Posteado por: Alejandro Villarreal | Viernes, enero 11, 2013

El proceso contra las brujas de Zugarramurdi

Título: El proceso contra las brujas de Zugarramurdi
Autor: Iñigo Bolinaga, historiador.
Tomado de la revista Historia (National Geographic), num. 98, pp. 18 a 21. Publicado aquí sin el permiso explícito del autor.

La prudente Inquisión. El Inquisidor General Sandoval (Arzobispo Bernardo de Sandoval y Rojas) encargó a Alonso de Salazar y Frías que investigara el problema de las brujas en el norte. Tars ocho meses recogiendo información, Salazar y Frías llegó a la conclusión de que las acusaciones del auto de fe de Logroño eran falsas, un caso de histeria colectiva provocado por los rumnores sobre las brujas francesas.

La prudente Inquisión. El Inquisidor General Sandoval (Arzobispo Bernardo de Sandoval y Rojas) encargó a Alonso de Salazar y Frías que investigara el problema de las brujas en el norte. Tras ocho meses recogiendo información, Salazar y Frías llegó a la conclusión de que las acusaciones del auto de fe de Logroño eran falsas, un caso de histeria colectiva provocado por los rumores sobre las brujas francesas.

Nota de B&T: Encontré un interesante artículo sobre el tema de la persecución de la brujería durante la época de la Inquisición española, el cual está firmado por un historiador profesional. National Geographic no se caracteriza precisamente por su objetividad hacia la Iglesia católica, sin embargo, creo que aquí se hace un buen esfuerzo. Creo que es importante notar algunos datos de aquí, que la Inquisición española a fuerza de aprender sobre la marcha, tuvo la actitud más prudente contra la brujería de su tiempo, llegando a desestimar esta acusación como simple superchería, que sólo sería abordada si se acompañaba de otras acusaciones reales, como la herejía, la blasfemia, etc. Que los autos de fe, como el de Zugarramurdi, no estaban llenos de “miles de personas a quemar”, este caso sólo condenó a 11 personas de las cuales ya habían muerto 5 por la peste, y que en el resto de Europa, incluidos y principalmente muchos países protestantes como Alemania, se sentenciaron a muerte, según dice el historiador Henry Kamen, ciento cincuenta mil personas (150,000) en total. Me parece que todavía es muy vago el tratamiento que hacen algunos historiadores sobre qué y a quién peserguía la Inquisición, pues muchas veces hablan de judíos o protestantes, sin embargo, sólo se les abría un caso si las personas de esos credos comenzaban a negar públicamente las verdades católicas o hacían proselitismo público de sus creencias. Judaizante es así, aquel que fingía una conversión al cristianismo mientras ocultamente seguía practicando su judaismo, esto con el fin de obtener los derechos de los cristianos y moverse libremente, es a estos farsantes a los que se les perseguía, no a los judíos per se.

A finales de 1608 la joven María Ximildegui volvió a su casa en un pequeño pueblo navarro, Zugarramurdi, en el valle del Baztán. Había pasado los últimos cuatro años al otro lado de los Pirineos, trabajando como sirvienta, y al volver contó que en ese tiempo una amiga de su misma edad la había llevado a unas asambleas que se celebraban en la playa, en la que bailaban y de divertían. Cuando María descubrió que eran juntas de brujas, es decir, aquelarres, fue obligada a abjurar del cristianismo y a convertirse en bruja. Tras un año y medio empezó a tener remordimientos, cayó enferma y se confesó con un sacerdote de Hendaya, que la ayudó a librarse del demonio.

Pero María contó más cosas. Dijo que estando en Francia se trasladó a Zugarramurdi para participar en aquelarres celebrados allí, con brujas de la localidad. mencionó incluso sus nombres. Una de las aludidas, María de Jureteguía, protestó, pero en un careo con Ximildegui abrumada por los detalles de su relato, se desmayó y confesó que era una bruja. Luego declaró ante fray Felipe de Zabaleta, un monje del monasterio de Urdax que hacía las veces de párroco, y éste la perdono a cambio de su arrepentimiento público en la iglesia del pueblo.

En ese momento todos los vecinos cayeron en una fiebre  colevtiva que les hacía ver apariciones de brujos y brujas por las noches. Un grupo de gentes del lugar empezó a asaltar las casas de los sospechosos de brujeríaen busca de niños supuestamente desaparecidos al otro lado de la frontera pirenaica. Al final hubo nueve personas que, empujadas a confesar, declararon haber practicado la brujería; algunas de ellas incluso aseguraron que habían enseñado el oficio a sus hijos o hijas. En los primeros días de 1609, todos ellos confesaron su delito en la iglesia, ante los demás vecinos, y obtvieron el perdón. Pareció que la calma volvía a la aldea navarra. Pero, entretanto, alguien había avisado a la Inquisición.

Mentir para salvarse. Los acusados de brujería en Zugarramurdi confesaron que se reunían varias veces a la semana, en un prado próximo al pueblo, cerca de unas grutas, y que allí adoraban a un demonio que tenía la forma de un macho cabrío; eran los aquelarres, del euskera akelarre, "prado del macho cabrío". Los encausados hablaban de venenos, orgías, bailes satánicos... Sin embargo, para valorar la realidad de tales confesiones hay que tener en cuenta que son respuestas a preguntas de los inquisidores, para quienes todo rito no aprobado por la Iglesia era obra del demonio. Los reos, intimidados por loe jueces, a menudo decían que sí a todo para evitar la cárcel o la condena de muerte. Una acusada dijo a un famliar "que mo podría salir jamás de la prisión si no lo decía auqnue fuera mintiendo".

Mentir para salvarse. Los acusados de brujería en Zugarramurdi confesaron que se reunían varias veces a la semana, en un prado próximo al pueblo, cerca de unas grutas, y que allí adoraban a un demonio que tenía la forma de un macho cabrío; eran los aquelarres, del euskera akelarre, “prado del macho cabrío”. Los encausados hablaban de venenos, orgías, bailes satánicos… Sin embargo, para valorar la realidad de tales confesiones hay que tener en cuenta que son respuestas a preguntas de los inquisidores, para quienes todo rito no aprobado por la Iglesia era obra del demonio. Los reos, intimidados por loe jueces, a menudo decían que sí a todo para evitar la cárcel o la condena de muerte. Una acusada dijo a un famliar “que mo podría salir jamás de la prisión si no lo decía auqnue fuera mintiendo”. Imagen: Cuevas de Zugarramurdi

Interviene la Inquisición. En efecto, fray León de Araníbar, abad del monasterio de Urdax y superior directo de Zabaleta, asustado por la oleada de inculpaciones, confesiones y arrepentimientos en torno a las brujas de Zugarramurdi, dio parte al Santo Oficio.

Fue así como acudieron al lugar dos comisarios de la Inquisición, que durante seis meses recogieron declaraciones sobre supuestos casos de brujería.

Sin embargo, los inquisidores de Madrid se mostraban escépticos y, para asegurarse de los pormenores, ordenaron que un inquisidor hiciera una visita por la zona. El elegido fue Juan del Valle Alvarado, un teólogo y jurista que estaba totalmente convencido de la existencia de las brujas y que además se sintió alarmado por los casos de brujería que en esos años se estaban produciendo al otro lado de la frontera, en la vecina Francia. Las constantes incitaciones a denunciar a supuestos brujos y el hecho de que esas denuncias fueran secretas hicieron que se multiplicaran las delaciones entre los vecinos, en medio de un clima de psicosis y terror. De este modo se recogieron testificaciones contra 280 brujos en la comarca.

Finalmente, el tribunal de la Inquisición de Logroño, bajo cuya competencia se hallaba el valle de Baztán. procesó a 31 personas. Las acusaciones eran detalladas como inverosímiles: tomar la forma de cualquier animal con la ayuda del demonio, volar haciendo uso de palos o escobas, fornicar  con Lucifer, rpovocar tormentas marinas y causar daños irreparables a las cosechas y a las personas, en forma de catástrofes o enfermedades.

Mientras se desarrollaba el proceso, dos brotes de peste, que por entonces asolaba Logroño y a su comarca, se llevaron la vida de casi la mitad de los encausados. Los médicos afirmaban no entender la causa de los fallecimientos tan repentinos, y los inquisidores se mostraron convencidos de que la enfermedad era obra del demonio, que visitaba a las prisioneras con nocturnidad para tener acceso carnal con ellas y provocaba luego sus muertes para evitar su testimonio en el proceso.

Fueron tres los inquisidores que instruyeron la causa: Alonso de Becerra Olguín, Juan del Valle Alvarado y Alonso de Salazar y Frías, que se añadió a la pareja en junio de 1609, ya comenzado el proceso. Los dos primeros estaban convencidos de la realidad del demonio y de las brujas y creían que había que mostrarse inflexibles. Alonso de Salazar, en cambio, era mucho más escéptico, y en particular ponía en duda los testimonios de niños, o confesiones de adultos que estaban más cerca del mundo de la fantasía que de la realidad.

Nota de B&T: El que el inquisidor Salazar y Frías tuviera una actitud más serena sobre este fenómeno de brujería en la sociedad española de su tiempo, no quiere decir que él no creyera que el demonio no fuese una realidad.

El auto de fe de Logroño. Los inquisidores Becerra y Valle se impusieron y, para disgusto de Salazar y Frías, que votó con econtra, el tribunal dictó once sentencias de muerte, cinco de las cuales correspondían a personas fallecidas a causa de la peste; eran aquellos que se habían negado a reconocerse brujos. Otros 19 procesados, los que habían confesado, sufrieron penas de cárcel y de confiscación de bienes.

Como establecía el protocolo de la Inquisición, las sentencias debían publicarse mediante un auto de fe solemne. Logroño se vistió de gala para el acto, que tendría su centro en la plaza del Ayuntamiento. Hubo una enorme concurrencia de forasteros. Un logroñés escribió al respecto: «los nacidos no han visto tanta gente en esta ciudad (…) pasaron de treinta mil almas las que concurrieron de Francia, Aragón, Navarra, Vizcaya y Castilla».

Después de que el sábado, 6 de noviembre de 1610, se celebrara una una gran procesión, el domingo por la mañana comenzó el auto de fe. Fueron 53 las personas encausadas, 31 de ellas por brujería y el resto por otros delitos: judaísmo [judaizantes], bigamía, blasfemia… Los reos, que comenzaron a desfilar muy de mañana, iban descalzos y flanqueados cada uno deellos por un par de cofrades; vestían sambenitos (unos grandes escapularios) y corozas, enormes conos de papel que se colocaban en la cabeza a modo de asombrero, adornados con pinturas alusivas al tipo de delito cometido.

Primero salieron 21, culpables de delitos menores; seis portaban un látigo al cuello en signo de que iban a ser azotados. Los 21 siguientes levaban pintadas llamas vacilantes en hábitos y corozas, señal de que habían sido perdonados. Por último, salieron los once condenados a muerte, con demonios y llamas ondeantes en sambenitos y corozas; los cinco ya fallecidos aparecieron en efigie, en forma de una estatua de cartón-piedra dispuesta en lo alto de un palo, tras la que se transportaban ataúdes con sus restos, para quemarlos con la efigie.

La última quema de bujas. Cuando los acusados llegaron a la plaza, el prior dominico Pedro de Venero pronunció un sermón, a lo que siguió la lectura de las sentencias, que duró todo el día. Por la noche, los condenados a muerte [seis] fueron ejecutados. Al día siguiente, lunes, los demás brujos se reconciliaron con la Iglesia en otra ceremonia solemne. La crónica del auto de fe, publicada poco después, terminaba: «Y tras haber oído tantas y tan grandes maldades en dos días enteros que duró el auto (…) nos fuimos todos santigiándonos a nuestras casas».

La historia no terminó ahí. Tras el auto de Logroño se desencadenó una persecución masiva de brujas en Navarra, Guipúzcoa y La Rioja. En marzo de 1611 se había identificado nada menos que a dos mil sospechosos de brujería. En ese momento los inquisidores  de Madrid ordenaron a Salazar y Frías que investigara la situación. Su informe, que comprendía 11,000 [once mil] páginas y recogía 5,000 [cinco mil] testimonios, llegaba a la conclusión de que las acusaciones y las confesiones eran falsas. En adelante la Inquisición sería muy cauta con las acusaciones de brujería, y en España no se volvió a quemar brujas, a diferencia de lo que sucedió en otros países de Europa.

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