Posteado por: B&T | Viernes, octubre 11, 2019

Patriarcado Católico Bizantino: «Anatema contra el Sínodo Amazónico y los hombres de la Iglesia participantes»

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Título: Patriarcado Católico Bizantino: «Anatema contra el Sínodo Amazónico y los hombres de la Iglesia participantes»

EL PATRIARCADO CATÓLICO BIZANTINO DICTA ANATEMA CONTRA 26 cardenales, 134 obispos y 99 sacerdotes por el Sínodo de la Amazonía.

EL PATRIARCADO CATÓLICO BIZANTINO toma las riendas frente a la Apostasía generalizada llevada a cabo por Bergoglio y los suyos, y manifestada de forma evidente en este Sínodo Diabólico Amazónico; y dictan Anatema contra toda esta gentuza eclesial.

Un sinónimo del término “anatema” es excomunión, maldición, exclusión del Cuerpo de Cristo, la Iglesia. Este castigo más severo es establecido por Dios mismo. Expresa la realidad espiritual que se aplica a los herejes que han abandonado el Evangelio de Cristo y el Espíritu de Cristo (Rm 8). En cambio, han recibido el espíritu de herejía y predican un antievangelio. Así se han excluido del Cuerpo Místico de Cristo y están en el camino a la perdición, a pesar de que ocupan los más altos cargos en la Iglesia.

Anatema contra el Sínodo Amazónico y los hombres de la Iglesia participantes

Promoviendo un antievangelio, arrebatan almas del rebaño de Cristo y las llevan a la destrucción. Lo hacen con mucha astucia. Utilizan terminología teológica, por lo que influyen en muchos sacerdotes y obispos.

Si el hereje mismo es un obispo, cardenal o papa, entonces el alcance de la herejía es enorme. Nuestro Señor Jesús advierte contra ellos: “Por sus frutos los conoceréis” (Mt 7, 16).

Los cristianos indefensos preguntan: ¿Qué protección hay contra estos lobos con piel de cordero? Dios ha establecido protección contra los herejes, que es anatema.

El Apóstol lo expresa de la siguiente manera: “Pero si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anuncia un evangelio diferente del que os hemos anunciado ¡sea anatema! Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: Si alguien os predica un evangelio diferente del que habéis recibido, ¡sea anatema!” (Ga 1, 8-9)

La esencia del ministerio papal es proteger la pureza de la fe y la moral contra las herejías. En la actualidad, el papado está ocupado ilegalmente por un hombre que abusa de la silla de San Pedro para destruir la fe y la moral. ¿Quién debería publicar un anatema contra este Judas ampliamente conocido? Dios ha establecido el ministerio profético para este propósito.

El Patriarcado católico Bizantino ejerce hoy este ministerio.

El Vaticano II explotó la reforma litúrgica para provocar el caos y, entretanto, implantó en silencio las herejías del neomodernismo y sincretismo. Su fruto también es el pseudopapa con su Sínodo Amazónico.

Bergoglio y su colegio herético copian el método del Vaticano II. Hoy, el Sínodo está diseñado para provocar el caos al abolir el celibato con el fin de abrir camino silenciosamente hacia la satanización de la Iglesia y su transición a una anti-Iglesia de la Nueva Era.

Muchos católicos, desafortunadamente incluyendo sacerdotes y obispos, olvidan la esencia del cristianismo. La esencia no es trabajo social o diálogos cuestionables. Es una lucha por la salvación de las almas inmortales. Nuestra salvación está en la metanoia y en la fe en nuestro Señor Jesucristo, que murió en la cruz por nosotros. Después de Su resurrección, envió a los apóstoles a predicar el arrepentimiento para el perdón de los pecados. “En su nombre se predicará el arrepentimiento y el perdón de pecados a todas las naciones”. (Lc 24, 47) Todos los apóstoles y misioneros obedecieron este mandato y morían como mártires por la salvación de las almas.

¡El antievangelio del neomodernismo no sólo no predica el camino de salvación a los paganos, sino que también arrastra a los cristianos en el camino de la destrucción! ¡Este es un gran crimen! Este antievangelio es diametralmente opuesto al Evangelio de Cristo. El Señor Jesús no envió al Apóstol de las naciones a los paganos para que se enriqueciera en su así llamada espiritualidad, pero le dijo a él: Te envío a los gentiles “para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban perdón de los pecados por la fe en mí” (Hch 26, 18). Bergoglio y el Sínodo de la Amazonía no quieren que los paganos se conviertan de las tinieblas a la luz y de la potestad de Satanás a Dios. El Sínodo quiere que los católicos se conviertan de Dios a Satanás y de la luz a las tinieblas.

¡Esta es la mayor traición de Cristo en la historia de la Iglesia! Por esta traición por predicar el otro evangelio, Bergoglio y todos los participantes del Sínodo de los ladrones se han excluido del Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia.

El Patriarcado Católico Bizantino por la presente declara un anatema —la exclusión de la Iglesia y la maldición— que los participantes del Sínodo de la Amazonía han traído sobre sí mismos:

Por autoridad del ministerio profético y apostólico, en el nombre del Dios Trino, Padre, Hijo y Espíritu Santo, declaran un anatema —exclusión del Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia— contra 26 cardenales, 134 obispos y 99 sacerdotes, participantes en el Sínodo apóstata de la Amazonía.

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Responses

  1. Tengo una pregunta. El sínodo de la Amazonia piensa abogar x los sacerdotes casados, dar el sacramento del orden a las mujeres, pero que el clero bizantino no acepta ya a sacerdotes casados?

    • Así es, el clero de la iglesias orientales ordenan varones casados (no mujeres), sin embargo, estos sacerdotes no pueden ser obispos. Esta no es la costumbre o la regla en las iglesias latinas. En el Sínodo Amazónico se propone que se ordenen varones casados, pero de origen tribal (con todo y su rito especial indigenista. Es decir, se quiere abandonar las misiones para poner a hombres de dudosa formación católica, no sólo a evangelizar, sino a ejercer el ministerio sacerdotal), también se pretende introducir la ordenación de mujeres y extender la jurisdicción a los laicos. Todo lo cual excede y nada tiene que ver con lo que se ha practicado en las iglesias orientales.
      +
      Le refiero un interesante artículo al respecto:

      Enrico Cattaneo / La Nuova Bussola Quotidiana

      Hay colectivos que insisten en pedir que la Iglesia Católica latina renuncie al celibato de los sacerdotes, poniendo como ejemplo a las Iglesias católicas orientales, las ortodoxas y las protestantes.

      Pero para poner las cosas en su contexto y no compararlo todo sin razón, el jesuita Enrico Cattaneo, experto en dogmática y teología de las iglesias orientales (es profesor de teología dogmática y patrística en la Facultad de Teología de Nápoles y en el Pontificio Instituto Oriental de Roma) ha escrito un artículo titulado “Celibato de los sacerdotes: aclaremos las cosas”, en La Bussola Quotidiana que publicamos en español por su interés.

      Y entre las primeras que hay que aclarar es que ortodoxos y católicos no “casan curas” sino que “ordenan a hombres casados”, y además no ordenan como obispos a hombres casados. Esta es la explicación.

      Celibato de los sacerdotes, aclaremos las cosas,
      por Enrique Cattaneo, sj

      De nuevo, la cuestión del celibato de los sacerdotes vuelve a ser objeto de crónica en los periódicos, y también en la entrevista al Papa Francisco en el avión de vuelta de Tierra Santa no ha faltado la pregunta sobre los “sacerdotes casados” dado que, como bien se sabe, los ortodoxos tienen sacerdotes casados, y los ministros protestantes y anglicanos, – identificables ‘grosso modo’ con los sacerdotes católicos – están casi todos ellos casados. ¡La pregunta del periodista parece además estar justificada por el hecho que en Alemania parece que los sacerdotes católicos lo único que esperan es poder casarse!

      De izquierda a derecha, los 3 ordinarios -superiores- que pastorean los ordinariatos anglocatólicos de Australia, Gran Bretaña y Norteamérica… con sus esposas; eran obispos anglicanos, hoy son sacerdotes católicos plenamente fieles a Roma, un caso especial… pero no son obispos aunque usen mitra o pectoral con permiso de Roma.

      El Papa responde aclarando, ante todo, que en las Iglesias católicas de rito oriental ya «¡hay sacerdotes casados!». Y continua: «El celibato no es un dogma de fe, es una regla de vida que yo aprecio mucho y que creo es un don para la Iglesia. No siendo un dogma de fe, la puerta está siempre abierta».

      ¿Abierta a qué? El Papa no lo dice, y no podía hacerlo en una entrevista en el avión, que forzosamente debe ser breve. Pero para que sus palabras no sean malinterpretadas, intentaremos aclarar algunas cosas.

      Primero de todo, el Papa habla de “celibato”; ser célibes, en el sentido común del término, significa no estar casados. Sin embargo, en el lenguaje cristiano, el concepto de “celibato” está estrechamente vinculado con el de “castidad” y el de “continencia sexual”. Uno puede ser célibe pero tener relaciones sexuales con mujeres, ser un vicioso, etc., etc.

      Cuando se dice que un sacerdote debe ser célibe, significa que debe vivir en la castidad total, es decir, no sólo abstenerse de cualquier relación sexual, sino también tener un corazón puro, un corazón libre también afectivamente, porque está consagrado al Señor.

      En otras palabras, un sacerdote incumple su compromiso de celibato no sólo cuando tiene relaciones sexuales con mujeres, sino también cuando permite a su corazón enamorarse de una mujer, cuanto tiene contacto físico con ella (abrazos, caricias) aunque no llegue a tener relaciones sexuales completas.

      Un sacerdote que tiene una “novia”, aunque no se vaya a la cama con ella, no cumple su promesa de celibato.

      A causa de este estrecho vínculo entre celibato y castidad, muchos ya no distinguen entre celibato (como estado civil) y castidad o continencia sexual (como virtud), de lo que derivan muchas confusiones.

      Por tanto, el Papa ha hablado del “celibato” de los sacerdotes en sentido total, como estado civil y como virtud, y ha dicho que esta es una “regla”, añadiendo que esta regla no es «un dogma de fe». Intentemos entender mejor esto.

      En la Iglesia católica de rito latino existe una “regla” o “ley del celibato”. Si se trata de una “regla”, hay que considerarla sobre todo desde el punto de vista canónico.

      ¿Qué significa esta regla? Lo dice por primera vez de manera explícita el Código de Derecho Canónico de 1917 (can. 987, § 2), donde se establece que las personas casadas «están imposibilitadas», es decir, no pueden acceder a la sagrada ordenación.

      En otros términos, el estar casados, el estar en estado conyugal, actualmente en la Iglesia católica de rito latino constituye un “impedimento” canónico para recibir el sacramento del Orden. Este “impedimento” está también reflejado en el nuevo Código de Derecho Canónico de 1983 (can. 277 § 1). Se trata de un impedimento “simple”, es decir, que la ordenación de un hombre casado resulta ilícita, pero no inválida.

      Ahora bien, este “impedimento” no existe desde siempre en la Iglesia católica.

      De hecho, en la Iglesia antigua los sagrados ministros eran elegidos tanto entre personas célibes como entre personas casadas. No tenemos estadísticas (o al menos yo no las conozco), pero es verdad que muchos sacerdotes y obispos estaban casados.

      Por poner algún ejemplo, que se remonta incluso al periodo apostólico, San Pedro estaba casado, mientras que San Juan no sólo era célibe, sino que también era virgen; San Pablo, en cambio, era célibe.

      Por citar otros nombres bastante conocidos, San Paulino, obispo de Nola, estaba casado, como también San Hilario, obispo de Poitiers y San Gregorio, obispo de Nissa. San Agustín tuvo una concubina y San Ambrosio era célibe (y, tal vez, también virgen).

      Lo que hay que tener presente – y no todos lo hacen – es que quien era ordenado (diácono, presbítero u obispo), estuviera casado o fuera célibe, desde ese momento en adelante se comprometía a vivir en la perfecta continencia.

      A esto lo llamo “la ley de la continencia”: no era una ley escrita, codificada, sino que emanaba de la naturaleza misma del ministerio apostólico, del cual los ministerios diaconal, presbiterial y episcopal son una prolongación.

      Era evidente que la imposición de las manos para el ministerio confería una gracia del Espíritu Santo que hacía que la persona estuviera totalmente consagrada a Cristo, para el servicio del Evangelio, de los sacramentos y del pueblo santo.

      Si el ordenado era célibe, a partir de entonces debía vivir este estado en verdadera castidad, resistendo a todas las tentaciones y seducciones de la carne, que sin duda tenía. Evidentemente, esto era posible sólo con una vida espiritual intensa, porque la castidad por sí sola no se aguanta de pie si no está acompañada por la oración, el espíritu de servicio, la humildad y la caridad.

      ¡Cuántos sacerdotes y obispos célibes de la Iglesia antigua han sido también arribistas, intrigantes, negociantes, amantes de la buena mesa, como testimonian los escritos de San Cipriano y San Juan Crisóstomo!

      Si el ordenado estaba casado, se planteaba otra serie de problemas: ¿cómo vivir la continencia estando con la propia esposa? ¿Estaría ella de acuerdo en renunciar a las relaciones conyugales?

      Evidentemente, las esposas de los ordenados tenían que vivir la misma espiritualidad que sus maridos, convertidos en sacerdotes u obispos.

      De manera concreta, se utilizaban camas separadas y, donde era posible, también habitaciones separadas.

      Por ejemplo, San Paulino y su mujer Terasia, en vista de la ordenación de él como presbítero, decidieron vivir en perfecta castidad, aunque vivían cerca el uno de la otra en el centro monástico que ellos habían fundado en Cimitile, en los alrededores de Nola, junto a la tumba de San Felix mártir.

      Sin embargo, no todos eran santos. Sucedía que muchos sacerdotes seguían teniendo relaciones conyugales con sus esposas, ya sea por debilidad, ya sea por ignorancia de las normas de la Iglesia.

      Generalmente, se confiaba en los buenos propósitos de las personas, pero si la esposa se quedaba embarazada estaba claro que la castidad no había sido respetada.

      Por este motivo, a partir del siglo IV, los sínodos que se ocuparon de dicha cuestión prohibieron expresamente a los sagrados ministros casados que continuaran la convivencia con sus esposas.

      Así, el sínodo de Elvira, en España, a principios del siglo IV estableció que «el obispo o cualquier otro clérigo tenga consigo sólo una hermana o una hija virgen consagrada a Dios» (can. 27). Si se habla de “hija” significa que estaba casado. E

      sta norma está afirmada de manera más clara en el can. 33: «Se establece, sin excepción, para obispos, presbíteros, diáconos […], esta prohibición: deben abstenerse de tener relaciones con sus mujeres y generar hijos. Quien haga esto será apartado para siempre del estado clerical».

      Algunos han interpretado esta norma como si el sínodo de Elvira hubiera introducido una novedad “de un día a otro”, prohibiendo lo que antes, en cambio, estaba pacíficamente admitido. Pero dicha interpretación no se sostiene. Emitir una prohibición no significa prohibir algo que antes estaba permitido, sino frenar un abuso.

      Un decreto aún más solemne es el del Concilio de Nicea del año 325 (I° ecumenico), que en el can. 3 establece: «Este gran concilio prohibe absolutamente a los obispos, presbíteros y diáconos […] que tengan consigo una mujer, a no ser que se trate de la propia madre, una hermana, una tía o una persona que esté por encima de toda sospecha».

      Hay otro hecho, mencionado precisamente en este canon, que hace pensar que ya desde los primeros siglos los miembros del clero eran en gran parte célibes, y es el problema de las convivencias.

      Efectivamente, ¿quién cuidaba de los sacerdotes célibes que ya no tenían a su madre o no tenían una hermana?

      Algunos pensaron tener en su casa a una virgen consagrada (las denominadas virgines subintroductae) para las tareas domésticas, pero esta solución no convencía porque alimentaba la sospecha entre la gente. Por eso, obispos como San Cipriano y San Juan Crisóstomo condenaron enérgicamente esta práctica.

      En definitiva, desde el punto de vista de la Iglesia antigua, el problema no era si ordenar personas casadas o célibes, sino cómo vivir de manera auténtica la castidad sacerdotal.

      La orientación que fue prevaleciendo fue la de aceptar personas célibes, esperando que estuvieran formadas en la virtud.

      Los distintos concilios medievales que se expresaron sobre esta cuestión, hasta el concilio de Trento, constataron no sólo la dificultad de tener sacerdotes que fueran célibes, sino también que fueran capaces de dominar la propia sexualidad, por lo que a menudo vivían con concubinas o incluso intentaban casarse.

      Así, el concilio Lateranense II (1139) declara que si un obispo, un sacerdote o un diácono se atreve a contraer matrimonio, dicho matrimonio es inválido.

      Lo mismo repite el concilio de Trento en 1563 (ses. 24, can. 9).

      A pesar de estas evidentes dificultades, la Iglesia latina ha mantenido siempre la “ley de la continencia” que, de hecho, se ha convertido en la “ley del celibato”.

      El padre Wissam, católico de rito maronita (árabes libaneses), a quien vemos con su esposa e hija, ha sido ordenado sacerdote católico en Estados Unidos este mismo año para servir a la comunidad católica maronita del país… Es el primer caso de hombre casado ordenado sacerdote para el rito maronita en EEUU, pero es algo común en países árabes entre los cristianos de rito oriental, católicos, ortodoxos o siríacos

      El caso de Oriente
      Las cosas han ido de manera muy distinta en la Iglesia griega, donde a partir del siglo VIII, con el concilio Quinisexto (o Trullano) se concedió mitigar la ley de la continencia, permitiendo a los sacerdotes y a los diáconos casados continuar sus relaciones conyugales y tener hijos.

      Sin embargo, para los obispos se mantuvo la ley de la continencia o del celibato.

      Resumiendo: la “ley del celibato”, como la hemos explicado al inicio, es decir, como norma que por derecho canónico “impide” a las personas casadas acceder al sacramento del Orden, es claramente una norma eclesiástica hecha por la Iglesia y no emanada de la Palabra de Dios, que en San Pablo prevé que sean elegidos como diáconos, presbíteros u obispos también personas casadas, siempre que lo hayan estado “sólo una vez” y hayan dado una buena prueba en la educación de los hijos (1 Timoteo 3, 2; 3, 12; Tito 5, 6).

      La “ley de la continencia” es, en cambio, según mi parecer, de origen apostólico y tiene sus raíces en la propia figura de Jesús, el cual no se casó y pidió a sus apóstoles un seguimiento radical que implicaba abandonar la vida conyugal por el reino, de acuerdo con la esposa, que a partir de ese momento se convertía en una “hermana”.

      En definitiva, el paso del estado conyugal al sacerdotal fue admitido en la Iglesia antigua, pero no se admite ahora en la Iglesia católica de rito latino.

      En cambio, el paso del estado sacerdotal al conyugal no ha sido nunca admitido en la Iglesia, ni antigua, ni moderna, y tampoco en las Iglesias ortodoxas.

      Aquí no hay “puertas abiertas”. La razón es que el estado sacerdotal es algo más respecto al estado conyugal. Ahora bien, se puede pasar del menos al más, pero no del más al menos.

      Por lo tanto, decir que en la Iglesia antigua los sacerdotes se podían casar es una tontería; decir que los sacerdotes ortodoxos se pueden casar es otra tontería.

      Pero decir también que la “ley del celibato” ha existido siempre en la Iglesia es una cosa no exacta. Retomemos entonces las palabras del Papa, esperando que ahora sean más claras: «El celibato no es un dogma de fe, es una regla de vida que yo aprecio mucho y que creo es un don para la Iglesia». Por tanto, el celibato sacerdotal, aún siendo una regla de la Iglesia, es sin embargo un “don” valioso que la Iglesia católica ha madurado en el tiempo y que conserva celosamente porque es el medio para tener alta la espiritualidad de sus ministros, en conformidad con las exigencias del Evangelio.

      (Traducción de Helena Faccia Serrano, Alcalá de Henares) Publicado en Religión en Libertad


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