La Iglesia Ha Dado al Mundo la Verdadera Civilización

Título: La Iglesia Ha Dado al Mundo la Verdadera Civilización
Autor: P. A. Hillaire
Fuente: La Religión Demostrada, 1920, pp. 454-464

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Contenido:

SECCIÓN PRIMERA. BENEFICIOS DE LA IGLESIA EN EL ORDEN SOBRENATURAL

Jesucristo vino a la tierra a fin de que los hombres tengan vida y una vida más abundante (Juan, X, 10). Instituyó la Iglesia para que continuara su obra, para hacer participar a los hombres de los frutos de la Redención y conducirlos a la vida eterna.

La Iglesia no ha faltado a su misión divina. Por espacio de 19 siglos (1920) ha venido multiplicando sus esfuerzos y sus sacrificios para instruir, santificar y salvar las almas.

Enseña a los pueblos las más altas verdades acerca de Dios y del hombre, las reglas de la moral más pura. Hace que el orgulloso se humille, que el avaro sea generoso con los pobres, que el libertino renuncie sus placeres, que el vengativo perdone, que el usurero y el ladrón restituyan lo mal adquirido, etc.

Los hijos fieles de la Iglesia siguen la senda del paraíso y llegan infaliblemente a la felicidad eterna (véase BALMES, El protestantismo comparado con el catolicismo).

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SECCIÓN SEGUNDA. BENEFICIOS DE LA IGLESIA EN EL ORDEN NATURAL

Todo ser viviente está llamado a desenvolverse, a perfeccionarse para alcanzar su fin. Por eso los hombres y las sociedades tienen una propensión esencial y continua a acrecentar su bienestar, sus luces, su perfección. Cuando han llegado a un progreso conveniente, se les llama pueblos civilizados.

¿Que la civilización? En la vida presente, es el bienestar y la perfección, más o menos grande, del hombre, de la familia y de la sociedad. Esta civilización es más o menos adelantada, según que los individuos y los pueblos posean medios más numerosos y variados para alcanzar su último fin.

Llegase a la civilización por el progreso.

El progreso es una marcha hacia adelante, una ascensión de lo menos perfecto a lo más perfecto, un perfeccionamiento del ser.

El verdadero progreso es el perfeccionamiento del hombre entero, en su cuerpo y en su alma. Por consiguiente, la civilización comprende el progreso material, intelectual y moral.

El progreso material es el bienestar razonable del cuerpo, el mejoramiento de las condiciones de la vida.

El progreso intelectual consiste en la difusión de la verdad, de las ciencias y de las artes.

El progreso moral es la realización continua de la perfección del alma, por el alejamiento de los vicios y la práctica de las virtudes.

Así como el cuerpo debe estar subordinado al alma, así en la verdadera civilización el progreso material debe estar subordinado al progreso intelectual, y, particularmente, al progreso moral, que es el más necesario.

Si esta subordinación existe, ella produce la verdadera felicidad de los pueblos. Si el progreso material domina, da por resultado el lujo, el sensualismo, el espíritu de desorden y de revolución. La civilización debe ser, ante todo, la cultura del alma.

“La historia de la civilización es la historia del cristianismo: al escribir la una se describe la otra” (DONOSO CORTÉS). La Iglesia ha sido, en todos los tiempos, la gran promotora de todos los progresos.

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1º LA IGLESIA Y EL PROGRESO MATERIAL.- El trabajo es la fuente de toda riqueza. Suministra las materias y sugiere descubrimientos útiles. Por consiguiente, estimular el trabajo es promover grandemente el progreso material.

Pues bien, entre los paganos el trabajo manual era objeto de menosprecio. Según Aristóteles y Platón, el trabajo degradaba al hombre libre. Los griegos y los romanos negaban a los obreros el título de ciudadanos.

En cambio, la Iglesia ensalza el honor y la dignidad del trabajo. Rehabilitando al obrero, realiza la revolución social más profunda de que la historia haya conservado recuerdo.

En primer lugar, la Iglesia proclama la gran ley impuesta por Dios a la posteridad de Adán: “Comerás del pan con el sudor de tu frente”. Nadie, sea rico, sea pobre, puede sustraerse a esta ley. “El que no trabaja, dice san Pablo, no merece comer”.

Después nos muestra al Hijo de Dios en el taller de Nazaret, donde consagra la mayor parte de su vida a la humilde profesión de carpintero. ¡Alégrense los obreros: el Verbo de Dios vivió como ellos con el trabajo de sus manos!

Jesucristo eligió a los primeros pastores de su Iglesia entre los artesanos y los pescadores. San Pablo recuerda a los tesalonicenses que él trabaja día y noche: “Yo no he comido, dice, el pan ajeno, sino el que he ganado con mis sudor y mis fatigas”.

Todos los Padres de la primitiva Iglesia afirman resueltamente, en presencia de la sociedad pagana despreciadora del obrero, la necesidad y la dignidad del trabajo.

La institución monástica completa la rehabilitación del trabajo manual. Los monjes de Oriente se dedican a la oración y al estudio, pero hilan la lana, fabrican sus hábitos y cultivan la tierra que les ha de alimentar (SAN AGUSTÍN, De Moribus).

En esos monasterios, que reunieron hasta 6000 hombres bajo la dirección de un mismo abad, todos los oficios eran honrados. Los monjes de la Tebaida fueron labradores, tejedores de esteras, carpinteros, sastres, bataneros, zapateros. En tres cosas estaban ocupados continuamente: el trabajo manual, la meditación de los salmos y la oración. En tiempos de escasez de víveres viéronse salir navíos de los puertos de Egipto: llevaban a las regiones desoladas por la carestía la limosna de estos heroicos trabajadores, que producían tanto y consumían tan poco (véase PABLO ALLARD, Los esclavos cristianos).

El mismo pensamiento inspira a los legisladores monárquicos de Occidente. Los hijos de san Benito pasan de la oración al estudio, del estudio al trabajo manual. Labran y cultivan los desiertos, desmontan los bosques, ponen diques a los ríos, cubren de pastos y de cereales los terrenos pantanosos, los valles incultos.

Este gran Orden produjo el desenvolvimiento de la agricultura, del comercio y de la industria. “Las tres octavas partes de las ciudades y de los pueblos de FRANCIA deben su existencia a los monjes” (MONTALEMBERT).

Los historiadores, aún los más hostiles a la Iglesia, se ven forzados a reconocer que los monjes han desmontado los bosques de Europa, creando el patrimonio nacional, y levantado, en la estimación de los pueblos, el trabajo, despreciado por los últimos representantes del poder rumano y descuidado por los bárbaros, que fueron sus herederos en la dominación del mundo.

En la Edad Media, la Iglesia hizo un gran servicio a los trabajadores, instituyendo las corporaciones obreras o gremios. Esta organización del trabajo, cuna de las libertades locales, refugio de los débiles contra los fuertes, estableció entre los obreros la fraternidad cristiana, que es uno de los elementos del bienestar social.

En el siglo XVIII, la Revolución (de 1789) destruyó todas las obras de la Iglesia… Pero la ternura de una madre no se desanima nunca. León XIII, en su Encíclica De la condición de los obreros, señala, con admirable sabiduría, los remedios para los sufrimientos de los trabajadores. Traza un programa de economía cristiana, que contrasta con las doctrinas anarquistas del socialismo. Una vez más la sociedad deberá su felicidad a la solicitud de la Iglesia.

Concluyamos: “La primera causa de la prosperidad es el trabajo, del cual provienen las riquezas públicas y privadas, las transformaciones ventajosas de las primeras materias y los descubrimientos ingeniosos. Ahora bien, ¿quién estimuló nunca tanto como la Iglesia católica el trabajo…

“El trabajo fue siempre menospreciado, y lo es todavía allí donde el cristianismo no extiende su benéfico imperio… Por consiguiente, si el trabajo es una fuente de riquezas, y si la riqueza pública es una señal de civilización y de perfeccionamiento humano, en lo que mira al bienestar exterior y físico, es indudable que la Iglesia tiene derechos indiscutibles a la gratitud de las sociedades”. Ella ha contribuido al progreso material de los pueblos más que todos los utopistas y soñadores (extracto de una pastoral de MONSEÑOR PECCI, después LEÓN XIII).

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2º LA IGLESIA Y EL PROGRESO INTELECTUAL.-La Iglesia ha favorecido grandemente la difusión de la verdad, mediante la instrucción popular, las bellas letras, las ciencias y las artes.

Los masones y los librepensadores afirman que la Iglesia se opone a la enseñanza, a la ciencia, al progreso; que quiere tener al pueblo sumiso en la ignorancia y en las tinieblas. Es una calumnia infame, de la que la historia entera protesta. En todas partes donde la Iglesia pudo establecerse, desde su origen hasta nuestros días, ha difundido la enseñanza, según los tiempos y las circunstancias. Veamos lo que ha hecho por la instrucción religiosa y profana del pueblo.

a) Instrucción Popular.- Antes de Jesucristo, la instrucción religiosa estaba reservada a una clase privilegiada de individuos y negada al pueblo. El paganismo no predicaba a las masas en los templos. La Iglesia, obedeciendo al mandato formal de su divino fundador: “Id y enseñad…”, ha difundido por todas partes la verdad, sin distinción de castas.

Esta enseñanza de la religión ha contribuido singularmente a desenvolver la inteligencia popular. Se ha dicho con razón que el Catecismo es la filosofía del pueblo. Ésta filosofía luminosa da la solución de todos los problemas de la vida, e ilumina magníficamente la razón humana.

La instrucción primaria.- La Iglesia no se ha contentado con enseñar al pueblo la ciencia de la religión; ha hecho prodigios para darle también la instrucción profana. Desde el momento en que se vio libre de las persecuciones, estableció en cada monasterio y en cada parroquia escuelas donde los niños recibían instrucción gratuita.

Muchos sabios distinguidos han compulsado los documentos históricos para conocer el estado de la enseñanza popular antes de la Revolución (de 1789). He aquí sus conclusiones:

1º En casi todas las parroquias de Francia había escuelas donde se enseñaba gratuitamente a los niños.

2º Estas escuelas debían su existencia a los decretos de los obispos y de los Concilios.

3º Del siglo V al XII sólo el clero se ocupa de la enseñanza.

4ª La antigua Francia no contaba menos de 60.000 escuelas primarias.

5ª La mayor parte de estas escuelas fueron destruidas por la Revolución (de 1789).

Se puede ver la prueba de estos hechos en el erudito trabajo de M. Allain, La instrucción primaria en Francia. (Revue des questions historiques, 1875).

Objeción.-Si esto es cierto, ¿por qué mi abuelo no sabía leer? Es que él se crió durante o después de la Revolución. En esa época no había instrucción pública, y así fue durante cuarenta años. La instrucción no fue seriamente organizada sino por la ley de 1833. La Revolución aniquiló la instrucción, apoderándose de los bienes del clero, de los que formaban parte las escuelas (véase TAINE, La Francia contemporánea).

Es la Iglesia la que fundó en Francia, para difundir por todas partes la instrucción popular, el Instituto de los Hermanos de las escuelas cristianas, cuando el jefe de los librepensadores, Voltaire, declaraba que era una tontería instruir al pueblo (merecen recordarse, a propósito de la obra de la Iglesia, los pensamientos íntimos del francmasón Voltaire. He aquí algunos extractos de sus cartas: “El labrador y el obrero no merecen ser instruidos: bástales manejar el azadón, la lima y el cepillo”. “Es esencial que haya gente ignorante. No hay que instruir al obrero, sino al buen burgués… El pueblo será siempre tonto y bárbaro”. “Los campesinos son bueyes que necesitan de un yugo, un aguijón y heno… Jamás se ha pretendido ilustrar a los campesinos, a los lacayos ni a los sirvientes: esto es propio de los apóstoles”. Tal es el amor que Voltaire tiene al pueblo).

Leed hoy día los Anales de la Propagación de la Fe, y veréis que, al lado de los misioneros que van a llevar la verdad a los paganos, hay religiosos y religiosas que fundan escuelas y difunden la instrucción popular. Así, en todas partes, en todos los tiempos y de todas maneras, la iglesia propaga la instrucción. Lo que ella teme es la ignorancia y la falsa ciencia.

b) Instrucción Secundaria: La Iglesia y la literatura. La Iglesia ha estimulado poderosamente, siempre y en todas partes, la literatura. Si el paganismo cuenta con los siglos de Pericles y de Augusto, la Iglesia ha producido los de León X y de Luis XIV, muy superiores, por cierto, a los dos primeros.

Desde el siglo IV la Iglesia fundó, para instruir a su clero, un colegio al lado de cada residencia episcopal y de cada monasterio. Estos colegios, fundados por los obispos y los monjes, estaban abiertos para todos los niños, así para los jóvenes clérigos como para la juventud laica: innumerables hechos lo testifican (véase MONTALEMBERT, Los monjes de Occidente).

El número de colegios no hizo sino aumentar con el transcurso de los siglos. Muchos de esos vastos edificios levantados por la Iglesia existen todavía…

La Iglesia salvó de las invasiones bárbaras los tesoros literarios de Grecia y de Roma. Son los monjes los que copiaron y conservaron las obras maestras de la literatura antigua.

“A no ser por los Papas, dice J. Müller, historiador protestante, sabríamos tan poco de los conocimientos de los antiguos, como lo que saben, de las artes y de las ciencias de los griegos, los turcos que ocupan su territorio”.

Antes de 1789 se contaban en Francia, para una población de 25 millones de habitantes, 562 colegios, con 72.000 alumnos. De éstos, 40.000 recibían instrucción gratuita; la caridad cristiana había fundado becas con este objeto.

Hoy (1920), para 38 millones de habitantes, los documentos oficiales no presentan más que 81 liceos y 325 colegios, con 79.000 alumnos; sólo 5000 tienen beca a expensas de los contribuyentes (véase DURUY, La instrucción pública y la Revolución).

c) Enseñanza Superior: La Iglesia y las ciencias. La Iglesia ha favorecido siempre, con todas sus fuerzas, la enseñanza de las ciencias, porque éstas conducen naturalmente a Dios, que se llama a sí propio el Dios de las ciencias (¿Qué es la ciencia? Es el conocimiento razonado de los seres. No hay más que dos clases de seres: el Ser infinito y los seres finitos que tienen su origen en el primero. Todo comprarse, pues, hacia el Ser Criador, a quien todos los pueblos aclaman, a quien los mundos revelan, a quien las fuerzas y leyes del universo manifiestan, a quien los astros y el sol glorifican, a quien la razón admira hasta en la creación del insecto de las flores, y cuya inmortal idea llevamos en nosotros mismos. Dios es el principio y fin de toda ciencia. No debemos asombrarnos pues, si la Iglesia se encarga de hacer conocer al mundo Dios y sus perfecciones, Dios y sus obras, y si ha cultivado la ciencia en todos los tiempos).

Desde los primeros siglos los apologistas se sirven de las ciencias humanas para exponer y defender los dogmas. Orígenes, san Justino, Tertuliano, etcétera; más tarde, san Crisóstomo, san Basilio, san Gregorio Nacianceno, san Jerónimo, san Ambrosio, san Agustín, etcétera, componen obras maestras de filosofía y de elocuencia.

En la Edad Media se despliega una prodigiosa actividad intelectual en los monasterios de Fulda, de Saint-Gall, de Corbie, de Cluny, etcétera; en las escuelas de París, de Orleans, de Cambrai, de Chartres, de Toul punto la Iglesia estableció entonces tres grados académicos: bachillerato, licenciatura y doctorado.

A contar del siglo XII los Papas fundan las universidades, donde se enseñan todas las ciencias conocidas, y que ostentan con legítimo orgullo a sus ilustres maestros: san Anselmo, san Buenaventura, Alejandro de Hales, Alberto Magno, Duns Scoto, santo Tomás de Aquino, el genio más grande que haya aparecido en la tierra.

En el siglo XIV, Europa contaba 64 grandes universidades, de las cuales 24 se hallaban en Francia. La universidad de París contaba 20.000 estudiantes; la de Padua, 40.000; la de Oxford, 30.000; la de Praga, 36.000, etc.

Bajo la égida y estímulo de los Papas, estos estudiantes cultivaban no solamente la teología y filosofía, sino la historia, la lingüística, la arqueología, la numismática. Las ciencias naturales progresaron notablemente a fines de la Edad Media, mucho tiempo antes de que Bacon hubiese expuesto el método para su enseñanza.

A la Iglesia, pues, se debe, en lo pasado, el honor exclusivo de haber contribuido al progreso intelectual de la humanidad. Durante más de 15 siglos fue la única que cultivó las letras y las ciencias.

-La mayor parte de los descubrimientos útiles se debe a miembros de la Iglesia. Al fraile Roger Bacon se debe el descubrimiento de la pólvora; el diácono Flavio de Amalfi inventó la brújula; el monje Despina, los anteojos; el papá Silvestre II, los relojes de ruedas; Gutemberg, la imprenta; el canónigo Copérnico, la rotación de la tierra; Cristóbal Colón descubrió la América, etc., etc. (véase P. NÉMOURS, Le Progrés pas l’Êglise).

-Puede decirse otro tanto de las Bellas Artes. Éstas nunca tuvieron asilo más seguro que las iglesias y los monasterios. En medio de las luchas incesantes de los siglos XII y XIII, se vieron arquitectos capaces de levantar nuestras majestuosas catedrales, y pintores y escultores que nuestro siglo no ha igualado todavía. Merced a la influencia de los Papas, Italia se convierte en la patria de las bellas artes, en el museo universal de la pintura y escultura, en el país de los magníficos monumentos del arte cristiano.

¿Qué hizo la Revolución francesa por la instrucción y la ciencia? En 1792, abolió todas las escuelas primarias, 562 colegios y 23 universidades, no conservando más que la de Estrasburgo, porque era protestante.

Los bienes y las rentas de estos establecimientos fueron confiscados y el personal se vio despedido o reducido a la apostasía. En 1801, Chaptal, ministro del Interior, decía: “La educación pública es casi nula en todas partes; la generación que frisa en los 20 años está irremisiblemente sacrificada a la ignorancia; las escuelas primarias no existen casi en ninguna parte” (véase Revue des questions historiques, abril de 1880).

Después de todo esto, nuestros librepensadores ¿tienen derecho para injuriar a la Iglesia y acusarla de haber favorecido la ignorancia? Si ellos hoy parece que fomentan la instrucción, puede decirse que lo hacen más por rivalidad contra la Iglesia que por amor al pueblo. Si el interés por el pueblo es su móvil, ¿por qué buscan la destrucción de las escuelas católicas? Si queréis la instrucción, dejad a todos los hombres la libertad de difundirla.

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3ª LA IGLESIA Y EL PROGRESO MORAL.- Hemos hablado antes de la transformación moral obrada por la Iglesia en el mundo pagano. El individuo, la familia y la sociedad fueron transformados de una manera tan radical en las ideas y en las costumbres, que jamás el paganismo, ni aún en sus hombres más ilustres, ofreció el espectáculo de virtudes semejantes. Para cualquiera que trate de darse cuenta de los hechos de la historia, la influencia de la Iglesia revela la acción de una causa superior y divina.

a) La Iglesia ha regenerado el individuo.- La Iglesia ha combatido sin tregua a todos los vicios que degradan al hombre y le hacen desgraciado: el orgullo, la codicia, el sensualismo.

Ha llegado a hacer practicar todas las virtudes que elevan el alma, la ennoblecen, la aproximan a Jesucristo, el gran modelo de toda santidad. Por eso se han visto florecer en la Iglesia las virtudes cristianas desconocidas de los paganos y los bárbaros: la humildad, el despego de los bienes terrenales, la castidad, la caridad fraterna (véase P. FÉLIX, El progreso por medio del cristianismo).

b) La Iglesia ha regenerado la familia.- El mundo pagano no conoció la compasión para con los débiles. La mujer era considerada como un ser inferior, un vil instrumento de placer. Joven, era vendida por su padre; esposa, era propiedad mobiliaria de quien la adquiría; madre, era envilecida por la poligamia y el divorcio.

El niño se hallaba a discreción del autor de sus días. En Roma, cuando nacía un niño, se le tendía a los pies de su padre. Si éste le tomaba en brazos, le era permitido vivir; si no, el niño era arrojado a la cloaca. El infanticidio era universalmente admitido y practicado en las naciones paganas.

[Nota del Transcriptor: en la actualidad, se puede comprobar cómo las sociedades se están paganizando de nuevo al volver a ésta práctica que menciona el P. Hillaire, por medio del aborto principalmente, de los anticonceptivos y abortivos]

¿Que hace la Iglesia? Proclama la santidad del matrimonio y sus dos leyes fundamentales: la unidad y la indisolubilidad. Estos tres hechos, la elevación del matrimonio a la dignidad de sacramento, la abolición de la poligamia y del divorcio, la condenación del poder arbitrario del esposo, restituyen a la mujer su dignidad moral. Vuelve a ser la compañera del hombre, la carne de su carne, el hueso de sus huesos; vuelve a ocupar su sitio de honor en el hogar doméstico, donde reina por la virtud y por el amor, como el marido por una dulce autoridad.

¡Que diferencia entre la situación humillante de la mujer pagana (y actual) y el papel tan puro, tan noble, tan delicado que nuestras costumbres asignan a la madre de familia! Pues he ahí el fruto del cristianismo.

¡Cuántas luchas no ha tenido que sostener la Iglesia contra las pasiones de los emperadores de los reyes para mantener la unidad y la indisolubilidad del matrimonio! Ha preferido perder naciones enteras, como Inglaterra, antes que faltar a su deber.

El niño, convertido por el bautismo en hijo de Dios, es el objeto de los más tiernos cuidados: para el las cunas, los asilos, los orfanatos, los colegios, las escuelas; para él las atenciones más solícitas de la más delicada caridad.

Las ignominias del paganismo: poligamia, divorcio, esclavitud, pesan todavía sobre la mujer en las naciones cuyas costumbres no ha transformado la iglesia: entre los musulmanes, árabes, chinos, etc., vive la mujer como en los tiempos del paganismo.

[Nota del Transcriptor: muy de tomarse en cuenta esta afirmación del P. Hillaire, pues en la actualidad, según esta descripción, las sociedades cristianas ya estarían paganizadas]

La dignidad de la esposa decrece por todas partes donde disminuye la influencia de la Iglesia [¡muy cierto!]. Las pasiones piden a gritos la libertad del divorcio. Desde el momento en que el matrimonio es soluble, pierde su carácter más venerable.

Dígase lo mismo del niño. Todavía hoy está en auge el infanticidio en todos los países extraños a la Iglesia [N. del T.: lo paradójico del asunto es que hoy día pasa en los países que se dicen cristianos]. El vasto imperio chino nos proporciona un ejemplo instructivo.

Más todavía: las estadísticas señalan un aumento prodigioso de infanticidios en todos los pueblos donde, bajo la influencia de la impiedad, va desapareciendo la moral católica.

c) La Iglesia ha regenerado la sociedad.- La Iglesia ha transformado la sociedad civil. Antes de Jesucristo el Estado lo absorbía todo: reinaba como déspota, y no tenía que rendir cuenta alguna de sus actos. El jefe del Estado lo era todo, los súbditos no eran nada.

[Nota del Transcriptor: otra afirmación muy elocuente del P. Hillaire, pues se pone en la actualidad en boga esta práctica del Estado, que a pesar de las mayorías cristianas, se pasan leyes anti-cristianas como la del aborto y otras tantas]

La Iglesia ha definido claramente los derechos y los deberes de los gobernantes y de los súbditos. Ella proclama que todo poder viene de Dios, y que, no por sentarse en un trono, los príncipes están menos obligados a obedecer las leyes de Dios y a gobernar a sus pueblos con leyes justas y sabias. Con eso la Iglesia ha puesto término a la tiranía del Estado. ¡Qué distancia entre Nerón y san Luis!…

De acuerdo con el principio de Jesucristo: “Dad al César lo que es del César”, el súbito se somete de buen grado a la autoridad legítima; pero ésta obediencia no le rebaja, porque se presta al representante de Dios. Por otra parte, conserva siempre una noble independencia. Cuando el poder humano, en sus órdenes o en sus leyes, contradice a la ley divina, el súbito repite altivamente las palabras de los apóstoles: Imposible, non possumus: hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.

d) La iglesia ha transformado las relaciones entre los pueblos. El derecho de gentes anterior a Jesucristo no tenía más que una ley: vae victis! ¡Ay de los vencidos! La guerra daba botín y esclavos. La piedad era desconocida de los vencedores.

La iglesia enseña a los pueblos que todos los hombres son hermanos, hijos de Dios, rescatados por Jesucristo. Con las costumbres cristianas el derecho de gentes se ha transformado; la piedad ha penetrado en los corazones; los enemigos heridos no son ya rematados en los campos de batalla; no se hacen ya esclavos; a los beligerantes no se les trata como a bárbaros.

La guerra siempre tiene sus rigores; pero la fraternidad cristiana impone deberes que los pueblos no pueden desconocer. Al derecho de la fuerza la Iglesia ha sustituido el derecho de la justicia. ¡Cuántas guerras evitadas por la intervención de los Papas!…

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