Plan de la Alta Venta

Título: Plan de la Alta Venta
Autor: Monseñor Delassus
Tomado de la obra de monseñor Delassus “El problema de la hora presente”.

.

.

¿Cómo hombres inteligentes – y ciertamente los Cuarenta lo eran; Nubius, su jefe, tenía más que inteligencia, era un hombre de genio infernal – cómo pudieron aceptar engancharse en una empresa tan loca? Ellos se metieron ahí, lo vemos por su correspondencia, se metieron ahí con entusiasmo. Un odio satánico los animaba y toda pasión crea la ilusión.

Las Instrucciones habían ido primeramente al encuentro de las objeciones.

“El Papa, sea quien fuere, no vendrá jamás a las sociedades secretas. No pretendemos ganar a los Papas para nuestra causa, hacerlos neófitos de nuestros principios, propagadores de nuestras ideas. Sería un sueño ridículo, y, cualquiera sea la manera como se den los acontecimientos, que cardenales o prelados, por ejemplo, sean introducidos de plena voluntad o por sorpresa en una parte de nuestros secretos, y aún eso no sería motivo para desear su elevación a la Sede de Pedro. Esta elevación nos perdería. La ambición los habría conducido a la apostasía, las necesidades del poder los forzarían a inmolarnos”.

Lo que la secta deseaba, no era pues un Papa franc-masón; lo que la Alta-Venta estaba encargada de procurarle no era asimismo un Papa consagrado a la Sectas; si ella encontraba un candidato tal al trono pontificio, no debería trabajar para hacerlo llegar a él. ¿Qué quería? Las Instrucciones lo dicen: “Lo que debemos pedir, lo que debemos buscar y esperar como los judíos esperan al Mesías, es un Papa según nuestras necesidades”.

¿Cómo entendían ellos ese Papa según sus necesidades? Lo vemos en las Instrucciones: “Alejandro VI no nos convendría pues jamás erró en materias religiosas (1). Un Clemente XIV al contrario, sería nuestra solución, de los pies a la cabeza (2). Borgia ha sido anatematizado por todos los vicios de la filosofía y de la incredulidad y debe ese anatema al vigor con el que defendió la Iglesia. Ganaganelli se entregó atado de pies y manos a los ministros de los Borbones que le daban miedo, a los incrédulos que celebraban la tolerancia, y Ganganelli se convirtió en un muy gran Papa (3) (a los ojos de los filósofos). Es casi en esas condiciones que necesitaríamos uno, si todavía es posible. Con eso marcharemos más seguramente al asalto de la Iglesia que con los panfletos de nuestros hermanos de Francia y el mismo oro de Inglaterra ¿Quieren saber la razón? Es que con eso, para romper la roca sobre la cual DIOS ha construido su Iglesia, no necesitamos más de vinagre anibalense, ni de pólvora de cañón, ni de nuestros mismos brazos. Tenemos el meñique del sucesor de Pedro comprometido en el complot y ese meñique vale para esta cruzada todos los Urbanos II y todos los San Bernardo de la cristiandad”.

Después de haber trazado así el retrato de ese Papa quimérico, y haber dicho lo que la secta podría esperar de aquel que lo realizaría, las Instrucciones agregan:

“No dudamos llegar a ese término supremo de nuestros esfuerzos. Nada debe desviarnos del plan trazado; al contrario, todo debe tender a él. La obra está apenas esbozada; pero desde hoy debemos trabajar en ella con el mismo ardor que si el éxito debiera coronarla mañana”.

Las Instrucciones indican entonces el gran medio a tomar para que esas esperanzas se hagan realidad, el género de trabajo al que la Alta-Venta se debe aplicar para que sus esfuerzos sean un día coronados por el éxito: “En consecuencia, para asegurarnos un Papa de las proporciones exigidas, se trata de fabricarle, a este Papa, una generación digna del reino que soñamos”. Siguen las instrucciones que les hemos indicado para la corrupción de las costumbres y las ideas en la juventud laica y sobre todo en la juventud clerical. “En algunos años, ese joven clero habrá, por la fuerza de las cosas, invadido todas las funciones, gobernará, administrará, juzgará, formará el consejo del soberano, será llamado a elegir al Pontífice que debe reinar, y ese Pontífice, como la mayoría de sus contemporáneos, estará necesariamente más o menos imbuido de los principios italianos y humanitarios que vamos a empezar a poner en circulación”.

“En el camino que trazamos a nuestros hermanos, concluyen las Instrucciones, se encuentran grandes obstáculos a vencer, dificultades de toda clase a superar. Se triunfará de ellos por la experiencia y por la perspicacia; pero el objetivo es tan excelente que importa poner todas las velas al viento para alcanzarlo. Busquen al Papa del cual acabamos de hacer el retrato. Tiendan sus redes en el fondo de las sacristías, los seminarios y los conventos. El pescador de peces se hace pescador de hombres; ustedes, llevarán amigos (nuestros) alrededor de la cátedra apostólica. Habrán predicado una revolución con tiara y capa pluvial, marchando con la cruz y la bandera, una revolución que no tendrá necesidad más que de ser un poco aguijoneada para poner fuego a los cuatro rincones del mundo. Que cada acto de vuestra vida tienda pues la descubrimiento de esta piedra filosofal”.

Mientras que los Mazzinistas trabajaban en el derrocamiento de los tronos, los Cuarenta no se ocupaban más que de la obra que les había sido encomendada. El 5 de enero de 1846, Pequeño-Tigre escribía a Nubius: “El viaje que acabo de terminar en Europa ha sido tan feliz y tan productivo como lo podíamos esperar. De ahora en adelante no nos resta más que poner manos a la obra para llegar al desenlace de la comedia. Su creo en las noticias que me comunican aquí, alcanzamos la época tan deseada. La caída de los tronos no ofrece ya dudas para mí, que vengo de observar en Francia, Suiza, Alemania y hasta en Rusia, el trabajo de nuestras sociedades. Pero esta victoria no es sino aquella que han provocado todos los sacrificios que hemos hecho. Este es uno más precioso, más duradero y que ansiamos desde hace mucho tiempo. Sus cartas y las de los amigos de los Estado Romanos, nos permiten esperarlo; es el fin al que tendemos, es el término a donde queremos llegar. Para matar seguramente al viejo mundo (la civilización cristiana), hemos creído que era necesario ahogar el germen católico, y ustedes, con la audacia del genio, ustedes se han ofrecido para golpear la cabeza con la honda de un nuevo David, al Goliat pontificio. Está muy bien, pero ¿cuándo golpearán? Tengo prisa de ver a las sociedades secretas luchando con los cardenales del Espíritu Santo”.

Piccolo-Tigre decía además: “No conspiramos sino contra Roma. Para esto, sirvámonos de todos los incidentes, saquemos provecho de todas las circunstancias. La Revolución en la Iglesia es la Revolución permanente, es el derribamiento obligado de los tronos y de las dinastías”.

La Revolución de 1830 estalló, no tuvo el éxito que la secta esperaba de ella. Los Cuarenta se pusieron de nuevo inmediatamente a la obra que el viento de los motines había forzado a suspender: es decir, a esparcir en el clero “las doctrinas de libertad”, con el deseo de ver al Papa ponerse a la cabeza de aquellos que lo reivindicarían (4).

.

.

Notas:

(1) DIOS da la infalibilidad doctrinal al Papa, no lo hace impecable. Esto es lo que tuvo cuidad en hacer notar Mons. Regnier en la Instrucción pastoral que escribió sobre el Concilio Ecuménico del Vaticano. Como todo otro hombre, el Papa debe velar para su propia salvación con temor y temblor. “El continúa, golpeándose el pecho antes de subir al altar, confesando que mucho has “pecado por pensamientos, por palabras y por acciones”. Pide humildemente a aquellos de sus hermanos que lo rodean que “rueguen por él a Señor nuestro Dios”. Y éstos le responden: “Que el Señor Todopoderoso tenga piedad de vos, y que, habiéndoos perdonado vuestros pecados, os conduzca a la vida eterna”.

(2) Clemente XVI no erró más que sus predecesores y sus sucesores en la Sede de Pedro; pero promulgó el célebre Breve Dominus ac Redemptor que acordaba a los príncipes aliados la abolición de la Compañía de JESÚS, rehusando sin embargo, condenarla. “Aquellos que acusan la debilidad de Clemente XIV, dice L. Veuillot, no se ponen en su lugar, no ven como era la situación”. “¡Pobre Papa!, se lamentó San Alfonso de Ligorio conociendo la dolorosa noticia: ¡Pobre Papa!, ¿qué podía hacer?” Y después de un momento: “¡Voluntad del Papa, voluntad de Dios!”. Y se impuso un inviolable silencio. Clemente XIV murió sin haber visto establecer la tranquilidad en la Iglesia, sin haber podido conquistarla por sí mismo.

(3) N. T.: se refiere al mismo Papa Clemente XIV (1769-74), cuyo nombre antes de ser electo era Juan Vicente Antonio Ganganelli, perteneciente a la familia Ganganelli, oriunda de Rimini, Italia.

(4) Palabras ya referidas con relación a Gioberti.

.

.

bibliaytradicion.wordpress.com

.

.

bot_frank_link1

.

.

A %d blogueros les gusta esto: