Así Fue la Iglesia Primitiva (II)

Título: Así Fue la Iglesia Primitiva. Vida Informativa de los Apóstoles
Autor: R. Padre José A. de Sobrino, S. J.
Adaptación pedagógica: Dr. Carlos Etchevarne, Bach. Teol.

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Contenido

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ix. Saulo-Pablo.

Llegamos en nuestra lectura y comentario del Libro de los Hechos de los Apóstoles a un capítulo que es clave no sólo para leer el resto del libro, sino también para entender la vida de la primitiva Iglesia y su desarrollo ulterior. Y este hecho clave es la conversión y transformación de Saulo, fariseo, doctor de la ley y perseguidor de los cristianos, en Pablo, creyente fiel, predicador de la nueva fe y apóstol de los gentiles.

“Yo soy judío, nacido en Tarso de Cilicia, pero educado en esta ciudad de Jerusalén, a los pies de Gamaliel” (Hech 22:2-3).

Así decía Pablo en su apología ante el pueblo de Jerusalén. Apología que nos proporciona dos coordenadas vitales de Saulo: la que podríamos llamar biológica y natural de su nacimiento, y la coordenada cultural de su educación. Nacido en Tarso de Cilicia. Vayamos a dicha ciudad.

En cuanto a la fecha del nacimiento de Pablo, ésta no aparece en ningún documento, pero puede conjeturarse por dos datos. Uno, tomado de la carta de Pablo a Filemón, donde él se llama a sí mismo viejo: présbites, que, según el empleo corriente de la palabra, se aplicaba a una persona con más de sesenta años. Y puesto que dicha carta está escrita entre los años 61 y 63, esto nos da como fecha del nacimiento de Pablo uno de los primeros años de nuestra era.

A la misma conclusión podría llegarse partiendo de la fecha de la lapidación de Esteban. A Saulo, que está presente en ella, se le llama neanias, es decir, un joven. Expresión aplicable desde los veinte años a una edad adulta próxima a los cuarenta. Tomando una media, se puede suponer que tendría entonces algo más de treinta años, sobre todo porque se muestra en seguida dirigiendo las pesquisas y captura de los cristianos. Y todo eso nos lleva de nuevo a situar su nacimiento en los primeros años de nuestra era. Puesto que Jesús había nacido con bastante probabilidad hacia el año 6 antes de nuestra era, esto nos indica que Pablo podría ser de seis a ocho años más joven que Jesús.

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a. Tarso de Cilicia.

En el recodo que forma el Asia Menor con Siria y al noroeste de la isla de Chipre, se hallaba la región marítima de Cilicia, y en ella la ciudad de Tarso. Edificada a las orillas del río Cidno, a unos 25 kilómetros de la costa. La antigua Tarso está ya hoy enteramente en ruinas y en su cercanía existe la villa turca de Mersin, de unos 40.000 habitantes. Su nombre se cita por vez primera en el siglo IX antes de Cristo, pero parece que estuvo habitada por los hititas desde el siglo XIV. Tras una historia política muy agitada, fue conquistada por Pompeyo, que la agregó al Imperio Romano. En las contiendas civiles que se sucedieron, Tarso permaneció fiel a Julio César, por lo que recibió el nombre de Juliópolis. Era una metrópoli comercial donde se manufacturaba un tejido, hecho de pelo de cabra, llamado “cilicio,” que de ella tomó el nombre. A Tarso se llegaba por el mar desde el puerto de Rhegma, y por tierra a través de los desfiladeros del Tauro y de las llamadas “Puertas de Cilicia.”

Su nivel cultural la equiparaba en algunos aspectos a Atenas y Alejandría, hasta el punto de que el historiador Estrabón aseguraba que “Roma estaba llena de alejandrinos y tarsianos,” entre los que cita a Néstor y a Atenodoro, este último maestro de Augusto.

Religiosamente, Tarso reflejaba el sincretismo de las ciudades helenísticas, tan común en aquella época, e incluso se veneraban allí dos divinidades locales de procedencia anatolia, relacionadas con el culto a la vegetación: dioses a quienes sucesivamente se quemaba en una pira y cuya resurrección se celebraba orgiásticamente después.

En una palabra: Tarso era una polis griega, cuyo proceso de helenización se había acelerado en tiempos de Antíoco IV Epífanes, y en la que, al lado de sus costumbres orientales, existían ya en tiempos de Pablo un gimnasio y una palestra para los ejercicios atléticos.

Allí, en aquella Tarso, enriquecida por la confluencia de múltiples culturas, y más exactamente en su colonia judía, que debía de ser bastante numerosa, nació Saulo.

De la familia de Pablo sólo poseemos una frase escueta de su carta a los Filipenses, donde se autodefine como “de la raza de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo, hijo de hebreo” (Flp 3:5). Parece que podemos leer a través de esta frase un orgullo de pertenecer al pueblo escogido, no por conversión en la fe como cualquier prosélito, sino por herencia de sangre.

Dentro de este pueblo, Saulo pertenece a la tribu de Benjamín, tribu que lleva el nombre del hijo más pequeño de Jacob y de Raquel, que murió al darlo a luz. Y recordemos que “tribu” era una denominación no sólo de un grupo etnológico, sino también del territorio que ocupaba y que en el presente caso estaba situado al norte de Judá y limitaba al este por el río Jordán.

De esta tribu había sido originario Saúl, primer rey de Israel. Y ése precisamente era el nombre del Apóstol, Saúl o Saulo. Nombre hebreo que significa “pedido o implorado a Dios.”

En el Libro de los Hechos, a este Apóstol se le designa también con el nombre más conocido de Pablo. Y según la mayoría de los comentaristas, encabezados ya antiguamente por Orígenes, este nombre también lo recibió el niño en su infancia; aunque el escritor Lucas tan sólo lo comience a utilizar más adelante, a partir del capítulo 13, para designar al que hasta entonces se había llamado Saulo.

Era muy común entonces entre los judíos de la diáspora helenística tener dos nombres, uno hebreo y otro griego o latino. Un estudio de Frey sobre las inscripciones de las tumbas de judíos en las catacumbas romanas, muestra que más de la mitad de los judíos allí enterrados llevaban un nombre judío y un cognomen latino. En este caso no sabemos la razón por la que a Saulo se le puso el cognomen latino Pablo, en latín Paulus, quizá por cierta asonancia con el hebreo Saúl. Esta costumbre del doble onomástico se debía entre otras razones a la dificultad de los greco-romanos en pronunciar los nombres semitas, y asimismo a las múltiples relaciones, sobre todo de orden comercial, que ligaban a ambas comunidades.

No poseemos más noticias sobre la familia de Pablo ni sobre el nombre de sus padres. Tan sólo en el texto de los Hechos, más adelante, con ocasión de unos momentos de peligro en la vida de Pablo, nos enteramos de que tenía una hermana casada, y que un hijo de ésta se encontró en circunstancias en que pudo prestar un buen servicio a su tío.

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01. La Formación Escolar y Laboral de Pablo.

Pasemos ahora a examinar lo que hemos llamado la coordenada cultural, es decir, los estudios de Pablo.

Saulo afirma que pasó a Jerusalén a estudiar desde su juventud. Lo cual supone que otros estudios más elementales, propios de un niño y de un adolescente, los hizo en Tarso. Qué estudios fueron éstos resulta fácil de determinar, ya que conocemos las costumbres pedagógicas de los judíos. Así dice una norma atribuida a Judá, hijo de Tebas: “A la edad de cinco años, la lectura de la Biblia. A la de diez años, el comentario de la Mishna. A la edad de trece años, la observancia de los mandamientos. Y a la edad de dieciocho, el matrimonio.”

Aunque estas normas están redactadas en época posterior, es muy probable que reflejen los usos de un período anterior, contemporáneo de Saulo. No está, sin embargo, demostrado que el niño Saulo hubiese asistido a alguna de las numerosas escuelas griegas que existían en Tarso. Los judíos experimentaban cierto aborrecimiento y rechazo a dicha cultura: “Maldito — se decía — el hombre que cría puercos, y maldito quien enseña a su hijo la sabiduría griega.”

Las tres citas griegas que se hallan en las cartas de San Pablo, y el hecho de que hablase y escribiese en griego, podría ser el resultado de la convivencia de un chico inteligente en medio de una ciudad que poseía un ambiente bilingüe.

La ausencia en las cartas de Pablo de un sentido de observación de la naturaleza y de sus bellezas, y el silencio de Pablo sobre los múltiples valores artísticos que se desplegaban en su mundo helenístico, parecen indicar que, cuando niño, Saulo no asistió a una escuela griega en la que se educaba a los alumnos desde pequeños en un talante interpretativo y contemplativo de la belleza natural y artística.

Además de esta educación, que podemos llamar religiosa y literaria, Saulo, todavía en su adolescencia, tuvo que aprender un oficio manual, según la regla fundamental de que “el hombre está obligado a enseñar a su hijo un oficio, y, quien no lo hace, le enseña a ser ladrón.”

Era costumbre que los maestros de la ley asociasen el estudio de la Tora con la práctica de un oficio. Y así decía Gamaliel III: “Es bello el estudio de la Ley unido a algún oficio manual; porque el ocuparse de ambas cosas hace olvidar el pecado.”

El oficio enseñado a Pablo fue el más corriente en aquella región, el oficio de fabricante de tiendas, que llevaba consigo el de tejedor del material con que se construían.

Pero este hecho de que Pablo practicase un oficio manual y de que más adelante se sustentase con el trabajo de sus manos no significa que su familia estuviese en una situación económica apurada. Por el contrario, el hecho de que un hijo fuese enviado a estudiar a Jerusalén, con los gastos que suponían estos estudios, sugiere más bien un nivel económico medio. Riccioti afirma que es verosímil que la familia de Pablo poseyera unos talleres de fabricación de tejidos “cilicios,” con los que se construían las tiendas, y que el propio Pablo hiciera en alguno de ellos su entrenamiento, y que esto le proporcionó una experiencia en el mundo de las relaciones comerciales, del que después se muestra buen conocedor en su correspondencia.

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02. Estudios “Universitarios” de Pablo.

Cuando Pablo alcanzó probablemente la edad de quince años, sus padres le enviaron a Jerusalén para adquirir lo que hoy llamaríamos una formación universitaria en ciencias sagradas, que le capacitase para lograr la categoría de doctor de la Ley.

En Jerusalén, los grandes maestros de la Ley daban clases en edificios privados, pero también muchas veces utilizaban los atrios del Templo. Allí, bajo las columnas de los pórticos, los discípulos oían al maestro exponer un pasaje de la Ley o comentarlo a la luz de la tradición. El rabino se sentaba en un escaño mientras a su alrededor, acurrucados en el suelo, escuchaban los discípulos sosteniendo entre las rodillas las tabletas donde escribían. Precisamente por esta costumbre se había originado la expresión de estudiar “a los pies” de tal o cual rabino.

El estudiante Saulo frecuentó las lecciones de Gamaliel, “doctor de la Ley muy estimado de todo el pueblo,” como aseguran los Hechos (Hech 5:34). Las fuentes rabínicas le designan como “Gamaliel el Viejo,” para distinguirlo de Gamaliel II el Joven, nieto suyo, que floreció hacia el año 100 después de Cristo. La fama que logró alcanzar el maestro de Pablo se nos ha conservado en una sentencia rabínica: “Desde que ha muerto Rabban Gamaliel el Viejo, ha cesado el honor de la Ley y se ha extinguido la pureza y la abstinencia.”

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a. El “Doctorado” Rabínico.

La enseñanza rabínica en las escuelas se centraba en la Ley o Tora. Según los fariseos, Dios en el Sinaí había confiado la Ley a Moisés en una doble forma: escrita y oral. La forma escrita, consignada después en el Pentateuco, comprendía seiscientos trece preceptos, mientras que la oral abarcaba aun otros más. Sin embargo, estos últimos resultaban un tanto imprecisos, ya que no habían sido consignados por escrito y habían de ser transmitidos por la tradición o paradosis, de la que eran custodios los escribas y doctores de la ley.

El material de la ley estaba distribuido en dos grandes secciones. Una llamada balakáb, o camino, que era de naturaleza jurídica, y contenía las normas de vida, y que era la más importante. La otra gran sección era la haggadáh o narración, de un contenido histórico narrativo.

La ley oral era rechazada por los saduceos, en tanto que los fariseos se esforzaban por mostrar la armonía de ambas, la oral y la escrita, y su coherencia con la tradición histórica de la haggadáh. Un discípulo estudioso debería, por tanto, leer continuamente la balakáh y cuidar atentamente de recoger todas las sentencias de la tradición oral, ya que ésta no se escribía, sino que se encomendaba a la retención de la memoria, que siempre había disfrutado de una alta estima entre los semitas. “El buen discípulo — se decía — era como un cántaro o cisterna que no deja escapar ni una sola gota de agua recibida del maestro.”

Todo este material, trasnmitido memorísticamente, fue recopilado y puesto por escrito después, a finales del siglo II, y es lo que constituye la Mishna, es decir, “la repetición de la Ley” a lo cual se añadieron nuevos comentarios a lo largo de los siglos II al V. Υ a ese conjunto es a lo que hoy llamamos el Talmud. Talmud, literalmente, significa “estudio,” y hoy lo conocemos a través de dos recensiones, la palestina y la babilónica.

Esta fue en suma la coordenada, que habíamos llamado “cultural,” de San Pablo. El hombre, que vamos a ver pronto persiguiendo a la Iglesia y encontrando a Cristo en el camino de Damasco, es un judío de Tarso, celoso cumplidor de la ley de sus mayores, que ha estudiado profundamente en una de las mejores escuelas de Jerusalén. Es decir, un “doctor de la Ley” que podrá discutir a ese nivel con los judíos y los escribas y doctores de la Ley en su mismo plano, pero que además va a ser pronto levantado por el Espíritu a un plano superior de la fe, desde donde llevará a las naciones el mensaje de Cristo.

Durante la vida posterior de San Pablo, el tema de la ley de Moisés, y de su interpretación por los rabinos, va a ser uno de los puntos centrales del conflicto entre el orden viejo y el nuevo, entre el mundo mosaico y el cristiano. Permítasenos, por tanto, un breve paréntesis sobre los estudios religiosos que formaron parte del “curriculum” académico del gran Apóstol de las Gentes.

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03. Saulo, Perseguidor de la Iglesia.

Volvamos ahora al relato de los Hechos de los Apóstoles, y recordemos que Lucas nos ha presentado a Saulo en Jerusalén, todavía como celoso perseguidor de la Iglesia.

“Saulo, por su parte, respirando aún amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, se presentó al pontífice y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, por si hallaba algunos que fuesen de la secta, hombres o mujeres, a fin de traerlos atados a Jerusalén” (Hech 9:1-2).

Estas líneas de Lucas se unen con las que tenía escritas en el capítulo anterior, donde nos informaba de que “Saulo asolaba a la Iglesia, entrando en las casas y llevándose por la fuerza a los hombres y mujeres a los que hacía encarcelar” (Hech 8:3).

Esta primera actividad persecutoria de Saulo tenía lugar en Jerusalén, y sin duda alguna para llevarla a cabo contaba con la autoridad del Sanedrín, como él mismo dirá más tarde en una de sus apologías (Hech 22:15).

Es posible que esta decisión persecutoria del Consejo Supremo, que era el ejercicio de una jurisdicción ejecutiva en una provincia administrada por los romanos, se hubiese tomado aprovechándose de que estaba vacante el puesto de procurador romano, porque Pilato había ya sido destituido por el legado de Siria, Vitelio, o bien porque se trataba de su sucesor Marcelo, un magistrado todavía nuevo e inexperto.

Saulo, que no se encontraba satisfecho con esta persecución local, se propuso extenderla fuera de Jerusalén, y para ello se dirigió al Sumo Pontífice, que probablemente ya no era Caifas, y al Sanedrín para obtener cartas de autorización e investidura. Teóricamente, la autoridad del Supremo Sanedrín se extendía también a las comunidades israelitas de la diáspora; aunque el ejercicio real de dicha autoridad dependía de circunstancias locales y temporales.

Queremos advertir que donde hemos traducido “secta,” refiriéndonos a los cristianos, el texto griego dice propiamente “camino” (hodos), que es como en ese momento se llamaba al conjunto de la doctrina y costumbres de quienes se habían convertido a Cristo. Se trata de un hebraísmo que se repite después en los Hechos en varias ocasiones y cuyo uso más tarde desapareció, lo cual muestra la antigüedad y genuinidad de los textos que Lucas está utilizando.

Entre las ciudades de la diáspora judía, Damasco, adonde Pablo se proponía ir, gozaba de una posición prominente. Allí habitaba una numerosa colonia judía, según nos atestigua Flavio Josefo, que describe las matanzas masivas de judíos llevadas a cabo en la ciudad al comienzo de la guerra de Judea, a mediados del siglo I.

Sin duda, en aquella numerosa colonia judía habría también bastantes adeptos del nuevo “camino” cristiano. Y tras ellos, creyendo así celar el honor de Dios, con el odio a los cristianos en su corazón y acompañado de algunos satélites armados, Saulo emprendió el camino de Damasco.

Para ir de Jerusalén a Damasco se podían tomar varias rutas. Y quizá Pablo tomó la más cómoda, que era la calzada romana que, partiendo de Jerusalén, se dirigía hacia el Norte. Y tras pasar por Siquén, bordeaba el lago de Genesaret por la margen izquierda, tocaba en la ciudad de Tiberíades, cruzaba el Jordán al sur del lago Hule, y, a través del desierto, se dirigía a Damasco. En total, de 230 a 250 kilómetros. Lo cual, imaginando una caravana de acémilas que necesariamente marcha al paso lento de los acompañantes a pie, supone de siete a ocho días, incluyendo algún sábado de forzosa inmovilidad.

Por esa calzada, encontrándose ya la comitiva en un lugar próximo a la ciudad de Damasco, sucedió un acontecimiento que transformó profundamente la vida de Saulo y que había de tener también una importancia decisiva en la predicación de la nueva fe: la conversión del Apóstol San Pablo.

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x. La Conversión de Pablo.

Una tradición nos sitúa la conversión de Pablo en la aldea de Kokab, a unos 12 kilómetros de la ciudad; pero esto parece demasiado distante. Y no podemos precisarlo más entre las varias tradiciones locales, que carecen de una seria base histórica; aunque el hecho debió de acontecer en lugar muy próximo a la entrada de Damasco, ya que Saulo, inválido y ciego, fue llevado de la mano hasta la ciudad.

El relato de la conversión de San Pablo no se halla incluido en las Cartas del Apóstol, aunque en ellas se contengan algunas alusiones.

Debió de ser un hecho tan conocido de los cristianos a quienes Pablo escribía, que no tuvo necesidad de recordárselo por carta. En cambio, para Lucas, historiador de la primera Iglesia, que escribe para personas alejadas en tiempo y en espacio de los orígenes, el relato era de suma importancia, y por eso lo repite hasta tres veces en circunstancias distintas y con variantes que consideraremos en su momento.

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01. Relato “Lucano” de la Conversión.

“Cuando Saulo, en su camino, se aproximaba a Damasco, de repente le rodeó una luz fulgurante venida del cielo, y, cayendo por tierra, oyó una voz que le decía: — Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues? — ¿Quién eres, Señor? — Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Levántate y entra en la ciudad y se te dirá lo que debes hacer.

Los otros que con él caminaban se habían detenido, mudos de espanto, oyendo la voz pero sin ver a nadie.

Se levantó Saulo del suelo, y, abiertos los ojos, nada veía.

Y, llevándolo de la mano, le introdujeron en Damasco. Y allí estuvo tres días sin ver, y no comió ni bebió” (Hech 9:3-9).

Según acabamos de leer en este texto, una luz fulgurante venida del cielo rodeaba a Pablo, que cayó a tierra. Pablo vio en esa luz al propio Jesús resucitado y glorioso, a quien, sin embargo, no identificó en el primer momento, hasta que la propia aparición declaró su nombre.

Repetimos que es indudable que Pablo vio al propio Jesús resucitado y glorióse. Pablo debió de percibir alguna forma humana que le hizo preguntar: ¿quién eres tú, Señor? En la primera Carta a los Corintios, Pablo se incluye entre los que han visto con sus ojos el cuerpo resucitado de Jesús, en línea con los demás que también lo vieron, como fueron los apóstoles a quienes se apareció el Señor. En la misma carta, refiriéndose a este hecho, asegura a sus lectores: “es que yo vi a Jesucristo Nuestro Señor” (1 Cor 15:8).

También Bernabé, que sin duda había oído el relato de labios de Pablo, lo presenta después a la comunidad de Jerusalén como a “quien ha visto al Señor en el camino” (Hech 9:27).

Y el propio Ananías, a quien Pablo visitará inmediatamente, le dirá: El Dios de nuestros padres te ha escogido para que conocieras su voluntad, vieras al Justo, y oyeras su voz (Hech 22:15).

Explicando más tarde esa aparición, Pablo dijo que Jesús le habló en hebreo, y, por tanto, su nombre no fue expresado en la denominación griega “Saulo,” sino en la hebrea “Saúl”; “Saúl, ¿por qué me persigues?”

Algunos textos, que quizá estén interpolados, añaden aquí la advertencia de Jesús a Pablo: “es duro hociquearla contra el aguijón.”  En todo caso la frase es auténtica, porque se recoge en otro de los relatos de la conversión. Y se trata de un dicho popular, tomado de la costumbre de los arrieros o boyeros que conducen una carreta y que pican a los bueyes con una vara aguzada o con un aguijón. Para el buey es inútil hociquear contra el aguijón, porque se lo clava más y se hace más daño.

¿Cómo iba caminando Saulo cuando fue derribado por la aparición luminosa? ¿Iba a pie o a caballo? La pregunta puede hacerse, ya que conservamos una doble tradición iconográfica que representa la escena con la doble variante de un Saulo que camina a pie o que es derribado de su cabalgadura.

Conviene advertir que el texto de los Hechos afirma simplemente que “caminaba,” sin especificar si cabalgaba o andaba. Según los datos que hemos podido recoger, el montar a Saulo en un caballo pertenece a una tradición pictórica que comienza en el siglo XIII y que alcanza después un desarrollo espectacular en las obras de Miguel Ángel, Bellini, Durero y Brueghel. Se comprende que la representación “derribado del caballo” posea valores más plásticos que la de Saulo “a pie.” Sin embargo esta última imagen de San Pablo a pie cuenta con una tradición más antigua en miniaturas y mosaicos a partir del siglo VI.

A pie o a caballo, lo importante es el hecho del encuentro de Saulo con Jesús. Los compañeros de viaje de Saulo, atónitos por lo sucedido, se apresuraron a alejarse de aquel lugar y condujeron a su jefe de la mano, porque se había quedado ciego, hasta entrar en la ciudad de Damasco. Nosotros vamos a añadir algunas reflexiones sobre el relato de la conversión que Lucas nos acaba de ofrecer.

Como ya advertimos, la conversión de Pablo, se halla narrada otras dos veces y en forma autobiográfica. Una de ellas en el Templo de Jerusalén, ante una muchedumbre de judíos hostiles a quienes Pablo presenta su apología. Y otra, después, en Cesárea, con ocasión de su proceso, en el que relata de nuevo la aparición, en presencia del procurador romano Porcio Festo y del rey Agripa.

La comparación entre los tres relatos, sus consonancias y divergencias han ocupado la atención y estudio de numerosos comentaristas que se han esforzado por justificar y coordinar las discrepancias. Hoy nos preocupa mucho menos esta armonización de los textos, y preferimos aceptar cada uno en su valor. Todos se refieren indudablemente a un hecho incontrovertible, pero lo narran con las variantes propias que siempre se producen entre la narración de un protagonista y la de un historiador externo al suceso; y asimismo, con las diferencias producidas según el tipo de auditorio que está escuchando el relato. Diríamos que estas variantes, que pueden explicarse perfectamente por las circunstancias del lugar y tiempo, producen una certera cumulativa de que estamos ante un hecho cuyos detalles no tienen por qué ser repetidos idénticamente, como si se tratasen de reproducciones mecánicas en un escrito.

El núcleo de esta aparición — lo que constituye su experiencia entrañable para Pablo — es que en ella se encuentran, como en síntesis, los elementos esenciales de la teología paulina. Uno de ellos es la experiencia de Jesús vivo j resucitado, que convierte a Pablo en testigo de la resurrección del Salvador juntamente con los demás apóstoles, de suerte que toda la teología de la fe que Pablo predicará después se apoya en este hecho de la Resurrección de Cristo.

El segundo elemento esencial es la experiencia del Cuerpo Místico de Cristo: Jesús se identifica con los cristianos perseguidos y ordena a Pablo que reciba el bautismo de manos de Ananías, otro discípulo.

Para Pablo, esta experiencia del Cristo total, formado por la cabeza que es Jesús y por los demás miembros que son los cristianos, será también una pieza clave en su arquitectura teológica.

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02. El Bautizo de Pablo.

Pablo, llevado de la mano por algunos hombres de su escolta, dadas las condiciones en que se encontraba, fue conducido a una casa donde poder alojarse y lograr un necesario reposo. La casa, muy probablemente una posada, pertenecía a un cierto Judas y estaba situada en una de las calles más principales de la ciudad, llamada la Vía Recta. Esta calle, de unos 2 kilómetros de longitud por 30 metros de ancho, atravesaba enteramente el conjunto urbano de este a oeste y estaba flanqueada por una columnata doble de columnas corintias, de las que hoy todavía quedan algunos restos.

En aquella posada, cuya exacta localización se ha perdido, permaneció Pablo por tres días, ciego y sin comer ni beber, que es un dato que registra el médico Lucas, siempre atento a estos detalles fisiológicos. Fueron tres días de profunda meditación, diríamos de choque espiritual estremecedor. Saulo, el celoso defensor de la honra de Dios, que él identificaba con el judaísmo, y consecuentemente perseguidor de la nueva herejía, se encontraba con que precisamente ese Dios se sentía no honrado, sino perseguido por él, precisamente porque estaba persiguiendo a los suyos, a los cristianos.

La aparición luminosa, por otra parte, sólo le había ordenado que entrase en la ciudad y que esperase allí a que le dijesen lo que tenía que hacer. Fueron, por tanto, tres días de una angustiosa expectación entre la luz y las tinieblas. Pero la respuesta de Dios no se hizo esperar, y estaba allí cerca, en la misma ciudad de Damasco.

“Había en Damasco cierto discípulo, llamado Ananías, a quien dijo el Señor en una visión: — Ananías. — Heme aquí, Señor. — Ve a la calle llamada Recta, y pregunta en la casa de Judas por un tal Saulo de Tarso, que está orando, y que ha tenido una visión de que un hombre llamado Ananías entraba y le imponía las manos para que recobrase la vista.

Pero Ananías respondió: —  Señor, he oído mucho sobre este hombre y cuánto mal ha hecho a tus fieles en Jerusalén, y que ahora tiene poder de los pontífices para prender a cuantos invoquen tu nombre.

Mas el Señor le dijo: — Anda, ve, porque ese hombre es un instrumento elegido por Mí para llevar mi nombre delante de las naciones y de los reyes y de los hijos de Israel. Porque yo le enseñaré cuánto habrá de padecer por causa de mi nombre” (Hech 9:10-16).

Para aclarar este texto, que algunos encuentran confuso, hay que advertir que la narración yuxtapone dos cuadros, o quizá, mejor, los interpone, uno dentro de otro. Un cuadro sucede en la casa de Ananías, donde éste recibe una visión y la misión de ir a curar a Saulo. Y dentro de esta visión, Ananías ve la casa de Saulo, más propiamente la posada de Judas, donde se encuentra Saulo que está recibiendo una visión sobre la llegada de Ananías.

Ananías obedece fielmente a la misión recibida. Leamos el texto, a partir del versículo 17.

“Marchó Ananías y entró en la posada. Y poniendo sobre Saulo las manos, le dijo: —Saúl, hermano; me ha enviado el Señor Jesús, que se te apareció en el camino por el que venías, para que recobres la vista y seas lleno del Espíritu Santo.

Y al punto se desprendieron de sus ojos unas como escamas y volvió a ver, y levantándose fue bautizado. Y habiendo tomado alimento, le volvieron las fuerzas” (Hech 9:17-19).

¿Quién era este Ananías? De él apenas sólo conocemos sino el nombre, que significa “Dios es propicio,” y de él Pablo escuetamente nos dirá después que era un “varón piadoso según la Ley y estimado por todos los judíos que vivían en Damasco.” Una leyenda, con escaso fundamento histórico, hará de Ananías el primer obispo de Damasco, que sufrió el martirio por lapidación.

La llegada de Ananías lleva a Pablo su completo remedio: recobra la vista, se llena de Espíritu Santo y es bautizado. No se sabe exactamente qué quiso decir Lucas cuando afirma que “se le cayeron de los ojos unas como escamas.” Y se ha comentado diversamente qué tipo de enfermedad aquejó a Pablo, y si fue consecuencia de la luz cegadora que percibió o si tenía alguna relación con la enfermedad de oftalmía que probablemente padecía. Nada podemos afirmar con certeza, sino tan sólo el resultado de la curación, que sin duda fue instantánea. Tras ella, el evangelista afirma que Saulo estuvo con los discípulos que había en Damasco durante algunos días.

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03. Saulo se Retira al Desierto.

A juzgar solamente por el texto de los Hechos, parece que Pablo inmediatamente se puso a predicar en las sinagogas de Damasco, donde se levantó una persecución contra él. Sin embargo, sabemos por otros textos, y concretamente por la carta de San Pablo a los Galatas, que inmediatamente después de su conversión y bautismo Pablo se retiró al desierto.

“Cuando aquel que me escogió desde el seno de mi madre, y me llamó por su gracia, quiso revelar a su Hijo para que lo evangelizase a los gentiles, en seguida, sin consultar a la carne ni a la sangre, sin subir a Jerusalén, a los apóstoles mis predecesores, me retiré a Arabia para volver después a Damasco” (Gal 1:15-17).

La región así designada, Arabia, nos resulta muy imprecisa, ya que en aquella época dicho nombre se aplicaba a los vastos territorios del otro lado del Jordán, que se extendían desde la alta Siria por el Norte hasta el Eufrates por el Este y el mar Rojo por el Sur.

Nada sabemos del lugar exacto al que se retiró Pablo, o si tal vez recorrió algunas de las aldeas y pueblos dispersos por aquella región, que no era tan desértica como ahora. Tampoco conocemos nada de su ocupación; aunque podamos suponer que fue un período de intensa actividad reflexiva y meditativa, semejante al que más tarde han tenido otros grandes convertidos al comienzo de su nueva vida.

Más adelante, San Pablo, en su predicación y escritos, se referirá a algunas comunicaciones y realidades que ha percibido no por tradición de los hombres, sino por comunicación divina. Es posible que algunas de estas comunicaciones celestiales daten de este período del desierto de Pablo. Quizá a él aludía el Apóstol cuando escribía a los Galatas: “Os hago saber, hermanos, que el evangelio por mí predicado no es de hombres, pues no lo recibí o aprendí de hombres, sino por revelación de Jesucristo” (Gal 1:11-12).

Terminado este paréntesis de oración y silencio, que podemos suponer que duró varios meses, Pablo regresó a Damasco y allí emprendió una predicación que muy pronto se hizo polémica.

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a. La Ciudad de Damasco.

La ciudad de Damasco, a la que Pablo regresó tras su estancia en el desierto, tenía bien merecido su nombre, que probablemente en hebreo significa “lugar bien regado,” ya que se encontraba situada en el borde de una fértil llanura regada por el río Barada y por las aguas que bajan de la cadena del Antilíbano.

Damasco, situada en el centro de varias rutas de caravanas, tenía un floreciente comercio que le mereció el nombre de “Cabeza de Aram.”  La ciudad antiquísima se halla mencionada en el Libro del Génesis, donde se nos informa que en ella había nacido Eliezer, el mayordomo favorito de Abraham, a quien éste encargó la búsqueda de una esposa para su hijo Isaac.

Después de múltiples vicisitudes políticas, el año 64 antes de Cristo fue conquistada por el general romano Metellus, y su región más tarde fue convertida en la provincia de Siria.

Los Hechos de los Apóstoles nos informan acerca de las actividades de Pablo en Damasco.

“Pablo predicaba en las sinagogas que Jesús era el Hijo de Dios. Y se pasmaban cuantos le oían y decían: ¿No es éste el que perseguía en Jerusalén a los que invocaban este nombre y que había venido aquí precisamente para llevarlos atados a los sumos sacerdotes de Jerusalén? Y Saulo se fortalecía más y más y confundía a los judíos que habitaban en Damasco, demostrando que “éste es el Mesías.”  Cuando hubieron transcurrido bastantes días, tramaron los judíos un plan para matarle; mas llegaron al conocimiento de Saulo estas asechanzas. Y vigilaban día y noche, especialmente las puertas de la ciudad, con el designio de matarle; pero los discípulos, tomando a Pablo durante la noche, le descolgaron muro abajo en una espuerta” (Hech 9:20-25).

El conflicto entre Pablo y la sinagoga y la creciente hostilidad de ésta contra el nuevo predicador van a ser uno de los trazos típicos que se repetirán durante la vida apostólica de Pablo. En su permanencia en Damasco la hostilidad creció de punto hasta originar una conjura de los judíos, que resolvieron apoderarse de su persona para matarle. Y a fin de que no escapase, mantenían guardadas las puertas de la ciudad.

Esto no pudo hacerse sino con el consentimiento de la autoridad civil que entonces gobernaba allí, y que era la del rey Aretas IV  aunque el poder ejecutivo en la ciudad no fuese ejercido por el propio rey, sino por un etnarca o gobernador regional suyo, que velaba en aquella región por los intereses de los árabes nabateos. Todo lo cual San Pablo también nos lo confirma en su segunda Carta a los Corintios (2 Cor 11:32-33).

Algunos piensan que este dato sirve para la cronología de la vida de Pablo. Porque la huida de la ciudad tuvo que suceder cuando ésta ya no se hallaba bajo el dominio romano, sino bajo la jurisdicción de Aretas IV. Lo cual nos lleva al año 39, y supone un intervalo de tres años entre la conversión de Saulo y su huida de Damasco y consiguiente viaje a Jerusalén. Todo lo cual queda confirmado por la Carta a los Galatas, donde se dice que tres años después de la conversión, Pablo bajó a Jerusalén (Gal 1:18).

La forma concreta de la huida resulta clásica en los relatos de fuga. Había en Damasco bastantes viviendas adosadas a la muralla, incluso construidas encima de ella, desde cuyas ventanas era fácil descolgarse fuera del muro exterior en campo libre.

El instrumento utilizado fue una gran canasta hecha de mimbres y muy parecida a las que hasta hace poco tiempo se utilizaban en diversas regiones orientales para el transporte de objetos pesados. Otros prefieren llamarla “costal”; en suma, utilizaba un procedimiento bien conocido y que tenía su precedente en una fuga del propio David (1 Sam 19:12).

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04. Saulo Regresa a Jerusalén.

El regreso de Pablo a Jerusalén constituye una fecha muy significativa en su biografía. De Jerusalén había salido como perseguidor de los cristianos y regresaba ahora como miembro y predicador de ese mismo grupo. ¿No preveía Pablo algunas dificultades en la Ciudad Santa? ¿No hubiera sido mejor irse hacia el norte, a Tarso y Cilicia, donde tendría amigos y familiares? Pero el viaje a Jerusalén estuvo motivado, según nos apunta Pablo en la citada carta a los Galatas (1.18): “Viajé a Jerusalén — nos escribe — para interrogar a Pedro.”  El verbo que utiliza en griego es istorésai, que significa precisamente “explorar, investigar,” y se dice de un militar que explora el terreno del posible combate o de un investigador que trata de conocer a fondo algún asunto.

Al llegar Pablo a Jerusalén, tropezó con un recelo natural en los miembros de la comunidad cristiana. No estaban lejos los días en que él había ejercido un protagonismo en la persecución de los cristianos. Y mientras esas memorias estaban en el recuerdo de todos, su conversión, en cambio, había tenido lugar en una región lejana, sin grandes posibilidades de comprobación.

“Y habiendo Saulo llegado a Jerusalén, trataba de juntarse a los discípulos; mas todos se recelaban de él no creyendo que fuese discípulo. Bernabé, tomándole consigo, le llevó a los apóstoles y les declaró cómo en el camino había visto al Señor, que le había hablado, y cómo en Damasco había predicado públicamente de Jesús.

Pablo, pues, andaba con ellos en Jerusalén, entrando y saliendo y hablando con franca libertad en el nombre del Señor” (Hech 9:26-27).

El texto anterior acaba de mencionar a Bernabé. Ya habíamos encontrado a esta persona anteriormente en nuestro relato, cuando mencionamos a los que depositaban su dinero y posesiones a los pies de los apóstoles, dando ejemplo de una comunidad de bienes que por algún tiempo funcionó en Jerusalén. Allí dijimos que Bernabé era un judío de la tribu de Leví, oriundo de Chipre, donde existía una numerosa colonia hebrea y que a la sazón vivía en Antioquía.

Bernabé pudo haber conocido a Pablo, bien en Chipre, situada a muy corta distancia de Tarso, o bien posteriormente en Jerusalén; pero el caso es que Bernabé estaba muy bien informado de la sinceridad y autenticidad de la conversión de Pablo y pudo, por tanto, garantizarlo ante la comunidad de Jerusalén, donde Bernabé gozaba de un merecido prestigio (cf. s.V)

El tiempo de la permanencia en Jerusalén — quince días — lo empleó Pablo en tratar familiarmente con Pedro y Santiago, el hermano del Señor. Pero a los demás apóstoles no los vio, según Pablo expresamente afirma en su carta a los Galatas (1:19).

Las entrevistas con Pedro fueron sin duda una fuente informativa precisa y abundante sobre la vida de Jesús, con el que tan familiarmente había tratado Simón. Sin duda que Pablo, acompañado de Pedro, recorrió los parajes de Jerusalén donde el Maestro había predicado, tanto a la muchedumbre como sobre todo al círculo de los Doce. Fue sin duda la conversación de los dos apóstoles un evangelio a la vez denso y detallado, una transmisión de la doctrina del Señor Jesús, y una comprobación, a través del mejor testigo, de aquellas realidades del banquete eucarístico y de la Pasión y Resurrección del Maestro. Fue, en una palabra, la entrega, la paradosis de una tradición de la que Pablo después se mostraba enteramente seguro, porque él “trasmite lo que se le ha transmitido” (1 Cor 11:23).

Pero no todo fue diálogo y comunicación, porque también, alrededor del antiguo Saulo, surgió el círculo de los antagonistas, que en este caso fueron los mismos judíos helenistas que se habían opuesto a Esteban. Ambos, los judíos y Pablo, recogían la herencia del protomártir cristiano, los judíos para intentar matarlo y Pablo para proseguir la predicación de Esteban.

“Saulo hablaba y disputaba con los helenistas, los cuales intentaron matarle. Pero sabiéndolo los hermanos de Jerusalén, lo condujeron a Cesárea y lo enviaron a Tarso” (Hech 9: 29-30).

Quizá debajo de estas líneas se pueda leer no sólo la solicitud de la comunidad cristiana por la seguridad personal de Pablo, a quien se le saca de un peligro, sino también una cierta conveniencia que podríamos llamar de “política pacifista,” de convivencia con el ambiente. La Iglesia, como nos lo advierte Lucas a continuación, “gozaba entonces de paz en toda Jerusalén, Galilea y Samaría. Crecía y vivía en el temor de Dios, multiplicándose con el impulso del Espíritu Santo” (Hech 9:31).

Es posible que en medio de este panorama pacífico la actuación, un tanto impetuosa y conflictiva de Pablo, pudiera perturbar esa paz. Quizá, pensarían algunos, Pablo, lejos de Jerusalén, podría encontrar tierras y gentes más dispuestas a recibir el mensaje del evangelio.

Más adelante, en otra ocasión, cuando Pablo esté hablando en Jerusalén a unos judíos amotinados contra él, les descubrirá que en una estancia anterior suya en la ciudad, que bien pudo ser esta que estamos comentando, mientras oraba en el Templo tuvo un éxtasis y vio a Jesús que le dijo: “Date prisa y sal pronto de Jerusalén, porque no recibirán tu testimonio acerca de Mí. Vete, porque yo quiero enviarte a naciones lejanas” (Hech 22:17-21).

Así, pues, esta visión de Jesús, el peligro ante sus enemigos y los deseos de la comunidad impulsaron a Pablo a alejarse de la Ciudad Santa. Y para ello tomó el camino de Cesárea, que era el puerto marítimo de salida, y desde allí se embarcó con rumbo a Tarso, donde le encontraremos de nuevo más adelante.

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05. Pedro en Lydda y Joppe.

El centro de la atención de nuestro historiador Lucas se desplaza de Pablo a Pedro, a quien vamos a encontrar en el momento en que deja Jerusalén para hacer una excursión por toda la tierra de Israel.

“Entre tanto la Iglesia gozaba de paz en toda Judea, Galilea y Samaría. Se iba construyendo y progresaba en la fidelidad del Señor y se multiplicaba impulsada por el Espíritu Santo” (Hech 9:31).

Esta es la primera vez que Lucas menciona a la Iglesia como una unidad que está esparcida por Judea y Samaría, y también la primera mención de Galilea como espacio de difusión de la nueva doctrina. Y aunque nada se nos dice de acontecimientos concretos en aquella región, encontramos perfectamente lógico que en la comarca y tierras donde Jesús había permanecido más tiempo y que habían sido objeto de su apostolado personal, se encontrasen muchos fieles que añadiesen a los recuerdos de Jesús la fe en el Mesías resucitado que predicaban los apóstoles.

La paz cristiana que se acaba de mencionar quizá en parte también se debía a que los judíos tenían otras preocupaciones en lugar de la de perseguir a los cristianos. Por esos años, exactamente hacia finales del 39, se habían producido revueltas de algunos judíos que destruyeron un altar levantado en honor del emperador por los habitantes de la ciudad de Jam-nia. También el emperador, que a la sazón era Calígula, y que se había tomado en serio su divinidad, ordenó a Petronio, legado de Siria, que levantase una estatua al emperador en el Templo de Jerusalén. El mandato era explosivo, pero el prudente legado difirió su cumplimiento, que nunca se realizó, ya que el emperador fue asesinado en enero del 41.

Fue durante este período de relativa paz para los cristianos cuando Pedro realizó lo que San Juan Crisóstomo llama una “visita o revista de inspección a las fuerzas cristianas,” comenzando por Lydda.

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a. La Ciudad de Lydda.

Esta era una ciudad que se encontraba a 45 kilómetros de Jerusalén y a 19 de la ciudad costera de Joppe, que es hoy la moderna Yafo. La ciudad de Lydda estaba situada en una planicie costera, llamada la Sefelá, que comprende la llanura de Sarón, muy celebrada por su fertilidad y que se extiende por el norte hasta el monte Carmelo. Lydda había pertenecido al territorio de la tribu de Benjamín, y antes de la llegada de Pedro había sido evangelizada probablemente por Felipe, el diácono. En los siglos venideros nacería en esta ciudad, según afirman algunas tradiciones, el famoso San Jorge, héroe de las leyendas medievales, que recibió un culto muy difundido durante la Edad Media.

Hoy Lydda se llama Lod, y allí se halla el aeropuerto internacional de Jerusalén.

“Pedro, que iba recorriendo todas aquellas regiones, bajó a ver a los fieles que residían en Lydda. Encontró allí a un cierto Enea, paralítico que desde hacía ocho años no se levantaba del catre, y Pedro le dijo: — Jesucristo te da la salud. Levántate y haz la cama.

Se levantó inmediatamente. Y lo vio toda la población de Lydda y la llanura de Sarón, y se convirtieron al Señor” (Hech 9:32-35).

Pedro, con este milagro de la curación de un paralítico, está siguiendo los pasos del Maestro; mas con una diferencia esencial: que mientras Jesús sanaba las enfermedades en nombre propio, los discípulos lo hacen invocando el nombre de Jesucristo.

El efecto de la curación es la admiración de toda aquella región, en la que muchos se convirtieron “al Señor,” es decir, a Cristo, a quien se le da el nombre de Señor, que es el mismo que los nuevos convertidos, que anteriormente eran creyentes judíos, daban a su Dios, Yahveh.

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06. La resurrección de Tabitáh.

Sin duda, uno de los lugares a los que llegó la fama de esta curación fue a Joppe, o, como hoy la llamaríamos, Yafo.

a. Jaffa.

Jaffa, o Joppe, que es el mismo nombre, es una ciudad muy antigua ya documentada en las inscripciones de Tell El Amarna y en las listas de Tutmosis III de Egipto, que la capturó y que nos la describe como una próspera ciudad. En el reparto tribal de Israel la tierra correspondió a Dan, y la ciudad fue conquistada definitivamente por David. Y Salomón la usó como puerto para desembarcar los cedros del Líbano que utilizaba en la construcción del Templo de Jerusalén.

Conquistada por Alejandro Magno, siguió los avalares del mundo helenístico hasta que Pompeyo la incorporó a Roma. La oposición que sus habitantes mostraron a Heredes el Grande hizo que éste fomentase la construcción del puerto rival de Cesárea marítima; por lo que Joppe decreció en importancia y sólo volvió a recobrar su protagonismo portuario en la época de las Cruzadas. Hoy, Joppe, o Yafo, es un barrio urbanísticamente unido a Tel-Aviv, la capital.

“Había en Joppe una discípula llamada Tabitáh, que hacía infinidad de obras buenas y limosnas. Por entonces cayó enferma y murió. La lavaron y pusieron en la sala del piso de arriba. Como Lydda está cerca de Joppe, al enterarse los discípulos de que Pedro estaba allí, enviaron dos hombres para rogarle que fuera a Jaffa sin tardar. Y Pedro se fue con ellos a Jaffa” (Hech 9:36-39).

En la ciudad de Joppe vivía una mujer cuyo nombre arameo era Tabitáh, que traducido al griego es Dorcas, es decir, “gacela.” En la Biblia se encuentran bastantes nombres femeninos tomados de animales o plantas, como Raquel que es la oveja, Egla la ternera, Sefirá el pájaro, Débora la abeja, Jémina la paloma y Susana el lirio.

La mujer aquí nombrada en los Hechos, llamada Tabitáh, acababa de morir. Y siguiendo las costumbres funerarias de los judíos, su cadáver fue lavado por otras mujeres y colocado en una sala alta, es decir, no a nivel del suelo, sino en el piso superior de los dos que solían tener las viviendas hebreas más acomodadas.

“Cuando Pedro llegó, le llevaron a la sala de arriba. Y se le presentaron las viudas, llorando y lamentándose, mostrándole los vestidos y mantos que hacía Gacela cuando vivía. Pedro mandó salir afuera a todos, se arrodilló, se puso a rezar, y dirigiéndose a la muerta dijo: —Gacela, levántate.

Ella abrió los ojos, y, al ver a Pedro, se incorporó. Pedro la tomó de la mano, la levantó y, llamando a los fieles y a las viudas, se la presentó viva” (Hech 9:39-41).

Estamos en presencia del primer relato de resurrección en la nueva Iglesia. La descripción es tan precisa y concreta, que bien pudiera proceder del mismo Pedro, de quien Lucas la oyó directamente. Aunque sin duda el hecho alcanzó una gran difusión en las comunidades cristianas.

Las mujeres que encontró Pedro estaban llorando y mostrando su duelo en la forma ruidosa acostumbrada en aquel ambiente oriental. Lucas no usa el verbo dakrjo, que denota un llanto silencioso, sino kláio, que se emplea para el lamento ruidoso a la manera de las plañideras, que era como hacer una oración fúnebre por Gacela.

Algunos críticos, comentando este hecho de la resurrección de Gacela, le han negado su veracidad histórica, indicando que se trata de un “doble” o copia de la resurrección de la hija de Jairo, curada personalmente por Jesús, y pretenden que es tan sólo una ficción inventada por la primitiva Iglesia para engrandecer a Pedro.

No nos extraña este comentario, ya que siempre que se narra una resurrección se levanta contra ella el ataque de un cierto sector de la crítica. Para nosotros, que aceptamos que este milagro cae dentro del poder de Dios, y que excepcionalmente puede transmitirlo a los hombres, la resurrección de Tabitáh no ofrece una especial dificultad. Por otro lado, entre la resurrección de la hija de Jairo y ésta hay notables divergencias. Pedro aquí hace salir a todos los presentes, mientras que Jesús resucitó a la niña en presencia de tres de sus discípulos y de los padres de ella. Y sobre todo Jesús, personalmente, imperó a la muerte; mientras que Pedro se arrodilla y se pone en oración porque es consciente de su condición subordinada y de que no posee dicho poder sino por concesión de Dios.

Respecto a la forma de describir la escena, es indudable que presenta algunas analogías con otros “relatos de resurrección,” y singularmente con las que se atribuyen a Elias y Elíseo (1 Re 18:22; 2 Re 4:35). Es lógico que estos relatos se parezcan entre sí, ya que sus elementos esenciales son los mismos; pero, además, no hay inconveniente en suponer que Lucas, al describirnos la resurrección de Tabitáh, siguió esquemas literarios ya anteriormente conocidos en otras resurrecciones.

El efecto de este milagro se hizo notar en toda la comarca.

“Esto se supo por toda Jaffa y muchos creyeron en el Señor. Pedro permaneció en Jaffa bastantes días en casa de un tal Simón, que era curtidor” (Hech 9:42-43).

La permanencia de Pedro en Jaffa debió de estar asociada a dichas conversiones y a la predicación del mensaje que ellas suponen. El lugar de su vivienda en Jaffa es mencionado, porque se va a relacionar estrechamente con la narración del centurión Cornelio, que sigue a continuación. La localización de aquella casa se conservó en la tradición local de Jaffa, donde existió desde la más remota Antigüedad una Iglesia dedicada a San Pedro y situada en la calle antigua de Curtidores.

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b. El Oficio de Curtidor.

El oficio de curtidor quizá lo aprendieron los judíos durante su estancia en Egipto, cuyas inscripciones de Tebas nos revelan la existencia de dicha artesanía, que era muy floreciente por los múltiples usos del cuero. Este material se empleaba no sólo en los aparejos y monturas, sino también para forrar muebles, en las cajas de las momias, e incluso en la armadura militar que cubría el pecho de cuero, de donde se tomó el nombre de “coraza.”  Asimismo con cuero se construían odres para conservar el vino. Y cuando Jesús en sus parábolas mencionó a los “odres viejos y nuevos y al vino que se guardaba en ellos,” probablemente se refería a odres de cuero (Mt 9:17).

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07. El Mensaje del Centurión Cornelio.

Estando Pedro hospedado en la casa de Simón el Curtidor, aconteció la conversión del centurión Cornelio, cuyo relato Lucas nos va a ofrecer magistralmente. Incluso diríamos que nos va a ofrecer una técnica de montaje cinematográfico alternando secuencias que suceden en Joppe y en Cesárea.

Vamos a desmontar dichas secuencias ofreciéndoles ahora lo que sucedió en Joppe.

El apóstol se halla en la azotea de la casa haciendo oración. Quizá sea dicha azotea un sitio solitario muy apropiado para el reposo y meditación, particularmente en una casa situada al borde del mar y que además estaría alejada del núcleo de la población, ya que, por ejercerse en ella el oficio de curtidor, la ley prescribía guardar por lo menos cincuenta metros de distancia de las otras casas de la villa.

“Hacia mediodía Pedro subió a la azotea a meditar; pero sintió hambre y quiso tomar algo, y, mientras se lo preparaban, le vino un éxtasis: vio el cielo abierto, y una cosa que bajaba, una especie de toldo o mantel enorme sostenido por los cuatro picos y que llegó hasta el suelo. Dentro de él había todo género de cuadrúpedos y reptiles y pájaros. Y una voz le habló: —Anda, Pedro, mata y come.

— Ni pensarlo, Señor, nunca he comido nada profanado ni impuro.

Y por segunda vez le habló la voz: — Lo que Dios ha declarado puro, no lo llames tú profano.

Esto se repitió tres veces, y en seguida se llevaron el mantel al cielo” (Hech 10:9-16).

Para comprender esta visión, conviene recordar los conceptos y costumbres judías sobre la limpieza o impureza de los animales, que estaba minuciosamente establecida en la ley.

Los judíos solían dividir en cuatro categorías a los animales: cuadrúpedos, reptiles, aves y peces. Y esta última es la que no está representada en el mantel, ya que los peces no pueden vivir fuera del agua, y los otros animales que allí se encuentran están vivos y, por tanto, hay que matarlos antes de comérselos. Además se trata de animales impuros, es decir, que no pueden comerse bajo pena de contraer una impureza legal, ya que Pedro, con su vivacidad acostumbrada, rechaza horrorizado la proposición. Las palabras de la visión: “lo que Dios ha declarado puro no lo llames manchado,” recuerdan otras de Jesús cuando enseñó a sus discípulos que “nada de lo que entraba en el hombre desde fuera podía mancharlo, y que era sólo las maldades desde dentro las que lo manchan” (Mc 7:15-23).

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a. Animales Puros e Impuros.

La clasificación de los animales en puros e impuros posee hondas raíces en la tradición hebrea, y tuvo su primera formulación legal en el Código de la Ley de Moisés (Dt 14:3-18); aunque algunos comentaristas señalan que esa división ya existía en los tiempos más antiguos, incluso en la saga y la narración del diluvio, ya que Dios advierte a Noé que tome de unos animales siete parejas, y éstos eran los animales puros, y de otros tan sólo una pareja, que eran los impuros (Gen 7:2). Hemos ya señalado que para los hebreos había cuatro grandes categorías de animales, atendiendo especialmente a su medio de locomoción: los cuadrúpedos, los que vuelan, incluyendo aves e insectos, los acuáticos y los reptiles.

Dentro de cada una de estas cuatro categorías, la Ley de Moisés señalaba cuáles eran los signos diferenciales para clasificarlos en puros e impuros.

a) Cuadrúpedos. Para ser puros deben poseer las dos características de ser rumiantes y tener la pezuña partida. Y por no cumplir estas condiciones eran impuros el camello, el conejo y el cerdo.

b) Aves. Se supone que todas son puras, excepto las designadas expresamente como impuras y abominables, cuales serían las aves de rapiña y las carroñeras. Por tanto, el águila, el milano, el buitre, el halcón, el cuervo, la gaviota y el murciélago son todos impuros.

c) Animales acuáticos. Son impuros los que carezcan de aletas y de escamas, ya sean de agua dulce o salada. Consecuentemente, se consideran como tales los cetáceos, pulpos, los crustáceos y mariscos, anguilas, etc.

d) Finalmente, respecto a los reptiles, se establece la más absoluta prohibición: es impuro “todo reptil que repte sobre la tierra.”  Incluso los que parece que reptan porque sus patas son muy pequeñas, como sucede con los cocodrilos y los lagartos. También el ratón y el topo se incluyen en esta categoría.

Esta categorización de puro-impuro se encuentra también en varios pueblos antiguos, que nos la señalan en sus códigos religiosos. Y tales son, entre otros, los fenicios, los hindúes y los árabes.

Asimismo hay que recordar que la prohibición se refería estrictamente a alimentarse de los animales impuros, y secundariamente a tocarlos; pero no a negarles algunas de sus buenas cualidades. No sólo la tradición bíblica original afirmaba que Dios vio “que todos los animales eran buenos,” sino que en la estima y opinión humana algunos de estos animales impuros eran apreciados y alabados por otras buenas cualidades, como, por ejemplo, el camello, el águila y el león.

Se han intentado muchas explicaciones para justificar estas leyes tan hondamente arraigadas en el pueblo hebreo, hasta el punto de que no sólo se conservaban en tiempos de Jesús, sino que aún hoy día todavía perduran en ciertos grupos étnicos de ascendencia israelita. Entre tantas hipótesis, parece la más plausible la que atribuye esa separación de lo puro y de lo impuro a dos razones fundamentales. Una de carácter etnográfico y etológico, y la otra de un sentido más terapéutico y alimentario. La razón que llamamos etológica, o de costumbres, es que esta clasificación de los animales tiende a establecer una separación entre Israel, “pueblo escogido de Dios,” y los otros que los rodeaban, considerados como idólatras y paganos. Ahora bien, una manera de preservar la separación es dividir a los pueblos por los manjares que les era lícito comer, con lo cual el contacto de la mesa común, del banquete, que tanto une a los hombres, quedaba excluido.

La segunda razón es más bien de orden biológico e higiénico. Ciertas carnes, y concretamente la del cerdo, y algunas bebidas alcohólicas intoxicantes, estaban prohibidas como resultado de una larga experiencia de los efectos nocivos, reales o supuestos, sobre la salud de los consumidores. Asimismo se suponía que las enfermedades infecciosas se transmitían por la sangre de los animales, y por ello — aparte de otras razones religiosas — se prohibía el comer la carne de los animales puros si no habían sido previamente desangrados.

Pedro quedó perplejo ante el sentido de la visión del mantel que contenía aquellos diversos animales, y estaba meditando en ello, cuando se oyeron los pasos de algunos que llegaban a la puerta.

“Pedro no acertaba a explicarse el sentido de aquella visión. Mientras tanto, los emisarios de Cornelio, que habían estado buscando la casa de Simón, se presentaron en el portal, preguntando si paraba allí un Simón al que llamaban Pedro. Pedro bajó a abrirles y les dijo: —Aquí estoy, soy el que buscáis. ¿Qué os trae por aquí? — El centurión Cornelio, hombre recto y simpatizante con el judaísmo y recomendado por toda la población judía, ha recibido aviso de un ángel encargándole que te mande llamar para que vayas a su casa y escuche lo que le digas.

Pedro les invitó a entrar y les dio alojamiento. Y al día siguiente se puso en camino con ellos, acompañado de algunos hermanos de Jaffa. Y al otro día llegaron a Cesárea” (Hech 10:18-24).

Allí lo encontraremos nosotros en nuestro siguiente capítulo de esta Vida informativa de los apóstoles.

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08. La Conversión del Centurión Cornelio.

Dejamos al final del capítulo anterior a Pedro en la ciudad de Jaffa, en la casa de Simón el Curtidor, en cuya azotea tuvo una visión, tras la cual recibió la visita de unos emisarios enviados por el centurión Cornelio de Cesárea. Esta mención de Cesárea nos invita a entrar en aquella ciudad.

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a. Cesárea Marítima.

Había en Israel dos ciudades con el nombre de Cesárea, y ésta se llamaba Cesárea Marítima, porque era la única que se encontraba en la costa. Sus ruinas todavía se conservan a unos 50 kilómetros al norte de Tel-Aviv y 38 al sur de Haifa.

Cesárea fue edificada hacia finales del llamado período persa de la historia de Israel, y llevó a sus comienzos el nombre de “Torre de Estratón.” Posteriormente fue cedida por Augusto a Herodes el Grande, que la reconstruyó con magnificencia, la dotó de un puerto y la llamó Cesárea en honor de su protector César Augusto. La “Cesárea Sebaste” de Herodes tenía un templo al emperador, un palacio real, teatro, hipódromo e instalación pública de agua. Todo lo cual hizo que la ciudad se convirtiese en la sede del procurador imperial y en acuartelamiento principal de la guarnición romana en tierras de Israel.

Posteriormente, y debido a la destrucción de Jerusalén, Cesárea se convertirá en la ciudad más importante de Palestina y llevará el título de “Primera Colonia y Metrópoli de la provincia de Siria Palestina.” Y en ella los cristianos establecerán una Sede Episcopal, que albergaría la famosa escuela de Biblistas a la que pertenecieron Orígenes y Eusebio.

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09. El Centurión Cornelio y su Visión.

El procurador romano que residía en Cesárea era un magistrado designado por el emperador, que debía pertenecer al orden ecuestre, y que en su condición de comandante militar de la región tenía el ejército a sus órdenes. Este se componían de ciudadanos romanos, sino de tropas auxiliares, ordinariamente reclutadas entre sirios, samaritanos y griegos, ya que los judíos estaban exentos del servicio militar. El efectivo de esta fuerza auxiliar sería de unos tres mil hombres y estaban integrados por un “ala” de caballería y cinco “cohortes” de infantería, que a su vez se subdividían en “centurias.”  Aunque el nombre de “centuria” está indicando un centenar de soldados, ordinariamente dicha unidad tenía efectivos más reducidos, alrededor de 80 hombres, y estaba mandada por un centurión, que solía ser ciudadano romano, como lo era Cornelio.

El nombre de Cornelio, etimológicamente, tal vez se deriva de la voz latina cornu, que significa “cuerno” y también “poder.”  Por tanto, Cornelio es “hombre fuerte y poderoso.”  Y es nombre no personal, sino gentilicio, que significaba que la persona pertenecía a la gens Cornelia, una de las familias patricias más ilustres de Roma, de la que formaron parte los Escipiones, tan relacionados con la historia de la España romana.

Se podía pertenecer a una gens bien por consanguinidad o por haber obtenido la manumisión o libertad por obra de un miembro de la familia patricia. Conocernos que un tal Cornelio Sila concedió de una sola vez el derecho de ciudadanía a 10.000 esclavos suyos, todos los cuales llevaron el mismo nombre gentilicio de Cornelio.

En su historia  de vida, Cornelio nos interesa aún más su fisonomía religiosa. De él se dice que era “piadoso, caritativo y asiduo en sus oraciones.”  Además “temeroso de Dios,” que, según algunos comentaristas, es un término técnico que se aplica al simpatizante con las creencias judías, pero que no ha sido circuncidado y, consecuentemente, no se encuentra sometido a las prescripciones de la Ley de Moisés.

clamaba: — Cornelio.

El se quedó mirándolo y le preguntó asustado: ¿Qué quieres, Señor? Y le contestó el ángel:

Tus oraciones y limosnas han llegado hasta Dios y las tiene presentes. Envía ahora a alguien a Jaffa en busca de un tal Simón Pedro, que para en casa de cierto Simón el Curtidor, que vive junto al mar.

Cuando se marchó el ángel, llamó Cornelio a dos criados y a un soldado devoto, ordenanza suyo, les refirió todo y los mandó a Jaffa” (Hech 10:3-8).

La presencia en nuestra historia de este primer centurión romano citado en el Libro de los Hechos nos invita a presentarles una información algo más amplia sobre el ejército romano durante la vida de los apóstoles.

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a. El Ejercito Romano.

San Pablo, y en grado menor los otros apóstoles, tuvieron relaciones con el ejército, con sus hombres y sus armas. Dicho ejército fue sin duda el ejército romano; aunque también en el espacio geográfico de la Iglesia primitiva existían otros grupos de milicias regionales o locales, e incluso también de policía, como la que cuidaba del orden en el Templo de Jerusalén.

En la Biblia se hallan abundantes datos sobre el ejército y las artes militares a lo largo de los siglos; aunque nosotros nos vamos a limitar aquí al tiempo de los apóstoles. Casi todos los territorios en que se movió la evangelización cristiana de la era primitiva estaban dominados por Roma, tanto a través del ejército como de una administración pública. Dicho ejército había evolucionado, en armas y táctica, al entrar en contacto con las poblaciones vencidas.

El ejército de la época imperial no se componía, como anteriormente había sucedido, de tropas reclutadas para cada ocasión, sino de unos profesionales permanentes. Su cuadro más completo incluía las legiones, las tropas auxiliares, la guarnición de Roma con un régimen especial, la flota, las máquinas de asalto y de sitio, y las milicias provinciales y municipales.

El ejército propiamente dicho constaba de un número de legiones que oscilaban entre 25 y 50, situadas en las diversas regiones del Imperio y especialmente en las fronteras conflictivas. Por ejemplo, en la provincia imperial de Siria, en el territorio adjunto de Israel, estaba de guarnición la legión Décima Fretensis, que en el asedio de Jerusalén por Vespusiano fue ayudada por la Quinta Macedónica y la XV Apollinaris. Cada legión era mandada por un legado, que tenía rango senatorial, y constaba de 6.000 infantes y de un determinado número de jinetes, divididos en “turmas” y “alas.”

De este ejército nos interesa especialmente el armamento, porque San Pablo lo convierte en imagen y metáfora aplicable a la vida cristiana, que, en parte, es un combate. Por eso él nos habla en dos ocasiones (1 Tes 5-8; Ef 6:13-17) del conjunto de las armas que llama, con un término técnico griego, “panoplia.”

El texto de la panoplia, aplicado a la vida cristiana, nos exhorta a revestirnos de las armas necesarias para combatir a los enemigos, que, entre otros, son los mismos demonios. Y con este motivo Pablo hace una descripción tomada de los soldados romanos que él sin duda había visto muchas veces. En esta transposición al sentido espiritual, no siempre cada arma representa lo mismo; porque Pablo encuentra en cada objeto múltiples significados espirituales. De esto volveremos a informarles en las epístolas respectivas (cf. c.XXXIII)

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10. Llegada de Pedro a Casa de Cornelio.

Volvamos ahora a Pedro, que, acompañado de algunos otros cristianos de Jaffa, está a punto de llegar a Cesárea.

“Al día siguiente, Pedro se puso en camino con los enviados de Cornelio, acompañado de algunos hermanos de Jaffa, y al otro día llegaron a Cesárea.

Cornelio los estaba aguardando y había reunido a sus parientes y amigos íntimos. Cuando iba a entrar Pedro, salió Cornelio a su encuentro y se le echó a sus pies a modo de homenaje, pero Pedro lo alzó diciendo: — Levántate, que soy un hombre como tú. Entró en la casa conversando con él, encontró a muchas personas reunidas y les dijo: — Sabéis que a un judío le está prohibido tener trato con extranjeros o entrar en su casa; pero a mí me ha enseñado Dios a no llamar profano o impuro a ningún hombre. Por eso, cuando me habéis mandado llamar, no he tenido inconveniente en venir. Y ahora quisiera saber el motivo de la llamada. — Hace cuatro días estaba yo rezando en mi casa, a esta misma hora, hacia media tarde, cuando se me presentó un hombre con vestido resplandeciente y me dijo: “Cornelio, Dios ha escuchado tu oración y tiene presente tus limosnas. Manda a alguien a Jaffa e invita a venir a Simón Pedro, que se aloja en casa de Simón el Curtidor, junto al mar.”  Te mandé recado en seguida y tú has tenido la amabilidad de presentarte aquí. Ahora aquí nos tienes a todos delante, de Dios para escuchar lo que el Señor te haya encargado decirnos.

Pedro tomó la palabra: — Realmente voy comprendiendo que Dios no hace distinciones, sino que acepta al que le es fiel y obra correctamente, sea de la nación que sea. El envió su mensaje a los israelitas anunciando la paz que traería Jesús, el Mesías, que es el Señor de todos. Vosotros sabéis muy bien el acontecimiento que ocupó a todo el país de los judíos, empezando por Galilea, después que Juan predicó el bautismo. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos del diablo, porque Dios estaba con El. Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en el país de los judíos y en Jerusalén” (Hech 10:23-39).

La narración de Lucas es tan transparente y viva que constituye uno de los mejores cuadros salidos de su pluma. Añadamos tan sólo unas breves notas.

Pedro confiesa que va comprendiendo cómo Dios no hace distinciones entre las personas. La palabra griega dice que no es aceptador de personas y usa el vocablo prosopeleptes, que a la letra significa “el que acaricia y toca el rostro,” y se dice de los que reciben benignamente a los que traen obsequios.

Como si Pedro dijera: Dios no le mira a uno el rostro ni la condición, ni en concreto si es judío o pagano, sino que delante de El son suyos todos los que le son fieles y obran rectamente. Más adelante, Pablo dirá esto más explícitamente, aplicándolo a diferentes grupos o binomios humanos que se hallan discriminados o enfrentados en la vida social, pero que son todos iguales ante Cristo.

En sus palabras a Cornelio, Pedro hace un resumen de la catequesis, según las líneas esenciales que ya conocemos por otros discursos anteriores, pero que en éste tiene la peculiaridad de estar dirigida a paganos que no pertenecen al pueblo de Israel ni han recibido la circuncisión.

Dicha catequesis es fundamentalmente el anuncio o “kerigma” de Jesús de Nazaret. Comienza por el bautismo, sigue por el testimonio de las buenas obras que realizó, define simplemente la vida de Cristo como “pasó haciendo el bien,” y expresamente menciona la expulsión de los demonios, que es un dato que debería hacer una particular impresión en los paganos. Pedro continuó así: “— Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en el país de los judíos, en Jerusalén. Lo mataron colgándolo de un madero, pero Dios lo resucitó el tercer día e hizo que se dejara ver no de todo el pueblo, sino de los testigos que El había designado: de nosotros, que hemos comido y bebido con El después que resucitó de la muerte, Juez de vivos y muertos.”

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11. Bajada del Espíritu Santo.

“Aún estaba hablando Pedro, cuando cayó el Espíritu Santo sobre todos los que escuchaban el mensaje. Al oírlos hablar en lenguas extrañas y proclamar las grandezas de Dios, los creyentes judíos que habían venido con Pedro se quedaron desconcertados de que el don del Espíritu Santo se derramase también sobre los no judíos. Entonces intervino Pedro: — ¿Se puede negar el agua del bautismo a estos que han recibido el Espíritu Santo, igual que nosotros?

Y mandó bautizarlos en nombre de Jesucristo. Entonces le rogaron que se quedara allí con ellos” (Hech 10:39-48).

La bajada del Espíritu Santo es una sorpresa y una absoluta iniciativa de Dios, que no espera a que los catecúmenos sean bautizados, sino que se anticipa y manifiesta su presencia con el mismo don de las lenguas con el que favoreció a los discípulos reunidos en el cenáculo el día de Pentecostés.

Es indudable que Lucas, al describir este hecho, tiene en cuenta las expresiones usadas en el Pentecostés de Jerusalén, ya que menciona con los mismos términos las “lenguas extrañas” y la “proclamación de las maravillas de Dios.”

Con todo, Pedro manda que sean bautizados. Lo cual también nos indica la seguridad y convicción que los apóstoles tenían de que el mandato de Cristo de bautizar a los creyentes continuaba siendo indispensable y válido, aun para aquellos que habían recibido la bajada del Espíritu.

Así fue la conversión del centurión Cornelio. Ella abría el camino de la fe a los creyentes, sin necesidad de circuncisión, o, lo que es lo mismo, sin pasar por el camino de la Ley de Moisés antes de llegar al Evangelio de Cristo. La decisión de Pedro fue tan importante y trascendental que pronto vamos a ver sus efectos en la Iglesia madre de Jerusalén.

De Cornelio no volvemos a saber nada más. Tradiciones legendarias, recogidas por algunos martirologios y libros litúrgicos, pero sin sólido fundamento histórico, nos aseguran que más adelante fue obispo de Cesárea, donde sucedió a Zaqueo. Otras tradiciones lo nombran como mártir. Y Santa Paula, según nos asegura San Jerónimo, en una de sus peregrinaciones a Tierra Santa, visitó en Cesárea Marítima una Iglesia erigida sobre la antigua casa del Centurión.

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12. Retorno de Pedro a Jerusalén.

“Los apóstoles y los hermanos de Judea se enteraron de que también los paganos habían aceptado el mensaje de Dios. Y cuando Pedro subió a Jerusalén, los partidarios de la circuncisión le reprocharon: .”Has entrado en casa de incircuncisos y has comido con ellos.”  Entonces Pedro empezó por el principio y les expuso los hechos por su orden” (Hech 11:1-4).

Al llegar Pedro a Jerusalén, después de haber permanecido durante algunos días en Cesárea, encontró a la comunidad cristiana un tanto dividida por lo que acababa de suceder, ya que mientras unos celebraban la nueva apertura del evangelio a los paganos, otros encontraron reproche en la manera como Pedro se había comportado.

Este grupo se llama los partidarios de la circuncisión. No eran simplemente judíos, sino cristianos procedentes del judaísmo o de la circuncisión. Y con esta denominación se quiere indicar que, aunque habían creído en Cristo y sido bautizados, conservaban un especial apego a las instituciones establecidas por Moisés, tipificadas por la circuncisión, pero que comprendían asimismo los preceptos y observancias relativas a la impureza legal que se contraía por el contacto con ciertas cosas y personas. Diríamos que en esto estaban más cercanos a los fariseos que a Jesús, y que repetían las objeciones que aquéllos hicieron al Maestro, cuando le habían reprochado, por ejemplo, que sus discípulos comían sin purificarse antes las manos.

Concretamente, esta facción contestataria no objetaba contra la predicación del evangelio a unos paganos ni contra el bautismo de éstos, sino que acusaba a Pedro de haber entrado en casa de Cornelio y haber comido con los paganos. Una vez más, la hipocresía de las formas caducas entraba en conflicto con la novedad del evangelio. El vino nuevo, como diría Jesús, no podía guardarse en odres viejos.

Pedro, para justificarse ante ellos, simplemente les narra lo ocurrido. Y Lucas repite fielmente lo que ya sabemos que había sucedido antes en la conversión de Cornelio, introduciendo tan sólo aquellas variantes que cualquier autor literario se permite para no referir dos veces un suceso repitiéndose exactamente en las palabras.

Sorprende, sin embargo, advertir cómo en el texto de los Hechos, y en un espacio relativamente pequeño, Lucas ha repetido varias veces el suceso principal de la conversión de Cornelio. Primeramente lo ha hecho como historiador que nos presenta un relato objetivo. Después lo ha puesto en boca de Cornelio y finalmente lo repite Pedro ante los objetores de Jerusalén.

Estas repeticiones están justificadas, ya que para Lucas, como también para la primitiva Iglesia, la conversión de Cornelio es una página trascendental, puesto que representa la salida del evangelio afuera de las fronteras del judaismo, hacia nuevos horizontes de la universalidad. Son los horizontes que ya señaló Jesús cuando desde una montaña de Galilea ordenó a sus discípulos: “Id por todo el mundo, predicad el evangelio a toda criatura.”

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xi. Expansión de la Fe Cristiana.

Había sucedido en Jerusalén algunos meses antes. Todavía estaba con sus discípulos Jesús, ya resucitado, e iba a celebrar con ellos el banquete de una despedida que podía llamarse definitiva. Así lo advierte Lucas, que dice sobriamente: “Mientras comían juntos” (Hech 1:4). Allí y entonces, a la vez que les renovó la promesa de enviarles el Espíritu Santo, mirando hacia el futuro, les profetizó: “Seréis testigos míos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría, y hasta los confines del mundo.” Ese mismo ancho mundo que, sobre un monte de Galilea, les señaló como un horizonte en la rosa de los vientos: “Id por el mundo entero.” Por tanto, Jesús, en la intimidad de aquel último banquete, les señaló el itinerario y mapa de la futura expansión del cristianismo.

Primeramente, Jerusalén. Pedro ya había predicado varias veces en ella, desde el mismo día de Pentecostés, suscitando una conversión masiva y por millares. Después, los creyentes se hicieron más individualizados, y no sólo se bautizaban, sino que “se hacían discípulos,” y entre ellos se incorporaba a la nueva fe “una gran cantidad de sacerdotes.”

“El mensaje de Dios iba extendiéndose, y en Jerusalén crecía mucho el número de los discípulos, incluso gran cantidad de sacerdotes respondía a la fe” (Hech 6:7).

Esta es la primera vez que los sacerdotes judíos son mencionados en un contexto cristiano favorable, y nos parece el momento apropiado para exponer la situación de la clase sacerdotal hebrea en los primeros años de la nueva Iglesia.

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01. El Sacerdocio Hebreo.

La clase sacerdotal estaba marcada por una fuerte estructura piramidal, en cuyo vértice estaba situado el Sumo Sacerdote. El Sumo Sacerdote, en aquella época en la que no había rey, ejercía la función suprema en dignidad e importancia ante todo el pueblo. Como representante de Dios, era el único mortal que era admitido ante su más íntima presencia; y por eso entraba en el recinto más sagrado, el Santo de los Santos del Templo, sólo un día al año, el día de la Expiación. La designación del Sumo Pontífice, en teoría, correspondía al Sanedrín y a los otros altos dignatarios del clero; aunque en realidad se hallaba muy influida por las autoridades civiles, la de Herodes y sobre todo la de los romanos. Su investidura era conferida por la entrega de los ornamentos, que constaban de ocho piezas, cada una de las cuales expiaba determinados pecados. Tanto Herodes como los romanos, conocedores de este rito transmisor de poder, conservaron durante algún tiempo la custodia de tales ornamentos, que en la época de Jesús se guardaban en la Torre Antonia, como medio más eficaz para controlar las posibles revueltas del pueblo. Sólo el año 45 el emperador Claudio les devolvió a los judíos la posesión de tales ornamentos.

De tal manera la condición de Sumo Sacerdote confería una santidad a la persona que lo ostentaba, que era creencia generalizada que la muerte del Sumo Sacerdote tenía una virtud expiatoria, de la que se beneficiaban todos los que tenían cuentas pendientes con la justicia, y que por eso podían libremente regresar a sus casas.

El Sumo Sacerdote gozaba de múltiples prerrogativas en la ordenación del culto y de los diversos sacrificios, tanto en la liturgia cotidiana como en las tres grandes solemnidades de la Pascua, el Pentecostés y la Fiesta de las Chozas o Tabernáculos. Y como contrapartida, tenía que cumplir estrictamente sus deberes cultuales y observar de una manera rigurosa la pureza ritual. El prestigio de la función pontificia le concedía “un carácter indeleble.”  De suerte que, aun después de su cese o deposición, conservaba no sólo el título, sino algunas de sus prerrogativas.

Bajo el vértice de la pirámide se hallaban diversos planos. Después del Sumo Sacerdote, el de más rango era el Jefe Supremo del Templo, llamado Sagan o Estrategos. A continuación venían los jefes de los turnos semanales, que eran 24; y luego los jefes de los turnos diarios, que eran 156. Y finalmente los simples sacerdotes y los levitas.

Esta pirámide representaba un verdadero escalafón, de manera que no se podía subir a un grado superior sin haber ocupado antes el escalón precedente. Por ello, al ser elegido el Jefe del Templo entre las familias de la aristocracia sacerdotal, era seguro que ésta retenía su influencia en la cumbre de la pirámide, ya que poseía ambos mandos, el religioso y el policial.

Bajo esta aristocracia se hallaba la gran masa del simple sacerdote, el cohén. Estos constituían una especie de tribu que hacía remontar su legitimidad hasta Aarón. Sobre el número de estos sacerdotes se han aventurado indudables exageraciones en el Talmud. Uno de los estudios más concienzudos y actualizados procede del profesor Joachim Jeremías, que calcula su número en unos 7.200. Estos sacerdotes debían oficiar diariamente en los dos sacrificios, matutino y vespertino, para cuyas diversas ceremonias litúrgicas se necesitaban unos 56 sacerdotes, y, además de esto, en los sábados y en las grandes solemnidades se requería un número mayor.

El carácter sacerdotal se adquiría exclusivamente por herencia, y de aquí la importancia de conservar las genealogías que eran archivadas en una de las dependencias del Templo.

Ordinariamente, cuando el aspirante cumplía los veinte años — edad que después se retrasó —, y tras haber probado “su legitimidad de origen,” recibía un baño ritual, y se les imponían las vestiduras sacerdotales, a través de un complicado ritual que podía durar hasta una semana.

Respecto a los levitas, éstos eran originariamente descendientes de la tribu de Leví, una de las Doce fundacionales de Israel; pero entre ellos se hallaban otros, como los descendientes de los sacerdotes del culto a Yahveh procedentes de otros santuarios, antes de la unificación del Templo en Jerusalén. Estos levitas desempeñaban en el Templo servicios auxiliares, tanto de guardia y custodia cuanto de participación en la liturgia, como músicos y cantores. Su número podría llegar a unos 9.600.

A vista de estas notas, se advierte que había dos claros niveles en el sacerdocio. El superior, rematado por la cumbre de los sumos sacerdotes, el actual y sus predecesores. Y en ese nivel también se encontraba la aristocracia, tanto de la riqueza como del mando, en su más amplia expresión, ya que el Sanedrín, constituido por ellos en una mayoría, acumulaba prácticamente todos los poderes: el legislativo, el judicial y el ejecutivo, salvo en aquellas competencias que se habían reservado los romanos.

En el nivel que hemos llamado inferior se hallaba el resto del clero, es decir, sacerdotes comunes y levitas. Podríamos afirmar que fue el nivel alto el que, con escasas excepciones, se opuso a Jesús y el que continuó con su hostilidad contra los seguidores del nuevo “camino.” Mas el otro nivel, el más popular, se mostró más abierto a la penetración de la nueva fe. Fue sin duda en este nivel donde se encontraría esa “gran cantidad” de sacerdotes que se adhirieron a la nueva fe, predicada por los discípulos de Jesús. Con el tiempo, algunos de estos grupos de sacerdotes, ya cristianos, se hicieron algo contestatarios, por su excesiva adherencia a las observancias tradicionales del judaísmo, que les dificultaba el aceptar la novedad del Espíritu que aportaba el evangelio.

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02. La Fe Cristiana Llega a Antioquía.

Cambio de escenario. Y retroceso en el tiempo. Lo que Lucas narra a continuación hay que unirlo con lo que nos había dicho anteriormente en el capítulo 9, informándonos sobre la expansión creciente de la fe cristiana.

“Entre tanto, los dispersos, como motivo de la persecución provocada por lo de Esteban, llegaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, sin predicar el mensaje más que a los judíos. Pero algunos de ellos, naturales de Chipre y de Cirene, al llegar a Antioquía, se pusieron también a hablarles a los griegos, anunciándoles al Señor Jesús. Y como el Señor les apoyaba, gran número creyó, convirtiéndose al Señor” (Hech 11:19-21).

El cuadro geográfico se amplía. El evangelio se dirige hacia el norte, y, primeramente, llega a Fenicia.

El nombre de Fenicia quizá signifique “país de las palmeras,” y su antiguo territorio está ocupado hoy en parte por la nación del Líbano. Es una franja costera con un máximo de 50 kilómetros de anchura y cerrada al oriente por las cadenas montañosas del Líbano y Antilíbano. Esta estrechura de su territorio hizo que los fenicios buscasen su expansión hacia el mar. Y ello explica que Fenicia fuese una potencia marítima durante muchos siglos y que colonizase extensamente la costa mediterránea, hasta llegar incluso a Gades, la actual Cádiz.

Fenicia y sus principales ciudades, Tiro y Sidón, estuvieron muy relacionadas con el pueblo hebreo. En la época de Jesús la tierra pertenecía a la provincia romana de Siria. Y aunque su población era casi exclusivamente pagana, sabemos por el evangelio que, a lo menos en una ocasión, Jesús fue a aquella región, en la que el evangelio nos recuerda la curación que hizo de una niña poseída por el demonio, a petición de su madre siro fenicia (Mt 15:22-28).

De Chipre ya trataremos en este comentario, al mencionar a Bernabé, que era natural de aquella isla (c. XIV) Y en cuanto a Antioquía, merece que nos detengamos a recordarla, puesto que va a convertirse en el centro de la expansión cristiana durante las primeras décadas de la Iglesia.

En esta ciudad de Antioquía se fue extendiendo la fe cristiana siguiendo una pauta de penetración claramente marcada por Lucas. Primeramente, el mensaje sólo se predicó a los judíos. Después, se comenzó a hablarle a los griegos. Y la palabra que aquí se usa no es la de “helenistas,” aplicable a los judíos de la diáspora, sino el vocablo hellenes, es decir, griegos. Finalmente, al conocer estos resultados, la Iglesia de Jerusalén les envió desde allí a Bernabé.

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a. Antioquia, Centro del Cristianismo.

La ciudad de Antioquía de Siria — para distinguirla de otras que llevaban el mismo nombre — había sido fundada por Seleuco Nicator, hacia el año 300 a. de C. Estaba situada a 30 kilómetros de la costa, en las riberas del río Orontes. Y llegó a ser con los años un nudo de comunicaciones para el comercio entre Oriente y Occidente.

Favorecida con privilegios por los reyes seléucidas, atrajo a una creciente población, de suerte que en esta época que estamos estudiando era la tercera ciudad del mundo grecorromano, que sólo cedía en importancia a Roma y Alejandría. Sus habitantes llegarían probablemente a medio millón, y era la capital de la provincia romana imperial llamada Asia. Esta palabra no designaba como hoy un continente, sino que se aplicaba tan sólo a una provincia romana que ocupaba ciertos territorios del Asia occidental.

Antioquía era sede del legado del emperador, autoridad máxima en aquella provincia, con atribuciones militares, y que disponía de un fuerte contingente de tropas para defender las fronteras del Imperio contra uno de los enemigos más constantes de Roma que fueron los partos. Este era un pueblo que habitaba en lo que hoy es el Irán, muy famoso por su destreza en combatir a caballo.

Antioquía era también un emporio comercial y un sitio de placer, que se había hecho famoso por sus espectáculos y orgías en el bosque consagrado a Dafne.

La ciudad estaba rodeada por una muralla defendida por trescientas torres y era el bastión tan ancho que sobre él podía correr una cuadriga. La urbanización estaba planificada sobre dos grandes vías perpendiculares de varios kilómetros de longitud, flanqueadas de columnas y estatuas y alumbradas de noche con teas, lo que constituía un espectáculo inusitado en la Antigüedad.

“Llegó la noticia de esto a la Iglesia de Jerusalén y enviaron a Bernabé a Antioquía. Y al llegar y ver la generosidad de Dios, se alegró mucho y exhortó a todos a seguir unidos al Señor con todo empeño. Como era hombre de bien, lleno de Espíritu Santo y de fe, una multitud considerable se adhirió al Señor. Entonces Bernabé salió para Tarso en busca de Saulo; lo encontró y se lo llevó a Antioquía” (Hech 11:22-25).

La decisión de Bernabé de llevarse a Pablo, como compañero de predicación, fue una de las más acertadas e importantes para la difusión del evangelio. Ya que Pablo, a requerimiento de su amigo, le acompañó a Antioquía y estuvo trabajando con él durante un año en aquella ciudad. Y después hizo de ella el centro de salida y retorno de sus viajes apostólicos, que dilataron la fe por todo el mundo helenístico.

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b. El Nombre de “Cristianos.”

Fue en Antioquía donde por primera vez llamaron a los discípulos “cristianos” (Hech 11:26). Casi incidentalmente nos enteramos aquí del origen de este nombre, que tuvo procedencia externa. Es decir, que fueron los no cristianos quienes comenzaron a usarlo, y entre ellos precisamente los paganos; no los judíos, para quienes llamar a los seguidores de la nueva secta con el nombre de Cristo o del Mesías hubiera sido injurioso para su fe en el Mesías, ya que ellos negaron expresamente que Jesús lo fuese.

Anteriormente, los cristianos entre sí habían utilizado otras denominaciones como la de “santos,” “hermanos,” “discípulos,” “elegidos” y aun “nazarenos,” como los llamaban los judíos; pero este nombre de “cristianos” les proporciona una nueva identidad.

La formación de este apelativo estaba en consonancia con el uso contemporáneo de otros nombres colectivos para designar a los seguidores o partidarios de un jefe, como eran los cesarianos, los pompeyanos, los octavianos o los herodianos, que son nombres que se encuentran en documentos contemporáneos.

El nombre de “cristianos” sirvió como identificador en tiempos de algunas persecuciones, según afirma Tácito. Pedro, en su primera carta, exhorta a los fieles a glorificarse por los sufrimientos que puedan venirles por tal nombre (1 Pe 4:14). Dicho nombre fue algo más tarde desfigurado en “crestianos,” y de igual manera Cristo en “Crestos,” como escribe Suetonio. Pero estos cambios se debieron quizá a un puro fenómeno fonético llamado “itacismo,” que desorientó a algunos comentaristas antiguos, induciéndoles a pensar que la denominación de cristianos se derivaba del adjetivo griego Jrestos, que quiere decir “bueno y decente.” Pero históricamente no es así.

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03. Los Profetas del Nuevo Testamento.

“Por aquel entonces bajaban a Antioquía unos profetas de Jerusalén. Uno de ellos, llamado Agabo, movido por el Espíritu, se puso en pie y anunció que iba a haber una gran hambre en todo el mundo.

Los discípulos de Antioquía acordaron enviar un subsidio, según los recursos de cada uno, a los hermanos que vivían en Judea. Y así lo hicieron, enviándolo a los presbíteros de Jerusalén por medio de Bernabé y Saulo” (Hech 11:27-30).

En el texto que acabamos de leer se cita la existencia de un profeta en la Iglesia primitiva. Y tal vez sea la vez primera en que se nombra a uno de ellos, desde que en los evangelios Jesús mencionó a los antiguos profetas de Israel y aplicó la misma denominación a Juan Bautista, “profeta y más que profeta.” En el Libro de los Hechos, y también en las Cartas de los Apóstoles, se menciona a este grupo de los profetas y a dos de ellos por su nombre, que fueron Barsabas y Silas.

El principal ministerio de estos profetas consistía en la predicación y en la enseñanza de la doctrina con una especial inspiración del Espíritu Santo, y se habla de ellos en su doble papel de consolar a los hermanos y de instruirlos en la fe. San Pablo, en su Carta primera a los Corintios (1 Cor 12:28), enumera este carisma de la profecía entre otros, colocando a los “predicadores inspirados” inmediatamente después de los apóstoles y antes de los doctores, y afirma que es un don del Espíritu Santo, superior al carisma de “hablar en lenguas o glosolalia,” pero que conviene ejercer con moderación, para lo cual da algunas instrucciones que más adelante comentaremos.

En cuanto a Agabo, nombre de etimología dudosa, se trata de un profeta de Jerusalén a quien más adelante se volverá a mencionar cuando San Pablo se encuentre en Cesárea (cf. c.XXVIII).

Al narrar esta profecía de Agabo, algunos códices, donde se conserva la versión llamada “occidental” de los Hechos, añaden que esto sucedió “mientras estábamos reunidos.”  Si el que esto escribe es Lucas, este plural indicaría su presencia entre los que se encontraban allí en Antioquía en el momento de profetizar Agabo, y constituiría por eso la primera cita de los fragmentos llamados  “nosotros,” de los que oportunamente trataremos.

El hambre que predice Agabo asoló la tierra de Judea, hasta el punto de que Helena, reina de Adiabene (una comarca situada en el territorio de la antigua Asiría), que conocemos se hallaba en Jerusalén, hizo venir higos y trigo desde Chipre y Egipto. Lucas habla de un hambre que se extendió por “toda la tierra,” expresión que puede significar el orbe romano, pero que también admite límites más modestos. Este hambre más universal tuvo lugar bajo el reinado de Claudio, cuarto emperador romano, proclamado en enero del 41. Y los historiadores romanos Suetonio, Tácito y Dión Casio mencionan también estas catástrofes.

Como remedio, y mejor aún como muestra de solidaridad, los cristianos de Antioquía hicieron una colecta, que enviaron a Jerusalén, por medio de Saulo y Bernabé, para ser entregada a los presbíteros, a quienes se nombra aquí por vez primera. Se trata de unos cristianos, cuya etimología significa “ancianos,” aunque no necesariamente lo fuesen en edad, y que formaban un grupo nombrado por los apóstoles y colocado al frente de las comunidades o Iglesias locales, donde ejercían un cierto mando y responsabilidad.

Al hablar de ellos en Jerusalén, y no mencionar a los apóstoles, que eran los jefes natos de la comunidad, parece indicar que por alguna razón los apóstoles no se hallaban entonces en la ciudad.

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04. Prisión de Pedro.

El capítulo 12 del Libro de los Hechos se abre con una fórmula intemporal, típica de Lucas, que no indica concretamente sucesión inmediata con lo anteriormente escrito, ya que dice “por aquel tiempo, por aquel entonces,” el rey Herodes echó mano a algunos miembros de la Iglesia. Mas aunque no se establezca dicha relación, probablemente se indica una simultaneidad con lo que se tiene dicho sobre la predicación de Saulo y Bernabé en Antioquía.

¿A qué rey Herodes se refiere?

Hay varios con este nombre, relacionados con la historia de la primitiva Iglesia, que fue contemporánea de algunos miembros de la dinastía herodiana.

El que aquí se menciona es Herodes Agripa, hijo de Aristóbulo y nieto de Herodes el Grande, que era el monarca que reinaba en el momento del nacimiento de Jesús y el que intentó matarlo cuando niño.

Tampoco hay que confundir a este Herodes con el que intervino en la pasión del Señor, que fue Herodes Antipas, y que no era rey de todo el territorio de Palestina, sino tan sólo tetrarca de las regiones de Galilea y de Perca. El rey Herodes de quien aquí tratamos fue exactamente Herodes Agripa I, en quien Herodes es el nombre dinástico mientras que Agripa es tan sólo un cognomen, que, según Plinio, significa “el que nace con los pies para afuera.”

Como la mayoría de los príncipes de esta familia, Agripa fue educado en Roma, donde participó en las intrigas de la corte imperial, siendo encarcelado por Tiberio y favorecido por Calígula, que le regaló una cadena de oro, semejante a la de hierro que había llevado en la prisión; cadena que Herodes posteriormente hizo colocar como un exvoto en el Templo de Jerusalén.

Agripa consiguió de Calígula que le nombrase rey de Iturea y Traconítide, y asimismo que le traspasase los territorios que antes había gobernado Herodes Antipas, caído en desgracia, y finalmente la provincia de Judea, con lo que Agripa llegó a ser rey de todo el territorio de Israel, como lo había sido su abuelo Herodes el Grande.

Agripa I siguió en parte el programa de construcciones de su antecesor, y entre ellas comenzó el tercer muro de Jerusalén. Procuró tener contentas a las clases sacerdotales dirigentes. Y una de las medidas para lograrlo fue perseguir a la nueva secta de los cristianos, con quien ya se habían tenido algunos enfrentamientos desde la muerte de Esteban. El primero de los perseguidos fue Santiago el Mayor, el hermano de Juan. Y así lo dice escuetamente Lucas.

“Por aquel tiempo, el rey Herodes, con la peor intención, echó mano a algunos miembros de la Iglesia e hizo pasar a cuchillo a Santiago, hermano de Juan” (Hech 12:1-2).

No se puede narrar en menos palabras la suerte del primero de los apóstoles que sufrió el martirio. Sorprende la diferencia entre esta sobriedad y los detalles abundantes que Lucas nos transmitió sobre la muerte y martirio del diácono Esteban. Pero este mismo hecho es una prueba de la credibilidad de nuestro historiador, que se atiene a las fuentes que posee, que en este caso eran bien escasas.

El martirio de Santiago el Mayor nos consta también por fuentes extrabíblicas, ya que lo recoge Clemente Alejandrino, que es un escritor cristiano del siglo II.

Este martirio, que sucedió en el año 42, deja poco espacio para el viaje evangelizador de Santiago a España, que ha sido recogido en otras fuentes y tradiciones, y que está íntimamente relacionado con su presencia en el Pilar de Zaragoza. Añadamos aquí, para precisar estos datos, que la presencia de Santiago el Mayor en España tiene que ser distinguida y es independiente del hallazgo de su cuerpo, que fue trasladado allá (cf. c.XXXIV).

La condenación y muerte de Santiago por orden de Agripa, y precisamente por la espada, se hallaba dentro de la jurisdicción del rey, ya que éste poseía todos los poderes que Roma antes se había reservado. Nada se dice de un proceso ni de una comparecencia ante el Sanedrín. Y el género de muerte por la espada más bien sugiere una acusación de tipo político, algo así como “sedición del pueblo,” ya que un simple pecado de blasfemia por haber predicado a Jesús como Hijo de Dios le hubiese llevado probablemente a ser lapidado, como en el caso de Esteban.

La ejecución de Santiago resultó acepta a los judíos, que quizá entonces fueron no únicamente los sanedritas, sino también parte del pueblo. Y por ese motivo, Herodes, tan deseoso siempre de popularidad, hizo prender a Pedro.

“Viendo Herodes que la muerte de Santiago agradaba a los judíos, procedió a detener también a Pedro. Era la semana de Pascua. Mandó prenderlo y meterlo en la cárcel, encargando de su custodia a cuatro piquetes de cuatro soldados cada uno. Tenía intención de hacerlo comparecer en público, pasadas las fiestas de la Pascua. Ahora bien, mientras custodiaban a Pedro en la cárcel, la Iglesia rezaba a Dios por él insistentemente” (Hech 12:3-5).

Los presos en estos calabozos de la Torre Antonia eran guardados severamente, ya que estaban atados por cadenas a dos soldados, mientras que otros dos montaban la guardia fuera de la puerta del calabozo. La noche se dividía, según el cómputo romano, en cuatro partes o vigilias de tres horas cada una, en las que se relevaba la guardia formada por cuatro soldados, que los Hechos nombra con el término técnico de tetradium. La detención de Pedro, llevada a cabo durante las fiestas de Pascua, en los días de los ácimos, proporcionaba al suceso una publicidad pretendida por Herodes y a la vez mostraba su respeto a la ley judía, difiriendo para después de la Pascua la ejecución del detenido.

“La noche antes de que lo sacara Herodes — para ser condenado — estaba Pedro durmiendo entre los soldados, atado con dos cadenas, mientras centinelas hacían la guardia a la puerta de la cárcel. En esto se presentó el ángel del Señor y se iluminó la celda. Dándole unas palmadas en el costado, despertó a Pedro y le dijo: — Date prisa, levántate.

Se le cayeron las cadenas de las manos y el ángel añadió: —Ponte el cinturón y las sandalias.

Obedeció y el ángel le dijo: — Échate la capa y sigúeme.

Pedro obedeció, sin saber si lo que hacía el ángel era real, pues aquello le parecía una visión. Atravesaron la primera y la segunda guardia y llegaron al portón de hierro, que daba a la calle, que se abrió solo. Salieron, y al final de la calle, de pronto, lo dejó el ángel. Pedro recapacitó y dijo: — Pues era verdad, el Señor ha enviado su ángel para liberarme de las manos de Herodes y de toda esa expectación del pueblo judío” (Hech 12:6-11).

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a. La Cárcel de Pedro en la Antonia.

La cárcel donde Pedro fue encerrado estaba situada en la fortaleza Antonia, que en aquellos tiempos era el cuartel de la guarnición romana, encargada del mantenimiento del orden en el Templo de Jerusalén. Aunque en el Nuevo Testamento no se la designa con este nombre, así se la conocía desde que Herodes le cambió el primitivo de Barts por el de Torre Antonia en honor del triunviro Marco Antonio.

Había sido construida por Juan Hircano, uno de los monarcas de la dinastía macabea. Y era también el palacio de los príncipes asmoneos. Su estructura era la de un cuadrilátero flanqueado por cuatro torres, y se alzaba sobre un promontorio rocoso, llamado gabbata en hebreo; su torre principal, la situada en el nordeste, de 36 metros, dominaba todo el recinto del Templo. En el centro de la fortaleza había un gran patio — que en el Evangelio de San Juan se llama Utbostrotos — con un pavimento enlosado, con estrías para las pezuñas de los caballos y canalones que recogían el agua de lluvia que vertían a una cisterna subterránea.

En el asedio de Jerusalén por las legiones de Tito, la fortaleza y sus torres fueron enteramente arrasadas, y los bloques caídos ocultaron, y a la vez preservaron, el emplazamiento de aquel palacio-fortaleza. Allí, en un lugar que no ha podido ser identificado, estaban los calabozos en los que fue encerrado Pedro.

El relato minucioso tiene el sello original de Pedro, y probablemente a través de Marcos, llegó a Lucas, quien nos lo transmitió con toda viveza.

Sorprende esta serenidad de Pedro durmiendo la noche víspera de su presentación a juicio. Pedro dormía, como comenta San Juan Crisóstomo, “porque se había abandonado enteramente a Dios.”  A la voz del ángel, Pedro se levanta, y al hacerlo se le sueltan y caen sus cadenas de las muñecas o brazos por donde estaba atado. Casi dormido todavía, Pedro actúa como automáticamente, repitiendo los gestos que el ángel le ordena. Se ciñe la túnica, porque ha de marchar, y se calza las sandalias, que eran unas simples suelas atadas por correas. Así atraviesa por entre la primera guardia, que vigilaba el exterior del calabozo, y por la segunda, que estaría en el vestíbulo del edificio de la prisión, custodiando la puerta de hierro de salida exterior. Si la prisión tuvo lugar, como ya indicamos, en la Torre Antonia, sabemos que ésta tenía dos salidas, una que daba a los patios del Templo y otra hacia la ciudad, que es exactamente lo que el texto indica, garantizándonos una vez más la exactitud de la información.

Pedro, una vez libre, se dirige a casa de los suyos y precisamente a casa de María, madre de Juan Marcos, donde había numerosas personas que estaban orando en común. ¿Qué casa era ésta?

La mención de la prisión y de las cadenas de Pedro nos lleva al recuerdo de una fiesta litúrgica y de una basílica dedicada en Roma a esta conmemoración del apóstol encadenado y liberado, y que es la iglesia de San Pedro ad vincula. Esta iglesia es hoy muy visitada, por encontrarse en ella la famosa estatua de Moisés, esculpida por Miguel Ángel, que la destinaba al mausoleo del papa Julio II. En dicha iglesia se conservan unas cadenas, ya veneradas desde el siglo V, que la tradición señala como las del apóstol Pedro (cf. c.XXXVII)

Incluso la leyenda añade que estas cadenas, que eran dos y que se habían conservado separadamente, cuando se reunieron para compararlas entre sí, se unieron de suerte que ahora forman una sola cadena.

Sobre estas reliquias, y otras, conviene advertir que la devoción del pueblo de otras épocas de la Iglesia de tal manera las veneraba, que a veces incluso se hacían y fabricaban nuevas reliquias por “contacto.”  Es decir, que una cadena semejante que tocase los eslabones originales quedaba convertida en reliquia, y al ser llevada a otra localidad ella era considerada reliquia objeto de culto.

Pero dejando a un lado las posibles devociones legendarias, la historia de los hechos nos lleva de nuevo a Jerusalén, donde Pedro en plena noche está esperando a la puerta de la casa de María.

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b. La Casa de Pedro en Jerusalén.

Los arqueólogos han discutido sobre su identificación y localización, y desde el siglo VI se la identificó con el cenáculo; pero no parece que sea el punto de vista de Lucas, ya que éste ha mencionado varias veces el lugar de reunión de los apóstoles sin identificarlo con la casa de María.

Tres lugares venerables relacionados con la vida de Jesús y de la primitiva Iglesia han sido objeto de encontradas hipótesis. Uno de estos es el cenáculo o habitación en que Jesús celebró con sus apóstoles la última Cena. Otro es el lugar donde los apóstoles estaban reunidos cuando Jesús resucitado se les apareció y donde posteriormente recibieron al Espíritu Santo. Finalmente, esta tercera ubicación de “la casa de María, madre de Juan Marcos,” adonde Pedro llegó después de la liberación en la cárcel.

Respecto a la identidad del cenáculo con el recinto de la resurrección y del Pentecostés, nada de cierto se sabe. Parece que la localización del cenáculo se perdió durante las sucesivas destrucciones de la ciudad de Jerusalén; en tanto que, ya en el siglo u, se conservaba una Iglesia “alta” que podría ser el lugar de reunión de los apóstoles en el Pentecostés, como ya hemos referido anteriormente (c.II) En lo que se refiere a la identificación de dicho lugar con la casa de María, tampoco existen pruebas contundentes en ningún sentido. Sin embargo, si la sala del Pentecostés era conocida como el sitio de las reuniones habituales de los discípulos, no parece que Pedro, en aquella noche, hubiese ido a un lugar donde podría fácilmente ser encontrado. Por eso nos inclinamos a que la casa de María sería otra mansión, suficientemente cercana a la Torre Antonia y cuya familia y hospitalidad eran bien conocidas por Pedro. Lo cual queda indirectamente comprobado por el hecho de que al muchacho de la casa, Juan Marcos, Pedro le llamaba “hijo mío” y fue más adelante su secretario.

“Pedro fue a casa de María, la madre de Juan Marcos, donde había numerosas personas reunidas orando. Llamó a la puerta de la calle, y una muchacha, de nombre Rosa, fue a ver quién era, y al reconocer la voz de Pedro, le dio tanta alegría que en vez de abrir corrió dentro a anunciar que Pedro estaba en la puerta. Le dijeron: “Estás loca!” Ella se empeñaba en que sí, los otros decían: “Será un ángel. Pedro seguía llamando. Abrieron, y al verlo se quedaron de una pieza. Con la mano les hizo señas de que se callaran. Les contó cómo el Señor le había sacado de la cárcel y concluyó: — Avisádselo a Santiago y a los hermanos” (Hech 12:12-17).

La muchacha se llamaba Rosa, siguiendo una costumbre judía, que ya recordamos anteriormente, de poner a las chicas nombres de animales o vegetales como Tamar, la palmera; Susana, el lirio, o Edissa, el mirto.

La chica reconoce la voz familiar de Pedro, y por la sorpresa echa a correr sin abrir la puerta. El comentario de algunos de los reunidos, “no es Pedro, sino su ángel,” ha sido diversamente interpretado: unos quieren ver en ello una prueba de las creencias de los judíos en los ángeles de la Guarda, mientras que otros descubren influencias iranias, provenientes de Zoroastro, según las cuales cada hombre tiene un “doble angélico” que le asemeja en la voz y en el aspecto.

“Anunciad esto a Jacobo,” dice Pedro. Este Jacobo o Santiago es el llamado “hermano” o pariente del Señor, que gozaba de una gran autoridad sobre la Iglesia de Jerusalén. Pedro manda que se le comunique su liberación, aunque él personalmente no lo haga, ya que la prudencia aconsejaba alejarse cuanto antes de la cercanía de Herodes, a quien la fuga de Pedro irritó sobremanera.

“Al hacerse de día, se armó un buen alboroto entre los soldados. Preguntándose qué habría sido de Pedro, Herodes hizo pesquisas, pero no dio con él. Entonces interrogó a los guardias y mandó ejecutarlos” (Hech 12:18).

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05. La Muerte de Herodes.

Al llegar aquí, aunque los Hechos presentan a continuación otra escena, habría que intercalar un lapso de tiempo que no está registrado en el texto de Lucas. En efecto, la muerte de Santiago el Mayor, seguida de la prisión de Pedro, tuvo lugar en el año 42, y la ida de Herodes a Cesárea, y su muerte, que se va a relatar a continuación, sucedieron a mediados del año 44.

La muerte de Herodes también ha sido narrada por Flavio Josefo, y aunque hay algunas circunstancias que discrepan entre ambos relatos, los dos coinciden en lo sustancial; y para nosotros Lucas posee la garantía de su fidelidad histórica, no influida por los oportunismos políticos de Flavio Josefo, del que nos consta que en otras ocasiones ha deformado la historia. Esta es la narración de Lucas: “Herodes bajó después de Judea a Cesárea y se quedó allí. Estaba furioso con los habitantes de Tiro y Sidón. Y se le presentó una comisión de ellos que, después de ganarse a Blasto, chambelán del rey, solicitó la paz porque recibían los víveres del territorio de Herodes.

El día señalado, Herodes, vestido con el manto real y sentado en la tribuna, les dirigió un discurso, y la plebe aclamaba: ¡Voz de Dios, no de hombre!

Pero de pronto el ángel del Señor le hirió por haber usurpado el honor de Dios y expiró roído de gusanos” (Hech 12:19-23).

Ya indicamos anteriormente que la ciudad de Cesárea Marítima, reconstruida y ampliada magníficamente por Herodes el Grande, fue la sede del gobernador romano como también ahora lo era de Herodes, que desempeñaba la suprema magistratura. Allí se celebraban unos juegos en honor del César reinante, que era Claudio, y que tradicionalmente tenía lugar cada cuatro años; y, quizá con ocasión de estos juegos, Herodes recibió la embajada de los tirios y sidonios. Estos necesitaban estar en paz con el rey porque se abastecían en su territorio judío de los víveres necesarios; aunque quizá por otra parte habían entrado en conflicto, debido a que le hacían la competencia comercial al puerto herodiano de Cesárea. En todo caso, mientras el rey recibía a esta embajada con el atuendo y esplendor del protocolo, fue herido de una enfermedad, que Lucas presenta como un castigo de Dios por su persecución a la Iglesia y por sus pretensiones blasfematorias.

La causa de su muerte, “roído de gusanos,” y no olvidemos que Lucas era médico, es lo que científicamente se llama la “helmintiasis.” El mismo género de muerte que afectó a Antíoco Epífanes y a Herodes el Grande.

Así pereció este primer perseguidor de la Iglesia, que, según parece, no tanto intentaba una persecución general contra la base, como diríamos hoy, cuanto una desarticulación del movimiento privándolo de sus cabezas, de las que una, Santiago, pereció y la otra, Pedro, se salvó milagrosamente.

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06. Vida Posterior de Pedro.

¿Qué fue entonces de Pedro? Los Hechos sólo nos informan de que “se fue a otro lugar y que las pesquisas de Herodes no lograron encontrarle.”

Sucedía esto hacia el año 42. Y San Pedro no vuelve a ser mencionado en los Hechos hasta el Concilio de Jerusalén, que tuvo lugar en el otoño del año 49. Esto nos deja un intervalo de casi siete años, que ha sido ocupado por diversas hipótesis de los historiadores, que se orientan principalmente hacia dos puntos: Antioquía de Siria y Roma.

La estancia de Pedro en Antioquía la conocemos no por él mismo, sino por San Pablo, que nos habla de ella en su Carta a los Galatas (2:11); pero allí trata de una visita que hizo Pedro a Antioquía, después del Concilio de Jerusalén. Ello deja abierta la posibilidad de que anteriormente también hubiese visitado Antioquía y permanecido en ella por algún tiempo, ya que había una numerosa comunidad cristiana y también una más numerosa comunidad judía que hablaba el arameo y que podría ofrecer a Pedro un prometedor campo de apostolado.

Orígenes, seguido de San Jerónimo, es el primero que afirma que Pedro fue el primer obispo de Antioquía. Y aunque no parece que posea pruebas convincentes, su afirmación ha sido repetida y conservada por la tradición, hasta convertirse en la fiesta litúrgica de la “Cátedra de Pedro en Antioquía,” que se conserva en el calendario romano el 22 de febrero.

Respecto a la estancia en Roma, es indudable que Pedro estuvo allí y que fue martirizado y sepultado en la Urbe, y sobre ello trataremos en su momento oportuno (c.XXXVII) La cuestión aquí y ahora es saber si en estos años blancos de que venimos hablando Pedro hizo un primer viaje a Roma.

Eusebio de Cesárea y Orosio afirman que Pedro hizo un viaje a Roma en los comienzos del reinado de Claudio. Este es el testimonio de Eusebio: “Al comienzo mismo del reinado de Claudio, la Providencia divina, en su gran bondad y en su amor inmenso por los hombres, llevó de la mano a la ciudad de Roma a Pedro, el valeroso y gran apóstol que superaba a los otros con su virtud. Como un valiente capitán de los ejércitos de Dios, llegaba provisto de armas celestiales y traía de Oriente para los hombres de Occidente la preciosa mercancía de la luz espiritual.”

Si esto es verdad, Pedro echó los fundamentos de la comunidad cristiana en Roma, ya que en la Urbe existían bastantes cristianos antes de que Pablo llegase, como lo prueba abundantemente su Carta a los Romanos. Pero en todo caso la estancia de Pedro en Roma no fue muy larga, ya que lo encontraremos de nuevo en el Concilio de Jerusalén.

Toda esta narración sobre Pedro termina con una frase de cierre, que habría que enlazar con el viaje que Pablo y Bernabé hicieron a Jerusalén para repartir las limosnas con ocasión del hambre que allí se padecía (Hech 11:29-30) y que ya hemos narrado en el capítulo anterior. Por tanto, hay que dar un salto cronológico entre los dos últimos versículos del capítulo 12.

En este retorno de Jerusalén a Antioquía acompañaba a Pablo y Bernabé otro cristiano de Jerusalén, llamado Juan Marcos, en quien todos los comentaristas reconocen al evangelista Marcos. Nacido en Jerusalén, conocedor de la catequesis primitiva y capaz también de escribir en griego, llegará a ser un compañero de apostolado y un secretario de Pedro, del que nos transmitirá sus memorias. Ya que, como dejó consignado el escritor Papías: “La preocupación principal de Marcos era no omitir nada de lo que había oído de Pedro ni decir nada que fuera falso.”

A Juan Marcos le volveremos a encontrar en nuestro comentario de los Hechos (c.XVIII)

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xii. Primer Viaje de Pablo: de Chipre a Panfilia.

El comienzo del capítulo 12 de los Hechos trae en algunas ediciones un título intermedio: “Los Hechos de Pablo,” que abarca desde este capítulo hasta el 28 o final de la obra. Título plenamente justificado, porque Pablo, a partir de este momento, es el protagonista de la narración.

Este relato nos lleva a Antioquía de Siria, que desde ahora va a ser el centro difusor del mensaje cristiano por todo el mundo helenista. Ya hemos descrito esta ciudad y los orígenes del cristianismo en ella (c.XII); y ahora sabemos por Lucas que al frente de la comunidad cristiana se encontraron profetas y maestros o doctores. Unos y otros tenían la misión muy semejante de predicar la Buena Nueva. Pero los profetas lo hacían bajo una inspiración carismática muy particular del Espíritu Santo. San Lucas nos ha recogido los nombres de cinco de estos miembros importantes de la Iglesia antioquena.

El primer de ellos es Bernabé, a quien ya conocemos, y que figura en cabeza por su condición de delegado de la Iglesia de Jerusalén. Pablo, por el contrario, cierra la lista de los nombrados, acaso porque había sido el último en agregarse a la nueva fe. Los otros tres eran Simeón, apodado Niger, que podríamos traducir por “el Moreno”: se trata de un cogno-men romano que podría designar la oscuridad de la piel, sin que esto quiera decir que se trataba de una persona de la raza negra.

Lucio el Cireneo no ha podido ser identificado, aunque algunos han pretendido que era el propio evangelista Lucas, y si bien ello es posible, porque el nombre de Lucas podría derivarse de Lucius, sin embargo nos consta por otras fuentes fidedignas que Lucas era natural de Antioquía.

Finalmente se menciona a Manahen, que es un nombre hebreo que significa “consolador,” y de él se afirma que fue syntrofos del tetrarca Herodes Antipas, y dicha palabra puede significar bien que era hermano de leche, es decir, hijo de la nodriza de Herodes, o quizá mejor que había sido educado como compañero de infancia del tetrarca, según una costumbre muy admitida de rodear a los príncipes de niños y adolescentes de su edad. Manahen debió de ser conocido personalmente por Lucas, y algunos opinan que el evangelista supo por él algunas informaciones que su evangelio ofrece en exclusiva sobre la muerte de Juan Bautista, degollado por orden de Antipas.

“En la comunidad de Antioquía eran profetas y doctores Bernabé, Simeón apodado el Moreno, Lucio el Cireneo, Manahen, que se había criado con el tetrarca Herodes, y Saulo.

Un día en que éstos tenían una reunión litúrgica con ayuno, dijo el Espíritu Santo: -Apartadme a Bernabé y Saulo para la tarea a la que los he llamado.

Volvieron a ayunar y a orar, les impusieron las manos y los despidieron” (Hech 13:1-2).

¿Qué clase de reunión era esta que se tenía en la Iglesia de Antioquía? El texto usa el verbo griego litourgéin, desconocido del griego clásico, pero usado en la Biblia de los LXX, siempre con el sentido de una celebración sacra. Y en este caso, por tratarse de los cristianos, la liturgia podría incluir la celebración de la Cena eucarística que centraba la vida religiosa de la comunidad. La misma expresión usa el antiquísimo documento llamado Didajé, o Doctrina de los Apóstoles, donde también se cita a los profetas y doctores.

El ayuno asimismo era practicado por los antiguos cristianos como una continuación de la piedad judía. Y la citada Didajé asegura que se ayunaba los miércoles y viernes, que son fechas que los Santos Padres han relacionado con el día de la traición de Judas y el de la muerte del Señor; aunque propiamente no sabemos si estos datos de la Didajé ya estaban vigentes en la época que reseñamos.

La imposición de manos no es ningún rito de ordenación, aunque algunos hayan supuesto que significaba la ordenación episcopal. Pero es muy poco probable que Bernabé, que era la persona más importante de la Iglesia de Antioquía, no poseyese ya la plenitud de su ministerio. Y en cuanto a Pablo, no necesitaba ninguna ordenación porque había sido elegido apóstol por el mismo Jesús, como él lo afirmó repetidas veces. Por tanto, la imposición de manos fue más bien un rito de bendición, muy usado ya en aquellos tiempos.

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01. Predicación en Chipre.

La misión del Espíritu y la de la Iglesia llevan a nuestros dos misioneros, a quienes acompaña Juan Marcos, a la isla de Chipre. Vamos a seguirles.

Sería el año 45 de nuestra era, y probablemente el comienzo de la primavera en el que se solía emprender la navegación, cuando Saulo y sus dos compañeros bajaron desde la ciudad de Antioquía a Seleucia, que era su puerto marítimo, situado en la desembocadura del río Orontes a, unos 30 kilómetros de la capital. Y embarcándose allí, se hicieron a la vela rumbo a Chipre, que estaba a un centenar de kilómetros de la costa.

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a. La Isla de Chipre.

La isla de Chipre está situada en el extremo oriental del Mediterráneo y tiene una extensión de 9.950 kilómetros cuadrados, es decir, 2.000 más que todo el archipiélago canario. En la Antigüedad, la isla fue muy celebrada por sus cultivos de vides, olivos y cereales y también por sus minas de cobre, que dieron nombre a la isla de Kupros o del Cobre, aunque otros afirman que tal nombre proviene de la abundancia de sus cipreses.

La isla fue colonizada y conquistada sucesivamente por las potencias colindantes, hasta que pasó a ser posesión romana. Los judíos establecieron allí una numerosa colonia con varias sinagogas. Y Dión Casio nos informa de que, en la revuelta, los judíos masacraron a 240.000 habitantes de la isla, que es una cifra evidentemente exagerada.

Nuestros misioneros arribaron al puerto más oriental de la isla, que era Salamina, hoy cegado por las arenas, pero que entonces era capaz de contener una flota de 40 trirremes, según asegura Diodoro Sículo.

En Salamina inaguraron una práctica, que después repetirían, de ofrecer primeramente la predicación de la Buena Nueva a los creyentes y prosélitos judíos. Y así atravesaron toda la isla de Oriente a Occidente, recorriendo los 150 kilómetros de distancia. Y como hubieron de detenerse en los pueblos, que eran unos quince, probablemente tardarían unos tres meses hasta que llegaron a Pafos.

Pafos, situada en el extremo occidental de la isla, era a la sazón la sede del gobernador romano, cargo que había desempeñado el famoso escritor latino Cicerón. Propiamente, la ciudad se llamaba la Nueva Pafos, ya que la antigua, a 15 kilómetros más al sur, había sido abandonada por causa de un terremoto.

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02. El Procónsul Sergio y el Mago Elimas.

“Atravesaron la isla hasta Pafos y encontraron allí a un mago judío, profeta falso, llamado Bar Jesús, que vivía con el procónsul Sergio Paulo, hombre juicioso. El procónsul mandó llamar a Bernabé y Saulo con deseo de escuchar el mensaje de Dios; pero Elimas, o el mago (que eso significa), les hizo la contra, intentado disuadir de la fe al procónsul” (Hech 13:6-8).

Mago, que es una denominación persa, al principio designaba a los sacerdotes de la religión de Zoroastro, mas después se aplicó a los charlatanes y falsarios que pululaban por aquellas regiones. Y en concreto, Plinio el Viejo recuerda la existencia de una secta de magos chipriotas. Sin embargo, en este caso, el hecho de que el procónsul le prestase su favor y atención parece indicar que Elimas no era un vulgar charlatán, sino una persona versada en las doctrinas esotéricas de Egipto, Babilonia y Persia, que es otro de los significados de dicha palabra.

Lucas llama en esta ocasión a Sergio Paulo “procónsul.” Y en esto pisa terreno firme, con su probada exactitud histórica. Porque se llamaban “procónsules” los magistrados romanos que gobernaban las provincias senatoriales, mientras que los “propretores” estaban al frente de las provincias imperiales. Ahora bien, Chipre había cambiado de condición administrativa y precisamente en el tiempo al que se refiere Lucas era provincia senatorial, y por ello su gobernador correctamente se llama “procónsul.”

Se ha pretendido encontrar una confirmación epigráfica de la existencia de este procónsul Sergio Paulo, y, aunque algunas atribuciones son dudosas, el especialista Ramsay opina que una inscripción descubierta en Antioquía de Pisidia en 1912 contiene una cita que se refiere al procónsul de Chipre, Sergio Paulo.

No es extraño que Pablo chocase frontalmente contra el mago Bar Jesús, que impedía la predicación del evangelio y que trataba de disuadir al procónsul.

“Entonces Saulo, o sea Pablo, lleno del Espíritu Santo, mirando fijamente al mago Elimas, le dijo: — Tú, plagado de trampas y de fraudes, secuaz del diablo, enemigo de todo lo bueno, ¿cuándo dejarás de torcer los caminos derechos de Dios? Pues ahora mismo va a descargar sobre ti la mano del Señor, te quedarás ciego y no verás la luz del sol hasta su momento.

Al instante le envolvieron unas densas tinieblas y buscaba a tientas alguien que lo llevara de la mano. Entonces, al ver aquello, creyó el procónsul, que estaba impresionado por la doctrina del Señor” (Hech 13:9-12).

A partir de esta ocasión, Saulo va a ser llamado Pablo por nuestro historiador Lucas. Y la razón de este cambio de nombre ha sido objeto de varias hipótesis. Acaso la más congruente sea que Pablo, a partir de este momento, comienza a predicar más en el mundo grecorromano, no a sus correligionarios judíos, sino a oyentes grecorromanos y paganos, ante quienes prefiere utilizar el nombre latino que le correspondía como ciudadano romano. Es posible además que no quisiese utilizar el nombre de Saulo o Saúl porque la transcripción griega de este nombre sonaba con un sentido un tanto ridículo a los oídos helenistas.

Aunque nada se dice de que el procónsul se bautizase, de hecho la expresión “el procónsul creyó” podría bien incluir el bautismo. Nada sabemos después de este magistrado; aunque una leyenda antigua que se reflejó en el martirologio romano, pero sin fundamento histórico, identifica al procónsul con un Pablo obispo, nombrado por el apóstol Pablo para la sede de Narbona en Francia.

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03. Hacia Perge de Panfilia.

De nuevo Pablo, a quien ahora se cita en primer lugar, con sus dos compañeros, se hace a la vela en Pafos y toma rumbo norte hacia Panfilia. Fue en este momento cuando Juan Marcos los dejó y se volvió a Jerusalén. Quizá el joven acompañante se asustó ante el dinamismo de Pablo, que se proponía ahora dirigirse hacia el Norte y atravesar la temible cordillera del Tauro. O tal vez esto no había entrado en el programa inicial de la evangelización en Chipre. En todo caso, Juan Marcos se separó de su tío Bernabé y del apóstol Pablo, a quien parece disgustó la actitud vacilante del joven; aunque más adelante lo veremos de nuevo enteramente reconciliado con él.

Debía de ser el otoño del 45 cuando Pablo y Bernabé se embarcaron en Pafos, rumbo norte hacia la costa de Panfilia, donde al cabo de un par de días desembarcaron, probablemente en el puerto de Atalía, que hoy se llama Adalia, desde donde por barca, remontando el río Cestro, llegaron a Perge.

La región de Panfilia, como parece sugerir su nombre, pan filón (todas las razas), estaba poblada por una mezcla variada de pueblos, y su territorio consistía en una banda costera de unos 35 kilómetros de ancho por 130 de largo, cerrada por el norte por la cadena montañosa del Tauro. Estas montañas impiden que baje sobre la llanura el aire frío del norte, por lo que las tierras son calientes y en parte pantanosas, insalubres y expuestas a la malaria. Algunos suponen que la brevedad de la estancia de Pablo en estas regiones se debió probablemente a la insalubridad del clima.

Perge era la capital de la región y distaba unos doce kilómetros de la costa. Era también el centro del culto de la diosa Artemisa, muy extendido por toda el Asia Menor, y que es la misma a quien los romanos llamaban Diana. Y a ella se le había erigido un templo del que hoy sólo restan las ruinas.

Los dos amigos, Pablo y Bernabé, ya sin la compañía de Juan Marcos, emprendieron la penosa empresa de cruzar la cadena del Tauro a través de los desfiladeros frigios, donde los cambios de temperaturas son repentinos y sobre los que a veces se abaten violentas tempestades de nieve. Para colmo de males, los pasos estaban infestados de bandoleros que asaltaban y mataban a los caminantes, hasta el punto de que los romanos establecieron allí un destacamento militar para protegerlos.

Quizá refiriéndose a estas peligrosas travesías, Pablo escribiría más adelante a los Corintios: “Les gano a fatigas. ¡Cuántos viajes a pie con peligros de ríos, con peligros de bandoleros!” (2 Cor 11:23-26).

Después de tres días de camino cuesta arriba, siguiendo el curso del río Cestro, descendieron hacia la meseta de Pisidia, atravesando bosques de cedros y pinos, entre los que se abrían praderas campestres con ovejas, cabras y algunas peligrosas manadas de búfalos. Finalmente, al cuarto día, divisaron el extenso valle donde se encontraba Antioquía de Pisidía, a una altura de 1.200 metros, al borde de un maravilloso lago alpino de unos 750 kilómetros cuadrados de extensión, y al pie del imponente macizo de Sultán Dagh, que era un volcán extinguido. Allí entraremos en nuestro próximo capítulo.

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xiii. Primer Viaje: Antioquia de Pisidia.

Estamos acompañando a Pablo en su primer viaje apostólico, que ha tenido su punto de partida en Antioquía de Siria (que no hay que confundir con Antioquía de Pisidia, ya que había varias ciudades con ese mismo nombre) En este viaje, después de una estancia en Chipre, Pablo se embarcó rumbo norte hacia la costa meridional de Asia Menor en la región llamada Panfilia, cuya capital, Perge, visitó brevemente para proseguir hacia el norte a la región de Pisidia.

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a. El Pueblo De Los Galatas

Los gálatas, a quienes los griegos llaman kéltoi, son el mismo pueblo al que nosotros llamamos “celtas,” y de quienes Julio César escribió en un conocido texto de sus Guerras de las Galias: “Una de las tres partes de la Galia está habitada por aquellos que en su propia lengua se llaman “celtas.” y en la nuestra se llaman “galos.”  Es decir, se trata de un pueblo de raza germánica, que habitaba a las orillas del Rin, algunas de cuyas peregrinaciones le llevaron a los extremos occidentales de Europa, donde todavía quedan restos de la toponimia en la Bretaña Francesa, Irlanda y en la Galicia de España.”

Otros grupos, en cambio, emigraron hacia Oriente, atravesando las regiones balcánicas, donde todavía hoy se conserva una Galitzia, y llegaron finalmente al Asia Menor, al sur del Mar Negro. Allí se establecieron en aquella región que se llamó Galacia, y constituyeron después la provincia romana del mismo nombre, cuya capital era Ancira, que es hoy Ankara, capital de Turquía.

En la época de San Pablo pertenecían a Galacia algunas de las ciudades que él evangelizó en su primer viaje. Pero posteriormente Diocleciano desmembró de dicha provincia la parte meridional, con lo que el nombre de Galacia se aplicó después solamente a la región norte. De tal manera estos galos asiáticos, por su lengua y cultura, conservaban una personalidad distinta en medio de otros habitantes frigios y griegos, que a esta parte se la llamó Galo-Grecia, o Greco-Galia. Y muchos años después San Jerónimo, en el siglo IV de nuestra era, testimoniaba que en estas partes se hablaba una lengua muy parecida a la de Tréveris de Francia.

Pisidia, en la época de nuestra historia, formaba parte de un abigarrado conjunto de pueblos, agrupados administrativamente por los romanos en la provincia de “Galacia,” que también comprendía la parte oriental de Frigia y Licaonia. Esta Galacia era una provincia imperial gobernada por un pro-pretor con atribuciones militares. Galacia se denominaba así por estar habitada por unos galos asiáticos, llamados gálatas.

En esta región de Galacia, y al borde del lago que hemos mencionado, se levantaba la ciudad de Antioquía, que era una de las muchas que tenían este nombre toponímico, derivado de “Antíoco,” que significa “el que se mantiene enfrente, que prevalece,” por tanto, “el vencedor,” que fue título aplicado a muchos reyes de la dinastía de los seléucidas.

Antioquía, en el momento en que a ella llega Pablo, era una colonia romana con derecho itálico, poblada por veteranos, pero también habitada por muchos judíos por razón de una floreciente industria de curtidos y por los privilegios concedidos por Julio César, a la vez deudor y protector de los hebreos, y cuyo asesinato ellos tanto lamentaron. Finalmente, en dicha ciudad había paganos de varias razas y religiones, entre los cuales florecía el culto a una divinidad astral, que era el doble masculino de la luna, que ellos llamaban Men y los romanos Lunus.

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01. Predicación de Pablo en la Sinagoga.

En este ambiente, tan diverso en la línea humana y cultural, nuestros predicadores Pablo y Bernabé escogieron para estreno de su apostolado la sinagoga, que probablemente se hallaba situada a orillas del río Antio que la proveía de agua para las purificaciones.

San Lucas nos ha conservado en el Libro de los Hechos lo que podemos llamar un esquema de la predicación de San Pablo a los judíos, que sin duda se repitió en muchas sinagogas. El sermón de Pablo consta de tres partes, divididas entre sí por el apostrofe “Varones y hermanos.”

“Varones y hermanos: El Dios de este pueblo Israel eligió a nuestros padres y multiplicó al pueblo cuando vivían como forasteros en Egipto. Con brazo potente los sacó de allí, los soportó unos cuarenta años en el desierto, exterminó siete naciones en el país de Canaán y les dio en posesión su territorio. Todo esto duró unos cuatrocientos cincuenta años. Luego les dio jueces hasta el tiempo del profeta Samuel. Entonces pidieron un rey y Dios les dio a Saúl, hijo de Quis, de la tribu de Benjamín, que reinó cuarenta años. Lo depuso y le sucedió como rey David, de quien hizo esta alabanza: “Encontré a David, hijo de Jesé, un hombre a mi gusto que cumplirá todos mis preceptos.”  Según lo prometido, Dios sacó de su descendencia a un Salvador para Israel, Jesús.

Antes de que llegara, Juan predicó a todo Israel un bautismo para que se arrepintieran, y cuando estaba para acabar la vida decía: ¿Quién pensáis que yo sea? No soy yo ése: mirad que detrás de mí viene uno a quien no merezco desatar las sandalias” (Hech 13:17-25).

En esta primera parte del discurso, Pablo hace un resumen de la vocación de Israel, que termina en la promesa de un salvador, que precisamente es Jesús, anunciado por Juan Bautista. En la segunda parte de este discurso, Pablo les va a hablar directamente de Jesús.

“Varones y hermanos, descendientes de Abraham, a nosotros se nos ha enviado este mensaje de salvación. Porque los habitantes de Jerusalén y sus jefes no reconocieron a Jesús, y al condenarlo cumplieron las profecías que se leen cada sábado. Aunque no encontraron nada que mereciera la muerte, le pidieron a Pílalo que lo mandara ejecutar. Y cuando cumplieron todo lo que estaba escrito sobre El, lo bajaron del madero y sepultaron. Pero Dios lo resucitó de la muerte. Durante muchos días se apareció a los que habían ido con El de Galilea a Jerusalén y ellos son hasta ahora sus testigos ante el pueblo. Y nosotros os anunciamos el cumplimiento de la promesa que fue rechazada y que Dios la ha cumplido para nuestros hijos resucitando a Jesús, según está escrito en el salmo segundo: “Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado.” Y en otro lugar dice: “No permitiré que tu santo vea la corrupción.”  Ahora bien, David, cumplida la misión que Dios le dio para su época, murió, se lo llevaron con sus padres, y su cuerpo se corrompió. En cambio, aquel a quien Dios resucitó no se ha corrompido” (Hech 13:26-37).

Ltf tercera parte del discurso paulino contiene una exhortación a creer en Jesús, que es quien alcanza la verdadera justificación y perdón de los pecados.

“Por tanto, sabedlo bien, hermanos, se os anuncia el perdón de los pecados por medio de El y asimismo la rehabilitación de todo aquello que no conseguisteis por la Ley de Moisés, y eso lo obtendrá por su medio todo el que crea. Mirad, por tanto, y no venga sobre vosotros lo que se dijo por los profetas: “mirad lo que rechazáis y admiraos y morios de espanto, pues una obra voy a hacer yo en vuestros días, una obra que no creeréis si alguno lo anuncia” (Hech 13:38-41).

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02. Aceptación y Rechazo de los Judíos.

Cuando salieron los judíos de la sinagoga, le rogaron a Pablo que les volviese a hablar el próximo sábado sobre estas mismas cosas. Y una vez que quedó disuelta la reunión, muchos de los judíos y de los prosélitos adoradores de Dios siguieron a Pablo y Bernabé, quienes, conversando con ellos, les persuadían a que perseverasen fieles a la gracia de Dios. El discurso de Pablo, sin duda, hizo sensación no sólo en los oyentes, sino en otros que oyeron hablar a los que habían asistido. Y, partiendo de la judería, la palabra fue de boca en boca por toda la ciudad, de suerte que al sábado siguiente se congregó una enorme muchedumbre para escuchar a Pablo.

“El sábado siguiente casi toda la ciudad acudió a oír el mensaje del Señor. Al ver el gentío, los judíos se llenaron de envidia y se oponían con insultos a las palabras de Pablo.

Entonces Pablo y Bernabé dijeron sin contemplaciones: era menester anunciaros primero a vosotros el mensaje de Dios; pero como nos rechazáis y no os consideráis dignos de la vida eterna, sabed que vamos a dedicarnos a los paganos. Así nos lo ha mandado el Señor: Yo te haré luz de las naciones, para que lleves la salvación hasta el extremo de la tierra” (Hech 13:44-47).

El momento que se nos describe en los Hechos es trascendental en la vida de Pablo y de la Iglesia. Aunque el Apóstol conocía la universidalidad del mensaje de Jesús, se trataba más bien de una universalidad de destino y de derecho; mas ahora, en Antioquía, ante el rechazo de los judíos, la universalidad se convierte en un hecho, en catolicidad, que será el término que después empleará la Iglesia para designar su destino y expansión universal.

Pablo, sin duda, conocía este destino de la fe en Cristo, tal vez por revelación personal, pero en todo caso por transmisión de los apóstoles, que así se lo habían oído enseñar al Maestro; aunque quizá él no conociese aquel episodio de la infancia de Jesús cuando el anciano Simeón, en el Templo de Jerusalén, con ocasión de la purificación de María y presentación del Niño, dijo de éste que sería “luz para revelación de las gentes y gloria para su pueblo Israel.” Sin embargo, eso ya lo había anunciado Isaías; aunque sus palabras habían quedado oscurecidas y casi olvidadas a causa de la peculiar idiosincrasia del pueblo judío, que imaginaba detentar el monopolio de la revelación y del amor de Dios. Esta es la profecía de Isaías, en el capítulo 49.

“Así nos ha ordenado el Señor: “Te establezco como luz de las naciones a fin de que lleves la salvación hasta los últimos confines de la tierra” (Hech 13:47).

El efecto de la predicación de Pablo fue inmediato y letificante. Y, una vez más, Lucas se complace en registrar esta consecuencia gozosa de la fe en los nuevos creyentes.

“Cuando los paganos oyeron esto, se alegraron mucho y alababan el mensaje del Señor. Y cuantos estaban destinados a la vida eterna creyeron” (Hech 13:48).

Sin duda que Pablo, siempre atento a los caminos y puertas que le abría el Espíritu, aprovechó aquella excelente coyuntura y permaneció durante algún tiempo en Antioquía de Pisidia y por los pueblos cercanos a la metrópoli, algunos de los cuales bordeaban el lago. Hay quienes suponen que Pablo permaneció allí durante seis meses, incluso hasta un año; y, como había sido expulsado de la sinagoga, utilizaría las casas privadas como centro de enseñanza y de difusión del mensaje cristiano, e incluso formaría también a algunos maestros y catequistas que lo propagasen. Precisamente, escribiendo Pablo más adelante a los cristianos de Galacia, les recordará a estos auxiliares en el apostolado “cuando uno está instruyéndose en la fe — les escribe —, dé al catequista parte de sus bienes” (Gal 6:6).

Sin embargo, aquel estado pacífico de cosas no duró por mucho tiempo; porque los judíos, que estaban molestos por la difusión de la nueva doctrina, suscitaron un tumulto popular contra los misioneros.

“El mensaje del Señor se iba difundiendo por toda la región; pero los judíos incitaron a las señoras distinguidas y adictas a los principales de la ciudad que provocasen una persecución contra Pablo y Bernabé, y los expulsaron del territorio” (Hech 13:49-50).

La existencia de grupos numerosos de mujeres, captadas por la religión judía, se ha comprobado en numerosas ciudades del mundo grecorromano. Ellas se sentían atraídas por la piedad del culto hebreo, que no aplicaba a las mujeres las exigencias legales que resultaban tan pesadas e intolerables a los varones.

Es probable que estas señoras, pertenecientes a una clase social media alta, no actuaran directamente sino, que más bien movieran a sus maridos y los incitaran a molestar a los misioneros para hacerles imposible su apostolado. La persecución debió de ser bastante violenta, puesto que Pablo, muchos años después, anciano ya y encarcelado en Roma, al escribir a su discípulo Timoteo, le recuerda las persecuciones que tuvo que sufrir por la palabra de Dios y nombra expresamente Antioquia (2 Tim 3:10).

Bernabé y Pablo, al abandonar la ciudad, se sacuden el polvo de sus pies, o, mejor aún, de sus sandalias. Se trata de un gesto que el piadoso israelita hacía cuando regresaba a Israel de vuelta de un país infiel del que no quería traerse consigo ni siquiera el polvo de sus caminos. Y Jesús lo había aconsejado así en una de las instrucciones que dio a sus discípulos sobre cómo comportarse ante el rechazo de sus oyentes (Lc 10:11).

Así, pues, Bernabé y Pablo se fueron de Antioquia de Pisidia sin querer llevarse nada de ella, aunque dejaban detrás de sí el gozo y el espíritu del evangelio, que quedaba sólidamente establecido en aquella ciudad.

Hoy nada nos queda de la floreciente comunidad de Antioquia de Pisidia ni de su ciudad. Tras el olvido y destrucción de los siglos, de nuevo en 1833 un sacerdote británico de Esmirna, llamado Arundel, descubrió las ruinas de Antioquia de Pisidia, cerca de la ciudad turca de Jalobausch, donde las excavaciones han revelado, entre otras edificaciones, un maravilloso Arco del Triunfo a la memoria del emperador Augusto, así como los cuarteles de la guarnición romana.

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xiv. Primer Viaje: Iconio y Regreso a Antioquia.

La siguiente etapa de la evangelización en este primer viaje de Pablo se llama la ciudad de Iconio, perteneciente a la región de Licaonia. El nombre de esta ciudad subsiste en la actual ciudad turca de Konieh, que se halla a unos 100 kilómetros de distancia de Antioquia de Pisidia. El camino discurre a través de una llanura, seca y polvorienta en verano y cubierta de nieve en invierno, que, al fundirse, queda en parte estancada, formando un terreno pantanoso e insalubre. Al final de estas penosas jornadas, que suponen tres o cuatro días de marcha, los caminantes divisaron en el horizonte la ciudad de Iconio como un oasis de exuberante vegetación.

Los iconios estaban orgullosos de la antigüedad y belleza de su ciudad, que recientemente había sido favorecida por el emperador Claudio, quien le concedió el nombre de Claudio-conio; y a la sazón la ciudad estaba habitada por gálatas ya helenizados, por veteranos romanos y por una floreciente colonia judía.

En Iconio se repitió la predicación de los misioneros, seguida de la aceptación de la nueva doctrina por sus oyentes. Y como Iconio era un importante centro industrial de productos textiles de lana, es muy probable que Pablo encontrara allí trabajo y que permaneciera en aquel lugar durante varios meses.

Como es frecuente en hagiografía, estamos en presencia de un hecho histórico sobre el que se ha abatido la fantasía de una leyenda. Sin embargo, la existencia de una Santa Tecla, mártir de Iconio, citada por San Pablo, está bien probada por la existencia de su culto muy primitivo y bien documentado, incluido en muchos “santorales” primitivos. También a la Iglesia española llegó la fama de la santa, y en particular a Tarragona, colocada bajo el patrocinio de dicha santa. Y asimismo se conserva una pintura del Greco. Dejando a un lado historia y leyenda, la dura realidad fue que se repitió en la ciudad de Iconio el doble esquema de la aceptación gozosa y del rechazo violento, hasta el extremo tal que los apóstoles tuvieron que abandonar apresuradamente la ciudad para no ser apedreados. Sin embargo, también aquí dejaron fundada una comunidad cristiana que con el tiempo llegaría a convertirse en un floreciente patriarcado, cabeza de 14 ciudades.

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a. La Leyenda de Pablo y Tecla.

A modo de paréntesis, más bien curioso que histórico, podríamos recordar aquí la llamada historia de Tecla, muy citada por los historiadores y Santos Padres de la Antigüedad cristiana, cuyo principal documento son las Actas de Pablo y Tecla. Aunque se trata de un documento apócrifo del cual se reía San Jerónimo, sin embargo, este mismo aceptaba que podría haber debajo de la leyenda un núcleo histórico que brevemente resumiremos aquí.

Al acercarse los misioneros a Iconio, les salió al encuentro un tal Onesíforo, en cuya modesta casa Pablo reunió a sus primeros oyentes. Mas desde una mansión próxima, donde habitaba una familia noble, una hija de esta familia, llamada Tecla, todavía muy joven, pero que ya estaba prometida en matrimonio, oía asiduamente la predicación de Pablo, y en particular lo que el Apóstol predicaba sobre la virginidad. Tecla, atraída por esta predicación, decidió renunciar a las prometidas nupcias, por lo que los familiares, airados ante esta resolución, pensaron que la joven había sido hechizada por Pablo, que así fue encarcelado por ejercer artes mágicas.

Tecla, sobornando a los porteros de su casa y a la guardia de la cárcel con algunos regalos, entró en el calabozo, donde Pablo la instruyó en la fe cristiana y donde la bautizó. Pero al ser sorprendida por sus familiares, se originó en la ciudad un tumulto tal entre partidarios y enemigos de Pablo, que esto fue causa de que los misioneros tuvieran que huir.

La persecución ha perturbado de nuevo la tarea evangelizadora de Pablo, aunque no se rompió el hilo del viaje, ya que el Apóstol cumplía a la letra el consejo que en otro tiempo diera Jesús: “Si os persiguen en una ciudad, id a otra.” Y esta vez Pablo, dejando atrás el oasis de Iconio, se dirigió hacia el sur por el territorio inhóspito de Licaonia, y, atravesando por una meseta esteparia, a unos 40 kilómetros de distancia, llegó a la pequeña ciudad de Listra, cuya exacta localización se ha perdido.

Los licaonios eran un pueblo inculto y supersticioso. Las condiciones de vida eran muy duras. Y especialmente se hacía sentir la falta de agua, que sólo se conseguía excavando profundamente. El historiador griego Estrabón nos informa de que el pueblo licaonio era predominantemente de pastores y que abundaban los rebaños de cabras y de onagros. El onagro, como su nombre griego indica, era un asno salvaje, de mayor talla que nuestros burros, sumamente difíciles de domesticar y cuya carne era muy estimable.

La incultura suele ir unida frecuentemente a la superstición, y en el caso de los licaonios ésta les había llegado a través de los griegos, portadores de la leyenda mitológica de los dioses Zeus y Hermes, que eran los mismos a quienes los romanos llamaban Júpiter y Mercurio.

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b. El Mito de Filemon y Baucis.

Según esta leyenda, este par de dioses habían bajado a la tierra para indagar los sentimientos de hospitalidad de los hombres y se habían visto rechazados en todas partes; hasta que llegaron, precisamente en esta región de Licaonia, a una pequeña cabana de pastores donde vivía una pareja piadosa, llamados él Filemón y ella Baucis, que acogieron espléndidamente, en medio de su pobreza, a los dos visitantes. Complacidos por ello, al día siguiente Zeus les declaró quiénes eran y les prometió cumplirles un deseo: pero ellos sólo le pidieron la gracia de conservarse sanos y unidos hasta la ancianidad y morir juntos el mismo día.

Zeus les concedió sus deseos, y tras muchos y felices años, al morir ambos a la vez, Zeus los tranformó en árboles: Baucis en una encina y Filemón en un tilo, que entrelazaron para siempre sus ramas. Ovidio poetizó esta leyenda en su Metamorfosis.

Éste trasfondo mítico de Zeus y Hermes va a manifestarse en seguida en un suceso que aconteció en la ciudad.

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01. Curación milagrosa de un cojo.

“Residía en Listra un hombre inválido de las piernas, rengo de nacimiento, que nunca había podido andar. Este escuchaba las palabras de Pablo. Pablo lo miró fijo y, viendo que tenía una fe capaz de curarlo, le gritó: — ¡Levántate, ponte derecho en pie!

El hombre dio un salto y echó a andar. Al ver lo que Pablo había hecho, el gentío exclamó en lengua licaonia: “Dioses en figura de hombres han bajado a visitarnos.”  A Bernabé lo llamaron Zeus y a Pablo Hermes, porque era el portavoz. El sacerdote del templo de Zeus, que estaba a la entrada de la ciudad, hizo llevar a las puertas toros y guirnaldas, y con la gente quería ofrecerles un sacrificio” (Hech 14:8-13).

Este milagro de la curación de un cojo de nacimiento ofrece una cierta semejanza con el que Pedro y Juan, en Jerusalén, a la entrada del Templo, hicieron curando a un cojo. Algunos críticos han pretendido negarle credibilidad, asegurando que es “una narración doble” del mismo milagro, que probablemente es una invención de Lucas para reforzar el paralelo entre Pedro y Pablo y magnificar así la figura de su héroe. Pero la realidad es que se trata de dos milagros diferentes aunque semejantes, que, al ser narrados por el mismo autor, no es extraño que se describan con palabras muy afines. El milagro de Jerusalén está descrito por Lucas, con mucho más detalle que el de Listra, ya que en este último el acento de la narración se coloca sobre lo que sucedió con ocasión del milagro, es decir, la pretendida adoración de los licaonios a Bernabé y Pablo, a quienes habían tomado por dioses.

La idea de una presencia y de una visita de los dioses entre los hombres estaba vigente en el paganismo helenístico, que no hacía distinciones entre lo que ellos pensaban que era la realidad del mundo Olímpico y las leyendas con que se la poetizaba. Todo esto, añadido a una tradición local sobre la visita de Júpiter y Mercurio, explica la actitud de los licaonios en un momento emocional producido por una curación tan portentosa.

Supuesta la pretendida divinización de los visitantes, es fácil el reparto de papeles. Zeus se le atribuye a Bernabé, quien, según la tradición, era persona corpulenta y que permanecía ordinariamente silencioso, mientras que Pablo asumía el papel de Mercurio o Hermes, que era el mensajero de los dioses y portador de la palabra, ya que Pablo era el que más frecuentemente hablaba.

¿Qué actitud tomaron los apóstoles ante tal intento de divinización?

“Al enterarse los apóstoles Bernabé y Pablo, se rasgaron las vestiduras y rompieron por medio del gentío gritando: ¿Qué hacéis, hombres? Nosotros somos gente igual que vosotros. Y la Buena Noticia que os predicamos es que dejéis los dioses falsos y os convirtáis al Dios vivo que hizo el cielo, la tierra, el mar y todo lo que contiene.

En las pasadas edades El dejó que cada pueblo siguiera su camino, aunque siempre se dio a conocer por sus beneficios mandando desde el cielo estaciones fértiles, lluvias y cosechas, dándonos comida y alegría en abundancia. Con estas palabras, aunque a duras penas, disuadieron al gentío de que les ofreciesen sacrificios” (Hech 14:14-18).

El rito sacrificial de los licaonios entraba en el culto idolátrico del paganismo. La elección del toro como víctima está justificada en este caso, porque dicho animal, en la mitología grecorromana, estaba especialmente consagrado a Júpiter. Y en cuanto a las guirnaldas tejidas de ramas y flores, tal era el uso corriente en los sacrificios, donde se adornaban con ellas el altar, las víctimas y aun los mismos oferentes.

Grande fue la sorpresa que los apóstoles recibieron al ver todo esto, ya que no habían entendido hasta entonces lo que la gente hablaba por hacerlo en la lengua nativa, que era el licaonio. Aunque generalmente los habitantes de todas aquellas regiones entendían la lengua griega, sin embargo, es bien sabido que en ciertos momentos admirativos y emocionales se recurre a la lengua materna, y en ese caso el licaonio resultaba desconocido para los misioneros.

Las palabras de Pablo nos proporcionan el primer esquema de una predicación expresa y exclusivamente dirigida a paganos. En aquélla se insiste de manera elemental en la existencia de un Dios que es el Creador, que, frente al politeísmo, es el único creador de todo lo que existe y que en su providencia les ha ido bendiciendo con sus dones, entre los que menciona expresamente la lluvia, tan necesaria en aquellas regiones esteparias donde era condición indispensable para las cosechas, así como la comida y la alegría de vivir.

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02. Encuentro Con Timoteo.

No sabemos hasta qué punto los habitantes de Listra comprendieron el sentido de lo que Pablo les predicaba; aunque por indicaciones posteriores conocemos que algunos abrazaron la fe.

Entre éstos hubo una familia, aunque no eran licaonios, sino judíos, y en ella un muchacho que había de establecer con Pablo una unión y amistad que sobreviviría a la muerte del Apóstol, y el nombre de este joven era Timoteo (Temeroso de Dios)

Los detalles de este primer encuentro de Pablo con quien sería uno de sus discípulos más queridos se hallan en la última carta que se conserva del Apóstol, es decir en la segunda Epístola a Timoteo.

En medio de la ciudad de Listra, Pablo y Bernabé encontraron acogida en una piadosa familia judía que constaba de tres personas. La de más edad era la abuela, que se llamaba Loida; la de en medio era su hija Eunice ( buena victoria), cuyo esposo, probablemente un funcionario romano o griego, ya había muerto. Y el más joven de los tres era el hijo de ese matrimonio, llamado Timoteo, que contaba entonces quince años y que había sido educado en la piedad judía por su madre y abuela. Quizá por esto el carácter de Timoteo se hallaba dotado de una fina sensibilidad y a la vez de cierta timidez, explicable en aquellos varones que se han educado exclusivamente entre mujeres.

Timoteo es quizá, entre todos los discípulos de Pablo, el que mantuvo con él un trato más asiduo y gozó de una confianza más familiar. De estos discípulos y compañeros de apostolado, Timoteo es el que se halla nombrado más veces (16) en el epistolario paulino, en comparación con otros: Tito (13), Silas (12), Bernabé (5) y Juan Marcos (3) El hecho de que Pablo conoció a Timoteo cuando era un adolescente hizo que le conservase un particular afecto casi paternal, que se manifiesta frecuentemente en sus cartas: “Hijo mío queridísimo y fiel”(1Cor 4:17). “Colaborador auténtico” (Rom 16:21). “Hijo legítimo en la fe” (1 Tim 1:1). “De quien sé que fue educado en la piedad hebrea desde niño” (2 Tim 3:15). Y a quien Pablo, ya viejo y en la prisión romana, escribe: “Procura venir pronto, antes del invierno, y tráete mis escritos y el abrigo que me dejé en Tróade en casa de Carpo” (2 Tim 4:13). A todo lo cual va unido la estima y capacidad de dotes apostólicas de Timoteo, como lo demuestra el hecho de haberle nombrado obispo y sucesor suyo en la ciudad de Efeso, que era tal vez entonces la ciudad más importante del Asia romana.

Timoteo, según el testimonio de Polícrates, que escribe a mediados del siglo II, murió mártir en la persecución de Nerón. Sus reliquias fueron trasladadas a Constantinopla, por orden de Constante, emperador arriano, que quiso así prestigiar la sede bizantina, entonces capital de su imperio.

Sin duda que entonces Pablo, en Listra, en medio de la hostilidad de unos y de la lejana indiferencia de otros, encontró en el hogar de Timoteo la acogida afectuosa y confiada de una nueva fe, y formó, alrededor de aquel hogar, la primera Iglesia cristiana de Listra.

Sin embargo, bien cerca de esta paz y aceptación se hallaba el rechazo y la guerra, que no tardó en manifestarse. Y esta vez los causantes de la oposición fueron unos judíos que habían llegado a Listra, procedentes de Antioquía y de Iconio, quienes levantaron al pueblo contra Pablo, y que, pasando de los insultos a las manos, apedrearon a Pablo, dejándolo por muerto, y arrastraron su cuerpo fuera de la ciudad. Allí le encontraron Bernabé y los discípulos, ante los que Pablo, sorprendentemente recuperado, se levantó y se volvió con ellos a la ciudad, y aún tuvo ánimos para salir al día siguiente rumbo a Derbe.

Tal vez Pablo recorrió en carruaje los 40 kilómetros que separaban a Listra de Derbe, a través de un camino escabroso que les llevaba a los confines de la provincia romana de Galacia. Aquél había sido un paraje hasta hacía poco tiempo infestado de ladrones y que tan sólo pocos años antes, bajo el Imperio de Claudio, había sido convertido en una colonia de veteranos. Contrariamente a lo que sucedía en otras ciudades, la predicación de Pablo en Derbe no encontró la oposición de los judíos, que tal vez le creyeron muerto. La escueta referencia de Lucas se contenta con decir que “después de anunciar la Buena Nueva en Derbe y de hacer numerosos discípulos, se volvieron a Listra, Iconio y Antioquía” (Hech 14:21).

Derbe representó, por tanto, el punto de máxima penetración en este primer viaje de San Pablo. Desde Derbe podrían los misioneros haber acortado su camino hacia el sur cruzando la cadena del Tauro, para pasar por Tarso, la ciudad natal de Saulo; pero prefirieron volver sobre sus pasos para visitar de nuevo las comunidades cristianas que habían fundado y establecerlas más firmemente, dotándolas de una estructura más estable.

“Confirmaban a los discípulos y los exhortaban.”a perseverar en la fe, y que tenemos que pasar por mucho para entrar en el Reino de los Cielos.”

En cada iglesia designaron responsables. Oraban, ayunaban y los encomendaban al Señor en quien habían creído. Atravesaron Pisidia y llegaron a Panfilia. Predicaron el mensaje en Perge, bajaron a Atalía y allí se embarcaron para Antioquía, su punto de partida.

Al llegar, reunieron a la comunidad, les contaron lo que Dios había hecho con ellos y cómo habían abierto a los paganos la puerta de la fe. Y se quedaron allí bastante tiempo con los discípulos” (Hech 14:22-28).

Así fue el primer viaje apostólico del apóstol Pablo por los mares y rutas de esa parte del Asia que nosotros llamamos el Próximo Oriente. Detrás quedaba fuertemente enhebrado un rosario de nuevas comunidades cristianas: Salamina, Pafos, Antioquía, Iconio, Listra, Derbe y Perge. A muchas de ellas volvería a visitarlas Pablo en sus próximos viajes.

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xv. Concilio de Jerusalén.

Llegamos en nuestro comentario de los Hechos al momento de la celebración de la llamada Asamblea o Concilio de Jerusalén. Por ser la primera reunión de tal categoría en la historia de la Iglesia, por las personas que allí se reunieron, los asuntos que se trataron y las soluciones que se propusieron, dicha Asamblea o Concilio constituye un hito en el camino y desarrollo de la fe.

Para conocer la motivación de este hecho, tenemos que llegarnos a Antioquía de Siria momentos después de que Pablo y Bernabé regresan de su viaje, cuando la comunidad acaba de recibir con gozo el relato de las conversiones de los gentiles a la fe de Cristo. Mas al lado de quienes se alegraron por estas puertas abiertas se hallaron otros que pretendieron cerrarlas dificultando el acceso al evangelio. ¿Quiénes eran?

San Lucas no lo especifica en su narración; mas uno de los manuscritos más antiguos de los Hechos añade aquí que esos oponentes “procedían del partido o fracción de los fariseos,” es decir, de los judíos fariseos que habían abrazado la fe cristiana. La narración posterior indica que así fue, y lo que Lucas silenció, Pablo lo expresó claramente en su Carta a los Galatas, en la que, refiriéndose a este mismo suceso del Concilio de Jerusalén, expresamente dice que los adversarios eran cristianos procedentes del judaismo (Gal 2:4-5).

Estos cristianos, a quienes podemos llamar cristianos a medias, se habían realmente bautizado y habían abrazado la fe cristiana; pero retenían una adhesión emotiva, y en parte doctrinal, a ciertas prácticas del judaismo establecidas por Moisés. Y en concreto defendían la necesidad de la circuncisión. Lo cual no significa que limitasen a ella sus exigencias, ya que “circuncisión” significa aquí el conjunto de las prácticas mosaicas, y sus pretensiones, en el fondo, no se detenían en puras observancias rituales. Porque, si para abrazar la fe de Cristo era necesario como paso previo la aceptación de la Ley de Moisés, entonces prácticamente se negaba la eficacia salvadora de la Pasión y Muerte de Jesús.

Por otra parte, estos antiguos fariseos valoraban falsamente la conducta de Jesús, apoyándose en que el Maestro se había mostrado muy observante de las leyes judías. Incluso, para ellos, la conversión del centurión Cornelio, admitido por Pedro al bautismo sin la circuncisión previa, constituía sólo una situación excepcional, de la que no podía hacerse una regla válida para los demás.

Precisamente por la gravedad que entrañaba esta postura de aquellos judíos convertidos, Pablo y Bernabé se opusieron radicalmente a ella. Y ante tal conflicto, la comunidad de Antioquía decidió enviar una delegación de aquella Iglesia para que fuese a Jerusalén a consultar el caso con los apóstoles y para celebrar lo que hoy llamaríamos “una reunión en la cumbre.”

Pablo, en su Carta a los Galatas, nos dice que bajaron a Jerusalén “como consecuencia de una revelación del Espíritu Santo”; mas esta información en nada contradice al dato de Lucas que afirma que fueron “designados por la comunidad antioquena,” ya que pudo haberse dado esa revelación y en vista de ella haberse producido la delegación de la comunidad eclesial de Antioquía.

“Estando Pablo y Bernabé en Antioquía, unos que llegaron de Judea enseñaban a los hermanos que, si no se circuncidaban conforme a la tradición de Moisés, no podrían salvarse. Esto provocó un serio altercado por parte de Pablo y Bernabé. Y se decidió que Pablo, Bernabé y algunos más subieran a Jerusalén a consultar a los apóstoles y responsables sobre aquella cuestión. La comunidad les proveyó para el viaje, y atravesaron Fenicia y Samaría, contando a todos los hermanos cómo los paganos se convertían y alegrándose mucho con la noticia.

Al llegar a Jerusalén, la comunidad, los apóstoles y los responsables los recibieron muy bien, y entonces contaron todo lo que Dios había hecho por ellos. Pero algunos de la facción farisea, que se habían hecho creyentes, intervinieron diciendo: hay que circuncidar a los gentiles convertidos y mandarles que guarden la Ley de Moisés” (Hech 15:1-5).

Acabamos de leer que el grupo de delegados emprendió el viaje a Jerusalén por tierra, siguiendo el camino costero que unía a los puertos fenicios, dirigiéndose después hacia el este por la llanura de Esdrelón y atravesando Samaría. Por todas partes los recibieron con muestras de alegría y de afecto, al ver la expansión de la fe entre los gentiles.

Esta misma aceptación y bienvenida a los delegados tuvo lugar por parte de la comunidad madre de Jerusalén, si bien es verdad que allí no faltó la oposición de algunos, lo que nos demuestra que el mismo problema y discrepancia que había llegado a Antioquía existía radicalmente en Jerusalén.

Entre los recién llegados de Antioquía se encontraba un discípulo, llamado Tito, del cual nada nos dice el Libro de los Hechos, aunque Pablo nos informa ampliamente sobre su persona en diferentes cartas.

Tito era pagano de nacimiento, y probablemente había sido convertido por el propio San Pablo en su primer viaje misionero, que ya anteriormente hemos descrito. Tito, a quien Pablo llama “su hijo verdadero en la fe,” le acompañó en este viaje polémico a Jerusalén. Y aunque la facción de los judaizantes pretendía que Tito fuese circuncidado, Pablo se opuso enérgicamente, porque en aquellas circunstancias ceder en ese punto representaba una concesión a la tesis de los adversarios sobre la necesidad de la ley mosaica para salvarse.

Es indudable que en Jerusalén los recién llegados se entrevistaron repetidas veces con los apóstoles. Y al lado de ellos se menciona también a los presbíteros, que eran miembros respetables de la comunidad cristiana a quienes los apóstoles habían investido de algunas funciones administrativas y pastorales. Tras las discusiones, que Lucas dice simplemente que fueron “largas,” él nos narra lo que podríamos llamar la sesión plenaria final, en la que van tomando sucesivamente la palabra Pedro, los delegados de Antioquía y finalmente Santiago, el hermano del Señor.

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01. Sesión Plenaria: Habla Pedro.

Para comprender el Concilio o Asamblea de Jerusalén conviene recordar que el texto que poseemos de los Hechos es una redacción abreviada y unificada, obra de Lucas, a través de la cual aparece que en la Asamblea se trataron dos temas en dos planos de contenido y significado diferentes. El uno es el plano doctrinal y el otro el disciplinar.

El plano doctrinal afecta a la misma teología de la salvación. Esta, según los oponentes u objetores, no se podría lograr por la fe en Jesús, sino por la práctica de la Ley de Moisés. Este, que es el punto más importante, quedó definido para siempre.

En cambio, el segundo punto, relativo a las costumbres, tuvo tan sólo un valor más coyuntural, y su aplicación dependió de la evolución y composición humana de las diversas comunidades cristianas.

Desde esta doble perspectiva, podemos ya examinar la primera parte del Concilio, que se abre con el discurso de Pedro. “Hermanos, desde los primeros días, como sabéis, Dios me escogió entre vosotros para que los paganos oyeran de mi boca el mensaje del evangelio y creyeran. Y Dios, que lee los corazones, se declaró en favor de ellos dándole el Espíritu Santo igual que a nosotros. Sin hacer distinción alguna entre ellos y nosotros, ha purificado sus corazones con la fe. ¿Por qué provocáis ahora a Dios imponiendo a esos hermanos una carga que ni nosotros ni nuestros padres hemos tenido fuerzas para soportar? No; creemos que nosotros nos salvamos por la gracia del Señor Jesús y ellos lo mismo” (Hech 15: 7-11).

El discurso de Pedro va derechamente al primero de los dos temas y no contiene ninguna cita del Antiguo Testamento, en contraposición con Santiago, que él sí lo citará. Para dirimir este contencioso, como hoy le llamaríamos, hay, según Pedro, que estar atentos a la voluntad y elección de Dios, que es “conocedor del corazón humano”; y ésta es la segunda vez que Pedro lo llama así, después que usó la misma expresión en el discurso de elección del apóstol Matías: kardiognostes lo llama, como si dijera: Dios es quien hace el diagnóstico del corazón humano.

Esta elección la manifiesta Dios mediante la acción del Espíritu Santo. Dios no ha hecho en la vocación para la fe ninguna diferencia entre judíos y gentiles; y el Espíritu Santo lo ha confirmado así, descendiendo sobre los gentiles creyentes sin ningún requisito previo de que antes fueran circuncidados. Y de todo esto el propio Pedro es testigo excepcional, ya que el hecho sucedió hacía ya algunos años, en casa del centurión Cornelio, en la ciudad de Cesárea Marítima.

A este argumento objetivo de la acción de Dios se añade otro argumento subjetivo, tomado de la experiencia personal de ellos mismos, quienes, aun siendo judíos, siempre han encontrado difícil y penoso el cumplimiento de todas las prescripciones de la ley mosaica. ¿Cuál fue la reacción de la Asamblea ante el discurso de Pedro?

“Toda la asamblea hizo silencio y escuchó a Bernabé y Pablo, que les contaron las señales y maravillas que por medio de ellos había hecho Dios entre los gentiles” (Hech 15:12).

Bernabé y Pablo, nombrados así en este orden, debido sin duda al prestigio personal de que gozaba Bernabé en la comunidad madre de Jerusalén, narran las maravillas del fruto apostólico que habían recogido en el largo viaje por las regiones de Chipre, de Panfilia y Pisidia, y hasta los confines de Galacia.

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02. Intervención de Santiago.

Sin embargo, quedaba un segundo plano, que podíamos llamar más emotivo, y que se refería a las diferencias de costumbres entre los cristianos que procedían del judaismo y los que se incorporaban ahora desde la gentilidad. Para tratar de estos aspectos tomó la palabra Santiago.

La identificación de este Santiago ha sido objeto de varias hipótesis. Ciertamente no es el llamado el Mayor, hermano de Juan Evangelista, que ya por aquel momento había sido muerto por Herodes, como ya leímos anteriormente en el relato de los Hechos (cf. c.XIII)

A este Santiago que va a hablar en la Asamblea de Jerusalén se le llama hermano del Señor y figura al frente de la comunidad de jerusalén como su obispo y cabeza local de aquella Iglesia. Dicho Santiago más adelante fue condenado a muerte por el Sanedrín y lapidado por los judíos, que se aprovecharon de un vacío de autoridad romana producido entre la muerte del procurador Festo y la llegada de su sucesor, Albino; por tanto, hacia el año 61 ó 62. También a este Santiago se le ha venido considerando comúnmente como autor de una de las epístolas llamadas canónicas.

Lo que no parece haber quedado definitivamente resuelto es la identidad de este Santiago, hermano del Señor, con el otro apóstol Santiago, que en las listas evangélicas de los apóstoles figura como hijo de Alfeo. ¿Es o no la misma persona?

Podría afirmarse que los comentarios católicos han oscilado, en su parecer, entre la distinción y dualidad de estos dos Santiagos.

De este Santiago, hermano del Señor, a quien Lucas nunca llama apóstol ni uno de los Doce, se apoderó después la imaginación popular componiendo una biografía, en la que puede haber algunos hechos históricos aunque difíciles de probar. Santiago(llamado el Justo) poseía una gran autoridad personal ante los cristianos de Jerusalén, que le consideraban como el perfecto modelo de la observancia hebrea. Diríamos que en su fe cristiana la ley mosaica había llegado a su más alta perfección: ayunaba constantemente, oraba en el Templo sin cesar, y a él solo se le permitía la entrada en el Santuario (cf. c.XXIX)

Pero dejando a un lado la fantasía, regresemos al Concilio de Jerusalén, donde Santiago como presidente del concilio va a tomar la palabra. “Escuchadme, hermanos: Simeón ha expuesto cómo Dios desde el principio se preocupó de elegir entre los paganos un pueblo para El. Esto responde a lo que dijeron los profetas: “Después de esto volveré y reconstruiré la tienda de David, que estaba caída, y lo que de ella estaba derruido lo levantaré para que busquen al Señor los demás hombres y todas las naciones sobre las cuales ha sido invocado mi nombre”(Hech 15:14-17).

La intervención de Santiago tiene todos los caracteres de la autenticidad de la fuente citada por Lucas. Primeramente llama a Pedro no Simón, sino Simeón, que es la forma hebrea, perfectamente lógica en labios de quien representa la tradición más hebrea dentro de la comunidad cristiana y que a la vez está unido con una estrecha confianza con Pedro.

La proposición de Santiago es conciliadora: los paganos convertidos al cristianismo no tienen que ser molestados con las observancias de la ley mosaica. Sin embargo, por deferencia a los hermanos que proceden del judaísmo, propone a los gentiles convertidos cuatro restricciones que representan no un compromiso en la doctrina, sino una prudencia y caridad en no seguir ciertas prácticas que pueden molestar y ofender gravemente a los antiguos hebreos. Veamos estos cuatro puntos.

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03. Las Cuatro Restricciones del Concilio.

La primera de todas es que se abstengan de comer carne de animales sacrificados a los ídolos. Se trata de la célebre cuestión de los “ídolotitos,” o manjares sacrificados a los ídolos, que más tarde sería objeto de una consulta dirigida al apóstol Pablo por los fieles de Corinto, y que explicaremos en su lugar. (c.XXIII) Ahora baste aquí decir que en el área religiosa, en la que vivían muchos de esos paganos convertidos al cristianismo, los otros paganos continuaban celebrando sus banquetes religiosos en honor a sus divinidades, en las cuales se comía la carne de las víctimas sacrificadas a los ídolos, mientras que también un resto de esta carne se vendía después en el mercado.

Ahora bien, los judíos consideraban con horror que dichas carnes estaban contaminadas y pensaban que comer de ellas era participar en la idolatría. El libro cuarto de los Macabeos, apócrifo que refleja las ideas de los judíos contemporáneos del período apostólico de la Iglesia, nos permite afirmar que entonces comer los idolotitos era considerado por los piadosos como una apoetasía. Los paganos convertidos deberán, por tanto, abstenerse de ellas con espíritu de fraternidad y caridad hacia los otros hermanos cristianos que las miran con tal repugnancia.

La segunda abstención se expresa con la palabra griega porneia, que ha sido objeto de encontradas explicaciones. Unos creen que porneia significa simplemente fornicación, es decir, la relación sexual entre hombres y mujeres fuera del matrimonio. Para los paganos dichas relaciones eran moralmente indiferentes e incluso permitidas, ya que lo único prohibido era el adulterio. Así se expresan Terencio, Cicerón, Séneca, Epicteto, Plutarco y Quintiliano. En ese ambiente, tal vez los cristianos convertidos del paganismo podían conservar algunas de estas maneras de pensar, que resultaban reprobables para los hebreos y parecería, por tanto, apropiado que se les recordase a estos convertidos el nuevo concepto cristiano de la castidad.

Hay, sin embargo, comentaristas que piensan que porneia no significa fornicación, sino un tipo de matrimonio llevado a cabo entre parientes por consanguinidad o afinidad. Lo cual constituía una unión reprobada por los hebreos, pero admitida en áreas no judías. Efectivamente, se han hallado pruebas de dos matrimonios entre hermanos en unas inscripciones de Doura Európos, y parece que dichos matrimonios estaban autorizados en el área egipcia por el mismo ejemplo del casamiento de Osiris e Isis. Aunque otros contraponen que los ejemplos señalados se referían a medio-hermanos, es decir, hermanos sólo por parte de padre, pero habidos de diferentes esposas.

Las otras dos abstenciones también se refieren a los alimentos, y en concreto a la sangre de animales. Antiguamente se creía que la sangre era la sede de la vida, como si fuera el alma, y que pertenecía de una manera directa a Dios; por lo que no era lícito comerla. Y ello no sólo bebiendo la sangre, como lo hacían algunos gentiles, ya separada ya mezclada con vino, sino también cuando la sangre se hallaba dentro del animal. Es decir, que no se podía comer un animal degollado o muerto si no había sido previamente desangrado. Esto es lo que en el mercado judío se llama carne kosher.

A todo lo anterior Santiago añade lo que parece ser la justificación de tales abstenciones, y señala que “la Ley de Moisés se ha venido leyendo y proclamando hace muchos siglos todos los sábados en cada sinagoga de cualquier ciudad”; como si dijera: estos judíos convertidos, a quienes por caridad y comprensión no debemos ofender, llevan toda su vida considerando estas cuatro cosas como prohibidas, porque así lo han oído en la sinagoga, y no hay por qué escandalizarlos ahora.

Una vez más, no se hallaban en juego discrepancias dogmáticas, sino la prudencia y la caridad fraterna ante la sensibilidad que unos cristianos mostraban por la conducta de otros.

La conclusión fue que, ante estas normas tan prudentes y moderadas, todos los reunidos se pusieron de acuerdo, es decir, los apóstoles, los presbíteros y, por supuesto, los delegados de Antioquia, que consideraron la solución como muy satisfactoria. Ahora sólo quedaba darle al acuerdo una expresión jurídica y encargar de su transmisión a unos mensajeros.

“Entonces los apóstoles y responsables, de acuerdo con toda la comunidad o asamblea, decidieron elegir a algunos de ellos y mandarlos a Antioquia con Pablo y Bernabé. Eligieron a Judas Barsabba y a Silas, hombre muy estimado entre los hermanos, y les entregaron esta carta: .”Los hermanos apóstoles y los hermanos responsables saludan a los hermanos de Antioquia, Siria y Cilicia, procedentes del paganismo. Nos hemos enterado de que algunos de aquí, sin encargo nuestro, os han alarmado e inquietado con sus palabras. y hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros no imponeros más cargas que las indispensables, es decir, abstenerse de carne sacrificada a los ídolos, de sangre, de animales estrangulados y de uniones ilegales. Haréis bien en guardaros de todo esto” (Hech 15 22-29).

De vuelta a Antioquia, reunieron a la comunidad y entregaron la carta. Y al leer aquellas palabras alentadoras, se alegraron muchos.

Por su parte, los enviados de Jerusalén permanecieron algún tiempo con los antioquenos, desde donde regresaron a Jerusalén, y entre ellos estaba Silas, llamado también Silvano, a quien después encontraremos acompañando a Pablo en sus viajes y figurando con él en el encabezamiento de algunas de las epístolas paulinas.

Este decreto del Concilio de Jerusalén, aunque se promulgó en algunas comunidades cristianas, pronto fue perdiendo su efectividad al transformarse en su composición humana las nuevas iglesias.

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