Posteado por: Alejandro Villarreal | Viernes, noviembre 13, 2015

Segunda República: Putin, Israel, ISIS, China -10 nov. 2015-

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Título: Segunda República: Putin, Israel, ISIS, China (10 nov. 2015)
Autor: Enrique Romero, Adrián Salbuchi y/o Canal TLV1

 

Putin, Israel, ISIS, China

(01:15) 9 DE NOVIEMBRE: Caída Muro de Berlín -1989-; Putsch de Munich -1923-; Abdicación Kaiser Guillermo II -1918-; muerte Charles De Gaulle -1970-
(02:55) VLADIMIR PUTIN: ¿el más poderoso? Tapa “The Economist”
(13:25) RT/RUSSIA TODAY: Muerte extraña de uno de sus fundadores
(20:09) CALENTAMIENTO GLOBAL: Preanunciado en el “Informe de Iron Mountain” de 1967. Si desea un ejemplar, mande un mail a: arsalbuchi@gmail.com. También n/programa 2013: https://youtu.be/4r8Sxykcz4g
(23:27) ARMAS DEFENSIVAS rusas para Siria e Irán
(31:30) ISRAEL PIDE MAS Y MAS DINERO DE USA…
(33:15) FUNCIONARIOS ISRAELIES CORRUPTOS Y GENOCIDAS
(40:50) CHINA: Posicionamientos geopolíticos.

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Posteado por: Alejandro Villarreal | Jueves, octubre 8, 2015

Segunda República: Rusia contra ISIS -6 oct. 2015-

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Título: Segunda República: Rusia contra ISIS (6 oct. 2015)
Autor: Enrique Romero, Adrián Salbuchi y/o Canal TLV1

 

Rusia contra ISIS

(00:49) MASACRES EN EEUU: ¿”loquitos sueltos” o candidatos de Manchuria?
(11:30) PAPELON DE NETANYAHU: Cada vez tiene menos amigos!! Cuánto daño le ha hecho a su país!!
(17:23) RUSIA: VLADIMIR PUTIN ANALIZA EL PROBLEMA DE SIRIA E ISIS
(29:00) RUSIA EN SIRIA: MOVIDA GEOPOLITICA BRILLANTE DE PUTIN…
(40:30) EEUU ADMITE FINANCIAR A ISIS…
(47:36) EEUU: FRACASO TRAS FRACASO…

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Posteado por: Alejandro Villarreal | Jueves, septiembre 24, 2015

Segunda República: Papa Francisco y los conflictos del mundo -23 sept. 2015-

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Título: Segunda República: Papa Francisco y los conflictos del mundo (23 sept. 2015)
Autor: Enrique Romero, Adrián Salbuchi y/o Canal TLV1

 

Papa Francisco y los conflictos del mundo

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Posteado por: Alejandro Villarreal | Jueves, septiembre 17, 2015

Segunda República: Las raíces de ISIS -16 sept. 2015-

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Título: Segunda República: Las raíces de ISIS -16 sept. 2015-
Autor: Enrique Romero, Adrián Salbuchi y/o Canal TLV1

 

Las raíces de ISIS -16 sept. 2015-

Enrique Romero y Adrian Salbuchi evalúan noticias internacionales con especial énfasis sobre la realidad de “ISIS” / Estado Islámico.

(02:10) USA/IRAN – Tratan de sabotear el Memorandum de Entendimiento entre ambos país
(08:50) MENTIRAS QUE MATAN: Irán pide que se termine el régimen sionista, NO “borrar a Israel del mapa…”
(12:50) DROGAS: El problema es la DEMANda de EEUU y sus aliados…
(16:15) ¿GOLPE MILITAR EN EEUU?
(20:50) MANEJO DE LAS NOTICIAS…

BLOQUE DEDICADO A ANALIZAR A “ISIS” – ESTADO ISLAMICO:
(24:05) ISIS / ESTADO ISLÁMICO: Sus verdaderas raíces y propósito. Una “Falsa Bandera” de Nueva Generación en los planos político, militar, económico, mediático y…. ritual…

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Posteado por: Alejandro Villarreal | Viernes, septiembre 11, 2015

Un canonista señala pros y contras en la reforma de las nulidades e incertidumbres en la aplicación

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Título: Un canonista señala pros y contras en la reforma de las nulidades e incertidumbres en la aplicación
Autor: Religión en Libertad

 

Edward Peters, experto en derecho canónico del Seminario del Sagrado Corazón de Detroit y uno de los asesores (“referendario”) de la Signatura Apostólica, es popular por su web CanonLaw.info y su blog https://canonlawblog.wordpress.com , donde analiza temas de actualidad desde el derecho canónico con un estilo divulgativo y directo, sin arideces ni tabúes.

Él ha sido uno de los primeros canonistas en ofrecer una reflexión sobre el motu proprio “Mitis Iudex Dominus Iesus” (que significa “El Manso Juez y Señor Jesús”) y lo que podría significar para los procesos de nulidad de matrimonio en la Iglesia, señalando que el texto (por el momento se ha publicado sólo en latín y en italiano) genera cierto desconcierto y algunas dudas sobre su encaje real.

¿Aplicar en 3 meses un cambio tras 3 siglos? A Peters le parece que si se trata de “la mayor reforma del matrimonio católico en 3 siglos” no se puede esperar que la Iglesia, los obispos y los obispados estén preparados para aplicarla en apenas 3 meses.

Puesto que los obispos han visto que de repente se arroja sobre ellos una serie de tareas pastorales directas que antes no tenían así y para la que nadie les ha preparado, considera que probablemente en el Sínodo los padres sinodales solicitarán un aplazamiento para la entrada en vigor de las nuevas normas.

Además, Peters señala que las nuevas normativas las han desarrollado “un minúsculo grupo de expertos, la mayoría de sólo un país, en un brevísimo periodo de tiempo”.

El hecho de que, aparentemente, las normas se hayan creado sin apenas consultar a los obispos podría reforzar la decisión sinodal de aplazarlas y aclararlas.

Eliminar los dos veredictos tiene sentido. A Peters no le parece mal un aspecto central de la reforma como es eliminar la necesidad de un segundo veredicto para todos los juicios de nulidad. “Siempre he dicho que tal cosa no era necesaria para que haya justicia bajo la ley natural y en mi opinión tenía poco valor práctico en el derecho canónico. Los retrasos asociados con esta revisión automática eran, creo, exagerados por los que criticaban a los tribunales, pero este paso ahora ciertamente acortará los procesos”.

La importancia del obispo en los procesos o la nueva posibilidad de apelar sentencias en tribunales metropolitanos los considera cambios menores que de una forma u otra estaban ya en la legislación vigente, aunque su plasmación pastoral ahora sea distinta. La apelación a Roma tampoco cambia.

Peters comenta también que los párrafos sobre el papel de las Conferencias Episcopales apuntan, sobre todo, al tema de la gratuidad: son las Conferencias Episcopales las que deben lograr que en la práctica sea posible, no es tarea de cada obispo aislado. Peters señala que las tarifas que hasta ahora se cobraban en tribunales eclesiásticos de EEUU apenas cubrían la mitad de los costes de los procesos, y comenta que la situación de estas tarifas en cada país es muy diferente y él las desconoce.

Después Peters señala algunos párrafos más confusos o “preocupantes” (“unsettling”).

Consentir a iniciar el proceso. Uno es el canon 1683 n1: afirma que la petición de iniciar un proceso por la vía rápida puede ser presentada por ambos cónyuges (o supuestos cónyuges) o por uno solo con el “consentimiento” del otro. A Peters le parece mal hacer relevante el “consentimiento” de un participante en un proceso en que la colaboración de las partes es algo bueno, pero no imprescindible.

Cree que “tratar las peticiones de nulidad en las que hay acuerdo de forma radicalmente diferente a aquellas donde hay desacuerdo transmite un mensaje dudoso”.

Se llena de personal que no sabe derecho canónico. Peters señala, además, que un juicio sobre nulidades inevitablemente requiere, por su naturaleza, que en el tribunal haya algún titulado en derecho canónico. Sin embargo, la nueva normativa parece presionar a favor de la ausencia de personal con formación canónica, basándose en informes y peritajes realizados por no canonistas. La reforma habla mucho de los vicios de consentimiento al dar el “sí quiero” (la principal causa de nulidad) pero no de otros aspectos canónicos implicados.

Por otra parte, en los procedimientos “rápidos” el defensor del vínculo tendrá mucho menos tiempo y capacidad para examinar su caso.

Confundir causas de nulidad y de juicio rápido. Peters luego señala una serie de causas que se considera que pueden justificar el juicio “rápido” pero que él piensa que introducen confusión.

Estas causas son:

– falta de fe que llevó a simular el consentimiento matrimonial
– un error de la voluntad
– brevedad de la vida matrimonial compartida
– haber procurado aborto “para impedir la procreación” (¿acaso hay abortos que no busquen impedirla?)
– persistencia contumaz en una relación extramarital en los días de la boda o justo después
– haber ocultado el haber estado encarcelado
– haber ocultado tener hijos previos o esterilidad o enfermedades sexuales
– casarse por razones ajenas a la vida matrimonial
– tener un embarazo imprevisto, no planeado
– dar el consentimiento bajo violencia física
– falta de uso de razón para consentir

“Parecen tratar algunos hechos como si fueran casi-impedimentos al matrimonio, introduciendo en consideración algunos asuntos con poca -quizá ninguna- jurisprudencia que pueda ayudar a los obispos a decidir sobre lo que significan en un caso matrimonial. Peor aún es, en mi opinión, que enunciar estos factores puede crear crisis de conciencia entre fieles que viven con una o más de estas condiciones en su pasado”, apunta Peters.

Peters explica que esta lista mezcla cosas que son motivos de nulidad (simulación, consentimiento forzado, etc…) con otras que no tienen por qué serlo.

Por ejemplo, tener relaciones extramatrimoniales en las fechas de la boda, o poco después, no es un motivo de nulidad directo, pero puede ayudar a demostrar que esa persona en esas fechas no hablaba en serio (porque no quería o no podía) cuando decía el “sí quiero” que implica una relación exclusiva monógama con el cónyuge, que su “sí quiero” era simulado, fingido, falso.

Esta lista, al mezclar casos distintos (“simulación” es causa de nulidad; “embarazo imprevisto” no siempre lo es), puede confundir a fieles, que confundan las “causas para un juicio rápido” con “causas directas de nulidad”.

¿Haber estado encarcelado? Personas que estaban embarazadas y decidieron por eso casarse podrían ahora dudar (al leer esta lista) de si su matrimonio es válido…

Y ¿qué cuenta como “haber estado encarcelado”? ¿Haber pasado una noche en comisaría? ¿Unos meses?

¿Cuándo hay exactamente “ocultación impropia de la fertilidad”? Además, la infertilidad no suele ser un tema de blanco o negro: hay muchos grados de “poca fertilidad” que no es esterilidad.

¿Un obispo debe investigar y decidir esto en unas pocas semanas, caso por caso, además de las otras mil cosas que debe atender?

“Estirar” la casuística para lograr juicio rápido. Peters añade más riesgos. “Si haber sufrido violencia para forzarme a consentir a casarme justifica que mi caso se atienda con rapidez, ¿no debería justificarlo también el sufrir violencia después de estar casada? Si el embarazo antes de casarme permite un juicio rápido…¿por qué no el uso de drogas, alcohol o los abusos sexuales?”

Así, en una primera revisión rápida del texto, todo esto lleva a Peters a pensar que pasarán mucho más de 3 meses antes de que se aplique el Motu Proprio, y que en el Sínodo se tratarán muchos de sus aspectos.

 

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Posteado por: Alejandro Villarreal | Jueves, septiembre 10, 2015

Segunda República: Un mundo en guerra (9 sept. 2015)

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Título: Segunda República: Un mundo en guerra -9 sept. 2015-
Autor: Enrique Romero, Adrián Salbuchi y/o Canal TLV1

 

Un mundo en guerra -9 sept. 2015-

Enrique Romero y Adrian Salbuchi repasan las principales noticias internacionales de la semana…
(00:58) GUERRA MUNDIAL HI-TECH, NO DECLARADA…
(10:38) VAN CAYENDO LAS FICHAS DE BANDOS
(11:20) ESTADO ISLAMICO / ISIS
(12:30) IRAN: PIEDRA DE ESCANDALO ENTRE OBAMA E ISRAEL…
(18:00) NETANYAHU BLOQUEA A LOS REFUGIADOS Y PODRIA SER DETENIDO EN LONDRES?
(20:45) PAISES QUE ACEPTAN REFUGIADOS SIRIOS…
(25.45) SEPTIEMBRE: PAPA BLANCO & PRESIDENTE NEGRO…
(29:44) GUERRAS FINANCIERAS Y MONETARIAS.

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Posteado por: Alejandro Villarreal | Jueves, septiembre 10, 2015

«Guerra en Medio Oriente» por Segunda República

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Título: Guerra en Medio Oriente -marzo de 2015-
Autor: Segunda República

Enrique Romero y Adrian Salbuchi desarrollan un amplio análisis de la descarada intrusión del PM Benjamín Netanyahu de Israel en el Congreso de EEUU. ¿Se viene una nueva guerra devastadora en Medio Oriente? Lea también artículo de Salbuchi publicado en RT/Russia Today “¡Queremos nuestra guerra y la queremos ya!

Guerra en Medio Oriente

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Posteado por: Alejandro Villarreal | Miércoles, septiembre 9, 2015

«Oro, Petróleo y Dólar» por Segunda República

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Título: Oro, Petróleo y Dólar
Autor: Segunda República

Adrián Salbuchi y Enrique Romero explican la relación (rara vez explicada) entre el Dólar Estadounidense, el Petróleo, el Oro, el Poder Militar y la Manipulación Psicológica Colectiva.

El oro, el petróleo y el dólar

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Posteado por: Alejandro Villarreal | Viernes, septiembre 4, 2015

Segunda República: Aniversarios, catástrofes y presagios (2 sept. 2015)

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Título: Segunda República: Aniversarios, catástrofes y presagios (2 sept. 2015)
Autor: Enrique Romero, Adrián Salbuchi y/o Canal TLV1

Segunda República -2 sept. 2015-

(01:40) 1/9/1939: 76 AÑOS DEL INICIO DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL: Si la Historia la escriben los que ganan, eso quiere decir que hay OTRA historia: la VERDADERA Historia…
(18:04) CATASTROFE HUMANITARIA EN EUROPA: Refugiados sirios, libios e iraquíes HUYEN de las delicias de la “democracia” anglosajona…
(31:00) DANIEL BAREMBOIM (director de orquesta argentino-israelí) nuevamente bajo el fuego del gobierno israelí…
(35:34) EE.UU RESPONSABLE DE LA CRECIENTE CRISIS FINANCIERA…
(37:45) LA DESTRUCCION DEL DINERO
(45:02) ASESINATO POR T.V….
(53:15) BURNING MAN… (HOMBRE EN LLAMAS)
(60:00) PORTADA DEL ANUARIO 2015 DE “THE ECONOMIST” (vea n/programa 22/4/15). PRESAGIOS DE SEPTIEMBRE 2015: Ver link actualizado de nuestro análisis “Cuidado con los Idus de septiembre”: http://proyectosegundarepublica.com/w…
(65:06) ESTAMOS EN EL “TITANIC”… Luchemos para salvarnos!!

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Posteado por: Alejandro Villarreal | Jueves, septiembre 3, 2015

«Doce disparadores clave para imponer un Gobierno Mundial» por Adrián Salbuchi

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Título: Doce disparadores clave para imponer un Gobierno Mundial
Autor: Adrián Salbuchi
Tomado del Canal videosPSR

Adrián Salbuchi nos presenta doce estrategias que utilizan o utilizarán los Dueños del Poder Global para arrastrarnos a un Gobierno Mundial: 1. Colapso financiero. 2. Crisis económica global. 3. Convulsiones sociales. 4. Epidemias y pandemias. 5. Crisis ecológica. 6. Terrorismo global. 7. Nuevas guerras en Medio Oriente. 8. Accidente nuclear. 9. Un magnicidio. 10. Escarmientos contra Estados “rebeldes”. 11. Escenificación de algún episodio pseudo “religioso”, artificial. 12. Escenificación de algún contacto con “extraterrestres”, también artificial.

Doce disparadores clave para imponer un Gobierno Mundial

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Posteado por: Alejandro Villarreal | Lunes, agosto 31, 2015

La inflación económica

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Título: La inflación económica
Autor: Enrique Romero y Adrián Salbuchi de Segunda república
Crestomatía del programa Segunda República del 24 de junio de 2015

Enrique Romero y Adrián Salbuchi explican qué es la inflación, la moneda soberana, las grandes inflaciones de la historia, el sistema “shylock” de deuda eterna y su acción sicológica en la población.

La inflación económica

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Posteado por: Alejandro Villarreal | Viernes, agosto 28, 2015

Segunda República: Señales preocupantes -12 Ago. 2015-

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Título: Segunda República: Señales preocupantes -12 Ago. 2015-
Autor: Enrique Romero, Adrián Salbuchi y/o Canal TLV1

 

Segunda República -12 ago. 2015-

(00:54) MONEDA MUNDIAL: Profética portada de “The Economist” de enero 1988.
(06:12) OTRA PORTADA DE “THE ECONOMIST” – Anuario 2015. Link a nuestra evaluación en la edición del 22-Abr-2015
(07:40) “THE ECONOMIST” se vende al Grupo Agnelli…
(11:17) MAS CRISIS DE DEUDA publica: Ahora Ucrania… y Puerto Rico… y “reyes y reinas…”
(17:00) GIBRALTAR: España basureada por el Reino Unido…
(20:53) ASESINAR A LA REINA ISABEL II?
(23:50) ISRAEL EN PIE DE GUERRA CONTRA IRÁN…
(26:47) INGLATERRA: QUIEREN METERLO PRESO A NETANYAHU…
(29:31) RUMORES DE GUERRA CON IRÁN…
(31:15) CAOS EN MEDIO ORIENTE GRACIAS A EEUU Y ALIADOS…
(40:00) MAS TERRORISMO JUDIO… ¡¡A QUEMAR IGLESIAS!!
(42:59) EL INCORREGIBLE DONALD TRUMP (Pre-candidato presidencial por el Partido Republicano de EEUU)
(48:12) GUERRA PSICOLOGICA CONTRA EL PUEBLO…

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Título: Ursula Haverbeck: «El holocausto (judío) es la mentira más grande y duradera de la historia»
Entrevista a Ursula Haverbeck en el programa alemán Panorama -marzo 2015-

Entrevista a Ursula Haverbeck, de 86 años, personaje público del país germano, realizada por la televisión pública alemana (ARD) en el programa “Panorama”, en marzo de 2015. La Señora Haverbeck se atrevió a hacer lo que hasta ahora nadie se había atrevido en Alemania: romper el tabú y cuestionar argumentada y públicamente a través de la televisión la veracidad del supuesto “holocausto judío”, a pesar de que negar o tan solo dudar de él está sancionado penalmente en aquel país como en varios otros.

Entrevista a Ursula Haverbeck en el programa alemán Panorama

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Posteado por: Alejandro Villarreal | Jueves, agosto 20, 2015

«El derrocamiento» por Anacleto González Flores

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Título: El derrocamiento -1926-
Autor: Anacleto Gonzáles Flores (1888-1927)

Nota previa de B&T: Los mexicanos que sufrieron la persecución religiosa a principios del siglo XX, conocidos como cristeros, padecieron no pocos problemas a los que nos enfrentamos hoy, uno de éstos problemas era la inmovilidad y la ignorancia del pueblo católico sobre su propia religión, no era posible llamar a levantarse a un pueblo que no sabe la razón por la que lo hará y que seguramente claudicará ante las primeras dificultades, de esta manera, Anacleto González Flores, el “maistro”, se propuso educar a sus correligionarios y fue parte de ese movimiento de concientización del pueblo católico oprimido, junto a los grandes esfuerzos del R.P. Bernardo Bergoend, S.J. y otros cristeros, y fue esta acción catequizadora integral la que rindió gloriosos frutos para nuestra patria mexicana, que llevó a ofrecer, literalmente, vidas por Dios, por Su Iglesia y por la Patria mexicana, acciones llenas de alegría, de abnegación y generosidad. Supo bien este mártir mexicano que N.S. Jesucristo no vino a traer la paz del mundo, sino la espada, y que el amor de Cristo sólo se concreta cuando se da testimonio cabal de los que se cree, cuando hay acción y movilización, incluso ofrendando la propia vida, en cualquier comento de la Historia (hoy no es la excepción). Ojalá que muchos católicos tibios (me incluyo) aquilaten las palabras del “maistro” Anacleto, quien nunca se escudó en un concepto falso de amor para evitar la confrontación, ya sea física, moral o intelectual. Es lamentable que hoy se piense que el irenismo es una virtud y que está fundado en las palabras y obras del Salvador, cuando lo que tenemos hoy es a un enemigo de la Iglesia que desea la paz del mundo a toda costa, porque desea entorpecer la reacción católica y porque esos enemigos ya están muy cómodos encumbrados en las altas esferas de la política, la prensa, la cultura, etc. Bien decía N.S. Jesucristo: ¿Encontraré fe?

Debajo de este derrumbamiento de que todos somos testigos, está un derrumbamiento que muy pocos ven, que muchos se empeñan en ignorar y que casi nadie ha sospechado hasta ahora. Ese derrumbamiento, que está debajo de todos nuestros grandes derrumbamientos, ha sido llamado con frase casi insuperablemente feliz y exacta, por Max Scheler, el derrocamiento de los valores. Y esto es exactamente lo que hay en la base de todo ese inmenso derrumbamiento, que ha desolado la vida europea y que ha desquiciado y volteado de arriba a abajo nuestra vida.

Anacleto González Flores (1888-1927), beato y mártir mexicano

Porque todo edificio político y social, descansa sobre las espaldas de los valores que lo han levantado y que lo sostienen. Si llega un momento en que un terremoto derriba y voltea esos valores, toda la construcción se viene abajo de una manera inevitable. Y si a lo largo de las páginas de la Historia es posible aún oír el estruendo de grandes edificios que caen y se hunden, es porque ha llegado la hora del derrocamiento.

La Edad Media ha sido una de las más amplias arquitecturas sociales y políticas que ha visto levantar la Historia, descansaba sobre un patrimonio envidiable de valores. No parecía sino que cada hombre -en esa edad- era un cíclope; fundadores de escuelas y de filosofías, recia fermentación de donde salieron todas las monarquías de Europa y poco después los exploradores de mares y de continentes, príncipes y reyes que habían visto nacer la organización humana más perfecta que se ha conocido. Y todo este andamiaje que reposaba sobre los hombres de altos valores, cayó el día del derrocamiento.

Hasta entonces todo parecía haber sido hecho para la eternidad, las dinastías -no solamente de reyes sino de maestros, de pensadores y de artistas- entregaban en herencia a sus sucesores el patrimonio conquistado y el edificio parecía ser eterno. La monarquía francesa contaba varias generaciones de reyes, pero un día oscuro y trágico, los de abajo miraron de pies a cabeza a los nobles y a los príncipes de Francia, sintieron flacas y derrengadas sus espaldas, se acercaron a ellos, los doblaron de un solo empuje y los derribaron. Y al día siguiente (en medio del vértigo de la locura) todo se bamboleaba y de todos los labios salía esta pregunta que hacía -lleno de inquietud y de inseguridad frente al porvenir- Juan Bautista Greuze: “¿Hoy quién es rey?”.

Es la misma pregunta que se oye por todas partes y que nadie sabe ni puede contestar, porque los hombres recios de los valores en que descansan los edificios humanos han flaqueado y se han roto. Los príncipes y reyes de la monarquía francesa pudieron mantenerse en pie y pudieron ser derrocados mucho tiempo antes. Sin embargo, no lo fueron hasta en los días de 1793. ¿Por qué? Porque antes tenían firme el puño y llevaban la espada en la vaina. Más tarde perdieron la vaina y la espada juntamente, dejaron de ser verdaderos y firmes valores humanos y un motín fue bastante para derribar un trono que Carlomagno había levantado en medio de un desfiladero de batallas y de enemigos.

Son posibles los valores humanos, es posible que lleguen a pesar sobre su siglo y que lleguen a ser oráculos y reyes, pero también es posible el derrocamiento. Aníbal había emprendido su expedición a Roma, seguro de que con su ejército y su astucia, doblaría la mano encallecida de los capitanes romanos, nada ni nadie pudo detenerlo.

Los Alpes vieron a aquel arrojado caudillo pasar por encima de su lomo cuajado de ventisqueros y derrumbes, las viejas legiones amamantadas por la loba del Capitolio, se desbandaron y llegó un instante en que al parecer de Roma caería el puño del Cartaginés.

Pero vinieron los reveses, la distancia, el clima y la consunción se aliaron para echar a Aníbal fuera de las fronteras de Roma. Poco después se libró la batalla de Zama y Aníbal fue derrotado por Escipión y más tarde aquel caudillo que había soñado poner su planta sobre el orgullo de los romanos y desfogar sus viejos y encarnizados odios, se refugió en la corte del rey Prusias y, después de haber sorbido una taza de veneno, dijo: “Soseguemos la inquietud de los romanos que han tenido por insufrible el esperar la muerte de un viejo desgraciado”. Antes, en plática con Escipión, Aníbal -al ser preguntado acerca de quién era el primer capitán del mundo- había dicho que el primero fue Alejandro, el segundo Pirro y el tercero el mismo Aníbal. “¿Y si te venciese?” -repuso Escipión-. “Entonces -replicó Aníbal- no me pondré yo el tercero sino que a ti te declararé el primero entre todos”. Y llegó la hora del derrocamiento de Aníbal y no fue ya para Roma más que un viejo arruinado que se mató de impotencia.

Ésta puede ser la suerte de los valores humanos: el derrocamiento. Y llegada la hora del derrocamiento -y en esta hora nos encontramos- no hay término medio, o se emprende la reconquista para ganar los puestos perdidos o se rehuye la batalla encarnizada que hay que librar para volver a arrebatar la púrpura y en este último caso, se deja de ser un valor humano para no ser más que una arista rota y pisoteada. Esto quiere decir que los valores humanos (para tener de hecho toda la significación que les corresponde) necesitan ponerse en marcha para abrirse paso, ganar una posición, retenerla invenciblemente y entregarla a una descendencia que sepa conservarla y para esto no hay más recurso que la guerra.

La inquietud más viva de estos momentos, es la de la pacificación universal. Todos los grandes estadistas de Europa padecen la obsesión de suprimir la guerra para siempre, son víctimas de lo que Brunetiere llamó en su tiempo la “mentira de la pacificación”, porque a pesar de todo, la guerra no desaparecerá. Arístides Briand ha hecho hasta ahora, una obra tenazmente pacificadora y sus trabajos han alcanzado ciertos éxitos. Por esto en estos últimos días [1926], se le adjudicó el Premio Nobel de la Paz y se le ha rendido un ferviente homenaje.

Una agrupación francesa le entregó una corona con listón en que se leían estas palabras: “Al gran artesano de la paz”. Los periodistas extranjeros le enviaron una estatua de bronce que representa a Pasteur. Al recibirla, Briand se llenó de emoción y dijo: “Estaré siempre feliz al tener delante de mí, sobre mi escritorio, el emblema del más grande benefactor de la humanidad, que me alentará todavía más a perseverar y combatir hasta hacer desaparecer la terrible enfermedad que se llama ‘la guerra’.”

Pero Briand no matará la guerra, la guerra lo matará a él. Ya empezó a amenazarlo y en los días en que volvió últimamente a París, ya pudo oír el grito de guerra de la juventud monarquista que le decía audaz y enconadamente: “Muera Briand”, “Vete a Berlín”. Y este grito de guerra no es más que una señal de que la guerra acabará por matar a Briand. No, la guerra no morirá. Y no morirá porque solamente por ese camino ganan los valores humanos las alturas y hacen sentir el peso decisivo de su propia significación. Léase la Historia con ánimo de saber si la guerra ha desaparecido un sólo momento de la vida humana y se la verá aparecer en todas partes y en múltiples formas. ¿Cómo llegó a ser Roma la señora de la antigüedad? Espada en mano. ¿Cómo llegó a ser Sócrates el maestro de su tiempo? Por medio de la guerra. ¿Cómo llegó el Cristianismo a derrocar los dioses del paganismo y a colocar sobre sus despojos el madero sagrado en que se libró y sigue librándose la más enconada de las batallas, según una expresión de Renán? Por medio de la guerra. Y la filosofía, la literatura, las escuelas, los sistemas, las artes, la política y la historia no son más que un inmenso campo por donde han pasado y pasan todos los días -con el puño cerrado y la cabeza hacia las alturas- los valores humanos.

Miguel Ángel, Leonardo de Vinci y Rafael de Urbina, se disputaron encarnizadamente la supremacía. Su rivalidad ha pasado las páginas de la historia de cada uno de esos grandes artistas y ha quedado allí como una señal inequívoca de que para abrirse paso los valores humanos -en todos los órdenes- la guerra es inevitable.

Wagner tuvo que verse rodeado de gritos de guerra el día en que dio un paso hacia el torrente de la vida para disputarles su lugar a los valores que ya habían sido consagrados. Y si ha logrado llegar y quedarse como un alto valor artístico, tuvo que llegar mordido, desangrado, cubierto de heridas que la crítica y la envidia abrieron sobre el brazo del insigne músico alemán.

Pasteur, al día siguiente que formuló su teoría de la imposibilidad de la generación espontánea, tuvo que oír un grito de guerra, ardiente y enconado y para mantenerse en su puesto sostuvo una batalla encarnizada que es una página escrita con sudor y fatigas agotantes. Bonaparte, el día en que se presentó por primera vez entre los viejos generales de Francia, fue recibido con visible gesto de desdén y con encogimiento de hombros. Sin embargo, pudo abrirse paso en medio de todos los obstáculos y más tarde Kleber -transportado de admiración- lo saludaba y le decía que era tan grande que no cabía en el mundo.

Schiller y Goethe (los valores poéticos más insignes de su siglo) el primer día en que se encontraron, se vieron con un recelo que se tradujo en una encendida rivalidad que hubiera sido una batalla ruidosa, si antes no hubieran celebrado el pacto de alianza de la amistad para llegar juntos.

No hay que equivocarse: los valores humanos se abren paso en medio de una batalla sangrienta y es que cada valor que hace su aparición halla ocupado el solio de la consagración. Raro es el caso en que están todos los caminos más o menos abiertos para los recién llegados; lo ordinario es que todas las rutas están cerradas, que hay reyes que ya fueron consagrados y que los nuevos valores -como los antiguos- van a reñir una pelea desesperada para abrirse paso y para llegar. Y si nos acercamos a cada uno de los altos valores, para verlos de arriba a abajo y para escudriñar las señales de sus pies y de sus manos, descubriremos muy fácilmente las huellas de una guerra ardiente que hubieron de sostener para tocar las alturas y para ganar su posición.

Pero no basta llegar, porque si ya es mucho que se logre que los valores humanos asciendan y conquisten su posición natural para hacer sentir desde allí el alcance de su poder, sin embargo, llegar no lo es todo, llegar no basta, es necesario mantener irreductiblemente la posición conquistada. Y aquí aparece de nuevo la guerra como el único recurso de quedarse en el solio de la consagración. La Historia está igualmente llena de esta verdad, Roma llegó, su espada y sus águilas habían llegado a ser el nudo de los destinos de muchos pueblos.

Su palabra era la voz de mando para millones de hombres. Y mientras supo y quiso hacer y sostener la guerra, pudo conservar la posición de señora del mundo, tan trabajosamente ganada, sin embargo, vino un día en que un bárbaro venido de uno de los confines del mundo -Yugurta- vio las señales inequívocas de la decadencia de Roma y se convenció de que ya no quedaba de aquella fuerte y austera república, más que un mercado en que todo se vendía al mejor postor. Y más tarde (cuando los demás bárbaros se acercaron a los límites donde se asentaba la señora del mundo) no encontraron más que unas manos trémulas de miedo, dispuestas a comprar la paz; es decir, a comprar con oro -no con la espada- la permanencia en la posición conquistada. Pero el día en que todas las manos aflojaron la empuñadura de la espada para comprar la paz, los bárbaros derribaron de un puntapié a los guardias del Capitolio y echaron suertes en derredor de la ciudad, que había sido el centro de los destinos del mundo.

Benito Mussolini, después de un largo y sudoroso trabajo y de muchas batallas, logró llegar a ser dueño de la suerte de Italia. Llegó como todos tienen que llegar, como todos han llegado; con las manos todavía olorosas a pólvora y desolladas por el esfuerzo para subir.

Y apenas ha tocado con su planta las alturas, ya se ha dejado sentir debajo de sus pies un desesperado trabajo de derrocamiento. La guerra ha aparecido al día siguiente de su encumbramiento, ha tenido que combatir por dentro y por fuera con los suyos y con los extraños.

Han estallado a su paso máquinas infernales preparadas para derribarlo y ha estado a punto de perecer bajo el golpe de sus adversarios.

Allí esta todavía después de mucho tiempo de luchar y si en estos momentos alguien se acerca a este dictador que recuerda a los viejos romanos que levantaron las primeras murallas de la república, llegará a oír todo el penetrante rumor de una guerra sin tregua. Y verá que con esa guerra es con lo que Mussolini conserva su posición de valor humano que ha venido a ser árbitro de la suerte de Italia.

Francia había llegado a ser la hija predilecta de la Iglesia y sus oradores y sus príncipes y sus poetas y sus maestros habían llenado todo; escuelas, libros, cátedras, universidades, tribunales, cabañas y palacios con el acento penetrante y salvador de la doctrina del Maestro de Nazaret. Pero bajo el esplendor de la corte y en medio del boato de Luis XIV, se dieron un estrecho abrazo los antiguos filósofos, artistas y maestros con los recién llegados. Entre éstos se encontraba Voltaire y Rousseau y mientras los antiguos valores flaqueaban y se caían, los recién llegados vinieron a ser los oráculos de su siglo. Y más tarde los crucifijos eran arrancados de todas partes, para cumplir la última orden de guerra resumida en estas palabras que había dicho uno de los recién llegados: “Aplastemos al infame”.

Algún tiempo después, cátedras y universidades, libros y escuelas vinieron a ser una hornaza encendida de odio. Y un día, lo cuenta Armando de Melun, en una de las nuevas escuelas se puso a discusión la existencia de Dios y puesto que era cosa del siglo apelar al voto, se puso a votación la existencia de Dios. Hecho el cómputo se vio que Dios no había obtenido más que un sólo voto, era el de Armando de Melun, que fue el único que votó por Dios.

Clodoveo y San Luis habían puesto a Cristo como piedra angular de la monarquía francesa. Luis XIV (enflaquecido por los vicios de su siglo e impotente para hacerles la guerra a los nuevos valores, salidos de las fraguas del odio y aliado a ellos en las orgías de su tiempo) entregó la monarquía francesa en manos de los enciclopedistas, para que éstos la entregaran a la guillotina.

Durante las últimas crisis de ministerios que han estremecido al pueblo francés, fue llamado por segunda vez el socialista Joseph Caillaux para hacerse cargo del Ministerio de Hacienda. Con anterioridad, Caillaux había escrito un libro intitulado “El Rubicón”, en el cual el nuevo Ministro esbozaba un programa de gobierno que equivalía al establecimiento de la dictadura. Apenas había tomado posesión de su cargo empezó la guerra contra Caillaux; varios diputados denunciaron -fundados en las primeras páginas de “El Rubicón”- el proyecto de la dictadura y el gabinete entero de que formaba parte Caillaux y que encabezaba el mismo Briand cayó ruidosamente. Y si a pesar de la guerra muchos llegan a caer, más pronto caen los que se echan en brazos de la desbandada y se empeñan en comprar la paz. Y todos los valores que al día siguiente de su encumbramiento, mellan su espalda o celebran una alianza para disipar el fantasma de la guerra, pronto serán derrocados porque se han herido de muerte y han perdido su propia significación.

Abrirse paso para llegar por medio de la guerra; quedarse allí por medio de la guerra, he aquí dos de los aspectos fundamentales de la actuación de los valores humanos, para que no sean  fuerzas estériles ni factores sin sentido y sin fecundidad, sin embargo, después de haber llegado y de haber sabido quedarse allí es preciso saber quedarse para siempre. En otros términos, los valores humanos deben fundar una dinastía, deben dejar sucesores. Solamente los espíritus estrechos y empequeñecidos pueden voltear las espaldas al porvenir y pronunciar las palabras de Luis XIV: “Después de mí, el diluvio”.

Pero los espíritus de amplias concepciones y, sobre todo los que se sienten ligados a la suerte de las ideas y de los destinos de patrias y de razas, siempre tienden a trabajar para la eternidad, y procuran edificar sobre roca. Y todos los que quieren trabajar para la eternidad, buscan sucesores y tienden a hacer su dinastía, con sobrada razón.

Porque la dinastía no viene a ser más que el reemplazo de los valores -enflaquecidos por los años- con valores nuevos que representan, no a comenzar ni a echar otra vez cimientos sino a continuar y, si es posible a terminar.

La inquietud por dejar sucesores no es cosa nueva ni solamente una preocupación de príncipes y reyes. Ha sido el ansia más ardiente y fecunda de maestros, de fundadores de escuelas y de imperios.

Un discípulo -en relación con el maestro- no es más que un aprendiz que se prepara a ser sucesor. Y la escuela (en su significado histórico, doctrinal y artístico) no es más que una dinastía. El maestro sabe que tiene que llegar un día en que se ha de marchar y se llevará lo mejor de su alma y busca ansiosamente un renuevo donde quedará su pensamiento para vivir.

Aníbal no era en su odio a Roma el iniciador de una empresa, era el continuador de la vieja obra del odio a Cartago. Su padre, que sentía la inquietud de fundar una dinastía, lo llevó un día a un templo y allí -todavía joven- lo hizo jurar odio eterno a los romanos.

Bonaparte había llegado a ser emperador y los últimos días en que fue árbitro de Francia, lo atormentó de una manera singular el ansia de dejar sucesores. Su divorcio con Josefina se debió a eso principalmente, su matrimonio con María  Luisa, hija del emperador de Austria, tenía por fin dejar una dinastía. Es cierto que fracasó porque no logró dejar sucesores; sin embargo, su suegro, que sabía todo lo que significa un sucesor en relación con el provenir, tuvo buen cuidado de rodear a Napoleón II -hijo de Bonaparte- de una conjuración de aislamiento y de olvido y no se sintió tranquilo en presencia del aguilucho hasta que pudo verlo demacrado y roído por la tuberculosis.

Los valores humanos no deben dar por terminada su tarea con llegar y quedarse allí, necesitan sentirse atormentados por la inquietud de dejar una dinastía, de dejar sucesores y al decir que deben dejar una dinastía, se quiere significar que deben dejar nuevos y firmes valores. La democracia -en este punto- se ha mostrado tan ciega e imbécil como en todo, los sucesores, las dinastías -para ella- son un estorbo y una consagración que fue apuñalada juntamente con todos los demás ídolos que odia el sufragio universal, pero porque la democracia rechaza las dinastías, nunca ha terminado ni termina nada.

Renán -según parece- fue el que ha llamado a la Iglesia la eterna recomenzadora, porque sobrevive a todas las ruinas y a todos los hundimientos y rehace (con piedras arrancadas a los edificios de ayer) las nuevas construcciones. Sin embargo, no hay exactitud en la frase: la Iglesia no ha comenzado más que una vez; desde entonces no comienza, continúa; no vuelve a hacer, sigue haciendo. Los hombres son los que recomienzan o rehacen sus vidas en torno a ella.

Y la democracia sí es la eterna y estéril recomenzadora, porque a cada minuto llama al primero que pasa frente al Capitolio, lo urge con el voto, lo encumbra y lo consagra. El nuevo consagrado encuentra pésimo el plan de su antecesor o lo encuentra bueno, pero no sabe ni puede llevarlo a feliz término y formula otro plan de gobierno. Al día siguiente la democracia llama a otro ciudadano que acaba de pasar frente al Capitolio, le entrega de nuevo la suerte de la patria y lo hace jurar que trabajará sin descanso por ella y este nuevo soberano formula otro plan.

Se ha dicho que Francia ha reformado su Constitución (la constitución que le ha dado la democracia moderna) cerca de ochenta veces en unos cuantos años. La democracia es la eterna recomenzadora, porque nunca hace más que comenzar, todo lo deja comenzado, porque -entre otras cosas- aborrece las dinastías y está reñida con el sistema de la sucesión.

A pesar de esto, los valores humanos necesitan escapar del contagio de la democracia y entregarse a la tarea alta de fundar una dinastía y de dejar sucesores. Y esto a nadie le interesa tanto como a los valores humanos, empeñados en fundar imperios para las ideas y para las doctrinas, porque los valores humanos que han vivido y han querido vivir para abrirles paso, no a sus intereses personales ni a su vanidad de pensadores ni a su ambición de mando y de riqueza sino a una vanguardia de ideas que deben ser el cimiento y la arquitectura de todas las vidas, deben tener bien entendido que si no han vuelto sus ojos en su derredor para buscar sucesores y para formar dinastías y nuevos valores que reemplacen a los valores que se van, fue inútil o casi inútil, haber guerreado para llegar; fue estéril o casi estéril haber reñido sangrientamente para retener la posición conquistada, puesto que en la hora del derrocamiento inevitable -que es la de la vejez y de la muerte- no estará allí gallarda y brillante, como la guardia del Emperador, la nueva guardia de valores que hagan el nudo irrompible del pasado con el porvenir.

César tuvo que ver entre los conjurados contra él a Marco Bruto, que era su hijo adoptivo. este hecho es muy frecuente en el orden de las ideas y se ha repetido muchas veces, sobre todo en estos tiempos.

La sublevación de los propios hijos del pensamiento o de la sangre, es una de las herencias del siglo presente. Y es que no ha habido viva y seria inquietud por formar dinastías y por dejar sucesores, no en el sentido más o menos exacto de las palabras, sino en su sentido más enérgico y fecundo.

Nuestros derrumbamientos se aclaran y se explican si acudimos para entenderlos al derrocamiento de los valores. Más bien entre nosotros podemos decir que ha habido una desbandada de valores y que a partir de ese día -ya un tanto lejano- nadie o casi nadie ha sentido la preocupación de hacer y de acuñar valores. Y los pocos que han sobrevivido al naufragio padecen una petrificación desesperante.

Y mientras todos los días se encumbran medianías y nulidades y visten la púrpura de reyes, nuestros valores -los pocos que tenemos- se mantienen alejados de las corrientes de la vida y de los caminos por donde se va a reinar. Y todos los dominios (filosofía, pensamiento, literatura, oratoria, política, problemas sociales) han caído totalmente bajo el peso de la audacia de los que no temen subir, por más que saben demasiado que están muy lejos de haber adquirido la preparación indispensable para hacer obra fecunda y segura en éxitos.

Entre tanto nosotros, nos retorcemos en medio de nuestra mendicidad de valores humanos, de un lado y del otro en medio de la inercia, de los titubeos y de la pusilanimidad de los pocos valores que tenemos.

De aquí que se impone inevitablemente que nos demos a la tarea de acuñar valores para acabar con este estado de bancarrota y de empobrecimiento que nos hace y nos hará volver los ojos hacia todas partes, sin encontrar ni la tabla rota de un navío. Y urgen que nuestros valores se compenetren íntimamente de sus responsabilidades y que de una vez por todas, se convenzan de que no hay ni puede haber verdaderos valores humanos si no se acepta la verdad indiscutible de que la guerra es necesaria, de que deberá haber batallas sangrientas para ponerse en marcha y llegar y de que no se puede ganar una posición desde donde se pese, se valga y se haga inclinar la balanza de los destinos, más que con las manos ensangrentadas y con los pies desgarrados.

Cincinato era llamado ansiosamente en los días de las grandes crisis, pasadas éstas se retiraba a tomar el arado para cultivar la tierra.

Pero esperar que se llame a los valores humanos para que dejen sentir el peso de su significación, debe ser algo excepcional porque los valores humanos deben encontrarse siempre arriba y siempre en medio del tumulto hirviente de las corrientes de la vida de su siglo.

Y no deben esperar que se les haga un llamamiento, porque mientras esperan, habrá otros valores u otras medianías o nulidades, que ganen las alturas y que cierren el paso a los verdaderos valores. Se necesita una acometividad ardiente y viva para ponerse en marcha, para abrirse paso aunque sea preciso padecer desgarramientos y seguir hacia arriba con encarnizamiento, hasta llegar y después de llegar quedarse allí porfiadamente sin desmayar en la batalla, sin rendirse a los desfallecimientos y con los dos ojos y las dos manos puestas en el porvenir, para acuñar nuevos valores y para dejar enraizada una fuerte briosa y atrevida dinastía. Y juntamente con todo esto una sed insaciable de saltar por encima de las fronteras, de todos los dominios y hacer todos los días a todas horas y en todas partes, actos de presencia en la mitad, en el corazón de las rudas peleas del pensamiento y del arte. Filosofía, cátedras, libros, escuelas, universidades, parlamentos, periodismo, política, organización social; todo deberá sentir y recibir los golpes del acometimiento encendido de nuestros valores, el influjo de nuestra llegada y de nuestra presencia, el ardor para resistir a todo derrocamiento y el ruido de las fraguas que moldean los valores de las nuevas dinastías.

Valores humanos anémicos y demacrados, enfermos de aislamiento, de pusilanimidad y de inercia, son valores condenados de antemano al desdén y a la ignominia. Cuando mucho (y esto no pocas veces ha sucedido entre nosotros y en otras partes) se los llama en momentos de las crisis amenazadoras, se les explota, se les exprime y después se les arroja a la soledad y al desierto. Valores que -como el hermano fundador de Roma- saltan por encima de todas las murallas y quiebran con su brazo la mano de las medianías, de las nulidades y de los incompetentes y en seguida se sientan a reinar como en trono propio y a soltar desde allí las velas de todos los destinos y que no tiemblan delante de los encarnizamientos para llegar y para no ser arrojados hacia afuera; son verdaderos, son plenos, son fecundos valores humanos en el sentido profundo y vital de las palabras.

Ya podemos precisar los tres últimos caracteres de los valores humanos: acometividad para abrirse paso y llegar, persistencia en quedarse a pesar de todas las vicisitudes y fuerte e incansable inquietud por dejar una sucesión.

En la mitad de las crisis y de las batallas ardientes de la vida actual de Alemania, pelea (con los dos brazos desnudos hasta los hombros y con el puño cerrado y firme de los verdaderos valores humanos) un hombre que tiene asombrados a los que se han procurado seguir de cerca sus guerras y sus empresas. Se llama Wilhelm Marx: es católico y lleva en su diestra  bien desplegada y hacia todos los vientos la bandera de la Iglesia. ¿De dónde surgió este batallador y qué se ha hecho hasta ahora? Surgió de la vieja guardia reclutada por Luis Windthrost para defender a los católicos de las acometividades de los protestantes acaudillados por Bismarck, el célebre Canciller de Hierro y por las avanzadas del socialismo. Marx -con plena conciencia de que los valores momificados apenas sirven para los museos- penetró de cuerpo entero en los dominios de la política de su propio país. Tenía que hallarse -como todos los católicos alemanes- en una posición muy desventajosa, tenía que representar a una minoría más o menos poderosa delante de las banderas de una mayoría aplastante por su número y temible por sus viejos y enconados odios contra la Iglesia. A pesar de esto Marx -a la vuelta de muchas, recias batallas- vino a ser un valor alto, robusto y avasallador, hasta el punto de rendir la misma desconfianza de sus adversarios.

Fundada la república alemana, se necesitó un canciller hábil para manejar los resortes altos de la política y se le llamó. Se presentó con toda su talla de luchador y se encargó de su puesto, después de esto sobrevinieron y han pasado varias crisis y Marx, con todo y ser representante de una minoría, ha sido siete veces canciller de su patria.

Hasta aquí ya habría motivos suficientes para saludarlo como un alto valor, pero su atrevimiento fue más lejos y en las elecciones de presidente de la República alemana el año pasado [1925], aceptó su candidatura y se enfrentó a Hindemburg, el mariscal consagrado de Alemania. El encuentro fue enconado, por fin Hindemburg triunfó, obtuvo catorce millones de votos, Marx obtuvo trece millones. Y este solo número -aunque no haya sido electo- da la medida de la significación de Marx que logró juntar en su derredor una masa de electores formada por católicos y por socialistas y que sobrepuja a todo lo que podía esperarse. Al día siguiente, al organizar Hindemburg su gabinete sobrevinieron las crisis, fracasó en la formación del gabinete Stresseman, fracasó Luther por segunda vez Stresseman y entonces fue llamado Marx. Sobrevino entonces una crisis inesperada Hindemburg le escribió a Marx para rogarle que no renunciara, se anunció una sesión borrascosísima y se aseguraba que allí, en aquella ocasión, quedaría disuelto el gabinete organizado por Marx. Y cuando todos los partidos se preparaban para deshacer la obra del canciller, éste se presentó, leyó tranquilamente su proyecto para conjurar la crisis y fue tal el estupor causado por la solución propuesta, que -lo dice literalmente una nota periodística- hubo un profundo silencio que duró un minuto. De allí salió Marx para seguir su marcha de fuerte y alto valor humano y allí sigue hoy llamado por Hindemburg -que es protestante- y a la cabeza de un país de protestantes.

Decía Paul Bourget que si después de muerto se quería -al revolver los huesos de las sepulturas- identificarlo a él, bastaría que se encontraran los huesos compenetrados de tinta, que allí se encontraría, porque toda su vida no ha hecho otra cosa que escribir. ¿Qué descubrirán los que intenten ver de cerca a Marx, actual valor humano siempre en marcha, siempre con los brazos extendidos en medio de la pelea? De seguro que será posible encontrar “las cicatrices de una espantosa lucha” para acudir a una frase de Harnack. Y esas cicatrices que son las huellas de las heridas y de las batallas que ha librado Marx para abrirse paso, para llegar, para quedarse allí y para moldear el porvenir, son las señales seguras y características de todos los verdaderos valores.

La juventud es el hierro negro de donde salen y se acuñan todos los valores que acabarán con nuestro empobrecimiento y nuestra mendicidad y que saltarán por encima de todas las murallas para quebrar medianías, para pisar nulidades y para empinar a Dios, majestuoso y radiante, sobre los tejados y sobre los hombros de patrias y de multitudes. Nada de valores a medias, nada de valores incompletos, nada de valores que se aferran a su aislamiento, que titubean, que se ponen en fuga frente a la Historia y que se satisfacen con un milímetro de tierra. Que salgan hoy mismo de ese hierro negro valores enteros y cabales, valores arrebatados, por el grito de guerra de una actividad irresistible que los haga abrirse paso, que los haga llegar, que los haga quedarse y que se les vea siempre como a Marx, con los brazos levantados en medio de la batalla y en todos los dominios (prensa, cátedras, libros, literatura, oratoria, filosofía, doctrinas, sistemas, política, arte, problemas sociales) y que si llegan a caer después de dejar una dinastía firme y enraizada en la roca, tengan por sudario glorioso -como Cristo- las cicatrices de una lucha espantosa. Y por encima del derrocamiento, de los despojos y de la pusilanimidad de nuestros valores actuales, pasarán las pezuñas de los corceles en que cabalgan los jinetes audaces de la reconquista.

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Posteado por: Alejandro Villarreal | Jueves, agosto 6, 2015

«Los divorciados no están excomulgados», dice Francisco

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Título: «Los divorciados no están excomulgados», dice Francisco
Autor: Alejandro Villarreal

 

El papa Francisco ha vuelto ha hablar sobre los “divorciados que se han casado de nuevo” en su viaje a los EUA. En esta ocasión ha repetido una frase que ya se le había escuchado antes:

Las personas divorciadas vueltas a casar “no están excomulgados”, y no deben ser tratadas como tales pues “ellas forman parte siempre de la Iglesia”

“En efecto, estas personas no son en efecto excomulgadas, no están excomulgados, y no van absolutamente tratadas como tales: ellas forman parte siempre de la Iglesia”. (fin de cita; fuente: aciprensa)

Cualquier católico medianamente instruido sabe que los mal llamados divorciados (el divorcio no existe o no está reconocido entre los católicos) no necesariamente caen en excomunión. En general, quien incurre en excomunión es aquel quien niega alguna verdad de Fe, pero no es necesario que alguien se “divorcie” negando, por ejemplo, que el matrimonio no sea un sacramento o que éste sea indisoluble, quizás lo haga sabiendo que comete un pecado mortal y temerariamente se entrampe en esa situación. Lo que es innegable es que quien habiendo contraído matrimonio lícito en la Iglesia católica y abandonase a su cónyuge, ya sea de común acuerdo o no, y se junta con otra persona, comete un pecado mortal. De esta manera, no es posible aconsejar que se le otorgue la comunión a alguien que viva en dichas circunstancias, no porque esté excomulgado, sino porque está en pecado mortal, un pecado que no podrá borrarse sino cuando se recurra a la confesión y se haga firme propósito de enmienda. Sobre la segunda afirmación, que alude a ser miembro de la Iglesia, habría que distinguir entre los miembros vivos y los miembros muertos de la Iglesia, el Catecismo Mayor del gran pontífice católico San Pío X dice lo siguiente:

167.- ¿Basta para salvarse ser como quiera miembro de la Iglesia Católica? – No, señor; no basta para salvarse ser como quiera miembro de la Iglesia Católica, sino que es necesario ser miembro vivo.

168.- ¿Cuáles son los miembros vivos de la Iglesia? – Los miembros vivos de la Iglesia son todos y solamente los justos; a saber, los que están actualmente en gracia de Dios.

169.- ¿Y cuales son los miembros muertos? – Miembros muertos de la Iglesia son los fieles que se hallan en pecado mortal.

Entonces, podríamos decir que las afirmaciones de Francisco no son incorrectas, aunque con muchísimas salvedades y puntualizaciones que brillan por su ausencia y por lo tanto es muy probable que puedan malinterpretarse, dando falsas esperanzas a quienes se encuentren en la situación de ser “divorciados vueltos a casar”, pues bien podrían ser miembros de la Iglesia, pero serán siempre miembros muertos que han perdido la gracia y que no podrán aspirar a salvar su alma si no rectifican su situación. Es de hacer notar que las salvedades y puntualizaciones es ya habitual que nunca se hagan y por lo tanto, ese escenario de la malinterpretación siempre sea probable.

Esto nos lleva a preguntarnos ¿qué significan las palabras de este papa? o ¿cómo podrían intepretarse? Estas afirmaciones nos llevan al menos a dos situaciones probables:

  1. Quienes las escuchan saben que su situación no es producto de haber negado ninguna verdad de Fe católica y por lo tanto no caen en excomunión, pero saben que viven en pecado mortal, y saben que aunque son miembros de la Iglesia, son miembros muertos y por lo tanto no podrán comulgar hasta que confiesen sus pecados y hagan firme propósito de enmienda (comulgar en esas condiciones sólo atraerá su propia condenación como nos advierten las graves palabras de San Pablo: “quien come el Cuerpo de Cristo indignamente, come su propia condenación” -1Cor. XI,27-), lo que incluirá el vivir en castidad si es que no se tiene voluntad para volver con su esposa legítima a los ojos de Dios y rehacer la vida conyugal, y por supuesto, encargarse íntegramente de los hijos que haya procreado, legítimos e ilegítimos (e incluso de su o sus concubinas como podrían exigir las leyes civiles al respecto). En todo caso, el rectificar esta situación anómala será siempre conveniente hacerla con el consejo de un buen director espiritual, un sacerdote que tenga bien clara la doctrina de la Iglesia y que no le de falsas esperanzas.

  2. Quienes escuchan estas palabras malinterpretan que como el papa ha dicho que no están excomulgados, entonces pueden comulgar, ya que también ha dicho que son “miembros de la Iglesia”, y quizás malinterpreten que no sea necesario ningún trámite intermedio como sería la confesión y que tampoco exigiría ningún cambio en su vida, quizás algunos lleguen al extremo de malinterpretar que puedan abandonar a su primera, segunda, tercera, etc., concubina (o concubino, con sus respectivos hijos) sin que esto les represente ningún cargo de conciencia, ya que ahora deben ser acogidos amorosamente dentro de la Iglesia.

Al menos estas son los dos escenarios que yo puedo imaginar, y en el caso del primer escenario es casi improbable que se llegue a la conciencia de estar en pecado mortal sin la ayuda de un buen sacerdote o de tener a alguien cercano que con verdadera caridad le abra los ojos a los mal llamados “divorciados” vueltos a casar. El decirles a estas personas sobre la gravedad de su situación es el verdadero acto de amor al prójimo y no los simples actos exteriores que los hagan sentir bien en su pecado.

Entender estas palabras de otra manera sería entender el Sacramento del Matrimonio de forma diferente a como la Iglesia lo ha hecho en todo tiempo y lugar, y eso sí sería negar una verdad de Fe. Sería contribuir a la protestantización de la Iglesia que ha estado tan de moda entre los modernistas desde hace al menos 50 años, pues los grupos que han abandonado la seguridad doctrinal de la Iglesia no reconocen al matrimonio como un sacramento y por lo tanto es objeto de veleidades humanas como el divorcio.

Finalmente, estos son algunos cánones del Concilio de Trento respecto al Sacramento del Matrimonio que conviene recordar y cuya negación sí amerita la excomunión:

CAN. I. Si alguno dijere, que el Matrimonio no es verdadera y propiamente uno de los siete Sacramentos de la ley Evangélica, instituido por Cristo nuestro Señor, sino inventado por los hombres en la Iglesia; y que no confiere gracia; sea excomulgado.

CAN. II. Si alguno dijere, que es lícito a los cristianos tener a un mismo tiempo muchas mujeres, y que esto no está prohibido por ninguna ley divina; sea excomulgado.

CAN. VII. Si alguno dijere, que la Iglesia yerra cuando ha enseñado y enseña, según la doctrina del Evangelio y de los Apóstoles, que no se puede disolver el vínculo del Matrimonio por el adulterio de uno de los dos consortes; y cuando enseña que ninguno de los dos, ni aun el inocente que no dio motivo al adulterio, puede contraer otro Matrimonio viviendo el otro consorte; y que cae en fornicación el que se casare con otra dejada la primera por adúltera, o la que, dejando al adúltero, se casare con otro; sea excomulgado.

fuente: http://www.mercaba.org/CONCILIOS/Trento11.htm

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Posteado por: Alejandro Villarreal | Jueves, julio 30, 2015

«Pedir perdón» por Juan Manuel de Prada

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Título: Pedir perdón
Autor: Juan Manuel de Prada
Tomado de Finanzas.com sin autorización expresa del autor

Hace unas semanas, escuchábamos al Papa (en sintonía con sus predecesores) pedir perdón «por los crímenes contra los pueblos originarios durante la llamada conquista de América». No entraremos aquí a señalar, por archisabidos, los peligros de enjuiciar acontecimientos pretéritos con mentalidad presente. Señalaremos, en cambio, que como cabeza de la Iglesia el Papa sólo puede pedir perdón por los crímenes que haya podido perpetrar o amparar la institución que representa; pues hacerlo por los crímenes que pudiera perpetrar o amparar la Corona de Castilla (luego Corona española) es tan incongruente como si mañana pidiese perdón a los sioux por los crímenes perpetrados por Búfalo Bill. Además, el Papa sólo puede pedir perdón por crímenes que la Iglesia haya podido cometer institucionalmente, con el amparo de leyes eclesiásticas, no por crímenes que hayan podido perpetrar por su cuenta clérigos más o menos brutos, salaces o avariciosos; pues pedir perdón por acciones particulares realizadas en infracción de las leyes emanadas de la instancia suprema es un cuento de nunca acabar que no sirve para sanar heridas, sino tan sólo para excitar el victimismo de los bellacos.

Yo vería muy justo y adecuado que la reina de Inglaterra o el rey de Holanda pidieran perdón por los crímenes institucionalizados que se realizaron en las colonias sojuzgadas por sus antepasados, donde los nativos por ejemplo tenían vedado el acceso a la enseñanza (en las Españas de Ultramar, por el contrario, se fundaron cientos de colegios y universidades), o donde no estaban permitidos los matrimonios mixtos (que en las Españas de Ultramar eran asiduos, como prueba la bellísima raza mestiza extendida por la América española), porque sus leyes criminales así lo establecían. Pero me resulta estrafalario que el Papa pida perdón por crímenes cometidos por españoles a título particular, y en infracción de las leyes promulgadas por nuestros reyes. Porque lo cierto es que los crímenes que se pudieran cometer en América fueron triste consecuencia de la débil naturaleza caída del hombre; pero no hubo crímenes institucionalizados, como en cambio los hubo en Estados Unidos o en las colonias inglesas u holandesas, pues las leyes dictadas por nuestros reyes no sólo no los amparaban, sino que por el contrario procuraban perseguirlos.

Colón había pensado implantar en las Indias el mismo sistema que los portugueses estaban empleando en África, basado en la colonización en régimen asalariado y en la esclavización de la población nativa. Pero la reina Isabel impuso la tradición repobladora propia de la Reconquista, pues sabía que los españoles, para implicarse en una empresa, necesitaban implicarse vitalmente en ella; y en cuanto supo que Colón había iniciado un tímido comercio de esclavos lo prohibió de inmediato. En su testamento, Isabel dejó ordenado a su esposo y a sus sucesores que «pongan mucha diligencia, y que no consientan ni den lugar a que los indios reciban agravio alguno ni en su persona ni en sus bienes». Este reconocimiento de la dignidad de los indígenas es un rasgo exclusivo de la conquista española; no lo encontramos en ninguna otra potencia de la época, ni tampoco en épocas posteriores. Los indios fueron, desde un primer momento, súbditos de la Corona, como pudiera serlo un hidalgo de Zamora; y los territorios conquistados nunca fueron colonias, sino «provincias de ultramar», con el mismo rango que cualquier otra provincia española.

Algunos años más tarde, conmovido por las denuncias de abusos de Bartolomé de las Casas, Carlos I ordenó detener las conquistas en el Nuevo Mundo y convocó en Valladolid una junta de sabios que estableciese el modo más justo de llevarlas a cabo. A esta Controversia de Valladolid acudieron los más grandes teólogos y jurisconsultos de la época: Domingo de Soto, Melchor Cano y, muy especialmente, Bartolomé de las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda; y allí fue legalmente reconocida la dignidad de los indios, que inspiraría las Leyes de Indias, algo impensable en cualquier otro proceso colonizador de la época. Por supuesto que durante la conquista de América afloraron muchas conductas reprobables y criminales, dictadas casi siempre por la avaricia, pero nunca fueron conductas institucionalizadas; y la Iglesia, por cierto, se encargó de corregir muchos de estos abusos, denunciándolos ante el poder civil.

Antes de pedir perdón por crímenes del pasado, conviene distinguir netamente entre personas e instituciones; de lo contrario, uno acaba haciendo brindis al sol. Tal vez procuren muchos aplausos, pero son aplausos de bellacos.

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Posteado por: Alejandro Villarreal | Jueves, julio 30, 2015

El nuevo escándalo: Francisco besa la Biblia valdense. Francisco, Don Bosco y los Valdenses

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Título: El nuevo escándalo: Francisco besa la Biblia valdense. Francisco, Don Bosco y los Valdenses
Autor: Guiseppe Nardi
Traducción: Alejandro Villarreal -julio de 2015-

Turín, Italia. El pasado lunes 22 de julio el papa Francisco visitó la iglesia principal de los Valdenses un día después de su peregrinación al santuario del Sudario de Turín en la capital piamontesa.

Francisco besando la Bliblia valdense

En una escena que fue fotografiada, los ministros valdenses entregaron a Francisco un ejemplar de su Biblia a la que Francisco besó frente a ellos.

“Fue una imagen perturbadora”, comentó Chiesa e postconcilio. ¿Qué es lo que nos dice el gran catecismo de San Pío X al respecto?

888. ¿Qué debe hacer el cristiano a quien le ofrece una Biblia algún protestante o emisario de los protestantes?  – El cristiano a quien le ofrece una Biblia algún protestante o emisario de los protestantes debe rechazarla con horror, como prohibida por la Iglesia, y si la hubiese recibido sin darse cuenta, debería inmediatamente arrojarla a las llamas o entregarla a su párroco.

889. ¿Por qué la Iglesia prohíbe las Biblias protestantes?  – La Iglesia prohíbe las Biblias protestantes porque, o están alteradas y contienen errores, o porque, faltándoles la aprobación y notas declarativas de los sentidos oscuros, pueden dañar a la fe. Por esto la Iglesia prohíbe hasta las traducciones de la Sagrada Escritura aprobadas antes por ella, pero reimpresas después sin las explicaciones aprobadas por la misma.

Esto es lo que el gran pontífice católico San Pío X recomienda a los cristianos, y la opinión de Don Bosco no sería diferente, quien enfrentó a los valdenses en su tiempo.

¿Comportamiento falto de cristianismo e inhumano de la Iglesia católica? El papa Francisco es el primer líder de la Iglesia católica en entrar a un templo valdense, ciertamente es un acontecimiento histórico. Se cita al líder de la Iglesia refiriéndose a la Biblia valdense diciendo que era una “versión interconfesional”.

Francisco pidió disculpas a los valdenses por todo lo que los católicos les hicieron:

De parte de la Iglesia católica pido perdón, pido sus disculpas por el comportamiento y acciones faltos de cristianismo e inhumanos, los cuales hemos hecho en la historia a Uds. En el nombre del Señor Jesucristo, perdónenos.

El papa se impone ante un muro de herejía. El moderador de la Junta Valdense, el pastor Eugenio Bernardini dijo:

El papa se ha impuesto a un muro que fue erigido hace ocho siglos cuando nuestra Iglesia fue acusada y excomulgada por la Iglesia de Roma por herejía.

El papa no dijo nada.

El movimiento valdense se originó a partir de una orden mendicante del siglo XII en Lyon, por las enseñanzas de Pedro Valdes. Ellos se concebían como una respuesta al poder civil que ejercitaba la Iglesia católica. En la actualidad se les identifica con la línea de los protestantes calvinistas. Ellos practicaban muchos errores similares a los donatistas. San Agustín dijo lo siguiente sobre los herejes cercanos:

Porque de los que están lejos no hay problema; no me engaña tan fácilmente el que me dice: Ven, adora este ídolo; está muy lejos de mí. Le preguntas: ¿Eres cristiano? Sí, soy cristiano, responde. Ése es tu enemigo cercano, está a tu lado. Su paz rescata mi alma de los que se me acercan, ya que en muchas cosas estaban conmigo. ¿Por qué dijo: Los que se me acercan? Porque en muchas cosas estaban conmigo. Esta frase: En muchas cosas estaban conmigo, tiene doble sentido. Primero, En muchas cosas estaban conmigo: el bautismo lo tuvimos todos: en eso estaban conmigo; el Evangelio lo leíamos unos y otros: estaban conmigo; celebrábamos la fiesta de los mártires: allí estaban conmigo; asistíamos a la solemnidad de la Pascua: estaban juntos conmigo. Pero no totalmente conmigo: en el cisma no están conmigo, en la herejía tampoco. En muchas cosas sí están conmigo, pero sólo en pocas no lo están. Y por estas pocas cosas en que no están conmigo, no les aprovechan las muchas en que sí lo están. Fijaos cuántas cosas enumera el Apóstol Pablo: pero cita una, y si ella falta, las demás son inútiles.
Comentario al Salmo 54, no. 19. fuente: http://www.augustinus.it/spagnolo/esposizioni_salmi/esposizione_salmo_070_testo.htm

Históricamente también es importante mencionar que en el siglo XIX, aproximadamente la mitad de los adherentes a la herejía valdense fueron liberales y francmasones, quienes se pasaron de la Iglesia católica a la valdense. Este hecho y actitud liberal significó que tenían mucho peso a pesar de que no eran muy numerosos en los círculos de poder en Turín.

Pío XI contra los “pancristianos”. En Mortalium Animos el papa beato Pío XI escribió así en 1928:

Estos y otros argumentos parecidos divulgan los llamados “pancristianos”; los cuales, lejos de ser pocos en número, ha llegado a formar legiones y a agruparse en asociaciones ampliamente extendidas, bajo la dirección, las más de ellas, de hombres acatólicos, aunque discordes entre sí en materia de fe… Así pues, los que se proclaman cristianos es imposible no crean que Cristo fundó una Iglesia, y precisamente una sola. Más, si se pregunta cuál es esa Iglesia conforme a la voluntad de su Fundador, en esto ya no convienen todos. Muchos de ellos, por ejemplo, niegan que la Iglesia de Cristo haya de ser visible, a lo menos en el sentido de que deba mostrarse como un solo cuerpo de fieles, concordes en una misma doctrina y bajo un solo magisterio y gobierno. Estos tales entienden que la Iglesia visible no es más que la alianza de varias comunidades cristianas, aunque las doctrinas de cada una de ellas sean distintas… Y aquí se Nos ofrece ocasión de exponer y refutar una falsa opinión de la cual parece depender toda esta cuestión, y en la cual tiene su origen la múltiple acción y confabulación de los no católicos que trabajan, como hemos dicho, por la unión’ de las iglesias cristianas. Los autores de este proyecto no dejan de repetir casi infinitas veces las palabras de Cristo: “Sean todos una misma cosa… Habrá un solo rebaño, y un solo pastor”, mas de tal manera las entienden, que, según ellos, sólo significan un deseo y una aspiración de Jesucristo, deseo que todavía no se ha realizado. Opinan, pues, que la unidad de fe y de gobierno, nota distintiva de la verdadera y única Iglesia de Cristo, no ha existido casi nunca hasta ahora, y ni siquiera hoy existe: podrá, ciertamente, desearse, y tal vez algún día se consiga, mediante la concorde impulsión de las voluntades; pero entre tanto, habrá que considerarla sólo como un ideal… aun cuando podrán encontrarse a muchos no católicos que predican a pulmón lleno la unión fraterna en Cristo, sin embargo, hallarás pocos a quienes se ocurre que han de sujetarse y obedecer al Vicario de Jesucristo cuando enseña o manda y gobierna. Entretanto aseveran que están dispuestos a actuar gustosos en unión con la Iglesia Romana, naturalmente en igualdad de condiciones jurídicas, o sea de iguales a igual: mas si pudieran aduar no parece dudoso de que lo harían con la intención de que por un pacto o convenio por establecerse tal vez, no fueran obligados a abandonar sus opiniones que constituyen aun la causa por qué continúan errando y vagando fuera del único redil de Cristo”… Siendo todo esto así, claramente se ve que ni la Sede Apostólica puede en manera alguna tener parte en dichos Congresos, ni de ningún modo pueden los católicos favorecer ni cooperar a semejantes intentos; y si lo hiciesen, darían autoridad a una falsa religión cristiana, totalmente ajena a la única y verdadera Iglesia de Cristo. (fuente: https://bibliaytradicion.wordpress.com/2013/11/15/enciclica-mortalium-animos-del-papa-pio-xi-acerca-de-como-de-ha-de-fomentar-la-verdadera-union-religiosa/)

San Juan Bosco (1815-1888)

Don Bosco y la persecución que los valdenses le dedicaron. Ante esta visita del papa Francisco a un templo valdense es oportuno recordar a San Juan Bosco, quien hizo grandes cosas en esta ciudad, tan grandes que Francisco también visitó el Centro de la Orden Salesiana, fundada en la región de Valdocco en Turín por Don Bosco, junto a la iglesia de María Auxiliadora. Este santo vivió de 1815 a 1888 y fue contemporáneo del movimiento italiano de unificación, el cual abolió los Estados Pontificios en 1870.

El reino de Cerdeña-Piamonte, con su doctrina de estado masónica y anticlerical preparó una gran tribulación contra este santo piamontés. Al tiempo en que la persecución estatal se aplacaba, entraron grupos valdenses a Turín, poniéndose al servicio del nuevo reino. Estos grupos desplegaron una gran campaña de propaganda en Turín, la cual incluía atacar a Don Bosco, a quien buscaron desacreditar en público. En una ocasión lo retaron a debatir discretamente sobre disputas teológicas.  Todos los líderes valdenses de Turín parecieron disputar a los santos, sin embargo, fueron derrotados. Al final decidieron presentar al debate al mejor de sus pastores, Jean Pierre Meille de la provincia de Lucerna San Juan, en Piamonte.

La disputa con el famoso pastor valdense Meille. El debate en Valdocco duró siete horas hasta que finalizó con una escena cómica. Don Bosco había tratado de razonar con él echando mano de la historia y la Vulgata, pero Meille no quiso admitir su derrota, finalmente dijo que la Biblia latina no era suficiente y que debían consultarse los textos en griego. Don Bosco se levantó, caminó hacia un estante de libros, sacó una Biblia en griego, se la dio al pastor valdense diciéndole: Aquí lo tiene, Sr., el texto griego. Siéntase libre para realizar cualquier referencia a éste, al final encontrará que coincide totalmente con el texto latino. Meille tan sólo fanfarroneaba pues no quería admitir su derrota, además no tenía conocimientos de griego por lo que revisaba la Biblia hojeándola de cabeza, entonces Don Bosco volteó el libro en la posición correcta, avergonzado y ruborizado Meille salió de la sala de un salto. Así terminó el debate.

Entonces cambiaron su estrategia. Un domingo de agosto de 1853, dos hombres se dirigieron con el santo, uno de ellos era un pastor valdense, como se aclaró después, lo elogiaron y le ofrecieron una considerable suma de dinero, diciéndole que le darían más, a cambio el santo debía abstenerse de escribir libros de religión y dedicarse sólo a escribir sobre historia, ya que sus contribuciones serían invaluables. Don Bosco los rechazo indignado, los hombres lo insultaron e incluso lo amenazaron, “si Ud. sale de su casa, ¿tiene la seguridad de que volverá?

Los sacerdotes católicos son para la gloria de Dios y el bien de las almas, dispuestos a inmolarse. Juan Bosco les respondió: “Al parecer no saben quien soy yo. Soy un sacerdote católico y los sacerdotes católicos estamos para la gloria de Dios y listos para morir por el bien de las almas que les han sido confiadas.” Los dos hombres quisieron atacarlo físicamente, pero Don Bosco tomó una silla y les dijo: “Si quisiera usar la violencia me aseguraría de que sintieran las consecuencias de su provocación. Pero el poder del sacerdote reside en la paciencia y el perdón. Así que considero que ya es tiempo de finalizar esta conversación.” En ese momento se abrió la puerta entrando Giuseppe Buzzetti, un leal ayudante de Don Bosco. El santo le dijo murmurando: “¡acompañe a estos hombres hasta el confesionario!

Los valdenses continuaron sus ataques por otros medios. Una noche Don Bosco fue llamado a confesar a una persona convaleciente, pero en el domicilio encontró a un grupo de hombres invitándolo a beber vino, Don Bosco les hizo la observación de que a él le habían servido de una botella distinta a la de los otros, negándose a beberlo, ante lo cual dos hombres lo sostuvieron con violencia mientras otro quería obligarlo a beber, ante esto el santo manejó la situación lo mejor que pudo y les dijo: “Si creen que es necesario, entonces lo beberé, pero yo lo haré, o de lo contrario sólo lo derramarán“, de esta manera lo soltaron y rápidamente se escabulló a la puerta dejándola abierta y dirigiéndose hacia los cuatro jóvenes que lo acompañaban para protegerlo. Los hombres desistieron a su intento. Resultó que estos hombres habían sido contratados para envenenar al santo.

Intentos de asesinato contra Don Bosco. Don Bosco fue llamado para auxiliar a un moribundo, pero en realidad se trataba de un grupo de hombres armados con cachiporras que deseaban matarle. Los atacantes habían apagado las luces y el santo se ocultó tras una mesa, alarmados por el ruido al interior, sus cuatro fieles acompañantes fueron en su ayuda y escapó ileso de esa situación.

En enero de 1854, dos hombres visitaron a Don Bosco al mediodía, le exigieron que cesara de publicar libros católicos o de lo contrario se las arreglaría con ellos. Como estas amenazas no impresionaron al santo, los hombres le dijeron: “¡Hágalo o morirá!“, sacaron unas pistolas y apuntaron al santo, “¡entonces disparen!“, dijo Don Bosco echando para adelante el pecho y levantando la voz. Giovanni Cagliero, confidente del santo, no se fió de estos hombres y por propia iniciativa los siguió hasta la habitación donde se encontraba Don Bosco, al ver esta escena corrió gritando ¡ayuda!, sorprendiendo a los atacantes, quienes ocultaron sus armas y escaparon de allí.

A pesar de muchos ataques sufridos durante su vida, este santo nunca portó armas ni utilizó la violencia, él se abandonaba por completo a la Providencia, que lo protegía. Esto incluía a “Grey”, un grande y poderoso perro que en muchas ocasiones libró a Don Bosco de situaciones peligrosas.

La preocupación de Don Bosco por un sacerdote que se volvió pastor valdense. Vanos fueron los esfuerzos de Don Bosco por el sacerdote Luigi De Sanctis. El romano De Sanctis fue miembro de la orden de San Camilo, profesor de teología y sacerdote bien conocido en la Roma de los años treinta. Pero en el agitado año de 1848, De Sanctis volteó la espalda a la Iglesia católica, abandonó su orden y su parroquia y se fue a Malta. Se volvió protestante y se casó. Poco tiempo después fue Vicario del pastor Meille en Turín y participó en la revista anticatólica La luz evangélica, la cual fue dirigida principalmente contra Don Bosco. Cuando tuvo algunos conflictos con los valdenses, De Sanctis se volvió calvinista, lo que le costó perder sus privilegios dentro del valdesianismo y cayó en una crisis mayor.

Don Bosco contactó a De Sanctis el 17 de noviembre de 1854, intentó traer de vuelta a la Iglesia católica a este sacerdote apóstata. Esta acción sorprendió mucho a De Sanctis, después de todo, era un “traidor” y había escrito numerosos artículos contra la Iglesia católica, especialmente había atacado el Sacramento de la Penitencia. Pero Don Bosco estaba convencido del dogma Extra Ecclesiam Nulla Salus, le preocupaba la salvación de las almas de todos los hombres.

De hecho, De Sanctis le respondió, esto dio pie a un intenso intercambio de correspondencia que ha sido preservada. “No puede imaginar el impacto que tuvo en mí su amistosa carta de ayer. Nunca imaginé que hubiese tanta generosidad y amabilidad en el hombre que considero mi enemigo. No nos equivoquemos. Yo combato sus principios y Ud. los míos, pero en esta batalla me ha mostrado un amor sincero…

Don Bosco estaba convencido que en este sacerdote caído debía prevalecer un dilema moral muy grande, por lo que le ofreció amistosamente su mano, aunque al final De Sanctis lo decepcionó, pues seis meses después, retomó sus ataques contra la Iglesia católica, se dirigió a Florencia, se reintegró al valdesianismo y murió en 1869. Don Bosco hablaría de un “corazón endurecido” y un “intelecto oscurecido” que nunca abandonaron a este ex sacerdote camiliano.

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Posteado por: Alejandro Villarreal | Jueves, julio 23, 2015

Homilía: «Octavo domingo después de Pentecostés» por el R.P. Alfonso Gálvez Morillas

Título: Homilía: «Octavo domingo después de Pentecostés»
Autor: R.P. Alfonso Gálvez Morillas
Homilía correspondiente a la Misa del domingo 19 de julio de 2015. Publicado aquí sin el permiso expreso del autor

La enseñanza del evangelio de hoy se reduce a una lección de prudencia cristiana y de celo sobrenatural. Sólo importa el cielo, y a él debemos tender utilizando las situaciones transitorias de aquí abajo, para caminar con más ímpetu. Deberíamos mostrarnos tan hábiles en procurar nuestro porvenir futuro, como los hijos de las tinieblas en sus negocios temporales.

En la Epístola se encontrará la razón profunda de este despego de las cosas de la tierra y el secreto de esta aspiración poderosa hacia las cosas del cielo. Es la gracia, la cual transforma nuestras vidas y las prepara a entrar ene l reino celestial. Es el Espíritu Santo quien nos da un alma de hijos y nos hace gritar: «¡Abba = Padre!»

[tomado del Misal Diario latín-español]

«Octavo domingo después de Pentecostés»

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Posteado por: Alejandro Villarreal | Domingo, julio 19, 2015

¿Qué carambas está haciendo el papa Francisco?

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Título: ¿Qué carambas está haciendo el papa Francisco?
Autor: Louie Verrechio
Traducción: Alejandro Villarreal -julio de 2015-

De la risible noción de rehacer el oficio petrino basado en la propia imagen personal y que esto sea una muestra de “humildad”, hasta la exhibicionista conferencia de prensa donde presentó las 40 mil palabras del manifiesto eco-marxista Laudatto Si ante el mundo como una contribución a la doctrina social de la Iglesia, el actual pontificado sigue mostrando una gran deficiencia de un genuino carácter católico y su mensaje oficial con frecuencia ofrece el inequívoco hedor de ser una obra deliberada para el engaño.

Las expresiones absurdas comenzaron a salir desde Roma en las primeras horas de la noche del 13 de marzo de 2013, ya desde entonces detectables aunque no eran muchas al principio, han estado multiplicándose y volviéndose más escandalosas desde entonces.

Hoy, las campanas de alarma siguen sonando por el pontificado de Francisco y son tan ensordecedoras que incluso algunos de entre la somnolienta clase de los católicos neoconservadores no pueden hacer otra cosa que incomodarse.

Visto a través de los ojos de la fe (aún en práctica por algunos pocos en nuestros días), todo este acertijo no es más que una barata imitación. Una producción inconvincente de bajo presupuesto repleta de malos actores de reparto (como Walter Kasper y Oscar Rodríguez Maradiaga), indumentaria de mala calidad (como las vestimentas papales que mostraban franjas deportivas, más acordes a los calzoncillos de un boxeador), y con accesorios construidos precipitadamente fijados con cordones de zapatos y goma de mascar (como el desaliñado “altar” y atril utilizados por el papa en Lampedusa).

Desde su inicio, el pontificado de Francisco ha sido, al parecer, nada más que una serie de ofensas a nuestra Fe católica; tanto que incluso en las raras ocasiones que el papa Francisco se ha escuchado acorde y consistente con su sagrada obligación de enseñar la Fe con claridad, aunque sólo lo haya hecho de una manera superficial, esto ha sido tema de titulares católicos. Vaya tiempos, ¡que el papa enseñe ortodoxamente es tema de noticia!

Las locuras de Francisco son quizás mejor descritas como una tragicomedia donde la estrella, vestido de blanco, titila ante el mundo con inseguros gestos y discursos condenables que son presentados dentro de una envoltura católica a través de los medios masivos de comunicación, comenzando por la Oficina de Prensa de la Santa Sede, para ser adorado por sus seguidores, algunos de los cuales no tienen la menor idea de que su búsqueda de la fe verdadera no ha comenzado aún.

Con la promulgación de Laudato Si, los fieles católicos de todo el mundo fuimos obligados a mirar al cielo y preguntar: Señor mío y Dios mío, ¿cuánto más puede empeorar esta situación?

Bueno, la semana pasada nos dimos una idea de esto. El papa Francisco, en su llamado “Viaje Apostólico” (falsamente promocionado así y que debió llamarse “Juerga Bergogliana”) a Latinoamérica, pareció haberle ofrecido inmejorables oportunidades para mostrarse a sí mismo, deslindándose del Oficio de Pedro, lo cual no es poco para el hombre que será recordado por haber publicado la primer “selfie” papal.

Si nada más de su viaje a Sudamérica parece congruente con la verdad objetiva, debemos admitir que la improvisación de Francisco de un Burger King boliviano como sacristía es repugnante por su indiferencia hacia la dignidad del oficio papal, la cual en su persona ha tomado una característica imagen de giro libre que ha sido ampliamente difundida por los medios de comunicación, y cuyo lema bien podría ser “hazlo a tu manera”.

Entre las varias afrentas contra Jesucristo y su Iglesia cortesía del papa Francisco, la semana pasada, se destacan dos en particular y merecen mención: su patética oración de perdón y la presentación de un icono sacrílego ante la Santísima Virgen.

El jueves, hablando ante una congregación en Santa Cruz, el papa Francisco dijo:

Humildemente pido perdón, no sólo por las ofensas de la Iglesia sino por los crímenes en contra de los pueblos nativos durante la llamada conquista de América.

Al siguiente día Francisco colocó el “regalo” que le fue dado por el presidente boliviano Evo Morales ante la imagen de Nuestra Señora de Copacabana, santa patrona de Bolivia. Este regalo consistió en la degeneración de un crucifijo, pues en realidad es el símbolo del comunismo, la hoz y el martillo, habiendo sido utilizado este último como cruz. Las palabras de Francisco fueron las siguientes:

Recibe como regalo desde el corazón de Bolivia y mi amor filial, en los símbolos de afecto y proximidad que, en el nombre del pueblo boliviano, el Sr. Presidente Evo Morales me ha conferido con cordial y generoso afecto, en la ocasión de este Viaje Apostólico, los cuales confío a tu solícita intercesión.

Nota de B&T: es inaudito el atrevimiento de mezclar la señal de nuestra redención con el sangriento símbolo comunista de la hoz y el martillo, que representa el ateísmo, el materialismo y el verdadero holocausto (la muerte de los pueblos cristianos a manos de la revolución marxista), movimiento que encabezó Rusia, llamándose la Unión Soviética y de la cual la Sma. Virgen de Fátima diría que esparciría muchos errores a menos que el papa la consagrase a su Corazón Inmaculado, lo cual no se realizado. ¿Es esto un regalo digno de la Sma. Virgen o es una mofa y desprecio a su voluntad? Todo lo cual es sancionado por Francisco, “el humilde”. Este acto tendría mucha tela de donde cortar.

¿Socialismo y cristiandad? La misma imagen lamentable fue manufacturada en una medalla que Francisco colgó en su cuello. El presidente Morales declaró a Francisco que su escandaloso regalo es en recuerdo del sacerdote Luis Espinal quien tuvo una descarada filiación marxista y  fue identificado como un adalid de la teología de la liberación. (eponymousflower.blogspot)

Esto es suficiente para preguntarse si el papa Francisco intencionalmente pretende mofarse de los fieles católicos. Sin embargo, de alguna manera tan sólo quiere continuar lo que Juan Pablo II “el gran humanista” dejó pendiente.

En octubre de 2013 propuse que el pontificado del papa Francisco no se iba a alejar mucho del de Benedicto XVI sino que iba a ser una vuelta más agresiva a su inmediato predecesor promoviendo un eminente aggiornamiento conciliar antropocéntrico.

Después de más de dos amargos años bajo el papa Francisco, es cada vez más obvio que tiene mucho en común con Juan Pablo II. De hecho, diría que los engaños del primero en Bolivia ofrecen una sólida evidencia de que Francisco tan sólo está repitiendo las fallas del papa Juan Pablo II, y cada vez está más cerca a su lógica conclusión, la apostasía general.

Mientras que el papa polaco se permitió venerar personalmente el blasfemo Corán, como si tuviese algo de sagrado, su sucesor argentino fue más allá al ofrecer públicamente una imagen blasfema de Jesucristo a Su propia Madre, como “símbolo de afecto”.

En el primer ejemplo, Wojtyla, como sus defensores argumentan impasiblemente, simplemente estaba mostrando un respeto a nivel estrictamente humano, aunque torpemente, para aquellos que vieron en el Corán algo sagrado, es decir, no lo estaba considerando como tal. ¿Alguien creerá esta evidente contradicción?

Francisco, por su parte y en contraste, ha subido el siguiente escalón lógico presentando algo blasfemo como si fuese en realidad católico, es decir, como si fuese objetivamente sagrado.

Alguien podría argumentar justamente que Juan Pablo II fue muy diferente a Francisco en su reacción negativa hacia la Teología de la Liberación, como se recuerda en la imagen icónica del Santo Padre moviendo su dedo ante Ernesto Cardenal en las calles de Nicaragua. El fundamento social de ambos papas es el mismo, es decir, en la suplantación del Reino Social de Nuestro Señor Jesucristo por la llamada “primacía de la persona humana”.

Siendo este el caso no existe otro lugar donde desemboque la doctrina de Juan Pablo II sino hacia donde Francisco la está llevando, desde los compromisos abiertamente terrenales hasta la “opción preferente por los pobres” y su visión exagerada de la dignidad humana, al deseo de éste último por “una Iglesia pobre y para los pobres” y su rimbombante declaración de que “el hombre es el rey del Universo”.

Esta tendencia donde Francisco retoma el humanismo de Wojtyla, y en última instancia el conciliar, hacia su lógica conclusión, es también evidente cuando se considera que mientras Juan Pablo II se contentó con disculparse por las supuestas faltas de los católicos a través de los siglos, su actual sucesor ahora, descaradamente, ¡pide perdón por “las ofensas de la Iglesia”!

Así, regresamos a la cuestión propuesta en el título: ¿Qué carambas está haciendo el papa Francisco?

Bien, no me gustaría decir que se los advertí, pero esta sucediendo lo que yo esperaba que sucediera. Perdónenme por llamar una vez más su atención hacia mi texto de octubre de 2013 sobre este pontificado:

La desafortunada verdad, una realidad muy desagradable para que muchos la admitan, es que el papa actual es el generalísimo largamente esperado por la revolución humanista que fue desatada formalmente en 1958.

La infantería de la revolución, los modernistas quienes siglos antes operaron clandestinamente, fueron liberados para moverse a la luz del día en el momento que Angelo Roncalli asumió el trono de San Pedro.

Después de décadas de planeación, los rebeldes fueron los mejor preparados, en términos de ejecución y estrategia, en el campo de batalla del Concilio Vaticano II, burlando con maestría las Miles Rex (los soldados fieles de Cristo Rey), sellando en el texto conciliar los términos de su victoria incruenta.

Conforme pasan los días el papa Francisco está mostrando, a aquellos que tienen ojos para ver, todo de forma más clara, que, Dios no lo permita, la alguna vez naciente Iglesia postconciliar del hombre, inevitablemente ha crecido demasiado.

Una Iglesia sin Jesucristo con edificios difícilmente distinguibles como católicos a pesar de los mejores esfuerzos de sus propagandistas, en resumen, una Nave sin timón atravesando el mar de la mundanidad que bien merecería el castigo divino.

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Posteado por: Alejandro Villarreal | Domingo, abril 26, 2015

Las huestes del PRI exhibiendo la doble moral de algunos panistas… y la propia también

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Título: Las huestes del PRI exhibiendo la doble moral de algunos panistas… y la propia también
Autor: Alejandro Villarreal
Vídeo tomado de youtube

 

Es tiempo de elecciones para jefes delegacionales en el Distrito Federal, México, y los ciudadanos nos vemos bombardeados por las campañas políticas de baja estofa de todos los partidos políticos, todos, sin excepción. Hay uno que me llama especialmente la atención que protagoniza la periodista Eliza Alanís Zurutuza a favor del PRI, en el cual denuncia la doble moral de algunos diputados panistas que fueron sorprendidos en vídeo en una fiesta a la que invitaron prostitutas (si, digo prostitutas, dejémonos de esa mamonería liberaloide que quiere cambiar conceptos y percepciones inventando palabrejas como “sexoservidoras”), y ante lo cual, adorna su cápsula antipartidista con la frase del filósofo agnóstico británico Bertrand Russel: «La humanidad tiene una moral doble: una que predica y no practica, y otra que practica y no predica». Nótese que digo antipartidista, y no partidista, porque al parecer, es más redituable exhibir los bajos instintos de algunos miembros del partido rival y no las bondades , fortalezas y cualidades de los hombres de su partido (sí, digo hombres, que como sustantivo en su primera acepción designa a quien pertenece al género humano y que incluye a las mujeres, por lo cual no utilizo la mamonería liberaliode de “hombres y mujeres”), las cuales parecerían estar a la baja, comenzando con las escasas cualidades de su propio candidato presidencial a la República que ganó las elecciones, hoy presidente. Hasta aquí nada que decir, esos panistas bien se merecen esos calificativos y causan vergüenza al pueblo bien nacido. Pero, ¿qué decir de la doble moral y la “prédica que no practica” la izquierda liberal del PRI, y en general la hidra de múltiples cabezas que representa y ha representado esa corriente político-filosófica en la historia de México? Me explico, la Sra. Alanís nos pone en claro que el PAN es el partido de los “mochos machos” que predican “los valores morales más conservadores”, por lo que debemos concluir que la izquierda, los liberales de México, no lo hacen, ni son “mochos” (nótese su desprecio a los católicos) ni promueven ni comparten los valores tradicionales del pueblo mexicano, que es católico, por cierto, y por ello promueven la prostitución, que es legal en el Distrito Federal, el aborto (sí, digo aborto, no esa mamonería liberal de la “interrupción del embarazo”), el matrimonio homosexual (sí, digo unión homosexual, no esa mamonería liberaloide de “matrimonio entre personas del mismo sexo”, aunque bien podría decir sodomonio), entre otras tantas políticas que van por ese mismo camino; sin embargo me resulta paradójico que los diputados de izquierda, o quienes sean de esa corriente, no promuevan públicamente sus fiestas con prostitutas y hasta se cuiden de que nadie los vaya a grabar y exhibir, pero me escandalizaría aún más que, hipotéticamente, esos partidarios de esa corriente jamás hayan hecho una fiesta con prostitutas, ¡eso sí que sería el colmo de no practicar lo que se predica! ¿Acaso no nos dicen estos adalides de los antivalores conservadores y nada mochos (o sea, católicos) que no hay nada de malo con la prostitución, el aborto, el sodomonio, etc.? Si no hay nada malo con todo esto, según sus acciones políticas y discursos, ¿por qué no hemos visto los vídeos de las bacanales con prostitutas de los adalides de la izquierda?, ¿por que los diputados femeninos de la izquierda (¿deberíamos llamarlas “hembras libertinas”, en oposición al “mochos machos”?) no presumen el número de abortos que personalmente se han realizado y han hecho realizar a sus hijas y demás mujeres cercanas?, ¿por qué no hemos visto sus bailes de striptease?, porque sencillamente existe una doble moral, porque saben que el pueblo mexicano católico no comparte sus antivalores, y por ello hasta deben cambiarle el nombre a las cosas y no llamar prostitutas a quienes ellos llaman sexoservidoras, no llamar aborto a lo que ellos llaman interrupción del embarazo, en fin, estos señores actúan promoviendo ciertas políticas y prácticas en las cuales personalmente no desean ser vistos, es el viejo “hágase la ley en los bueyes de mi compadre”, es la clásica filantropía liberal, artificial, lejana, fría, no es personal, ni empática, porque sencillamente si ese día llegara, cuando ellos “practicaran lo que predican”, el pueblo mexicano abriría los ojos asqueado. Tampoco pasa desapercibida la forma tan hipócrita de esta periodista en utilizar a las prostitutas en el discurso de su cápsula política, pues si en verdad creyera que nada malo hay en ello, en la prostitución a la que llaman con el eufemismo “sexoservicio”, el discurso más bien sería decir que los diputados panistas, los “mochos machos” de los supuestos “valores conservadores”, ya están aprendiendo la forma de vida liberal, pero no, la Sra. periodista debe parecer conservadora ante el conservador pueblo de México, de quien requiere su voto, y utiliza a las prostitutas como algo vergonzante, tal como el pueblo mexicano, “mocho” y conservador, lo percibe, ¿no es esto una flagrante e hipócrita exhibición de doble moral también?

La doble moral de los mochos machos del PAN

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Posteado por: Alejandro Villarreal | Domingo, abril 12, 2015

La comunión en el protestantismo, el anglicanismo y las otras sectas

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Título: La comunión en el protestantismo, el anglicanismo y las otras sectas

A diferencia del anglicanismo, el luteranismo y otras sectas de estos movimientos de rebelión, sólo la Iglesia católica cree en la Presencia Real, en la Transubstanciación, y como tal, en la Iglesia latina siempre se reverenció esta creencia comulgando de rodillas y en la boca, pero a raíz del Concilio Vaticano II se violentó esta tradición y se implementó a la fuerza la comunión de pie y en la mano, así como el abuso de los “ministros extraordinarios”. Todo esto contribuye a debilitar el dogma de la Transubstanciación y contribuye a que el pueblo de Dios sea cada vez más indiferente y caiga en el sacrilegio, a que ponga en peligro la salvación de su alma. ¿A quién queremos parecernos, a las sectas o a los santos quienes siempre dieron ejemplo católico?

La comunión en el protestantismo, el anglicanismo y las otras sectas

 

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Posteado por: Alejandro Villarreal | Domingo, abril 12, 2015

«El Postconcilio» por Lágrimas en la lluvia

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Título: El postconcilio
Autor: Lágrimas en la lluvia (30 octubre 2011)

El postconcilio

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Posteado por: Alejandro Villarreal | Domingo, marzo 29, 2015

«El proceso a N.S. Jesucristo y la Sábana Santa» por Lágrimas en la lluvia

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Título: El proceso a N.S. Jesucristo y la Sábana Santa
Autor: Lágrimas en la lluvia (17 abril 2011)

El proceso a N.S. Jesucristo y la Sábana Santa

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Posteado por: Alejandro Villarreal | Miércoles, enero 14, 2015

Encíclica «Satis cognitum» de SS. León XIII, sobre la naturaleza de la Iglesia

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Título: Encíclica «Satis cognitum», sobre la naturaleza de la Iglesia
Autor: SS. León XIII

 

Introducción

SS. León XIII

Bien sabéis que una parte considerable de nuestros pensamientos y de nuestras preocupaciones tiene por objeto esforzarnos en volver a los extraviados al redil que gobierna el soberano Pastor de las almas, Jesucristo. Aplicando nuestra alma a ese objeto, Nos hemos pensado que sería utilísimo a tamaño designio y a tan grande empresa de salvación trazar la imagen de la Iglesia, dibujando, por decirlo así, sus contornos principales, y poner en relieve, como su distintivo más característico y más digno de especial atención, la unidad, carácter insigne de la verdad y del invencible poder que el Autor divino de la Iglesia ha impreso en su obra. Considerada en su forma y en su hermosura nativa, la Iglesia debe tener una acción muy poderosa sobre las almas, y no es apartarse de la verdad decir que ese espectáculo puede disipar la ignorancia y desvanecer las ideas falsas y las preocupaciones, sobre todo aquellas que no son hijas de la malicia. Pueden también excitar en los hombres el amor a la Iglesia, un amor semejante a la caridad, bajo cuyo impulso Jesucristo ha escogido a la Iglesia por su Esposa, rescatándola con su sangre divina; pues Jesucristo amó a la Iglesia y se entregó El mismo por ella(1).

Si para volver a esta madre amantísima deben aquellos que no la conocen, o los que cometieron el error de abandonarla, comprar ese retorno, desde luego, no al precio de su sangre (aunque a ese precio la pagó Jesucristo), pero sí al de algunos esfuerzos y trabajos, bien leves por otra parte, verán claramente al menos que esas condiciones no han sido impuestas a los hombres por una voluntad humana, sino por orden y voluntad de Dios, y, por lo tanto, con la ayuda de la gracia celestial, experimentarán por sí mismos la verdad de esta divina palabra: «Mi yugo es dulce y mi carga ligera»(2).

Por esto, poniendo nuestra principal esperanza en el «Padre de la luz, de quien desciende toda gracia y todo don perfecto»(3), en aquel que sólo «da el acrecentamiento»(4). Nos le pedimos, con vivas instancias, se digne poner en Nos el don de persuadir.

Dios, sin duda, puede operar por sí mismo y por su sola virtud todo lo que realizan los seres creados; pero, por un consejo misericordioso de su Providencia, ha preferido, para ayudar a los hombres, servirse de los hombres. Por mediación y ministerio de los hombres da ordinariamente a cada uno, en el orden puramente natural, la perfección que le es debida, y se vale de ellos, aun en el orden sobrenatural, para conferirles la santidad y la salud.

Pero es evidente que ninguna comunicación entre los hombres puede realizarse sino por el medio de las cosas exteriores y sensibles. Por esto el Hijo de Dios tomó la naturaleza humana, Él, que teniendo la forma de Dios…, se anonadó, tomando la forma de esclavo y haciéndose semejante a los hombres(5): y así, mientras vivió en la tierra, reveló a los hombres, conversando con ellos, su doctrina y sus leyes.

Pero como su misión divina debía ser perdurable y perpetua, se rodeó de discípulos, a los que dio parte de su poder, y haciendo descender sobre ellos desde lo alto de los cielos «el Espíritu de verdad», les mandó recorrer toda la tierra y predicar fielmente a todas las naciones lo que El mismo había enseñado y prescrito, a fin de que, profesando su doctrina y obedeciendo sus leyes, el género humano pudiese adquirir la santidad en la tierra y en el cielo la bienaventuranza eterna.

Naturaleza sacramental de la Iglesia

Tal es el plan a que obedece la constitución de la Iglesia, tales son los principios que han presidido su nacimiento. Si miramos en ella el fin último que se propone y las causas inmediatas por las que produce la santidad en las almas, seguramente la Iglesia es espiritual; pero si consideramos los miembros de que se compone y los medios por los que los dones espirituales llegan hasta nosotros, la Iglesia es exterior y necesariamente visible. Por signos que penetran en los ojos y por los oídos fue como los apóstoles recibieron la misión de enseñar; y esta misión no la cumplieron de otro modo que por palabras y actos igualmente sensibles. Así su voz, entrando por el oído exterior, engendraba la fe en las almas: «la fe viene por la audición, y la audición por la palabra de Cristo»(6).

Y la fe misma, esto es, el asentimiento a la primera y soberana verdad, por su naturaleza, está encerrada en el espíritu, pero debe salir al exterior por la evidente profesión que de ella se hace: «pues se cree de corazón para la justicia; pero se confiesa por la boca para la salvación»(7). Así, nada es más íntimo en el hombre que la gracia celestial, que produce en él la salvación, pero exteriores son los instrumentos ordinarios y principales por los que la gracia se nos comunica: queremos hablar de los sacramentos, que son administrados con ritos especiales por hombres evidentemente escogidos para ese ministerio. Jesucristo ordenó a los apóstoles y a los sucesores de los apóstoles que instruyeran y gobernaran a los pueblos: ordenó a los pueblos que recibiesen su doctrina y se sometieran dócilmente a su autoridad. Pero esas relaciones mutuas de derechos y de deberes en la sociedad cristiana no solamente no habrían podido ser duraderas, pero ni aun habrían podido establecerse sin la mediación de los sentidos, intérpretes y mensajeros de las cosas.

Por todas estas razones, la Iglesia es con frecuencia llamada en las sagradas letras un cuerpo, y también el cuerpo de Cristo. «Sois el cuerpo de Cristo»(8). Porque la Iglesia es un cuerpo visible a los ojos; porque es el cuerpo de Cristo, es un cuerpo vivo, activo, lleno de savia, sostenido y animado como está por Jesucristo, que lo penetra con su virtud, como, aproximadamente, el tronco de la viña alimenta y hace fértiles a las ramas que le están unidas. En los seres animados, el principio vital es invisible y oculto en lo más profundo del ser, pero se denuncia y manifiesta por el movimiento y la acción de los miembros; así, el principio de vida sobrenatural que anima a la Iglesia se manifiesta a todos los ojos por los actos que produce.

De aquí se sigue que están en un pernicioso error los que, haciéndose una Iglesia a medida de sus deseos, se la imaginan como oculta y en manera alguna visible, y aquellos otros que la miran como una institución humana, provista de una organización, de una disciplina y ritos exteriores, pero sin ninguna comunicación permanente de los dones de la gracia divina, sin nada que demuestre por una manifestación diaria y evidente la vida sobrenatural que recibe de Dios.

Lo mismo una que otra concepción son igualmente incompatibles con la Iglesia de Jesucristo, como el cuerpo o el alma son por sí solos incapaces de constituir el hombre. El conjunto y la unión de estos dos elementos es indispensable a la verdadera Iglesia, como la íntima unión del alma y del cuerpo es indispensable a la naturaleza. La Iglesia no es una especie de cadáver; es el cuerpo de Cristo, animado con su vida sobrenatural. Cristo mismo, jefe y modelo de la Iglesia, no está entero si se considera en El exclusivamente la naturaleza humana y visible, como hacen los discípulos de Fotino o Nestorio, o únicamente la naturaleza divina e invisible, como hacen los monofisitas; pero Cristo es uno por la unión de las dos naturalezas, visible e invisible, y es uno en las dos: del mismo modo, su Cuerpo místico no es la verdadera Iglesia sino a condición de que sus partes visibles tomen su fuerza y su vida de los dones sobrenaturales y otros elementos invisibles; y de esta unión es de la que resulta la naturaleza de sus mismas partes exteriores.

Mas como la Iglesia es así por voluntad y orden de Dios, así debe permanecer sin ninguna interrupción hasta el fin de los siglos, pues de no ser así no habría sido fundada para siempre, y el fin mismo a que tiende quedaría limitado en el tiempo y en el espacio; doble conclusión contraria a la verdad. Es cierto, por consiguiente, que esta reunión de elementos visibles e invisibles, estando por la voluntad de Dios en la naturaleza y la constitución íntima de la Iglesia, debe durar, necesariamente, tanto como la misma Iglesia dure.

No es otra la razón en que se funda San Juan Crisóstomo cuando nos dice: «No te separes de la Iglesia. Nada es más fuerte que la Iglesia. Tu esperanza es la Iglesia; tu salud es la Iglesia; tu refugio es la Iglesia. Es más alta que el cielo y más ancha que la tierra. No envejece jamás, su vigor es eterno. Por eso la Escritura, para demostrarnos su solidez inquebrantable, le da el nombre de montaña»(9). San Agustín añade: «Los infieles creen que la religión cristiana debe durar cierto tiempo en el mundo para luego desaparecer. Durará tanto como el sol; y mientras el sol siga saliendo y poniéndose, es decir, mientras dure el curso de los tiempos, la Iglesia de Dios, esto es, el Cuerpo de Cristo, no desaparecerá del mundo»(10). Y el mismo Padre dice en otro lugar: «La Iglesia vacilará si su fundamento vacila; pero ¿cómo podrá vacilar Cristo? Mientras Cristo no vacile, la Iglesia no flaqueará jamás hasta el fin de los tiempos. ¿Dónde están los que dicen: La Iglesia ha desaparecido del mundo, cuando ni siquiera puede flaquear?»(11).

Estos son los fundamentos sobre los que debe apoyarse quien busca la verdad. La Iglesia ha sido fundada y constituida por Jesucristo nuestro Señor; por tanto, cuando inquirimos la naturaleza de la Iglesia, lo esencial es saber lo que Jesucristo ha querido hacer y lo que ha hecho en realidad. Hay que seguir esta regla cuando sea preciso tratar, sobre todo, de la unidad de la Iglesia, asunto del que nos ha parecido bien, en interés de todo el mundo, hablar algo en las presentes letras.

Unicidad de la Iglesia

Sí, ciertamente, la verdadera Iglesia de Jesucristo es una; los testimonios evidentes y multiplicados de las Sagradas Letras han fijado tan bien este punto, que ningún cristiano puede llevar su osadía a contradecirlo. Pero cuando se trata de determinar y establecer la naturaleza de esta unidad, muchos se dejan extraviar por varios errores. No solamente el origen de la Iglesia, sino todos los caracteres de su constitución pertenecen al orden de las cosas que proceden de una voluntad libre; toda la cuestión consiste, pues, en saber lo que en realidad ha sucedido, y por eso es preciso averiguar no de qué modo la Iglesia podría ser una, sino qué unidad ha querido darle su Fundador.

Si examinamos los hechos, comprobaremos que Jesucristo no concibió ni instituyó una Iglesia formada de muchas comunidades que se asemejan por ciertos caracteres generales, pero distintas unas de otras y no unidas entre sí por aquellos vínculos que únicamente pueden dar a la Iglesia la individualidad y la unidad de que hacemos profesión en el símbolo de la fe: «Creo en la Iglesia una»…
«La Iglesia está constituida en la unidad por su misma naturaleza; es una, aunque las herejías traten de desgarrarla en muchas sectas. Decimos, pues, que la antigua y católica Iglesia es una, porque tiene la unidad; de la naturaleza, de sentimiento, de principio, de excelencia… Además, la cima de perfección de la Iglesia, como el fundamento de su construcción, consiste en la unidad; por eso sobrepuja a todo el mundo, pues nada hay igual ni semejante a ella»(12). Por eso, cuando Jesucristo habla de este edificio místico, no menciona más que una Iglesia, que llama suya: «Yo edificaré mi Iglesia». Cualquiera otra que se quiera imaginar fuera de ella no puede ser la verdadera Iglesia de Jesucristo.

Esto resulta más evidente aún si se considera el designio del divino Autor de la Iglesia. ¿Qué ha buscado, qué ha querido Jesucristo nuestro Señor en el establecimiento y conservación de la Iglesia? Una sola cosa: transmitir a la Iglesia la continuación de la misma misión del mismo mandato que Él recibió de su Padre.

Esto es lo que había decretado hacer y esto es lo que realmente hizo: «Como mi Padre me envió, os envío a vosotros»(13). «Como tú me enviaste al mundo, los he enviado también al mundo»(14). En la misión de Cristo entraba rescatar de la muerte y salvar «lo que había perecido»; esto es, no solamente algunas naciones o algunas ciudades, sino la universalidad del género humano, sin ninguna excepción en el espacio ni en el tiempo. «El Hijo del hombre ha venido… para que el mundo sea salvado por Él»(15). «Pues ningún otro nombre ha sido dado a los hombres por el que podamos ser salvados»(16). La misión, pues, de la Iglesia es repartir entre los hombres y extender a todas las edades la salvación operada por Jesucristo y todos los beneficios que de ella se siguen. Por esto, según la voluntad de su Fundador, es necesario que sea única en toda la extensión del mundo y en toda la duración de los tiempos. Para que pudiera existir una unidad más grande sería preciso salir de los límites de la tierra e imaginar un género humano nuevo y desconocido.

Esta Iglesia única, que debía abrazar a todos los hombres, en todos los tiempos y en todos los lugares, Isaías la vislumbró y señaló por anticipado cuando, penetrando con su mirada en lo porvenir, tuvo la visión de una montaña cuya cima, elevada sobre todas las demás, era visible a todos los ojos y que representaba la Casa de Dios, es decir, la Iglesia: «En los últimos tiempos, la montaña, que es la Casa del Señor, estará preparada en la cima de las montañas»(17).

Pero esta montaña colocada sobre la cima de las montañas es única; única es esta Casa del Señor, hacia la cual todas las naciones deben afluir un día en conjunto para hallar en ella la regla de su vida. «Y todas las naciones afluirán hacia ella y dirán: Venid, ascendamos a la montaña del Señor, vamos a la Casa del Dios de Jacob y nos enseñará sus caminos y marcharemos por sus senderos»(18). Optato de Mileve dice a propósito de este pasaje: «Está escrito en la profecía de Isaías: La ley saldrá de Sión, y la palabra de Dios, de Jerusalén».
No es, pues, en la montaña de Sión donde Isaías ve el valle, sino en la montaña santa, que es la Iglesia, y que llenando todo el mundo romano eleva su cima hasta el cielo… La verdadera Sión espiritual es, pues, la Iglesia, en la cual Jesucristo ha sido constituido Rey por Dios Padre, y que está en todo el mundo, lo cual es exclusivo de la Iglesia católica(19). Y he aquí lo que dice San Agustín: «¿Qué hay más visible que una montaña?» Y, sin embargo, hay montañas desconocidas que están situadas en un rincón apartado del globo… Pero no sucede así con esa montaña, pues ella llena toda la superficie de la tierra y está escrito de ella que está establecida sobre las cimas de las montañas(20).

Es preciso añadir que el Hijo de Dios decretó que la Iglesia fuese su propio Cuerpo místico, al que se uniría para ser su Cabeza, del mismo modo que en el cuerpo humano, que tomó por la Encarnación, la cabeza mantiene a los miembros en una necesaria y natural unión. Y así como tomó un cuerpo mortal único que entregó a los tormentos y a la muerte para pagar el rescate de los hombres, así también tiene un Cuerpo místico único en el que y por medio del cual hizo participar a los hombres de la santidad y de la salvación eterna. «Dios le hizo (a Cristo) jefe de toda la Iglesia, que es su cuerpo»(21).

Los miembros separados y dispersos no pueden unirse a una sola y misma cabeza para formar un solo cuerpo. Pues San Pablo dice: «Todos los miembros del cuerpo, aunque numerosos, no son sino un solo cuerpo: así es Cristo»(22). Y es por esto por lo que nos dice también que este cuerpo está unido y ligado. «Cristo es el jefe, en virtud del que todo el cuerpo, unido y ligado por todas sus coyunturas que se prestan mutuo auxilio por medio de operaciones proporcionadas a cada miembro, recibe su acrecentamiento para ser edificado en la caridad»(23). Así, pues, si algunos miembros están separados y alejados de los otros miembros, no podrán pertenecer a la misma cabeza como el resto del cuerpo. «Hay —dice San Cipriano— un solo Dios, un solo Cristo, una sola Iglesia de Cristo, una sola fe, un solo pueblo que, por el vínculo de la concordia, está fundado en la unidad sólida de un mismo cuerpo. La unidad no puede ser amputada; un cuerpo, para permanecer único, no puede dividirse por el fraccionamiento de su organismo»(24). Para mejor declarar la unidad de su Iglesia, Dios nos la presenta bajo la imagen de un cuerpo animado, cuyos miembros no pueden vivir sino a condición de estar unidos con la cabeza y de tomar sin cesar de ésta su fuerza vital; separados, han de morir necesariamente. «No puede (la Iglesia) ser dividida en pedazos por el desgarramiento de sus miembros y de sus entrañas. Todo lo que se separe del centro de la vida no podrá vivir por sí solo ni respirar»(25). Ahora bien: ¿en qué se parece un cadáver a un ser vivo? «Nadie jamás ha odiado a su carne, sino que la alimenta y la cuida como Cristo a la Iglesia, porque somos los miembros de su cuerpo formados de su carne y de sus huesos»(26).

Que se busque, pues, otra cabeza parecida a Cristo, que se busque otro Cristo si se quiere imaginar otra Iglesia fuera de la que es su cuerpo. «Mirad de lo que debéis guardaros, ved por lo que debéis velar, ved lo que debéis tener. A veces se corta un miembro en el cuerpo humano, o más bien se le separa del cuerpo una mano, un dedo, un pie. ¿Sigue el alma al miembro cortado? Cuando el miembro está en el cuerpo, vive; cuando se le corta, pierde la vida. Así el hombre, en tanto que vive en el cuerpo de la Iglesia, es cristiano católico; separado se hará herético. El alma no sigue al miembro amputado»(27).

La Iglesia de Cristo es, pues, única y, además, perpetua: quien se separa de ella se aparta de la voluntad y de la orden de Jesucristo nuestro Señor, deja el camino de salvación y corre a su pérdida. «Quien se separa de la Iglesia para unirse a una esposa adúltera, renuncia a las promesas hechas a la Iglesia. Quien abandona a la Iglesia de Cristo no logrará las recompensas de Cristo… Quien no guarda esta unidad, no guarda la ley de Dios, ni guarda la fe del Padre y del Hijo, ni guarda la vida ni la salud»(28).

Unidad de la Iglesia

Pero aquel que ha instituido la Iglesia única, la ha instituido una; es decir, de tal naturaleza, que todos los que debían ser sus miembros habían de estar unidos por los vínculos de una sociedad estrechísima, hasta el punto de formar un solo pueblo, un solo reino, un solo cuerpo. «Sed un solo cuerpo y un solo espíritu, como habéis sido llamados a una sola esperanza en vuestra vocación»(29).

En vísperas de su muerte, Jesucristo sancionó y consagró del modo más augusto su voluntad acerca de este punto en la oración que dirigió a su Padre: «No ruego por ellos solamente, sino por aquellos que por su palabra creerán en mí… a fin de que ellos también sean una sola cosa en nosotros… a fin de que sean consumados en la unidad»(30). Y quiso también que el vínculo de la unidad entre sus discípulos fuese tan íntimo y tan perfecto que imitase en algún modo a su propia unión con su Padre: «os pido… que sean todos una misma cosa, como vos mi Padre estáis en mí y yo en vos»(31).

Unidad de fe y comunión

Una tan grande y absoluta concordia entre los hombres debe tener por fundamento necesario la armonía y la unión de las inteligencias, de la que se seguirá naturalmente la armonía de las voluntades y el concierto en las acciones. Por esto, según su plan divino, Jesús quiso que la unidad de la fe existiese en su Iglesia; pues la fe es el primero de todos los vínculos que unen al hombre con Dios, y a ella es a la que debemos el nombre de fieles.

«Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo»(32), es decir, del mismo modo que no tienen más que un solo Señor y un solo bautismo, así todos los cristianos del mundo no deben tener sino una sola fe. Por esto el apóstol San Pablo no pide solamente a los cristianos que tengan los mismos sentimientos y huyan de las diferencias de opinión, sino que les conjura a ello por los motivos más sagrados: «Os conjuro, hermanos míos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que no tengáis más que un mismo lenguaje ni sufráis cisma entre vosotros, sino que estéis todos perfectamente unidos en el mismo espíritu y en los mismos sentimientos»(33). Estas palabras no necesitan explicación, son por sí mismas bastante elocuentes.

La Sagrada Escritura

Además, aquellos que hacen profesión de cristianismo reconocen de ordinario que la fe debe ser una. El punto más importante y absolutamente indispensable, aquel en que yerran muchos, consiste en discernir de qué naturaleza es, de qué especie es esta unidad. Pues aquí, como Nos lo hemos dicho más arriba, en semejante asunto no hay que juzgar por opinión o conjetura, sino según la ciencia de los hechos hay que buscar y comprobar cuál es la unidad de la fe que Jesucristo ha impuesto a su Iglesia.

La doctrina celestial de Jesucristo, aunque en gran parte esté consignada en libros inspirados por Dios, si hubiese sido entregada a los pensamientos de los hombres no podría por sí misma unir los espíritus. Con la mayor facilidad llegaría a ser objeto de interpretaciones diversas, y esto no sólo a causa de la profundidad y de los misterios de esta doctrina, sino por la diversidad de los entendimientos de los hombres y de la turbación que nacería del choque y de la lucha de contrarias pasiones. De las diferencias de interpretación nacería necesariamente la diversidad de los sentimientos, y de ahí las controversias, disensiones y querellas, como las que estallaron en la Iglesia en la época más próxima a su origen: He aquí por qué escribía San Ireneo, hablando de los herejes: «Confiesan las Escrituras, pero pervierten su interpretación»(34). Y San Agustín: «El origen de las herejías y de los dogmas perversos, que tienden lazos a las almas y las precipitan en el abismo, está únicamente en que las Escrituras, que son buenas, se entienden de una manera que no es buena»(35).

El Magisterio de los apóstoles y sus sucesores

Para unir los espíritus, para crear y conservar la concordia de los sentimientos, era necesario, además de la existencia de las Sagradas Escrituras, otro principio. La sabiduría divina lo exige, pues Dios no ha podido querer la unidad de la fe sin proveer de un modo conveniente a la conservación de esta unidad, y las mismas Sagradas Escrituras indican claramente que lo ha hecho, como lo diremos más adelante. Ciertamente, el poder infinito de Dios no está ligado ni constreñido a ningún medio determinado, y toda criatura le obedece como un dócil instrumento. Es, pues, preciso buscar, entre todos los medios de que disponía Jesucristo, cuál es el principio de unidad en la fe que quiso establecer.

Para esto hay que remontarse con el pensamiento a los primeros orígenes del cristianismo. Los hechos que vamos a recordar están confirmados por las Sagradas Letras y son conocidos de todos.

Jesucristo prueba, por la virtud de sus milagros, su divinidad y su misión divina; habla al pueblo para instruirle en las cosas del cielo y exige absolutamente que se preste entera fe a sus enseñanzas; lo exige bajo la sanción de recompensas o de penas eternas. «Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis»(36). «Si no hubiese hecho entre ellos obras que ningún otro ha hecho no habrían pecado»(37). «Pero si yo hago esas obras y no queréis creer en mí, creed en mis obras»(38). Todo lo que ordena, lo ordena con la misma autoridad; en el asentimiento de espíritu que exige, no exceptúa nada, nada distingue. Aquellos, pues, que escuchaban a Jesús, si querían salvarse, tenían el deber no sólo de aceptar en general toda su doctrina, sino de asentir plenamente a cada una de las cosas que enseñaba. Negarse a creer, aunque sólo fuera en un punto, a Dios cuando habla es contrario a la razón.

Al punto de volverse al cielo, envía a sus apóstoles revistiéndolos del mismo poder con el que el Padre le enviara, les ordenó que esparcieran y sembraran por todo el mundo su doctrina. «Todo poder me ha sido dado en el cielo y sobre la tierra. Id y enseñad a todas las naciones… enseñadles a observar todo lo que os he mandado»(39). Todos los que obedezcan a los apóstoles serán salvos, y los que no obedezcan perecerán. «Quien crea y sea bautizado será salvo; quien no crea será condenado(40). Y como conviene soberanamente a la Providencia divina no encargar a alguno de una misión, sobre todo si es importante y de gran valor, sin darle al mismo tiempo los medios de cumplirla, Jesucristo promete enviar a sus discípulos el Espíritu de verdad, que permanecerá con ellos eternamente. «Si me voy, os lo enviaré (al Paráclito)… y cuando este Espíritu de verdad venga sobre vosotros, os enseñará toda la verdad»(41). «Y yo rogaré a mi Padre, y El os enviará otro Paráclito para que viva siempre con vosotros; éste será el Espíritu de verdad»(42). «El os dará testimonio de mí, y vosotros también daréis testimonio»(43).

Además, ordenó aceptar religiosamente y observar santamente la doctrina de los apóstoles como la suya propia. «Quien os escucha me escucha, y quien os desprecia me desprecia»(44).

Los apóstoles, pues, fueron enviados por Jesucristo de la misma manera que Él fue enviado por su Padre: «Como mi Padre me ha enviado, así os envío yo a vosotros»(45). Por consiguiente, así como los apóstoles y los discípulos estaban obligados a someterse a la palabra de Cristo, la misma fe debía ser otorgada a la palabra de los apóstoles por todos aquellos a quienes instruían los apóstoles en virtud del mandato divino. No era, pues, permitido repudiar un solo precepto de la doctrina de los apóstoles sin rechazar en aquel punto la doctrina del mismo Jesucristo.
Seguramente la palabra de los apóstoles después de haber descendido a ellos el Espíritu Santo, resonó hasta los lugares más apartados.

Donde ponían el pie se presentaban como los enviados de Jesús. «Es por Él (Jesucristo) por quien hemos recibido la gracia y el apostolado para hacer que obedezcan a la fe, para gloria de su nombre en todas las naciones»(46). Y en todas partes Dios hacía resplandecer bajo sus pasos la divinidad de su misión por prodigios. «Y habiendo partido, predicaron por todas partes, y el Señor cooperaba con ellos y confirmaba su palabra por los milagros que la acompañaban»(47). ¿De qué palabra se trata? De aquella, evidentemente, que abraza todo lo que habían aprendido de su Maestro, pues ellos daban testimonio públicamente y a la luz del sol de que les era imposible callar nada de lo que habían visto y oído.

Pero, ya lo hemos dicho, la misión de los apóstoles no era de tal naturaleza que pudiese perecer con las personas de los apóstoles o para desaparecer con el tiempo, pues era una misión pública e instituida para la salvación del género humano. Jesucristo, en efecto, ordenó a los apóstoles que predicasen «el Evangelio a todas las gentes», y que «llevasen su nombre delante de los pueblos y de los reyes», y que le sirviesen de testigos hasta en las extremidades de la tierra.

Y en cumplimiento de esta gran misión les prometió estar con ellos, y esto no por algunos años, o algunos periodos de años, sino por todos los tiempos, «hasta la consumación de los siglos». Acerca de esto escribe San Jerónimo: «Quien promete estar con sus discípulos hasta la consumación de los siglos, muestra con esto que sus discípulos vivirán siempre, y que El mismo no cesará de estar con los creyentes»(48).

¿Y cómo había de suceder esto únicamente con los apóstoles, cuya condición de hombres les sujetaba a la ley suprema de la muerte? La Providencia divina había, pues, determinado que el magisterio instituido por Jesucristo no quedaría restringido a los límites de la vida de los apóstoles, sino que duraría siempre. Y, en realidad, vemos que se ha transmitido y ha pasado como de mano en mano en la sucesión de los tiempos.

Los apóstoles, en efecto, consagraron a los obispos y designaron nominalmente a los que debían ser sus sucesores inmediatos en el «ministerio de la palabra». Pero no fue esto solo: ordenaron a sus sucesores que escogieran hombres propios para esta función y que les revistieran de la misma autoridad y les confiasen a su vez el cargo de enseñar.

«Tú, pues, hijo mío, fortifícate en la gracia que está en Jesucristo, y lo que has escuchado de mí delante de gran número de testigos, confíalo a los hombres fieles que sean capaces de instruir en ello a los otros»(49). Es, pues, verdad que, así como Jesucristo fue enviado por Dios y los apóstoles por Jesucristo, del mismo modo los obispos y todos los que sucedieron a los apóstoles fueron enviados por los apóstoles.

«Los apóstoles nos han predicado el Evangelio enviados por nuestro Señor Jesucristo, y Jesucristo fue enviado por Dios. La misión de Cristo es la de Dios, la de los apóstoles es la de Cristo, y ambas han sido instituidas según el orden y por la voluntad de Dios… Los apóstoles predicaban el Evangelio por naciones y ciudades; y después de haber examinado, según el espíritu de Dios, a los que eran las primicias de aquellas cristiandades, establecieron los obispos y los diáconos para gobernar a los que habían de creer en lo sucesivo… Instituyeron a los que acabamos de citar, y más tarde tomaron sus disposiciones para que, cuando aquéllos murieran, otros hombres probados les sucedieran en su ministerio»(50).

Es, pues, necesario que de una manera permanente subsista, de una parte, la misión constante e inmutable de enseñar todo lo que Jesucristo ha enseñado, y de otra, la obligación constante e inmutable de aceptar y de profesar toda la doctrina así enseñada. San Cipriano lo expresa de un modo excelente en estos términos: «Cuando nuestro Señor Jesucristo, en el Evangelio, declara que aquellos que no están con Él son sus enemigos, no designa una herejía en particular, sino denuncia como a sus adversarios a todos aquellos que no están enteramente con Él, y que no recogiendo con Él ponen en dispersión su rebaño: El que no está conmigo —dijo— está contra mí, y el que no recoge conmigo esparce»(51).

Penetrada plenamente de estos principios, y cuidadosa de su deber, la Iglesia nada ha deseado con tanto ardor ni procurado con tanto esfuerzo cómo conservar del modo más perfecto la integridad de la fe. Por esto ha mirado como a rebeldes declarados y ha lanzado de su seno a todos los que no piensan como ella sobre cualquier punto de su doctrina.

Los arrianos, los montanistas, los novacianos, los cuartodecimanos, los eutiquianos no abandonaron, seguramente, toda la doctrina católica, sino solamente tal o cual parte, y, sin embargo, ¿quién ignora que fueron declarados herejes y arrojados del seno de la Iglesia? Un juicio semejante ha condenado a todos los fautores de doctrinas erróneas que fueron apareciendo en las diferentes épocas de la historia. «Nada es más peligroso que esos heterodoxos que, conservando en lo demás la integridad de la doctrina, con una sola palabra, como gota de veneno, corrompen la pureza y sencillez de la fe que hemos recibido de la tradición dominical, después apostólica»(52).

Tal ha sido constantemente la costumbre de la Iglesia, apoyada por el juicio unánime de los Santos Padres, que siempre han mirado como excluido de la comunión católica y fuera de la Iglesia a cualquiera que se separe en lo más mínimo de la doctrina enseñada por el magisterio auténtico. San Epifanio, San Agustín, Teodoreto, han mencionado un gran número de herejías de su tiempo. San Agustín hace notar que otras clases de herejías pueden desarrollarse, y que, si alguno se adhiere a una sola de ellas, por ese mismo hecho se separa de la unidad católica.

«De que alguno diga que no cree en esos errores (esto es, las herejías que acaba de enumerar), no se sigue que deba creerse y decirse cristiano católico. Pues puede haber y pueden surgir otras herejías que no están mencionadas en esta obra, y cualquiera que abrazase una sola de ellas cesaría de ser cristiano católico»(53).

Este medio, instituido por Dios para conservar la unidad de la fe, de que Nos hablamos, está expuesto con insistencia por San Pablo en su epístola a los de Efeso, al exhortarles, en primer término, a conservar la armonía de los corazones. «Aplicaos a conservar la unidad del espíritu por el vínculo de la paz»(54); y como los corazones no pueden estar plenamente unidos por la caridad si los espíritus no están conformes en la fe, quiere que no haya entre todos ellos más que una misma fe. «Un solo Señor y una sola fe».

Y quiere una unidad tan perfecta que excluya todo peligro de error, «a fin de que no seamos como niños vacilantes llevados de un lado a otro a todo viento de doctrina por la malignidad de los hombres, por la astucia que arrastra a los lazos del error». Y enseña que esta regla debe ser observada no durante un periodo de tiempo determinado, sino «hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe, en la medida de los tiempos de la plenitud de Cristo». Pero ¿dónde ha puesto Jesucristo el principio que debe establecer esta unidad y el auxilio que debe conservarla? Helo aquí: «Ha hecho a unos apóstoles, a otros pastores y doctores para la perfección de los santos, para la obra del ministerio, para la edificación del Cuerpo de Cristo».
19. Esta es también la regla que desde la antigüedad más remota han seguido siempre y unánimemente han defendido los Padres y los doctores. Escuchad a Orígenes: «Cuantas veces nos muestran los herejes las Escrituras canónicas, a las que todo cristiano da su asentimiento y su fe, parecen decir: En nosotros está la palabra de la verdad. Pero no debemos creerlos ni apartarnos de la primitiva tradición eclesiástica, ni creer otra cosa que lo que las Iglesias de Dios nos han enseñado por la tradición sucesiva»(55).

Escuchad a San Ireneo: «La verdadera sabiduría es la doctrina de los apóstoles… que ha llegado hasta nosotros por la sucesión de los obispos… al transmitirnos el conocimiento muy completo de las Escrituras, conservado sin alteración»(56).

He aquí lo que dice Tertuliano: «Es evidente que toda doctrina, conforme con las de las Iglesias apostólicas, madres y fuentes primitivas de la fe, debe ser declarada verdadera; pues que ella guarda sin duda lo que las Iglesias han recibido de los apóstoles; los apóstoles, de Cristo; Cristo, de Dios… Nosotros estamos siempre en comunión con las Iglesias apostólicas; ninguna tiene diferente doctrina; éste es el mayor testimonio de la verdad»(57).

Y San Hilario: «Cristo, sentado en la barca para enseñar, nos hace entender que los que están fuera de la Iglesia no pueden tener ninguna inteligencia con la palabra divina. Pues la barca representa a la Iglesia, en la que sólo el Verbo de verdad reside y se hace escuchar, y los que están fuera de ella y fuera permanecen, estériles e inútiles como la arena de la ribera, no pueden comprenderle»(58).

Rufino alaba a San Gregorio Nacianceno y a San Basilio porque «se entregaban únicamente al estudio de los libros de la Escritura Santa, sin tener la presunción de pedir su interpretación a sus propios pensamientos, sino que la buscaban en los escritos y en la autoridad de los antiguos, que, a su vez, según era evidente, recibieron de la sucesión apostólica la regla de su interpretación»(59).

Integridad del depósito de la fe

Es, pues, incontestable, después de lo que acabamos de decir, que Jesucristo instituyó en la Iglesia un magisterio vivo, auténtico y además perpetuo, investido de su propia autoridad, revestido del espíritu de verdad, confirmado por milagros, y quiso, y muy severamente lo ordenó, que las enseñanzas doctrinales de ese magisterio fuesen recibidas como las suyas propias. Cuantas veces, por lo tanto, declare la palabra de ese magisterio que tal o cual verdad forma parte del conjunto de la doctrina divinamente revelada, cada cual debe creer con certidumbre que eso es verdad; pues si en cierto modo pudiera ser falso, se seguiría de ello, lo cual es evidentemente absurdo, que Dios mismo sería el autor del error de los hombres. «Señor, si estamos en el error, vos mismo nos habéis engañado» (60). Alejado, pues, todo motivo de duda, ¿puede ser permitido a nadie rechazar alguna de esas verdades sin precipitarse abiertamente en la herejía, sin separarse de la Iglesia y sin repudiar en conjunto toda la doctrina cristiana?

Pues tal es la naturaleza de la fe, que nada es más imposible que creer esto y dejar de creer aquello. La Iglesia profesa efectivamente que la fe es «una virtud sobrenatural por la que, bajo la inspiración y con el auxilio de la gracia de Dios, creemos que lo que nos ha sido revelado por El es verdadero; y lo creemos no a causa de la verdad intrínseca de las cosas, vista con la luz natural de nuestra razón, sino a causa de la autoridad de Dios mismo, que nos revela esas verdades y que no puede engañarse ni engañarnos»(61).

«Si hay, pues, un punto que haya sido revelado evidentemente por Dios y nos negamos a creerlo, no creemos en nada de la fe divina». Pues el juicio que emite Santiago respecto de las faltas en el orden moral hay que aplicarlo a los errores de entendimiento en el orden de la fe. «Quien se hace culpado en un solo punto, se hace transgresor de todos»(62). Esto es aún más verdadero en los errores del entendimiento. No es, en efecto, en el sentido más propio como pueda llamarse transgresor de toda la ley a quien haya cometido una sola falta moral, pues si puede aparecer despreciando a la majestad de Dios, autor de toda la ley, ese desprecio no aparece sino por una suerte de interpretación de la voluntad del pecador. Al contrario, quien en un solo punto rehúsa su asentimiento a las verdades divinamente reveladas, realmente abdica de toda la fe, pues rehúsa someterse a Dios en cuanto a que es la soberana verdad y el motivo propio de la fe. «En muchos puntos están conmigo, en otros solamente no están conmigo; pero a causa de esos puntos en los que no están conmigo, de nada les sirve estar conmigo en todo lo demás»(63).

Nada es más justo; porque aquellos que no toman de la doctrina cristiana sino lo que quieren, se apoyan en su propio juicio y no en la fe, y al rehusar «reducir a servidumbre toda inteligencia bajo la obediencia de Cristo(64) obedecen en realidad a sí mismos antes que a Dios. «Vosotros, que en el Evangelio creéis lo que os agrada y os negáis a creer lo que os desagrada, creéis en vosotros mismos mucho más que en el Evangelio»(65).

Los Padres del concilio Vaticano I nada dictaron de nuevo, pues sólo se conformaron con la institución divina y con la antigua y constante doctrina de la Iglesia y con la naturaleza misma de la fe cuando formularon este decreto: «Se deben creer como de fe divina y católica todas las verdades que están contenidas en la palabra de Dios escrita o transmitida por la tradición, y que la Iglesia, bien por un juicio solemne o por su magisterio ordinario y universal, propone como divinamente revelada»(66).

Siendo evidente que Dios quiere de una manera absoluta en su Iglesia la unidad de la fe, y estando demostrado de qué naturaleza ha querido que fuese esa unidad, y por qué principio ha decretado asegurar su conservación, séanos permitido dirigirnos a todos aquellos que no han resuelto cerrar los oídos a la verdad y decirles con San Agustín: «Pues que vemos en ellos un gran socorro de Dios y tanto provecho y utilidad, ¿dudaremos en acogernos en el seno de esta Iglesia que, según la confesión del género humano, tiene en la Sede Apostólica y ha guardado por la sucesión de sus obispos la autoridad suprema, a despecho de los clamores de los herejes que la asedian y han sido condenados, ya por el juicio del pueblo, ya por las solemnes decisiones de los concilios, o por la majestad de los milagros? No querer darle el primer lugar es seguramente producto de una soberana impiedad o de una arrogancia desesperada. Y si toda ciencia, aun la más humilde y fácil, exige, para ser adquirida, el auxilio de un doctor o de un maestro, ¿puédese imaginar un orgullo más temerario, tratándose de libros de los divinos misterios, negarse a recibirlo de boca de sus intérpretes y sin conocerlos querer condenarlos?»(67).

Fe y vida cristiana

Es, pues, sin duda deber de la Iglesia conservar y propagar la doctrina cristiana en toda su integridad y pureza. Pero su papel no se limita a eso, y el fin mismo para el que la Iglesia fue instituida no se agotó con esta primera obligación. En efecto, por la salud del género humano se sacrificó Jesucristo, y a este fin refirió todas sus enseñanzas y todos sus preceptos, y lo que ordenó a la Iglesia que buscase en la verdad de la doctrina fue la santificación y la salvación de los hombres. Pero este designio tan grande y tan excelente, no puede realizarse por la fe sola; es preciso añadir a ella el culto dado a Dios en espíritu de justicia y de piedad, y que comprende, sobre todo, el sacrificio divino y la participación de los sacramentos, y por añadidura la santidad de las leyes morales y de la disciplina.

Todo esto debe encontrarse en la Iglesia, pues está encargada de continuar hasta el fin de los siglos las funciones del Salvador; la religión que, por la voluntad de Dios, en cierto modo toma cuerpo en ella es la Iglesia sola quien la ofrece en toda su plenitud y perfección; e igualmente todos los medios de salvación que, en el plan ordinario de la Providencia, son necesarios a los hombres, sólo ella es quien los procura.

Unidad de régimen

Pero así como la doctrina celestial no ha estado nunca abandonada al capricho o al juicio individual de los hombres, sino que ha sido primeramente enseñada por Jesús, después confiada exclusivamente al magisterio de que hemos hablado, tampoco al primero que llega entre el pueblo cristiano, sino a ciertos hombres escogidos ha sido dada por Dios la facultad de cumplir y administrar los divinos misterios y el poder de mandar y de gobernar.

Sólo a los apóstoles y a sus legítimos sucesores se refieren estas palabras de Jesucristo: «Id por todo el mundo y predicad el Evangelio… bautizad a los hombres… haced esto en memoria mía… A quien remitierais los pecados le serán remitidos». Del mismo modo, sólo a los apóstoles y a sus legítimos sucesores se les ordenó apacentar el rebaño, esto es, gobernar con autoridad al pueblo cristiano, que por este mandato quedó obligado a prestarles obediencia y sumisión. El conjunto de todas estas funciones del ministerio apostólico está comprendido en estas palabras de San Pablo: «Que los hombres nos miren como a ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios»(68).

De este modo, Jesucristo llamó a todos los hombres sin excepción, a los que existían en su tiempo y a los que debían de existir en adelante, para que le siguiesen como a Jefe y Salvador, y no aislada e individualmente, sino todos en conjunto, unidos en una asociación de personas, de corazones, para que de esta multitud resultase un solo pueblo, legítimamente constituido en sociedad; un pueblo verdaderamente uno por la comunidad de fe, de fin y de medios apropiados a éste; un pueblo sometido a un solo y mismo poder.

De hecho, todos los principios naturales que entre los hombres crean espontáneamente la sociedad destinada a proporcionarles la perfección de que su naturaleza es capaz, fueron establecidos por Jesucristo en la Iglesia, de modo que, en su seno, todos los que quieran ser hijos adoptivos de Dios pueden llegar a la perfección conveniente a su dignidad y conservarla, y así lograr su salvación. La Iglesia, pues, como ya hemos indicado, debe servir a los hombres de guía en el camino del cielo, y Dios le ha dado la misión de juzgar y de decidir por sí misma de todo lo que atañe a la religión, y de administrar, según su voluntad, libremente y sin cortapisas de ningún género, los intereses cristianos.

Es, por lo tanto, no conocerla bien o calumniarla injustamente el acusarla de querer invadir el dominio propio de la sociedad civil o de poner trabas a los derechos de los soberanos. Todo lo contrario; Dios ha hecho de la Iglesia la más excelente de todas las sociedades, pues el fin a que se dirige sobrepuja en nobleza al fin de las demás sociedades, tanto como la gracia divina sobrepuja a la naturaleza y los bienes inmortales son superiores a las cosas perecederas.

Por su origen es, pues, la Iglesia una sociedad divina; por su fin y por los medios inmediatos que la conducen es sobrenatural; por los miembros de que se compone, y que son hombres, es una sociedad humana. Por esto la vemos designada en las Sagradas Escrituras con los nombres que convienen a una sociedad perfecta. Llámasela no solamente Casa de Dios, la Ciudad colocada sobre la montaña y donde todas las naciones deben reunirse, sino también Rebaño que debe gobernar un solo pastor y en el que deben refugiarse todas las ovejas de Cristo; también es llamada Reino suscitado por Dios y que durará eternamente; en fin, Cuerpo de Cristo, Cuerpo místico, sin duda, pero vivo siempre, perfectamente formado y compuesto de gran número de miembros, cuya función es diferente, pero ligados entre sí y unidos bajo el imperio de la Cabeza, que todo lo dirige.

Y pues es imposible imaginar una sociedad humana verdadera y perfecta que no esté gobernada por un poder soberano cualquiera, Jesucristo debe haber puesto a la cabeza de la Iglesia un jefe supremo, a quien toda la multitud de los cristianos fuese sometida y obediente. Por esto también, del mismo modo que la Iglesia, para ser una en su calidad de reunión de los fieles, requiere necesariamente la unidad de la fe, también para ser una en cuanto a su condición de sociedad divinamente constituida ha de tener de derecho divino la unidad de gobierno, que produce y comprende la unidad de comunión. «La unidad de la Iglesia debe ser considerada bajo dos aspectos: primero, el de la conexión mutua de los miembros de la Iglesia o la comunicación que entre ellos existe, y en segundo lugar, el del orden, que liga a todos los miembros de la Iglesia a un solo jefe(69).

Por aquí se puede comprender que los hombres no se separan menos de la unidad de la Iglesia por el cisma que por la herejía. «Se señala como diferencia entre la herejía y el cisma que la herejía profesa un dogma corrompido, y el cisma, consecuencia de una disensión entre el episcopado, se separa de la Iglesia»(70).

Estas palabras concuerdan con las de San Juan Crisóstomo sobre el mismo asunto: «Digo y protesto que dividir a la Iglesia no es menor mal que caer en la herejía»(71). Por esto, si ninguna herejía puede ser legítima, tampoco hay cisma que pueda mirarse como promovido por un buen derecho. «Nada es más grave que el sacrilegio del cisma: no hay necesidad legítima de romper la unidad»(72).

El Primado de Pedro

¿Y cuál es el poder soberano a que todos los cristianos deben obedecer y cuál es su naturaleza? Sólo puede determinarse comprobando y conociendo bien la voluntad de Cristo acerca de este punto. Seguramente Cristo es el Rey eterno, y eternamente, desde lo alto del cielo, continúa dirigiendo y protegiendo invisiblemente su reino; pero como ha querido que este reino fuera visible, ha debido designar a alguien que ocupe su lugar en la tierra después que él mismo subió a los cielos.

«Si alguno dice que el único jefe y el único pastor es Jesucristo, que es el único esposo de la Iglesia única, esta respuesta no es suficiente. Es cierto, en efecto, que el mismo Jesucristo obra los sacramentos en la Iglesia. El es quien bautiza, quien remite los pecados; es el verdadero Sacerdote que se ofrece sobre el altar de la cruz y por su virtud se consagra todos los días su cuerpo sobre el altar, y, no obstante, como no debía permanecer con todos los fieles por su presencia corpórea, escogió ministros por cuyo medio pudieran dispensarse a los fieles los sacramentos de que acabamos de hablar, como lo hemos dicho más arriba (c.74). Del mismo modo, porque debía sustraer a la Iglesia su presencia corporal, fue preciso que designara a alguien para que, en su lugar, cuidase de la Iglesia universal. Por eso dijo a Pedro antes de su ascensión: “Apacienta mis ovejas”»(73).

Jesucristo, pues, dio a Pedro a la Iglesia por jefe soberano, y estableció que este poder, instituido hasta el fin de los siglos para la salvación de todos, pasase por herencia a los sucesores de Pedro, en los que el mismo Pedro se sobreviviría perpetuamente por su autoridad. Seguramente al bienaventurado Pedro, y fuera de él a ningún otro, se hizo esta insigne promesa: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia»(74). «Es a Pedro a quien el Señor habló; a uno solo, a fin de fundar 1a unidad por uno solo»(75).

«En efecto, sin ningún otro preámbulo, designa por su nombre al padre del apóstol y al apóstol mismo (Tú eres bienaventurado, Simón, hijo de Jonás), y no permitiendo ya que se le llame Simón, reivindica para él en adelante como suyo en virtud de su poder, y quiere por una imagen muy apropiada que así se llame al nombre de Pedro, porque es la piedra sobre la que debía fundar su Iglesia»(76).

Según este oráculo, es evidente que, por voluntad y orden de Dios, la Iglesia está establecida sobre el bienaventurado Pedro, como el edificio sobre los cimientos. Y pues la naturaleza y la virtud propia de los cimientos es dar cohesión al edificio por la conexión íntima de sus diferentes partes y servir de vínculo necesario para la seguridad y solidez de toda la obra, si el cimiento desaparece, todo el edificio se derrumba. El papel de Pedro es, pues, el de soportar a la Iglesia y mantener en ella la conexión y la solidez de una cohesión indisoluble. Pero ¿cómo podría desempeñar ese papel si no tuviera el poder de mandar, defender y juzgar; en una palabra: un poder de jurisdicción propio y verdadero? Es evidente que los Estados y las sociedades no pueden subsistir sin un poder de jurisdicción. Una primacía de honor, o el poder tan modesto de aconsejar y advertir que se llama poder de dirección, son incapaces de prestar a ninguna sociedad humana un elemento eficaz de unidad y de solidez.

Por el contrario, el verdadero poder de que hablamos está declarado y afirmado con estas palabras: «Y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella».

«¿Qué es decir contra ella? ¿Es contra la piedra sobre la que Jesucristo edificó su Iglesia? ¿Es contra la Iglesia? La frase resulta ambigua. ¿Será para significar que la piedra y la Iglesia no son sino una misma cosa? Sí; eso es, a lo que creo, la verdad; pues las puertas del infierno no prevalecerán ni contra la piedra sobre la que Jesucristo fundó la Iglesia, ni contra la Iglesia misma»(77). He aquí el alcance de esta divina palabra: La Iglesia apoyada en Pedro, cualquiera que sea la habilidad que desplieguen sus enemigos, no podrá sucumbir jamás ni desfallecer en lo más mínimo.

«Siendo la Iglesia el edificio de Cristo, quien sabiamente ha edificado su casa sobre piedra, no puede estar sometida a las puertas del infierno; éstas pueden prevalecer contra quien se encuentre fuera de la piedra, fuera de la Iglesia, pero son impotentes contra ésta»(78). Si Dios ha confiado su Iglesia a Pedro, ha sido con el fin de que ese sostén invisible la conserve siempre en toda su integridad. La ha investido de la autoridad, porque para sostener real y eficazmente una sociedad humana, el derecho de mandar es indispensable a quien la sostiene.

28. Jesús añade aún: «Y te daré las llaves del reino de los cielos», y es claro que continúa hablando de la Iglesia, de esta Iglesia que acaba de llamar suya y que ha declarado querer edificar sobre Pedro como sobre su fundamento. La Iglesia ofrece, en efecto, la imagen no sólo de un edificio, sino de un reino; y además nadie ignora que las llaves son la insignia ordinaria de la autoridad. Así, cuando Jesús promete dar a Pedro las llaves del reino de los cielos, promete darle el poder y la autoridad de la Iglesia. «El Hijo le ha dado (a Pedro) la misión de esparcir en el mundo entero el conocimiento del Padre y del Hijo y ha dado a un hombre mortal todo el poder de los cielos al confiar las llaves a Pedro, que ha extendido la Iglesia hasta las extremidades del mundo y que la ha mostrado más inquebrantable que el cielo»(79).

Lo que sigue tiene también el mismo sentido: «Todo lo que atares en la tierra será también atado en el cielo, y lo que desatares en la tierra será desatado en el cielo». Esta expresión figurada: atar y desatar, designa el poder de establecer leyes y el de juzgar y castigar. Y Jesucristo afirma que ese poder tendrá tanta extensión y tal eficacia, que todos los decretos dados por Pedro serán ratificados por Dios. Este poder es, pues, soberano y de todo punto independiente, porque no hay sobre la tierra otro poder superior al suyo que abrace a toda la Iglesia y a todo lo que está confiado a la Iglesia.

La promesa hecha a Pedro fue cumplida cuando Jesucristo nuestro Señor, después de su resurrección, habiendo preguntado por tres veces a Pedro si le amaba más que los otros, le dijo en tono imperativo: «Apacienta mis corderos… apacienta mis ovejas»(80).

Es decir, que a todos los que deben estar un día en su aprisco les envía a Pedro como a su verdadero pastor. «Si el Señor pregunta lo que no le ofrece duda, no quiere, indudablemente, instruirse, sino instruir a quien, a punto de subir al cielo, nos dejaba por Vicario de su amor… Y porque sólo entre todos Pedro profesaba este amor, es puesto a la cabeza de los más perfectos para gobernarlos, por ser él mismo más perfecto»(81). El deber y el oficio del pastor es guiar al rebaño, velar por su salud, procurándole pastos saludables, librándole de los peligros, descubriendo los lazos y rechazando los ataques violentos; en una palabra: ejerciendo la autoridad del gobierno. Y pues Pedro ha sido propuesto como pastor al rebaño de fieles, ha recibido el poder de gobernar a todos los hombres, por cuya salvación Jesucristo dio su sangre «¿Y por qué vertió su sangre? Para rescatar a esas ovejas que ha confiado a Pedro y a sus sucesores»(82).

Y porque es necesario que todos los cristianos estén unidos entre sí por la comunidad de una fe inmutable, nuestro Señor Jesucristo, por la virtud de sus oraciones, obtuvo para Pedro que en el ejercicio de su poder no desfalleciera jamás su fe. «He orado por ti a fin de que tu fe no desfallezca»(83).

Y le ordenó además que, cuantas veces lo pidieran las circunstancias, comunicase a sus hermanos la luz y la energía de su alma: «Confirma a tus hermanos»(84). Aquel, pues, a quien, designado como fundamento de la Iglesia, quiere que sea columna de la fe. Pues que de su propia autoridad le dio el reino, no podía afirmar su fe de otro modo que llamándole Piedra y designándole como el fundamento que debía afirmar su Iglesia(83).

Soberanía de Cristo

De aquí que ciertos nombres que designan muy grandes cosas y que «pertenecen en propiedad a Jesucristo en virtud de su poder, Jesús mismo ha querido hacerlas comunes a El y a Pedro por participación(86), a fin de que la comunidad de títulos manifestase la comunidad del poder. Así, El, que es la piedra principal del ángulo sobre la que todo el edificio construido se eleva como un templo sagrado en el Señor»(87), ha establecido a Pedro como la piedra sobre la que debía estar apoyada su Iglesia. «Cuando dice: Tú eres la piedra, esta palabra le confiere un hermoso título de nobleza. Y, sin embargo, es la piedra, no como Cristo es la piedra, sino como Pedro puede ser la piedra. Cristo es esencialmente la piedra inquebrantable, y por ésta es por quien Pedro es la piedra. Porque Cristo comunica sus dignidades sin empobrecerse… Es sacerdote y hace sacerdotes… Es piedra y hace de su apóstol la piedra»(88).

Es, además, el Rey de la Iglesia, «que posee la llave de David; cierra, y nadie puede abrir; abre, y nadie puede cerrar»(89), y por eso, al dar las llaves a Pedro, le declara jefe de la sociedad cristiana. Es también el Pastor supremo, que a sí mismo se llama el Buen Pastor(90), y por eso también ha nombrado a Pedro pastor de sus corderos y ovejas. Por esto dice San Crisóstomo:

«Era el principal entre los apóstoles, era como la boca de los otros discípulos y la cabeza del cuerpo apostólico… Jesús, al decirle que debe tener en adelante confianza, porque la mancha de su negación está ya borrada, le confía el gobierno de sus hermanos. Si tú me amas, sé jefe de tus hermanos»(91). Finalmente, aquel que confirma «en toda buena obra y en toda buena palabra»(92) es quien manda a Pedro que confirme a sus hermanos.

San León el Grande dice con razón: «Del seno del mundo entero, Pedro sólo ha sido elegido para ser puesto a la cabeza de todas las naciones llamadas, de todos los apóstoles, de todos los Padres de la Iglesia; de tal suerte que, aunque haya en el pueblo de Dios muchos pastores, Pedro, sin embargo, rige propiamente a todos los que son principalmente regidos por Cristo»(93). Sobre el mismo asunto escribe San Gregorio el Grande al emperador Mauricio Augusto: «Para todos los que conocen el Evangelio, es evidente que, por la palabra del Señor, el cuidado de toda la Iglesia ha sido confiado al santo apóstol Pedro, jefe de todos los apóstoles… Ha recibido las llaves del reino de los cielos, el poder de atar y desatar le ha sido concedido, y el cuidado y el gobierno de toda la Iglesia le ha sido confiado»(94).

Los sucesores de Pedro

Y pues esta autoridad, al formar parte de la constitución y de la organización de la Iglesia como su elemento principal, es el principio de la unidad, el fundamento de la seguridad y de la duración perpetua, se sigue que de ninguna manera puede desaparecer con el bienaventurado Pedro, sino que debía necesariamente pasar a sus sucesores y ser transmitida de uno a otro. «La disposición de la verdad permanece, pues el bienaventurado Pedro, perseverando en la firmeza de la piedra, cuya virtud ha recibido, no puede dejar el timón de la Iglesia, puesto en su mano»(95).

Por esto los Pontífices, que suceden a Pedro en el episcopado romano, poseen de derecho divino el poder supremo de la Iglesia. «Nos definimos que la Santa Sede Apostólica y el Pontífice Romano poseen la primacía sobre el mundo entero, y que el Pontífice Romano es el sucesor del bienaventurado Pedro, Príncipe de los Apóstoles, y que es el verdadero Vicario de Jesucristo, el Jefe de toda la Iglesia, el Padre y el Doctor de todos los cristianos, y que a él, en la persona del bienaventurado Pedro, ha sido dado por nuestro Señor Jesucristo el pleno poder de apacentar, regir y gobernar la Iglesia universal; así como está contenido tanto en las actas de los concilios ecuménicos como en los sagrados cánones»(96). El cuarto concilio de Letrán dice también: «La Iglesia romana…, por la disposición del Señor, posee el principado del poder ordinario sobre las demás Iglesias, en su cualidad de madre y maestra de todos los fieles de Cristo».

Tal había sido antes el sentimiento unánime de la antigüedad, que sin la menor duda ha mirado y venerado a los Obispos de Roma como a los sucesores legítimos del bienaventurado Pedro. ¿Quién podrá ignorar cuán numerosos y cuán claros son acerca de este punto los testimonios de los Santos Padres? Bien elocuente es el de San Ireneo, que habla así de la Iglesia romana: «A esta Iglesia, por su preeminencia superior, debe necesariamente reunirse toda la Iglesia»(97).

San Cipriano afirma también de la Iglesia romana que es «la raíz y madre de la Iglesia católica(98), la Cátedra de Pedro y la Iglesia principal, aquella de donde ha nacido la unidad sacerdotal»(99). La llama «Catédra de Pedro», porque está ocupada por el sucesor de Pedro; «Iglesia principal», a causa del principado conferido a Pedro y a sus legítimos sucesores; «aquella de donde ha nacido la unidad», porque, en la sociedad cristiana, la causa eficiente de la unidad es la Iglesia romana.

Por esto San Jerónimo escribe lo que sigue a Dámaso: «Hablo al sucesor del Pescador y al discípulo de la Cruz… Estoy ligado por la comunión a Vuestra Beatitud, es decir, a la Cátedra de Pedro. Sé que sobre esa piedra se ha edificado la Iglesia»(100).

El método habitual de San Jerónimo para reconocer si un hombre es católico es saber si está unido a la Cátedra romana de Pedro. «Si alguno está unido a la Cátedra romana de Pedro, ése es mi hombre»(101). Por un método análogo, San Agustín declara abiertamente que en la Iglesia romana está siempre contenido lo principal de la Cátedra apostólica(102), y afirma que quien se separa de la fe romana no es católico. «No puede creerse que guardáis la fe católica los que no enseñáis que se debe guardar la fe romana»(103).

Y lo mismo San Cipriano: «Estar en comunión con Cornelio es estar en comunión con la Iglesia católica»(104).

El abad Máximo enseña igualmente que el sello de la verdadera fe y de la verdadera comunión consiste en estar sometido al Pontífice Romano. «Quien no quiera ser hereje ni sentar plaza de tal no trate de satisfacer a éste ni al otro… Apresúrese a satisfacer en todo a la Sede de Roma. Satisfecha la Sede de Roma, en todas partes y a una sola voz le proclamarán pío y ortodoxo. Y el que de ello quiera estar persuadido, será en vano que se contente con hablar si no satisface y si no implora .al bienaventurado Papa de la santísima Iglesia de los Romanos, esto es, la Sede apostólica». Y he aquí, según él, la causa y la explicación de este hecho… La Iglesia romana ha recibido del Verbo de Dios encarnado, y según los santos concilios, según los santos cánones y las definiciones posee, sobre la universalidad de las santas Iglesias de Dios que existen sobre la superficie de la tierra, el imperio y la autoridad, en todo y por todo, y el poder de atar y desatar. Pues cuando ella ata y desata, el Verbo, que manda a las virtudes celestiales, ata y desata también en el cielo(105).

Era esto, pues, un artículo de la fe cristiana; era un punto reconocido y observado constantemente, no por una nación o por un siglo, sino por todos los siglos, y por Oriente no menos que por Occidente, conforme recordaba el sínodo de Efeso, sin levantar la menor contradicción el sacerdote Felipe, legado del Pontífice Romano: «No es dudoso para nadie y es cosa conocida en todos los tiempos que el Santo y bienaventurado Pedro, Príncipe y Jefe de los apóstoles, columna de la fe y fundamento de la Iglesia católica, recibió de nuestro Señor Jesucristo, Salvador y Redentor del género humano, las llaves del reino, y que el poder de atar y desatar los pecados fue dado a ese mismo apóstol, quien hasta el presente momento y siempre vive en sus sucesores y ejerce por medio de ellos su autoridad»(106). Todo el mundo conoce la sentencia del concilio de Calcedonia sobre el mismo asunto: «Pedro ha hablado… por boca de León», sentencia a la que la voz del tercer concilio de Constantinopla respondió como un eco: «El soberano Príncipe de los apóstoles combatía al lado nuestro, pues tenemos en nuestro favor su imitador y su sucesor en su Sede… No se veía al exterior (mientras se leía la carta del Pontífice Romano) más que el papel y la tinta, y era Pedro quien hablaba por boca de Agatón»(107). En la fórmula de profesión de fe católica, propuesta en términos precisos por Hormisdas en los comienzos del siglo VI y suscrita por el emperador Justiniano y los patriarcas Epifanio, Juan y Mennas, se expresó el mismo pensamiento con gran vigor: «Como la sentencia de nuestro Señor Jesucristo, que dice: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”, no puede ser desatendida, lo que ha dicho está confirmado por la realidad de los hechos, pues en la Sede Apostólica la religión católica se ha conservado sin ninguna mancha»(108).

No queremos enumerar todos los testimonios; pero, no obstante, nos place recordar la fórmula con que Miguel Paleólogo hizo su profesión de fe en el segundo concilio de Lyón: «La Santa Iglesia romana posee también el soberano y pleno primado y principal sobre la Iglesia católica universal, y reconoce con verdad y humildad haber recibido este primado y principado con la plenitud del poder del Señor mismo, en la persona del bienaventurado Pedro, príncipe o jefe de los apóstoles, y de quien el Pontífice romano es el sucesor. Y por lo mismo que está encargado de defender, antes que las demás, la verdad de la fe, también cuando se levantan dificultades en puntos de fe, es a su juicio al que las demás deben atenerse»(109).

El Colegio episcopal

De que el poder de Pedro y de sus sucesores es pleno y soberano no se ha de deducir, sin embargo, que no existen otros en la Iglesia. Quien ha establecido a Pedro como fundamento de la Iglesia, también «ha escogido doce de sus discípulos, a los que dio el nombre de apóstoles»(110). Así, del mismo modo que la autoridad de Pedro es necesariamente permanente y perpetua en el Pontificado romano, también los obispos, en su calidad de sucesores de los apóstoles, son los herederos del poder ordinario de los apóstoles, de tal suerte que el orden episcopal forma necesariamente parte de la constitución íntima de la Iglesia. Y aunque la autoridad de los obispos no sea ni plena, ni universal, ni soberana, no debe mirárselos como a simples Vicarios de los Pontífices romanos, pues poseen una autoridad que les es propia, y llevan en toda verdad el nombre de Prelados ordinarios de los pueblos que gobiernan.

Pero como el sucesor de Pedro es único, mientras que los de los apóstoles son muy numerosos, conviene estudiar qué vínculos, según la constitución divina, unen a estos últimos al Pontífice Romano. Y desde luego la unión de los obispos con el sucesor de Pedro es de una necesidad evidente y que no puede ofrecer la menor duda; pues si este vínculo se desata, el pueblo cristiano mismo no es más que una multitud que se disuelve y se disgrega, y no puede ya en modo alguno formar un solo cuerpo y un solo rebaño. «La salud de la Iglesia depende de la dignidad del soberano sacerdote: si no se atribuye a éste un poder aparte y sobre todos los demás poderes, habrá en la Iglesia tantos cismas como sacerdotes»(111).

Por esto hay necesidad de hacer aquí una advertencia importante. Nada ha sido conferido a los apóstoles independientemente de Pedro; muchas cosas han sido conferidas a Pedro aislada e independientemente de los apóstoles. San Juan Crisóstomo, explicando las palabras de Jesucristo (Jn 21,15), se pregunta: «¿Por qué dejando a un lado a los otros se dirige Cristo a Pedro?», y responde formalmente: «Porque era el principal entre los apóstoles, como la boca de los demás discípulos y el jefe del cuerpo apostólico»(112). Sólo él, en efecto, fue designado por Cristo para fundamento de la Iglesia. A él le fue dado todo el poder de atar y de desatar; a él sólo confió el poder de apacentar el rebaño. Al contrario, todo lo que los apóstoles han recibido en lo que se refiere al ejercicio de funciones y autoridad lo han recibido conjuntamente con Pedro. «Si la divina Bondad ha querido que los otros príncipes de la Iglesia tengan alguna cosa en común con Pedro, lo que no ha rehusado a los demás no se les ha dado jamás sino con él». «El solo ha recibido muchas cosas, pero nada se ha concedido a ninguno sin su participación»(113).

Por donde se ve claramente que los obispos perderían el derecho y el poder de gobernar si se separasen de Pedro o de sus sucesores. Por esta separación se arrancan ellos mismos del fundamento sobre que debe sustentarse todo el edificio y se colocan fuera del mismo edificio; por la misma razón quedan excluidos del rebaño que gobierna el Pastor supremo y desterrados del reino cuyas llaves ha dado Dios a Pedro solamente.

La necesaria unión con Pedro

Estas consideraciones hacen que se comprenda el plan y el designio de Dios en la constitución de la sociedad cristiana. Este plan es el siguiente: el Autor divino de la Iglesia, al decretar dar a ésta la unidad de la fe, de gobierno y de comunión, ha escogido a Pedro y a sus sucesores para establecer en ellos el principio y como el centro de la unidad. Por esto escribe San Cipriano: hay, para llegar a la fe, una demostración fácil que resume la verdad. El Señor se dirige a Pedro en estos términos: «Te digo que eres Pedro»… Es, pues, sobre uno sobre quien edifica la Iglesia. Y aunque después de su resurrección confiere a todos los apóstoles un poder igual, y les dice: «Como mi Padre me envió…», no obstante, para poner la unidad en plena luz, coloca en uno solo, por su autoridad, el origen y el punto de partida de esta misma unidad(114).

Y San Optato de Mileve: «Tú sabes muy bien —escribe—, tú no puedes negarlo, que es a Pedro el primero a quien ha sido conferida la Cátedra episcopal en la ciudad de Roma; es en la que está sentado el jefe de los apóstoles, Pedro, que por esto ha sido llamado Cefas. En esta Cátedra única es en la que todos debían guardar la unidad, a fin de que los demás apóstoles no pudiesen atribuírsela cada uno en su Sede, y que fuera en adelante cismático y prevaricador quien elevara otra Cátedra contra esta Cátedra única»(115).

De aquí también esta sentencia del mismo San Cipriano, según la que la herejía y el cisma se producen y nacen del hecho de negar al poder supremo la obediencia que le es debida: «La única fuente de donde han surgido las herejías y de donde han nacido los cismas es que no se obedece al Pontífice de Dios ni se quiere reconocer en la Iglesia un solo Pontífice y un solo juez, que ocupa el lugar de Cristo»(116).

Nadie, pues, puede tener parte en la autoridad si no está unido a Pedro, pues sería absurdo pretender que un hombre excluido de la Iglesia tuviese autoridad en la Iglesia. Fundándose en esto, Optato de Mileve, reprendía así a los donatistas: «Contra las puertas del infierno, como lo leemos en el Evangelio, ha recibido las llaves de salud Pedro, es decir, nuestro jefe, a quien Jesucristo ha dicho: “Te daré las llaves del reino de los cielos, y las puertas del infierno no triunfarán jamás de ellas”. ¿Cómo, pues, tratáis de atribuiros las llaves del reino de los cielos, vosotros que combatís la cátedra de Pedro?»(117)

Pero el orden de los obispos no puede ser mirado como verdaderamente unido a Pedro, de la manera que Cristo lo ha querido, sino en cuanto está sometido y obedece a Pedro; sin esto, se dispersa necesariamente en una multitud en la que reinan la confusión y el desorden. Para conservar la unidad de fe y comunión, no bastan ni una primacía de honor ni un poder de dirección; es necesaria una autoridad verdadera y al mismo tiempo soberana, a la que obedezca toda la comunidad. ¿Qué ha querido, en efecto, el Hijo de Dios cuando ha prometido las llaves del reino de los cielos sólo a Pedro? Que las llaves signifiquen aquí el poder supremo; el uso bíblico y el consentimiento unánime de los Padres no permiten dudarlo. Y no se pueden interpretar de otro modo los poderes que han sido conferidos, sea a Pedro separadamente, o ya a los demás apóstoles conjuntamente con Pedro. Si la facultad de atar y desatar, de apacentar el rebaño, da a los obispos, sucesores de los apóstoles, el derecho de gobernar con autoridad propia al pueblo confiado a cada uno de ellos, seguramente esta misma facultad debe producir idéntico efecto en aquel a quien ha sido designado por Dios mismo el papel de apacentar los corderos y las ovejas. «Pedro no ha sido sólo instituido Pastor por Cristo, sino Pastor de los pastores. Pedro, pues, apacienta a los corderos y apacienta a las ovejas; apacienta a los pequeñuelos y a sus madres, gobierna a los súbditos y también a los prelados, pues en la Iglesia, fuera de los corderos y de las ovejas, no hay nada»(118).

De aquí nacen entre los antiguos Padres estas expresiones que designan aparte al bienaventurado Pedro, y que le muestran evidentemente colocado en un grado supremo de la dignidad y del poder. Le llaman con frecuencia «jefe de la Asamblea de los discípulos; príncipe de los santos apóstoles; corifeo del coro apostólico; boca de todos los apóstoles; jefe de esta familia; aquel que manda al mundo entero; el primero entre los apóstoles; columna de la Iglesia».

La conclusión de todo lo que precede parece hallarse en estas palabras de San Bernardo al Papa Eugenio: «¿Quién sois vos? Sois el gran Sacerdote, el Pontífice soberano.

Sois el príncipe de los obispos, el heredero de los apóstoles… Sois aquel a quien las llaves han sido dadas, a quien las ovejas han sido confiadas. Otros además que vos son también porteros del cielo y pastores de rebaños; pero ese doble título es en vos tanto más glorioso cuanto que lo habéis recibido como herencia en un sentido más particular que todos los demás. Estos tienen sus rebaños, que les han sido asignados a cada uno el suyo; pero a vos han sido confiados todos los rebaños; vos únicamente tenéis un solo rebaño, formado no solamente por las ovejas, sino también por los pastores; sois el único pastor de todos. Me preguntáis cómo lo pruebo. Por la palabra del Señor. ¿A quién, en efecto, no digo entre los obispos, sino entre los apóstoles, han sido confiadas absoluta e indistintamente todas las ovejas? Si tú me amas, Pedro, apacienta mis ovejas. ¿Cuáles? ¿Los pueblos de tal o cual ciudad, de tal o cual comarca, de tal reino? Mis ovejas, dice. ¿Quién no ve que no se designa a una o algunas, sino que todas se confían a Pedro? Ninguna distinción, ninguna excepción»(119).
Todos los obispos y cada uno en particular
Sería apartarse de la verdad y contradecir abiertamente a la constitución divina de la Iglesia pretender que cada uno de los obispos, considerados aisladamente, debe estar sometido a la jurisdicción de los Pontífices romanos; pero que todos los obispos, considerados en conjunto, no deben estarlo. ¿Cuál es, en efecto, toda la razón de ser y la naturaleza del fundamento? Es la de poner a salvo la unidad y la solidez más bien de todo el edificio que la de cada una de sus partes.

Y esto es mucho más verdadero en el punto de que tratamos, pues Jesucristo nuestro Señor ha querido para la solidez del fundamento de su Iglesia obtener este resultado: que las puertas del infierno no puedan prevalecer contra ella. Todo el mundo conviene en que esta promesa divina se refiere a la Iglesia universal y no a sus partes tomadas aisladamente, pues éstas pueden, en realidad, ser vencidas por el esfuerzo de los infiernos, y ha ocurrido a muchas de ellas separadamente ser, en efecto, vencidas.

Además, el que ha sido puesto a la cabeza de todo el rebaño, debe tener necesariamente la autoridad, no solamente sobre las ovejas dispersas, sino sobre todo el conjunto de las ovejas reunidas. ¿Es acaso que el conjunto de las ovejas gobierna y conduce al pastor? Los sucesores de los apóstoles, reunidos, ¿serán el fundamento sobre el que el sucesor de Pedro debería apoyarse para encontrar la solidez?

Quien posee las llaves del reino tiene, evidentemente, derecho y autoridad no sólo sobre las provincias aisladas, sino sobre todas a la vez; y del mismo modo que los obispos, cada uno en su territorio, mandan con autoridad verdadera, así a los Pontífices romanos, cuya jurisdicción abraza a toda la sociedad cristiana, tiene todas las porciones de esta sociedad, aun reunidas en conjunto, sometidas y obedientes a su poder. Jesucristo nuestro Señor, según hemos dicho repetidas veces, ha dado a Pedro y a sus sucesores el cargo de ser sus Vicarios, para ejercer perpetuamente en la Iglesia el mismo poder que El ejerció durante su vida mortal. Después de esto, ¿se dirá que el colegio de los apóstoles excedía en autoridad a su Maestro?

Este poder de que hablamos sobre el colegio mismo de los obispos, poder que las Sagradas Letras denuncian tan abiertamente, no ha cesado la Iglesia de reconocerlo y atestiguarlo. He aquí lo que acerca de este punto declaran los concilios: «Leemos que el Pontífice romano ha juzgado a los prelados de todas las Iglesias; pero no leemos que él haya sido juzgado por ninguno de ellos»(120). Y la razón de este hecho está indicada con sólo decir que «no hay autoridad superior a la autoridad de la Sede Apostólica»(121).

Por esto Gelasio habla así de los decretos de los concilios: «Del mismo modo que lo que 1a Sede primera no ha aprobado no puede estar en vigor, así, por el contrario, lo que ha confirmado por su juicio, ha sido recibido por toda la Iglesia»(122). En efecto, ratificar o invalidar la sentencia y los decretos de los concilios ha sido siempre propio de los Pontífices romanos. León el Grande anuló los actos del conciliábulo de Efeso; Dámaso rechazó el de Rímini; Adriano I el de Constantinopla; y el vigésimo octavo canon del concilio de Calcedonia, desprovisto de la aprobación y de la autoridad de la Sede Apostólica, ha quedado, como todos saben, sin vigor ni efecto.

Con razón, pues, en el quinto concilio de Letrán expidió León X este decreto: «Consta de un modo manifiesto no solamente por los testimonios de la Sagrada Escritura, por las palabras de los Padres y de otros Pontífices romanos y por los decretos de los sagrados cánones, sino por la confesión formal de los mismos concilios, que sólo el Pontífice romano, durante el ejercicio de su cargo, tiene pleno derecho y poder, como tiene autoridad sobre los concilios, para convocar, transferir y disolver los concilios.

Las Sagradas Escrituras dan testimonio de que las llaves del reino de los cielos fueron confiadas a Pedro solamente, y también que el poder de atar y desatar fue conferido a los apóstoles conjuntamente con Pedro; pero ¿dónde consta que los apóstoles hayan recibido el soberano poder sin Pedro y contra Pedro? Ningún testimonio lo dice. Seguramente no es de Cristo de quien lo han recibido.

Por esto, el decreto del concilio Vaticano I que definió la naturaleza y el alcance de la primacía del Pontífice romano no introdujo ninguna opinión nueva, pues sólo afirmó la antigua y constante fe de todos los siglos».

Y no hay que creer que la sumisión de los mismos súbditos a dos autoridades implique confusión en la administración.

Tal sospecha nos está prohibida, en primer término, por la sabiduría de Dios, que ha concebido y establecido por sí mismo la organización de ese gobierno. Además, es preciso notar que lo que turbaría el orden y las relaciones mutuas sería la coexistencia, en una sociedad, de dos autoridades del mismo grado y que no se sometiera la una a la otra. Pero la autoridad del Pontífice es soberana, universal y del todo independiente; la de los obispos está limitada de una manera precisa y no es plenamente independiente. «Lo inconveniente sería que dos pastores estuviesen colocados en un grado igual de autoridad sobre el mismo rebaño. Pero que dos superiores, uno de ellos sometido al otro, estén colocados sobre los mismos súbditos no es un inconveniente, y así un mismo pueblo está gobernado de un modo inmediato por su párroco, y por el obispo, y por el Papa»(123).

Los Pontífices romanos, que saben cuál es su deber, quieren más que nadie la conservación de todo lo que está divinamente instituido en la Iglesia, y por esto, del mismo modo que defienden los derechos de su propio poder con el celo y vigilancia necesarios, así también han puesto y pondrán constantemente todo su cuidado en mantener a salvo la autoridad de los obispos.

Y más aún, todo lo que se tributa a los obispos en orden al honor y a la obediencia, lo miran como si a ellos mismos les fuere tributado. «Mi honor es el honor de la Iglesia universal. Mi honor es el pleno vigor de la autoridad de mis hermanos. No me siento verdaderamente honrado sino cuando se tributa a cada uno de ellos el honor que le es debido»(124).

Exhortaciones finales

En todo lo que precede, Nos hemos trazado fielmente la imagen y figura de la Iglesia según su divina constitución. Nos hemos insistido acerca de su unidad, y hemos declarado cuál es su naturaleza y por qué principio su divino Autor ha querido asegurar su conservación.

Todos los que por un insigne beneficio de Dios tienen la dicha de haber nacido en el seno de la Iglesia católica y de vivir en ella, escucharán nuestra voz apostólica, Nos no tenemos ninguna razón para dudar de ello. «Mis ovejas oyen mi voz»(125). Todos ellos habrán hallado en esta carta medios para instruirse más plenamente y para adherirse con un amor más ardiente cada uno a sus propios Pastores, y por éstos al Pastor supremo, a fin de poder continuar con más seguridad en el aprisco único y recoger una mayor abundancia de frutos saludables.

Pero «fijando nuestras miradas en el autor y consumador de la fe, Jesús»(126), cuyo lugar ocupamos y por quien Nos ejercemos el poder, aunque sean débiles nuestras fuerzas para el peso de esta dignidad y de este cargo, Nos sentimos que su caridad inflama nuestra alma y emplearemos, no sin razón, estas palabras que Jesucristo decía de sí mismo: «Tengo otras ovejas que no están en este aprisco; es preciso también que yo las conduzca, y escucharán mi voz»(127). No rehúsen, pues, escucharnos y mostrarse dóciles a nuestro amor paternal todos aquellos que detestan la impiedad, hoy tan extendida, que reconocen a Jesucristo, que le confiesan Hijo de Dios y Salvador del género humano, pero que, sin embargo, viven errantes y apartados de su Esposa. Los que toman el nombre de Cristo es necesario que lo tomen todo entero. «Cristo todo entero es una cabeza y un cuerpo, la cabeza es el Hijo único de Dios; el cuerpo es su Iglesia: es el esposo y la esposa, dos en una sola carne. Todos los que tienen respecto de la cabeza un sentimiento diferente del de las Escrituras, en vano se encuentran en todos los lugares donde se halla establecida la Iglesia, porque no están en la Iglesia.

E, igualmente, todos los que piensan como la Sagrada Escritura respecto de la cabeza, pero que no viven en comunión con la autoridad de la Iglesia, no están en la Iglesia»(128).

Nuestro corazón se dirige también con sin igual ardor tras aquellos a quienes el soplo contagioso de la impiedad no ha envenenado del todo, y que, a lo menos, experimentan el deseo de tener por padre al Dios verdadero, creador de la tierra y del cielo. Que reflexionen y comprendan bien que no pueden en manera alguna contarse en el número de los hijos de Dios si no vienen a reconocer por hermano a Jesucristo y por madre a la Iglesia.

A todos, pues, Nos dirigimos con grande amor estas palabras que tomamos a San Agustín: «Amemos al Señor nuestro Dios, amemos a su Iglesia: a El como a un padre, a ella como una madre. Que nadie diga: Sí, voy aún a los ídolos, consulto a los poseídos y a los hechiceros, pero, no obstante, no dejo a la Iglesia de Dios, soy católico. Permanecéis adherido a la madre, pero ofendéis al padre. Otro dice poco más o menos: Dios no lo permita; no consulto a los hechiceros, no interrogo a los poseídos, no practico adivinaciones sacrílegas, no voy a adorar a los demonios, no sirvo a los dioses de piedra, pero soy del partido de Donato: ¿De qué os sirve no ofender al padre, que vengará a la madre a quien ofendéis? ¿De qué os sirve confesar al Señor, honrar a Dios, alabarle, reconocer a su Hijo, proclamar que está sentado a la diestra del Padre, si blasfemáis de su Iglesia? Si tuvieseis un protector, a quien tributaseis todos los días el debido obsequio, y ultrajaseis a su esposa con una acusación grave, ¿os atreveríais ni aun a entrar en la casa de ese hombre? Tened, pues, mis muy amados, unánimemente a Dios por vuestro padre, y por vuestra madre a la Iglesia»(129).

Confiando grandemente en la misericordia de Dios, que pueda tocar con suma eficacia los corazones de los hombres y formar las voluntades más rebeldes a venir a El, Nos recomendamos con vivas instancias a su bondad a todos aquellos a quienes se refiere nuestra palabra. Y como prenda de los dones celestiales, y en testimonio de nuestra benevolencia, os concedemos, con grande amor en el Señor, a vosotros, venerables hermanos, a vuestro clero y a vuestro pueblo la bendición apostólica.

Dado en Roma, en San Pedro, a veintinueve de junio del año 1896, decimonoveno de nuestro pontificado.

1. Ef 5,25.
2. Mt 11,30.
3. Sant 1,17.
4. 1Cor 3,6.
5. Flp 2,6-7.
6. Rom 10,17.
7. Ibíd., 10.
8. 1Cor 12,27.
9. Hom. De capto Eutropio n. 6.
10. In Psalm. 71 n.8.
11. Enarrat. in Psalm. 103 serm.2 n.2.
12. Clemente Alej., Stromata VII c.17.
13. Jn 20,21.
14. Jn 17,18.
15. Jn 3,17.
16. Hech 4,12.
17. Is 2,2.
18. Is 2,3.
19. De schism.donatist. III n.2.
20. In epist. Ioann. tract. 1 n.13.
21. Ef 1,22-23.
22. 1Cor 12,12.
23. Ef 4,15-16.
24. San Cipriano, De cathol.Eccl.unitate n.23.
25. Ibíd.
26. Ef 5,29-30.
27. San Agustín, Serm. 267 n.4.
28. San Cipriano, De cathol. Eccl. unitate n.6.
29. Ef 4,4.
30. Jn 17,20-23.
31. Jn 27,21.
32. Ef 4,5.
33. 1Cor 1,10.
34. San Ireneo, Adver.haeres. III c.12 n.12.
35. San Agustín, In Ioann. evang. tract. 18 c.5 n.1.
36. Jn 10,37.
37. Jn 15,24.
38. Jn 10,38.
39. Mt 28,18-20.
40. Mc 16,16.
41. Jn 16,7-13.
42. Jn 14,16-17.
43. Jn 15,26-27.
44. Lc 10,16.
45. Jn 20,21.
46. Rom 1,5.
47. Mc 16,20.
48. San Jerónimo, In Matth. IV c.28 v.20.
49. 2 Tim 2,1-2.
50. San Clemente Rom., Epist. I ad Cor. c.42,44.
51. San Cipriano, Epist. 50 ad Magnum n. 1.
52. Autor del Tract. de fide orthod. contra Arianos.
53. San Agustín, De haeresibus n.88.
54. Ef 4,3ss.
55 Orígenes, Vetus interpretatio commentariorum in Matth. n.46.
56. San Ireneo, Adver. haeres. IV c.33 n.8.
57. Tertuliano, De praescript. c.21.
58. San Hilario, Commentar. in Matth. 31 n.1.
59. Rufino, Hist. Eccl. II c.9.
60. Ricardo de S. Víctor, De Trinit. I c.2.
61. Concilio Vaticano I, ses.3 c.3.
62. Sant 2,10.
63. San Agustín, Enarrat. in Psalm. 54 n.19.
64. 2 Cor 10,5.
65. San Agustín, Contra Faustum manich. XVII c.3.
66. Concilio Vaticano I, ses.3 c.3.
67. San Agustín, De utilit. credenci c.17 n.35.
68. 1 Cor 4, 1.
69 Santo Tomás de Aquino, Summa theol. II-II C.39 a.1.
70. San Jerónimo, Commentar. in epist. ad Titum c.3 v.10-11.
71. San Juan Crisóstomo, Hom. 11 in epist. ad Ephes. n.5.
72. San Agustín, Contra epist. Parmeniani II c.l l n.25.
73. Santo Tomás de Aquino, Contra Gentes IV c.76.
74. Mt 16,13.
75. San Paciano, Epist. 3 ad Sempronium n.11.
76. San Cirilo Alej., In evang. Ioann. II c.l v.42.
77. Orígenes, Comment. in Matth. XII n.11.
78. Ibíd.
79. San Juan Crisóstomo, Hom. 54 int Matth. n.2.
80. Jn 21,16-17.
81. San Ambrosio, Exposit. in evang. sec. Luc. X n.175-176.
82. San Juan Crisóstomo, De sacerdotio II.
83. Lc 22,32.
84. Ibíd.
85. San Ambrosio, De fide IV n.56.
86. San León Magno, Serm. 4c.2.
87. Ef 2,21.
88. San Basilio, Hom. de poenitentia n.4.
89 Ap 3,7.
90. Jn 10,11.
91. San Juan Crisóstomo, Hom. 88 in Ioann. n.1.
92. 2 Tes 2,16.
93. San León Magno, Serm. 4 c.11.
94. San Gregorio Magno, Epistolarum V epist.20.
95. San León Magno, Serm.3 c.3.
96. Concilio Florentino.
97. San Ireneo, Adr. haeres. III c.3 n.2.
98. San Cipriano, Epist.48 ad Cornelium n.3.
99. San Cipriano, Epist.59 ad Cornelium n.14.
100. San Jerónimo, Epist.15 ad Damasum n.2.
101. San Jerónimo, Epist.16 ad Damasum n.2.
102. San Agustín, Epist.43 n.7.
103. San Agustín, Serm.120 n.13.
104. San Cipriano, Epist.55 n.l.
105 Máximo Abad, Defloratio ex epistola ad Petrum illustrem.
106. Concilio de Efeso, actio 3.
107. Concilio de Constantinopla III, actio 18.
108. Fórmula de profesión de fe católica, post epist.26 ad omnes episc. Hispan. n.4.
109. Concilio II de Lyón, actio 4: Fórmula de profesión de fe de Miguel Paleólogo.
110. Lc 6,13.
111. San Jerónimo, Diálogo Contra luciferianos n.9.
112. San Juan Crisóstomo, Hom.88 in Ioann. n.1.
113. San León Mano, Serm.4 c.2.
114. San Cipriano, De unitate Ecclesiae n.4.
115 San Optato De Mileve, De schismate donatistarum II.
116. San Cipriano, Epist.l2 ad Cornelium n.5.
117. San Optato De Mileve, De schismate donatistarum II n.4-5.
118. Bruno Obispo, Commentarium in Ioann. p.III c.21 n.55.
119. San Bernardo, De consideratione II c.8.
120. Adriano II, In allocutione III ad Synodum Romanam (a.869). Act. VII Concilii Constant.IV.
121. Nicolás, In epist.86 Ad Michael imp.: Patet profecto Sedis Apostolicae cuius auctoritate maior non est, iudicium a nemine fore retractandum, neque cuiquam de eius liceat iudicare iudicio.
122. Gelasio, Epist.26 ad episcopos Dardaniae n.5.
123 Santo Tomás de Aquino, In IV Sent. dist.17 a.4 ad c.4 ad 13.
124.San Gregorio Magno, Epistolarum VIII epist.30 ad Eulogium.
125. Jn 10,27.
126. Heb 12,2.
127. Jn 10,16.
128. San Agustín, Contra donatistas epist. sive de unitate ecclesiae c.4 n.7.
129. San Agustín, Enarratio in Psalm. 88 serm.2 n.14.

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Título: Historiadora del INAH: Los festejos del 1 y 2 de noviembre son de origen católico, no prehispánico
Artículo periodístico publicado en La Jornada en noviembre de 2001.

“México no es un pueblo que adora a la muerte; eso es un invento cultural”. Dra. Elsa Malvido, historiadora del INAH, falleció en el año 2011.

El rito a la muerte es universal y el día 2 de noviembre “es un invento cultural que conjuga costumbres católicas y la cena de Día de Muertos es de origen romano, en la cual se espera a los familiares muertos para cenar, además de expresiones estadunidenses e irlandesas en torno a la noche de brujas y halloween”, opina Elsa Malvido, historiadora quien desde hace 14 años imparte el Taller de Estudios sobre la Muerte en la Dirección de Estudios Históricos (DEH) del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).

Nota de B&T: Con respecto al Halloween, se recomienda revisar el siguiente artículo: Halloween o el regreso al paganismo

De acuerdo con un boletín del INAH, la investigadora dice que lo que pretende en su seminario es:

Demostrar que no somos un pueblo que adora a la muerte como se concibió; que el festejo actual es de origen católico y no tiene indicios prehispánicos y que el ritual de la muerte es universal. Mis estudios sobre la muerte terminan con ritos dañinos para México, porque el mundo nos ha considerado a partir de los escritos de Octavio Paz, quien describe que los mexicanos somos una población ideológicamente patológica, cuyo motivo único de la vida parece ser la muerte“.

Para Elsa Malvido, “el mexicano se ríe de la muerte del otro, ante el temor y el miedo de morir. Pero en realidad nadie quiere morir, aunque todos vamos a llegar a la muerte”. Además agrega:

El movimiento político e intelectual que se dio durante el gobierno de Lázaro Cárdenas redescubrió el mundo indígena de México. A partir de allí los intelectuales, comunistas, anticlericales y masones transformaron las fiestas de la muerte e insistieron en que el festejo era de origen prehispánico. El antecedente del altar de muertos fue la mesa del santo, donde se ponía su imagen y sus reliquias el día 1º de noviembre.

Poco a poco la gente empezó a asistir a los cementerios a visitar a sus difuntos, después de la verbena del Día de Muertos realizada el 2 de noviembre en las iglesias. Estos sitios se localizaban fuera de la población y los visitantes adornaban sus tumbas con mantones, encajes, flores y candelabros y comían allí, debido a la distancia del lugar, pero no para departir con los muertos como se cree“, explicó Malvido.

Hace 35 años, cuando la historiadora inició sus investigaciones sobre la demografía histórica de México en un proyecto interdisciplinario enfocado en Cholula, Puebla, trabajó con los libros parroquiales, donde se asentaban las partidas de bautizos, matrimonios y funciones de la iglesia en la época colonial.

“Uno de los problemas con los que me encontré fue que las grandes epidemias devastaban a las poblaciones. Este tema me obligó a trabajar sobre la muerte y la historia de las enfermedades infectocontagiosas. La mortalidad es la variable que determinó, hasta 1960, el comportamiento global de la población”, explica Elsa Malvido.

Más tarde comenzó a trabajar aspectos que tienen que ver con la muerte: ritos y entierros, salud, herbolaria, así como la concepción y formación del homo sapiens se refleja en que el hombre entierra a sus muertos y les pone flores.

“El enterramiento es una costumbre de los mamíferos. Para una segunda alimentación han enterrado a sus iguales y luego se los han comido. El canibalismo ha existido en todas las culturas del mundo, no sólo en las americanas.”

En el siglo XVI los mexicas, además, cremaban los cuerpos o realizaban entierros, no se conoce aún el significado de uno u otro sistema, dice Malvido.

Durante la Colonia, los sitios en los cuales se depositaban los restos mortuorios estuvieron ubicados debajo del altar de cada santo dentro de la iglesia; entre más cercano se estuviera del altar era más costoso. Al pueblo indígena se le enterraba en los atrios o capillas abiertas y la fosa común era ocupada por quienes no tenían dinero.

Al término del entierro se realizaba un banquete o comilona, de ahí la conocida frase: “El muerto al pozo y el vivo al gozo”. Esta celebración es universal; en algunas culturas, como en Europa del Este, se comía al muerto. El pan de muerto y las reliquias de los santos son una reproducción que significa “comerte al muerto o hacer comunión con los santos”.

Concluye informando que uno de los cementerios más característicos durante la Colonia fue el de la Santa Veracruz de San Juan del Río, Querétaro, el cual se construyó en 1855 como resultado de la segunda pandemia de cólera morbo. Las familias ricas no aceptaron enterrarse en el cementerio civil común y establecieron éste junto a la iglesia, en lo alto y fuera del poblado, para evitar los vientos que levantaban los miasmas (microbios), de acuerdo con la legislación borbónica; de ahí el origen católico del Día de Muertos.

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CARTA ABIERTA AL PRESIDENTE RAJOY

 

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Título: Homilía: «Decimoprimer domingo después de Pentecostés»
Autor: R.P. Alfonso Gálve Morillas
Homilía correspondiente a la Misa del domingo 24 de agosto de 2014. Publicado aquí sin el permiso expreso del autor

«Éfeta.» Ábrete, boca muda. Ábrete, boca cristiana, para pregonar tu fe.

Los milagros del Salvador son algo más que un signo de su poder y de su bondad. Simbolizan también lo que obranm por medio de la gracia, en lo íntimo de las almas. El «Éfeta = Abríos» que ha curado al sordomudo, lo repite la Iglesia en el bautismo de todos nosotros. La obra de la Iglesia, lo mismo que la de Cristo, es la de abrirnos a las cosas de Dios.

La catequesis cristiana, transmitida fielmente hasta nosotros desde los apóstoles, nos enseña lo que debemos creer y, en primer lugar, la muerte redentora de Jesús y su resurrección, que son la base de nuestra fe. La buena nueva de la salvación, que no cesa de predicar la Iglesia siempre y por doquier, consiste en el acceso de los hombres a Dios por la expulsión de Satanás y la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte.

La misa de hoy nos hace cantar a la omnipotente e infinita bondad de Dios, que, después de salvar a su pueblo, le reúne en su Iglesia y le regocija con su protección. Tomado del Misal diario Latín-español

La Biblia y la Liturgia de este día. Sobre la curación del sordomudo: Isaías XXXV, sobre todo 4-6; XXIX,18; XXXII,4. Jesús mismo se presentó como realizando estas profecías mesiánicas (Mateo XI,2-5). Véase también Mateo XV,29-31. Acúdase también a Isaías VI, donde un serafín purifica los labios del profeta antes de que reciba la misión de hacer ciego y sordo al pueblo proponiéndole una enseñanza que no ha de recibir. (Ver Mateo XIII,10-15, donde el Señor abre el corazón de una de las oyentes de san Pablo, y Lucas XXIV,25-27,45, donde Jesús, después de su resurrección, abre el entendimiento de sus discípulos). Es también la petición de 2Macabeos I,4 y del salmo CXVIII,18,131. Véase también 4Reyes VI,8-23 – Isaías L,5.

Lectura de la Biblia. Proverbios I,1-7; I,20 a III,26; IV; VIII, XIX; XV; XVI; XXIII,19-35; XXIV,23-34; XXVI,13-26; XXXI – Eclesiastés I,1-11; XII.

Decimoprimer domingo después de Pentecostés

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Título: Homilía: «Séptimo domingo después de Pentecostés»
Autor: R.P. Alfonso Gálvez Morillas
Homilía correspondiente a la Misa del domingo 27 de julio de 2014. Publicado aquí sin el permiso expreso del autor

La rama, injertada en el árbol de la cruz y en Cristo, debe dar buenos frutos bajo el sol rotundo de la gracia: ¡ay de la rama muerta, a la que el hacha hará caer en el fuego!

Adherido el cristiano a su cabeza, Cristo, como las ramas al árbol que les da la vida, debe producir buenos frutos, so pena de ser cortado y echado al fuego. La amenaza es terrible.

El valor y la autenticidad de una vida cristiana se prueban por las obras que produce. «Un árbol bueno produce buenos frutos.» Aunque hay más debilidad que malicia en el desorden y vacío de bien de las vidas humanas, con todo, no es menos verdadera la apreciación de Cristo. Retengámosla para nosotros mismos en todo su rigor y desconfiemos de los «falsos profetas», que abundan en bellas palabras, sin enmendar su vida.

Idéntico programa de íntegra lealtad, en la epístola, en la cual recurre san Pablo a las exigencias de nuestra vida de bautizados. Arrancados al pecado y consagrados a Dios, debemos mostrar en la práctica de una vida santa la misma entereza que otros, sin tener en cuenta la «justicia» cristiana, ponen en su vida de pecado.

La Biblia y la Liturgia de este día. Sobre los falsos profetas y los malos pastores: Deuteronomio XIII,2-6; XVIII,15-22 – 3Reyes XVIII,16-40 – Jeremías XXVII; XXVIII – Ezequiel XIII; XXII,23-31 – Zacarías XI,15-17. Véase también el 2º domingo después de Pascua (el buen pastor). Sobre el árbol y sus frutos: Mateo XII,33-37 – Santiago III,12. Véanse también el episodio de la higuera maldita (Marcos XI,12-14,20), la parábola de la higuera estéril (Lucas XIII,6-9), las alegorías de la viña (Isaías V,1-7 – Jeremías II,21 – Ezequiel XV; XIX,10-14 – Salmo LXXIX,9-20 – Juan XV,1-8); la parábola de los viñadores homicidas (Mateo XXI,33-44), el leño verde y el leño seco (Lucas XXIII,27-31), la sal desvirtuada (Mateo V,13), la predicación de Juan Bautista (Mateo III,7-10).

Lectura de la Biblia. 3Reyes XI,26 a XIII,6; XVI,29 a XIX,21; XXI,1-24; XXII,7-38 – 4Reyes II,1-14. Tomado del Misal Diario latín-español

«Séptimo domingo después de Pentecostés»

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Posteado por: Alejandro Villarreal | Domingo, julio 20, 2014

Homilía: «Sexto domingo después de Pentecostés» por el R.P. Alfonso Gálvez Morillas

Título: Homilía: «Sexto domingo después de Pentecostés»
Autor: R.P. Alfonso Gálvez Morillas
Homilía correspondiente a la Misa del domingo 20 de julio de 2014. Publicado aquí sin el permiso expreso del autor

«Tomando los panes, dio gracias, los partió y los dio a los doce para que los repartieran a la hambrienta multitud; bendijo asimismo los peces y mandó distribuirlos»: imagen de la eucaristía, verdadero Pan de vida para los hombres.

«El Señor es la fortaleza de su pueblo.» Cántico magnífico de alegría y de varonil confianza, en que, una vez más, expresa el pueblo cristiano su confianza y su seguridad. El gradual, el aleluya y el ofertorio hacen eco a este hermoso cántico de entrada.

La epístola y el evangelio ponen de nuevo ante nuestros ojos nuestra condición de bautizados. Muertos al pecado por el bautismo, deberíamos vivir una vida nueva, en que no hubiese lugar alguno para el pecado; la vida de Cristo debe regular la nuestra y llevarla hacia Dios, sin ningún compromiso con la pasada esclavitud, de la que nos ha libertado. Mas sería irrealizable esta exigencia se santidad, e imposible de sostener nuestra marcha hacia Dios, si él no viniera en nuestra ayuda para comunicarnos la fuerza necesaria. Entre todos los socorros sobrenaturales que se nos prodigan y cuya acción bienechora canta la misa de hoy, ocupa el primer lugar la eucaristía. La multiplicación de los panes, que la anunciaba, muestra el pan cotidiano de nuestras fuerzas para seguir a Cristo «sin desfallecer en el camino». Tomado del Misal diario Latín-español

La Biblia y la Liturgia de este día. Sobre la multiplicación de los panes. Hoy se nos ofrece el segundo de estos milagros; léase el primero en Marcos VI,30-44.

Sobre sus prefiguraciones en el Antiguo Testamento: Dios alimenta a su pueblo en el desierto con el maná y las codornices y el apaga la sed con el agua que brota de la roca (Éxodo XVI; XVII,1-7), la olla Sarepta (3 Reyes XVII,7-16), Eliseo multiplicando los panes (4 Reyes II,19-22).

Sobre su simbolismo eucarístico, léase el discurso del pan de vida que sigue al relato de este milagro (Juan VI).

Sobre los efectos del bautismo cristiano. Incorporación a Cristo, con quien se muere al pecado (Romanos VI, de donde está tomada la epístola del día), y con quien se resucita (Efesios II,4-6 – Colosenses II,9-15; III,1-4), incorporación a la Iglesia en Cristo y en el Espíritu Santo (1 Corintios XII,12-13 – Gálatas III,27-28 – Efesios I,22-23; IV,1-6), nuevo nacimiento espiritual que borra los pecados y da la vida eterna (Juan III,1-21).

Lectura de la Biblia. 3 Reyes I,5-40; III; V,9-20; X,1-13; XI,1-13.

Sexto domingo después de Pentecostés

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Posteado por: Alejandro Villarreal | Martes, julio 15, 2014

Homilía: «Quinto domingo después de Pentecostés» por el R.P. Alfonso Gálvez Morillas

Título: Homilía: «Quinto domingo después de Pentecostés»
Autor: R.P. Alfonso Gálvez Morillas
Homilía correspondiente a la Misa del domingo 13 de julio de 2014. Publicado aquí sin el permiso expreso del autor

Él es nuestra paz: la sacamos de la cruz y del altar, para dárnosla mutuamente, con gesto de amor y perdón.

La epístola y el evangelio inculcan fuertemente el deber de la caridad fraterna. Seremos responsables ante Dios, no sólo de atentar contra la vida de nuestros hermanos, si lo hacemos, sino también de toda falta a su respecto. Debemos volver bien por mal y ser en todo tiempo obradores de paz. Hemos de sufrir, si es necesario, por la justicia y seguir sin oerturbarnos la práctica del bien.

Sin esto no hay acceso a Dios. Nuestras relaciones con Dios ordenan nuestra actitud para con nuestro prójimo. Nadie es tan bueno como Dios; nadie ama como Dios ama. Por nuestra parte, también debemos estar llenos de compasión, de amor fraterno y de misericordia. Procuraremos, pues, la felicidad de los demás, ya que se nos ha llamado a poseer en herencia la felicidad de Dios.

La Biblia y la Liturgia de este día. Sobre el mandamiento «no matarás» y su sanción: Génesis IX,5-6 – Éxodo XX,13; XXI,12. En contraposición, léase en Génesis IV,1-16 la historia del primer homicidio: el de Abel por Caín.

Sobre el alcance cristiano de este precepto, véanse la fiesta de la Octava de Navidad (sentido cristiano de una circuncisión enteramente espiritual) y el 2º domingo después de Epifanía (superioridad de la nueva alianza frente a la antigua); léase también 1Juan III,15.

Sobre las condiciones para que sea agradable a Dios una ofrenda: No ha de provenir de mala adquisición (Levítico V,21-26 – Eclesiástico XXXIV,18-24), ni ir pareja con la injusticia social (Isaías I,10-20 – Jeremías VII,1-28 – Amós III a V – Miqueas I a III; VI; VII); el verdadero culto exige la beneficiencia (Isaías LVIII – Miqueas VI,6-8) y presupone un corazón purificado (Salmo L, sobre todo 18-19). repásense, igualmente, los reproches de Cristo a los fariseos (Mateo XXIII).

Lectura de la Biblia. 2Reyes XI,14 a XII,25; XV; XVI,5-14; XVII,1 a XIX,16; XXIII,1-7; XXIV,10-25. [Tomado del Misal Diario latín-español]

Quinto domingo después de Pentecostés

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