianos que defendió acérrimamente San Agustín. Ahora bien; los pueblos, sin la gracia, habían de caer en grandes errores y delitos. Y así producida la primera quiebra, y al haber rechazado los pueblos el ordenamiento que les había traído la Iglesia, quedaban en situación de no poder mantenerse en la integridad del estado natural, prescripto por la razón. Y entonces los pueblos iban a caer de ese estado y se iba a producir una segunda ruptura, y, por consiguiente, una segunda separación o juego dialéctico; pero ahora, dentro de los valores del puro orden natural. Así se iba a oponer sujeto y objeto, realidad y conocimiento, realismo e idealismo, bien común y bien individual, y el orden y la libertad; la política y la economía; la autoridad pública y la libertad; la filosofía y la ciencia; el racionalismo y el empirismo. Y en esta segunda evolución va a nacer un mundo infrahumano, que es el siglo XIX.

Pero todavía es posible descender más abajo; todavía hay lugar para una tercera ruptura o separación. Todavía el hombre cultural del siglo XIX tiene suficiente densidad cultural como para admitir una tercera división dialéctica. Se puede separar, en la economía: capital, de trabajo, burgués, de proletario. Marx va a erigir la lucha de clases como gran instrumento de disociación para terminar con todos los valores de la burguesía y erigir una civilización del proletariado, en la que el supremo valor sea el trabajo. El bien supremo del hombre ya no será lo sobrenatural, ni la razón, ni la libertad, sino el trabajo manual. El hombre trabajando para el Trabajo. Para construir la gran civilización del Trabajo. El hombre trabaja por trabajar. El puro medio, erigido en Fin último de la vida humana. Y con ello la suprema aberración.

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El regreso humano y el progreso técnico

En nuestra suposición se hace evidente que el hombre desde el Renacimiento viene regresando. El mito del progreso sostenido por el mundo moderno es una mentira. Los pueblos, lejos de prosperar, caminan hacia su ruina. No negamos que se haya efectuado un progreso parcial en algunos aspectos: en los bienes exteriores al hombre como son los artefactos que el hombre fabrica para su propia utilidad. Ha habido un progreso en el poder de fabricar que tiene el hombre.

Negamos que haya habido progreso en el hombre mismo. En su inteligencia y en su voluntad. La inteligencia progresa con el hábito de la sabiduría, que le hace ver todas las cosas a la luz de la primera Verdad. Su voluntad progresa con los hábitos virtuosos que le encaminan al Bien. Y el hombre moderno sufre en su inteligencia por el error del ateísmo que penetra cada vez más profundamente en su vida, y sufre en su voluntad por las malas inclinaciones que le pervierten desde la más temprana edad con toda clase de desviaciones. La delincuencia infantil lo demuestra acabadamente.

El progreso parcial que obtiene el hombre moderno en la fabricación de artefactos, lejos de cohonestar el profundo regreso en los aspectos propiamente humanos, lo aumenta, por cuanto pone en manos criminales mayor poder destructivo. Y así se da la paradoja que justo el hombre alcanza el poder de destruir la tierra, cuando ha descendido en sus instintos criminales al punto que se ha hecho capaz de destruirla.

El estado convulsivo crónico que vive la humanidad desde hace cincuenta años es la mejor demostración de su regreso. Este estado convulsivo es fruto de todos los errores y aberraciones de la humanidad a partir del Renacimiento. Guerra mundial del 14, fascismo, crisis del 29, guerra civil española, hitlerismo, segunda guerra mundial, guerra fría y amenaza permanente de una guerra atómica, son acontecimientos de tal magnitud, que cada uno de ellos podría llenar un siglo de historia. Ante el peso de tales acontecimientos, el hombre vive aterrorizado. La era atómica es la era del terror.

El progreso técnico del hombre, que es acumulativo, se mantiene neutral frente a su progreso o a su regreso cultural, que es propiamente humano. Piénsese qué bienestar habría alcanzado la humanidad si manteniendo el progreso humano de los siglos medievales hubiera tenido a su disposición el progreso técnico que dispone en la época actual. Lejos de producir artefactos mortíferos que amenazan la tranquilidad y la existencia misma de los pueblos, hubiera elevado el nivel de vida proporcionando de modo armónico a cada uno y a todos los pueblos un bienestar también armónico y en consonancia con la índole de su naturaleza.

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CAPÍTULO IV. LA CIUDAD CATOLICA, UNICA SOLUCION CONTRA EL COMUNISMO Y CONTRA EL ACTUAL DESGARRAMIENTO DE LAS SOCIEDADES HUMANAS

No sabemos dónde irá a desembocar esta encrucijada de la historia que vive el mundo actual. Tampoco hemos de estar muy solícitos por saberlo. Ello pertenece a los designios inescrutables del Creador. Pero si el comunismo es obra y etapa de la Revolución Anticristiana, peor que el mismo comunismo es la Revolución Anticristiana, que produce estos frutos mortíferos del naturalismo, del liberalismo, del socialismo y comunismo, que lo invade y lo penetra todo. Esta revolución es una totalidad que quiere destruir totalmente al hombre cristiano.

Si es una totalidad, hay que oponerle otra totalidad. Hay quienes quieren curar los males de la sociedad contemporánea con recetas incompletas cuya eficacia alimentan en su propia imaginación. Unos, recetas puramente religiosas; otros, políticas; quienes, sociológicas o económicas. Y aun, en cada uno de estos sectores de la actividad humana, tienen a su vez el secreto mágico que va a poner remedio a todos los males. Y así los que ponen sus esperanzas en lo económico piensan, por ejemplo, en la participación de los obreros en las empresas o simplemente en la propiedad comunitaria31.

No es necesario explicar que la realidad es compleja y es sobre todo una totalidad que está determinada por causas y encierra elementos que son en general humanos, y por lo mismo religiosos, políticos y económicos.

La Iglesia tiene un programa para el hombre de hoy. Este programa, que es religioso-cívico, lo viene enunciando en forma coherente desde el pontificado de León XIII, y Pío XII ha sido su magnífico expositor.

Para comprender el programa religioso-cívico que la Iglesia propone al hombre contemporáneo como solución de los males que le aquejan y aun de otros que le amenazan, tengamos bien presente el carácter de la sociedad en que vivimos. Porque a pesar de la degradación deletérea de la Revolución Anticristiana, los cimientos de nuestra civilización occidental han sido construidos sobre la base de la Europa cristiana, la cual, a su vez, ha recogido lo mejor de la civilización grecorromana e incluso del mundo germánico, bajo la inspiración de la Iglesia.

Tenemos un patrimonio que conservar. El concepto de Dios trascendente, de Cristo y de la Iglesia; el concepto del hombre, de la familia y de la sociedad; el concepto del derecho y de la propiedad son otros tantos pilares firmes, que, a pesar de una acción corrosiva, se conservan fundamentalmente incólumes. Además, que estos conceptos de la vida occidental perseveran en instituciones todavía sanas en su fundamento, heredadas de la Europa cristiana.

La Iglesia no renuncia ni a la idea de “civilización cristiana” que, como hemos visto, se identifica con la de “Ciudad Católica”, ni a la de la “Europa cristiana”. San Pío X afirma taxativamente: “La Iglesia, al predicar a Cristo crucificado, escándalo y locura a los ojos del mundo, vino a ser la primera inspiradora y fautora de la civilización, y la difundió doquier que predicaron sus Apóstoles, conservando y perfeccionando los buenos elementos de las antiguas civilizaciones paganas, arrancando a la barbarie y adiestrando para la vida civil los nuevos pueblos, que se guarecían al amparo de su seno maternal, y dando a toda la sociedad, aunque poco a poco, pero con pasos seguros y siempre progresivos, aquel sello tan realzado que conserva universalmente hasta el día de hoy”. Y añade a continuación: “La civilización del mundo es civilización cristiana: tanto es más valedera, durable y fecunda en preciosos frutos, cuanto es más genuinamente cristiana; tanto más declina, con daño inmenso del bienestar social, cuanto más se sustrae a la idea cristiana”.

Benedicto XV, en Pacem Dei munus, pondera la civilización cristiana formada por la Iglesia, que alcanza su esplendor en la Europa cristiana, y allí dice: “Y así, por la historia sabemos que los antiguos pueblos bárbaros de Europa, desde que en ella penetró el espíritu de la Iglesia, suavizándose poco a poco las múltiples y máximas diferencias entre ellos mismos, y desapareciendo sus discordias, se unieron para la formación de una sociedad homogénea y nació la Europa cristiana, que, guiada y bendecida por la Iglesia, reteniendo la variedad de naciones, arribó a una unidad fomentadora de prosperidad y grandeza”. A esta Europa cristiana y Ciudad Católica se refiere León XIII en el pasaje que citábamos más arriba, y de ella dice San Pío X en el pasaje también citado que “ha existido y existe”.

Es por ello que San Pío X se indignaba con santa cólera contra los jóvenes del movimiento Le Sillon, quienes en Francia, a comienzos de siglo, se declaraban revolucionarios y querían destruir la civilización actual para edificar luego una totalmente nueva. “Esto es – decía Pío X – lo que quieren los jóvenes sillonistas de la sociedad humana. Este es su sueño, cambiar las bases naturales y tradicionales de la sociedad y prometer una sociedad futura. Edificar sobre otros principios que ellos tienen la osadía de declarar más fecundos, más beneficiosos que los principios en los cuales descansa la sociedad cristiana”.

Hay muchos católicos que quieren ser revolucionarios, y algunos llegan a proclamar que lo quieren ser más que los comunistas. Es claro que ello no pasa de ser un ardor puramente retórico.

No saben lo que dicen. Es difícil superar a Lenin en conducción revolucionaria y en poder de destrucción de los valores humanos. El primer revolucionario fue Lucifer, quien en su rebelión sembró el mal donde Dios creó el bien. El programa del católico no es la Revolución, porque, como hemos dicho, la sociedad actual no es fundamentalmente mala, sino, por el contrario, sus cimientos cristianos la hacen fundamentalmente buena. Es cierto que esta sociedad desde hace varios siglos recibe fuertes golpes destructivos de la Revolución Anticristiana. Es cierto que el naturalismo, el liberalismo, el laicismo, el socialismo y el comunismo la corroen como un cáncer y amenazan destruir sus órganos vitales esenciales. Pero hasta ahora no han conseguido su objetivo. Por ello, el mismo San Pío X sostiene en el documento que mencionamos que la Iglesia “no tiene que separarse del pasado, y que le basta volver a tomar, con el concurso de los verdaderos obreros de la restauración social, los organismos rotos por la revolución y adaptarlos, con el mismo espíritu cristiano que los ha inspirado, al nuevo medio creado por la evolución material de la sociedad contemporánea, porque los verdaderos amigos del pueblo no son – dicen – revolucionarios ni novadores, sino tradicionalistas”.

Aquí nos señala el Santo Pontífice cuál ha de ser nuestro objetivo en un programa de mejoramiento social. No destruir lo pasado por pasado, porque hay allí un patrimonio que es necesario conservar y aun afirmar, sino reconstruir lo que la Revolución Anticristiana ha roto. Y no reconstruir tal cual era cuando fue destruido. Porque esto no es posible, porque ha habido, de entonces acá, una evolución material de los pueblos en las ideas, en las instituciones, en la técnica, en la historia y aun en la geografía. Reconstruir aquellos organismos rotos con el mismo espíritu cristiano con que estaban animados, porque ese espíritu no es de ayer ni de hoy, sino que es el Espíritu eterno de Dios que debe penetrarlo todo en todos los tiempos. Por eso, antes de indicar cuáles son los principales organismos rotos por la Revolución conviene insistir en el principio que debe animar todo el programa público cristiano. Este es el espíritu de Dios que se comunica a Cristo-hombre y de Cristo a su Iglesia. Por esto es tan fundamental y primaria la Verdad de que Cristo ha de ejercer su Realeza Universal y espiritual sobre todo lo temporal, ya sea nacional o internacional. Por esto el laicismo es la peste que engangrena hoy al mundo. El laicismo de los organismos internacionales, el laicismo de las naciones, el laicismo de instituciones como la justicia, la universidad, la escuela, la familia, la prosperidad y el orden económico. Es bien evidente que si el Espíritu de Cristo y de su Iglesia no inspira todos estos organismos, ellos se convierten en focos de infección, de perversión y de disociación.

Después que la Redención de Cristo se ha constituido en eje de la historia mundial, ya no es posible para el mundo y para un pueblo encontrar la paz de espaldas al Ungido de Dios. El hombre necesita de Cristo, de Cristo pleno y total. Este es el significado más saliente de cinco siglos de apostasía del mundo moderno. Este mundo, a pesar de su progreso técnico formidable, desde hace cincuenta años se halla convulsionado por doquier. Este mundo no se reconstruirá si Cristo y su Iglesia no le dan base sólida.

Una vez asegurado el Espíritu de Cristo en las instituciones que nos rijan y en la vida particular y pública de los hombres, podremos entregarnos a la tarea de reconstruir, en consonancia con la evolución de los tiempos que vivimos, los principales organismos rotos por la Revolución1 Hay dos organismos rotos por la Revolución Anticristiana. Uno es el Estado en cuanto Estado. El otro organismo es el que se refiere a la organización y regulación de la vida económica.

El primer organismo que es necesario restaurar, si se quiere detener al comunismo y sanear las instituciones contemporáneas, es el Estado. Hay que poner fin a la mentira del Estado democrático y liberal burgués. Es un Estado que, con el pretexto de la democracia y de la libertad, sirve a los intereses sólidos de la burguesía. En este Estado todo se convierte en tráfico de venalidad y enriquecimiento. La administración, la justicia, la vida militar, la vida pública y la vida privada, todo tiene precio.

La majestad de la autoridad pública al servicio virtuoso de la comunidad desaparece completamente de este Estado. Y esto es lo que es necesario restaurar: la majestad de la autoridad pública. En la concepción cristiana la autoridad viene de Dios y es responsable ante Dios. Todo poder viene de Dios, decía San Pablo. Por ello participa de la majestad divina. Por ello tiene fuerza de mando. Pero sólo es posible restaurar la majestad de la autoridad pública cuando ésta cumple con su fin propio y específico y se pone al servicio virtuoso de la comunidad. Virtud viene de vir y de vis. Vir significa varón. Vis significa fuerza. Virtuoso es el que tiene la fuerza del varón. La fuerza moral y también la fuerza física al servicio de la virtud. La autoridad pública es la fuerza física puesta al servicio de la fuerza moral que debe servir a la comunidad. Por ello en la autoridad pública, que es el ámbito de la política, la virtud y la fuerza están conectadas con la función pública.

La virtud y la fuerza son las virtudes propias del político y del militar. Y en los momentos culminantes de la historia de un pueblo, el político y el militar, el gobernante y el guerrero, llegan a identificarse en una misma persona física, que surge para establecer el imperio de la vida virtuosa en la comunidad. Muchos confunden, a veces a sabiendas, gobierno con majestad de autoridad pública, con gobierno despótico y aun tiránico. Sin embargo, nada más lejos de la tiranía que un gobierno que mantiene la majestad de la autoridad poniéndose al servicio virtuoso de la comunidad.

Nada más tiránico que el gobierno del Estado democrático liberal, que al ser sirviente de la plutocracia internacional, corrompe toda la vida nacional.

Es necesario, pues, reconstruir el primer organismo roto por la Revolución Anticristiana, devolviendo al Estado la majestad de su función, que consiste en el ejercicio de la autoridad para el ejercicio de la vida virtuosa en toda la comunidad nacional.

Pero no basta con llegar al fin en lo que respecta al orden público. Es necesario considerar también el ámbito del orden privado que se desenvuelve principalmente en las relaciones económicas de unos hombres con otros en la producción y distribución de bienes y servicios. Aquí la Revolución Anticristiana ha roto un organismo esencial que en todas las sociedades, tanto en la antigua como en la medieval, aseguraban la armonía de todos los que intervenían en el proceso económico. La Revolución Francesa, al suprimir en 1791, con la ley Le Chapelier, el régimen corporativo de profesiones, que aseguraba protección a toda la economía, en especial a los sectores más débiles, ha entregado a éstos a la voracidad de una economía de puro lucro. Lo cierto es que de entonces acá las cosas han variado y han podido organizarse los obreros y empleados en sindicatos que han logrado sensibles mejoras en las relaciones de trabajo. Pero son todavía sindicatos de lucha, como es todavía casi siempre de lucha la actitud de la clase patronal para con los trabajadores. La lucha de clases no la ha creado el socialismo. El socialismo la explota y agudiza, para provocar el estallido de la sociedad en que vivimos.

Pues bien, a la lucha de clases debe sustituirse la armonía y la colaboración. Por ello la Iglesia propicia como pieza maestra del orden económico cristiano la organización de las clases en un organismo económico, regional y nacional, donde se logra la armonía de la clase empresarial y de la clase asalariada sobre la base de la justicia templada por la caridad. Debe presidir la constitución y funcionamiento de esta regulación y organización de la economía nacional, el principio de que en la medida con que los diversos grupos sociales contribuyen a la producción de la riqueza nacional, deben participar en su distribución. Pío XII enunciaba este principio diciendo: “Es erróneo y funesto en sus consecuencias el prejuicio, desgraciadamente demasiado extendido, que ve en la producción industrial una oposición irreductible de intereses divergentes entre empresarios y obreros. La oposición es tan sólo aparente. En el terreno económico hay una comunidad de actividad y de intereses entre empresarios y obreros. Desconocer este lazo recíproco, trabajar por romperlo, no puede ser sino la señal de una pretensión de despotismo ciego e irracional.

Jefes de empresa y obreros no son antagonistas inconciliables. Son cooperadores de una obra común; comen, por decirlo así, de una misma mesa, pues viven, al fin de cuentas, del beneficio neto y global de la economía nacional”.

La organización de todas las fuerzas productoras debe reconstruir el organismo roto por la Revolución Anticristiana, y con ello ha de devolver a los pueblos la paz social.

La Revolución Anticristiana, que amenaza con sumergir al mundo en la esclavitud comunista, ha atacado las tres autoridades que mantienen el orden cristiano de la sociedad. La autoridad religiosa de la Iglesia Católica, columna y fundamento de toda verdad. La autoridad política del Estado, que con su majestad realiza la convivencia virtuosa de la comunidad. La autoridad económica del orden de las profesiones, que aunando económicamente todas las fuerzas que contribuyan a la riqueza nacional, asegura la paz social. Por ello, si se quiere atajar el avance comunista y sanar la actual sociedad enferma, es necesario restaurar de manera efectiva estas tres autoridades. No es posible el funcionamiento de una de ellas sin el funcionamiento armónico de las otras. No hay paz ni orden en el plano de las relaciones de trabajo sin paz y orden en el plano del Estado, como tampoco puede haber paz y orden en el Estado y en la vida sin la paz y el orden de los espíritus, que sólo asegura la Iglesia.

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“Mater et Magistra” y “Pacem in Terris” de Juan XXIII, versión acomodada a nuestro tiempo de la restauración pública cristiana

No han cambiado, como algunos piensan, en estos últimos años, las directivas de la Iglesia respecto a la restauración pública cristiana. Mater et Magistra y Pacem in Terris, documentos luminosos y admirables de Juan XXIII, exponen en tono pastoral, acomodado al lenguaje y mentalidad novísimos, lo que el Pontificado romano viene enseñando en forma insistente y continua desde los días de León XIII. Por otra parte, como lo señala repetidas veces el propio Juan XXIII, su enseñanza no hace sino insistir en normas de derecho natural que revisten, como es sabido, una constancia y trascendencia sobre las contingencias del tiempo.

En Pacem in Terris y Mater et Magistra se desarrolla un programa completo religiosocívico que comprende las reformas económicas y políticas que necesitan hoy los pueblos. Estas reformas, aunque muchas veces son específicamente económicas y políticas, no pueden quedarse en ese plano porque ni allí son posibles si no emanan de una rectificación, que ha de operarse en el mismo plano religioso. Por eso, uno y otro documento rebasan el plano de la economía y de la política para buscar en el mismo plano religioso las confortaciones sobre las que se sostiene todo el orden temporal. De aquí que Pacem in Terris, en su primer párrafo, comience por darnos la idea de totalidad del orden que Dios ha puesto en las cosas y la necesidad de ajustarse a él íntegramente: “La paz en la tierra, nos dice, en efecto, profunda aspiración de los hombres en todos los tiempos, no se puede establecer ni asegurar si no se guarda íntegramente el orden establecido por Dios”.

Este destacado relieve que se adjudica al orden establecido por Dios tiene una evidente significación: centrar todo el desarrollo de la encíclica en la idea directriz de “orden” que Dios ha establecido en las cosas y que también debe presidir las relaciones humanas. No son pues la “libertad” o el “automatismo de movimientos”, con que quieren los falsos sistemas del liberalismo y del comunismo asegurar la paz en la tierra, sino el orden, vale decir la recta disposición de las cosas en la jerarquía que le corresponde dentro de la totalidad del conjunto.

Por ello, Pacem in Terris, cuando examina el orden particular que ha de regir las relaciones de los hombres entre sí en su convivencia recíproca, o la de los mismos hombres con la comunidad política, o la de las distintas comunidades entre sí, o la de todos los hombres, familias y comunidades en el orden mundial, apela “al orden moral, cuyo fundamento objetivo es el verdadero Dios, o el bien común que se mide en último término por la razón de orden de la sabiduría divina”.

Por otra parte, todo el documento se halla impregnado y sostenido por la idea directriz de que la convivencia, que admite múltiples grados, ha de realizarse en la verdad, en la justicia, en el amor y en la libertad. O sea que es un orden propio de seres racionales y libres, hechos para respetarse mutuamente y para amarse, como seres emanados de un Ser que es Verdad, Justicia, Amor y Libertad.

Y como si esto no fuera suficiente, Juan XXIII no quiere cerrar el documento sin hacer referencia a Jesucristo, Príncipe de la Paz. “Como Vicario, dice – aunque indigno –, de Aquél a quien el anuncio profético proclamó Príncipe de la Paz, creemos que es obligación Nuestra consagrar todo Nuestro pensamiento, todo Nuestro cuidado y esfuerzo a obtener este bien en provecho de todos”.

Mater et Magistra se ciñe al plano económico-social y allí abarca todos los desórdenes que aquejan a los pueblos en la producción y distribución de las riquezas. Tres desórdenes fundamentales de la economía contemporánea señala allí el Pontífice: el desorden de dividir la sociedad económica en dos grupos disimétricos y antitéticos; de los cuales, el uno, aunque minoritario, retiene el mayor volumen y control de las riquezas, mientras el otro, mayoritario, apenas puede subsistir en forma decorosa; el desorden de crear disimetrías dentro de las distintas ramas de la economía, sobre todo con respecto a la agricultura, pues ésta queda deprimida mientras los otros sectores se desarrollan rápidamente; el desorden de crear situaciones disimétricas entre unas economías nacionales con respecto a las otras, pues las economías del centro alcanzan gran desarrollo de capital y renta, mientras las de los países periféricos se desenvuelven en niveles bajísimos, no alcanzando a satisfacer las necesidades elementales de la población. Si se examina con atención la Mater et Magistra, se advertirá que todos estos desórdenes se remedian proporcionando acceso, a los sectores en desventaja, al gobierno de la economía en los diversos niveles de la misma; o sea restituyendo la autoridad económica, hoy en manos exclusivas de un sector privilegiado, a todos los otros sectores que también contribuyen a la producción de las riquezas.

La Mater et Magistra no se hace la ilusión de imaginar que el problema económico de los pueblos pueda solucionarse en el plano puramente económico. Por eso, en la parte final del documento se hace referencia explícita a Dios, fundamento del orden moral, como condición necesaria para recuperar la justicia en las relaciones económicas. “Los preceptos de la moral, dice, y de la virtud, tienen su fundamento en Dios. Sin Dios, necesariamente caen por su base. El hombre no consta sólo de cuerpo, sino también de espíritu, que se percibe dotado de razón y de libertad. Y un espíritu así constituido pide necesariamente una ley moral, fundada en la religión, la cual sirve mucho mejor que cualquier principio o bien externo, para resolver las cuestiones relacionadas con la vida tanto de los individuos cuanto de las corporaciones de ciudadanos, dentro del ambiente nacional lo mismo que en el plano universal”.

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Una aplicación al orden nacional

Este programa de restauración de la Ciudad Católica que propone la Iglesia al mundo actual, y que descansa en la reconstrucción efectiva de las tres autoridades – la Religión, la política y la economía –, consideramos que tiene vigencia para resolver los problemas más urgentes de nuestra actualidad nacional.

Los problemas giran todos alrededor de la situación dialéctica que se ha creado en el país, al menos en forma aguda, desde 1955. Estamos de acuerdo en que el período peronista ha contribuido, a su vez, como factor preponderante en su producción. También hemos de estar de acuerdo en que, a su vez, la revolución que surgió en 1943 fue determinada por la situación inmediatamente anterior. Pero en política es inútil volver la mirada atrás y achacar responsabilidades. Tampoco queremos aquí hacer imputaciones. Sólo queremos situar con precisión los hechos que condicionaron la actual coyuntura del país.

El país se encuentra aprisionado por un juego dialéctico que lo trabaja como por una gran tenaza, uno de cuyos brazos son las clases pudientes en colusión con la finanza internacional, y el otro se concentra en las clases populares. Todo el esfuerzo comunista se concentra en presionar sobre uno de los brazos, el de la clase pudiente, para que efectúe una política antinacional y antipopular. Esta política, que determina una opresión cada vez más fuerte sobre el pueblo y la nación, origina una reacción. Estos acusan a la otra parte de imperialista y explotadora. El comunismo, con su inmenso aparato de propaganda, exacerba esta reacción popular, la que a su vez determina al brazo de la clase dirigente a tomar medidas de defensa, incluso militares y policiales, contra una pretendida penetración comunista en el otro brazo de la tenaza. Así el proceso se agudiza. Un brazo de la tenaza determina la acción del otro brazo, y el aprisionamiento del país se hace cada vez más estrecho, sin esperanza de solución. Y hay quienes de buena fe, con el propósito de combatirlo, desarrollan el comunismo.

En este error ha incurrido de un modo abierto nuestro ejército. Sabido es que la enseñanza técnica militar que se dispensa desde hace un lustro en el Ejército gira alrededor de cómo enfrentar la guerra revolucionaria que utiliza hoy el comunismo para apoderarse de los países. Lenin, Mao Tsé Tung y Ho-Chi-Minh, del Viet-Minh, son los grandes estrategos de esta guerra revolucionaria.

Y como el ejército francés ha tenido que enfrentar particularmente esta clase de lucha, el Estado Mayor del ejército argentino ha requerido la enseñanza de militares franceses especialistas en esta clase de guerra, para el adiestramiento de nuestras unidades. Hasta aquí todo parece perfecto.

Pero el problema está en determinar contra quién se emplean los métodos de defensa contra la guerra revolucionaria. Porque una cosa es emplearlos contra el comunismo, y otra, muy diferente y contraproducente, emplearlos contra la masa pacífica de la población. Pues bien, en este error se ha incurrido. Es difícil determinar si a sabiendas o no. Aunque difícil también sea disipar toda sospecha dado los antecedentes de los que han tenido la conducción de este asunto. El hecho es que se han aplicado los métodos de defensa contra la guerra revolucionaria comunista, como si nuestra masa trabajadora estuviera en una guerra revolucionaria comunista. Y con ello se ha hecho avanzar al comunismo de un modo prodigioso.

Es cierto que el comunismo avanza en el país. Pero por ahora el avance lo efectúa en el campo económico-político. No precisamente en el campo religioso ni en el campo militar. Primero en el campo económico-político, luego en el campo cultural. Por tanto, el comunismo debe ser contrarrestado y combatido en esos campos. No suceda que combatiéndolos en otros campos y con otras armas, no sólo no se lo contrarreste con eficacia, sino que se ayude a desarrollarlo.

Para combatir al comunismo en la Argentina, hay que romper el juego dialéctico de esa tenaza infernal que separa y opone a las clases sociales.

Hay que darle categoría a la clase laboral para que se organice en sus gremios y sindicatos, con derecho propio, y pueda, de igual a igual, tratar las condiciones de trabajo con la otra clase, la empresarial. Condiciones de trabajo con respecto a la seguridad, al buen trato, y, finalmente a la justa remuneración, son los tres puntos que debe contemplar el contrato laboral para que el sector asalariado se sienta protegido en su trabajo, que representa para él una necesidad y un derecho vital de primera importancia. Primero que sepa que el trabajo le está asegurado. Como es sabido, esta seguridad es más importante para el asalariado que el mismo salario. Preferible un trabajo seguro de menor remuneración, que otro de mayor remuneración pero que no ofrece garantías de seguridad.

Conocida también es la situación incierta del obrero y del empleado argentinos a este respecto, desde hace unos pocos años, a pesar de la seguridad formal que pueden ofrecer las leyes.

El segundo punto, buen trato en el trabajo, es también sumamente importante, porque hace a la dignidad de la persona., que es un valor moral que no puede ser evaluado en dinero.

Finalmente, en lo que hace al monto de los salarios y sueldos en el país, en estos momentos [marzo de 1961] la situación del sector asalariado no puede ser más injusta, y, por lo mismo, generadora de malestar social. En efecto, sobre la renta nacional corresponde a sueldos y salarios el 40 %, cuando en los Estados Unidos corresponde el 66 % y en Europa continental el 60 %. Nuestra masa asalariada se encuentra en una situación de flagrante injusticia que clama al cielo. Téngase en cuenta que hace doce años atrás, cuando el sector asalariado se sentía satisfecho en lo que a remuneración se refiere, percibía un 55 % de la renta nacional, es decir, todavía menos de lo que se paga en Estados Unidos y en Europa continental. Lo que recibe hoy, el 40 % de la renta nacional, es poco más o menos lo que percibía antes de la revolución del 43. Por eso aquella Revolución fue aclamada por el pueblo y mereció su más completo apoyo.

Nuestras clases pudientes deben comprender que el estado de evidente injusticia a que están sometiendo a nuestra masa asalariada acabará, de un modo o de otro, por producir un nuevo 17 de Octubre, pero ya éste no podrá cumplirse ni se cumplirá como aquél en un clima fascista, sino en un clima comunista. No es necesario ser profeta para vaticinar que, más tarde o más temprano, de seguir las cosas así, se ha de producir un pronunciamiento popular de signo y de carácter muy sombrío. Que las fuerzas oscuras que manejan el juego dialéctico a que han sometido al país estén buscando y aprovechando este pronunciamiento, nada más lógico; pero que nuestras clases dirigentes, que habrán de ser sus primeras víctimas, no lo adviertan, parece sencillamente increíble.

Pero la reconstrucción de esta armonía en el plano económico no es posible; dicho de otro modo, no se puede romper esa tenaza que divide, en dos campos de lucha, a la clase productora, si al mismo tiempo no se procura la reconstrucción del otro organismo roto, que es el Estado. Porque el Estado actual, aun como Estado – mucho peor si además se halla en manos de un agente de disociación que gobierna a base de disociación –, es un factor de división y anarquía. Y hoy en el país, el Estado perturba particularmente el plano de las relaciones de trabajo con un plan económico, impuesto por la fuerza política, que significa contracción de la economía. El producto bruto nacional se ha reducido. Ello determina una agudización de la lucha social. No hay razón valedera que justifique tal plan, impuesto artificialmente, por no decir criminalmente.

Este plan, fundado en los principios de la economía liberal, podría funcionar con eficacia en un país altamente desarrollado. Porque al reducir el consumo de las clases populares puede aumentarse la capitalización industrial, y con ello determinar una mayor exportación de productos, que asegure el saneamiento y equilibrio de la balanza de pagos. Pero como lo ha demostrado Gunnar Myrdal en Teoría Económica y Países Subdesarrollados (Fondo de Cultura Económica, Méjico, 1959), no tiene eficacia en los países subdesarrollados por cuanto no pueden éstos aumentar la exportación de sus productos agropecuarios, ya que no los absorbe el mercado internacional, y en consecuencia el menor consumo de las clases populares no hace otra cosa que contraer la producción interna y toda la economía. Este plan no hace sino precipitar velozmente el proceso del comunismo, porque apura el juego dialéctico de la tenaza en la que el país está aprisionado. De nada vale que las fuerzas económicas intenten romper el juego dialéctico si éste es impuesto y fomentado por el Estado. Además hay que reconstruir un Estado que no sólo rompa el juego dialéctico, sino que busque la armonía de los grandes grupos sociales.

Es necesario, por fin, un Estado que cumpla su razón de existencia y de funcionamiento; y que en un momento en que el país es arrastrado por el comunismo, no sólo por el juego dialéctico, sino por los agentes comunistas provocadores, que colocados en puestos clave de la vida y de la administración pública, exacerban ese juego y lo explotan, es necesario un Estado que individualice perfectamente esos focos de penetración y que los reprima con eficacia. No suceda que ese falso Estado, haciendo profesión de anticomunismo, golpee en focos falsos y aliente y financie los verdaderos.

Sólo así, con la reconstrucción de esos dos organismos rotos por los ataques de las fuerzas diabólicas de la Revolución, podrá nuestra nación – y el mundo entero – no sólo hacer frente al comunismo y detener su avance, sino emprender la ruta de grandeza de un pueblo sano y cristiano.

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Carácter condicionado del poder comunista

En nuestra tesis, aunque asignamos poderosa fuerza a la Revolución, y, en consecuencia, al comunismo, se la asignamos en forma condicionada en atención a la debilidad de la vida cristiana privada y pública de los pueblos. La Revolución Anticristiana es fuerte porque la Ciudad Católica es débil. Si los pueblos se deciden con fortaleza a vivir la plenitud de su vida cristiana, la Revolución será vencida. Las palabras de Cristo son palabras de vida. “Tened confianza. Yo vencí al mundo”32. “¿Quién es quien vence al mundo sino el que cree que Cristo es el Hijo de Dios?”33.

La Ciudad Católica de que nos habla con elocuencia e insistencia el magisterio pontificio desde hace ochenta años no es un mito o un ideal inalcanzable, sino que es una verdad operativa que comporta la única solución realmente válida del drama que está viviendo la humanidad. O la humanidad retoma el camino, abandonado hace cinco siglos, de Plenitud de Cristianidad, o se abisma más profundamente en un estado de caos y de terror que podrá asumir formas más o menos análogas a las que presenta el comunismo actual. Cristo es la única salud de los pueblos. No hay otro hombre con el cual podamos ser salvos”34. Estas palabras valen para todos los hombres. Valen para la civilización humana.

Pero pensamos también que la Revolución Anticristiana va a ser vencida y que la Ciudad Católica florecida en una versión nueva, acomodada al progreso técnico de nuestro tiempo, es una realidad hacia la que caminamos.

Reconocemos la crisis del momento en que vivimos y que viene siendo denunciada sistemáticamente por los más lúcidos pensadores desde hace más de cincuenta años. Pero pensamos que la providencia guía los pasos de los pueblos y que los encamina suave, pero firmemente, a fines nuevos de Cristianidad. Pensamos que Dios ha de iluminar con fuertes auxilios al hombre, para que sortee los peligros que por todas partes hoy le amenazan y para que arribe a una era de paz y de bonanza. Aunque el momento actual no puede ser más crítico, todo hace presagiar días próximos de paz. Esta misma crisis está obligando al hombre a entrar dentro de sí y a considerar profundamente su destino. La crisis acentúa la tensión entre la vanidad del progreso técnico y la realidad substancial de los valores auténticamente humanos, que no se encuentran sino en Dios. No se trata de despreciar el progreso técnico. Se trata de advertir que es vano y aun perjudicial, si no va acompañado de un progreso en el interior del hombre. Sólo el contemplativo de Dios puede servirse provechosamente de las cosas terrenas. Es cierto que no todos los hombres pueden ser contemplativos de Dios. Pero en una humanidad, en la que haya grupos activos encargados de los más diversos menesteres, no ha de faltar un pequeño pero eficaz grupo dedicado a la contemplación de Dios que eleve el tono de la comunidad, que le confiera fisonomía, que levante toda la vida del hombre al Fin supremo que da sentido y orientación a todas sus actividades.

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De la aceptación del comunismo, en virtud del sentido de la historia

Frente a éste nuestro planteo, muchos dan por descontado que tras el mundo liberal burgués, que va declinando, implantará sus reales en la historia el mundo marxista-proletario en marcha. Se trata, entonces, de ser sensible al sentido profético de los tiempos y de situarse ya, desde ahora, en el clima de las realidades que advienen. Dejar a los muertos que entierren a sus muertos, tomar conciencia de las inéditas perspectivas en que entramos y acelerar el proceso para que, cumpliéndose éste bajo nuestra previsión, sea menos violento su desarrollo y más propicio a un ordenamiento aceptable de valores. Es éste el error tan común y difundido entre católicos, del “progresismo”.

Este error reviste una u otra envoltura de ideas, de acuerdo a la concepción que de la vida se forja cada uno. Por esto, cuando ella prende, el político se convierte en aprendiz revolucionario, el sacerdote en agitador obrero – el caso de muchos prêtres-ouvriers –, el literato en fermento de disolución social, y el burgués cobra pánico ante la inseguridad e incertidumbre del porvenir.

La gravedad de la actitud que se tome – y los perjuicios que ella puede ocasionar – será tanto más grande cuanto mayor la calidad de la tarea que cada cual realiza. Por esto merece particular atención la actitud del teólogo cuando, urgido por esta aprehensión, insinúa una nueva teoría sobre las relaciones del cristianismo frente al marxismo.

“La condición del proletariado es tal entre nosotros – escribe el gran teólogo Ives Congar –35 que ella es inseparable de su lucha por su liberación. ¿Es posible, entonces, estar con él, aun como Iglesia, sin acompañarlo en un combate con respecto a las exigencias del Evangelio y de la liberación, trascendente, es cierto, y total, pero real y concreta, que nos trae Jesucristo? No se puede evitar el plantear la cuestión del sentido cristiano de la historia y el llevar esta cuestión del plano puramente personal y espiritual de salvación al plano colectivo de la historia terrestre. No se puede evitar el encuentro del marxismo, no como teoría solamente, sino como fermento concreto de lucha obrera, cuotidianamente presente y activo”.

“Existe ya el mundo moderno, y ya de su seno un mundo nuevo quiere nacer, cuyas caracteres se anuncian bastante claramente: las condiciones de la vida serán allí ampliamente socializadas, tecnificadas. Corresponderá, ciertamente, a los cristianos el hacer valer allí las exigencias de la persona, del ser hecho a imagen de Dios, capaz de vocación y de amor. Pero deberán aceptar este mundo para poder dar a luz la respuesta y la salud de Cristo en él, al nivel y según las dimensiones de sus requerimientos”36.

Hasta aquí el P. Congar, en un largo artículo, en el que se empeña en valorar el esfuerzo de lo que él llama “le mouvement religieux du catholicisme français contemporain”, esto es, de aquel sector del catolicismo francés que, heredero del catolicismo liberal del siglo pasado, está ahora empeñado en simpatizar con el comunismo del mundo laico-proletario, así como antes trabó alianza con el liberalismo del mundo laico-burgués. Porque en esta opinión el cristiano debe estar pendiente del sentido de la historia, pues debe “tratar de hacer nacer de nuevo el catolicismo como respuesta en el seno de un mundo donde recibe una tarea inédita de la mano de Aquél que es el dueño de la historia”37.

A la cuestión aquí propuesta queremos responder con las siguientes cuestiones. Aunque el sentido de la historia reclamare hoy la socialización y tecnificación de la vida, no habría por ello que aceptarlos. Porque el desarrollo de la historia profana no es la razón de la historia. El cristianismo no debe evadirse de su tiempo ni sumergirse en él, sino que ha de marchar como peregrino en el tiempo mirando a la eternidad.

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Sobre la aceptación del mundo laico-proletario

Comencemos por la primera cuestión. Es un hecho que desde la primera guerra mundial el proceso de socialización y tecnificación de la vida ha progresado aceleradamente. Observemos previamente que tecnificación no coincide con socialización. Nada impide, en efecto, una alta y progresiva tecnificación puesta al servicio de una sociedad organizada sobre la libertad de la persona individual. La técnica no importa en su concepto sino la elaboración de instrumentos que se interpongan entre el hombre y la nuda naturaleza. De suyo, no es más que un medio para dominar las fuerzas naturales. Sin la técnica, el hombre cae bajo la dominación de la naturaleza y de sus fuerzas, y se convierte en un puro elemento, como el rayo, el fuego y la piedra. El salvaje es un elemento natural, o porque no tiene técnica o porque la tiene muy rudimentaria.

Pero la técnica puede estructurarse de tal manera que se convierta en instrumento del hombre, útil para los fines de su vida, o puede, en cambio, adquirir un desarrollo tan desorbitado que absorba estos fines, se convierta ella en el fin mismo de la vida humana y haga del hombre un mero apéndice suyo. En este caso la técnica habrá llegado a ser toda una maquinaria, con consistencia propia, que habrá devorado al hombre. Pero entonces el hombre habrá claudicado antes para dejarse devorar. Habrá perdido su personalidad y su señorío. Porque si conservara su condición auténtica de dominador de las fuerzas naturales, también habría de conservarla sobre las artificiales de la técnica, que no son sino la transformación por él efectuada de estas mismas fuerzas naturales.

Si el salvaje clásico es un elemento natural, el salvaje civilizado – valga la paradoja – es un elemento de un aparato técnico. Ni uno ni otro alcanzan la dignidad de señor en que fue constituido el hombre por Dios, como dominador del mundo de las cosas.

La tecnificación coincide con la socialización cuando el hombre, después de haberse socializado en su espíritu, se aplica al desarrollo de la técnica. Forja, entonces, una técnica para un hombre espiritualmente socializado. El hombre actual es un caso típico de este fenómeno. Conviene advertir una vez más que el hombre laico-burgués de la ideología liberal, al haber perdido las instancias superiores de la vida espiritual, es un colectivista en germen. Por esto, al aplicarse a la elaboración técnica, acaba inevitablemente en la socialización. De aquí que socialización y tecnificación sean una misma cosa en un mundo que se confiesa laico. Y si el laico burgués del siglo XIX adquirió una técnica grande sin socializarse, se debió a que vivía todavía en las realidades profundas de su vida, de instancias espirituales heredadas del pasado.

Hecha esta aclaración recojamos el hecho de que la socialización y tecnificación de la vida se ha implantado ya en un área dilatada de la humanidad; y también que en todos los pueblos aumenta rápidamente la socialización y tecnificación de la vida. Con respecto a los Estados Unidos, que es el pueblo que se proclama libre por excelencia, este hecho ha sido denunciado repetidas veces38.

No hay por qué detenerse a examinar el grado de verdad que haya en la afirmación de que si las cosas continúan en el ritmo que actualmente llevan, las condiciones de vida del mundo de mañana habrán de ser “ampliamente socializadas, tecnificadas”39. Lo que no aparece con igual claridad es la conclusión que de este hecho se pretende sacar. “Pero se deberá aceptar este mundo…”, se dice. ¿Por qué, preguntamos, se deberá aceptar? ¿Acaso porque habrá que vivir irremediablemente en él y no se podrá vivir en otro? Si así fuera, el P. Congar, que en su artículo censura a los que no quieren aceptar este mundo, tendrá que reconocer que también éstos tienen que vivir irremediablemente en este mundo a pesar que rehúsan aceptarlo. Luego el aceptarlo implica otra cosa, y bastante más que verse forzado a vivir en un mundo en el cual no se quiere vivir.

Porque la aceptación de ese mundo implica en este caso la conformidad con él y un estado de paz con él. Precisamente lo que entendemos que no puede admitirse.

En primer lugar, por una razón de orden general, a saber: que cada uno, dentro de la propia esfera, debe esforzarse por vivir su vida de acuerdo no precisamente a la historia, sino a las exigencias de su dignidad de hombre y de cristiano. Las normas morales que rigen la vida del hombre derivan de principios permanentes fijados próximamente por la razón humana, y en último término por la sabiduría divina. Y es claro que estos principios deben chocar con una sociedad socializada y tecnificada. Porque la socialización y tecnificación de la vida es un principio de perversión que destruye el modo de ser esencial del hombre. Es cierto que el hombre es un ser social. Pero primeramente es personal, y lo es incluso en sus relaciones sociales y políticas. Lo social y político es algo que, sin destruir su condición personal, se suma a ella.

En cambio, cuando se lo socializa, se sujeta al hombre a un módulo de vida colectivizada que conspira contra este carácter personal de su vida. Y cuando se lo tecnifica, se lo sujeta igualmente a la condición de apéndice de una máquina. Entre el principio de la personalidad y el de socialización y tecnificación de la vida hay una esencial incompatibilidad; de manera que si alguien quiere conformar su vida, como corresponde, al primer principio, no puede aceptar este segundo en ningún grado. Y el simple hecho de que acepte el primero ha de implicar un choque de su vida con las estructuras de una sociedad socializada y tecnificada. En la medida en que esa sociedad fuera aceptada se produciría una claudicación de las exigencias más profundas de su condición de persona humana, y, con mayor razón, de su carácter de persona cristiana.

Pero además de esta razón de orden general hay otra de especial fuerza para el planteo que consideramos. En efecto; en virtud de las exigencias del sentido de la historia, se nos exhorta a aceptar el “nuevo mundo que quiere nacer, cuyos caracteres se imponen y donde las condiciones de vida serán ampliamente socializadas, tecnificadas”40. La sociedad de que se habla, por mucho que sea ampliamente socializada y tecnificada, no lo podrá ser en grado tal que haga imposible la práctica cristiana. Pues en tal caso ¿cómo podría insinuarse la legitimidad de su aceptación? Ello implica que esa sociedad estaría sujeta a una cierta socialización y tecnificación, la cual no sólo no comprendería la ateización, sino que dejaría amplio margen a la profesión del culto religioso.

Pero aquí se impone preguntar: ¿en virtud de qué se invoca el sentido de la historia, como si el proceso de socialización y tecnificación de la vida se ha de ir dulcificando? Porque la dinámica de los errores modernos, nos dice, por el contrario, que éstos llevan en los últimos doscientos años un camino cada vez más catastrófico.

Dos libros relativamente recientes ponen de relieve con incontrastable fuerza este hecho.

L’homme révolté, de A. Camus, y La Liberté, pour quoi faire?, de Bernanos. Camus muestra cómo la actual sociedad no marcha hacia cierta socialización, regulable a placer de los teólogos, sino a un socialismo absoluto, que se mueve sobre el presupuesto cierto de que el hombre es infinitamente plástico, sin ninguna naturaleza humana, sino entregado al puro fluir histórico. Marcha hacia un socialismo en que cada ser humano, partícula del gran Monstruo Colectivo, no debe tener otra reflexión que la del reflejo condicionado que provenga de la Central del Monstruo. Allí cada hombre individual debe llegar a ser, dentro del todo social, un puro juego de fuerzas sometido a un registro prolijamente calculado.

El socialismo, monstruo del terror racionalizado, no puede aparecer en cualquier momento de la historia humana, sino cuando ésta ha alcanzado un determinado grado de degradación. Cuando ha perdido el sentido de Dios, el sentido de la majestad de la autoridad pública, el sentido de la santidad de la familia, el sentido de la dignidad personal del hombre. El comunismo es término y resultado de un secular proceso de degradación en que la sociedad desligada de los valores sobrenaturales, encarnados en el sacerdocio, de los valores de dignidad política, encarnados en la nobleza, de los valores de la eficacia económica, encarnados en la burguesía, explota los bajos instintos del resentimiento de las clases más desheredadas pretendiendo edificar sobre el odio de éstas todo el edificio social.

¿Qué queda del hombre cuando se le despoja de su dignidad religiosa, de su dignidad política, de su dignidad económica, sino un átomo desintegrado? Quienes más profundamente se perjudican con esta degradación progresiva son las inmensas multitudes, colocadas en el grado ínfimo de la escala social, las cuales, al no encontrar en sí mismas el principio de dignificación ni recibirlo, como antes, de los grupos depositarios de cada una de esas dignidades, quedan en una condición cada vez más infortunada. El absurdo perverso y nefasto del socialismo estriba precisamente en que quiere nivelar por debajo todos los valores y clases sociales. Todos los hombres igualmente ateos, todos igualmente libres de ataduras políticas, todos sin propiedad económica; vale decir, todos proletarizados, esto es, desintegrados. Y como los átomos desintegrados no pueden coexistir solos, un poder férreo, duro, implacable, les obliga a agruparse en un gran Todo, homogéneo y colectivo, fundado y sostenido en el terror permanente.

Ésta es la sociedad socialista, resultado lógico e inevitable de las causas de disolución que viene poniendo el hombre hace ya cuatrocientos años. Ésta es la sociedad conforme al sentido de la historia, a cuya aceptación se nos exhortaría.

Bernanos ha visto bien, en La liberté, pour quoi faire?, que la actual sociedad europea, resultado lógico de la dinámica histórica, no es sino un cadáver. Y como cadáver, aunque inanimado, no es cosa inerte. Por el contrario, el cadáver está tembloroso, vibrante, hirviendo en mil combinaciones nuevas, cuya absurda diversidad se refleja en el ebullir matizado de la podredumbre.

El cadáver en descomposición se parece mucho – si puede parecerse a algo – a un mundo donde lo económico ha prevalecido decididamente sobre lo político, y que no es sino un sistema de antagónicos intereses inconciliables, un equilibrio sin cesar destruido, cuyo punto debe ser buscado cada vez más abajo. El cadáver es mucho más inestable que el viviente; y si el cadáver pudiera hablar, se envanecería, ciertamente, de esta revolución interior, de esta evolución acelerada que se traduce por fenómenos impresionantes, por emanaciones y agitaciones sin número; una caída general de los tejidos en igualdad perfecta haría avergonzar al viviente de su relativa estabilidad, lo trataría de conservador y aun de reaccionario, porque – en esto hay que acordarle justicia – toda reacción es esencialmente imposible… Sí, suceden muchas cosas, enormidad de cosas en el interior, o aun en el exterior del cadáver; y si pedís la opinión a los gusanos, y si fuesen ellos capaces de dárosla, os dirían que están empeñados en una prodigiosa aventura, la más audaz, la más total de las aventuras, una experiencia irreversible. Y con todo, no es menos verdad que un cadáver no tiene historia, o, si preferís, su historia es una historia admirablemente conforme a la dialéctica materialista de la historia. No hay allí sitio para la libertad, aun bajo cualquier forma; allí el determinismo es absoluto. El error del gusano, todo el tiempo que el cadáver lo alimenta, es hacer de la historia una liquidación41.

Ésta es la descripción exacta del estado de abyección en que ha caído la desgraciada sociedad europea, que ha renegado primeramente de Dios y luego, lógicamente, también del hombre. Porque si no existe el Creador, tampoco puede existir la creatura. Cuando la realidad pierde su consistencia, el nihilismo más absurdo se entroniza en su lugar. El imperativo del destino histórico, obra de la insensatez continuada durante cuatro siglos, exige hoy que el hombre termine en esta ebullición de podredumbre cadavérica. Y si Dios no lo remedia, pronto el silencio de montones de esqueletos humanos – ya no el cadáver, sino desnudos huesos – reinará donde otrora florecía la civilización de los pueblos de Europa. A la desintegración espiritual del hombre corresponde su desintegración física. La bomba atómica, creciendo en poderío desintegrador, amenaza sacudir hoy los cimientos mismos del universo cósmico. Técnica y terror racionalizado del socialismo marchan paralelos.

Frente a estas sociedades, destructoras de Dios y del hombre, qué debe hacer el cristiano, si le toca vivir en ellas, sino aceptar, sí, la voluntad divina, que quiere que allí se dé su testimonio; pero no aceptarlas a ellas, porque con todo el dinamismo de su ser y de su vida orientada hacia Dios, centro de integración y de vida, estará proclamando la majestad de Dios y la ruindad de una sociedad que camina a la nada. Pregúntese a los cristianos que viven hoy enterrados en las democracias populares si aceptan esas sociedades socializadas y tecnificadas. Cuando se los quiere obligar a renegar de los divinos mandatos, saben oponerse heroicamente, y además saben buscar y aprovechar todos los resquicios que deja abierto todavía un socialismo no suficientemente socialista, para dar testimonio de la verdadera libertad, para confesar al Dios vivo y para burlar el aplanamiento que esa máquina monstruosa realiza contra todos los actos creadores de la vida. Si no pueden menos, y aceptan la socialización y tecnificación de la vida, en lo que es compatible con los derechos de Dios, será como expiación y redención por los propios pecados y por los de sus hermanos.

Porque el cristiano entiende que el desarrollo catastrófico de la humanidad, naturalista en los siglos XVII y XVIII, liberal en el XIX y socialista en el XX sigue una dialéctica de perdición porque el hombre ha preferido abrazar la causa del Príncipe de este mundo. Pero, a su vez, Dios permite esta corrupción de la historia profana porque ésta no tiene en sí la razón de la historia.

Examinemos esta segunda cuestión.

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La razón de ser de la historia profana

Pareciera, a pesar de lo dicho, que una actitud más complaciente del cristiano con esa realidad de hechos que le es ofrecida le crearía un clima de simpatía para dar en ese mundo una respuesta que sería mejor recibida. Porque cierto es que el universalismo cristiano tiene una respuesta inédita para ese mundo. Y cierto también que una repulsa a aceptar ese mundo pareciera encerrar como una aspereza frente a aquellos que deben ser los destinatarios de dicha respuesta y como una rebeldía contra el Señor de la Historia, que si en sus planes providenciales dispuso esa hora histórica, es porque ella es de alguna manera querida por su voluntad soberana.

Pero el problema no es dónde hay que dar la respuesta ni cómo hay que darla. Porque la respuesta hay que darla siempre en el mundo en que Dios nos coloca, a saber: en aquel contorno, en aquellas circunstancias y coyunturas en que estemos situados y cuya modificación no depende de nosotros. Pero que debiéramos modificar si estuviera ello en nuestras manos; que debemos modificar en la medida en que lo esté; y que ciertamente modificamos en alguna medida, aunque expresamente no nos lo propongamos, si influimos en ese mundo con las normas que para esas circunstancias prescribe el sentido cristiano. Tampoco está el problema en cómo hay que dar la respuesta. San Pablo señaló por anticipado la actitud del cristiano frente a los más diversos acontecimientos de la vida. “¿Quién nos arrebatará al amor de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada?”42. El problema está en la naturaleza de la respuesta que hemos de dar. ¿Qué significado tiene para nosotros ese pedazo de historia profana ante el que estamos situados? Se nos dice que el mundo laico-burgués del siglo pasado estaba en el sentido de la historia. Que el mundo laico-proletario, fermentado por el marxismo, está asimismo en el sentido de la historia. Podría decirse asimismo que la apostasía universal de los pueblos con la manifestación del hijo de la iniquidad, de la que habla el Apóstol43, está también en el sentido de la historia. Igualmente lo está la “parusía” del Señor Jesús, a que se refiere en ese mismo pasaje el Apóstol.

De aquí se desprende que acontecimientos tan dispares y de significación tan opuesta como la apostasía de los pueblos y la “parusía” del Señor pueden estar igualmente “en el sentido de la historia”, y sin embargo exigir una adhesión de signo totalmente opuesto. Lo cual demuestra que el cristiano no ha de vivir pendiente del momento de la historia, sino del fin de la historia, porque es este fin que da el sentido auténtico que se debe asignar a cada momento de la historia. Este fin de la historia ha de registrar el verdadero progreso del acontecer de la historia, y, en consecuencia, en qué medida se ha de apreciar y se ha de impulsar y transformar el movimiento mismo de la historia.

Para el cristiano, la historia no es un eterno retorno. Tiene un comienzo, tiene un fin y está marcada en sus etapas culminantes por el dedo de Dios, que le fija un sentido. Lejos de ser el incesante torbellino de juguetes vivos, hermosos y bien fabricados que el espíritu universal construye, destruye y rehace44, toda ella arranca del principio, en que fue creado libre el hombre, y corre a la consumación del mismo hombre. La historia ha de acabar cuando el último de los hombres que entre en el seno de Dios deje el mundo presente. Porque la historia es para el hombre.

Pero no para cualquier hombre, sino sólo para aquel que realice en sí la plenitud de la perfección humana. Y como la perfección humana no se obtiene ni se consuma sino en la posesión de Dios, sólo es hombre en sentido auténtico y cabal aquél que vive en Dios y de Dios. Para este hombre, para los elegidos que han de vivir eternamente en Dios, creó Dios el mundo, y por ellos lo hace marchar. Los réprobos, en cambio, no alcanzan a la perfección de hombres, o, si se quiere, son hombres degradados que se parecen más a los individuos corruptibles de las especies zoológicas.

Refiriéndose a los elegidos, dice con fuerza el Apóstol45: “Todo es vuestro, ya Pablo, ya Apolo, ya Celas, ya el mundo, ya la vida, ya la muerte, ya lo presente, ya lo venidero, todo es vuestro, y vosotros de Cristo y Cristo de Dios”. He aquí el legítimo humanismo. Todo es para el hombre. Para los hombres perfectos que se asimilan con Dios. “Los otros hombres que no han querido labrar la plenitud de su perfección no tienen en sí razón de la propia existencia, sino que ésta se justifica en ellos sólo como medio de hacer posible la salvación de los predestinados”46.

Todo es para el hombre. El mundo cósmico, el mundo de los hombres, y aun, de alguna manera, el mundo de los ángeles. “Para la última perfección que se ha de lograr cuando sea completado el número de bienaventurados, dispuso Dios diversos movimientos y operaciones de las creaturas; algunas naturales como el movimiento del cielo, y las operaciones de los elementos por medio de las cuales se prepara la materia para la recepción del alma racional; algunos también voluntarios, como los ministerios de los ángeles que son enviados por causa de los que han de recibir la herencia de salud. De donde una vez obtenida la consumación de éstos, y ya asegurada de modo inmutable, cesarán para siempre las cosas que estaban a ella ordenadas”47.

El movimiento del mundo, particularmente del mundo de los hombres, constituye la historia.

Pero el movimiento nunca tiene en sí mismo la razón de sí. “Por el movimiento, con el cual Dios mueve las creaturas corporales, se busca y se intenta otra cosa que está fuera del movimiento mismo, a saber: completar el número de los elegidos, el cual, una vez obtenido, cesará el movimiento, aunque no la substancia del mundo”48. En la perspectiva con que, desde la eternidad, se ve la marcha del mundo, ésta se ha de detener cuando se alcance un punto prefijado. La substancia del mundo no va a ser aniquilada; pero la medida del movimiento que esta substancia lleva en la actualidad sufrirá un paro. El mundo actual no tendrá, entonces, razón de existir. Y “vendrá el día del Señor como ladrón, y en él pasarán con estrépito los cielos, y los elementos, abrasados, se disolverán, y asimismo la tierra con las obras que en ella hay”49. Todo en función del hombre. Como asimismo la resurrección de los cuerpos, la “parusía” del Hijo del hombre, y “los otros cielos nuevos y la otra tierra nueva que esperamos”50.

Todo es vuestro. Pero vosotros, de Cristo. Y Cristo no está al final, sino en el centro de la Historia. El misterio de su muerte-resurrección y ascensión atrae hacia sí la historia humana. Lo de antes y lo de después. El teólogo protestante Cullmann ha acentuado cómo en este misterio se ha cumplido ya el acontecimiento cumbre de la historia51. Ya no hay lugar a ningún mesianismo. Ya no se debe mirar tampoco hacia adelante, sino hacia Cristo, presente, quien actualiza y completa la plenitud de su cuerpo. La historia está centrada en torno del Cuerpo Místico de Cristo, de la Cabeza y de los miembros. El hecho importante que se está cumpliendo es la edificación del Cuerpo de Cristo, hasta que todos alcancemos la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, cual varones perfectos a la medida de la plenitud de Cristo52.

Desde la resurrección de Cristo hasta el último hombre elegido que complete la plenitud de su Cuerpo, la Iglesia o la obra de Dios en el mundo está en estado de tensión, de vela, aguardando al Esposo53, en estado de misión: “será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, testimonio para todas las naciones, y entonces vendrá el fin”54.

La historia profana, considerada en sí misma y con independencia de la historia divina, no sólo no es verdad, sino mentira, barbarie y catástrofe. Por esto la historia moderna, que se ha rebelado contra el principio sobrenatural y que ha querido llenar toda la realidad del hombre, viene cayendo, desde hace siglos, de precipicio en precipicio. Y el socialismo y la tecnificación de la vida humana señalan una de las simas más bajas a que pueda descender el hombre, y que ciertamente acabará con el hombre si no se produce una intervención divina personal y soberana. Esta intervención habrá de producirse si el plan divino de la edificación del Cuerpo de Cristo así lo demandare. La razón humana no puede moverse aquí si no en un plano puramente conjetural, porque “inescrutables son los caminos de Dios”55. Pero los mismos Libros Santos señalan bastante claramente que Dios sostiene la substancia profana de la historia para que se cumpla la obra misionera de la Iglesia, llevando el Evangelio a todas las naciones. Y entonces vendrá el fin y consumación de la humanidad.

De manera que en un momento de la humanidad en que la soberbia del hombre ha desalojado a Dios de la tierra – Dios ha muerto –, y en que el hombre se cree Señor de la vida y de la muerte y no vive sino para inventar máquinas de destrucción cada vez más mortíferas, la única razón de alimentar una esperanza en favor de esta humanidad, que se ha cerrado todos los caminos de la misericordia, está en que “esta socialización y tecnificación de la evangelización de la vida” cumple un papel en el plan divino de la evangelización de los pueblos. El comunismo y la tecnificación sobreviven porque de alguna manera el Evangelio los sostiene.

Es claro que de aquí no hemos de concluir que debemos aceptar la socialización y tecnificación de la vida; se sigue, sí, que hemos de aceptar la propagación del Evangelio – que es la razón misteriosa, aunque efectiva, de sostenerse de aquella socialización y tecnificación –; pero el Evangelio, a su vez, condena y reprueba el comunismo del mundo laico-proletario, como condena y reprueba el liberalismo del mundo laico-burgués y como ha de condenar y reprobar mañana la apostasía universal del Anticristo. “Porque al inicuo lo matará el Señor Jesús con el aliento de su boca, destruyéndole con la manifestación de su «parusía»”56.

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Carácter efímero del comunismo en el desarrollo de la historia cristiana

Los que somos protagonistas de los acontecimientos actuales corremos el peligro de dejarnos deslumbrar por los mismos. El fenómeno comunista, que fluye veloz e incontenible, nos puede parecer algo definitivo y milenario. Sin embargo, un poco de reflexión nos advierte que no es así. Si mil años dura la Cristianidad en estado de florecimiento, la etapa naturalista se extiende por los siglos XVII y XVIII y la etapa libertaria burguesa tan sólo por el siglo XIX. La comunista no ha de alcanzar largos años aunque llegue a ocupar sólidamente el planeta.

El comunismo, término del proceso de la Revolución Anticristiana, parece estar también en estado de liquidación. Es demasiado “contra naturam” para que pueda afirmarse. El comunismo, más que un sistema de vida, es un azote para el hombre moderno que ha repudiado el concepto cristiano de la vida.

Por ello no es peregrino pensar que los pueblos, purificados por el azote comunista, caminan hacia una Epifanía de gran Cristianidad, lo que San Pablo llama57 “plenitud de los pueblos gentiles”, que ha de consistir en un florecimiento cultural del Evangelio en todos los pueblos. Aquí cobra sentido la riqueza del magisterio de la Cátedra Romana, que desde el pontificado de León XIII al de Juan XXIII no cesa de proclamar la riqueza del mensaje evangélico para los pueblos modernos. No hay problema que se refiera a la Ciudad Católica floreciente que haya dejado de ser tratado con una luminosidad admirable. La familia, los cuerpos culturales, sociales, el Estado, el ordenamiento internacional, los derechos de la persona, la economía, la política, la libertad, la democracia, el liberalismo, el liberalismo católico, el socialismo, el comunismo. No hay error que no haya sido denunciado. Y esta enseñanza de la Cátedra Romana es propuesta con una fuerza y con una luminosidad que no tendría sentido si careciera de, vigencia.

Pío XII, en su discurso del de abril de 1953, a los miembros de los Comités Cívicos Italianos, les decía con extraordinaria fuerza: “Mirad bien, desde que la humanidad ha efectuado su progresiva apostasía lejos de Jesús, muchos «maestros» han pretendido substituirse a Él para instruirla y guiarla; muchos «constructores» han tratado de suministrarle las estructuras necesarias; muchos «médicos» se han empleado en curarle las enfermedades y llagas. Pero todos, al fin, se han encontrado delante de la humanidad desorientada, desanimada, sin fuerza”.

“Sin embargo, es necesario, con tanta mayor premura, llevar a los hombres a la persuasión de que «hay un único maestro, que es Cristo (Mt. 23, 11), y de que sólo en Él se puede encontrar la salud del mundo con sus estructuras y del hombre con sus problemas»“. “No hay en ningún otro salud”.

“Un tal estado de cosas reclama la intervención no sólo – como es evidente – de la Iglesia docente y jerárquica, sino también de todos los cristianos empeñados en el campo social. Se trata de subrayar la necesidad de impregnar de sentido cristiano todos los campos de la vida humana. Tal ha sido siempre la voluntad de Cristo y es la expectativa de una parte de la humanidad, cansada de vivir en las construcciones ruinosas del mundo de hoy.

”No se puede decir cabalmente que vosotros – como tales – estéis llamados al apostolado propiamente dicho. Vosotros sois ciudadanos que quieren interesarse directamente en la formación de mejores estructuras económicas, políticas, jurídicas y sociales.

”Como ciudadanos leales y activos, vosotros buscáis crear en todo una conciencia cívica recta que mueva a cada uno a mirar como propias las necesidades de la colectividad.

”Como cristianos decididos a la acción, vosotros consideráis como vuestro deber el vigilar que nada venga a herir los intereses legítimos de la verdadera religión, de vuestra religión. Vosotros no formáis un partido político, pero nadie puede negaros el derecho de uniros, de organizaros por todo medio lícito para que la legislación sobre la familia, las normas para una más equitativa distribución de la riqueza, para la educación de la juventud y todas las disposiciones que tocan a la esfera de la fe y la moral sean realizadas de acuerdo a los postulados del pensamiento cristiano y de la enseñanza de la Iglesia”.

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El momento actual, primavera de la Iglesia

Pío XII tuvo el presentimiento lúcido que el mensaje que irradiaba al mundo en sus admirables alocuciones no iba a resultar estéril. Todas ellas trasuntaban un optimismo fulgurante. El mundo iba a conocer un nuevo florecimiento de la Cristianidad. El invierno quedaba atrás y ya se sentía la primavera, preludio de un luminoso verano. Así lo manifestaba a jóvenes católicos congregados en Roma el 19 de marzo de 1958, pocos meses antes de su muerte, y les decía: “Mirad a vuestro alrededor, oh jóvenes, primavera de la humanidad, primavera de la vida. Haced vuestra nuestra esperanza, y decid a todos que nos encontramos en una primavera de la historia; quiera Dios que sea una de las primaveras más hermosas que los hombres han vivido: tras uno de los inviernos más largos y más crudos, una primavera que precede a uno de los veranos más ricos y luminosos”.

Es difícil predecir cómo, desde el estado en que se encuentra la humanidad, se ha de llegar a esta Pax Christiana, a esta Cristiandad floreciente que se avecina. Si por una lenta evolución, o, lo que es más probable, por un estado crítico que reabsorba, en un hecho planetario, los cinco siglos de apostasía de la Ciudad Católica cuya aceleración alcanza su desenlace. Pero la Revolución Anticristiana, en el actual período histórico, parece ya llegar a su término. Y con ella, el comunismo. La Cristiandad ha de florecer en todos los pueblos. Por ello todo tiene alcance y ritmo planetario. La Cristiandad será verdaderamente ecuménica y dejará a salvo todo el progreso de dulcificación de las costumbres y de la técnica que han conocido los pueblos. Será verdaderamente, en su sentido cabal, una plenitud de naciones (Rom., 11, 25), en el seno del Cuerpo Místico de Cristo.

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La realeza de Cristo y la hora actual

Nadie puede desconocer la significación excepcional que ha de revestir la hora actual de la que somos protagonistas. Aun prescindiendo de cuál sea esta significación, la magnitud de los hechos que abarca nos advierte que ella ha de ser singularísima. Porque, en efecto, la generación de comienzos del siglo ha presenciado acontecimientos tan descomunales que cada uno de ellos podría llenar un siglo. La primera guerra mundial, la revolución comunista en Rusia, la crisis del 29, la aparición del fascismo, el surgimiento de Hitler, la guerra civil española, la segunda guerra mundial, el lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima y la permanente amenaza de la tercera conflagración mundial son acontecimientos que revelan la entrada franca del mundo en un período convulsivo. Pareciera que el mundo estuviera a punto de querer vomitar algo que no ha podido asimilar y que debe expulsar si quiere alcanzar el destino que tiene señalado.

No puede haber dudas que el mundo está en estado convulsivo. El problema se plantea sobre cuál sea la significación, el alcance y las causas de ese estado. Y siendo él tan profundo y tan universal, pareciera que no pudiera ser comprendido en sus verdaderas dimensiones si no se le considera desde la óptica en que se alcanza el destino mismo de los pueblos. Y este punto no puede ser otro que una teología de la historia. Porque son y valen en lo que son y valen a los ojos de Dios.

La teología de la historia ha de colocarse en aquella verdad-cumbre que ilumina y da sentido a todas las otras verdades parciales, que constituyen la Revelación. Lo importante es colocarnos en el punto de vista de Dios. ¿Qué significación tiene la historia de los pueblos? ¿Cómo se mide su progreso y su regreso? ¿Por el camino que llevan, marchan hacia su ruina o hacia su gloria? ¿Qué significación puede tener en el plan divino un determinado momento de apremio universal de la humanidad? Dios, en su magisterio general, ha dado respuesta a estas preguntas del hombre. Podríamos traer diversos testimonios para testificarlo. Pero nos basta el salmo segundo del profeta David, que tiene aplicación especial para nuestro tiempo. Leemos allí: “¿Por qué se amotinan las gentes y trazan las naciones planes vanos? ”Se reúnen los reyes de la tierra y a una se confabulan los príncipes contra Yavé y contra su ungido.

”Rompamos sus coyundas, lejos de nosotros arrojemos sus ataduras.

”El que mora en los cielos se ríe. Yavé se burla de ellos. “A su tiempo les hablará en su ira.

Y los consternará en su furor.

”Yo he constituido mi Rey sobre Sión mi monte santo”.

El profeta nos da en este mensaje la explicación de por qué el mundo se halla en estado convulsivo. Y por qué de modo particular la convulsión tiene su centro en la Europa cristiana.

Europa, en efecto, recibió la Predicación evangélica y fue domesticada por la ley del amor de Cristo. Allí están los monumentos de la historia medieval para testificarlo. Pero Europa no recibió ese tesoro para su “cultura” ni para su disfrute. Debía prodigarlo a los otros pueblos y razas de la tierra. Europa debía ser sobre todo evangelizadora. Lo de civilizadora era una añadidura. Europa cumplió en algún tiempo su misión. España es modelo en este cumplimiento, sobre todo la España de Isabel la Católica. Pero a partir de la Reforma, Europa sufre una grave claudicación, se rebela luego contra el Ungido en la impía Revolución Francesa y se convierte en foco de propagación de todos los errores y vicios de la soberbia humana. El mismo comunismo que infesta hoy a los pueblos ha sido incubado en la Europa cristiana. Y sabido es que el comunismo no es sino una etapa de un proceso de degradación en que ha caído el hombre desde la Ciudad Católica medieval. No se explica el “homo communista” – hombre de trabajo forzado – sin el “homo oeconomicus” que inventa el liberalismo del siglo XIX, así como no se explica éste sin el “homo naturalis” de los siglos XVI-XVIII. El hombre se despeña cuando renuncia a la dignidad de hijo de Dios que le había traído el cristianismo. Europa pasa del Evangelio que profesaba la verdad, el amor y la vida al comunismo que propaga el error, el odio y la muerte.

Estas verdades tan sencillas y tan llenas de explicación para ilustrar las tremendas angustias que afligen a la humanidad de hoy arrojan a su vez luz sobre el problema del mal que está en todo esto implicado. No pudo la Europa cristiana apostatar de Cristo, su Bien, sin caer bajo el poder del diablo, Príncipe de este mundo, y en consecuencia, de los judíos, que por efecto de su apostasía se habían convertido en hijos del diablo. “Vosotros tenéis por padre al diablo y queréis hacer los deseos de vuestro padre. El es homicida desde el principio” (Juan, 8, 44). Desde los días de Cristo, el problema judío ocupa un lugar central en la historia cristiana. Para el bien y para el mal. El naturalismo, que ha penetrado en todos los ambientes cristianos, determina que teólogos, filósofos y políticos cristianos subestimen la acción del pueblo judío en la historia cristiana. Pero la teología católica protesta contra todo naturalismo. Los judíos han de desempeñar un papel de primera significación en la conducción de los pueblos, cuando éstos apostaten de Cristo. Y así no es difícil registrar en la historia la baja del sentido cristiano que coincide y marcha paralelo con el alza de la dominación judía.

Y cuando se llega a un punto decisivo en la historia de la humanidad, como es el que actualmente vivimos, es claro que este punto decisivo se ha de resolver en definitiva o por la Realeza pública de Cristo o por la Tiranía también pública de Satán; o por el reconocimiento de la Maternidad de la Iglesia sobre los pueblos o por la aceptación de la dominación de la Sinagoga. Los pueblos han de servir. Pero sólo el servir a Dios es reinar. La esclavitud bajo el yugo judío hacia la que caminan los pueblos no es sino la alternativa obligada de la apostasía que neciamente han proclamado. Aunque el Talmud, otros planes judíos elaborados para diversas épocas históricas y los Protocolos de los Sabios de Sión no fueran documentos de existencia cierta, bastaría el mensaje evangélico para cercioramos que en todo momento histórico, como el actual, que camina hacia un punto culminante de la apostasía universal, debe ser al mismo tiempo punto culminante de la dominación judaica mundial. De aquí nada sorprendente ha de resultar que tanto la finanza internacional como la Revolución Mundial estén en las mismas manos judaicas para castigo de los pueblos cristianos, culpables éstos como los primeros de la perfidia judaica, al haber apostatado de Cristo que constituye su salud.

Esta lucha hacia la que caminamos se ha de resolver en el corazón mismo de la Europa Cristiana; vale decir, en el núcleo de naciones que fueron primeramente evangelizadas y que han conservado hasta aquí el fervor de la fe. En Roma, ciudad de Pedro que protagoniza la Fe. En España, ciudad de Santiago que representa la Esperanza y con ella la Fortaleza; en Francia, nación evangelizada por los discípulos de San Juan que simboliza la Caridad. Una batalla decisiva de esta guerra se ha dado ya. Otra más decisiva aún está por darse todavía. La primera batalla se ha dado cuando los aguerridos españoles luchando como leones arrojaron de su suelo al comunismo ateo.

Cierto que entonces Francia, claudicando de su gloriosa ascendencia cristiana, se colocó del lado de los enemigos de Dios y de la Cristiandad. Fue precisamente entonces cuando tomó cuerpo la tesis de una “Nueva Cristiandad”, que el liberalismo del pensador francés Maritain inventó para reemplazar a la Cristiandad medieval que defendió como suya el pueblo español. En esta lucha, la Realeza de Cristo era el objeto principal de la contienda y lo continúa siendo. La pobre Francia judaizada en su política, en su filosofía y en su teología, apostataba una vez más y se colocaba del lado de los negadores de la Realeza de Cristo.

Desde la claudicación del 36, Francia ha ido cayendo en situaciones más deplorables. La “Nueva Cristiandad” de Maritain ha traído luego el “personalismo” de Mounier, que ha debilitado gravemente el catolicismo francés. Y el “personalismo” ha producido el “progresismo”, que ha infestado de comunismo toda la acción apostólica de generosos sacerdotes y laicos. Los sacerdotesobreros ofrecen un caso típico. Francia, la cristianísima Francia, se ha convertido bajo el despotismo de judíos, masones y comunistas, no sólo en una pobre nación sin gloria, sino en instrumento de la esclavización de los pueblos.

Pero ya aparecen signos de resurrección. Signos muy gráciles por ahora. Y estos signos están vinculados a España. Piénsese, por ejemplo, en la acción renovadora que están realizando en todas las capas de la sociedad, también en la militar, los ejercicios espirituales de San Ignacio dados por la congregación de origen español de los Padres Cooperadores Parroquiales de Cristo Rey y se tendrá una pequeña muestra del resurgimiento, para dentro de pocos años, de un nuevo catolicismo francés en la línea tradicional de la defensa de la Realeza de Cristo.

Francia se prepara para la gran batalla que dentro de pocos años ha de darse en su suelo; batalla decisiva por la Realeza de Cristo o por la dominación pública de Satán. Batalla contra el judaísmo que ha de “consumar” a aquella que “comenzó” en el 36 sobre el suelo español. Y España se hará presente con la fortaleza de sus soldados para defender en tierra francesa los derechos de Cristo. Ya hoy España de modo simbólico, tanto en el continente como en África, representa el sostén de pequeños pero heroicos grupos que mantienen la llama de la Francia cristiana.

Pero hay una nación alejada geográficamente de Europa mas cerca de ella con su presencia espiritual, que ha de hacerse cada vez más actuante en la suerte de la Europa cristiana. Argentina, de ascendencia hispánica e impregnada de cultura francesa, ha de hacer sentir su presencia de paladín de la Cristiandad mientras se desarrolle la gran batalla en el suelo de Francia, así como la hizo sentir cuando la batalla del 36 en España. En América hispana, minada peligrosamente por la peste roja, la Argentina dará una respuesta victoriosa al soberbio Goliat y con esta respuesta dará la libertad a los pueblos hermanos de América y, en cierta medida, a los del mundo. Cierto que el judaísmo, y con él la masonería y el comunismo, ha echado hondas raíces en nuestro suelo. Pero no han logrado dominar la substancia del alma argentina. La Argentina, protegida por una misteriosa Providencia, tiene una vocación irresistible a la proclamación pública de la Realeza de Cristo. El democratismo judaico sólo la domina en la epidermis. Y la Argentina espera la ocasión propicia para poner al descubierto la riqueza de su substancia. Y, cosa curiosa, la Obra de los Cooperadores Parroquiales de Cristo Rey está sembrando también en la Argentina, lo mismo que en Francia y en España, las semillas que han de germinar la Realeza de Cristo. Y la Realeza universal de Cristo ha de unir con vínculos más estrechos en la Cristiandad que alborea, a España, Francia y Argentina.

Esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra Fe, dice San Juan (1 Carta, 5, 4).

Estamos en vísperas de un momento culminante de la historia, en que los pueblos, volviendo contritos de sus muchos delitos públicos y privados con que han ofendido a la majestad del Verbo hecho carne, han de alcanzar la grandeza que sólo conocen los pueblos que siguen el camino del Espíritu. Después de la gran victoria que seguirá a la gran batalla, vendrá la Paz y con ella la Predicación universal del Evangelio. Europa y América, su prolongación natural, se entregarán a la noble tarea de extender el Evangelio y la civilización cristiana por el mundo. Se cumplirá entonces la plenitud de las naciones cristianas, de la que habla el Apóstol (Rom. 11, 12). A la derrota del judaísmo corresponderá el triunfo del cristianismo, y al triunfo del cristianismo la propagación del Evangelio y de la cultura cristiana por toda la tierra.

Todo parece presagiar que se acercan los tiempos de paz universal que viene anunciando la Reina de los Cielos en continuas apariciones: la Medalla Milagrosa en 1830, Lourdes en 1858 y Fátima en 1917. Se acercan los grandes días anunciados por Grignion de Montfort en que “deben formarse los grandes santos que sobrepujarán en santidad a la mayor parte de los otros santos, tanto como los cedros del Líbano exceden a los arbustillos”.

Entonces es de esperar que se cumpla lo que dice San Juan Bosco en su sueño profético del “Gran Guerrero”: “En todo el mundo asomará un sol tan luminoso cual no fue visto nunca desde las llamas del Cenáculo hasta el día de hoy, ni se verá jamás hasta el último día”.

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APÉNDICE I. CIVILIZACION CRISTIANA VERSUS COMUNISMO

Me cabe la satisfacción y el honor de desarrollar en esta nobilísima ciudad de Méjico el tema principal de este “Sexto Congreso de la Liga Mundial Anticomunista”.

Nuestra generación, desde sus albores, viene luchando sin tregua contra el comunismo ateo, que si logró implantarse establemente en Rusia en 1917, intentó poner el pie, aun antes, en este pueblo de Méjico. Todavía recuerdo cómo nosotros los argentinos, hace cincuenta años, seguíamos con ansiedad y emoción, las gestas heroicas del pueblo mejicano, que se levantó en armas por los derechos imprescriptibles de Cristo Rey y de la patria. Gracias al arrojo y al valor de los jóvenes mejicanos, América Latina debía verse libre del comunismo. Y éste había de cambiar de táctica para penetrar en nuestros pueblos, no enfrentando la creencia religiosa, sino sirviéndose de ella para la penetración. Así han entrado en Cuba y en Chile.

Aunque América Latina, de modo global, se haya defendido del comunismo desde entonces, no ha alcanzado todavía un régimen de civilización que le dé estabilidad y que la defienda eficazmente de caer en el comunismo. Por ello, tan oportuno resulta el tratamiento de este tema, “Civilización, sí; comunismo, no”, ya que en esta crisis de la civilización – que no otra cosa significa el comunismo – sólo la historia nos ha de revelar cuáles son los valores imprescindibles que ha de aportar a los pueblos una auténtica civilización. Y con ello entro directamente en el tema.

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Una civilización, proyección del hombre

Una civilización no es otra cosa que el hombre proyectado en lo social. Esto por lo que se refiere tanto a la naturaleza de una civilización como a su desarrollo histórico. Una civilización, en efecto, no puede sino proyectar las acciones de sus unidades componentes, y éstas, en último término, son los hombres; los hombres con sus pensamientos, sus quereres y sus pasiones; los hombres con sus alegrías y congojas; los hombres con las obras de sus manos en las artes y en la arquitectura; los hombres en la literatura, la filosofía y la religión. Por esto, para medir el valor y mérito de una civilización hay que hacerlo no sólo por las acciones de sus grandes hombres sino también de sus hombres comunes y aun por las de sus hombres inferiores. De un modo o de otro, la civilización es resultado de lo que proyectan y realizan sus hombres, y la riqueza y miseria que contiene no pueden ser mayor ni menor que la que contienen sus hombres. Aquí vale el criterio que nos da el Señor de los Evangelios, Mt. 7, 17: “Todo árbol bueno da buenos frutos, y todo árbol malo, da frutos malos”.

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El primer hecho biológico de una civilización

Si una civilización es el hombre proyectándose, ha de reflejar al hombre en todas sus virtualidades. Y el primer valor humano consiste en el hecho de la unión del hombre y de la mujer para perpetuar la especie. Este hecho no es de institución humana, sino establecido por Dios mismo con un fin específico. La familia, en sus dos relaciones – unión del hombre y la mujer, de padres e hijos – es de esta suerte la célula originaria de la sociedad y de la civilización. Sólo la familia, así como la ha instituido Dios y la ha restaurado Jesucristo – monogámica e indestructible hasta la muerte –, puede brindar a una civilización hombres de formación completa. Aquí radican las graves deficiencias de la especie humana en todas las latitudes y en toda la historia, sobre todo ante la venida del Salvador y luego en la historia cristiana cuando se produce el fenómeno de la descristianización. Tanto el paganismo como el judaísmo pervirtieron la familia autorizando la poligamia y el divorcio, con graves consecuencias para la educación de los hijos y para la formación de hombres fuertes y de carácter, resueltos al cumplimiento de sus deberes. En rigor, en este hecho biológico de la unión sexual que se practica en la familia bien constituida para la procreación de hijos legítimos, es decir, en cumplimiento de un deber, o que se practica en forma ilegítima, en la obtención de un puro placer, radica el hecho discriminatorio que divide las civilizaciones sanas, que se fundan en la ética, de las civilizaciones enfermas, que se rigen por el placer. Las primeras son civilizaciones de la tierra y de la vida, llenas de los jugos de la naturaleza; las segundas son civilizaciones decadentes, productos de la imaginación del hombre.

Lo normal es que el hecho primero y biológico, destinado a perpetuar la especie humana sobre la tierra, sólo si se realiza con las condiciones que el Creador le ha impuesto desde el principio para producir hijos fuertes y robustos, sea capaz luego de crear civilizaciones también fuertes y ricas en todos los valores humanos.

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El curso de las civilizaciones

Sería largo, si no imposible, seguir el curso de las civilizaciones que han dejado su huella sobre la tierra. Veintiuna registra Toynbee en su “Estudio de la Historia” y sólo tiene en cuenta a aquellas que han dejado una marca duradera y permanente en el recuerdo de los hombres. Sin embargo, aunque la evidencia histórica nos muestre al hombre diversificándose en civilizaciones distintas a través de los tiempos, hemos de admitir con el relato del Génesis una sola especie humana y un solo tronco de donde ella arranca y hemos de admitir, asimismo, con toda la tradición judeocristiana, un solo destino donde termina. La Revelación cristiana certifica sobre la unidad de la humanidad a pesar de la diversidad de civilizaciones. Y esta misma diversidad está abonada igualmente por los libros sagrados cuando dan cuenta de la hybris del hombre por levantar la torre de Babel que llegaría hasta el cielo y la respuesta de Dios que confundió las lenguas de los hombres.

El problema religioso está íntimamente unido al problema de las civilizaciones; porque aunque sean problemas diversos, ya que la religión mira directamente al destino eterno del hombre y el de las civilizaciones a su destino temporal, están estrechamente unidos, por cuanto el hombre no alcanza su destino eterno sino con las acciones que cumple en su vida temporal. Además con la Encarnación del Hijo de Dios en el hombre Jesús, que sale de un linaje humano, toda la historia de las civilizaciones queda referida a esa civilización que se ha hecho vehículo de Jesús, el Hijo de Dios vivo hecho hombre, y que por lo mismo se convierte en centro y eje de todas las civilizaciones de la humanidad.

Si Toynbee puede registrar veintiuna civilizaciones, una entre todas ellas ha de encerrar una significación especial y singular; y ha de ser aquella que lleve en su seno la vida, pasión, muerte y resurrección del Salvador del mundo. Esto, que lo prescribe la simple lógica humana, nos lo revela la historia de las civilizaciones. Entre todas ellas, algunas muy venerables, antiquísimas y gloriosas, hay una que se destaca de modo singularísimo: es la civilización cristiana, que, en cierto modo, viene a constituirse como la civilización por excelencia, o la civilización a secas; no en cuanto a que las otras no lo sean, sino porque ella lo es de un modo excepcional, y en cuanto que las otras alcanzan la calidad de civilización en la medida en que se acercan a ella.

Sería distorsionar la historia, y en especial la historia de las civilizaciones, no presentar a la civilización cristiana como el centro y el punto de convergencia de todas ellas. Porque la historia humana que nos muestra al hombre saliendo de las manos de Dios, nos lo muestra inmediatamente descarriándose y perdiéndose en la búsqueda de su felicidad por sus propias manos; y nos lo muestra en la recuperación de la felicidad perdida cuando se vuelve al único que puede devolvérsela y con creces: Jesucristo Nuestro Señor. El hombre encuentra primero en Grecia y luego en Roma ciertos valores civilizadores de altísimo precio; pero luego contemplando cómo el curso de los acontecimientos dirigidos suavemente por la Providencia Divina se encamina hacia una civilización más alta, comprende que es en la civilización cristiana donde ha de encontrar la clave de las civilizaciones. Grecia y Roma son grandes porque son camino hacia la civilización cristiana. Como lo vieron los primeros filósofos cristianos, la grandeza de la filosofía griega y del derecho romano ha consistido en que ellos fueron como praeparatio Evangelii, preparación del Evangelio.

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Los valores de una civilización plenamente humana

Decir civilización es decir una convivencia humana de los hombres que procure su bienestar o su perfeccionamiento también humano. Todos los valores que contribuyan a este perfeccionamiento forman el patrimonio de la civilización. Aquí se señala ya un criterio para distinguir los valores de los disvalores que puedan existir en una civilización dada la naturaleza del hombre, que viene viciada y se inclina muchas veces al mal. Una civilización puede contener muchos disvalores sin que por ello pueda considerársela intrínsecamente mala. Sin embargo, una civilización sólo es civilización por los valores que contiene y en la medida en que los contiene.

Hay valores fundamentales en la vida y son ellos los que resuelven los problemas fundamentales de su existencia. Y como la existencia no se puede desarrollar sin la procuración de bienes políticos y de bienes religiosos, la civilización se mide por la procuración de estos bienes. Ellos, a su vez, se han de procurar en una unidad orgánica que respete la diversidad dentro de la unidad del hombre.

En consecuencia esta diversidad de bienes debe mantener una jerarquía por la cual los bienes inferiores se subordinan a los bienes superiores. En el hombre, los bienes económicos tienen como destino la satisfacción de las necesidades de alimentos, vestido y techo. El hombre primero ha de vivir. Pero allí no se consuma su existencia. Vive para pensar y piensa para rezar. Los valores económicos se subordinan a los políticos y los políticos a los culturales y religiosos. Ello implica que el trabajo está a disposición de la política y la política a disposición de la filosofía y de la religión. Esta subordinación se guardó celosamente en la civilización cristiana. Allí el sacerdocio – de modo particular el Romano Pontífice es su expresión más alta – ocupaba el sitio prominente en la escala social; venían luego los reyes y detrás, todos los artesanos y agricultores entregados a las tareas elementales de la existencia.

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La realización histórica de los valores de civilización

La plenitud de civilización no la alcanza el hombre sino en el curso de la historia. Para dar cuenta de ello tenemos que referirnos a que el hombre, aunque sale perfecto de la mano de Dios, reconoce una caída que lo sume en el desastre y en la degradación. Pero esta caída, aunque debilita el uso de sus facultades, no le priva de ella, y el hombre así levanta civilizaciones portentosas.

Como dije anteriormente, entre todas ellas se destaca la civilización cristiana, cuyos primeros comienzos tenemos que descubrirlos en los Estados-ciudad de la cultura helénica. Aristóteles ha visto sagazmente que la “ciudad es una comunidad que abriga otras comunidades. Y que la comunidad es cierto todo… ahora bien, en los todos se cumple un orden, de suerte que el todo que incluye otro todo es más principal: como la pared es cierto todo y como se incluye en el todo que es la casa, es manifiesto que la casa es un todo más principal… y de modo semejante una comunidad que incluye otras comunidades. Porque las casas y los barrios se comprenden dentro de la ciudad. Y así la comunidad política es la comunidad principalísima. Es pues la que proporciona el bien mayor entre todos los bienes humanos. Se propone el bien común que es mejor y más divino que el bien de uno solo, como se dice en la Ética”58.

El argumento de Aristóteles, recogido por Santo Tomás, hace ver la grandeza del “Estadociudad” griego, y con mayor razón ha de destacar la grandeza de la civilización helénica y luego de la grecorromana, y más tarde de la cristiana. Lo que interesa es el principio asentado por la sabiduría antigua. Un todo, cuanto más grande, es mejor y más divino. La civilización helénica supo dar respuesta a las incitaciones de la anarquía y de la estrechez. Como advierte Toynbee, “polis”, ciudad, política, significa ciudadela; las comunidades que “habitaban juntas” en un “Estado-ciudad” establecían por lo menos una ciudadela común, aunque sólo fuera como ciudad de refugio en la que podían protegerse de invasiones hostiles de las gentes de las llanuras con sus manadas, rebaños y bienes muebles59.

Y en la ciudadela en común había también un gobierno común y un centro cívico permanente, un templo para el culto público y lugares de reunión, algunos en espacios abiertos y otros bajo techo, para despachar los negocios públicos60. Así surgieron Esparta y Atenas. Y la defensa frente a enemigos invasores obligó a los Estados-ciudad a federarse y a confederarse en unidades más amplias.

La civilización helénica se fue consolidando y ampliando en su lucha contra el desafío de la competencia fenicia y etrusca por el Oeste y a la agresión persa por el Este, y se abre camino de expansión por Macedonia hacia el oriente. Con Alejandro Magno alcanza su esplendor y da al mundo y a los siglos los grandes exponentes de la filosofía: Sócrates, Platón y Aristóteles. En Aristóteles la razón humana alcanza la medida más alta de que es capaz entregada a sus propias fuerzas. Con ello la civilización se corona de una gloria que no debía ser superada a través de los siglos. La civilización a secas y el poder de las fuerzas naturales del hombre. Y en Aristóteles se consignan por escrito los grandes valores de la civilización en el orden práctico y en el teorético, en la economía, en la política y en la filosofía.

Pero Grecia, que alcanzó un esplendor único en el universo con la filosofía, no logró consolidar la unidad política del mundo helénico. Esto estaba reservado a Roma, que es el pueblo del derecho. Ya no se podía concentrar el mundo en los Estados-ciudad… Había que estructurar el super Estado-ciudad, cosa que no había podido cumplir Grecia.

Mientras Roma llevaba su dominación y su derecho a todas las ciudades del mundo helénico, se sometía a la esplendorosa cultura griega. La cultura griega modelaba al vencedor y es una gloria de Roma el haber incorporado a su patrimonio la cultura del pueblo vencido.

Belloc ha visto bien en “La Crisis de la Civilización” (pág. 37, ed. Sudamericana, trad. de Carlos María Reyes, 1945, Buenos Aires), “que la construcción de ese inmenso Estado grecorromano y su vasta cultura debióse antes a la unión de cierto número de ciudades, Estados y reinos de menor importancia, que a la conquista guerrera. No debemos imaginar a los ejércitos romanos procediendo de la ciudad de Roma y subyugando gradualmente por la fuerza a toda la humanidad del Oeste hasta someterla a la obediencia del jefe de su ejército, quien residía en la misma Roma. Así suelen considerarse las cosas, mas conviene puntualizar que tal manera de ver es perfectamente antihistórica. El imperio grecoromano había crecido. No había sido hecho de una manera artificial o mecánica, aun cuando en la etapa de este crecimiento interviniera la acción militar para consolidar los resultados de ese crecimiento o p. asegurar el mismo contra el desorden”.

Roma logró su grandeza cuando venció a la opulenta Cartago y se quedó con su poderoso imperio entrando en posesión de España y de África del Norte. Y sus ingenieros militares cruzan ese inmenso Estado con grandes carreteras que unen sus partes con la ciudad de Roma, centro del Imperio. En la libertad de la ley romana se desenvuelve la vida privada de esa inmensa sociedad en el comercio, las letras, la filosofía y la religión. Sin embargo, una lacra la afea: la institución de la esclavitud.

Esa esplendorosa sociedad, protegida por las águilas romanas, se extiende a España, a las Galias y a Germania, y hacia el año 31 A.C. se implanta súbitamente la paz de Augusto en el mundo helénico.

Pero ya entonces entraba en la historia del mundo un nuevo personaje que – aunque fuera de la escena profana de la vida y respondiendo al mundo sobrenatural – iba a operar una transformación radical en todas las estructuras humanas. Estaba por comenzar la civilización cristiana.

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La civilización cristiana

No podemos explicar aquí cómo cayó la civilización grecoromana o mejor cómo se transformó en república cristiana. Porque ésta es la verdad, de la que tuvieron conciencia los Padres y Doctores de la Iglesia. Y así Santo Tomás, en la II Carta a los Tesalonicenses, II, 3, dice que el Romano Imperio no cesó todavía sino que se cambió de temporal en espiritual, como enseña el Papa León en el sermón de los Apóstoles. Y el Imperio Romano se cambió en civilización cristiana o Cristiandad. Es decir, que sin perder ninguno de los valores que encerraba, el Imperio Romano adquirió un nuevo valor, que es la gracia o la virtud divina que dispensa la Iglesia. Y así como el Imperio Romano había heredado de Grecia la filosofía de la razón natural y él mismo había contribuido con la ley moral, ahora la Iglesia aportaba la vida divina que sobreelevaba inmensamente la condición del hombre y de la civilización. La civilización cristiana no perdía nada de lo valioso que encerraba la civilización romana; sino que purificaba y sanaba aquello que ésta tenía de enfermo y sobreelevaba lo que tenía de humano. Y así, la Iglesia Católica, que se constituyó en la religión de la sociedad grecorromana, hizo entre otras dos cosas capitales por colocar a Europa en el plano político y detener la caída que la precipitaba en el caos. Humanizó la esclavitud y estimuló el matrimonio permanente. Muy despacio, a través de los siglos, esas dos influencias estaban destinadas a producir la civilización estable de la Edad Media, en la que el esclavo ya no era un esclavo, sino un campesino; y por todas partes la familia se convirtió en la unidad fuertemente arraigada y establecida de la sociedad (Belloc, ibíd., 77).

Para ver de qué era capaz la civilización cristiana hay que contemplarla en su apogeo, allá en el siglo XIII, cuando grandes y humildes artesanos crean obras que son admiración de los siglos, catedrales y castillos, obras de pintura y escultura, prodigios de la literatura. Cuando grandes y humildes filósofos y teólogos levantan monumentos del pensamiento, como la obra inmensa de San Buenaventura y de Santo Tomás de Aquino. Y los reyes santos de toda la Europa – San Fernando, San Esteban, San Wenceslao, San Luis Rey de Francia – enaltecen la política, que es el gobierno de los hombres. León XIII, en página inmortal, ha dejado consignado el testimonio de la historia respecto a la grandeza de la Cristiandad. “Hubo un tiempo, escribe en Inmortale Dei, en que la filosofía del Evangelio gobernaba a los Estados; entonces, aquella energía propia de la sabiduría de Cristo y su divina virtud habían compenetrado las leyes, las instituciones y las costumbres de los pueblos, impregnando todas las capas sociales y todas las manifestaciones de las naciones, tiempo en que la Religión fundada por Jesucristo, firmemente colocada en el sitial de dignidad que le correspondía, florecía en todas partes, gracias al favor de los príncipes y a la legítima protección de los magistrados; tiempo en que al sacerdocio y al poder social unían auspiciosamente la concordia y la admirable correspondencia de mutuos deberes.

“Organizada de este modo la sociedad, produjo un bienestar muy superior a toda imaginación. Aún se conserva la memoria de ello, y ella perdurará grabada en un sinnúmero de monumentos de aquellas gestas, que ningún artificio de los adversarios podrá jamás destruir u oscurecer”.

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La degradación de la civilización

Era necesario que llegáramos a exponer la civilización cristiana en su plenitud para tener el punto de referencia desde donde situar con exactitud al comunismo, que es la etapa de civilización que estamos viviendo. Como dijimos, una civilización ha de encerrar todos los valores que dignifican al hombre, valores económicos, políticos y religiosos. La civilización cristiana los encierra en grado máximo. Pero desde el Renacimiento toma cuerpo un proceso de secularización que va degradando al hombre y que, en consecuencia, va produciendo en la antigua civilización cristiana una gangrena capaz de darle muerte definitiva.

En efecto, de los valores que encierra en plenitud la civilización cristiana, el primero que es atacado es el más alto, es, a saber, la información que por la gracia recibía el hombre. Con la Reforma y luego con el filosofismo, la Iglesia es desalojada de la vida pública de los pueblos. La civilización cristiana se convierte en naturalista primero y luego en liberal; los siglos XVI, XVII, XVIII y XIX son protagonistas de un proceso de degradación. Decimos de un proceso de degradación y lo subrayamos, oponiéndonos en esto a la concepción liberal que cree ingenuamente en el progreso indefinido. Con el capitalismo liberal, que ha sometido a la sociedad en su vida de relación política y económica a la ley suprema de la libertad, la sociedad ha retrogradado. Porque las relaciones humanas han de estar regidas por la justicia, la que finalmente se funda en el bien común, que da a cada cual lo suyo dentro del bien del todo. Fundar la sociedad sobre la libertad como ley suprema implica sacrificar el bien de las partes más débiles de la sociedad. Es lo que ha hecho el capitalismo liberal. Durante los siglos que ha ejercido su imperio en el globo ha destruido la unidad en la justicia y en la paz de las naciones cristianas y las ha entregado a dos guerras mundiales catastróficas, de las que no nos hemos curado todavía, y ha sembrado la semilla para una tercera más catastrófica aún. Todo el siglo XX es un siglo de convulsiones, cuyo acto final no se ha cumplido. Primera guerra mundial. Proclamación e instauración del comunismo en Rusia.

Surgimiento de los fascismos. Guerra Civil Española. Segunda guerra mundial. Guerras de blancos contra negros y de negros contra blancos. Guerra de Corea. Triunfo del comunismo en China.

Guerra del Vietnam. Drogas, hambre, las dos terceras partes de la humanidad sin techo. Un cuadro pavoroso de la civilización y, como si no fuera bastante, amenaza de caer en el comunismo de toda la humanidad.

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¿Por qué el capitalismo degradó la civilización cristiana?

Esto nos lleva a considerar ahora por qué el capitalismo liberal debe ser considerado como un hecho negativo y nefasto. Muchos se imaginan que el capitalismo liberal es el industrialismo, y esto es un error. La industrialización o industrialismo consiste en el progreso de los instrumentos de producción por una aplicación cada vez mayor de las fuerzas encerradas en la naturaleza. Mediante la invención de nuevas máquinas se multiplican los bienes y servicios a disposición de la comunidad. La industrialización comienza a desarrollarse de modo acelerado y ascendente cuando se descubre la máquina a vapor. En cambio, el capitalismo es una mala utilización del industrialismo ya que, en lugar de emplearlo para difundir bienes económicos entre todos los hombres de todos los niveles, lo utiliza para enriquecer a unos pocos que son los que detentan los recursos financieros. Esto lo señala con acierto la Populorum Progressio, de Pablo VI, cuando dice que “por desgracia, en las nuevas condiciones de industrialización de la sociedad, ha sido constituido un sistema que considera el lucro como motor esencial del progreso económico; la concurrencia como ley suprema de la economía; la propiedad privada de los medios de producción como un derecho absoluto sin límites ni obligaciones correspondientes”. Y advierte allí Pablo VI que este sistema, el del capitalismo liberal, que conduce a la dictadura económica, fue denunciado por Pío XI como generador del imperialismo internacional del dinero.

El capitalismo liberal es el monopolio de las riquezas en manos de unos pocos que no son precisamente los productores, a costa de la comunidad que es sistemáticamente expoliada y empobrecida. Por eso, el capitalismo se hace dueño de la economía de los países cuando desaparecen las corporaciones de artesanos que en la civilización cristiana aseguraban el justo precio en el intercambio de mercancías y en la remuneración del trabajo. Como exponente de la estabilidad económica que se desenvolvía en el ordenamiento corporativo de todas las fuerzas económicas prevalecía el justo precio. El precio no era una cosa que el primer sujeto económico pudiera manejar a su antojo. Como todo el proceso económico, la formación del precio estaba subordinada a las leyes supremas de la moral y de la religión. El precio debía estar salvaguardado a la vez por los intereses del productor, del comerciante y del consumidor. No se entregaba a la ley de la oferta y de la demanda sino a la de la justicia que asegurase un honesto vivir del productor, del comerciante y del consumidor. La economía estaba regulada por los reglamentos y por las disposiciones que establecían los gremios de productores organizados. La economía estaba autogobernada por las mismas fuerzas que la constituían. Y el precio justo era expresión de un estado social de justicia y de solidaridad.

Este mundo sólido y estable, fundado en la mentalidad cristiana, fue destruido por el triunfo de otra mentalidad, la judía y calvinista. No voy a hacer la demostración porque la han hecho ya con gran competencia y copiosa documentación Werner Sombart en “Los Judíos y la Vida Económica” (Payot, París, 1921) y Max Weber en “La Ética Protestante y el Espíritu del Capitalismo”.

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El comunismo, otra degradación de la civilización cristiana

Con la Reforma, la civilización, al ser despojada de la influencia de la Iglesia, queda reducida a una situación naturalista en la que el hombre se mueve por las solas fuerzas de la razón y de la naturaleza. Situación alta y preclara de civilización, que va a llenar los siglos XVI y XVII, en que se desenvuelve un modo de vida humano y clásico. Pero la civilización, privada del socorro divino que le proporciona la gracia, no podía permanecer en este estado; había de descender hacia una degradación mayor que, como ya hemos visto, se verificó en el liberalismo en todos los aspectos de la vida y en especial en el económico. El hombre dejó de guiarse por la razón y por el bien común como determinantes de su vida y comenzó a regirse por la libertad. Así nació con la revolución francesa lo que León Daudet llamó el “estúpido siglo XIX”. Pero el capitalismo liberal tampoco podía sostenerse mucho tiempo. Al colocar el manejo de las riquezas mundiales en manos de una oligarquía financiera y al dejar sumidas en la miseria a todas las mayorías del mundo, debía provocar a breve plazo el levantamiento y la rebelión de estas mismas mayorías que, encabezadas por pequeñas vanguardias minoritarias, debían derrocar a aquellas oligarquías e implantar otro sistema de vida, no ya bajo el signo de la libertad, sino del de la dictadura de la igualdad económica.

Tal el sentido del comunismo que Marx preconiza y enseña en el siglo XIX y que Lenin debía llevar a la práctica en el siglo XX.

Para entender toda la perversión del comunismo hay que entender a fondo lo que se propone. El comunismo no es una mera doctrina. Es una doctrina hecha acción. Es una praxis. El comunismo no se propone considerar al hombre, sino transformarlo. Marx ha defendido esto con singular fuerza en contra de Feuerbach. Pero, si quiere transformar al hombre, ha de tomarlo desde un punto de partida para llevarlo a un punto de llegada y con un método de transformación.

El punto de partida es el hombre en su condición actual en las diversas sociedades del planeta. El hombre típico de este momento histórico es el burgués, propio de las sociedades en que reina el capitalismo. Pero el burgués es el ejemplar más avanzado del proceso histórico moderno.

Otros no han llegado todavía a realizar este ejemplar. Es el caso de las sociedades feudales o de las primitivas. Cualquiera sea la caracterización sociológica que se deba hacer del hombre actual en las diversas sociedades es claro que es forzoso para el comunismo tomar al hombre con las necesidades y tendencias reales que tiene. En buena doctrina antropológica, el hombre tiene una doble perfección. Una perfección esencial cabe en el niño recién nacido y en el hombre adulto, como también cabe en hombres del más diverso nivel cultural. Por ello, hay que atender a otra perfección que le viene en razón del logro de su fin.

Para conocer y determinar el fin para que está hecho el hombre y que, una vez logrado, permite a éste alcanzar su paz y felicidad completa, hay que partir del examen de la esencia del hombre. Si es verdad que el hombre tiene un cuerpo que hace común con las piedras de la naturaleza, y que este cuerpo está animado como las plantas y tiene conocimiento y apetitos sensibles como los animales, también es verdad que tiene un alma estrictamente espiritual e inmortal con operaciones también estrictamente espirituales, como son las de su inteligencia y voluntad. Estas operaciones son de una amplitud infinita, pues no se sacian con ningún ser y con ningún bien determinado y particular. Conoce el entendimiento más y más seres de la naturaleza y del universo. Y su capacidad de conocer y amar, lejos de quedar colmada, se abre más y más, queriendo llegar a conocer y amar a Aquél que es Causa Primera de la naturaleza y del universo.

Por ello, el hombre está hecho para Dios como para su último fin: El hombre viene de Dios y está hecho para Dios. Hay por eso en todo hombre una tendencia hacia Dios. Y la hay porque antes hay una dependencia de Dios. El hombre es creatura salida de las manos de Dios. Es claro que esta necesidad no se concreta en Dios directamente, sino que se oculta y diluye en el anhelo irresistible de la verdad y del bien, que no puede ser logrado sino con la posesión de la Verdad y del Bien que es Dios mismo. Hay, pues, en el hombre una tendencia o necesidad religiosa que está grabada en lo más íntimo de su naturaleza específica. Por ser hombre, el hombre es religioso.

¿Qué dice el comunismo de esta tendencia y necesidad religiosa? Dice dos cosas igualmente falsas. Dice que es una ilusión que pierde al hombre. Por esto la llama alienación: la alienación religiosa que hay que suprimir con el ateísmo práctico.

Además de esta tendencia o necesidad religiosa, existen otras que es necesario eliminar.

Porque el hombre está llevado por una tendencia irresistible hacia toda la verdad y bien – lo cual, como hemos dicho, se colma con la posesión de la Verdad y del Bien, que es Dios – quiere conocerlo todo, con un conocimiento total explicativo que penetre en la razón de ser de cada cosa y de todo el universo. El hombre tiene tendencia a la sabiduría humana. Quiere conocer cada parte del universo y el universo todo en forma absoluta. Las ciencias particulares le revelan aspectos también particulares de las cosas. Pero el hombre busca la totalidad. Y este conocimiento sapiencial humano es la filosofía. El entendimiento busca, en el acto de la contemplación del universo y de sus causas, su propia perfección.

¿Qué opina el comunismo de esta tendencia que hay en el hombre a la sabiduría filosófica? Dice de ella que es una ilusión malsana que pierde al hombre porque le separa de su propio bien. La alienación filosófica, como la llama, debe ser suprimida.

Además de la religiosa y de la filosófica, hay en el hombre otras tendencias y necesidades que le empujan en forma irresistible. Así, la tendencia a la vida política, que la sabiduría antigua reconoció como incrustada en la esencia del hombre. Porque al buscar su bien, búscalo el hombre en la sociedad perfecta natural que es la sociedad política con una autoridad también política.

¿Qué opina el comunismo de la sociedad y de la autoridad política? Dice también de ella que es una ilusión y una ilusión malsana que pierde al hombre. La alienación política, como la llama, debe ser suprimida.

La sociedad política es, en lo humano, una sociedad perfecta, pero hay otras sociedades en cuya incorporación busca el hombre la satisfacción de tendencias y necesidades parciales, algunas de ellas elementales. Estas sociedades son la familia y las clases y grupos sociales que se multiplican dentro de una sociedad política en atención a los diversos bienes también particulares.

¿Qué opina el comunismo de estas sociedades particulares que responden a tendencias y necesidades del hombre? Dice de ellas que responden a una ilusión malsana que pierde al hombre.

Luego la alienación social, como la llama, debe ser suprimida.

Las tendencias filosófica, política y social están determinadas por la condición racional del hombre. Son su dimensión o formalidad racional. Queda debajo de ella la tendencia animal en que el hombre busca la satisfacción del conocimiento y goce de su vida sensible.

Hay, pues, en el hombre, una alienación también económica por la cual los hombres con interés individual buscan los bienes materiales. Hay que suprimir la alienación económica, suprimiendo la propiedad privada, otra ilusión malsana que pierde al hombre. Así lo enseña el marxismo.

En el comunismo hay que suprimir lo religioso, lo racional y lo animal para llegar a los fundamentos mismos del hombre, al hombre como puro productor de fuerzas económicas, al homo faber, para que éste, encontrándose directamente, sin mediaciones de ningún género, sin alienaciones, con el producto de su trabajo, se encuentre asimismo con la naturaleza y con otros hombres, y por allí encuentre la reconciliación de su ser y con ella la libertad del hombre total.

Por donde se ve que el proceso del comunismo para liberar al hombre sigue un camino totalmente invertido de aquel que prescribe una sana antropología. Esta enseña que la integridad del organismo físico es condición indispensable para el perfecto funcionamiento de la vida animal en el hombre; y que, a su vez, éste es condición para el desarrollo de su vida psíquica y racional; y que ésta, a su vez, debe servirle para un perfeccionamiento cultural y moral que le conduzca, en definitiva, a Dios, fuente de toda Verdad, Bien y Vida. El hombre está hecho para la contemplación de Dios. Y en la actual Providencia, para la contemplación intuitiva de la Divina Esencia en la gloria, donde el hombre, al hacerse una sola cosa, intencionalmente con Dios, de modo inefable, alcanza una plenitud que desborda inmensamente las posibilidades de su naturaleza y aun de toda la creación.

El punto de llegada que asigna el comunismo al hombre en el proceso de transformación está justamente en las antípodas del que fija una sana antropología. El comunismo glorifica como máxima expresión humana al homo faber, y aun al homo faber más inferior, al productor de técnicas productivas. En cambio, la sana razón reconoce la superioridad del hombre contemplativo en el acto de contemplar el más excelente inteligible que es la divina Esencia.

Por ello, la tarea transformadora comunista es esencialmente destructora de la naturaleza humana. De aquí que tenga que recurrir a un método que es también esencialmente destructor. Tal, el materialismo dialéctico. En cuanto materialista, por cuanto avanza en el hombre en la dirección de lo más inferior, de lo más material. Y en cuanto dialéctico, en cuanto avanza abriendo y agudizando las contradicciones que le destruyen, contradicciones económicas, sociales, políticas, filosóficas y religiosas.

El comunismo como lo concibió Marx no es sino la transformación dialéctica en materia de la naturaleza humana. El hombre empleando su intelecto para inventar máquinas que hagan funcionar al hombre al revés de lo que exige la naturaleza racional creada por Dios.

Pero Marx descubrió sólo la filosofía del comunismo. No atinó a crearlo como artefacto técnico que fuera eficaz para transformar rápidamente a inmensos pueblos del planeta. Estaba reservada a Lenin la tarea de hacer del marxismo una poderosa máquina de guerra capaz de destruir vastas estructuras sociales de calor humano para transformarlas en otras tantas máquinas de guerra para destruir otros pueblos y civilizaciones. Por ello, la vida concebida como una vasta operación militar de destrucción de pueblos constituye, en definitiva, el objetivo que da razón del comunismo.

Por ello, el comunismo, penetrando en un pueblo como una ideología, no se detiene. Forma el partido comunista que aparece como la fuerza central que mientras disgrega, disocia y divide a las fuerzas sociales, lucha por la toma del poder con el mito de la dictadura del proletariado.

Cuando se ha sembrado la división y la anarquía social, el comunismo, con un golpe definitivo, se apodera del gobierno y somete a la sociedad a una gran purga transformadora, creando al hombre nuevo comunista, que es un hombre destrozado, sólo útil para ser manejado como un animal ele carga.

El comunismo, por tanto, tiene por objetivo apoderarse de los pueblos y aun de la humanidad entera y con la técnica material, cada vez más perfeccionada, triturar al hombre, a cada hombre, suprimiendo, en cuanto sea posible, sus dimensiones reales – religiosas, filosóficas, políticas, sociales y aun económicas –, o mejor que suprimiendo, transformando estas dimensiones y poniéndolas al servicio de un hombre técnico, que opere como una máquina electrónica.

Por ello, el comunismo destruye todo valor religioso, todo valor filosófico auténtico, todo valor también político, todo valor social, y aun todo valor de goce económico. El hombre se convierte en esclavo de la técnica. En lugar de ser la técnica un instrumento económico que facilite al hombre el logro de sus necesidades económicas, para que, satisfechas éstas, pueda dedicarse a la política, a la filosofía, a la religión, es decir, a la contemplación del universo y de Dios, el hombre, en cambio, se convierte en hacedor de un universo técnico colosal del cual el mismo hombre es apéndice y epifenómeno.

Aquí radica la perversión del marxismo. Que, al pervertir el fin de la existencia humana, asignándole un fin diametralmente opuesto al que le ha asignado el Creador, pervierte todo el hombre, todas las relaciones sociales y crea una civilización destructiva del hombre. De nada importa que pretenda exhibirse como un humanismo si en realidad es una destrucción del hombre.

Como su tarea es total, para poder cumplirla tiene que recurrir permanentemente a técnicas psicosociológicas de terror. De aquí que el uso del terror no se haya de considerar transitorio y accidental en el comunismo. Le es congénito y esencial, como lo ha advertido Pío XI, en 1937, en la Divini Redemptoris, cuando dice: “Pero no se pisotea impunemente la ley natural ni al Autor de ella: el comunismo no ha podido ni podrá realizar su ideal, ni siquiera en el campo puramente económico. Es verdad que en Rusia ha contribuido a liberar hombres y cosas de una larga y secular inercia, y a obtener con toda suerte de medios, frecuentemente sin escrúpulos, algún éxito material; pero sabemos por testimonios no sospechosos, algunos muy recientes, que, de hecho, ni en eso siquiera ha obtenido el fin que había prometido; esto, dejando aparte la esclavitud que el terrorismo ha impuesto a millones de hombres. Aun en el campo económico es necesaria alguna moral, algún sentimiento moral de responsabilidad, para el cual no hay lugar en un sistema puramente materialista como el comunismo. Para sustituir tal sentimiento ya no queda sino el terrorismo, como el que ahora reina en Rusia, donde antiguos camaradas de conspiración y de lucha se destrozan unos a otros; terrorismo que, además, no logra contener, no ya a la corrupción de las costumbres, sino tampoco la disolución del organismo social”.

El hombre total comunista es un hombre degradado y mutilado que apenas se mantiene por el terror.

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Hacia una civilización técnica o tecnocracia

El comunismo marcha hacia una civilización técnica o civilización de cosas o máquinas.

Pero el capitalismo también. Cada día aparece más claro que si el comunismo consiste en un capitalismo de Estado en manos de unos pocos hombres que con el manejo de este Estado dirigen y domestican a la multitud, también aparece, por otro lado, que el capitalismo, controlado por un grupo reducido de poderosos funcionarios económicos, a través de sus empresas, manejan al Estado y la vida de la nación.

El comunismo y el capitalismo constituyen un idéntico régimen político que, además, se propone levantar una inmensa unidad máquina de funcionamiento automático. En realidad, tanto el comunismo como el capitalismo marchan hacia la tecnocracia o gobierno automático de las cosas o de la máquina. El hombre convertido en robot, sin otro destino que la vida presente. Es decir, todo lo opuesto al hombre de la civilización cristiana.

El hombre, después de haber sido degradado, con el capitalismo primero y con el comunismo después, de su condición humana y animal, es acondicionado en la tecnocracia para un funcionamiento puramente electrónico. Así como se fabrican cerebros electrónicos, así los biólogos, psicólogos y sociólogos están empeñados en estudiar los métodos del control cerebral para la manipulación del comportamiento humano. El manipuleo de las mentes no constituye sino un capítulo de un programa más vasto que comprende todos los métodos y técnicas empleados para acondicionar y modelar al hombre-máquina de la sociedad-máquina. En esta sociedad el hombre es modelado por las condiciones mismas del trabajo que le imponen, por los placeres standardizados y mecanizados a que se le somete, por el medio social en que se desenvuelve, por el aire que respira, por el alimento que absorbe, por la agitación incesante que le rodea, por la publicidad y propaganda que le ahoga. La técnica, exterior al hombre, le descentra de sí mismo y de su alma; y esto produce fastidio y sed de novedades. El hombre no sabe qué hacer consigo mismo, cómo poblar su soledad, qué hacer con su tiempo y con su vida. Con la tecnocracia, se ha perdido la convivencia de los hombres. La tierra se ha tornado inhabitable. La civilización, en lugar de ser proyección de las virtudes del hombre, se ha convertido en una máquina trituradora de toda expresión y virtud típicamente humana.

No se trata de repudiar la técnica, sino la tecnocracia, esto es, la técnica como un fin en sí mismo. La técnica es un puro medio que debe estar al servicio del hombre. El hombre, a su vez, al igual que la civilización, aunque sea un fin en sí mismo, no es el fin último, sino que debe estar al servicio de Dios.

Si el hombre no se pone al servicio de Dios no va a lograr que la técnica se ponga a su servicio y en consecuencia va a ser destruido por la técnica. Por ello es necesario y urgente que el hombre vuelva a la civilización cristiana y que dé el primer lugar a los valores de la Iglesia, de Cristo y de Dios. Sólo así podrá rectificarse en sí mismo y recuperar el dominio que le cabe sobre las cosas inferiores. Una vez rectificado en su interior, podrá a su vez rectificar la política, que es la ciencia del manejo de los hombres y la economía, que es la ciencia del manejo de las riquezas y de las cosas y sólo entonces estará en condiciones de hacer buen uso de la ciencia y de la técnica que multiplica las riquezas. Y las riquezas multiplicadas, pero asimismo rectamente distribuidas, darán bienestar material a las generaciones humanas y nos salvarán de la vergüenza y del bochorno de que cientos de millones se vean en el desamparo material más oprobioso; y los medios de comunicación en lugar de corromper las mentes de los hombres civilizados servirán para dar un alto nivel cultural y religioso a todas las generaciones humanas. Sólo en la civilización cristiana habrá recuperado la técnica su puesto de servicio y de honor para la grandeza del hombre.

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APÉNDICE II. UBICACIÓN EXACTA DE LA DÉCADA DEL 70 EN LA REVOLUCIÓN ANTICRISTIANA

Para situar con exactitud al comunismo hay que, ubicarlo en el contexto de la Revolución anticristiana, como lo hacemos en el presente ensayo. Decimos que es la última etapa de esta Revolución, y ello exige que aclaremos varios puntos.

Sea el primero: ¿por qué nos empeñamos en sostener que es la última etapa y rechazamos la posibilidad de que sobrevenga una etapa de mayor degradación? En el comunismo, en realidad, no queda ya densidad cultural o humana sobre la cual se pueda operar una mayor degradación.

Agotado el “homo rcligiosus” queda la densidad cultural del “homo naturales”: agotado el “homo naturalis”, queda la densidad del “homo animalis”; agotado el “horno animalis”, queda la densidad cultural del “homo materiales”, pero agotado éste ya no queda densidad posible.

La humanidad, dentro de las condiciones espacio-temporales de la materia, queda entonces disponible para dos variantes: la una, para una materia puramente informe y sin ninguna estructura, como podría ser la del hombre que involuciona en la selva en un estado de aislamiento y soledad que no alcanza la vida de la tribu. Pero, dado el crecimiento vegetativo la humanidad no creemos esta hipótesis posible. Menos posible aún la involución a un estado anárquico y selvático de la muchedumbres que habitan n los grandes centros de la población del mundo Por eso no vemos viable sino la otra variante, la de que el “homo materiales” constituido en muchedumbre reciba por el rigor de la fuerza una estructura artificial que lo reconduzca a un mecanismo que provea sus necesidades elementales de comer, crecer, divertirse y morir.

Dadas las condiciones de densidad de población y del grado de “civilización” que ha alcanzado la vida humana sobre la Tierra, no queda lugar sino para una humanidad comunista. Ya el hombre, por sus propias fuerzas naturales y si no se produce un milagro, no podrá volver atrás y realizar, aunque sea en variantes nuevas, el liberalismo, el naturalismo y muchos menos la ciudad católica.

Pero no; la gran razón de la historia es la metahistoria. La gran razón de la humanidad es la Iglesia, y es Cristo. La historia gira en torno de la Iglesia de Cristo. El comunismo también se mueve en torno de Cristo, como todo mal que en definitiva coopera para el bien de los elegidos. Por ello, sería un error estudiar al comunismo y su trayectoria como si la ciudad católica no tuviera nada que ver con él. El comunismo se ha de extender y ha de dominar al mundo en la medida en que lo requiera la etapa de purificación de los pueblos que Dios está operando por su medio. El gran hecho que da significación y razón de ser a los pueblos es su evangelización. Y en el momento actual estamos todavía en la evangelización de los pueblos paganos. Sólo cuando los pueblos paganos entren en la Iglesia volverá la fe cristiana al pueblo judío. Y éste es el acontecimiento que se está preparando: la plenitud de los pueblos paganos en la Iglesia. Lo que San Pablo llama plenitudo gentium. Cuando la plenitud de los pueblos paganos entrare en la Iglesia, entonces todo Israel será salvo (San Pablo, Romanos, 11, 26). Israel no ha sido todo salvo, sino que una parte se ha enceguecido a la luz de la fe y endurecido al amor cristiano, hasta que entrare la plenitud de las naciones (Ibid. 11, 25). Estamos ahora en el filo mismo de los acontecimientos. Por eso el furor y la rabia de la judería universal contra el mundo pagano, a punto de entrar en plenitud en el cristianismo. Porque ésa es la única preocupación de los judíos: impedir que se hable a los gentiles y se procure su salvación (San Pablo, I a Tesalonicenses, 2, 16). Y a pesar de que los judíos están empleando todos los medios de comunicación contra la cristianización de los pueblos, éstos están a punto de escapárseles de la mano y de entrar en plenitud en la Iglesia.

Estamos viviendo un momento de excepcional importancia en la historia de la salvación de los pueblos. En esta década del 70, estamos en vísperas de la plena evangelización y entrada en la Iglesia de los pueblos paganos. Cuando llegue ese momento, todos los medios de comunicación que encierra el mundo tecnológico de hoy y todos los poderes de la tierra serán puestos a disposición del Mensaje de Cristo. Entonces la tecnología y la vida cultural de los pueblos será puesta al servicio del Evangelio. Pero a medida que se aproxima ese momento, ha de arreciar el furor de los judíos para impedirlo, he aquí el sentido de los días en que vivimos, en los cuales todos los medios de comunicación y toda la vida cultural está al servicio de la iniquidad para impedir que los pueblos paganos cristianos vivan del Evangelio de Jesucristo. Toda la Iglesia ha sido reducida al silencio. La Iglesia de los países comunistas, en cuanto allí no hay lugar para que se proclame la palabra de Dios; la Iglesia de los países no comunistas, en cuanto allí se ha alterado la verdadera significación del Mensaje de Cristo por el predominio que ha logrado la herejía del progresismo.

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Significación del Progresismo en esta década del 70 dentro de la Revolución Anticristiana

Esto nos lleva a precisar hasta dónde llega el desborde de la iniquidad en esta década del 70 cuando está a punto de producirse el gran acontecimiento bíblico anunciado por San Pablo de la entrada en plenitud de los pueblos paganos en la Iglesia. Sabido es que San Pablo, en la 2a Carta a los Tesalonicenses (2, 7), nos dice que “ya está operando el misterio de iniquidad”. Pero también, así como en la casa del Padre hay muchas moradas (Juan 14, 2), en el reino misterioso del mal ha de haber muchos grados de iniquidad. Y ti diablo – la antigua serpiente (Apoc. 20, 2) – ha de emplearse más a tundo cuando se vaya acercando el fin de los tiempos, pues le queda menos oportunidad de labor. Todo esto nos lleva a pensar que el diablo ha de movilizar a sus agentes terrenos para que se dediquen a perpetrar el mayor isómero de crímenes organizados aquí en la tierra. El diablo es mentiroso y homicida (Juan 8, 44) y sus agentes también lo han de ser; el crimen mayor que maquinan es el de la perdición eterna de las almas y, en consecuencia, “impedir que se hable de Cristo a los gentiles y se procure su salvación” (San Pablo I, Tesalonicenses 2, 16).

¿Quiénes son los agentes que el diablo utiliza para la realización de sus maquinaciones? En la providencia actual el cristianismo tiene un enemigo primero y natural que es el judío. No en vano el Señor los acusa de “hijos del diablo” (Juan. 8, 44). En segundo lugar, los paganos, En la crucifixión, los judíos actúan como los verdaderos instigadores y responsables mientras los gentiles se desempeñan como ejecutores. De aquí que los enemigos del cristianismo sean los judíos, masones y comunistas. Ahora bien, estos enemigos están cumpliendo la obra de destrucción de la evangelización. Para ello han cumplido con el naturalismo el liberalismo y el comunismo, la destrucción de la ciudad católica o de la civilización cristiana. Pero esto no es suficiente. Están ahora empeñados en la destrucción del cristianismo mismo. Tal la significación del Progresismo.

¿Qué es, en definitiva, el Progresismo? Renovando los intentos del modernismo, que apareció a comienzos del siglo y que fue rechazado con singular fuerza por la Pascendi de San Pío X, el Progresismo ataca todos los dogmas y la moral evangélica, pero los ataca desde dentro de la Iglesia misma. Pareciera que el enemigo hubiera logrado penetrar dentro de la Iglesia, apoderarse de los puestos de comando y desde allí trabajar para su destrucción. Con el Progresismo aparece un hecho inédito en la historia de la Iglesia: el proceso de autodemolición, como lo ha calificado el mismo Papa Paulo VI. Autodemolición: destrucción desde dentro por manos de la Iglesia misma.

Este hecho insólito no tiene explicación si no recurrimos a la hipótesis de que los enemigos de la Iglesia han logrado franquear el recinto sagrado, penetrar en ella y desde allí efectuar esta tarea de destrucción. Porque lo normal es que una institución tienda a conservarse y no a destruirse. Esta hipótesis de que los enemigos han logrado entrar en la Iglesia para efectuar su destrucción cobra especial verosimilitud si atendemos a tres denuncias efectuadas oportunamente. La una sobre la penetración de los comunistas. expuesta ante Roma y el mundo católico por el Cardenal Wiszinski a propósito del movimiento Pax preparado por los servicios de seguridad de la Rusia soviética y encomendado al progresista católico Piasecki, que, al fracasar en Polonia, logró en cambio gran éxito de penetración en otras partes del mundo, especialmente Francia. La otra, sobre la penetración masónica, es estudiada con especial sagacidad por Pierre Virion en su libro La Masonería dentro de la Iglesia. donde se examina la realización en nuestros días del plan masónico elaborado en las logias a fines del siglo XIX por los amigos del canónigo apóstata Abbé Roca. La tercera, sobre la penetración judía es examinada en el magnífico libro Complot contra la Iglesia, donde se analizan los seculares intentos de penetración de la judería con el movimiento típico, llamado de los marranos.

Con el Progresismo, al penetrar los enemigos de la Iglesia dentro de la Iglesia misma, está consiguiendo transformarla de agente de santidad en agente de corrupción. Primero, se está operando una falsificación de la doctrina y esto a nivel de los teólogos más publicitados. No hay dogma que no sea sometido a una crítica destructiva. El Magisterio de la Iglesia es cuestionado de manera que las opiniones de los teólogos no tienen una instancia superior de control. Las Sagradas Escrituras son asimismo racionalizadas completamente y reducidas a la condición de mitos. El dogma de la transustanciación, único que asegura la presencia real de Cristo en el sacrificio eucarístico, es rechazado sobre la base de su aparente incompatibilidad con la ciencia y la filosofía.

Al rechazar la verdad de la presencia real y sustancial de Cristo en la Eucaristía, cae el fundamento del culto de adoración que sostiene toda la liturgia católica. Los privilegios marianos que, en conformidad con las Escrituras y la tradición, ha levantado en homenaje a la Virgen Madre la teología post-tridentina, son destruidos sistemáticamente. El culto a los santos y a los ángeles es atacado vivamente. Y como si esta obra de destrucción no fuera suficiente se llega a cuestionar la misma dignidad de Jesucristo y el augusto misterio de la Trinidad. Toda esta situación la he estudiado oportunamente en mi libro De la cábala al Progresismo (Editorial Calchaquí, Salta, 1969). Allí hago ver cómo este rechazo y debilitamiento de los dogmas conducen a la secularización en que termina el mundo cultural donde Díos ha muerto. Al adulterarse la doctrina de la fe, que es doctrina de santidad, se adultera consecuentemente todo lo que se refiere a la práctica cristiana en lo individual y social, y allí se erige en Padres de la Iglesia con libertad para pontificar a dos maestros indiscutidos: Freud y Marx. No es difícil adivinar qué pasará en el plano de las costumbres de la vida y de la política con tales maestros de corrupción.

Frente a esta obra de demolición operada por los enemigos de la Iglesia que han logrado introducirse en ella para cumplir su tarea destructiva, no es extraño que el Pontífice haya denunciado que el humo de Satanás ha penetrado en la Iglesia misma y trata de corromperla. Pero en vano. Dios intervendrá en el momento oportuno. ¿Qué significación puede tener en los planes de Dios esta tarea destructiva del Progresismo?

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Significación del Progresismo en los planes de Dios

Los enemigos han conseguido, no ya destruir la cristiandad o ciudad católica, sino corromper al mismo cristianismo. A éste no lo podrán destruir realmente porque tiene la promesa de indefectibilidad que le ha hecho Jesucristo. ¿Por qué permite Dios esta corrupción de la Iglesia? En primer lugar, como enseñaba Bossuet, la Iglesia es Jesucristo prolongado. Luego, ha de pasar por las mismas etapas de gozo, de tribulación y de gloria por las que pasó el Maestro. El discípulo no puede ser diferente de su maestro (Lucas 6, 40). Ahora bien, Cristo sufrió los padecimientos de la Cruz. Fue maniatado, llevado a los tribunales judíos y romanos, encarcelado, abofeteado y por fin crucificado. Así la Iglesia. Tal su condición en los días presentes por el escarnio que hacen de ella los obispos sacerdotes y fieles progresistas. El misterio de la Cruz está iluminando el paso terrestre de la Iglesia en estos días de imperio: el misterio de iniquidad. “Esta es vuestra hora y del poder de las tinieblas”. (Lucas. 22, 53).

Pero hay otra razón, tomada ella de los días luminosos de la civilización que viene. No hay cristiandad si no hay cristianismo. No hay cristiandad luminosa sin un cristianismo también luminoso. Y esto es lo que se está preparando bajo la efusión del Espíritu de Dios. Pero para que el Espíritu de Dios pueda obrar con libertad en las almas y en las instituciones hace falta vencer las resistencias que ofrecen las estructuras caducas de esas mismas almas e instituciones. Y esto es lo que está aconteciendo. El Progresismo demoledor está deshaciendo cierto fariseísmo que con el correr del tiempo se había apoderado de los hombres y de las instituciones de la Iglesia en la época post-tridentina. Este progresismo puede tener algunos efectos buenos. Y uno de ellos, es esta sincerización, esta ambientación, esta entrada de aire fresco y renovador que es perceptible en la Iglesia. No en vano canta la Iglesia al Divino Espíritu: Lava lo que está sucio, riega lo que está seco, sana lo que está enfermo.

Haz flexible lo que está rígido, Calienta lo que está frío, Endereza lo que está desviado.

Porque aunque la cabeza de la Iglesia sea Jesucristo, sus miembros los constituimos nosotros, pobres pecadores. Y nosotros estamos llenos de inmundicia en todo el inmenso catálogo de los pecados. Y los pecados e imperfecciones pueden afectar a la institución misma de la Iglesia no en lo que ella tiene de divina sino en lo que le acompaña de humano. Mientras la Iglesia peregrine en este valle de lágrimas va a ser muy difícil para el ojo terrestre distinguir lo divino de lo humano. El hecho es que todo parece decirnos que el Espíritu Santo está preparando días gloriosos de cristianismo y de cristiandad. La plenitudo gentium, la plenitud de los pueblos paganos en la Iglesia. Las viejas naciones cristianas de Europa, remozadas en la fe, la esperanza y la caridad; y las ya maduras naciones de Hispanoamérica revitalizadas de ardor apostólico, y las jóvenes naciones de Africa y de Asia, llenas de ímpetu por dar muestras de su fe y de su fervor.

Pero creemos que hay otra razón, más profunda y misteriosa en cuanto conectada directamente con la Palabra divina, o, como dice el Evangelio en diversas ocasiones (Juan, 17, 12: 19, 24: 19, 28) para que se cumpla la Escritura. A medida que nos acercamos a la parusía o venida del Señor, nos acercamos también a la manifestación del Anticristo. En la II Carta a los Tesalonicenses, San Pablo nos enseña que antes de la Parusía “ha de venir la apostasía y ha de manifestarse el hombre de la iniquidad, el hijo de la perdición que se opone y se alza contra todo lo que se dice Dios o es adorado, hasta sentarse en el templo de Dios y proclamarse Dios a sí mismo” (2 Tes 2, 3-4) Pero, ¿por qué no se manifiesta desde ya este hijo de la perdición – que es un misterio de iniquidad – ya que, como enseña el mismo Apóstol en el mismo lugar, “está ya en acción”? (16, 7) El Apóstol contesta: “Y ahora sabéis qué es lo que le contiene hasta que llegue el tiempo de manifestarse… sólo falta que el que retiene sea apartado” (II Tes, 2, 6-7).

De acuerdo con la enseñanza taxativa de San Pablo en este lugar, el Anticristo está operando desde el comienzo de la Iglesia. Sería entonces un pueblo, el pueblo por antonomasia enemigo de Cristo, pero habría un obstáculo que le impide manifestarse, esto es, ejercer una acción que asumiera carácter público. Su acción contra Cristo y contra la Iglesia sería entonces secreta. Esto hay que vincularlo con la acción secreta que ya denuncia el mismo San Pablo (Gálatas, 2, 4) de los falsos hermanos o judíos falsamente convertidos. La muerte de Cristo fue asimismo resuelta en una reunión secreta de los príncipes de los sacerdotes y fariseos (Juan, 11, 47). Todo el plan judeomasónico contra Cristo y su Iglesia se desarrolla en el secreto de las logias Cuanto todo este plan esté en condiciones de tomas carácter público, entornes aparecerá la cabeza visible del poder oculto judeo-masónico, y “la venida del inicuo irá acompañada del poder de Satanás, de todo género de milagros, señales y prodigios engañosos y de seducciones de iniquidad para los destinados a la perdición por no haber recibido el amor de la verdad que los salvaría” (II Tes., 2, 9-10).

¿Cuál es este obstáculo que impide el carácter público de la acción del Anticristo contra Cristo y la. Iglesia? San Pablo no lo dice, pero hay una tradición al respecto que recoge Santo Tomás en sus comentarios a las Cartas de San Pablo. El obstáculo, enseña allí Santo Tomás, primero es la fe, que había de ser recibida en todo el mundo. Y se predicará este evangelio del reino en todo el mundo (Mt. 24, 14). Estas palabras de Mateo concuerdan con las del Apóstol: “hasta que entre en la Iglesia la plenitud de las naciones” (Rom., 11. 25). Mientras impere el cristianismo en el mundo, no vendrá el Anticristo. Pero también está anunciado: “en los últimos tiempos muchos abandonarán la fe” (I Tim 4, 1) y “se ha de enfriar la caridad de muchos” (Mt., 24, 12). Y entonces, cuando la secularización total se haya apoderado de los pueblos, vendrá el Anticristo. Pero ¿cuándo se perderá el cristianismo en la vida de los pueblos? Cuando se pierda la vida pública al servicio de la Iglesia. Por esto, hay que atender al segundo obstáculo que impide la manifestación pública del Anticristo, y a él se refiere Santo Tomás en este mismo lugar. Y este obstáculo es “el imperio romano, al que estaba sometido todo el mundo”, porque, dice allí Santo Tomás, “el romano imperio fue consolidado para esto, para que debajo de su poder se predicara la fe por todo el mundo”.

Santo Tomás se pregunta cómo puede ser esto cuando hace tiempo ya que los pueblos se apartaron del romano imperio y todavía no vino el Anticristo. Hay que decir, contesta, que todavía no terminó el romano imperio, sino que se transformó de temporal en espiritual. Y ¿qué es el romano imperio transformado de temporal en espiritual sino la civilización grecorromana que, como explica Hilaire Belloc (La Crisis de la Civilización, Editorial. Sudamericana, traducción de Carlos M. Reyes, Buenos Aires, 1945) perseveró bajo signo cristiano? La cristiandad o ciudad católica es el romano imperio porque ha conservado como eje de la civilización la majestad de la autoridad pública.

La cristiandad ha de desaparecer antes que el cristianismo, es decir, la vida pública sometida a la iglesia antes que su profesión privada. Por eso, la tradición ha enseñado siempre la existencia de las dos potestades o espadas en el mundo cristiano, lo que ha sido magníficamente sintetizado por Bonifacio VIII en la bula UNAM SANCTAM: “Que en este poder hay dos espadas, la espiritual y la temporal, somos instruidos por las enseñanzas evangélicas… Una y otra están el, poder de la Iglesia, la espada espiritual y la material. Pero ésta al servicio de la Iglesia, aquélla debiendo ejercerse por la Iglesia. Aquélla por mano del sacerdote, ésta de los reyes y de los soldados, pero a la señal y paciencia del sacerdote. Conviene pues que una espada esté bajo la otra espada y que la potestad temporal se someta a la espiritual” (Denzinger, ed. 31, N° 469).

El progresismo está cumpliendo una acción destructiva que directamente se dirige, no al cristianismo, sino a la cristiandad. El progresismo comenzó con las tesis de Maritain expuestas en “Humanisme Intégral”, donde se rechazaba la Cristiandad tradicional y se la sustituía por el culto de la persona humana, En ese planteo se sacrificaban los derechos de la ciudad católica en aras de unos derechos del individuo humano. Por allí, con la apariencia de un bautizo cristiano, entró el liberalismo en la temática corriente de los católicos. Se olvidó así la doctrina social de la Iglesia que descansa toda ella, como expone León XIII en “Inmortale Dei”, en los derechos imprescriptibles de Cristo Rey y de la Iglesia sobre la familia, el trabajo, la vida económica y la vida política. Se puso fin a toda la doctrina católica sobre la vida temporal de los pueblos, e incluso llegó a sostenerse que el “Syllabus” de Pío IX condenando los errores modernos debía ser abandonado.

Desde la claudicación de Maritain hasta nuestros días, el proceso de abandono de la doctrina social de la Iglesia, o sea, de la Cristiandad, ha ido ganando terreno rápidamente. No sólo no está en vigencia en los medios católicos la Cristiandad como régimen normal de toda la vida pública al servicio de la Iglesia, sino que ni siquiera está en vigencia en aspectos parciales, como la familia, la propiedad y la económica. Un socialismo ha cundido rápidamente entre los ambientes católicos. El derecho natural y la ley natural resultan ininteligibles a las nuevas generaciones católicas. La espada material hace rato que ha dejado de colocarse al servicio de la Iglesia. El orden romano es cada día más abandonado, tanto que el uso de la lengua latina en la liturgia y en el aprendizaje de las ciencias sagradas ha dejado de ser corriente. Pareciera como si hubiera de mantenerse la fe cristiana pero que hubiera de entregarse todo el orden temporal, si no a la subversión, al menos al socialismo. Con el orden romano parece haber desaparecido la Cristiandad. Después de Vaticano II ha tomado cuerpo en la Iglesia una doctrina que se opone a la Cristiandad. La Cristiandad descansa en la idea de que el poder temporal está al servicio de la Iglesia para los fines de la Iglesia misma; y, en cambio, ahora se mantiene otra idea, la de que la Iglesia sirve al mundo en la construcción del mundo mismo. Y el mundo, entonces, lejos de ajustarse a los dictámenes de la ley natural y evangélica, corre por los cauces de la Revolución y se construye en los lineamientos de ésta.

Todo parece significar que la Cristiandad está a punto de despedirse de la historia. Y con la Cristiandad, el cristianismo. Entonces vendrá el Hijo de la Perdición. Pero pensamos que antes de retirarse de la historia, la Cristiandad tendrá un reflorecimiento extraordinario que ha de coincidir con la plenitud de las naciones, adentradas en la Iglesia.

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Notas:

1 El sacerdote dominico Avril y el jesuita de Soras, por la referencia Itinéraires, junio de 1963, página 153.

2 “En torno al Progresismo Cristiano”, Librería Huemul, Buenos Aires, 1964, y reeditado como “Un Progresismo vergonzante”, Cruz y Fierro Editores, Buenos Aires, 1967.

3 I-I, q. 2.

4 I, q. 22, a. 1.

5 I, q. 22, a. 2.

6 Ibid., a. 4.

7 I, q. 23, a. 1.

8 Rom., 8, 30.

9 Rom., 8, 28.

10 Suma I, q. 23, a. 7.

11 Génesis, 1, 31.

12 Juan, 12, 31.

13 Efesios 6, 12.

14 Juan, I, 2, 16.

15 Desde aquí hasta la página 63 reproducimos lo que habíamos publicado en 1936, en el Epílogo de nuestra Concepción Católica de la Economía.

16 Suma contra Gentiles, L. III, c. 37.

17 Malaquías, 2, 7.

18 Joseph Leo Seifert, Los revolucionarios del mundo.

19 Manuscritos de 1844, Molitor, Ecrits philosophiques, VI, 85-86; edición inglesa, pág. 114.

20 Editorial Grijalbo, Méjico, 1958, segunda edición, página 588.

21 V. I. Lenin, De la destrucción de un régimen secular a la creación de otro nuevo.

22 El Capital, Libro I, pág. 147. Editorial Cartago, Buenos Aires, 1956.

23 El Capital, I, pág. 519.

24 Ibid., página 611 25 Crítica del Programa de Gotha.

26 Franz Grégoire, La Pensée communiste, Fascículo I, página 16, Lovaina, 1955.

27 Ver: Julio Meinvielle, El judío en el misterio de la historia. Ediciones Theoria, Buenos Aires, 4º edición, 1963.

28 Sobre este punto, Jean Madiran, Itinéraires, 41.

29 I Cor. 3, 22.

30 Isaías, 2, 2.

31 Como no faltan quienes piensen que el programa económico-social de Mater et Magistra gira en torno de la empresa comunitaria, un artículo mío aparecido en Estudios Filosóficos y Teológicos, de Buenos Aires, rebate dicha opinión (Conceptos fundamentales de la Economía, Apéndice, segunda edición, Editorial Universitaria de Buenos Aires, Buenos Aires, 1973).

32 Juan, 16, 33.

33 Juan, 5, 5.

34 Hechos, 4, 12.

35 La vie intellectuelle, febrero, 1954, Jésu Christ en France, pág. 119.

36 Ibid., pág. 123. El subrayado es nuestro.

37 Ibid., pág. 129.

38 Frederick Lewis Allen, Le grand changement de l’Amérique, Amiant-Dumont. Paris, 1953.

39 La vie intellectuelle, febrero 1954, pág. 123.

40 Ibid., pág. 123.

41 Páginas 192-193.

42 Rom., 8, 35.

43 II Tes., 2, 3.

44 Ennéades, III, 2, 15.

45 I, Cor. III, 22.

46 S. Thomas, Suma Theol., 1, 23, 7.

47 S. Thomas, De Pot., 5, 5, ad 13.

48 Ibid., 3, 10 ad 3 y 4.

49 II S. Pedro, 3, 10.

50 Ibid.

51 Christ et le temps, Délachaux et Niestlé, S. A. Neuchâtel, 1947.

52 Ef. 4, 13.

53 Mt. 25, 13.

54 Mt. 24, 14.

55 Rom., 11, 33.

56 II Tes. 2, 9.

57 Rom., 11, 25.

58 Santo Tomás, in Pol. Núm. 11. Marietti 1951.

59 La Civilización Helénica, pág. 46, Emecé, Buenos Aires, 1960.

60 Ibíd., pág. 47.

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Se terminó de imprimir el 19 de noviembre de 1982, festividad de SANTA ISABEL DE HUNGRÍA que se consagró enteramente y de por vida a practicar la caridad con heroísmo frente a la indiferencia y al encono de los poderosos, que alivió las enfermedades de los Caballeros Cruzados que volvían de los Santos Lugares, y Patrona del sufrido pueblo húngaro, víctima del terror y de la barbarie del Comunismo, en los Talleres Gráficos Talgraf, Potosí 4469, Buenos Aires.

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