Así Fue la Iglesia Primitiva (III)

Título: Así Fue la Iglesia Primitiva. Vida Informativa de los Apóstoles
Autor: R. Padre José A. de Sobrino, S. J.
Adaptación pedagógica: Dr. Carlos Etchevarne, Bach. Teol.

.

.

Contenido

.

.

.

.

xvi. Disputa de Antioquía. Preparación del Segundo Viaje.

El decreto de la Asamblea de Jerusalén, aunque preciso y claro en su contenido, pronto se vio que resultaba incompleto y aun conflictivo. Y la razón fue que establecía claramente lo que los cristianos procedentes de la gentilidad no deberían hacer; pero, en cambio, dejaba sin decir qué es lo que los cristianos que antes habían sido judíos podrían hacer. El conflicto se manifestó de forma aguda y precisamente en Antioquía.

La delegación de cristianos antioquenos había regresado con Pablo y Bernabé, esta vez acompañados por algunos miembros de la Iglesia de Jerusalén entre los que se encontraban Judas Barsabba y Silas. De Judas Barsabba se ha supuesto, aunque sin fundamento, que era hermano del apóstol Matías, el que fue elegido en el duodécimo lugar para sustituir a Judas Iscariote. Y respecto a Silas, llamado también Silvano, ya advertimos que se trataba de un judío helenista que, como Pablo, gozaba también de la ciudadanía romana.

Abramos ahora las páginas de nuestro relato en la llamada disputa de Antioquía que enfrentó a Pedro y Pablo. De estos sucesos nada nos dice Lucas; pero nos consta de ellos con toda certeza por la relación autobiográfica que Pablo nos dejó en su Carta a los Galatas (cf. c.XXV)

En cambio, se explica muy bien que Pablo mencionase estas disputas de Antioquía en su Carta a los Galatas, ya que precisamente entre esos gálatas se hallaba cuestionada e impugnada su cualidad de apóstol y se volvían a repetir las mismas objeciones de los judeocristianos. Por eso resultaba lógico y coherente que Pablo tratase de probar la continuidad y firmeza de su línea doctrinal y de su práctica personal, hasta el punto de que no dudase en un momento histórico en enfrentarse con el propio Pedro para defender lo que era la verdadera doctrina de la salvación por la fe en Cristo y no por la Ley de Moisés.

A propósito de la Carta a los Galatas, de la que ya volveremos a tratar en su momento oportuno, baste recordar aquí que es una carta que fue escrita por Pablo desde Efeso, al final de su tercer viaje misionero; por tanto, unos seis años después de los acontecimientos que relata. Es una carta de cuya autenticidad nadie ha dudado y de la que nosotros vamos a tomar algunos datos referentes a la disputa entre Pedro y Pablo en Antioquía (c.XXV)

Pocas semanas después de haber terminado el Concilio de Jerusalén, Pedro quiso hacer personalmente una visita a Antioquía y se trasladó a dicha ciudad, junto con su discípulo Juan Marcos, el que más adelante será el autor del evangelio de su nombre y el mismo que había acompañado a Pablo y Bernabé en parte del trayecto del primer viaje y que se había vuelto a Jerusalén desde Chipre.

La permanencia de Pedro en la comunidad cristiana de Antioquía, que estaba compuesta principalmente de gentiles convertidos, le proporcionó ocasión de convivir con ellos y aun de sentarse a la misma mesa, sin recelo de los manjares que servían y sin preguntarse si alguno de ellos estaba acaso prohibido por la Ley de Moisés. No es que Pedro violase el Decreto de Jerusalén, cuya fecha de promulgación en Antioquía desconocemos, sino que la ley mosaica contenía otras muchas prohibiciones relativas a impurezas legales de alimentos y de objetos, y aun de personas, que los cristianos procedentes de la gentilidad no tenían por qué observar ni aun siquiera conocer. Por ejemplo, uno de estos cristianos podía servirse a la mesa un asado de liebre, unas patas de cerdo, una anguila del Oróntes, tres manjares que la Ley de Moisés tenía por impuros y que un judeocristiano consideraba prohibidos.

Ahora bien, Pedro, en aquel ambiente, comenzó a proceder con libertad de espíritu, no como judeocristiano, sino como un cristiano “liberado” de esa Ley de Moisés. Diríamos que se repetían aquellas circunstancias en que hace tiempo Pedro se encontró, cuando estando en Joppe tuvo una visión en la que bajaba desde el cielo un mantel que contenía toda suerte de animales prohibidos. Y al rehusar Pedro comerlos, una voz le dijo: “Lo que Dios ha declarado puro, no lo llames tú impuro.”  Ahora, en Antioquía, se repetía el hecho, no en un mantel bajado en visión desde el cielo, sino en un mantel colocado en una mesa donde sus hermanos neocristianos le ofrecían esos mismos manjares. Y Pedro comió con ellos. Y de ahí nació el conflicto.

IR A CONTENIDO

.

.

01. Un Contencioso Entre Pedro y Pablo.

Pablo nos lo narra en su Carta a los Galatas: “Pero cuando Pedro llegó a Antioquía tuve que encararme con él, porque era reprensible. Antes de que llegasen ciertos individuos de parte de Santiago, Pedro comía con los paganos; pero, llegados aquéllos, solía retraerse y ponerse aparte, temiendo a los partidarios de la circuncisión.

Los demás judíos se asociaron a esa ficción y hasta el mismo Bernabé se dejó arrastrar con ellos a aquella simulación. Ahora que cuando yo vi que su conducta no cuadraba con la verdad del evangelio, le dije a Cefas en presencia de todos: “Si tú siendo judío, vives a lo pagano y no a lo judío, ¿cómo fuerzas a los paganos a las prácticas judías?” (Gal 2:11-14).

La exposición del conflicto ha sido clara y terminante. Pedro, que convivía con los gentiles cristianos y solía comer con ellos, cambia súbitamente de conducta y comienza a retraerse de su compañía y a comer aparte siguiendo las prescripciones mosaicas. Y esto ¿por qué? Porque han llegado desde Jerusalén unos judíos cristianos, a quienes Pablo llama “del grupo de Santiago,” y que son los mismos que habían pretendido en Jerusalén imponer a los gentiles conversos la circuncisión y otras prácticas hebreas. Para ellos, el documento de Jerusalén no ha significado nada y pretenden sujetar a los neoconversos a lo que Pablo llama “el yugo de la Ley de Moisés.”

Parecería a primera vista una disputa de personalismos: el partido de Santiago contra el partido de Pablo, y Pedro oscilando entre ambos. Mas en realidad se juega mucho más: es la libertad del evangelio de Cristo contra la servidumbre de la Ley de Moisés. Si en Antioquia Pablo continúa procediendo según la libertad y Pedro comienza a inclinarse por los judaizantes, la Iglesia de Cristo puede quedar dividida; ahí está la clave de la intervención de Pablo en este conflicto o disputa.

Algunos comentaristas, como Clemente Alejandrino, un tanto asustado por este choque de Pedro y Pablo, han pretendido aminorarlo suponiendo falsamente que no se trata del apóstol Pedro, sino de otro personaje de la Iglesia primitiva con igual nombre. Otros comentaristas, para no enfrentar a Pedro con las recientes normativas del Concilio de Jerusalén, han supuesto que el choque con Pablo fue antecedentemente a dicho Concilio, lo cual no parece probable, pero la verdad es que se produjo el conflicto. Y vamos a valorarlo.

El conflicto no fue doctrinal, como si Pablo dijese que para salvarse no era necesaria la Ley de Moisés y Pedro afirmase lo contrario. No, fue un conflicto de actitudes, no de enseñanza. Los dos, Pedro y Pablo, doctrinalmente sostenían que la salvación viene por Cristo y no por Moisés, y ambos también en el terreno práctico estaban procurando conservar la unidad de la Iglesia.

Pedro pensaba que, para no enojar a los judeocristianos, había que contemporizar con ellos y, por tanto, no comunicarse con los gentiles; Pablo, por el contrario, opinaba que esa separación creaba de hecho dos categorías de cristianos y levantaba de nuevo el muro que Cristo había derribado con su muerte.

Pablo, en este caso, tenía la razón práctica a su favor. Tertuliano sentenció concisamente este contencioso diciendo: “Fue un error de conversación, no de predicación.” Y San Agustín va más allá y afirma que fue un doble acto de caridad: “Caridad libre en Pablo para reprender, y caridad humilde en Pedro para obedecer.”

La lectura atenta de este contencioso nos muestra que, debajo de las discrepancias prácticas entre Pablo y Pedro, estaba, como telón de fondo, la persona de Santiago y su enorme prestigio ante los judíos de su generación (c.XXIX) Ya vimos en el capítulo anterior la intervención de Santiago en el Concilio de Jerusalén, donde se manifestó como respetuoso de la Ley de Moisés y de los fieles seguidores de la misma. Estos, aunque habían sido bautizados y habían aceptado la fe en Cristo, sin embargo seguían fieles a ciertas observancias y ritos propios del judaísmo tradicional.

Este conflicto podría llamarse, anticipando una denominación futura, un problema de enculturación, es decir, que la misma fe en Jesús resucitado y la misma Iglesia fundada por El se encarnan en culturas diversas, cada una de las cuales tiene su visión y estilo propio de vida, que puede chocar con el estilo de vida de otros igualmente creyentes y cristianos.

Pensamos que éste podría ser el momento para advertir que la identidad de la fe no lleva consigo la homogeneidad de su expresión religiosa. El tema es sugerente y sobre él existen valiosos estudios que tan sólo podemos aquí apuntar. No hay que imaginar a la Iglesia primitiva con una homogeneidad y centralismo. Mas bien diríamos que la Iglesia primitiva se fue expansionando y creando desde diversos centros de difusión, bajo la iniciativa personal de algunos apóstoles. La autoridad de Pedro en la práctica no producían una unidad jerárquica dependiente de Jerusalén o de Antioquía. Así se concibe fácilmente lo que sucedió con los “bandos de Corinto” y lo que también había acontecido por lo que podríamos llamar “bandos de Jerusalén,” cuyas cabezas eran Pablo y Santiago. Por todo lo cual, retiene toda su validez la fórmula paulina de “un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre,” aunque coexista con ella una diversidad y oposición en algunas opiniones prácticas y accidentales. Consecuentemente, en Jerusalén, una fracción de la Iglesia, quizá la mayoría que procedía de la sinagoga e incluía a algunos sacerdotes, retuvo por un largo tiempo unas prácticas y costumbres que sólo se fueron abandonando gradualmente, debido a la presencia de los nuevos convertidos helenistas que no tenían tales tradiciones.

IR A CONTENIDO

.

.

02. Preparación  del Segundo Viaje.

La efervescencia religiosa que suponen las disputas que tuvieron lugar en Antioquía nos da la ambientación y temperatura de aquella comunidad, en la que Pablo va a poner de nuevo en marcha su cristianismo dinámico que le hace emprender su segundo viaje.

Nos hallamos probablemente en la primavera del año 50, cuando Pablo propone a su antiguo compañero Bernabé el plan de su segundo viaje de apostolado. Esta invitación a Bernabé nos muestra claramente que no habían quedado resentidos por la controversia anterior con Pedro, en la que Bernabé se había alineado con este último. Pero la proposición de este segundo viaje encontró un nuevo e inesperado problema.

“Unos días más tarde le dijo Pablo a Bernabé: — ¿Por qué no vamos otra vez a ver cómo están los hermanos de todas aquellas ciudades en donde anunciamos el mensaje del Señor?” (Hech 15:36).

La propuesta de Pablo resultó atrayente para Bernabé. Se trataba de revivir las experiencias apostólicas del primer viaje. Y visitar también algunas de aquellas comunidades en las que ambos habían puesto los fundamentos de la fe. Pablo dice que quiere ir a ellas para “hacerse cargo de sus necesidades” y emplea el verbo griego episkeptomai, de donde se deriva la palabra epíscopo, que es el doble griego de “obispo.”  Así, pues, Pablo invita a su amigo Bernabé a “episcopar” juntamente con él las cristiandades que entre ambos habían fundado en Asia Menor. Pero la invitación tropezó con una circunstancia imprevista.

“Bernabé quería llevarse consigo a su sobrino Juan Marcos, y Pablo opinaba que no debía llevarlo, porque en el viaje anterior, en vez de acompañarlos en la tarea, los había dejado plantados en Panfilia.

El conflicto se agudizó tanto, que se separaron. Bernabé se llevó a Marcos y se embarcó para Chipre. Y Pablo, por su parte, eligió a Silas. Los hermanos de Antioquía los encomendaron al favor de Dios” (Hech 15:36-40).

La oposición entre ambos apóstoles fue absoluta y frontal, y ninguno de los dos quiso ceder en la postura que había tomado, de forma que el enfrentamiento llegó a un paroxismo, que es el término que usa Lucas, queriendo significar con ello “el grado máximo de fiebre al que llega un enfermo,” y en este caso la alta temperatura emocional del conflicto. Por tanto, no hubo otro remedio que la separación.

Este incidente revela una vez más la condición humana de los apóstoles y cómo la gracia del apostolado y de la predicación operaba en cada uno de acuerdo con su temperamento y personalidad. Bernabé, más amable y comprensivo, y ligado a Marcos por vínculos de familia, pensó que era mejor ofrecerle al muchacho una nueva oportunidad de remediar sus indecisiones anteriores. Pablo, por el contrario, más tajante y decisivo, pensó que, ante un viaje que se presentaba difícil, no se podía confiar en Juan Marcos, todavía no experimentado a las dificultades que imponía las tareas evangelizadoras.

Con el paso del tiempo, Juan Marcos hará sus pruebas y merecerá la confianza y estima de Pablo, quien no dudará en la última carta que de él conocemos, enviada a Timoteo desde la cárcel romana, escribir esta frase reveladora: “Timoteo, por favor, tráeme a Marcos, que vale mucho para mi servicio” (2 Tim 4:11).

A partir de esta decisión, la figura de Bernabé desaparece del Libro de los Hechos. Al alejarse Bernabé, Pablo perdía en él un noble y fiel amigo que lo había sabido comprender desde el principio en aquellos difíciles tiempos de su conversión, cuando tantos otros recelaban de él. Un amigo que lo había llamado desde Antioquía para asociárselo al apostolado, y con el que había compartido los sinsabores y peligros del primer viaje apostólico. Pablo tendrá para él un recuerdo en su Carta a los Corintios (1 Cor 9:6).

La leyenda se apoderó de la figura de Bernabé, de quien se supone que murió apedreado por los judíos, cerca de Salamina, en Chipre. Según esta leyenda, recogida en unas Actas tardías del siglo v, cuando el cuerpo de San Bernabé fue encontrado, cerca de Salamina, llevaba consigo una copia del Evangelio de San Mateo, escrita por la propia mano de Bernabé, dato que ha reflejado la tradición iconográfica. A Bernabé se le ha atribuido por Tertuliano, aunque sin fundamento, la composición de la Epístola a los Hebreos, que forma parte del canon del Nuevo Testamento, pero que no es obra de San Pablo.

En cuanto a Sitas, que va a ser compañero de Pablo en este segundo viaje, bien merece una conmemoración en esta Vida informativa de los apóstoles, ya que fue una persona eminente en la naciente Iglesia. Silas, como le nombran los Hechos, o Silvano, como lo citan Pablo y Pedro en sus cartas, es la misma persona, cuyo nombre hebreo era probablemente Saúl.

Su primera comparecencia en esta historia es con motivo del Concilio de Jerusalén, en cuya Iglesia figura como uno de los “dirigentes,” que ésa es la palabra griega usada, y se le cita juntamente con los de Pablo, Bernabé, y Barsabbas como los encargados de transmitir a las demás Iglesias las decisiones de dicho Concilio.

En las reuniones litúrgicas de Antioquía y Siria, Silas participa como un “profeta,” y, llegado el momento del segundo viaje de Pablo, éste le toma como compañero en lugar de Bernabé. Silas es un fiel colaborador que recorre con Pablo la Siria, Cilicia, Licaonia y otras regiones. En Filipos es encarcelado juntamente con Pablo, y allí se nos informa de que, al igual que Pablo, era ciudadano romano. Después, desde Corinto, su nombre, juntamente con el de Timoteo, aparece citado al comienzo de las dos cartas a los Tesalonicenses. Y tras un intervalo de silencio, Silvano aparece en Roma, al lado de Pedro, sirviéndole, según parece, de secretario en  su primera carta.

“Os he escrito brevemente por medio de Silvano, nuestro hermano fiel a quien estimo” (1 Pe 5:12).

Los años posteriores sobre la vida de Silvano se pierden en conjeturas. Aunque algunos santorales bizantinos lo conmemoran como obispo de Corinto, y aun añaden que murió mártir en Macedonia y que sus reliquias fueron trasladadas a Francia, donde fue venerado en Therouanne.

IR A CONTENIDO

.

.

xvii. Segundo Viaje de Pablo: Troade y Filipos.

Volvamos al camino de Pablo, que, acompañado de Silas, está a punto de emprender su segundo viaje.

Saliendo de Antioquía, y tomando dirección norte por la calzada romana, se dirigió a Tarso, su ciudad natal, en donde se proveyó de una tienda de campo y de alimentos que insistían en galletas duras, aceitunas y frutos secos.

De Tarso partía la gran carretera del Tauro que atravesaba el desfiladero, llamado de las Puertas Cilicias, que, como advierte Cicerón a su amigo Ático, “no se podía atravesar antes de los comienzos de junio a causa de la nieve.”  Volviendo sobre sus caminos anteriores, los misioneros llegaron a Derbe, aquella ciudad perdida casi en los límites de la Galacia, donde Pablo había podido predicar el evangelio sin la habitual oposición de los judíos. Y tras dejar la hospitalidad de Derbe, Pablo y Silas llegaron a Listra, donde fueron a hospedarse en la casa de una familia judeo-cristiana, bautizada por Pablo en su visita anterior: la familia de Timoteo.

Timoteo, en estos años de ausencia, se había hecho un joven muy estimado por la comunidad cristiana, con cuyos informes favorables Pablo decidió aceptarlo como acompañante suyo. Timoteo, como ya dijimos anteriormente, era de padre griego gentil y de madre judía creyente, que lo había educado en la piedad hebrea, pero que, quizá por respeto a su marido pagano, no había circuncidado al niño. Pablo, al llevárselo ahora consigo, lo circuncidó “por motivo de los judíos de la región, pues todos sabían que su padre era griego” (Hech 16:3).

Tal vez alguien podía preguntarse por qué motivo Pablo, que se había opuesto rotundamente a que su discípulo Tito fuese circuncidado en Jerusalén, ahora espontáneamente decida lo contrario respecto a otro discípulo, Timoteo. No se trata de contradicción, sino de un sentido de adaptación, que fue siempre muy vivo en Pablo. En el caso de Tito, se opuso a la circuncisión porque había que defender entonces el principio y la doctrina de que “eso no era necesario para salvarse.” En cambio, ahora, tratándose de un nuevo cristiano, hijo de madre hebrea, juzgó que era prudente que recibiese la circuncisión para evitar nuevas e inútiles contradicciones de parte de los judíos de la sinagoga, que podían dificultar la obra evangelizadora de Timoteo y aun la del mismo Pablo.

Sin duda que el día que Pablo dejó Listra, acompañado de Timoteo, se inició una amistad profunda y fiel que hizo del joven un compañero asiduo de Pablo en Corinto, Efeso, Jerusalén y Roma. Compañero de los triunfos y de las persecuciones, “hijo genuino en la fe,” como le llamaba Pablo, y del cual el Apóstol, desde una cárcel, dejó este testimonio conmovedor: “No tengo ninguno que esté tan unido de corazón y espíritu conmigo como Timoteo.” (cf. c.XXXVI)

“Al recorrer las ciudades, comunicaban las decisiones de los apóstoles y presbíteros de Jerusalén para que las observasen. Las comunidades se robustecían en la fe y crecían en número de día en día.

Como el Espíritu Santo les impidió predicar el mensaje en la provincia de Asia, atravesaron Frigia y la región de Galacia. Y al llegar al confín de Misia, intentaron dirigirse a Bitinia, pero el Espíritu de Jesús no se lo consintió. Entonces cruzaron Misia y bajaron a Tróade” (Hech 16:4-8).

Dos dificultades encontramos en este texto; la primera es de orden geográfico, ya que las regiones citadas nos resultan desconocidas y sin referencia a divisiones territoriales o nacionales del presente. Para que nos sirva de orientación, recordemos que nos movemos dentro de lo que hoy se llama la Turquía Asiática. Y que la dirección del viaje es desde el sudeste, donde se encontraba Antioquía enfrente de Chipre, hacia el noroeste, donde se hallaba Tróade, situada ya en la costa del mar Egeo, cerca de los Dardanelos.

La segunda observación sobre el texto es que por dos veces se dice que “el Espíritu de Jesús les impidió continuar” por la ruta determinada. A nosotros, que planificamos nuestros viajes hasta la nimiedad, reservando billetes y alojamiento, nos sorprende esta imprecisión de Pablo, que deja la dirección de su camino a la inspiración de Dios. Y hay que reconocer que esto fue así en algunas ocasiones. Podríamos decir que la disponibilidad del Apóstol a la dirección del Espíritu Santo era tal que se guiaba por lo que podríamos llamar un mapa no geográfico, sino carismático. Esto, unido al deseo vehemente de Pablo de predicar la fe en las regiones más cultas de Grecia y aun de la misma Roma, es suficiente para indicarle el camino.

Y ese camino es Tróade, frente al mar Egeo, en cuyas costas, a pocas millas de distancia, se hallaba Grecia.

IR A CONTENIDO

.

.

a. La Ciudad de Triade.

Tróade era un puerto muy importante, donde blanqueaban las velas que navegaban a Macedonia y a otros puertos del Imperio Romano. La ciudad lucía entonces en todo su esplendor. Urbanísticamente poseía templos, gimnasios, termas, circo y un teatro con 24.000 asientos. Políticamente se regía por el luí italicum concedido por Augusto, que la llamó “Colonia Augusta Alexandría Tróade”: Alexandría por Alejandro Magno, tras cuya muerte se había fundado la ciudad, y Tróade por la proximidad de la famosa Troya, sede de la epopeya homérica. Todavía faltaban siglos para que Schliemann excavase la ciudad de Troya; mas los habitantes de Tróade entonces ya sabían que se hallaba cerca.

En Tróade, ciudad tan famosa que Constantino pensó por un momento en hacerla capital de todo su Imperio, se encontraba Pablo: dentro lleva la luz del evangelio; fuera y frente a él está ¡Europa! Más allá, en su mente y en su corazón, estamos todos nosotros.

“En aquella noche en Tróade, Pablo tuvo una visión: se le apareció un macedonio de pie que le rogaba: .”Ven aquí y ayúdanos.”

Apenas tuvo la visión, buscábamos cómo salir inmediatamente para Macedonia, seguros de que Dios nos llamaba a predicarles el evangelio” (Hech 16:9-10).

Una vez más interviene el Espíritu Santo en la vida de Pablo, para seguir trazando lo que hemos llamado el “mapa carismático” de sus viajes, es decir, el camino inspirado por Dios que les lleva a nuevas regiones para su predicación.

El personaje aparecido en la visión era un macedonio. Y Pablo lo identificó así, bien porque él se lo declarase o bien porque en la manera de vestir y en el habla le reconoció como tal, ya que llevaba una gran clámide y un sombrero de anchas alas, tal como era la costumbre de los macedonios que él había visto con anterioridad en el puerto.

Estos misioneros que se preparaban a navegar, es decir, Pablo, Silas y Timoteo, y tal vez algunos acompañantes, habían llegado a Tróade después de un largo itinerario en el que habían ido visitando varias comunidades cristianas fundadas por Pablo en su primer viaje, el que hizo acompañado de Bernabé.

IR A CONTENIDO

.

.

01. Paréntesis en Calada: Enfermedad de Pablo.

El historiador Lucas se apresura en su narración, porque quiere llegar a Grecia. Mas nosotros sabemos de algunos otros sucesos que acontecieron en este viaje, aunque no se nos informe de ellos en este Libro de los Hechos. Y entre ellos el más importante fue una enfermedad de Pablo, que le obligó a detenerse en un lugar no previsto, en la región de Galacia, y que fue ocasión para la evangelización de los gálatas y para que éstos mostrasen al misionero enfermo su hospitalidad y afecto. Así nos lo narra Pablo en su Carta a los Galatas.

Se ha discutido largamente sobre quiénes eran precisamente estos gálatas a los que se dirige la carta de San Pablo. Y la razón de esta controversia es la variedad de opiniones sobre el tiempo y el lugar de las emigraciones de los gálatas. De ellos ya hemos indicado anteriormente (c.XV) su origen y sucesivas emigraciones, una de las cuales terminó en Asia Menor, y que a su vez se dividió en la Provincia romana de Galacia y en una región que podríamos llamar Galacia Norte. La pregunta que aquí nos hacemos es: cuando Pablo escribe a los gálatas, ¿se refiere a los habitantes de aquellas ciudades ya evangelizadas en el primer viaje descrito en el capítulo XIII o, por el contrario, se dirige a los gálatas del Norte? Digamos que el problema no está resuelto, pero que en todo caso sabemos que Pablo, la primera vez que evangelizó a los gálatas, a quienes escribe, padeció una enfermedad violenta, aunque breve, que le hizo interrumpir su viaje. ¿Qué enfermedad era ésta?

Se ha discutido ampliamente entre los comentaristas, que se apoyan principalmente en dos textos. Uno en la citada Carta a los Galatas y otro en la segunda Carta a los Corintios. Así dice el texto de los Galatas.

“Bien sabéis que estaba enfermo de enfermedad corporal cuando por primera vez os anuncié el evangelio. Y puestos a prueba por mi enfermedad, no me desechasteis ni me despreciasteis, sino que me recibisteis como a un ángel de Dios, como a Cristo Jesús. Yo mismo testifico que, de haber sido posible, los ojos os hubierais arrancado para dármelos” (Gal 4:13-15).

El segundo texto se halla en la Carta segunda a los Corintios, donde se contienen muchos datos autobiográficos de Pablo. En ella, después de haber narrado el Apóstol ciertos fenómenos místicos, como éxtasis y visiones con que Dios le favoreció, añade: “Para que yo no me engría por todo esto, se me ha dado un aguijón en la carne, un emisario de Satanás que me abofetea para que no me engría. Por esto rogué tres veces al Señor para que lo apartase de mí, y El me dijo: Te basta con mi Gracia” (2 Cor 12:7-9).

Sobre estos dos textos se han construido diferentes hipótesis para precisar cual fue la dolencia que afectaba a San Pablo. ¿Se refieren los dos textos a la misma enfermedad? ¿Se trataba de una dolencia crónica con períodos agudos? ¿Estaba relacionada con los fenómenos místicos de que se hallaba dotado? ¿Poseía manifestaciones externas que provocaban cierta repugnancia y rechazo en los circunstantes? ¿Era una tentación de tipo carnal y sexual? ¿O se trataba más bien de la malaria que pudo contraer en las regiones pantanosas de Panfilia durante su primer viaje?

Como se ve, el texto se puebla de interrogantes y el cuadro clínico comprende una larga lista: calculos, sordera aguda, gota, epilepsia, oftalmía deformante, etc. Del hecho de que los gálatas, por aprecio al enfermo, no “escupiesen al verlo” no puede deducirse el tipo de enfermedad, ya que estos pueblos escupían en presencia de cualquier tipo de dolencia, que suponían ocasionada por un espíritu aposentado en el enfermo. La lista clínica del dudoso diagnóstico es la mejor prueba de nuestra ignorancia.

Concluyamos, pues, que Pablo, durante el tiempo de su primera evangelización de Galacia, que probablemente sucedió en este segundo viaje, sufrió un ataque inesperado de una enfermedad, que fue la ocasión para que él se detuviese en aquella región y predicase a sus habitantes, y al mismo tiempo les ofreció a éstos una oportunidad para manifestar al enfermo sus buenos sentimientos.

IR A CONTENIDO

.

.

02. Se alzan las velas hacia Grecia.

Volvemos a Tróade, donde habíamos detenido nuestro relato. No fue difícil encontrar una nave que zarpase para Macedonia. Y los expedicionarios se hicieron a la vela para recorrer los 230 kilómetros que separan a Tróade de la ciudad griega de Neápolis, con una breve detención en la isla de Samotracia, que está a mitad de camino.

Lo más importante de esta travesía es que Lucas, para describirla, emplea por vez primera sus verbos en la primera persona del plural, “buscamos” cómo partir, Dios “nos” llamaba, “zarpamos” para Neápolis, “nos” detuvimos unos días, etc. En una palabra: el relato histórico se nos convierte en autobiográfico.

Estamos en presencia de lo que la crítica ha llamado los fragmentos Wir, de la palabra alemana “nosotros,” en los que los intérpretes descubren el relato autobiográfico de Lucas que debió de incorporarse a la expedición cuando Pablo se hallaba en Tróade.

Tras una breve travesía, la nave tocó tierra en Neápolis, donde desembarcaron los cuatro misioneros, que seguidamente, y caminando por la vía Egnatia, se dirigieron a Filipos (hoy Cávala), que distaba sólo un par de horas.

La vía Egnatia era la más antigua calzada romana de Europa oriental, que llegaba precisamente entonces hasta Neápolis. Dirigiéndose a Occidente, pasaba por Anfípolis y Tesalónica, atravesaba los Balcanes y alcanzaba hasta Dirraquio, el actual Durazzo, enfrente de Brindis, desde donde se continuaba por la vía Appia hasta llegar a Roma, centro y origen de toda la red viaria del Imperio. Por tanto, cuando nuestros misioneros pisaron la vía Egnatia tenían delante de sí las anchas posibilidades y esperanzas del Imperio Romano.

IR A CONTENIDO

.

.

a. La Ciudad de Filipos.

La ciudad de Filipos antiguamente había llevado el nombre de Kránides, que significa “fuentes,” y fue reconstruida por Filipo II, rey de Macedonia y padre de Alejandro Magno. Hacía pocos años que el emperador Augusto la había levantado a la categoría de colonia romana, y ostentaba el título de “Colonia Augusta Victrix Filippensium,” con derecho municipal itálico y exención de tributos. La villa estaba poblada en gran parte por los antiguos veteranos de las legiones, que habían llevado consigo sus lares y divinidades domésticas, como Minerva, Diana, Mercurio y Hércules. La ciudad, que tenía foro, teatro, acrópolis y murallas, se regía, a semejanza de Roma, por dos magistrados, llamados arcantes, elegidos anualmente por los ciudadanos, a la manera de los cónsules, que tenían potestad judicial y se hacían acompañar de lictores con hachas -y fasces.

San Pablo, al llegar a Filipos, siguiendo su costumbre, trató de establecer primero un contacto con la colonia judía, que allí era tan escasa que ni siquiera formaban número suficiente para mantener una sinagoga.

“El sábado salimos a las afueras y fuimos por la orilla del río a un sitio donde pensábamos que se reunía gente para orar; nos sentamos y trabamos conversación con las mujeres que habían acudido. Una de ellas, que se llamaba Lidia, natural de Tiatira, comerciante de púrpura y adicta al judaismo, estaba escuchando. Y el Señor le abrió el corazón para que hiciera caso a lo que decía Pablo” (Hech 16:13-14).

Lidia es la primera persona, identificable por su nombre, que aceptó la fe en esta Europa que se estrenaba para Cristo. Lidia no es un nombre propio, sino más bien denominación onomástica de origen, ya que había nacido en Tiatira, ciudad perteneciente a la región de Lidia, situada en la parte más occidental del Asia Menor y en la costa del mar Egeo.

Tiatira era una ciudad ya famosa y conocida de Hornero por sus telas de púrpura, que era precisamente el comercio que ejercía Lidia, probablemente heredado de su difunto esposo. Este negocio requería un importante capital, y la casa de Lidia, por su capacidad y el número de sus sirvientes, podía albergar a los recién venidos.

Lidia, tras escuchar a Pablo, se bautizó con toda su familia, que, más que sus parientes, significa aquí los esclavos y sirvientes que tenía en su casa. Y seguidamente invitó a los misioneros a hospedarse en ella. “Si estáis convencidos de que soy fiel al Señor, venid a hospedaros en mi casa. (Y añade Lucas) y nos obligó a aceptar” (Hech 16:15).

Los caminos de la geografía espiritual de Pablo son maravillosos. Los cuatro misioneros — los cuatro magníficos del evangelio — han pisado territorio griego y se hallan en una ciudad griega, colonia romana, en la que ni siquiera hay judíos bastantes para formar una sinagoga, pero donde se abre la primera Iglesia cristiana de Europa: es la iglesia doméstica en la casa de una mujer, comerciarte en púrpura, que les fuerza con habilidad y con insistencia femeninas a alojarse allí, y que pone al servicio de los misioneros su fe, su dinamismo y sus recursos. Y en casa de Lidia sin duda permanecieron algún tiempo, hasta que la persecución, que siempre acompañaba a Pablo, se presentó inopinadamente.

IR A CONTENIDO

.

.

03. Curación de la Pitonisa y Prisión de Pablo.

“Una vez que íbamos al sitio de la oración, nos salió al encuentro una muchacha esclava, poseída de un espíritu de adivinación, que, pronunciando oráculos, producía muchas ganancias a sus amos. La chica nos seguía a Pablo y a nosotros gritando: “Estos hombres son siervos del Dios Altísimo, que os anuncian el camino de salvación.”  Venía haciendo esto durante muchos días, hasta que Pablo, cansado, se volvió y dijo al Espíritu: — En nombre de Jesucristo, te mando que salgas de ella. Y en el mismo instante salió” (Hech 16:10-18).

Cuando la narración de los Hechos nos presenta a esta adivina, quizá Lucas esté pensando en lo que nosotros llamaríamos una “médium” espiritista. Es decir, una persona que puede caer en trance hipnótico y pronunciar palabras que son interpretadas como comunicación con los espíritus y como oráculos que vaticinan el futuro.

En este caso, sabemos que la muchacha ejercitaba su arte adivinatorio en provecho de sus amos, que tal vez fuesen un grupo o corporación de sacerdotes paganos que explotaban así a la muchacha. De ella dice el texto griego que está poseída de un “espíritu pitón.”

Pitón, en la mitología griega, era una serpiente maravillosa que profería oráculos, pero que fue vencida por Apolo, quien desde entonces adquirió dicho poder. Por eso se le llamaba Apolo “pírico,” y a las adivinas que estaban bajo su protección se las llamaba “pitonisas.” La chica de nuestra historia era una pitonisa que operaba en la ciudad de Filipos; aunque es difícil determinar hasta qué punto se hallaba dotada de poderes parapsicológicos o estaba manipulada por el demonio.

En el presente caso, Pablo descubrió en la acción de la adivina una intervención diabólica, y por eso conminó al mal espíritu a que saliese de ella, como, en efecto, lo hizo. Aunque tuvo el resultado de que la chica quedó privada de sus poderes adivinatorios y consecuentemente de su valor comercial. La reacción de sus amos no se hizo esperar.

“Los amos, viendo que se les iba toda esperanza de negocio, agarraron a Pablo y Silas y los arrastraron a la plaza ante las autoridades y los presentaron a los arcontes, diciendo: “Estos hombres están alborotando nuestra ciudad. Judíos como son predican enseñando costumbres que nosotros no podemos aceptar ni practicar, siendo como somos romanos.”

La plebe se amotinó contra ellos y los magistrados dieron orden de que los desnudaran y apalearan. Y después de molerlos a palos, los metieron en la cárcel, mandándole al carcelero que los pusiera a buen recaudo. Y éste, conforme a la orden recibida, los metió en la mazmorra y les sujetó los pies en el cepo” (Hech 16:19-24).

Hemos dicho que Filipos, como colonia, se regía por el lus Italicum y que, por tanto, Pablo y Silas, que eran ciudadanos romanos, deberían haber sido juzgados de acuerdo con un procedimiento legal. La ley Valeria prohibía golpear a un ciudadano romano sin una decisión judicial previa y explícita, y la ley Porcia prohibía aplicar en cualquier caso los azotes o verberatio a un ciudadano. Estas eran las leyes; pero lo que estaba sucediendo allí entonces tenía mucho de tumulto, en medio del cual los presuntos culpables fueron empujados ante el tribunal, y, sin dar lugar a explicaciones ni defensas, fueron perentoriamente acusados, condenados, azotados y enviados a la cárcel.

IR A CONTENIDO

.

.

04. Liberación de Pablo y de Silas.

“A eso de media noche Pablo y Silas oraban cantando himnos a Dios. Los otros presos escuchaban. De repente, vino una sacudida tan violenta que retemblaron los cimientos de la cárcel, las puertas se abrieron de golpe y a todos se les soltaron las cadenas” (Hech 16:25-26).

En la vida de Pablo lo humano y lo divino se asocian tan estrechamente que es difícil separarlos. Aquellos dos reos eran tan diferentes de los demás que, en lugar de protestar y maldecir, se ponían a rezar y cantar. Lo cual produjo sorpresa y admiración en los demás encarcelados que los escuchaban en silencio. “De repente, el edificio de la cárcel sufre una sacudida violenta” (Hech 16:26).

Es bien conocido que Grecia y sus islas han sido frecuente teatro de sacudidas tectónicas; pero en todo caso la presente estaba pretendida por Dios con un efecto especial, ya que no es normal que en un terremoto no se desplome el edificio, sino que tan sólo se suelten las cadenas.

Hubo, sin embargo, una persona en quien este seísmo tuvo un efecto muy peculiar, y fue en el carcelero o alcaide de la prisión.

“El carcelero se despertó, y al ver las puertas de la cárcel de par en par, sacó la espada para suicidarse, imaginando que los presos se habían fugado. Pablo lo llamó a gritos: — No te hagas nada, que estamos todos aquí.

El carcelero pidió una lámpara, saltó dentro y se echó temblando a los pies de Pablo y Silas. Los sacó fuera y les preguntó: — Señores, ¿qué tengo que hacer para salvarme?

Le contestaron: — Cree en el Señor Jesús, y os salvaréis tú y tu familia.

Y le explicaron el mensaje del Señor a él y a todos los de su casa. El carcelero los acogió a aquellas horas de la noche. Les lavó las heridas y se bautizó en seguida con todos los suyos. Luego los subió a su casa, les preparó la mesa y celebraron una fiesta de familia por haber creído en Dios” (Hech 16:27-34).

La primera reacción del carcelero fue casi automática: poseído de terror, y creyendo que los presos se habían fugado, sacó la espada para poner fin a su vida. Después, con un cambio súbito, se arroja tembloroso a los pies de Pablo. Todas sus impresiones se acumulan; aquellos presos no son como los demás: él sabía que aquellos hombres predicaban la salvación, porque así lo había declarado la pitonisa; sabía igualmente que habían dominado al espíritu de la adivina, advertía que cantaban en vez de maldecir, y que no se habían aprovechado de tal terremoto para escapar. Este conjunto de sucesos hace que el carcelero se sienta invadido de un temor religioso. Y Pablo, que sabe leer debajo de la pregunta del alcaide, descubre en ella una disposición para recibir la fe y el bautismo. Todo sucede con pasmosa celeridad: catequesis, aceptación, bautismo y ágape fraternal.

En el intervalo, los magistrados, o “arcontes” de la ciudad, habían tenido tiempo para reflexionar sobre los acontecimientos tumultuosos de la víspera, y, juzgando que no había razón para mantener detenidos a los autores, mandan libertarlos.

“Por la mañana, los magistrados enviaron alguaciles con esta orden: pon en libertad a estos hombres. Y el carcelero se lo comunicó a Pablo: — Los magistrados mandan a decir que se os ponga en libertad. Por tanto, salid y marchaos en paz.

Pero Pablo replicó a los alguaciles: -¡Cómo! Nos azotan en público sin previa sentencia; a nosotros, ciudadanos romanos, nos meten en la cárcel, ¿y ahora pretenden echarnos a escondidas? Ni hablar, ¡que vengan ellos en persona a sacarnos!

Los alguaciles comunicaron las respuesta a los magistrados. Y al oír que eran ciudadanos romanos, se asustaron y fueron a excusarse. Les sacaron fuera y les rogaron que se marchasen de la ciudad” (Hech 16:35-39).

La invocación de la ciudadanía romana tiene un efecto fulminante; los magistrados se apresuran a ir en persona a la cárcel para poner en libertad a los presos y ofrecerles sus excusas, a las que añaden el ruego de que se retiren de la ciudad. Sin duda no quieren que se repitan los tumultos de la tarde anterior, ahora que conocen la categoría de los detenidos.

Es muy probable que Pablo permaneciese todavía unos días en Filipos, mientras preparaba su marcha. El grupo apostólico experimentó un pequeño reajuste: sabemos expresamente que Pablo y Silas se marcharon de la ciudad; de Timoteo, es probable que los acompañase. Y en cuanto a Lucas, parece que se quedó en Filipos, quizá al frente de aquella comunidad cristiana, ya que la siguiente narración suya no pertenece a los fragmentos autobiográficos Wir. Pero antes de despedirnos de Filipos, vamos a echar una ojeada de conjunto a lo que esta cristiandad representaba en la vida de Pablo y de la primitiva Iglesia.

Filipos fue la primera ciudad de Grecia continental, y aun de Europa, que fue evangelizada por Pablo y en donde dejó establecida una comunidad, que sin duda fue la más querida del Aposto. Y fue la única de la que aceptó ayuda económica, estando en Tesalónica y probablemente también en Efeso y Roma. Y a una de estas dos ciudades, hallándose Pablo encarcelado, también los filipenses le enviaron como mensajero a Epafrodito con sus regalos, y éste, al regresar a Filipos, se trajo la carta de Pablo llamada Carta a los Filipenses (véase c.XXXIII)

En su tercer viaje visitó de nuevo el Apóstol a su querida comunidad, y probablemente asimismo, de regreso de dicho viaje, y antes de volver a Tróade, celebró allí la fiesta de los ácimos.

De aquella Filipos paulina sólo quedan hoy ruinas, entre las que se puede distinguir una basílica cristiana del siglo VI, el foro y una cisterna donde algunos han situado la prisión de Pablo.

IR A CONTENIDO

.

.

05. Tesalonica, Berea y Atenas.

Nuestra narración de la vida de San Pablo en los Hechos de los Apóstoles ha llegado al momento en que el Apóstol, acompañado de Silas y muy probablemente de Timoteo, deja la ciudad de Filipos y se encamina a la de Tesalónica, atravesando las ciudades de Anfípolis y Apolonia. Unámonos a los caminantes en este recorrido.

El camino discurre por la vía Egnatia, carretera militar romana empedrada de losas de granito, que, como ya advertimos, se originaba en Durazzo, que es hoy costa de Yugoslavia, y llegaba hasta Filipos. En dos jornadas nuestros viajeros alcanzaron Anñpolis, que distaba unos 70 kilómetros, ciudad así llamada porque estaba situada en una península rodeada casi enteramente por el río Estrimón.

IR A CONTENIDO

.

.

a. La Ciudad de Tesalonica.

Tesalónica, ciudad costera en el mar Egeo y más exactamente en el golfo de Termas, era la capital de la provincia romana de Macedonia, una de las cuatro en que los romanos dividieron aquellas regiones después de la conquista de Grecia. Aunque anteriormente existieron algunos pobladores, la capital fue fundada por Casandro, general de Alejandro Magno, quien le impuso el nombre de su propia mujer, hermana de Alejandro, llamada Tesalónica ( victoria marítima)

Su importancia comercial era indudable. Hacia el interior, la ciudad estaba comunicada por la vía Egnatia, y proveía a los mercados de buena parte de los Balcanes. Y hacia el mar, su puerto recibía y despachaba naves para todo el orbe romano. Si allí prendiese la fe cristiana — pensaba Pablo —, Tesalónica podría convertirse en un centro difusor del cristianismo. Y así lo recordó cuando más adelante, en su primera carta a los de Tesalónica, les escribió: “Desde vosotros la palabra del Señor se ha difundido no solamente en Macedonia y Aca-ya, sino en todas partes” (1 Tes 1:8).

Hoy Salónica, que es su nombre actual, es la segunda ciudad de Grecia y su primer puerto comercial. En la primera guerra mundial fue escenario de violentos combates, y durante los últimos años albergó a una numerosa colonia de judíos, principalmente sefardíes, que conservaban un habla dialectal de procedencia española.

Y tras otras dos jornadas de marcha por un camino que bordeaba el mar Egeo, llegaron a Apolonia, muy próxima a la escarpada península de Athos, que siglos después sería famosa por su república de monjes. Finalmente, los expedicionarios llegaron a Tesalónica.

Y siguiendo su costumbre, Pablo, al llegar a esta ciudad, se dirigió primeramente a la colonia judía, y en particular a un cierto Jasón, a quien venía recomendado desde Filipos.

Jasón era un judío de raza, pero con nombre griego, que poseía una pequeña fábrica de tejidos donde Pablo y sus compañeros encontraron alojamiento y trabajo.

El tema de la predicación de Pablo era usual en su catequesis: Jesús era el Mesías que había tenido que padecer y resucitar, como ya había sido anunciado en las Escrituras por los profetas. El efecto de la predicación fue doble y contradictorio. Algunos judíos creyeron, y a ellos se añadió un gran número de adictos griegos y no pocas mujeres principales. Pero otros se opusieron a los predicadores y formaron un alboroto.

“Envidiosos los judíos, reclutaron a unos maleantes del arroyo y, provocando tumultos, alborotaron la ciudad. Irrumpieron en casa de Jasón, en busca de Pablo y Silas, para conducirlos ante la plebe, y, al no encontrarlos, arrastraron a Jasón y algunos hermanos a presencia de los concejales, vociferando: “Esos que han revolucionado el mundo se han presentado también aquí y Jasón les ha dado hospedaje. Todos estos actúan contrariamente a los edictos del emperador, porque afirman que hay otro rey, Jesús.”

Estas palabras alarmaron a la multitud y a los concejales, que exigieron una fianza a Jasón y a los otros para ponerlos en libertad” (Hech 17:5-9).

Estos concejales que aquí se citan, como lo han demostrado algunas inscripciones, son los seis llamados politarcas, que eran elegidos democráticamente por el pueblo cada año y que actuaban como regidores de la ciudad, aunque la autoridad suprema la ejercía el gobernador romano.

Una vez más, Pablo, interrumpido en la predicación por la hostilidad de los judíos, hubo de salir precipitadamente de Tesalónica. Y también, como en tantas otras ocasiones, la huida nocturna fue facilitada por los hermanos, que lo dirigieron hacia Berea.

Pablo dejaba tras de sí fundada en Tesalónica una comunidad cristiana que se revela con trazos muy característicos en el epistolario paulino. Su apostolado entre los tesalonicenses había sido llevado a cabo en medio de una fuerte oposición y tuvo un toque muy personal, a la vez sincero y afectuoso.

IR A CONTENIDO

.

.

06. Epístola a los Tesalonicenses.

Más adelante, cuando San Pablo, en la ciudad de Corinto, comience a redactar su epistolario, tendremos ocasión de describir el arte de la escritura en aquella época y sus diversos componentes e instrumentos (c.XXI) Ahora vamos a adelantar algo del contenido de la primer carta a los fieles de Tesalónica.

En ella Pablo insinúa algunos de los temas que va a desarrollar en cartas posteriores dirigidas a otras Iglesias. Pablo suele comenzar sus cartas con una salutación inicial en la que nombra a los destinatarios y en la que añade su propia auto-definición (aunque en esta carta a los de Tesalónica los omita)

Al describir la comunidad cristiana de Tesalónica, hace una enumeración de tres virtudes, la Fe, la Esperanza y la Caridad, que constituirán una división clásica de la Teología y que serán objeto de posteriores definiciones. En esta carta no se trata de tres conceptos teológicos, sino de tres realidades vivas y dinámicas: la “actividad” de vuestra fe, el “esfuerzo” de vuestro amor y el “tesón” de vuestra esperanza. Es decir, un cristianismo comprometido y nada fácil.

Siendo esta Tesalónica la primera comunidad cristiana evangelizada después de la estancia de Pablo en Filipos, donde tan cordial acogida había disfrutado, sorprende el grado de intimidad y de afecto con que comienza esta carta, llamándose padre y madre de los nuevos fieles.

“Nunca tuvimos con vosotros palabras aduladoras ni codicia disimulada ni buscamos honores humanos, sino que os tratamos con entereza como una madre que cría con mimo a sus hijos y por el cariño que os teníamos os hubiéramos entregado no sólo en evangelio de Dios, sino nuestra propia vida. Nuestro proceder fue honrado y sin tacha, y sabéis que tratamos con cada uno de vosotros personalmente, como un padre con sus hijos, exhortando con tono suave o enérgico a vivir como Dios se merece” (1 Tes 2:5-12).

La comunidad de Tesalónica, reclutada principalmente entre los gentiles, encontraba en su anterior conducta pagana algunas dificultades para vivir de acuerdo con las exigencias de la nueva fe. Por eso Pablo les previene en contra de un libertinaje de costumbres, que era muy común en aquella época en las ciudades helenísticas.

“Lo que Dios quiere es que os apartéis del libertinaje; que cada uno sepa controlar su propio cuerpo, santa y respetuosamente, sin dejarse arrastrar por la pasión como los paganos que no conocen a Dios. Y que en este asunto nadie ofenda a su hermano ni abuse de él; porque el Señor castiga todo eso, como ya dijimos y aseguramos, ya que Dios nos llamó no a la inmoralidad, sino a una vida consagrada” (1 Tes 4:3-7).

IR A CONTENIDO

.

.

a. La Parusia.

Es una palabra griega que, junto con el verbo pareinai, significa “venida,” y en este sentido general ya se usa en la traducción griega de los Setenta del AT. Pero en la época helenística, en la que se desarrolla esta Vida informativa, tiene un significado más peculiar, que podríamos llamar “técnico,” y pertenece al vocabulario “oficial,” ya que significa “la venida de un funcionario del Estado, e incluso del emperador, para visitar una ciudad que lo recibe con un ceremonial acompañado de festejos.”

Cuando esa “parusía” se aplica a Cristo, en su segunda venida, la “Parusía” adquiere una nueva definición y se cita 23 veces en el NT. La expectación ante la segunda venida de Jesús y la fecha de la parusía preocupó mucho a la primitiva Iglesia, y sobre ella se expresa Pablo en las dos cartas a los de Tesalónica. Al principio parece que Pablo personalmente pensaba que esa parusía estaba próxima. Después, ya no insiste en esta proximidad, y más bien atiende a la preparación que el cristiano debe tener ante la incertidumbre de su tiempo, y, sobre todo, en la esperanza que despierta en el cristiano esta venida gloriosa. El Apocalipsis se termina con este deseo de la parusía: “¡Ven, Señor Jesús!” (Ap 22:20).

IR A CONTENIDO

.

.

07. La Segunda Venida de Cristo.

Además de estos temas, que podíamos llamar de comportamiento ético cristiano, la Iglesia de Tesalónica estuvo agitada por algunas inquietudes y dudas sobre lo que llamaríamos “verdades escatológicas,” es decir, referentes a la próxima segunda venida de Cristo.

La idea de este cambio inminente en los grandes acontecimientos del mundo, e incluso de un final cósmico, circulaba por entonces en el mundo romano, que había perdido mucho del esplendor de los reinados de Augusto y Tiberio, y se hallaba oscurecido por las locuras de Calígula y las intrigas de la corte imperial de Claudio. Por todas partes se señalaban presagios siniestros. La predicación de Pablo sobre la segunda venida de Cristo, la llamada “parusía,” parecía ofrecer nuevos datos para este catastrofismo, y quizá se añadió a todo esto la muerte de algunos cristianos de Tesalónica, tal vez de algunos pescadores, que les planteaba a todos una angustiosa pregunta: ¿Es que esos que ya han muerto no van a presenciar el retorno glorioso de Jesús al final del mundo? Pablo les escribió sobre esto: “No queremos, hermanos, que ignoréis la condición de los que mueren. Para que no os aflijáis como esos otros que no tienen esperanza. ¿No creemos que Jesús murió y resucitó? Pues también a los que han muerto, Dios, por medio de Jesús, les llevará con El.

Mirad, esto que voy a deciros se apoya en una palabra del Señor: nosotros, los que quedemos vivos para cuando El venga, no llevaremos ventaja a los que hayan muerto; pues cuando se dé la orden, a la voz del arcángel y al son de la trompeta celeste, el Señor en persona bajará del cielo. Primero resucitará a los cristianos difuntos; luego nosotros, los que quedemos vivos, juntos con ellos, seremos arrebatados en nubes para recibir al Señor en el aire. Y así estaremos siempre con el Señor. Consolaos, pues, mutuamente con estas palabras” (1 Tes 4:13-18).

Esta catequesis de Pablo ha dado origen a múltiples comentarios. Los exegetas están conformes en que Pablo anuncia aquí la segunda venida de Cristo. A lo cual añade que los cristianos de la última generación, los que queden vivos cuando venga Cristo, no han de morir, sino que serán arrebatados al encuentro del Señor.

Las opiniones se dividen cuando se trata de determinar el sentido de la frase de Pablo, “nosotros, los que quedemos vivos.”  ¿Es que Pablo pensaba que la venida de Jesús estaba muy cercana y que, por tanto, él y otros vivirían todavía en aquel momento? Así lo han entendido algunos comentaristas y puede ser que también así lo interpretaran los fieles de Tesalónica. Pero para otros, y para nosotros también, el modo de escribir de Pablo no significa que él pensase que estarían vivos para entonces, sino que se trata de una conocida figura de lenguaje, según la cual el escritor se identifica con algunos personajes de su narración, y en este caso con los que se encontrasen vivos en el momento de la parusía, sin pretender con eso asegurar que él personalmente estaría entre ellos. Más aún, Pablo insiste en que la venida del Señor sucederá inopinadamente, cuando menos se piense, y que por tanto hay que adoptar un talante de vigilancia continua, aunque sin inquietudes.

Tras esta carta a la Iglesia de Tesalónica, que todos reconocen como genuina de Pablo, el Apóstol escribió una Segunda carta, de cuya autoría paulina algunos dudan. Y la razón principal es que les parece hallar en ella una contradicción en la doctrina que el Apóstol enseña acerca de la segunda venida de Cristo o parusía. La contradicción consistiría en que en la primera carta Pablo afirma que dicha venida será repentina e imprevista, y en cambio, en la segunda carta se señalan algunos signos premonitores. Se trata de una cuestión discutida, como también la de la significación del Anticristo, y del tiempo de su venida.

IR A CONTENIDO

.

.

a. El Anticristo.

La palabra Anticristo no pertenece al vocabulario paulino, sino al de San Juan Evangelista, que también nombra a “los Anticristos,” en plural (cf. c.XXXVIII) San Pablo usa otra expresión equivalente: “el Hombre impío, el Adversario, hijo de perdición.” También, en el Apocalipsis, las dos Bestias, una que sale del mar y otra de la tierra, ofrecen rasgos similares al del Anticristo (Ap 13 lss).

Estos datos, un tanto confusos, han dado origen a varias interpretaciones que pueden resumirse en dos:

A) El Anticristo es un personaje individual. Es la hipótesis más antigua, que se apoya tanto en el Libro de Daniel (Dan 9:14), como en el Evangelio, que nombra a “los falsos Cristos y los falsos profetas” (Mt 24:5-24), y sobre todo en el Apocalipsis, donde la Bestia es idéntica con el Anticristo; es decir, que el “Anticristo” de Juan es el mismo que el antikeimenos (el Hombre impío que hace frente) de Pablo (2 Tes 2:4), y ambos son distintos de Satanás (2 Tes 2:9)

B) Es un colectivo. Es decir, no un individuo, sino la personificación de las fuerzas del mal, enemigas de Cristo, a través de toda la Historia de la Humanidad. Y en apoyo de esta interpretación, se cita a Juan Evangelista: “¿No oísteis que iba a venir el Anticristo? Pues mirad cuántos anticristos se han presentado” (1 Jn 2:18) Y advirtamos que es el mismo Juan quien escribe así en su Epístola, y quien también introduce a las Bestias en el Apocalipsis. Se podría, por tanto, admitir que la palabra “Anticristo,” como algunas otras, puede recibir diversas interpretaciones sin que tengamos que decidirnos por una exclusiva.

IR A CONTENIDO

.

.

08. Pablo, en Atenas.

Pablo se embarcó en el puerto de Dios, rumbo a Atenas, y tras una travesía de unos cuatro días, la nave dobló el promontorio del cabo Sunión, donde se levantaba un templo a Poseidón, dios del mar. Y, navegando entre las islas Egina y Salamina, Pablo avistó el puerto del Pirco, “rico en mástiles,” como diría Hornero, al tiempo que un grumete desde la cofia del navio gritaba: Atenai!, es decir, ¡Atenas!

IR A CONTENIDO

.

.

a. La Ciudad de Atenas.

Atenas, indudablemente, seguía siendo la cabeza de toda la Grecia, pero ésta ya no era la Grecia heroica de Pericles ni la triunfadora de Alejandro Magno. El espectáculo que presentaba la ciudad era sobrecogedor: sobre sus edificios de mármol se levantaba la punta de oro de la lanza de Atenea, que reflejaba el sol naciente y se clavaba en el firmamento de turquesa del Helesponto. Sin duda que Pablo recorrió aquella maravillosa ciudad, y atravesando los Propileos, subió hasta la Acrópolis, cuyo centro ocupaba el Partenón, erigido a honra de la diosa Palas Atenea, la virgen hija de Zeus, a quien la mitología imaginaba como emanada de su cabeza con armadura completa. Cerca del Partenón encontró al Erecteón, donde se guardaba el olivo sagrado, regalo de los dioses a Grecia, ante el cual ardía perpetuamente una lamparita de aceite.

Ante la ciudad de Atenas, el alma de Pablo, quizá un tanto ajena a la admiración estética, pero enardecida en celo por predicar a Cristo, “se encendió en cólera al ver la ciudad llena de ídolos.”  Así lo dice Lucas, que recogió esta observación del mismo Pablo. Y era lo mismo que el escritor romano Petronio había dicho frivolamente: “Cuando paseas por Atenas, te es más fácil encontrarte por la calle con un dios que con un hombre.”

Atenas, en efecto, era el centro religioso del mundo greco-romano, y no sólo se honraba en ella a todas las divinidades del panteón nacional, sino que los demás pueblos se complacían en mantener en la ciudad templos y aras dedicados a sus propios dioses y héroes. Incluso también se honraba a los dioses desconocidos, no sucediera que por no hacerlo les sobreviniese alguna calamidad.

Pablo, en este ambiente politeísta, enteramente contrario a su fe judía y a su lealtad cristiana, comenzó a predicar a los judíos en la sinagoga local, pero además se lanzó a hablar en la plaza pública o foro, donde se reunían los atenienses para charlar y discutir. Leamos el relato de Lucas.

“Pablo, a diario, en la plaza mayor, hablaba con los que allí se reunían. Incluso conversaba con algunos filósofos epicúreos y estoicos.

Y unos se preguntaban: ¿Qué tendrá que decir este charlatán? Y otros, al oír que anunciaba a Jesús y a la resurrección, decían: Parece un propagandista de dioses extranjeros. Y le preguntaban: ¿Se puede saber qué es esa nueva doctrina que enseñas? Porque estás metiendo conceptos que nos suenan extraños y queremos saber qué significan.

Es que los atenienses todos, y los forasteros residentes allí, gastaban el tiempo contando o escuchando la última novedad. Pablo entonces, de pie, habló en medio del Areópago” (Hech 17:17-21).

Mas antes de escuchar a Pablo, examinemos atentamente su auditorio en el que se menciona a filósofos epicúreos y estoicos. Los epicúreos eran los discípulos de Epicuro, pero no los personales, ya se entiende, porque dicho filósofo había vivido en los siglos IIIy IV antes de Cristo. Los que allí se hallaban pertenecían a su escuela, que ya había sufrido varios cambios en la doctrina original. Para los epicúreos, en el mundo no existe Dios como fuerza o Ser Supremo, sino que todo es el resultado de un atomismo materialista donde las fuerzas se mueven al azar; por otra parte, el placer es la meta de la conducta humana, aunque ese placer debe estar moderado por la prudencia.

Los estoicos toman su nombre de la Estoa o Pórtico, que era un recinto, situado en el “agora,” donde enseñaba el fundador de la escuela, Zenón. Su doctrina admite la existencia de Dios, pero es un panteísmo materialista. El hombre debe conformar su conducta con la ley natural que se contiene en la razón divina, hasta que al morir vuelve a ser reabsorbido por el Gran Todo.

Ante estos filósofos y sus demás oyentes, Pablo expuso el mensaje del Evangelio, que resultó algo confuso para ellos. El predicador les parecía un “picador de grano,” es decir, uno que tomaba cosas de aquí y de allí, y lo único que sacaron en claro es que predicaba a dos divinidades extranjeras, una de las cuales, masculina, era Jesús, y otra, femenina, la Resurrección.

En cualquier caso, lo que aquel predicador anunciaba era curioso y digno de ser oído en el Areópago. Y por eso condujeron allí a Pablo.

IR A CONTENIDO

.

.

09. El Areópago Ateniense.

Areópago, como indica su nombre, es “la colina de Ares” o Marte, que físicamente era un altozano situado en la Acrópolis hacia el sudoeste, donde la mitología fantaseaba que en cierta ocasión había comparecido el dios Marte para ser juzgado por sus pares. No se trataba de un edificio cubierto, sino de un lugar al aire libre, rodeado de gradas y asientos.

Sin embargo, el nombre de Areópago también se dio a un Consejo de personas importantes de Atenas, que gozaron de múltiples atribuciones judiciales y culturales en la vida de la ciudad y cuya existencia databa de la era de Pericles. Allí fue donde Pablo pronunció un discurso que no consistió en una apología personal, como algunos han supuesto, sino en una catequesis dirigida a un auditorio enteramente nuevo.

“Atenienses, en cada detalle que observo veo que sois en todo extremadamente religiosos. Porque, paseándome por ahí y fijándome en vuestros monumentos sagrados, encontré incluso un altar con esta inscripción: Ά1 dios desconocido.”  Pues bien, eso que veneráis sin conocerlo, os lo anuncio yo” (Hech 17:22-24).

El comienzo de esta catequesis paulina es enteramente distinto de lo que Pablo solía hacer en las sinagogas. Cuando hablaba entre los judíos, tenía un punto de partida admitido por todos, que era la existencia del Dios de Israel, e incluso la aceptación de la Sagrada Escritura cuyos profetas anunciaban la venida de un futuro Mesías. Aquí, por el contrario, en Atenas tiene que partir de otro punto, que es posible que sea admitido por la mayoría de sus oyentes: que hay un Dios que hizo el mundo y todo lo que contiene. Por eso Pablo añadió:

“El Dios que hizo el mundo y todo lo que contiene, ese que es el Señor del cielo y la tierra, no habita en templos construidos por los hombres, ni lo sirven manos humanas, como si necesitase de alguien, cuando El es quien a todo da la vida, el aliento y lo demás.

De un solo hombre sacó todas las naciones para que habitasen la faz de la tierra., quería que lo buscasen a El a ver si al menos a tientas lo encontraban; por más que no está lejos de ninguno de nosotros, pues en El vivimos, nos movemos y existimos. Así lo dicen incluso algunos de vuestros poetas: “Sí, estirpe suya somos.”  Por tanto, si somos estirpe de Dios, no podemos pensar que la divinidad se parezca a oro, plata o piedra, esculpidos por la destreza y fantasía de un hombre” (Hech 17:24-29).

El discurso de Pablo está construido muy hábilmente. Más que enfrentarse con el auditorio, les lanza elementos o pistas de afinidad y sintonía: Dios es superior a todos los templos y está por encima de todos los cultos y ceremonias. No es un dios extranjero, sino un Dios para todos, que quiere que todos los hombres le busquen, aunque sea a tientas, y que a la vez se halla cerca de nosotros, ya que vivimos cerca de El. Incluso somos de su raza, como cantaron algunos de vuestros poetas.

En concreto conocemos a uno, llamado Epiménides, del siglo VI, que escribió sobre el héroe mitológico Minos. Y también a otro, Aratos, que compuso el poema astronómico Fenómenos. Aunque hay quienes piensan que la cita de Pablo “somos raza o estirpe de dioses” está tomada de un himno a Zeus, cuyo autor fue el poeta estoico Leandros.

Pablo, sin embargo, no podía quedarse en puras citas literarias, y por ello, en la parte final de su discurso, va derechamente al anuncio cristiano con todo lo que tenía de original y de difícil.

“Pues bien: Dios, pasando por alto aquellos tiempos de ignorancia, manda ahora a todos los hombres y en todas partes que se arrepientan, porque tiene señalado un día en que juzgará al universo con justicia por medio del hombre que ha designado. Y ha dado a todos garantía de esto resucitándolo de la muerte.

Al oír la resurrección de los muertos, unos lo tomaban a broma y otros dijeron: De esto te oiremos hablar en otra ocasión. Entonces Pablo se salió del foro” (Hech 17:30-33).

El final era de prever, Pablo no se recata de calificar a la brillante filosofía griega, que tales conceptos había elaborado sobre Dios, como “unos tiempos de ignorancia,” tras los que el nuevo mensaje cristiano pide conversión y arrepentimiento. Y el motivo es que Dios juzgará al mundo con justicia y ha garantizado el hacerlo, ya que ha entregado ese juicio a Jesús y lo ha resucitado de la muerte.

Esto era demasiado. O por mejor decir, la muerte y la resurrección de Cristo chocaban demasiado frontalmente con la falsa sabiduría griega, tan pagada de sí misma, y que todo esto lo tomaba a broma con aire de superioridad.

Pablo se salió del corro. Debió de producirle esto un tremendo choque. Ni volvió jamás a Atenas, ni la cita en ninguna de sus cartas, ni les escribió jamás. Sin embargo, entre los mármoles fríos de la Acrópolis griega había prendido la semilla cristiana.

“Algunos hombres, sin embargo, le habían dado su adhesión y habían creído. Entre ellos Dionisio el Areopagita, y además una mujer, llamada Damaris, y algunos otros” (Hech 17:34).

Dionisio, que era miembro del consejo del Areópago, y Damaris, a quien San Juan Crisóstomo supone que era su mujer, han pasado a la Historia de la Iglesia. De Dionisio escribe un obispo posterior de Corinto, en el año 175, que “el Areopagita fue el primer obispo de Atenas y que murió mártir en la persecución del emperador Adriano.” Damaris fue incluida en el santoral griego en el día 4 de octubre.

Posteriormente, pero sin fundamento histórico, se le atribuyeron al Areopagita varias obras de teología espiritual, como L·as Jerarquías celestes, Los Nombres divinos y otras, que gozaron de gran estima durante la Edad Media. Asimismo, a San Dionisio Areopagita se le ha confundido con otro San Dionisio que fue obispo de París y que murió mártir en el año 370.

IR A CONTENIDO

.

.

10. Pablo, en Corinto.

La permanencia de Pablo en Atenas no fue muy larga ni tampoco muy fructífera. Pablo estaba deseoso de un campo de apostolado más receptivo, y comprendió que la frivolidad de muchos atenienses y la soberbia de sus filósofos no eran el terreno más apropiado para la predicación del evangelio, y por eso decidió marchar a Corinto.

Al lado de Atenas, que comenzaba a ser tan sólo un eco de las glorias pasadas, Corinto representaba un presente mucho más amplio y dinámico, cosmopolita y apasionado, ante el cual nunca ha temido el evangelio.

IR A CONTENIDO

.

.

a. La Ciudad de Corinto.

Corinto, a quien Cicerón llamó “Luz de toda la Grecia,” era entonces la capital de la provincia romana de Acaya. El general romano Lucio Mumio había reducido a cenizas la antigua Corinto, llamada Epira, que había sido fundada en el siglo IXx a. de C. Más adelante, Julio César ordenó la reedificación de Corinto en el año 54 y estableció en ella una colonia de libertos y veteranos, llamada “Laus Julia Corintium,” que después se fue poblando con la llegada no sólo de griegos, sino de otros pueblos asiáticos, entre los que no faltaron los judíos, atraídos por la creciente importancia comercial, que había convertido a Corinto en el primer puerto de Grecia. Para ahorrar a los buques el bordear la tempestuosa costa del Peloponeso, se habían construido dos puertos, uno en el golfo de Corinto, llamado Lequeas, y otro en el mar Egeo, cuyo nombre era Cencreas. Ambos puertos se comunicaban por un deslizadero por el que los pequeños navios podían ser arrastrados mediante cables de un puerto a otro.

El emperador Nerón había diseñado un plan para cortar el istmo y también hizo sus tentativas Herodes Agripa, pero de hecho no se logró hasta finales del siglo XIX, cuando se excavó y abrió el actual canal que comunica el mar Jónico con el Egeo.

La población de Corinto en tiempos de San Pablo, y según los cálculos más ajustados, llegaba a 600.000 habitantes, entre los que la tercera parte eran hombres libres y los dos tercios esclavos, y constituía un abigarrado conjunto de legionarios, aventureros, marineros y comerciantes.

Sobre este mosaico humano, policromo y contradictorio, se levantaba el templo de la diosa Afrodita, que estaba erigido sobre un monte que dominaba la ciudad, el llamado Acrocorinto, paralelo de la Acrópolis de Atenas.

Corinto, en otro tiempo, había sido una ciudad consagrada por su condición marítima al dios Neptuno, es decir, al Poseidón de la mitología griega, pero su culto había sido sustituido después por el de Afrodita, que era no tanto la diosa Venus del amor, nacida de las espumas del mar, cuanto la transposición de la diosa fenicia Astarté, símbolo de una desbordada fecundidad que recibía un culto orgiástico y desenfrenado. La prostitución sagrada, que estaba a cargo de 1.000 sacerdotisas de Afrodita, se derramaba por toda la ciudad en forma de costumbres licenciosas.

El comediógrafo griego Aristófanes había creado una palabra, el verbo “corintizar,” para designar la vida corrompida de la ciudad. Y Horacio afirma que “no todo el mundo puede ir a Corinto,” aludiendo a lo costosa que resultaba la vida de lujo y de crápula ofrecida por la ciudad. En este ambiente va a moverse Pablo y a este pueblo le va a ofrecer el mensaje de un evangelio que proclama dichosos a los pobres y a los limpios de corazón. Y ese evangelio va a tener una acogida humilde y fervorosa por parte de los Corintios.

IR A CONTENIDO

.

.

11. El Matrimonio Águila y Priscila.

En el escenario paulino de Corinto aparecen dos figuras, una pareja, que va a tener gran trascendencia en la vida del Apóstol. Se trata de un matrimonio joven: Aquila es el nombre del marido y Frisca o Priscila el de su mujer. Esta joven pareja parece un compendio vivo y enamorado de lo que empezaba a ser la nueva Iglesia. El era de raza judía y de origen helenístico, nacido en el Ponto, riberas del mar Negro. Ella era una romana a quien su marido conoció en uno de sus viajes comerciales a Roma, donde se establecieron, llegando a tener casa propia. Quizá por un tiempo el matrimonio practicó la religión judía, pero se convirtió a la fe cristiana, probablemente en la misma Roma, La profesión de los cónyuges era la de tejedores de lienzos y lonas para tiendas. Y esto les permitía una cómoda posición social, a la vez que les hacía viajar por motivos comerciales por gran parte del orbe grecorromano.

De Priscila no sabemos nada más en concreto, sino tan sólo que debía de ser una mujer de destacada personalidad, o quizá de una categoría social más alta, ya que de las seis veces que se menciona en el Libro de los Hechos a ambos cónyuges, se nombra en primer lugar a ella.

El matrimonio había sido expulsado de Roma por un decreto del emperador Claudio, que alcanzó a todos los hebreos, sin hacer distinción entre su religión judía o cristiana. El decreto está testificado por el historiador romano Suetonio, y su fecha, que es el año 49 ó 50, sirve para datar la estancia de San Pablo en Corinto.

Pablo, al comienzo de su estancia en Corinto, se quedó a vivir y trabajaba con este matrimonio, que acogió cordialmente al recién llegado, viendo en él no sólo a un compañero de trabajo, sino la presencia honrosa de un doctor de la ley. Y cuál no sería su sorpresa cuando un día Pablo y sus huéspedes descubrieron mutuamente que eran todos cristianos; quizá Águila y Priscila serían por entonces la única familia cristiana que tenía su residencia en Corinto.

La acogida y la ayuda que Pablo encontró en este matrimonio cristiano perdurará en su memoria, y les dedicará un día en su Carta a los Romanos el elogio personal más cumplido de cuantos escribió en su vida, haciendo preceder sus nombres a los 16 más que cita en aquella carta.

“Saludad a Frisca y Aquila, colaboradores míos en Cristo Jesús, que ofrecieron su propio cuello por salvar mi vida, y a los cuales estamos agradecidos no sólo yo, sino todas las Iglesias del mundo pagano. Y saludad también a la Iglesia que se reúne en su casa” (Rom 16:3-5).

Esta casa es la que el matrimonio tenía en Roma en el barrio del Aventino y que ellos habían puesto a disposición de los hermanos cristianos como lugar de culto.

Pablo, según su costumbre, predicó primeramente en la sinagoga, aunque con muy dudoso éxito: “Todos los sábados, nos afirma Lucas, discutía Pablo en la sinagoga esforzándose por convencer a judíos y griegos.” Y estaba ocupado en este menester, que simultaneaba con el trabajo en los telares, cuando llegaron a Corinto, procedentes de Macedonia, sus compañeros Silas y Timoteo, trayéndole buenas noticias y aportándole también una ayuda económica, proveniente de Jasón de Tesalónica y sobre todo de aquella mujer a quien conocimos en Filipos, Lidia, la comerciante en púrpura. Con tal ayuda, y liberado de su trabajo mecánico del telar, Pablo se entregó a la predicación, declarando abiertamente a los judíos que Jesús era el Mesías.

Esta presencia de los compañeros de Pablo en Corinto parece el momento más apropiado para conmemorar lo que podríamos llamar el “comienzo del Nuevo Testamento,” es decir, la redacción de la carta más antigua de las que se contienen en el epistolario de Pablo: la Epístola primera a los fieles de Tesalónica.

IR A CONTENIDO

.

.

a. El Arte de la Escritura.

Comencemos por extraer, de los documentos contemporáneos de aquella época, cuáles eran los requisitos y circunstancias para la comunicación epistolar.

El material empleado era el papiro o pergamino, la tinta y la pluma, y otros utensilios auxiliares, como la piedra pómez para borrar lo escrito y alisar las membranas, una esponja también para borrar, engrudo para pegar las hojas, y cordones y sellos para cerrar los rollos.

Respecto al papiro, se trata de una planta que suele crecer en terrenos pantanosos y que alcanza una altura de unos dos a cinco metros, y sus tallos tienen la anchura de un brazo humano. Egipto era el proveedor de estos papiros, que crecían abundantemente en el delta del Nilo, hasta el punto de que la región del Delta se designaba en la escritura jeroglífica con una planta de papiro. Esta planta tenía múltiples utilizaciones: sus raíces como combustible, la parte inferior tenía un jugo azucarado, con sus fibras se tejían cestas y esteras, y con la pulpa de su tallo triangular, cortado en finas láminas, se fabricaban las hojas de papel.

Para esto, las tiras se yuxtaponían verticalmente, y sobre ellas, con cola, se pegaba otra capa de tiras yuxtapuestas horizontalmente. El conjunto formaba lo que los griegos llamaban “carta,” de donde proviene nuestra palabra.

Conocemos por el escritor romano Plinio nueve clases de hojas de papiro de diversa calidad, que eran designadas con nombres ilustres, como la clase “claudia, la augusta, la liviana, la hierática, etc.” De tal manera dependían los pueblos limítrofes de estos papiros importados de Egipto, que cuando los navíos se retrasaban, había que racionar el papel.

El otro material, que alternaba con el papiro su uso como materia escritora, eran las pieles de animales, especialmente las de cabra y oveja, cuya utilización nos consta desde la más remota antigüedad. El pergamino, sin embargo, fue una invención relativamente reciente, ya que parece que se debió al rey Átalo de Pérgamo, de donde tomaron su nombre los pergaminos. Su diferencia de las otras pieles no está en su procedencia, que es también de un animal, sino en el tratamiento y preparación, ya que no se trata de piel curtida, sino macerada de forma que puede adelgazarse en su espesor.

Con el paso de los siglos el pergamino fue difundiéndose más que el papiro, por varias razones: por su mayor duración, ya que si el papiro se reputaba viejo a los cien años, un pergamino podía durar indefinidamente; asimismo, en el pergamino podía escribirse por ambas caras y borrar lo escrito y escribir de nuevo. Y además podían las hojas coserse fácilmente en forma de códice o de libro, y esto resultaba más ventajoso y cómodo que los rollos de pergamino.

Para terminar estas notas sobre los utensilios de escribir, recordemos que la tinta estaba hecha de tres partes de negro de humo y una de goma, que ordinariamente se vendía desecada en polvo, y que se le agregaba agua en el momento de usarla. Esta tinta era muy fácil de borrar con una esponja humedecida, pero si se la disolvía en vinagre se obtenía una más larga duración.

Juntamente con la tinta negra, se conocía en Egipto desde la antigüedad la tinta roja, de la que se ha tomado la palabra “rúbrica,” que designa entre nosotros las indicaciones litúrgicas, ya que éstas se solían escribir en los libros sacros con tinta roja, a diferencia del texto que se escribía en negro.

La pluma o cálamo era una cañita de junco de papiro, afilada en punta como una pluma de ave, cuyo extremo se hendía para facilitar el grosor de la escritura según la presión que se hacía sobre el papel o pergamino. Esto perduró por muchos siglos, ya que la utilización de la pluma de ave no aparece hasta el siglo VI.

Finalmente, como instrumento auxiliar indispensable para la utilización de los demás, había que utilizar un cuchillo pequeño, al que nosotros podríamos llamar con todo derecho un cortaplumas.

Con todo este utillaje nos hemos olvidado de que estamos en Corinto, y precisamente en la casa de Aquila y Priscila, donde Pablo, en compañía de Timoteo y de Silas, había dispuesto todo lo necesario para escribir una carta. Pero ¿quién escribía propiamente la carta?

El concepto de escritor y de autor, en cualquier obra literaria, no se hallaban necesariamente identificados en la misma persona. El trabajo manual de escribir era tan lento y penoso, que casi no dejaba la mente libre para pensar y coordinar las ideas del escrito. Por eso ordinariamente los autores utilizaban a escribas o secretarios que ejecutaban la labor material de la escritura. Y éste fue sin duda el caso de Pablo con Timoteo y Silas.

El escriba ordinariamente se sentaba en el suelo, con las piernas cruzadas, y, aunque parezca increíble, no apoyaba la hoja de papel o pergamino en una mesa de escritorio, sino que la sostenía con una mano, apoyándola también en su brazo, mientras que con la otra hacía los caracteres. Escribía lentamente, mientras que el autor de la carta, tal vez paseando, dictaba pausadamente las palabras.

A veces, en el caso de cartas menos personales o tratándose de escribas singularmente dotados, el autor de la carta daba tan sólo las ideas, pero la redacción dependía en gran parte del escriba. Tratándose de Pablo, un estudio minucioso del vocabulario de sus cartas y de la construcción de sus frases nos asegura que el Apóstol dictaba el contenido y la expresión; aunque utilizaba diversos escribas para la ejecución material. Quizá sus manos ásperas de tejedor carecían de la finura y pulso para redactar los caracteres.

A propósito de estas letras, conviene recordar que únicamente al cabo de los siglos hemos llegado a la estructura gráfica de nuestros escritos actuales. En la época paulina no se conocía la diferencia entre mayúsculas y minúsculas, ni tampoco se cuidaba la separación de las palabras, que se yuxtaponían sin puntos ni comas y aun a veces sin intervalo entre las letras de una palabra y de otra.

IR A CONTENIDO

.

.

12. Predicación de Pablo en Corinto.

Ahora sí podemos regresar a Corinto, donde Pablo dicta su primera carta dirigida a la comunidad de Tesalónica, cuyo contenido ya hemos expuesto al narrar la visita de Pablo a aquella comunidad (c.XX)

Con la presencia en Corinto de Silas y Timoteo, Pablo se dedicó enteramente a predicar, sosteniendo ante los judíos que Jesús era el Mesías. Y como ellos se cerraban en banda y respondían con insultos, Pablo se sacudió la ropa y les dijo: “— Vosotros sois responsables de lo que os ocurra, yo no tengo la culpa. En adelante, me voy con los paganos.

Se marchó de allí y se fue a casa de un adicto, llamado Ticio Justo, que vivía al lado de la sinagoga.

Crispo, el jefe de la sinagoga, creyó en el Señor con toda su familia: también otros muchos corintios que escuchaban, creían y se bautizaban.

Una noche le dijo el Señor a Pablo en una visión: — No temas, sigue hablando y no te calles; que Yo estoy contigo, y nadie te atacará ni te hará daño, porque muchos de esta ciudad pertenecen a mi pueblo. Pablo se quedó allí año y medio, explicándoles la Palabra de Dios” (Hech 18:8-11).

Del apostolado de Pablo en la ciudad de Corinto tenemos amplia noticia por la detallada información que se contiene en las cartas que Pablo escribió años más tarde desde Efeso a los fieles de Corinto.

Por ellas sabemos que uno de los primeros convertidos fue un prosélito judío de buena posición social, llamado Estéfanos, que se bautizó con toda su familia, y a quien el Apóstol gustaba llamar “primicias de Acaya.” Asimismo otros dos notables varones se agregaron a la fe y fueron Fortunato y Ático, quienes debieron de gozar de un cierto prestigio ante la comunidad, puesto que Pablo, rompiendo su habitual costumbre, bautizó personalmente a ambos. También se les unió Ticio Justo, a quien pertenecía la gran casa próxima al local de la sinagoga. Y es muy probable que Ticio, que pertenecía a la colonia romana, pusiese a Pablo en relación con otros miembros importantes de ella. Y tampoco podemos olvidar a Crispo, que era jefe de la sinagoga, pero su nombre nos hace sospechar que tal vez fuese romano. Pablo también lo bautizó con sus propias manos, y más tarde, según nos informan las Constituciones apostólicas, llegó a ser obispo de Egina. El martirologio romano lo conmemora el 4 de octubre.

Todo, en fin, hace suponer que la estancia de Pablo en Corinto fue muy fructuosa desde el punto de vista de su apostolado. Aunque, como era de temer, también tuvo que soportar la actitud agresiva de algunos elementos de la comunidad israelita que se oponían al mensaje de Cristo. Y esta oposición nos lleva a presentarles una nueva figura de la galería lucana de los Hechos; el procónsul romano de Acaya, Gallón.

Con Gallón aparece de nuevo en los Hechos otra de estas figuras que hacen honor a la magistratura romana. El mencionado aquí es Marco Anneo Novato, hermano mayor del filósofo cordobés Séneca, quien nos dejó de él una elogiosa memoria. Además fue tío del poeta Lucano, el autor del poema heroico Luz Farsalia. Gallón había sido adoptado por el orador Lucio Junio Gallón, que le transmitió su apellido y nombre. A Gallón, nuestro historiador Lucas le da el título de procónsul, en lo que demuestra estar muy bien informado, porque la provincia de Acaya, después del reparto del Imperio que hizo Augusto entre provincias senatoriales e imperiales, había sufrido varios cambios de denominación, y era precisamente en esta época a la que nos referimos una provincia senatorial, gobernada por un procónsul con sede en Corinto. La presencia de Gallón como procónsul nos sirve para fechar la estancia de Pablo en Corinto, ya que el Apóstol compareció ante el magistrado romano.

A finales del siglo XIX, en unas excavaciones llevadas a cabo en Delfos por la Escuela francesa de Atenas, apareció una lápida que contenía una carta del emperador Claudio dirigida a la villa de Delfos. Aunque la inscripción está mutilada, en ella puede leerse claramente el nombre de “Gallón, Procónsul,” de una provincia que no puede ser sino la de Acaya, y además en una fecha situada entre la vigésimo sexta y vigésimo séptima “aclamación imperial,” decretada a Claudio por el Senado, con ocasión de su victoria en Cilicia y Bretaña. Todo lo cual nos lleva a situar a Gallón en Corinto entre la primavera del 52 y 53. El incidente de los judíos ante Gallón ocurrió probablemente al comienzo de su magistratura, ya que los judíos querrían aprovecharse de la inexperiencia del recién nombrado para presentar sus acusaciones contra Pablo.

Leamos la narración en el Libro de los Hechos: “Siendo Gallón procónsul de Acaya, los judíos arremetieron a una contra Pablo, lo condujeron al tribunal y lo acusaron: — Este hombre induce a la gente a dar a Dios un culto que es ilegal.

Iba Pablo a tomar la palabra, cuando Gallón dijo a los judíos: —Judíos, si se tratara de un crimen o de una fechoría grave, sería razón escucharos con paciencia; pero si son cuestiones de doctrina y de esa ley vuestra, allá veréis vosotros. Yo no quiero meterme a juez de estos asuntos.

Y ordenó despejar el tribunal.

Los judíos agarraron entonces todos a Sostenes, jefe de la sinagoga, y le dieron una paliza delante del tribunal del procónsul. Pero Gallón no se dio por enterado” (Hech 18:12-17).

Esta fue la fugaz entrevista de Pablo y Gallón, en la que por un momento brilló la luz del evangelio ante los ojos del noble romano; aunque no sabemos si la aceptó. Años más tarde, Pablo y Gallón morirían en Roma, los dos por orden de Nerón: el uno como mártir cristiano; el otro, a su propia mano, con la muerte de un estoico.

Pablo permaneció en Corinto todavía algún tiempo, confortado sin duda por la visión de Jesús que ya relatamos antes. Y tras una estancia, que podemos fijar aproximadamente en año y medio, se despidió de los hermanos y se embarcó para Siria, con Priscila y Aquila. Y tras un viaje marítimo que les llevó primeramente a Efeso, de allí zarparon para Cesárea, donde subió a saludar a la Iglesia de Jerusalén y luego bajó a Antioquía. Dando por terminado lo que podríamos llamar el segundo viaje apostólico de Pablo.

IR A CONTENIDO

.

.

13. Carta a los Corintios (I).

En la vida de Pablo, al que vamos acompañando en sus viajes apostólicos a través del relato de los Hechos de los Apóstoles, la ciudad griega de Corinto representa uno de los centros difusores del cristianismo primitivo. Ya hemos visto en el capítulo anterior la acción exterior de Pablo, que terminó con su comparecencia ante el gobernador romano Gallón y su permanencia posterior en la ciudad.

Ahora vamos a regresar a Corinto para observar más de cerca aquella comunidad cristiana y los problemas que en ella se originaron, ya que para eso poseemos un abundante material, proporcionado por las cartas que se conservan dirigidas por el Apóstol a los fieles de dicha Iglesia.

Como ya hemos indicado (c.XXI), Corinto, por aquella época, era la capital de la provincia romana de Acaya, y entre todas las ciudades de Grecia era la que tenía más extensión en su superficie, que alcanzaba unas 600 hectáreas, y su perímetro urbano se hallaba rodeado por un circuito de murallas de 21 kilómetros. La ciudad poseía 23 templos, dos termas, dos basílicas y varios teatros y anfiteatros, uno de los cuales podría contener hasta 22.000 espectadores sentados. En una palabra, Corinto era una población dinámica y abierta, hecha a medida para la empresa de San Pablo.

IR A CONTENIDO

.

.

a. El Mundo Olímpico de San Pablo.

En la lectura de esta epístola vamos a hallar una de las primeras citas olímpicas de San Pablo, que se refiere muchas veces en sus cartas a estos juegos deportivos del mundo helenístico, y los transforma en imágenes y metáforas para describir algunos aspectos de la vida cristiana. Recordemos que el verbo griego atbleo significa “participación en los juegos públicos.” Y de él procede la palabra “atleta” en muchos idiomas modernos; y asimismo que agón significa el conjunto del espectáculo de las luchas, aunque después se aplicase más estrictamente al propio certamen o combate, de donde en castellano ha salido la palabra “agonía,” que es el supremo combate con la muerte.

Sin duda que Pablo, desde niño, estuvo familiarizado con este mundo de los juegos públicos, y, aunque él no los practicase, los tenía ante sus ojos en la ciudad de Tarso, donde había un estadio. Los juegos deportivos, las competiciones y certámenes públicos formaban parte del calendario de muchas ciudades helenísticas, y con el tiempo estas actividades llega-

ron a reglamentarse, de suerte que hubo una serie de cinco juegos que se llamaban el “pentatlón.” San Pablo llega a decir que “el luchador o competidor no será coronado si no lo hace de acuerdo con las reglas.”  Recordemos además que, aunque nosotros conozcamos mejor las “olimpíadas o juegos olímpicos,” en la Grecia contemporánea de Pablo había otros igualmente célebres, como los “píticos” en la Fócida, los “nemeos” en Argólida y los “ístmicos” muy cercanos a Corinto.

El primero de los cinco ejercicios del pentatlón era la carrera llamada aromos, y también estadio, porque se celebraba en un campo llamado así, igualmente utilizado para las carreras de atletas, caballos y carros. El estadio propiamente era una medida de longitud que equivalía a 177,4 metros, porque ésa era precisamente la longitud del campo deportivo de la ciudad de Olimpia. Dicho espacio se recorría o bien en un solo sentido, en la carrera simple, o bien de ida y vuelta. Y asimismo había una carrera llamada “dolida” que consistía en darle 24 vueltas al estadio, o lo que es igual, cuatro kilómetros. Todavía se conservan algunas columnas que marcaban el giro y término de esta carrera sobre las cuales leemos estas palabras: “Animo, date prisa.”

El segundo ejercicio era el salto, que, así como el lanzamiento de disco y jabalina, no los menciona San Pablo. En cambio sí cita las luchas llamada palé, de donde se deriva la palabra “palestra.” Sus reglas establecían que había que atacar de frente al adversario, sujetarlo por los brazos, derribarlo al suelo e impedir que se levantase, y “todo ello ejecutado con una cierta elegancia.” Finalmente existía otro tipo de lucha, llamado pigme o “pugilato,” que se practicaba también asociado a la lucha, constituyendo entonces un deporte casi brutal llamado pancracio ( fuerza total) En el pugilato se llevaban los puños envueltos en correas o en trozos de cuero endurecido, incluso reforzados con clavos y bolitas de plomo, de suerte que el juego se convertía en crueldad. Estos combatientes o púgiles solían sobrealimentarse y someterse a duros entrenamientos, y en la lucha se consideraba un fallo golpear al aire en vez de a la persona. San Pablo lo recoge con gran precisión: “Yo ejercito el pugilato, pero de manera que no golpeo inútilmente al aire, sino que castigo mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre” (1 Cor 6:26).

La utilización de la metáfora deportiva recorre todo el epistolario paulino desde su primera Carta a los de Tesalónica, en la que habla del combate (agón), hasta su última Carta a Timoteo, que abunda en metáforas deportivas. También en su terminología se encuentra la palabra “gimnasia” como entrenamiento corporal, y la “corona,” que es el premio otorgado al vencedor.

El Apóstol estuvo acompañado en su trabajo en Corinto no sólo por Silas y Timoteo, sino también por otros misioneros auxiliares, entre los que podemos contar a Esteban, Fortunado, Acacio y a la fiel diaconisa Febe, que trabajaba en el puerto de Cencreas, en el barrio de los marineros.

Dada las buenas comunicaciones entre las ciudades de Efeso y de Corinto, es indudable que Pablo, durante su permanencia en Efeso, se mantuvo bien informado sobre las vicisitudes de la Iglesia de Corinto. Entre estos informadores Pablo cita “a los de la casa de Cloe,” que tal vez eran esclavos cristianos, o familiares, de una dama efesina llamada Cloe: palabra que significa “la rubia” o “la verdeante,” y era un epíteto que los griegos daban a Deméter, la diosa de los cereales.

IR A CONTENIDO

.

.

14. Los Cuatro Bandos de Corinto.

Para acercarnos a la Iglesia de Corinto vamos a analizar los datos contenidos en la primera Carta de Pablo a dicha Iglesia, primera de las dos que se conservan, ya que sabemos que hubo, por lo menos, otra carta anterior, que se ha perdido. Esta que vamos a analizar la escribió el Apóstol desde Efeso, probablemente en la primavera del año 56.

El primer tema tratado en la carta es el que podíamos llamar “los bandos de Corinto,” es decir, las divisiones y contiendas que se habían suscitado entre los fieles de dicha Iglesia. Es indudable que los antecedentes paganos de la Iglesia de Corinto influyeron en estas divisiones y banderías. La religiosidad en el mundo helenístico contemporáneo de Pablo, incluso fuera del cristianismo, dependía fundamentalmente de la constitución de grupos que recibían su iniciación a través de un maestro con el que quedaban estrechamente vinculados, de suerte que se producía un cierto peligro de “culto a la personalidad” del catequista o pedagogo.

Esta parece que puede ser la explicación más razonable de los bandos de Corinto. Cada grupo de fieles había recibido la catequesis a través de personas distintas. Esto nada quita de la originalidad y paternidad de Pablo, que siempre consideró a Corinto como Iglesia de su fundación. Pero pronto, tras Pablo, vinieron otros catequistas y predicadores, cada cual con su particular modalidad y carisma, y unido esto a los diversos grupos étnicos y religiosos que convivían en Corinto, resulta una explicación plausible para :a existencia de aquellos bandos. Escuchemos a Pablo en su primera carta.

“Os ruego, hermanos, por Nuestro Señor Jesucristo, que os pongáis de acuerdo y no haya bandos entre vosotros, sino que forméis bloque con la misma mentalidad y el mismo parecer.

Es que he recibido informes, hermanos míos, por la gente de Cloe, que hay discordias entre vosotros. Me refiero a eso que cada uno por vuestro lado andáis diciendo: “yo estoy con Pablo, yo con Apolo, yo con Pedro, yo con Cristo.”  ¿Está Cristo dado en exclusiva? ¿Acaso crucificaron a Pablo por vosotros o es que os bautizaron para vincularos a Pablo?” (1 Cor 1:10-13).

Cuatro son los bandos o partidos que aquí se señalan. Primero, el de Pablo. Su constitución es obvia. A este bando pertenecen, sin duda, los primeros cristianos, bautizados y convertidos personalmente por el Apóstol. Y entre ellos deberían contarse especialmente los romanos, o de procedencia romana, que debieron de ser numerosos, ya que Pablo predicaba en casa de Titus Justus, un romano, y era de todos conocido el favor que le dispensaba el procurador romano Galión.

El segundo grupo, de Apolo, debió de estar principalmente constituido por griegos, atraídos por la brillante elocuencia y el carácter filosófico de Apolo.

Apolo, que es un nombre griego probablemente abreviado de Apolonio, es mencionado por primera vez en el Libro de los Hechos con las siguientes palabras: “Llegó a Efeso un judío llamado Apolo, natural de Alejandría, hombre elocuente y muy versado en la Escritura. Lo habían instruido en el camino del Señor, y hablaba con mucho entusiasmo enseñando con gran exactitud lo referente a la vida de Jesús, aunque no conocía más bautismo que el de Juan.

Apolo se puso a hablar abiertamente en la sinagoga. Cuando lo oyeron, Priscila y Aquila lo tomaron por su cuenta y le explicaron con más exactitud el camino de Dios. Teniendo él intención de pasar a Grecia, los hermanos lo animaron y escribieron a los discípulos de allí, que lo recibieron muy bien. Su presencia, con el favor de Dios, contribuyó mucho al provecho de los creyentes; pues rebatía vigorosamente en público a los judíos, demostrando con las Escrituras que Jesús es el Mesías” (Hech 18:24-28).

La descripción que se nos hace de Apolo es la de un piadoso judío, muy bien instruido en las escuelas bíblicas, que eran famosas en Alejandría, y que, por haber entrado en contacto con discípulos de Juan Bautista, conocía a Jesús, aunque de una manera imperfecta. Pero en Efeso lo encuentran Aquila y Priscila, un matrimonio a quien ya conocemos por sus cordiales relaciones con Pablo en Corinto, y ambos actúan de catequistas.

Sin duda que también hablaron con Apolo del progreso de la cristiandad en Corinto, y eso despertó su deseo de visitar aquella comunidad, en la que su predicación tuvo una gran aceptación, aunque también produjo inevitablemente alguna disensión entre los oyentes. Repetimos que el éxito de la predicación de Apolo fue enorme, hasta el punto de que lo equipararon a Pedro y Pablo, y consecuentemente reunió entorno a sí un grupo de partidarios entre aquellos griegos tan inclinados al culto personal.

Apolo, sin embargo, era un hombre de Dios, y para evitar estas banderías, se retiró de Corinto y volvió a Efeso, en donde Pablo se hallaba a la sazón. Pablo reconoce la eficacia del apostolado de Apolo, le llama “hermano,” e incluso le insta a regresar a Corinto; pero Apolo no quiso.

A Apolo se le vuelve a encontrar en la Carta de Pablo a Tito (3:13) y sabemos que finalmente fue a evangelizar a Creta. San Jerónimo lo supone obispo de Corinto; aunque otros opinan de diversa manera. Y modernamente se le ha atribuido la composición de la Carta a los Hebreos, aunque no está probado.

Volvamos a los bandos de Corinto. El siguiente cabeza de partido es Pedro. No sabemos si Pedro evangelizó personalmente en Corinto; aunque lo afirma así en el siglo II el escritor Dionisio de Corinto. Pero, en todo caso, adondequiera que el cristianismo llegaba, especialmente a través de la sinagoga, se formaba un grupo integrado por prosélitos y judíos que aceptaban la nueva fe, pero con una cierta vinculación a los usos y observancias mosaicas. En una palabra: se trata del mismo problema que ya hemos examinado en este comentario con ocasión del llamado Concilio de Jerusalén. (véase c.XVII)

Finalmente, además de estos tres partidos, con sus capitostes, Pablo, Apolo y Pedro, nos sorprende hallar un cuarto partido, que reclama un entronque directo con Cristo. Y es posible que en este grupo se integrasen algunos carismáticos que estaban en desacuerdo con Pablo y pretendían poseer una comunicación inmediata con el Espíritu Santo, que repartía profusamente en Corinto sus dones y carismas.

En una palabra: la diversidad de predicadores y la variedad de las procedencias de los grupos étnicos y religiosos facilitaron un clima de rotura y diversidad, a lo cual se añadió el carácter y contenido del mensaje cristiano cuyo centro era la cruz y muerte de Cristo, que podría resultar una locura para los griegos y un escándalo para los judíos. Así lo escribía el mismo Pablo en esta Carta a los Corintios que estamos comentando.

“Mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos un Mesías crucificado, que para los judíos es un escándalo, para los paganos una locura; pero en cambio, para los llamados, ya sean judíos o griegos, es un Mesías que es un portento y sabiduría de Dios, porque la locura de Dios es más sabia que los hombres y la debilidad de Dios más potente que los hombres” (1 Cor 1:23-25).

Los judíos de Corinto siguen en esto la misma línea de aquellos otros judíos contemporáneos de Jesús, que reclaman de El, como prueba de su mensaje, signos y portentos patentes en el cielo para estar seguros de su fe. Estos piden un Mesías visible y triunfador, y en cambio se les ofrece un crucificado que, según la Ley, es un maldito. Por tanto, la muerte redentora de Jesús les resulta a estos judíos un verdadero escándalo.

Por otra parte estaban los griegos, muy ávidos y apegados a la sofía, la sabiduría. La predicación de Pablo sobre Jesús no era precisamente una respuesta a esa sofía de los griegos. Porque el mensaje cristiano suena así: que un hombre llamado Jesús vivió en un oscuro pueblo de Nazaret, que le rechazaron, que le crucificaron, que dicen de El que ha resucitado, que es divino, pero que las verdades que predica no son filosóficamente probadas, sino que requieren una fe. Es como si Dios quisiese reírse de la sabiduría griega, tan orgullosa y segura de sí misma.

Para acabar de complicar el asunto, los primeros cristianos que han recibido el mensaje no pertenecen a las clases nobles e importantes de un pueblo, que, como el griego, conservaba todavía sus categorías aristocráticas, no tanto del poder político, que había perdido, sino de un cierto nivel cultural que los hacía superiores a la masa. Y precisamente entre esta masa es donde la nueva fe reclutaba sus adeptos.

IR A CONTENIDO

.

.

15. Consultas: los Procesos y el Incestuoso.

Tras estos asuntos sobre los predicadores y las divisiones de sus oyentes, que son más bien de carácter doctrinal y comunitario, Pablo les escribe sobre temas de comportamiento cristiano, y en concreto de algunos casos de escándalo que han llegado a su conocimiento, y asimismo les resuelve algunas dudas que le habían consultado. Uno de estos casos es el de los procesos ante los tribunales paganos.

Se trata de un caso de disciplina eclesiástica en el que queda comprometido el prestigio de la comunidad cristiana. Y es así: cuando un cristiano quiere litigar judicialmente con otro acerca de un asunto profano, acude a un juez pagano para que sentencie su demanda. Eso, dice Pablo, es una vergüenza.

Porque, primeramente, no debería haber contiendas entre hermanos, hasta el punto de que sería preferible quedar defraudado que contender judicialmente con otro. Es mejor dejarse robar a ser un ladrón del prójimo. Pero, si se elige una reclamación judicial, se debe pleitear ante los propios jueces cristianos, que habría que designarlos en la comunidad, ya que ellos conocen mucho mejor las exigencias y consecuencias de la fe en materia tan delicada como el matrimonio, la esclavitud o la propiedad de los bienes. Y esto sería tanto más lógico cuanto que los hebreos, en su comunidad, no llevan ordinariamente sus pleitos ante las autoridades romanas, sino que tienen jueces nombrados para ellos por la sinagoga.

El segundo caso es mucho más conocido y es el de un cristiano de Corinto que vive en incesto. San Pablo lo expone así:

“Se oye hablar como si nada entre vosotros de un caso de inmoralidad, y una inmoralidad de tal calibre que no se da ni entre los paganos: hasta el punto de tener uno la mujer de su padre. Y vosotros seguís engreídos en lugar de poneros de luto y expulsar de vuestro grupo al que ha cometido esto” (1 Cor 5:1).

Un hombre vive en concubinato con la mujer de su padre, pero ya se entiende que no es su propia madre, sino una mujer con quien su padre se ha casado en segundas nupcias. Hoy la llamaríamos madrastra. Probablemente se trata de un hombre maduro que se ha casado con una mujer bastante más joven, de la que su hijo se enamora; en una palabra: es el conocido mito griego de Fedra, que no solamente era una figura literaria, sino un caso real en Corinto.

Ya hemos advertido que en Corinto había un gran libertinaje de costumbres, con un verbo propio que lo designaba: “corintizar.”  Este libertinaje sexual estaba casi sacralizado a través de la prostitución sagrada en el templo de Afrodita, que se alzaba en la cumbre del Aero Corinto. Allí, para las sacerdotisas de la diosa, o hkródulas, la prostitución era un acto de culto a la diosa. No resultaba, pues, extraño que algunos cristianos se contaminasen.

Pablo condena severamente este hecho, que también lo estaba, y bajo pena de muerte, en la Ley de Moisés, y asimismo estaba prohibido por la ley romana. Esta prohibición se relaciona con la ley primitiva de la exogamia, que prohibía casarse dentro del grupo familiar. Pero esta prohibición estaba bastante relajada en lo relativo al matrimonio con medio hermanos, que se permitía en Atenas y Alejandría.

San Pablo no sólo condena esta inmoralidad, sino que dice que él, “en nombre del Señor Jesús, entrega a ese individuo a Satanás.” Lo cual no significa que fulmine la condenación eterna del incestuoso, sino que le impone un castigo, que no sabemos exactamente en qué consistía, para que se mueva a penitencia; y además pide a la comunidad que se aparte de él y no le trate porque puede contaminarse. ¿No sabéis, dice Pablo, que una pizca de levadura fermenta toda la masa? Sin embargo, el sentido realista y la mezcla religiosa y moral de la población de Corinto hacen que Pablo añada una precisión: “Os decía en otra carta que no os juntarais con libertinos, y no me refería así en general a los libertinos de este mundo ni tampoco a los codiciosos y estafadores, ni a los idólatras, porque para eso tendríais que marcharos de este mundo; lo que os dije fue que no os juntarais con uno que se llama cristiano y a la vez es libertino, codicioso, idólatra, difamador, borracho o estafador: con uno así, ¡ni sentarse a la mesa!” (1 Cor 5:9-11).

San Pablo aprovecha el tema del incestuoso para ampliar su catequesis sobre estos temas sexuales, a los que no prestaban importancia los corintos; porque consideraban el uso del cuerpo en un plano semejante al de los alimentos y decían que “todo está permitido.” A lo cual replica Pablo: “La comida es para el estómago y el estómago para la comida, y además Dios acabará con lo uno y con lo otro. Pero el cuerpo no es para la lujuria, sino para el Señor, y el Señor es para el cuerpo; pues Dios, que resucitó al Señor Jesús, nos resucitará también a nosotros con su poder. ¿Se os ha olvidado que sois miembros de Cristo? Sabéis muy bien que vuestro cuerpo es Templo del Espíritu Santo y que no os pertenecéis. Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo” (1 Cor 5:13-20).

Esta cristianización del cuerpo, a quien le adviene una especial dignidad por estar unido a Cristo por la fe, no fue entendida bien por algunos, que se fueron al extremo contrario: es decir, a pensar que el cuerpo, como materia, es algo malo, y el orden sexual, como tal, es pecaminoso, de donde llegaron a condenar incluso el matrimonio.

En la historia de la Iglesia ha habido este tipo de herejías; pero ya aquí en Corinto se anunciaba esta condenación de la materia, que luego llegaría a los extremismos maniqueos. Una vez más, San Pablo quiere prevenir sobre este error.

“Ahora bien, respondo acerca de aquello que escribisteis “está bien que uno no se case,” sin embargo, por tanta inmoralidad como hay, tenga cada uno su propia mujer y cada mujer su propio marido. El marido dé a su mujer lo que le debe, y lo mismo la mujer al marido. La mujer ya no es dueña de su cuerpo, sino que lo es el hombre, y tampoco el hombre es dueño de su cuerpo, sino que lo es la mujer. No os privéis, por tanto, el uno del otro, o si acaso de común acuerdo y por un tiempo” (1 Cor 7:1-5).

No se puede decir en menos palabras el pensamiento cristiano sobre el matrimonio. Comienza por establecer una igualdad de las personas y una transferencia de derechos del uno al otro, que es parte de la manifestación del amor de los cónyuges. Esto, dicho en un ambiente donde la mujer estaba discriminada, establece una verdadera igualdad de los sexos ante la conciencia cristiana.

Esta igualdad en seguida va a ser levantada a una categoría religiosa, que la teología posterior llamará “sacramental.”  Y que encontrará su expresión en la Carta a los Efesios. Precisamente, con motivo de esta exposición de los deberes conyugales, San Pablo aclara la cuestión de la indisolubilidad del matrimonio, distinguiendo un precepto que proviene de Cristo y una permisión que proviene del mismo Pablo.

“A los ya casados les mando — bueno, yo no, Cristo — que la mujer no se separe del marido. Y si llegara a separarse, que no vuelva a casarse o que haga las paces con su marido; y al marido que no se divorcie de su mujer. A los demás les hablo yo, no Cristo; si un cristiano está casado con una no cristiana y ella está de acuerdo con vivir con él, que no se divorcie. Y si una mujer está casada con un no cristiano y él está de acuerdo en vivir con ella, que no se divorcie del marido. Ahora que si el no cristiano quiere separarse, que se separe. En semejantes casos, el cristiano o la cristiana no están vinculados: Dios los ha llamado a una vida de paz” (1 Cor 7:10-15).

Esta es la enunciación del llamado privilegio paulino, tan famoso en la teología del matrimonio cristiano, y cuya explicación desbordaría el cuadro de esta Vida informativa de los apóstoles. Baste decir que Pablo, con su intuición apostólica y su carisma, abría aquí un horizonte que todavía no ha sido enteramente explorado. Porque Pablo, reconociendo que la indisolubilidad del matrimonio es “del Señor,” admite, sin embargo, que no es un valor absoluto y supremo, sino que puede quedar subordinado en favor de la fe y de esa realidad, tan rica psicológica y espiritualmente, que Pablo llama “una vida de paz.” Tal vez allá en Corinto, y puede ser que sin preverlo enteramente, Pablo estaba dando una clave de interpretación de uno de los temas y problemas más de actualidad en la Iglesia como es la estabilidad y la indisolubilidad del matrimonio. Para Pablo, sin embargo, el matrimonio no era la única posibilidad para la convivencia humana; había otra alternativa cristiana: la virginidad.

IR A CONTENIDO

.

.

16. Carta a Los Corintios (II).

Nos hemos detenido en la ciudad de Corinto, en la que estamos visitando aquella comunidad cristiana para conocer sus problemas a través de las Cartas que Pablo les escribió. Y el último de ellos era referente al matrimonio.

IR A CONTENIDO

.

.

17. La Virginidad Cristiana.

Dentro del esquema de los nuevos valores cristianos, el matrimonio no era la única expresión, ya que también podía darse la virginidad. Se trata de un valor religioso nuevo, puesto que la virginidad no existía en el doble espacio cultural en que se movió el cristianismo primitivo: el área de la cultura hebrea y el área de la cultura greco-romana. ¿Y qué decimos entonces de las sacerdotisas de ciertos cultos paganos y especialmente de las vestales romanas? ¿No observaban una cierta virginidad de tipo religioso?

Ante todo, hay que distinguir a las vestales romanas de las demás sacerdotisas de los cultos helenísticos. Estas últimas todavía existían en la época de San Pablo en varios de los templos de las ciudades que él visitó, y, en mayor grado, practicaban la prostitución sagrada. Estas sacerdotisas, llamadas también “hieródulas,” constituían un colectivo con un status social reconocido y procedían de una vieja tradición, ya presente en Babilonia, que se repitió en los santuarios cananeos y de la que tampoco estuvo exento Israel.

Y para hablar de las vestales hemos de irnos a Roma.

Comparando la institución de estas vírgenes vestales con la definición de la virginidad cristiana, no se halla semejanza alguna, salvo en el hecho físico de conservar la virginidad. En el caso de la vestal romana, su dedicación en la niñez se hacía sin su consentimiento. La guarda de su virginidad estaba impuesta bajo pena de muerte. Y se hallaban colmadas de honores. Condiciones en nada semejantes a una virginidad cristiana, enteramente voluntaria en su consagración, incomprendida y despreciada por el ambiente pagano, y que constituía una renuncia para toda la vida, que podía acabar, y de hecho así sucedió muchas veces, con el martirio.

IR A CONTENIDO

.

.

a. Las Vestales Romanas.

Vesta procede del Panteón griego, donde se la supone hija de Saturno, y en Roma era la diosa protectora del hogar, y que permaneció virgen. La institución de las vestales se pierde en los orígenes legendarios de Roma. Las vestales llegaron a ser seis, de las que una era la Vestal Máxima. Estas vestales eran elegidas cuando fallecía alguna de ellas o cuando voluntariamente se retiraba del servicio religioso al cumplir los cuarenta años de edad. El puesto vacante se llenaba, por suerte, entre 20 niñas de seis a diez años de edad, que debían pertenecer a familias patricias de Roma y poseer una bella apariencia. Durante diez años, la nueva vestal se educaba bajo la tutela del Gran Pontífice y se instruía en todo el ceremonial en el que había de participar.

La ocupación principal de una vestal era la custodia de las estatuas de los dioses, y sobre todo la conservación del fuego sagrado, que debía ser mantenido siempre encendido, bajo pena de muerte.

A los cuarenta años, la vestal quedaba libre de su consagración virginal y podía casarse; aunque fueron muy pocas las que quisieron cambiar los privilegios, casi divinos, de su oficio por la condición de una madre de familia sometida a la perpetua tutela del marido.

Los privilegios de las vestales eran extraordinarios. Tenían preferencia sobre los senadores y otros altos cargos públicos. Iban acompañadas por lictores, ocupaban una tribuna escogida en los juegos públicos y, si a su paso por las calles se cruzaba algún reo en su camino, la vestal tenía derecho de indulto para librar de la muerte al condenado.

Respecto al área hebrea y su cultura, que tanta influencia ejerció en el campo apostólico de Pablo, la historia nos muestra que la idea de la virginidad fue ajena durante siglos al acervo cultural de Israel. El pueblo vivía bajo un signo de prestigio histórico de unos patriarcas de proverbial fecundidad y cuyas generaciones sucesivas eran la trama del devenir del pueblo judío. Los mismos profetas habían despertado una expectación colectiva del Mesías, en cuya línea generacional quería participar toda mujer hebrea.

En este cuadro, la historia de la hija de Jefté, que murió virgen por causa del voto hecho por su padre, se consideró más bien una excepción, digna de llanto (Jue 11:29-40).

Fue Jesús quien abrió un camino nuevo, levantando la bandera de una “virginidad por el Reino de los Cielos,” que se presentaba no como una condenación del matrimonio, sino como una superación del amor conyugal por medio de una consagración a Dios; mas la realidad resultaba tan extraña dentro del ambiente contemporáneo, que ya Jesús advirtió que “no todos podían comprender este llamamiento.” Con estos precedentes, ya podemos escuchar la enseñanza directa del Apóstol a los Corintios.

“Acerca de la virginidad no tengo precepto del Señor. No obstante, doy un consejo, como quien es digno de crédito por la misericordia de Dios.

Entiendo que, a causa de las inminentes calamidades, lo que conviene es quedarse cada uno como está. ¿Estás ligado a una mujer? No trates de separarte. ¿No estás ligado a una mujer? No la busques; aunque, si te casas, no haces nada malo; y si una soltera se casa, tampoco. Bien es verdad que en lo humano, ésos pasarán sus apuros, pero yo os respeto. Lo que afirmo es que el plazo se ha acortado y el espectáculo de este mundo está para terminar y yo os quisiera libres de preocupaciones.

El no casado se preocupa de las cosas del Señor, buscando cómo complacerlo. El casado se preocupa de las cosas del mundo, y busca complacer a su mujer: está, por tanto, dividido. Por su parte, la mujer no casada, lo mismo que la doncella, se preocupan de las cosas del Señor y de cómo ser santas en el cuerpo y en el espíritu. Mas la casada se preocupa de las cosas de este mundo, de cómo agradar a su marido.

Os digo esto por vuestro bien personal, no para tenderos un lazo, sino para moveros a lo más digno y a una adhesión in-interrumpida al Señor” (1 Cor 7:25-35).

Aquí tenemos formulado el ideal de la virginidad cristiana. El que se casa, hace bien: porque el matrimonio ha sido instituido por el Creador, conserva su bendición original y llega a ser símbolo del amor de Cristo y de la Iglesia. Pero la virginidad es mejor, porque es una consagración total que libera al corazón de otros afectos y lealtades y lo adhiere al Señor.

Esto es lo fundamental. La consideración de que “el mundo presto se acaba” puede ser resultado de una visión escatológica inminente de Pablo (sobre esto se discute), o bien una forma de decir que las realidades humanas son transitorias y pasan rápidamente en comparación con las eternas.

No procede, por tanto, la virginidad cristiana de ninguna frustración humana, de ningún horror al mundo sexual, como algunos han insinuado después, sino que es una entrega a Dios que no sólo posibilita servirlo y amarlo, sino que produce una liberación de otros vínculos transitorios. La virginidad predicada por Jesús y Pablo hay que verla en esta óptica; aunque sea una óptica difícil, y por eso no se pretende que todos lo vean así.

IR A CONTENIDO

.

.

18. Los Banquetes y los “Idolotitos.”

La siguiente consulta de los corintios se plantea acerca de los banquetes y de algunos manjares que en ellos se sirven. Es la cuestión conocida con el nombre de la “licitud de los idolotitos.”

Idolotitos es un helenismo, que podría traducirse al castellano por “carne de un animal sacrificado en un acto de culto.”  Se trata de un concepto que pertenece al mundo ritual contemporáneo de Pablo, donde existía el culto a los ídolos, parte del cual era el banquete religioso celebrado en honor de la divinidad.

En aquella sociedad no había fiestas ni ceremonias públicas sin sacrificios a las divinidades, en los cuales se inmolaban diversos animales. Los dioses, los sacerdotes y los donantes recibían una parte de la carne inmolada; pero el resto se consumía en banquetes sagrados o se vendía a bajo precio en el mercado. Y esto daba origen a una casuística moral que preocupaba a algunos cristianos inmersos en aquella atmósfera pagana. Pablo, antes de distinguir las diversas hipótesis, propone una doctrina general.

“En este mundo un ídolo no es nada, pues no hay más que un solo Dios; y aunque existen los llamados dioses, ya sea en el cielo ya en la tierra, y de hecho se reconocen numerosos dioses y numerosos señores, para nosotros no hay más que un Dios, el Padre, de quien procede el universo, y a quien estamos destinados nosotros, y un solo Señor Jesucristo, por quien existe el universo y por quien existimos todos” (1 Cor 8:4-6).

Supuesto este principio general, Pablo baja a las situaciones concretas. Diríamos que imaginativamente se sienta a la mesa de un banquete con los comensales a quienes se sirven esas carnes sacrificadas o idolotitos. Y observa que hay algunos cristianos bien instruidos que comen tranquilamente de la carne sacrificada; pero que otros lo hacen con conciencia insegura, creyendo que hacen mal, y con eso manchan su conciencia. Entonces el problema de comer o de no comer los idolotitos se transforma en dañar o no la conciencia del hermano; y, consecuentemente, una comida, que no estaría prohibida en sí misma, se hace prohibida por el daño que puede causar escandalizando a las conciencias débiles. En una palabra: la caridad impone una norma por encima del ejercicio de la libertad personal. Y así es como Pablo se comporta en su vida.

“¿Acaso no tenemos derecho a comer y beber? Acaso no tenemos derecho a viajar en compañía de una mujer cristiana, como los demás apóstoles, incluyendo a los parientes del Señor y a Pedro? ¿Somos Bernabé y yo los únicos que no tenemos derecho a liberarnos de otros trabajos? ¿Cuándo se ha visto que un militar corra con sus gastos? ¿Qué pastor no se alimenta de la leche de su rebaño? Sin embargo, no hemos hecho uso de ese derecho, al contrario, sobrellevamos lo que sea para no crear obstáculo alguno al evangelio de Cristo, ya que me he puesto al servicio de todos para ganar a los más débiles” (1 Cor 9:4-12).

Resumimos, por tanto, los dos principios paulinos: Uno, sólo hay un Dios y Señor, y lo demás es idolatría. Dos, hay que tener en cuenta la conciencia de mi hermano, aun en las cosas lícitas. Ahora pasemos a resolver la casuística.

Primer caso: si se trata de un banquete que sea a la vez un acto de culto o que se celebre en algún templo, el cristiano no puede comer carne sacrificada, porque sería idolatría, de la que hay que huir absolutamente. Sería como entrar en comunión con los ídolos, que aunque nada son, de hecho presentan la imagen de los demonios.

Segundo caso. Se trata de un cristiano que va al mercado a comprar carne y que puede preguntarse sobre si ha sido antes sacrificada a un ídolo. Solución de Pablo: “Comed de todo de lo que se venda en el matadero, sin más averiguar por escrúpulo de conciencia; porque la tierra y todo lo que contiene es del Señor” (1 Cor 11:25-26).

Tercer caso. Estamos invitados, no ya a un banquete sacro, sino que se trata de un particular que nos invita a comer a su mesa, en la que se sirven alimentos que podrían ser también idolátricos. Solución de Pablo: “Si un pagano os invita, y queréis ir, comed de todo lo que os pongan, sin más averiguar por escrúpulos de conciencia. Pero en caso de que uno os advierta que “eso es carne sacrificada.,” no comáis por motivo del que os avisa y de la conciencia. Y cuando hablo de conciencia no entiendo la propia, sino la del otro” (1 Cor 10:27-29).

Una vez más, en este caso prevalece sobre mi libertad la consideración del daño que puedo causarle al otro, que es débil de conciencia. “De todas formas, hagáis lo que hagáis, comer, beber o lo que sea, hacedlo todo para honra de Dios” (1 Cor 10:31).

Los corintios no sólo tenían problemas de consulta acerca de su vida personal o de sus relaciones sociales, sino también respecto a las propias asambleas cristianas. Y concretamente en el acto central litúrgico, que era la celebración de la eucaristía. Pablo considera dos casos: uno referente a la propia cena eucarística, y otro en relación con los fenómenos carismáticos que tenían lugar durante el culto.

IR A CONTENIDO

.

.

a. Ejemplos de los “Papiros Oxirrinco.”

Para comprobar que la casuística que hemos expuesto era real, vamos a consultar los llamados Papiros Oxirrinco, así llamados por la localidad egipcia donde se encontraron, que nos ofrecen varios ejemplos de estas invitaciones.

Primera invitación: “Tremón te invita a comer en la mesa del Señor Serapis en el Serapeum, mañana, día décimo quinto del mes, a las 9.”

Esta invitación, por ser a un banquete idolátrico en honor de Serapis, y además por tener lugar en su templo, que es el Serapeum, no puede ser aceptada por un cristiano.

Segunda invitación: “Heraes te invita a las bodas de sus hijos, en su casa, mañana, día quinto del mes, a las 9.”

Esta invitación podría ser aceptada por un cristiano, ya que se trata de un banquete nupcial que se celebra en un domicilio particular. Y eso, aunque posiblemente sirviesen carnes sacrificadas, o “idolitos.” Sólo en el caso de que uno de los platos se señalase como proveniente de un sacrificio, el cristiano debería abstenerse de dicho plato.

La tercera invitación: “Antonio, hijo de Tolomeo, te invita a cenar con él en la mesa del Señor Serapis, en casa de Tolomeo, el seis del corriente, a las 9.”

Tampoco esta invitación podría ser aceptada por un cristiano. Aunque el banquete se sirva en un domicilio particular, sin embargo, se trata de un banquete idolátrico en honor del Señor Serapis, ya que en el ambiente cultual helenístico se reputaban como religiosos estos banquetes ofrecidos a los dioses, aunque fuesen fuera de los templos.

IR A CONTENIDO

.

.

19. El Velo de las Mujeres.

La Cena eucarística. Esta sección comienza con una cuestión que a nosotros nos parece muy secundaria, pero que no debía de serlo entonces, y es la del vestido de las mujeres en dichas reuniones, y, en concreto, el hecho de llevar o no un velo sobre la cabeza. La costumbre entonces era que las mujeres, cuando se mostraban en público, se cubriesen la cabeza bien con un velo o doblando sobre ella el extremo del manto. En el fondo de esta práctica estaba el concepto social del papel, del rol de la mujer, entonces admitido, y que era sin duda de subordinación al varón.

Esto se expresa semíticamente diciendo que “Cristo es la cabeza de cada hombre, el hombre la cabeza de la mujer y Dios cabeza de Cristo.”  O lo que es lo mismo, que hay una jerarquía de superioridad. Y una forma de demostrarla es colocándose el velo, ya que éste indica su dependencia de otra persona. Las casadas se velaban por dependencia del marido, y las hijas solteras por dependencia del padre. Ir por la calle sin velo era una deshonra que, según algunos juristas, podría motivar el repudio de la mujer. Por otra parte, el uso se reforzaba ante el hecho de que las mujeres públicas y prostitutas no llevaban velo.

Esta situación, referida a las mujeres corintias, era particularmente delicada, ya que algunas de ellas eran de ideas más liberales, hoy diríamos que eran precursoras de la emancipación, y se presentaban en las asambleas litúrgicas con la cabeza descubierta.

San Pablo cree que eso es un abuso, e intenta corregirlo dando razones, que no parecen religiosas ni apoyadas en la palabra de Dios, sino más bien en costumbres discutibles. Para Pablo, el hecho de que las mujeres se dejen ordinariamente el pelo largo y los hombres lo lleven corto es una indicación de que la naturaleza les ha colocado ese velo, y así como sería deshonroso cortarle el pelo a una mujer, así también lo es quitarle el velo.

Hoy nos parecen estas interpretaciones un tanto extrañas y discutibles, y no hay por qué defenderlas a todo trance, sino decir simplemente que Pablo encontró un uso, y que le pareció que debería mantenerlo, porque lo contrario sería tomarse una libertad de costumbres que podía conducir a otros extremos menos permisibles. Y por esa razón, no quiso cambiar el uso del velo.

Diríamos que algo de mayor importancia ocurrió con los esclavos. Los esclavos, mucho más que las mujeres, estaban discriminados y oprimidos en aquella sociedad. El cristianismo, con su enseñanza sobre la universalidad de la salvación en Cristo, estaba ya adoptando una doctrina de igualdad humana. Y Pablo así justamente afirmó que ante Dios y el Señor “no había distinción entre hombre o mujer, esclavo o libre, bárbaro o griego.” Pero, de momento, no alentó una emancipación ni de los esclavos ni de la mujer, sino que proclamó que había que comenzarla desde dentro, considerándose todos como hermanos y ayudándose con caridad fraterna.

IR A CONTENIDO

.

.

20. La “Fractio Pañis”: Sus Abusos.

La comunidad cristiana de Corinto se reunía semanalmente en una asamblea litúrgica para repartir la acción eucarística, o como se decía, para “partir el pan,” fractio pañis. Ante todo, era una repetición de la Cena eucarística del Señor y una comunión con el Cuerpo de Cristo, que producía también una comunidad — kotnonia — entre los fieles participantes. Ahora bien, nada hay tan opuesto a esta koinonta como los abusos y divisiones que se producían entre los cristianos de Corinto.

Para comprender estos abusos, recordemos que, además del acto eucarístico, en la reunión semanal de los corintios se tenía una cena o ágape de fraternidad, pero que este ágape se había convertido en una mera presencia colectiva de familias y de grupos que cada uno consumía los alimentos que había llevado, de donde se originaban desigualdades y abusos.

“Oigo decir que, cuando os reunís en Asamblea, formáis bandos. Y en parte lo creo; porque es inevitable que llegue a haber partidos entre vosotros. Pero como consecuencia de esto, cuando tenéis una reunión os resulta imposible comer la Cena del Señor, porque cada uno se adelanta a comerse su propia cena; y mientras uno pasa hambre, el otro está borracho. ¿Será que no tenéis casas para comer y beber? ¿O es que tenéis en poco a la Asamblea de Dios y queréis abochornar a los que no tienen? ¿Qué queréis que os diga? ¿Que os felicite? Por esto ¡no os felicito!” (1 Cor 11:18-22).

Lo verdaderamente interesante de esta instrucción es que, con motivo de ella, el Apóstol intercala el relato de la última Cena de Jesús con los discípulos, como algo que le había sido transmitido a él. Y por su parte transmite él a los Corintios.

Quizá sea éste el documento más antiguo de la Sagrada Escritura en que se nos relata la institución de la Eucaristía, y se nos confirma que no se trataba de una mera enseñanza doctrinal, sino que entre los primitivos cristianos ya se celebraba la memoria de esta Eucaristía como el centro litúrgico de su comunidad.

Y recordemos que este documento está escrito tan sólo unos veinte años después de la muerte de Cristo.

“Porque lo mismo que yo recibí del Señor, os lo he transmitido a vosotros: que el Señor Jesús, la noche en que iban a entregarlo, tomó un pan, dio gracias, lo partió y dijo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros: haced lo mismo en memoria mía.”  Después de cenar, hizo igual con la copa, diciendo: “Esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre; cada vez que bebáis, haced lo mismo en memoria mía.”  Y de hecho, cada vez que coméis de este pan y bebéis de esa copa, proclamáis la muerte del Señor, hasta que El vuelva.

Por consiguiente, el que come el pan y bebe de la copa del Señor, sin darles su valor, tendrá que responder del cuerpo y de la sangre del Señor” (1 Cor 11:23-27).

La Asamblea cristiana, que estaba así centrada en la Eucaristía, también se componía de lecturas, predicación u homilía, cantos y oraciones. Y precisamente aquí es donde la Iglesia de Corinto procedía de una forma que, aunque tal vez no fuese exclusiva de ella, por lo menos era muy característica, es decir, las oraciones carismáticas.

IR A CONTENIDO

.

.

21. La Liturgia Carismática.

Carisma y gracia, que se dicen en griego con dos palabras afines charís y charisma, indican dos conceptos relacionados entre sí, pero diferentes. Porque ambos son “dones de Dios.” Pero la gracia es un don comunicado a un individuo para su propia perfección personal, que le produce una unión con Dios. Mientras que carisma es la gracia que Dios hace para bien espiritual y edificación de otros, de dentro o de fuera de la comunidad cristiana. Y este carisma suele ir acompañado de fenómenos y manifestaciones externas que lo hacen noticiable, e incluso en ocasiones sorprendente para los observadores.

La Iglesia de Corinto estuvo dotada desde sus comienzos de abundancia de estos carismas, según los cuales los fieles pronunciaban alabanzas a Dios, transmitían un mensaje inspirado, hacían curaciones y milagros y, sobre todo, hablaban e interpretaban “lenguas.”  ¿En qué consistía este fenómeno?

IR A CONTENIDO

.

.

22. La Glosolalia o Don de Lenguas.

Ya anteriormente en este comentario (c.II), y con ocasión del primer Pentecostés cristiano, lo mencionamos: las diversas lenguas o glosolalia en que los apóstoles se expresaban el día de Pentecostés fue la primera manifestación de este carisma. Hay dudas sobre su exacta interpretación; aunque, por las instrucciones de Pablo, parece que consistía en un lenguaje carismático en que se mezclaban sonidos y palabras ininteligibles para los circunstantes, acompañadas a veces de convulsiones, y que sólo podían ser comprendidas e interpretadas si alguno de los presentes poseía el carisma de la interpretación. Es decir, que los carismas de glosolalia y de interpretación de lenguas podían estar separados, y de hecho lo estaban.

Ahora bien, este fenómeno resultaba sorprendente y de alguna manera semejante a otros fenómenos de las religiones mistéricas en las que se entraba en “trance.”  Hoy diríamos rué, aparentemente, eran manifestaciones parapsicológicas. Los corintios, siempre amigos de novedades, comenzaron a estimar mucho este don y a utilizarlo en sus reuniones, en las que hablaban varios de los glosólalos a la vez, produciéndose una gran confusión.

San Pablo les instruye de que estos dones no se los ha dado Dios para su propia complacencia, sino más bien para beneficio de los incrédulos, que así son atraídos a reconocer a Dios. Como en otras ocasiones, Pablo se levanta al plano de los principios generales y teológicos del asunto. Todo don procede de Dios y es una dádiva del Espíritu. Ni aun decir “Jesús es el Señor” se puede si no es por impulso del Espíritu Santo.

Ahora bien, este Espíritu procede con una maravillosa variedad y despliega un amplio abanico de dones. A uno le concede pronunciar palabras de consejo, a otros de sabiduría, a un tercero una fe inconmovible o un mensaje inspirado, o bien la gracia de interpretarlo, y hay asimismo quienes realizan curaciones e incluso milagros.

Todos estos dones proceden del Espíritu de Dios y no de un impulso ciego, como el que arrastraba a los bacantes o a los oficiantes en el culto de Diónisos, que se sentían emborrachados y poseídos de una fuerza irresistible. Estos dones, en el cristianismo, proceden de Dios, que Pablo nombra trinitariamente como “el mismo Dios, el mismo Señor, el mismo Espíritu.”

Esta unidad del Dios donante era tanto más importante en la catequesis de Corinto por cuanto muchos de los cristianos tenían antecedentes paganos, y en el paganismo contemporáneo cada dios resolvía los problemas y peticiones de su competencia y monopolio: así, Neptuno atendía a la navegación, Apolo a la sabiduría y Marte a la guerra.

La diversidad de dones repartidos por Dios forma parte de la unidad de la Iglesia, la cual, a semejanza del cuerpo humano, posee diversos órganos, miembros y funciones que deben coordinarse para el bien del cuerpo. Oigamos a Pablo en el capítulo XII, versículos 12 y siguientes.

“Es un hecho que el cuerpo, siendo uno, tiene muchos miembros; aunque los miembros, aun siendo muchos, forman parte todos de un solo cuerpo. Pues también Cristo es así; porque también a todos nosotros, ya seamos judíos o griegos, esclavos o libres, nos bautizaron con el único Espíritu para formar un solo cuerpo.

Y además tampoco el cuerpo es todo el mismo órgano, sino muchos. Aunque el pie diga “como no soy mano, no soy del cuerpo.,” no por eso deja de serlo. Y aunque la oreja diga “como no soy ojo, no soy del cuerpo.,” no por eso deja de serlo. Si todo el cuerpo fuera ojos, ¿cómo podría oír? Si todo el cuerpo fueran oídos, ¿cómo podría oler? Dios estableció en el cuerpo cada uno de los órganos como El quiso. Si todos ellos fueran el mismo órgano, ¿qué cuerpo sería ése?

Además no puede el ojo decirle a la mano: “no me haces falta.”; ni la cabeza a los pies: “no me hacéis falta.”  Al contrario, los miembros que parecen de menos categoría son los más indispensables. Así, cuando un órgano sufre, sufren todos con él; cuando a uno lo tratan bien, con él se alegran todos. Pues bien, vosotros sois cuerpo de Cristo, y cada uno por su parte es miembro” (1 Cor 12:19-27).

IR A CONTENIDO

.

.

23. Elogio Paulino de la Caridad.

En esta diversidad de dones, como miembros del Cuerpo de Cristo, puede señalarse una cierta jerarquía y diferencia, de suerte que se deben apreciar y desear los carismas más excelentes, que no son precisamente los más llamativos. Con este motivo Pablo se expansiona en su espíritu y escribe una de las más bellas páginas de la literatura religiosa de todos los tiempos al definir qué es la caridad y el amor cristiano.

“Me queda por señalaros un camino excepcional. Ya puedo hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles, que, si no tengo amor, no paso de ser una campana ruidosa o unos platillos estridentes.

Ya puedo penetrar todo el secreto y todo el saber, y tener toda la fe hasta mover montañas, que, si no tengo amor, no soy nadie” (1 Cor 12:31-13:2).

El himno de la caridad se entiende por sí mismo, tanto que sólo vamos a explicar algún detalle que ilumine mejor el texto. Los griegos poseían varios verbos para expresar el acto de amar. De los cuales eran los más repetidos eran, con el sustantivo eros, y filein, con el sustantivo filia.

Eran se aplicaba al amor egoísta, que se complace en la posesión, en el goce sensible y pasional: así el placer sexual podría designarse también por Eros. Por el contrario, filia es un amor más desinteresado y benevolente, que se aplica a las relaciones de amistad y a otras muchas relaciones familiares que no son eróticas.

Pablo, sin embargo, no quiso emplear ninguno de ambos nombres, sino que usó el verbo agapán y el sustantivo ágape como expresión propia del amor cristiano, ya que se trataba de un término casi inusitado en la literatura griega y, por tanto, más abierto a la novedad cristiana. La ágape no es sólo desinteresada y benevolente, como la filia, sino que además es unidad, como entre hermanos que forman una sociedad con Dios, una Filadelfia, que es más que una filantropía.

Esta ágape es superior a “las lenguas de los hombres y de los ángeles,” es decir, a la glosolalia, que tanto estiman los corintios, y a cualquier lengua por excelente que sea, ya que “lengua de ángeles” no quiere afirmar que los ángeles hablen una lengua, sino que es un superlativo de excelencia.

La caridad no es un bronce que resuena, es decir, una campana que sólo da campanadas y hace ruido, y que, como dice un adagio popular, “la campana llama a misa, pero ella no entra nunca.”  El címbalo era un instrumento musical de percusión que se parecía bastante a nuestros platillos y que se utilizaba mucho en los cultos orgiásticos de Cibeles, porque se pensaba que favorecía el éxtasis.

Y ahora sigamos a Pablo, que continúa con las excelencias de la caridad.

“El amor es paciente, es afable, el amor no tiene envidia, no se jacta ni se engríe, no es grosero ni busca lo suyo; no se exaspera ni lleva cuentas del mal; no simpatiza con la injusticia, simpatiza con la verdad; disculpa siempre, se fía siempre, espera siempre” (1 Cor 13:4-6).

Otra excelencia del amor cristiano o caridad es que no perecerá. Mientras otras realidades, incluso virtudes, son perecederas, la caridad dura para siempre, y además recibirá el premio eterno de la visión de Dios. Porque ahora todo, en comparación con ella, es como ver a una persona reflejada en un espejo.

Quizá Pablo pensaba entonces en los famosos “espejos de Corinto,” fabricados con bronce, oro, plata y exquisitamente pulimentados, pero que daban una imagen bastante defectuosa.

En una palabra: la caridad es excelente y sobrepasa a otras obras humanas, umversalmente tenidas por muy valiosas, como es dar la vida dejándose quemar vivo, o dar la fortuna a los necesitados (y aquí se emplea un verbo que literalmente significa “hacer migajas de la fortuna,” es decir, repartirla en trocitos pequeños para que otros se la coman.)

“El amor nunca falla, los dichos inspirados se acabarán, las lenguas cesarán, el saber se acabará. Porque todo eso es limitado y, cuando venga lo perfecto, lo limitado se acaba. Cuando yo era niño hablaba como un niño, tenía mentalidad de niño, discurría como un niño. Cuando me hice un hombre acabé con las niñerías. Ahora vemos confusamente en un espejo, pero entonces veremos cara a cara. Así que esto queda: fe, esperanza, amor. Estas tres, y de ellas la más valiosa es el amor” (1 Cor 13:8-13).

Después de haber establecido el primado del amor, Pablo pasa a examinar dos de los carismas, para establecer entre ellos una preferencia. Y son el carisma de la profecía y el don de lenguas.

Por profecía no hay que entender “la predicción del futuro,” sino un habla inspirada que instruye y exhorta a la comunidad con palabras que son comprendidas por los oyentes. Según Pablo, éste es un don superior al de la locución de lenguas.

“Mirad, el que habla en lenguas extrañas, la glosolalia, no habla a los hombres, sino a Dios, ya que nadie le entiende, y llevado del Espíritu dice cosas misteriosas. En cambio, el que predica inspirado habla a los hombres, y, exhortando al hermano, construye la comunidad” (1 Cor 14:2-5).

Para explicar esto, Pablo recurre a unas comparaciones de instrumentos musicales. Aunque estos instrumentos tienen diversos nombres, según la interpretación de cada traductor, pueden reducirse a tres. Uno de viento, la flauta; otro de cuerda, que puede ser la cítara —aunque hay quienes la llaman arpa o guitarra —; y un tercero, también de viento, y que hoy llamaríamos “de metal,” que es la trompeta o el cuerno.

IR A CONTENIDO

.

.

a. Tres Instrumentos Musicales.

La flauta tiene su origen en las culturas campesinas del Asia oriental y siempre fue un instrumento de uso popular. Y originariamente era de caña, aunque también las había de arcilla y metal.

El arpa la encontramos en las inscripciones egipcias, a partir de la invasión de los hicsos, y parece, por tanto, tener origen semita. Primitivamente era un arco de madera o dos tablas en ángulo entre las que se colocaban las cuerdas, hechas de tripas de carnero, gacela o camello. Esta arpa elemental no tenía caja de resonancia, y las cuerdas daban diversas notas según su tensión y magnitud. Al principio se tocaban con una o dos manos, aunque después se admitió un pulsador llamado “plectro,” y con el tiempo se le fueron añadiendo más cuerdas, hasta llegar a cuarenta. Así como también crecieron en magnitud. Y además de las liras o arpas portadles había otras apoyadas en el suelo, de hasta dos metros de altura, con una amplia caja de resonancia artísticamente labrada; eran de una particular sonoridad las fabricadas con madera de sándalo.

Finalmente, la trompeta, cuyo precedente fue el cuerno, de origen animal, es decir, la cornamenta de algunos animales, carneros o bueyes, como el conocido yobel hebreo, que se tocaba en ocasiones festivas. Su evolución dio origen a las trompas y trompetas de utilización sagrada y militar. Más adelante, estos instrumentos fueron de metal y en la Edad Media llegaría a usarse el cuerno de elefante así, era el famoso “Olifante” de las Gestas de Rolando.

Cada uno de estos tres instrumentos tiene su capacidad expresiva, de forma que, cuando se tocan apropiadamente, dicen algo que puede entenderse. Mas, si se tocan desordenadamente, sin ajustarse a notas o melodías, tan sólo se produce ruido y confusión, y entonces nadie entiende ni su significado ni su mensaje. Y eso es lo que sucede cuando se tienen locuciones carismáticas en una reunión cristiana sin acompañarlas de la debida “interpretación de lenguas.” Se oye el sonido, pero no se percibe el sentido.

En consecuencia, hay que utilizar este don de lenguas con suma discreción, que San Pablo confirma con su propio ejemplo, ya que él también posee el don de lenguas, pero ¡sabe de lo que está hablando!

“Gracias a Dios hablo en esas lenguas más que todos vosotros, pero en la Asamblea prefiero pronunciar media docena de palabras que se entiendan para instruir a los demás, antes que 10.000 palabras en una lengua extraña” (1 Cor 14:18-19).

IR A CONTENIDO

.

.

24. La Resurrección de Cristo y de los Cristianos.

Llegamos al último punto de esta Carta a los Corintios: la Resurrección de Cristo. Y nos sorprende encontrar aquí un tema que sabemos formaba parte del comienzo de la catequesis, que era: “Cristo ha muerto por nuestros pecados y ha resucitado para nuestra salvación.”

La razón de insistir aquí es que en Corinto había algunos nuevos cristianos que negaban la posibilidad de la resurrección. La resurrección de los muertos era una idea extraña a la cultura helenística. Tanto la filosofía griega como la enseñanza posterior de las religiones mistéricas, entonces tan de moda, sostenían que el cuerpo, una vez muerto, se corrompe sin posibilidad alguna de resurrección; mientras que el alma, especialmente la iniciada en los misterios, pasa a gozar de la felicidad de los dioses.

Para refutar esta idea negativa, Pablo construye una argumentación que no trata de probar la posibilidad de la resurrección, sino el hecho mismo que se ha verificado en Cristo, y de este hecho se concluye y prueba su posibilidad.

“Os recuerdo ahora, hermanos, el evangelio que os prediqué. Lo que os transmití fue, ante todo, lo que yo había recibido: que Cristo murió por nuestros pecados, que fue sepultado y que resucitó al tercer día, como lo anunciaban las Escrituras. Que se apareció a Pedro, y más tarde a los Doce. Después se apareció a más de 500 hermanos a la vez, la mayor parte de los cuales vive, aunque algunos ya han muerto. Después se le apareció a Santiago, luego a los apóstoles todos. Y por último, se me apareció también a mí, como el nacido a destiempo, porque soy el menor de los apóstoles y no merezco tal nombre porque perseguí a la Iglesia” (1 Cor 15:1-9).

La importancia de este texto y el valor que tiene para nuestra fe es indudable, porque Pablo escribe de lo que conoce, “porque se lo han transmitido así,” y los transmisores saben de lo que hablan por propia experiencia. La resurrección de Jesús, tras su muerte y sepultura, estaba así profetizada por las Escrituras. A ellas se refirió Jesús después de su resurrección en sus conversaciones durante sus apariciones a sus discípulos (Lc 24:28-44). Y así también se lo había adelantado anteriormente al referirse a Jonas, que estuvo tres días y tres noches en el vientre del cetáceo (Mt 10:2-40). Y existen además otros textos que se refieren a estos hechos, como el de la predicción de Isaías sobre el “Siervo de Yahveh,” que fue “entregado a la muerte y se puso su sepultura entre los malvados” (Is 53:4-9), y también el salmo “No dejarás a tu amigo en la fosa” (Ps 16:10).

Mas lo peculiar de esta Carta a los Corintios es que en ella Pablo cita a los testigos de la resurrección de Jesús que él personalmente ha conocido. Parece que sigue un orden cronológico de las apariciones de Jesús. La primera es a Pedro, la última al propio Pablo. Y en medio, se cita a los Doce (que es la denominación oficial del Colegio Apostólico), aunque entonces fuesen sólo Diez, ya que Judas Iscariote y Tomás faltaban. Después cita a Santiago el Menor y a un grupo numeroso de 500 hermanos, a quienes probablemente se les apareció en Galilea y de los cuales algunos viven todavía. Estas últimas citas son muy valiosas, ya que nos ofrecen unos datos no contenidos en los evangelios, pero que merecen la misma fiabilidad. Y constituyen asimismo una valiosa refutación del “argumento del silencio” esgrimido por algunos objetores, pues aquí estamos en presencia de unas apariciones de Jesús tan reales como las citadas en los Evangelios. Luego el hecho de que un determinado pasaje o unas palabras no se hallen citados en ellos no es prueba irrefutable de que no sucediera así si nos consta por otras fuentes igualmente dignas de crédito. Y recordemos que Pablo, aunque haya escrito esta carta algunos pocos años después, desde Efeso, en realidad se está refiriendo a hechos ya conocidos de sus oyentes, cuando el propio Pablo se los predicó así en el año 50 ó 51; es decir, menos de veinte años después de la muerte y resurrección de Jesús. Ahora bien, cuando un suceso ha sido importante en nuestra vida, sin duda que lo recordamos todavía después de veinte años.

Tras el hecho de la resurrección, Pablo añade algunos datos de una enseñanza complementaria sobre la universalidad y sobre el momento y modo de esta resurrección.

La resurrección es un hecho universal: lo mismo que por Adán todos mueren, así también por Cristo todos recibirán la vida, aunque cada uno en su propio turno. Cristo como primicias; el resto, los de Cristo, en el día de su venida. Su reinado tiene que durar hasta que ponga todos los enemigos bajo sus pies. Y como último enemigo, aniquilará a la muerte.

Sin embargo, queda aún una curiosidad, que para alguno podría convertirse en obsesión.

“¿Cómo resucitan los muertos, qué clase de cuerpos tendrán? Necio, lo que tú siembras no cobra vida si antes no muere. Y además no siembras lo mismo que va a brotar después, porque siembras un simple grano.

Toda carne no es una misma carne: una cosa es la del hombre, otra la del ganado, de las aves y de los peces; hay también cuerpos terrestres y celestes, y hay diferencias entre el resplandor del sol, de la luna y de las estrellas; y tampoco éstas brillan todas por igual.

Igual pasa en la resurrección de los muertos. El primer hombre salió del polvo de la tierra, el segundo procedía del cielo.

Este hombre del cielo es el modelo de lo celestial, y lo mismo que hemos llevado en nuestro ser la imagen del terreno, llevaremos la imagen del celestial” (1 Cor 15:35-49).

En una palabra: Pablo no trata de explicar lo inexplicable, o al menos lo difícilmente inteligible, como sería la condición del cristiano resucitado que no solamente es un alma, sino un cuerpo espiritual. Pero ese Dios, que ha desplegado en su creación una tan maravillosa variedad de cuerpos, otorgará una nueva condición dándole a los que se salvan un cuerpo celestial, cuyo modelo ha sido el de Jesucristo, que resucitó como primicia de todos los que han de resucitar en El y para El.

San Pablo no escribió solamente una Carta a la Iglesia de Corinto, y por eso todas las ediciones del Nuevo Testamento incluyen también una segunda. Pero hay muchos biblistas que afirman que, antes de la primera carta, todavía había escrito otra, actualmente perdida, aunque mencionada (1 Cor 5:19). Y es muy probable que escribiese alguna más que tampoco se conserva “en forma autónoma,” ya que algunos piensan que la actual Carta segunda no es un documento unitario, sino que en él se ha reunido material de al menos dos cartas, ambas dirigidas a los fieles de Corinto; sobre esto volveremos a tratar en esta Vida informativa en la segunda Carta a los Corintios (c.XXVI)

IR A CONTENIDO

.

.

xviii. Tercer Viaje: Galacia y Efeso.

Una vez más, el relato de Lucas en el Libro de los Hechos nos presenta la vida apostólica de Pablo en aquel recorrido que comúnmente se llama el tercer viaje, que tiene, como los dos anteriores, su punto de partida de Antioquía de Siria; pero que esta vez va a terminar en Jerusalén.

“Pasado algún tiempo, Pablo emprendió otro viaje y recorrió las regiones de Galacia y de Frigia, confortando a todos sus discípulos” (Hech 18:16).

IR A CONTENIDO

.

.

01. Epístola. A los Galatas.

La mención de Galacia, cuya región y pueblo ya describimos anteriormente (c.XV), nos invita a una lectura rápida de la Carta de San Pablo a los Galatas. Podríamos decir que así como las Cartas a los Corintios, sobre todo la primera, proporcionan un rico material informativo sobre la comunidad cristiana de aquella ciudad y sus problemas, así esta Carta a los Galatas es la que contiene una información más completa y personal sobre la propia vida de Pablo y sobre la controversia principal que sostuvo con sus adversarios, que no eran los infieles paganos, sino los judíos, incluso aquellos ya convertidos a la nueva fe procedentes de la “circuncisión,” que es uno de los vocablos técnicos para designarlos.

La Carta a los Galatas es sin duda la más polémica de todas; porque Pablo se enfrenta con unos judíos a los que él personalmente había convertido a Cristo y que, sin embargo, se hallan en trance de separarse de él, cuestionando, para justificarse, su condición de apóstol y tratando de retornar a la observancia de la Ley de Moisés. Todo este asunto se plantea en términos de “vuelta a la esclavitud de la letra” frente a la “libertad nueva del Espíritu” que les ofrece la fe en Cristo. Por tanto, Galatas es la Carta de la libertad cristiana.

La argumentación de Pablo en favor de esta libertad es de altos vuelos y se remonta hasta Abraham, “que tuvo dos hijos, uno de la esclava (Agar) y otro de la libre (Sara), que son dos mujeres representativas de las dos Alianzas, la del Monte Sinaí, que engendra hijos para la esclavitud —y que se continúa en la Jerusalén terrena, que es esclava, ella y sus hijos —, mientras que la Jerusalén de arriba es libre y ésa es nuestra Madre” (4:22-27). Nosotros somos hijos de la promesa, como Isaac, y “para que fuésemos libres nos liberó Cristo” (5:1).

Ahora bien, si los gálatas se someten de nuevo a la Ley del Sinaí, dejándose circuncidar, ellos vuelven a aceptar dicha Ley perdiendo la libertad que les ha conseguido la fe en Cristo.

En el fondo de la oposición de los gálatas late una duda y objeción personal contra San Pablo y contra su legitimidad como Apóstol. Por ello, éste comienza por reivindicarla; y, para lograrlo, nos traza unas notas biográficas que son un excelente hilo conductor para recordar su vida anterior:

A) “Sin duda habéis oído hablar de mi conducta pasada en el judaismo, y con qué saña perseguía yo a la Iglesia tratando de destruirla., pues yo era mucho más fanático de mis tradiciones ancestrales” (1:13-14).

B) “Pero el que me escogió desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, se dignó revelarme a su Hijo; de suerte que el Evangelio que yo os anuncio no es invento humano, ni a mí me lo ha enseñado ni transmitido ningún hombre, sino una revelación de Jesucristo” (1:11-12).

C) “Inmediatamente después, sin consultar con hombre mortal ni subir a Jerusalén para ver a los apóstoles anteriores a mí, me marché para Arabia y de allí volví otra vez a Damasco” (1:16-17).

D) “Tres años más tarde, subí a Jerusalén para conocer a Pedro y me quedé quince días con él. No vi a ningún otro apóstol, excepto a Santiago, el pariente del Señor” (1:18-19).

E) “Fui después a Siria y Cilicia. En cambio, las comunidades cristianas de Judea no me conocían personalmente; nada más que oían decir que el antiguo perseguidor predicaba ahora la fe que antes intentaba destruir, y alababan a Dios por causa mía” (1:22-24).

F) “Transcurridos catorce años, subí otra vez a Jerusalén, en compañía de Bernabé, llevando también a Tito; subí impulsado por una revelación, les expuse el evangelio que predico a los paganos, aunque en privado, a los más representativos. con todo, ni siquiera obligaron a circuncidarse a mi compañero Tito, que era griego. Di este paso, con motivo de esos intrusos, de esos falsos hermanos que se infiltraron para espiar la libertad que tenemos como cristianos y que querían esclavizarnos. Pero ni por un momento cedimos a su imposición para preservaros la verdad del evangelio. En cambio, de parte de los que representaban algo no tuvieron nada que añadirme. Al contrario, vieron que yo me había encargado de anunciar la Buena Noticia a los paganos, como Pedro de anunciarla a los judíos; pues el mismo que capacitó a Pedro para su misión entre los judíos me capacitó a mí para la mía entre los paganos. Reconociendo, pues, este don que he recibido, Santiago, Pedro y Juan, considerados como columnas, nos dieron la mano a Bernabé y a mí en señal de solidaridad, de acuerdo con que nosotros nos dedicáramos a los paganos y ellos a los judíos” (2:1-9).

G) “Cuando Pedro llegó a Antioquía tuve que encontrarme con  él” (2:11). (Sigue la llamada controversia de Antioquía, que ya hemos referido en el c.XVIII.)

Pablo, a través de este resumen de su vida, ha probado brillantemente no sólo que es un apóstol de la misma categoría que los demás, y que eso le viene por designación directa de Jesucristo, sino también que esa condición le ha sido reconocida por la Iglesia madre de Jerusalén y por los apóstoles, que se consideran como “columnas” de aquella comunidad. Por eso la conclusión final es que: “Nosotros éramos judíos de nacimiento, no de esos paganos pecadores, pero comprendimos que ningún hombre es justificado por observar la Ley de Moisés, sino por la fe en Jesucristo. Y yo, al dejar atrás la Ley, he muerto para ella y así vivo para Dios. Estoy crucificado con Cristo; pero vivo no yo, Cristo es quien vive en mí” (2:14-19).

Tras una exposición tan completa y luminosa, queda deshecha la acusación lanzada contra Pablo acerca de su pretendida condición de apóstol, y éste da rienda suelta a toda la indignación que le ha producido tan burda patraña. Quizá no se encuentre en todo el epistolario paulino calificativos tan fuertes: “Galatas, insensatos, ¿quién os ha embrujado? Contestadme sólo a esto: ¿recibisteis el Espíritu por haber observado la Ley o por haber escuchado con fe? ¿Tan estúpidos sois? ¿Comenzasteis por el Espíritu y vais a terminar ahora por la carne? ¡Tan magníficas experiencias van a ser en vano!” (3:1-4)

San Pablo, volviendo de nuevo a la figura de Abraham, afirma que la promesa que recibió de Dios, “por ti serán benditas todas las naciones,” se refiere precisamente a esos paganos que por la fe en Cristo recibirán la justificación; mientras, por el contrario, los que se apoyan únicamente en la observancia de la Ley de Moisés se hacen sujetos de una maldición contra todo aquel que no cumple lo escrito en dicha Ley. Por otra parte — y esto es un argumento muy del gusto de algunos legistas judíos —, una promesa otorgada por Dios a Abraham no puede ser anulada por la Ley de Moisés, que apareció cuatrocientos treinta años más tarde. Esta Ley tiene tan sólo un valor pedagógico de demostrarnos cuál es el camino, pero no posee la eficacia de conducirnos por él. Es como una niñera que actúa en un período que puede llamarse “la infancia de Israel.”  Y en dicho período de minoría de edad, el “heredero” en nada se diferencia del esclavo; porque, aunque sea dueño de todo, lo tienen bajo tutores y educadores hasta la fecha fijada por su padre. De igual manera nosotros, los judíos, cuando éramos menores, estábamos esclavizados por los “elementos del mundo,” mas al cumplirse el plazo fijado por Dios, envió a su Hijo, nacido de mujer y sometido a la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley y para que recibiéramos la condición de hijos de Dios; para lo cual Dios envió a nuestro interior el Espíritu de su Hijo, que grita: “Abba, Padre.”

Ha mencionado Pablo los elementos del mundo bajo los que los judíos están esclavizados mientras no reciban la fe que los libera. ¿Quiénes o qué son estos elementos del mundo? Su interpretación es discutida, y están citados aquí y en la Carta a los Colosenses (Col 2:8-20) Parece razonable admitir que estos elementos son las observancias tomadas de la Ley mosaica que regulan los tiempos, meses y días y que constituyen una especie de “servidumbre cósmica,” de la cual Cristo nos ha liberado.

Liberación, pero no libertinaje. Porque esa fe que nos hace libres se traduce en el amor (2:6) Consecuentemente, la libertad no puede dar pie a los bajos instintos, sino que el amor os tenga al servicio de los demás. San Pablo establece una antinomia entre “los objetivos de los bajos instintos que son opuestos al Espíritu porque los dos están en conflicto”; de donde resulta que “no podéis hacer lo que quisierais; en cambio, si os dejáis llevar por el Espíritu, no estáis sometidos a la Ley.”

De esta forma, mediante una habilísima pedagogía, a la vez profunda y práctica, Pablo ha llevado a sus lectores desde una teología de la Salvación, que arranca de la promesa a Abraham, a través de la pedagogía de la Ley de Moisés, hasta una praxis cristiana, en la que la caridad es el impulso y la norma, y que se expresa en una oposición entre realidades muy tangibles y terrenas. Por una parte están los “bajos instintos y las acciones frutos de ellas, que son bien conocidos: lujuria, inmoralidad, libertinaje, idolatría, magia, enemistades, discordias, rivalidad, arrebatos de iras, egoísmos, partidismos, sectarismos, envidias, borracheras, orgías, y cosas por el estilo. Por el contrario, el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, tolerancia, agrado, generosidad, lealtad, sencillez, dominio de sí. Contra todo esto, no hay Ley que valga” (Gal 5:12-23).

IR A CONTENIDO

.

.

02. Pablo Llega a Efeso.

Efeso. Esta ciudad va a ser otro de los centros de difusión del cristianismo paulino. El Apóstol lo atendió tan asiduamente y permaneció por tanto tiempo en esta ciudad y su región, que algunos piensan que esta comunidad llegó a ser el centro de la Iglesia helenística, hasta el punto de que, según ellos, Lucas escribió el Libro de los Hechos pensando en Efeso y dedicándoselo a dicha comunidad, y tipificando en ella la situación en que se encontraba la Iglesia en el período posapostólico, cuando habían desaparecido los Doce y había de enfrentarse con nuevos problemas internos y externos. Sea lo que fuere de esta “dedicación efesina” de los Hechos, es indudable que Lucas nos recuerda minuciosamente lo que sucedió a Pablo en aquella gran ciudad.

En Efeso, al lado de Diana, se tributaba también otro culto al emperador. Se puede afirmar que fue en estas regiones donde nació ese culto, que se multiplicó en numerosas aras y templos por todas aquellas ciudades. Fue en Efeso donde se conserva un monumento que señala el traslado del comienzo del año al día 23 de septiembre, fecha de nacimiento de Augusto, que así comenzaba a recibir honores divinos.

IR A CONTENIDO

.

.

03. El Templo de Diana en Efeso.

Efeso, juntamente con Jerusalén y Atenas, era una de las tres ciudades más santas del mundo entonces conocido. Y en ella, el centro de atracción lo constituía el Arternisio, es decir, el santuario de Artemisa o Diana, una de las siete maravillas del mundo, al decir de Pausanias.

La Diana de Efeso no era la diosa griega, grácil y juvenil, que con su arco y sus flechas salía a cazar por los bosques bajando del monte Olimpo. Esta Artemisa efesina era más bien una degeneración de la Astarté fenicia o una versión de la Gran Madre, que era un culto muy extendido en todo el Oriente. Los relatos que conservamos de los turistas devotos nos la presentan como una tosca talla ejecutada en madera, tal vez de vid, muy ennegrecida, y que, según la piedad popular, había sido traída del cielo.

El apelativo griego de Diana y su traducción latina “Plurimamma” indicaba que su aspecto era el de una diosa de la fecundidad, con innumerables pechos perforados en los que los devotos depositaban sus perfumes.

Alrededor de esta diosa se había erigido un templo, en cuya construcción, según afirma Plinio, se había tardado doscientos veinte años y se habían invertido las riquezas de Creso. Este templo ardió en la noche del nacimiento de Alejandro Magno. Su planta era tan extensa como la basílica de San Pedro de Roma y la cubierta estaba sostenida por 127 columnas jónicas de 20 metros de altura y apoyadas en bases artísticamente adornadas con esculturas, algunas de Praxiteles. Un fragmento de una de estas columnas puede todavía verse en el Museo Británico de Londres.

Al servicio de este templo se hallaban sacerdotes eunucos y una muchedumbre de sacerdotisas, que llegaban al millar, y que no sólo oficiaban en un culto orgiástico, sino que, llegada la ocasión, defendieron el templo como intrépidas amazonas.

El templo no sólo era un lugar de culto para todas las regiones circunvecinas de Asia, sino que también era el tesoro donde se custodiaba el erario público e innumerables riquezas privadas de sus depositarios; podría afirmarse que Efeso era el banco internacional por donde circulaban las riquezas de Oriente, y en concreto nos consta que por allí pasaban los donativos dirigidos al Templo de Jerusalén.

Con el tiempo, este culto al emperador y a Roma se extendería por las principales ciudades del Imperio Romano y daría origen más adelante a algunas de las persecuciones de los mártires cristianos que dieron su vida por no reconocer ese culto del emperador (cf. c.XXXIX)

Diana, el dinero y el emperador divinizado. La concupiscencia de la carne, la codicia de los ojos y la soberbia de la vida. Quizá Juan el Evangelista podría haber encontrado en Efeso una representación plástica de las tres fuerzas que según él constituían la entraña dinámica de un mundo que se oponía a Cristo (1 Jn 2:16). Pero allí, a Efeso, para combatirlo, para atraer ese mundo a Cristo, ¡había llegado Pablo!

IR A CONTENIDO

.

.

04. Predicación de Pablo en Efeso.

Ya, con ocasión de su segundo viaje, Pablo había visitado la ciudad de Efeso, aunque de paso, porque le urgía llegar entonces a Jerusalén. Ahora, en este tercer viaje, y disponiendo de tiempo ilimitado, su primer contacto apostólico fue con unos que parecían medio cristianos.

“Pablo, llegado a Efeso, encontró allí a ciertos discípulos y les preguntó: — ¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando recibisteis el bautismo?

Ellos contestaron: — Ni siquiera hemos oído que exista el Espíritu Santo.

Pablo les preguntó: — Entonces, ¿qué bautismo habéis recibido? — El bautismo de Juan.

—El bautismo de Juan era un signo de arrepentimiento, en el que les decía al pueblo que creyeran en el que iba a venir después de él.

Al oír esto, se bautizaron en el nombre del Señor Jesús y, al imponerles Pablo las manos, bajó sobre ellos el Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas e inspirados. Eran entre todos unos doce hombres” (Hech 19:1-7).

¿Quiénes eran este grupo de discípulos? Se han formulado varias hipótesis, y la más razonable parece ser que procedían del paganismo y de la escuela de San Juan Bautista. Y que, por tanto, habían recibido el bautismo de Juan y escuchado una catequesis introductoria sobre Jesús. Ei hecho de que no hubiesen oído mencionar al Espíritu Santo es tal vez una confirmación de que el bautismo cristiano se administraba con la fórmula trinitaria, ya que de haber recibido dicho bautismo al menos hubiesen oído nombrar al Espíritu Santo.

Consecuentemente, al haber solamente recibido el bautismo de Juan, tampoco habían experimentado la efusión de los dones del Espíritu que solía acompañar la imposición de manos después del rito bautismal cristiano. Pablo les instruyó sobre el carácter preparatorio que tenía la catequesis de Juan Bautista, tras lo cual hizo que se bautizasen y les impuso las manos. Y en dicho momento se verificó otro de los múltiples Pentecostés de que nos hablan los Hechos, con algunos efectos semejantes al primero.

Pablo continuó su labor evangelizadora en Efeso, comenzando, como era habitual, por la sinagoga; pero al encontrar la oposición y el rechazo de algunos, se separó de ella, y en esta ocasión, llevando aparte a sus discípulos, se instaló en la escuela de un cierto Tyrannos.

Tyrannos, que es una palabra griega que significa rey, sería probablemente un griego que poseía una escuela de gramática o de retórica, que eran disciplinas entonces muy estimadas, o simplemente podría ser el nombre del dueño del local. En esta escuela de Tyrannos permaneció Pablo enseñando durante casi dos años, y sin duda un período tan prolongado dio ocasión para que la palabra de Pablo se extendiese, como dice hiperbólicamente Lucas, “por todos los habitantes de Asia.”  Esta catequesis de Pablo pudo ser compatible con su trabajo de tejedor de tiendas, ya que conocemos por algunos documentos que el trabajo manual solía tan sólo ocupar las primeras horas de la mañana, hasta cerca del mediodía, dejando así libre las siguientes horas para otros menesteres, y así lo dice expresamente el Códice Beza del Libro de los Hechos.

Esta labor docente de Pablo iba acompañada de signos milagrosos por los que Dios manifestaba la fuerza del evangelio, tanto remediando enfermedades como expulsando a malos espíritus, lo cual se conseguía mediante la aplicación y contacto de ciertas prendas personales de Pablo. Entre ellas se menciona el sudarium, palabra que indica una prenda que sirve para enjugar el sudor, aunque puede aplicarse tanto a los pañuelos de cuello como a los de nariz. La otra prenda se llama simikimya, que, por su etimología, parece que es algo que medio rodea el cuerpo, como podría ser un delantal. Este poder taumatúrgico suscitó la admiración y emulación de algunos exorcistas judíos que deambulaban por el entorno.

“Algunos exorcistas judíos ambulantes probaron también a invocar el nombre del Señor Jesús sobre los poseídos, diciéndoles: “¡Os conjuro por ese Jesús que Pablo predica!”

Entre los que hacían esto estaban siete hijos de un tal Escevas, Sumo Sacerdote judío; pero el espíritu malo les replicó: Ά Jesús le conozco, y Pablo sé quién es, pero vosotros ¿quiénes sois?” Y diciendo esto, el poseído por el espíritu malo se abalanzó sobre ellos y les pudo, acogotándolos a todos, de modo que huyeron de la casa aquella desnudos y malheridos” (Hech 19:13-16).

IR A CONTENIDO

.

.

05. Las Escrituras Mágicas Efesinas.

El suceso de los exorcistas burlados se difundió entre los habitantes de Efeso y es relacionado con una quema de papeles mágicos y fórmulas de hechicería, tal como Lucas nos narra a continuación (Hech 19:17-19).

La costumbre de escribir papiros o pergaminos con palabras, a las que se atribuían poderes mágicos para cuidar o preservar de males, es muy antigua y se encuentra difundida en extensas áreas religiosas.

De las escrituras efesinas, las Efesia grammata, como se las llamaba, sabemos que contenían fórmulas mágicas, frecuentemente ininteligibles, que se las suponía caídas del cielo y que se les atribuía virtudes curativas contra la gota y la parálisis, contra el mal de ojo y las brujas, y que atraían buena suerte a sus poseedores.

Todos estos papeles de conjuros mágicos y amuletos, unidos a un buen número de libros de ciencias ocultas, fueron objeto de un auto de fe llevado voluntariamente a cabo por los efesinos, que, haciendo un montón de ellos, los quemaron a vista de todos en la plaza pública. El material fue tan abundante, que el precio calculado de los mismos fue de 50.000 piezas de plata, que muy probablemente eran “dracmas”: es decir, la dracma ática, que pesaba casi cuatro gramos y era la moneda de uso corriente en las ciudades de Jonia y representaba el valor del jornal de un día. Algunos han encontrado exagerada esta cifra, pero no lo es si se tiene en cuenta que los libros mágicos y amuletos eran de alto precio, no sólo por el bien que procuraban, sino porque estaban prohibidos por las leyes romanas.

Mientras esto sucedía, Pablo hacía nuevos planes de viaje. No tenía el Apóstol un carácter sedentario, y, una vez que advertía que la fe cristiana había arraigado en una ciudad, prefería marcharse a otra para propagar el evangelio o asegurar su trabajo anterior.

En este caso, Pablo deseaba volver a Jerusalén, visitando por el camino las Iglesias de Macedonia y de Acaya, donde las principales estaban en Filipos, Tesalónica y Corinto. Para preparar su viaje, despachó como precursores a sus dos queridos auxiliares, Timoteo y Erasto. Al primero ya le conocemos (c.XVI), y al segundo no puede identificársele con certeza, ya que aparecen en los Hechos varias personas con igual nombre, y entre ellas uno que era tesorero de la ciudad de Corinto. Este tesorero, por exigirlo así la permanencia de su cargo, no creemos que fuese el compañero de Pablo, que podía ausentarse con él en otras misiones. De él, los “menolo-gíos” griegos afirman que fue obispo. de Corinto y lo consideran como santo que fue martirizado en Filipos. Fue después de la partida de estos dos auxiliares cuando a Pablo le sucedió en Efeso el llamado “tumulto de los plateros.”

IR A CONTENIDO

.

.

06. Pablo, en Efeso. El Tumulto de los Plateros.

Ya hemos indicado el papel central y protagonista que desempeñaba en la ciudad el culto a Diana y su templo, y es bien conocido cómo, al lado de los grandes santuarios religiosos, y lo mismo puede decirse también de los cristianos, surge una industria y un comercio subsidiario de objetos religiosos. Y tal ocurría con la Diana de Efeso.

Numerosos hallazgos arqueológicos nos han mostrado la existencia de estos objetos, especialmente de estatuillas de la diosa y reproducciones del templo, que los peregrinos ofrecían como exvotos a la divinidad, o llevaban consigo tras su peregrinación hasta su lugar de origen. De hecho, se han encontrado estatuas de Diana incluso en puntos muy lejanos, como Marsella.

IR A CONTENIDO

.

.

a. La Diana de Efeso.

Como ya hemos indicado, Diana no era la virgen cazadora, hermana de Apolo, sino un ídolo tallado en madera que podría ser de vid o de ébano. La estatua, que representaba una mujer de pie, estaba rodeada de unas bandas con unas protuberancias metálicas que la imaginación popular supuso que eran pechos, ya que la diosa era protectora de la fecundidad. La diosa tenía sobre la cabeza una corona mural sobre la que lucía un disco de la luna, en sus brazos sostenía haces de espigas y a sus costados se alzaban dos leones y dos cabritos en paz y armonía. En una palabra: la Diana de Efeso era una divinidad silvestre y protectora de la vida en todas sus manifestaciones, y, aunque los griegos habían revestido su culto de apariencias helenísticas, en el fondo permanecía siendo una divinidad misteriosamente asiática.

Y ahora presentamos a Demetrio, a quien podríamos llamar jefe del sindicato de los orfebres y plateros.

“Un tal Demetrio, platero, que labraba en plata reproducciones del Templo de Artemisa, proporcionando no poca ganancia a los artesanos, reunió a éstos con los otros obreros del ramo y les dijo: — Amigos, sabéis que de esta ganancia depende nuestro bienestar, y estáis viendo y oyendo decir que ese Pablo ha persuadido a numerosa gente a cambiar de idea no sólo en Efeso, sino prácticamente en toda la provincia de Asia. No sólo hay peligro de que nuestro oficio se desacredite, sino que también se desprestigie el Santuario de la Gran Artemisa y se derrumbe la majestad de la diosa que venera todo el Asia y el mundo entero.

Al oír aquello, se pusieron a gritar furiosos: ¡Arriba la Artemisa de los efesios!

El revuelo cundió por la ciudad y la gente se precipitó en masa hacia el teatro, arrastrando a dos macedonios, Gayo y Aristarco, compañeros de viaje de Pablo. Este quería entrar también en el mitin, pero sus discípulos no se lo permitieron; y algunos senadores amigos suyos le mandaron un mensaje a  Pablo, aconsejándole también que no compareciera en el teatro” (Hech 19:24-31).

¿Quiénes son estos dos hombres, Diana de Efeso. Gayo y Aristarco, que ahora se mencionan por vez primera?

Sin duda, dos compañeros de Pablo. Aristarco era natural de Tesalónica, y se le vuelve a mencionar después. En cuanto a Gayo, existe alguna confusión respecto a su identidad, ya que hay varios discípulos con ese nombre en la comitiva de Pablo. En este caso, la mención de ambos quizá esté pretendida por Lucas para presentar dos testigos de un hecho en el que el evangelista no estuvo acaso presente.

El relato que sigue es tan vivo y colorista que apenas necesita comentario. Tan sólo indicamos que en él se menciona a un judío, Alejandro, que no es cristiano, y que fue designado por la colonia hebrea para explicar ante los efesinos todo aquel embrollo, en el que también los judíos podrían resultar implicados, aunque la causa real fuese Pablo y su predicación.

También se menciona a unos amigos de Pablo a quienes se les llama “Asiarcas,” que algunos traducen por “senadores,” y que eran unos de los 10 magistrados que presidían la Asamblea Provincial de Asia, lo que demuestra cómo había llegado el cristianismo a algunos miembros de la clase política.

Al frente de éstos se halla uno, a quien el texto griego llama Grammateus, que algunos interpretan como “letrado o canciller,” y que era un cargo muy peculiar en el gobierno de las ciudades helenísticas. Se trataba de un magistrado con funciones de secretario de Estado, que convocaba al Senado y dirigía sus debates y que también presidía las Asambleas populares. Lucas, en su narración, nos va a descubrir el tacto político de este canciller, que con singular destreza supo manejar a las masas y llevarlas adonde se proponía.

Finalmente, el sitio donde se reúne esta alborotada muchedumbre es el teatro, cuyas ruinas hoy se conservan y que, como en otras ciudades griegas, era un recinto semicircular al aire libre, rodeado de gradas talladas en la roca, y que en Efeso era el lugar adonde se llevaba en procesión la estatua de Diana en las grandes solemnidades.

IR A CONTENIDO

.

.

b. Los Teatros Grecorromanos.

El teatro, como espectáculo y como edificio, pertenece a la cultura y al urbanismo de las principales ciudades del mundo helenístico. Y en esta Vida informativa de los apóstoles ya los hemos encontrado en Corinto, Atenas, Efeso, Tarso y Antioquía de Siria.

Respecto a Israel, ni el teatro ni otros espectáculos que en ellos se ofrecían forman parte de la cultura hebrea, y de hecho nunca se menciona el teatro en los relatos evangélicos. Sin embargo, estos teatros existían en tierras de Israel, donde fueron edificados durante los períodos de fuerte influencia helenística. Y en lo que se refiere a Herodes el Grande, uno de los más famosos constructores, sabemos que los edificó en Cesárea, Jericó y más adelante en Sebaste. Incluso en Jerusalén se han excavado ruinas por las que consta que tuvo un teatro, edificado en una de las pendientes del lado sur de la ciudad. Aunque, repetimos, ninguna escena evangélica tuvo relación con él. Más aún, en los planos que ordinariamente se publican sobre la Jerusalén de tiempos de Jesús no consta su emplazamiento, que es, sin embargo, un dato cierto de la urbanización herodíana.

Todos los teatros que conocemos en el área helenística están excavados en la pendiente de una colina, sobre la cual se construyen en declive las gradas de los espectadores en forma semicircular. El hemiciclo tiene en el centro un espacio libre para ejecutar las danzas y está cerrado en su diámetro frontal por una plataforma donde se representa la escena teatral, y una fachada frecuentemente decorada con estatuas.

“El revuelo cundió por la ciudad y la gente se precipitó en masa hacia el teatro. Unos gritaban una cosa y otros otra; porque la Asamblea andaba toda revuelta, y los más no sabían por qué razón se habían reunido. Entonces, de entre la turba salió Alejandro, a quien, previamente instruido, habían persuadido los judíos, y el tal Alejandro, habiendo hecho señas con la mano, quería hacer su defensa ante el pueblo; pero apenas reconocieron que era judío, resonó una voz general de toda la muchedumbre, que durante unas dos horas estuvo vociferando: ¡Arriba la Artemisa de los efesios! Sobreviniendo entonces el letrado o “Grammateus.,” una vez que hubo calmado la turba, les dijo: —Varones y efesios: ¿quién hay de los hombres que no sepa que la ciudad de los efesios es la guardiana de la grande Artemisa y de la estatua caída del cielo? Siendo esto indiscutible, es conveniente que os mantengáis sosegados y que nada hagáis precipitadamente. Pues habéis traído acá a estos hombres, que ni son sacrilegos ni blasfemadores de nuestra diosa. Así, pues, si Demetrio y los orfebres sus compañeros tienen aquerella contra alguno, existen tribunales forenses y hay procónsules. Presenten allí su acusación unos contra otros. Y sí tenéis alguna ulterior demanda que hacer, se proveerá en la Asamblea General; pues corremos peligro de ser acusados de sedición por esto de hoy, no existiendo motivo alguno sobre lo cual no podremos dar razón que justifique este concurso tumultuoso.

Y dicho esto, despidió la asamblea” (Hech 19:29-41).

Cuando se hubo apaciguado este tumulto de los orfebres, Pablo convocó a sus discípulos, los animó y, despidiéndose de ellos, salió para Macedonia. Sin duda que visitó las Iglesias de Filipos, Tesalónica y Perca, y fue desde Macedonia desde donde escribió la segunda Carta a los Corintios.

IR A CONTENIDO

.

.

07. Segunda Carta a los Corintios.

Como ya sabemos, San Pablo no escribió una sola carta a los corintios (que ya hemos examinado previamente en los c.XXII-XXIV) sino que escribió una segunda Carta, que ahora vamos a comentar, y probablemente otras que se han perdido. Según algunos comentaristas, antes de la primera Carta había escrito otras que se han perdido, pero que se mencionan en ella (1 Cor 5:19). Y es muy probable que las escribiese en forma autónoma e independiente. Decimos “autónoma” porque algunos piensan que la Carta segunda, tal como hoy la conservamos, no es un documento unitario, sino que en él se ha reunido material procedente de al menos otras dos cartas. Si esto fuera así, tendríamos que en esta segunda Carta estaba incluida: A) una carta “polémica,” recogida desde el capítulo 10 hasta el final; B) una carta probablemente posterior, desde el capítulo 1 hasta el 7 inclusive; C) finalmente, el capítulo 8, que trata de la colecta, y que sería un documento independiente.

La segunda a los Corintios sin duda ofrece importantes enriquecimientos en la doctrina de Pablo. Valgan como ejemplos: “Jesucristo no fue un ambiguo sí y no, sino el SI a todas las promesas de Dios” (1:20). “Dios nos marcó con su sello y nos dio el Espíritu Santo dentro, como garantía” (1:22). “Somos ayudantes en vuestra alegría” (1:24). “Somos el incienso que Cristo ofrece a Dios entre los que se salvan” (2:15). “Sois mi carta, escrita en vuestros corazones. Carta de Cristo no escrita con tinta, sino con Espíritu de Dios; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne en el corazón” (3:2-3). “Donde hay Espíritu del Señor, hay libertad” (3:18).

Parte muy importante de esta carta la constituyen las enseñanzas sobre la condición j el oficio de apóstol, que son a la vez una descripción autobiográfica y una exhortación: “Dios, que hizo brillar la luz en el seno de las tinieblas, la ha encendido en nuestros corazones” (4:6); “llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que se vea que esa fuerza tan extraordinaria es de Dios y no viene de nosotros; nos aprietan, nos aplastan, estamos apurados, acosados, nos derriban, pasamos continuamente en nuestro cuerpo el suplicio de Jesús., sabiendo que aquel que resucitó a Jesús nos resucitará también a nosotros con Jesús y nos colocará a su lado con vosotros” (4:8-13). Nuestras penalidades momentáneas y ligeras nos producen una riqueza eterna, una gloria que las sobrepasa desmesuradamente” (4:16-17); “Dios nos encomendó al servicio de la reconciliación; somos, pues, embajadores de Cristo, y es como si Dios exhortara por nuestro medio” (5:20).

IR A CONTENIDO

.

.

08. La Colecta Para Jerusalén.

Ya conocemos, por la relación que nos hizo San Lucas sobre la Iglesia de Jerusalén, que desde el comienzo hubo pobres en dicha comunidad, y que eran atendidos por la solicitud y caridad de otros cristianos. Cuando Pablo, en el Concilio de Jerusalén, obtuvo confirmación de su condición de Apóstol de los gentiles, allí entonces se le rogó que atendiese a socorrer a los pobres de Jerusalén. Y esto lo tuvo siempre muy en cuenta el Apóstol. Ahora, en esta Carta segunda a los Corintios, le dedica una especial atención proponiendo varias razones.

La primera es la posibilidad que la Iglesia de Corinto tiene para ayudar, porque “es rica y tiene abundancia de todo”: de fe, de dones, de palabra, de conocimiento, de empeño para todos, y de ese amor vuestro por mí: ¡pues que también sea abundante vuestro donativo!” (8:7)

Segunda razón: el ejemplo de otras Iglesias: “No os lo mando, sino que os hablo del empeño que ponen otros, para comprobar si vuestra caridad es genuina.” Pablo describe la participación de las comunidades de Macedonia en este socorro con términos de exquisita delicadeza: “Quiero que conozcáis, hermanos, el favor que Dios ha hecho a las comunidades de Macedonia, pues en medio de una dificultad que los pone a dura prueba, su desbordante alegría y su extrema pobreza se ha volcado con ese derroche de generosidad. Hicieron todo lo que podían, que yo soy testigo. Incluso más de lo que podrían: espontáneamente me pidieron con mucha insistencia el favor de poder contribuir en la prestación a los consagrados” (8:1-5).

La tercera razón es estrictamente religiosa: “Ya sabéis lo generoso que fue Nuestro Señor Jesucristo: siendo El rico, se hizo pobre por nosotros para enriquecernos con su pobreza” (8:9) Estas tres razones hacen la petición de Pablo muy razonable, ya que no pide una participación en la colecta que suponga sacrificios imposibles: “Ayudad según vuestros medios; pues donde hay buena voluntad, se acepta con lo que tenga sin pedir imposibles. No se trata de aliviar a otros pasando vosotros estrecheces, sino que, por exigencia de la igualdad, en el momento actual vuestra abundancia remedia la falta que ellos tienen, para que un día la abundancia de ellos remedie vuestra falta. Recordad esto: a siembra mezquina, cosecha mezquina; quien siembra largamente, también cosechará con abundancia. Cada uno, según lo que tiene determinado en su corazón, no de mala gana ni por fuerza, puesto que Dios ama a quien da alegremente” (8:11-14; 9:6-7).

IR A CONTENIDO

.

.

09. Apología de Pablo ante sus contradictores.

No faltaban en Corinto quienes se oponían a Pablo. Aquella división de los cuatro bandos de Corinto, sobre los que escribió Pablo en su primera Carta (cf. c.XXII), aún perduraba, y permanecían en la comunidad algunos que menospreciaban a Pablo acusándolo de una cierta fanfarronería, ya que se equiparaba a otros apóstoles sin tener, según sus contradictores, ni su abolengo espiritual ni sus méritos. Pablo toma entonces en sus manos su propia defensa, porque le parece que esta opinión equivocada de sus adversarios puede redundar en desprestigio de su autoridad y dañar los resultados de su predicación. Con esta ocasión, Pablo nos va a proporcionar algunos datos biográficos que no se mencionan en otras cartas suyas, y que nos demuestran que él no es menos que aquellos “súper apóstoles” que le impugnan, y a los que califica con un lenguaje gráfico de “apóstoles falsos, obreros tramposos disfrazados de apóstoles de Cristo, de lo que no hay por qué extrañarse, porque si Satanás se disfraza de ángel de luz, no es mucho que también sus gentes se disfracen de mensajeros de la honradez” (11:14-15).

La labor apostólica de Pablo, considerada desde el punto de vista de la acción pastoral, ha sido enteramente gratuita y generosa con los evangelizados: “Os anuncié de balde la Buena Noticia de Dios. Para estar a vuestro servicio, tuve que saquear algunas que otras comunidades, aceptando su subsidio. Mientras estuve con vosotros, aunque pasase algunas necesidades, no le saqué el jugo a nadie, porque los hermanos que llegaron desde Macedonia proveyeron a mis necesidades” (11:8-9).

Este desinterés de Pablo en su trabajo apostólico es tan solo una pequeña muestra de la entrega total que él ha llevado a cabo en toda su vida para predicar el evangelio de Jesús a través de innúmeras dificultades. Nosotros agradecemos a los corintios esta crítica infundada que hicieron de Pablo, porque ella dio ocasión a que el Apóstol nos manifestase la grandeza de su espíritu. En este sentido, la segunda Carta a los Corintios es quizá una de las que nos ofrecen más rico contenido autobiográfico.

“Ya que otros presumen en este asunto, yo voy también a hacerlo, atreviéndome por mi parte, aunque lo que digo no es como cristiano, sino disparatando. En lo que otros se atreven, me atrevo yo también. ¿Que son hebreos? También yo. ¿Que son linaje de Israel? También yo. ¿Que sirven a Cristo? Voy a decir un desatino, yo más. Les gano en fatigas, les gano en cárceles, en palizas sin comparación, y en peligros de muerte, con mucho. Los judíos me han azotado cinco veces, con los cuarenta golpes menos uno. Tres veces he sido apaleado, una vez me han apedreado, he tenido tres naufragios, y pasé una noche y un día en el agua. Cuántos viajes a pie, con peligros de ríos, con peligros de bandoleros, peligros entre mi gente, peligros entre paganos, peligros en la ciudad, peligros en los poblados, peligros en el mar, peligros con los falsos hermanos. Muerto de cansancio, sin dormir muchas noches, con hambre y sed, a menudo en ayunas, con frío y sin ropas. Y aparte de eso exterior, la carga de cada día, la preocupación por todas las comunidades, ¿quién enferma sin que yo enferme? ¿Quién cae sin que a mí me dé fiebre?

Si hay que presumir, presumiré de lo que muestra mi debilidad. En Damasco, el gobernador del rey Aretas tenía montada una guardia en la ciudad para prenderme; metido en un costal me descolgaron por una ventana de la muralla y así escapé de sus manos” (2 Cor 11:16-33).

Al lado de este cuadro de sus misterios dolorosos, Pablo nos ofrece también sus misterios, que casi nos atreveríamos a decir gloriosos, porque nos descubre, como por un rompiente, parte de la gloria a todos prometida y a Pablo ya en parte concedida.

“¿Hay que presumir? No se saca nada; pero pasaré a las visiones y revelaciones del Señor. Yo sé de un cristiano que hace catorce años fue arrebatado hasta el tercer cielo; con el cuerpo o sin el cuerpo, ¿qué se yo? Dios lo sabe. Lo cierto es que ese hombre fue arrebatado al paraíso y oyó palabras arcanas que un hombre no es capaz de repetir: con el cuerpo o sin el cuerpo, ¿qué se yo? Dios lo sabe.

De uno como ése podría presumir; pero yo sólo presumiré de mis debilidades. Y eso, que si quisiera presumir no sería un insensato, diría la pura verdad; pero lo dejo para que nadie me tenga en más de lo que puede sacar viéndome y oyéndome y por lo extraordinario de las revelaciones” (12:1-7).

La segunda Carta a los Corintios termina con un saludo ritual que la liturgia presente de la Iglesia ha incorporado en la Eucaristía: “La gracia de Nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo, estén con todos vosotros” (13:13).

IR A CONTENIDO

.

.

bibliaytradicion.wordpress.com

.

.

.

.