México: Más que conquista una auto liberación

Autor: Salvador Borrego E.
Fragmento del libro América Peligra de Salvador Borrego E., México, D. F., 1964, pp. 46-56
Transcripción: Alejandro Villarreal de Biblia y Tradición, 2008

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Más que conquista una auto liberación

El primero de marzo de 1517 Francisco Hernández de Córdoba descubrió las tierras de Anáhuac al tocar Cabo Catoche; tras un breve incidente con los indígenas regresó a Cuba. La siguiente expedición zarpó audazmente de Punta de san Antón, Cuba, el 10 de febrero de 1519, encabezada por Hernán Cortés, de 34 años de edad, a quien ya el gobernador Diego Velázquez se disponía a relevar del mando por el celo que su capacidad despertó.

Después de 70 días de navegar, dejando atrás de sí un gobierno que lo consideraba proscrito, y enfrentándose a un futuro incierto en tierras desconocidas, Cortés atracó al atardecer del 21 de abril de 1519 junto a lo que hoy es San Juan de Ulúa. Y desde ese momento no hubo para él más meta que avanzar o perecer. Así lo enfatizó al desmantelar sus naves, ante los ojos asombrados o recelosos de sus 400 soldados y 199 marinos y artesanos, cuyos recursos bélicos principales eran 16 caballos y yeguas, 13 escopetas, diez cañones y cuatro falconetes o cañones de corto calibre. Adelante estaban las selvas de unas tierras desconocidas, llenas de peligros y pobladas de indígenas, y atrás quedaba el mar como infranqueable barrera hacia el pasado. Con ésa resolución Cortés reveló su temple de gran capitán y conjuró la primera crisis de su empresa.

Después de breves combates con los tlaxcaltecas, éstos hicieron una jugada de astuta diplomacia al invitar a los españoles a sus dominios, a la vez que alentaban a los otomíes a que los atacaran en el camino para poner a prueba la fuerza del desconocido invasor. Al ver que Cortés derrotaba a los otomíes, los jefes tlaxcaltecas escarmentaron en cabeza ajena y resolvieron que era más provechoso tenerlo como aliado que como enemigo.

Esa naciente alianza fue propiciada por Cortés, quien comenzó a ganarse voluntades al alentar la independencia de los súbditos de los aztecas y al condenar los sacrificios humanos. En el imperio había muchas fuerzas inconformes que deseaban la destrucción de ese orden de cosas y que se convirtieron en espontáneos aliados del español, a quien veían como un mal menor junto a la servidumbre al gran Huitzilopochtli.

Mientras tanto, Moctezuma se enteraba con estupor de la llegada de los extraños hombres blancos del oriente y recordaba las ominosas predicciones de Quetzalcoatl. Moctezuma no era cobarde ni traidor; descendía de probada estirpe y había ya demostrado sus arrestos en el combate, pero no creía factible oponerse a lo que parecía, y que en realidad era, la fuerza indubitable del Destino. De ahí su indecisión ante el intruso, sus intentos de congraciase con él y su vacilante esperanza de inducirlo a que abandonara la empresa. Al saber que Cortés se acercaba a la gran Tenochtitlán, Moctezuma quiso también poner a prueba la fuerza del extranjero y alentó a los cholultecas a batirlo en una emboscada. Cholula iba a ser la trampa y en sus azoteas se disimularon trincheras.

Con la natural sensibilidad que el hombre de armas tiene ante el peligro, Cortés descifró alguna enigmática mirada, oteó el riesgo mortal al entrar en Cholula y reaccionando con terrible decisión aniquiló a 3000 indígenas y quedó dueño del campo. Sus aliados, los tlaxcaltecas, le prestaron decisiva ayuda. Fray Bartolomé de las Casas, primero, y otros muchos después, censuraron ese acto de Cortés, como todo juicio piadoso puede censurarlo.

Pero no es la piedad el sentimiento que mueve a la guerra ni es la actitud piadosa lo que caracteriza al guerrero cuando va a entrar en acción. El trance del hombre en armas, en la encrucijada de matar o perecer, se desenvuelve en un plano donde en muy contadas excepciones, como no sea después del triunfo, hay lugar para los sentimientos de piedad y compasión.

Cortés adelantó por segundos al golpe de la emboscada y descargó un mazazo anonadante y definitivo que salvó su empresa. Fue la segunda crisis que dominó con rudeza.

Pasando por entre los dos Volcanes, tras de escalar más de 3000 metros de altura, la expedición del Conquistador penetró al valle de la gran Tenochtitlán cinco meses después del desembarque cerca de San Juan de Ulúa. La sede del Imperio lo recibió con sus armas moralmente casi abatidas. Cortés fue convirtiéndose rápidamente en amo de sus anfitriones.

La tercera crisis para Cortés ocurrió cuando otra expedición de españoles le abrió un segundo frente en la costa de Veracruz. Pánfilo de Narváez traía 1400 hombres, 80 caballos y veinte cañones para someter a Cortés, quien dejó la mitad de sus contingentes en la Gran Tenochtitlán y se dirigió a afrontar la nueva amenaza llevando consigo 230 soldados. En un nuevo golpe de audacia y decisión, atacando en una  noche lluviosa, sorprendió y venció a Narváez. Luego reforzó sus propias filas con los prisioneros y regresó a la Capital, que se hallaba conmovida por un levantamiento de los aztecas, a quienes la falta de tacto de Pedro de Alvarado (que torpemente había atacado el Gran Teocali y provocado una matanza) acababa de poner en efervescencia.

Cortés quiso pacificar los ánimos y accedió a liberar a Cuitláhuac, hermano de Moctezuma, que de anfitrión se había convertido prácticamente en cautivo de los españoles. Pero Cuitláhuac  no se apaciguó, levantó el ánimo de los aztecas y encabezó la rebelión. Moctezuma, antiguo soldado y sacerdote, percibía ya una realidad superior y preveía que la lucha estaba condenada al fracaso porque había llegado el momento de la transfiguración de su pueblo; con esta sensación, y no por cobardía, consideraba que la lucha estaba ya fuera de lugar y arengó a su pueblo a la paz, pero fue apedreado y tres días después murió. Entretanto, los combates se generalizaron y por primera vez desde la llegada de los españoles, el temple guerrero del Azteca  se irguió desafiante. Más de 600 soldados  íberos, de un total de 1100 cayeron abatidos, junto con 2000 indios aliados. Cortés se vio perdido dentro de la gran  Ciudad y trató de salir a campo abierto, pero advertida la maniobra le destrozaron su nocturna retirada. Y fue ésa la Noche Triste en que todo pareció perdido para el conquistador.

Junio 30 de 1520. En ese momento Cortés estaba a merced de la selva y del indígena. Fue la mano de los tlaxcaltecas, encabezados por Mexicaltzin, la ayuda providencial que se  tendió a rescatarlo del desastre. La caravana de derrotados, muchos de ellos heridos, halló seguridad y ayuda en Tlaxcala para reponerse y  reorganizarse. Inmediatamente Cortés empezó a construir naves para ponerle sitio a la capital azteca y en los improvisados “astilleros” se enseñó a los tlaxcaltecas a utilizar los instrumentos de hierro. En ese momento Anáhuac daba un salto de la edad de piedra a la edad de hierro.

Entre tanto, Cuitláhuac moría de viruela y lo sucedía Cuauhtémoc. Cortés regresó a la gran Tenochtitlán encabezando a más de 50.000 indios aliados, muchos de ellos súbditos rebeldes del  Imperio Azteca, provisto de 13 bergantines, y le puso sitio a la ciudad. Durante 93 días Cuauhtémoc se batió con el temple noblemente bárbaro de su estirpe, afrontó el hambre y el asedio de un enemigo superior y rubricó con desesperada lucha el crepúsculo inevitable de su Imperio. La última resistencia se  hizo en el barrio de Tetenámitl, que ahora es Tepito, y la ciudad cayó el 13 de agosto de 1521. En un año nueve meses la conquista estaba virtualmente consumada.

Fue una lucha grandiosa entre dos titanes, entre dos razas que por insospechados caminos iban a desaparecer, entremezcladas, para dar el ser a un nuevo pueblo y ya una nueva nación.

Cuauhtémoc y Cortés son dos símbolos, dos símbolos que el fuego y la sangre fundieron en uno solo; primero la sangre de la lucha y después la de la herencia que fluye en el mestizo, desorientado e inseguro, como un ser nuevo sobre una tierra antigua y que va luego destilándose en el crisol del tiempo para armonizarse en el mexicano, tan heredero del sacrificio de Cuauhtémoc como del arrojo de Cortés.

Ambos son los elementos primarios de nuestro origen. De ahí arrancamos como mestizos. La mexicanidad es una nueva nacionalidad, una nueva forma para antiguas sangres. El mexicano no es el indio que combatió o que ayudó a Cortés, aunque algo de él subsista, ni tampoco el español que  irrumpió en Anáhuac, aunque mucho de él perdure.

No podemos negar ni a Cuauhtémoc ni a Cortés, como no podemos negar a la madre indígena y al padre  íbero que entre las ruinas del caído Imperio dieron las simientes para este nuevo pueblo.

Más que una conquista, con la  subyugación que ella implica, la empresa de Cortés fue el medio providencial al que se aferró la inmensa masa de indígenas de Anáhuac para liberarse del terror de sus dioses, superados por la fe cristiana. Si la gran Tenochtitlán hubiera sido realmente la sede de un Imperio de 3 millones de indígenas, unidos por una fe y una cultura, los 500 hombres de Cortés habrían sido exterminados sin alcanzar siquiera  a mirar el valle de México. La superioridad armada de esos 500 hombres, carentes de una retaguardia que los abastecida de pólvora, habría sido ventajosamente contrarrestada por la aplastante superioridad numérica del indio, conocedor de sus selvas y sus veredas.

Pero fue el mismo indio el que hizo posible el triunfo de Cortés. Los pueblos sometidos al Imperio Azteca, que no lograban aún superar su etapa primitiva de terror y sacrificios humanos, fueron espontáneos aliados del español, que les brindaba un superior estilo de vida. Y el presentimiento de los aztecas acerca de una vida y una cultura mejor, presentimientos que en Moctezuma tuvieron su más enfática expresión, fue la fuerza que paralizó y debilitó su resistencia.

El Imperio Azteca cayó en una sola batalla, vencido por dentro. Sus debilidades de civilización primitiva, en muchos aspectos atrasada en milenios, fueron la principal fuerza del conquistador. La misma masa de indígenas sepultó su antiguo reino valiéndose de la espada de Cortés. Y como honras fúnebres de pundonor militar reverberó la lucha que acaudilló Cuauhtémoc, águila que cae junto con su imperio para fundirse en una nueva nacionalidad.

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Los cimientos de un nuevo país.

Dos años después de su desembarque en las cercanías de San Juan de Ulúa, Cortés era el Jefe de lo que había sido el Imperio Azteca. Una pacificación tan rápida de más de 3 millones de indios no lo hubieran logrado 1000 españoles, ni habría podido luego conservarse en paz por tantos años, sin terror policiaco ni campos de concentración, si el estilo de vida traído por Cortés no hubiera sido, como fue, incomparablemente mejor que lo que existía bajo la sombra del Gran Huitzilopochtli.

Fuerzas extrañas a México, empeñadas en escindir nuestra historia para escindir así nuestro espíritu, nos indujeron la capciosa tesis de que Cortés y los suyos eran ambiciosos que vinieron a destruir una gran cultura por arrebatarnos el oro. Gente bien intencionada a coreado luego esta falsa especie.

Sin duda que los conquistadores también buscaban oro y que uno de sus iniciales móviles era el anhelo de poder y de gloria. Pero no fue esto lo que perduró en su empresa, pues además traían el fulgor de una nueva civilización, el instrumento espiritual de su lengua, una religión de amor y no de destrucción y un nivel de vida mil veces más humano.

Y en tanto que las pasiones mezquinas fueron transitorias, todo lo más valioso y perdurable de lo que trajo la conquista quedó formando las bases del nuevo pueblo, desde el mestizaje, el idioma y la fe hasta la organización administrativa, política y cultural que México heredó de España. La obra de Cortés fue tan grande que aún perdura en nuestra sangre y nuestra nación, y éste es el mejor monumento a su memoria, ignorada por la historia oficial.

La tesis calvinista de la predestinación y del destino manifiesto, según el cual los pueblos atrasados son hijos del diablo y los pueblos prósperos son hijos de Dios, sirvió de base en los Estados Unidos para que los conquistadores puritanos casi acabarán con los pieles rojas, evidentes “hijos del diablo” cuya cabellera tuvo precio como la piel de cualquier animal, y para que surgiera la frase popular de que “el mejor indio es el indio muerto”.

Los supervivientes fueron relegados a campos  de lenta extinción llamados discretamente reservaciones. Y junto a éste genocidio, que nadie lamenta, suenan sospechosas tantas quejas contra la conquista española que civilizó pueblos en vez de exterminarlos, que dejó al indio sobre sus mismas tierras y le dio nuevos cultivos en vez de confinarlo a disfrazados campos de concentración, que cruzó su sangre con él en vez de rehuírlo como “hijos del diablo” y que le dio su técnica, su idioma y su religión.

La conquista se realizó no tanto por la fuerza de las armas cuanto por la fuerza de los valores morales que Cortés traía consigo; de lo contrario, muchas expediciones hubieran fracasado. Al suprimir los sacrificios humanos Cortés restituyó a las masas indígenas el derecho primario que tenían a la existencia y contó con su entusiasta adhesión. Al derrocar al dios Huitzilopochtli, derrocó al Imperio Azteca, y una vez dominada la gran Tenochtitlán, el resto de Anáhuac no fue precisamente conquistado, sino colonizado, y en esta tarea participaron primero los indígenas y luego los mestizos, bajo la dirección del español y del espíritu piadoso de los misioneros.

Desde su llegada a Veracruz Cortés creó el primer Ayuntamiento que existió en América. Luego emprendió la urbanización de las poblaciones, con los servicios públicos más indispensables, y dos años después, apenas tomada definitivamente la gran Tenochtitlán, empezó la reconstrucción de la ciudad. Nuevas técnicas comenzaron a ser aprendidas por los indígenas con el auxilio de herramientas importadas. Y al mismo tiempo Cortés revelaba que no era la sed de oro lo que lo movía en su nueva empresa, pues con empeñosa celeridad inició la importación de todo lo que era desconocido en Anáhuac: vaca, carnero, chivo, cerdo, caballo, asno, mula, gato, gallina, faisán, pato, paloma y pavo real. Trigo, arroz, cebada, garbanzo, avena, lenteja, haba, chícharos y alubia. Manzana, melocotón, pera, calabaza, pepino, durazno, granada, toronja, melón, sandía, higo, cerezo, ciruela, limón, lima, naranja, uva, plátano y fresa. Zanahoria, coliflor, berenjena, lechuga, espinaca, nabo, espárrago, acelga, alcachofa, salsifí, remolacha, rábano, ajo, repollo y hongo. Olivo, avellana, castaño, almendra, caña de azúcar y café. Canela, clavo, pimienta, nuez moscada, jengibre, anís, comino, laurel, hinojo, ajonjolí, menta, mejorana, orégano, romero, tomillo, yerba buena y azafrán. Fibras de lana, de lino, de seda. Herramientas de hierro, bronce y latón.

Al mismo tiempo Cortés hacía llegar a España los productos de estas tierras que eran desconocidos en Europa, entre los cuales figuraban: maíz, frijol, papa, camote, betabel, guayaba, aguacate, zapote, chirimoya, tejocote, papaya, guanábana, mora, capulín, piña y cacahuate. Tomate, jitomate y ejote. Zarzaparrilla, quina y coca. Cacao y vainilla, y en cuanto a animales, el guajolote.

Otra de las primeras tareas de Cortés fue iniciar la construcción de barcos, traer de España una botica con boticario y emprender la construcción del camino de México a Veracruz (llamado “camino a Europa”), realizado por Álvaro López, y el de México a Acapulco (“camino de Asia”). Fray Sebastián de Aparicio construyó la primera carreta en estas tierras, domó novillos y amplió el camino a Veracruz para darles paso a sus vehículos. Nació así la industria del transporte en la Nueva España. Pocos años después se abría otra carretera de México a Guadalajara.

1535. Junto con todas esas obras se organizaron y emprendieron expediciones. El propio Cortés participó en varias; navego hasta Baja California, fundó La Paz y regresó cuando ya lo daban por muerto. Comenzaron a levantarse los primeros mapas y se perfilaron claramente las vertientes del Golfo y el Pacífico.

En los primeros 50 años, desde la llegada de Cortés, sólo inmigraron 7000 españoles, pero se hicieron expediciones civilizadoras a Yucatán, Baja California, las Islas Revillagigedo, Centroamérica, Arizona, Nuevo México y Texas, y se fundaron ciudades tan distantes como Valladolid, Guadalajara, Querétaro, La Paz, Durango, Puebla, Oaxaca, Mérida y Guatemala. Se abrió el camino de Oaxaca a Tehuantepec y a Guatemala; el de México a Zacatecas (“camino de la Tierra Adentro”), que después se prolongó a Chihuahua, Paso del Norte y Nuevo México; y el de México a Querétaro, que más tarde unió a San Luis Potosí, Matehuala, Saltillo y Laredo.

De Barra de Navidad, Jalisco, partió (1564) la expedición de Miguel López de Legaspi, con cinco barcazas, a colonizar las Islas Filipinas, y al año siguiente el padre Andrés de Urdaneta abrió la ruta entre las Filipinas y Acapulco. Europa quedó así en comunicación con Asia a través de Veracruz y Acapulco.
Rápidamente iban vigorizándose la producción y el comercio y surgían nuevas ciudades y pueblos por todos los rumbos de la Nueva España; se establecieron administraciones públicas y se abrieron comunicaciones; en suma, fue la tarea gigantesca de fundar una gran nación. Lo que había sido el imperio Azteca con influjo en un área relativamente reducida alrededor de la gran Tenochtitlán, se extendió rápidamente a remotas tierras de los cuatro puntos cardinales, desde los desiertos de Nuevo México hasta las selvas de Centroamérica, en lo que ahora es Costa Rica, y desde Baja California hasta Yucatán. Es decir, comenzó a tomar forma un nuevo y gigantesco país.

Inmediatamente detrás de la espada que paralizó la incesante demanda de sangre de los dioses aztecas, fueron llegando los misioneros descalzos, hombres humildes que paradójicamente representaban un enorme poder espiritual. Y con ellos llegó la enseñanza de una nueva fe que no demandaba sangre; de un nuevo idioma con más alas para el pensamiento; de una nueva técnica que ampliaba horizontes y de nuevas semillas que dieron frutos desconocidos en América.

Llegó así la rueda y el carruaje, que ahorraba fatigas y multiplicaba el fruto del esfuerzo; llegaron en auxilio del desvalido los servicios sociales hasta entonces desconocidos en América y sobre los cuales habría de hacerse tanto ruido en el siglo veinte, como si jamás hubieran existido; llegaron el trigo, el arroz, la cebada, las moreras las monedas, la caña y otros vegetales; llegaron los árboles frutales, el caballo, la vaca y el cerdo. Y llegaron artesanías y artes que iban abriendo nuevos oficios y desconocidas industrias.

Ciertamente llegaron también los encomenderos. Algunos con sanos propósitos convirtieron a indios serreros en cristianos civilizados que aprendían algún oficio, y otros con ambición desmedida les exigían más tarea de la cuenta. Inconcebible hoy, la encomienda era en aquella época más benigna que el feudalismo imperante en Europa. Un año después de consumada la conquista, el Emperador Carlos V prohibió esta práctica y el 26 de junio de 1523 dispuso que “pues Dios  Nuestro Señor creó los dichos indios libres y no sujetos, no podemos mandarlos encomendar, ni hacer repartimientos de ellos a los cristianos, y así es nuestra voluntad que se cumpla; por ende llegó vos mando que en esa dicha tierra no hagáis ni consintáis hacer repartimiento, encomienda ni depósito de indios de ella, sino que los dejéis vivir libremente, como los vasallos viven en nuestros reinos de Castilla”.

Por lo pronto, las autoridades civiles y eclesiásticas juzgaron prematura a la medida y obtuvieron una prórroga que no duró muchos años. Pero entre los males anteriores y los nuevos, éstos eran los menos malos.

Por eso solía ocurrir que cuando el indio se mostraba reacio al encomendero, se le amenazaba con devolverlo a sus antiguos caciques, a lo cual temía más que ningún otro castigo.

Es cierto también que la grandeza de Cortés tuvo flaquezas, como las tiene toda la grandeza transitoria de lo humano, y que el tormento y la muerte de Cuauhtémoc (Feb. 28 de 1525) fueron una sombra en su carrera. Pero su obra fue inconmensurable; él representa la paternidad de una nueva nacionalidad en formación; él aportó la sangre y el espíritu que en confluencia con lo indio formaron el cimiento de México. Y viejo y pobre, sintiendo ya el llamado de la muerte, él quiso que sus restos reposaran aquí, polvo de sus ímpetus y de sus ensueños en polvo de su nueva Patria.

Si oficialmente no lo hemos reconocido así es porque la mano extraña que adultera nuestra historia, punto de partida para manipular luego nuestro futuro, se ha empeñado en escindir las dos fuerzas de cuya fusión emana la sangre y la espiritualidad de México: la fuerza de lo íbero y la fuerza de lo indio. Ambos son los elementos primarios de nuestro ser; querer negar alguno, calumniándolo, es un insensato forcejeo con el Destino.

Es evidente que la conquista la realizaron los 400 españoles de Cortés con el concurso de millares de indios, y es igualmente claro que el Imperio Azteca  adolecía de debilidades tan grandes que una sola batalla perdida, la de la gran Tenochtitlán, bastó para sepultarlo definitivamente. Y es de igual evidencia que al afirmar  Cortés su dominio, apenas dos años después de su desembarque, comenzó a trasplantar, pese a las fallas de lo improvisado, los adelantos materiales de la civilización europea y un estilo de vida más humano, que superaba a las costumbres indígenas con ventaja de milenios.

Junto a los abusos de los nuevos señores hubo siempre el freno de los misioneros y la protección categórica de los Reyes, aunque no siempre la distancia permitía hacerla efectiva. Como ejemplo está la Cédula del 31 de mayo de 1535 en que el Monarca ordenó que se devolvieran las tierras arrebatadas a los indígenas, y la del 19 de febrero de 1570 que establecía la obligación de agrupar a los indios en pueblos sin quitarles sus campos. Las Leyes de Indias son la prueba irrefutable del espíritu humanitario que había tras la empresa de Cortés. Y si alguno o muchos españoles no estuvieron a la altura de ese ideal y explotaron al indígena, esto es únicamente una parte de la verdad, pero no la verdad completa.

El balance entre lo negativo y lo positivo que trajo la espada de Cortés es favorable a su obra y a la obra de España. Mucho podrá hablarse en pro o en contra y esto será perder el tiempo porque no son las partidas aisladas del debe o del haber lo que decide, sino el balance, y ciertamente la conquista española, comparada con las demás realizadas en el mundo, tiene una enorme suma a su favor. Se explotaron y colonizaron tierras, se fundaron ciudades, villas y aldeas, se abrieron caminos, se establecieron comunicaciones que dieran sentido de unidad a las diversas comarcas, se levantaron mapas, se trazaron cauces para la vida política, industrial, agrícola, comercial y cultural. En pocas palabras, se fundó un gran país.

Diez años después de la conquista ya habían sido trasplantados a la Nueva España todos los productos europeos que no existían aquí. La producción de cereales, algodón y azúcar era ya apreciable. En muchas regiones los indios podían escoger el trabajo que más les gustara, libertad que entonces no disfrutaban los siervos europeos bajo el sistema feudal. La jornada de trabajo en la Nueva España era de 10 horas diarias, o sea dos horas menos que en algunos países de Europa, como la Gran Bretaña.

1539. Apenas a los dieciocho años de la conquista, México tuvo la primera imprenta que hubo en América, 100 años antes que en Estados Unidos. Y a 31 años de distancia de la caída de la gran Tenochtitlán nació la Real y Pontificia Universidad de México (también primera en el Continente) adelantándose así en casi un siglo a la de Harvard, la Universidad de san Marcos de Lima  fue creada por Cédula real antes que la de México, pero comenzó a funcionar dieciocho años después que esta. A continuación fueron fundándose, con recursos y elementos llegados de España, universidades o colegios en las principales ciudades. La Universidad de México contaba ya en 1575 con una biblioteca de 10.400 volúmenes; la de san Ildefonso con 6000, la de san Gregorio con 5461, la de San Juan de Letrán con 12.161 y había otras muchas en los colegios principales.

Comenzó asimismo a nacer la industria y a organizarse gremios o cofradías, como el de los bordadores, a partir de 1546. Numerosas fincas azucareras surgieron en Morelos y Veracruz.

Felipe II inició la reglamentación del trabajo en las minas de Borgoña, entonces pertenecientes a la Corona Española, y el 10 de enero de 1579 disponía: “Queremos y ordenamos que los obreros de las minas trabajen sólo ocho horas diarias en dos tandas de cuatro horas cada una… Quiero y ordeno que los obreros sean pagados los días feriados como si hubieran trabajado”. (Séptimo día).

Otra real cédula prohibió el cultivo del añil porque, decía, “debe preferirse el bien y conservación de los indios más bien que el aprovechamiento que pueda resultar su trabajo, mayormente donde intervienen manifiesto peligro y riesgo de sus vidas” (1579). En cambio se prefirió el cultivo de la cochinilla para obtener colorantes.

Los indios contaban con defensores de las más variadas índoles, incluso soñadores que se alejaban de la realidad, como fray Bartolomé de las Casas, para quien el militar siempre era “feroz” y “bárbaro”, sin admitir que la espalda iba abriendo camino a la civilización, pero cuando peligró la colonización de Cumaná  el mismo Las Casas tuvo que pedir el auxilio de las tropas. Según Las Casas, nunca hay guerra justa ni el dinero de Indias aplicado a buenas obras tenía redención, pero es el caso que él mismo vivía de una pensión pagada con rentas de Indias.

Por encima de las polémicas acerca de estas cuestiones, es un hecho indiscutible que la Nueva España se hallaba vinculada a un imperio de progreso y de estructura justiciera, lo mejor que la suerte podría haberle deparado en aquel entonces para acelerar su evolución hacia una nueva nacionalidad.

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