Así Fue la Iglesia Primitiva (IV)

Título: Así Fue la Iglesia Primitiva. Vida Informativa de los Apóstoles
Autor: R. Padre José A. de Sobrino, S. J.
Adaptación pedagógica: Dr. Carlos Etchevarne, Bach. Teol.

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Contenido

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xix. Epístola a los Romanos.

Es bien sabido que el orden de la sucesión de las Cartas de San Pablo en una edición del Nuevo Testamento no sigue la cronología de las fechas de su redacción, porque entonces tendríamos que comenzar por la primera Carta a los Tesalonicenses. El orden editorial que se ha seguido es simplemente el de la mayor a la menor longitud del texto: la Carta a los Romanos es la más extensa y la nota a Flemón la más breve. Pero, además, la Epístola a los Romanos es no solamente la más larga, sino también la más importante de todas. Porque en ella se trata de la salvación que nos trae Cristo. San Agustín, con su precisión acostumbrada, nos advierte que “lo que San Pablo pretende enseñarnos en esta Carta es que a todos nos ha llegado la salvación por la gracia del evangelio de Nuestro Señor Jesucristo.” Al escribir así San Agustín, cambiaba la terminología de Pablo, que usó la palabra “justificación”; aunque ambos términos, la Gracia y la Justificación, eran afines y significaban la salvación que se obtiene por la gracia que nos justifica. A este tema principal se agrega otro secundario, que es la defensa de esta doctrina contra las objeciones de los judíos que rechazaban el Evangelio como una innovación que contradecía la Antigua Ley o Toráh.

Aunque el propósito de esta Vida informativa, como ya lo hemos declarado, no es presentar una exégesis literal de los escritos de San Pablo, vamos a detenernos algo en esta carta, ya que lo que un hombre escribe suele ser el mejor retrato e información sobre su persona.

Esta Carta a los Romanos ha sido comentada por todos los Santos Padres y escritores eclesiásticos, y también, en tiempos de la Reforma, su interpretación por Lutero fue una de las claves para comprender su pensamiento.

El texto ha sido dividido de diversas maneras y ofrecemos aquí una en la que muchos coinciden:

A) introducción (1:1-17)

B) parte doctrinal (1:18-11:36)

1. Necesidad de la Salvación por el Evangelio (1:8-3:20)

2. El camino de la Salvación (3:21-4:25)

3. El efecto de la Salvación:

a) Esperanza de la gloria eterna (5:1-21)

b) Liberación total del pecado (6:1-23)

c) Cristo es la Ley Nueva (7:1-25)

d) La inhabilitación del Espíritu Santo (8:1-39)

4. La exclusión presente de Israel:

a) Es compatible con la fidelidad de Dios (9:1-29)

b) En qué consiste el pecado de Israel (9:30-10:21)

c) La exclusión no es definitiva (11:1-36)

C) la parte moral (12:1-15:13)

1. Exhortación general (12:1-13:14)

2. Exhortación a los cristianos de Roma (14:1-15:13)

D) conclusión (15:14-16:27)

La autoría y autenticidad de esta Carta jamás ha sido negada ni dentro ni fuera de la Iglesia católica. Podremos preguntarnos hasta qué punto Tercio, que fue el secretario redactor de Pablo, es responsable de algunas expresiones de la carta; y asimismo hay quienes retienen algunas dudas sobre la “paulinidad” de los últimos versículos de la epístola.

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01. Destinatarios de la Carta.

Algunos comentaristas se han preguntado cuál es la razón que tuvo Pablo para escribir esta carta a los romanos, no siendo éstos una comunidad que él hubiese evangelizado anteriormente. Roma iba adquiriendo cada vez mayor importancia en el orbe cristiano, ya que se concentraban en ella fieles procedentes de todas las regiones del Imperio. Otro motivo podría ser que Pablo quería ir a visitarlos personalmente por varias razones, y en concreto porque deseaba que ellos le preparasen su proyectado viaje a España. Ahora bien, probablemente a Roma había llegado noticia de la oposición levantada contra Pablo por parte no sólo de los judíos, sino también de algunos cristianos procedentes de la fe mosaica, que lo acusaban de innovador y de querer destruir la religión tradicional del pueblo hebreo. En una palabra: en Roma se repetían las controversias que dieron origen a la Carta a los Galatas (cf. c.XXV), y por eso Pablo deseaba tratar de esos mismos temas con más extensión y profundidad, con el propósito de que quedasen aclarados por escrito antes de que él se presentase personalmente en Roma.

La colonia judía de Roma en aquel tiempo era bastante numerosa y podía llegar hasta 40.000 personas, y la comunidad cristiana estaba constituida por una mezcla de conversos del judaísmo y de otros procedentes del paganismo, entre los que podía fácilmente originarse discrepancias que hacían necesaria una aclaración doctrinal.

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02. Primera Tabla del Díptico: la Humanidad sin Salvación.

San Pablo comienza la Carta trazando las líneas maestras de un cuadro en el que se muestra a la Humanidad como incapaz de obtener la salvación por sí misma. Para presentar este cuadro, el Apóstol muestra un díptico en el que dedica una tabla al paganismo y otra al judaismo.

El paganismo está en tinieblas respecto al conocimiento del verdadero Dios y al culto que le es debido: “Lo que puede conocerse de Dios lo tiene a la vista, porque Dios mismo se lo ha puesto delante, ya que desde que el mundo es mundo lo invisible de Dios, es decir, su eterno poder y divinidad, resulta visible para el que reflexione sobre sus obras” (1:19-20) Mas los hombres, en lugar de subir hasta Dios por la escalera de sus criaturas para descubrirlo, y “en vez de tributarle alabanzas y dar las gracias que Dios se merecía, se dedicaron a vaciedades, y su mente insensata se obnubiló” (1:21). Por una parte, Dios tiende una escalera para que se pueda subir hasta El. Por otra, los hombres se dedican a vaciedades — a naderías, como diría Santa Teresa —, y en vez de aproximarse a la Luz se quedan entenebrecidos; de suerte que “pretendiendo ser sabios resultaron ser necios, y cambiaron la Gloria del Dios Inmortal por imágenes de hombres mortales, de pájaros, cuadrúpedos y reptiles” (1:22-23). Basta echar una ojeada a la historia de los últimos siglos del helenismo, para advertir que esta idolatría ha adoptado formas zoolatritas y que últimamente erigía estatuas a los emperadores divinizados.

¿Cuál fue la reacción de Dios ante estas tinieblas tan pretendidamente buscadas? No es ningún castigo externo — y ésta es la enseñanza magistral de Pablo —, no es nada que les venga desde fuera, sino que son ellos mismos los que se administran su propio castigo y destrucción: “Dios los abandona a sus propios deseos” (1:24) El hombre se convierte en verdugo de sí mismo a través de ese sutil instrumento que es el propio deseo desordenado. El panorama que Pablo despliega es de un realismo sobrecogedor, como si fuera el documental de una catástrofe que ha destruido hasta sus cimientos todos los edificios de la convivencia.

“Por eso, abandonándolos a sus deseos, los entregó Dios a la inmoralidad, con lo que degradan ellos sus propios cuerpos, por haber sustituido ellos al Dios verdadero por uno falso, venerando y dando culto a la criatura en vez de al Creador (bendito El por siempre, amén). Por esa razón, los entregó Dios a pasiones degradantes: sus mujeres cambiaron las relaciones naturales por otras innaturales, los hombres lo mismo; dejando las relaciones naturales con la mujer, se sumieron de deseos con otros; cometen infamias contra otros hombres, recibiendo en su persona el pago inevitable de su extravío. Como además juzgaron inadmisible seguir reconociendo a Dios, los entregó Dios a la inadmisible mentalidad de romper toda regla de conducta, llenos como están de toda clase de injusticia, perversidad, codicia, maldad; plagados de envidias, homicidios, discordias, fraudes, depravación; son difamadores, calumniadores, hostiles a Dios, insolentes, arrogantes, fanfarrones, con inventiva para lo malo, rebeldes a sus padres, sin conciencia, sin palabra, sin entrañas, sin compasión.

Conocían bien el veredicto de Dios: que los que se portan así son reos de muerte, y, sin embargo, no sólo hacen estas cosas, sino que además aplauden a quienes las hacen” (1:24-32)

Basta releer, aun sin comentarios, esta descripción para advertir la magnitud de la catástrofe, en la que no es Dios quien sale perdiendo, pues El sigue siendo “el Bendito por siempre” (1:25), sino el hombre. Degradación personal con un fuerte componente de distorsión sexual. Rotura de la “regla de conducta” que los hace confundir el bien y el mal, lo mandado y lo prohibido. Destrucción de todas las relaciones de convivencia humana, dentro y fuera de la familia. “Reos de muerte” es el veredicto de Pablo. Por dos razones: porque practican todo lo que hacen, y además porque aplauden a lo que lo hacen así: los medios de comunicación social no escapan de esta condena inapelable. Todo esto lo escribía San Pablo, digamos que unos cincuenta años después de haber nacido Jesús.

Sin embargo, si retrocedemos en el tiempo, hallamos otra descripción de estos desórdenes y pecados en otro libro de la Sagrada Escritura, que es el de la Sabiduría.

“No les bastó errar en el conocimiento de Dios, sino que además, viviendo en grande guerra de ignorancia, a tamaños males saludaban con el nombre de paz. Pues celebrando iniciaciones infanticidas o misterios clandestinos o locas orgías de ritos exóticos, ya ni las vidas ni los matrimonios guardan limpios y el uno o mata a traición al otro o lo aflige con adulterio. Por doquier cunde, en revuelta confusión, sangre y matanza, latrocinio y fraude, corrupción, infidelidad, tumulto, perjurio, desbarajuste de lo bueno, olvido de lo malo, corrupción de almas, inversión de sexos, trastornos de matrimonios, adulterio y libertinaje; porque el culto de ídolos, que no merecen nombrarse, es principio, causa y término de todo mal.” (Sab 15:22-27)

Carta a los Romanos: unos cincuenta años después de nacido Jesús se nos presenta la situación de una gran urbe del Imperio Romano, quizá Corinto. Libro de la Sabiduría: unos cincuenta años antes de haber nacido Jesús, la radiografía moral de otra gran metrópoli del mundo helenístico: Alejandría. Cincuenta años antes, cincuenta años después. El mundo encerrado en el pecado. Y en medio de ese espacio y de ese tiempo, Dios envía a su arcángel Gabriel a una casi niña, llamada Myriam, que vive en el pueblecito ignorado de Nazaret: “la paz sea contigo, el Espíritu Santo descenderá sobre ti, darás a luz un hijo, le pondrás por nombre Jesús, El salvará a Israel de sus pecados.”

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03. Segunda Tabla del Díptico: los Judíos sin Salvación.

Que no se crea el judío, al haber contemplado ese horrendo panorama del paganismo, que él puede escapar por sí mismo de su condenación (2:1). Y aunque él se erige como juez de esos paganos, ante Dios es asimismo culpable: “Ya que, por la dureza del corazón impenitente, está almacenando castigos para el día cuando se revele el justo juicio de Dios que pagará a cada cual según sus obras (2:5-6). Aflicción y angustia alcanzarán a todo el que cometa el mal: el primer lugar al judío, pero también al griego; porque Dios no tiene favoritismo (2:9-11). Los que pecaban bajo la Ley, por la Ley serán juzgados (2:12).

El Apóstol se extiende en algunas consideraciones,, especialmente significativas para los hebreos, acerca de la vocación de Abraham que logró su justificación o rehabilitación no en virtud de sus obras ni tampoco de la circuncisión, sino por causa de su fe: “Abraham creyó en Dios, y eso le valió de justificación” (4:3). Lo mismo podría decirse de la Ley dada por Moisés, la cual sirve para señalar dónde está la trasgresión y el pecado, pero no otorga la gracia para evitarlo ni para perdonarlo, por lo cual el hombre se encuentra prisionero de esa ley de pecado y sintiendo en su propio cuerpo una lucha y contradicción, de forma que “no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero” (7:19). “¿Quién nos librará de esta condición humana y de este instrumento de muerte? ¡Gracias sean dadas a Jesucristo Libertador del pecado y de la muerte!” (7:24-25). que nos ha dado una nueva ley del Espíritu de vida.

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04. La Nueva Ley del Espíritu.

Este grito de triunfo que acabamos de escuchar nos introduce en una de las enseñanzas más alentadoras y maravillosas de la Carta a los Romanos: la acción del Espíritu Santo en el nuevo ser liberado por Cristo. Nunca, en ningún otro de los escritos neo-testamentarios, se expone una doctrina más completa y vivificante sobre ese Espíritu Santo, que Jesús, durante su última Cena, prometió tan explícitamente que El nos enviaría (Jn 15:26).

“Ninguna condenación pesa sobre los que están unidos a Cristo Jesús., pues la ley del Espíritu de vida los ha librado de la ley del pecado y de la muerte” (8:2). “Porque por ese mismo Espíritu las exigencias contenidas en la Ley ya pueden realizarse en nosotros, que no procedemos dirigidos por los varios instintos, sino por el Espíritu Santo” (8:4). “Porque los que se dejan dirigir por el Espíritu tienden a lo propio del Espíritu, a la vida y a la paz” (8:6). “El Espíritu de Dios habita en vosotros, y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, ése no es cristiano. Pues bien, si Cristo está en vosotros, aunque vuestro ser estuvo muerto por el pecado, el Espíritu os da vida por el indulto; y si el Espíritu del que resucitó a Cristo de la muerte habita en vosotros, el mismo que resucitó a Cristo dará vida también a vuestro ser mortal por medio de este Espíritu que habita en vosotros” (8:9-11).

“Resumiendo. Si con el Espíritu dais muerte a las bajas acciones, viviréis; porque hijos de Dios son todos aquellos y sólo aquellos que se dejan llevar por el Espíritu de Dios” (8:12-14). “No recibisteis un Espíritu que os haga esclavos y os vuelva al temor. Recibisteis un Espíritu que os hace hijos y que os permite gritar: “Abba, Padre.”  Este mismo Espíritu le asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios, y si somos hijos, somos también herederos: herederos de Dios, coherederos con Cristo, y el compartir su sufrimiento es señal de que compartiremos también su gloria” (8:15-17).

A continuación Pablo amplía el horizonte de su perspectiva, que adquiere dimensiones “cósmicas”: casi se podría encontrar aquí una referencia teológica a la ecología. Afirma San Pablo que “la Creación otea impaciente aguardando a que se revele lo que es ser hijos de Dios. Ahora esa Creación está sometida al fracaso (no por su gusto, sino por causa de quien la sometió), pero esta misma Creación abriga la esperanza de que algún día se verá liberada de la esclavitud de la decadencia, para alcanzar la libertad y la gloria de los hijos de Dios” (8:19-21).

Algunos zanjan esta cuestión afirmando que Pablo no está hablando de la Creación en toda su amplitud, sino tan sólo de la Humanidad, en cuyo caso aquí se trataría de la esperanza de los hombres en conseguir esa verdadera libertad para la que fueron creados, después de haber sufrido la esclavitud del pecado y de la muerte y de las que han sido libertados por Cristo. Esta segunda interpretación, sin duda, es correcta y de acuerdo con la doctrina general de San Pablo; pero la cuestión es saber.” el texto dice algo más: si no sólo la Humanidad, sino el resto de la Creación — también la inanimada y la viviente — pueden esperar una liberación que sea consecuencia del triunfo final del Libertador y Creador de ella, el Hombre Cristo-Jesús. Y son muchos los comentaristas que lo entienden así. La creación inanimada y los vivientes no racionales han sido — como diría San Ignacio de Loyola — “criados para el hombre y para que le ayuden a conseguir su fin de alabar y servir a Dios.”  Ahora bien, la libertad humana no sólo ha usado, sino frecuentemente abusado de estas criaturas, haciéndolas servir para su propia vanidad y provecho, incluso con daño del prójimo y destrucción inútil de la naturaleza. Por lo cual, esta Creación se halla sujeta a la muerte y al pecado como consecuencia de la acción del hombre. De esta esclavitud, Cristo, finalmente, nos ha libertado.

Sin duda esta interpretación de San Pablo abre un horizonte expuesto a innumerables fantasías sobre la condición futura de esa Naturaleza, que, sin dejar sus propias leyes, se sentiría liberada. Pero hay también mucho de verdad y de esperanza en esta que podíamos llamar teología de la liberación universal, en virtud de la cual la Naturaleza, incluso la no humana, podría participar, de una manera para nosotros desconocida, en la “gloria de los hombres en Cristo.” Quizá éstos fueran el “cielo nuevo y la tierra nueva” que promete el Apocalipsis (Ap 21:1).

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05. Tragedia y salvación de Israel.

De nuevo Pablo, que no olvida que la mayoría de la comunidad cristiana de Roma está integrada por hebreos, vuelve sobre el tema, que a muchos de ellos puede causarle una honda aflicción: si la salvación de los hebreos sólo es posible mediante la fe en Cristo, ¿qué va a suceder con el pueblo de Israel, que, como tal pueblo, no ha aceptado al Mesías?

Pablo precisa el significado de “pueblo de Israel.”  No se trata de una denominación filogenética y de raza, “porque no es la generación natural la que hace hijos de Dios, como tampoco todos los descendientes de Abraham son hijos de Abraham” (9:7-8). Dicha filiación está constituida por la vocación y llamada de Dios, como en el caso de Jacob y Esaú, que ambos eran hijos de Isaac y de Rebeca. La última respuesta está en la absoluta libertad con que Dios procede en su elección, ya que “Dios tiene misericordia de quien quiere” (9:1), sin que el hombre tenga derecho a quejarse; de forma semejante a como “no puede protestar la arcilla contra el alfarero que la modela” (9:20). Nos hallamos ante el misterio de cómo se armoniza la absoluta libertad de Dios con la presencia de la respuesta libre que el hombre va a darle con su conducta. Y en el caso de los israelitas, la respuesta, según Pablo, es que Israel “se figuraba que iba a alcanzar la fidelidad a Dios con el mero cumplimiento de las obras prescritas por la Ley de Moisés, y así lograr la salvación; cuando en realidad el plan de Dios era que “si tus labios profesan que Jesús es el Señor, y crees de corazón que Dios lo resucitó de la muerte, te salvarás. Y ante esto, no hay distinción entre judío y griego; porque uno mismo es el Señor de todos, generoso con todos los que le invocan” (10:9-12).

Históricamente, sólo una minoría de los judíos respondió a la Buena Nueva proclamada por el Apóstol y otros predicadores. Ante lo cual surge la pregunta angustiosa: “¿Es que Dios ha desechado a su pueblo?” Pablo es terminante en su respuesta: “¡Ni pensarlo!” Primeramente, el rechazo de Cristo por Israel no ha sido universal, sino que ha quedado “un resto fiel,” ese mismo residuo del que venían insistentemente hablando los profetas. Pero además de esto, y respecto a la mayoría de los que le han rechazado, todavía existe una esperanza. Pablo formula aquí una profecía que señala el final de los tiempos como un ocaso luminoso: la conversión de Israel.

La exposición de Pablo es clara y terminante: Israel es como un frondoso árbol plantado por Yahveh en la Tierra Prometida, cuya raíz y ramas están igualmente consagradas (11:16) La generalidad del pueblo judío, que no ha creído en Jesús, es como si se hubiesen cortado de ese árbol casi todas sus ramas, dejando, sin embargo, algunas capaces de recibir un nuevo injerto. San Pablo, dentro de una alegoría agraria, precisa que ese árbol es un olivo, mientras que los paganos no proceden de un olivo, sino que son de otro árbol, de un acebuche. Ahora bien, cuando los paganos creen, es como si el acebuche se injertase en ese tronco que aún quedaba del olivo primitivo. Leamos a Pablo: “Si a ti, pagano, te cortaron de tu acebuche primitivo y contra tu natural te injertaron en el olivo, cuánto más fácil serán injertados ellos, los judíos, en el tronco en que nacieron” (11:24).

Consecuencia de esto es que Pablo advierte al pagano que “no te ensoberbezcas ni presumas; porque no eres tú — una rama — quien sostiene a la raíz, sino que es la raíz la que te sostiene a ti” (11:8). Además, “ándate con cuidado y no seas soberbio, porque si Dios no tuvo miramiento con las ramas naturales, a lo mejor tampoco lo tiene contigo” (11:21).

¿Cuándo sucederá esto? Esta es una pregunta de la curiosidad humana, que Pablo no satisface sino con una respuesta enigmática: “El endurecimiento de una parte de Israel durará hasta que entre el conjunto de los pueblos; entonces todo Israel se salvará.”  El final, como se ve, es triunfal, como todo lo que ilumina la Resurrección de Cristo: “Dios encerró a todos en la rebeldía para tener misericordia de todos” (12:32). “El es el Origen, Camino y Meta del Universo. A El la gloria por los siglos. Amén” (12:33).

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06. Unidad en las Diferencias.

No podían faltar en la Carta, tan doctrinalmente densa, una exhortación a la vida cristiana que ha de hacerse “sacrificio vivo, consagrado y agradable a Dios, y culto auténtico, y que por tanto no nos conforma con el mundo, sino que nos transforma con una nueva mentalidad” (12:1-2). En aquella comunidad cristiana de Roma, que se halla dividida por la raza y por la procedencia de su anterior religión, “nadie ha de tenerse en más de lo que es, según el cupo de la fe que Dios ha repartido a cada uno, según el regalo que Dios le hace” (12:3-6).

Pablo repite a los romanos las mismas advertencias y consejos que ha ido repartiendo por las diversas regiones de su mapa pastoral: “Sed cariñosos unos con otros., alegres en la esperanza, enteros en las dificultades, asiduos en la oración, solidarios en las necesidades de los demás, no devolviendo a nadie el mal por mal, y en lo posible en paz con todo el mundo.” (12:10-18). No falta tampoco un recuerdo sobre la actitud del cristiano frente a las autoridades civiles, que en Roma tenían su centro y su máxima expresión: “No existe autoridad sin que lo disponga Dios, y el insumiso a la autoridad se opone a la voluntad de Dios, porque es agente de Dios para ayudarte a lo bueno.” Lo que podríamos llamar un “tratado de ética social y política” establece una norma viva no sólo para quien se halla sometido a la legítima autoridad, sino también para quien la ejerce (13:1-7).

En este panorama de indudable transparencia, se traslucen algunos temas que mantenían dividida a aquella comunidad en la que, en fuerza a costumbres y hábitos adquiridos, todavía subsistían interpretaciones de sabor judaico respecto a las fiestas y al uso de los alimentos: “Hay quien tiene fe para comer de todo; y otro, en cambio, que la tiene débil, come sólo verduras. El que come de todo, que no desprecie al que se abstiene; y el que se abstiene, que no juzgue al que come. Hay quienes dan preferencia a un día sobre otro; en cambio, otros estiman que cualquier día es bueno. Cada cual está bien convencido de lo que piensa. El que come de todo, lo hace por el Señor, y la prueba es que da gracias a Dios; el que se abstiene, lo hace por el Señor, y también da gracias al Señor. Tú, ¿por qué juzgas a tu hermano? Y tú, ¿por qué desprecias a tu hermano?. Total, que cada uno de nosotros tendrá que dar cuenta a Dios de sí mismo” (14:2-12). “Al fin y al cabo no reina Dios por lo que uno coma o beba, sino por la honradez, la paz, la alegría que dé el Espíritu Santo; y el que sirve así a Cristo, agrada a Dios y lo aprueban los hombres. En resumen: esmerémonos en lo que favorece la paz y construye la vida común” (14:17-19).

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07. Proyectos y Despedidas.

Para concluir su Carta, Pablo les participa a sus lectores algunos de sus planes y proyectos: “Mi misión ahora consiste en anunciar la Nueva Buena de Dios, poniendo mi ahínco donde aún no se había pronunciado su nombre. Ahora ya no tengo campo de acción en estas regiones, y además ya hace muchos años que siento ganas de haceros una visita de paso para España. Porque espero que vosotros me facilitéis el viaje. Aunque primero tengo que disfrutar un poco de vuestra compañía” (15:16-24).

“De momento me dirijo a Jerusalén, porque Macedonia y Grecia han decidido dar una muestra de solidaridad a los pobres entre los consagrados de Jerusalén: porque si los demás pueblos han compartido sus bienes espirituales — los procedentes de Jerusalén —, ellos le deben a su vez una ayuda material” (15:25-27).

Con esta mención de sus planes sobre España termina la. Carta a los Romanos. Después, en el epílogo, siguen algunas salutaciones finales que dejamos para más adelante en este comentario, es decir, para el momento en que Pablo llegue efectivamente a Roma; aunque entonces no lo hará por su propia elección y voluntad, sino conducido, como procesado, ante el Tribunal del César, a quien ha apelado (cf. c.XXX) Nos prometemos seguirle en ese viaje.

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08. Pablo, en Mileto y Llegada a Jerusalén.

Pablo se hallaba de nuevo en la ciudad de Corinto, en la que había permanecido tres meses y en donde escribió su Carta, tal vez la más famosa de todas, la Carta a los Romanos, que acabamos de comentar.

Y estaba a punto de embarcar de retorno a Siria y Jerusalén cuando tuvo información de que un grupo de judíos hostiles se había propuesto eliminarlo en el viaje. Por lo cual, habiendo conocido estas asechanzas, decidió volverse por tierra desde Corinto hacia Macedonia, para embarcar allí por el puerto de Neápolis.

Un grupo de colaboradores se le adelantó para esperarle en Tróade, mientras Pablo permaneció en Filipos para celebrar la fiesta de la Pascua, que en este contexto no es la Pascua judía, sino la Resurrección del Señor, a quien Pablo, en una de sus Cartas, llama “Cristo, nuestra Pascua.

En esta permanencia en Filipos y en las jornadas siguientes Lucas va de nuevo a unirse a Pablo, como aparece por la narración de su diario personal que pertenece a los fragmentos “nosotros.”

La navegación desde Neápolis a Tróade tardó esta vez cinco días y no dos, como en el otro viaje de ida, debido sin duda al temporal de la mar.

Ya hemos descrito a Tróade en un capítulo anterior (el c.XIX) La predicación de Pablo había producido allí sus frutos, de suerte que ya existía una comunidad cristiana que se reunió con el Apóstol para tener la celebración eucarística.

“En Tróade nos detuvimos una semana. El domingo nos reunimos a partir el pan. Pablo les estuvo hablando, y, como iba a marcharse al día siguiente, prolongó el discurso hasta media noche. Había lámparas en abundancia en la sala de arriba, donde estábamos reunidos.

Un muchacho, de nombre Eutiquio, estaba sentado en la ventana, y mientras Pablo hablaba y hablaba le iba entrando cada vez más sueño, hasta que al final, vencido por él, se cayó del tercer piso abajo. Lo levantaron ya cadáver, pero Pablo bajó, se echó sobre él y abrazándolo le dijo: —No os alarméis, que tiene aliento.

Volvió a subir, partió el pan y se lo dio. Estuvo conversando largo, hasta el alba, y por fin se marchó. Por lo que hace al muchacho, lo trajeron vivo con gran contento de todos” (Hech 20:7).

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a. El Domingo o Día Del Señor.

Ante todo advertimos que ésta es la más antigua noticia que poseemos de que la comunidad cristiana se reunía para celebrar la eucaristía precisamente el día del domingo. Que entonces se llamaba “el primer día de la semana,” después del sábado, que terminaba la anterior.

Por este y otros textos conocemos que se remonta a los tiempos apostólicos esta designación de primer día de la semana como el de la fiesta semanal cristiana, en contraposición al sábado, que era la judía. Este día pronto se llamó en griego “el día del Señor”: e kyríaké heméra, que, traducido al latín, es dies dominica, vertido en “domingo” en varias lenguas románicas. Fue el emperador Constantino quien oficialmente ordenó esta nueva designación, aunque probablemente data del primer siglo de la Iglesia, y así comenzó a venerarse el primer día como el de los misterios de la Resurrección y Pentecostés, en oposición al mundo helenizado, que llamaba a esa primera jornada el “día del sol.” Esta denominación solar ha permanecido así en algunos idiomas, como el inglés y alemán, donde el primer día sigue siendo no el “día del Señor,” sino el Sunday o Sonntag, es decir, el “día del sol.” Como curiosidad, podríamos añadir que en ruso, con sus tradiciones propias bizantinas y cristianas, el primer día de la semana se llama “resurrección.”

Lo verdaderamente importante en nuestro comentario es lo que sucedió ese día de domingo en Tróade. Estaban todos reunidos en una cámara alta, es decir, en un segundo o tercer piso, según sea la manera de contar. Y estaban reunidos para “partir el pan,” que es la expresión técnica para expresar la eucaristía. Pablo conversaba largamente porque era su último, día y su conversación llegó hasta media noche. La atmósfera de la sala estaba algo cargada por las numerosas lámparas encendidas, que daban más humo y calor que claridad, y sin duda las ventanas estaban abiertas para que entrase la brisa del mar. Y buscando tal vez este aire, un muchacho se sentó en el borde de la ventana, donde se quedó dormido. De pronto se oyó un grito y sonó un golpe: el muchacho se había caído hacia afuera desde una altura de tres pisos.

Todos bajaron precipitadamente, y Pablo entre ellos: el médico Lucas, testigo ocular del caso, dice que el niño estaba muerto. Entonces Pablo, con un gesto que recuerda el de los profetas Elias y Elíseo, se inclinó hacia el niño, lo estrechó en sus brazos y dijo sencillamente: “No os preocupéis, está vivo.”

Todos subieron de nuevo a la sala y entonces celebraron la eucaristía, tras lo cual Pablo continuó hablando hasta la aurora — y el verbo que se emplea es homilein, el mismo de nuestra homilía —, mientras todos escuchaban con un gozo crecido por haber recobrado vivo al niño. El niño se llamaba Eutiques, que en griego significa “el afortunado.”

Pablo marchó por tierra hasta Assos, donde se reunió con Lucas y los demás que habían venido embarcados, y así continuaron la navegación, que Lucas recoge cuidadosamente en su diario náutico. Para entenderlo, recordemos que estas naves de cabotaje sólo navegaban de día, y al llegar la noche echaban anclas en algún puerto de los muy numerosos de aquella costa.

Las etapas, que propiamente podríamos llamar singladuras, fueron primeramente Mitilene, situada en la isla de Lesbos, patria de la famosa poetisa Safos. Después Quíos, y, finalmente, sin tocar en Efeso, porque Pablo tenía prisa en llegar a Jerusalén, cruzaron entre la isla de Samos y el cabo Progylion, y arribaron a Mileto.

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09. Mileto: Despedida de Pablo.

Mileto era un puerto comercial importante donde confluían las caravanas que venían de Oriente con los navios que arribaban al puerto. Mileto había sido la patria de célebres figuras en la historia griega, como el filósofo Tales y el orador Esquines. Y cerca de la ciudad se hallaba un templo de Apolo que rivalizaba con Delfos.

En Mileto florecía una pequeña comunidad cristiana que acogió muy afectuosamente a Pablo, y éste desde allí mandó a los presbíteros de la ciudad de Efeso que viniesen a verlo, y así lo hicieron, salvando por mar los 60 kilómetros de distancia.

Estos presbíteros son los mismos que Pablo, más adelante en su discurso, va a llamar “episcopos” u obispos. Lo cual indica que la terminología de estas categorías eclesiástivas no se había fijado todavía, como sucedería medio siglo después en las Cartas de San Ignacio de Antioquía (cf. el c.XL)

La forma actual del discurso de Pablo puede ser una redacción de Lucas, que muy probablemente lo oyó, y su contenido es genuinamente paulino, asemejándose mucho a las Cartas a Tito y Timoteo.

En este discurso de Pablo podemos distinguir varias partes, y la primera es una retrospectiva sobre la propia vida del Apóstol.

“Vosotros sabéis cómo me he portado con vosotros todo este tiempo, desde el día que por primera vez puse el pie en Asia: he servido al Señor con toda humildad entre las penas y pruebas que me han procurado las maquinaciones de los judíos. Sabéis que en nada que fuera útil me he retraído de predicaros y enseñaros en público y en privado, invitando lo mismo a judíos que a griegos a convertirse a Dios y a creer en Nuestro Señor Jesucristo.

Ahora me dirijo a Jerusalén, forzado por el Espíritu. No sé lo que me espera allí; sólo sé que el Espíritu Santo, de ciudad en ciudad, me asegura que me aguardan cárceles y luchas. Pero la vida para mí no cuenta, al lado de completar mi carrera y cumplir el encargo que me dio mi Señor Jesús: ser testigo de la Buena Noticia del favor de Dios.

Y ahora mirad, yo sé que ninguno de vosotros entre quienes he predicado el Reino volverá a verme. Por eso declaro hoy que no soy responsable de la suerte de nadie, porque no me he retraído de anunciaros enteramente el plan de Dios” (Hech 20:18-27).

Los intérpretes notan, acertadamente, que Pablo se equivocó en esta predicción. Es decir, él sinceramente pensaba que jamás tornaría a Mileto o a Efeso, y por eso así se lo dijo; mas, de hecho, el Apóstol, tras la primera cautividad en Roma, de la que salió absuelto y libre, regresó de nuevo a Asia, y en concreto a Mileto, según lo afirma en la segunda Carta a Timoteo. Algunos piensan que Lucas redactó esta parte primera de su diario — de los fragmentos nosotros— antes que el resto del material que se contiene en los Hechos; y por eso, cuando escribió este discurso de Pablo en Mileto, no conocía el futuro de Pablo tras su primera cautividad romana (c.XXXV)

En todo caso, Pablo se halla bajo la impresión de una separación definitiva, y por eso pasa a darle a sus discípulos los últimos consejos: “Tened cuidado de vosotros y de todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto como guardianes, siendo así pastores de la Iglesia de Dios que El adquirió con la sangre que era suya. Ya sé yo que, cuando os deje, se meterán entre vosotros lobos feroces que no perdonarán al rebaño; e incluso de vosotros mismos saldrán algunos que corromperán la doctrina arrastrando tras ellos a los discípulos. Por eso, estad alertas: recordad que durante tres años, de día y de noche, no he cesado de aconsejar con lágrimas en los ojos a cada uno en particular.

Ahora os dejo en manos de Dios y del mensaje de su gracia, que tiene poder para construir y dar la herencia a todos los consagrados” (Hech 20:28-32).

Las palabras de Pablo son ricas en contenido dogmático. Atribuye al Espíritu Santo la elección de los pastores en la Iglesia y no duda en decir que “Dios la adquirió con su sangre,” afirmando así, una vez más, la divinidad de Jesús, que es quien propiamente vertió su sangre en su pasión y muerte. Finalmente, Pablo dedica unas palabras a una breve apología personal.

“No he deseado dinero, oro ni ropa de nadie. Sabéis por experiencia que estas manos han ganado lo necesario para mí y mis compañeros. Y en todo os he hecho ver que hay que trabajar así para socorrer a los necesitados, acordándose de las palabras del Señor Jesús: .”Hay más dicha en dar que en recibir” (Hech 20:33-35).

Esta cita de Pablo es lo que en lenguaje técnico se llama un agraphon. Esos agrapba, según la definición de Vaganay, son “expresiones aisladas atribuidas a Jesús por la tradición y que están ausentes de nuestros evangelios canónicos.” La sentencia aquí recogida por Pablo constituye un agraphon auténtico, a diferencia de otros dudosos extraídos de documentos apócrifos, de otros escritos de la literatura cristiana e incluso de los círculos coránicos.

La despedida final no carece de emoción.

“Cuando terminó de hablar, Pablo se puso de rodillas con todos y rezó. Todos lloraban mucho, y abrazándole, lo besaban. Lo que más pena les daba era lo que les había dicho de que no volverían a verlo. Luego lo acompañaron hasta el barco” (Hech 20:36-38).

El verbo usado por Lucas no es simplemente “besar,” sino katafiléin, es decir, besar repetidas veces, el mismo que el evangelio utilizó para la pecadora anónima que besaba los pies de Jesús en el banquete y para el padre en la parábola del Hijo Pródigo, cuando aquél besó repetidas veces al hijo que retornaba.

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10. Rumbo a Jerusalén.

Otra vez Pablo se embarca, acompañado de Lucas, y se detiene en la isla de Rodas, la isla de las rosas, renombrada por su belleza, de la que un proverbio decía que “no tenía días sin sol.” Isla que sería famosa, pasados los siglos, por la epopeya de las Cruzadas y por las batallas entre cristianos y turcos.

Después de Rodas, se detuvieron en Patara, puerto de enlace de las rutas marítimas para Italia, Egipto y Oriente, donde Pablo encontró una embarcación de carga, más capaz que la suya, que se dirigía a Fenicia y en la cual embarcó. Por fin la nave, tras costear la isla de Chipre, que quedaba a babor, arribó al puerto de Tiro, adonde transportaba sus mercancías.

Nuestros viajeros, tras buscarlo, encontraron un pequeño grupo de discípulos con los que pasaron una semana, tiempo que la nave tardó en descargar sus mercancías. La existencia de aquellos discípulos databa probablemente de una primera predicación llevada a cabo por predicadores helenistas, cuando la dispersión causada por el martirio de Esteban.

En esta comunidad de Tiro se manifiesta una vez más un aparente conflicto de inspiraciones carismáticas; porque los discípulos, movidos por el Espíritu Santo, aconsejaban a Pablo no subir a Jerusalén; mientras que éste, también llevado por el Espíritu, seguía acercándose a la ciudad.

En la despedida se repitieron las escenas emotivas. Todos los discípulos de Tiro, incluso las mujeres y niños, acompañaron a Pablo a la playa, y allí, de rodillas sobre la arena, rezaron y se despidieron.

La última singladura de este período fue Tolemaida. Esta era una de las mejores radas de la costa palestina, y estaba situada al norte de la bahía de San Juan de Acre. La vieja ciudad cananea, Akko, con el tiempo cambiaría su nombre por Tolemaida, en honor del rey Tolomeo Soter.

Y a partir de Tolemaida, el viaje probablemente se hizo ya por tierra, hasta llegar a Cesárea Marítima, que distaba unos 60 kilómetros.

Cesárea nos resulta un ambiente conocido (cf. c.XI), ya que sabemos que allí residía el diácono Felipe, aquel misionero ambulante que mencionamos con ocasión de la conversación del eunuco de Candaces (c.VII)

Felipe tenía cuatro hijas, que Lucas llama “vírgenes y profetisas”; sin que esto último indique que sus actividades eran predecir el futuro, sino más bien que de alguna manera predicaban la palabra de Dios. Y aun es posible que Lucas nos conserve estos datos para indicarnos cuan pronto comenzó a florecer en la Iglesia primitiva la virginidad voluntaria, unida a un servicio a la comunidad.

De estas cuatro hijas de Felipe los apócrifos nos han conservado sus nombres, que eran Hermoine, Caritina, Iréuda y Eutiquiana.

Pero más importantes que estos datos legendarios fue la presencia en Cesárea de un profeta que bajó de Jerusalén, llamado Agabo, que probablemente es el mismo que años hacía anunció un hambre que asoló todas aquellas regiones y de la cual también queda noticia en las crónicas romanas (cf. el c.XII)

“Cuando llevábamos allí varios días, bajó de Judea un inspirado que se llamaba Agabo; vino a vernos, cogió la faja de Pablo, se ató los pies y las manos con ella, y dijo: “Esto dice el Espíritu Santo: al dueño de esta faja lo atarán así los judíos en Jerusalén y lo entregarán a los romanos.”  Al oír aquello, nosotros y los del lugar le insistíamos a Pablo que no subiera a Jerusalén. Pero Pablo replicó.

— A qué viene ese llanto, ¿queréis desmoralizarme? No sólo estoy dispuesto a llevar cadenas, sino a morir en Jerusalén por el Señor Jesús.

Y como no hubo manera de persuadirlo, desistimos diciendo: sea lo que Dios quiera.

Pasados aquellos días, y acabados los preparativos, emprendimos la subida a Jerusalén. Desde Cesárea nos acompañaron algunos discípulos para llevarnos a casa de un tal Nasón, natural de Chipre, discípulo de la primera época, que iba a darnos alojamiento.”

Este Nasón, que sólo se cita aquí, tal vez pudiera ser un antiguo conocido de Pablo, ya que es un discípulo de la primera época, que tiene que haber oído hablar a muchos acerca del Apóstol. Y puede ser que también influyera en esta hospitalidad el hecho de ser chipriota, ya que Chipre era también la patria de Bernabé, el gran amigo de Pablo.

Ya tenemos a Pablo en Jerusalén. ¿Cómo era la Jerusalén adonde se acercaba Pablo, precedido de tantos presagios? La comunidad cristiana de Jerusalén había evolucionado tanto en extensión como en problemática desde los días de Pentecostés, distantes ya casi veinte años.

Por una parte, esa comunidad, encerrada a los comienzos dentro de la capital, había salido lentamente, tímidamente, tanto a otras ciudades de Judea como también a Samaría y fuera de las fronteras de Israel. Diríamos que casi había salido forzada por la persecución o impulsada personalmente por el Espíritu Santo.

Sin embargo, esta Iglesia de Jerusalén, quizá compuesta por una mayoría de judeo-cristianos, seguía tenazmente adherida a ciertas observancias mosaicas. Sin duda creía que la única salvación venía de Cristo; mas en la expresión de su piedad y de su culto a Dios pesaba el Templo y lo que él representaba. Y para mantener este peso estaba allí no ya Pedro ni los otros Doce, que se habían dispersado, sino tan sólo Santiago, el hermano del Señor, y sobre todo un grupo que le rodeaba, tenaz e inmovilista, llamado “los de la circuncisión.” Ellos, en parte, van a ser responsables de la prisión de Pablo.

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11. Prisión de Pablo en Jerusalén.

La comunidad cristiana de Jerusalén estaba formada por dos grupos que ya existían desde el comienzo mismo de la Iglesia. El grupo de los judeo-cristianos y el de los, judíos helenistas, (cf. c.VI) Al frente de todos ellos ya no se encontraban los Doce, porque se habían dispersado fuera de Israel, sino que la Iglesia era regida por un grupo de responsables, a quienes también llama presbíteros, que estaban presididos por Santiago, el hermano del Señor.

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12. Biografía de Santiago, hermano del Señor.

Por ser ésta la última ocasión en que se cita en los Hechos a Santiago, vamos a añadir algunas posibles aclaraciones sobre su persona. Indiscutiblemente no es el Santiago el Mayor, hermano de Juan Evangelista, porque ya había muerto cf. (c.XIII) Y la cuestión está en saber si es el mismo que se cita en la lista de los Doce apóstoles o es un Santiago diferente, “hermano del Señor,” es decir, un pariente cercano de Jesús. La cuestión ha sido ampliamente debatida; y aunque no sea una cuestión esencial para nuestra fe, sí es una legítima curiosidad histórica. La cuestión para algunos sigue todavía abierta. Aunque nosotros vamos a pronunciarnos por la identificación.

Santiago, que figura tanto en el Concilio de Jerusalén (cf. c.XVII) como después al frente de dicha Iglesia, y al que podríamos llamar cabeza del partido más tradicionalista y filojudaico, según nosotros es el mismo apóstol Santiago que figura en los evangelios en la lista de los Doce. La prueba más clara, para nosotros, es la cita de Juan, testigo presencial de la crucifixión del Señor. El dice que “estaba junto a la cruz de Jesús (1) su madre, (2) la hermana de su madre, (3) María la de Cleofás, y (4) María Magdalena.” Ya sabemos que por razón de la ausencia de una puntuación, que todavía no se había introducido en la escritura, no sabemos si hay que leer de esta otra forma “estaba junto a la cruz de Jesús (1) su madre, (2) la hermana de su madre, María la de Cleofás, y (3) María Magdalena.” Es decir tres mujeres. Si ésta es la lectura correcta, como nosotros pensamos, son tres las mujeres, es decir, las tres Marías.

De este texto de las “tres Marías” aparece que la mujer de Cleofás y madre de Santiago el Menor es hermana, es decir, pariente cercano de la Virgen María; en cuyo caso su hijo Santiago es pariente de Jesús. Para complicar aún más la solución, hay quienes aseguran que Cleofás era hermano de San José, en cuyo caso el parentesco con Jesús le viene por Cleofás y no por su mujer, María. En resumen, la afirmación de los Hechos, en que se repite que Santiago es pariente del Señor, puede conciliarse con el otro hecho de que Santiago el Menor es uno de los Doce apóstoles junto con su hermano, Judas Tadeo, que se llama a sí mismo “su hermano” (Jds 1:1).

El resto de la vida de Santiago ya lo conocemos por el libro de los Hechos y otras informaciones fidedignas, proporcionadas por los más antiguos historiadores de la Iglesia. Y aun el propio Concilio de Trento, aunque no trataba de hacer ninguna definición, afirma que “Santiago el Menor es hijo de Alfeo (el otro nombre de Cleofás), pariente del Señor y autor de la epístola canónica que lleva su nombre, dirigida a las Doce Tribus de la diáspora, es decir, a los judeo-cristianos,” cuyo tono es predominantemente pastoral y a veces un eco del Sermón de la Montaña.

Santiago gozó entre sus contemporáneos de una gran fama de santidad, y según precisas Hegesipo y Eusebio, tenía hecho voto de nazireato, como el de Juan Bautista. A él sólo se le permitía la entrada en el Santuario del Templo, donde frecuentemente oraba. Y por su apostolado se convirtieron a la nueva fe no pocos judíos de las clases dirigentes.

Santiago ejerció su oficio de cabeza de la Iglesia de Jerusalén hasta el año 62, cuando fue martirizado bajo el Sumo Sacerdote Anas Segundo, que se aprovechó del vacío de poder romano causado por la muerte del procurador Festo. Clemente de Alejandría nos narra la muerte de Santiago, producida por haber sido precipitado desde el pináculo del Templo, es decir, el ángulo sudeste de la muralla que da sobre la depresión más baja del torrente Cedrón. Habiendo permanecido vivo, fue después rematado a pedradas y a golpes con el palo de un batanero o curtidor.

Su sepulcro, en un lugar muy próximo a la muralla, se conservó durante varios siglos y fue respetado en la destrucción de Jerusalén, causada por el persa Cosroes en el año 614. Posteriormente su cuerpo fue trasladado a Roma, donde recibe culto, juntamente con el apóstol Felipe, en la Basílica de los Doce Apóstoles.

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13. Epístola canónica de Santiago.

Santiago el Menor es autor de la carta o epístola canónica que lleva su nombre. Aunque hay algunos especialistas que, sin negar la canonicidad de lo escrito, prefieren atribuirlo a un judío helenista, conocedor de las tradiciones provenientes de Santiago y que la escribiría hacia finales del siglo I Todo lo cual no pasa de ser una hipótesis.

La epístola carece de destinatarios concretos, y se envía a “las doce tribus de la emigración,” (1:1) que es una manera hebrea de nombrar a todas las Iglesias. La epístola sólo hace dos referencias a Jesucristo y no menciona ni su pasión ni su resurrección. Pero su doctrina sobre la caridad fraterna y su referencia a la justificación, descrita por Pablo, hacen de ella, sin duda, un documento cristiano que presenta un marcado carácter sapiencial.

Por razones de brevedad, vamos a fijarnos solamente en dos temas. El primero se refiere a la actitud cristiana con los pobres y necesitados, que siguen estando en un plano de atención preferente en el cristianismo, hasta el punto de afirmar que “la religión pura y sin tacha a los ojos de Dios Padre es mirar por los huérfanos y las viudas en sus apuros y no dejarse contaminar por el mundo” (1:27). También condena la discriminación por razones de dinero y posición social en un pasaje muy conocido: “No asociéis con favoritismos la fe en Nuestro Señor Jesucristo glorioso. Supongamos que en vuestra reunión entra un personaje con sortija de oro y traje flamante, y entra también un pobre con un vestido andrajoso. Si atendéis al primero y le decís:  “Tú siéntate aquí cómodamente.,” y decís al pobre: “Tú quédate ahí de pie o siéntate en el suelo junto al estrado.,” ¿no habéis hecho discriminación entre vosotros?” (2:2-3).

La segunda cita que recogemos se refiere a un texto más conflictivo y polémico, donde se expresa el valor de la fe y de las obras en orden a la justificación. En efecto, Santiago asegura terminantemente que la fe en Cristo ha de ir acompañada de obras porque “la fe sin obras es un cadáver” (2:27). Esto, así dicho, parece estar en contradicción con la doctrina de San Pablo, contenida especialmente en la Carta a los Romanos (Rom 3:28), y a los Galatas (Gal 3:5), donde se afirma que la justificación no le llega al hebreo por las obras, sino por la fe.” Y en concreto se citan algunos ejemplos de figuras bíblicas, dos de las cuales, Abraham y Rahab, se mencionan igualmente en esta Carta de Santiago.

Sin embargo, la contradicción desaparece al colocar estas afirmaciones en su propio contexto. Cuando Pablo afirma que el “hombre no es justificado por la Ley” quiere decir que el mero cumplimiento de la Ley de Moisés no tiene un efecto intrínseco y automático para la salvación, como si ésta se consiguiera por el solo cumplimiento de dichos preceptos. Porque es la fe del creyente, que también, por otra parte, cumple los Mandamientos de la Ley transmitidos por Moisés, la que le otorga la justificación, como lo dice expresamente Pablo (6:22). En una palabra: la fe que justifica se opone a las obras de la Ley, en cuanto que éstas no bastan por si solas para justificar al hombre. Pero esa misma fe requiere las obras del creyente, que se resumen en la caridad, “porque la Ley entera queda cumplida con un solo mandamiento: el de amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Gal 5:14).

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14. Judas Tadeo, hermano de Santiago.

Su nombre tan sólo se cita una vez en el Libro de los Hechos, al recordar la lista de los Once apóstoles (todavía no había sido elegido Matías en sustitución de Judas) Así, se le llama “Judas, el de Santiago.” (Hech 13). Alguien ha querido interpretar que ello significa “hijo de Santiago”; pero sin duda se trata de Judas, hermano de Santiago el Menor. Y es el mismo que en el evangelio se nombró con motivo de la visita de Jesús a la Sinagoga de Nazaret como “hermano” de Jesús, es decir, pariente suyo, según ya explicamos en su lugar.

La vida posterior de este apóstol y los lugares y fechas en que ejercitó su apostolado resultan imprecisos en los documentos que poseemos, ya que frecuentemente lo confunden con otro apóstol. También, infundadamente, se le ha identificado con el esposo de las bodas de Cana.

La tradición señala como su campo de apostolado Palestina y otras naciones cercanas. No conocemos con certeza las circunstancias de su martirio, que algunos señalan que fue en Beirut, hoy capital del Líbano. Y parte de las reliquias se conservan en Reims y Tolosa de Francia. La devoción de Judas Tadeo floreció mucho en Polonia, y desde aquí pasó a los Estados Unidos, donde es muy venerado.

Es el autor de una epístola canónica que lleva su nombre y que está incluida en el Canon, aprobado por el Concilio Tridentino. La redacción de esta Carta, según algunos, hay que fijarla en una fecha muy primitiva, es decir, antes de la destrucción de Jerusalén en el año 70, ya que ésta no es mencionada en la Carta, y parece lógico, dada su temática, que se hubiera hecho alusión a tal hecho de haber ya sucedido.

La Carta, probablemente, fue dirigida a una comunidad cristiana que estaba expuesta a la doctrina de algunos falsos doctores, contra los cuales el escritor les previene. El escrito muestra múltiples semejanzas con la Epístola segunda de Pedro, y la mayoría de los biblistas admite que esta Carta — fuese o no de Pedro — se inspiró en la del apóstol San Judas.

San Judas cita algunos textos procedentes de libros apócrifos, como El Libro etiópico de Henoc y La Asunción de Moisés, Mas eso no quiere decir que Judas los tenga por auténticos, ya que se refiere a dichos libros por ser conocidos de los lectores de su Epístola. Entre estas citas se encuentra un célebre texto: “El arcángel San Miguel, cuando, oponiéndose al Diablo, disputaba sobre el cuerpo de Moisés, no se atrevió a lanzarle un juicio injurioso, sino que le dijo, “que el Señor te condene.” Judas aduce este texto a propósito de algunos de sus adversarios, que injuriaban y blasfemaban de los ángeles, cuando, según afirma el apócrifo, ni siquiera el arcángel San Miguel se atrevió a injuriar a Satanás por la consideración que le tenía, ya que había sido ángel.

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15. Pablo, en el templo: su detención.

Y ahora regresemos a Jerusalén, adonde acaba de llegar Pablo acompañado de Lucas, que es el narrador de lo que aconteció.

“Cuando llegamos a Jerusalén, los hermanos nos recibieron gustosos. Al día siguiente fuimos con Pablo a casa de Santiago, donde estaban también todos los responsables. Pablo los saludó y les contó punto por punto lo que Dios había hecho entre los paganos por ministerio suyo. Al oírlo, alabaron a Dios y dijeron: — Hermano, ya veis cuántos miles de judíos se han hecho creyentes, pero todos siguen siendo fanáticos de la Ley. Por otra parte, han oído rumores acerca de ti: que a los judíos que viven entre paganos les enseñas que rompan con Moisés, diciéndoles que no circunciden a sus hijos ni observen las tradiciones” (Hech 21:17-21).

¿Qué significación tiene la afirmación de que “hay miles de judíos que permanecen fieles a la ley de Moisés?” La palabra griega empleada significa “decenas de miles,” pero no hay inconveniente en aceptar que se trata de una hipérbole que sólo quiere decir que los judeo-cristianos son numerosos. Y sin duda que en ese número se podrían incluir no sólo los que habitan en Jerusalén, sino los otros que se hallan dispersos por toda la diáspora.

Son observantes de la Ley y, sin embargo, son cristianos. Esto no es contradictorio. El Concilio de Jerusalén, del que ya hemos informado (cf. c.XVII), había resuelto dogmáticamente que la salvación venía no de la Ley, sino de Cristo.

Mas por lo que se refiere a las observancias rituales y otros actos de piedad de esos judeo-cristianos, nada se había determinado. Propiamente se había legislado para los cristianos procedentes de la gentilidad, decretando que no estaban obligados a dichas observancias —excepto en los cuatro puntos que ya explicamos —, pero nada se había establecido sobre los judeo-cristianos, que de hecho continuaban practicando muchas de las observancias de la Ley de Moisés.

Respecto de los rumores acerca de Pablo, de que se hacen eco dichos judeo-cristianos de Jerusalén, se trata de rumores falsos. Jamás Pablo ha enseñado a los judeo-cristianos una apoetasía de la Ley ni les ha prohibido circuncidar a sus hijos; tan sólo ha afirmado que esos medios no producen la santificación, ya que ésta nos viene por la fe de Cristo. Donde Pablo se ha mantenido firme es en que los cristianos procedentes del paganismo no tienen por qué sujetarse a los preceptos de la Ley mosaica.

En una palabra: el principio que Pablo ha defendido es que cada uno debe permanecer, respecto a dichas observancias, en el estado en el que había sido llamado. Consecuentemente, afirmar de San Pablo que “enseñaba a los judíos que rompiesen con Moisés” era sencillamente calumnioso, si bien es posible que algunas expresiones de Pablo, en su Carta a los Gálatas, pudieran ser interpretadas en ese sentido.

Para purificarse Pablo ante estas sospechas antimosaicas, algunos de la comunidad le proponen un consejo, que después resultaría fatal.

“¿A ver qué hacemos? Por supuesto, los judíos se van a enterar que has llegado; por eso sigue nuestro consejo: aquí hay cuatro hombres que tienen que cumplir un voto; llévatelos, purifícate con ellos y costéales tú que se afeiten la cabeza; así sabrán todos que no hay nada de lo que se dice, sino que también tú estás por la observancia de la Ley” (Hech 21:22-24).

No nos resulta fácil de entender la oportunidad de aquel consejo. Se trataba del rito del llamado “voto de nazireato,” que estaba minuciosamente regulado. El Nazir, durante la duración del voto, debía dejarse crecer su cabellera, y asimismo abstenerse de bebidas fermentadas, de vino, y aun de uvas. Cuando el período del voto expiraba, el Nazir debía ofrecer en el Templo un cordero de un año en holocausto, una oveja de un año como expiación del pecado, un ternero como sacrificio pacífico, una cesta de pan ácimo, unos pasteles de flor de harina y unas libaciones. Tras lo cual, se afeitaba la cabeza y quemaba la cabellera en una ceremonia ritual.

Es evidente que todos estos gastos resultaban dispendiosos y que la gente pobre debía ser ayudada por la generosidad de otros. Este es el caso que se presentaba a Pablo, que había de proveer a estos gastos multiplicados por cuatro. Y realmente no sabemos de dónde podía sacar este dinero un apóstol que se sustentaba con el trabajo de sus manos.

Pablo aceptó estas sugerencias con aquel espíritu que le había hecho escribir que él “tenía que hacerse todo a todos para ganarlos para Cristo.” Mas los resultados fueron imprevisibles.

“Entonces Pablo se llevó a aquellos hombres, se purificó con ellos al día siguiente y entró en el Templo para avisar cuándo se terminaban los días de la purificación y tocaba ofrecer la oblación para cada uno. Cuando estaban para cumplirse los siete días, los judíos de Asia, que le vieron en el Templo, alborotaron al gentío y agarraron a Pablo, gritando: “¡Auxilio, israelitas! Este es el individuo que ataca a todo el mundo por todas partes. Además ha introducido a unos griegos en el Templo, profanando este lugar santo.” (y era que antes habían visto con Pablo, por la ciudad, a Trófimo, el de Efeso, y pensaban que Pablo lo había introducido en el Templo) El revuelo cundió por toda la ciudad y hubo una avalancha de gente. Agarraron a Pablo, lo sacaron del Templo a rastras e inmediatamente cerraron las puertas” (Hech 21:26-30).

La acusación de haber introducido un pagano en el recinto interior del Templo era falsa; pero el tumulto se encrespa y los levitas cierran las puertas del Templo para que no se produzca dentro de él ninguna violencia que pueda mancharlo y desacrarlo. Estas puertas eran las que daban acceso al Patio de las Mujeres. Una de los cuales, la llamada Puerta Corintia, con sus batientes de bronce era tan pesada que hacían falta 20 hombres para moverla.

Este es el momento en que interviene la guarnición romana. El gran patio del Templo, llamado de los Gentiles, estaba dominado en el noroeste por el formidable cuadrilátero de la Torre Antonia, así llamada por Herodes el Grande, que le cambió el nombre a la Torre Baris en su afán de adulación a Marco Antonio. Dos escaleras ponían en comunicación dicha fortaleza con el patio exterior del Templo.

En la Torre Antonia estaba acuartelada permanentemente una guarnición romana, formada por una cohorte auxiliar — una speira es el término militar técnico — compuesta por 750 infantes y 240 jinetes, mandada por varios centuriones a las órdenes de un tribuno, que en este caso era Claudius Lysias. Alertados los centinelas romanos, la tropa desciende precipitadamente en considerable número, por lo menos dos centurias.

“Los judíos intentaban matar a Pablo cuando llegó la noticia al tribuno de la guarnición de que toda Jerusalén andaba revuelta. Inmediatamente tomó la tropa y varios centuriones y bajó corriendo. Y al ver al tribuno, los judíos dejaron de golpear a Pablo.

El tribuno se acercó, agarró a Pablo y dio orden de que lo ataran con dos cadenas. Luego intentó averiguar quién era y qué había hecho, pero en el gentío cada uno gritaba una cosa. Ño pudiendo sacar nada en limpio por el barullo, el tribuno ordenó que condujeran a Pablo al cuartel. Y al llegar a la escalinata era tal la violencia de la gente, que los soldados tuvieron que llevar a Pablo en volandas, pues el pueblo en masa venía detrás gritando: ¡Muera!

Cuando estaban para meterlo en el cuartel, dijo Pablo al tribuno: — ¿Me permites decirte dos palabras?

El tribuno contestó: — ¿Sabes griego? ¿Entonces no eres tú el egipcio que hace varios días amotinó a aquellos cuatro mil guerrilleros y se echó al campo con ellos?” (Hech 21:31-38).

La mención del agitador griego es un dato del realismo histórico de nuestro cronista Lucas. Conocemos por otras fuentes que en estos tiempos, precisamente bajo el procurador Félix, ante quien comparecerá en seguida Pablo, un cierto egipcio promovió una sedición y condujo a sus partidarios, en número de varios miles, al monte de los Olivos, desde donde se propuso atacar a Jerusalén, aunque fue derrotado por la guarnición.

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16. Apología de Pablo ante los Judíos.

Volvamos ahora a la Torre Antonia, donde el tribuno estaba interrogando a Pablo. El cual le contestó: “ — ¿Yo? Yo soy judío, natural de Tarso, ciudad de Cilicia, que tiene su fama. Por favor, permíteme hablar al pueblo.”

El tribuno le dio permiso, y Pablo, de pie en las gradas, hizo señas al pueblo con la mano. Se hizo un gran silencio y les dirigió la palabra en su lengua: — Padres y hermanos míos. Escuchad la defensa que os presento ahora.

Al oír que les hablaba en su lengua, el silencio se hizo mayor. Y Pablo continuó: — Yo soy judío, nacido en Tarso de Cilicia, pero criado en esta ciudad. Fui alumno de Gamaliel, me eduqué en todo el rigor de la Ley de nuestros padres y tenía tanto fervor religioso como vosotros ahora. Yo perseguí a muerte este nuevo camino, aprisionando y metiendo en la cárcel a hombres y mujeres; y son testigos de esto el mismo Sumo Sacerdote y el Sanedrín. Ellos me dieron cartas para los hermanos de Damasco y fui allí para traerme presos a Jerusalén a los que encontrase para que los castigasen. Pero en el viaje, cerca ya de Damasco, hacia mediodía, de repente una gran luz del cielo relampagueó en torno a mí, caí por tierra y oí una voz que me decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” (Hech 21:29-22:7).

Pablo continúa narrando su conversión, y su relato sustancialmente coincide con el que ya nos ofreció Lucas (cf. el c.IX) En esta segunda redacción Pablo añade que, cuando regresó a Jerusalén tras su conversión, tuvo una visión de Jesús en el Templo.

“— Estando yo en el Templo, caí en éxtasis y vi a Jesús que me decía: Date prisa, vete en seguida de Jerusalén, porque no van a aceptar tu testimonio acerca de mí.

Yo repliqué: Señor, ¡si ellos saben que yo iba por las sinagogas para encarcelar a tus fíeles y azotarlos! Además, cuando se derramó la sangre de Esteban, tu testigo, estaba yo presente aprobando aquello y guardando la ropa de los que lo mataban. Pero El me dijo: “Anda, yo te voy a enviar a pueblos lejanos” (Hech 22:17-21).

La mención de Esteban, y sobre todo la misión de Pablo para predicar a los gentiles, excita de nuevo las iras de su auditorio, que hasta el momento lo había estado escuchando con gran atención.

“Entonces empezaron a gritar: ¡Quita de en medio a ese individuo! ¡No merece vivir!

Como seguían vociferando, tirando los mantos y echando polvo al aire, el tribuno mandó que metieran a Pablo en el cuartel y ordenó que lo azotaran para hacerlo hablar y averiguar por qué gritaban así contra él. Mientras lo estiraban con las correas, preguntó Pablo al centurión que estaba presente: — ¿Os está permitido azotar a un ciudadano romano sin previa sentencia?

Al oírlo, el centurión fue a avisar al tribuno: Mira bien lo que has de hacer, ese hombre es romano.

Acudió el tribuno y le preguntó: — Dime, ¿eres romano?

— Sí.

— A mí la ciudadanía romana me ha costado una fortuna.

— Pues yo la tengo de nacimiento.

Los que iban a hacerlo hablar se retiraron en seguida, y el tribuno tuvo miedo de haberle puesto cadenas siendo ciudadano romano” (Hech 22:22-29).

Una vez más nos encontramos aquí con un representante romano, cumplidor de su deber y que impone el respeto a la ley en medio de aquel tumulto.

El tribuno, que por su nombre, Lysias, parece griego, asegura que él adquirió la ciudadanía romana por dinero. Y esto es un hecho atestiguado por el escritor romano Dión Casio, que nos asegura que se traficaba con el derecho de ciudadanía, vendiéndolo por fuertes sumas de dinero.

El hecho de que Lysias ostente el prenombre romano de Claudius puede ser un indicio de que obtuvo dicha ciudadanía por venta de algunos miembros de la “gens Claudia.” Por el contrario, Pablo no había tenido que comprar dicha ciudadanía, porque la poseía de nacimiento. Lo cual no quiere decir que todos los tarsiotas fuesen romanos, sino que por alguna circunstancia, tal vez por servicios prestados a la causa romana, el padre de Pablo había adquirido dicha ciudadanía.

El tribuno, que conoce bien su derecho romano, sabe que el intento de azotar a un ciudadano está severamente prohibido, así como el haberlo encadenado sin previo juicio, y de ahí su miedo ante las posibles reclamaciones de la víctima.

Mas a pesar de su respeto a la ley, el tribuno no había podido averiguar la causa por la que los judíos querían matar a Pablo, y por eso convocó al Sanedrín para el día siguiente y presentó a Pablo ante el tribunal.

“Sabiendo Pablo que una parte de los miembros del Sanedrín eran fariseos y otra saduceos, gritó en medio de ellos: — Hermanos: Yo soy fariseo, hijo de fariseos, y me juzgan acerca de la esperanza en la resurrección de los muertos.

Apenas dijo esto, se produjo un altercado entre fariseos y saduceos y la asamblea quedó dividida. Los saduceos sostenían que no hay resurrección, ni ángeles ni espíritus; mientras que los fariseos admiten todo esto. Se armó una gritería enorme y algunos letrados del partido fariseo se pusieron en pie y protestaron enérgicamente: “No encontramos ningún delito en este hombre. ¿Y si es que le ha hablado algún espíritu o algún ángel?.” El altercado arreciaba y el tribuno, temiendo que hicieran pedazos a Pablo, ordenó que bajase la tropa para sacarlo de allí y llevárselo al cuartel” (Hech 23: 6-10).

La estrategia de Pablo ha sido muy inteligente: simplemente aplica el viejo axioma táctico: divide y vencerás. Y por eso, al defender su causa apoyándose en las creencias del partido fariseo, provocó las iras de la oposición, que eran los saduceos. Con lo cual Pablo desviaba la atención de su persona y los enfrentaba dialécticamente.

Como esa dialéctica iba acompañada de la violencia, y peligraba la vida de Pablo, el tribuno de nuevo hace intervenir a la guarnición militar, que otra vez arranca a Pablo de las manos de sus adversarios y lo lleva al cuartel.

Al final de la narración, como en otras ocasiones en Lucas, tiene un rasgo luminoso. De noche, el Señor se le presentó a Pablo y le dijo: — Animo, lo mismo que has dado testimonio en favor mío en Jerusalén, tienes que darlo en Roma.

Ahora ya puede Pablo permanecer confiado entre cadenas y peligros; sabe que sus siguientes pasos los dará en un escenario tantas veces anhelado. Inmediatamente tendrá un intermedio en Cesárea; pero, al final, será ¡Roma!

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17. Proceso de Pablo en Cesárea.

La siguiente fase del proceso va a tener lugar en Cesárea. ¿Por qué este cambio de escenario? Los enemigos de Pablo no se habían quedado satisfechos con la intervención del tribuno, que les arrancaba la víctima de sus manos. Y por eso decidieron matarlo.

“Por la mañana temprano tuvieron los judíos un conciliábulo y juraron no comer ni beber hasta que mataran a Pablo; los juramentados eran más de 40, que se presentaron a los sumos sacerdotes y senadores diciendo: — Hemos jurado solemnemente no probar bocado hasta que matemos a Pablo. Ahora vosotros, de acuerdo con el Sanedrín, pedid al tribuno que mande bajarlo con pretexto de examinar su caso con más detalle. Nosotros estaremos preparados para eliminarlo antes de que llegue” (Hech 23:12-15).

Estos 40 conjurados sicarios se obligan a matar a Pablo con un juramento que el texto llama “un anatema,” es decir, una imprecación que atrae la maldición de Dios si no se cumple con el juramento. Sin embargo, los conjurados hablaron más de la cuenta y su propósito llegó al conocimiento de alguien que los denunció.

“Pero el sobrino de Pablo, hijo de su hermana, se enteró de la emboscada; se presentó en el cuartel, donde le dejaron entrar, y se lo avisó a Pablo. Este llamó a un centurión y le dijo:

— Conduce a este muchacho al tribuno porque tiene algo que comunicarle.

El tribuno le tomó de la mano, se lo llevó aparte y le preguntó de qué se trataba.

— Los judíos se han puesto de acuerdo para pedirte que mañana hagas bajar a Pablo al Sanedrín con pretexto de examinar su caso con más detalle. Tú no te lo creas; porque van a tenderle una emboscada más de 40 de ellos. Y están preparados y sólo aguardan a que tú des el permiso.

El tribuno despidió al muchacho encargándole: — No digas a nadie que me has denunciado esto.

Llamó a dos centuriones y les dio estas órdenes: — Para las nueve de la noche tened preparados 200 soldados de infantería, 70 de caballería y 200 lanceros, que tienen que ir a Cesárea. Proveed también cabalgaduras para que las monte Pablo. Y lo lleváis a salvo al gobernador Félix” (Hech 23: 16-24).

Todo se ejecutó como lo había ordenado el tribuno, y al llegar la escolta a Antípatris, donde el camino se hacía llano y no eran de temer emboscadas, el centurión que mandaba la expedición ordenó a los infantes y lanceros que regresasen a Jerusalén y siguió tan sólo con la caballería hasta Cesárea.

Pablo iba enviado por el tribuno Lysias, comandante de la guarnición romana de Jerusalén, que remitía al prisionero al procurador romano Félix, acompañado de un informe escrito del caso, que técnicamente se llamaba un elogium. Este elogium no tenía el significado que hoy le atribuimos de alabanza, sino simplemente de “informe para el proceso.” Y era obligatorio en estos casos; aunque no era decisivo para el gobernador, que tenía que comprobar los hechos y juzgarlos por sí mismo. Estos son los términos del informe: “Claudius Lysias, saluda a su excelencia el gobernador Félix. A este hombre, Pablo, lo habían prendido los judíos y lo iban a matar. Y al enterarme yo de que era ciudadano romano, acudí con la tropa y se lo quité de las manos. Decidí luego averiguar el crimen de que le acusaban, y lo mandé al Consejo judío; pero resultó que las acusaciones se referían a cuestiones de su ley, pero no a delito que mereciese muerte o prisión. Al ser informado de que se preparaba un atentado contra este hombre, te lo remito sin tardanza, y notifico a sus acusadores que formulen sus querellas ante ti” (Hech 23:26-30).

El elogium, como era costumbre en algunos de los informes administrativos, estaba un tanto amañado. Quien conociese la realidad de los sucesos acaecidos en Jerusalén, podía advertir que el tribuno Lysias no decía nada sobre cómo él había mandado encadenar a Pablo y que iba a azotarlo sin juicio previo, aunque de hecho no llegase a hacerlo, ya que Pablo invocó el derecho de ciudadanía romana.

Pero en lo sustancial el informe era correcto, e incluso respetuoso; ya que no llamaba a Pablo un anthropos, un hombre cualquiera, sino aner, un varón, lo cual denota una cierta estima.

Félix, al recibir el informe y enterarse de que Pablo era natural de la provincia de Cilicia, ordenó que el prisionero fuera custodiado en el Pretorio de Herodes, en espera de que sus acusadores bajasen de Jerusalén.

El llamado Pretorio de Herodes era en realidad el palacio que Herodes se había mandado construir para su residencia, pero que se llamaba pretorio porque allí residía de hecho el procurador romano.

Este palacio formaba parte de las construcciones monumentales con las que Herodes el Grande enriqueció la nueva ciudad, construida sobre el emplazamiento de la antigua Torre de Estratón.

La nueva ciudad, que su constructor llamó Cesárea en honor de su protector, César Augusto, tenía un circo, un teatro (cuyas ruinas todavía se conservan), un palacio para la residencia real y un templo dedicado a Augusto, en el que se levantaban dos estatuas, dedicadas una al emperador y otra a Roma, que, al decir de Josefo, emulaban al Júpiter Olímpico y a la Juno de Argos. Completaban la ciudad un acueducto, que traía las aguas del Monte Carmelo, avenidas, cloacas y sobre todo un puerto protegido por imponentes escolleras artificiales, sobreadornadas de estatuas, que hacía a Josefo compararlo al Píreo de Atenas.

En esta ciudad se va a desarrollar la vida de Pablo durante casi dos años. Y más adelante Cesárea se convertirá en el centro más importante de la vida cristiana de Palestina. En ella, a finales del siglo II se celebrará un concilio, y brillarán las luminarias de la teología y de la historia llamados Orígenes y Eusebio.

Mas ahora tenemos que retroceder en el tiempo a ese momento en que Pablo, tras cinco días de intervalo, va a encontrarse con la delegación judía que baja de Jerusalén para mantener su acusación ante el tribunal de procurador Félix.

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18. Comparecencia ante el Procurador Félix.

El procurador Félix es una figura siniestra, que contrasta con la de otros dignos magistrados romanos que hemos hallado a lo largo de nuestro relato. Antonio Félix era un liberto, es decir, uno que, habiendo sido esclavo, había recibido la manumisión o libertad de su dueño, que era Antonia, la madre del emperador Claudio, de cuyo favor gozaba, así como de la influencia de su propio hermano Pallas, favorito de Agripa. Tácito, el historiador, con su conocida concisión, lo retrata así: “Ejerció el poder, entre crueldades y desenfrenos, con ánimo de esclavo.”

Fue marido consecutivo de tres reinas, según nos dejó escrito Suetonio; una de ellas, que era nieta de Marco Antonio y Cleopatra, le hizo emparentar con Claudio. De la segunda esposa, llamada Drusila, hablaremos después. De tal manera Félix fue injusto y cruel en su represión contra los judíos, que él fue la causa principal de que aquéllos se alzasen en una permanente rebelión, e incluso de que una delegación de hebreos fuese a denunciarlo a Roma, ante Nerón, quien lo depuso de su cargo.

Este es el personaje ante quien tuvo que comparecer Pablo, acusado por la delegación de judíos que había subido desde Jerusalén.

Al cabo de cinco días, el Sumo Sacerdote Ananías bajó a Cesárea con algunos miembros del Sanedrín y un abogado, un tal Tértulo, y presentaron al gobernador su querella contra Pablo. Y Tértulo empezó así la acusación: “La mucha paz que por ti gozamos y las mejoras hechas en pro de esta región, gracias a tu providencia, excelentísimo Félix, la reconocemos siempre y en toda ocasión con la más profunda gratitud. Y ya que no quiero importunarte demasiado, te ruego sólo que nos escuches un momento con tu acostumbrada indulgencia.

Hemos descubierto que este pernicioso individuo promueve motines contra los judíos del mundo entero y que es cabecilla de la secta de los Nazarenos; incluso que ha intentado profanar el Templo y por eso lo hemos detenido. Pero, sobreviniendo en ese momento el tribuno Lysias, nos lo arrebató de las manos y por eso hemos venido en tu busca. Interrógalo tú mismo y comprobarás que nuestras acusaciones son fundadas” (Hech 24:1-8).

Examinemos las personas y el proceso. Ananías era a la sazón el Sumo Pontífice de los judíos, que había sido designado para tal dignidad por el rey Herodes Agripa II y la conservó por once años, aunque en el intervalo había sido temporalmente depuesto y enviado a Roma por el procónsul de Siria, desde donde regresó debido a la influencia de Agripa. Ahora Ananías presidía la delegación e iba acompañado por Tértulo.

Tértulo, que es un nombre romano, diminutivo de Tercio, probablemente era un leguleyo romano, o al menos un orador experto en el Derecho. Sin embargo, la acusación de Tértulo parece indicarnos algunos errores de principiante. Su mensaje es manifiestamente exagerado y falso cuando alaba a Félix como benefactor de los judíos. Tampoco parece que anduvo acertado al mencionar la intervención del tribuno Lysias, ya que esto era como acusar a un militar romano ante otro romano.

La acusación de Tértulo comprende tres cargos.

Primero: que Pablo promueve motines entre los judíos de la diáspora; acusación grave, ya que Félix era conocido por su dureza en reprimir sediciones y alborotos.

Segundo: que Pablo es la cabeza de una secta llamada “de los Nazarenos.” Y esto también es una acusación, ya que podía implicar un delito de “práctica de un culto prohibido” por el Derecho romano.

Tercero: que el acusado había intentado profanar el Templo, lo cual llevaba en la legislación hebrea la pena de muerte. Los cargos expresados por Tértulo fueron confirmados por los judíos allí presentes. Y habiéndolos oído, el procurador Félix hizo señal a Pablo de que tomase la palabra para defenderse. Y Pablo habló así.

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19. Autodefensa de Pablo.

“Sé que desde hace muchos años administras justicia en esta región y esto me anima a hablar en mi defensa. Tú puedes verificar que hace doce días subí a Jerusalén en peregrinación. No me han encontrado discutiendo con nadie en el Templo ni causando disturbios en la sinagoga ni por la ciudad. Tampoco pueden aducir pruebas de lo que ahora me imputan. Eso sí, lo reconozco, que sirvo al Dios de nuestros padres, siguiendo este camino — que ellos llaman secta —, creyendo todo lo que está escrito en la Ley y en los Profetas, con la esperanza puesta en Dios, como ellos mismos lo esperan, de que habrá una resurrección de los justos e injustos. Por eso también me esfuerzo yo por conservar siempre una conciencia irreprochable ante Dios y ante los hombres.

Después de muchos años había vuelto a Jerusalén a traer limosnas para mi pueblo y ofrecer sacrificios. De eso me ocupaba yo en el Templo cuando me encontraron, después de mi purificación, sin turba ni tumulto. Pero unos judíos de Asia, son ellos los que deberían haber venido a presentarse ante el tribunal y acusarme si tenían algo contra mí. Y si no, que digan éstos qué crimen encontraron cuando comparecí ante el Sanedrín, fuera de estas solas palabras que pronuncié delante de ellos: “Si hoy me juzgan ante vosotros, es por la resurrección de los muertos” (Hech 24:10-21).

El discurso de Pablo es habilísimo y nos demuestra una vez más el dominio que poseía en este campo de la controversia y de la apología, ya que va desmontando los diversos cargos de la acusación.

Primero, respecto a los motines que él ha causado, eso es falso, y fácil de comprobar, porque sólo hace doce días que ha llegado a Jerusalén. Y si hubiese sucedido algún tumulto, seguramente habría llegado a oídos del gobernador. Ni tampoco Pablo ha sido un agitador en la diáspora, y son precisamente esos judíos de Asia que lo afirman los que convendría que estuviesen presentes ante el tribunal para mantener sus acusaciones.

Ciertamente, reconoce Pablo, que él es seguidor de lo que ellos llaman “secta”; pero que en realidad es una fe en el camino ya predicado por la Ley y los Profetas. Pablo, hábilmente, no ha mencionado a Jesucristo, ya que éste era un tema de controversia religiosa que no había por qué traer ante un tribunal pagano. Por el contrario, insiste en su condición de fiel cumplidor de la Ley y los Profetas, con lo cual estaba negando la acusación del delito de “culto prohibido.”  De hecho, durante muchos años el mundo oficial romano no distinguió entre la fe cristiana y la judía. Y pensó que la fe cristiana era una secta judía más y, por tanto, se trataba de un culto permitido por el Imperio.

Así concluyó la primera vista de la causa ante el gobernador, pero no el proceso de Pablo. Porque Félix difirió la sentencia, pretextando que se requería una información más detallada del caso, que podría aportar el tribuno Lysias, aunque no sabemos que éste fuese jamás convocado a Cesárea para informar del asunto.

Con esta dilación del proceso, Félix jugaba a sus conveniencias políticas: por una parte, no libertaba a Pablo, y así complacía a los judíos; por otra, no se lo entregaba, ya que la condición de ciudadano romano imponía un cierto respeto y protección de su vida.

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20. Continuación del proceso: Drusila y Pótelo Festo.

Pasados unos cuantos días se presentó una nueva persona: Drusila. Era hija de Herodes Agripa II, mujer muy famosa por su belleza y que entonces tendría dieciocho años. Después de haber estado casada con el rey de Edesa, era entonces la concubina de Félix. Fue ante esta pareja libertina ante la que Pablo no dudó en predicar, esta vez abiertamente, sobre Jesucristo y las exigencias morales que supone su evangelio.

“De allí a algunos días se presentó Félix con su mujer, Drusila, que era judía, y mandó llamar a Pablo para que le hablase de la fe en Cristo. Pero cuando tocó el tema de la honradez de conducta, del dominio de sí mismo, de la conciencia y de juicio futuro, Félix le replicó asustado: .”Por el momento puedes marcharte, cuando tenga tiempo te mandaré llamar.”

El gobernador no había perdido la esperanza de que Pablo le diera dinero, y por eso lo mandaba llamar con relativa frecuencia para conversar con él” (Hech 24:24-26).

Y así le llegó a Félix el final de su magistratura; porque acusado, como ya dijimos, por los judíos ante el emperador Nerón, fue llevado a Roma. Y se nombró como sucesor a Porcio Festo. Sin embargo, el gobernador saliente, “deseoso de congraciarse con los judíos, dejó a Pablo en la cárcel” (Hech 24:27).

Porcio Festo era un magistrado enteramente distinto de su predecesor. Procedía de una noble familia romana, la “gens Porcia,” a la cual también había pertenecido el famoso Catón. De él dice Flavio Josefo que era un funcionario íntegro. Y apenas llegado a la provincia de su mando, subió a Jerusalén.

“A los tres días de llegar a la provincia subió Festo de Cesárea a Jerusalén. Los sumos sacerdotes y judíos principales le presentaron querella contra Pablo, insistiendo y pidiéndole como un favor, con mala idea, que lo trasladase a Jerusalén, ya que pensaban prepararle una emboscada para matarlo en el camino. Festo contestó que Pablo estaba preso en Cesárea y que él mismo se iba a marchar de Jerusalén muy pronto, y añadió: Por tanto, que bajen conmigo los que tengan autoridad ante vosotros, y, si algo hay de irregular en ese hombre, que presenten la acusación.

Al día siguiente de haber bajado Festo a Cesárea, tomó asiento en el tribunal y ordenó que trajesen a Pablo. Y cuando este compareció, lo rodearon los judíos bajados de Jerusalén aduciendo muchos y graves cargos que no podían probar. Pablo se defendía diciendo: — No he faltado contra la Ley judía, ni contra el Templo, ni contra el emperador.

Festo, deseoso de congraciarse con los judíos, preguntó a Pablo: ¿Quieres subir a Jerusalén y que se juzgue allí tu asunto en mi presencia? Y Pablo contestó: — Estoy ante el tribunal del emperador, que es donde se me tiene que juzgar. No he hecho ningún daño a los judíos, como tú mismo sabes perfectamente. Por tanto, si soy reo de algún delito que merezca la muerte, no rehuyo morir; pero si las acusaciones de éstos no tienen fundamento, nadie tiene derecho a cederme a ellos sin más ni más. ¡Apelo al emperador!” (Hech 25:1-11).

Sorprende la firmeza de Pablo, que no sólo es producto de un carácter resuelto y constante, sino que está además confortado con aquella visión de Jesús que le aseguró que daría testimonio de El en Roma. Para Pablo, el nuevo sesgo que ha tomado el proceso puede ser el medio del que la Providencia se vale para conducirlo a Roma. Y por ello, con su doble dignidad de apóstol de Cristo y de ciudadano de Roma, pronuncia unas palabras que entonces tenían un valor casi mágico: “¡Apelo al emperador!”

El emperador, desde aquellas fronteras del Imperio, no era sólo el hombre cuyo poder llegaba a todas partes por medio de sus legiones, sino también la figura divinizada a la que se levantaban estatuas y templos en el mundo helenístico. Por ello, apenas se pronunciaban estas palabras en cualquier lugar del vasto Imperio, el proceso judicial se detenía y el presunto culpable tenía que ser enviado a Roma, convenientemente custodiado, para presentar su caso ante el tribunal imperial en la Metrópoli.

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21. Comparecencia ante Agripa y Berenice.

Aunque el proceso de Pablo en Cesárea parece que se ha terminado, ya que el asunto va a ser reconducido a Roma, todavía sucedieron en Cesárea otros acontecimientos que Lucas nos ha recogido muy detalladamente, y que se refieren a una visita que al recién nombrado gobernador hicieron dos personajes muy famosos en aquellos tiempos, y que son el rey Agripa II y su hermana Berenice.

Agripa II era hijo de Herodes Agripa I, aquel rey que encontramos en los primeros capítulos de este comentario y que fue quien mandó matar al apóstol Santiago y también encarcelar a Pedro (c.XIII) Agripa II, durante casi cincuenta años, hasta final del siglo I, gobernó diversos territorios de Palestina y asimismo ejerció la superintendencia del Templo de Jerusalén, siendo él quien efectivamente terminó su construcción.

Al lado de Agripa comparece Berenice, una mujer cuyos atractivos, en la opinión de sus contemporáneos, la igualaron a la famosa reina de Egipto, Cleopatra. Berenice, que primeramente había estado casada con un tío suyo, era asimismo hermana de Agripa II, pero vivía incestuosamente con él, con gran escándalo no sólo de los judíos, sino de todo el Imperio. Y además, más tarde, viviendo aún su marido, consiguió en Roma fascinar al propio emperador Tito, el conquistador de Jerusalén.

Tal fue la famosa pareja que bajó a Cesárea para cumplimentar a Festo, quien les informó del caso de Pablo. Agripa manifestó sus deseos de oír a Pablo en persona, a lo que Festo accedió.

“Al día siguiente, Agripa y Berenice llegaron con gran pompa y entraron en la sala de audiencias, acompañados de tribunos y de las personalidades de gran relieve en la ciudad. Festo mandó llevar a Pablo y dijo: — Rey Agripa y señores todos aquí presentes: ¿Veis este hombre? Pues la población judía toda entera ha acudido a mí en Jerusalén y en esta ciudad clamando que no debe vivir un día más. Yo, por mi parte, he comprendido que no ha cometido nada que merezca la muerte; pero como él personalmente ha apelado al César, he decidido enviarlo.

Sin embargo, no tengo nada preciso que escribirle acerca de él; por eso lo hago comparecer ante vosotros, y especialmente ante ti, rey Agripa, para que, celebrada esta audiencia, tenga materia para mi carta, pues me parece absurdo enviar un preso sin indicar el mismo tiempo los cargos que se le hacen.

Agripa entonces dijo a Pablo: — Se te permite hablar en tu descargo.

Y Pablo, extendiendo la mano, empezó su defensa” (Hech 25:23-26:1).

El discurso de Pablo es enteramente diverso en su forma y contenido de aquel otro que anteriormente había pronunciado ante el procurador Félix. Entonces se trataba de un verdadero proceso y se hallaban también presentes ante el tribunal sus acusadores. Ahora es distinto; más que un proceso es una audiencia pública, que tal vez algunos han pretendido convertir en espectáculo curioso y cuyo invitado más ilustre es el propio rey Agripa, buen conocedor de los judíos y de sus costumbres y controversias, y ante quien Pablo va a hablar claramente del Mesías en la confianza de ser comprendido.

La apología de Pablo es en gran parte autobiográfica, ya que la mejor defensa de su causa es narrar su propia vida desde su juventud, cuando vivía en Jerusalén como estricto fariseo, empeñado en perseguir a la nueva secta de los cristianos, hasta que se encontró con Jesús en el camino de Damasco. Al llegar aquí, Pablo narra por segunda vez su conversión y la visión de Jesús, a lo que añade: “— Y yo, rey Agripa, no he sido desobediente a la visión celeste. Al contrario, primero a los de Damasco, pero además a los de Jerusalén y luego a los paganos, les he predicado que se arrepientan y se conviertan a Dios. No añado nada a lo que dijeron los profetas y también Moisés: que el Mesías tenía que padecer, y que siendo el primero de los muertos en resucitar, anunciaría el amanecer a su pueblo y a los paganos.

En este punto de la defensa exclamó Festo a gritos: — ¡Estás loco, Pablo, tanto saber te ha trastornado el juicio!

— No estoy loco, excelentísimo Festo. Y mis palabras son verdaderas y sensatas. El rey entiende de estas cuestiones, por eso ante él hablo francamente, y no puedo creer que ignore nada de esto, pues no ha sucedido en un rincón. ¿Das fe a los profetas, rey Agripa? Estoy seguro de que sí.

Agripa entonces le dijo a Pablo: — Por poco me convences a hacerme cristiano.

— Por poco o por mucho, quisiera Dios que no sólo tú, sino todos los que hoy me escucháis fuerais lo mismo que yo soy: dejando aparte las cadenas.

Se levantaron el rey, el gobernador, Berenice y los demás asistentes a la sesión, y al retirarse comentaron: “Éste hombre no hace nada que merezca muerte o prisión.” Y Agripa le dijo a Festo: “Si no fuera porque ha apelado al emperador, se le podía poner en libertad” (Hech 26:19-32).

Y aquí termina esta primera fase del proceso romano contra Pablo, que se desarrolló en Cesárea, la capital de aquella región de Israel, ocupada por los romanos. La segunda fase tendría lugar en Roma. Y entre Cesárea y Roma se extendía el Mediterráneo — el “mar entre las tierras” —, que todavía no tenía ese nombre, sino el de Mare Internum y Mare Nostrum, nuestro mar, el de ellos, el de los romanos. Navegando por ese mar irá pronto un ciudadano romano, Pablo. Le acompañaremos.

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22. Viaje Marítimo de Pablo.

Ya anteriormente habíamos seguido al Apóstol en otros viajes más cortos, a Chipre, a la costa meridional del Asia Menor y también a Grecia. De hecho, los cuatro grandes viajes apostólicos de Pablo tuvieron en parte un trayecto marítimo, pero el cuarto fue el más largo y accidentado.

El puerto de salida fue Cesárea Marítima. Allí, en nuestro capítulo anterior, nos enteramos de que Pablo, durante su proceso ante el procurador romano Festo, había apelado al César y que por dicha razón el gobernador había resuelto enviarlo a Roma, custodiado por un centurión de la Cohorte Augusta llamado Julio.

Poco sabemos de este centurión, que quizá estaba destacado en una de las cinco cohortes que constituían la guarnición de Cesárea. Aunque otros opinan que había llegado de Roma recientemente, acompañando a Festo, y que entonces, al regresar de nuevo a la capital, fue puesto al frente del destacamento militar encargado del traslado de los presos.

Entre éstos, además de Pablo, figuraban otros muchos, quizá más de 200, algunos de los cuales probablemente estaban destinados a los espectáculos circenses de Roma como víctimas para las fieras.

Personalmente acompañaban a Pablo, Lucas, el médico y evangelista, que va a narrarnos el viaje; probablemente también Timoteo, y seguramente un tal Aristarco, cristiano de Tesaló-nica. No estaba permitido tomar pasajeros en estas naves con misión oficial; pero un ciudadano romano, y Pablo lo era, tenía derecho a ir acompañado por dos sirvientes o esclavos, y tal vez el centurión Julio, benevolente, aceptó como tales a los compañeros de Pablo.

“Cuando se decidió que emprendiésemos la travesía para Italia, encargaron de Pablo y de varios otros presos a un centurión de la Legión Augusta de nombre Julio.

Embarcamos en una nave, con matrícula de Adrumeto, que salía para los puertos de Asia, y nos hicimos a la mar. Nos acompañaba Aristarco, un macedonio de Tesalónica.

Al día siguiente tocamos en Sidón. Y Julio, con mucha amabilidad, permitió a Pablo visitar a los amigos para que lo atendieran” (Hech 27:1-3).

La nave, como acabamos de describir, estaba matriculada en Adrumeto, que es un puerto de la costa meridional de Asia Menor, situado frente a la isla de Lesbos. Sin embargo, en este viaje la nave no sé dirigió a su puerto de registro, sino que primeramente tomó la dirección norte, y costeando, tras un día de travesía, llego a Sidón.

Esta ciudad, como es bien sabido, era un puerto de Fenicia y el más antiguo que ostentó la capitalidad del territorio. Junto con Tiro, constituyó un emporio comercial que fundó colonias en varios puntos de la costa mediterránea, algunos tan lejanos como en Tartesos, es decir, la costa gaditana.

En el puerto de Sidón, el centurión Julio permitió a Pablo bajar a tierra. Y allí fue atendido, quizá también de los efectos del mareo, por una comunidad cristiana que existía en la ciudad, y que debía su fundación al apostolado del diácono Felipe en sus primeros años.

“Zarpamos de Sidón y navegamos al abrigo de Chipre porque el viento era contrario; luego atravesamos por alta mar frente a Cilicia y Panfilia y llegamos a Mira de Licia” (Hech 27:4-5).

Mira fue la segunda escala de esta navegación. Poseía un buen puerto, llamado Adria, situado a cuatro kilómetros tierra adentro en la desembocadura de un río. En este puerto se detenían las naves que hacían el trayecto de Alejandría a Roma. Y por eso fue fácil para el centurión Julio encontrar allí una nave de carga, adonde trasladó el pasaje de soldados y presos. De esta ciudad de Mira, con el tiempo, sería obispo el célebre San Nicolás de Mira, el Santa Claus del calendario navideño.

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a. La Navegación y Sus Naves.

El arte de navegar se remonta a una época muy primitiva, aunque incierta. Tal vez la observación de algunos animales que nadaban y de troncos de árboles que flotaban suscitó los primeros ensayos. En el Antiguo Testamento el relato del diluvio universal y del arca de Noé parece indicar lo adelantada que estaba por aquella época la carpintería naval. En los siglos más próximos e históricos sabemos que Israel nunca fue un pueblo de navegantes, a diferencia de Egipto o Fenicia. De la época del rey Salomón, siglo χ a. de C., las crónicas nos ofrecen datos de sus empresas navales de carácter comercial, relacionadas con la construcción del Templo de Jerusalén: concretamente se menciona una flotilla que construyó en Esyom Gaber, en la costa del Mar Rojo, que navegó hasta la misteriosa región de Ofir. El Nuevo Testamento, en los evangelios, sólo menciona las sencillas barcas de pescadores en los pueblos ribereños del lago de Galilea. Y hay que llegar a los Hechos de los Apóstoles para encontrar noticias de la navegación, en los viajes marítimos de San Pablo.

Sin duda que había ya en esta época diversos tipos de naves, aunque todavía su vocabulario resulte impreciso. Se citan, como ejemplo, “las naves de Tarsis,” que eran de gran tonelaje y se aventuraban hasta el extremo occidental del Mediterráneo para transportar las mercancías de aquella remota región del sur de España. La versión griega de los Setenta cita el ploion, que designa tanto una nave de transporte como un navio de guerra, pero que también, con su diminutivo, es usado por Mateo y Lucas para la barca de Pedro y otros pescadores de Galilea. Por otra parte, los escritores greco-romanos nos hablan de naves alterarías y frumentarias, destinadas al transporte de carga y de grano; y también de birremes y trirremes, según las hileras de remos. Algunas de estas naves podían ser de gran tonelaje, como, por ejemplo, el navio “Isis,” mencionado por Luciano, que cargaba hasta mil toneladas. Incidentalmente, el “tonelaje” de un buque era su capacidad para acomodar un número de “toneles,” cuya medida oscilaba entre uno y medio y tres metros cúbicos.

Respecto a la tripulación de los navíos, se mencionan el kybernetes o gubernator, que hoy llamaríamos el capitán del barco, y también el noticieros, que era el armador responsable de la mercancía, y asimismo a un “piloto” encargado del timón y la maniobra. Para ésta existían algunos instrumentos de navegación muy elementales. La brújula era todavía desconocida; por lo que la orientación se hacía por el sol durante el día y por el curso de las estrellas durante la noche. Ya el profeta Amos habla de Arturo y de Orión y probablemente de las Pléyades y las dos Osas.

La nave adonde se trasladaron los presos era un barco de carga, una nave oneraria, de las que transportaban trigo desde Egipto a Italia. Y por eso se las llamaba naves frumentarias. Eran unos navios más bien pesados de hasta 60 metros de largo por 15 de ancho, y podían cargar hasta 2.000 toneladas y 600 pasajeros; aunque quizá la nave adonde subió Pablo era más pequeña.

En todo caso, conocemos la estructura de estas naves por descripciones contemporáneas. Tenían dos o tres mástiles, y uno de ellos, el central, era muy fuerte, y de él colgaba una vela rectangular; mientras que de los otros dos pendían velas más pequeñas para la maniobra, que se arriaban cuando el viento era muy fuerte.

Estas naves, con un viento ligero de popa, podían hacer hasta seis millas por hora. Y la travesía de Roma a Alejandría podía durar en dirección Oeste unos doce días, mientras que la vuelta tardaba unos dos meses a causa de los vientos etesios. Vamos, pues, a embarcarnos en esa nueva nave. Ella no lo sabe, pero va a realizar ¡su último viaje!

“Por muchos días la navegación fue lenta, y a duras penas llegamos a la altura de Cánido. Y como el viento no nos era propicio, navegamos al abrigo de Creta por bajo del cabo Salmón. Y después de costear la isla, llegamos trabajosamente a una localidad llamada Buenos Puertos, cerca de la ciudad de Lasca” (Hech 27:7-8).

Como podemos advertir, la descripción de la navegación es minuciosa y casi constituye un cuaderno de bitácora, que anota todas las peripecias del viaje. Los técnicos en navegación marítima se complacen en descubrir en este relato a un testigo presencial, que sin duda es Lucas, y no dudan en llamarlo el “documento más interesante sobre navegación marítima que nos ha quedado de la Antigüedad.”  Del almirante Nelson se dice que leyó este fragmento de los Hechos en la víspera de la batalla de Trafalgar para reconfortar su espíritu.

Si se sigue en un mapa este viaje, se verá que la nave, después de llegar a la altura de la isla de Cánido, de donde toma nombre la famosa escultura de Venus, puso rumbo hacia el sudoeste para doblar el cabo Salmón y navegar a lo largo de la costa meridional de Creta, que resultaba más resguardada de los vientos, hasta que, tras una penosa travesía, llegaron a un fondeadero llamado Buenos Puertos, que está hacia la mitad de la isla.

Este fondeadero se halla muy próximo al cabo de Mátala, donde la costa tuerce repentinamente en dirección norte, quedando por eso expuesta a los vientos que azotan desde aquella dirección.

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b. Tempestad y naufragio

A todo esto, la estación del año estaba ya muy adelantada, porque se había celebrado el ayuno del Yom Kippur, que tenía lugar en el equinoccio de otoño, que para aquel año debió de ser el 5 de octubre; y para estas fechas tan avanzadas ya era peligroso continuar la navegación.

Conviene recordar que en aquella época, como ya hemos explicado, no conocían la brújula y, por tanto, había que navegar en lo posible a poca distancia de las costas o guiándose por el sol y las estrellas; por lo que en tiempos invernales la navegación se dificultaba en extremo hasta interrumpirse en muchas ocasiones. Así se explica el siguiente texto de los Hechos.

“Habíamos perdido un tiempo considerable: la navegación era ya peligrosa, porque había pasado el día del Gran Ayuno, y Pablo se lo avisó así: —Amigos, preveo que la travesía va a resultar desastrosa, con gran perjuicio no sólo para la carga y el barco, sino también para nuestras personas.

El centurión, sin embargo, daba más crédito al piloto y patrón del barco que a los avisos de Pablo. Y como además el puerto no era a propósito para invernar, los más se pronunciaron por zarpar de allí, a ver si podían alcanzar Fénix, que era otra puerto de Creta hacia el oeste y más a propósito para pasar allí el invierno” (Hech 27:9-12).

Por lo que aquí se nos dice, sabemos que se celebró una especie de consejo entre las personas importantes en la nave, al cual asistió Pablo. Entre los participantes se nombra a un mueleros y a un kybernetes, cuyas funciones no se conocen exactamente, pero que corresponden probablemente a las del piloto y capitán del barco; aunque en este caso, y por hallarse en la nave un centurión comisionado oficialmente, él era en realidad la autoridad suprema del navio.

Como había prevalecido el parecer de los que preferían partir, la nave levó anclas en busca del puerto de Fénix. Con un poco de suerte quizá lograrían atravesar el mar desde el cabo Mátala hasta el estrecho de Mesina, distante unas 480 millas, que bien podrían cubrirse en cinco días de travesía.

“Al levantarse la brisa del sur se figuraron que podrían realizar su proyecto. Levaron anclas y fueron bordeando Creta. Pero, de pronto, se desencadenó del lado de tierra el conocido huracán del nordeste. Y como el barco, arrastrado por el viento no podía hacerle frente, nos dejamos llevar a la deriva” (Hech 27:13-15).

Volvamos al mapa. Al doblar el cabo de Mátala, la nave es acometida por una terrible borrasca producida por el viento que baja de la alta cordillera nevada de Ida. Este huracán tiene un adjetivo muy gráfico, es tyjonicós, es decir, “como un tifón,” y su denominación es el euroaquilón, palabra, híbrida que no se ha encontrado en ningún otro texto griego fuera de éste, ya que quizá pertenecía al habla de los marineros egipcios de la nave. .”Euro es el punto Este, y aquilón, es el Norte. Por tanto, el viento sopla del nordeste, y a la vez que los aleja del litoral cretense, empuja la nave hacia las sirtes, o bancos de arena, que están en el sur. La nave, así llevada por la tormenta, pasa cerca de la isla de Cauda.

“Al pasar al abrigo del islote, que llaman Cauda, a duras penas pudimos recobrar el control del bote: lo izaron a bordo y reforzaron el casco de la nave ciñéndole con cables. Temiendo ir a dar contra las sirtes, soltaron un flotador y siguieron a la deriva.”

Para quien no esté familiarizado con términos y maniobras náuticas, vamos a tratar de explicarles lo sucedido. La nave hasta entonces había ido arrastrando un bote o chalupa, que era necesario para comunicarse con el puerto cuando la nave quedaba fondeada; pero en este caso la fuerza de las olas ponía en peligro de que se rompiese el cable de arrastre y se perdiese la chalupa, o bien que ésta chocase contra el costado de la nave. Como había que conservar la chalupa, porque podía servir para la evacuación del pasaje en caso de naufragio, con gran esfuerzo la levantaron a bordo.

La otra maniobra consistió en ceñir el casco de la nave con unos fuertes cables o maromas para mantener unidas las tablas e impedir que se desencuadernase el navio. Por algunos grabados sabemos que estos cables no se ataban en sentido longitudinal, sino que se pasaban a través por debajo de la quilla.

La Sirte, o la Gran Sirte, es un golfo que se abre en el norte de África entre la Cirenaica (hoy Libia) y Cartago (es decir, Túnez) Los antiguos hablaban de dos, la Grande y la Pequeña, refiriéndose a dos grandes bancos de arena movediza muy temidos por los navegantes, y que se extendían por casi 1.000 kilómetros de la costa.

Finalmente, en el relato se habla de un “flotador” que tiraron al agua. Se discute sobre la forma de este flotador, que algunas traducciones llaman “un ancla flotante,” y que consistía en una gran balsa o plataforma que, convenientemente lastrada, se sostenía en posición vertical y que estaba unida al barco por medio de un cable. El efecto de este ancla era frenar desde la popa el empuje del oleaje y del viento. No obstante todos estos ingenios y maniobras, la nave seguía siendo sacudida violentamente, y las aguas penetraban en ella, haciéndose preciso aligerar el paso de la nave.

“Al día siguiente, como el temporal seguía zarandeándonos con violencia, aligeraron la carga. Y al tercer día arrojaron al mar con sus propias manos el aparejo del barco” (Hech 27: 18-19).

La maniobra de salvamento ha llegado al sacrificio supremo. Primeramente se había lanzado al mar parte de la carga, aunque no parece que entonces se arrojase el trigo, quizá porque resultaba peligroso abrir las bodegas. Pero después se arrojó al mar el aparejo principal, es decir, el conjunto del mástil mayor, la vela y los cordajes. Y a partir de este momento la nave no fue sino un pontón inerme, incapaz de navegar y llevado tan sólo a la deriva.

“Como por muchos días no vimos ni el sol ni las estrellas y teníamos encima un temporal tan violento, llegamos ya a perder toda esperanza de salvarnos. Pablo entonces se puso en pie en medio y les dijo: — Amigos, debíais haberme hecho caso y no zarpar de Creta: os habríais ahorrado este desastre y estos perjuicios. De todos modos, ahora os recomiendo que no os desaniméis: pérdidas personales no habrá, tan sólo se perderá el barco; porque esta noche se me ha presentado un mensajero del Dios a quien pertenezco y sirvo, y me ha dicho: “No temas, Pablo; tienes que comparecer ante el emperador, y Dios te ha concedido la vida de todos tus compañeros de navegación.”  Por eso, ánimo, amigos, yo me fío de Dios y sé que sucederá exactamente como me lo han dicho. Tenemos que ir a dar en una isla” (Hech 27:20-26).

Sorprende en esta narración el vivo contraste de la estampa. Exteriormente hay tormenta, oscuridad, desesperanza. Solamente el alma de Pablo está iluminada. El piloto y la tripulación no saben dónde están ni adonde van; Pablo conoce que habrá un naufragio en una isla, pero que se salvarán todos los náufragos.

“A las catorce noches, íbamos todavía sin rumbo fijo por el Adriático, y hacia media noche barruntaron los marineros que nos acercábamos a tierra. Echaron la sonda y marcaba 20 brazas; pero poco más adelante volvieron a echarla y marcaba 12. Temiendo ir a dar con una escollera, echaron cuatro anclas a popa, esperando con ansia que se hiciera de día” (Hech 27:27-29).

Se acaba de mencionar el mar Adriático, y esta denominación no coincide con la actual situación del mar del mismo nombre. De hecho, el texto griego dice simplemente Adria, y ésta era la denominación del Mediterráneo Central.

La sonda era una cuerda con un peso inferior que servía para medir la profundidad, guiándose por la longitud de la cuerda soltada.

En el presente caso, la primera medición fue de 20 brazas. Braza era la longitud de ambos brazos abiertos, que se calculaba alrededor de 1,83 metros.

Al llegar a este momento, se precipitan ciertos sucesos que demuestran una vez más la serenidad de Pablo y su dominio de la situación. Primeramente, se presenta un conato de abandono de la nave por parte de la tripulación, excitada y nerviosa.

“Como los marineros trataban de escapar del barco y empezaban a arriar el bote al agua, con pretexto de alejar las anclas desde proa, dijo Pablo al centurión y a los soldados: —Si ésos no se quedan en el barco, vosotros no podréis salvaros.

Los soldados entonces soltaron las amarras del bote y lo dejaron caer” (Hech 27:30-32).

Segundo elemento. Todo el pasaje, soldados, presos y marineros, angustiados por la situación y quizá impedidos por el mareo, no habían querido comer. Entonces Pablo, con sentido realista, les exhorta a todos a que coman, porque esto les ayudará a soportar el esfuerzo del salvamento, y les promete que ninguno perecerá.

“— Con hoy lleváis catorce días en vilo y en ayunas, y seguís sin tomar nada. Insisto en que comáis, que os ayudará a salvaros, pues ninguno perderéis ni un pelo.

Dicho esto, tomó un pan, dio gracias a Dios delante de todos y se puso a comer. Y entonces todos se animaron y comieron también. Una vez satisfechos, aligeraron el barco arrojando el trigo al mar” (Hech 27:33-36).

Se ha discutido por los comentaristas si aquella comida que se describe como “partir el pan” fue o no una Eucaristía, ya que ciertas palabras presentan una similitud con otros relatos eucarísticos. Pero no parece que ni los alimentos de que disponían ni las circunstancias eran adecuadas para celebrar un rito religioso que hubiese resultado enteramente extraño a la casi totalidad de los asistentes.

Todo esto había sucedido de noche, mientras amanecía.

“Y al llegar el día, no reconocían la tierra, pero divisaron una ensenada con su playa y decidieron varar el barco allí como pudieran. Soltaron las anclas de ambos lados, dejándolas caer al mar, aflojaron al mismo tiempo las correas de los timones, izaron la vela de popa a favor de la brisa y se fueron acercando a la playa; pero toparon con un bajío y encallaron, la proa se hincó y quedó inmóvil, mientras que la popa se deshacía por la violencia de las olas” (Hech 27:39-41).

Y aquí sobreviene el último e inesperado de los peligros. Los soldados, ante el temor de que los presos pudieran escaparse, resuelven matarlos. Quizá teniendo en cuenta una ley romana de que el soldado que dejaba huir a su preso debía sufrir la misma condena que el huido. Pero el centurión Julio interviene una vez más, y con una firmeza que demostraba su autoridad en aquellos momentos de confusión, ordenó que todo el mundo abandonase la nave, bien nadando o agarrándose a los restos del naufragio.

Y así todos, 276 entre soldados, tripulación y presos, en una noche fría y húmeda del mes de noviembre, llegaron sanos y salvos a una playa desconocida. Era la isla de Malta

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23. Escala en Malta y Viaje a Roma.

Era una lluviosa mañana del mes de noviembre cuando los naturales de la isla de Malta advirtieron la presencia en sus costas de un grupo de náufragos, que, unos nadando y otros agarrados a los restos de la nave, llegaban a la playa. Leamos este relato en el Libro de los Hechos.

“Todos llegamos a tierra sanos y salvos, y, una vez en ella, averiguamos que la isla se llamaba Malta. Los indígenas nos trataron con una humanidad poco común; y como estaba lloviendo y hacía frío, encendieron una hoguera y nos invitaron a acercarnos” (Hech 28:1-2).

A los naturales de la isla el texto griego los llama “bárbaros,” pero esto no quiere decir que fuesen salvajes, sino que no eran griegos ni romanos, y que además hablaban un idioma púnico o fenicio, del que se ha derivado la presente lengua “maltesa,” que en parte es semítica, con mucho vocabulario tomado del árabe y con no pocos aditamentos italianos e ingleses.

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a. La Isla de Malta.

Malta es casi una roca calcárea de 316 Km2 de extensión; es decir, 28 kilómetros de largo por 16 de ancho, que hoy tendrá algo más de 370.000 habitantes. Su situación, verdaderamente estratégica en el centro del Mediterráneo, la hizo ser muy codiciada desde la Antigüedad. Ya los fenicios establecieron en ella una colonia en la que hacían escalas en sus viajes al lejano Tartessos (que muy probablemente era el sur de España) La isla cayó sucesivamente en poder de los cartagineses y de los romanos, que a la sazón la gobernaban por medio de un magistrado llamado “El Principal,” que dependía del pretor de Sicilia. De su historia posterior bástenos recordar que el emperador Carlos I de España la cedió en soberanía a los Caballeros de la Orden de Malta, y que después, hasta años muy recientes, ha sido colonia británica.

Y ahora volvamos al texto de los Hechos. Apenas los náufragos hicieron pie en la playa, cuando los naturales de la isla vinieron a su encuentro. Los indígenas, que eran de buena condición, habían encendido una hoguera para calentar a los náufragos y les invitaron a acercarse. Y Pablo también ayudaba a recoger leña.

La identificación de la isla como Malta no puede dudarse, no sólo por la tradición de los antiguos historiadores, sino por una comprobación indirecta. Se ha vuelto a repetir el viaje marítimo de Pablo en un barco de vela semejante al suyo, al que se ha dejado al impulso del viento euroaquilón, que es el mencionado por Lucas. De hecho, la nave fue arrastrada por él hasta avistar las costas de Malta.

“Pablo también recogió una brazada de ramas secas, que echó en la hoguera. Y una víbora, huyendo del fuego, se le enganchó en la mano. Los indígenas, al ver al animal colgándole de la mano, comentaban: “Seguro que este individuo es un asesino: se ha escapado del mar, pero la justicia divina no le consiente vivir.”

Pablo, por su parte, sacudió al animal en el fuego y no sufrió ningún daño. Los otros esperaban que de un momento a otro se hincharía o caería muerto de repente; aguardaron un buen rato, y viendo que no le pasaba nada anormal, cambiaron de parecer y empezaron a decir que era un dios” (Hech 28:3-6).

Esta escena tan circunstanciada está denotando al testigo presencial Lucas, que después recordaba todos los detalles de ella. Quizá Pablo, debido a su vista defectuosa, no advirtió que entre las ramas había una serpiente, la cual, al sentir el fuego, recobró su agresividad. Esto no tiene nada de insólito; pero los indígenas, que conocían la violencia mortal de su mordedura, esperaban que el mordido se hinchase o muriese repentinamente. Esto, de acuerdo con sus creencias, sucedía sin duda por una venganza divina. Los nativos hablan de la justicia, la Diké, que no es un simple atributo de Dios, sino una divinidad femenina del Panteón griego, hija de Júpiter. Asimismo el hecho de la inmunidad de Pablo lo interpretan religiosamente y creen por eso ver en él a un personaje sobrehumano.

Los tres primeros días, los náufragos, o al menos Pablo y sus compañeros, fueron recibidos hospitalariamente por Publio, un romano al que los textos llaman el Principal, un título que también se ha encontrado en algunas inscripciones.

Como representante de la autoridad romana en la isla, Publio se vio obligado a atender al centurión y a su ilustre prisionero, pero pronto se añadieron otras causas para esta benevolencia.

“En los alrededores, el Principal de la isla, que se llamaba Publio, tenía una finca y los recibió en ella y los hospedó por tres días amablemente. Coincidió que el padre de Publio estaba en cama con fiebre y disentería; Pablo entró a verlo, rezó, le aplicó las manos y le curó. Como consecuencia de esto, los demás enfermos de la isla fueron acudiendo y Pablo los curaba. Nos colmaron de atenciones, y al hacernos a la mar nos proveyeron de todo lo necesario” (Hech 28:7-10).

Se ha especulado sobre la enfermedad del padre de Publio, que algunos piensan que era la conocida con el nombre de “fiebres de Malta.”  Pero en todo caso su curación atrajo la benevolencia y simpatía de Publio y de todos los habitantes de la isla, entre los cuales no dudamos que Pablo aprovechó su tiempo predicándoles la salvación en Cristo.

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24. A Roma por la vía Appia.

Después de tres meses de invernación en Malta, el centurión Julio se dispuso a continuar el viaje. Y para ello embarcó sus soldados y presos en un navio que también había invernado en Malta, ya que la isla, según nos dice el escritor Diodoro, tenía muy buenos fondeaderos.

La nave escogida era de matrícula de Alejandría, y debía de ser también uno de esos navios onerarios que transportaban trigo desde Egipto a Italia. La nave tenía un nombre propio y se llamaba “Los Dióscuros,” cuyos mascarones o emblemas figuraban a ambos lados de la proa. Los Dióscuros son, según la mitología griega, dos gemelos, hijos de Júpiter y Leda, a quienes los romanos llamaban Castor y Pólux. Sus estatuas hoy se conservan en el Capitolio de Roma, ya que eran protectores de la ciudad. Y asimismo eran muy venerados por los marineros, que les invocaban antes de zarpar, quienes les atribuían el fenómeno eléctrico conocido por el nombre de “fuegos de San Telmo.”

La nave “Dióscuros” hizo una escala de tres días en Siracusa, capital de Sicilia, y uno de los puertos comerciales más importantes del mundo. Estrabón cuenta que el perímetro de la ciudad tenía 33 kilómetros de longitud, y que su puerto, “Porto Maggiore,” podía albergar a todas las flotas de su tiempo.

Dejando Siracusa, el navio alcanzó Regio, que ya se encuentra en el litoral de la Calabria italiana, y allí embarcó un piloto, o práctico, como diríamos hoy, que era menester para atravesar el estrecho de Mesina, que los antiguos encontraban muy peligroso, entre la roca de Escila y el torbellino de Caribdis. Esta frase de “Escila y Caribdis” posee un sabor clásico, y se hizo proverbial para designar un peligro que nos acosa por ambos lados, aunque es verdad que actualmente los peligros marítimos en aquella región son enteramente inofensivos para nuestros navegantes.

Un viento favorable los impulsó hacia el norte, y, tras dos jornadas de navegación, llegaron al puerto de Pozuelos, al que los italianos hoy llaman Pozzuoli, debido a sus fuentes termales, situado en el golfo de Napóles, bajo la silueta del volcán Vesubio, que todavía albergaba en su ladera las ciudades de Herculano y Pompeya.

La ciudad de Pozuelos se hallaba entonces en todo su esplendor y era el puerto terminal del comercio con Oriente, donde las naves desembarcaban el trigo que traían de Egipto; sólo ellas tenían el privilegio de entrar en el puerto con la bandera izada. Y quizá fue la “Dióscuros” la primera nave que en aquella estación llegaba con el trigo nuevo.

Precisamente la villa de Pozuelos, que era la primera ciudad romana que pisaba Pablo, era también la sede del primer templo dedicado al culto del emperador, que más tarde chocaría frontalmente con la fe cristiana que Pablo venía a predicar. Podemos pensar que allí se encontraron frente a frente dos colosos: el emperador, señor de naves y de legiones, y el Apóstol, que traía, como la misma nave de los Dióscuros, un trigo distinto y nuevo, que era la semilla del evangelio.

En Pozuelos ya había arraigado la semilla de la nueva fe, puesto que nos informan los Hechos (28:14) que en dicha ciudad unos hermanos, es decir, unos cristianos, vinieron a saludar a Pablo, a quien invitaron a pasar una semana con ellos, y ellos sin duda se apresuraron a avisar a los de Roma para que saliesen al encuentro del Apóstol que iba hacia allá por la vía Appia.

La vía Appia, llamada así por su constructor el arquitecto Appio Claudio, era sin duda la principal vía del Imperio. Roma distaba de Pozuelos 208 kilómetros, es decir, 6 ó 7 jornadas de viaje. Dicha vía discurría a lo largo de las Marismas Pontinas, y por eso Augusto había mandado excavar un canal de 19 millas, el llamado Oecennovium, paralelo a la vía Appia, y cuando ésta se hallaba inundada, carros y caminantes eran transportados en barcas arrastradas por muías.

Al final de este canal se encontraba Foro Appio, es decir, un pequeño lugar de descanso con unos albergues y un mercado que todavía hoy se conserva: encuentro de marineros, soldados y pícaros, como nos lo describe por propia experiencia el famoso poeta Horacio.

Allí Pablo se encontró con los primeros cristianos que habían salido a recibirle. Podemos suponer quiénes eran algunos de estos mensajeros y representantes de la comunidad de Roma, leyendo la lista de saludos que Pablo añade al final de su Carta a los Romanos, donde nombra a algunos de sus conocidos en la Urbe, como tendremos ocasión de recordar después.

Desde el Foro Appio, que estaba situado en el miliario 43, Pablo prosiguió hasta la siguiente detención, que fue un sitio llamado los Tres Albergues, o Tres Tabernas, que es un lugar mencionado por Cicerón en una carta a su amigo Ático. Allí, en Tres Tabernas, Pablo encontró otro grupo de la comunidad romana, quizá más oficial y numeroso. Todo lo cual recoge esta sobria indicación de Lucas.

“Los hermanos de Roma, que tenían noticia de nuestras peripecias, salieron a recibirnos al Foro Appio y a los Tres Albergues, y, al verlos, Pablo dio gracias a Dios y cobró ánimos” (Hech 28:15).

Ya cerca de Roma, la vía Appia subía a un puerto en la vertiente de los Montes Albanos, desde donde se podía contemplar en la lejanía la ciudad de Roma a la que confluían radialmente vías y acueductos.

La Roma que Pablo podía contemplar en el año 61 estaba destinada a desaparecer tres años después en el incendio de Nerón. Y donde hoy se ve la cúpula de San Pedro, estaba entonces situado el llamado Circo de Nerón, con su espina central y el gran obelisco egipcio.

La vía Appia, al acercarse a Roma, se hacía vía triunfal y funeraria, flanqueada de espléndidos monumentos, entre los que hoy todavía podemos admirar el famoso panteón de Cecilia Metella. La calzada entraba en Roma, flanqueando las murallas de Servio Tulio por la puerta llamada Capena, que corresponde casi a la actual puerta de San Sebastián. La capital del Imperio era una urbe populosa y desorbitada para su época, ya que cálculos muy diversos señalan una población entre uno y dos millones.

Urbanísticamente había grandes desigualdades. Las clases altas, caballeros y patricios, y los funcionarios del gobierno del Imperio ocupaban lujosos edificios; mientras que el resto de la ciudad, construida sobre un espacio muy reducido, con calles muy estrechas y edificaciones bastante altas, que hacían la circulación difícil y aun la propia habitación penosa por la falta de aire y de limpieza.

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25. Llegada a Roma.

Pablo fue conducido, bajo la custodia del centurión Julio, a un campamento militar y consignado al oficial que recibía a los presos.

Algunos manuscritos del Libro de los Hechos llaman a este oficial el prefecto del Campamento. No sabemos exactamente el nombre de este Campamento, porque había varios en Roma. Pero, en definitiva, Pablo tendría que comparecer ante el prefecto del Castro Pretorio, cuyas ruinas se conservan en la Via Nomentana, y que era el cuartel general de los pretorianos de la guardia imperial. El prefecto del pretorio era entonces Afranio Burro, filósofo estoico, amigo de Séneca y maestro de Nerón.

El expediente del proceso de Pablo, ya fuese escrito — lo que se llamaba el elogium — o transmitido de palabra por Julio, fue favorable, y por eso se le concedió al preso la llamada “custodia militar libre,” que era la más benigna de todas y que permitía a Pablo vivir en casa propia atendiendo a sus quehaceres. Tan sólo durante la noche, o si quería salir de casa, había de ir atado con una cadena al pretoriano de turno.

No sabemos dónde estuvo situada esta casa de Pablo, ya que hay encontradas tradiciones, y ninguna con sólido fundamento; aunque parece que debió de estar muy cerca del Castro Pretorio.

En Roma, como en los demás lugares donde Pablo había evangelizado, su primer cuidado fue dirigirse a la comunidad hebrea, ya que no sólo deseaba dar testimonio de su fe, sino aclarar su situación ante los de su propia raza.

Los judíos que residían en Roma formaban una colonia de unos 30.000, y había en ella personas de influencia incluso en la Corte Imperial: de la emperatriz Poppea Sabina, omnipotente amiga de Nerón, se decía que era una prosélita judía.

Tres días después de haberse instalado Pablo en su casa, llamó a los jefes y responsables de la colonia judía ante los que expuso su situación: “— Yo, hermanos, sin haber hecho nada contra el pueblo ni las tradiciones de nuestros padres, estoy preso desde que en Jerusalén me entregaron a los romanos. Me interrogaron y querían ponerme en libertad porque respecto a mí no existía ningún cargo que mereciera la muerte; pero como los judíos se oponían, me vi obligado a apelar al emperador, aunque sin intención alguna de acusar a mi pueblo. Este es el motivo por el que os rogué poder veros y hablar con vosotros, pues precisamente por la esperanza de Israel llevo encima estas cadenas.

Ellos le contestaron: nosotros no hemos recibido ninguna carta de Judea acerca de ti, ni ha llegado ningún hermano con malos informes sobre ti. Sin embargo, nos gustaría que nos expusieras tus ideas; porque lo único que sabemos de esta secta es que en todas partes encuentra oposición.

Fijaron un día y vinieron a verlo a su alojamiento bastantes más. En su exposición les dio Pablo testimonio del Reinado de Dios y trataba de convencerlos de quién era Jesús, alegando lo mismo a Moisés que a los Profetas. Así estuvieron desde la mañana a la tarde. Unos se dejaban convencer por lo que decía y otros seguían escépticos. Se despedían ya, sin estar de acuerdo, cuando Pablo añadió esto sólo: — Con razón dijo Dios a vuestros padres por medio del Profeta Isaías: “Ve a ese pueblo y dile: por mucho que oigáis, no entenderéis. Por mucho que miréis, no veréis; porque está embotada la mente de este pueblo. Son duros de oídos, han cerrado los ojos. Por tanto, sabed que la salvación de Dios se envía a los paganos. Ellos sí escucharán” (Hech 28:17-28).

Así termina el último de los discursos de Pablo que nos ha sido transmitido por el Libro de los Hechos. Un discurso perfectamente coherente con toda su predicación anterior. Jesús no es sólo para Pablo la experiencia personal del camino de Damasco y toda su vida posterior, que él llama “su vida en Cristo,” es también la promesa y la esperanza de Israel así anunciada a Moisés y a los Profetas. Pero como la esperanza no ha sido recibida por esos judíos, Pablo se vuelve a los gentiles. Y ésta también es su postura en Roma, donde no sólo encontró una comunidad cristiana, ya en parte conocida, sino que atrajo a la fe de Cristo a nuevos creyentes.

Cuando Pablo llegó a Roma no era un desconocido. Unos tres años antes, en el invierno del 48 al 49, Pablo les había escrito la célebre Epístola a los Romanos, cumbre teológica de su enseñanza (cf. c.XXVII) Al final de ella, Pablo escribe una serie de recomendaciones y envía saludos, en los que cita por su nombre a no pocas personas, algunas de las cuales deberían hallarse en Roma en este tiempo de la primera prisión de Pablo.

La primera nombrada es Febe — tal vez portadora de la Epístola —, diaconisa de Cencreas, que es uno de los puertos de Corinto, y a quien Pablo llama “patrona y protectora de muchos cristianos y aun de él mismo.”  A continuación nombra a un matrimonio, a quien ya conocemos, es decir, a Prisca y Aquila, que Pablo ya había encontrado en Corinto y a quienes llama “colaboradores míos en la obra de Cristo Jesús, que por salvar mi vida se jugaron la cabeza.”  En aquella época, pasada la persecución de Claudio contra los judíos, el matrimonio vivía en Roma en una casa donde se reunía una comunidad cristiana.

Después Pablo enumera a otros cristianos, a quienes sólo conocemos por el nombre y un breve título que le añade. Ellos constituyen la primicia de la fe cristiana; por ejemplo, Andrónico y Junias, probablemente otro matrimonio, de quienes se afirma que son “sus paisanos y compañeros de prisión.”  A Epénetos, “primicias del Asia,” es decir, primer convertido de Efeso, capital de aquella provincia romana.

Y tras otros muchos, merece mención especial Rufo, al que Pablo saluda con esta fórmula: “A ese cristiano eminente, y a su madre, que también lo es mía.”  Con gran probabilidad este Rufo es el mismo de quien habla Marcos en su Evangelio, escrito muy probablemente en Roma. Marcos afirma que Rufo es hermano de Alejandro y que ambos son hijos de Simón el Cirineo, que acompañó a Jesús a llevar la cruz. Parece que Pablo tuvo con esta familia una estrecha relación, hasta el punto de llamar “madre suya” a la mujer de Simón.

Al cerrar este capítulo mencionamos el resumen que hace Lucas, al final del Libro de los Hechos, sobre la vida de Pablo en Roma y de lo que fue su primera prisión romana, de la que fue liberado.

“Vivió allí dos años enteros, a su propia costa, recibiendo a todos los que acudían a él. Predicando el Reinado de Dios y enseñando todo lo que se refiere al Señor Jesucristo, con toda libertad y sin estorbo” (Hech 28:30-31).

Podemos preguntarnos por qué Lucas terminó así su relato sin narrarnos ni el resultado del proceso ni siquiera la muerte de Pablo, que habría sido un final digno: el colocarle la corona martirial que realzaba la figura del Apóstol.

Varias hipótesis se han formulado para explicar esta súbita conclusión del libro:

A) Una es simplemente que Lucas terminó de redactar su libro hacia el año 62 ó 63, cuando todavía la sentencia en su proceso no había sido pronunciada.

B) Si lo concluyó después, no juzgó necesario narrar el final que ya todos conocían, es decir, el martirio de las dos cabezas de la Iglesia, Pedro y Pablo.

C) Por otra parte, la presencia de Pablo en Roma, aun antes de su muerte, representaba para Lucas que la predicación del evangelio había llegado a la que entonces era la capital y centro del mundo. Incluso atribuyendo a la obra el fin catequético que mencionamos al comienzo y su deseo de asegurar y profundizar en la fe de los lectores de la segunda generación cristiana, lo ya escrito bastaba para tratar y esclarecer los principales problemas internos y externos que tenían aquellas comunidades.

D) Otra hipótesis muy respetable es que Lucas proyectaba continuar su narración de la estancia romana con la misma minuciosidad con que hasta entonces lo había hecho; pero que la obra quedó interrumpida por el incendio de Roma, en julio del año 64. Esta catástrofe no sólo destruyó la s tres cuartas partes de la ciudad, alterando todas las condiciones de vida en ella, sino que fue seguida de un cambio brusco de actitud política en las autoridades romanas con relación a la nueva Iglesia cristiana. Hasta entonces las autoridades romanas, y de ello queda patente muestra en los Hechos, se habían mostrado justas y benignas con la nueva fe, aunque no la distinguiesen con toda precisión de las creencias judías. Ahora, sin embargo, tras el incendio, se iniciaba una persecución. En esta circunstancia, Lucas habría cortado bruscamente su narración.

Reconociendo que ninguna de estas hipótesis es satisfactoria, las omisiones que produce el final súbito de los Hechos están suplidas en parte por otros documentos. Y sobre todo por cuatro de las cartas de Pablo que hoy poseemos. A lo cual hemos de añadir las otras fuentes extrabíblicas que nos hablan de otros viajes posteriores de Pablo, y entre ellos de su viaje a España.

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26. Las Cartas de la Cautividad.

Durante su primera prisión romana, San Pablo escribió varias de sus cartas, que algunos llaman las “Cartas de la Prisión o de la Cautividad,” ya que en todas Pablo se autodenomina el “prisionero de Cristo” o bien habla de sus “cadenas.”

Estas tres cartas son ciertamente las dirigidas a los Colosenses y a los Efesios y la nota más breve a Filemón. Además escribió Pablo una carta, dirigida a la comunidad de Filipos, que probablemente pertenece también a este grupo; aunque algunos se inclinan a que la prisión mencionada en dicha carta no es la de Roma, sino la de Efeso.

Hay razones para ambas hipótesis, aunque parece extraño que Lucas, que nos ha descrito tan minuciosamente algunas escenas de la permanencia de Pablo en Efeso, como es la del tumulto de los plateros, nada haya dicho sobre un encarcelamiento de Pablo, que debió de ser muy prolongado. Por tanto, nosotros en este comentario, dejando la última palabra a los especialistas, optamos por que la Carta a los Filipenses fue escrita asimismo desde Roma.

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27. Breve nota epistolar a Filemón.

Comencemos nuestro comentario por uno de los documentos de autenticidad indudable, la llamada Carta o nota a Filemón, que es la más breve de todas las que escribió el Apóstol y que, al menos en parte, es autobiográfica.

Cierto día, cuando Pablo llevaba ya varios meses preso, se presentó en su alojamiento un visitante de aspecto extraño: su vestido pobre al modo oriental y su aire cansado y derrotado indicaba sin duda una persona atribulada. Su nombre era Onésimo, que en griego significa “el provechoso,” que era uno de los típicos nombres que se aplicaban a los esclavos. Onésimo lo era, y, todavía peor, un esclavo fugitivo.

Onésimo era un esclavo fugitivo, y su amo, Filemón, era un rico comerciante de la ciudad de Colosas que, juntamente con su mujer, Appia, se había convertido al cristianismo. Hoy diríamos que era un cristiano comprometido, en cuya casa se reunía la comunidad cristiana.

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a. Los Esclavos en el Mundo Grecorromano.

Hablar de esclavos en el mundo grecorromano, y especialmente en la Urbe de Roma, era referirse a un sector muy numeroso de la población. Los historiadores contemporáneos afirman que, por ejemplo, en Corinto, cuya población se estimaba en unos 600.000 habitantes, las dos terceras partes eran esclavos. Los esclavos en este mundo grecolatino lo eran por toda la vida, a menos que lograsen su manumisión, con lo que pasaban a la categoría de “libertos.” No disfrutaban de ninguno de los derechos de los ciudadanos romanos y su condición era bien definida por el refrán jurídico “servum tam-quam res,” el esclavo es como una cosa. No podía poseer bienes propios y el hijo de una esclava pertenecía también al señor.

Dentro de esta sumisión, la condición de esclavo fugitivo se hacía aún más penosa. El fugitivo era perseguido por la policía imperial, que se mostraba muy severa, ya que sobre la estabilidad de la esclavitud reposaba en parte la estructura social del Imperio. Al esclavo fugitivo se le marcaba con un hierro candente con la letra F en la frente. Podía ser azotado sin límites y enviado a las minas hasta morir. Precisamente uno de aquellos días Roma había contemplado el suplicio de 400 esclavos del prefecto de la ciudad Pedanio, condenados a muerte porque uno de ellos había matado a su señor.

Onésimo, que tal vez había conocido antes a Pablo por el trato de éste con Filemón, una vez llegado a Roma, asilo de todos los fugitivos, acude al Apóstol. Y el resultado de aquellas entrevistas se conserva en la carta o nota que Pablo escribió para Filemón y que envió por medio de Tíquico, uno de los discípulos que le acompañaron durante la primera prisión romana. Leamos algunos párrafos de esta carta.

“Pablo, prisionero de Cristo Jesús, y el hermano Timoteo, a Filemón, el amigo y querido colaborador nuestro; a la hermana Appia, a Arquipo, nuestro compañero de armas, y a la Iglesia que se reúne en su casa. Con vosotros sea la gracia y la paz de parte de Dios Nuestro Padre y del Señor Jesucristo” (Flm 1-3).

Tras algunos elogios para la conducta cristiana y generosa de Filemón, el Apóstol pasa al tema fundamental de la carta: “Aun cuando tengo plena libertad en Cristo para ordenarte lo que convenga, prefiero apelar a tu caridad. Siendo el que soy, Pablo, viejo y ahora prisionero por Cristo Jesús, te suplico por mi hijo Onésimo, a quien engendré en las prisiones; que durante un tiempo fue inútil, pero que ahora tanto para ti como para mí es muy provechoso. Te lo mando, esto es, te mando mis propias entrañas. Querría retenerlo junto a mí, para que en tu lugar me sirviese en mis cadenas por el evangelio, pero sin tu consentimiento nada he querido hacer, para que ese favor no me lo hicieras por necesidad, sino por voluntad.

Tal vez se te apartó por un momento para que siempre le retuvieras, no ya como esclavo, sino como mucho más para ti, como hermano amado queridísimo para mí, pero mucho más para ti. Si, pues, me tienes por compañero, acógelo como a mí mismo, y, si en algo te ofendió o algo te debe, lo puso en mi cuenta. Yo, Pablo, lo firmo de mi puño y letra, yo lo pagaré, por no decirte que eres tú mismo quien te me debes.

Te escribo confiando en tu obediencia y sabiendo que harás más de lo que te digo, pero al mismo tiempo prepárame también hospedaje, pues espero que gracias a vuestras oraciones seré regalado a vosotros.

Te saluda Epafras, mi compañero de prisión; Marcos, Aristarco, Demás y Lucas, mis colaboradores” (Flm 8-24).

Poco hay que comentar sobre la nota a Filemón. Onésimo llega como fugitivo y Pablo se lo devuelve como hermano cristiano.

La antigua tradición nos ha conservado algunas de las cartas de paganos que interceden en favor de esclavos fugitivos, pero ninguna alcanza el valor moral de ésta de Pablo a Filemón. El hecho de que se haya conservado esta carta, mientras se han perdido otras de contenido doctrinal, indica cómo este papel pasó de mano en mano y se hicieron copias, porque manifestaba tan a las claras la cordialidad de aquel Apóstol, tan querido de todos.

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28. Carta de Pablo a los Colosenses.

Cuando Tíquico partió de Roma, acompañado por Enésimo, además de la nota con las líneas para Filemón llevaba por lo menos otras dos cartas, una dirigida a los colosenses y otra a los efesios.

Estas dos cartas guardan una estrecha relación entre sí, tanto por la coincidencia de los temas desarrollados como por ciertas afinidades de estilo y redacción. Algunos han llegado a decir que entre dichas cartas se puede establecer una relación semejante a la que existe entre la Epístola a los Gálatas y a los Romanos. Estaríamos, por tanto, en presencia de dos pares de cartas, en las que la segunda de cada par trata del mismo tema que la primera, pero desarrollándolo en extensión y profundidad.

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a. La Ciudad de Colosas.

Colosas era una ciudad situada en el Asia Menor, al sudoeste de la región llamada Frigia. Distaba 25 Km. de Laodicea y unos 200 de la ciudad de Efeso, que quedaba exactamente en dirección oeste. Colosas se hallaba en la gran ruta comercial que, partiendo del puerto de Efeso, se dirigía al valle del Eufrates. Durante este período que reseñamos fue la ciudad más importante de aquella región, muy renombrada por su comercio y sus tejidos de lana, según nos lo recuerdan Jenofonte y Plinio.

A Colosas no la habíamos mencionado hasta ahora en nuestro comentario de los Hechos porque parece que nunca formó parte de los itinerarios apostólicos de Pablo. Aunque es muy posible que a ella llegase la irradiación del Apóstol durante su larga permanencia en Efeso.

El verdadero evangelizador y eje de la comunidad de Colosas fue Epafras, cuyo nombre es una contracción de Epafronio, es decir, “dedicado a Afrodita,” la Venus griega. San Pablo lo llama “fiel ministro, o diácono de Cristo” y sabemos, por la cartita a Filemón, que Epafras estaba en Roma en la prisión con Pablo, y por eso él le llama “su querido concautivo.”

La comunidad cristiana de Colosas provenía en su mayor parte del paganismo; aunque en ella se dejaba sentir la influencia de una poderosa colonia judía que se había establecido allí hacía casi doscientos años, cuando se trasladaron a la región unas dos mil familias hebreas.

En la visita que Epafras hizo a Pablo en su prisión, le trajo noticias de aquella comunidad que inquietaron algo al Apóstol, siempre solícito de la pureza de la fe en todo el orbe cristiano. Parece que los neófitos de Colosas se dejaban influir por las especulaciones filosóficas de los judíos, muy entregados a discutir las relaciones de Dios con el mundo y de la materia con el espíritu. Estos filosofantes descubrían por todas partes un ejército de mediadores angélicos y cósmicos, situados entre Dios y los hombres. Y al conjunto de este mundo espiritual y neumático le llamaban la Plenitud, el “Pkroma.”

Contagiados los neófitos cristianos de esta filosofía, trataban de investigar qué lugar le correspondía a Cristo en esta escala de jerarquías. Y quizá los doctores judíos intervinieron en este punto para afirmar que Jesucristo podía ser superior a algunos grados angélicos menos nobles y excelsos, pero no a todos. De suerte que era anterior a las criaturas visibles, pero no a las invisibles. A esto se añadía un culto a estos seres intermedios, a estos mediadores que regían los destinos del mundo, y prácticas ascéticas de abstenciones de manjares y bebidas, mortificaciones corporales, unido todo a cierto ilusionismo visionario, formando con todo ese conjunto un sistema de vida.

En oposición a estas doctrinas sincretistas, Pablo desarrolia en esta carta a los colosenses la teología del papel cósmico de Cristo, ya que posee la primicia sobre ambos órdenes, de la Creación y de la Salvación. Como Creador de todo, incluyendo a los seres supramundanos, llamados “elementos del mundo,” y también como único Salvador, cuya muerte y triunfo los ha destituido, liberando a la humanidad de su influjo.

Sin duda que a través de la epístola se revela alguna de la terminología de la secta, como el llamar a Dios “Plenitud o Pleroma,” y ciertos términos del vocabulario gnóstico.

La Carta a los Colosenses la escribe Pablo juntamente con el hermano Timoteo, del que sabemos que le acompañó en Roma. E inmediatamente nombra a Epafras, que, como hemos visto, era el jefe de la comunidad cristiana y que también se ocupaba de las de Laodicea y Hierápolis.

Al final de la carta, Pablo incluye el intercambio acostumbrado de saludos. Con él se encuentran Lucas, el querido médico, y Dimas. Y los recuerdos los envía también a los hermanos de Laodicea, y en particular a Ninfa y a la Iglesia que se reúne en su casa. Asimismo menciona una carta que Pablo envió a la Iglesia de Laodicea, que es una de las que se han perdido. Como muestra del contenido doctrinal de la carta, vamos a reproducir aquí tan sólo el himno a Cristo que se contiene en el capítulo primero, y que es uno de los pasajes cristológicos más importantes de la teología paulina.

“Dios nos sacó del dominio de las tinieblas para trasladarnos al Reino de su Hijo Único, por quien obtenemos la redención, el perdón de los pecados.

Este es imagen de Dios invisible, / nacido antes de toda criatura, / pues por su medio se creó / el universo celeste y terrestre, / lo invisible y lo visible. / Ya sean majestades, señoríos, / soberanías o autoridades. / El es el modelo y fin del universo creado, / El es antes que todo, y el Universo tiene en El su consistencia.

El es también la cabeza del cuerpo de la Iglesia. / El es el principio, el primero en nacer de la muerte / para tener en todo la primicia. / Pues Dios, la Plenitud Total / quiso habitar en El. / Para por su medio reconciliar consigo el universo / lo terrestre y lo celeste, / después de hacer la paz con su sangre derramada en la cruz” (Col 1:13-20).

Pablo entregó la carta dirigida a los colosenses a su compañero Tíquico, quien también era portador, como ya dijimos, de la dirigida a la Iglesia de Efeso, ya que tenía que pasar por allí en su camino a Colosas.

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29. La Carta a los Efesios.

La Carta a los Efesios plantea diversos problemas, y el primero es el de su titulación y destinatario. Pregunta que se propone porque en algunos de los códices más autorizados no figura la inscripción “a los fieles de Efeso.”  Además, el contenido de la carta resulta un tanto impersonal por la falta de problemas específicos de la comunidad, así como por la ausencia de nombres de personas concretas a quienes Pablo recuerde o envíe sus saludos, lo cual es extraño, tratándose de Efeso, donde Pablo había vivido casi tres años.

Se han formulado varias hipótesis para solucionar este problema. Unos dicen que se trata de una carta “circular,” destinada a varias de las Iglesias de Asia, y que por eso no se mencionan lugares ni personas.

Otros aseguran que esta carta no iba dirigida a Efeso, sino que era la epístola a Laodicea, mencionada por Pablo en su Carta a los Colosenses.

Finalmente, otros defienden que la carta iba dirigida a Efeso. Y así lo afirmaron antiguos comentaristas, como Tertuliano, Orígenes y San Basilio; y aunque ellos sabían que el texto de la carta no tenía dirección, sin embargo afirman que iba dirigida a Efeso. La falta de menciones personales se debería al hecho de que Tíquico, portador de la misiva, estaría encargado de todos los saludos y menciones personales. Estas menciones también faltan en otras cartas, como las dirigidas a Tesalónica o a los Filipenses, de las que nadie duda que fueron escritas para Iglesias concretas. Y si Pablo hubiese deseado escribir una carta circular, lo hubiese indicado en la dirección, enviando la carta “a las Iglesias que están en Asia,” que es fórmula usada en otros escritos.

Tema más importante que éste es el de la autenticidad, es decir, si Pablo fue realmente el autor de esta carta. Hay algunos intérpretes que lo niegan y atribuyen la autoría de la Carta a los Efesios a un discípulo suyo de finales del siglo  I, apoyados en que el pensamiento paulino de esta carta muestra una evolución respecto a las cartas genuinas de San Pablo. Y otros comentaristas añaden que este discípulo se limitó simplemente a ampliar la Carta a los Colosenses.

La respuesta a estas objeciones es que la Carta ha sido atribuida a Pablo por una antigua y constante tradición, contra la cual no se presenta ningún argumento serio. La evolución de la teología paulina es indudable, pero lo mismo acontece entre otras cartas de Pablo cuya genuinidad nadie pone en duda.

Por otra parte, resulta lógico que entre dos cartas escritas con un corto intervalo de tiempo se produzcan semejanzas de redacción. Es un fenómeno corriente entre los escritores que, una vez que han acertado a expresar su pensamiento, vuelven a utilizar la misma redacción cuando el destinatario es diverso.

Así, pues, mantenemos que la carta es de Pablo, que fue dirigida a la Iglesia de E/eso (aunque este punto no parece importante) y que muestra una estrecha relación con la Carta a los Colosenses, de la que es en gran parte una profundización, redactada inmediatamente después de aquélla.

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30. La Carta de la Unidad Cristiana.

A la Carta a los Efesios se le ha llamado “la Carta de la unidad cristiana.” Pablo reitera muchas de sus enseñanzas anteriores, reuniéndolas con una poderosa síntesis. Podríamos distinguir dos partes: una, más doctrinal, “el misterio de Cristo”; y una segunda parte, de aplicación más moral, sobre las consecuencias de ese misterio.

La Carta comienza con una de las expresiones más subidas, y a la vez más líricas, de la teología paulina. Algunos llegan a llamarle un “himno,” expresado en tres estrofas. Y aunque resulta muy difícil resumir un pensamiento tan denso, vamos a intentar una síntesis que sirva como clave de lectura y a la vez de penetración en el alma mística de San Pablo.

El himno comienza por una alabanza: “Bendito sea el Dios y Padre del Señor Nuestro Jesucristo, quien nos bendijo con toda bendición espiritual en los cielos, en Cristo” (1:3).

En este panorama de dimensiones cósmicas distinguimos tres momentos o “signos.”

a) Antes de la creación del mundo nos escogió en Cristo.

b) Hasta el final: la predestinación a ser hijos adoptivos de Dios por el mismo Jesucristo.

c) En medio: la redención en la Sangre de Cristo que opera la remisión de los pecados y nos otorga las riquezas de su gracia.

d) Síntesis: todo esto manifiesta la recapitulación (anakefalaiosis) de todo en Cristo. Es decir, reúne por arriba, uniéndolos en la cabeza, a nosotros los judíos — que habíamos esperado en el Mesías — y a vosotros los gentiles — que habéis creído en Cristo y habéis sido sellados por el Espíritu —. De esta forma, este “misterio” de Cristo une a los hombres, por arriba, por la Cabeza, y también entre sí, por constituir su cuerpo. Y consecuentemente queda “destruido el antiguo muro de separación que existía entre el judío y el gentil.”  Y se forma un solo hombre nuevo. Por todo lo cual, Pablo “da gracias al Padre de la Gloria, y pide sobre los cristianos espíritu de sabiduría y de revelación para conocer todo esto con “los ojos iluminados del corazón” (1:18).

En la segunda parte de la Epístola a los Efesios, Pablo extrae de este “misterio” de Cristo las consecuencias para la vida cristiana; y de nuevo aquí se subraya el tema dominante de la “unidad.” Como estamos unidos por arriba, la conclusión es que también estamos unidos entre nosotros y que hemos de actuar consecuentemente.

“Yo, el prisionero por el Señor, os pido que viváis a la altura del llamamiento que habéis recibido; esforzaos por mantener la unidad que crea el Espíritu, estrechándola con la paz. Hay un solo cuerpo y un solo espíritu, como una es también la esperanza que nos abrió su llamamiento. Un Señor, una Fe, un Bautismo, un solo Dios y Padre que está sobre todos, a través de todos y en todos” (4:1-16).

Esta unión no es un simple resultado pasivo de lo que recibimos, sino una colaboración activa para “conformarse” en el Señor, con el poder de su fuerza. Y aquí, una vez más, Pablo utiliza la imagen de la “armadura” con que se reviste el soldado de Cristo.

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a. La Panoplia Cristiana.

Frecuentemente San Pablo utiliza la metáfora de la panoplia (— la armadura completa) para aplicarla al combate espiritual del cristiano contra sus enemigos. Así lo hace desde su primera carta a los de Tesalónica (1 Tes 5:9) ,hasta la última escrita, desde la cárcel romana a su discípulo Timoteo (2 Tim 2:3), y en otros muchos pasajes de sus escritos. Metáforas muy fáciles de entender, ya que Pablo sabe que los destinatarios de sus cartas habían visto frecuentemente a los soldados romanos.

Pablo divide estas armas en “defensivas” y “ofensivas,” o, usando otra expresión, “del lado izquierdo” (que son las defensivas, porque el escudo se sostiene con el brazo izquierdo), y “del lado derecho” (que son las ofensivas, ya que la espada y la lanza se manejan con la derecha) Enumeremos algunos componentes de esta panoplia mencionada por San Pablo (Ef 6:13-17).

Coraba, hecha de cuero, como el nombre lo indica, que cubría el pecho y el vientre. Podía prolongarse por las piernas con una pieza llamada “escarcela.” A veces la coraza se sustituía por una cota de mallas de metal, que fue tomada de los galos.

Casco, también de cuero con refuerzos metálicos. Al principio sólo usado por los jefes; aunque después se extendió a los demás soldados.

Escudo, pieza indispensable frente al ataque enemigo de espada, lanza o flecha. Los había de dos clases: grandes, que cubrían todo el cuerpo. Polibio dice que podían medir un metro veinte; y otros más pequeños y de forma ovalada. Era costumbre colgar estos escudos como exvotos en templos y lugares sagrados.

Espada. La romana solía ser corta y de dos filos; imitada de los galos.

Cinturón. No era una prenda militar, sino que la utilizaba todo aquel que llevaba una veste larga, que tenía que ceñirse para marchar o trabajar.

Calcado. Muy importante, y que otorgó una superioridad combativa sobre los ejércitos descalzos. Tenía suelas de cuero claveteadas, y se amarraba a las piernas por unas correas, dejando libres los dedos de los pies.

Arco y flechas, que se disparaban bien a pie o a caballo; los partos eran consumados jinetes flecheros. A veces las flechas, disparadas a mano o por una máquina bélica, llevaban en su punta una sustancia combustible, que las convertía en “dardos de fuego,” expresamente mencionados en Efesios (6:16).

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31. Carta a los Filipenses.

La Carta a los Filipenses es en cierto modo diferente de las demás que Pablo escribió desde su prisión, y tiene más de carta personal a unos amigos que de lección catequética para los fieles de una Iglesia.

Ya conocemos las cordiales relaciones que existieron entre el Apóstol y la Iglesia de Filipos. Situada en la región norte de Grecia, es decir, en Macedonia, ella fue la primera comunidad que Pablo fundó en suelo europeo.

Filipos fue después visitada repetidas veces, y allí contaba Pablo con fieles amigos, como la famosa Lydia, comerciante en púrpura, hasta el punto de que fue la única comunidad cristiana de la que Pablo aceptó recibir una ayuda económica: gesto excepcional, ya que de todos era conocido el deseo de Pablo de no ser gravoso para las Iglesias y de sustentarse por su propio trabajo.

La comunidad de Filipos siempre se mantuvo fiel a las enseñanzas de Pablo, y no sabemos que en ella se hubiesen manifestado las desviaciones doctrinales que tanto preocupaban al Apóstol. En esta carta se menciona a Epafrodito, que fue el mensajero que los filipenses habían enviado a Roma para que le llevase a Pablo el socorro comunitario.

Epafrodito, o Epafras, durante su estancia en la capital, enfermó larga y gravemente, ya que en Filipos tuvieron noticia y se angustiaron no poco. Finalmente, Epafrodito sanó, y entonces Pablo le encargó que, en su retorno a la ciudad, les llevase una carta, es decir, esta Epístola a los Filipenses.

En ella les promete que les enviará a Timoteo y que el mismo Pablo espera ir a verlos personalmente. Y añade que “pronto”; por lo que esta carta de la prisión puede fecharse como la última de las cuatro de la cautividad, ya que la esperanza de la liberación está muy cercana. Lo cual nos sitúa en el año 63.

Dijimos ya anteriormente que se discute entre los comentaristas si esta carta de prisión fue escrita desde Roma o más bien desde Efeso. Y ya advertimos que, aunque la cuestión permanece abierta, nos inclinamos a que fue escrita desde Roma, lo cual hace más inteligible las alusiones al Pretorio y a los “saludos enviados por los “santos” o “cristianos.” de la casa de César.”

Quizá la cumbre teológica de esta carta la constituye el llamado himno a Cristo, que algunos piensan que es un documento litúrgico anterior a la carta.

“Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo. El cual, siendo de condición divina, no se aferró a su categoría de Dios, sino que, al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, haciéndose uno en todos. Así, presentándose como simple hombre, se abajó obedeciendo hasta la muerte, y muerte de Cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todos. Y le concedió el título que sobrepasa todo título; de modo que a este título de Jesús toda rodilla se doble — en el cielo, en la tierra, en el abismo — y toda boca proclame que Jesucristo es Señor! para gloria de Dios Padre” (Flp 2:5-11).

Otro rasgo característico de esta Carta a los Filipenses es el ambiente de gozo y alegría que la penetra y desborda. No hay otra carta de Pablo en que se repita más esta disposición alegre del ánimo — hay 14 menciones de dicha alegría —. Podríamos llamar a esta carta “el himno de la alegría cristiana.”

“Siempre que oro por vosotros yo me alegro. Anuncio a Cristo, y yo me alegro. Avanzad alegres en la fe. Yo sigo alegre y me asocio a vuestra alegría. Estad alegres vosotros y asocias a la mía.

Mantenemos alegres como cristianos que sois. Sois mi alegría y mi corona. Estad siempre alegres, os lo repito, estad alegres.” (Flp passim)

La carta incluye las menciones ya habituales de personas concretas. Y entre ellas, la de un cristiano por nombre Syzigo, a quien se le pide que ayude a los otros, y en particular a dos buenas mujeres cristianas, llamadas Evodia y Syntique.

Syzigo significa “compañero,” “asociado,” y de él fantaseó Clemente de Alejandría indicando que podría ser la mujer de Pablo; insinuación que nadie se ha tomado en serio. Respecto a Evodia ( el buen camino o la bien perfumada) y Syntique ( la buena fortuna), se trata de dos cristianas, sin duda activas en las comunidades, pero con pequeñas desavenencias. La carta cita también a un Clemente, del que una falsa tradición pretende que fue Clemente Romano, tercer sucesor de Pedro en la sede de Roma. Aunque otros afirman, también sin fundamento, que fue el cónsul Flavio Clemente, citado por Suetonio.

Aunque el cónsul Flavio no es el Clemente citado por San Pablo en su Carta a los Romanos, fue ciertamente un ilustre mártir del que se honra la Iglesia primitiva del siglo I. Clemente, cuyo nombre era Tito Flavio Clemente, pertenecía a la familia imperial Flavia y era sobrino del emperador Vespasiano, y se casó con Flavia Domitila, de la que tuvo seis hijos. Domitila era sobrina del emperador Domiciano, quien condenó a ambos por ser cristianos. Clemente fue decapitado, y Domitila también murió así, tras un período de destierro en la isla Pandataria (situada en la costa del Lacio), lugar de destierro de los patricios romanos ilustres.

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32. Viaje de Pablo a España.

Una vez que Pablo salió de su prisión o “custodia militar,” se abre un nuevo período de su vida del que poseemos algunas informaciones, aunque resulte difícil ordenarlas en una sucesión cronológica. Y la primera de todas es su viaje a España.

El viaje de Pablo a España no es una piadosa tradición desprovista de fundamento, sino un hecho bien documentado, aunque queden numerosas lagunas y dudas en cuanto a los detalles.

La primera mención que San Pablo hace de España se encuentra en la carta que escribe el año 58 desde la ciudad de Corinto, dirigida a los cristianos de Roma. En ella dice: “Cuando me dirija a España, espero pasar por Roma y-veros a vosotros, y que me encaminéis hacia allí” (Rom 15:24).

Y más abajo, en la misma carta, se refiere a una colecta de limosnas hecha entre los fieles de Macedonia y Acaya en favor de la Iglesia de Jerusalén, y añade: “Cuando haya llevado a Jerusalén esta colecta, me iré a España, pasando por vosotros” (Rom 15:29).

Es decir, pasando por Roma. ¿Por qué San Pablo deseaba ir a España? Hemos de evitar los españoles todo nacionalismo injustificado y fijar la atención en sus justos límites. Pablo sentía una especial vocación universal para predicar el evangelio a los gentiles, especialmente en aquellos lugares donde no se había escuchado el nombre de Cristo.

Ahora bien, hemos seguido a Pablo en sus viajes en los que ha predicado por toda Asia Menor, Macedonia, Grecia y algunas islas del Mediterráneo, y es lógico que en su afán apostólico desease encaminarse a los más remotos confines occidentales del mundo romano, que eran precisamente España.

Estos planes se vieron truncados por los sucesos que hemos narrado del proceso de Cesárea y de su posterior envío a Roma; pero, al terminar la primera prisión romana, con la absolución y la libertad, inmediatamente Pablo puso en práctica aquel proyecto largamente acariciado.

Es evidente que para aquellos críticos bíblicos que solamente admiten una prisión en Roma no parece que haya lugar en el calendario de Pablo para este viaje a España. Si sólo estuvo encarcelado una vez, y al final del proceso fue sentenciado a muerte y ejecutado, no queda lugar para este viaje.

Pero ya hemos dicho anteriormente que, por las razones allí expuestas, aceptarnos una doble prisión de Pablo en Roma, en cuyo intervalo no solamente tuvo lugar el viaje a España, sino otros sucesos que narraremos más adelante.

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33. El origen de la fe Cristiana en España.

Algunos escritores, cuando se refieren a este viaje de San Pablo, hacen sonar una trompetería para asegurarnos que “los orígenes de la fe en España tienen fundamento apostólico en Santiago y en San Pablo.”  Conviene precisar estas afirmaciones. Voy a prescindir aquí de la venida de Santiago el Mayor a España, relacionada con la tradición de la Virgen del Pilar; es un asunto que conviene tratar con precisión histórica y que se sale de la temática de esta Vida informativa; aunque habría que distinguir siempre entre la venida de Santiago vivo, que es discutible, y el hallazgo de su cuerpo, que es un hecho fundamentado históricamente.

Cuando se escribe sobre los comienzos de la fe cristiana en España, conviene tener en cuenta que ambos términos, fe cristiana y España, no expresan realidades inmóviles, sino que son entidades vivas que cambian de significado con el paso de los años.

La Iglesia de Cristo en España, en la época que reseñamos, no poseía esa cohesión y unidad con la que podemos referirnos a ella en siglos posteriores. Hoy, la Iglesia es una sociedad jurídicamente estructurada con una fuerte unidad en su vértice, que produce, dentro de las variedades reconocidas en el Vaticano II, una homogeneidad de doctrina y de régimen. Pero entonces., la Iglesia cristiana era el Evangelio de Jesús, Hijo de Dios y Salvador del Mundo, predicado por unos y creído por otros, con una vinculación escasa o dudosa con los otros cristianos que podían haber accedido a la fe a través de otros predicadores o “espontáneos” o dirigidos, y por supuesto con una dependencia muy lejana de un “Primado de Roma,” que, o no existía todavía, o que desde allí no podía dirigir una operación evangelizadora. Consecuentemente, no parece fácil probar la evangelización de un extenso territorio atribuyéndola a una persona. Esto fue posible en los primeros años de la Iglesia, cuando un predicador de la talla y personalidad de Pablo estrenaba en sus viajes apostólicos la novedad del evangelio ante la sinagoga. Por eso él podía afirmar entonces que “yo os engendré en la fe.”  Sin embargo, tan sólo pocos años después, ya no existía la misma unidad de procedencia; como ocurrió en Corinto, que tenía, al menos, cuatro evangelizadores, cada uno con sus fieles y partidarios. Y mucho menos aún en Roma. ¿De dónde procedía la fe de los cristianos de Roma? ¿No tendría en sus comienzos, además del apostolado directo de Pedro y de Pablo, la acción múltiple y dispersa de otros cristianos que viajaban de un lado a otro del Imperio llevando consigo su proselitismo y su fe?

Lo mismo, y con más razón, puede afirmarse de España, adonde la fe pudo llegar probablemente por los puertos mediterráneos, a través de comerciantes y soldados; de suerte que el cristianismo pudo nacer simultáneamente en varias comunidades, originándose por ello diversas Iglesias locales que no poseían todavía una estructuración central en España. ¿Y qué era entonces España? ¿Es que se podía hablar de ella como de una unidad? Una cosa es la unificación administrativa romana, que sobre el papel pudiera resultar orientadora, y otra muy distinta la España que se estaba entonces haciendo y que tardaría muchos siglos en lograr una unidad e identidad. Repetimos que la unidad romana, frecuentemente, no pasaba de unos esquemas administrativos que no producían todavía la unificación de costumbres entre pueblos y lenguas diversas, y menos aún de fe religiosa. Estas breves observaciones pueden ayudarnos a justipreciar la afirmación de que San Pablo fue el origen de la fe cristiana en España.

Pero, realmente, ¿Pablo vino a España? Y, al menos localmente, ¿fue origen y predicador de algunos núcleos cristianos? Para nosotros, así fue; aunque la afirmación tenga sus impugnadores. Hay, por tanto, que barajar todas las cartas probativas.

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34. El testimonio del San Clemente.

Clemente Romano es una de las figuras más interesantes de la Iglesia primitiva. Hoy está históricamente establecido, siguiendo a Eusebio de Cesárea, que Clemente fue el tercer Sumo Pontífice después de San Pedro, precedido tan sólo por Lino y Cleto; por tanto, su pontificado tuvo lugar entre los años 92 y 101, cuando fue martirizado en el año tercero del emperador Trajano. Clemente había conocido a la primera generación cristiana, es decir, a los apóstoles y a otros muchos contemporáneos de ellos. San Ireneo, nacido en la primera mitad del siglo II dice que Clemente trató personalmente a Pedro y Pablo; y un autor tan bien informado como Epifanio asegura que Clemente fue ordenado por el mismo Pedro. Orígenes llega a llamarlo “discípulo de los apóstoles,” y son muchos los críticos que admiten que Clemente es la persona citada por San Pablo, juntamente con Evodia y Syntique, en la Carta a los Filipenses, escrita en el año 62 (cf. c.XXXIII)

Pero la aportación de San Clemente que aquí más nos interesa es la que se refiere al viaje de San Pablo a España, que se contiene en el capítulo V. La frase clave es: los términos del Occidente, que en griego se dice epitoterma tes dyseos. La palabra termes significa, en lenguaje topográfico, término, límite, extremo. Y la palabra dyseos significa “caída,” es decir, la caída o puesta del sol, que en un lenguaje geográfico quiere decir occidente. Este sentido de las palabras griegas lo atestiguan los grandes historiadores y geógrafos de aquella época como Herodoto, Polibio, Estrabón y otros de los primeros siglos.

Pero ¿qué entendía Clemente por “extremo de Occidente”? Precisamente España. Así lo prueban bastantes documentos. El poeta Lucano, nacido en Córdoba y autor del poema épico La Farsalia, decía que César “había dirigido sus ejércitos a España, extremo del mundo.” También hay testimonios de Horacio, que dice que España es “la última espérea o vespérea,” es decir, la nación vespertina. Y añade que César había extendido su Imperio desde la salida del sol “hasta el lugar del lecho, o de la cama espérea, donde el sol se acuesta por la noche.” Y precisando un poco más, Juvenal llama a la ciudad de Cádiz “el límite del mundo por Occidente,” de la misma suerte que el río Ganges era el límite por Oriente. Finalmente, Estrabón, autoridad máxima en geografía, que escribió 17 libros sobre dicho tema, llama expresamente a España “término de las tierras habitadas por el Occidente.” Así, pues, Clemente Romano, que escribe en Roma y utiliza su modo de expresión, cuando habla del “extremo de Occidente” se refiere a España, como prueban estos documentos que hemos citado.

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35. Otros posibles testimonios.

Además de Clemente tenemos un testimonio tomado del Fragmento Muratoriano, que es una lista que, técnicamente, se llama un Canon o Regla de los libros que comprende el Nuevo Testamento. Está redactado entre el año 160 y el 220 y fue descubierto en 1740 por el historiador italiano Muratori, del que tomó el nombre. Se trata, pues, de una fuente histórica que no depende de Clemente Romano. El fragmento dice así: “Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, cuenta lo que sucedió en su presencia; como lo prueba evidentemente su silencio acerca del martirio de Pedro y del viaje de Pablo desde Roma a España.”

Y prescindiendo ahora del valor del “argumento de silencio” y de que hasta qué punto Lucas narra solamente lo que él presenció, que no es exacto, lo que nos interesa es que el Fragmento Muratoriano da como hechos sabidos, en la misma línea de notoriedad, el martirio de Pedro y el viaje de Pablo a España. Y nadie entre los críticos ha dudado de la autenticidad de este documento del siglo II.

El tercer y último documento que aducimos es el llamado Hechos de Pedro con Simón. Este Simón es el Mago, que ya hemos mencionado en nuestro comentario anterior, que fue un personaje que encontró Pedro durante su predicación en la ciudad de Samaría (cf. c.VII)

El documento al que nos referimos fue escrito hacia la segunda mitad del siglo u, y es un documento “apócrifo,” es decir, atribuido a quien no lo escribió; aunque ya sabemos que un examen crítico de su contenido logra separar muchas veces los elementos reales de los maravillosos y fantásticos. De la lectura de este apócrifo se deduce que no sólo en Roma, sino en otros sectores de la Iglesia era conocido el hecho de que San Pablo había predicado en España. Donde comienza la fantasía es al narrar la despedida detallada del Apóstol en el puerto de Ostia.

Pablo vino a España por mar: es la solución más obvia. Existía un tráfico marítimo muy fuerte entre Roma y España, sobre todo con la parte Sur, la Turdetania. Así lo atestigua Estrabón, que afirma la grandeza y magnitud de las naves, especialmente de las de carga, “que arriban a Ñapóles y Ostia procedentes de las Columnas de Hércules.”  Y Plinio exclama admirativamente: “¡Qué mayor milagro que el de una vela que hace la travesía desde Cádiz a Ostia Tiberina en siete días!”

Así como la venida de San Pablo a España es un hecho histórico, por el contrario las informaciones sobre el tiempo y lugar de su apostolado son muy escasas y se basan en documentos frecuentemente dudosos. Dos zonas se señalan, como probables, del campo apostólico de Pablo, testigo de su presencia. La zona nordeste, hacia Tarragona y Tortosa, y la zona meridional, es decir la Bética, hacia la región de Ecija, que es donde se conserva una más rica tradición.

Esta venerable tradición no se apoya en documentos contemporáneos, que tampoco existen para otras pertenecientes a aquella época; pero hay testimonios que probablemente suponen otros anteriores, aunque éstos para nosotros sean desconocidos. Por una parte, consta del alto grado de romanización que había adquirido la Bética; en la cual, la actual ciudad de Ecija, que entonces se llamaba Astigi, constituía uno de los principales centros. Por otra parte, hay tradiciones de San Epifanio, San Jerónimo y San Juan Crisóstomo, y recogidas después por el cardenal Baronio, que no sólo afirman la predicación de San Pablo en España, sino que “el santo Apóstol estuvo en una ciudad grande de Andalucía” que fue Ecija. Según dichas tradiciones, San Pablo conoció en Atenas a un tal Hieroteo, que después fue obispo de esa ciudad, y que era natural de Ecija. Y también se añade que, a su llegada a Ecija, el Apóstol se relacionó con el magistrado romano Probo, casado con Xantipa y que convirtió a ambos cónyuges a la fe cristiana. Se señala, como congruencia con aquella venida de San Pablo, un milagro que goza de toda certidumbre histórica, con documentación oficial de la época, que todavía se conserva, en la que testifican los que lo presenciaron. La escritura original lleva la fecha del día 20 de febrero de 1436.

“En la ciudad de Ecija, lunes 20 de febrero del año del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo 1436, estando reunidos en las Casas del Cabildo el Maestre de la Orden de Caballería de Calatrava, el Alcalde y Alguacil Mayor, y los regidores de esta ciudad, en presencia de Alonso Fernández de Guzmán, escribano del Rey Nuestro Señor. compareció Diego Fernández de Arjona, vecino de esta ciudad, el cual trajo consigo un hijo suyo que tiene por nombre Antón, mozo de edad de 14 años. El cual notificó cómo en la noche pasada, un poco antes que amaneciese, estando en su cama, vio visiblemente, estando despierto, un hombre muy hermoso a maravilla, que venía vestido de unas vestiduras blancas., y que le dijo que era San Pablo, Apóstol de Jesucristo Nuestro Redentor, que primero había sido perseguidor de su santa fe católica., y que le mandaba que publicase en esta dicha ciudad cómo Dios Nuestro Señor estaba muy airado contra la gente por sus muchas culpas y pecados., y que por eso le decía de parte de Dios Nuestro Señor, que hiciesen penitencia, y se confesasen y comulgasen con devoción. Y que asimismo le dijo que para que le creyesen las gentes, le diese la mano derecha. Y el dicho mozo diósela y el bienaventurado apóstol le ató y anudó los dedos unos con otros según los mostró, los cuales estaban de esta manera: los cuatro dedos mayores vueltos y ligados unos-con otros, tan maravillosamente, que bien parecía ser por poderío de Dios, y que por ningún arte el dicho ligamento se podía soltar. Y díjole más el Apóstol Señor San Pablo; que después que esto hubiese notificado, fuese al Monasterio de Santo Domingo, de la Orden de los Predicadores de esta ciudad, . Y otro día fueron en procesión todos los dichos señores, con toda la gente de la comunidad, y después de dicha la misa y hecho un sermón, tomaron la cruz del dicho Monasterio, la colocaron sobre el altar mayor, y el dicho mozo fue delante, e hincado de rodillas, llegó con la mano a la imagen de Nuestro Señor que estaba en la cruz, y abrió la mano, que se volvió tan buena y sana como antes la tenía, salvo que le quedaron los dedos un poco más gruesos, y esto por la memoria del milagro. Todo lo cual fue visto por mucha gente, y son testigos los dichos señores. Y de esto, según pasó, yo, el dicho escribano, doy de ello testimonio.”

Se dirá que este milagro no es una prueba concluyente de que San Pablo hubiera estado antes en Ecija; pero sí es un refuerzo de la tradición de que allí predicó el Apóstol y de que el Apóstol hizo un milagro donde se conservaba su memoria. Quizá la frase justa la escribió el famoso padre Flores: “Nos alegraríamos de que existiesen más documentos sobre el hecho de la predicación de San Pablo en Ecija; pero, como tampoco se convence de lo contrario, dejaremos en su fuerza la piedad.”  Otras muchas congruencias podrían señalarse, como la indudable antigüedad de la sede episcopal de Ecija, que parece indicar un origen apostólico, o al menos muy cercano a él.

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36. Cristianismo en España: historia y leyenda.

Sin duda que San Pablo no fue el único que trajo la fe de Cristo a España. Y en todo caso, tras Pablo otros continuaron su siembra y su labor, aunque resulte casi imposible documentar lo que sucedió en aquellas primeras épocas.

El documento histórico más antiguo en el que se hace mención de la existencia de cristianos en Iberia es un texto de San Ireneo en su Tratado contra los herejes, escrito entre los años 182 y 188: “Aunque las lenguas son innumerables en el mundo, el poder de la tradición es uno: ni las Iglesias fundadas entre los germanos leen ni trasmiten otra cosa, ni las de las Iberias, ni las de los celtas, ni las de oriente, ni en Egipto ni Libia, ni las fundadas en medio del mundo.”

San Ireneo podía estar bien informado de las Iglesias que existían en España, puesto que él vivía en Francia, en la cuenca del Ródano, en una región muy romanizada y con excelentes relaciones con la Marca hispánica.

También podemos citar el testimonio de Tertuliano, que en los primeros años del siglo m escribe su Apología contra los judíos, en la que trata de probar que Cristo es anunciado en todos los pueblos donde existen quienes creen en él. Entre estos pueblos enumera a nuestra península.

“. Y los demás, como los varios pueblos de los gétulos (sur de Mauritania) amplios confines de los mauros (norte de África), todas las fronteras de las Híspanlas, las diversas naciones de las Galias, las regiones de los Británicos no alcanzadas por los romanos pero sometidos a Cristo., y de muchos otros pueblos recónditos, y provincias e islas desconocidas para nosotros. en todos estos sitios es adorado el nombre de Cristo.”

Si de estos testimonios más generalizados queremos retroceder en la historia para descubrir los verdaderos orígenes, el propósito resulta más arduo, y los documentos históricos se mueven a veces en la frontera de la leyenda. En esta zona imprecisa se mencionan los siete varones Apostólicos. Y puede ser que también la venida del apóstol Santiago a España, que hay que distinguir cuidadosamente del hecho histórico del culto en su sepulcro de Galicia.

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37. Los siete varones apostólicos.

Se mencionan por vez primera en varios manuscritos del siglo X, donde se conservan unas Actas o relatos de sus vidas. Sus nombres son: Torcuato, Tesifonte, Indalecio, Segundo, Eufrasio, Cecilio y Hesiquio.

Según estas Actas, estos santos varones fueron ordenados en Roma por los apóstoles Pedro y Pablo. Y una vez en España, llegaron a Acci (Guadix), donde los paganos celebraban las fiestas de Júpiter, Mercurio y Juno. Y al ser reconocidos como cristianos, fueron atacados por una turba. que pereció después al cruzar un puente. Más adelante fueron recibidos por una nobilísima matrona, llamada Luparia, etc. Es muy probable que los manuscritos del siglo X transmitan un texto redactado en los siglos VIII o IX, de donde pasó a algunas redacciones oficiales de los leccionarios visigóticos o mozárabes. Aunque algunos historiadores les dan cierto valor a estos documentos, su autenticidad histórica permanece dudosa, por lo que creemos que la existencia de estos siete varones apostólicos es difícilmente demostrable en el estado presente de la investigación.

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38. Santiago, en España.

Al hablar de los orígenes de la fe cristiana en España y de la Iglesia primitiva no podemos olvidar la “posible” presencia del apóstol Santiago en España. Decimos posible porque la tradición y la leyenda se entremezclan sin dejarnos posibilidad de conocer la verdadera historia. Quizá en este punto uno de los escritores más prestigiosos fue Zacarías García Villada en su Historia Eclesiástica de España, quien, tras un estudio muy considerado del tema, prefirió exponer tanto los motivos favorables como los argumentos opuestos a la predicación de Santiago en España, sin tomar una postura absoluta y excluyente.

Una tradición española, desde el siglo VII al XIII, afirma que Santiago el Mayor fue el primero de los apóstoles que vino a España a predicar el Evangelio, aunque con pocos frutos. Esta tradición, proyectada sobre el ambiente caballeresco de la Alta Edad Media, produjo la imagen del “Santiago, montado en un caballo blanco,” que interviene en varios momentos de la Reconquista.

El apoyo histórico más sólido proviene de la liturgia mozárabe, que es la más primitiva de España, con algunos aditamentos posteriores, y que fue consagrada definitivamente en el Concilio IV de Toledo. En un himno de esta liturgia, del año 783, se menciona expresamente la predicación de Santiago en España. Asimismo, el famoso beato de Liébana, en su comentario del Apocalipsis, hacia el año 780, habla de la tradición jacobea. Y Beda el Venerable, en su Historia Eclesiástica de los ingleses, escrita antes del año 735, también conmemora la tradición española.

Según estos y otros testimonios, podríamos decir que la tradición está documentada desde el siglo VII: aunque algunos insinúan que puede remontarse hasta el IV.

Contra esta tradición se levantan bastantes objeciones, que comenzaron con el contencioso de la Iglesia toledana acerca de la sede primada de España, en oposición a Santiago. Estos argumentos en contra se apoyan en el relato de los Hechos de los Apóstoles, donde no parece que hay tiempo ni lugar para ese viaje de Santiago a España. Como Santiago permaneció en Israel hasta el año 42 y murió en Jerusalén hacia el 44, no parece que tuvo tiempo para su viaje a España. Otra dificultad proviene de que San Pablo, que estuvo ciertamente en España, escribe el año 59 a los romanos: “He tenido cuidado de no predicar el evangelio en lugares donde era ya conocido el nombre de Cristo,” y a la vez les manifiesta su plan de ir a España; luego parece que ningún otro apóstol había estado allí antes de él. Asimismo existe un testimonio del papa Inocencio I (401-417), que afirma: “Nadie en Occidente debe dejar de seguir a los apóstoles, siendo manifiesto que en toda Italia, las Galias y España ninguno fundó Iglesias, sino aquellos que el venerable Pedro, o sus sucesores, constituyeron obispos.”

A todo esto hay que añadir el silencio persistente de los escritores más antiguos hasta el siglo VII. No es que el “argumento” del silencio, por sí solo, valga; pero parece que posee bastante fuerza en este caso, ya que poseemos los testimonios de muchos escritores de la historia religiosa de España que deberían haber conocido un hecho tan importante como era la venida a España de un apóstol, o al menos una tradición sobre dicho acontecimiento. Tales autores “silenciosos” son Orosio (451), San Martín de Dumio (561) y los grandes historiadores visigóticos del siglo VII, como San Ildefonso de Toledo, San Braulio, San Leandro y sobre todo San Isidoro. La presencia del cuerpo y del sepulcro del apóstol Santiago en España es independiente de la cuestión anterior de su venida mientras vivía, aunque resultaría más congruente el traslado posterior de su cuerpo a España si antes hubiese evangelizado en dicho territorio, dejando algunos discípulos. En todo caso, consta por multitud de documentos que, a finales del siglo IX y principios del X, era común afirmación la existencia de los restos de Santiago en un lugar de Galicia, precisando que fue el puerto de Iría Flavia, el actual Padrón, y que estos restos eran venerados en Santiago de Galicia, motivando así la peregrinación a Santiago, que fue uno de los fenómenos religiosos más importantes durante la Edad Media, y que tuvo repercusiones históricamente probadas en una gran parte de la cristiandad europea. Aunque la existencia de estos restos fue impugnada por algunos, la controversia termina con una bula de León XIII que recoge las declaraciones de una comisión que examinó los restos y que repite y afirma que “se trata de las verdaderas reliquias de Santiago y de sus discípulos, Teodoro y Atanasio.”

El desarrollo posterior del cristianismo en España, durante los primeros siglos de la era cristiana, está brillantemente probado y representado por algunos documentos, como la carta sinodal de San Cipriano de Cartago, año 251, a los presbíteros y fieles de León, Astorga y Mérida; así como por un luminoso cortejo de mártires, como San Fructuoso, Augurio, y Eulogio, mártires de la persecución de Valerio, año 250. Y más adelante, en la de Diocleciano, el centurión San Marcelo de Tánger, las Santas Justa y Rufina de Sevilla, los dieciocho mártires de Zaragoza, el diácono San Vicente de Valencia, Emeterio y Celedonio, también de Zaragoza, Acisclo de Córdoba, las Santas Eulalia de Mérida y la de Barcelona, y otros muchos que fueron cantados por el español Prudencio en sus himnos del Peristéfanon.

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xx. Ultimas Cartas de San Pablo.

Concluida su predicación en España, Pablo emprendió otros viajes antes de sufrir su segunda prisión en Roma, a la que siguió su condena y martirio. Este intervalo en la vida de Pablo es el que vamos a intentar describir, valiéndonos principalmente de las cartas que escribió en aquella época.

Estas cartas son las llamadas pastorales, en las que se incluyen una a Tito y dos dirigidas a Timoteo, ambos queridos discípulos de Pablo. Aunque de la segunda a Timoteo trataremos en el capítulo siguiente, en ellas les da directrices para la organización y régimen de las comunidades cristianas que les ha confiado. Algunos críticos han negado la autenticidad paulina de estas cartas, alegando que en ellas aparece un grado de evolución de las Iglesias, que sólo correspondería a una época más tardía. La verdad es que las cartas reflejan una Iglesia algo evolucionada, pero que puede ser contemporánea de los últimos años de la vida de Pablo. Todavía en estas cartas no aparece el régimen monárquico del obispo, tal como se mostrará después en las Cartas de Ignacio de Antioquía. Por el contrario, al frente de las comunidades hay responsables a los que indistintamente se llama presbíteros y obispos, mientras que Timoteo y Tito ostentan una delegación o representación del apóstol Pablo.

La otra objeción contra la autenticidad se apoya en el tono y talante de estas cartas, en las que Pablo no muestra aquella audacia creativa tan característica de otras epístolas suyas. Pero esto se explica satisfactoriamente por el hecho de que Pablo ya se encuentra viejo y cansado y próximo a su fin; y por ello quiere prevenir a sus jóvenes colaboradores contra el afán innovador de algunos cristianos que no han asimilado la novedad del cristianismo, y, en el otro extremo, contra la tendencia retrógrada de los judaizantes, que todavía no se han despegado suficientemente de sus añoranzas y fidelidades mosaicas.

Finalmente, existen discrepancias entre el lenguaje de estas cartas y el de las otras anteriores. Pero estas divergencias pueden justificarse por la intervención literaria de los secretarios de Pablo, a quien él podía haber dejado una mayor iniciativa en la redacción.

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01. Primera Carta a Timoteo.

A Timoteo lo hemos encontrado varias veces en la vida de Pablo. Y bastará con recordar aquí las líneas principales de su vida (cf. c.XVI).

En esta primera carta, Pablo, que ha estado viviendo en Efeso después de su regreso del viaje a España, le encarga a Timoteo que lo sustituya mientras él se ausenta en Macedonia. Más que iniciar temas doctrinales nuevos, la carta es un recordatorio de la enseñanza anterior y de la vida de Pablo con la que ha estado tan estrechamente unida la de Timoteo.

El orden que debe regir en la comunidad cristiana tiene por objeto “el amor mutuo que brota del corazón limpio, de la conciencia honrada y de la fe sentida” (1:5). “Te encomiendo dar estas instrucciones, Timoteo, hijo mío, ateniéndote a los dichos inspirados que te designaron hace tiempo” (1:18). San Pablo abre sus instrucciones a su discípulo dentro de un ambiente de universalidad. Y lo primero que le recomienda es que “se hagan oraciones, súplicas, peticiones y acciones de gracias por la humanidad entera, por los reyes y todos aquellos que ocupan altos cargos para que llevemos una vida tranquila y sosegada. Esto es bueno, y agrada a Dios Nuestro Salvador, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (2:4).

A continuación, instruye a Timoteo sobre cómo se debe conducir en el aspecto “administrativo” de la Iglesia respecto al nombramiento de los dirigentes (episcopoi) y de sus auxiliares (diaconoi) —palabras que todavía no tienen la precisión que más adelante van a adquirir— y también cómo ha de conducirse con las viudas (5:3-4). Pablo menciona algunas herejías que apuntan en la comunidad y que él llama “enseñanzas de demonios y de impostores hipócritas, embotados de conciencia, que llegarán a prohibir el matrimonio” (4:2-4). Termina la carta casi con un tono de despedida y testamento: “Lucha con el noble combate de la fe, conquista la vida eterna. delante de Dios que da vida al universo hasta la venida de Nuestro Señor Jesucristo, que, a su debido tiempo, manifestará el Dios bienaventurado y único soberano, Rey de Reyes y Señor de Señores, único que posee la inmortalidad y que habita una luz inaccesible” (1 Tim 6:12-16).

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02. Carta a Tito.

Esta epístola supone que Pablo había estado antes en Creta y que había dejado allá a Tito como responsable encargado de aquella Iglesia, cuya instrucción ahora continúa en esta carta que le escribe como a “hijo legítimo en la fe común” (1:4).

Tito debe cuidar, ante todo, del nombramiento de los responsables de cada ciudad que son administradores de Dios, intachables en su conducta y adictos a la doctrina auténtica (1:5-9).

Le recuerda algunas enseñanzas que suponen un ambiente bastante parecido al de la primera Carta a Timoteo, y finaliza con aquella breve sentencia que ha pasado a la liturgia navideña: “Apareció la bondad de Dios y su amor por los hombres, no por nuestras buenas obras que hubiéramos hecho, sino por su infinita misericordia, nos salvó. y así, como por puro favor, somos herederos del don de la esperanza de una vida eterna” (3:4-7).

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03. Carta a los Hebreos.

La Carta a los Hebreos es un documento canónico, reconocido así por el Concilio de Trento, que forma parte del Nuevo Testamento y goza, por tanto, de la inspiración e inerrancia de sus demás libros. Existe, sin embargo, una controversia, que data de los primeros siglos, sobre el significado de su atribución a Pablo. La Iglesia oriental fue unánime en reconocer la doctrina de San Pablo en dicha carta, aunque algunos expresaban sus dudas sobre la “redacción” del escrito, que, por algunas diferencias que presentaba con el estilo usual de Pablo, parecía indicar la obra de algún otro redactor. El problema aún se discute, y, en resumen, podríamos decir que se trata de una carta de San Pablo, pero que no es original en el mismo sentido que sus otras cartas que indiscutiblemente él escribió.

La Carta a los Hebreos se viene llamando así desde el siglo π; y su nombre significa que está dirigida a un grupo de cristianos procedentes del judaismo. Sus destinatarios conocen muy bien el Antiguo Testamento y están familiarizados con las prácticas rituales en el Templo de Jerusalén. Incluso cuando el autor se refiere a ciertos patriarcas del Antiguo Testamento, los llama “padres” de aquellos a quienes se dirige.

Varias hipótesis se han formulado sobre cuál fue concretamente la comunidad cristiana a la que se dirigió la carta. Quizá la más razonable es la que señala a Jerusalén. Incluso algunos comentaristas precisan que, dentro de esa comunidad judío-cristiana se dirige a un grupo de sacerdotes convertidos a la nueva fe. Respecto a la fecha, todo parece apuntar hacia un período inmediatamente anterior al asedio y destrucción de Jerusalén. En dicha época, los judeo-cristianos fueron perseguidos por su nueva fe, o al menos sufrieron graves inconvenientes por causa de ella. Y por eso la carta tiene un evidente propósito consolatorio ante las tribulaciones presentes, y a la vez es una exhortación para mantenerse firmes en la fe.

La fecha, repetimos, debe de ser anterior al año 70, ya que entonces, al ser destruida Jerusalén y su Templo, desaparecieron todos los ritos culturales de los hebreos. Si la carta hubiese sido escrita en fecha posterior, su autor hubiera mencionado sin duda este suceso, que probaba tan claramente el carácter temporal y perecedero del culto y de los sacrificios de la ley mosaica.

Si la carta no fue escrita por Pablo, ¿quién fue su autor? Los antiguos ya pensaron varios nombres, y la atribuyeron a Bernabé, Clemente Romano, Lucas, entre otros. Después, más recientemente, se ha incrementado el número de esos posibles escritores, como Silvano, e incluso se ha nombrado a una candidata femenina, Priscila. Y también ha cobrado cierta actualidad la opinión, que ya expresó Lutero, de que el autor de la carta fue Apolo, el famoso predicador de Corinto, tan querido de San Pablo, y cuya elocuencia y dominio del lenguaje eran notorios.

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04. Temática de la carta.

Sintetizando el tema, como lo pide el carácter informativo de esta Vida, la carta podría dividirse en dos partes, que son bastante comunes en el epistolario paulino, es decir, una más doctrinal y otra más exhortativa, aunque a veces se entremezclan ambos estilos. En la parte doctrinal, la carta comienza exponiendo la excelencia de Cristo, a través de un prólogo de gran altura teológica que ha sido comparado con el Evangelio de San Juan: “En múltiples ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por un Hijo al que nombró heredero de todo, lo mismo que por él había creado los mundos y las edades. El es reflejo de su gloria, impronta de su ser, El sostiene el Universo con la Palabra potente de Dios; y después de realizar la purificación de los pecados, se sentó a la derecha de su Majestad, en las alturas, haciéndose tanto más poderoso y valedor que los ángeles cuanto más extraordinario es el título que ha heredado” (Heb 1:1-4).

En este prólogo, Pablo despliega ante nuestros ojos el amplío panorama de la revelación, que comenzó a través de múltiples formas y tiempos por los profetas y llega ahora hasta la etapa final: la palabra es estato,” es decir, “el final escatológico.” Esta plena revelación no se hace a “nuestros padres” sino por medio de un “Hijo,” cuya excelencia incomparable se nos va a describir. Ese Hijo es el mismo Verbo encarnado que nos presentó Juan en el prólogo del Evangelio. Como hombre, es el “heredero,” y como Dios, es creador de los mundos y de los siglos — los eones, que aquí tienen el significado de “los mundos que se suceden en el tiempo” y no el sentido que le dio la filosofía gnóstica —. Este Hijo es, en su naturaleza divina, “reflejo” de la gloria de Dios. La palabra original del texto para decir Gloria es doxa, que traduce en el Antiguo Testamento más de 150 veces el kobod, el esplendor que manifiesta la naturaleza de Dios. Además, el Hijo es “impronta del Ser de Dios”; la palabra original es charakter, que significa mucho más que la palabra española “carácter” y que la latina “figura,” porque es más bien la impresión idéntica al sello que la produce.

Ese Hijo no sólo sustenta al universo, sino que, cuando ese universo se derrumba por el pecado, realiza la restauración por la “purificación de los pecados,” que la logra mediante su propia sangre, su sufrimiento y muerte, con lo que libera a sus hermanos “que pasaban la vida entera como esclavos” (2:15). Esto lo hace el Hijo, a quien la carta llama “pionero de la salvación del universo (2:11). Y de nuevo, la palabra original es arjegos, es decir, el conductor, el guía que conduce la marcha, y es la misma palabra usada por Pedro en su segundo discurso del Pentecostés (cf. c.IV).

La purificación del Hijo se realiza mediante su sangre. Sorprende el uso repetitivo que Pablo hace de esta palabra, aima, sangre. Mientras que en el resto de sus cartas Pablo la utiliza sólo 12 veces, en ésta de los Hebreos la emplea 21. Y añade además su compuesto aimateksysia ( derramamiento de sangre), que es una palabra exclusivamente cristiana y un hapax (una sola vez usado) en el Nuevo Testamento.

Este sentido predominante de la sangre está fundado en la creencia, aceptada en el Antiguo Testamento, de que la sangre de los animales propiamente es la vida, porque, como dice Dios, “el principio de la vida del cuerpo está en la sangre que opera la expiación en virtud de la vida que entraña” (Lc 17:11). La sangre vertida para nuestra expiación se halla íntimamente asociada a la redención de Cristo y a la humillación e ignominia de su sufrimiento, e incluso a las lágrimas de Cristo (5:7), única cita de esta palabra en todo el Nuevo Testamento. Es esta sangre de Cristo, el Cordero inmaculado, y su poder salvífico, lo que constituye la diferencia esencial y la superioridad del sacrificio de la Nueva Alianza sobre todos los otros de la Antigua.

Esta supremacía de Cristo la expone la Carta a los Hebreos mediante su contraposición con la de otros mediadores de la Antigua Alianza, de los cuales se señalan dos, los ángeles y Moisés. Consecuentemente, el Sacerdocio de Cristo, que se efectúa por medio de su sangre, es superior al aarónico, establecido en la Ley de Moisés. Por todo lo cual, el autor de la carta exhorta a sus destinatarios a que conserven la fe y la esperanza en Cristo, sin nostalgia por los ritos del antiguo culto y con la esperanza del premio eterno. Para citar un ejemplo, el autor de Hebreos, teniendo ante sus ojos la. fiesta judía de la Expiación, señala las diferencias y excelencias del sacerdocio y del sacrificio de Cristo (Hech 10:19-12:24).

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a. SUMO SACERDOTE JUDIO.

A) Según el orden de Aarón, perteneciente a una casta sacerdotal.

B) Entra una vez cada año, y tiene que repetir el sacrificio.

C) Ofrece sangre de animales.

D) Entra en el Templo de Jerusalén.

E) Para implorar perdón incluso por sus propios pecados.

F) Cumplido el rito, sale del santuario.

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b. JESÚS, SUMO SACERDOTE.

Según el orden de Melquisedec, Hijo de Dios.

Entra una sola vez en la vida y para siempre.

Derrama su propia sangre.

Entra en el Santuario Celeste.

Para conseguirnos el perdón y la salvación a los demás. Cumplida la ofrenda, se sienta a la derecha de Dios Padre.

La segunda parte es más exhortativa, y saca las consecuencias de estas excelencias de Cristo sobre la vieja Alianza. La adhesión a Cristo exige una fe, orientada hacia la esperanza, y que proporciona valor para soportar las pruebas.

Al mencionar la fe, el autor hace una definición de ella, según la cual es no sólo la aceptación de la Palabra de Dios, que enseña y manifiesta su voluntad, sino que es también promesa y esperanza. “La fe es anticipo de lo que se espera y prueba de realidades que no se ven” (11:1). Esta definición lleva al autor a hacer un brillante recorrido de la historia de Israel para recordar las grandes figuras que se señalaron por su fe admirable. Es un desfile de personajes que comienza con Abel, que “por la fe ofreció un sacrificio superior al de Caín” (11:4), y por Henoc, “por cuya fe se lo llevaron sin pasar por la muerte” (11:5). Tras Noé, el predicador se detiene en la figura de Abraham, que “por la fe respondió al llamamiento de salir para la tierra que iba a recibir como herencia, ya que esperaba la ciudad sin cimientos, cuyo arquitecto y constructor es Dios” (11:8-10) “Por la fe Moisés. se marchó de Egipto, sin temer la cólera del rey, y fue tenaz, como si viera al Invisible; por la fe se derrumbaron los muros de Jericó; por la fe Rajab, la prostituta, no pereció con los rebeldes. Por la fe, jueces y profetas subyugaron reinos, administraron justicia, consiguieron promesas, taparon bocas de leones, apagaron las violencias del fuego, escaparon del filo de la espada; a otros, en cambio, los mataron a golpes., fueron apedreados, aserrados, quemados, murieron a filo de espada; pero de todos estos que por la fe recibieron la aprobación de Dios, ninguno alcanzó la promesa. En consecuencia, nosotros, rodeados como estamos por tal nube de testigos de la fe, corramos con constancia en la competición que se nos presenta, fijos los ojos en el pionero y consumador de la fe, Jesús, que, por la dicha que esperaba, sobrellevó la Cruz y está sentado a la derecha del Trono de Dios” (Heb 11:27-12:2).

Este magnífico himno, que comienza en los primeros hombres, como Abel y Henoc, y que termina en el último y nuevo hombre, Cristo Jesús, es la mejor exhortación y el más firme aliento para sobrellevar las tribulaciones que tal vez amenazan o que ya padecen los destinatarios de esta carta, a quienes, a la vista de todo lo anterior, “Dios trata como a hijos” (12:7).

El final de esta carta, muy en sintonía con la doctrina de San Pablo en otros escritos suyos, les exhorta a que sean dóciles al amor fraterno (13:1), a valorar el matrimonio (13:4), a hacer caso a los dirigentes (13:17), a hacer centro de su vida a Jesucristo, “que es el mismo hoy, ayer y siempre, a quien se da la gloria por los siglos de los siglos” (13:21).

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05. Últimos pasos de Pablo. Calendario final.

Pablo, en el año 64, a su regreso de España, que sin duda fue por mar, se detendría en Roma, ya que no había naves que cruzasen el Mediterráneo sin escalas en Italia.

Al llegar a la Urbe, encontró a ésta muy cambiada tras el incendio de Nerón y la persecución levantada contra los cristianos, y se dirigió a Efeso, juntamente con Timoteo, y desde allí marchó a Macedonia, dejando en Efeso a Timoteo, al cual le escribe una primera carta.

Sabemos también que por entonces visitó la isla de Creta, ante la que anteriormente sólo había pasado de largo durante su viaje a Roma (cf. c.XXXI) Creta fue evangelizada por Pablo, con suma probabilidad, como se deduce de la carta que escribió a Tito, colocándolo al frente de las comunidades de la isla, lo cual no habría hecho de no ser una Iglesia evangelizada directamente por Pablo.

Desde Creta, Pablo fue a Nicópolis, ciudad situada en la provincia romana de Dalmacia, en lo que hoy se llama Yugoslavia. Esta mención de Nicópolis representa un nuevo campo en el apostolado de Pablo, que hasta última hora se mantuvo fiel a su propósito de ser explorador del evangelio. Dalmacia era una región marítima en la costa oriental del mar Adriático. Formaba parte de lo que los romanos llamaban la Prefectura de Iliria, y se convirtió en provincia romana en el año 10 de nuestra era.

Aquella ciudad de Nicópolis — porque había varias con el mismo nombre— fue fundada por Octavio tras la victoria naval de Actium sobre Marco Antonio, y la ciudad fue después embellecida monumentalmente por Herodes el Grande, y llegó a ser muy famosa por unos juegos que compitieron con los olímpicos. Fue sin duda la importancia de esta ciudad la que atrajo hacia ella al incansable Pablo.

Al llegar aquí, en la vida de Pablo sucede un cambio repentino de escenario, y de nuevo lo encontramos en la prisión de Roma. Cómo y dónde fue encarcelado Pablo, y qué sucedió en esta segunda prisión, lo narraremos en el siguiente capítulo.

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xxi. Segunda Prisión y Muerte de Pablo.

En la vida de San Pablo llegamos a un capítulo final, que es común con los demás hombres: la muerte del Apóstol.

Hasta llegar a este momento, y para seguir el curso de su vida, nos hemos valido principalmente de lo que San Lucas nos ha venido narrando en los Hechos de los Apóstoles y de lo que el mismo Pablo nos dejó escrito en sus cartas. Ahora, en cambio, para describir su muerte, nos hemos de servir de otros documentos extra-bíblicos, ya que la pasión y martirio del Apóstol no se contienen en ninguna de las páginas del Nuevo Testamento.

Efectivamente, su muerte no se nos describe; pero, sin embargo, los últimos días que la precedieron están recogidos en una de las cartas que Pablo escribió a su discípulo Timoteo, y que viene a ser como su testamento espiritual.

Según recordábamos en el capítulo anterior, Pablo, a partir de la primera prisión de Roma, de la que salió libre, hizo un viaje a España y volvió a visitar algunas de las Iglesias que él había fundado en el mundo helenístico, como las de Efeso, Corintio y Filipos, y además se adentró en nuevos campos apostólicos como Creta y Dalmacia. Mas, de repente, nos enteramos, por la segunda carta escrita a Timoteo, que se halla de nuevo preso en Roma, en condiciones muy diferentes de las que tuvieron lugar durante el tiempo de su primera detención.

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01. Segunda prisión en Roma.

Dónde y cuándo y por qué razones fue Pablo preso esta vez, no lo sabemos con exactitud. Los comentaristas, combinando los datos, suponen que esto sucedió durante su estancia en Dalmacia, cuya ciudad de Nicópolis sabemos que visitó. Otros, por el contrario, suponen que la detención tuvo lugar en Efeso, basándose en que Pablo se dejó allí olvidados su manto y sus pergaminos, lo cual podía indicar un abandono precipitado de la casa de Carpo, donde se hospedaba.

Tampoco conocemos con exactitud la causa, aunque puede suponerse con bastante probabilidad. Acaba de desencadenarse la primera persecución oficial del Estado romano bajo el imperio de Nerón. Ya no se toleraba a los cristianos ni se les confundía con la secta afín de los judíos. A los cristianos se les persigue como tales. El ser cristiano, sin ninguna otra añadidura, constituía un delito, de aquellos que Plinio llamaba “crímenes coherentes con el nombre.” Consecuentemente, a los cristianos se les perseguía como a tales, y entre ellos, indudablemente, la policía siguió los pasos de uno de sus jefes indiscutibles, es decir, de Pablo. Estos son los datos más fiables. Lo demás es pura conjetura.

Igualmente se ignora la marcha de este segundo proceso, algunos de cuyos actos debieron de sustanciarse en una de las basílicas romanas destinadas a la administración de la justicia. Pablo, en la citada Carta a Timoteo, le informa de que “en su primera defensa nadie le asistió, sino que todos le desampararon” (2 Tim 3:16). Esto parece indicar que en este proceso hubo varias comparecencias, y que, en la primera de ellas, Pablo se encontró solo, sin la ayuda de otros cristianos, que tal vez podrían haber testificado en su favor.

Sin embargo, de esta primera fase del proceso Pablo debió de salir bien del proceso ya que dice que “el Señor le dio fuerzas y que así fue librado de la boca del león. Algunos intérpretes han querido ver en este león una alusión al emperador Nerón; pero no parece que el Apóstol fuera tan explícito, sino que más bien citaba un conocido texto bíblico para agradecer que Dios le había librado de un gran peligro. Además, el león Nerón se hallaba por aquellos tiempos ausente de Roma, exhibiendo sus bufonadas por Grecia, y había dejado en Roma, como representante de su poder, al liberto Elio y al prefecto del Pretorio Sabino, ambos tan crueles como su dueño.

Clemente Romano, en su Carta a los Corintios, dice que Pablo dio testimonio “ante los gobernadores,” en plural, y en esto algunos han querido ver una alusión concreta a los dos gobernadores dejados por Nerón durante su ausencia. Si esto fuese así, tendríamos un dato para fechar la prisión de Pablo entre los años 67 y 68.

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a. La Cárcel Mamertina.

¿En qué cárcel estuvo preso San Pablo? No existe una tradición documentada antigua ni segura. Solamente, a partir del siglo v, comienza a señalarse la Cárcel Mamertina como el lugar de su prisión.

Esta cárcel, parte de la cual hoy todavía se conserva, estaba situada en uno de los extremos del Foro romano, próximo al edificio del Senado. Su calificativo “mamertina” es un adjetivo que significa “perteneciente al dios Marte.” Y también se la llamó cárcel Tuliana, quizá porque la edificó un cierto Tulio, o porque allí se hallaba una corriente de agua, un tullas.

La condición de Pablo en la Cárcel Mamertina no fue la custodia mtlitaris del primer proceso, sino la custodia pública, incomunicado con el exterior, por lo cual fue difícil a Onesíforo encontrarlo, aunque había venido a Roma expresamente para ver a Pablo.

Además, si la cárcel era la Mamertina, se trataba de un lugar frío, húmedo y muy mal ventilado, como sabemos por testimonios de otros presos; y tal vez eso indujo a Pablo a pedir que le trajesen el manto que se había dejado en Tróade, que, por su nombre griego, failomen, sabemos que era un manto de abrigo con capucha.

Con todo, en aquella cárcel, y debido tal vez a los buenos oficios de los cristianos que habían sabido comprar tales favores, se le permitía a Pablo tener la frecuente compañía de Lucas. Y desde esa cárcel, y auxiliado de un amanuense, Pablo, ya anciano y falto de vista, dictó su último documento, la segunda Carta a Timoteo.

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02. Segunda Carta a Timoteo.

Podemos afirmar de las cartas de Pablo que tiene cada una su propia individualidad, pero que ésta se acusa más en la última, que es un reflejo de su situación psicológica. Se trata de una carta escrita por una persona ya anciana y próxima a la muerte que se dirige a un discípulo a quien se quiere como a un hijo y al que anima a custodiar fielmente el depósito de la fe que ha recibido y a defenderlo contra los peligros que lo amenazan.

Ya advertimos anteriormente que hay algunos exegetas que niegan la paternidad de Pablo respecto a las tres cartas “pastorales,” es decir, las dos a Timoteo y la de Tito. Y particularmente aseguran que sus razones son más válidas en lo relativo a esta segunda carta, que fue la última que escribió Pablo desde su segunda prisión romana y poco antes de su martirio, que debió de ocurrir el año 67.

Las razones aducidas son tanto de fondo como de forma. Se dice que en el contenido Pablo no muestra en esta carta la originalidad y dinamismo que se halla en otras. Respecto a la forma o expresión, hay en ella una cierta regularidad en el lenguaje, que contrasta con el ímpetu y desorden, a veces recargado, de otras de sus cartas. Algunos han creído ver en esta última carta algunas afinidades con el estilo de Lucas, que le estaba acompañando en su última prisión.

Las particulares circunstancias que rodearon la redacción de esta carta: el encontrarse Pablo ya viejo y cansado y sin esperanzas de una liberación en este último proceso; la presencia de Lucas, que tal vez fue el redactor en quien se podía confiar enteramente, y que se expresaba con más libertad personal, pueden ser razones suficientes para las diferencias que esta carta muestra con el resto del epistolario.

En esta segunda Carta a Timoteo conviene distinguir, al menos, tres partes.

En la primera, Pablo, como es su costumbre, envía saludos y expresa su acción de gracias, que revisten un particular sentido afectuoso y personal. Timoteo es su hijo querido, a quien desea ver de nuevo y por quien da gracias a Dios, recordando la fe que ha habitado antes en su abuela Loida y su madre Eunice. Es esa misma acción de gracias que Pablo pronuncia, porque también él, desde sus antepasados, aprendió a servir a Dios. Diríamos que Pablo, con una definida psicología de anciano, evoca vivamente los recuerdos de su niñez y los años ya lejanos, cuando Timoteo era un muchacho. Y eso le vuelve a repetir cuando le dice: “Tú manten lo que aprendiste, recuerda quiénes te lo enseñaron, y que desde niño conoces la Sagrada Escritura.”

La segunda parte de la carta la dedica a animar al discípulo para que tenga valor y fortaleza, puesto que parece que se había atemorizado por las dificultades que encontraba.

Pablo le recuerda que ha recibido el don de Dios en su ordenación y que Dios no da un espíritu de cobardía, sino de valentía y amor y dominio propio. En esto tiene que imitarlo a él, Pablo, que, en medio de sus prisiones, no se siente derrotado; y Timoteo, que ha sido llamado con una vocación santa, tiene, por tanto, que custodiar y transmitir el depósito recibido.

Timoteo debe también animarse mirando a la recompensa, que Pablo explica con tres ejemplos: “La metáfora del soldado, que es una que se repite frecuentemente en las cartas paulinas cuando menciona la armadura y las defensas militares. Timoteo es “un buen soldado de Jesucristo,” y ningún soldado se enreda y distrae con asuntos profanos si quiere tener contento a su jefe” (2 Tim 2:3-4).

La segunda metáfora es la del atleta olímpico. La referencia a los juegos olímpicos ha acompañado frecuentemente a Pablo, que sin duda los conocía bien desde joven (cf. el c.XXII), ya que la ciudad de Tarso tenía un estadio. Y por eso habla de varios de ellos, como de la carrera, la lucha y el pugilato. “Ningún atleta — le dice a Timoteo — puede recibir el premio y la corona si no lucha conforme al reglamento” (2 Tim 2:5).

La tercera metáfora es la del labrador. También hace Pablo alusiones a las tareas agrícolas, a las lluvias, al laboreo y a la cosecha, ya que muchas de las áreas en que él predicaba eran eminentemente agrarias. Por eso advierte a Timoteo que “el labrador que se fatiga y suda en su trabajo es el que tiene derecho a una parte de la cosecha” (2 Tim 2:6).

El militar, el atleta, el labrador, tres imágenes del esfuerzo que lleva consigo la vocación apostólica de Timoteo y de cualquiera que la haya recibido. Sólo así, tras el esfuerzo, se puede recibir el premio y la corona, como Pablo piensa confiadamente de sí mismo.

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03. Últimos consejos.

La tercera parte de la carta tiene un contenido más instructivo. Y Pablo previene a su discípulo sobre algunas dificultades que se han de presentar en la Iglesia, algunas ya casi presentes y otras en tiempos futuros, y que exigirán de Timoteo vigilancia y esfuerzo.

Uno de los males ya presentes es la división que se produce dentro de la comunidad por quienes, disputando y opinando de todo, comienzan en controversias de palabras y terminan en mayores divisiones, por lo cual Pablo los amonesta: “Avísales seriamente, en nombre de Dios, que no discutan sobre palabras: eso no sirve para nada y resulta catastrófico para los oyentes. A las charlatanerías profanas dales de lado, porque se irán haciendo cada vez más impías. Niégate a discusiones estúpidas y superficiales, sabiendo que acaban en pelea. Uno que sirve a Dios no debe pelearse, sino ser amable con todos” (2 Tim 2:14-24).

Estos males ya están presentes en la Iglesia, donde hay fíeles y herejes. Lo mismo que sucede en una casa grande, donde no sólo hay utensilios de oro y plata, sino también de madera y barro: “unos para usos nobles y otros para usos bajos.” Pero además hay otros males por venir (2 Tim 2:20).

“Ten presente que en los postreros días sobrevendrán tiempos difíciles; porque los hombres serán amadores de sí mismos, amigos del dinero, fanfarrones, soberbios, difamadores, desobedientes a sus padres, ingratos, irreligiosos, desamorados, desleales, calumniadores, incontinentes, despiadados, enemigos de todo lo bueno, traidores, arrojados, infatuados, amigos del placer más que de Dios; a éstos rehuye” (2 Tim 3:1-6).

La enumeración de estos futuros males forma una lista semejante a la que Pablo incluyó en otras cartas suyas sobre los diversos tipos de pecadores o de personas excluidas de la salvación de Cristo. Frente a todos estos peligros presentes y futuros, Timoteo ha de comportarse siguiendo el modelo personal que le ha ofrecido Pablo, sobre todo aguantando sufrimientos y persecuciones del evangelio.

“Delante de Dios y de Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y muertos, predica la palabra, insta a tiempo y a destiempo, reprende, exhorta, increpa con toda longanimidad y sin cesar en la enseñanza, porque vendrán tiempos cuando no soportarán la santa doctrina, sino que se escogerán maestros a medida de su concupiscencia. Por un lado desviarán los oídos de su verdad y por otro se volverán hacia sus fábulas.

Por lo que a mí toca, voy a ser derramado como b.”bación y es inminente el momento de mi partida. He luchado la enorme lucha, he finalizado la carrera, he mantenido la fe. Por lo demás, me está reservada la corona de la justicia con la cual me premiará en aquel día el Señor, Justo Juez, y no sólo a mí, sino a todos los que habrán aguardado con amor su advenimiento” (2 Tim 4:1-8).

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04. Muerte de Pablo.

Llega el momento en que la lucha de Pablo toca a su fin. En la segunda comparecencia del acusado ante sus jueces, Pablo fue condenado y sentenciado a muerte. La ejecución de esta sentencia para un ciudadano romano era sólo la decapitación, precedida de la flagelación, y ambas tenían lugar fuera de los muros de Roma.

Un día, quizá por la mañana, el anciano apóstol es conducido por un grupo de soldados y lectores a lo largo de la vía que conduce de Roma a Ostia Tiberina. El camino atravesaba la llamada puerta Trigémina, o de los tres arcos, y ladeaba la pirámide de Cayo Sextio, que aún todavía se conserva.

A una distancia de Roma, a la altura donde hoy se halla la basílica de San Pablo, el cortejo, desviándose de la vía Oestiense, torció a la izquierda por un camino que hoy conduce a Árdea, hasta llegar a la húmeda hondonada de las Aquae Salviae, la Laguna Salvia, junto al tercer “miliario” o piedra que señalaba tres millas de distancia al centro viario del Foro romano.

La leyenda, siempre imaginativa, supone que la cabeza del santo, cortada por el hacha, rodó, dando tres saltos por la pendiente, y en cada uno de ellos brotó una fuente de agua, lo que ha dado origen a la Iglesia de las Tres Fuentes.

Los testimonios antiguos del año y día de su muerte son poco concretos. El historiador Eusebio asegura que Pablo murió en el año XIV del reinado de Nerón, y San Jerónimo confirma que Pablo murió después de Séneca, lo cual nos lleva a la misma fecha, que es la que parece más probable, el año 67.

En cuanto al lugar de la sepultura, hay una tradición constante después del martirio: el cuerpo fue llevado a un lugar más próximo a Roma, a un predio de una matrona romana llamada Lucina. Este predio estaba situado al lado de la vía Ostiense, a algo más de una milla de la ciudad en la ribera izquierda del Tíber. Y allí recientemente se ha descubierto un área sepulcral con varios columbarios, pertenecientes a cristianos que quisieron ser sepultados cerca del Apóstol.

Este lugar era conocido y venerado de los cristianos, según consta por testimonio escrito del presbítero de la Iglesia romana Gayo, que, escribiendo al hereje Próculo, le decía: “Puedo mostrarte los trofeos de los apóstoles. Si quieres ir al Vaticano o a la vía Ostiense, hallarás los trofeos de quienes fundaron esta Iglesia romana.”

La palabra “trofeo,” repetida en este texto, puede significar una victoria o también los despojos tomados al enemigo y colgados sobre palas, como estilaban hacerlo los legionarios romanos. Quizá no sepamos exactamente lo que quiso decir Gayo, pero era sin duda un signo notorio, fácilmente identificable, puesto que él remitía a un contradictor para que con sus propios ojos viese cómo estaban en Roma los sepulcros de Pedro en el Vaticano y de Pablo en la vía Ostiense.

En la segunda mitad del siglo II se produjo un hecho nuevo, y fue la existencia de un lugar de culto, llamado Ad Catecumbas, en el tercer miliario de la vía Appia; un centro de culto simultáneo a Pedro y Pablo, debido a la traslación de los sarcófagos con los cuerpos de Pedro y Pablo a un mismo lugar. Este lugar se llamó Trida apostolorum y sobre él se levantó una basílica, que hoy es la basílica de San Sebastián. En dicha basílica se conserva una inscripción auténtica de San Dámaso, papa español y poeta, que atestiguó así: “Aquí debes saber que habitaron los santos,y encontrar puedes los nombres ya de Pedro ya de Pablo.”

También se encontraron allí numerosas inscripciones y grafitos de peregrinos. Y en un documento del siglo IV  llamado Depositio martirum, se nos informa de que el papa San Silvestre I, el 28 de junio del año 258, trasladó a aquel lugar las reliquias de ambos apóstoles. Y ahí está la razón de la fecha del 29 de junio para la fiesta de San Pedro y San Pablo.

Ambos apóstoles fueron venerados simultáneamente, hasta que se construyeron separadamente sus basílicas. En el caso de Pablo, fue Constantino quién levantó la primera Iglesia, sobre la primitiva sepultura de la vía Ostiense. Es una iglesia que ha sufrido diversas vicisitudes en su arquitectura hasta llegar a la actual, que es una reconstrucción comenzada en el año 1823, al haber sido destruido casi totalmente el edificio anterior por un incendio.

En esa basílica, bajo el altar de la Confesión, se encuentra el sepulcro del apóstol San Pablo. Lo cubre una losa de mármol con tres boquetes en ella, por donde los devotos peregrinos introducían sus objetos para convertirlos en reliquias del santo. Sobre la losa hay esta concisa inscripción: “Pablo, apóstol y mártir.”

No se puede terminar toda la vida de San Pablo y el comentario de los Hechos de los Apóstoles mejor que con estas dos palabras, que constituyen el elogio de la Iglesia. Fue apóstol, elegido por Cristo: llevó su palabra, y dio por El su vida.

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xxii. El Apóstol Pedro.

Hemos mencionado en el capítulo anterior el culto simultáneo que se dio en Roma a los apóstoles Pedro y Pablo, hasta que, en tiempos del emperador Constantino, se separaron sus enterramientos para dedicarles dos basílicas, una en el Vaticano y la otra en la vía Ostiense.

En capítulos anteriores dejamos a Pedro asistiendo al Concilio de Jerusalén (cf. c.XVII), y poco tiempo después también lo encontramos en Antioquía en la llamada “disputa” con Pablo (c.XVIII) Pero estas dos presencias, relativamente cortas, dejan largos espacios blancos en su vida sin poder determinar ni la ubicación ni su concreta labor apostólica.

Parece que vivió por algún tiempo en Antioquía de Siria, ya que San Jerónimo expresamente afirma que fue el primer obispo de dicha ciudad, aunque no parece que adujera pruebas convincentes. De hecho, esta afirmación de San Jerónimo se repitió hasta transformarse en lo que se ha llamado la fiesta litúrgica de la “Cátedra de San Pedro en Antioquía,” que se conserva en el calendario actual, en el 22 de febrero. Además de Antioquía, el otro lugar geográfico ciertamente ligado a la vida de San Pedro es Roma, donde consta con certeza histórica que permaneció algún tiempo y donde murió.

Pero, antes de relatar esta presencia y las circunstancias de su muerte, vamos a preguntarnos, con un tanto de curiosidad, cuál era la familia de San Pedro y qué sucedió con ella. Las únicas personas de las que poseemos una información a través del evangelio son su hermano Andrés y su suegra, que vivía en Cafarnaúm con sus hijos, y a quien Jesús curó de unas “altas fiebres,” según afirma San Lucas. Consta, por tanto, que San Pedro era casado, aunque no tengamos después ninguna mención expresa de su mujer. San Pablo, en una de sus cartas (1 Cor 9:4-5), encuentra razonable que otros apóstoles, y expresamente menciona a Cefas, vayan acompañados por una hermana,” que puede ser la denominación de la propia mujer en la literatura epistolar cristiana. Aunque hay otros que piensan que se trata de una diaconisa auxiliar. En cualquier caso, la información sobre estas mujeres es muy escasa, y ello es una señal de la sobriedad con que se trataban estos temas familiares. En el caso de San Pedro, la tradición nos ha conservado además algún dato sobre una hija suya, llamada Santa Petronila.

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a. Santa Petrolina, hija de Pedro.

Hay alguna confusión sobre la identidad de Santa Petronila, que vivió en Roma en el siglo I y de la que hay testimonios iconográficos. Efectivamente, existió una Petronila mártir, sepultada en el cementerio de Domitila en la vía Ardeatina, y que después fue trasladada a la basílica Vaticana, donde se halla actualmente.

Por otra parte, en uno de los evangelios apócrifos del siglo II, llamado Actas de Pedro, se menciona una hija del apóstol que fue curada de parálisis por su padre, aunque de ella no se nos dice ni el nombre ni tampoco se afirma que fuese mártir. Tan sólo se añade en dicho apócrifo que fue solicitada en matrimonio por un tal Falco, y que, después de tomarse tres días de reflexión, murió al recibir la comunión.

La fusión de estas dos Petronilas fue obra del autor de la Passio de los Santos Nereoj Aquilea, de dudosa garantía histórica. Respecto al cuerpo de Santa Petronila (fuera o no hija de San Pedro), como acabamos de mencionar fue trasladado en el siglo vih a la basílica del Vaticano por el papa Pablo I, que así se lo había prometido al rey de los Francos, Pipino. Sobre su sarcófago se lee la inscripción Aureae Petronillae filiae dulcis-simae, como si fuese una dedicatoria del mismo Pedro a su hija.

Posteriormente, Santa Petronila ha sido considerada como principal patrona de Francia, por aquello de que Francia era “la hija primogénita de la Iglesia” y Petronila lo era de Pedro.

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01. El apóstol San Andrés.

Hay, sin embargo, otro miembro de la familia de Pedro cuya existencia consta en el evangelio, su hermano Andrés.

De San Andrés, además de los datos de su vocación al apostolado y otras menciones dispersas que nos relata San Juan en su evangelio, poseemos un testimonio histórico de su muerte, que consta en una carta de los presbíteros de Acaya. Andrés era pescador, natural de Betsaida, discípulo de San Juan Bautista y que a primera hora busca a su hermano

Pedro y lo presenta a Jesús. Parece que hubo una especial amistad entre los discípulos de aquella hora y que fue Andrés quien más adelante animó a San Juan para que escribiera los dichos y hechos de Jesús, es decir su evangelio. Y éste es un dato que encontramos en el famoso fragmento de Muratori, que ya hemos citado anteriormente.

Andrés evangelizó la parte sur de la región meridional de Rusia, entonces llamada Escitia. Y parece que estuvo al frente de la Iglesia de Patras, en la península de Crimea, según afirma San Jerónimo. Los datos escuetos de la tradición son que el procónsul romano de Acaya, que era una de las provincias romanas en las que había sido dividida la antigua Grecia, comenzó a perseguir a los cristianos una vez que Nerón dio la señal desde Roma. La leyenda supone un enfrentamiento personal del procónsul Egeas con el apóstol, que pretendía convencer al romano de la eficacia salvadora de la Cruz de Cristo. Egeas decretó entonces la muerte de Andrés y le condenó a ser crucificado; pero en este caso las Actas del martirio señalan que no fue clavado, sino atado a dos troncos de árbol unidos en forma de X. Expresamente conservamos el testimonio de Pedro Crisólogo, que asegura que Andrés sufrió el martirio atado a unas ramas de árbol donde permaneció cuatro días y cuatro noches.

Las Actas de San Andrés, de redacción algo tardía, atribuyen al apóstol una predicación de profundo sentido lírico, que ha sido recogida en la liturgia: Oh Cruz buena, que tuviste el honor de sostener el cuerpo de Jesús, fuiste por largo tiempo deseada, con anhelo buscada, con empeño querida, y para el que te busca, ya encontrada. Recibe este mi cuerpo de los hombres y devuélvelo a Cristo, de tal suerte que por medio de ti llegue hasta Aquel que en la Cruz me ha salvado con su muerte.

Pero además de estas Actas, que pueden ser discutibles, los evangelios nos aportan tres citas sobre San Andrés — las tres en el evangelio de San Juan—, que nos descubren una espiritualidad característica de este apóstol, que podríamos llamar de “conducción o acercaminto a Cristo.”

La primera y más conocida es la del encuentro con Jesús, que sucede a la orilla del Jordán. Andrés, que es discípulo de Juan Bautista, después de haber encontrado a Jesús, ha quedado tan convencido de haber hallado al Mesías, que se apresura a comunicarlo a Pedro y conducirlo hasta Jesús, que tiene así con Simón su primer contacto (Jn 1:41-42).

La segunda ocasión se presenta en una montaña de Galilea, cercana al lago de Genesaret, donde Jesús ha estado predicando por largas horas ante una muchedumbre hambrienta de su palabra, pero que también tiene hambre de pan. Jesús, entonces, decide darles de comer, y tras otras soluciones propuestas por los apóstoles, Andrés encuentra la que es más apropiada: “Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes.”  Es decir, de nuevo “conduce” a Jesús a este niño que va a proporcionar la materia original de los panes y peces que Jesús multiplica (Jn 6:9).

Finalmente, ya en Jerusalén, y en los días cercanos a la última Pascua, Jesús se halla predicando en el Templo, y muchos le escuchan y entre ellos unos griegos, unos hellenes, que quedan admirados ante sus palabras. Pero como no les parece apropiado acercarse a Jesús, ya que se sienten algo extraños por ser “paganos,” buscan la mediación de alguien, y allí está de nuevo Andrés para conducirlos y presentarlos a Jesús (Jn 12:22).

Un hermano, un niño, unos griegos. Esta es la espiritualidad de Andrés; sabe que tal vez él no puede hacer nada de por sí, pero ayuda a los otros para que se acerquen a Jesús.

Durante algún tiempo se atribuyó a San Andrés la fundación de la Iglesia de Bizancio, tal como lo refiere Nicéforo, aunque probablemente se trate de una falsificación histórica, con el objeto de darle a Bizancio una categoría de sede fundada por un apóstol, como lo requería su prestigio de capital del Imperio Romano de Oriente o bizantino.

En el año 756, el emperador Constancio hizo trasladar a Constantinopla el cuerpo del apóstol, y de allí más tarde, en el siglo XIII, fue llevado a Amalfi, localidad italiana en la península de Sorrento, debido al temor de una invasión otomana.

La cruz de San Andrés fue adoptada como símbolo heráldico por la Casa de Borgoña, y fue introducida en la bandera española por decreto de Carlos III y hoy es todavía uno de los símbolos de la Corona de España.

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02. Cartas de San Pedro.

Conservamos de San Pedro dos cartas, una de las cuales, la primera, sin duda es original, aunque de la otra existen algunas objeciones. La Carta primera de San Pedro posee un consenso universal respecto a la autoría del apóstol, aunque esto no excluya una participación muy directa en la redacción griega del texto por parte de Silvano, compañero del apóstol San Pablo en muchas de sus empresas evangelizadoras, y de quien Pedro afirma: “Por mano de Silvano, hermano de toda confianza, que por tal le tengo, os he escrito esta breve carta” (1 Pe 5:12). Está escrita “desde Babilonia,” denominación que con mucha probabilidad significa Roma. Y sus destinatarios son los “emigrantes dispersos por el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia.” Asia es la provincia, no el continente; Galacia nos es ya conocida; Ponto, Capadocia y Bitinia se nombran ahora por vez primera en esta Vida y son regiones situadas a orillas del mar Negro. Entre estos destinatarios sin duda abundan los que proceden de la idolatría, “rescatados del modo de vivir idolátrico” (1:18). “Bastante tiempo pasasteis ya viviendo en plan pagano, dados como estabais a libertinajes y vicios, crápulas, comilonas, borracheras y nefandas idolatrías” (4:3). Notemos que Pedro, aunque no haya visitado personalmente estas Iglesias, se está aquí dirigiendo a cristianos que no proceden del judaísmo, sino que anteriormente eran paganos, lo cual supone una ampliación del campo apostólico respecto a aquella época en la que Pablo establecía una especie de división de competencias: Pedro a los judíos y Pablo a los gentiles (Gal 2:9).

La carta conserva un tono personal y espontáneo que ya conocemos en Pedro por los evangelios: “Vosotros no conocisteis a Jesucristo, pero lo amáis; y ahora, creyendo en El sin verlo, sentís un gozo indecible, radiantes de alegría” (1:8). La frase parece un eco de aquellas palabras de Jesús, dirigidas a Tomás en la octava de la Resurrección: “Felices los que, sin verme, crean en mí” (Jn 20:29).

La carta posee un cierto tono festivo, casi de celebración bautismal, ya que Pedro les exhorta a que, “como niños recién nacidos, ansíen la leche auténtica y no adulterada para crecer sanos” (2:2). Sin que esto signifique necesariamente, como algunos han supuesto, que la carta, en gran parte, era una homilía bautismal en la noche de la Pascua. Pedro, la “Roca,” les recuerda a sus lectores que ellos también son “piedras vivas que van entrando en la construcción del edificio espiritual” (2:5).

La carta posee referencias concretas a la coyuntura política del momento: los destinatarios son súbditos del poder romano, y por ello les recuerda: “Acatad toda institución humana por amor del Señor, lo mismo al emperador como soberano que a los gobernadores como delegados suyos” (2:14).

Seguramente Pedro, al escribir esto, no preveía que un día no lejano él había de dar su vida, como testigo de Cristo, precisamente por orden de uno de esos emperadores, de Nerón. La carta menciona asimismo a los esclavos, que debían de ser numerosos en aquellas regiones, y también a las mujeres, cuyo exorno debe manifestar que son cristianas y, por tanto, “no debe consistir en el exterior de peinados ni aderezos de oro ni en la variedad de los vestidos” (3:3-4). A través de la carta también podemos leer una cierta oposición que experimentaban los cristianos por parte de su ambiente, sin llegar por eso a la violencia de una persecución oficial: “Si os escarnecen por cristianos, dichosos vosotros” (4:14).

En la segunda Carta, el autor se presenta como si fuera el apóstol Pedro, a quien ya quedan pocos días de vida: “sabiendo que pronto voy a dejarla, como me lo comunicó Nuestro Señor Jesucristo” (1:14). Además, a propósito de la venida gloriosa del Señor, evoca el recuerdo de la experiencia que él tuvo personalmente sobre el monte de la Transfiguración: “Es que habíamos sido testigos presenciales de su grandeza, porque El recibió de Dios honra y gloria, cuando desde su sublime gloria le llegó aquella voz tan singular: .”Este es mi Hijo, mi amado, mi predilecto.”  Esta voz, llegada del cielo, la oímos nosotros, estando con él en la montaña sagrada” (1:16-18).

Pedro previene a sus lectores contra la presencia de falsos profetas y maestros que introducirán subrepticiamente sectas perniciosas, a los cuales muchos seguirán en su libertinaje. Y arremete contra ellos llamándoles “falsos maestros, animales destinados a que los cacen y maten, fuentes agotadas, brumas arrastradas por la tormenta” (2:12-17).

En la última parte de esta carta su autor se refiere a la parusía, y, como suele acontecer en los temas escatológicos, emplea a veces un lenguaje no fácil de interpretar, en el que se mezcla lo que propiamente quiere el autor enseñar con otros elementos simbólicos, incluso, a veces tomados de autores contemporáneos, de cuya veracidad no sale garante el apóstol.

En efecto, Pedro asegura que el final del mundo será causado por el fuego: “Los cielos y la tierra están ahora conservados por la Palabra de Dios, mas están destinados a perecer por el

Fuego” (3:7). La idea se repite: “Los elementos se desintegrarán en llamas y la tierra y cuantas cosas hay en ella arderán” (3:10). Este es el único pasaje de toda la Biblia donde se anuncia que la consumación final y destrucción del mundo será causada por una conflagración cósmica, que dará origen a un nuevo ciclo. Tampoco puede olvidarse que Pedro incorpora en esta carta una referencia a la cosmogonía primitiva del Génesis, donde se afirma que, al principio, “unos cielos y tierras tomaron consistencia, o que procedían del agua, y que también fue el agua del diluvio la que hizo perecer a aquel mundo.” Así, en una imagen paralela, esta segunda vez el mundo perecerá no por el agua, sino por el fuego.

Volvemos a repetir que el pasaje es oscuro y sigue abierto a múltiples interpretaciones. Y entre todas ellas se abre paso el propósito y la intención de Pedro, que coincide con la de Jesús; “mientras que esperáis estos acontecimientos, permaneced en la santidad de vuestra conducta y piedad, aguardando la venida del Día del Señor y esmerándoos para que El os halle en paz, sin mancha y sin reproche.”

Igualmente, Pedro repite la imprecisión en que dejó Jesús el tiempo de este suceso. Y a los que esperaban la Parusia inmediata les recuerda que Dios tiene una peculiar medida del tiempo, diferente de la humana, ya que para El “un día es como mil años, y mil años como un día” (3:8-9).

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03. Topografía Romana de Pedro.

Tiempo es ya de volver a Roma para seguir en ella los pasos de Pedro hasta su final glorioso. Resulta difícil trazar estos pasos, ya que las tradiciones mezclan la realidad y la ficción. Recordemos algunas. La primera es la que se refiere a un llamado “título,” es decir, un lugar de culto cristiano, relacionado ordinariamente con algún mártir, y en donde después se construyó un templo. El “título” al que nos referimos es el de las Santas Pudenciana y Práxedes, que parece está erigido sobre la casa de un senador romano llamado Pudente, cuyos hijos fueron bautizados por Pedro, según recoge un mosaico que todavía se conserva. A este senador, el documento apócrifo Carta de Pastor a Timoteo, lo llama “amicus apostolorum.” Sobre la casa del senador se construyó una vetustísima iglesia, dedicada a las Santas Pudenciana y Práxedes, cuyas excavaciones han descubierto los restos de una casa romana y un edificio termal del siglo n. Pudenciana, o Potenciana, y su hermana Práxedes fueron seres reales, cuyos restos reposaron algún tiempo en las catacumbas de San Calixto. Pudenciana murió a los dieciséis años y Práxedes después; y aunque no consta del martirio, ciertamente ambas vírgenes fueron veneradas desde los tiempos más primitivos. Otro recuerdo petrino es la Capilla del Quo Vadis, que está relacionada con la leyenda recogida por un apócrifo sobre el encuentro de Pedro con Jesucristo. Según ella, Pedro, persuadido por algunos fieles cristianos de que su vida todavía era necesaria para la Iglesia, huye de Roma en la persecución de Nerón y se encuentra en el camino con Jesús: “¿Adonde vas?,” le pregunta Pedro. “Voy a Roma a ser de nuevo crucificado.”  Esta leyenda ha sido difundida por la novela Quo Vadis y sus adaptaciones cinematográficas, pero está desprovista de fundamento histórico, ya que es casi cierto que la muerte de Pedro no sucedió inmediatamente después del comienzo de la persecución de Nerón. Consecuentemente, también pertenece a una tradición legendaria el recuerdo de la presencia de Jesús en esa capilla del Quo Vadis, atestiguada, según dice la piedad popular, por unas huellas de los pies de Jesús dejadas en un mármol. Estas y otras huellas semejantes, que se conservan hoy, en realidad eran unos exvotos, hechos por los peregrinos, que dejaban las huellas de sus pies en un santuario como recuerdo permanente de su presencia.

Otro “título” romano es el llamado de San Pedro “in fasciola,” palabra italiana que significa “venda.” Esta se conserva en la iglesia de los Santos Nereo y Aquileo, y está relacionada con una leyenda, según la cual Pedro, huyendo de la cárcel —no sabemos cómo—, perdió una venda que tenía para aliviar una herida, y ella fue recogida por una matrona romana, que dio origen al citado “título.”

También, relacionado con la cárcel de Pedro, está la cárcel Mamertina, que hoy se muestra en el Foro romano, aunque no hay seguridad histórica de que allí estuviese encerrado el apóstol prisionero. Tampoco podemos olvidar las cadenas de San Pedro, que se conservan en la iglesia de San Pedro “ad Vincula,” que es la iglesia donde se encuentra el famoso Moisés, esculpido por Miguel Ángel y destinado al mausoleo de Paulo V. Estas cadenas, al menos desde el siglo V, eran veneradas como tales, y por su forma pueden pertenecer a una época más remota. Finalmente hay un Oratorio de la Separación, en la vía Ostiense, que conmemora el momento en que Pedro y Pablo se despidieron, el uno del otro, para ir al martirio. Y aunque existe una tradición de que ambos fueron martirizados el mismo día, propiamente falta una comprobación histórica; no hay tampoco prueba alguna de que estuviesen juntos en la misma prisión.

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04. Martirio y sepultura de Pedro.

Frente a este conjunto de recuerdos urbanísticos, donde se mezcla fantasía y realidad, existe la comprobación cierta, que goza de toda la firmeza histórica deseable, acerca de la localización del sepulcro de Pedro, que murió en la persecución levantada por Nerón, aunque no pueda precisarse la fecha exacta.

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a. Incendio de Roma.

Una noche del cálido verano, en el mes de julio del año 64, estalló en Roma un terrible incendio en las inmediaciones del Circo Máximo, entre el Palatino y el Celio. Conservamos una descripción del incendio, debida a la pluma de Tácito, tal vez el más grande historiador romano, que escribía unos cincuenta años después. El incendio se propagó rápidamente por los diversos distritos, no sólo debido a los materiales extremadamente combustibles que se hallaban almacenados, sino también por razón de la construcción de Roma, la mayoría de cuyas calles eran muy estrechas. A estas razones se añade, como consigna Tácito, que nadie se atrevía a atajar el incendio porque discurrían entre los edificios grupos de hombres armados que impedían apagarlo y que lo propagaron lanzado tizones y gritando que estaban autorizados para hacerlo.

Nerón, que se hallaba veraneando en Ancio, regresó precipitadamente a Roma, y, en medio del general estupor, desde el balcón de su palacio, y acompañándose de la lira, recitó los versos de Virgilio en la Eneida sobre la destrucción de Troya. Seis días duró el incendio, que destruyó tres cuartas partes de la ciudad, y aun después se reprodujo de nuevo, hasta que finalmente hubieron de ser derribados un sinnúmero de templos y edificios. Pronto el rumor y la opinión popular comenzaron a acusar al propio emperador como responsable de la catástrofe, y éste, para apaciguar el tumulto, abrió los jardines a la muchedumbre y extremó su largueza ofreciendo pan y espectáculos. Pero como persistiesen los rumores contra el propio César, éste decidió encontrar unos culpables a quienes cargar la adversidad del incendio.

Sin duda que Pedro llegó a Roma cuando reinaba el emperador Nerón, que ocupó la sede imperial del año 54-68; pero no sabemos si el apóstol se encontraba en la capital en el preciso momento del incendio que la destruyó.

Este es, como se admite corrientemente, el origen de la primera persecución oficial contra los cristianos. En ella cayeron las dos columnas de la Iglesia, Pedro y Pablo, aunque haya discrepancias sobre la fecha exacta, ya que unos se inclinan por el comienzo de la persecución, sobre el año 64, y otros señalan el hecho tres años más tarde, entre los cuales están Eusebio y San Jerónimo.

Clemente Romano, que, como ya dijimos, fue uno de los primeros Papas, en su Carta a los Corintios, describe el martirio de ambos apóstoles y asegura que una gran muchedumbre murió con ellos, refiriéndose sin duda a la persecución de Nerón. Algunos años más tarde, San Dionisio de Corinto dice de Pedro y Pablo que, “habiendo plantado ambos la fe en esta ciudad nuestra de Corinto, también os enseñaron a vosotros, romanos, y juntos sufrieron por el mismo tiempo el martirio.”

El modo del martirio de San Pedro fue la crucifixión, que es el suplicio citado por Tácito cuando describe los tormentos de la persecución neroniana. Y a Orígenes se debe el dato de que Pedro quiso ser crucificado cabeza abajo por humildad ante el recuerdo de la crucifixión del Señor.

Acerca del lugar de este martirio, la hipótesis más probable es que fue en los jardines de Nerón, en la falda oriental de la colina Vaticana, localización que tiene mucha más probabilidad que otra que lo señala más arriba, en el monte Janículo, y que dio origen al “título” de “San Pedro in Montorio.”

Pero lo que está fuera de toda hipótesis es el lugar del enterramiento de Pedro, según lo han revelado las últimas exploraciones arqueológicas. Estas pusieron de manifiesto un hecho que nadie había sospechado hasta entonces. Es decir, que antes de la paz de Constantino, y, por tanto, en la era de las persecuciones de los mártires, el sepulcro de Pedro fue reconocido y  venerado en Roma por los cristianos; hasta el punto de que, cuando Constantino quiso honrarlo, no tuvo que investigar dónde se hallaba porque era notorio.

Primeramente, el enterramiento estuvo situado en el suelo, en el llamado Ager Vaticanus, que era una zona de enterramientos precristianos, como lo han revelado los epitafios. El más antiguo hallado sobre el sepulcro de Pedro se debe al presbítero romano Gayo, y su testimonio, recogido por el historiador Eusebio de Cesárea, dice así: “Puedo mostrarte los trofeos o sepulcros de los apóstoles, y puedes verlos si quieres ir al Vaticano o caminar por la vía Ostiense.”

Cuando Constantino quiso honrar la memoria y sepultura de Pedro hizo que sus arquitectos ejecutaran un gran movimiento de tierras, pero respetando el sitio original donde se había hallado la sepultura; por tanto, conservaron el llamado “trofeo” o edícula de Gayo, cuyos restos se encontraron en las recientes excavaciones. Constantino entonces trasladó el cuerpo desde su primitivo lugar en el suelo a un nicho o lóculo, que también ha sido reconocido. Y son lugares todos estos que los fieles tuvieron durante siglos en gran veneración, como lo prueban las 1.900 monedas encontradas desde tiempos de Augusto hasta el año 1520, cuando se produjeron nuevas modificaciones con ocasión de la gran mole de la basílica del Vaticano, proyectada por Miguel Ángel.

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xxiii. Juan, Evangelista y Teólogo.

Hemos tratado de mostrarles que Así fue la Iglesia primitiva que fundó Jesucristo, durante aquellos primeros años de su existencia, en los que se apoyaba principalmente sobre el fundamento de los Doce apóstoles, a quienes acompañaron otros designados por el Espíritu Santo para la obra salvadora de difundir el Evangelio.

En este camino de la fe, desde Jerusalén hasta los confínes del Imperio Romano (Hech 1:8), nos hemos guiado sobre todo por el libro de los Hechos de los Apóstoles, completándolo con una buena parte del epistolario, principalmente de aquellos dos que fueron columnas de la Iglesia, Pedro y Pablo. Mas queremos recordarles que en cierta ocasión en que Pablo subió a Jerusalén para reunirse con los apóstoles, él nos habló de Pedro, Santiago y Juan, que estaban considerados en la Iglesia de Jerusalén “como columnas” (Gal 2:9). En estos capítulos finales, vamos a completar nuestra información añadiendo algunos datos sobre esa “tercera columna” que fue Juan el Evangelista.

Ya dijimos al principio de esta Vida que Juan se presenta estrechamente asociado con Pedro en los primeros pasos de la Iglesia de Jerusalén (cf. c.IV y V). Ahora vamos a hacer un seguimiento informativo, en el que habrá también que recurrir a tradiciones y datos extra-bíblicos. De Juan podría decirse que es el apóstol del que conservamos una información más reciente, proporcionada en gran parte por sus escritos, sobre los que, en el orden cronológico, no hay un acuerdo. Esta es una cuestión que voluntariamente cedemos a los especialistas, ya que sustancialmente no afecta a la vida informativa del apóstol. Ante todo, vamos a resumir su vida anterior, antes de añadir este material complementario sobre sus últimos años.

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01. San Juan en los Evangelios.

Para comprender su vida y penetrar en su psicología y espiritualidad hemos de apartar el cliché, un tanto desdibujado y blando, que nos ha transmitido una de las tradiciones pictóricas. Porque Juan, en realidad, fue un pescador de carácter impulsivo, apodado por Jesús “hijo del trueno,” que sobrevivió a fuertes penalidades y llegó probablemente a nonagenario: datos todos que nos hablan de una constitución física sana y robusta.

Juan nació en Betsaida, patria también de Pedro y uno de los pueblecitos ribereños del mar de Galilea. Su familia debía de ser bastante acomodada, ya que su padre era propietario de una barca y tenía a su servicio unos jornaleros, y su madre también ayudaba con recursos económicos a Jesús y a los apóstoles.

Tal vez Juan no tuvo ocasión de recibir una educación más esmerada ni asistir a una escuela rabínica. Años más adelante, los miembros del Sanedrín de Jerusalén, refiriéndose a Pedro y Juan, afirman que “eran hombres sin instrucción ni cultura,” calificación que jamás se atrevieron a arrojar contra Pablo, discípulo de rabinos y doctores de la ley.

Podemos reconstituir con los datos del evangelio la ficha familiar de Juan. Su padre se llamaba Zebedeo, y la madre, Salomé (que es el femenino de Salomón) Respecto a esta última se dan varias hipótesis de libre opinión. Hay quien ha fantaseado afirmando que Salomé podría ser hermana de San José y aun también de Juan Bautista; mas la identidad de Salomé depende de la cuestión previa de cuántas eran las mujeres que según San Juan se hallaban al pie de la cruz: indiscutiblemente estaban María, la madre de Jesús, y María la Magdalena, pero además había otra, u otras, que se describen como “la hermana de la madre de Jesús, María de Cleofás.”  Como en aquellos tiempos los textos escritos no tenían signos de puntuación, la pregunta es si se trata de dos personas o de una sola. Si se trata de dos, como es la opinión de muchos comentaristas, una de ellas es María de Cleofás, es decir, casada con Cleofás, y la otra es la “hermana de la madre de Jesús” (entendiendo por hermana, como ya hemos explicado, una persona de cierto parentesco) Ahora bien, conocida la forma velada y anónima con que el propio Juan se cita a sí mismo y a su familia, existe una probabilidad de que esta hermana o pariente de la Virgen sea la que los otros evangelistas llaman Salomé, de la cual se afirma que era una de las mujeres cercanas a la Cruz. Si esto fuera así, Juan tenía algún grado de parentesco con Jesús por parte de madre. Y entonces, sin quitar a la encomienda nada de su valor trascendente, se añadiría la coincidencia de que Jesús, al morir, encomendó el cuidado de su madre a una persona que era miembro de su familia y apóstol preferido.

La vida de San Juan comprende dos períodos, separados por un largo silencio documental. El primer período es el que nos refieren los evangelios y los Hechos de los Apóstoles hasta el momento en que Pablo encuentra a Juan en Jerusalén, hacia el año 53, según escribe Pablo en su Carta a los Galatas, donde se les llama “columna de la Iglesia” (Gal 2:9).

Tras esta mención, Juan desaparece por más de treinta años de los documentos históricos de la primitiva Iglesia. De suerte que cuando Pablo regresa a Jerusalén, en el año 57, ya Juan no está allí. Después, en la última década del siglo I, Juan reaparece de nuevo afirmando de sí mismo que fue desterrado a la isla de Patmos.

Algunas tradiciones antiguas indican que en este período intermedio Juan permaneció en Palestina, hasta que las turbaciones de las guerras y la inminente represión romana aconsejaban la huida, como el mismo Jesús les había advertido. En este tiempo, según afirma Ireneo, Juan marchó a Efeso. Y hay una cierta congruencia histórica para afirmar esta presencia en la sede efesina, como lo afirma también Polícrates, que fue obispo de aquella ciudad. Cuando, después del destierro de Patmos, Juan, con toda certeza, se halle en Efeso, todo parece indicar que se trata de un regreso a dicha ciudad.

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02. Martirio frustrado y destierro de Juan.

Mientras tanto, la situación política había evolucionado en el Imperio Romano. Nerón se había suicidado el año 68, cuatro después del incendio de Roma, y tras él le habían sucedido varios emperadores que no molestaron a la naciente Iglesia, hasta que el año 81 Domiciano sucede en el Imperio a su hermano Tito, el conquistador de Jerusalén. Con Domiciano se reaviva la persecución religiosa, o quizá más propiamente comienza la primera que puede llamarse estrictamente persecución religiosa, motivada por un choque entre el culto al emperador por una parte y la fe de los cristianos en Jesucristo, ya que la persecución neroniana, según algunos críticos de la historia eclesiástica, no obedecía a motivos religiosos.

Esta es la época en que se sitúa el martirio “frustrado” del apóstol Juan en Roma, adonde fue conducido desde Efeso. Ya hemos advertido que, respecto a esta fase de la vida de Juan y a su permanencia en Roma, falta la riqueza documental que poseemos acerca de los martirios de Pedro y Pablo en la Ciudad Eterna.

Tertuliano recoge una tradición según la cual, hacia el año 95, Juan fue condenado a morir abrasado en una caldera de aceite hirviendo de la que salió ileso. Y atribuyendo esta conservación a artes mágicas, Juan fue desterrado a la isla de Patmos.

El lugar de este martirio romano se conmemoró en la Urbe con la dedicación de un “título” de “San Juan in óleo,” es decir, en el aceite, erigido sobre un antiguo fano de Diana. Este “título” después fue llamado “San Juan ante portam latinara,” donde hubo un templo erigido por el papa Adriano I en el año 772.

La estancia de San Juan en la isla de Patmos es un hecho perfectamente histórico que el mismo apóstol afirma en el comienzo del Libro del Apocalipsis (Ap 1:9) Patmos pertenece al archipiélago del Dodecaneso (doce islas), situado en el mar Egeo, cerca de la costa de Asia Menor, a la altura de Mileto. La isla es de una extensión de apenas 13 kilómetros cuadrados y hoy tendrá unos 3.000 habitantes. En el siglo XI San Cristóbulo fundó en la isla un monasterio dedicado a San Juan, que todavía hoy se conserva, y en el que se enseña a los visitantes la gruta donde habría vivido el evangelista y en la que tuvo la revelación del Apocalipsis.

Las razones por las que Juan fue desterrado a esta isla no se conocen exactamente. Su condena no era una “relegado in insulam,” que sólo se aplicaba a miembros de la familia patricia o imperial, ni tampoco parece que una “damnatio ad metalla,” porque no consta que hubiese tales minas en la isla, aunque hay otros que afirman que existieron en aquel tiempo.

En todo caso, Juan permaneció en la isla hasta la muerte de Domiciano, que ocurrió en el año 96. El advenimiento de su sucesor, Nerva, trajo consigo una amnistía general que permitió a Juan volver a Efeso.

Efeso, cuyo nombre es el mismo de una de las amazonas mitológicas, era, juntamente con Alejandría y Antioquía, una de las metrópolis más importantes del mundo helenístico.

En la época en la que San Juan vivió en ella debía de tener unos trescientos mil habitantes, y aunque el culto pagano, centrado en el famoso templo de Artemisa, era muy floreciente, también la ciudad contaba con una creciente población cristiana, que debió su origen a la presencia de Pablo en la ciudad por una duración de casi dos años (cf. c.XXV)

Juan predicó en Efeso hasta una edad tan avanzada que, como es bien sabido, corrió la voz entre los cristianos de que el apóstol no iba a morir porque así lo había prometido Jesús; rumor que desmintió el mismo Juan, o tal vez un discípulo suyo, añadiendo a su evangelio, ya terminado, el capítulo XXI.

Hay ciertas tradiciones referentes a la estancia de Juan en Efeso que han llegado hasta nosotros por una bien establecida cadena de testigos:

a) Juan nace hacia el año 10 y muere hacia el 104.

b) Justino: fecha de nacimiento desconocida; muere en 153.

c) Policarpo, obispo de Esmirna y discípulo de Juan: nace el año 69 y muere en 155.

d) Ireneo, cuyos escritos se conservan: nace hacia el 135 y muere el 204.

Basta comparar las fechas de estas biografías para ver que pudo haber una transmisión inmediata y oral entre ellos.

Es San Policarpo, discípulo de Juan, quien nos refiere que el apóstol, aunque ya muy anciano, solía ir a las termas o baños, y que al encontrarse un día allí con Cerinto, uno de los primeros herejes de la Iglesia, “salgamos — dijo —, no sea que se derrumbe el edificio sobre tal enemigo de la verdad.”  Parece que en estas palabras escuchamos el eco de aquel Juan, todavía joven e “hijo del trueno,” que preguntó a Jesús a propósito de unos samaritanos que rehusaban hospedarlos: “¿Quieres que hagamos bajar fuego y consumamos esa ciudad?”

San Jerónimo refiere que San Juan, ya muy anciano, hasta el punto de ser llevado en brazos a la asamblea litúrgica, repetía continuamente como única exhortación: “Hijitos míos, amaos los unos a los otros.”  Y como alguno le advirtiese que resultaba cansada y monótona esta exhortación: “Es precepto del Señor — respondió Juan —, y, si se cumple, él solo basta.”

Nada sabemos exactamente acerca de la fecha y lugar de la muerte de Juan, que está acompañada por algunos datos apócrifos que no merecen credibilidad alguna, entre los que se narra su asunción al cielo. Parece que murió hacia el año 104.

San Juan fue enterrado en Efeso, y sobre su sepulcro se edificaron sucesivamente varios templos, de los cuales el más famoso fue el llamado Apostolicón, que medía unos 120 metros de largo, de planta cruciforme, bajo cuya cúpula central, de 14 metros, se encontraba el sepulcro del santo. Este templo fue construido por el emperador Justiniano, uno de los grandes emperadores arquitectos de la Corte bizantina, cuyos monogramas, junto con los de la emperatriz Teodora, se conservan en algunas de las piedras del Apostolicón.

En el curso de los siglos, las invasiones y guerras convirtieron todos estos venerables lugares en ruinas, que han sido después excavadas. Ello nos dio a conocer la existencia de un lugar de culto muy primitivo, dedicado a San Juan y a la Virgen, lo que, según algunos, favorecería la hipótesis de que la Virgen María murió en Efeso, en donde también se verificó el misterio de la Asunción.

El nombre de Juan se conserva en un pequeño pueblo turco, llamado Hagya Soluk, que es transformación de los nombres griegos hagios theologos, es decir, “el santo teólogo,” nombre con el que la primitiva literatura cristiana designaba a San Juan Evangelista. Y bien que merecía este nombre, porque sus escritos permanecen en la Iglesia como un tesoro de espiritualidad que encierra desde la exploración misteriosa del futuro, que nos dejó en el Apocalipsis, hasta las alturas teológicas de su Evangelio, que nos levanta hasta la vida íntima de Dios.

Del evangelio de San Juan ya hemos escrito ampliamente en la primera parte de esta obra, es decir, en Así fue Jesús. El último dato allí recogido era el del “segundo final del evangelio,” en el capítulo XXI, en el que el evangelista desmiente la opinión que, en vista de su longevidad, se iba formando en la Iglesia sobre “que este discípulo no moriría”; pero Jesús no dijo que no moriría, sino “Si quiero que se quede aquí hasta que yo vuelva, a ti que te importa” (21:23).

La primera Carta no es una catequesis para instruir a los recién bautizados, sino una fraternal advertencia a los ya bautizados en la Iglesia; porque se han introducido dentro de ella algunos “anticristos” que, aunque han salido de nuestro grupo, no eran de los nuestros” (2:18-19), “ya que se trata de unos embusteros que tratan de descarriar” (2:22-26). El extravío consiste en que niegan que Jesús sea el Mesías y que sea el Hijo de Dios, “con lo cual, al negar al Hijo, también se quedan sin el Padre” (2:22-23). Además de este error doctrinal, los “anticristos” profesan una doctrina esotérica y espiritualista que los desvincula del amor al prójimo, por lo cual también yerran en el mandamiento central cristiano, que es el amor al nombre.

Frente a estas mentiras tan destructivas, Juan hace en su carta una confesión clara y brillante que contiene algunas de las expresiones más acertadas y luminosas de nuestra fe.

A) En el prólogo, que nos hace pensar inmediatamente en el de su evangelio, Juan asegura su condición de “testigo de la Luz y de la Vida.”

“Lo que existía en el principio, lo que oímos, lo que vieron nuestros ojos, lo que contemplamos (que es más gratificante que el simple ver), lo que palparon nuestras manos, (mismo verbo que usó Jesús en su aparición el día de la Resurrección: “palpad mis manos y mi costado.”) nosotros lo vimos y damos testimonio y os anunciamos la Vida Eterna, para que seáis solidarios con nosotros, y para que nuestra solidaridad lo sea con el Padre y con su Hijo el Mesías, y así nuestra alegría llegue a su colmo (1:1-4).

Este himno triunfal de la fe termina: El anuncio es éste: que Dios es Luz y en El no hay tiniebla alguna” (1:5).

B) Esta solidaridad en la Luz se va a convertir en una unión en el amor, con su doble expresión de Dios y el hombre. Ambos amores no se pierden en fantasías gnósticas, sino que son operativos: “Para saber si conocemos a Dios, veamos si cumplimos sus mandamientos” (2:3). “Quien ama a su prójimo está en la Luz” (2:10). Y ese amor y unión tienen una prueba muy segura, que es la imitación de Jesús: “Quien habla de estar con Dios, tiene que proceder como procede Jesús” (2:6). “Quien es justo, practica la justicia imitándolo a El, que es Justo” (2:7).

C) El efecto de este amor es la filiación divina: Que nos llamemos hijos de Dios, porque además lo somos, aunque todavía no se ve lo que vamos a ser; pero sabemos que, cuando Jesús se manifieste y lo veamos como es, seremos como El” (3:2-3).

D) Esa filiación nos lleva a una total confianza en nuestro Padre: “Sentimos confianza para dirigirnos a Dios y además obtenemos cualquier cosa que le pidamos” (3:22-23).

E) La culminación de las enseñanzas de esta Carta es sublimemente sencilla: “Dios es amor; y ese amor se hace visible, porque Dios envió a su Hijo para que expiemos nuestros pecados.; y nosotros podemos amar porque El nos amó primero” (4:8-19).

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03. Segunda y Tercera Epístolas de Juan.

En comparación con la primera Carta, estas dos son más breves, y por eso algunos autores las llaman “epístolas menores.” Están dirigidas a destinatarios concretos, a diferencia de la primera, que se destina a un colectivo. Aunque algunos autores han discutido la autoría de Juan, San Ireneo las da como escritas por el apóstol, testimonio muy valioso, puesto que San Ireneo fue discípulo de Policarpo, que a su vez lo fue de Juan. Finalmente se incluyen en el Canon de la Sagrada Escritura en la sección cuarta del Concilio de Trento.

Juan se llama en el protocolo de ambas cartas “el anciano,” “el presbítero,” de la misma forma que Pedro, en su primera Carta, se llama “co-presbítero” (1 Pe 5:11) Juan, en esto es congruente en su modo recatado de expresarse, que huye de identificarse por su propio nombre y usa en su evangelio un circunloquio, como “el discípulo que Jesús amaba.”

La segunda Carta va destinada a una de las Iglesias de la Provincia de Asia, sufragáneas de Efeso. Juan la llama “Señora Elegida.” Y aunque el famoso comentarista Cornelio a Lapide interpretó que era una noble cristiana llamada “Electa” o Kyria, la opinión admitida es que se trata de una Iglesia a la que se le da el título honorífico de “Dama o Señora,” que conviene a la que es “esposa de Cristo,” según otra expresión también paulina. Pedro, por su parte, llamó a la Iglesia de Roma “la Co-elegida” (1 Pe 5:6). El contenido de esta carta es casi el mismo de la primera, de la que puede considerarse como un resumen, ya que la situación espiritual de esa Iglesia era parecida a la que se describía en la primera epístola y se hallaba amenazada por las falsas doctrinas de algunos a quienes Juan llama “seductores y anticristos.”  En la despedida, Juan, hablando en nombre de la Iglesia de Efeso, llama a ésta, empleando una fórmula afectuosa, “recuerdos de los hijos de tu hermana Elegida.”

La tercera Carta, muy breve y de un contenido semejante a las anteriores, está dirigida a Gayo, que por el contexto parece que fue un cristiano fervoroso y activo con el que Juan cuenta para solucionar algunos de los problemas que tiene aquella Iglesia, ya que en ella y a su cabeza se halla Diotrefes (— educado por Zeus), que es un tipo un tanto soberbio y dominante, que ni quiere someterse a lo que manda Juan ni recibir a los misioneros que él les envía.

Cuando pasamos de las Cartas al Apocalipsis experimentamos la sensación de un salto o, mejor aún, de un vuelo. Es el paso de un género literario a otro, un cambio de continente y de lenguaje, aunque se trata de los mismos hombres y de la misma Palabra de Dios. El Apocalipsis o Revelación es el único libro del Nuevo Testamento que pertenece a este género, aunque tenga precedentes en el Antiguo Testamento.

El género apocalíptico trata de revelarnos realidades trascendentes mediante un simbolismo misterioso y esotérico cuyo verdadero significado sólo conoce el vidente. La consecuencia es que dicho género está abierto a múltiples interpretaciones, que a veces son excluyentes, pero que en su mayoría podríamos llamar complementarias. Baste recordar que muchas de estas interpretaciones oscilan entre las de carácter más histórico, que leen el texto como una sucesión lineal de hechos, unos ya acaecidos y otros por venir; mientras que la otra lectura es más cíclica y espiritual, y se aplica no tanto a determinados hechos cuanto a su interpretación más profunda y que se repite como una constante histórica a través de situaciones pendulares o antagónicas — la lucha del bien y del mal, de Cristo y el Anticristo — de las que las persecuciones romanas son tan sólo un episodio.

Sin embargo, el Libro de la Revelación no pertenece totalmente al género apocalíptico, ya que, en su comienzo, presenta un septenario de cartas, que tienen una determinada interpretación geográfica y temporal. Estas cartas nos proporcionan una información sobre la primitiva Iglesia, la que existió inmediatamente después de la presencia personal de los apóstoles y aun de su muerte. Estamos dentro del espacio histórico que nos hemos señalado para esta Vida informativa de la Iglesia, y vamos por tanto a recoger algunos datos que nos ofrecen estas siete Cartas, dejando la exposición del resto del Apocalipsis para los muchos y excelentes comentarios que se han publicado.

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04. Las Siete Cartas del Apocalipsis.

La palabra “Apocalipsis” es griega, y se aplica para designar este libro por ser la primera palabra con que comienza el texto. Etimológicamente significa “levantar el velo,” “remover la cubierta con la que algo está oculto o tapado.” Es decir, revelación, descubrimiento.

Desde la más remota antigüedad este libro estuvo incluido entre los libros inspirados que integraban el Nuevo Testamento. Los Concilios de Trento y de Florencia no hicieron sino sancionar una antigua tradición que se remonta a nuestro Concilio Toledano en el siglo VI, y más anteriormente hasta el Concilio plenario de África, celebrado en Hipona a finales del siglo IV. Y todavía existen testimonios más antiguos, provenientes de algunos escritores y Padres de la Iglesia que fueron contemporáneos de San Juan, como Policarpo, Justino Mártir y Papías. Y también lo cita el ya mencionado Canon de Muratori.

Respecto a la fecha de su composición, podremos colocarla hacia el año 14 ó 15 del reinado del emperador Domiciano, es decir, el año 95 de nuestra era, o, en todo caso, en la década de los 90. Sabemos además que la revelación inicial fue en un domingo. Y San Juan nombra este día con la denominación cristiana kyriake, es decir, el día dominical o del Señor, que antes se había llamado en el orbe greco-latino el “día del sol.” Y quizá sea ésta la primera vez que se encuentra la mención del domingo en un documento cristiano.

El libro fue escrito en la isla de Patmos, que ya hemos anteriormente mencionado, y su lengua original es la griega koiné, dentro de la cual se señalan algunas peculiaridades regionales, propias de la región efesina. Además, en toda la obra se trasluce un substrato de pensamiento semita que revela la educación judía de Juan. Convendría añadir que ofrece un cierto contraste entre la sublimidad de las visiones relatadas y la pobreza de lenguaje, a veces bastante defectuoso desde el punto de vista gramatical y literario.

Uno de los ingredientes más característicos de este libro es el uso que se hace de los números. El número posee cierto carácter mnemotécnico para facilitar el aprendizaje. Pero a éste se le añade un valor simbólico, no siempre fácil de descubrir, y sobre el que pueden jugar las hipótesis. Así, el número 7, que es el más repetido, significa perfección y plenitud, y también su mitad, es decir 3 y medio. Asimismo, el número 12 tiene sentido de universalidad, y sus múltiplos 24 y 124.000. En cambio, hay otros números que indican la idea contraria, de la imperfección, de que les falta algo. Así, por ejemplo, el número 3, que no llega al 3 y medio, y el 6, que no llega al 7, y el 10, a quien le faltan dos para completar la docena. Este juego interpretativo de los números, con el tiempo, dio origen a una ciencia fantástica llamada la “gematría,” muy popular entre los árabes.

El Apocalipsis está situado en la frontera de la profecía. Mientras que el profeta escucha unas palabras y las repite a los hombres, el vidente apocalíptico percibe una visión que trata de describir con imágenes tomadas de su propia experiencia, de las creaciones artísticas contemporáneas, de otros relatos apocalípticos y de su propia imaginación. Todo esto se acumula y yuxtapone, sin preocuparse de la coherencia del cuadro de conjunto, donde frecuentemente falta una perspectiva acerca de acontecimientos muy distanciados en la realidad. Podríamos decir que se produce un fenómeno parecido al de las imágenes ópticas vistas con teleobjetivo, en las que las distancias se acortan y aplastan. Son el intérprete y el lector quienes han de reconstruir las realidades y devolver a las imágenes su dimensión y distancia. De aquí la dificultad que representa la lectura apocalíptica.

En el saludo introductorio del libro, Juan señala dos notas, que convendría tener en cuenta. La una es que el lector, delante de una imaginería apocalíptica, puede aterrorizarse y formarse la idea de un Dios terrible; por lo cual Juan nos recuerda que “ese Dios nos ama” y con su sangre nos rescató de los pecados (1:5). El otro aspecto complementario es que, aunque Dios es amor, también es infinitamente distinto, como el Otro que nos trasciende y desborda, porque es a la vez el Principio y el Fin, el Alfa y el Omega (1:8).

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a. Alfa y Omega.

Estas letras son la primera y la última del alfabeto griego. Y no sólo indican una situación dentro de él, sino que además, como ocurre frecuentemente con las letras griegas son símbolos que significan el principio y fin de todos los seres de sus acontecimientos.

Los profetas ya aplicaron a Dios esta autodefinición: “Yo Yahveh, soy el Primero, y con los últimos soy Yo mismo” (Is. 41:4). “Yo soy el Primero y el Ultimo” (Is 44:6). Admitida esta definición, fue fácil expresarla en los términos alfabéticos de Alfa y Omega. Y así, en el Apocalipsis, Jesucristo dice por tres veces de Sí mismo que es el Alfa y el Omega (1:8; 21:6; 22:13).

Los primeros cristianos utilizaron estos símbolos para expresar su fe en la divinidad de Jesucristo. Y los grabaron sobre sus objetos religiosos, especialmente en sus epitafios sepulcrales. Antecedentemente, los hebreos ya habían también empleado este sentido simbólico de la primera y última letra de su alfabeto, que comienza con Alef y termina con Tau para designar la shekinah o presencia gloriosa de Dios. A las que se intercaló después la letra Metí, que es la central del alfabeto, para indicar la estabilidad y la solidez.

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05. Escenario de las cartas.

Las siete cartas que San Juan escribe para las siete Iglesias no se presentan como originales del propio apóstol, sino, como una revelación de Jesucristo. Por tanto, podrian llamarse propiamente “Siete Cartas de Jesucristo.” Pensamos que es de interés recordar esta introducción a las epístolas que las coloca en su propio valor y significado.

Probablemente, las siete Iglesias de Asia que nombra San Juan constituyen los destinatarios de todo el libro del Apocalipsis, aunque el contenido de este septenario pueda desglosarse y tenga un cierto mensaje independiente del resto de 1a Revelación. La localización concreta de las siete Iglesias resulta muy conocida, y el comentarista inglés Ramsay ha advertido que geográficamente las siete Iglesias están situadas a lo largo de una ruta de los correos imperiales bastante fácil de seguir en el mapa: Efeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardes, Filadelfia y Laodicea.

A todas estas Iglesias Juan envía un saludo,  de  la gracia y la paz” de parte de Dios, a quien se expresa en una forma trinitaria: al Padre se le cita como “de parte del que es y era y ha de venir”; a Jesucristo, como “de parte del testigo fidedigno, el primero en nacer de la muerte y el soberano de los reyes de la tierra”; y al Espíritu Santo, “de parte de los Siete Espíritus que están ante el trono de Dios” (Ap 1:4-5).

Jesucristo, que va a dictar estas cartas, se presenta como “una figura humana, vestida de una túnica talar, ceñida con una faja dorada a la altura del pecho” (1:13). Esta túnica podría ser el vestido que los griegos llaman jitón, y que con múltiples pliegues llegaba hasta los pies, como vemos en muchas de las estatuas griegas. La posición del ceñidor, colocado hacia arriba, como en algunos trajes de “estilo Imperio,” contribuye a realzar la estatura de la persona.

Se dice que esta figura tiene el pelo blanco como lana o como nieve. Este color blanco o cano de cabello puede ser en los seres humanos un síntoma de vejez; mas en el libro del Apocalipsis posee un sentido simbólico muy manifiesto. Es un blanco luminoso, resplandeciente, que en nuestro plano humano se parecería más a una bombilla encendida que a un papel. Es como el color heráldico de lo divino, y por eso los bienaventurados van vestidos con túnicas blancas, y aun el caballo que monta el Rey de Reyes es de color blanco. Ese mismo sentido de luminosidad se aplica a otras partes del cuerpo, como los “ojos que llameaban, el semblante que resplandece como el sol” y aun “los pies, que parecían de bronce incandescente en la fragua.” Como símbolo de su poder, esta persona lleva en su mano derecha siete estrellas, y asimismo “una espada cuya empuñadura sale por la boca,” entendiendo por tal no la boca del rostro, sino la embocadura o apertura de la túnica.

Indudablemente que esta figura es la de Jesucristo, es decir, la del Verbo encarnado, y no simplemente la de Dios; porque se trata de alguien que se autodefine como “estuve muerto, pero, como ves, estoy vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del abismo,” que son características indudablemente pertenecientes a Jesucristo.

El Señor, que va a hacer la revelación a Juan para que éste la transmita, se presenta “pasando en medio de siete candelabros de oro” y teniendo, como ya hemos advertido, siete estrellas o lámparas en su mano derecha.

Leamos ahora las cartas, que siguen todas ellas un esquema bastante parecido:

A) Destinatario: una Iglesia determinada.

B) Remitente: Jesucristo, bajo diversos títulos.

C) Situación actual de la Iglesia.

D) Exhortación o amenaza.

E) Premio final escatológico.

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06. Al Ángel de Efeso.

Este título de ángel a quien se dirige la carta se va a repetir en todas las siete. Resulta algo enigmático y es interpretado diversamente. Generalmente, se piensa que es una manera de citar al obispo de cada Iglesia, pero otros objetan que en la simbología del Apocalipsis un ángel nunca representa a un hombre.

De Efeso, a quien Estrabón llama “emporio máximo,” ya hemos informado anteriormente (cf. c.XXV) Tras la caída de Jerusalén, Efeso fue el centro de la cristiandad y a la vez la residencia del procónsul de la provincia romana de Asia. La situación de la Iglesia contemporánea de Juan está descrita de forma un tanto imprecisa: “conozco tus obras, tu esfuerzo y tu entereza.” Mas, por otra parte, Efeso cuenta en su comunidad con algunos falsos apóstoles que la Iglesia ha desenmascarado como embusteros, entre los que se encuentran los nicolaítas. Esta es una secta que parece estuvo extendida en esa región del Asia, y cuyo autor y cabeza se desconoce, aunque algunos han supuesto que era un Nicolás, prosélito de Antioquía, nombrado entre los siete diáconos (cf. c.VI) Estos nicolaítas estaban contagiados de influencias paganas y a la vez judaicas, y justificaban una conducta desordenada y paganizante.

La comunidad de Efeso acusa un cierto cansancio y fatiga, que le hace caer de su fidelidad y fervor primeros. La carta les exhorta a que recobren esa actitud y talante primitivos: porque, si no se arrepienten, Jesucristo removerá el candelabro de su sitio. Al vencedor se le concede comer del árbol de la vida que está en el jardín de Dios; que es, sin duda, una clara alusión al relato primitivo del Génesis.

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07. Al ángel de Esmirna.

Jesucristo se autodenomina en esta carta “el primero y el último,” lo que es claramente un título divino. Y añade que “estuvo muerto y volvió a  vida,” que es una determinación humana.

Esmirna es hoy una floreciente ciudad de Turquía, que se llama Ismir, con una población de casi medio millón de personas y una de las pocas ciudades turcas donde reside una comunidad cristiana, con unos 3.000 fieles bajo un arzobispo.

La fundación de Esmirna data del siglo IV antes de Cristo. Y después de conquistada por los romanos permaneció siempre fiel a ellos, e incluso dedicó su templo a la diosa Roma y otro al emperador Tiberio, y disfrutó con Efeso y Pérgamo la supremacía de ser una de las primeras ciudades de Asia.

El contenido de la carta es laudatorio, y juntamente con la carta a Tiatira, no contiene ninguna reprensión, ya que sus palabras hay que interpretarlas no como una invitación a la penitencia, sino más bien a la perseverancia. Aunque esta comunidad eclesial parece pobre ante los ojos humanos, de hecho es rica ante la mirada de Dios. La Iglesia se encuentra calumniada por los judíos, a quienes se llama “sinagoga de Santanás.”  El autor de la carta les exhorta a ser valientes en sus tribulaciones, en las que algunos de sus miembros van a ser encarcelados; aunque les anuncia que dicha tribulación va a ser breve. Lo cual se indica diciendo que va a durar diez días, que, como ya dijimos, es un número imperfecto que significa una corta duración. La historia de Esmirna nos refiere que, pocos años después de escrita esta carta, sobrevino dicha tribulación, en la que el obispo Policarpo sufrió el martirio.

El premio que se le promete es la “corona de la Vida,” que podría ser una alusión local, ya que en la ciudad, según escribe Pausanias, se celebran unos famosos juegos donde los vencedores eran premiados con coronas.

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08. Al ángel de Pérgamo.

La ciudad de Pérgamo estaba situada en Misia, al NO de Asia Menor. Hoy sus ruinas son tal vez las más impresionantes de las que quedan en Asia, procedentes de la época helenística. En efecto, la ciudad de Pérgamo fue la capital del Imperio Romano en Asia hasta que le sucedieron en dicha categoría otras ciudades. La urbanización de la ciudad era una de las más completas e impresionantes, y en parte estaba construida sobre cuatro terrazas o plataformas en las que había hasta 20 templos. Entre ellos destacaba el de Asclepio, o Esculapio, como lo llamaban los romanos; el altar dedicado a Zeus Soter y los templos levantados como culto al emperador.

La ciudad alcanzó su esplendor bajo los reyes de la dinastía atálica, hasta que Átalo III, que murió sin sucesión, donó el territorio a Roma. Durante la dominación de los atálidas, la ciudad adquirió una merecida fama por su escuela de medicina, de la que salió el famoso médico Galeno, que ha dado nombre a los demás médicos en muchas lenguas. Asimismo fue muy famosa su biblioteca, que constaba de doscientos mil volúmenes, y que luego fue trasladada a Alejandría, donde fue objeto de una donación del triunviro Antonio a la reina Cleopatra. En esta línea de la cultura, conviene recordar que en Pérgamo se descubrió y comercializó un procedimiento para preparar las pieles de cabras, carneros y becerros para la escritura, que por eso se llamaron pergaminos, y que adquirieron gran difusión en todo el mundo grecolatino.

Respecto a los templos, el dedicado a Zeus Soter, o Júpiter Salvador, estaba edificado en varios niveles, y el zócalo de uno de ellos se adornaba con la famosa gigantomaquia, o lucha de gigantes, que son destruidos por orden de Júpiter en castigo por sus crímenes. Esta obra se erigió en memoria de las victorias de Pérgamo sobre los galos, y hoy día se exhibe parte de ella en un museo de Berlín.

En esta carta a la Iglesia de Pérgamo, Jesucristo se presenta llevando una espada de dos filos, que es la espada tracia, como símbolo del poder, frente al poder del paganismo, representado por el “trono de Satanás” (2:13). Hay varias interpretaciones acerca de este “trono”; pero tal vez la más acertada es que así se llama Pérgamo porque es el centro del culto al emperador, origen de males y persecuciones para la Iglesia católica.

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a. El Culto Al Emperador.

El culto a la realeza, considerada como sagrada y situada en la cúspide de la pirámide social, se encuentra en varios pueblos del área bíblica. Y casi puede decirse que Israel fue una excepción, ya que jamás divinizó a sus reyes.

La figura de Alejandro Magno fue muy importante en la formación de esta realeza divinizada. Su conciencia de supremacía, cuyo modelo personal era Aquiles, le mantuvo al principio alejado del sueño divinizador. Pero posteriormente, no en Grecia, sino en las ciudades griegas del Asia Menor, comenzó un culto local de Alejandro que culminó en la ciudad de Alejandría, donde fue enterrado su cadáver y recibió culto como hijo de Amón.

Los Diadocos que sucedieron a Alejandro fomentaron su culto y promovieron los honores a los sucesores vivos, a quienes comenzaron a nombrar como soter (salvador) que era un epíteto de dioses, e incluso theos.

En este ambiente de divinización del soberano no es extraño que los romanos quedasen también cautivados. Y tras unos años, históricamente algo confusos, el emperador reinante dio su aprobación para que el año 29 se erigieran en Efeso y Nicea dos templos consagrados a Roma y al “divus Julios,” es decir, al difunto Julio César, a la vez que se permitió también a los no ciudadanos romanos crear una sede cultual para el César aún vivo en Pérgamo y Nicomedia, en donde su culto se asociaba al de la diosa Roma.

Cuando Augusto murió, el año 14 antes de Cristo, su ascensión a los cielos fue objeto de la credulidad popular y el Senado decretó oficialmente su “apoteosis.”  Y a partir de entonces el Senado reconocía, al morir cada emperador, que era aceptado entre los dioses, los divi. Todo esto originó, a través del Imeprio, un culto al emperador, que sobrevivió al escepticismo de Vespalciano, las locuras de Calígula y los intentos de Domiciano de imponer un reconocimiento de carácter divino a su realeza.

Fue esta divinización del emperador, del Kyrios imperial, frente al “Kyrios Jesús,” la que chocó frontalmente y constituyó una de las causas más profundas y permanentes de las persecuciones de los cristianos en el mundo romano.

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09. Al ángel de Tiatira.

Es la carta más larga de las siete, o quizá pudiera ser una fusión de una carta dirigida a esta Iglesia y otra a un miembro peligroso de ella, llamado Jezabel. Tiatira es la actual ciudad turca de Akahisar, situada a 70 kilómetros al sudeste de Pérgamo y asentada en una fértil llanura.

Fue fundación de los colonos militares de Alejandro Magno y la ciudad estaba rodeada de una triple muralla. Con el tiempo desarrolló una industria muy floreciente de hilatura de lana y tintorería, llegando a ser muy famosos sus tapices.

Esta Iglesia posee grandes virtudes, alabadas en la carta: “Fe, caridad, perseverancia en las tribulaciones” (2:19). Mas, como contrapeso, padece la presencia de Jezabel. ¿Quién fue esta mujer? Jezabel fue una mujer fenicia, y más concretamente una princesa sidonia, que fue esposa del rey de Judá, Ajab, al que indujo a cometer varios crímenes, por lo que fue castigada por el rey Jehú y su cadáver fue devorado por los perros al pie de su ventana, tal como había anunciado el profeta Elíseo (2 Re 9:30-37). Aunque el nombre de Jezabel se usa simbólicamente para señalar a una mujer perversa, en esta carta se trata de una mujer real cuyo nombre desconocemos, y que es persona influyente en la comunidad cristiana, que se cree falsamente profetisa y que induce a los demás cristianos a idolatrías y desórdenes morales. La carta le concede cierto tiempo de penitencia, pero que si no se convierte será castigada y sus hijos perecerán, como en el caso de la Jezabel histórica.

Al vencedor se le promete, como regalo, “el astro de la mañana.” Así se nombra a veces en la Sagrada Escritura al planeta Venus, que era objeto de prácticas idolátricas; pero en la carta probablemente se trata del astro matutino, que es el sol. Jesús promete a los vencedores este regalo luminoso, que se halla en la misma línea simbólica que las vestiduras de color blanco. Recordamos que en Tiatira los paganos daban culto al sol. Jesús, por el contrario, se lo regala, como un don, a sus fieles.

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10. Al ángel de Sardes.

Sardes es la quinta de las siete Iglesias y está situada a unos 55 kilómetros al sudeste de Tiatira. Las ruinas de su acrópolis pueden verse sobre una altura que domina el valle del Hermes. Sardes fue la capital del reino Lidio, y obtuvo y logró su máximo esplendor en tiempos del rey Creso, cuyas riquezas fabulosas dieron origen a la frase “más rico que Creso.” Posteriormente, Sardes quedó enteramente destruida por un terremoto y fue reedificada por el emperador Tiberio. A esta comunidad de Sardes, en el siglo II, la presidió un obispo, Melitón, bastante conocido en la historia de la Iglesia.

La ciudad de Sardes en los tiempos apostólicos fue muy famosa por el culto a la diosa Cibeles, que es de origen fenicio, y cuya fama se extendió por todo el orbe grecolatino bajo el nombre de Magna Mater, la gran madre de los dioses. Era una divinidad protectora de la vegetación, que salía de excursión por los campos al retornar la primavera, sentada en un carro tirado por leopardos y leones. También Cibeles, por sus relaciones con el suelo, era considerada como protectora de la urbanización, y por eso se le atribuía sobre la cabeza la corona mural con torres.

Esta carta a Sardes es tal vez la más dura j condenatoria de las siete, lo cual parece indicar un estado de corrupción moral muy deteriorado en el que se hallaba la ciudad. “Sé que tienes el nombre de vida, pero estás muerta” (3:1). Sin embargo, se le deja una puerta abierta a la esperanza: “Si no despiertas, vendré a ti como ladrón” (3:3). Incluso parece que algunos reaccionarán ante esta amonestación. “Los que lo hicieran serán revestidos de túnicas blancas” (3:4). Lo cual parece una referencia manifiesta a las industrias de lana y tintorería que florecieron en Sardes.

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11. Al ángel de Filadelfia.

Esta ciudad se hallaba situada a 45 kilómetros al sudeste de Sardes, en una región volcánica muy fértil, y había sido fundada por el rey Átalo II Filadelfo, del cual tomó su nombre. En Filadelfia florecía un culto local de gran arraigo, dedicado a Diónisos, que es el mismo dios Baco de la mitología romana. Diónisos, lo mismo que Cibeles, eran unas divinidades agrarias, muy en consonancia con el carácter rural de esta región, rica en viñedos. El culto a Diónisos daba ocasión a fiestas y orgías que han quedado perpetuadas y reflejadas en la palabra “bacanales.”

Sin embargo, dentro de este ambiente báquico, tan expuesto al desorden y al pecado, la Carta a Filadelfia quizá sea la más cordial de todas. Y resulta diametralmente opuesta a la de Sardes, una localidad tan cercana. “Al ángel de la iglesia de Filadelfia, dice esto el Santo, el Verdadero, el que tiene la llave de la vida. He dejado delante de ti una puerta abierta para que conozcan que te amo. Al que venciere, le haré columna del santuario, y colocaré sobre él el nombre de Dios” (3:7-12). Una alusión clara a la costumbre de erigir en los templos columnas con inscripciones, tanto de los oferentes como de la divinidad honrada.

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12. Al ángel de Laodicea.

Con esto hemos llegado a la última carta de nuestro septenario, dedicada a Laodicea, ciudad así llamada por el nombre de la mujer de Antíoco II, que la fundó a mediados del siglo III antes de Cristo. Ciudad rica, de floreciente comercio, situada en la confluencia de dos ríos y de tres rutas de caravanas. Ciudad muy nombrada en los documentos helenistas, por ser la sede de numerosas transacciones bancarias y que poseía una floreciente industria de tejidos, sobre todo de alfombras negras, y además una famosa escuela de medicina y de oftalmología. La carta, aunque es severa, está matizada de cierta ironía y aun ternura. Leamos su texto: “No eres ni frío ni caliente, ojalá fueras frío o caliente; mas, porque eres tibio, estoy a punto de vomitarte de mi boca” (3:15-19). Hay en estas líneas una manifiesta alusión a unas termas vecinas a la ciudad, en las que brotaba una fuente de agua templada.

Esta Iglesia tiene una idea equivocada de sí misma: se cree rica, pero es pobre. Es exactamente el clisé negativo de Esmirna y además piensa que está despierta y bien vestida, pero delante de Dios es todo lo contrario, y aparece ciega, pobre y desnuda. Por tanto, la exhorta “no te creas rica por el dinero de tus bancos, sino obtiene de mí un verdadero oro. No te creas vestida, con tus paños de color oscuro, sino alcanza de mí una vestidura blanca que es más excelente.”  Finalmente, esta Iglesia se cree que es perspicaz y vidente, pero realmente está ciega. Por eso la carta le aconseja que “compre una medicina, un colirio, para ungir los ojos y recobrar la visión.” Sin duda esto alude a los famosos colirios tracios, procedentes de la escuela de medicina, compuestos por una mezcla de polvos, ungüentos y aceites que se instilaban con gotas o se ungían como pomada.

La promesa final es una invitación a la confianza. “Yo, afirma Cristo, reprendo y corrijo a aquellos a quienes amo. Estoy de pie junto a tu puerta y te llamo. Si me abrieras, entraría en tu casa para cenar contigo” (3:19-20).

Así, con este sello familiar e íntimo de cena nocturna, termina este septenario, que comenzó en la Carta de Efeso con una invitación para comer del árbol de la vida que está en el jardín de Dios. El tono se ha hecho más íntimo: no se trata ya de comer en el jardín, sino de cenar juntos dentro de casa. Como acorde final, Juan, o mejor dicho, Jesús, renueva la promesa máxima, que reúne todas las otras de las anteriores cartas: “Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, como yo también vencí y me senté con mi Padre en su trono” (3:21).

Tras la visión de las siete cartas, el Apocalipsis nos va a relatar la gran visión preliminar, que va a presidir sobre el resto del libro. Precisamente, Juan, que acaba de nombrar el trono de Dios, nos va a llevar ante “un trono puesto en el cielo, y sobre el trono uno sentado, y el que estaba sentado era semejante a una visión de color piedra jaspe y granate, y un arco iris cercaba el trono, semejante a una visión de esmeraldas” (Ap 4:2-3).

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xxiv. La Iglesia Heredera de los Apostóles.

En las páginas anteriores de Así fue la Iglesia primitiva les hemos ido informando sobre aquella época en sus comienzos, a partir del momento en que Jesús subió a los cielos, inaugurando así solemnemente el Reino de Dios sobre la tierra. Esta vida primitiva nos fue transmitida principalmente por la acción y los escritos de los apóstoles y de los evangelistas. Por ello nuestra Vida ha tomado como hilo conductor el relato de los Hechos de los Apóstoles, completándolo con otras informaciones y especialmente con los escritos que ellos nos dejaron. El Vaticano II nos ofrece este resumen doctrinal.

“Dispuso Dios benignamente que todo lo que había revelado para la salvación de los hombres permaneciese íntegro para siempre y que se fuera transmitiendo a todas las generaciones. Lo cual fue realizado fielmente tanto por los apóstoles. como por aquellos varones apostólicos que, bajo la inspiración del mismo Espíritu Santo, escribieron el mensaje de la salvación. Para que el evangelio se conservara constantemente íntegro y vivo en la Iglesia, los apóstoles dejaron como sucesores suyos a los obispos, entregándoles su propio cargo de magisterio.” (Dei Verbum, 8)

“La divina misión confiada por Cristo a los apóstoles ha de durar hasta el fin de los siglos. Por lo cual, los apóstoles tuvieron cuidado de establecer sucesores que continuasen después de su muerte la misión a ellos confiada. Y así lo hicieron, transmitiendo a sus cooperadores inmediatos el encargo de acabar y consolidar la obra por ellos comenzada.” (Lumen gentium, 20)

La acción personal de los apóstoles persistió hasta la muerte del último de ellos. Por tanto, aunque muchas veces no podamos precisar dichas fechas, vamos a intentar delimitar lo que podríamos llamar el período de transmisión apostólica dentro de la Iglesia de Cristo.

Santiago el Mayor (? – f 42) Jerusalén (c.XIII)

Andrés (? – f 60)

Santiago el Menor (? – f 62) Jerusalén (c.XXIX)

Marcos (? – f 62) Bucoli. Alejandría.

Pedro (? – f 64/67) Roma, durante la persecución de Nerón.

Pablo (? – f 64/67), mártir en la misma persecución.

Lucas (? – f 64/67) Bitinia. Persecución de Nerón.

Bernabé (? – f 70) Salamina de Chipre.

Bartolomé (?)

Mateo (?)

Tomás (?) Madras. Mártir en la India.

Judas Tadeo (?) Mesopotamia.

Simón (?) Mesopotamia.

Felipe (? – f 86) Hierápolis. Mártir bajo Domiciano.

Timoteo (? – f 97/98) Efeso.

Tito (?) Creta.

Juan (? – f 104) Efeso.

De esta cronología anterior, con todas sus imprecisiones, se deduce que la generación de los apóstoles y de sus inmediatos discípulos y colaboradores se extinguió en la década de los años 60-70, excepto aquellos que gozaron de una mayor longevidad, como parece atribuirse a Felipe y ciertamente está probado de Juan. Ahora bien, suponiendo que la siguiente generación cristiana gozó de una longevidad semejante, podría afirmarse que existió una generación pos-apostólica que pudo recibir y de hecho recibió el mensaje de Cristo, colaborando así a la constitución de la Iglesia primitiva. Tal vez podría afirmarse, empleando la terminología “canónica” de los procesos de beatificación, que tras la primera generación de los apóstoles, que eran testigos de vis,” se siguió otra mucho más numerosa de los que fueron testigos de auditu, porque oyeron relatar el mensaje y la vida de Cristo de aquellos mismos que habían sido testigos oculares. Esto es lo que brillantemente nos expone Lucas cuando relata “los hechos que se han verificado entre nosotros siguiendo lo transmitido por los que fueron testigos oculares desde el principio, y luego se hicieron predicadores del mensaje” (Lc 1:2).

Dentro de un panorama mucho más amplio y procurando proceder con rigor histórico, que huye de hipótesis y fantasías, vamos a informarles sobre algunos de estos testimonios de la Iglesia primitiva.

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01. La Didajé o doctrina de los doce apóstoles.

El texto de la Didajé comienza con una bella definición de la vida cristiana a la que se llama hodos tes zoes, es decir, “el camino de la vida.” Esta definición está tomada de los labios de Cristo, “lo primero de todo, amarás a Dios que te creó, y además a tu prójimo como a ti mismo. Cualquier cosa que no quieras que te hagan, no la hagas tú a tu prójimo.” La Didajé contiene los elementos principales de la vida cristiana, transmitidos en la Iglesia y por la Iglesia:

A) El bautismo, “en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; bautismo con agua viva, pero si no la tienes, bautiza con otra agua. Y si no tienes fría, con caliente.” A lo cual siguen algunas indicaciones propias de una Iglesia constituida por catecúmenos adultos: “antes del bautismo ha de ayunar tanto el que bautiza como el bautizado, y también otros que puedan hacerlo.”

B) Acerca de la oración, repite la del Padre Nuestro, “como lo mandó el Señor en su evangelio.”

C) Respecto a la Eucaristía, señala algunas normas litúrgicas y oraciones. En el texto griego se le llama con ese nombre, y dice: “Acerca de la Eucaristía, así hay que eucaristizar.” A este texto pertenece un famoso inciso: “como este pan que partimos estaba antes disperso sobre los montes y se ha recogido y hecho uno, así también la Iglesia tuya se recoja desde los extremos del mundo en tu Reino. Sin embargo, nadie coma ni beba vuestra Eucaristía, sino los que han sido bautizados en el nombre del Señor.”

D) Aparece el día del domingo corno festivo. En la Kiriake o día del Señor: “reunidos, en el día del domingo, partid el pan y dad gracias, después de que hayáis confesado vuestros pecados para que vuestro sacrificio sea puro. Pero si alguno tiene desavenencias con su amigo, que no se reúna con vosotros hasta que se reconcilien, para que no se manche vuestro sacrificio.”

E) “Nombrad entre vosotros obispos j diáconos, dignos del Señor, varones serenos, no avariciosos, veraces y probados.”

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02. Ignacio de Antioquia.

La galería de estos sucesores de los apóstoles se abre con una figura magnífica: San Ignacio, obispo de Antioquía, del que conservamos no sólo testimonio histórico de su vida y su martirio, sino también preciosos documentos, que nos muestran la vida de la Iglesia primitiva en la generación siguiente a la de los apóstoles.

Ignacio, que se autodenomina al comienzo de sus cartas Teóforo, portavoz de Dios, fue obispo de Antioquía, cuya sede ocupó “el segundo, después de Pedro, con un intermedio que fue Evodio,” del cual apenas poseemos información. En cambio, de Ignacio se ocuparon los principales escritores de los primeros años de la cristiandad, y tratan de él Eusebio, Orígenes y el propio San Juan Crisóstomo, que en una asamblea litúrgica en Antioquía afirmó en un panegírico que Ignacio había tenido relaciones con los apóstoles.

Ignacio es conocido y venerado en la Iglesia tanto por su martirio como por las siete cartas que escribió a otras tantas iglesias, y cuyo texto se conserva con toda fidelidad histórica, aunque existen dos versiones, de la cual la más breve posee todas las garantías, mientras que la más larga parece interpolada.

Respecto a su martirio, poseemos las declaraciones de Policarpo, Ireneo y Orígenes, quienes nos informan que fue arrojado a las fieras en un anfiteatro de Roma, el 20 de diciembre del año 107, en cuya fecha todavía hoy la Iglesia bizantina celebra su dies natalis. Sus huesos, recogidos por los fieles de Roma, fueron sepultados primeramente fuera de la Urbe y después transportados a Antioquia, donde San Jerónimo nos afirma que se hallan en el cementerio que existe fuera de la puerta Dafnítica. Posteriormente, estas reliquias fueron trasladadas a un templo que anteriormente había sido de la diosa Fortuna, y finalmente, cuando Antioquia fue ocupada por la invasión sarracena, los cristianos emigrantes llevaron las reliquias del santo a Roma, donde fueron depositadas en la iglesia de San Clemente, excepto la cabeza, que fue colocada en la iglesia de Jesús que poseen los jesuitas en Roma. Del tiempo inmediatamente anterior al martirio y de la preparación espiritual del santo nos hablan sus propias cartas.

Estas siete cartas van dirigidas a seis comunidades cristianas de Asia y a Roma. Los destinatarios en Asia son las iglesias de Efeso, Tralla, Esmirna, Filadelfia y Magnesia y al Obispo Policarpo.

La doctrina expuesta por San Ignacio en estas cartas es muy completa y constituye una de las pruebas más brillantes del desarrollo, y a la vez madurez, que la Iglesia había alcanzado a finales del siglo 1, y, por tanto, inmediatamente después de la muerte del último apóstol.

En lo relativo a la doctrina, Ignacio esboza las líneas de un tratado completo, teniendo en cuenta las herejías que entonces comenzaban a pulular en las Iglesias de Oriente, que eran los errores judaizantes, que negaban que Jesús fuese el Mesías, el Hijo de Dios, y los errores de los docetas, que negaban la realidad de su naturaleza humana. A lo que se añadían los intentos cismáticos de fraccionar la comunidad cristiana en pequeñas Iglesias independientes.

Refiriéndonos a la cristología, Ignacio asegura en sus cartas que “Dios ha aparecido en forma humana, y que es el Verbo de Dios, que existía cerca del Padre, antes de los siglos, y que al fin se ha manifestado. Por  tanto es Dios hecho carne, nuestro Dios. Y su sangre es 1a sangre de Dios.”

Contra los docetas, insiste en la realidad de la encarnación, de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, y en la maternidad virginal de María: “Jesucristo descendiente de la estirpe de David, es hijo de María, que Clemente nació, comió y bebió, fue perseguido realmente bajo Poncio Pilato crucificado, atravesado por clavos en su carne „ muerto Y realmente resucitó.”

Respecto a los incipientes cismas, Ignacio insiste en sus cartas en la unidad de la Iglesia. Esta igiesia se presenta como una sólida estructura, con un doble y firme componente vertical y horizontal. El vertical es su constitución monárquica, y el horizontal, la caridad, que deben practicar todos como miembros del mismo cuerpo. Todas estas iglesias se presentan instituidas “hasta los últimos confjnes de la tierra y forman conjuntamente la Iglesia católica” que es un término que aparece por vez primera usado en la literatura cristiana con el significado de universal (Carta a Esmirna, 8:2) Todas estas Iglesias están “presididas” por la iglesia de Roma. Y el carácter de esta Iglesia es la unidad ya que es la asamblea de Dios armonizada mediante la fe „ la caridad el obispo es el custodio de esta unidad. Esta iglesia local contemporánea de Ignacio de Antioquia, esta jerárquicamente organizada, y en ella no solamente se menciona al obispo, a muchos de los cuales conoce personalmente Ignacio sino que también se nombra el colegio sacerdotal o presbiterio y los diáconos.

“La Iglesia de Efeso es alabada porque su venerable colegio sacerdotal, digno de Dios, a

participar, “en la única Eucaristía, porque es una sola la carne de Nuestro Señor Jesucristo y uno es el cáliz que nos une en su Sangre.”  Incluso, respecto al matrimonio cristiano, nos proporciona el testimonio más antiguo sobre su existencia dentro de la Iglesia como una institución de alguna manera eclesiástica. “Es el deber de los esposos y de las esposas el vivir su propia unión con la aprobación del obispo, de modo que el matrimonio sea de acuerdo con el Señor y no con la concupiscencia” (Carta a Policarpo 15:1).

Finalmente, las cartas no pueden menos de reflejar la actitud espiritual del momento en que su autor las escribe, y que es cuando ya está condenado a morir por las fieras en el anfiteatro, y va caminando hacia su martirio, que él anhela profundamente, “porque va a hacer de él un miembro digno de Cristo.” Son suyas las tan conocidas frases que constituyen el mejor himno martirial: “Si nosotros, con la ayuda de Cristo, no estamos preparados para morir, para llevar su pasión, no tenemos su vida en nosotros. El perfecto cristiano es, por tanto, el mártir. Pueda yo disfrutar de las fieras preparadas para mí. Les pediré que sean rápidas conmigo. Más aún, yo mismo las provocaré, a fin de que me devoren prontamente. Yo sé lo que es mejor para mí. Porque ahora comienzo a ser verdadero discípulo. Se acerca el momento en que voy a nacer de nuevo. Hermanos, tened compasión de mí, no me impidáis que yo nazca para la Vida. Dejadme que me una a la luz pura. Allí conseguiré ser verdaderamente un hombre. Dejadme que imite la pasión de mi Dios. Soy trigo de Dios que va a ser molido por los dientes de las fieras, para que así pueda convertirme en pan inmaculado de Cristo” (Carta a los Romanos 6:2-3).

Nos hemos extendido algo en la exposición de esta doctrina de Ignacio porque en conjunto es el ejemplo más primitivo, y más históricamente probado, no sólo de lo que sucedía en la Iglesia primitiva, sino incluso de la psicología de un mártir, en la que no sólo se nos describe su suplicio exterior, sino el ánimo espiritual con el que se preparaba.

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03. Clemente Romano.

La figura del papa Clemente es, sin duda, una de las que ilustran desde los comienzos la cátedra del pontífice romano.

El historiador Ireneo nos informa: “Después de Anacleto, tercer pontífice a partir de los apóstoles, le sucede Clemente. Este había visto a los bienaventurados apóstoles y había tenido relaciones con ellos, y conservaba en sus oídos la resonancia de la predicación de los apóstoles y tenía ante sus ojos sus tradiciones. Y no era sólo él; porque vivían en su tiempo muchos que habían sido instruidos por los apóstoles. En su tiempo surgió una gran contienda entre los fieles de Corinto, y la Iglesia romana les envió una carta eficacísima para atraerlos a la paz y para revivir en ellos la fe y la tradición que habían recibido hacía poco tiempo de los apóstoles.” Estas informaciones de Ireneo son muy verídicas, porque pudo obtenerlas directamente en Roma cuando Ireneo estuvo allí bajo el pontificado del papa Eleuterio. Y concuerdan asimismo con los datos aportados por Hegesipo, que estuvo en Roma bajo el pontificado del papa Aniceto. Basándose en estos testimonios, el historiador Eusebio de Cesárea fija así la cronología de los primeros papas:

Lino, del 78-80.

Anacleto, del 89-92.

Clemente, del 92-101.

Es muy probable que Clemente, según todos estos datos, fuera instruido por los mismos apóstoles, y Orígenes así lo dice expresamente y lo identifica con aquel Clemente, recordado por San Pablo en su Carta a los Filipenses, juntamente con las cristianas Evodia y Syntique. Y aunque no puede ser probado indubitablemente, existe, sin embargo, una antiquísima tradición de que fue así. El conocimiento de la Sagrada Escritura que Clemente muestra en su Carta a los Corintios parece indicar que no provenía de una familia pagana, sino que más bien se trataba de un judío helenista. Las semejanzas literarias de esta Carta a los Corintios con la Carta a los Hebreos, hizo que algunos atribuyesen esta última al mismo Clemente.

Este papa fue mártir, como lo afirma el escritor Eusebio: “Clemente pasó de esta vida en el año tercero del emperador Trajano. Y dejó el oficio de su ministerio a Evaristo, después de haber presidido por nueve años en el magisterio de la Divina Palabra.” También esto mismo es afirmado por San Jerónimo, que añade: “A su memoria se construyó en Roma un templo que todavía existe.” Faltan indicaciones precisas sobre el tipo de martirio que sufrió Clemente, ya que unas Actas del siglo IV no ofrecen la credibilidad deseable. Según ellas, Clemente fue enviado por el emperador Trajano a una ciudad del Quersoneso (orilla septentrional del mar Negro) donde se encontraban dos mil cristianos condenados a trabajos forzados en las canteras de mármol. Allí, Clemente fue condenado a morir y el juez ordenó que, atado a un ancla, fuese arrojado al mar. Tras lo cual se siguieron algunos prodigios relatados en dichas Actas.

Siglos después, San Cirilo, el apóstol de los eslavos, que había emprendido la evangelización en Crimea, encontró en unas excavaciones un sepulcro que contenía unos huesos con un ancla, y creyó que se trataba de los restos de Clemente. Posteriores excavaciones, llevadas a cabo en la Iglesia de San Clemente, descubrieron que bajo la basílica medieval no solamente estaba la otra original del siglo IV  sino que a un nivel más bajo había restos de construcciones del siglo I, destruidas en el incendio de Roma del 64. Y que en ellas existió primitivamente un recinto cristiano, con el “título” de Clemente, transformado después en Basílica.

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04. La “Carta a los Corintios.”

La memoria del papa Clemente está unida a su Carta a los Corintios en 64 capítulos. Se trata de un escrito indudablemente auténtico, según testifica San Dionisio, obispo de Corinto, hacia la mitad del siglo II. Es indudable que esta carta, que aparece enviada por la Iglesia de Roma a la Iglesia de Corinto, fue compuesta hacia el año 97, en vísperas de la persecución de Domiciano.

El motivo de esta carta fueron las discordias en la comunidad cristiana de Corinto, en la que algunos jóvenes se habían rebelado contra los presbíteros y los habían destituido arbitrariamente. Cuando estas noticias llegaron a la Iglesia de Roma, ésta se consideró en la obligación de intervenir. En la segunda parte (a partir del capítulo 37), el autor explica la ordenación jerárquica establecida, que exige una disciplina en la liturgia y en el gobierno. Asimismo exhorta a los sediciosos a la penitencia y ruega por la Iglesia y por los poderes públicos. Al final les comunica que ha enviado unos legados a Corinto, y expresa su esperanza de recibir noticias del restablecimiento de la paz.

Esta carta es interesantísima porque recoge algunas informaciones de indudable valor, como son el testimonio de la persecución de Nerón, en la que sufrieron el martirio Pedro y Pablo, así como del viaje de este último a España y otras noticias sobre las relaciones de la Iglesia con el poder imperial, por el cual ruega. Respecto a su contenido doctrinal, en la carta se recoge la doctrina trinitaria y cristológica del Nuevo Testamento, y se menciona a la Iglesia como Cuerpo de Cristo, en el cual los diversos miembros tienen diversas funciones. Asimismo se afirma el primado de la Iglesia romana, que, además, se deduce de la intervención de Clemente en los conflictos de Corinto, para los que no fue invocada su autoridad y que, sin embargo, él impone, exigiendo obediencia y amenazando a los desobedientes. A lo que hay que añadir que los de Corinto reconocieron tal autoridad y aceptaron la carta de Clemente con tal aprecio que, según dice San Dionisio, setenta años después todavía se leía públicamente el domingo dicha carta, juntamente con la Sagrada Escritura. Razón tuvo por tanto Batiffol cuando aseguró que esta carta era “la epifanía del Primado romano.”

Otros escritores eclesiásticos, a partir de San Policarpo, se inspiraron en esta carta; mas, por otra parte, hubo también quienes se atribuyeron falsamente el nombre de Clemente con los escritos llamados seudo-clementinos. Tales son la Segunda Carta de Clemente a los Corintios, las dos a las vírgenes, las cinco cartas decretales y las más famosas seudo-clementinas.

Este conjunto de escritos se presenta en dos formas literarias diferentes; una es un conjunto de Homilías y el otro se llama Recogniciones. En las Homilías se narran los viajes de San Pedro, la conversión del propio Clemente en Roma y lo que después sucedió, ya que el propio Clemente fue compañero de viaje del Apóstol. Las 20 homilías contienen una supuesta predicación de San Pedro, junto con una carta dirigida a Jacobo el Mayor, obispo de Jerusalén. En las Recogniciones se nos narra el encuentro de Pedro en Roma con todos los miembros de Clemente y otros maravillosos sucesos, producto de la imaginación de su autor.

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05. Policarpo.

Policarpo es otra de las personas que claramente pertenecen a la generación posapostólica. Su ordenación como obispo de Esmirna por el apóstol San Juan, según refiere Tertuliano, sucedió el año 100. Y según añade San Ireneo, “fue discípulo de los apóstoles, y conoció a muchos que habían visto al Señor.” Y Eusebio puntualiza que “cuando él era aún un muchacho, había sido discípulo de Policarpo y que puede recordar aquellos tiempos mejor que los presentes: Yo podría describir el sitio donde el bienaventurado Policarpo solía sentarse para hablar. Cómo comenzaba y cómo entraba en el tema de su conversación, su género de vida, el aspecto de su persona. Las discusiones que tenía delante del pueblo, y cómo hablaba del trato que había tenido con Juan y con los otros que habían visto al Señor, de los que repetía las palabras escuchadas acerca del Señor, sus milagros y su doctrina.”

Era Policarpo un obispo todavía joven cuando recibió en Esmirna la visita del mártir San Ignacio de Antioquía, que por allí pasaba, cargado de cadenas, en su viaje a Roma para ser allí pasto de las fieras. Ignacio le escribió desde Tróade una carta, que todavía conservamos, y en la que traza el perfil de Policarpo, “pastor bueno, de fe inconmovible, fuerte atleta en la causa de Cristo.”

Policarpo fue a Roma a finales del año 154, para conferir con el papa Aniceto sobre la cuestión del día de la Pascua. Y aunque no llegaron a un acuerdo, se separaron en paz y armonía, hasta el punto de que Aniceto le concedió el honor de presidir la celebración de la Eucaristía. Policarpo, que había nacido en el año 69, padeció el martirio en el estadio de Esmirna el 23 de febrero del año 155 hacia las dos de la tarde, cuando tenía ochenta y siete años.

La descripción de su martirio es la más antigua de las “Actas de los mártires,” y está descrita por un testigo ocular. Se conserva su interrogatorio ante el procónsul: “Hace ochenta y seis años que sirvo a Jesucristo y no me ha hecho ningún mal: ¿cómo podría, por tanto, blasfemar de mi Rey y Salvador?” Antes de morir, oró públicamente. Los cristianos — dicen las Actas — recogieron sus huesos, “más preciosos que las mejores joyas y que el oro más estimable,” y los colocaron en un lugar conveniente, donde se reúnen todos los años para celebrar con gozo el día natalicio. Aunque Policarpo escribió varias cartas a las Iglesias cercanas, sólo se conserva de él la Carta a los Filtpenses, fechada después del martirio de San Ignacio de Antioquia, que tuvo lugar en el año 107. En dicha carta, como en tantos otros documentos de la era post-apostólica, se contiene un compendio de las verdades de nuestra fe que manifiesta claramente cómo ya estaba entonces formulado un “corpus doctrinas,” que se había ido transmitiendo fielmente desde los orígenes apostólicos.

Policarpo “se alegra al ver cómo la raíz vigorosa de nuestra fe, celebrada desde tiempos antiguos, persevera hasta el día de hoy y produce abundantes frutos en Nuestro Señor Jesucristo. El, por nuestros pecados, quiso salir al encuentro de la muerte, y Dios le resucitó.; sabiendo que estáis salvados por su gracia., y que nos resucitará también a nosotros si cumplimos su voluntad y caminamos según sus mandatos, amando lo que El amó.” (c.2)

“El bienaventurado y glorioso apóstol Pablo, después de su partida, os escribió una carta que, si estudiáis con atención, os edificará en aquella fe, madre de todos nosotros, que va seguida de la esperanza y precedida del amor a Dios, a Cristo y al prójimo. Enseñad también a vuestras esposas a caminar en la fe que les fue dada y en la caridad., que aprendan a ser fieles y cariñosas con sus maridos y a amar constantemente y castamente a todos y educar a los hijos en el temor de Dios. De una manera semejante, que los diáconos sean irreprobables ante la santidad de Dios.” (c.3-5) “Que los presbíteros tengan entrañas de misericordia. Sirvamos a Dios con temor y con respeto, según mandaron tanto el mismo Señor como los apóstoles que nos predicaron el evangelio.” (c.6-8)

“Habéis contemplado la paciencia admirable no sólo en los bienaventurados Ignacio, Zósimo y Rufo, sino también en muchos otros que eran de vuestra comunidad, en el mismo Pablo y en los otros apóstoles. Imitadlos y seguid amando a los hermanos, queriéndoos unos a otros, y estando atentos unos al bien del otro, con la dulzura del Señor.” (c.9-11)

“Que Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, y el mismo Jesucristo, os hagan crecer en la fe y en la verdad con toda dulzura., orad por todos los santos; orad también por los reyes, por los príncipes y por los que os persiguen y os odian.”

“Como lo habéis pedido, os enviamos las cartas de Ignacio, tanto las que nos escribió como otras suyas que teníamos en nuestro poder. Os he escrito estas cosas por medio de Clemente y os encomiendo también a su hermana, para cuando vaya a vosotros.” (c.12-14)

Esta carta nos hace comprender la comunicación que seguía existiendo entre los cristianos, basada y fortalecida por la caridad fraterna, pero también indudablemente iluminada por este intercambio de información epistolar, que iba gradualmente estableciendo una tradición y una mutua vivencia de la fe.

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06. Papías.

Todo lo que conocemos de este santo obispo nos ha sido transmitido por el historiador Eusebio de Cesárea en su Historia eclesiástica, en la que también incluye algunos fragmentos de la Exégesis de las palabras del Señor, la obra que también conoció y citó San Ireneo.

Papías fue obispo de Hierápolis, ciudad de Frigia, próxima a Laodicea y Colosas, cuya comunidad cristiana fue probablemente fundada por Epafras, recordado algunas veces por San Pablo (Col 4:4) En Hierápolis, el obispo Papías conoció a una de las hijas del apóstol Felipe. No sabemos con certeza si sufrió el martirio, pero sí podemos precisar que fue contemporáneo de Policarpo de Esmirna y de Ignacio de Antioquía; y, aunque no conoció directamente a los apóstoles, sí tuvo contacto con quienes personalmente los habían visto y tratado. Estas son sus palabras:

“Si me acontecía encontrar a algunos de los que habían tratado con los “ancianos.,” les interrogaba sobre lo que ellos contaban: qué es lo que decían Andrés, o Pedro, o Felipe, o Tomás, o Jacobo, o Juan, o Mateo, o qué es lo que solían decir los otros discípulos del Señor. Y qué es lo que predicaban Aristión y Juan el Presbítero (distinto del apóstol evangelista) Porque no pensaba sacar tanto provecho de la lectura de los libros cuanto de la palabra viva de los hombres que aún permanecían con nosotros.”

Y a los ya citados podríamos añadir los nombres de San Dionisio de Corinto, San Cuádralo, Arístides, San Justino, Hegesipo y San Ireneo, todos ellos del siglo II. Ellos enriquecieron el cauce de nuestra tradición, que nos acerca a la fuente de agua viva de la doctrina de Jesús, y también a esa misteriosa corriente de la sangre de los mártires que murieron como testimonio de su fe.

Quiera Dios que nuestra modesta contribución a la Vida primitiva de la Iglesia haya despertado en todos nosotros la sed y el gusto de saborear más aún la verdad de nuestra Iglesia, que brotó del manantial de Jesús.

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xxv. Epilogo la Virgen María en la Iglesia Primitiva.

Al llegar a este epílogo, advertimos que nos queda aún mucho que decir sobre la primitiva Iglesia; mas la información que hemos ofrecido tal vez pueda satisfacer nuestro propósito de darles a conocer algo mejor los orígenes de la Iglesia. Algo así como bajar por las ramas del árbol genealógico de nuestra fe en busca de las raíces; o, si así se prefiere, escalar una montaña partiendo de nuestra llanura para acercarse a la cumbre de Dios. Pienso que al final de esta lectura, y al conocer mejor a nuestra Iglesia, también en parte nos conocemos mejor a nosotros mismos. Y a esto podría añadirse un deseo de progresar aún más en profundidad y en extensión; porque el camino es dilatado y prometedor. Tal vez sólo hayamos trazado hasta aquí un mapa de carreteras.

Acabo de referirme al árbol genealógico, que, aunque se trata de la fe, posee un significado aún más exuberante y profundo que si se redujera a la biología y a la sangre. Todos los vivientes procedemos de una larga genealogía que nos entronca con los orígenes de nuestra especie. Es un torrente de vida que ha circulado por cauces ignorados, ya que ninguno de nosotros sabe exactamente quiénes fueron sus remotos ancestros ni mucho menos los que nos precedieron en las eras prehistóricas. Pero, en cambio, sí sabemos con certera cuál fue nuestra genealogía espiritual en la fe cristiana. Porque ella procede de Cristo y de los que inmediatamente tras El nos transmitieron esa fe y esa vida: es decir, de la Iglesia primitiva, enraizada en los apóstoles. Por tanto, si somos cristianos, ¡ésta es nuestra genealogía espiritual!

Hay en esa genealogía un nombre de mujer. Ella perteneció a la era apostólica, aún antes de que hubiera apóstoles. Ella estuvo presente en todo el Nuevo Testamento, desde el día en que la visitó el ángel Gabriel en Nazaret hasta cuando bajó sobre Ella, en el Pentecostés, el Espíritu Santo, que ya la poseía desde que fue concebida sin pecados Esta persona es la Santísima Virgen María, lazo de unión entre Jesús y la era apostólica, y de la que escribió el abad benedictino Ruperto de Deutz, en su comentario del Apocalipsis, que es “la parte mayor, la parte mejor, la parte principal y más selecta de la Iglesia.”

Para trazar la historia de esta maternidad de María respecto a la Iglesia convendría comenzar no desde el principio, sino desde el final. Exactamente desde el 21 de noviembre de 1964, cuando Pablo VI, en su discurso de clausura de la tercera etapa del Vaticano II, se expresó así: “Para gloria de la Virgen y consuelo nuestro, Nos proclamamos que María Santísima es Madre de la Iglesia, es decir, Madre de todo el Pueblo de Dios, tanto de los fieles como de los pastores, y queremos que desde ahora en adelante sea honrada e invocada por todo el pueblo cristiano con este título.”

Partiendo de esta declaración de Su Santidad Pablo VI, se puede construir una reflexión sobre el papel de la Virgen María en la primitiva Iglesia. María fue con ella lo que una madre es con sus hijos; por lo que, su labor fue tanto más necesaria, más continua y eficaz cuanto que son los hijos pequeños los que más la necesitan. Y la Iglesia era entonces recién nacida. Y a una madre siempre se la encuentra junto a la cuna de su niño. Resulta por lo mismo congruente que, casi en nuestros tiempos, León XIII escribiese: “La Virgen estuvo presente en la primitiva Iglesia como colaboradora y maestra de la Iglesia naciente. Madre de ella, Maestra y Reina de los apóstoles, a quienes hizo participar del tesoro de las divinas palabras que guardaba en su corazón.” (Injucta Semper, Adtutricem Populi)

La historia de la Virgen en esa Iglesia naciente puede apoyarse en dos puntos. Uno situado al comienzo de esta vida y otro al final. El comienzo es su presencia en el día de Pentecostés, en el que nos consta, por el testimonio de San Lucas, que en el momento de la bajada del Espíritu Santo se encontraba allí María, la Madre de Jesús. El punto final lo constituye su muerte o, para decirlo más exactamente, su “tránsito,” en el que termina esta vida para subir en cuerpo y alma al cielo.

En esta definición dogmática se declara el dogma de la Asunción de María, pero se deja sin definir su previa muerte, es decir, si murió o no antes de la Asunción. Y al no pronunciarse el Magisterio de la Iglesia sobre ello, deja en libertad a la investigación teológica, aunque la sentencia más generalizada es que la Virgen María realmente murió y después fue resucitada y llevada  a los cielos.

A partir de estos dos datos sobre la vida de la Virgen, en el comienzo y en el final, lo restante entra en el terreno de la conjetura: ¿Dónde fue a vivir María después de la muerte y resurrección de Jesús? ¿Cuántos años permaneció en esta vida mortal? Pasemos revista a los escasos datos que nos proporcionan algunos escritores posteriores que trataron de llenar estas lagunas de silencio: ¿Dónde vivió la Virgen María? Dos localidades se disputan este honor: Efeso y Jerusalén. Aunque, en absoluto, podríamos admitir que fueran localidades sucesivas.

Hipótesis de Efeso. Parece establecido históricamente que el apóstol San Juan estuvo y vivió algunos años en Efeso, y como él había recibido de Jesús el encargo de cuidar a María, parece lógico que se la llevase a Efeso cuando el apóstol partió de Jerusalén. Una congruencia puede resultar del hecho de que en el siglo IV existían en Efeso dos iglesias, una dedicada a San Juan y otra a la Santísima Virgen. Lo cual podría ser un indicio de que allí estuvo antes su sepulcro; porque en aquella época no se consagraban templos si no tenían una relación local con el sepulcro de la persona venerada. Posteriormente, en unas excavaciones realizadas en 1894, fue descubierta, cerca de Efeso, una construcción a la que se dio el nombre de Panaghia Kapouli (Puerta de la Santísima); y la casa presentaba cierta semejanza con la descripción que la vidente Catalina Emmerich hace de la casa de la Virgen, vista por ella en una revelación (!)

Hipótesis de Jerusalén. El primer argumento se funda en una carta de Polícrates, obispo de Efeso a fines del siglo II dirigida al papa Víctor I, en la controversia acerca del día de la celebración de la Pascua. En dicha carta se cita una lista de varones ilustres que honraron las Iglesias de Asia, entre los que se nombra a San Juan Apóstol y a una hija del apóstol Felipe, que también murió en Efeso. Al no citar a la Virgen María, parece que se está indicando que no murió ni vivió en dicha ciudad.

Por otra parte, parece congruente que, después de la muerte de Cristo y de su ascensión, la Virgen prefiriese seguir en Jerusalén, cerca de los lugares donde su Hijo estuvo presente. Esta es la hipótesis de Juvenal, obispo de Jerusalén, que en el año 451 señala el sepulcro de la Virgen en dicha ciudad y que afirma que allí vivió, aunque esta aserción nos resulte extraña, ya que San Jerónimo, que conocía muy bien aquella topografía y había habitado allí por muchos años, no menciona nada sobre esta tumba.

En esta hipótesis de Jerusalén, el apóstol Juan no partió para Efeso sino después de la muerte de María. Todavía, dentro de la hipótesis jerosolimitana, hay dos localizaciones que se disputan el lugar de la muerte y asunción de la Virgen. Una es la basílica de la Dormición en el Monte Sión, donde hoy se ha levantado un suntuoso templo. Y la otra está en el monte de los Olivos, cerca de la primitiva basílica de Eleona.

Supuesta la permanencia de María en Jerusalén, el santo doctor de la Iglesia Pedro Canisio expresa así su devoción: “Subía María a la roca del Calvario, donde Cristo había sido crucificado, para derramar lágrimas allí donde Cristo había lavado nuestros pecados derramando su sangre. Iba a la cueva sepulcral del Salvador. y al monte Olívete. Y llegaba hasta Belén, gozándose de que esta ciudad hubiese sido testigo de su alumbramiento. Y le placía ir hasta el pequeño pueblo de Nazaret, Flor de Galilea. y, llegando hasta el Jordán, se deleitaba.”

Como se ve, por todo lo dicho anteriormente, tanto la hipótesis de Efeso como la de Jerusalén son inciertas, y dejan muchas preguntas sin contestar.

Esta incertidumbre se encuentra relacionada con la edad con que la Virgen María, habiendo o no antes muerto (que eso es independiente), subió en cuerpo y alma al cielo. María, que tendría unos trece o catorce años cuando nació Jesús, si permaneció por algunos años en Efeso o Jerusalén, fácilmente llegaría a una edad de cincuenta a sesenta años. El mismo San Pedro Canisio, acompañado por el teólogo Suárez, afirma que la Virgen María murió cuando contaba setenta y dos años de edad; mientras que otros escritores, como Eusebio, Baronio y San Antonio, creen que se fue de este mundo cuando tuvo cincuenta y nueve o sesenta años.

Sin embargo, hay otros que no se contentaron con un prudente silencio, sino que echaron a volar su imaginación. Son los llamados Apócrifos Asuncionistas, de los cuales son los más importantes La Dormición de la Santa Madre de Dios de San Juan el Teólogo, El Seudomelitón o Transitas B, El Transitus W, el Libro de Juan de Tesalónica, El Seudo Cirilo y otros de menor importancia. Sobre estos apócrifos discuten los expertos acerca de la fecha de su composición y de sus mutuas influencias. Aunque todos están conformes en que los más antiguos no se remontan más allá del siglo IV  y, por tanto, no pertenecen a la historia de la Iglesia primitiva, que nosotros hemos limitado al primer siglo y parte del segundo.

La Virgen María vivió algunos años en este mundo, desempeñando entre los primeros cristianos su oficio de Madre de la Iglesia. En ella vio esta Iglesia su más perfecto modelo y la más fiel transmisora de las enseñanzas sobre la vida y palabras de Jesús, que Ella guardaba tan íntimamente en su corazón. Ella está, por tanto, en la raíz y genealogía de nuestra fe. Sin Jesús, no hubiera existido la Iglesia; sin María no hubiera tenido una Madre que fue entonces y sigue siendo ahora “Vida, Dulzura y Esperanza nuestra.”

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