Capítulo VI. Masonismo y Libertad, Democracia y Propiedad

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CAPÍTULO VI. MASONISMO Y LIBERTAD, DEMOCRACIA Y PROPIEDAD

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MASONISMO Y LIBERTAD, DEMOCRACIA Y PROPIEDAD

Jesucristo, al decir en su Evangelio: “La verdad. os hará libres” [1] – veritas liberabit vos – significó que solo la verdad es garantía de libertad.

Ahora bien; la masonería considera a la libertad como un derecho absoluto e ilimitado, tanto para el bien como para el mal, para la verdad como para el error; y la proclama anterior y superior a toda creencia religiosa y a todo vínculo moral. Así lo declara en su diario oficial “Mundo Masónico” y en la “Chaine d’Union” (Cadena de Unión) en 1865, al afirmar que “el librepensamiento es el principio fundamental de la masonería, o sea la libertad absoluta, universal e ilimitada en toda su extensión, y no la libertad restringida por las exigencias de la verdad y del bien.

“La libertad absoluta de conciencia, he ahí la única base de la masonería. Ella es superior a todas las creencias religiosas, cualesquiera ellas sean, hasta la misma creencia en Dios. Los masones deben colocarse no sólo sobre las diferentes religiones, sino sobre toda creencia en un Dios cualquiera” [2]

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1. Autonomía absoluta de la razón individual

La doctrina masónica tiene por base la más absoluta libertad de conciencia, o sea, la completa autonomía de la razón individual. Libertad absoluta de pensamiento y de conciencia sobre toda religión y toda moral. El librepensamiento racionalista ideó el principio que justificase su apostasía del cristianismo y proclamó la soberanía de la razón individual.

Como lógica consecuencia de tal principio, ha variado y seguirá variando indefinidamente según las épocas y las personas, a saber: ninguna aberración del espíritu humano le ha sido extraña; y aún hoy día existen logias y “tenidas” de ciertos grados masónicos que sostienen las teorías más extravagantes y absurdas.

Defensora, además, del “libre examen” – heredado del protestantismo – rechaza categóricamente el mundo sobrenatural y la revelación divina; y al desligarse de la tradición, pretende hallar en la sola razón humana la única norma de la vida. Así la profesa el Gran Oriente Español en su constitución: “La masonería no reconoce ninguna autoridad superior a la Razón Humana. La verdad es la que tal razón determine en la conciencia individual bajo la disciplina del más omnímodo libre examen”.

En la “Constitución para la Masonería Argentina”, reformada en 1939, leemos en su Declaración de Principios: “Para el esclarecimiento de la verdad, no reconoce más límite que el de la razón humana, basada en la ciencia” [3].

Por otra parte, toda su filosofía iniciática se reduce a no imponer ninguna creencia y ningún sistema doctrinal, sino tan sólo encaminar al iniciado hacia el progreso indefinido del ideal.

Tal filosofía es ambigua al extremo y se acomoda a todas las interpretaciones sociales y a todos los estados anímicos del espíritu, salvo al espíritu del católico consciente de su fe.

De aquí proviene el antagonismo que existe entre la masonería y el catolicismo, pues la masonería se sobrepone a toda revelación divina, desconectando a la razón humana de todo vínculo superior; se propone fines antisociales, hace profesión de indiferentismo religioso, y lleva la guerra a una religión que posee todas las señales de ser la verdadera religión sobrenatural y depositaria de una revelación que ha de predicar por todo el mundo.

Toda sociedad que promueve la indiferencia o tolerancia absoluta ante la verdad de una religión positiva, como es el cristianismo, revelada por Dios a los hombres, es contraria al catolicismo [4].

En un principio aún los protestantes combatieron a la masonería, pero luego cedieron, por su común “protesta” contra la revelación y las especiales obligaciones que de ella se derivan.

Hoy en día, muchos pastores protestantes “liberales” se honran con sus condecoraciones masónicas, y su independencia doctrinal en poco o en nada se diferencia del indiferentismo religioso de los masones.

Para la masonería las ideas católicas son retrógradas y de ellas es menester liberar para siempre a las inteligencias. Aun el nombre de Dios – como lo señalamos más arriba – ha sido desterrado de gran parte de las logias.

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2. El más funesto principio de disolución moral

Con tales principios se niega toda moral y toda religión, aun las naturales. A semejantes aberraciones de la masonería responde monseñor Dupanloup: “Es una verdad evidente que la obligación natural de la religión y de la moral limita la libertad y liga la conciencia individual, a no ser que el hombre pretenda declararse superior a la verdad, a la justicia y al orden natural, moral v religioso, en cuyo caso no habrá, ni deber, ni derecho, ni sociedad; sino tan sólo licencia, egoísmo, libertinaje e impiedad, proclamados como derechos sagrados del hombre.

Lo que podemos hacer y pensar de hecho, no siempre podemos hacer y pensar con derecho; pues, son principios fundamentales de la razón y del orden natural, los siguientes: “Haz el bien y evita el mal; investiga la verdad y rechaza el error”;y no el irracional y antinatural de la masonería: “Haz lo que quieras y piensa lo que gustes, tu libertad es absoluta en su derecho para el bien y para el mal, para la verdad y para el error”. Negamos la degradación de tales libertades para la verdad y el bien como para el error y el mal; pues, tales perniciosos principios justifican todos los atentados y todos los crímenes, la degradación y corrupción de los pueblos. ¿Puede haber en plena civilización un principio de disolución moral de consecuencias más funestas como el enseñado por la masonería?

Los masones vociferan: “Igualdad y Fraternidad. Todos los hombres son libres”; pero luego, en las traslogias o talleres de grados superiores, explican así la dorada trilogía, según informe de los afamados historiadores Barruel y Benoit, no desmentidos aún por los “hijos de la viuda”.

“Libertad es la independencia absoluta e ilimitada del hombre; es el desprecio de toda autoridad y de toda ley; es, en otros términos, la insubordinación y la rebelión universal. Quien está sometido a una voluntad extraña, aunque sea la divina, no es libre; los esposos no son libres; el hijo, bajo la patria potestad, no es libre; el hombre que vive en sociedad no es libre. Por lo tanto, la libertad en el lenguaje masónico, importa rebelión del hijo contra el padre, de los cónyuges contra el yugo del matrimonio, o sea la destrucción de la familia; rebelión de los súbditos contra los gobernantes, o sea la anarquía civil; rebelión del hombre contra Dios, o sea el desprecio y la guerra a la religión” [5].

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3. El hombre, Dios de sí mismo

Se niega en absoluto toda verdad, magisterio, institución y autoridad de origen sobrenatural, y se constituye a la razón y naturaleza humanas, maestras y soberanas absolutas, elevadas al honor de la divinidad, en virtud de esa misma soberanía absoluta que es la que forma la esencia del ser divino.

La razón natural expuesta a contradecirse a sí misma respecto de los principios fundamentales de honestidad y justicia; la naturaleza humana exaltada y divinizada en su propia corrupción, ignominia y desenfrenado exceso; la educación de las futuras generaciones decretada laica e independiente, emancipada de toda idea religiosa, convertida en instrumento, escuela y aprendizaje de abyecto salvajismo “culto”; y la multitud sistemáticamente embrutecida. para que con las “añejas” preocupaciones de moralidad y religión nunca sirva de obstáculo a los planes de universal emancipación y supremo señorío de la naturaleza humana: la familia disuelta por la unión libre y el instinto bestial; el individuo libre por sí y en si mismo como el salvaje propuesto por Rousseau, sin dependencia de ningún ser superior; todos iguales en semejante libertad: la sociedad originaria y perfectamente autónoma; la soberanía que radica en el pueblo, el cual crea la autoridad que es precaria y movediza a voluntad del mismo pueblo, que hace el derecho, dicta las obligaciones, y es el único propietario de la tierra y de los productos de su trabajo individual.

O sea, ni Dios, ni ley, ni propiedad, ni familia. ni autoridad. La humanidad divinizada, sin Dios y en armas contra Dios y contra todo lo que es de Dios, porque sólo ella es Dios. Delirio extremo de la razón autónoma y emancipada, último exceso de su soberanía: el hombre, Dios de sí mismo.

Con tales ideas, inculcadas incesantemente por la prensa masónica, muchos, sin ser masones, se expresan a cada paso en lenguaje masónico. Son hombres de sentimentalidad católica y de mentalidad masónica, en flagrante contradicción con los principios cristianos.

Esta es la libertad masónica; ésta la soberanía que proclaman.

En este sentido hablaba el masón Fleury en la logia de los Filántropos Reunidos, cuando decía: “No seamos súbditos sino soberanos; así seremos libres”.

EI historiador Taine nos dice en qué consistió esta libertad. “Los jacobinos – escribe – primero exageraron los derechos de los gobernados hasta abolir los derechos de los gobernantes, y luego exageraron los de éstos como si aquellos no tuviesen ninguno. Argüían de crimen al más mínimo ejercicio de la autoridad pública, y luego castigaban como un crimen la menor resistencia a ella. La muchedumbre ignorante al ver que se le pone delante siempre la misma copa, cree que se le sirve siempre el mismo licor, y bebe inconscientemente la tiranía con nombre de libertad”.

En virtud de la soberanía de la razón humana el hombre se subleva contra Dios, y cada cual se declara libre e igual a El. En nombre de la igualdad se pretende abolir toda jerarquía y toda distinción religiosa, política y social.

Ya sabemos a qué atenernos ahora, cuando los masones y sus epígonos políticos, religiosos y sociales de todos los tiempos lugares, nos hablan de “libertad”.

La masonería pulverizó todas las legítimas libertades particulares y disgregó los individuos de la sociedad atomizándolos, reduciéndolos a simples unidades matemáticas en el orden político y social. El pueblo quedó así desplumado, pero sigue cacareando: “libertad”.

Las naciones pequeñas caen en las fauces de las grandes potencias, y éstas son devoradas por las potencias internacionales; y al fin vendrá la total consumación, o sea, la República Universal concentrada en el Estado Mundial masónico, y éste tendido a los pies del Rey del Infierno en acto de adoración” [6].

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4. “Libertad – Igualdad – Fraternidad”

En cuanto a la igualdad, los masones sugieren que todos debemos pasar por las horcas caudinas de la nivelación masónica para ser cortados con el mismo cartabón y medidos con idéntico rasero

“Hasta el presente – dicen ellos – hubo ricos y pobres, padres e hijos, esposos y esposas, reyes y vasallos, sacerdotes y legos, católicos y protestantes, judíos, budistas y musulmanes.

Pues bien, en lo futuro sólo habrá hombres.

La igualdad trae consigo la comunidad de todos los bienes y aun de las personas. Dios y el hombre son iguales. O no existe Dios o no se cuida de los hombres libres. “Si existe, se confunde con el hombre y el mundo, y entonces Dios es la Naturaleza”.

Así hablan los principales voceros de la masonería que, con Potvin, Lacroix y otros, terminan diciendo: “Nosotros somos nuestros propios dioses; cada uno es su rey y su sacerdote. Fuera pues las iglesias, los sacerdotes, los gobernantes y el mismo Dios” [7].

Con tal libertad y tal igualdad llegamos a la fraternidad universal, en la cual se acaba la distinción de familias, pues todos forman una sola: la Humanidad. No hay diversidad de naciones, pues todos pertenecemos a una sola: la Humanidad. Y no hay variedad de creencias ni religiones, pues todos profesamos una sola fe y vivimos en la misma y única iglesia: la Humanidad.

De esta manera se inmolan en honor del dios Moloch de la masonería: familia, patria, sociedad y religión; menospreciando todo afecto, todo derecho y toda obligación.

Una elemental decencia nos inhibe para tratar aquí de la “fraternidad” que, según ciertos iniciados, resulta ser el ideal masónico, a saber, el retorno a las nefandas costumbres atribuidas a los templarios, y al reinado de la desenfrenada corrupción maniquea y albigense: los padres espirituales de la ilustre Orden.

Para los masones todo se compendia en la palabra libertad, o sea, emancipación completa de toda ley, de toda autoridad, de toda razón, de todo orden, de toda justicia, de toda honestidad, de toda moral, de toda verdad y de Dios mismo; porque para los verdaderos iniciados, el hombre libre es para si mismo: ley, autoridad, religión, justicia, derecho, regla de honestidad y de verdad… Dios mismo. Esta es la esencia de la masonería.

En 1854, el masón Stevens decía en el Gran Oriente de Bélgica: “El libre examen es la esencia de la masonería”; y en el periódico de las logias de Leipzig escribía el masón protestante Mauricio Zille: “El reinado de una autoridad, cualquier ella sea, es un crimen inaudito para el espíritu de los tiempos modernos”.

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5. Plagio infame e hipócrita hecho al cristianismo

En virtud de lo dicho hasta aquí, el lema masónico: “Libertad, Igualdad, Fraternidad” resulta ser, no sólo una burda mentira sino que es en realidad un plagio infame e hipócrita hecho al cristianismo con el agravante de su funesta adulteración, con el fin de embaucar a los pueblos educados en la doctrina católica, al remedar el lenguaje de las benéficas conquistas que realizó el catolicismo en pro de la civilización a trueque de heroicos sacrificios.

Tal plagio, escandaloso e indigno, que la historia de la civilización demuestra que ha sido robado por el liberalismo masónico al Evangelio y a la Iglesia, tergiversa, calculada y sistemáticamente, las palabras más hermosas y cristianas, en provecho del error y del odio satánico de la secta hacia el catolicismo; poniéndolas al servicio de la incredulidad y de la infamia, para engañar y pervertir a los pueblos.

Sólo la Iglesia ha devuelto la libertad, la igualdad y la fraternidad al género humano esclavizado y corrompido bajo el yugo envilecedor del error, del vicio y del despotismo doméstico, social, económico y político, sin apelar para esto a la Bastilla, a la guillotina, al Terror, a la Gestapo, a las cámaras letales, a la picana eléctrica, a los tanques y aviones, a la bomba atómica, a los campos de concentración, a las tchekas, a los progroms, a las “purgas” ni a las experiencias soviéticas tras la Cortina de Hierro; sino tan sólo derramando su propia sangre a ejemplo de su divino fundador, el Mártir del Calvario.

Ella restauró en el mundo la dignidad humana diciendo a todos los hombres: “Vosotros sois libres en Jesucristo; sois iguales delante de Dios; y todos sois hermanos en Cristo y en Adán, hijos todos de un mismo Padre que está en los cielos”. “Donde reina el Espíritu del Señor allí se halla la libertad”. Ubi Spiritus Domini ibi libertas” [8].

Ella fue la que restableció la libertad doméstica, económica y social, destruyendo el triple despotismo pagano del padre, del marido y del amo.

Ella fue la que introdujo la libertad e igualdad civil y política con la abolición de castas y de razas del paganismo, y negando el poder absoluto del César, al afirmar que “es menester obedecer a Dios antes que a los hombres” – Oportet obedire Deo magis quam hominibus [9].

Con tal doctrina los monarcas cristianos – calumniados muchos de ellos de absolutistas – gobernaban de tal manera, que los distintos estamentos del reino, representativos del pueblo, podían decirles con derecho: “Nos, que cada uno somos tanto como Vos, y que juntos valemos mucho más que Vos, Vos facemos rey, con la condición de guardar nuestras leyes e nuestros fueros; e si non, non”.

Ella devolvió la libertad, el honor y la dignidad a la mujer, al niño, al esclavo y a los pueblos sometidos, librándolos del yugo del hombre; porque fuera de Jesucristo y de su Iglesia, no hay más que dominación del hombre por el hombre, dominación que fatalmente degenera en despotismo y en arbitrariedad, cumpliéndose el dicho de Hobbes: “Homo homini lupus” – “El hombre resulta para el hombre un lobo”, si no se guía por tales principios cristianos de la verdadera libertad, igualdad y fraternidad.

En cambio, el liberalismo y la masonería sólo han prostituido ese lema sacrosanto, llevando al cadalso millones de victimas que exclamaban al morir: “¡Oh, libertad, libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre!”.

Profanaron los templos donde llegaron a adorar a la “diosa Razón” en la persona de una mujer pública, ofreciéndole incienso en la catedral de París y poniendo el crucifijo a sus pies; saquearon el lugar santo, robaron los bienes de la Iglesia; persiguieron y suprimieron las órdenes religiosas y cometieron toda suerte de vilezas y tropelías, mientras despreciaban a las vírgenes del santuario, tildándolas de “víctimas del fanatismo”.

Hermoso y santo es el lema; pero, en manos de los masones y liberales – antiguos y modernos – resulta un verdadero monstruo sin pies, sin corazón y sin cabeza; pues le falta la base religiosa, la moral del deber y el principio de autoridad.

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6. Enemiga de la libertad y de la democracia

La Iglesia condena el liberalismo masónico porque se basa en la incredulidad y, por lo tanto, desemboca fatalmente en la demagogia; incapacitando al pueblo para el régimen de la libertad.

En cambio, bendice las instituciones basadas en la auténtica libertad, porque conducen a la sana y verdadera democracia, la cual puede y debe ser cristiana, según recomendaba Pío VII, durante el reinado de Napoleón, con estas palabras: “Sed siempre buenos cristianos y seréis buenos republicanos, que los primeros cristianos eran todos demócratas”.

Siendo la masonería la antítesis del Evangelio, es, por su misma naturaleza, enemiga de la libertad y de la democracia.

Porque “para ser libres es menester ser virtuosos” – según decía Sócrates – y como “sin cristianismo no hay virtud” – como lo reconoció el masón Diderot -; luego, para ser realmente libre hay que ser buen cristiano.

“Sin la fe no puede vivir la libertad – escribió Tocqueville – y sin la religión sólo puede existir el despotismo” [10].

Idénticos conceptos expresaba el prócer argentino Félix Frías, en la convención bonaerense de 1860: “Son libres únicamente los pueblos educados en la Religión para la libertad, pues no hay libertad donde falta la Religión”.

El masón judío y padre del comunismo, Carlos Marx, tuvo que confesar en 1843, que “la concepción democrática del hombre no le era simpática porque era demasiado cristiana”. Y más adelante afirmaba: “Es un sueño y un postulado ilusorio del cristianismo que cada hombre tenga valor como ser soberano, aún el inculto y asocial; o sea, que todo hombre sin distinción posea un alma soberana”.

Los masones proclaman la libertad religiosa que se traduce en el descreimiento total y en la persecución a la Iglesia; la libertad moral, que es la moral independiente, el libertinaje y la ausencia de todo fundamento moral; la libertad de pensamiento, o sea, la libertad para el error y la orgía de la inteligencia; la libertad en la familia, o sea, la unión libre; la libertad política, que es el derecho a la insurrección, la anarquía y la fuerza del número; v la libertad civil, que se traduce por fraude, intriga, soborno, pandillaje, coima, acomodo, negociado, “saber vivir”, latrocinio, camarilla, centralización despótica y ley del caciquismo.

Proclaman toda clase de libertades absolutas, nacidas todas ellas de la libertad esencial del hombre en rebeldía contra Dios y su ley, siendo su ecuación: Libertad de perdición, o sea, humanidad independiente del Dios del cielo y esclavizada bajo el cetro del Dios del infierno.

La masonería no sólo es incompatible con la libertad, sino. que es también el paradigma de la anti-democracia; pues ella representa el privilegio, la desigualdad y el principio de autoridad llevado al autoritarismo más deprimente.

Privilegio que monopoliza la verdad ocultándola a los profanos y aún a los masones de graduación inferior; desigualdad, que se manifiesta en su organización jerárquica basada en la Iniciación del secreto juramentado; y autoritarismo que sólo con cede la dirección de la Orden a un grupo selecto, el cual permanece desconocido para la mayor parte de los mismos masones.

Unos pocos de entre ellos son los “venerables, los grandes, los soberanos, los elegidos, los ilustres, los maestros, los caballeros, los poderosos, los príncipes…” y los demás masones, ¿qué son? Y la muchedumbre de los profanos, ¿son, acaso, ilotas; los parias de la humanidad?

Establecen así odiosas distinciones en la sociedad; niegan que todos por igual puedan tener libre acceso a la verdad, cuyo secreto sólo ellos poseen y custodian celosamente.

La inmensa mayoría de los afiliados ignora el “Real Secreto” de los grados “sublimes”, que sólo conocerán los integrantes de la masonería dirigente.

En cambio, la verdad católica es para todos los hombres, para todas las clases sociales y para todas las razas. “Id y enseñad a todas las gentes – dijo Jesús – y predicad el Evangelio a toda criatura” – Euntes docete omnes gentes; et praedicate Evangelium omni creaturae” [11].

Y si el noble, el rico, el sabio, el dirigente político, el gobernante y el rey quieren salvarse, deberán observar los mismos mandamientos, conocer las mismas verdades y recibir los mismos sacramentos que el plebeyo, el pobre, el ignorante y el último de los ciudadanos.

La mayoría de los masones ignora – como ya explicamos en otra parte – lo que saben los contados privilegiados de los últimos grados; pero todos, sin embargo, son hijos sumisos de la consigna ajena, y van adonde los llevan, sin saber adonde van.

La Revolución Francesa proclamó la democracia, pero, apenas nacida, la ahogó bajo el filo de la guillotina y la convirtió en la igualdad del degüello general, y en la demagogia y el terrorismo del populacho.
El liberalismo, hijo de la masonería, convirtió en una farsa la representación popular, siendo el sufragio universal el escarnio de la democracia.
Por el contrario la sana democracia enseñada por la Iglesia Católica, es la muerte de la masonería.
La secta, lo presiente y por eso hostiga al Catolicismo en todas formas, falseando los conceptos, calumniando descaradamente y tratando de conquistar a los católicos con el señuelo de un progreso aparente y seductor.

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7. Democracia sana y verdadera

El Papa Pío XII en su alocución de Navidad de 1944, puntualizó algunos aspectos de la doctrina Católica sobre la democracia en conformidad con lo enseñado por la Iglesia en el decurso de los siglos. En este valioso documento leemos: “… expresar sus propios puntos de vista sobre los deberes y sacrificios que se le impongan; no estar obligado a obedecer sin ser oído; estos son los derechos ciudadanos que encuentran en la democracia – como lo infiere su nombre – su propia expresión…”.
Distinción entre pueblo y masa: ” El pueblo vive y actúa según su propia energía vital – dice el Papa-; vive por la plenitud de vida de los hombres que lo integran; cada uno de ellos es persona conciente de sus propias responsabilidades y de sus propias opiniones; las masas, en cambio, son inertes en sí mismas y solamente se mueven desde el exterior; son fácil juguete en manos de quien quiera explote sus instintos e impresiones, prontas a seguir una bandera hoy y otra mañana…”
El estado, con el apoyo de masas reducidas a la ínfima condición de un mecanismo, puede imponer sus propios caprichos al sector más sano del pueblo verdadero; de este proceder sale perjudicado grave y prolongadamente el interés de todos, con lesiones que con frecuencia difícilmente sanan…. Una democracia sólida, cimentada en los principios inmutables de la ley natural y de la verdad revelada, se apartará siempre resueltamente de aquella corrupción que otorga a la legislatura del Estado un poder sin restricciones ni limitaciones, y que lo que es peor, hace simple y llanamente del régimen democrático – a pesar de todas las declaraciones formuladas en sentido contrario – una forma más de absolutismo estatal…. La majestad de la ley impositiva es inviolable únicamente cuando se conforma – o por lo menos no se opone – al orden absoluto (de los seres y de los fines) dispuestos por el Creador, iluminado con nueva luz por la revelación del Evangelio… La honda comprensión de los principios que cimentan un sólido orden político y social, conforme con las normas del derecho y de la justicia, entraña particular importancia para quienes detentan – total o parcialmente – el poder de legislar en cualquier forma de régimen democrático, como delegados del pueblo… Todo cuerpo legislativo debe estar constituido… por hombres selectos, espiritualmente superiores y de carácter integro, que se consideren representantes de todo el pueblo, y no mandatarios de una muchedumbre cuyos intereses prevalecen con frecuencia por encima de las necesidades genuinas del bien común; grupo selecto… que refleje todas las fases de la vida del pueblo; hombres escogidos por sus sólidas virtudes cristianas, por su rectitud y firmeza de juicio… hombres de principios diáfanos y recios… Donde se carece de tales hombres, otros son los que acuden a llenar sus puestos, valiéndose de la política para satisfacer la propia codicia, como senda que rápidamente conduce al logro de egoístas beneficios para su casta o para su clase; y en esta carrera por el logro de intereses particulares, pierden de vista completamente y ponen en peligro el genuino bien común…” [12].

Por lo tanto – comenta monseñor Gustavo Franceschi – hay diferencias entre las democracias verdaderas y las de mera apariencia, diferencias que no consisten tanto en la forma concreta de una organización democrática, cuanto en la doctrina que le da sustento y el espíritu que las guía.

Y continúa el comentarista: El Papa afirma en su alocución que no puede haber democracia posible – en el verdadero sentido de ese vocablo – más que dentro de un ambiente cristiano; de lo contrario degenera fatalmente o en anarquía o en tiranía. Pues si la democracia se quiere construir sobre una concepción materialista del hombre, éste se convierte en centro, y encamina todas las cosas a sí mismo, y surge entonces el individualismo en toda su crudeza, y se producen todos los desastrosos fenómenos económicos y sociales que hemos visto en estos últimos años, en que la democracia fue una palabra y no una realidad; o bien es el individuo sacrificado a la sociedad, y caemos en las formas colectivistas, y el totalitarismo de clase acaba por imponerse [13].

Por eso concluye el Papa diciendo: “…Si el futuro ha de pertenecer a la democracia, parte esencial de sus conquistas habrá de pertenecer a la Religión de Cristo y a la Iglesia, mensajera de la palabra de Nuestro Redentor y continuadora de su misión de salvar a los hombres. Porque ella enseña y defiende las verdades sobrenaturales y comunica los auxilios sobrenaturales de la gracia en sentido de realizar el orden divinamente establecido de los seres y de los fines, que es el fundamento último y la norma directiva de toda democracia…”.

Con el mito masónico de la soberanía popular deificada, las masas pueden llegar a practicar el más repudiable totalitarismo, valiéndose del sufragio universal, que consagra, como ley, la voluntad de la mayoría accidental, aunque la minoría tenga razón; y que subordina, además, a la mudable voluntad popular, la misma voluntad inmutable de Dios.

El imperio de algún dictador, o los manejos inconfesables, o el oro, son quienes generalmente ganan o hacen estas elecciones, y sacan a su gusto los representantes del pueblo, o sea, los personeros de la voluntad popular.

Estos han de ser abyectos esclavos de la consigna masónica que los llevó al poder, o cuando menos, serviles lacayos de las ambiciones de la facción reinante o más adinerada; estafando así al pueblo que los eligió, y que ingenuamente creyó que ejercería su soberanía por medio de tales representantes que, por otra parte, sólo representan a sus intereses personales y a los intereses de su partido, que a su vez es juguete de la masonería, la cual costeó su propaganda y designó sus candidatos.

Desde sus bancas parlamentarias y desde el gabinete presidencial, el gobierno “popular” ejercerá su tiranía “soberana” sobre el pueblo, y siempre en nombre de la voluntad “soberana” de ese mismo pueblo que lo eligió. Existe, por lo tanto, un perfecto antagonismo entre la democracia y la masonería.

La democracia es pública, la masonería es secreta; la democracia reconoce derechos, la masonería los avasalla; la democracia sienta como principio el libre albedrío de los asociados políticos, la masonería los sujeta con juramentos y pena de radiación o de muerte a las órdenes de la superioridad.

Se les obliga por encima de su conciencia, del interés sagrado de la patria y de los dictados de su propia fe. En otras palabras, la masonería se aprovecha de la democracia para traicionar a la democracia [14].

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8. La libertad y la igualdad en orden a la propiedad

El apotegma de Hobbes: “Homo homini lupus”, traduce el estado de guerra universal producido por el concepto de la libertad e igualdad masónicas; o sea, el derecho de propiedad sin el fundamento en Dios estriba – según el inspirador y maestro de las teorías rusonianas – en el mero hecho de la posesión, sostenido por la fuerza, a saber: la ley de la selva: ya que “el hombre es esencialmente egoísta – según Hobbes – y es un lobo para con su prójimo”.

En el Contrato Social, Rousseau escribió: “El Estado, con relación a sus miembros, es dueño de todos sus bienes”. Tal es la conclusión masónica con respecto a la propiedad. Tal la teoría del maestro de los masones, repetidor de las tradiciones maniqueas y gnósticas e instigador de las modernas teorías socialistas y comunistas respecto a la propiedad.

El masón D’Alembert le escribía al masón coronado, el rey Federico II de Prusia: “El pueblo es un animal muy estúpido, pero si le predicáis la religión del nivelamiento de fortunas, infaliblemente se aferrará a ella y no querrá otra” [15].

El masón Fichte decía en 1793: “El derecho de propiedad fue introducido por el fraude. Todo es lícito para exterminar a los “nobles” (clase adinerada) y a los “beatos” (clérigos y católicos seglares); porque – según diría el masón y socialista Proudhón -: “La propiedad es un robo”.

Escribió el famoso “hermano tripunte”, barón de Knigge: “Para restablecer al hombre en sus derechos primitivos de igualdad y libertad, es necesario comenzar por destruir toda religión, toda ley civil, y acabar por la abolición de la propiedad”.

En virtud de tales teorías, la masonería, sobre todo en Francia, se apoderó de buena parte del territorio nacional, confiscando los bienes del clero, de los gremios y corporaciones de artesanos, de las obras y fundaciones piadosas y de las fortunas de los miles de emigrados que huían de la guillotina.

De esta manera, poco a poco se va dando cumplimiento al plan comunista del sistema masónico, eliminando a uno de los tres grandes enemigos del hombre que – según la secta – son: la religión, la ley y la propiedad.

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NOTAS:

[1] Evangelio de San Juan, cap. VII, vers. 32.

[2] Soler, Mariano, op. cit., Pág. 81.

[3] Constitución para la Masonería Argentina, Bs. As. 1940.

[4] Espasa Calpe, Enciclopedia Universal, Tomo 33º, sub voce “Masonería”.

[5] Dupanloup, Monseñor Félix. Estudio sobre la masonería, año 1875. Benoit, Pablo, op. cit., Tomo I, pág. 10. Serra, op. cit., Tomo II, Pág. 254. Soler, op. cit., Pág. 87.

[6] Serra, op. cit., Tomo II, Pág. 34.

[7] Serra, Íbidem, Tomo II, pp. 101, 104 y 107.

[8] Epístola de San Pablo a los Corintios, 2º, cap. III, vers. 17.

[9] Hechos de los Apóstoles, cap. V, vers. 29.

[10] Sheen Fulton, monseñor, Filosofía de la religión, Pág. 248, Emecé Ed., Bs. As. 1956.

[11] Evangelio de San Mateo, cap. XXVIII, vers. 19, y Evangelio de San Marcos, cap. XVI, vers. 15.

[12] Alocución de Navidad de 1944 del Papa Pío XII.

[13] Franceschi, Monseñor Gustavo. La democracia cristiana (Folleto), Bs. As., 1956.

[14] Boor, J., op. cit., pág. 24.

[15] Serra, op. cit., Tomo I, Pág. 426.

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