Capítulo VII. Masonismo y Patriotismo

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CAPÍTULO VII. MASONISMO Y PATRIOTISMO

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MASONISMO Y PATRIOTISMO

Según el Contrato Social de Rousseau – hecho para la masonería y que servirá para la Declaración de los Derechos del Hombre – “sólo es libre el que quiere lo que la voluntad general quiere. Nadie debe reconocer a ningún otro soberano fuera de dicha voluntad general, porque al hacerlo, pierde su libertad. Sólo existe el pueblo, o sea, la voluntad de la humanidad. Para él no hay ley, ni autoridad, ni gobierno; porque él es para sí mismo, gobierno, ley y autoridad. Fuera de él, toda ley, autoridad y gobierno es usurpación y tiranía. El derecho de insurrección es sagrado” [1].

Este es, en resumen, el código social rusoniano en el orden político y civil, confeccionado para la masonería y adoptado por todos los revolucionarios del mundo.

Dice el masón Luis Blanc, fogoso apologista de la Revolución Francesa, que Weishaupt – patriarca de la masonería y fundador del iluminismo – concibió así el plan revolucionario de 1789: “Utilizar millares de hombres que, educados lenta y gradualmente, se dobleguen al fin – hasta el delirio y la muerte – a la obediencia de jefes invisibles e ignorados; disponiendo a Europa entera de tal modo que de un golpe quede la “superstición anonadada, la monarquía derribada, los privilegios de nacimiento anulados y el derecho de propiedad abolido”.

El mismo Weishaupt fue quien “maldijo las naciones y el amor nacional como fuente de egoísmo, y las leyes y los derechos como contrarios a la misma naturaleza; y pretendió que se extinguiera el amor a la patria y desapareciera la sociedad para retornar al estado primitivo y salvaje; edad de oro de la humanidad” [2].

Frente a la obediencia obligada a los “Poderes Ocultos Superiores” nada representan los intereses supremos de la patria, ni el bien general del pueblo, ni el respeto a la conciencia religiosa de los demás, ni los sentimientos de honor o de la propia estimación.

Los “iluminados” decían: “El amor a la patria es incompatible con el fin ulterior de la Orden”; y el masón Rebold escribió: “La francmasonería proclama la fraternidad universal, y todos sus esfuerzos tienden constantemente a ahogar entre los hombres los prejuicios de nacionalidad”.

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1. Las ideas de patria y nacionalidad son antimasónicas

Juan Witt, grado 33 del rito escocés, Príncipe Sumo Patriarca – o sea, último grado de la carbonería, que corresponde al “Hombre-Rey”, último grado del iluminismo – afirmó que “el iniciado en este último grado, jura la ruina de toda religión y de todo gobierno positivo, sea despótico o democrático”.

El barón de Haugwitz, antiguo Gran Maestre de las logias de Prusia, Rusia y Polonia, dijo en el Congreso de Verona en 1822, ante los diplomáticos y soberanos de Europa: “Estoy convencido que el drama comenzado en 1789, la revolución, el regicidio y demás horrores que acompañaron a estos hechos, no sólo fueron combinados en las logias, sino que fueron el resultado de los secretos de los juramentos y de las “tenidas” masónicas. Nuestro blanco era ejercer un influjo predominante sobre los soberanos. La masonería, a pesar de su división en deísta y atea, se dio la mano fraternalmente con el fin de llegar a la dominación universal” [3]. Y el canciller de Austria, conde de Metternich, comprobó por medio de documentos secuestrados, que las sociedades secretas de todas las naciones estaban relacionadas entre ellas, formando un solo complot mundial, y obedecían a los mismos dirigentes.

Lo mismo aseguraron el historiador masón Clavel, secretario general del Gran Oriente de Francia, y el presidente provisional de la república francesa, el poeta Alfonso Lamartine.

El masón Degargen decía en 1848, repitiendo las palabras de Zille: “El reinado de cualquier autoridad es un delito para el espíritu moderno. La rebelión ha de reemplazar a la obediencia y ha de aplastar el imperio de la “superstición”.

EI masón Dupont afirmó que “cuando los clericales dicen que nosotros no queremos ni gobierno, ni ejército, ni religión, dicen la verdad”.

Con este criterio el masón Assinel pudo escribir en su mensaje a los socialistas y comunistas en nombre de sus “hermanos”: “Proclamamos en alta voz nuestra adhesión a la Internacional de los Trabajadores, que es la “sublime” masonería de todos los proletarios del mundo”.

El duque Fernando de Brunswich, el Gran Maestre de la masonería universal, afirmó en el célebre congreso masónico de Wilhelmsbad, de 1782: “La masonería ha envenenado a la humanidad por muchas generaciones. Obra suya es la fermentación que reina en todos los pueblos. Su plan se reduce a hacer pedazos todos los vínculos sociales y a devastar el orden civil entero”.

Las ideas de patria y de nacionalidad son antimasónicas, pues; son particularismos que, según ellos, se contraponen a la universalidad de sus doctrinas. Son restricciones que encadenan su libertad absoluta, desequilibran su igualdad y matan su fraternidad. No nos extraña, pues, que Rousseau haya dicho: “El patriotismo es una insensatez” [4].

Escribió Weishaupt: “Resfriad y dejad de lado el amor a la patria, y los hombres de nuevo se amarán como hombres. Aún el pueblo democrático es déspota y tirano, pues ¿qué derecho tiene esa multitud a imponer su voluntad? Seamos más bien ciudadanos del mundo. Apreciad la igualdad y no os acongojéis cuando veáis arder a Roma, París, Madrid, Londres o Viena a la que llamáis vuestra patria”.

El fundador del socialismo argentino, Juan B. Justo, decía en el Ateneo de Buenos Aires, el 18 de julio de 1898: “Veo que todavía cada pueblo tiene una bandera, y deseo que mientras la humanidad no tenga una, la Argentina flamee en estas tierras o sea, mediatizada a la roja marxista [5].

El socialista Enrique del Valle Iberlucea, miembro del senado nacional argentino, decía el 25 de enero de 1908 en el teatro Belgrano de Tucumán: “El hombre no tiene alma, no hay Dios, la religión es el cómplice de los burgueses y capitalistas, la propiedad es un robo, los sacerdotes son unos ogros que hay que degollar, el gobierno es el mal que hay que extirpar, el hombre y la mujer deben vivir en el amor libre”. Y el 1º de mayo de ese año añadía el socialista Gregorio Pinto en su discurso contra el ejército argentino: “El militarismo que defiende la Patria: ese baldón de ignominia sustentado por la soldadesca bajo el pendón azul y blanco del que nosotros renegamos y maldecimos. Nosotros tenemos otro emblema, el rojo, que por la violencia y la lucha que sintetiza, ha de redimir al mundo” [6].

En 1921 Iberlucea – senador nacional en ejercicio – declaró que había que adherirse a la Tercera Internacional de Moscú sin restricciones de ninguna especie, propiciando la rebelión y sedición hasta producir el derrocamiento violento del régimen capitalista. Por tal motivo fue condenado judicialmente y expulsado del Senado y de las cátedras que dictaba en la Universidad y en el Colegio Central de Buenos Aires; pero la sentencia no le alcanzó, pues falleció tuberculoso el 30 de agosto de ese año.

El socialista argentino, Mario Bravo, dijo algo más el 9 de junio de 1909: “He nacido en este país y no tengo otro título para llamarme argentino. Poco me aflige el pensar que hubiera podido nacer en otra parte. ¿ Y qué valor tiene para mí, socialista, es decir, ciudadano de la Internacional, la bandera azul y blanca de este país? ¡Ninguno! La bandera argentina no es otra cosa que el símbolo político del gobierno que soporta esta comarca de la tierra. Mañana esta comarca puede pertenecer a la clase gobernante de los Estados Unidos y entonces tener otro gobierno, desde que no podemos dejar de tenerlo. ¿Es razón de cordura entonces que carguemos con todos los atributos y farolerías de la clase que gobierna? ¿Aceptaremos eso nosotros, los socialistas, que mañana revolcaremos las instituciones de esa burguesía con su bandera argentina, para suplantarlas con las instituciones sociales, con la bandera roja de la Internacional? Dejemos la bandera donde está, mientras el símbolo no estorbe. El proletariado no tiene por qué ni para qué colocarla al lado de su estandarte rojo de combate” [7].

Un correligionario – según testimonio de Emilio Lamarca – añadió en su discurso anarquista de 1909: “Trapo sucio que no ha de flamear donde sólo deben flotar al viento los pliegues del estandarte rojo de la anarquía”.

En la asamblea de nuestros socialistas de 1913 se propuso “suprimir la enseñanza de la historia patria en los primeros grados”, así se completaba el programa antinacional, a saber: que Dios no fuera la primera palabra aprendida sobre las rodillas de la madre, la Bandera la primera imagen, el Himno el primer canto y San Martín el primer nombre aprendidos en la escuela.

En 1899, en la célebre tenida del 28 de julio, el gran masón argentino José C. Soto había dicho: “Por sobre todas las creencias, por sobre todas las razas, por sobre todas las nacionalidades, de existencia bastante efímera, está el lema perenne e inmutable de la francmasonería: libertad, igualdad, fraternidad. Sobre la idea del amor al suelo en que se nace, está la idea de la “humanidad” que tiene como enseñanza la masonería universal.

.Masónicamente hablando, hasta los sentimientos más íntimos, más delicados y más generosos de familia, de hogar y de nacionalidad deben callar cuando un “interés humano” llama a la masonería al cumplimiento de su deber”.

Tales son los sentimientos “patrióticos” de los masones argentinos y de sus entenados, los socialistas, de los cuales dijo el 3 de agosto de 1904, el socialista y masón Leopoldo Lugones, que desilusionado abandonó sus filas: “El socialismo fue y continuará siendo un partido extranjero”.

Ellos fueron quienes hicieron lo imposible para que fracasaran los festejos centenarios de 1910, manteniendo al país en una permanente revolución social terrorista.

“La Vanguardia”, órgano oficial del socialismo, cuyo director era el judío ruso-finlandés Enrique Dickmann, diputado nacional argentino, decía el 1º de agosto de 1913: “La patria, el patriotismo y la bandera son cuestiones respetables, pero secundarias; por encima del amor a un solo pedazo de tierra debe primar el amor hacia la humanidad. No nos importa que un pueblo subsista o no” [8]. Tales expresiones y otros similares de sus correligionarios motivaron la renuncia al partido del doctor Manuel Ugarte, el 21 de noviembre de ese año He aquí sus motivos: “El partido socialista es enemigo de la religión y yo entiendo que debemos respetar las creencias de la mayoría de los argentinos. El partido socialista es enemigo de la patria y yo quiero a mi patria y a mi bandera” [9].

En octubre de 1920 el congreso del partido socialista estableció: “El socialismo es un partido de clase internacionalmente organizado, y el patriotismo sólo ha servido para extraviar al movimiento obrero de sus verdaderos intereses. Por tanto, los representantes socialistas en los cuerpos deliberativos de la Nación, se abstendrán de tomar parte en los actos de homenajes patrióticos” [10]. Obedientes a la consigna, los concejales de Buenos Aires niegan su homenaje al caudillo Martín Güemes, el 17 de junio de 1921, al cumplirse el centenario de su muerte [11].

Más adelante veremos cómo la masonería argentina utilizó al partido socialista como cabeza de puente para hacer triunfar su ideario en las cámaras legislativas de la Nación.

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2. Fundación del estado universal sin ley humana ni divina

Lessing, brillante lumbrera de la masonería, decía en 1778: “Los masones son hombres dedicados a la destrucción del sentimiento de patria, de las creencias religiosas y de la diversidad de las condiciones humanas”.

Bluntshli, el Gran Maestre de la masonería alemana, decía: “Existe un Estado absolutamente independiente de la ley divina, que debe llegar a abrazar la humanidad entera por medio de las logias de todo el mundo. El progreso consiste en suprimir los estados menores. Por encima de las grandes potencias nacionales se hallan las “potencias” (masónicas) del mundo, las cuales adoptan en su expansión la forma imperialista” [12].

El fin que se propone la masonería es, por lo tanto, dominar totalmente el mundo, aniquilar toda idea de patria y nacionalidad y fundar el Estado Universal sin ley humana ni divina. Así lo afirma también Clavel, cuando dice que “la gran empresa intentada por la masonería es borrar entre los hombres la distinción de creencias, de opiniones y de patrias” [13].

Bazot, que fue, como el historiador Clavel, secretario del Gran Oriente de Francia, decía a los franceses: “Francia no llegó todavía a la perfección de las doctrinas de la masonería. La tierra que ocupáis es sólo el lugar de vuestro nacimiento y donde queréis morir, pero vuestra patria es el universo”.

El ministro masón Constans decía en 1886: “La masonería no conoce fronteras. Cuando el mundo entero se “civilice” y se “ilustren” todos los pueblos; entonces será una realidad nuestro sueño: tener por patria el mundo y por nación la humanidad”.

De lo expuesto concluimos, por sentencia unánime los “sublimes” maestros, que la masonería reniega de la patria y de la nacionalidad, anula todas las obligaciones del patriotismo, lo condena como insensatez y criminal atentado de lesa humanidad, y engrandece además la traición a la patria como virtud la más heroica [14].

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3. Historia de traiciones

La historia de Francia – como ya hemos visto – es una cadena no interrumpida de intrusiones y hazañas masónicas en el campo político: los preparativos de la Revolución – madre de todas las revoluciones modernas – los triunfos militares de la Primera República, facilitados por las traiciones masónicas; y Napoleón, levantado y protegido por la masonería, y más tarde por ella desamparado y sumido en la nada. Como asimismo Luis XVIII y Carlos X por ella encumbrados y luego vendidos; Luis Felipe, por sus “hermanos” sentado en el trono y por ellos despedido a puntapiés; y la implantación de la Segunda República, del Nuevo Imperio y de la Tercera República masónicos.

En los demás países señálase la absoluta preponderancia de las ideas e instituciones masónicas; y la inspiración masónica sustituyendo en el régimen de los pueblos a los dictámenes de la justicia y del patriotismo.

Basten como ejemplos la influencia masónica en los reinados de la emperatriz María Teresa de Austria y de su hijo José II; la dominación masónica en Prusia y en Italia con sus reyes y ministros, y en España con Carlos III y sus ministros, y con las Cortes de Cádiz y gobiernos subsiguientes; de tal manera que la crónica política española se confunde con la crónica de la masonería [15].

A España se asemejan Portugal y Bélgica, que por largos años, fue la ciudadela del masonismo.

Otros ejemplos son la diplomacia rusa regentada por los judíos, los asesinatos masónicos – ya señalados – de reyes, príncipes, emperadores y ministros; los movimientos políticos masónicos que se inician en 1820, la revolución general de 1848; la unidad de Alemania y la unidad de Italia; la persecución del Kulturkampf de Bismark que desde Alemania se va extendiendo por toda Europa; la Internacional, el anarquismo, el socialismo; el liberalismo en todos sus grados, como rey del mundo, y el comunismo avasallador con su materialismo y ateísmo que propende al más crudo paganismo hasta entronizar a Satanás como rey de la humanidad.

Los masones, en su proverbial cinismo se adaptan en todos los países a sus respectivas legislaciones, como leemos en la Cadena de Unión: “Todas las constituciones y códigos son buenos, a condición de que el veto masónico sea su necesario y saludable correctivo”.

Esta y no otra es la política de la masonería: política del regicidio; del derecho a la insurrección; de la demagogia, de protección al socialismo, a la anarquía, al comunismo, y de odio a las sanas tradiciones sociales, a la propiedad y a la familia.

Política masónica de entronizamiento de la razón y de omnímoda independencia y endiosamiento de la humanidad; política de mentira, de hipocresía, de corrupción y de inicua propaganda de irreligiosidad y de ateísmo; política de secularización y tiránico monopolio de la enseñanza; política masónica de saqueo de los bienes eclesiásticos, de atropello y supresión de los institutos y órdenes religiosos; política de opresión e inhumana persecución a la Iglesia de Cristo hasta conseguir su exterminio, para inaugurar el soberano imperio de Satanás sobre todas las naciones y tribus de la tierra [16].

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4. Principal autora de las revoluciones políticas y sociales

El masón escocés Juan Róbison, profesor presbiteriano de Edimburgo, escribió: “Es muy cierto que ya antes de 1747 existía una asociación formada con el único y exclusivo fin de arruinar desde sus cimientos las instituciones religiosas y echar por tierra todos los gobiernos de Europa. Esta asociación derramada por todas partes tiene sus escuelas en las logias masónicas” [17].

Malapert, orador del Supremo Consejo escocés y fundador con Pelletan del solidarismo masónico de los librepensadores, señala que “en el siglo XVIII estaba la masonería tan ramificada por todo el mundo que nada se ha hecho sin su consentimiento” [18].

Para nadie es un secreto que la masonería ha sido la principal fautora de las revoluciones políticas y sociales. Los mismos masones atestiguan que “la influencia de la Orden en todo el Movimiento revolucionario, que se desarrolla durante la época Moderna, salta a la vista sin disfraz alguno en los siglos XVIII y XIX”. En 1854 el masón Verhoegen, Gran Maestre belga, decía: “Si la opinión liberal triunfó en Bélgica, a la masonería debió su victoria”. Lo mismo podemos afirmar de Francia, España, Italia, Portugal, Suiza, Polonia, Austria, Rusia, Hungría, Prusia y gran número de repúblicas americanas según lo advirtieron el estadista y publicista inglés Disraeli, el cardenal Manning, monseñor Ketteler y los famosos escritores Eckert, Benoit, Barruel, Deschamps y Jannet que, con el cardenal Mathieu, nos dicen: “Abrigamos la profunda convicción de que la mayor parte de los grandes y funestos acontecimientos de nuestros días han sido preparados y consumados por la masonería” [19].

A la masonería se debe el josefismo de Austria, la expulsión de los jesuitas y la extinción de la Compañía, obra infame del ministro Choiseul en Francia, Aranda en España y América, Pombal en Portugal y Tanucci en Nápoles; y la secularización y monopolio de la enseñanza, cuyo plan trazó Le Chalotais y modeló D’Alembert.

La Revolución Francesa, llamada “la Grande”, y las revoluciones europeas fueron decretadas y realizadas por los centros masónicos. Las pruebas las ofrecen los mismos historiadores de la secta, como el masón inglés Juan Róbison.

Napoleón fue el apóstol y ejecutor de las ideas y de los planes masónicos de la “gran” revolución; del cautiverio del Papa Pío VII, de la destrucción del poder temporal de la Santa Sede; de la abolición de los principados eclesiásticos de Alemania, del monopolio universitario y de la constitución civil del clero.

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5. Las victorias de Napoleón

La historia de las victorias de los ejércitos napoleónicos se confunde con la historia de las traiciones masónicas en los pueblos dominados.

Deschamps afirma que “Napoleón era un masón avanzado y pertenecía a la logia de los caballeros templarios de Lyon, donde se hallaban afiliados los extremistas iluminados. En su tiempo la masonería vivió su época más floreciente” [20].

Escribe Barruel, y lo prueba con numerosos y aplastantes testimonios, que “los masones precedían en todas las expediciones a los ejércitos y a sus cañones. Dentro de las fortalezas estaban los traidores que habían de abrir las puertas. Había traidores en los ejércitos enemigos y los había en los consejos de los príncipes; los

masones disponían y allanaban los caminos”. Todos los masones conspiraban y estaban preparando la entrega de sus respectivas patrias [21].

En el Manifiesto del Gran Oriente de París leemos: “Se intima a todas las logias que unan sus esfuerzos para mantener la Revolución y le procuren en todas partes partidarios, amigos y protectores, que propaguen la llama y levanten el espíritu”.

Brunswick, el generalísimo de los aliados, pudo reducir a polvo a Dumouriez y salvar al Rey, pero era el Gran Maestre de todas las masonerías, nombrado en Wilhelmsbad; masones eran los generales franceses, masón el rey de Prusia y protector de la masonería; y – en riesgo de perecer la masonería, quien sabe hasta cuando – hizo lo que debía hacer un “buen masón”, para luego recoger la paga de su traición tramada en las logias masónicas, o sea, los famosos diamantes de la Corona de Francia, y el oro y los millones con que le obsequiara el audaz Dantón y sus cómplices jacobinos.

A pesar de lo convenido con Prusia, Austria, Inglaterra y Rusia y de su superioridad bélica, el “duque de los diamantes” anunciaba las batallas, pero luego daba las órdenes de retirada, dejando el campo al enemigo.

Bélgica, Holanda, Renania, Saboya, Suiza, Malta e Italia estaban plagadas de logias, las cuales “convencían a los patriotas de la imposibilidad de defender las posiciones y fomentaban la entrega y la deserción general” [22].

Así los ejércitos napoleónicos conquistaban las ciudades, provincias y reinos donde dominaba la antipatriótica secta de los masones; cometiendo por añadidura los más atroces actos de barbarie y vandalismo en los Estados Pontificios.

Las mismas traiciones a la patria, urdidas por la masonería, se registraron en Polonia, Cercano Oriente, Rusia, Suecia, Austria y Alemania, cuyas logias no satisfechas con las traiciones parciales, instaban en su comunicado de los “treinta y tres artículos”, que entregaran de una vez todo el imperio alemán a la revolución.

Como resumen de todos estos hechos escribe Deschamps: “Napoleón encontró en todas sus campañas vigoroso apoyo en las logias masónicas, y con frecuencia su talento militar era auxiliado por la traición de los caudillos del bando opuesto. Los testimonios de los contemporáneos de los sucesos son suficientes para aclarar aquella serie de victorias no interrumpida por ningún desastre, y el entusiasmo artificial con que los italianos y alemanes acogían a los vencedores que los trasquilaban” [23].

Traición la más colosal, desvergonzada y escandalosa, amasada muy de antemano y llevada luego a su más cumplido efecto por la masonería cosmopolita; cáfila de “malleteros” apátridas que digitan desde sus comandos ocultos la política mundial.

Dice Eckert, el historiador de la secta: “La masonería abrigaba la esperanza de que con la dictadura napoleónica ella reuniría a todos los pueblos en un solo reino de “hermanos”, cumpliendo así todos los fines de la orden; hasta realizar su plan de la República Universal”.

“El fracaso ante los ataques franceses, dice más adelante, fue debido a la infidencia de los oficiales alemanes bajo la dirección de los jefes supremos de la masonería”. Y termina así: “Con todo al echar de ver que el glorioso Capitán supeditaba la masonería a su personal ambición y a los intereses de su familia, en el acto lo abandonó. Alzáronse contra él, en 1809, todas las logias de Europa, y como consecuencia caminará de derrota en derrota hasta ir a parar en la roca de Santa Elena” [24].

En su “Historia de la Revolución Francesa”, escribió el masón Luis Blanc: “La masonería había tomado un desarrollo inmenso. Extendida en Europa entera, presentaba por todas partes la imagen de una sociedad fundada sobre principios contrarios a los de la sociedad civil. Por las bases mismas de su existencia tendía a desgarrar todas las instituciones. Es verdad que la Orden masónica hablaba de sumisión a las leyes y del respeto a los soberanos; que los masones brindaban por el rey en los estados monárquicos y por los supremos magistrados en las repúblicas, pero estas reservas eran impuestas por la prudencia… Allí se preparaban los conspiradores y los sectarios. Al lado de los “hermanos”, a quienes la masonería no servía más que para ocupar los ocios y halagar la vanidad, había aquellos a quienes agitaba el espíritu de las revoluciones… Se crearon sub-logias para los más ardorosos; éstas eran los santuarios tenebrosos (de la Orden)… En los príncipes halló protectores, porque se les ocultaba cuidadosamente la finalidad de sus grados, y sólo sabían de masonería lo que se les podía mostrar sin peligro” [25].

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6. Odio a la Patria

La masonería lleva en sus entrañas el odio a la patria. Este odio es condición necesaria de su existencia, impulsor de sus empresas políticas y sociales y tenebroso secreto del gobierno de muchas naciones; porque el “hermano”, cuanto más venal es, más traidor y desalmado antipatriota, mejor masón.

Boully, segundo Gran Maestre de Francia, decía a los militares, confirmando estas consignas masónicas: “No distingáis ni la nación, ni los uniformes; no veáis sino “hermanos”, y recordad vuestros juramentos”. Y el masón Lefevre añadía: “Porque las leyes inexorables de la guerra han cedido al poder de la masonería” [26].

“Para las sectas masónicas sin Dios y sin Patria, y para todos sus compañeros de ruta, nada hay tan odioso como una acción cimentada en la unidad de sus tradiciones heroicas y cristianas, y como una sociedad equilibrada en que el mismo proletariado – en lugar de perder sus últimas libertades y sus últimos bienes morales siguiendo mentidas banderas de redención internacional – se aferra a la Fe de sus mayores y al amor de su tierra”.

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NOTAS:

[1] Serra y Caussa, Nicolás, op. cit., Tomo I, Pág. 435.

[2] Serra, Íbidem, Pág. 438.

[3] Maximovich, op. cit., pág. 141. Serra, op. cit., Pág., 450.

[4] Serra, ibídem, Pág. 457.

[5] La Vanguardia del 26 de abril de 1956, periódico socialista de Bs. As.

[6] Heraldo del 2 de mayo de 1908, diario de Tucumán.

[7] La Vanguardia del 9 de junio de 1909.

[8] La Vanguardia del 1º de agosto de 1913.

[9] La Nación del 21 de noviembre de 1913. Revista Eclesiástica de Bs. As., Pág. 94, año 1914.

[10] Rev. Eclec. de Bs. As., Pág. 685, año 1920. El Pueblo del 12 de oct. de 1920, diario de Bs. As. Viale, Carlos D. Batalla del divorcio, Pág. 144, año 1957.

[11] Rev. Ecles. de Bs. As., Pág. 404, año 1921.

[12] Serra, op. cit., Tomo I, Pág. 462.

[13] Serra, ibídem, Pág. 467,

[14] Serra, ibídem, pp. 435 a 471, pássim.

[15] Carlavilla, op. cit., pp. 50 a 350, pássim.

[16] Serra, op cit., Tomo I, Pág. 144.

[17] Robison, Juan, op. cit.

[18] Dic.. Enc. de la Masonería (año 1947) „Tomo II, Pág. 399.

[19] Serra, op. cit., Tomo I, Pág. 231. Llorca, op. cit., Tomo IV, pp. 561 a 674, pássim.

[20] Deschamps, Nicolás, op. cit.

[21] Barruel, Agustín, op. cit.

[22] Serra, Tomo I, Pág. 474, y Tomo II, pp. 8, 19 y 65.

[23] Deschamps, Nicolás, op. cit. Libro 2º., cap. 7º.

[24] Carlavilla, op. cit., Pág. 84.

[25] Dic., Enc. de la Mas. (año 1947), Tomo II, Pág. 400.

[26] Serra, op. cit., Tomo II, Pág. l 19.

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