Capítulo I. Origen y Expansión

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Contenido:

CAPÍTULO I. ORIGEN Y EXPANSIÓN

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ORIGEN Y EXPANSIÓN

1. Pretensiones de antigüedad milenaria

En la historia de la masonería debemos distinguir dos épocas: la anterior a 1717 y la posterior a ella. A pesar de las diferencias fundamentales existentes en la organización y en los fines de las masonerías – antigua y moderna – no pueden, sin embargo, desconocerse sus relaciones históricas. Con respecto a la masonería antigua, reina gran oscuridad; lo que dio lugar a la invención de numerosas hipótesis, muchas de ellas inverosímiles, absurdas y ridículas; como las que, por ejemplo, la hacen remontar a nuestro primer padre Adán, iniciado en la Orden del Paraíso Terrenal por el Eterno Padre; a Lamec, el matador del fraticida Caín; a Zoroastro, jefe supremo de los magos y fundador del mazdeísmo (religión de los persas contenida en los libros sagrados del Zendavesta); a Confucio, fundador de la religión de los chinos; y a Pitágoras, filósofo y matemático griego, fundador de la secta de los pitagóricos. Tales mitos obedecen a la pretensión de la masonería de haber existido siempre; “respondiendo – según el masón Osvaldo Wirth – a una necesidad del espíritu humano” [1]. James Oliver, en su libro “Antigüedad de la Masonería”, llegó a sostener que se practicaba en otros sistemas planetarios antes de la formación de la Tierra; y no faltó quien dijera que Jesucristo se inició en una logia de Tebas en Egipto, presentó su programa masónico en el Sermón de la Montaña, y ejerció la maestría de la Logia “Esenia”, de la cual San Pedro fue el primer Vigilante y San Pablo el elocuente Orador(!). También se la relaciona con la Kábala – tradición oral entre los judíos de la explicación secreta del sentido de los pasajes bíblicos – y que, según el patriarca del ocultismo moderno, Elifaz Leví, constituye el dogma de la Alta Magia (la ciencia de las artes diabólicas); con los alquimistas, cultores de la ciencia oculta, hermética y esotérica, que buscaban la piedra filosofal y la panacea universal; y con el proceso de los caballeros templarios o del Temple – la más antigua de las Ordenes Militares – cuyos miembros residieron en el solar del templo salomónico de Jerusalén durante las Cruzadas, y que – doscientos años más tarde, o sea en 1310 – fueron condenados, a pesar de su inocencia.

Además, cuanta reunión clandestina de alguna celebridad hubo en el mundo, que conspirase contra la Religión y el Estado, sirvió de argumento para ser considerada, por muchos, como fuente inicial de la masonería. Entre ellas se enumeran los “Misterios” de la antigüedad (de Eleusis, de Mitra, de Isis y Osiris, etc.), característicos de las religiones orientales, egipcias, caldeas, sirias, judaicas, etiópicas, persas, griegas e indo brahmánicas; la secta de los gnósticos con sus teorías panteístas, su divinización de la razón humana y su moral independiente – y que no es otra cosa que el cristianismo kabalizado o la Kábala disfrazada para destruir el cristianismo naciente -, la de los maniqueos, del judío Manés, que es la prolongación del gnosticismo con agregados del dualismo persa, del budismo y de múltiples herejías; la de los esenios, judaizantes de Palestina; la de los cátaros o albigenses, verdadera secta de anarquistas religiosos y civiles de doctrinas panteístas y materialistas y prácticas infames, obscenas y criminales; las sectas árabes, formadas dentro del islamismo musulmán, como la de los terribles “ashishiin” (de donde proviene la palabra castellanizada “asesino”) cuyo jefe era el “Viejo de la Montaña”; y, en fin, cuanta rebelión del espíritu humano se suscitó contra Dios y su Iglesia: como fueron el protestantismo en sus diversas manifestaciones y sobre todo el deísmo inglés del siglo XVIII Teniendo en cuenta sus simbolismos arquitectónicos se buscaron sus orígenes en la época faraónica de las Pirámides de Egipto, en la construcción del Templo de Salomón; en la fundación de los Colegios de Constructores del imperio romano, que tenían maestros, guardianes o decuriones, compañeros y aprendices; en las corporaciones gremiales de la Edad Media, y en las primeras asociaciones de albañiles llamados “masones”, que se organizaron en Francia e Inglaterra. El masón Rebold afirma que la masonería “proviene de una antigua y célebre corporación de artes y oficios, fundada en Roma, el año 716 antes de Cristo, por su segundo rey, el legendario Numa Pompilio, sucesor de Rómulo; y que en Gran Bretaña fueron sus Grandes Maestros: reyes, obispos y santos como San Dunstan, arzobispo de Cantorbery en el año 960. [2]

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2. Conexiones con los templarios y gremios medievales

Como la mitad de los grados masónicos son de carácter caballeresco, y las ceremonias de tales grados imitan los actos que determinaron la abolición de los degenerados templarios que tenían como misión específica defender la Tierra Santa y acompañar a los peregrinos y que residían en el antiguo Templo de Salomón,”podemos considerar la opinión del origen templario como una de las probables. Los caballeros templarios dispersos, se habrían reunido en Escocia para vengarse de la supresión de la orden constituyendo un nuevo “Temple”, en Kilwinning y luego en York, con el nombre de Heredom, que quiere decir “casa santa”. Allí continúan con su doctrina del primitivo gnosticismo, según Rosen; con el culto al ídolo Bafomet: imagen satánica del naturalismo según Taxil; y con la reminiscencia de los turbios manejos de los maniqueos. Luego cambiarán su nombre por el de “Rosacruces” para escapar a las persecuciones, y finalmente se refundirán con las últimas logias de los masones constructores. Barruel, apostrofando a los masones, les dirá: “Todas vuestras logias proceden de los templarios”. Tras la extinción de vuestra orden cierto número de caballeros culpables se reunieron para la continuación de sus afrentosos misterios. Al código de su impiedad unieron el voto de vengarse de los reyes y pontífices que han destruido la orden, y de la religión que ha anatematizado sus dogmas. Se han hecho con adeptos que transmiten de generación en generación el mismo odio al Dios de los cristianos y a sus sacerdotes” [3] La segunda opinión, probable también, hace entroncar a la actual masonería, por su origen material y externo, con las organizaciones libres de los trabajadores manuales que constituían los gremios y corporaciones medievales, y que fueron utilizados, como elementos populares de lucha, contra la prepotencia de los señores feudales “de horca y cuchilla”, amparados por la anarquía de la época. Dice el masón español, marqués de Puga, – Secretario General del Gran Oriente en 1895 – que “de los años 1100 a 1200, los monjes eran los que principalmente practicaban el arte de construir; y que, junto a los monjes arquitectos, fueron apareciendo los arquitectos laicos. La construcción de grandes edificios como las famosas catedrales, abadías, monasterios y suntuosos palacios públicos y privados, hicieron convivir, por largo tiempo, a numerosos obreros y artistas; estableciéndose entre ellos estrechas relaciones, que dieron origen a las corporaciones, en las que existía una verdadera jerarquía de aprendices, oficiales y maestros, subordinados entre sí. En su organización utilizaron como modelo los “collegia opíficum” de los romanos (colegios de constructores) y las asociaciones similares de los germanos. En el siglo XIII, los maestros de obra alemanes, al descubrir el sistema gótico, procuraron conservar el secreto de la construcción, enseñándolo solo a ciertos obreros en sus talleres o “logias”, erigidos en forma de barracas junto a los edificios en construcción. Cuando el clero no se dedicó ya a tales construcciones, las logias poco a poco se fueron separando de los conventos. Más tarde los canteros, picapedreros y talladores alemanes formaron un cuerpo orgánico que debía mantener en secreto los principios y reglas del arte de edificar góticamente, para lo cual se servían de símbolos secretos, reconociéndose entre ellos, también por medio de signos y señales especiales” [4] Al concedérseles a los artesanos o “masones” la libertad, civil y la exención de los tributos que debían pagar a sus señores, se antepuso a su nombre el apelativo de “franc” o “libre”; y así resultaron los vocablos: “francmasón” en castellano, “francmaçon” en francés, “freemason” en inglés y “freimaurer” en alemán; que quieren decir “obrero-libre”. Tanto los canteros alemanes, talladores y escultores en piedra, llamados “lathomi” (vocablo de origen griego), como los arquitectos ingleses y de otras nacionalidades, constituyeron sus cofradías, compañías o “ghildas” para construir los edificios; y sus reuniones las tenían en los días de sus respectivos santos patronos; siendo sus especiales protectores San Juan Bautista en primer lugar, cuya fiesta se celebra el 24 de junio, y luego San Juan Evangelista, que se recuerda el 27 de diciembre. Fueron célebres, entre otras, las logias que se formaron para construir las catedrales de Berna, Estrasburgo, Viena y Colonia. Sus consocios, hasta el año 1440, se llamaron “Hermanos de San Juan”. En 1459 se confederaron y constituyeron la sociedad general de los francmasones de Alemania, y al director de la obra de la catedral de Estrasburgo le confirieron el título de Gran Maestre. La reforma protestante dispersó a todos sus miembros. En Suiza se prohibieron sus reuniones en 1522, y en Francia, el rey Francisco I les quitó sus privilegios en 1539.

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3. Masones profesionales y masones aficionados

En Inglaterra, en 1380, el Parlamento fijó el salario de los obreros, incluso de los canteros, llamados “free-stone-masons”; y en 1425 fueron prohibidas sus reuniones. Ya en 1500 admitían en su compañía a personajes ilustres, aunque no fueran artesanos; eran los masones aceptados (the accepted masons), especie de miembros honorarios. De aquí proviene la distinción entre los auténticos profesionales y los simples “aficionados al arte”, pero con finalidades totalmente diversas. El rey Jacobo I (1603-1625) los favoreció, pero luego decayeron por la cesación de las construcciones de iglesias y conventos, tras la victoria del protestantismo. Ya en el año 926 el hijo del rey era el Gran Maestre en York. En 1670 la logia de Aberdeen agrupaba a su alrededor solo una cuarta parte de masones profesionales contra tres de “aceptados”; por lo demás, en tal época, las logias de Inglaterra y Escocia contaban con muchos nobles. Existieron, sobre todo en Escocia, logias católicas en su totalidad y favorables a los Estuardos. Sus partidarios se habían afiliado a la masonería desde la ejecución de Carlos I en 1648. Frente a tales logias, que contaban en su seno a los príncipes Carlos y Jacobo, hijos del difunto rey y de Enriqueta de Francia, encontraremos más tarde las logias protestantes y orangistas y después hannoverianas, que se desarrollaron a partir del segundo exilio de los Estuardos, proscriptos en 1688 en la persona de Jacobo II. En ese año los emigrados ingleses fundaron logias en Alemania, Italia y Francia – o sea, sociedades secretas a imitación de las ghildas – para trabajar por la restauración de los Estuardos en el trono. En 1714 existían en Inglaterra solo cuatro logias, las cuales se reunían en sendas tabernas londinenses; a saber: la San Pablo en la posada del Ganso, y las otras tres en las posadas del Manzano, de la Corona y de los Romanos. Para subsistir, acordaron admitir en su seno a cualquier persona y fusionarse en una sola; lo que se realizó – según refiere el masón Mackey – en la Taberna del Diablo; y según otros, en la de la Corona o del Manzano, el día de su santo patrono San Juan Bautista, el 24 de junio de 1717; y eligieron como Gran Maestre a Antonio Saber [5]. En 1718 le sucede el anticuario Jorge Payne, y en 1719, Teófilo Désaguliers. Guillermo III, estatúder de Holanda y rey de Inglaterra (1689-1702), había presidido varias reuniones logiales; y en 1694 se redactaron, por orden real, los antiguos deberes y estatutos de la Institución. Tales estatutos, modificados y aumentados, sirvieron de base a la actual masonería. Son los llamados “the old charges and ancient landmarks”, que deben respetar todos los masones del mundo y que se hallan consignados en la célebre constitución masónica de 1723. Estos principios o reglas de gobierno masónico, que contienen lo esencial de la Institución y que proviene. de tiempos remotos, se tienen por inviolables. No obstante, aún en esto no están de acuerdo los masones y reina entre ellos gran confusión con respecto a su interpretación y a su número que – según Enrique Lecerff – es de veintinueve; pues, tales “antiguos limites” no todos han sido escritos, y muchos de ellos, además son secretos. Esta es la opinión sobre el origen de la secta que ha logrado más crédito hasta la fecha, a saber: la masonería actual – llamada técnicamente francmasonería – se remonta, en sus formas materiales y externas, a la organización de las antiguas corporaciones de arquitectos y constructores, las cuales permitieron luego el ingreso a miembros más ilustrados. Tal circunstancia dio lugar a discusiones especulativas que transformaron substancialmente la institución, convirtiéndola en la masonería filos6fica o moderna [6].

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4. Concomitancias judaicas

La tercera opinión coloca el origen de la masonería en el judaísmo, enemigo mortal del cristianismo a partir de la divina institución de la Iglesia Católica, que vino a suplantar a la antigua sinagoga. Se fundan sus sostenedores en que las ceremonias y enseñanzas masónicas reproducen detalladamente, y con notoria constancia, la historia y el espíritu judaicos; mostrando, como aspiración de la secta, la reivindicación de la nacionalidad del pueblo hebreo, su reinstalación en la Palestina y su dominación universal; previa derrota del cristianismo, de cuyos ataques, cismas y persecuciones se gozan satánicamente. “Examinemos las doctrinas y la alta dirección de la Orden – dice monseñor Meurin – y en todas partes encontraremos a los judíos. Los emblemas y enseñanzas de las logias muestran, sin lugar a dudas, que la Kábala es la doctrina, el alma, la base y la fuerza oculta de la masonería” [7]. El masón convertido, Mariano Tirado y Rojas, hace notar estas circunstancias en cada uno de los grados masónicos; y afirma que la Orden fue fundada después de la “diáspora” o dispersión de los judíos, al ser destruida Jerusalén por los romanos en el año 70; que siempre subsistió oculta y perseguida por los cristianos, que aprovechó para sus fines las asociaciones de artesanos constructores medievales; y que logró conquistar adeptos aún entre los caballeros cruzados de Tierra Santa. Nicolás Serra y Caussa afirma que “el inventor, fundador o introductor del sistema masónico, si no fue judío por la circuncisión, tan judío era de corazón como los mejores circuncidados; pues la masonería respira judaísmo por los cuatro costados”. Luego cita las palabras del judío (converso) José Lehmann, sacerdote católico, que escribió lo siguiente: “El origen de la francmasonería debe atribuirse al judaísmo; no ciertamente al judaísmo en pleno, pero, por lo menos a un judaísmo pervertido” [8] El rabino Isaac Wise dijo en 1855: “La masonería es una institución judía, cuya historia, grados, cargos, señales y explicaciones son de carácter judío desde el principio hasta el fin”. El historiador judío Bernard Lazare escribió: “Es evidente que solo hubo judíos, y judíos cabalistas, en la cuna de la masonería” [9]. El ya citado monseñor León Meurin – sabio jesuita, arzobispo de Port Louis en Madagascar – sustenta con variados argumentos la hipótesis que “la kábala judía es la base filosófica y la clave de la masonería”. La kábala es una colección de doctrinas ocultas del judaísmo, mezcla de neoplatonismo, gnosticismo, ocultismo, teosofismo, falso misticismo y hermetismo (del dios Hermes o Mercurio, dios del fuego). “La doctrina kabalística – dice Meurin – no es en el fondo más que el paganismo en forma rabínica; y la doctrina masónica, esencialmente kabalística, no es otra cosa que el antiguo paganismo reavivado, oculto bajo una capa rabínica y puesto al servicio de la nación judía”. O sea, culto y deificación de la humanidad no redimida. “La doctrina del Talmud es para el judío la teología moral, como la kábala es la teología dogmática” [10]. Existen numerosas concomitancias entre el judaísmo y la masonería, cuyos detalles pueden leerse en las obras escritas ex profeso para demostrarlo. Teodoro Herzl, fundador del sionismo, dijo en Suiza en 1897: “Las logias masónicas establecidas en todo el mundo se prestarán a ayudarnos en lograr nuestra independencia. Es que aquellos cerdos, de los masones no judíos. no comprenderán jamás el objeto final de la masonería”. Por otra parte, la misma obscuridad de sus orígenes es táctica que emplean los masones para dificultar la averiguación de sus fines últimos. Sin embargo, a pesar de que históricamente no se ha podido demostrar tal origen, es un hecho que, tanto el judío como sucede también con el protestante, fácilmente se acomodan a los propósitos de la masonería; porque el judaísmo moderno padece la misma crisis en sus creencias religiosas que el protestantismo; y porque todo lo que se dirige directamente contra el cristianismo, favorece de igual manera al judaísmo [11]. Si bien, en un principio, los judíos no eran recibidos en las logias, la historia de la masonería comprueba que, a medida que los protestantes se aliaban con los masones, éstos se reconciliaban con los judíos. El filósofo alemán Fischer escribía en 1848: “La gran mayoría de la orden masónica no admite el cristianismo, sino que lo combate a punta de cuchillo; y la prueba de ello la tenemos en la admisión de los judíos en las logias”. Napoleón fue quien franqueó oficialmente la entrada a los judíos en las logias. Desde entonces inicia su enorme actividad y poderío formidable, ejercido sobre el mundo occidental hasta nuestros días. De esta manera la masonería fue el instrumento de la política judía [12]. Le asiste, pues, sobrada razón al bien informado ocultista y masón convertido M. J. Doinel, miembro del Gran Oriente de Francia, cuando escribe: “Los masones se lamentan de la dominación que los judíos ejercen en las logias, en los Grandes Orientes, en todos los “puntos del triángulo”, en todas las naciones, en toda la extensión de la tierra. Su tiranía se impone en el terreno político y financiero. Desde la Revolución Francesa han invadido las logias y actualmente la invasión es total. Así como la masonería es un Estado dentro del Estado, así los judíos forman una masonería dentro de la masonería. El espíritu judío reina en los “talleres” con la metafísica de Lucifer, y guía la acción masónica, totalmente dirigida contra la Iglesia Católica, contra su jefe visible, el Papa, y contra su jefe invisible, Jesucristo; repitiendo el grito deicida “¡Crucifícalo!” La Sinagoga en el pensamiento de Satanás tiene una parte preponderante, inmensa. Satanás cuenta con los judíos para gobernar la masonería como cuenta con la masonería para destruir la Iglesia” [13] De la enciclopedia judía (Jewish Encyclopedia) extraemos este dato: “Los judíos, desde la Revolución Francesa, han sido los más conspicuos colaboradores de Francia”. En conclusión podemos afirmar que al odio del demonio y del judío se une el del apóstata del cristianismo en sus múltiples variedades laicistas, protestantes, marxistas, liberales y racionalistas. El Infierno, la Sinagoga y la Apostasía coaligadas contra Dios y su Cristo: he aquí los enemigos siempre unidos en la historia del mundo; “el triple lazo que difícilmente se rompe”, según la frase bíblica (Eccl. 4, 12), conspirando continuamente para la destrucción de la civilización cristiana.

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5. Fundación de la masonería moderna

La masonería, desde el 24 de junio de 1717, y más aún, desde la redacción de su primera constitución de 1723, tomó un carácter totalmente distinto al de las asociaciones de los obreros constructores; dando así origen a la moderna francmasonería. Sin embargo, no son pocos los autores que afirman que, en su carácter sectario – como hoy se la conoce – ya existía en 1350, infiltrada en las corporaciones, después de la supresión de los templarios, según hemos indicado más arriba. Afirman que se la nombra oficialmente en la constitución redactada por los “maestros elegidos” del congreso de Colonia de 1535; que actuó en la secta de los socinianos del fin del siglo XVI, propalando, con teorías racionalistas y de libre pensamiento, la negación de la divinidad de Cristo y de toda su doctrina; que aparece también en 1641 con los “Hermanos Bohemios o Moravos”; y que fue anunciada en 1638 – antes de su fundación explícita y definitiva de 1717 – cuando los “masones aceptados”, numerosos ya dentro de las logias, congregan la gran asamblea de Londres, imponiendo a sus adeptos el más riguroso secreto. Más tarde se desprendería de ellos el grupo de masones que capitaneó Guillermo Penn, el cual, al emigrar a América, fundó en 1681, la colonia de Pensilvania con la capital Filadelfia, que quiere decir: “Amor de Hermanos” [14] La masonería anterior al siglo XVIII se llama también operativa, constructiva o corporativa. Estaba integrada por los gremios de operarios, talladores, canteros y constructores auténticos con infiltraciones póstumas de “masones aceptados”. La actual, en cambio, se llama masonería moderna, doctrinaria, filosófica o especulativa, y fue fundada formalmente con la constitución de 1723 (Book of constitutions), ampliada en 1738 y 1746. “Con respecto al origen de la masonería – se lee en el Diccionario Enciclopédico editado en Buenos Aires en 1947 – nada, absolutamente nada concreto e indisputable puede afirmarse con anterioridad a la transformación y evolución del año 1717, que es el verdadero origen racional y demostrable de la Orden” [15]. En el diccionario enciclopédico abreviado de la masonería se afirma que “la reforma radical de la antigua masonería se operó en 1641. En tal fecha deja su objeto material y primitivo y toma el carácter teórico y científico en lugar del manual y práctico, recibiendo a los francmasones “aceptados”. El alquimista Elías Ashmole es uno de ellos, admitido en 1646 en la logia de Edimburgo” [16].

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6. Reglamentos antiguo y moderno

En los reglamentos de la antigua masonería leemos en el capitulo de los “deberes para con Dios y la Religión”: “Tu primer deber, como masón, es ser fiel a Dios y a la Iglesia y guardarte de la herejía y los errores”. El artículo 1º de la constitución de 1350 – que se conserva en el museo británico de Douder – dice: “Los que conocen el arte y lo ejercen deben honrar a Dios y a la Iglesia y al maestro a cuyo servicio están”. Y termina así: “Roguemos a Dios Todopoderoso y a su Madre, la Dulce Virgen María, que nos ayuden a observar estos artículos” [17] Los estatutos de 1419 de los canteros alemanes comienzan con la siguiente invocación: “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y de la gloriosa Madre María y a la memoria eterna de los Cuatro Santos Coronados (patronos de los francmasones)”. En el mismo capítulo de la constitución de 1723, y bajo el mismo rubro que el de las anteriores, se observa esta variante fundamental: “El masón, por su profesión, está obligado a obedecer a la ley moral, y – si es perito en su “arte” no será un ateo estúpido ni un libertino irreligioso. No obstante se cree oportuno obligarlo solamente a la religión en la cual todos los hombres están de acuerdo; debiendo los masones ser hombres probos y de honor, buenos y veraces (good men and true). De esta manera la masonería resulta ser el centro de unión y el medio de constituir una verdadera amistad entre los hombres que, sin ella, se verían forzados a permanecer en perpetua lucha los unos contra los otros” [18] Más adelante explicaremos, con testimonios de masones, en qué consisten la religión, la moral y el patriotismo masónicos. Por tal definición oficial, la masonería deja de ser cristiana; impulsando a sus adeptos a las más radicales revoluciones por las oblicuas sendas del agnosticismo, del laicismo y de la total secularización de la vida del hombre. Jaime Anderson, pastor presbiteriano escocés, fue el redactor de la constitución, elaborada por teorizadores de la Royal Society, fundada en Londres en 1662. Dejando de lado el catolicismo, establece el deísmo de la escuela inglesa de Hobbes, Locke, Toland, Collins, Tyndall, Bolingbroke, etc., o sea, de los deístas y librepensadores contemporáneos. Sus autores se esmeraron en presentar a la actual masonería, como continuadora de las antiguas corporaciones de las cuales conservaron la terminología profesional y ciertas reglamentaciones; pero de hecho no hubo tal continuidad, sino más bien una insidiosa sustitución. En ella, en efecto, se trata tan solo de los intereses de la nueva Orden, de la disciplina oculta de los “iniciados” y del triunfo de sus teorías filosóficas y sociales, panteístas y naturalistas, liberales y racionalistas. Totalmente despreocupados de la religión y de la nacionalidad, buscan más bien su destrucción. Nacida en tierras de apostasía, al calor del protestantismo inglés, enraíza en aquella sociedad en pugna con la fe católica, establece en sus constituciones un programa completo de descristianización y de secularización absoluta de las leyes, del régimen administrativo, de la educación, de la universidad y de toda la economía social. Secularización que implica la ruptura con el principio divino, y promueve el cultivo y la propagación del naturalismo, el cual, haciendo abstracción de la revelación, pretende que las solas fuerzas de la razón y de la naturaleza basten para conducir al hombre y la sociedad hacia la perfección. Este “poder oculto”, fundado con tales principios revolucionarios, constituye, en el seno de la sociedad moderna, desde hace 260 años, la más formidable conjuración antisocial que se pueda imaginar: verdadero ejército silencioso que trabaja en el subsuelo de la historia. El movimiento que se inicia a principios del siglo XVIII agita las inteligencias contra los dogmas  religiosos y los fundamentos de las sociedades, se manifiesta en la literatura lo mismo que en la vida política, y prepara así la explosión revolucionaria del fin del siglo: labor subterránea realizada por las logias.

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7. Periodo de transición

Entre ambas masonerías – diametralmente opuestas en su espíritu – cabe ubicar el período de gestación de la actual, en que se acentúa progresivamente una doble influencia política y filosófica. Ya sea en las elecciones de los emperadores de Alemania, como durante las guerras de religión que ensangrentaron a Europa; ya en las tentativas de Luis XI de Francia para conquistar a Flandes, como en la lucha entre el Parlamento inglés y los Estuardos, o de éstos con las casas de los príncipes de Orange y de Hannover en Inglaterra para reconquistar el trono; los partidos políticos buscaron el apoyo de las populares, ricas y poderosas ghildas o corporaciones y contaron con la ayuda de sus socios – los francmasones – para provocar o simular manifestaciones partidarias y nacionalistas. En este período de transición, el “Arte Real” o Ciencia Masónica, consistía, ora en el “estudio supremo de la Naturaleza”, ora en el restablecimiento de la dinastía derrocada” [19]. Tal organización masónica se introdujo también en el ejército para formar partidos políticos; en donde la jerarquía de los grados de la secta privó sobre la jerarquía de los grados militares. Los oficiales debían ejecutar las órdenes impartidas por los jefes masónicos, ciegos instrumentos del poder director oculto, como sucedió con los regimientos de escoceses e irlandeses desembarcados en Francia en 1689. Además, a raíz del héroe Cristián Rosa Cruz de la novela satírica “Las bodas químicas de Rosenkreutz” del pastor protestante alemán Juan Valentín Andrea, escrita en 1625 – para burlarse de los opúsculos anónimos aparecidos en 1615 sobre la Nueva Orden Hermética de los Rosacruces – y que presenta a su personaje como el “descubridor del secreto para obtener la felicidad de la humanidad y como el fundador de una logia secreta que tenía por fin la beneficencia, el internacionalismo y el establecimiento de la genuina moral y la religión verdadera”, se fundaron en Alemania e Inglaterra logias de “Rosacruces”, cuyos miembros tomaron en serio las pamplinas escritas en tales novelas y de las cuales se burlaba el mismo autor. El rosacrucismo sería una alquimia más elevada en vez de la simple búsqueda de la piedra filosofal; o sea, un conato superior de profundizar la verdadera sabiduría. Parece que el nombre proviene – según Schreider – del escudo familiar del autor de la novela donde se hallan las cuatro rosas formando una cruz. Hoy existen rosacruces que dicen derivar de la secta que ellos han bautizado como Antigua y Mística Orden Rosa Cruz (A. M. O. R. C.), con actual sede en San José de California, y cuyas enseñanzas no son otra cosa que un crudo panteísmo y racionalismo. A éstos se añaden sus homónimos del grado 18 de la masonería escocesa, mucho más avanzados en sus doctrinas, pues constituyen uno de los grados más importantes de todas las masonerías [20]. En 1650, las logias rosacruces se hallaban sólidamente organizadas en Londres, y sus adeptos se reunían en los mismos locales francmasónicos. Su jefe principal era Elías Ashmole, alquimista y astrólogo, fundador de una sociedad que tenía por fin “construir el templo de Salomón, templo ideal de las ciencias”. Estos, a su vez, se hallaban emparentados con los “Hermanos Bohemios”. Bajo la influencia de Ashmole se idearon las ceremonias iniciáticas de los grados masónicos actuales, y los secretos de su secta se utilizaron para elaborar las leyendas de la masonería especulativa. En 1640, 1648 y 1649 escribió los rituales de los tres primeros grados utilizados en la actual masonería simbólica. A medida que se iba operando la compenetración de las dos masonerías, a través de su compleja fase intermedia, los elementos profesionales primitivos fueron poco a poco eliminados; y cuando en 1715 fueron vencidos definitivamente los Estuardos, se efectuó la fusión de las últimas cuatro logias de profesionales con el grupo de “masones aceptados”, fundándose, en 1717 – bajo la protección del rey Jorge II y la presidencia del médico calvinista refugiado francés Teófilo Désaguliers, predicador de la Corte y antipapista “enragé” – la Gran Logia de Inglaterra, madre de la masonería exclusivamente especulativa. Anteriormente el rey calvinista Guillermo III había modificados los estatutos, y luego en 1720 se destruyeron todos los documentos de la masonería estuardista, con el fin de eliminar todo lo católico y todo vestigio de romanismo, que hasta entonces había sido lo preponderante en la Orden. Se asegura que tal ceremonia se realizó en un auto de fe político y religioso. “Ambas masonerías – escribe Juan Caprile – son, por lo tanto, dos organismos diversos, nada afines en sus objetos, si bien análogos en sus reglamentos y en su organización” [21].

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8. La masonería en Inglaterra y sus filiales en el mundo

Establecida la Gran Logia de Inglaterra en Londres, se inscribieron en ella muchos miembros de la nobleza; y como los grandes personajes le prestaban sus nombres, el afiliarse a las nuevas logias, era “señal de distinción y respetabilidad”. Felipe, duque de Wharton, célebre por su impiedad y libertinaje, fue elegido gran maestre en 1722. Bajo sus auspicios actuaron Anderson y Désaguliers [22]. En 1723 eran veinticinco las logias fundadas; en 1725 ya llegaban a cincuenta, y en 1737 el príncipe de Gales pertenecía a la nueva Orden. La Gran Logia de Inglaterra creó sus filiales en Irlanda, Escocia, Francia, España, Portugal, Bélgica, Alemania, Holanda, Suiza, Dinamarca, Suecia, Rusia, Polonia, Italia, Estados Unidos, India y África. La Cámara de los Comunes le otorgó reconocimiento oficial no así la de los Lores que, en 1771, no accedió a su solicitud, basándose cabalmente en su doctrina. La indiferencia religiosa que promovía, provocó fundadas sospechas que produjeron el cisma masónico consumado en 1753, cuando se estableció la Gran Logia de los “Antiguos Masones” – que pretendían ser los continuadores de las antiguas corporaciones -; y la Gran Logia de los “Modernos Masones” que, para no perder adeptos, fueron haciendo concesiones sucesivas hasta llegar, en 1813, a un acuerdo completo entre ambas, constituyéndose la Gran Logia Unida de Inglaterra integrada por 660 logias. Desde tal fecha se convirtió en el arma secreta más peligrosa y eficaz del imperialismo anglo-judío. Los llamados “antiguos” masones al ser “aceptados” por los “modernos” dan su nombre a la comunidad masónica de los actuales “antiguos y aceptados” masones. Durante la presidencia del judío D’Israeli en el Consejo de Ministros de Inglaterra quedó establecida la simbiosis de la plutocracia internacional anglo-judías. “Los judíos eran particularmente poderosos en Inglaterra – escribió el gran historiador inglés Hilaire Belloc [23] – y se sirvieron de la masonería que habían instituido para establecer una especie de puente entre ellos y los ingleses que les brindaron hospitalidad”. Actualmente las tres Grandes Logias de Inglaterra, Escocia e Irlanda, tienen por protector al soberano, e ilustres personajes figuran en ellas. La masonería es en Inglaterra como la Tercera Orden de la Iglesia Anglicana y como la columna vertebral del Imperio Británico. Tanto en Gran Bretaña como en los Estados Unidos es de práctica antigua que los gobernantes, los funcionarios públicos, los altos jefes de las fuerzas armadas y gran número de pastores y obispos protestantes pertenezcan a la masonería. Durante la época de la independencia las logias fueron preferentemente políticas, y sus miembros, militares. Masones fueron una buena parte de los presidentes de Norteamérica. Últimamente lo fueron Teodoro y Franklin Delano Roosevelt; Truman, grado 33 – que fue Gran Maestre de la Gran Logia de Mísuri y cuyo verdadero nombre es Harry Salomón Schipp -, aparece con todas sus insignias masónicas en un retrato a todo color publicado por la revista “Life” del 28 de marzo de 1949; y la señora del Presidente Roosevelt, masona activísima, es la que patrocina el grupo de los sectarios anticatólicos de Estados Unidos [24]. De los 50 gobernadores de los Estados Unidos 40 son masones, y de los 96 senadores, 68 pertenecen a la secta; además de la mitad de la cámara de diputados. De los ocho miembros de la Suprema Corte siete son masones, con su presidente Earl Warren, que fue gobernador de California v Gran Maestre de su Gran Logia.

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9. Evolución de la masonería en Francia

La masonería de los Estuardos – derrocados en 1715 – siguió funcionando, sobre todo en Francia; por tal razón, casi todas las logias del ejército francés tuvieron como origen y modelo las organizadas en los regimientos escoceses e irlandeses. El progreso de tal masonería antibritánica preocupaba a la Gran Logia de Londres, la cual envió sus propagandistas al continente para incrementar las logias contrarias a la política estuardista. Las condenas de la masonería decretadas en 1737 y 1744 por el rey Luis XV y la actuación antifrancesas de las logias a favor de Inglaterra, motivó una serie de escisiones en su seno. Con todo, a pesar de la corrupción y luchas intestinas que aniquilaron a la masonería francesa, su dogma igualitarista y libertario y sus principios naturalistas habían sembrado ya demasiados gérmenes funestos, que determinaron el triunfo del mal. En la corriente de la incredulidad oficial se abrevaron la Enciclopedia y la Filosofía de Voltaire y de Rousseau, que constituyen otras tantas manifestaciones francesas de la masonería. La sociedad francesa impregnada de cosmopolitismo, se destruy6 a sí misma; y la, secta resurgió vigorosa, amparada por la lenidad del monarca y por la invasión de los masones extranjeros. Sin embargo, disimulaba tan bien sus ocultos fines, que el mismo piadoso rey Luis XVI le dio su nombre en 1775, y altos dignatarios del ejército y del gobierno, miembros de la familia real y aun del clero, fueron masones “protectores”; de tal manera que – según escribió Bord – “Versalles se transformó en una gran logia”. Al conquistar a la aristocracia destruyó toda la armadura política y social de la nación; y cuando estalló la Revolución, el derrumbamiento se operó por sí mismo; y los “iluminados” franceses – dice Gustavo Gautherot – “habiendo cometido la necedad de entregar sus almas a las doctrinas de muerte, levantaron, con sus propias manos, el patíbulo donde serían ajusticiados” [25]. La Gran Logia de Francia o de París, se había establecido en 1743 y se independizó de Inglaterra en 1756. En Francia había quinientas logias en 1767, pero faltaba un centro rector que polarizara todas las fuerzas revolucionarias, pues ese año se había clausurado la Gran Logia que presidía el Conde Luis de Borbón-Condé. Para este fin se fundó, en 1771, el Gran Oriente de rito escocés o Estado Mayor Masónico, con el nombre de Nueva Gran Logia Nacional de Francia Este supremo comando, integrado por 81 miembros, con su doctrina directamente contraria a las ideas e intereses de los franceses y a la verdad católica, se instaló en la casa de noviciado de los jesuitas expulsos. Su primer Gran Maestre fue el duque de Orléans, Luis Felipe, que tomó el nombre de “Felipe Igualdad”. Su nombramiento se efectuó el día de San Juan Evangelista, 27 de diciembre; luego se eligió la comisión que redactaría el nuevo reglamento de la Gran Logia, el cual fue aprobado en 1773. En 1774 se admitieron en las logias a las damas de la aristocracia, creándose para ellas las logias femeninas o de “adopción”. En 1777 se elaboró el rito francés, que consta de siete grados, distribuidos en cuatro series distintas. En este año se inicia la edad de oro de la masonería – según Roger Prioret – la cual se prolongará hasta 1786. En 1778 pertenecían a la misma logia: Voltaire, Helvecio, el norteamericano Benjamín Franklin, Condorcet, Desmoulins, La Fayette, Dantón y Guillotín (inventor de la guillotina); y a la de “Los amigos reunidos”: Mirabeau, Robespierre, Sièyes y Marat. Al ingresar Voltaire a la logia el venerable le dijo: “Mi muy estimado hermano, vos erais ya masón antes de recibir tal título y habéis cumplido los deberes antes de haber contraído las obligaciones de nuestras manos”. Y el historiador de la logia escribió que “nunca nadie como Voltaire profesó con mayor brillantez los principios tan queridos a la institución” [26]. La masonería – verdadera conspiración de los librepensadores ingleses – se desparramó por doquier, organizando la campaña antirreligiosa. Voltaire, de ellos recibe su baño masónico, y vuelve de Inglaterra hecho un discípulo superior a sus maestros. Los enciclopedistas franceses trabajaban intensamente y en estrecha alianza con los librepensadores ingleses. Voltaire, Rousseau y los Enciclopedistas fueron los verdaderos padres ideológicos de la Revolución, hija primogénita de la masonería. “Voltaire es el maravilloso obrero de la destrucción, el patriarca de la incredulidad moderna con su odio más fanático contra el cristianismo. Manejando con arte infernal el arma envenenada del sarcasmo y de la ironía desplegó, en su guerra a muerte contra Cristo, un odio satánico contra su obra, la Iglesia Católica. Fue el misionero del diablo entre los hombres de su tiempo. El es el príncipe de la canalla de todos los siglos, un masón engreído y presuntuoso que, por otra parte, pagó tributo desde temprano a todas las torpezas y a todos los vicios” [27]. Desde 1760 no se refiere a la Iglesia sino como a la “Infame”. “Más envejezco – escribe – y más implacable me vuelvo contra la Infame”. Al masón Diderot, su compinche, le decía: “Os recomiendo a la Infame. Es menester destruirla, es necesario aplastarla (Écrasez l’Infame). ¡Ah!, los bárbaros perros cristianos, ¡ Cuánto los detesto ¡” El siglo XVIII, idólatra de la razón, imbuido de cientificismo, pervertido por la masonería, hostil a la Iglesia, sensual y libertino, halló en Voltaire el mejor espejo de sí mismo; por eso decretó su endiosamiento. Con respecto al misántropo Rousseau, plebeyo resentido y mal educado, romántico nebuloso y utópico, dice Jacques Maritain que es un “irresponsable, enfermo y perdido de neurosis, un asténico, un campo cerrado de contrastes hereditarios agobiantes. En el orden especulativo todo esfuerzo de construcción lógica y coherente es para él un suplicio, y en el orden práctico la voluntad, como facultad racional, le falta por completo. Mucho menos vil y despreciable que Voltaire es en realidad más dañino que él, pues ha ofrecido a los hombres no sólo una negación sino una religión fuera de la indivisible Verdad. Ha conducido el pensamiento moderno a una parodia infernal del cristianismo y a todos las aberraciones y apostasías que de aquí se derivan” [28]. Su Contrato Social fue llamado “Evangelio Revolucionario” y su autor proclamado el “Dios de la Revolución” y el “Preceptor del Género Humano”. Rousseau, con su teoría de que “la voluntad general es siempre justa y siempre tendiente a la utilidad pública”, estableció el estatismo más absolutista y el positivismo jurídico. Por lo que, a pesar de sus declamaciones contra el despotismo y ser llamado el “Apóstol de la Libertad”, nos ha entregado atados de pies y manos al amo más terrible y despiadado, cual es la “mayoría” apasionada e irresponsable. Habla de la libertad de conciencia, pero impone, con drásticas sanciones, una religión de Estado; patrocina el césaro-papismo, legitima las persecuciones de los emperadores romanos y pondera el absolutismo de Mahoma y sus califas. Más adelante dice en su libro: “El Estado podrá desterrar al que no crea en los dogmas deístas que él establezca en su religión; pero a aquél que creyere y luego se comportara como incrédulo debe castigársele con la pena capital” [29] Los montones de cadáveres inmolados y los ríos de sangre vertidos, obedeciendo a la “voluntad general” y al “pueblo soberano”, son el monumento que mejor representa las utopías ingenuas, pero criminales, del anárquico y despótico Rousseau: padre de nuestros demoliberales laicistas, enamorados de la democracia y de la libertad. En 1789 había en Francia 620 logias: 60 en París, 450 en las provincias, 40 en las colonias y 70 en el ejército con un total de 30.000 inscriptos. En ese mismo año el célebre conde Cagliostro – brillante embaucador, visionario y charlatán, nacido en Palermo de Sicilia y cuyo nombre era José Bálsamo – había introducido también su masonería egipcíaca en las logias juveniles de la Academia de Francia. Decía Cagliostro que los sacerdotes egipcios habían recibido sus revelaciones del patriarca Enoc y del profeta Elías y que él hablaba directamente con los ángeles y los profetas. Este farsante con sus recetas y mixturas y con su espiritismo e hipnotismo engañó a media Europa.

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10. Se organiza la “Gran” Revolución

El Congreso Masónico de Wilhelmsbad (Alemania) convocado en 1782, por el duque de Brunswich, reunió representantes de todas las logias de Europa. Allí se decretó “la fusión de todos los sistemas masónicos”, y se adoptó, como predominante, la doctrina del Iluminismo – secta de fanáticos anticatólicos de tendencias protestantes y racionalistas – cuyo fundador, el jesuita apóstata Adán Weishaupt – profesor de derecho de la Universidad de Ingolstad en Baviera – había escrito en 1779: “Llegará un tiempo en que los hombree no tendrán otra ley que el libro de la Naturaleza. Esta revolución será obra de las sociedades secretas. Todos los esfuerzos de los soberanos, para impedir nuestros proyectos, serán inútiles. Esta chispa puede todavía quedar cubierta largo tiempo bajo las cenizas, pero el día del incendio llegará”. Toda la documentación de los “iluminados” de Baviera y sus conexiones con la revolución francesa fueron publicadas en 1785 y se hallan en el archivo público de Munich. Esta documentación puede consultarse, transcripta en parte, en las obras de Barruel y de Robison donde se hallan estas normas para los iluminados masones: “Buscar a los que se distinguen por su poder, su riqueza y su saber. No rehusar su ayuda, pero guardarse de hacerlos participes de nuestros secretos. Buscar la dirección de la educación, de las cátedras y del gobierno de la Iglesia. Entusiasmarlos por la humanidad y hacerlos indiferentes por la familia y la nación. Esforzarse para fiscalizar las revistas y los diarios y ganar a las editoriales para nuestras ideas” [30]. Propagaban en Francia sus doctrinas iluministas de sectarismo y teosofismo ocultista el portugués Martines de Pascually y Luis Claudio Saint Martín, fundadores del iluminismo francés o martinismo. Desde el Congreso de 1782 el iluminismo se constituyó en el Estado Mayor de la masonería universal. El representante de Francia, conde de Virieu, al volver del congreso, declaró: “La conspiración que se maquina está tan bien urdida, que será imposible, a la monarquía y a la Iglesia, escapar de ella” [31]. El senador José de Maistre, antiguo afiliado al iluminismo, escribía en su oncena conversación de las Veladas de San Petesburgo, desde Rusia en 1816,que los iluministas se habían propuesto “la extinción total del cristianismo y de la monarquía, planeando y organizando la más criminal asociación que imaginar se pueda”. La tendencia irreligiosa y anárquica del iluminismo negaba a Dios y propiciaba la abolición de toda autoridad civil. Sus miembros juraban guardar el secreto de sus planes, y ejercían sus jefes el derecho de vida o muerte sobre sus afiliados [32]. Los congresos masónicos de París, convocados en 1785 y en 1787, acabaron de concentrar en Francia todas las fuerzas revolucionarias. Allí se decretó la Revolución, que luego se debía extender por toda Europa. Fue el primero y el más formidable ensayo de revolución masónica cosmopolita. Mirabeau y otros agitadores se encargaron de depurar las logias de todos los elementos adictos a las instituciones tradicionales y cristianas, introduciendo en ellas gentes de mal vivir y del hampa, truhanes y malandrines [33]. En 1789 se creó el Club de Propaganda, destinado a “derrumbar todos los gobiernos actualmente establecidos”. Tal club pagaba – con los dineros de Felipe Igualdad – “los panfletos incendiarios y los viajes proselitistas de los nuevos apóstoles-misioneros”. Los nombres de los “hermanos o amigos”, integrantes de tales logias masónicas, se encontrarían luego en todas las asambleas, en todos los clubes y en todas las jornadas revolucionarias, desde 1789 hasta 1795. El 70% de los diputados del Tercer Estado en los Estados Generales de 1789 eran masones [34]. El Club de los Jacobinos – organizado por los masones de la Asamblea Constituyente – tenía para los correligionarios, sus reuniones públicas en los comités de toda Francia; pero, las sesiones secretas, eran sólo para los “iniciados”. La masonería francesa influyó así, poderosamente, en las ideas del siglo XVIII, y tomó parte activísima y principal en la revolución de 1789. “Los Jacobinos – afirmó Juan Bon en 1921 en el Gran Oriente de Francia – no eran otra cosa que la cara externa de la logia masónica”. En el discurso de clausura del “convento” masónico realizado en Francia en 1909 se reconoció esta verdad histórica, al afirmarse categóricamente que “de las logias partió el formidable movimiento que hizo la Revolución y puso las bases de una república igualitaria y fraternal”. Las logias, en efecto, por sus doctrinas igualitarias y de librepensamiento y finalmente anarquistas, gestaron la Revolución; y ésta, por el juego de sus leyes, sacrificó inmediatamente a los que la prepararon. Tal historia revolucionaria, pletórica de trágicas sorpresas, resaltó un drama sangriento de infernal maquiavelismo, cuyos autores fueron desapareciendo, por riguroso turno de lista, bajo el filo de la guillotina, Su “gran obra” se cumplió; y Francia “regenerada” masónicamente, fue un inmenso “taller” [35]. En 1790 las logias enviaron a la Asamblea Constituyente, integrada por 300 masones, el siguiente mensaje: “Nuestra moral se conforma con vuestra legislación, y el edificio constitucional que vosotros construís, sigue las reglas de nuestra “arquitectura”. En nuestra vasta república de hermanos una señal puede hacernos escuchar de uno a otro polo, y nuestras conexiones pueden producir los conductores de esta electricidad cívica, que debe establecer el equilibrio de la felicidad en la máquina del mundo” [36]. Más adelante avalaremos, con hechos históricos de inconcebible salvajismo, la moral predicada por los “apóstoles de la libertad”. La Revolución pretendió ser la abolición del absolutismo, la liberación y el reinado del individuo, la destrucción del dogma y del prejuicio y sólo consiguió crear otro absolutismo, sojuzgar a la persona humana y engendrar nuevos dogmas y nuevos prejuicios. Al absolutismo personal de los reyes sucedió el despotismo de la Convención Nacional, a la aristocracia de los privilegiados siguió primero la oligarquía de los ideólogos y luego el predominio de los burgueses, y al culto de la religión tradicional, avalada por los siglos, la persecución religiosa y el ensayo efímero de una religión nacional. Lo que pretendía ser el reino de la libertad se trocó en el imperio de la intolerancia más sangrienta. En 1793, Felipe Igualdad (primo del rey, de quien votó la muerte y a quien luego siguió al cadalso) dijo al renunciar a la masonería: “Me inscribí en ella porque me pareció que ofrecía señales de “igualdad”; como acepté ser miembro del Parlamento porque prometía darnos la “libertad”. Después cambié el disfraz por la realidad. Como no conozco la forma de organización y composición del Gran Oriente (a pesar de ser el Gran Maestre) y como, por otra parte, juzgo que no debe hacerse ningún misterio en las instituciones y no debe existir ninguna asamblea secreta en una república; no veo la necesidad de mezclarme en los asuntos del Gran Oriente ni en las asambleas de los masones” [37]. Su carta renuncia apareció en el “Journal Officiel” de París del 23 de febrero, y al leerse el 13 de mayo en la Asamblea de los masones, se le destituye de su cargo. El presidente de la Asamblea tomó la espada de la Logia, la rompió contra su rodilla, y arrojó los fragmentos en medio de la sala. La “tenida” epilogó con una “batería” fúnebre. La reina de Francia, María Antonieta, antes de ser ajusticiada en 1793, escribía a su hermano el emperador Leopoldo II de Austria: “Adiós, querido hermano:… cuidaos de toda confraternidad masónica; por este camino todas las fieras de aquí hacen tentativas en todos los países para llegar a un mismo y único fin…” [38].

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11. Gobiernos masónicos en Francia

La masonería, sin ningún escrúpulo, hizo muy buenas migas con todos los regímenes que se sucedieron en Francia; adhiriendo no tanto a las cambiantes formas de gobierno, cuanto a los principios rectores de su acción. La “Anti-Iglesia” o “Contra-Iglesia” o “Iglesia de la herejía” – como se llama a sí misma la masonería – aduló a los soberanos, a condición de que éstos favorecieran su obra de destrucción, y para obtener su objetivo adoptará, todas las formas del colaboracionismo con los poderes públicos. “Apréndase a incensar y adorar a tiempo al coloso que nos aplasta – reza la consigna masónica – para lograr luego derribarle más a mansalva”. Por eso, Napoleón Bonaparte, hijo de la Revolución, gozó de sus simpatías. El Gran Oriente le rindió público homenaje, en 1801, proclamándolo “el ídolo del día” en el “convento” de los quinientos representantes de las logias de Francia; y él correspondió, favoreciendo sus avances, y permitiendo la reestructuración de la mayoría de las logias en sus regimientos victoriosos. Estos fundaban logias militares en Alemania, Italia, España y por toda Europa, dejando en cada guarnición un foco de propaganda de las doctrinas masónicas de la Revolución. En 1804, siendo emperador, autorizó a su hermano José (rey de Nápoles en 1806 y de España en 1808-1813) para ser el Gran Maestre de la Orden por el período 1804-1814. Lo secundaron, en tal gobierno masónico, Joaquín Murat (cuñado de Napoleón y rey de Nápoles en 1808-1814) y Juan Cambacerés, duque de Parma y canciller del imperio, que también fue Soberano Gran Comendador del Consejo Supremo de la Gran Logia del Rito Escocés. El día 27 de diciembre de 1805, fiesta de San Juan Evangelista, patrono de la Orden, el Gran Oriente ofreció al emperador una gran fiesta para celebrar sus triunfos, a la cual concurrió él con sus ministros, senadores y tribunos del pueblo. “Esta fue la época más brillante de la masonería – escribe Bazot, secretario del Gran Oriente. Existían – dice – cerca de doscientas logias en el imperio francés: en París, en las provincias, en las colonias, en los distintos países y en el ejército. Los altos funcionarios del Estado, los mariscales, los generales, una multitud de oficiales de toda graduación, jueces, sabios, artistas, industriales y comerciantes: todos fraternizaban masónicamente en Francia. Era como una iniciación general. La masonería se dejó avasallar por el despotismo – añade – con tal de llegar a ser soberana” [39]. El Gran Oriente de Francia de 100 logias en 1802 llegó a contar 300 en 1804, 800 en 1810 y 1.000 en 1814. En los informes masónicos de la época nos hallamos con las oraciones dirigidas a los bustos de Napoleón mandados esculpir para presidir las logias junto al Gran Arquitecto del Universo. Una de ellas dice: “¿Salve, salve, imagen fiel del que adoramos!”. Al caer Napoleón, la masonería giró en redondo, “jurando morir por la defensa del mantenimiento de la familia de los Borbones”; y virando estratégicamente, exoneró de sus cargos supremos a José Bonaparte, Murat y Cambacerés. La masonería tendrá dos nuevos cambios de frente al volver Napoleón de la isla de Elba y al ser derrotado luego en Waterloo. Cuando en la prisión de Santa Elena se preguntó a Napoleón si alguna vez había apoyado a los masones, respondió: “Sí, porque estaban contra el Papa. Ellos, durante la revolución y en estos últimos tiempos, han contribuido eficazmente a disminuir la influencia del clero y cercenar el poderío del pontífice de Roma” [40].

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12. Nuevas revoluciones masónicas y socialistas

El rey Luis XVIII (1814-1824) – que había sido masón – favoreció la secta, quizá para contar con su apoyo, y se rodeó de ministros masones; y la nueva constitución de Francia – dice el masón Bazot – “permitió a la masonería retomar su natural impulso”, actuando con entera libertad; sobre todo a partir de 1821. Carlos X (1824-1830) creyó ser medida de buen gobierno continuar en tal línea de conducta, y las logias prepararon, a la luz del día, la revolución de 1830, que le pagó sus buenos oficios derrocándolo. El Gran Oriente y el Supremo Consejo de los masones ofreció luego una gran fiesta al general victorioso, el ilustre masón La Fayette, contando con la presencia de los masones miembros del gobierno. La Fayette era el Gran Maestre del Consejo Filosófico de los caballeros Kadosh de la logia “Parfait silence”. Los ministros del “rey ciudadano”, Luis Felipe (1830-1848) – hijo de Felipe Igualdad -, imbuidos de prejuicios antirreligiosos, extraídos de las logias, establecieron, entre otras cosas, el monopolio de la enseñanza, en contra de lo expresado en la proclama de la revolución; y se implantó, para las nuevas generaciones, la educación basada en los principios racionalistas y naturalistas, que son la esencia misma de la masonería. Mientras tanto, los elementos “avanzados” de la secta – que se reunían secretamente desde años atrás en sus “ventas de carbonarios” – iban preparando el camino al socialismo. La monarquía tenía ya firmada su sentencia de muerte. La masonería, que se desarrollaba en los medios incrédulos, de ahora en adelante se adhiere, en forma especial, a la tendencia anticatólica, tendencia en que permanecerá y prosperará en lo sucesivo. En 1845 el ministro de Guerra prohibió a los militares afiliarse a las logias, pero en vano. La revolución quedó decretada en el Congreso General Masónico reunido en Estrasburgo en 1847. El movimiento debía abarcar toda la Europa central. En el espacio de quince días – del 18 al 30 de marzo de 1848 – espantosas conmociones sociales se produjeron desde los Pirineos hasta el Vistula: en Berlín, Milán, Parma, Venecia, Nápoles, Florencia y Roma. El poeta Alfonso Lamartine y los socialistas masones Ledru-Rollin, Luis Blanc, Pedro Proudhon y otros, fueron los delegados que envió Francia al mencionado congreso. Estos mismos personajes aparecerán luego como miembros del gobierno de la Segunda República, ocupando Lamartine la presidencia provisional. La revolución derrocó al rey y estableció la república, el 24 de febrero de 1848. El Supremo Consejo Masónico felicitó al nuevo gobierno, y Lamartine contestó el 10 de marzo: “Estoy convencido que las “sublimes” explosiones de 1789 y 1848 han emanado del fondo de las logias” [41]. Y el masón Garnier Pagés, ministro de la República, declaró abiertamente: “La revolución francesa de 1848 constituye el triunfo de los principios de la liga masónica”. El Gran Maestre Bertrand, presidente de la delegación del Gran Oriente. ante el gobierno, dijo en su discurso: “Los masones saludan el triunfo de sus principios y se felicitan de poder afirmar que la patria entera ha recibido, por medio de vosotros, su consagración masónica. Cuarenta mil masones, repartidos en más de quinientos talleres, os prometen su cooperación, para consumar la obra de “regeneración” tan gloriosamente iniciada” [42] El judío Isaac Crémieux – rodeado de funcionarios, vestidos todos con las insignias masónicas – respondió en nombre del gobierno, siendo ministro de Justicia – él, que había ocupado el sitial del Gran Maestre del Gran Oriente: “La República está dentro de la masonería. Sobre toda la superficie de la tierra la masonería ha tendido una mano fraternal a todos los masones. Esta señal es conocida por todos los pueblos. La República hará lo que hace la Masonería” [43]. En 1849 el Gran Oriente hizo la revisión de su Constitución, considerando que “los nuevos principios que hoy rigen en Francia exigen una renovación de la masonería”. Su sanción, sometida al veredicto de los representantes de todas las logias, inauguró el llamado “convento anual”, que es una especie de senado masónico de permanente fiscalización de sus actuaciones. La Orden, así centralizada, adquirió toda su potencialidad. Luis Napoleón Bonaparte, futuro emperador y antiguo carbonario, fue el candidato oficial de las logias para la presidencia de la República. El sobrino del “árbitro de Europa”, dueño del poder nacional, estableció la dictadura en 1851 y encarceló a todos sus opositores por consejo de la masonería, que juzgó prematura la república para Francia. Por otra parte, el 15 de octubre, la secta solicita para Luis Napoleón, la corona imperial y en 1852 es proclamado emperador. A Luciano Murat, su sobrino – hijo del ex rey de Nápoles -, el Gran Oriente lo eligió Gran Maestre para el período 1852-1861; pero, cuando en 1861 en el senado francés se opuso a la expropiaciónde los estados pontificios, fue exonerado de su cargo, pues ese “crimen” los masones no se lo podían perdonar. Su sucesor – impuesto por Napoleón III – fue el mariscal Bernardo Magnan, el cual afirmó no conocer el abecé de la masonería; pero al que, contra su voluntad y por orden del Emperador, se le confirieron los 33 grados en una mañana, y a la noche fue el Gran Maestre hasta su muerte en 1865. EI general Mellinet, Gran Maestre desde 1865 hasta 1870, secundó la política exterior de Napoleón III en la unificación de Italia y Alemania y en la destrucción del poder temporal de los papas; “dirigiendo, con sus tropas masónicas, el asalto a la civilización cristiana.”. En el interior, el mismo Emperador se encargó de precipitar el desastre de su patria, facilitando en ella la obra desquiciadora y disolvente de la masonería. La activa propaganda masónica durante su imperio “liberal” preparó la Tercera República junto con sus futuros líderes de su política anticlerical que por este tiempo se van inscribiendo en las logias. La principal máquina de guerra montada contra el catolicismo fue la Liga de la Enseñanza fundada en 1866 por el masón Juan Macé: institución masónica que contó con el apoyo oficial del Ministerio de Instrucción Pública y que en lo sucesivo ha de desempeñar un papel decisivo en los debates escolares.

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13. La República en Francia es la Masonería en descubierto

Así quedó virtualmente fundada la república “radical”, de cuyo funcionamiento dijo muy bien el masón Gadand en el convento anual de 1894: “La masonería es la República encubierta, así como la República es la masonería en descubierto. La República tiene su corazón palpitante en la masonería, y en la logia: su escuela normal”. Estas palabras sintetizan el papel preponderante de las logias en Francia desde el último cuarto del siglo pasado, pues la mayor parte de los actos importantes del gobierno fueron determinados por las influencias masónicas. El 4 de setiembre de 1870 el Gran Oriente se apresuró a aclamar a la República, entrando a formar parte, ampliamente, del Gobierno Provisional. En 1895 nueve de los once ministros eran masones. En este asombroso equipo ministerial, el ilustre masón Emilio Combes, era ministro de Culto. Se trata, pues, del Estado masónico en todo su esplendor, coronado con un presidente de la república y un presidente de la cámara que pertenecen a la misma “profesión”. Desde 1870, la masonería ha intervenido notablemente en la política nacional hasta nuestros días; y se ha declarado francamente anticatólica. El masón Ernesto Renán realiza una insidiosa campaña de descrédito del catolicismo; el masón León Gambetta, desde el Parlamento, en 1877, desafía abiertamente a los católicos con su célebre frase: “El clericalismo, he ahí el enemigo”; y los masones Ferry, Bit, Combes y Briand inician nuevamente la serie de leyes antieclesiásticas. Emilio Littré – digno continuador de Voltaire – y Julio Ferry – padre del laicismo escolar – se afiliaron a la logia “Clémente Amitié” del Gran Oriente de Francia, el 8 de julio de 1875, en presencia de Gambetta y Luis Blanc. En tal ocasión dijo Gambetta: “Debemos librar el combate de la ciencia contra el oscurantismo, de la libertad contra la opresión, de la tolerancia contra el fanatismo”. Y respondió Carlos Cousin, venerable maestro de la logia, con esta palabras: “Un azote más horrible que la guerra, más devastador que la inundación amenaza hoy el corazón mismo y el cerebro de Francia. Es la inundación clerical. Si no la detenemos en su marcha, sus estragos serán irreparables” [44]. El ministro Pablo Bert atacó con una rudeza inconcebible a la Iglesia y a la moral cristiana y nadie como el ministro Julio Ferry contribuyó a fines del siglo pasado, a colocar a la masonería a la vanguardia del ejército anticlerical. Las leyes de 1833 y 1850 concedían a la religión un importante lugar. Se rezaba en las escuelas, se enseñaba el catecismo y los niños asistían a la misa vigilados por los maestros; pero, una vez puesto en marcha, en 1879, el dispositivo de lucha, se desencadenaron la Liga de la Enseñanza, la Masonería y la Prensa. A partir de 1880 el clero se vio excluido del Consejo Superior de Instrucción Pública y de los Consejos Académicos. El decreto del 19 de marzo de ese año daba a la Compañía de Jesús un plazo de tres meses para disolverse, como así también las congregaciones religiosas para solicitar su autorización. Se proscribe el clero castrense el 8 de julio de 1881, se secularizan los cementerios el 15 de noviembre de 1881 y también los hospitales; se quitan los crucifijos de los tribunales, se establece el divorcio el 27 de julio de 1884 por obra del masón Naquet, el servicio militar para los seminaristas, etc,… En diciembre de 1880 se crean los liceos para niñas con el propósito – confesado por el masón Camilo Sée – de arrebatar a la Iglesia la educación femenina; luego se sanciona la enseñanza gratuita el 16 de junio de 1881 y obligatoria y laica el 28 de marzo de 1882 y, finalmente, el 30 de octubre de 1886 la laicidad del personal docente para las escuelas públicas. En 1880 se clausuran 400 casas religiosas y, en 1881, se prohíbe enseñar a los religiosos y a los clérigos. Desde 1901 la persecución de la República masonizante reviste aspectos de enconada violencia y se expulsan miles de religiosos y sacerdotes, en conformidad con la llamada Ley de Asociaciones del mes de julio de ese año. Esta famosa ley, en manos del ministro Combes – ex seminarista – fue un brutal instrumento de proscripción general. Por ley del 7 de julio de 1904 se cierran 14.000 colegios católicos, y el 9 de diciembre de 1905 se separa el Estado de la Iglesia y el gobierno se incauta de todos sus bienes; produciéndose, posteriormente, una serie de medidas arbitrarias contra el clero y los  fieles católicos. La Tercera República llegó a clausurar 20.000 escuelas católicas y expulsó del país a 60.000 religiosos y sacerdotes [45]. En 1904 la logia Estrella de Oriente de la Masonería Argentina, enviaba al “hermano” Combes – jefe del Gobierno de Francia – su calurosa felicitación “por la enérgica actitud asumida contra la orgullosa y absorbente intransigencia del Vaticano. Bueno seria continúa la Revista Masónica de Buenos Aires en su número de junio-julio de ese año – que las demás logias imitaran este ejemplo, expresando así la vinculación y solidaridad en los fines comunes que perseguimos con los liberales de Francia y de todo el mundo”. En la asamblea del Gran Oriente, reunida en 1902, su presidente, el masón Blatin, brindó a la salud del gobierno de Combes asegurando “que es y siempre ha sido un masón perfecto y fiel; masón animoso, decidido a aplicar las ideas de nuestra Orden y a hacer prevalecer todas nuestras aspiraciones. Es menester ante todo, hermanos míos, que el Gobierno recuerde que de entre todos los que lo sostienen la masonería es, en verdad, su más firme y sólido apoyo; pero también es necesario que recuerde que, para avanzar con provecho por el camino que se ha trazado, debe ir hasta el fin. Mientras no hayamos acabado de una manera completa con las congregaciones religiosas, mientras no hayamos roto con Roma y establecido, de una manera definitiva, la enseñanza laica en toda la superficie del país, no habremos hecho aún nada”. El ilustre académico y librepensador francés Julio Lemaitre les salió al paso a los anticlericales masones de su patria, escribiendo lo siguiente: “En Francia la coalición de tres minorías (judíos, protestantes y masones) conserva el poder directa o indirectamente desde hace más de veinte años… Hay una “iglesia” a la cual el Estado está presentemente esclavizado, y no es precisamente la Iglesia Católica; una iglesia oculta, que tiene su credo y su anticredo y su liturgia; una iglesia maravillosamente organizada para la dominación y el botín. Esta iglesia es la masonería… El peligro viene hoy de la masonería; de esta iglesia oculta y perseguidora, de actuación oficial, al mismo tiempo que de existencia ilegal, lo que es verdaderamente monstruoso. ¡La masonería: he ahí el enemigo !” [46]. Escribió Gautherot: “Bien se sabe que la soberanía nacional, representada en el Parlamento, no es más que una ilusión. No es la voluntad del pueblo la que mueve a sus representantes para votar tal o cual ley, como no fue la voluntad de Francia lo que dirigió a los Constituyentes y Convencionales de la Revolución, sino el “poder oculto”. Todo esto se prueba con documentos irrefutables – termina el autor – porque no hay apenas secretos para los que quieren estudiar la acción masónica en el gobierno y en las cámaras de Francia” [47]. Monseñor Gouthessoulard, enjuiciando al gobierno francés de fin de siglo, podrá decir con verdad: “Ya no estamos más en república sino en masonería”; pues la mayoría de los parlamentarios de Francia eran masones, y – puestos al servicio de las logias – emprendieron la obra de la destrucción social, de la cual el primer punto del programa era “guerra al catolicismo”, hipócritamente llamado clericalismo; ya que el mismo Julio Simón haba dicho en el senado, el 8 de diciembre de 1879: “Cuando decís clericalismo entendéis catolicismo, y también catolicismo entendemos nosotros” [48].

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14. La Comuna de París

Durante los espantosos desmanes y sacrílegos atentados que se perpetraron en el criminal movimiento de la Comuna de París de 1871, la masonería tuvo una actitud destacada al ponerse de parte de los comunistas. Luego – según datos del Journal Officiel – 10.000 masones, revestidos con sus insignias, fueron a cumplimentar a las autoridades gubernamentales de la insurrección. Su orador, el masón Tirifocque, dijo: “La Comuna es la más grande revolución que el mundo ha contemplado. Ella es el nuevo templo de Salomón que los masones tienen el deber de defender”. El masón Le Français, miembro del gobierno, contestó: “El fin de la masonería es el mismo de la Comuna, a saber: la regeneración social”. En su nombre, durante las sangrientas jornadas de mayo de ese año, se quemaron iglesias y conventos, y se asesinaron millares de sacerdotes y ciudadanos y al arzobispo de París, monseñor Darboy. Se incendiaron y destrozaron los monumentos, el palacio de las Tullerías, los bancos, los comercios y numerosos edificios históricos; se fusiló a militares, se despojó de sus haberes a los particulares y se allanaron los claustros, que fueron testigos de abominables excesos y horribles carnicerías. Y cuando el ejército nacional sitió la ciudad intimándole rendición, los “hijos de la viuda”, defensores de la “patria universal”, lanzaron su proclama: “¡Masones de todos los ritos y de todos los grados!, la Comuna, defensora de vuestros sagrados principios, os llama en torno de ella. La instrucción que hemos recibido en nuestros talleres nos dictará a cada uno de nosotros el deber sagrado a cumplir”. En el fondo, pues, de tales hechos históricos y de tales pruebas documentales, la doctrina masónica se manifiesta en un todo conforme con el socialismo, con el comunismo marxista y con el extremismo anarquista: último intento de su tan decantada “regeneración social”. Desde 1881 hasta la fecha, la masonería es la verdadera dueña de la República Francesa. Tal ascendiente se robusteció en el ministerio de Herriot, en 1924, durante el cual todas las sugerencias de la masonería tuvieron sanción legal en las cámaras legislativas. Esas leyes se proponían la destrucción sistemática del catolicismo y el establecimiento del socialismo universal [49]. Los historiadores no trepidan en sostener que “las resoluciones de la asamblea masónica precedían en un año a las del Congreso y éstas eran inmediatas al Consejo de ministros determinando sus decisiones”. En cuanto al Ejército, está probado que el general André, ministro de Guerra de Waldeck Rousseau y luego con el gabinete Combes, reglamentaba la lista de ascensos de los oficiales según las calificaciones que le proporcionaba la masonería sobre las ideas políticas y religiosas de cada uno de ellos. Los agentes más importantes de esta operación fueron el capitán Mollin, colaborador directo del ministro, y el masón Vadécard, secretario general del Gran Oriente. La masonería suministraba al gobierno y al parlamento, proyectos y planes, los incitaba, por medio de sus imperativos y llamadas al orden y les proporcionaba mayorías dóciles, haciendo triunfar a sus adeptos en las reelecciones periódicas, a pesar de la caída de los ministerios. En la Cámara de 1885 había 200 diputados masones y en la de 1928, doscientos cincuenta, además  de 160 senadores. Tanto, que uno de sus integrantes pudo afirmar: “Hemos organizado en el mismo seno del Parlamento, un verdadero sindicato de la masonería”. Los gobiernos posteriores, masónicos y socialistas, de León Blum y Camilo Chautemps, como los de Faure, Cot, Auriel, Daladier, etc., estaban, también ellos, integrados por personajes reclutados en las logias. Chautemps, en dramáticas circunstancias para la masonería de Francia, confesó paladinamente: “Toda mi formación intelectual la debo a las logias”. En 1936, al constituirse en Francia el Frente Popular, se vio desfilar por las calles de París, al lado de las turbas comunistas, a los masones con su Gran Maestre a la cabeza, revestidos de sus mandiles y ornados con sus bandas, collares e insignias. En 1941 el mariscal Pétain, antimasón por antonomasia, suprimió la masonería que, encastillada en el gobierno, había sido con “el judaísmo” la principal culpable de la tragedia francesa. La documentación incautada a las logias, después de la derrota de 1940, se conserva en la Biblioteca Nacional de Francia; pero este conjunto de repositorios y textos ofrece muchas lagunas: faltan documentos de suma importancia, otros fueron destruidos intencionalmente durante la revolución francesa, después de ella y sobre todo en 1940. Finalmente, otras órdenes de la masonería jamás han sido escritas [50]. El 7 de septiembre de 1945, León Mauvais, secretario del Partido Comunista, comunicaba al Gran Oriente que los masones podían ingresar en el partido; y el presidente del Consejo de la Orden, señor Francisco Viau, anunció a los masones en 1947, que “no había inconveniente alguno para la adhesión de los francmasones al partido comunista, con el compromiso de observar y guardar las disposiciones reglamentarias de dicho partido. Tanto más que un masón puede aceptar enteramente las ideas filosóficas del marxismo”. Al terminar la Segunda Guerra Mundial, Pétain es condenado por traidor a la patria; ni muerto lo han querido recibir. Odio eterno a quien oficialmente los puso en descubierto; y los masones vuelven a gobernar en Francia. Así se cumple lo que se dijo en el Gran Oriente de París en 1919: “Por encima de todos los gobiernos que pasan, la masonería – que es el armazón de la República – permanece” [51].

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15. Desarrollo de la masonería en España

En España se abrió la logia filial de Inglaterra en 1728. La figura más saliente de la masonería española fue el conde de Aranda, ministro del rey Carlos III y agente principal de la expulsión de los jesuitas en combinación con el marqués de Pombal, primer ministro y Gran Maestre de la masonería en Portugal. El masón D’Alembert había dicho: “Los jesuitas son la tropa de línea bien disciplinada que, bajo el estandarte de la “superstición”, forman la falange macedónica, cuyo exterminio importa sobremanera”. Voltaire, comentando la expulsión, escribía: “Bendigamos al conde de Aranda porque ha limado los dientes y cortado las uñas del monstruo”. En Francia los había expulsado, en 1782, en número de 4.000, el primer ministro de Luis XV, el duque de Choiseul, venerable de la logia “Enfants de la gloire”. Pombal los había desterrado de Portugal en 1759, en número de 1.100; descuartizando, además, a cinco y dejando morir en la cárcel un centenar. Los reinos borbónicos de Nápoles, Sicilia y Parma harán otro tanto en 1768, siguiendo el ejemplo de Aranda, que había expulsado, en 1767, a 7.000 de España y América, por las burdas calumnias y ridículas fábulas que configuraron el complot urdido por el duque de Alba [52]. Sus mismos autores, antes de morir, confesaron su perfidia; y la historia se ha encargado de demostrar hasta la evidencia la falsedad de sus acusaciones. El cerebro de esta conjura satánica era Pombal, principal “punto” del triángulo masónico: Pombal-Aranda-Choiseul. Los masones aseguran que con tal expulsión y supresión de los jesuitas ganaron la principal batalla del siglo, pues ellos eran los que más se oponían a su penetración. Los llamaban jenízaros del Papa y granaderos del fanatismo y la intolerancia. El ministro de Gracia y Justicia, Manuel de Roda, escribía a Choiseul, el 17 de diciembre de 1767: “Hemos matado al hijo; ya no nos queda más que hacer otro tanto con la madre, Nuestra Santa Iglesia Romana”. Aranda cambió el rito inglés por el escocés filosófico-primitivo y fundó, en 1760, con el ministro Campomanes, la primera Gran Logia Española de la que fue Gran Maestre. El 24 de junio de 1780 fundó el Gran Oriente Español, que dependió de Francia. El apóstata y traidor Juan Antonio Llorente, secretario del Tribunal del Santo Oficio, se trasladó a Francia y allí escribió a pedido de la masonería, que pagó sus trabajos, la “Historia de la Inquisición”, a fin de denigrar a España y a la Iglesia. Usó, según dice él, los archivos de la institución, los cuales cuidó muy bien de hacer desaparecer para que nadie comprobara sus aseveraciones. Ese libro ha sido el tintero adonde todos los sectarios han ido a mojar su pluma para calumniar a España y a la Iglesia. En 1809 existían en España tres grupos masónicos: el Gran Oriente Español Independiente y los dos Supremos Consejos, dependiente uno de Francia y otro de Inglaterra. El rey José Bonaparte era el Gran Maestre del Gran Oriente Español. Durante su reinado suprimió en España los institutos religiosos y declaró bienes nacionales sus propiedades, cuyas ventas decretó. La traición del masón Godoy, ministro del reino y agente de la masonería francesa, entregó España a Napoleón. El masón Miguel de Albania, elegido por Napoleón presidente de las Cortes de Bayona, y que fue Soberano Gran Comendador del Supremo Consejo de la masonería española, sancionó la entrega y redactó el proyecto de constitución, conforme a las líneas generales que le suministró el emperador [53]. Más tarde, en 1812, bajo la égida de la masonería inglesa, se dictará la constitución liberal de Cádiz, origen de un sinnúmero de motines y de revoluciones. Además se organizaron logias militares denominadas “trincheras”, cuyas actas se llamaron “salvas”. A ellas se afiliaron oficiales encumbrados del ejército español. Tales logias quebrantaron la disciplina y originaron multitud de pronunciamientos, como el de 1820 del general Rafael Riego, Gran Maestre del Oriente.

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16. Logias masónicas y logias patrióticas

En muchas de estas logias – que eran exclusivamente de carácter político – hubo también sacerdotes que lucharon por la independencia de España en la invasión napoleónica; y patriotas criollos civiles, militares y clérigos – que bregaban por la independencia de la dominación española en la América del Sur. Terminadas las guerras de la independencia se disolvieron estas logias, quedando tan sólo las nacionales masónicas [54]. Las filiales españolas de los carbonarios recibieron también el nombre de “ventas”, o sea, mesones o posadas de leñadores y carboneros. En 1824 – después de la siniestra experiencia del gobierno masónico de 1820-1823 del Gran Maestre Agustín Argüelles y de Evaristo San Miguel, presidente de la “República Coronada”, en que se cometieron toda clase de asesinatos, saqueos, atropellos e incendios y se votaron leyes inicuas contra las órdenes religiosas – el rey Fernando VII decretó la disolución de todas las logias y exigió la declaración jurada a todos sus súbditos de que no pertenecían a la masonería; pues, el ser masón, era delito de lesa majestad. Los masones españoles emigraron entonces a Londres y París, como actualmente lo han hecho bajo el régimen de Franco. Al morir Fernando VII, en 1833, se organizaron nuevamente las logias; provocando, en 1834 y 1835, las históricas matanzas de sacerdotes y frailes, e incendios de iglesias y conventos, donde se profanaron las tumbas y se aventaron las cenizas del Cid Campeador, de los condes de Barcelona y de los reyes de Aragón. De 1840 a 1854 las logias españolas sufren la triple influencia masónica de Inglaterra, Francia y Portugal. A sus sicarios se debió el atentado de la reina Isabel II, que había clausurado las logias, y el conjunto de leyes antirreligiosas del primer ministro judío y masón Juan Mendizábal – testaferro de los Rotschild – y empresario de la masonería inglesa, que en 1836 suprimió los colegios religiosos y las congregaciones, incautándose de sus bienes. La venta de más de 900 instituciones religiosas y de caridad le proporcionó magnífica ocasión para incrementar fabulosamente su fortuna personal y las de sus amigos, los judíos, produciendo un terrible aumento en la deuda nacional Su querida llegó a ostentar sacrílegamente un espléndido collar, ornamento de la imagen de la Virgen María, venerada en Madrid. Después de la revolución de 1868, los masones se organizaron nuevamente y tomaron incremento extraordinario, tras un paréntesis de veinte años de relativa inactividad. En 1870 tramaron y ejecutaron, bajo la inspiración de Sagasta, el asesinato del ministro Juan Prim, que quiso restaurar la monarquía. Sagasta le sucedió luego en el gobierno y será también el Gran Maestre de la masonería. El ilustre general “levantó el trono para Amadeo de Saboya y se abrió para sí el sepulcro”, el mismo día que entró el nuevo rey de España. Masón en buena fe, creyó que el masonismo y el patriotismo eran compatibles y tal error le costó la vida. Por traidor a los traidores de España, debió morir. El general masón, Francisco Serrano, jefe provisional del Estado Español, presentó en 1869, su programa de gobierno, el cual es la fiel copia de las catorce proposiciones contenidas en el manifiesto masónico que le entregara el Supremo Consejo de la Orden, a saber: “Libertad de cultos, supresión de las órdenes religiosas y de las asociaciones de caridad a ellas anexas, secularización de los cementerios, incautación de los bienes eclesiásticos, servicio militar obligatorio para los clérigos, reducción del número de los templos, confiscación de los restantes, abolición del celibato eclesiástico, matrimonio únicamente civil y… otros “avances liberales” por el estilo. El monarca Amadeo de Saboya, rodeado de masones en su gabinete, presidió una “república masónica con rey”, hasta que debió renunciar en 1873. Los masones gozaron de gran prosperidad durante las presidencias de Emilio Castelar, Francisco Pi y Margall y Nicolás Salmerón al inaugurarse la primera república española; reanudándose la persecución religiosa con incendios de templos y asesinatos de sacerdotes en 1874 y 1875. Bajo el régimen del ilustre masón, Gran Maestre del Gran Oriente Español desde 1875, Práxedes Mateo Sagasta, eminente jefe del partido liberal, continúa la política de persecución a la Iglesia y del laicismo más persistente, hasta principios del siglo. Él fue el inspirador de tal política durante la regencia de María Cristina, madre de Alfonso XIII. El soberano Gran Comendador en Chárleston, Alberto Pike, en su informe de 1882, manifiesta su complacencia porque la masonería en España “emitía sus doctrinas por boca de Emilio Castelar en las Cortes y las llevaba a la práctica por el gobierno y la administración de Sagasta” [55].

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17. España bajo la tutela del Gran Oriente de Francia

Desde 1873, con la Primera República, el “trabajo” masónico se lleva a cabo en España bajo la tutela del Gran Oriente de Francia, siendo su más conspicuo Gran Maestre Miguel Morayta, Soberano Gran Comendador de 1889 a 1906. En 1891 el Gran Oriente de París felicitará a Morayta por su idea de suplantar la educación religiosa por la educación cívica y moral. Nosotros diríamos hoy, por la “educación democrática”. “Solamente esta educación – dice el documento – procedente de una educación racional y no prestando más sus reglas a la superstición de las fuerzas sobrenaturales, podrá poner término a la dominación esterilizante de esos fanáticos (jesuitas). Estos deben ser nuestros esfuerzos en el sentido de la creación de escuelas laicas, que decidirá la victoria verdadera y definitiva Además tratad de obtener la laicización por etapas con la creación de un personal de educadores, que preparará la derrota de los que querían eternizar la ignorancia y la superstición entre los hombres” [56]. La “Semana Trágica” de Barcelona, de Julio de 1909, tuvo, como aglutinante de la gran traición, a la masonería, la cual convirtió en mártir del librepensamiento a su principal responsable, el masón y ácrata Francisco Ferrer Guardia, agente del Gran Oriente de Francia que incendió un centenar de edificios, de los cuales 40 eran iglesias, conventos y casas de beneficencia; asesinó a más de 100 personas, hirió a más de 300 inocentes y – entre otras atrocidades inauditas – desenterró a más de 40 cadáveres de monjas, desparramando sus huesos por las calles [57]. Al recordarse el 22º aniversario de su muerte, el 18 de octubre de 1931, el gobierno de los marxistas masones de Barcelona acordó erigirle un monumento en el lugar de su ejecución”57′. Con el fusilamiento del cabecilla se ganó en España la batalla contra la masonería; mientras se perdía en Portugal con la instauración de la República masonizada de 1910. En 1922 se crean las Grandes Logias Regionales que dependen del Gran Consejo Federal Simbólico, presidido por Diego Martínez Barrio, y del Supremo Consejo del Grado 33, que capitanea Augusto Barcia Trelles, fallecido en Buenos Aires. A la caída de la monarquía con Alfonso XIII, en 1931, los masones Manuel Azaña, Niceto Alcalá Zamora, Juan Negrín, Diego Martínez Barrio (ex Gran Maestre, de la masonería española y luego ministro de Comunicaciones y presidente de las Cortes en 1936 y hoy presidente de la república española en el exilio), Marcelino Domingo, Casares Quiroga, Álvaro de Albornoz, Alejandro Lerroux, Fernando de los Ríos (socialista y judío), Largo Caballero (el Lenín español), Indalecio Prieto, etc., integran el Comité Revolucionario; por eso el Gran Oriente Español pudo anunciar en su Boletín Oficial: “La República es nuestro patrimonio”. En el convento anual de Francia el delegado español afirmó: “El Vaticano ha perdido la última trinchera que tenía en el mundo”; mientras Azaña, como presidente del Consejo, exclamaba: “España ha dejado de ser católica”. Jorge Máximo Rhode, diplomático argentino, en su libro Diario de en testigo de la guerra, afirma que, en enero de 194l, el ex rey Alfonso XIII – fallecido el 28 de febrero de ese año – le dijo: “Si yo hubiera sido masón, continuaría en el trono de España”; y que, cuando el Gran Maestre de la masonería, doctor Simarro, le sugirió que “debía entrar en la masonería para su ventura personal y la estabilidad de la dinastía”, él contestó: “Yo soy ante todo y sobre todo católico” [57]. En las Cortes Constitucionales de 1931 había 150 masones, sin contar los ministros, viceministros y gobernadores civiles de diversas provincias, como Emilio Palomo de Madrid, etc. [58] En ellas se decretó la expulsión de los jesuitas, la confiscación de sus bienes, la ley de divorcio, la enseñanza laica y la supresión del presupuesto de culto; se prohibieron las procesiones, se molestó de mil maneras al clero y a los religiosos y se llevó a cabo la primera quema de iglesias y conventos. En junio de 1932 la logia “Renacimiento” de México felicitaba a la Revolución Española por la obra de Azaña con estas palabras: “Esta logia os envía la felicitación más sincera por el paso trascendental que acaba de dar el gobierno de la República al lanzar y poner en vigor la ley sobre las congregaciones religiosas: ley que llena las aspiraciones de la Augusta Institución Masónica, pues viene a echar por tierra las maquinaciones del clero católico romano. Debemos sentirnos orgullosos todos los masones del mundo”. También la Gran Logia Nacional Argentina, después de haber manifestado “las cordiales relaciones existentes con los Grandes Orientes de España y de Francia” y haber extendido a su Gran Maestre saliente, Luis Salessi, en la asamblea general de 1928, “poderes para entablar negociaciones con Diego Martínez Barrio, Grado 33”; manifestó en 1931 su “fraternal alegría” por los sucesos peninsulares. En efecto, el 24 de junio de ese año, su Gran Maestre Eugenio Troise, leyó en su mensaje a las logias estas determinaciones tomadas por la masonería argentina: “La Gran Logia Nacional Argentina, reunida en asamblea resuelve: lº Enviar un voto de aplauso a la masonería española por la proclamación de la República, y 2º Incitarla para que por todos los medios mantenga bien alto el sagrado lema de libertad, igualdad y fraternidad. Además es una satisfacción para nosotros el saber que nuestro Garante de Amistad (Diego Martínez Barrio) ante aquel oriente es también miembro del actual gobierno provisional” [59]. Este ilustre señor es el mismo que, el 10 de julio de 1959, agasajó en París a nuestro ex presidente provisional, general Pedro Eugenio Aramburu, durante su viaje por Europa e Israel. En febrero de 1932 la Asamblea General de las logias españolas recuerda a los masones, que se hallan en el Gobierno, que “sobre las diferencias políticas deben privar los ideales masónicos en el orden religioso, político y social”.

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18. El contubernio masónico-comunista y la Cruzada de la liberación

Previendo los futuros acontecimientos, Gil Robles dio el grito de alarma en 1936: “Si la francmasonería se hace dueña. de nuestro ejército, no quedará nada que hacer para contener la revolución”, y señaló al presidente Alcalá Zamora, como un títere manejado por las logias. El ejército, por designios masónicos, había sido completamente desmontado y reducido a la impotencia. Salazar Alonso en 1935 decía en su libro “Bajo el signo de la Revolución”: “Es la masonería una organización aristocrática. Muévanse millares de ciudadanos no sólo sin conocimiento de muchas de sus decisiones sino sin el derecho de tener la menor noticia de ellas. Y esas decisiones muchas veces no se adoptan en nuestro país (España), sino que vienen de las reuniones internacionales”. El contubernio masónico secundará y amparará, sin escrúpulos de ninguna clase, la demagogia comunista. Se planea en las logias y luego se ejecuta el asesinato del gran estadista y parlamentario José Calvo Sotelo, jefe del bloque nacional, que trataba de contener la revolución que se avecinaba. Y la revolución se desencadenó con su avenida de sangre, sus centenares de miles de victimas, sus destrucciones, profanaciones y sacrilegios. Doce obispos y 7.000 sacerdotes y religiosos asesinados; y más de mil templos incendiados en el solo bienio 1931-1933. Las masacres y los incendios se multiplicaron en 1934 y desde 1936 en adelante [60]. Los marinos masones arrojaban por la borda, en un solo día, a setecientos jefes de las unidades navales, los aviadores masones lanzaban sus bombas sobre el Pilar de Zaragoza, y los militares masones – como Riquelme, Miaja, Rojo, Ortega y otros – cumplían sumisamente las órdenes de Moscú y del Poder tri-punteado. El Gran Maestre de la masonería española, Ceferino González; escribía en 1937 a uno de los primates de la masonería francesa, Feliciano Court: “Al presente, el ejército popular español es casi enteramente mandado por masones” [61]. Liberada España en 1939 del flagelo masónico-comunista, los rabadanes de las logias emigran al extranjero; primeramente a París y luego a Bruselas, sentando definitivamente sus reales en México – el campamento masónico de América latina – con su jefe el socialista Lucio Martínez Gil, Gran Maestre del Gran Oriente Español en el exilio y su actual soberano Gran Comendador del Supremo Consejo, Julio Hernández Ibáñez, actualmente en Buenos Aires. Al morir en México Martínez Gil, el 13 de abril de 1957, le sucede en la Gran Maestría Juan Grediaga Villa. El caudillo Francisco Franco proscribió de España a la masonería el 1º de marzo de 1940.

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19. Expansión masónica en el resto de Europa y América

En Alemania, el rey de Prusia, Federico el Grande, fue partidario entusiasta del librepensamiento: llamó a su corte al impío masón Voltaire, y protegió a la masonería, en la cual se inició en 1738; fundando, luego en 1740, la Logia del Rey. Ingresaron más tarde en la Orden los principales representantes de la literatura alemana, como Goethe, Herder y Lessing, y los filósofos Fichte y Schelling, los cuales patrocinaban el movimiento llamado “de las luces”, pero, años mas tarde, estos literatos declararon que “estaban cruelmente desengañados por lo que vieron y experimentaron en su vida de logia”. Si en algún momento le dieron sus nombres fue porque pensaron que la masonería les podría facilitar la verificación de sus ideas filosóficas y atraídos, además, por su constante aspiración a la sabiduría, si bien mostraron muy poco interés en sus reuniones [62]. La masonería alemana se separó del Gran Oriente de Francia cuando éste suprimió, en 1877, su creencia en el Gran Arquitecto del Universo; pero luego, al año siguiente, proclamó también ella, como doctrina suya, el ateísmo. Se establecieron de esta manera la Gran Logia-Madre Nacional de los Tres Globos y la Gran Logia Nacional de los francmasones de Alemania. Tanto la actual masonería alemana como la británica viven en buenas relaciones con el protestantismo; y si bien su carácter preponderante – para los profanos – es la beneficencia y la mutualidad, sin embargo no dejan de intervenir en política y combatir a la Iglesia Católica. En Bélgica se constituyó, en 1721, la filial masónica dependiente de Inglaterra. El Gran Oriente Belga se estableció en 1833, después de la independencia nacional declarada en 1830. La masonería en Bélgica tiene el mismo espíritu y las mismas tendencias que la francesa, a la cual utilizó como modelo. Hoy se encuentra totalmente masonizada en la política, en la prensa, en la justicia, en la enseñanza y en la radio. En 1808, siendo Murat rey de Nápoles, se fundó el primer Gran Oriente de las Dos Sicilias. En 1805 ya existía el Gran Oriente en Milán; y en 1856 se estableció la Gran Logia Nacional de Italia, con sede en Nápoles, de la cual fue Gran Maestre Garibaldi en 1861. En ese año se constituyeron también la Gran Logia de Turín en el Piamonte y en otras capitales de Italia. Todas las logias se unirán luego en el Gran Oriente y Supremo Consejo de Italia con la sede central en Roma desde 1886. Hugo Walther escribió que todas las tentativas y agitaciones revolucionarias de que fue teatro Italia, a partir de 1821, han sido obras de la masonería [63]. Según los masones, los Grandes Maestres Mazzini y Garibaldi han sido “las dos más potentes estrellas de la masonería italiana” [64]. “Si no a la masonería como ente orgánico, ciertamente al espíritu masónico que siempre ha emanado de ella – dice la Revista Masónica Italiana – se debe todo lo que desde 1859 hasta hoy ha sucedido en Italia para quebrantar el yugo político de los extranjeros y el yugo moral del Vaticano” [65]. Mussolini la prohibió en 1923. Luego fueron saqueadas las logias y sus archivos. En Holanda se fundó en 1734 la Gran Logia de las Provincias Unidas como filial masónica de Inglaterra. Los Estados Generales la prohíben a perpetuidad en 1735. El Gran Oriente de Holanda tuvo origen en 1756 al independizarse de Inglaterra. El rey de Holanda, Luis Bonaparte, hermano de Napoleón y padre del futuro emperador de los franceses, fue el Gran Maestre de la masonería holandesa durante su reinado, desde 1806 hasta 1810. Tanto en Holanda como en Suecia, Dinamarca y Noruega, la masonería goza actualmente de la protección del gobierno. En Suecia el rey Gustavo Adolfo VI es su Gran Maestre. En 1736 se fundó en Portugal la filial masónica bajo los auspicios de Inglaterra. La reina Isabel cerró sus logias en 1792. En 1805 ya existía el Gran Oriente de Portugal. La masonería portuguesa se desarrolló extraordinariamente, y sus miembros gozaron de gran influencia en la política; apareciendo ostensiblemente en el gobierno nacional. Luego, bajo el régimen de Oliveira Salazar, restaurador de Portugal, y su sucesor actual la acción de las logias es casi nula; pues son asociaciones ilícitas como en España. En Polonia fue prohibida en 1739 por el rey Augusto II; en Rusia, en 1797, por Pablo I; en Austria por Metternich y en 1745 fue proscripta de varios cantones suizos. La emperatriz María Teresa la prohibió en Austria en 1764, y los turcos destruyen sus logias en 1748. Idénticas medidas se tomarán también en Génova en 1803, en Baviera en 1814 y en Rusia en 1822. En los Estados Unidos se fundó la filial masónica en 1730, y en 1783 se estableció la Gran Logia de Massachussets, en el “valle” de Boston. En 1775 se creó la Gran Logia de Pensilvania, independiente de Inglaterra. Estados Unidos es el país en el cual la masonería ha alcanzado mayor desarrollo; y su “templo” en Washington es el más suntuoso del mundo. El rito escocés de los 33 grados tiene dos jurisdicciones; la septentrional y la meridional, y el rito de York “americano” cuenta con 13 grados. En ambos los tres primeros grados son comunes y constituyen la “Logia Azul”, color característico de la masonería. Tiene más de 4 millones de afiliados, los dos tercios de los gobernadores y de los senadores y la mitad de los diputados de la República. En América latina los alista principalmente en México, Perú, Chile, Uruguay, Colombia, Cuba, Venezuela, Brasil y Argentina, donde cuenta con los Grandes Orientes Nacionales de Rito Escocés Antiguo y Aceptado, cuyos supremos consejos fueron instalándose en Perú en 1830, en Cuba, México y Santo Domingo en 1860; en casi todas las demás naciones sudamericanas en 1870, como también en América Central con asiento en San José de Costa Rica, que se trasladó a Guatemala en 1887. El libertador Simón Bolívar suprimió, por decreto del 8 de diciembre de 1828, todas las sociedades secretas y masónicas de sus estados. En su juventud él se había iniciado en una logia de París, lo cual “me bastó – dice – para juzgar lo ridículo de aquella asociación. Allí encontré muchos embusteros y muchos más tontos burlados; sin embargo, los políticos y los intrigantes pueden sacar gran partido de ella”. En el decreto mencionado decía Bolívar: “Habiendo acreditado la experiencia, tanto en Colombia como en otras naciones, que las sociedades secretas sirven para preparar los trastornos políticos turbando la tranquilidad pública; que ocultando todas sus operaciones con el velo del misterio hacen presumir fundadamente que no son buenas ni útiles a la sociedad… decreto: Artículo lº – Se prohíbe en Colombia todas las asociaciones y confraternidades secretas sea cual fuere la denominación de cada una…” [66]. La masonería jamás perdonó a Bolívar este decreto de muerte para la secta 66′. En Canadá el arzobispo protestante William Wright es actualmente el Gran Maestre de la masonería de la provincia de Ontario. Muchos presidentes de las repúblicas de Centro América y de América del Sur han sido y son masones. En la novísima edición del Diccionario Enciclopédico de la Masonería y en los últimos aleros de la revista masónica “Símbolo”, puede leerse algunos nombres. Así, por ejemplo, en Chile figuran como masones, grado 33, los últimos presidentes Arturo Alessandri, Pedro Aguirre Cerda, Juan Antonio Ríos, Gabriel González Videla, Carlos Ibáñez del Campo y el actual marxista y conspicuo masón Salvador Allende; en México, después de Benito Juárez y Porfirio Díaz – Gran Maestre en 1887 – fueron masones Carranza, Plutarco Calles, Alvaro Obregón, Manuel Avila Camacho y Miguel Alemán; en Ecuador, José Narra Velasco Ibarra; en El Salvador el actual presidente José María Lemus; en Nicaragua, Anastasio Somoza; en Costa Rica, José María Castro, y otros varios en Venezuela, Uruguay. Honduras, Panamá, etc., etc. Tanto las naciones católicas como las protestantes, cismáticas e infieles, tanto los gobiernos absolutos y despóticos como los constitucionales y republicanos, condenaron a la masonería como perniciosa para la felicidad y buen gobierno de los pueblos. Pero si luego no continuaron en masa tales condenas, es precisamente porque los masones se posesionaron astutamente de los gobiernos, influyendo en la redacción de sus constituciones y en el régimen interno de las naciones [67].

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NOTAS:

[1] Rebold, Manuel. Historia de las grandes logias de Francia, pp.681 y 697. Año 1864

[2] Rebold, Manuel. Historia de las grandes logias de Francia, pp.68 1 y 697. Año 1864.

[3] Rosen, Paul. Satán, Pág. 84; Taxil, Leo. Los misterios de la Francmasonería, Pág. 858. Barcelona, 1887; Meurin, monseñor León. Filosofía de la Masonería, Pág. 184; Simbolismo de la Masonería, Pág.393. Traducción de M. C. B., Madrid, 1957

[4] Espasa Calpe, Enciclopedia Universal, Tomo 33, sub voce “masonería”, pp. 718 y ss.

[5] Caro, op. cit., Pág. 243; Ledre, Carlos. La Franc-Maconnerie, Pág. 15. Versión española, Andorra, 1958.

[6] Gautherot, Gustavo. En Dictionnaire Apologétique de La Foi Catholique, sub voce “franc-maçonnerie”, tomo II, pp. 95 y ss.

[7] Meurin, op. cit., Pág. 201. (Filosofía…).

[8] Serra y Caussa, Nicolás. El Judaísmo y la Masonería, pp. 67 y 71.

[9] Pacifico, Justo. El Gobierno Universal, Pág. 23.; Lazare, Bernard. L’Antisémitisme, son histoire et ses causses. París 1894

[10] Meurin, op. cit., pp., 34, 50 y 90. (Filosofía…).

[11] Carlavilla, Mauricio. Masonería Española, Pág. 43. Madrid, 1956.

[12] Revue Maçonnique, enero de 1848; Degreff, Wálter. Judiadas, pp. 60 y 64, Buenos Aires, 1936

[13] Barbier, Emanuel. Les infiltrations maçonniques dans L’Eglise, Pág. 121.

[14] Meurin, op. cit., Pág. 37; Serra y Caussa, Nicolás. La Masonería al derecho y al revés, tomo l, Pág. 26.

[15] Diccionario Encicl. de la Masonería – Barcelona 1891 y Bs. As. 1947 – Editorial Kier.

[16] Ídem.

[17] Findel, J. Gabriel. Historia General de la Masonería, Leipzig, 1861. Pág. 33 del Tomo III del Dic. Encicl. de la Mas. (Bs. As., 1947).

[18] Gautherot, Gustavo, op. cit., Íbidem.

[19] Gautherot, Gustavo, op. cit., Íbidem. [

20] Gauhterot, Gustavo, op. cit., Íbidem; Schreiber, Hermann. Mistagogos, Masones y Mormones, Pág. 218. Versión del alemán, Barcelona, 1958; Llorca, Bernardino. Historia de la Iglesia Católica, pp.326 y ss., tomo IV, Año 1953; Findel, op. cit., pág. 133; Ledre, Carlos, op. cit., pág. 18

[21] Caprile, Juan. En revista Civiltá Cattolica, 1957 y 1958.

[22] Gould, Roberto F. History of Freemasonry, Pág. 203. Años 1886/7.

[23] Belloc, Hillaire. The Jews, Pág. 21

[24] Boor., J. Masonería, Pág. 74. Madrid, 1952; Pacífico, Justo. Masonería. Comunismo, Bomba Atómica, Pág. 10. Bs. As. 1950.

[25] Gautherot, Gustavo. Op. cit., Íbidem.

[26] Ledre, Carlos. Op. cit., Pág. 68.

[27] Kurth, Godofredo. La Iglesia en las encrucijadas de la historia, Pág. 170, Santiago de Chile, 1942 Citado por Tomás Barutta en su libro “La Inquisición”, Editorial “Apis”, Rosario, 1958.

[28] Maritain, Jacques. Tres reformadores, pp. 122 a 126 y 187. Editorial Sta. Catalina, Bs. As., 1933.

[29] Rousseau, Jean Jacques. Contrato Social, libro IV, cap. VIII

[30] Barruel, Agustín. Memoires pour servir a L’Histoire du Jacobinisme, tomo IV, pp. 23 y 134. Año 1797; Robison, Juan. Pruebas de una conspiración contra los reyes y las religiones, pp. 39 y 191. Año 1798.

[31] Talmeyr, Mauricio. La Francmasonería y la Revolución Francesa, Pág. 22.

[32] Cahill, E. Freemasonry and the Antichristian Movement, pág.12, Dublin, 1952, cuarta edición.

[33] Barruel, Agustín, op. cit., tomo V, Pág. 97.

[34] Ledre, Carlos, op. cit., Pág. 41.

[35] Gautherot, Gustavo, op. cit., Íbidem.

[36] Archivo Nacional de Francia, 123/398.

[37] Rebold, Manuel, op. cit., pp. 82, 89, 123 y 213. Dic.. Enc de la Mas. Bs. As. (1947), op. cit., tomo I, pág. 284.

[38] Maximovich, Nicolás. Israel triunfante, Pág. 102. Año 1934.

[39] Bazot, M. Precis historique de la Francmaçonnerie, Pág. 183. Año 1829; Ledre, Carlos, op. cit., Pág. 93.

[40] Ledre, Carlos, op. cit., Pág. 95.

[41] Nys, Ernesto. Ideas Modernas, Derecho Internacional y Francmasonería, Pág. 113; Meurin, Mons. León, op. cit. (Filosofía de…),Pág. 214.

[42] Gautherot, Gustavo, op. cit. Íbidem.

[43] Serra y Caussa, op. cit,. (la masonería… ), tomo I, Pág. 137.

[44] Receta Masónica Americana, Nº 16 del 30 set. 1875.

[45] Llorca, Bernardino, op. cit. (Historia de la I. C.), tomo IV, Pág. 514; Ledre, Carlos, op. cit., pp. 112 y ss.; Marx y Ruiz Amado. Compendio de la Historia de la Iglesia, Pág. 680. Año 1941.

[46] En Revista Eclesiástica de Bs. As. Año 1905.

[47] Gautherot, Gustavo, op. cit., Íbidem.

[48] Wirth, Osvaldo, op. cit., Pág. 75; Chaine D’Union, julio de 1880, Pág. 199.

[49] Fassi, Dante. Influencia de un poder oculto en la Seudodoctrina Peronista, pp. 39 y ss. citando a Michel. Año 1955; Poncins, León de. Las fuerzas secretas de la  Revolución, Pág. 47. Año 1932; Ledre, Carlos, op. cit., pp. 117 y 122. En 1957, Eduardo Herriot, iluminado por la gracia divina, muere en el seno de la Iglesia Católica, asistido espiritualmente por el cardenal Pedro Gerlier, arzobispo de Lyón, quien recibe la abjuración de sus pasados errores.

[50] Ledre, Carlos, op. cit., Pág. 44.

[51] Duque de la Victoria. Israel manda, Pág. 124. Año 1935; Ledre, Carlos, op. cit., pp. 106 y 131.

[52] Colinon, M. L’Eglise en face de la Francmaçonerie, Pág. 141. París, 1954; Berteloot, J. Jesuite et Francmaçon, Pág. 119. París, 1952; Boor, J. Op. cit., Pág. 315.

[53] Carlavilla, Mauricio, op. cit., pp. 76 y 85 (Mas. Esp.).

[54] Ducos, Luis. Historia cierta de la Secta de los Francmasones, pássim. 1813.

[55] Carlavilla, Mauricio. Asesinos de España, pp. 28 a 57; Comin Colomer, Eduardo. Lo que España debe a la Masonería, pp. 17, 40 y 113. Año 1956; Meurin, Mons. León, op. cit. (Filosofía… ) Pág. 215.

[56] Carlavilla, Mauricio. Op. cit. (Mas. Esp.), Pág. 30; Comin, Colomer, Eduardo, op. cit., Pág. 105.

[57] Catholyc Encyclopedia, volumen XI, pág. 753. 57′ Enciclopedia Espasa Calpe. Sub voce ‘Ferrer’. 57” Rhode, Jorge Máximo. Diario de un testigo de la guerra, pp. 185 y 188. Año 1947.

[58] Dic.. Enc. Mas. (Año 1947), tomo 3º, Pág. 467.

[59] Inspección General de justicia de la Rep. Arg. (Archivo, carpeta 981).

[60] Llorca, Bernardino, op. cit., Pág. 635; Comin Colomer, Eduardo, op. cit., pp. 79 y 161.

[61] Boor, J., op. cit., pág. 201.

[62] Schreiber, Hermann, op. cit… pág. 254.

[63] Walther, Hugo. Contribución a la historia de las sociedades secretas, pássim. Año 1910.

[64] Revista de la Masonería Italiana, Pág. 149. Año 1891.

[65] Revista de la Masonería Italiana, Pág. 114. Año 1886. [66] Citado en el diario El Pueblo de Bs. As., 9 junio 1959.

[66] El Libertador, como buen católico, hizo llamar, días antes de morir, al obispo de Santa Marta, quien le administró los sacramentos ayudado por el párroco del lugar y en presencia de su médico, el doctor Alejandro Révérend.

[67] Caro, José, op. cit., pp. 243 a 265.

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