Posteado por: B&T | Jueves, marzo 2, 2017

«De la verdad del consorcio o cooperación de la Bienaventurada Virgen María en la obra de la Redención en general» por el M.I.Sr.Dr.D. Gregorio Alastruey

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Título: De la verdad del consorcio o cooperación de la Bienaventurada Virgen María en la obra de la Redención en general
Autor: M.I.Sr.Dr.D. Gregorio Alastruey
Tomado del libro Tratado de la Virgen Santísima

Contenido:

CUESTIÓN I. Si la Bienaventurada Virgen María fue consorte de Cristo en la obra de la redención humana.

Aunque algunos teólogos, considerada la cooperación de María a la redención bajo ciertos modos o aspectos particulares, se nieguen a admitirla, bien sabido es que, tratada en general, está fuera de toda controversia, ya que esta verdad mariana es, después de la de la maternidad divina, la más fundamental, y tan cierta que pertenece al depósito de la revelación.

TESIS: La bienaventurada Virgen María es consorte de Cristo en la obra de la redención humana.

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1º. Magisterio de los Romanos Pontífices.- Los Romanos Pontífices enseñaron siempre esta doctrina.

León XIII dijo:

“Inmune de la primera culpa, escogida para Madre de Dios y, por esto mismo, hecha consorte (de cristo) para salvar al género humano, tiene tanta gracia y poder cerca de su Hijo, que mayor no pudo ni podrá alcanzarle jamás criatura alguna entre los ángeles ni los hombres” [1].

Y en otro lugar:

“Entre todas estas cosas, vuela gustosa el alma a la gran Madre de Dios y consorte suya en la reparación humana, a la cual siempre acudió la cristiandad entera en sus dificultades y angustias” [2].

Afirmación que repite en otro documento:

“Nadie para reconciliar a los hombres con Dios ha prestado ni prestará jamás obra parecida a la que ella ha prestado” [2].

De Pío X son estas palabras:

“Porque María supera a todos en santidad por su unión con Cristo y por haber sido admitida a la obra de la humana redención” [4].

Y Pío XI se expresa de este modo:

“La Virgen soberana, concebida sin la primera culpa, fue elegida Madre de Cristo precisamente para ser su consorte en la redención humana.”

Añádanse a éstos otros muchos documentos pontificios, que citaremos con frecuencia a lo largo de la obra.

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2º. Sagrada Escritura.- También la Sagrada Escritura viene en apoyo de nuestra tesis (Gen. III,15):

Pondré enemistades entre ti y la mujer, entre tu linaje y su linaje; ella quebrantará tu cabeza y tú pondrás asechanzas a su calcañar.

Aquí María es asociada a Cristo en las enemistades y batallas que ha de reñir contra el diablo y el el triunfo plenísimo que sobre él ha de obtener en todo momento. Ahora bien, triunfar del diablo en la presente providencia no es otra cosa que llevar a cabo la redención humana, o lo que es igual, librar al hombre del pecado, por el cual se hizo esclavo del demonio, y reintegrarle al primitivo estado de amistad con Dios.

El papa Pío IX explica esta asociación de María con Cristo en la redención, según el citado versículo del Génesis, de este modo:

La Santísima Virgen, unida con Cristo en lazo indisoluble, manteniendo juntamente con Él y por Él enemistades sempiternas contra la venenosa serpiente y triunfando de ella totalmente, la aplastó la cabeza con su planta inmaculada“. [5]

No falta quien pretende despojar a este argumento de toda la fuerza, como si el triunfo de la Santísima Virgen consistiera solamente en la inmunidad del pecado de origen.

Así, el P. Marlaskaj, O.F.M., distingue en la bula Inefabilis Deus un doble triunfo: uno propio de Cristo:

“Por el cual, como Cristo…, borrando la escritura del decreto dictado contra nosotros, lo clavó triunfante en la cruz”; otro, común a Cristo y a María: “Así, la Santísima Virgen, unida a Cristo con vínculo irrompible, quebrantó con su planta inmaculada la cabeza de la serpiente”. [6]

Es cierto que en la concepción inmaculada de María se contiene una gran victoria sobre el diablo, como se dice en el Cántico: “Dios te salve, vencedora de la infernal serpiente. La sola libre del aguijón de aquélla”[7]; pero la misma concepción inmaculada de la Virgen no es otra cosa que el primer triunfo, necesario para los que habían de seguirse.

La misma bula Ineffabilis declara que el el divino oráculo del Génesis fue “clara y abiertamente señalado y premostrado el misericordioso Redentor de los hombres, es decir, el Hijo unigénito de Dios, Cristo Jesús, y designada su beatísima Madre, la Virgen María, y a la vez señaladamente expresadas las mismísimas enemistades de los dos contra el demonio”. Y en verdad, si las enemistades de Cristo y María con el diablo son las mismas, y, por tanto, la misma lucha de la cual habían de conseguir el mismo triunfo, claro está que allí se presenta a María como consorte de Cristo y a El singularmente unida tanto en la lucha como en la victoria sobre el enemigo. Luego si la victoria de Cristo consistió en la redención de los hombres y en la restauración de la obra de Dios destruida por el pecado, María tuvo que cooperar con su Hijo en la realización de estas obras.

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Santos Padres y doctores de la Iglesia.- a) Es corriente en los Santos Padres la comparación de María con Eva, de tal modo, que el lugar y la parte que tuvo Eva, junto a Adán, en la ruina del género humano, se le asigne a María, junto a Cristo, en la obra de la redención [8]. Así como Eva fue consorte y cooperadora de Adán en nuestra caída, María lo fue de Cristo en el negocio de la redención humana.

b) Con frecuencia los Padres y doctores llaman a Cristo esposo de María y a El la unen como esposa y ayudadora en la obra de la salvación.

Y así San Efrén hace hablar a María, dirigiéndose a su Hijo, recién nacido, de este modo:

“Yo soy tu hermana, ya que David es padre de los dos; y soy tu madre, porque te concebí en mi seno; y soy tu esposa, por la santidad que de ti recibo.” [9]

San Pedro Crisólogo:

“Vuela hacia la esposa el ligero nuncio (Gabriel) para apartar de la esposa de Dios la inclinación al humano desposorio, no robando a San José su Virgen, sino devolviéndole a Cristo, a quien fue prometida, al encarnarse en su seno.” [10]

Basilio de Seleucia:

“Al engaño de la serpiente contrapuso el triunfo que decretó por el hombre contra el diablo; a Eva opuso una Virgen qye había de parir sin la amargura de la universal maldición, y un hijo virginal libre del contagio de la vieja culpa, y una doncella que engendró un esposo inmortal.” [11]

Fulberto de Chartres:

“Esta sola es la que mereció ser llamada madre y esposa. Ésta la que reparó los daños de la primera madre, la que trajo al hombre caído la redención.” [12]

San Alberto Magno:

“Aquella fue formada del costado del varón mientras dormía; ésta del corazón de Dios vigilante; aquella fue para el varón ocasión de ruina; ésta para su esposo ayuda en la redención.” [13] “La Bienaventurada como consorte y ayuda, según aquello: «Démosle una ayuda semejante a él mismo».” [14]

Y San Buenaventura:

“El inocente Cordero no ha de tener esposa, sino semejante a él en todo: luego ha de ser una corderilla inocente, y tal es la Bienaventurada Virgen… [15]; ella fue para Cristo una ayuda semejante a él mismo.” [16]

Los Santos Padres y doctores explican bajo distintos modos y aspectos este consorcio y ayuda de María a la redención del hombre, como iremos viendo en las cuestiones siguientes.

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4º. La liturgia.- También la liturgia da parte a la Virgen, Madre de Dios, en la obra de la redención. Así en los calendarios griegos se lee:

“Hemos sido redimidos por ti de la maldición que cayó sobre los primeros padres.”

Y en el Misal Ambrosiano:

“Lo que Eva destruyó con su crimen, María lo restituyó en la redención. Hay gran distancia entre la obra de la serpiente y María.”

Y en el Misal de Wétsminster:

“Esta reparó los daños de la primera madre; ésta aportó al hombre caído de la redención.” [17]

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Razón teológica.-Aunque la causa de haber sido hecha la Santísima Virgen consorte de Cristo en la obra de la redención humana no puede ser otra que la voluntad de Dios, que así lo dispuso, podemos, sin embargo, aducir esta razón de conveniencia: los dos sexos tenían que concurrir a la salvación de los hombres, ya que juntos fueron causa de su ruina, y así dice San Bernardo:

“Era más conveniente que en nuestra reparación intervinieran los dos sexos, puesto que ninguno faltó en la corrupción”. [18]

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CUESTIÓN II: Qué relación y orden guardan entre sí, en la obra de la redención, la maternidad y el consorcio de la Bienaventurada Virgen María.

1º. Ciertamente que la maternidad divina y el consorcio en la obra de la redención no son dos conceptos que natural y mutuamente se incluyan.

2º. Dentro del orden de la presente providencia, en que la encarnación fue decretada y destinada a la obra de la redención humana como fin principal (único o no, según la doble opinión de los teólogos en este asunto), podemos afirmar lo siguiente:

a) Si el consorcio redentivo ha de entenderse en un sentido amplio, de cooperación remota a la obra de la redención por medio de la maternidad meramente física de la Santísima Virgen, en realidad la maternidad divina y el consorcio redentivo son dos conceptos que no pueden separarse.

b) Si el consorcio se entiende de una cooperación remota o próxima, por medio de actos morales, ya previos o ya subsiguientes a la encarnación, entonces la maternidad y el consorcio se distinguen formalmente.

Pues la encarnación, aun destinada a la redención del género humano, pudo hacerse en el seno de María sin su consentimiento; más aún, pudo hacerse sin ella conocerlo y hasta en contra de su voluntad. Y, por tanto, si el consentimiento libre de María para la encarnación fue pedido y por ella otorgado, concurriendo así a la redención del hombre, se debe únicamente a la voluntad de Dios, que, dando a la Santísima Virgen, por medio del ángel, conocimiento de tan alto misterio, quiso que fuera no sólo la Madre, sino también la compañera y consorte de su Hijo como Redentor del género humano.

Además, la maternidad divina se distingue formalmente del consorcio por los actos que siguen a la encarnación, ya que éstos de ningún modo son consecuencia necesaria de la misma ni de la maternidad divina; pues la Madre, por el solo hecho de engendrar libremente al Hijo, no tiene necesariamente participación próxima en las empresas que el Hijo haya de llevar a cabo.

3º. Como el consorcio o cooperación de María en la redención supone al Redentor subsistiendo en la naturaleza humana, por el mismo consentimiento con que ocurrió libremente a la encarnación, quedó constituida cooperadora de aquel; y por tanto, su consorcio estrictamente dicho empezó desde el momento mismo de la encarnación, ya que el mismo Redentor desde el principio ordenó a la redención todos sus actos, del mismo modo que la Bienaventurada Virgen desde el momento en que pronunció su fiat dirigió todas sus intenciones al fin de la redención, de acuerdo en todo con la voluntad del Padre, que entrega a su Hijo, y con la del Hijo, que se ofrece a sí mismo por la salvación de los hombres. Oficio de consorte que ejerció desde el primer instante y sigue ejerciendo todavía.

Aquí vienen bien las palabras de León XIII, que tanto ha ilustrado este consorcio de la Madre Virgen:

“Al presentarse a Dios como esclava para el oficio de Madre suya y consagrarse toda a El en el templo con su Hijo, se constituyó compañera suya en la dolorosa expiación de los pecados del mundo, y no puede, por lo mismo, dudarse de que con ánimo esforzado tomó parte en las angustias y acerbísimos dolores de su divino Hijo.” [19]

4º. Y aun cuando, formalmente, sean distintivas la maternidad divina y la cooperación a la redención, hay, sin embargo, entre ellas una relación tan estrecha y aun necesaria, que al consorcio supone y se funda en la maternidad y la maternidad se ordena al consorcio.

Por eso dice Pío XI:

“La augusta Virgen, concebida sin la primera culpa, fue elegida Madre de Cristo precisamente para ser consorte suya en la redención humana”. [20]

Y en verdad que ninguna otra criatura pudo elegirse más apta para este consorcio redentivo que la Madre del mismo Redentor: nadie como ella, precisamente por ser la Madre, podía tener en la tierra tanta intimidad con su Hijo Redentor, ni unirse a El tan estrechamente en sus persecuciones, trabajos, angustias y, sobre todo, en su pasión y muerte, de tal modo que ella sola, dolorida, podía unirse a Cristo doliente, pues, como dice Friethoff: “Solamente se conduele la madre de aquel que sufre; las otras mujeres no hacen más que moverse a misericordia.” [21].

Añádase a todo esto que es connatural a la madre no ser ajena a las cosas del hijo, sino más bien intervenir en ellas a su modo, promoviéndolas e impulsándolas, en cuanto puede, al fin a que se ordenan. De aquí que la Santísima Virgen fuera la ma´s a propósito de entre todas las criaturas para unirse, como compañera y cooperadora, a su divino Hijo, encarnado en su seno virginal precisamente para librar al género humano con el mérito de su muerte y el precio de su sangre, cosa que ella deseaba vehementísimamente, como sigue deseando que el fruto de la pasión de su Hijo se produzca en todas las almas y se dilate por doquiera y consiga por entero la salvación de los hombres.

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Notas

[1] Enc. Suprem, Apostol., 1 sept. 1883.
[2] Const. Ubi primum.
[3] Enc. Fidentem piumque, 20 spt. 1807.
[4] Enc. Ad diem illum, 2 febr. 1904
[5] Bula Ineff. Deus, 8 dic 1854.
[6] At., t.XII, 1937.
[7] BALLERINI, Sylloge, t.I, pág. 23
[8] Cf. p.II, c.5, q.1.
[9] Serm. In Nativit, Dom.
[10] Serm. 140.
[11] Or.3.
[12] Or. un Deip. Assumpt.
[13] Mariale, q. 29.
[14] Ibíd., resp. ad qq. 26, 43.
[15] Serm. I, De Assumpt.
[16] Serm. 6, De Assumpt.
[17] BOVER, Maria hominum Corredemptrix, Gr. dec. 1925.
[18] Serm. in signum magnum.
[19] Enc. Jucunda semper, 8 sept. 1894.
[20] Ep. Auspicatus profecto, 27 jan. 1933.
[21] De Alma Socia Christi Mediatoris, sect.I, c.4

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Responses

  1. Gloria y Honor a la Virgen María Inmaculada.

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