Posteado por: Alejandro Villarreal | Domingo, diciembre 16, 2012

Tercer domingo de Adviento

Título: Tercer domingo de Adviento
Tomado del Misal diario latín-español

3er domingo de Adviento

Misterios gozosos. El ángel Gabriel anuncia a María que el Salvador tomará carne en ella por obra del Espíritu Santo; y va presurosa la Virgen a casa de Isabel, su prima, a hacerle pertícipe de su ventura. «Regocijaos. Gaudete», cantan alegres las campanas.

«Regocijaos; el Señor está cerca.» Viendo ya próxima la fiesta de Navidad, acentúa la Iglesia la alegría que debe animar nuesros corazones por todo cuanto representa para nosotros el nacimiento del Salvador; en esta semana nos recordará los evangelios de la Anunciación y de la Visitación, miesterios rebosantes de alegría.

San Pablo fundamenta la alegría cristiana sobre la certidumbre de que Cristo nos trae la salvación, y quiere que esté tan viva en el alma que ninguna inquietud o tristeza humana la pueda jamás dominar. La gran paz de Dios ha de sobreponerse en adelante a todos los demás sentimientos. Mas en el pensamiento de san Pablo, esta venida del Salvador no es su nacimiento en Belén, sino su segunda venida. La gran alegría de los cristianos está, pues, en ver acercarse el día en que venga el Señor con gloria para trasladarlos a su reino. Tanto como a las llamadas de los profetas, todos los veni del Tiempo de Adviento hacen eco a aquel otro que termina el Apocalipsis de san Juan: «Ven, Señor, Jesús», y que es la última palabra del Nuevo Testamento.

El evangelio de este domingo, completando al anterior, nos presenta el testimonio de san Juan Bautista; el precursor desaparece ante el único que importa: el Mesías esperado.

La Biblia y la Liturgia de este día. Sobre el testimonio de Juan Bautista: Juan I,1-18 (prólogo). Ya hemos resaltado en el primer domingo el tema de la proximidad de la parusía en el espíritu de los primeros cristianos, y en el 2º, domingo el del precursor anunciado por los prefetas. Véase también el 4º domingo.

Sobre la manifestación celestial de la dignidad de Cristo en el momento de su bautismo: Mateo III,13-17, refiriéndose a Isaías XLII,1-4.

Sobre el Mesías, nuevo Moisés. De igual modo que Moisés sacó al pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto para conducirle a la tierra prometida (cántico del mar Rojo: Éxodo XV), así, el Mesías libró también al nuevo pueblo de Dios la Iglesia, de la servidumbre del pecado para conducirle, en un nuevo Éxodo, al reino eterno. Véase en este mismo sentido Isaías XL a LV, y muy especialmente XL; XLI,17-20; XLIII,16-21; XLV,5-13; XLVIII,20-22; LI,1 a LII,12. Leer también el discurso de Esteban (Hechos VII, sobre todo 35-39), ya preparado por el de Pedro (Hechos V,29-32). Israel guardó siempre la nostalgia del desierto y de sus reuniones (leer Oseas II,16-25), de las que la Iglesia tomó más tarde su nombre: Ecclesia.

Sobre la paz cristiana: Lucas I,69-76; II,14; XIX,42; XXIV,36 – Juan XIV,27; XVI,33 – Romanos V,1-5; VIII,6; XIV,17; XV,13 – Efesios II,11-18 – Filipenses IV,7 – Colosenses XIII,5 – 2Tesalonicenses III,16. Como se ve, está toda ella centrada en Cristo, que es la misma fuente.

Lectura de la Biblia. Isaías XL; XLI,1-20; XLII,1-17; XLIII,15 a XLIV,5, XLV.

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