Capitalismo y Supracapitalismo

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Título: Capitalismo y Supracapitalismo
Autor: Salvador Borrego E.
Extraído de la obra del autor: “América Peligra”, capítulo XI, pp. 555-561, 23a Edición, México, 2008.
2,018 palabras.

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Dogma acerca de dos diversos fenómenos. Gran desorientación ha provocado el hecho de designar con una misma palabra -con la palabra capitalismo- a dos fenómenos económicos muy diferentes: Capitalismo y Supracapitalismo no sólo son diferentes, sino antagónicos. (Siempre que nos refiramos al capitalismo sano).

La confusión ha surgido del dogma de que el capitalismo empezó a nacer con el maquinismo, de que tomó forma precisa en el siglo XVIII, de que es un fenómeno totalmente nuevo y de que por sí mismo va generando una antítesis que ineludiblemente lleva a la síntesis del comunismo.

Ciertamente el capitalismo creció con el auge de la técnica y de las comunicaciones, en el siglo XVIII, pero lo que entonces empezó a irrumpir fue un capcioso liberalismo económico (manchesterismo), que rompió totalmente los lazos entre la economía y la moral y que degradó la economía a mero instrumento de dominio económico para lograr un dominio político internacional.

Lo que empezó a imponerse en esa época fue un nuevo sistema que estaba colocándose SOBRE el capital, valiéndose del capital y la especulación para conquistar influencia política universal.

Tal móvil político, inconfesable, es el alma del SUPRACAPITALISMO, al que en forma secundaria se agrega como hijastra la pasión de la avaricia de mucha gente que propiamente no forma parte del móvil político del Supracapitalismo.

La filosofía del supracapitalismo es especulativa y política. Manipula en provecho propio la economía del ciudadano y de la Nación.

El Supracapitalismo utiliza, indistintamente, el monopolio (un solo producto), el monopsonio (un solo vendedor) y la especulación. En cambio, el capitalismo sano (donde quiera que haya existido), se basa en factores económicos equitativos y carece de fines políticos.

En realidad el capitalismo empezó a existir desde el momento en que el hombre fue capaz de producir lo indispensable para subsistir y algo más como remanente.

La teoría marxista presupone que durante milenios hubo un vacío económico en el mundo y que hasta el siglo XIV, y más claramente hasta el XVI, comenzó a aparecer el capitalismo, cosa falsa, pues lo que entonces comenzó a aparecer fue una táctica política empeñada en valerse de la economía como uno de sus recursos para conquistar el dominio mundial.

Si la palabra “capital” significara realmente (como pretende el Liberalismo y el marxismo) ”los productos que el hombre utiliza, no para la satisfacción inmediata de sus necesidades, sino para producir otros bienes”, es evidente que el hombre pudo obtener víveres para varios días de supervivencia, logró luego disponer de tiempo para “producir otros bienes”. En esta forma resulta que una despensa bien surtida es ya un capital.

La célula del capitalismo fue el hombre que produjo más de lo que necesitaba para subsistir. Ahí empezó su evolución hacia planos de vida superior a la de la bestia que caza para no morir de hambre y que cesa su actividad en el momento en que la sacia.

Es claro que todo remanente de producción comenzó a ser capital, chico, mediano o grande.

El capital que lograba el jefe de familia, o sea el remanente que el quedaba después de cubrir sus subsistencia, hizo posible la instrucción cada vez más completa de sus descendientes.

La sociedad no hubiera evolucionado a no ser por la creación de esos remanentes, a los que en rigor se les puede llamar “capital”.

El Papa León XIII dijo que “no puede existir capital sin trabajo, ni trabajo sin capital”. Como es evidente que el trabajo ha existido siempre sobre la tierra, resulta que toda capacidad de trabajo es ya un “capital”. Aún el peón quien sin un centavo en los bolsillos va a su primer día de trabajo, lleva el capital de su fuerza muscular, y con adecuado apoyo en esto puede hacerse de recursos para ascender.

Tan capitalista era hace más de cinco mil años el egipcio que lograba una buena cosecha o el asirio que producía telas y obtenía un buen nivel de vida, como el dueño actual de una granja o el propietario de una fábrica.

Independientemente de eso, siempre hay la contingencia de que el uso degenere en abuso. Esto no es nuevo, pues 640 años antes de Cristo, Solón maldecía a los especuladores que acaparaban el grano para luego venderlo a un precio injusto.

Uno de los grupos judíos que más combatieron a Cristo fueron los saduceos, maestros de la usura y la especulación, de quien el padre Xavier Escalada. S. J. afirma:

“Verdaderos utilitaristas y vividores, tenían muy poco de religioso y mucho de político de la peor calidad. Les interesaba únicamente el poder y el dinero; negaban la resurrección, preocupados en exclusiva de los bienes terrenos, como precursores del materialismo y utilitarismo con que el mundo de hoy enjuicia a sus descendientes. Por sus manejos inmorales, sobornos, coacciones, asaltos y toda clase de tropelías, habían acaparado los puestos claves en el sanedrín y el mando judío…” (El Proceso de Jesús).

Tales utilitaristas que menciona el padre Escalada fueron la semilla del Supracapitalismo de hoy.

En el pasado hubo varios intentos de frenar este proceso trapacero. En el siglo XIV se decretó en Coventry que ningún usurero podía ser consejero, presidente de un gremio o alcalde. En Florencia se multaba a los que practicaban la usura. Durante varios siglos la Iglesia aprovechó su influencia política para castigar a esos especuladores y dejó constancia de ello en el Concilio de Viena (1312), decretando la excomunión para los gobernantes que permitieran la usura, y como autores de herejía a quienes afirmaran que la usura no era pecado.

A fines del Siglo XVI el Papa Clemente VIII prohibió en Italia las operaciones de los usureros judíos, salvo en las ciudades de Roma y Ancona, donde podían ser vigilados para impedir abusos.

Después, en el segundo Concilio de Lyon (1724) se fijaron severas penas contra la especulación.

R. H. Tawney dice: “De hecho, los eclesiásticos intentaron dejar de lado al usurero, fundando instituciones donde los pobres pudiesen obtener dinero barato. Las parroquias, fraternidades religiosas, gremios, hospitales y acaso monasterios, prestaban granos, ganado y dinero. En Inglaterra los obispos organizaban préstamos de esa naturaleza con la aprobación papal, a mediados del siglo XIII, y dos siglos más tarde, hacia 1462, los franciscanos encabezaron el movimiento para la fundación de Montes de Piedad que, iniciados en Italia, se extendieron para mediados del siglo XVI a Francia, Alemania y los Países Bajos, y aunque no llegaron a Inglaterra –porque se interpuso la reforma- cumplieron un tema de frecuentes comentarios y elogios de los escritores ingleses sobre ética económica” {1}.

Naturalmente la Iglesia se ganó la enemistad de los promotores del Supracapitalismo de todas las épocas.

¿Qué pasó después, que pese a los esfuerzos de la Iglesia el Supracapitalismo fue abriéndose paso? Su persistencia y su astucia han sido insuperables.

El padre Julio Meinvielle coincide con el historiador Jasen en que desde antes de la Reforma calvinista, los judíos empezaron a amasar fortunas mediante diversas maniobras financieras, que en seguida las decuplicaron al cundir el calvinismo. Y el poder lo aprovecharon para conquistar poder político. En 1338 lograron que quienes les dieran algún tipo de protección podían obtener préstamos con el 32% anual, en vez del 43%.

El consejo de Maguncia (Ayuntamiento) obtuvo créditos de los hebreos y a cambio accedió a permitirles un interés del 52% anual, que en aquellas circunstancias era exagerado. Y así fueron los prestamistas logrando que se les permitiera casi “un libre mercado”, con el 86% anual, en perjuicio de comerciantes y campesinos.

Conforme los mercados se ampliaban, quien obtenía crédito llevaba una gran ventaja frente a quienes no lo lograban. Los prestamistas aprovecharon esa situación para prestar a sus favoritos. El crédito se convirtió en una eficaz arma política.

Las ideas liberales fueron acreditándose, rápidamente, y entre ellas se coló la consigna de “dejar hacer, dejar pasar”. Lord Bacon escribió una defensa entusiasta de la usura en tanto que Harrison hizo la crónica de la capitulación de Inglaterra ante “la usura, invención de los judíos, aunque hoy sea perfectamente practicada por casi todos los cristianos” {2}

(Sólo que el cristiano, por motivos morales, no sabe sacarle cabal provecho a la usura, ni tiene igual destreza para usarla).

El supracapitalismo ha utilizado la economía como instrumento político de dominación. Los usureros de Inglaterra se valieron de esta arma y Lord Bacon escribió una defensa entusiasta de la usura.

Conquistaron fuerte base en Inglaterra. Juan Calvino (1509-1564) en realidad Juan Cauvin, estableció en Ginebra una sangrienta dictadura y dio forma nueva a antiguas ideas teológicas, según las cuales Dios crea a unos hombres para que se salven (predestinados) y otros para que se pierdan, sin que a estos les valgan sus obras. De esto se derivó que el poder económico era un signo positivo de predestinación.

Tales ideas penetraron profundamente en Inglaterra y dieron auge a la corriente del “puritanismo” en el cual se alinearon los especuladores.

En la segunda mitad del siglo XVI se extendieron por todo el mundo. Cundió la piratería contra España y las Indias Orientales; creció el monopolismo comercial en la India y en otra regiones y se dio por válida la nueva tesis de que MORAL y ECONOMÍA no deben tener ninguna relación entre sí.

Ese importante cambio ocurrió en Inglaterra bajo el reinado de Isabel I, que era manejada por Guillermo Cecil (o Sissill o Sissilt) verdadero poder detrás del trono, calvinista, enemigo del cristianismo. Con Isabel y Cecil la economía se convirtió en un instrumento de explotación para servir a intereses políticos. Propiamente ya no se trataba de capitalismo (como creador de bienes y servicios) sino de explotación de los productores de bienes y servicios.

Este fenómeno se acrecentó en el siglo XVII, cuando Oliverio Cromwell se convirtió en el amo absoluto de Inglaterra al desbaratar el parlamento, decapitar al rey Carlos I, suprimir el catolicismo y abrir las puertas a la inmigración judía, de acuerdo con el rabino Jacob Ben Azabel, según lo refiere el también judío León Halevy en “Resumen de la Historia de los Judíos”.

Cromwell era también aconsejado por el rabino de Amsterdan, Manassé Ben Israel, según lo consigna Y. R. Lembelín en su libro “Las Victorias de Israel”. Por cierto que Cromwell era puritano, nieto de la hija del usurero Horatio Pallavicino.

Bajo el reinado de Isabel I, de Inglaterra, Sissil era el poder detrás del trono y dio impulso al nuevo instrumento de explotación y dominio político, disfrazado con la norma "liberal" de que no deben tener ninguna relación entre sí la moral y la economía

Durante el dominio de Cromwell, la ciudad de Manchester fue prácticamente la cuna del Supracapitalismo organizado.

Por eso el historiador judío Jurgen Kuczynski aplaude aquella época con las siguientes palabras: “Este hecho, de gran importancia en la historia de la humanidad, contruye la primera revolución victoriosa de la edad moderna, que sin aparejar un cambio del sistema, estabiliza el nuevo y da a Inglaterra una ventaja social de más de 100 años con respecto al Continente… La historia inglesa en los siglos sucesivos seguirá un curso profundamente distinto al del Continente, donde, en cambio, la reacción ganó la partida” {3}.

El Supracapitalismo se acrecentó en el siglo XVIII y produjo magnates como Jacobo Mill, jefe de la Compañía de las Indias Orientales, explotador sin ningún freno moral.

Y en el siguiente siglo Juan Stuart Mill, hijo de Jacobo, desarrolló en forma sutil, pedagógica, el utilitarismo, la amoralidad económica, el individualismo egoísta, etc. Otros teorizantes lo secundaron para que el sistema se extendiera por el mundo entero.

Después de Inglaterra, Estados Unidos fue la segunda base del auge del Supracapitalismo, cuya supremacía se ha evidenciado en el Neoliberalismo y la Globalización.

Todavía en mayo de 1931 el Papa Pío XI aludió a ese fenómeno económico (encíclica cuadragésimo Anno), al decir: “Salta a la vista que en nuestro tiempo no se acumulan solamente riquezas, sino también se crean enormes poderes y una supremacía económica despótica en manos muy pocas… Estos potentados son extraordinariamente poderosos, como dueños absolutos del dinero gobiernan el crédito y los distribuyen a su gusto; diríase que administran la sangre de la cual vive toda la economía, y que de tal modo tienen en su mano, por decirlo así, el alma de la vida económica, que nadie podría respirar contra su voluntad…”

“La prepotencia económica ha suplantado al mercado libre; al deseo de lucha ha sucedido la ambición desenfrenada de poder; toda la economía se ha hecho extremadamente dura, cruel, implacable…”

Así lo denunciaba Pío XI en 1931, cuando esa crueldad implacable estaba todavía bastante lejos de hacer estallar su orgía de Globalización.

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Notas.

{1} La Religión en el Origen del Capitalismo. R. H. Tawney.

{2} Felipe II. William Thomas Walsh.

{3} Breve historia de la Economía. Jurgen Kuczynski.

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