El Perdón de la Iglesia

Título: El Perdón de la Iglesia -del año 2000-
Autor: Antonio Caponnetto
3,844 palabras

Ante el “mea culpa” que, con motivo del Jubileo, ha entonado la Jerarquía de la Iglesia parece oportuno y a la vez honesto formular tres aclaraciones. Todas las cuales -necesarias en sí mismas- se vuelven perentorias por el agravante de la horrenda e intencional falsificación llevada a cabo desde algunos medios de comunicación, o el silencio que, en otros casos, ha lastimado tanto como la tergiversación. Por eso es necesario resaltar:

1) Lo bueno que se dijo y que se ha ocultado por los medios

2) Lo que se dijo y con amor filial nos preocupa

3) Lo que, respetuosamente, quisiéramos que se hubiera dicho

1) Lo bueno que se dijo y que se ha ocultado por los medios

-“La Iglesia, desde siempre, ha sabido discernir las infidelidades de sus hijos (…) La Iglesia es también maestra cuando pide al Señor perdón” (monseñor Piero Marini, maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias, 7-3-2000, con ocasión de explicar el alcance de la celebración litúrgica pontificia del mea culpa del 12 de marzo)

-“Es importante recalcar que (Memoria y Reconciliación: la Iglesia y las culpas del pasado) se trata de un documento de la Comisión Teológica Internacional. Esto no significa que sea un documento de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe. No es por tanto, un texto de la Santa Sede y mucho menos del Papa. El mismo Cardenal Ratzinger, al presentarlo esta mañana, explicó que con este texto la Iglesia no pretende erigirse en juez del pasado, ni encerrarse de manera pesimista en sus propios pecados” (Comunicado de la Comisión Teológica Internacional, Agencia Zenit, 7-3-2000)

-“El documento (Memoria y Reconciliación…etc) no es más que el resultado de un grupo de teólogos (…) Cuando se habla del pasado de la Iglesia, se cuentan muchas cosas que, con frecuencia, son calumnias, mitos. La verdad histórica es la primera exigencia” (Padre Georges Cottier, Secretario de la Comisión Teológica Internacional, autora del texto, 8-3-2000)

-“La Iglesia del presente no puede constituirse como un tribunal que sentencia sobre el pasado. La Iglesia no puede y no debe expresar la arrogancia del presente (…) El protestantismo ha creado una nueva historiografía de la Iglesia con el objetivo de demostrar que no sólo está manchada por el pecado, sino que está totalmente corrompida y destruida (…) La situación se agravó con las acusaciones de la Ilustración, que desde Voltaire hasta Niezstche, ven en la Iglesia el gran mal de la humanidad que lleva consigo toda la culpa que destruye el progreso (…) Necesariamente hubo de surgir una historigrafía católica contrapuesta para demostrar que , a pesar de los pecados, la Iglesia sigue siendo la Iglesia de los santos: la Santa Iglesia (…) No se pueden cerrar los ojos ante todo el bien que la Iglesia ha hecho en estos últimos dos siglos devastados por las crueldades de los ateísmos” (Cardenal Joseph Ratzinger, 7-3-2000, con ocasión de presentar en la Sala de Prensa de la Santa Sede, el documento Memoria y Reconciliación…)

-“La confessio peccati, sostenida e iluminada por la fe en la Verdad que libera y salva (confessio fidei), se convierte en confessio laudis dirigida a Dios, en cuya sola presencia es posible reconocer las culpas del pasado y las del presente (…) Este ofrecimiento de perdón aparece particularmente significativo si se piensa en tantas persecuciones como los cristianos han sufrido a lo largo de la historia” (Memoria y Reconciliación, Introducción)

-“La dificultad que se perfila es la de definir las culpas pasadas, a causa sobretodo del juicio histórico que esto exige, ya que en lo acontecido se ha de distinguir siempre la responsabilidad o la culpa atribuibles a los miembros de la Iglesia en cuanto creyentes, de aquella referible a la sociedad (…) o de las estructuras de poder(…) Una hermenéutica histórica es, por tanto, necesaria más que nunca, para hacer una distinción adecuada entre la acción de la Iglesia (…) y la acción de la sociedad (…) Es justo por otra parte, que la Iglesia contribuya a modificar imágenes de sí falsas e inaceptables, especialmente en los campos en los que, por ignorancia o por mala fe, algunos sectores de opinión se complacen en identificarla con el oscurantismo y la intolerancia” (Memoria y Reconciliación, 1, 4)

-“¿Se puede hacer pesar sobre la conciencia actual una “culpa” vinculada a fenómenos históricos irrepetibles, como las Cruzadas o la Inquisición? ¿No es demasiado fácil juzgar a los protagonistas del pasado con la conciencia actual, como hacen escribas y fariseos, según Mt. 23, 29-32…? (Memoria y Reconciliación, 1, 4,)

-“(…)Es convicción de fe que la santidad es más fuerte que el pecado en cuanto fruto de la gracia divina: ¡son su prueba luminosa las figuras de los santos, reconocidos como modelos y ayuda para todos! Entre la gracia y el pecado no hay un paralelismo, ni siquiera una especie de simetría o de relación dialéctica (Memoria y Reconciliación, 3, 4)

-“Es necesario preguntarse: ¿qué es lo que realmente ha sucedido?, ¿qué es exactamente lo que se ha dicho y hecho? Solamente cuando se ha ofrecido una respuesta adecuada a estos interrogantes, como fruto de un juicio histórico riguroso, podrá preguntarse si eso que ha sucedido, que se ha dicho o realizado, puede ser interpretado como conforme o disconforme con el Evangelio (…) Hay que evitar(…) una culpabilización indebida que se base en la atribución de responsabilidades insostenibles desde el punto de vista histórico” (Memoria y Reconciliación, 4).

-“Juan Pablo II ha afirmado respecto a la valoración histórico-teológica de la actuación de la Inquisición: ‘El magisterio eclesial no puede evidentemente proponerse la realización de un acto de naturaleza ética, como es la petición de perdón, sin haberse informado previamente de un modo exacto acerca de la situación de aquel tiempo. Ni siquiera puede tampoco apoyarse en las imágenes del pasado transmitidas por la opinión pública, pues se encuentran a menudo sobrecargadas por una emotividad pasional que impide una diagnosis serena y objetiva (…) El primer paso debe consistir en interrogar a los historiadores, a los cuales se les debe pedir que ofrezcan su ayuda para la reconstrucción más precisa posible de los acontecimientos, de las costumbres, de las mentalidades de entonces, a la luz del contexto histórico de la época” (Memoria y Reconciliación, 4)

-“Debe evitarse cualquier tipo de generalización. Cualquier posible pronunciamiento en la actualidad debe quedar situado y debe ser producido por los sujetos más directamente encausados(…) La Iglesia es propensa a desconfiar de los juicios generalizados de absolución o de condena respecto a las diversas épocas históricas. Confia la investigación sobre el pasado a la paciente y honesta reconstrucción cientifica, libre de prejuicios de tipo confesional o ideológico…(Memoria y Reconciliación, 4, 2)

-“(…) No caer en el resentimiento o en la autoflagelación, y llegar mas bien a la confesión del Dios ‘cuya misericordia va de generación en generación’ ” (Memoria y Reconciliación, 5, 1)

-“Nunca se puede olvidar el precio que tantos cristianos han pagado por su fidelidad al Evangelio y al servicio del prójimo en la caridad” (Memoria y Reconciliación, 6, 1)

-“Además, hay que evaluar la relación entre los beneficios espirituales y los posibles costos de tales actos (de perdón) también teniendo en cuenta los acentos indebidos que los ‘medios’ pueden dar a algunos aspectos de los pronunciamientos eclesiales(…) Hay que subrayar que el destinatario de toda posible petición de perdón es Dios (…) Se debe evitar(…) la puesta en marcha de procesos de autoculpabilización indebida (Memoria y Reconciliación, 6, 2)

-“Lo que hay que evitar es que actos semejantes (los del perdón) sean interpretados equivocadamente como confirmaciones de posibles prejuicios respecto al cristianismo. Sería deseable por otra parte, que estos actos de arrepentimiento estimulasen también a los fieles de otras religiones a reconocer las culpas de su propio pasado (…) La historia de las religiones (no se refiere aquí a la católica) está revestida de intolerancia, superstición, connivencia con poderes injustos y negación de la dignidad y libertad de las conciencias” (Memoria y Reconciliación, 6, 3)

-“Su petición de perdón (el de la Iglesia) no debe ser entendida como (…) retractación de su historia bimilenaria, ciertamente rica en el terreno de la caridad, de la cultura y de la santidad” (Memoria y Reconciliación, Conclusión)

-“Se debe precisar el sujeto adecuado que debe pronunciarse respecto a culpas pasadas (…) En esta perspectiva es oportuno tener en cuenta, al reconocer las culpas pasadas e indicar los referentes actuales que mejor podrían hacerse cargo de ellas, la distinción entre magisterio y autoridad en la Iglesia: no todo acto de autoridad tiene valor de magisterio, por lo que un comportamiento contrario al Evangelio, de una o más personas revestidas de autoridad no lleva de por sí una implicación del carisma magisterial (…) y no requiere por tanto ningún acto magisterial de reparación” (Memoria y Reconciliación, 6, 2)

El católico al menos, tiene que saber entonces, que es falso que la Iglesia le haya pedido perdón al mundo o a sus adversarios y no a Dios; que haya renunciado a su pasado de glorias y triunfos de la Fe; que haya negado a sus santos y a sus héroes; que haya aceptado las mentiras históricas elaboradas por sus difamadores y detractores; que haya admitido las argumentaciones masónicas que la retratan como oscurantista o inhumana, que haya condenado a las Cruzadas, a la Inquisición, a la Evangelización o a la Conquista de América; que haya obviado toda referencia a las persecuciones de que fue y es objeto y a los gravísimos errores de los ateísmos y de las demás religiones. Es falso que este mea culpa sea un nuevo dogma, una resolución ex catedra o una retractación del Magisterio. Es falso incluso que toda palabra o conducta de una autoridad eclesial deba ser tomada como docente, incluyendo las palabras y las conductas de los intérpretes o aplicadores de este pedido de perdón. Todo esto y tantísimo más es falso, pero se ha propalado desde los medios, desde ciertas cátedras seglares o religiosas y desde las usinas de la intelligentzia, sin encontrar al menos el elemental correctivo de remitirse a las fuentes.

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2) Lo que se dijo y con amor filial nos preocupa

-Nos preocupa que se pida perdón cuando no se advierte culpa. La Iglesia, por ejemplo, no es culpable de la división de los cristianos causada por la herejía protestante, o por el accionar de otros tantos heresiarcas, antes y después de la Reforma. No es culpable de los cismas, aunque una vez provocados alguien pudiera señalarle actitudes aisladas poco caritativas. No es culpable del extravío del paganismo, como la esclavitud o el menoscabo de las mujeres; ni de los crímenes del capitalismo, como el abandono de los pobres o el desprecio por necesitados; ni de las aberraciones del materialismo, como la supresión de los no nacidos; ni de los atropellos del imperialismo, del neopaganismo y del sionismo, como la persecución a razas y etnias, ni de las atrocidades del marxismo, como las campañas genocidas. No sólo no es culpable la Iglesia sino que es víctima, y en gran medida por oponerse sistemáticamente con su testimonio a tan graves pecados.

-Nos preocupa que tras las disculpas por presuntas faltas de respeto a otras culturas y creencias , se pueda justificar el salvajismo, el tribalismo y la idolatría, cayendo en un relativismo cultural, religioso y ético que vuelve ilícita cualquier tarea apostólica o inhibe todod fervor misionero o el obligado llamamiento a la conversión. O que desacredite las grandes gestas evangelizadoras de la historia, las hazañas de sus testigos, las epopeyas martiriales de sus guerreros santos.

-Nos preocupa que pueda sasociarse toda violencia con la negación del Evangelio; cuando es un hecho que, tanto de las fuentes vétero y neotestamentarias surge la legitimidad de una fortaleza armada al servicio de la Verdad desarmada. Este deber cristiano de la lucha halla su fundamento y su necesidad tanto en las Escrituras como en las enseñanzas patrísticas y escolásticas, tanto en las obras de los grandes teólogos de todods los tiempos como en la mismísima hagiografía y en la Cátedra bimilenaria de Pedro, hasta la actualidad y sin exclusiones.

-Nos preocupa que se les reproche a los católicos el poco esfuerzo “por remover los obstáculos que impiden la unidad de los cristianos”, sin hacer referencia a la única unidad posible y duradera cual es la que brota del arrepentimiento y de la conversión de quienes están en el error, y de su consiguiente regreso a la Iglesia, fuera de la cual no hay salvación, aún teniendo en cuenta los casos de ignorancia invencible, ya que quien se salva, se salva dentro de la Iglesia.

-Nos preocupa que se imponga como criterio de autoacusación la falta de respeto por la libertad de la conciencia individual, cuando el fundamento de la conciencia no es la libertad sino el dictado de la sindéresis o recto sentido moral objetivo. Que prevalezca asimismo la criteriología de los derechos humanos -su conculcación o su respeto irrestricto como divisoria universal de aguas- sin tomar jamás expresa distancia de la ideologización, desnaturalización, y manipulación que se viene haciendo de esos derecchos desde el Iluminismo y hasta pareciendo a veces que se coincide con tal perspectiva.

-Nos preocupa que para atemperar las hipotéticas faltas de la Iglesia en el pasado, se cuestione la unión de lo temporal con lo espiritual durante “los siglos llamados de cristiandad”; o que se aluda a los cambios de paradigmas situacionales en el transcurso de los tiempos. Lo primero puede conducir a la convalidación del secularismo, lo segundo a la adopción del historicismo.

-Nos preocupa que una vez reconocida la existencia de una historiografía facciosa, alimentada por el odium Christi, se desaliente la apologética. Y que una vez reconocidas igualmente, tanto la necesidad como la urgencia de la rigurosidad cientifica en el terreno de los estudios del pasado, se omita toda mención a las grandes obras y a los autores magistrales que ya han dilucidado períodos, acontecimientos y actores justamentte vilipendiados. Incluyendo aquellos que han tenido lugar en el transcurso del siglo XX.

-Nos preocupa que la jerarquía eclesiástica presente, eleve a los altares a quienes entregaron su vida durante guerrras justas por la defensa del sentido cristiano de sus respectivas patrias- verbigratia los Cristeros y los combatientes de la Cruzada Española- y desapruebe a la vez “las formas de violencia ejercida en la represión y corrección de los errores”. Tamaña paradoja podría dar pie a una visión pacifista, ajena al espíritu de la doctrina católica, como al riesgoso equívoco de creer que el bien se impone sin el esfuerzo y sin el sacrificio del buen combate.

-Nos preocupa que en la condena al nacionalsocialismo prevalezcan más esos prejuicios de la opinión pública a los que sensatamente se alude en relación con otros hechos pretéritos, antes que los juicios suscitados por la rigurosidad de los estudios científicos, por negativos que pudieran resultar; o los tópicos de la propaganda aliada antes que las claras y empinadas admoniciones de Pío XI en la Mit brennender Sorge. Que no se tengan en cuenta las teorías anticristianas de sus fundadores, ni ciertas prácticas anticatólicas de sus gestiones gubernamentales, ni el martirio a que fueron sometidos, entre otros, Santa Edith Stein o San Maximiliano Kolbe, sino la discutible cuestión de “la shoah”, más próxima a la propaganda política de posguerra que a la verad histórica, y más próxima también a la agitación proselitista de las izquierdas que a la realidad de lo acontecido.

-Nos preocupa que aquella indiscutible condena al nacinalsocialismo, ya aludida, no tenga su correlato en otra análoga a la intríseca perversidad comunista, responsable de la muerte de cien millones de cristianos, ni a las sostenidas acciones terroristas y a la justificación de la tortura sostenida desde el Estado israelí. Que ningún perdón se les exija a aquellos judíos que fueron los principales ideólogos o ejecutores del marxismo, o que ningún perdón se eleve por los católicos cómplices de colaboracionismo comunista, ya por acción u omisión. Que ninguna disculpa implique a los bautizados que, aún con rasgos jerárquicos eclesiales, fueron compañeros de ruta de la guerrilla roja, responsable de tantas muertes y desolaciones.

-Nos preocupa que se aluda a la hostilidad de numeroso cristianos hacia los hebreos, cuando los textos religiosos basales del judaísmo están impregnados de una estremecedora animadversión hacia los cristianos; cuando una gran parte sustantiva y dolorosa de la Iglesia, es la historia de las maquinaciones hebreas contra Ella.; cuando la documentación seria prueba la existencia de numerosos casos de católicos víctimas de crímenes perpetrados por judíos, en tanto tales, y por odio a la Fe de Jesucristo, cuyas víctimas han sido elevadas a los altares por la Iglesia, desde San Esteban hasta Santo Dominguito del Val, San Simeón de Trento, San Guillermo de Norwich o el santo Niño de la Guardia. Y cuando es un hecho actual, notorio y visible por todos, el hostil desprecio y la vulgar agresión de cierta jerarquía judía hacia el santo Padre, hacia su humilde pedido de perdón y hacia el esfuerzo de su viaje apostólico al corazón de Israel. Sin que faltaran allí los miembros del Jabad Lubavitch, que envueltos en el taledo y haciendo sonar el shofar pidieron ritualmente su asesinato, ante la indiferencia de quienes debieron reprobarlos enérgicamente.

-Nos preocupa al fin, que se hable del antisemitismo cristiano como factor coadyuvante del antisemitismos nazi, y hasta del retaceo de la ayuda ante el maltrato del que fueron objeto los judíos durante el Tercer Reich. No existe un antisemitismo cristiano, sino una explicación cristiana del misterio de la enemistad teológica de Israel; y en el más doloroso de los casos, un conjunto de prevenciones dadas oportunamente por la Iglesia para evitar los conflictos recíprocos. Existe en cambio un anticristianismo judaico, teórico y práctico. que arrancó los primeros gritos de dolor en el Nuevo Testamento: “¡Matásteis al Autor de la Vida!” (Hechos 3, 13-15), “¡Crucificásteis al Señor de la Gloria!” (1 Cor. 2, 8). Existió un Pío XII que se desveló por la suerte de los hijos de la Antigua Alianza, y no conocemos de la existencia de ninguna autoridad rabínica equivalente que haya tomado como propia la suerte de los cristianos asesinados en los gulags.

-Nos preocupa que en el legítimo afán de aliviar las heridas que pudieran haber recibido los judíos durante su larga historia, se eche al olvido el drama teológico que significó su defección y apostasía, del que nos habla San Pablo en los capítulos noveno a undécimo de su Epístola a los Romanos, que se pase por alto el drama mayor del deicidio, corroborado por el Señor cuando dijo “Sé que sois linaje de Abraham, pero buscáis matarme, porque mi palabra no ha sido acogida por vosotros” (Jn, 8, 37); y sobretodo, que se evite pronunciar cuidadosamente todo deseo o reclamo de conversión a Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Mesías.

-Nos preocupa en definitiva, que este pedido de perdón, imprudente de por sí, torcido por los medios, malinterpretado por los pseudointelectuales con poder, escamoteado en sus significaciones más nobles y capitalizado por innumerables calumniadores de la Fe católica sin aclaraciones condignas y autorizadas, instale artificialmente -para desconcierto de todos- la dialéctica de una Iglesia pre-meaculpa y postmeaculpa, de consecuencias tan dañinas como otras divisiones dialécticas ya probadas

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3) Lo que, respetuosamente, quisiéramos que se hubiera dicho

No tenemos dudas de que en la Iglesia ha existido y existe el antitestimonio; de que muchos de sus hijos – desde la autoridad o desde el llano- han sido y son causa del pecado de escándalo; de que la memoria necesita purificarse de semejantes vicios.

Hubiera sido oportuno en tal sentido hablar del proceso de autodemolición al que se refiriera, denunciándolo, Paulo VI, cuyos responsables tienen nombres y apellidos; de la tolerancia, cuando no de la aquiescencia para con ese “humo de Satán” que se dejó entrar en el templo de Dios, según dolorosísima expresión del precitado Pontífice; de las “verdaderas y propias herejías que se han propalado”, tal como lo reconociera Juan Pablo II el 6 de febrerro de 1981, y en particular de ese “conglomerado de todas las herejías”, como llamó San Pío X al modernismo, así como de su sucesora, “la concepción que no se puede definir sino con el término ambiguo de progresista (y que) no es ni cristiana ni católica” (Paulo VI, mensaje a los católicos de Milán, 15-8-1963)

Hubiera sido oportuno pedir perdón por la desacralización de la liturgia, por la profanación de tantas celebraciones eucarísticas, por el vaciamiento de los Sagrados Textos, por la falsificación de la catequésis, por la adulteración de la dogmática, por el escamoteo de la ascética, por la desnaturalización de la pastoral, por el inmanentismo, el secularismo y y el horizontalismo en todos los terrenos que han desarrollado muchos sacerdotes. Perdón por el falso ecumenismo y el sincretismo, por el pluralismo ilimitado e irrestricto, por la protestatización de la Misa, la marxistización de la teología, la cabalización de la Fe, el aseglaramiento de los clérigos, la reconciliación con el “mundo”. Perdón por las ceremonias inter-religiosas o pluriconfesionales en las que el Vicario de Cristo queda homologado con los líderes de las falsas creencias, y el Dios Uno y Trino con los profetas demasiado humanos de los cultos antiguos o modernos.

Hubiera sido oprtuno pedir perdón por los pastores medrosos, cómplices del liberalismo y del comunismo; por los curas guerrilleros o agitadores tercermundistas, por los obispos que confunden a su grey con palabras y hechos que no son sino contemporizaciones con los enemigos de la Iglesia; por los que ensayaron todos los errores filosóficos del siglo y se olvidaron de la filosofía perenne; por los innovadores que terminaron siendo socios activos de la Revolución; por los que llamaron renovación a la apostasía y traicionaron a sabiendas la Tradición. Perdón por las deserciones en nombre del antitriunfalismo, por el temporalismo, el activismo, y la malsana mundanización. Perdón por no haber predicado explícita y contundentemente la Realeza de Nuestro Señor Jesucristo.

Mas como no sea cosa que se crea que estos deseados pedidos de perdón reconocen su punto de partida en los días posteriores al Concilio Vaticano II, hubiera sido oportuno además, que se entonara un mea culpa especialmente doloroso y trágico, por ese mal enorme y antiguo del fariseísmo que resume y contiene a todos los otros, y que desde lejos viene corroyendo y afeando el Santo Rostro de la Santa Madre Iglesia.

Hubiéramos deseado que se dijera -enfáticamente, con toda la energía y el ardor de la caridad- que la Iglesia está acechada por dentro y por fuera, tal vez como no lo estuvo nunca en su bimilenaria historia. Que semejante situación exige, por supuesto, católicos capaces de reconocer sus verdaderas culpas y de pedir humildemente perdón a Dios y al prójimo genuinamente ofendido. Católicos penitentes y rezadores, con el sayo de los peregrinos contritos y suplicantes; pero también y por lo mismo, católicos militantes, llenos de lucidez y de coraje, con la armadura de los caballeros victoriosos, conscientes de que Cristo vuelve, de que Cristo Vence, de que Cristo Reina e Impera. Y de que entonces, como lo dijera San Pablo, “nadie será coronado, si no ha valientemente combatido”.

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