Capítulo IX. La Voz de los Papas

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Contenido:

LA VOZ DE LOS PAPAS

1. Enemigos de la seguridad pública

Solo los papas, pilotos supremos e infalibles de la civilización, comprendieron el peligro que amenazaba al mundo, a través de las logias masónicas; y lo señalaron desde la primera hora, declarando palmariamente la conjuración satánica que se cernía sobre la humanidad. Son más de doscientas las intervenciones pontificias referentes a la masonería y a las sociedades secretas [1].

Clemente XII, en su encíclica “In eminenti” del 28 de abril de 1738, a los veinte años de fundada oficialmente la secta, condenó y prohibió para siempre a las sociedades masónicas, como “perniciosas para la seguridad de los Estados y la salvación de las almas”; fulminando contra ellas la excomunión mayor, y ordenando a los obispos que procediesen contra sus adeptos como si se tratase de verdaderos herejes, “enemigos de la seguridad pública”, pues “corrompen los corazones de los hombres sencillos y los traspasan con dardos envenenados…” “Después de haber reflexionado con madurez y de haber adquirido en este punto una completa certeza – añade el Papa – hemos decidido, por partos y razonables motivos, condenar y prohibir las dichas sociedades, reuniones y asociaciones constituidas con el nombre de francmasonería o con cualquier otra denominación…”

“Bajo las afectadas apariencias de una natural probidad, que se exige a los masones y con la cual se contentan – continúa Clemente XII – han establecido ciertas leyes y estatutos que los atan mutuamente; pero como el crimen se descubre por sí mismo, estas reuniones se han hecho sospechosas para los fieles. Y así todo hombre honrado considera el hecho de estar afiliado a ellas, como un signo inequívoco de perversión… Si sus principios fuesen puros no buscarían con tanto cuidado la sombra y el misterio.”

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2. La mentira es su norma, Satanás su dios y la ignominia su culto

Las autoridades civiles de Holanda la habían proscripto en 1735; las de Hamburgo, Suecia y Ginebra ese mismo año y las de Zurich, Berna, España, Portugal, Italia y Polonia, apenas apareció la condenación pontificia; haciéndolo, años después, Baviera, Rusia, Austria y Turquía.

Benedicto XIV, en su encíclica “Apostolici Providas” del 18 de mayo de 1751, confirmó tales penas de excomunión; condenando el materialismo, el carácter secreto, el juramento y las tendencias revolucionarias de la masonería.

Citando la frase del apologista del siglo III, Minucio Félix, dice: “Las cosas buenas aman siempre la publicidad; los crímenes, en cambio, se cubren con el secreto”.

Pío VII, en su constitución “Ecclesiam a Jesu Christo” del 13 de septiembre de 1821, renueva las condenaciones y señala el fin y objeto de las sociedades secretas, masónicas y carbonarias. Las denuncia como la causa de las revueltas de Europa y estigmatiza la hipocresía de los carbonarios que llegan hasta “fingir el mayor celo por la iglesia de Cristo”.

En la bula de excomunión contra Napoleón en 1809 había acusado ya a las sectas, “conjuradas contra la Silla de Pedro”, como “instigadoras del usurpador”.

León XIl, en su constitución apostólica “Quo graviora” del 13 de marzo de 1825, insiste en las condenaciones anteriores, y añade que la masonería – “enemiga capital de la Iglesia Católica” – ataca con audacia sin límites los dogmas y los preceptos más sagrados de la Iglesia. Señala los estragos causados por la masonería “en los centros de estudios, donde introduce maestros de perdición”; suplica a los gobernantes que combatan a tales conspiradores, que “no son menos enemigos del Estado que de la Iglesia”; y recomienda a los fieles el huir de tales hombres que – “como hijos primogénitos del demonio” – son “las tinieblas de la luz y la luz de las tinieblas”. “Son diferentes sociedades – añade – que, aun llevando distintos nombres, están aliadas entre si por el lazo criminal de sus proyectos infames”.

Pío VIII, en su encíclica “Traditi”, del 24 de mayo de 1829 dice que los masones, “por los maestros que introducen en los colegios y liceos, forman una juventud a la que se aplican las palabras del papa San León Magno: “La mentira es su norma. Satanás su dios y la ignominia su culto”; que, “rompiendo el freno de la verdadera fe, abren el camino a todos los crímenes””

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3. Digna hija de Satanás

Gregorio XVI, en su encíclica “Mirari vos” del 15 de agosto de 1832, compara a las sociedades secretas a una “cloaca, en la cual – son sus palabras – se acumulan y aglutinan las inmundicias de todo lo que ha habido de sacrílego, de infame y de blasfemo en las herejías y en las sectas más perversas y nefastas que han existido en la historia de la humanidad” [2].

Pío IX – de cuyo retrato tuvieron la osadía de recortar la cabeza y pegarla en la fotografía de un masón, revestido con todos los atributos de la secta y, reproducida, esparcirla profusamente por toda Italia – condenó formalmente más de veinte veces a la masonería: en la encíclica “Qui pluribus” del 9 noviembre de 1846, donde habla de la “terrible guerra que mueven contra la Iglesia estos hombres despreciadores de la verdad y conjurados en impía unión de sectas brotadas de las tinieblas para destruir la Iglesia y el Estado” [3]; en sus alocuciones a los obispos: “Singulari, quídam” del 9 de diciembre de 1854, “Ad gravissimum” del 20 de junio de 1859 y “Maxima quidem Laetitia” del 9 de junio de 1862; en el breve “Ex epístola” del 21 de octubre de 1865, dirigido al arzobispo de París, monseñor Darboy; en la encíclica “Etsi multa” del 21 de noviembre de 1873, en que la llama “Sinagoga de Satanás”; en su alocución a los cardenales en el consistorio del 26 de setiembre de 1865; y en la constitución “Apostolicae Sedis” del 12 de octubre de 1869, donde impuso excomunión reservada al Papa “a los que se inscriben en la masonería, u otras sectas que maquinan pública o clandestinamente contra la Iglesia o las potestades legítimas; o a los que de cualquier modo favorecen a las mismas; y a los que no denuncian a sus jefes y directores ocultos, hasta tanto no los denuncien”.

En su célebre alocución de 1865, dijo Pío IX: “Estas sectas coaligadas forman la Sinagoga de Satanás; y, en posesión de la fuerza y de la autoridad, dirigen audazmente sus esfuerzos a reducir a la Iglesia de Dios a la más dura esclavitud. Ellas querrían, si fuera posible, hacerla desaparecer del universo. Esta perversa sociedad – llamada vulgarmente masonería – debe ser impía y criminal, puesto que huye de la luz; y, según el Apóstol, “el que obra mal aborrece la luz”… Nos, reprobamos y condenamos dicha sociedad masónica y las sociedades del mismo genero que, aunque distintas en apariencia, conspiran contra la Iglesia. Tales sociedades tienen un solo pensamiento y marchan hacia un solo fin, a saber: anonadar todos los derechos divinos y humanos”. El 9 de noviembre de 1846 había llamado a la masonería: “Secta secreta salida del seno de las tinieblas para la ruina de la Religión y de los Estados”. En su alocución del 20 de abril de 1849 debió desbaratar la versión calumniosa que se hizo circular de haber pertenecido en su juventud a la masonería. El 29 de abril de 1876 declar6 que las condenas pontificias de la masonería eran extensivas “a las logias del Brasil y a las de cualquier lugar de la tierra”.

El mismo pontífice escribía el 7 de enero de 1875: “Esta digna hija de Satanás, haciendo del hombre un Dios y constituyéndole juez supremo de su propia conducta, rechaza, por este simple hecho, toda autoridad divina y humana y destruye las bases de toda sociedad. Es preciso, pues, para arrancar esta venenosa raíz de los males que afligen a las naciones, acudir al Omnipotente; porque sólo Aquél que pudo arrojar del cielo al verdadero padre de ésta, podrá hacerla desaparecer de la tierra”.

El abultado fardo de los errores masónicos integra, casi por completo, el “Syllabus”, publicado el 8 de diciembre de 1864; y, en la condenación de sus proposiciones, está encerrada la solemne condenación de la masonería en cuerpo y alma [4].

Cuando Bismarck desató su persecución en Alemania, coincidente con las de Italia, España, Francia y otras naciones, el papa Pío IX en su encíclica “Etsi multa” del 21 de noviembre de 1873, dijo: “Admirará la amplitud de horizontes que ha tomado una guerra que en nuestros tiempos se lleva contra la Iglesia Católica. Pero, a la verdad, si alguno con detención examina la finalidad de las sectas, ya sea que se llamen masónicas, ya con cualquier otro nombre se distingan, no le quedará la menor duda que todas las presentes perturbaciones se deben, en gran parte, a los embustes y maquinaciones de unas mismas sectas. Entre éstas se distingue la “Sinagoga de Satanás”, que contra la Iglesia lanza su ataque y la cierra en combate… ¡Ojalá se hubiera prestado mayor fe a los pastores de la Iglesia por parte de aquellos que podían haber apartado una peste tan perniciosa!” [5]

Pío IX, animando a los obispos del Brasil, que sufrían cárceles por su lucha antimasónica en la persecución encabezada por el ministro de Gobierno del emperador Pedro II, vizconde de Río Branco, Gran Maestre de la Masonería, les decía en carta, del 18 de mayo de I874: “Os exhortamos para que en esta acérrima persecución que el masonismo ha levantado en todas partes contra la Iglesia, deis siempre muestras de firmeza, no dejándoos jamás vencer… ni por las amenazas, ni por el destierro, la cárcel u otros trabajos… Todo esto, así como venció a la idolatría en los primeros siglos de la Iglesia, echará también por tierra el masonismo y demás errores por él acumulados…”

Ya en su carta anterior, dirigida al obispo de Recife en el Brasil, el 24 de mayo de 1873, condenaba nuevamente la masonería con estas palabras: “Después de la orden expresa de la iglesia tantas veces repetida y acompañada de severas sanciones, después de la divulgación de los actos de la impía secta que ponen en descubierto sus verdaderos designios, después de las perturbaciones, las calamidades y las innumerables ruinas provocadas por ella y de las cuales no se avergüenzan de gloriarse insolentemente en públicos escritos, no existe más excusa alguna para aquellos que en ella se inscriben”.

León XIII, en la encíclica “Quod apostolici muneris” del 28 de diciembre de 1878, y en la “Humanum Genus”, del 20 de abril de 1884 llama a la masonería – como culpable del socialismo y comunismo – “veneno mortal que circula por las venas de la sociedad humana” [6].

Y en otros numerosos documentos, desde 1878 a 1903, indica que son de inspiración masónica los males de la época y desenmascara en ellos a los verdaderos enemigos de la religión y de la patria, sus perversos designios, los funestos efectos de su acción, especialmente la propagación de la inmoralidad, de la incredulidad y del indiferentismo religioso, fruto del naturalismo y del racionalismo profesados por la secta. Decía a los obispos en su carta del 19 de marzo de 1902 en ocasión del jubileo de bodas de plata de su pontificado: “La masonería, abarcando casi todas las naciones en sus gigantescas garras, se une con todas las sectas, de las cuales es la real inspiradora y el móvil oculto de su poder. Atrae y retiene a sus miembros con el cebo de ventajas temporales; sujeta a los gobernantes, ora con promesas, ora con amenazas; se halla en todas las clases sociales y constituye un poder invisible como si fuera un gobierno independiente dentro del cuerpo del Estado legal. Llena del espíritu de Satanás, que sabe cómo trasformarse en ángel de luz, la masonería coloca ante sí, como su fin, el bien de la humanidad; pero, mientras declara no tener fines políticos, ejerce, no obstante, profunda influencia sobre las leyes y la administración de los estados; Aparentando respetar la autoridad de la ley y aun las obligaciones para con la

religión, busca en realidad la destrucción de la autoridad civil y de la jerarquía eclesiástica, a las que mira como enemigas de la libertad humana” [7].

San Pío X, en el consistorio del 20 de noviembre de 1911 – al tratar de la revolución de Portugal – condenó a la masonería,; presentándola como que “tiene por objeto el oprimir al catolicismo”; y ya en su primera encíclica, “E supremi apostolatus”, del 4 de octubre de 1903, había dicho con claras referencias a la secta diabólica: “Es tal la perversión de los espíritus, que bien podemos prever que esto sea el comienzo de los males anunciados para el fin de los tiempos; y que el “Hijo de Perdición” (o sea, el Anticristo) – del cual nos habla el apóstol – está ya sobre la tierra” [8].

Y en otra ocasión, después de anatematizarla diciendo que “nada hay más detestable, ante Dios y frente al orden cristiano, que esta secta malvada”, afirmaba: “Estoy convencido que cuanto se ha publicado con respecto a esta asociación infernal no ha revelado toda la verdad” [9].

La Santa Sede, el 21 de setiembre de 1850, había declarado ya – para resolver dudas de conciencia – que “las sociedades que dicen no complotar contra la Religión y el Estado, pero que forman una sociedad oculta confirmada con el juramento, están comprendidas dentro de las bulas condenatorias de los papas”.

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4. Condena de las sociedades secretas

La Congregación del Santo Oficio, el 18 de mayo de 1884, emitió un decreto que dice así: “Los católicos no sólo deben apartarse de las sectas masónicas, sino también de todas las sociedades que exijan a sus adeptos un secreto que no puedan revelar a nadie, o una obediencia absoluta a sus jefes ocultos… Según el derecho natural y el revelado, no existen más que dos sociedades independientes y perfectas: la Iglesia y el Estado. Por lo tanto,. una sociedad secreta, cualquiera ella sea, por el hecho mismo de su secreto, se hace independiente de la Iglesia y del Estado, que no poseen medio alguno de fiscalización con respecto a su fin y a su acción. Es, por consiguiente, ilegítima”.

Y el Concilio Plenario Americano, del año 1899, declaraba que “incurren en las censuras pontificias también las logias masónicas de América latina; porque el suponer que la masonería no es la misma en todas las naciones es error pernicioso y pretensión audaz, dado que los pontífices entienden obligar a todos y a cada uno de los fieles de Cristo sin distinción de lugar, tiempo, nación o rito”.

Tales interpretaciones se confirman con la promulgación del canon 2335 del Código de Derecho Canónico que tiene fuerza de ley para toda la Iglesia desde el 19 de mayo de 1918 y que hasta la fecha no ha sufrido, en tal disposición, ninguna modificación.

Su texto es el siguiente: “Los que dan su nombre a la secta masónica o a otras asociaciones del mismo género – (que. según las canonistas, serían los anarquistas, comunistas, etc…) – incurren, ipso facto, en excomunión simplemente reservada a la Santa Sede”. Quedan excomulgados los que se afilian a la masonería porque el hecho de pertenecer a ella constituye un peligro próximo para la fe, su secreto y juramento son inmorales y de su objeto y fines se deriva un gravísimo daño para el verdadero bien de la sociedad humana.

Pío XI, en su encíclica “Charitate Christi Compulsi” del 3 de mayo de 1932, nos previene contra las insidias de la masonería diciéndonos: “Las sociedades secretas que están siempre prontas para apoyar la lucha contra Dios y contra la Iglesia, de cualquier parte que venga, conducirán ciertamente todas las naciones a la ruina. Esta nueva forma de ateísmo, mientras desencadena los más violentos instintos del hombre, proclama con cínico descaro que no podrá haber paz ni bienestar sobre la tierra mientras no se haya desarraigado hasta el último vestigio de religión y no se haya suprimido su último representante” [10].

Ya el 29 de junio de 1931, en su encíclica “Non abbiamo bisogno”, había escrito sobre la acción de la masonería en Italia lo siguiente: “Todo el que conoce un poco íntimamente la historia de la Nación, sabe que el anticlericalismo ha tenido en Italia la importancia y la fuerza que le confiriera la masonería y el liberalismo que la gobernaban” [11].

El mismo Papa en su encíclica deel 1º de marzo de 1937, condenatoria del comunismo, decía que León XIII, al condenar el socialismo y comunismo en su encíclica del 28 de diciembre de 1878, confirmó la precedente condenación de Pío IX del Syllabus del 8 de diciembre de 1864; y que, al llamarlo “mortal pestilencia que se infiltra por las articulaciones más íntimas de la sociedad humana y la pone en peligro de muerte”, indicó, con clara visión, que las actuales corrientes ateas entre las masas populares, tratan su origen de aquella filosofía que, de siglos atrás, trataba de separar, la ciencia y la vida, de la fe y de la Iglesia”.

Por lo tanto existe íntima conexión entre el actual comunismo, condenado por Pío XI y el socialismo y comunismo condenados por Pío IX y León XIII, que hicieron su entrada en la historia en 1846 y que se hallan vinculados, como lo anunció León XIII y lo confirmó Pío XI, con el filosofismo y el liberalismo masónico del siglo XVIII.

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5. La famosa encíclica “Humanum Genus” de León XIII

León XIII en su encíclica “Humanum genus”, del 20 de abril de 1884, confirmó todas y cada una de las condenaciones fulminadas contra la masonería por sus antecesores, describiendo y puntualizando magistralmente los errores de la secta.

He aquí el texto de los pasajes más importantes:

“El humano linaje, después de haberse miserablemente separado de Dios por envidia del demonio, quedó dividido en dos bandos diversos, de los cuales el uno combate asiduamente por la verdad y la virtud, y el otro, por cuanto, es contrarío a la virtud y a la verdad.

El uno es el reino de Dios en la tierra, es decir, la verdadera Iglesia de Jesucristo; el otro es el reino de Satanás, bajo cuyo imperio y potestad se encuentran todos los que rehúsan obedecer la ley divina y eterna, y acometen empresas contra Dios o prescinden de El.

Agudamente conoció y describió San Agustín estos dos reinos a modo de dos ciudades de contrarias leyes y deseos. Dos amores edificaron dos ciudades, nos dice; el amor de si mismo hasta el desprecio de Dios edificó la ciudad terrena; el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo, edificó la ciudad celestial.”

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6. La sociedad de los masones y los Romanos Pontífices

“Durante todo el decurso de los siglos ambas ciudades luchan entre si, con varias y múltiples armas y combates, aunque no siempre con igual ímpetu y ardor. En nuestros días, todos los que favorecen a la peor parte, parecen conspirar unánimemente y pelear con la mayor vehemencia, siéndoles guía y auxilio la sociedad que llaman de los masones, extensamente dilatada y firmemente constituida.

Sin disimular ya sus intentos, audacícimamente se animan contra la majestad de Dios, maquinan abiertamente y en público la ruina de la Santa Iglesia, y esto con el propósito – si pudiesen – de despojar enteramente a los pueblos cristianos de los beneficios que les granjeó Jesucristo, nuestro Salvador. En tal inminente riesgo, en medio de tan atroz y porfiada guerra contra el nombre cristiano, es nuestro deber indicar el peligro, señalar los adversarios y resistir cuanto podamos sus malas artes y consejos.

Los Romanos Pontífices, nuestros antecesores, conocieron bien pronto quién era y qué quería este capital enemigo, apenas asomaba entre las tinieblas de su oculta conjuración; y como declarando su santo y seña, amonestaron con previsión a príncipes y pueblos que no se dejasen enredar en las malas artes y asechanzas preparadas para engañarlos.

Diose el primer aviso del peligro el año 1738 por el papa Clemente XII. Puestos en claro la naturaleza e intento de la secta masónica por indicios manifiestos, por procesos instruidos, por la publicación de sus leyes, ritos y anales; y allegándose a esto, muchas veces, las declaraciones mismas de los cómplices; esta Sede Apostólica denunció y proclamó abiertamente que la secta masónica, constituida contra todo derecho y conveniencia, era no menos perniciosa al Estado que a la Religión cristiana; y amenazando con las más graves penas que suele emplear la Iglesia contra los delincuentes, prohibió terminantemente a todos, inscribirse en esta sociedad.

En lo cual varios príncipes y jefes de gobiernos se hallaron muy de acuerdo con los papas, cuidando, ya de denunciar a la sociedad masónica ante la Silla Apostólica, ya de condenarla por sí mismos promulgando leyes a este efecto; como por ejemplo en Holanda, Austria, Suiza, España, Baviera, Saboya y en otras partes del Italia”.

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7. Es la secta de donde todas salen y adonde todas vuelven

“Pero lo que sobre todo importa, es ver comprobado por los sucesos la previsión de nuestros antecesores. En el espacio de un siglo y medio la secta de los masones se ha apresurado a lograr aumentos mayores de cuantos podían esperarse; y entrometiéndose, por la audacia y el dolo, en todos los órdenes de la república, comenzado a tener tanto poder, que parece haberse hecho casi dueña de los Estados.

De tan rápido y terrible progreso se ha seguido en la Iglesia, en la potestad de los príncipes y en la salud pública, la ruina prevista muy de lejos por nuestros antecesores; y se ha llegado al punto, de temer grandemente para lo venidero.

Aprovechando repetidas veces la ocasión que se presentaba, hemos expuesto algunos de los más importantes puntos de doctrina en que parecía haber influido en gran manera la perversidad de los errores masónicos.

Así en nuestra carta encíclica “Quod apostolici muneris”, del 28 de diciembre de 1878, emprendimos demostrar con razones convincentes, las enormidades de los socialistas y comunistas; después en otra, “Arcanum”, del 10 de febrero de 1880, cuidamos de defender y explicar la verdadera y genuina noción de la sociedad doméstica, que tiene su fuente y origen en el matrimonio; además en la “Diuturnum”, del 28 de junio de 1881, propusimos la forma de la potestad política modelada según los principios de la sabiduría cristiana.

Ahora hemos resuelto declararnos de frente contra la misma sociedad masónica, contra el sistema de su doctrina, sus intentos y manera de obrar, para más y más poner en claro su fuerza maléfica, e impedir así el contagio de tan funesta peste.

Hay varias sectas que, si bien diferentes en nombre, ritos, formas y origen, unidas sin embargo entre si por cierta comunión de propósitos y afinidad entre sus opiniones capitales, concuerdan de hecho con la secta masónica: especie de centro de donde todas salen y adonde todas vuelven.

Muchas cosas hay en ellas, las cuales hay mandato de ocultar, no sólo a los extraños, sino a muchos de sus mismos adeptos, como son los ulteriores y verdaderos fines, los jefes supremos de cada fracción, ciertas reuniones más íntimas y secretas, sus deliberaciones, por qué vía y con qué medios se han de llevar a cabo.

A esto se dirige la múltiple diversidad de derechos, obligaciones y cargos que hay entre los socios, y la distinción establecida de órdenes y grados. Tienen que prometer los iniciados, y aún de ordinario se obligan a jurar solemnemente, no descubrir nunca, ni de modo alguno, sus compañeros, sus signos y doctrinas. Con estas mentidas apariencias y arte constante de fingimiento, procuran los masones con todo empeño – como en otro tiempo los maniqueos – ocultarse, y no tener otros testigos que los suyos.

Buscan hábilmente subterfugios, tomando la máscara de literatos y sabios que se reúnen para fines científicos, hablan continuamente de su empeño por la civilización, de su amor por la ínfima plebe y que su único deseo es mejorar la condición de los pueblos.

Además, deben los afiliados dar palabra y seguridad de ciega y absoluta obediencia a sus jefes y maestros, estar preparados a obedecerles a la menor señal e indicación; y cuando se ha juzgado que algunos han hecho traición al secreto o han desobedecido las órdenes, no es raro darles muerte, con tal audacia y destreza, que el asesino burla a menudo las pesquisas de la policía y el castigo de la justicia.

Ahora bien; esto de fingir y querer esconderse, de sujetar a los hombres como esclavos con fortísimo lazo y sin causa bastante conocida; de valerse para toda maldad de hombres sujetos al capricho de otro, y de armar los asesinos procurándoles la impunidad de sus crímenes, es una monstruosidad que la misma naturaleza rechaza y, por lo tanto, la misma razón y la misma verdad evidentemente demuestran que la sociedad de que hablamos pugna con la justicia y la probidad naturales. No puede el árbol bueno dar malos frutos. ni el árbol malo dar frutos buenos, dice Jesús en el Evangelio (San Mateo, 7/18); y los frutos de la secta masónica son, además de dañosos, acerbísimos.

Porque el destruir hasta los fundamentos todo el orden religioso y civil establecido por el cristianismo, levantando, a su manera, otro nuevo con fundamentos y leyes sacadas de las entrañas del Naturalismo, resulta ser el último y principal de sus intentos.

Cuanto hemos dicho y diremos ha de entenderse de la secta masónica en sí misma, y en cuanto abraza otras con ella unidas y confederadas; pero no de cada uno de sus secuaces. Puede haberlos, en efecto, y no pocos, que, si bien no dejen de tener culpa por haberse comprometido con semejantes sociedades, con todo no participan por sí mismos en sus crímenes y que ignoren sus últimos intentos.

Del mismo modo, aún entre las otras asociaciones unidas con la masonería, algunas tal vez no aprobarían ciertas conclusiones extrañas que sería lógico abrazar, como dimanadas de principios comunes, si no causara horror su misma torpe fealdad.

Algunas también, por las circunstancias de tiempo y lugar, no se atreven a hacer tanto como ellas quisieran y suelen las otras, pero no por eso se han de tener por ajenas a la confederación masónica, ya que ésta, no tanto ha de juzgarse por sus hechos y las cosas que llevan a cabo, cuanto por el conjunto de los principios que profesa”.

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8. Pretenden anular a la Iglesia para implantar el naturalismo

“Es principio capital de los que siguen el Naturalismo, como lo declara su mismo nombre, que la naturaleza y razón humana ha de ser en todo maestra y soberana absoluta; y sentado esto, descuidan los deberes para con Dios, o tienen de ellos conceptos vagos y erróneos.

Niegan, en efecto, toda divina revelación, no admiten dogma religioso ni verdad alguna que no pueda comprender la razón humana, ni maestro a quien precisamente deba creerse por la autoridad de su oficio.

Y como, en verdad, es incumbencia propia de la Iglesia Católica – y que a Ella sólo pertenece – el guardar íntegramente y defender en su incorrupta pureza el depósito de las doctrinas reveladas por Dios, la autoridad del magisterio y los demás medios sobrenaturales para la salvación; de aquí, el haberse vuelto contra ella toda la saña y el ahínco de estos enemigos.

Véase ahora el proceder de la secta masónica en lo tocante a la religión, singularmente donde tiene mayor libertad para obrar; y júzguese si es verdad o no, que todo su empeño estriba en llevar a cabo las teorías de los naturalistas.

Mucho tiempo hace que se trabaja tenazmente para anular en la sociedad toda ingerencia del magisterio y autoridad de la Iglesia, y a este fin se pregona y contiende, deberse separar la Iglesia del Estado; excluyendo así de las leyes y administración de la cosa pública, el muy saludable influjo de la Religión Católica; de lo que se sigue la pretensión de que los Estados, se constituyan hecho caso omiso de las enseñanzas y preceptos de la Iglesia. Ni les basta con prescindir de tan buena guía como la Iglesia, sino que la agravian con persecuciones y ofensas.

Se llega, en efecto, a combatir impunemente de palabra, por escrito y en la enseñanza, los mismos fundamentos de la Religión Católica; se pisotean los derechos de la Iglesia; no se respetan las prerrogativas con que Dios la dotó; se reduce casi a nada su libertad de acción, y esto con leyes hechas expresamente y acomodadas para maniatarla.

Vemos, además, al Clero oprimido con leyes excepcionales para amenguarle en número y recursos; los restos de los bienes de la Iglesia sujetos a todo género de trabas y gravámenes y enteramente puestos al arbitrio y juicio del Estado, y las órdenes religiosas suprimidas y dispersas.

Pero donde sobre todo, se extrema la rabia de los enemigos, es contra la Sede Apostólica y el Romano Pontífice. Quitóseles, primeramente, con fingidos pretextos, el reino temporal, baluarte de su independencia y de sus derechos; y por fin se ha llegado al punto de que los fautores de las sectas, proclaman abiertamente que se ha de suprimir la sagrada potestad del Pontífice y destruir por entero al Pontificado, instituido por derecho divino.

Aunque faltaren otros testimonios, consta suficientemente lo dicho por los sectarios que han declarado ser propio de los masones el intento de vejar cuanto puedan a los católicos con enemistad implacable; sin descansar, hasta ver deshechas todas las instituciones religiosas establecidas por los papas. Y si no se obliga a los adeptos a abjurar expresamente la fe católica, tan lejos está esto de oponerse a los intentos masónicos, que antes bien sirve a ellos; porque primero, éste es el camino de engañar a los sencillos e incautos y de atraer a muchos más; y después, porque abriendo los brazos a cualquiera y de cualquier religión, consiguen persuadir, de hecho, el gran error de estos tiempos,; a saber: el indiferentismo religioso y la igualdad de todos los cultos; conducta muy a propósito para arruinar toda religión, singularmente la católica, que como única verdadera, no sin suma injuria puede igualarse a las demás.”

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9.  Suprimen los principios que son fuente de toda honestidad y justicia

“Pero más lejos van los naturalistas, despeñados en el abismo, sea por la flaqueza humana, sea por justo juicio de Dios que castiga su soberbia. Así es que en ellos pierden su certeza y fijeza aún las verdades, que se conocen por la luz natural de la razón: como son la existencia de Dios y la espiritualidad e inmortalidad del alma.

Y la secta de los masones da en estos mismos escollos del error; ni disimulan ser ellos la cuestión de Dios, causa y fuente abundantísima de discordia; y aún es notorio que últimamente hubo entre ellos, por esa misma cuestión, no leve contienda. De hecho la secta concede a los suyos libertad absoluta de defender que Dios existe o que no existe.

Destruido o debilitado este principal fundamento, síguese quedar vacilantes otras verdades conocidas por la luz natural; por ejemplo, que la Providencia de Dios rige al mundo, que las almas no mueren y que a esta vida ha de suceder otra sempiterna. Destruidos estos principios, que son como la base del orden natural, fácilmente se manifiesta cuáles han de ser las costumbres públicas y privadas.

Nada decimos de las virtudes sobrenaturales, de las cuales por fuerza no ha de quedar vestigio en los que desprecian, por desconocidas, la Redención del género humano, la gracia divina, los sacramentos, y la felicidad que se ha de alcanzar en los cielos. Hablamos de las obligaciones que se deducen de la probidad natural. Un Dios creador del mundo y su próvido gobernador, una ley eterna que manda conservar el orden natural y veda el perturbarlo, y un fin último del hombre.

Estos son los principios y fuentes de toda honestidad y justicia; pero suprimidos éstos – como suelen hacerlo naturalistas y masones – falta inmediatamente todo fundamento y defensa a la ciencia de lo justo y de lo injusto. Y, en efecto, la única educación que a los masones agrada, con la cual – según ellos – se ha de educar a la juventud, es la que llaman laica; es decir, que excluya toda idea religiosa.

Pero en donde quiera que esta educación ha comenzado a reinar más libremente, suplantando a la educación cristiana, prontamente se han visto desaparecer la honradez y la integridad, tomar cuerpo las opiniones más monstruosas, y subir de todo punto la audacia en los crímenes.

La naturaleza humana quedó inficionada con la mancha del primer pecado, y por lo tanto más propensa al vicio que a la virtud; pero, los naturalistas y masones, que ninguna fe prestan a las verdades reveladas por Dios, niegan que pecara nuestro primer padre, y estiman, por tanto, el libre albedrío en nada disminuido en sus fuerzas, ni inclinado al mal.

Antes, por el contrario, exagerando las fuerzas y excelencia de la naturaleza, y poniendo en ella únicamente el principio y norma de la justicia, vemos ofrecerse públicamente tantos estímulos a los apetitos del hombre: periódicos y revistas sin moderación ni vergüenza alguna; obras dramáticas licenciosas en alto grado; asuntos para las artes, sacados con protervia de los principios del que llaman realismo; ingeniosos inventos para las delicadezas y goces de la vida; y, en suma, toda suerte de rebuscados halagos sensuales, a los cuales cierre los ojos la virtud adormecida.

En lo cual obran perversamente, pero son muy consecuentes consigo mismos; ya que hubo en la secta masónica quien dijo públicamente y propuso que ha de procurarse con persuasión y maña que la multitud se sacie de la innumerable licencia de los vicios, en la seguridad que así la tendrán sujeta a su arbitrio para atreverse a todo.”

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10. Consecuencias en la vida doméstica, civil y política

“Por lo que toca a la vida doméstica, he aquí casi toda la doctrina de los naturalistas. El matrimonio es un mero contrato. Puede justamente rescindirse a voluntad de los contratantes. La autoridad civil tiene poder sobre el vínculo matrimonial. En el educar a los hijos nada hay que enseñarles como cierto y determinado en punto de religión. Al llegar a la adolescencia corre a cuenta de cada cual escoger lo que guste. Esto mismo piensan los masones. No solamente lo piensan, sino que se empeñan, hace ya mucho tiempo, en reducirlo a costumbre y práctica.

En muchos Estados, aún de los llamados católicos, está establecido que fuera del matrimonio civil, no hay unión legítima; en otros, la ley permite el divorcio, y en otros se trabaja para que cuanto antes sea permitido.

Así, apresuradamente, se corre a cambiar la naturaleza del matrimonio en unión inestable y pasajera, que la pasión haga y deshaga a su antojo.

También tiene puesta la mira, con suma conspiración de voluntades, en arrebatar para si la educación de los jóvenes. Ven cuán fácilmente pueden amoldar a su capricho esta edad tierna y flexible y torcerla hacia donde quieran; y nada más oportuno para formar para la sociedad una generación de ciudadanos tal cual ellos se la forjan.

Por tanto, en punto de educación y enseñanza de los niños, nada dejan al magisterio y vigilancia de los ministros de la Iglesia, habiendo llegado ya a conseguir que en varios lugares, toda la educación de los jóvenes esté en poder de los laicos; y que al formar sus corazones, nada se diga de los grandes y santísimos deberes que ligan al hombre con Dios.

Vienen enseguida los principios de ciencia política. En este género estatuyen los naturalistas que los hombres son de igual condición en todo; y el pretender que obedezcan a cualquier autoridad que no venga de ellos mismos, es propiamente hacerles violencia.

La fuente de todos los derechos y obligaciones civiles está o en la multitud o en el Gobierno de la Nación, informado, por su puesto, según los nuevos principios.

Conviene, además, que el Estado sea ateo; no hay razón para anteponer una a otra las varias religiones, sino todas han de ser colocadas en pie de igualdad. Y que todo esto agrade a los masones y del mismo modo quieran ellos constituir las naciones según este modelo, es cosa tan conocida que no necesita demostrarse.

Con todas sus fuerzas e intereses lo están maquinando así hace mucho tiempo, y con esto hacen expedito el camino a otros más audaces que se precipitan a cosas peores, como los socialistas y comunistas, que procuran la igualdad y comunión de toda riqueza, borrando así del Estado toda diferencia de clases y fortunas.”

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11. Resumen de los errores de los masones

“Bastante claro aparece, de lo que sumariamente hemos referido, qué sea, por dónde va y adónde conduce la secta de los masones.

Sus principales dogmas discrepan tanto y tan claramente de la razón, que nada puede ser más perverso.

Querer acabar con la Religión y con la Iglesia, fundada y conservada perennemente por el mismo Dios, y resucitar, después de dieciocho siglos – (diecinueve siglos se han cumplido ahora) – las costumbres y doctrinas paganas, es necedad insigne y audacísima impiedad.

Ni es menos horrible ni más tolerable el rechazar los beneficios, que con tanta bondad alcanzó Jesucristo, no sólo a cada hombre en particular, sino también en cuanto viven unidos en la familia o en la sociedad civil.

En tan feroz e insensato propósito, parece reconocerse el mismo implacable odio y sed de venganza en que arde Satanás contra Jesucristo.

Así como el otro vehemente empeño de los masones de destruir los principales fundamentos de lo justo y lo injusto, y hacerse auxiliares de los que, a imitación del animal, quisieran fuera lícito cuanto agrada al sentido; no es otra cosa que empujar al género humano, ignominiosa y vergonzosamente, a la extrema ruina.

Aumentan el mal, los peligros que amenazan la sociedad doméstica y civil. Porque hay en el matrimonio – según el común y casi universal sentir de gentes y siglos – algo de sagrado y religioso; veda además la ley divina que pueda disolverse. Pero si esto se permitiese, si el matrimonio se hace profano, necesariamente ha de seguirse en la familia, la discordia y la confusión; cayendo de su dignidad la mujer, y quedando incierta la prole acerca de su conservación y su suerte.

El no cuidar oficialmente para nada de la religión, y en la administración y ordenación de la república no tener cuenta con Dios, como si no existiese, es atrevimiento inaudito, aún entre los mismos paganos, en cuyo corazón y en cuyo entendimiento tan grabada estuvo, no sólo la creencia en los dioses, sino la necesidad de un culto público.

De hecho la sociedad humana, a que nos sentimos naturalmente inclinados, fue constituida por Dios, autor de la naturaleza; y de El emana, como de principio y fuente, toda la copia y perennidad de los bienes innumerables en que la sociedad abunda.

Así, pues, como la misma naturaleza enseña a cada uno en particular a dar piadosa y santamente culto a Dios, por tener de El la vida y los bienes que la acompañan; así y por idéntica causa; incumbe este mismo deber a pueblos y Estados.

Y los que quisieran a la sociedad civil libre de todo deber religioso, claro está que obran, no sólo injusta, sino ignorante y absurdamente. Si pues, los hombres, por voluntad de Dios, nacen ordenados a la sociedad civil, y a ésta es tan indispensable el vínculo de la autoridad, que, quitando éste, por necesidad se disuelve aquélla; síguese que el mismo que creó la sociedad creó la autoridad.

De aquí se infiere que quien está investido de ella, sea quien fuere, es ministro de Dios; y, por tanto, según lo piden el fin y la naturaleza de la sociedad humana, es tan puesto en razón el obedecer a la potestad legítima – cuando manda lo justo – como obedecer a la voluntad de Dios que todo lo gobierna; y nada hay más contrario a la verdad, que el suponer depositado en la voluntad del pueblo, el poder de negar la obediencia cuando le plazca.”

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12.  Unión de todos contra el común enemigo

“Los turbulentos errores que ya llevamos enumerados han de bastar por sí mismos para infundir a los Estados miedo y espanto. Porque quitando el temor de Dios y el respeto a las leyes divinas; menospreciada la autoridad de los príncipes; consentida y legitimada la manía de las revoluciones, sueltas con la mayor licencia las pasiones populares, sin otro freno que la pena y el castigo; ha de seguirse, por fuerza, universal mudanza y trastorno.

Y aún, precisamente, esta revolución y convulsión general es lo que muy de pensado maquinan y ostentan de consuno muchas sociedades de comunistas y socialistas, a cuyos designios no podrá decirse ajena la secta de los masones; como que favorece en gran manera sus intentos y conviene con ellas en sus principales dogmas.

Y por si los hechos no llegan inmediatamente y en todas partes a los extremos, no ha de atribuirse a sus doctrinas y a su voluntad, sino a la virtud de la religión divina, que no puede extinguirse, y a la parte más sana de los hombres que, rechazando la servidumbre de las sociedades secretas, resisten con valor sus locos conatos.

Ojalá juzgasen todos del árbol por sus frutos y conocieran la semilla y principio de los males que nos oprimen y los peligros que nos amenazan.

Tenemos que habérnoslas con un enemigo astuto y doloso, que halagando los oídos de pueblos y gobernantes, ha cautivado a

unos y a otros con blandura de palabras y adulaciones.

Al insinuarse con los príncipes, fingiendo amistad, pusieron la mira los masones en lograr en ellos socios auxiliares poderosos para oprimir la Religión Católica; y para estimularlos más, acusaron a la Iglesia, con insistente calumnia, como enemiga envidiosa de su potestad y de sus regias prerrogativas.

Afianzados ya, y envalentonados con estas artes, comenzaron a influir sobremanera en los gobiernos; prontos, por supuesto, a sacudir los fundamentos de los imperios, y a perseguir, calumniar y destronar a los soberanos, que no se mostrasen inclinados a gobernar a gusto de la secta.

No de otro modo engañaron, adulándolos, a los pueblos. Voceando libertad y prosperidad pública y haciendo ver que, por culpa de la Iglesia y de los monarcas, la multitud no había salido todavía de su inicua servidumbre y de su miseria, engañaron al pueblo; y despertada en él la sed de novedades, le incitaron a combatir ambas potestades.

Pero, ventajas tan esperadas, están más en el deseo que en la realidad; y, antes bien, más oprimida la plebe, se ve forzada a carecer en gran parte de las mismas cosas en que esperaba el consuelo de su miseria, las cuales hubiera podido hallar con facilidad y abundancia en la sociedad cristianamente constituida.

La Iglesia, en cambio, quiere que se dé al poder civil, por dictamen y obligación de conciencia, cuanto de derecho se le debe. Amiga de la paz, fomenta la concordia; enseña que conviene unir la justicia con la clemencia, el mando con la equidad, las leyes con la moderación; que no ha de violarse el derecho de nadie; que se ha de aliviar cuanto se pueda la necesidad de los menesterosos.

Por eso piensan los masones, o quieren que se piense – según escribe San Agustín -, no ser la doctrina de Cristo provechosa para la sociedad, “porque no quieren que el Estado se asiente sobre la solidez de las virtudes, sino sobre la impunidad de los Vicios”

Lo cual, puesto en claro, sería insigne prueba de sensatez política y empresa conforme a lo que exige la salud pública: que pueblos y gobernantes se unieran, no con los masones para destruir a la Iglesia, sino con la Iglesia para frustrar los ataques de los masones.”

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13. Remedios para neutralizar la perniciosa influencia de los masones

“Sabemos que la mejor y más firme esperanza de remedio está puesta en la virtud de la religión divina, tanto más odiada de los masones cuanto más temida.

Así que todo lo que decretaron los romanos pontífices, nuestros predecesores, para impedir las tentativas y los esfuerzos de la secta masónica, cuanto sancionaron para alejar a los hombres de semejantes sociedades o sacarlos de ellas, toda y cada una de estas cosas damos por ratificadas y las confirmamos con nuestra autoridad apostólica.

Y a vosotros, venerables hermanos, os pedimos y rogamos, con la mayor instancia, que uniendo vuestros esfuerzos a los nuestros, procuréis con todo ahínco extirpar esta asquerosa peste que va circulando por todas las venas de la sociedad.

Lo primero que procuraréis será arrancar a los masones su máscara, para que sean conocidos tales cuales son; que los pueblos aprendan las malas artes de semejantes sociedades para halagar y atraer; la perversidad de sus opiniones y la torpeza de sus hechos. Que ninguno – que estime en lo que debe su profesión de católico y su salvación – juzgue serle lícito, por ningún titulo, dar su nombre a la secta masónica. Que a ninguno engañe su honestidad fingida.

Puede, en efecto, parecer a algunos, que nada piden los masones abiertamente contrario a la religión y buenas costumbres; pero como toda la razón de ser y causa de la secta estriba en el vicio y en la maldad, claro es que no es lícito unirse a ellos ni ayudarles en modo alguno.

Además conviene inducir a las muchedumbres a que se instruyan con todo esmero en lo tocante a la religión, con lo cual se llega a sanar los entendimientos y a fortalecerlos contra las múltiples formas del error y los varios modos con que se brindan los vicios.

Que todos los hombres conozcan bien y amen a la Iglesia; porque cuanto mayor fuere este conocimiento y este amor, tanto mayor será la repugnancia con que se miren las sociedades secretas y el empeño en huirlas.

Que vuelvan los corazones a la libertad, fraternidad e igualdad, no como absurdamente las conciben los masones, sino como las alcanzó Jesucristo para el humano linaje; esto es, la libertad de los hijos de Dios, por la cual nos veamos libres de la servidumbre de Satanás y de las pasiones: nuestros perversísimos tiranos; la fraternidad, que dimana de ser Dios nuestro Creador y Padre común de todos; la igualdad, que teniendo por fundamento la caridad y la justicia, no borra toda diferencia entre los hombres, sino que, con la variedad de condiciones, deberes e inclinaciones, forma aquel admirable y armonioso acuerdo que pide la misma naturaleza para la utilidad y dignidad de la vida civil.

Que se sostenga la institución de los gremios de trabajadores, sabiamente establecida por nuestros mayores, con la cual, al amparo de la religión, defendían juntamente sus intereses y las buenas costumbres; a fin de invalidar el poder de las sectas.

Los que sobrellevan la escasez con el trabajo de sus manos están más expuestos a las seducciones de los malvados, que todo invaden con fraudes y dolos. Débeseles, por tanto, atraer a sociedades honestas; no sea que los arrastren a las infames. Preservad a la adolescencia de las escuelas y maestros de que puede tomarse el aliento pestilente de las sectas.

La secta de los masones levántase insolente, regocijándose de sus triunfos; ni parece poner ya límites a su pertinacia. Préstanse mutuo auxilio sus sectarios, todos unidos en nefando consorcio y por comunes ocultos designios; y unos a otros se excitan a todo malvado atrevimiento. Tan fiero asalto pide igual defensa; es a saber: que todos los buenos se unan en amplísima coalición de obras y oraciones. Que los errores, al fin abran paso a la verdad; y los vicios, a la virtud.

Tomemos, en fin, por nuestro Auxilio y Mediadora a la Virgen María, Madre de Dios, ya que venció a Satanás en su Concepción Purísima; e imploremos su valimiento para que despliegue su poder contra las sectas impías, en las cuales se ven revivir la soberbia contumaz, la indómita perfidia y los astutos fingimientos del demonio…” [12].

La magistral encíclica les mereció a los masones la siguiente definición: “Ilustre patraña, atentado a la libertad y al progreso, voz estridente de intolerancia y de maldición impotente que hace el efecto del canto monótono del búho en medio de un armonioso concierto de ruiseñores; protesta contra la filosofía, el arte y la vida del pueblo y de la nación en cuyo seno el papado es un elemento liberticida y reaccionario”. Y a continuación repetían su diabólica consigna con estos términos: “He aquí la gran obra de la masonería: minar en sus bases y en sus fuentes de vida al

clericalismo, a saber, en las escuelas y en las familias” [13].

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14.  La secta maldita

León XIII nos indica claramente, en su formidable encíclica, que los principios de los masones son los mismos que divulgan los liberales y los comunizantes; los mismos que difunden la prensa y la propaganda internacionales, los mismos que rigen la actividad de las sociedades internacionales, como por ejemplo, el Rótary Club, y los mismos que invocan los grandes jefes de las naciones imperialistas; pues, en última instancia – sépanlo o no sus cofrades -, bajo los rótulos humanitarios, fraternales y democráticos, se esconden los malévolos intentos – según dice el Papa – de “acabar con la religión y la Iglesia y resucitar las costumbres y doctrinas del paganismo”.

En confirmación de esta conjuración internacional de las fuerzas masonizantes, que ayer con el filosofismo enciclopedista y la Revolución Francesa, luego con el liberalismo y el socialismo y hoy con el comunismo materialista y ateo combinado con el laicismo racionalista, trabajan – en identidad del ideario doctrinal – por demoler la “ciudad cristiana” de que nos habla León XIII, nos dice Pío XI en su encíclica ya mencionada de 1937, lo siguiente: “Otra poderosa ayuda de la difusión del comunismo es esa verdadera conspiración del silencio ejercida por una parte de la prensa mundial que por tanto tiempo ha ignorado los horrores cometidos en Rusia, en México y en España. Este silencio se debe en parte a razones de una política menos previsora y está apoyado por varias “fuerzas ocultas” que, desde hace tiempo, tratan de destruir el orden cristiano” [14].

El gran pontífice León XIII, años después de la publicación de su encíclica condenatoria de los masones – comparada a la lanza de San Jorge hundida en el corazón del dragón infernal -, decía en su Carta “Novae condendae legis” del 8 de febrero de 1893: “Los designios de esta secta maldita son siempre y en todas partes los mismos, es decir, directamente hostiles a Dios y a la Iglesia; y le importa poco o nada, no ya que las almas se pierdan, sino que la sociedad se precipite cada vez más en decadencia, y que la misma libertad tan pregonada, sea oprimida, con tal de encadenar y oprimir junto con ella a la Iglesia, y debilitar y ahogar gradualmente el sentimiento cristiano en el seno de las multitudes”.

El papa San Pío X (1904-1914) la llama “secta malvada, en cuya comparación nada hay más detestable ante Dios y ante el orden cristiano.”

No habiendo cambiado nada en la masonería que merezca especial atención, los documentos pontificios conservan todo su valor y por lo mismo no son tan frecuentes en la actualidad.

Por tal razón manifestaba el Santo Oficio, el 20 de abril de 1949, que, “no habiendo sucedido nada que pueda hacer cambiar en esta materia las decisiones de la Santa Sede, las disposiciones del derecho canónico permanecen siempre en su valor para cualquier forma de masonería”. Por otra parte, en 1946, había declarado que “la masonería de rito escocés cae bajo la condena sancionada por la Iglesia contra la masonería en general, y no hay razón alguna para conceder una discriminación a los que pertenecen a tal categoría de masones”.

El 19 de marzo de 1950 L’Osservatore Romano en un artículo firmado por el Maestro del Sacro Palacio, monseñor Mariano Cordovani, ante una versión propalada de una posible reconciliación de la masonería con la Iglesia, expresaba estos conceptos:

“Nada se ha modificado en la legislación de la Iglesia con respecto a la masonería. Los cánones 684 y 2335 se hallan en pleno vigor hoy como ayer. Su bandera de aconfesionalidad, neutralidad y concordia universal, conduce naturalmente a la indiferencia religiosa, es una bandera anticatólica y niega el primado absoluto que se debe dar a la verdad en todos los dominios, especialmente en religión. Los binomios “católico-masón” y “católico-comunista” son una burla para nosotros que no queremos contaminaciones y que sabemos que no hay nada en el mundo que sea más grande que un cristiano verdadero sin adjetivos y sin aditamentos. La Iglesia posee un contenido doctrinal divino que es la revelación de Dios. Sobre tales elementos esenciales no pueden existir componendas de ninguna clase sino tan sólo una fidelidad absoluta, una noble y gloriosa intransigencia sobre lo que es verdad divina y conformidad de vida con la revelación. Sólo la verdad nos hará libres: no los compromisos ni los hibridismos que deshonran a la razón y que son, además, una ofensa para nuestra fe.”

“Aún hoy día la masonería – según leemos en la Civiltá Cattolica del 16 de febrero de 1957 – conserva inmutables sus presupuestos doctrinales y su espíritu anticatólico que le mereció las condenas de la Iglesia y que, no obstante, sigue repitiendo y sosteniendo en sus revistas y reuniones”.

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NOTAS:

[1] Rev. Civiltá Cattolica, 19 de julio de 1958.

[2] Colecc. Compl. de Enc. Pont., op. cit., tomo I, pp. 33 a 44 (Enc. “Mirari Vos”).

[3] Íbidem, pp. 87 a 95 <Enc. “Qui Pluribus”).

[4] Íbidem, pp. 162 a 168 (“Syllabus”).

[5] Íbidem, pp. 186 a 191 (Ene. “Etsi Multa”).

[6] Íbidem, pp. 224 a 230 (Enc. “Quod apostolici numeris”); pp. 308 a 319 (Enc. “Humanum Genus”).

[7] Íbidem, pp. 648 a 662 (Enc. “Vigesimo Quinto Anno”).

[8] Íbidem, pp. 689 a 696 (Enc. “E supremi apostolatus”).

[9] La Revue Aatimaçonique, pág. 171, año 1915.

[10] Colecc. Compl de Enc. Pont., op. cit. Tomo I, pp. 1371 a 1381 (Enc. “Charitate Christi Compulsi”).

[11] Íbidem, pp. 1337 a 1353 (Enc. “Non abbiamo bisogno”).

[12] Íbidem, pp. 308 a 319 (Enc. “Humanum Genus”).

[13] Rivista della Massoneria italiana, pp. 129 y 297. Año 1884.

[14] Colecc. Compl. de Enc. Pont., op. cit. Tomo I, pp. 1482 a 1502 (Enc. “Divini Redemptoris”).

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