Posteado por: Alejandro Villarreal | Martes, diciembre 11, 2012

La rica doctrina mariológica del Nican Mopohua

Título: La rica doctrina mariológica del Nican Mopohua
Autor: Dra. Deyanira Flores
Tomado de MarianCongress.org -agosto de 2009-. Imágenes añadidas

INTRODUCCIÓN.

Basílica de Guadalupe, México. Fotografía: Jay Barcelo

Nueva Basílica de Guadalupe, México. Fotografía: Jay Barcelo

Qué gracia es poder estar a los pies de Nuestra Señora de Guadalupe en la Basílica Nacional de México, contemplar su preciosísima imagen, y ver a tantos de sus hijos pasar frente a Ella, a menudo con ojos llenos de lágrimas, de melancolía, dirigiéndole miradas de angustia y plegarias ardientes que vienen de lo más profundo de su corazón…¡Plegarias que siempre son escuchadas! Deseo expresar mi sincero agradecimiento al Señor Carl A. Anderson, Caballero Supremo de Caballeros de Colón, y a Monseñor Eduardo Chávez Sánchez, Postulador de la Causa de San Juan Diego y Canónigo de la Basílica de Guadalupe, por haberme concedido el honor y la dicha de participar en este Congreso Mariano Internacional sobre Santa María de Guadalupe, a quien le debo tantas bendiciones. Por numerosas razones el Acontecimiento Guadalupano es único: Desde su visita a su prima Isabel, la Santísima Virgen sigue “visitando” a sus hijos y les lleva a Jesús, pero a ninguno de ellos le ha dejado el indescriptible regalo de su propia Imagen, impresa milagrosamente en un simple ayate, ¡para que todos lo vieran durante los siglos futuros! Una imagen de profundo significado simbólico para sus hijos mexicanos, y de la mayor ternura y sublime belleza para todos aquellos que la contemplan. En el Cerro del Tepeyac, en la persona de Juan Diego, Nuestra Señora viene en auxilio de un pueblo entero en el momento más doloroso y trágico de su historia, brindándole consuelo y esperanza de una forma que solo ella podía hacerlo.

Interior de la Catedral Metropolitana de la ciudad de México durante el Congreso Nacional Guadalupano de 1931

Interior de la Catedral Metropolitana de la ciudad de México durante el Congreso Nacional Guadalupano de 1931

“A María podría acertadamente llamársele Apóstol”, dijo Severo de Antioquía (+ 538) en el Siglo VI, porque, “¿Cuál es la nación a la que la Virgen no haya enseñado y llevado el conocimiento de Dios?” (1). Y tiene razón: En todo lugar del mundo en el que se ha predicado el Evangelio, la presencia y la asistencia de María se ha sentido de múltiples formas. Pero en ningún lugar se ha visto con tanta clariad como en el Continente Americano: Solo un años después de que los europeos descubrieran la existencia de esta inmensa tierra, cuando aún no existían fronteras nacionales, Nuestra Señora se apareció a uno de sus hijos, Juan Diego Cuauhtlatoatzin (1474-1548), con dos propósitos: llevar paz y reconciliación entre los dos pueblos que se encontraron por primera vez en circunstancias tan violentas y desafortunadas y, entregarles el mayor regalo posible: a su Divino Hijo, Nuestro Señor y Salvador Jesucristo, “el Camino, la Verdad y la Vida” (Juan 14,6). A diferencia de otras apariciones, en las que María intenta revivir la vida Cristiana, en ésta, María la inicia. En un momento en que la evangelización del Nuevo Mundo no marchaba nada bien, Ella lleva el Evangelio de manera perfectamente inculturada a millones de personas que nunca antes habían escuchado acerca de Cristo y, ¡su éxito es incomparable! (2). Desde el Cerro del Tepeyac adoptó con amor maternal a todo el Continente Americano, y ciertamente al mundo entero, porque su mensaje es tan universal como su maternidad de todos aquellos redimidos por su Hijo. Y así, a México debe reconocérsele un lugar especial, por ser la tierra que Ella eligió para agraciar con el don de su Imagen, una tierra de grandes mártires y santos, la tierra de María de modo especial, como lo experimentó también el Papa Juan Pablo II. Otra razón por la que el Acontecimiento Guadalupano es único es su riqueza doctrinal. En el Nican Mopohua, la narración de las apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe escrita por Antonio Valeriano (1520-1605) en 1556, encontamos interesantes referencia a la Divina Maternidad de María, su Viriginidad, Santidad, su Dignidad de Reina, Maternidad Espiritual, Mediación, Espiritualidad Mariana, su relación con la Iglesia y el Culto que se le confiere. Los examinaremos aquí.

Contenido:

I. LA MATERNIDAD DIVINA.

La Maternidad Divina es el primer Dogma Mariano; fue proclamada por la Iglesia en el Concilio de Éfeso (431) (3). Dicho Dogma enseña que María de Nazaret es realmente la “Madre de Dios” (“Theotokos”: literalmente, “la que concibe, lleva en su vientre y da a luz a Dios”), porque su Hijo, Jesucristo, es Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. En su infinito amor por la humanidad, con el fin de salvarnos, bajó del cielo al vientre virginal de María Santísima y por el poder del Espíritu Santo, fue encarnado. En el vientre de María y en su inmaculada carne, la Palabra eterna asumió nuestra naturaleza humana y la unió de manera hipostática a Su Persona Divina.  Desde el punto de vista cristológico, este Dogma es fundamental, porque expresa una de las más importantes verdades de nuestra fe cristiana: Cristo es Dios verdadero y hombre verdadero. Es una Persona Divina con dos naturalezas, la Naturaleza Divina que recibió eternamente de Dios Padre y la Naturaleza Humana que con el tiempo recibió de la Virgen María y unió de manera hipostática con Su Persona Divina. También es fundamental desde el punto de vista soteriológico, porque si Cristo no es tanto Dios verdadero como hombre verdadero, no hay salvación. San Juan Damasceno (+ 749) enseña que el título “Theotokos” sintetiza la entera Economía de la Salvación (D.), porque transmite perfectamente estas dos verdades acerca de Cristo.  Desde el punto de vista mariológico, la Maternidad Divina es de igual modo el más importante de los cuatro Dogmas Marianos, porque es el fundamento de todos los demás: Su Inmaculada Concepción, su perpetua Virginidad y su gloriosa Asunción. Esto también explica su Mediación y Cooperación universales en el Trabajo de la Redención, su santidad personal  única, su Maternidad Espiritual, su indisoluble unión con la Iglesia y, el culto especial que debe rendírsele.  En el Nican Mopohua, la Divina Materniad de María se afirma explíticamente seis veces (Introducción; nos. 26, 62, 75, 165, 183) y también se transmite de manera implícita mediante la aparición de María (No. 16-19) y comportamiento general, así como mediante el comportamiento de San Juan Diego hacia ella.

A. TEXTOS EXPLÍCITOS.

1. Una síntesis maravillosa (Introducción). El Nican Mopohua inicia con una breve introducción que es una maravillosa síntesis de lo que narrará después y que contiene la primera referencia de la Divina Maternidad de María; de hecho, “narra” un maravilloso acontecimiento doble: la aparición de María a un indio llamado Juan Diego y la “impresión” de su Imagen en la tilma ante el Obispo Fray Juan de Zumárraga. Se presenta a María como la “Perfecta siempre Virgen, Santa María, Venerable Madre de Dios, Nuestra Venerable Señora y Reina” (“in cenquizca ichpochtli Sancta Maria Dios Inantzin, tocihualpillatocatzin”), con palabras similares a las que Ella emplearía para presentarse. La “maravillosa” aparición tiene lugar en un cerro llamado Tepeyac. En el tiempo en el que se escribía el Nican Mopohua, ya se le conocía como “Guadalupe”.  El hecho de que María “aparece” se afirma tres veces en el texto: dos veces con el verbo “nezi” (“monexiti”) y una vez con el verbo “itta” (“quimottititzino”). Con el verbo “nezi”, el náhuatl original no solo afirma que María “apareció”, sino que “se dignó dejarse ver” (monexiti”), o mejor aún, que “nos amaba tanto que se hizo visible para nosotros”. Lo usa tanto para María (“monexiti in cenquizca Ichpochtli Sancta Maria Dios Inantizin”) como para su “preciosa y amada Imagen” (“monexiti in Itlazoixiptlalzin”) (Exp.). De hecho, ella aparece y permanece “impresa” en la tilma de San Juan Diego debido a su amor por nosotros. La idea se refuerza en la siguiente oración, en la que se especifica que San Juan Diego es la primera persona ante la que María se “dignó a hacerse visible”.  En este texto, por primera vez se llama a María “Madre de Dios”. Este título aparece junto con otros tres: “Perfecta siempre Virgen” (in cenquizca Ichpochtli”), “Santa María” (“Sancta Maria”), “Nuestra Venerable Señora y Reina” (“tocihualpillatocatzin”). El náhuatl original dice: “Dios Inantzin”, con la palabra “Dios” en español, y el nombre “Inantzin” en forma posesiva y reverencial: “Venerable Madre de Dios”. Desde el principio queda claro que se trata de un acontecimiento sobrenatural que tiene como protagonista a la Madre de Dios.

2. La solemne presentación que María hace de sí (No. 26). Después de llamarlo por su nombre (“Juantzin, Juan Diegotzin”) y preguntarle a dónde se dirije, (No. 23), las primeras palabras de María son una solemne presentación de sí misma a Juan Diego. Es interesante notar que él ya la había reconocido. De hecho, no solo la llama “mi Señora”, “mi Reina” “mi virgencita” (“Nochpochtziné”), un título típicamente cristiano, y él le contesta que va “a la casita de ella en México Tlatelolco”, identificando de este modo la Iglesia con la “casa de María” (“mochantzinco”) (n.24), título que le otorga en el Siglo V Cromatio de Aquilea. María se presenta con estas palabras:  “Ten la bondad de enterarte, por favor pon en tu corazón, hijito mío el más amado, que yo soy la perfecta (“nicenquizca”) siempre (“cemicac”) Virgen (“Ichpochtli”) Santa María (“Sancta Maria”), y tengo el privilegio de ser Madre del verdaderísimo Dios (“in Inantzin in huel nelli Teotl Dios”), de Aquel por quien se vive (“Ipalnemohuani”), del Creador de las personas (“Teyocoyani”), del Dueño del estar junto a todo y del abarcarlo todo (“Tloque Nahuaque”), del Señor del Cielo y de la Tierra (“Ilhuicahua Tlaltipaque”)…(Nol 26)  En este texto, el título “Madre de Dios” aparece nuevamente con otros dos (como es a menudo el caso en las definiciones Conciliares): “Perfecta siempre Virgen” y “Santa María”. En el Nican Mopohua, “Santa María” siempre aparece en latín y los otros dos, en náhuatll. Expresa muy claramente la Maternidad Divina de María tomando en consideración ambas culturas mediante el uso de la palabra “Dios” dos veces: en náhuatl (“Teotl”) y en español (“Dios”): “in Inantzin in huel nelli Teotl Dios”.  Más aún, la palabra Dios está seguida de cuatro títulos que daban los aztecas al único Dios (Ometéotl). Estos títulos fueron elegidos por Nuestra Señora entre otros posibles como aquellos que podía ser comprendidos y aceptados por ambas culturas: la azteca y la española. En realidad, ambas creían que Dios es el Único Dios Viviente, la Causa de toda la vida o Aquel por quien se vive, el Creador del pueblo, el Señor que está en todo y lo contiene todo, el Señor del cielo y de la tierra (cf. p.169-176, 37-40).  Esta extraordinaria afirmación de la Divina Maternidad de María, que la presenta en términos aztecas como la Madre del verdaderísimo Dios, Aquel por quien se vive, el Creador, el Omnipresente, el Señor del Cielo y de la Tierra, rivaliza con la afirmación de la Maternidad Divina de María encontrada en los Padres Griegos. Pero el hecho de que una mujer real pudiera ser la Madre de Dios era totalmente extraño para la mentalidad azteca y la Encarnación de Dios era para ellos algo totalmente inesperado y parecía un suceso impensable e imposible. Nuestra Señora está por revelarles que es precisamente el caso. Dios se ha convertido en hombre nacido de Ella, una mujer real, y quiere que construyan un templo donde ella pueda entregárselo a todos.  Pedir un templo es un elemento común en las apariciones Marianas, de las que Lourdes es un muy buen ejemplo. Muestra el respeto de Nuestra Señora por la Iglesia, los Sacramentos, la Jerarquía y la comunidad cristiana como un todo. Ella no viene por el bien de una persona individual, sino de todos aquellos que deseen voluntariamente reunirse en el templo, donde siempre recibirán a Jesús en Palabra y Sacramento. Aunque María lo llama “mi templo” (“noteocal”), no es para Ella, sino para su Hijo (p.174-175).

3. La Madre de Dios envía a San Juan Diego con el Obispo (No. 62). Cuando San Juan Diego regresa de su primera visita al obispo y le ruega a Nuestra Señora que envíe a alguien más en su lugar, María insiste en que él es la persona elegida para su misión y con rigor le ordena que regrese con Zumárraga (No. 61). Debe “advertirle” quién lo envía:  “Yo, yo, la siempre Virgen María, la Venerable Madre de Dios, (“quenin huel nehuatl nicemicac (yo totalmente) Ichpochtli Sancta Maria Niinantzin Teotl Dios”) (No.62).  Una vez más aparece el título “Madre de Dios” con otros dos: “Yo la totalmente Virgen” (“huel nehuatl niceimcac Ichpochtli”) y “Santa María”. El término empleado para expresar “Madre de Dios” es casi el mismo que en las dos ocasiones precedentes: “Niinantzin”, pero agregándole el pronombre personal “yo”: “Yo Su Venerable Madre” (Introducción: “Dios Inantzin”, “(de) Dios Su Venerable Madre”); (No. 26): “in inantzin in huel nelli Teotl Dios”, “la Venerable Madre” (del) verdaderísimo Teotl Dios”). Una vez más, María emplea dos veces la palabra Dios: primero en náhuatl (“Teotl”) y depués en español (“Dios”).  Estos textos tienen en común que siempre se llama a María “ Su Venerable Madre” (“i-nantli-tzintli”). En la Introducción (escrita por el narrador), es la Madre “de Dios”; en el segundo y tercer casos, “de Dios Dios” (Teotl Dios”). En el segundo se enfatiza Él: “(del) verdaderísimo Teotl Dios”, seguido por cuatro títulos aztecas otorgados a Él. En el tercer caso, se enfatiza María: “Yo en persona” (“huel nehuatl”) (“Niinantzin”), “Yo Su Venerable Madre”.

4. La Madre de Nuestro Salvador, Nuestro Señor Jesucristo (No. 75). En su segunda entrevista con el obispo, San Juan Diego (No.s 68-71), de rodillas, “le expone el venerable aliento, la amada palabra de la Reina del Cielo” (No. 72). Su único deseo era que creyera “el mensaje” (“inetitlaniz”), el “precioso deseo” (“itlanequilitzin”) de la totalmente Virgen (“cenquizca Ichpochtli”) y que pudieran tener el honor de construir su templo. Fray Juan de Zumárraga, un inquisidor muy estricto y puntilloso, lo interrogó meticulosamente y Juan Diego le informó de todo con precisión (No. 74). Sin  embargo, “pese a que todo absolutamente se lo pormenorizó, hasta en los más menudos detalles, y que en todas las cosas vio, se asombró porque clarísimamente aparecía que Ella era la Perfecta Virgen, la venerable, gloriosa y preciosa Madre de nuestro Salvador Jesucristo” (No. 75), a final de cuentas (No. 76), no creyó en su mensaje.  La expresión empleada en ese tiempo es “Inantzin” aunque en una palabra compuesta (“Itlazomahuiznantzin”) a la que se le agregaron dos nuevos adjetivos: “gloriosa” y “preciosa”. Está acompañada del título “Virgencita mía” (“cenquizca Ichipotzintli”) y, en lugar de decir “Madre de Dios”, como en los tres casos anteriores, le llama “Venerable, gloriosa y preciosa Madre” de “nuestro Venerable Salvador de las personas” (“Totemaquixricatzin”), Nuestro Señor Jesucristo (“Totecuiyo Jesucristo”). En otras palabras, dos títulos alternativos para “Madre de Dios”: “Madre del Salvador” y “Madre de Jesucristo”. Al llamarla de este modo, San Juan Diego demuestra que ha comprendido el Misterio de la Encarnación: María es la Madre del Único Veradero Dios, quien encarnó con el fin de salvar a la humanidad.

5. La Amada Madre de Dios envía la señal al obispo (n.165). Cuando San Juan Diego es recibido por el obispo por última vez, le explica cómo ha ejecutado sus órdenes y pedido una señal a “la amada Madre de Dios” (No. 165). Es la misma palabra que tenemos en otras instancias, pero formando un compuesto diferente: “la venerable y preciosa Madre de Dios” (“itlazonatzin”). Aquí “de Dios” se expresa únicamente en náhutal: “Teotl”, lo que tiene sentido porque el que habla es San Juan Diego y lo explica con sus propias palabras.  Sigue narrando al obispo todo los sucedido. Describe, con particular emoción, cómo María lo envió a la cumbre del cerrito a cortar y llevar las flores que encontrara, y cómo Ella las acomodó en el hueco de su tilma y le pidió que las llevara al obispo como la señal que él había pedido (No. 170-174). San Juan Diego también informa a Zumárraga que no dudó ni por un momento cuando Nuestra Señora le pidió subir al cerrito a cortar las flores, “Pese a que sabía muy bien que la cumbre del cerrito no es lugar donde se den flores” (No. 175). Su fe fue fue ampliamente recompensada: “Cuando fui a alcanzar la cumbre del montecito, quedé sobrecogido: ¡Estaba en el paraíso!” (“xochitlalpan”, “la tierra de las flores”) (No. 176).

6. La misma Madre de Dios se convierte en la señal (No. 183). Después de explicárselo todo, San Juan Diego pide solemnemente al obispo que reciba las flores (178-181). Piensa que ha cumplido su misión: ha llevado las flores a solicitud de Nuestra Señora. Para él, nada más grande que lo que ya ha experimentado puede tener lugar, desde los diálogos con la Madre de Dios, el ascenso al cerrito y “ver que ahora era un paraíso” (“xochitlalpan”). Todas sus mayores expectativas como azteca se había cumplido  perfectamente y ¡más allá de toda expectativa! ¿Qué más podía desear? Pero lo más sorprende estaba aún por llegar. Precisamente cuando despliega su tilma y todas las diferentes hermosas flores caen al piso, sucede lo inconcebible:  “En ese mismo instante se convirtió en señal (“momachioti”), apareció de improviso (“nezrtiquiz”) la venerada imagen de la siempre Virgen María, Madre de Dios, tal como ahora tenemos la dicha de conservarla” (No. 183).  En el punto culminante de la historia, se afirma nuevamente la Maternidad Divina de María. Ella, quien aparece repentinamente en la tilma, Ella, quien se convierte en la señal y para los siglos por venir,¡es la Madre de Dios! Las flores eran ya una gran señal para los indios. María corona su aparición con una sublime señal para ellos y para los españoles, lo más grande que podía dar: ¡su propia imagen!  El título “Madre de Dios” está acompañado de otros dos: “aquí la perfecta siempre Virgen” (“iz cenquizca Ichpochtli”) y Santa María. La palabra empleada es la misma que en la Introducción: “Inatzin”, ”Su Venerable Madre”, pero aquí modificada por “Teotl” en náuatl y no por “Dios” en Español: “Teotl Inatzin”.

Intro Dios Inantzin
n. 26 in Inantzin in huel nelli Teotl Dios…
n. 62 huel nehuatl Niinantzin Teotl Dios
n. 75 in Itlazomahuiznantzin in Totemaquixricatzin, Totecuiyo Jesucristo
n. 165 in Teotl Itlazonatzin
n. 183 Teotl Inatzin

La propia Madre de Dios se ha convertido en una señal visible, permanente, para los dos pueblos que deseaba reconciliar y unir en uno, así como para todos los que desearan venir a su “pequeño templo” en el Cerro del Tepeyac, “que llamamos Guadalupe” (No.184).

B. TEXTOS IMPLÍCITOS.

1. María tuvo la “delicadeza” de invitar a “San Juan Diego “juntito” a Ella (No. 15). El Nican Mopohua también muestra a María como Madre de Dios de maneras indirectas. Por ejemplo, al presentarla como la absoluta protagonista de la historia, como alguien con autoridad y derecho indiscutibles para hacer lo que hacía.  María es la que habla primero y llama a Juan Diego desde arriba del cerrito (No. 12). El náhuatl original subraya que Ella “tiene la dicha” de verlo, que “por amor a él estaba allí” (p, 140,141) y que “la cual tuvo la delicadeza de invitarlo a que viniera ‘juntito’ a Ella”. Así, transmite la idea de que María, a pesar de ser la Madre de Dios, tiene la delicadeza de pedir a Juan Diego que se acerque y mostrarle el gran amor que tiene para él haciendose visible y tratándolo de la manera más amoros, respetuosa y tierna.  Esta idea se expresa otra vez más adelante cuando se describen las palabras de María como “infinitamente afables” (“tehuellamachti”, “suavísima a las personas”), nobles, como si alguien lo empujara hacia Ella (“quimococonahuilia”) y como de un amor que del todo se entrega (“quimotlatlazotilia”)” (No. 22).

2. La maravillosa majestad de María (No. 16-19). Muchos Santos que han tenido visiones de María, como Santa Teresa de Ávila (+ 1582), San Antonio María Claret (+ 1870) o Santa Faustina Kowalska (+ 1938), la describen como majestuosa y ataviada con mantos resplandecientes. Esta es otra forma de aludir a su Maternidad Divina y al glorioso estado del que ahora goza en el cielo (Nos. 16-21). Lo mismo es verdad para San Juan Diego, quien  “mucho se sorprendió por la manera que, sobre toda ponderación, destacaba su maravillosa majestad: sus vestiduras resplandecían como el sol, como que reverberaban…y su resplador semejaba piedras preciosas…” (Nos. 16-19).  La forma en la que aparece María refleja la cultura y la personalidad del visionario, a quien María, como la mejor de las madre, se adapta. Por eso para San Juan Diego aparece con símbolos aztecas de particular significado para él y para su pueblo.  Todo alrededor de María brilla también con belleza sobrenatural:  “Y la piedra, el risco en que estaba de pie, como que lanzaba flechas de luz, su excelsa aureola semejaba al jade más precioso, a una joya. Y la tierra como que bullía de resplandores, cual el arco iris en la niebla…” (Nos. 18-21).  Lo que para oídos extranjeros sonaría precisamente como una descripción fantástica con el fin de realzar el aspecto sobrenatural del acontecimiento, para San Juan Diego cada detalle, montañas, pájaros, cantos, sol, jade, hojas, arcoiris, nubes esmeralda, turquesas significaban algo muy especial para él (p.152-158). Por ejemplo, el hecho de que María estunviera rodeada de una densa niebla (No. 20) significaba que provenía del cielo.

3. María le ordena con autoridad y San Juan Diego la obedece.

4. La mirada providencial de María (No. 104). Cuando Juan Diego va a buscar a un sacerdote para su tío enfermo, le da la vuelta al monte, “se imaginaba que por dar allí la vuelta, de plano no iba a verlo Aquella cuyo amor hace que absolutamente y siempre nos esté mirando. (No. 104). Pero, “subió a la otra parte, por un lado, hacia donde sale el sol” (Nos. 102-104),  “Pero la vio como hacia acá bajaba de lo alto del montecito, desde donde se había dignado estarlo observando…” (No. 105).  Aquí el Nican Mopohua afirma no solo que María estaba en la cima del cerro y que desde ahí podía observar a San Juan Diego, sino que es la Madre de Dios, la que está en el cielo y posee el poder de ejercer la función de Mediadora universal por nosotros. Siempre nos está mirando a todos nosotros y cuidándonos. El hecho será confirmado por sus propias palabras dirigidas a San Juan Diego (No. 119) y, por la milagrosa cura de Juan Bernardino.  La idea de que María puede vernos y realmente envolvernos con su amor se encuentra en los Padres de la Iglesia. San Germán de Constantinopla (+ 733), por ejemplo, dice que María “puede observarnos” y “escucharnos” y que “su constante cuidado y protección” es una prueba de que está viva y nos cuida (Asunción).

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II LA VIRGINIDAD.

El Dogma de la Virginidad de María: fue definido por el Concilio Laterano (649) en la Concepción, en el alumbramiento y más allá. Enseña que María concibió a Jesús virginalmente, es decir, por obra del Espíritu Santo, sin la participación de un padre humano; que dio a luz a Cristo virginalmente, esto es, sin perder su virginidad física y sin dolor, y que permaneció virgen por el resto de su vida, sin dar a luz otros hijos. Comenzando con San Gregorio de Nyssa (+ 392) y San Agustín (+ 431), la Tradición también afirma que María hizo voto de virginidad antes de saber que se convertiría en la Madre de Dios.  Al igual que la Maternidad Divina, la Virginidad es un Dogma clara y explícitamente fundado en las Sagradas Escrituras (Mateo y Lucas), firmemente profesado por toda la Tradición de la Iglesia, empezando con el primer Padre que habló acerca de María: San Ignacio de Antioquia (c. 110) y, afirmado repetidamente por el Magisterio de la Iglesia desde Concilio I de Constantinopla (381) hasta la actualidad.

Es extremadamente importante por numerosas razones que pueden resumirse en tres: Nos muestra la naturaleza íntima de Cristo, María y la Iglesia.  El núcleo mismo del Misterio de Jesucristo es el hecho de que Él es el Hijo, el Hijo de Dios, Quien se dignó a ser también el Hijo de María. Fue concebido y alumbrado por una Virgen precisamente porque Él ya tiene un padre, Dios Padre. Como repite la Tradición infatigablemente, “Cristo fue engendrado eternamente del Padre sin una madre y, en su momento, fue engendrado por la Madre sin un padre”.  María es la Virgen por excelencia, la criatura que, desde su Inmaculada Concepción, perteneció por completo a Dios, en cuerpo y alma; es la criatura que ha amado a Dios con la mayor perfección, con el más puro y ardiente amor, la criatura que entregó todo su ser a Jesús y a Su obra de Salvación. La virginidad perfecta era la única preparación digna para convertirse en la Madre de Dios y la obvia respuesta personal de la mujer que fue elevada por Dios a su más sublime vocación.  Ser virgen es parte de la naturaleza íntima de la Iglesia: “virgen que custodia pura e íntegramente la fe prometida al Esposo, e imitando a la Madre de su Señor, por la virtud del Espíritu Santo conserva virginalmente la fe íntegra, la sólida esperanza, la sincera caridad.” (Cf. LG 64)  En el Nican Mopohua, se llama virgen a María diecinueve veces. La palabra empleada es “ichpochtli”, que significa “virgen”. De estas diecinueve veces, cinco veces (tres “Ichpochtli”, dos “Ichpochtzinitli”, de manera reverencial) aparece junto con el adverbio “cenquizca”, “perfectamente”, del adjetivo “cenquizqui”, que significa “entera, completa, pura”, subrayando así su perfecta, intacta virginidad. Aparece dos veces con el adverbio “cemicac”, “por siempre” y, una vez con una combinación de los dos: “in nicenquizca cemicac”, “Yo la Perfecta siempre Virgen”. San Juan Diego la llama nueve veces “Nochpochtziné” (“mi Virgencita”), y dos veces aparece la palabra “ichpochtli” enforma compuesta: “la totalmente Venerable y Gloriosa Virgen” (“mahuizichpochzintli”), y “la más perfecta Venerable Virgen” (“icnohuacacenquizcaichpotzintli”).

A. LA PERFECTA, SIEMPRE VIRGEN. La referencia a la Virginidad de María aparece en tres formas: se incluye en las más importante afirmaciones relativas a María, es un título que se le otorga a lo largo de la narración de los sucesos y San Juan Diego, la llama así varias veces.

1. La primera referencia a la Virginidad de María se encuentra en la Introducción del Nican Mopohua, donde es la primera de una serie de tres título Marianos fundamentales: “la Perfecta Virgen (“in cenquizca ichpochtli”), Santa María, Venerable Madre de Dios” (Introducción).

2. La segunda aparece en la solemne presentación de María, donde subraya que es la “perfecta” (“in nicenquiza), “siempre” (“cemicac”) Virgen (“Ichpochtli”) (No. 26).

3. La tercera es tan solemne como la segunda: María le pide a San Juan Diego que le diga al obispo que es Ella en persona, “Yo la siempre Virgen” (“nicenmigas Ichpochtli”), la que lo está enviando (No. 62).

4. Ante el Obispo, San Juan Diego expresa su “ardiente deseo” de que la preciosa voluntad “de la Perfecta Virgen María” (“cenquizca Ichpochtli”) sea creído y realizado (No. 73). Pero aunque en todo el obispo puede ver que Ella es “la perfecta Virgen” (“in cenquizca Ichpochtzintli”) (No. 75), a pesar de todo no lo cree y pide una señal (cf. nn. 76-78).

5. En el momento culminante cuando la imagen de Nuestra Señora se “imprime” en la tilma de San Juan Diego, otra vez se llama a María por sus tres títulos principales: “Perfecta Virgen (“iz cenquizca Ichpochtli”), Santa María, Venerable Madre de Dios”, quien “en ese mismo instante se convierte en señal, aparece de improviso la venerada imagen de la siempre Virgen María, Madre de Dios, tal como ahora tenemos la dicha de conservarla” (No. 183).

6. Finalmente, en el nombre elegido por la misma María para su preciosa Imagen, Ella coloca en primer lugar el de “Perfecta Virgen”, poniendo así de manifiesto la importancia que le otorga a su título: “la Perfecta Virgen” (“iz cenquizca Ichpochtzintli”) Santa María de Guadalupe” (No. 208) (Narración: No. 57, 88, Rojas No. 117).

B. “MI VIRGENCITA” (“NOCHPOCHTZINÉ”). San Juan Diego llama a Nuestra Señora nueve veces “mi Virgencita” (“Nochpochtziné”), un título original que se convertiría en la herencia de los mexicanos y de otros pueblos latinoamericanos que continuarían llamándola cariñosamente con ese nombre.  La primera vez que este título aparece coincide con la primera vez que San Juan Diego se dirige a Nuestra Señora y es el tercero de los títulos que le da: “Mi Señora (“Notecuiyoé”), mi Reina (“Cihuapillé”), mi Virgencita (o mí Muchachita) (“Nochpochtziné”)” (No. 24).  Resulta interesante señalar que San Juan Diego le dio ese título desde el principio. Significa que para él era muy clara la Virginidad de María, y que lo reconoció como un nombre que le pertenece por excelencia. En esta forma, sigue una práctica común en la Tradición desde la época de San Justino Mártir (+ 165),  Después de “mi Reina” (“Cihuapilli”), el título que San Juan Diego le da a María más a menudo es “mi Virgencita”. Salvo en una ocasión, siempre aparece con otros títulos, pero no sigue un orden particular.

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III. SANTIDAD.

El Nican Mopohua no se refiere a la Inmaculada Concepción, un Dogma que no había sido definido por la Iglesia en esa época. Lo que sí afirma es la santidad de María, al llamarla seis veces “Santa María” en latín. Siempre aparece junto con otros títulos marianos y en textos muy importantes. El título “Sancta Maria” era extremadamente familiar para los españoles. Su uso les dejó claro que San Juan Diego hablaba de María, la Madre de Dios.

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IV. SU CONDICIÓN DE REINA.

Desde tiempos patrísticos, a menudo María ha recibido el título de “Reina”. Se le otorga con razón ya que Ella es la Madre del Rey del Universo, Jesucristo, y porque Ella es Su más perfecta colaboradora y discípula, por lo que las palabras de San Pablo se cumplen perfectamente en Ella: Esta doctrina es digna de fe: “Si somos constantes, reinaremos con él…” (2 Timoteo 2,11-12). María fue “enaltecida por el Señor como Reina del Universo, para que se asemejara más plenamente a su Hijo…” (LG 59).  En el Nican Mopohua, se presenta constantemente a María como una Reina celestial y San Juan Diego la honra como tal. De hecho es el título que más se le otorga: aparece cuarenta y tres veces usando tres diferentes palabras: “Cihuapilli” (29 veces), “Notecuiyo” (8 veces), y “Tlacatl” (6 veces), tanto como título con el que dirige San Juan Diego a Ella, o durante la narración. Con ellos, el Nican Mopohua también se refiere indirectamente a su gloriosa Asunción, la razón que explica que ahora Ella reine desde el cielo.

A. LOS TÍTULOS EMPLEADOS. Cuando San Juan Diego se dirige a María, casi siempre incluye uno de los siguientes títulos relacionados con su condición de Reina:

1. “Reina” (“Cihuapilli”). La palabra “Cihuapilli” aparece 29 veces en el Nican Mopohua: 16 veces con el adjetivo “celestial” (“Ilhuicac Cihuapilli”, “Reina Celestial”) (cf. Nos. 43, 48, 72, 78, 80, 103, 122, 124, 134, 143, 165, 189, 192, 194, 198, 200). Diez veces de manera sencilla (ocho de ellas en el caso Vocativo (“Cihuapillé”) (cf. Nos. 24, 38, 50, 54, 55, 63, 66, 110), dos veces sola (“Cihuapilli”) (cf. Nos. 89, 211), y cuatro veces en forma compuesta: dos veces como “Tlatocacihuapilli”, “Señora y Reina) (cf. Nos. 89, 211), y una vez como “Tocihualpillatocatzin” (“Nuestra Venerable Señora y Reina”) (Introducción), y como “Ilhuicac Tlazocihuapilli” (“la preciosa Niña del Cielo) (cf. Nos. 212).  La palabra “cihuapilli” proviene de “cíhuatl”, un nombre que significa “mujer”, “hembra”; y “pilli”, un término que solo se usa en forma compuesta y que tiene diversos significados: “hijo, hija”, también en el sentido español de “noble” (“infante”). Así “cihuapilli” puede significar una gran variedad de cosas: “hija, niña (muchachita), reina, noble señora”.  En náhuatl, la forma que expresa reverencia y veneración es la misma que expresa afecto y amor. Por eso la misma palabra puede traducirse con tan diferentes significados como “niña y reina”. Hasta hoy, a las hijas o y niñas se les llama afectuosamente “reinas” y, por respeto, a las patronas se les llama “hijas y niñas”…Con el fin de comprender esto, es indispensable conocer el trasfondo cultural y saber que, en la cultura mexicana, se unían la autoridad y el amor. De hecho, supuestamente el Tlatoani o Señor ejercía ambos papeles de autoridad y padre/madre de su pueblo.  Así, en el Nican Mopohua, cuando San Juan Diego llama a María “Cihuapilli”, la está llamando “hija” y “Reina”. Nunca lo usa en forma la posesiva, “mi Reina”.

2. “Mi Señora” (“Notecuiyo”). Otra palabra que expresa la condición de reina o la autoridad es “Notecuiyo”, que San Juan Diego emplea ocho veces en referencia a María (siete de ellas en el caso vocativo, “Notecuiyoé”), y siempre en forma posesiva: “mi Señora”. Esta misma palabra es también empleada para Jesús: Nuestro Señor Jesucristo” (“Totecuiyo Jesucristo”) (No.75), y el obispo (No. 164). Varias veces se traduce como “mi Señora (“mi Ama o mi Señora), “mi Patroncita.

3. “Señora” (Tlacatl”). Una palabra que también emplea para el Obispo (cf No. 80), se traduce como “Señora”. Con la palabra “Tlácatl” se quiere decir una noble persona de alto linaje, que supuestamente es generosa, magnánima, digna de se honrada, temida y obedecida, amorosa, piadosa, compasiva, liberal, que inspira reverencia a quienes la ven (p. 221). María cumple perfectamente con todas estas características.

4. Otros títulos (“Noxocoyouh”; “Nopiltzintziné”). San Juan Diego le otorga a María otros dos títulos: Cinco veces la llama “Noxocoyohué” (cf. nn. 50, 55, 66, 110, 116), la palabra que se emplea para dirigirse a la hija o al hijo más joven de la familia, considerado por esta razón el más amado; se traduce como “mi hijita”, o “mi más amada hija”. Es exactamente la misma palabra que María emplea once veces para dirigirse a él.

Dos veces emplea “nopiltzintziné”, “mi amada hijita” (No.s 110, 116) (esta misma palabra la usa el Obispo para dirigirse a él en su primera entrevista: cf No. 45; “Nopilzé). El empleo de estas palabras debe comprenderse dentro del contexto mexicano de respeto y afecto, amor y autoridad. No podemos más que imaginar la alegría con la que ciertamente Nuestra Señora recibió estos títulos por parte de su hijo mexicano, títulos que su hijos europeos jamás habrían soñado otorgarle.

B. SAN JUAN DIEGO Y SU “REINA”. La primera referencia a la condición de Reina de María se encuentra en la Introducción, donde se le llama “Tocihuapillatocatzin”, Nuestra Venerable Señora y Reina (Introducción).  En la cima del Cerro del Tepeyac está esperando a San Juan Diego una “Cihuapilli” (No. 14) de maravillosa majestad (cf. Nos 16-21) y gran delicadeza (cf. No. 15). El primer título que San Juan Diego le otorga en ese momento es el de “Notecuiyoé”, seguido de “Cihuapillé”: “Mi Señora, mi Reina” (cf. No. 24). Así, la primera impresión de María es la de una Reina, seguida de “Virgencita”. Expresa su respeto y su deseo de servirla llamándola a menudo “Notecuiyoé”, “Cihuapillé”, Tlacatlé (cf. n.38; 50; 54-55; 63; 66; 89; 90-93; 211), a menudo con “mi Virgencita” (“Nochpochtziné”) y “mi Hijita” (“Noxocoyohué”). Cuando intenta convencerla de enviar a alguien más o de permitirle primero ir por un sacerdote, multiplica los títulos aún más (cf. Nos.55; 110; 115-116). Otra letanía semaejante se encuentra cuando le narra al obispo le pidió a María el señal:  El título “Reina del Cielo” (“Ilhuicac Cihuapilli”, literalmente: “Reina en el cielo”, se repite a menudo, normalmente se encuentra en la narrativa y no dirigiéndose directamente a María. Es común encontrarlo en los diálogos entre San Juan Diego y el obispo (cf. 43; 72; 78; 80; 192; 194; 195). De hecho, la primera vez que se emplea es cuando San Juan Diego llega ante ella y le revela el “venerable aliento, la preciosa palabra de la Reina del Cielo” (“Ilhuicac Cihuapilli”) (n.43; 48; 103; 200). Dicho título era perfectamente inteligible para el obispo español. Se emplea a menudo en la última Aparición (Nos.122; 124-126; 134; 143; 189; .212).

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V. MATERNIDAD ESPIRITUAL.

María es nuestra Madre. Esta es una verdad indiscutible, profundamente arraigada en nuestro corazón y experimentada vívidamente en nuestra vida diaria. A lo largo de la historia, los cristianos lo han expresando con diferentes advocaciones: Madre de la Misericordia, Madre del Elegido, Madre del Fiel…

La referencia más antigua que se conoce para la Maternidad Espiritual de María se funda en la obra apócrifa Transitus Mariae del Siglo II, donde se le llama “Madre de las doce ramas” (No. 16), “mi Madre y hermana” (No. 21), “nuestra Madre María” (tres veces) (No. 26, 31 veces), “madre de todos los salvados” (No. 28), y fecunda viña alrededor de la que nos reunimos (No. 29). San Ireneo (+ 202) llama al vientre de María: “ese vientre puro en el que los hombres se engendran en la vida de Dios”. Orígenes (+ 253) enseña que todo perfecto discípulo que ya no vive, pero es Cristo quien vive en él, se convierte en hijo de María. San Epifanio (+ 403) dice que María, y no Eva, es la “verdadera madre de todos los vivientes” (Génesis 3,20). San Agustín (+ 430), en un famoso pasaje citado por el Vaticano (cf. LG 53), dice que ella “es verdaderamente madre de los miembros de Cristo por haber cooperado con su amor a que naciesen en la Iglesia los fieles.”  Los Padres de la Iglesia establecen firmemente que el primer fundamento de la Maternidad Espiritual de María se basa en su Maternidad Divina. Puesto que María es la Madre de la Cabeza, y la Cabeza y los miembros forman Un Solo Cuerpo, Un Cristo, entonces necesariamente Ella ha debe ser también la madre de todos los miembros, para cuya salvación Ella cooperado de una forma única. A menudo hablan de sus tareas “maternales”: darnos Vida, protegernos, guiarnos, interceder, cuidarnos.  En la Edad Media, el misterio de la maternidad espiritual de María se profundiza aún más. Conservando la Maternidad Divina como el principal argumento, también se vuelve importante el Testamento de Cristo desde la Cruz (Juan 19,25-27) y desde ese momento, llamar a María “nuestra Madre” se volvió muy común.  La Maternidad Espiritual de María es otra doctrina fundamental que está muy clara en el Nican Mopohua. Se expresa de tres formas:

1. María se llama a sí misma la Madre de San Juan Diego, Madre de todos los habitantes de la tierra y madre de los hombres en general;

2. María llama a San Juan Diego varias veces “su hijo”;

3. María se comporta como una madre con su tierno cuidado maternal, su amorosa preocupación, su cercanía, su solicitud providencial, su presteza para ayudar, consolar, purificar, etc., y sobre todo su ardiente deseo de entregarnos lo más importante: su Hijo Jesucristo.

A. “HIJITO MÍO EL MÁS PEQUEÑO” (“NOXOCOYOUH”). María llama a San Juan Diego once veces “Noxocoyouh”, “mi fructificación” (“Xocóyotl”), una palabra que en sí misma no significa “hijo”, sino que era el título que se le daba al hijo más joven de la familia, que era considerado el más querido, el más preciado. En otras palabras, es un término que muestra gran ternura y estima, y que todavía hoy se emplea en México (“mi xocoyote”, “mi xocoyotito”). María inicia cada diálogo con San Juan Diego con estas palabras (Cf. Nos.23; 58; 90; 107; 137), y las repite cuando va a revelarle algo importante (Cf. Nos. 26; 60; 92; 118; 125) (fin: No.37). San Juan Diego se dirige a María muchas veces con esta misma palabra (cf. No. 50).

María también le otorga otros dos títulos: Notelpotzin”, “mi muchachito”, cuando lo insta a volver con el obispo (No. 93), y “tinotitlan”, “embajador”, en el solemne momento en que lo envía con las flores a entrevistarse con el obispo. La palabra empleada muestra que él no es simplemente un “recadero” (“tititlantli”), sino un mensajero muy confiable. Esto se refuerza con las propias palabras de María; “en ti pongo toda mi confianza” (No. 139).  Es interesante notar que el obispo llama a San Juan Diego (“Nopiltzé”), “hijito mío” (No. 45), que realmente significa “hijo”, pero en este caso probablemente es una mera formalidad, si no paternalismo, mientras que las palabras de María sí reflejan un hecho real: Ella es realmente su madre y realmente lo considera su querido hijo.

B. MADRE COMPASIVA DE TODA LA HUMANIDAD. En el Cerro del Tepeyac, María hace dos solemnes proclamaciones:  “…yo soy…Madre del verdaderísimo Dios, Aquel por quien se vive” (No. 26).  “Yo soy la Madre compasiva” (No. 29).  “¡La Madre de Dios también es nuestra Madre!”, exclamó San Anselmo de Canterbury (+ 1009) hace siglos. He aquí a la misma María quien afirma que “y tengo el privilegio de ser Madre del verdaderísimo Dios, del Creador de las personas), del Dueño del estar junto a todo y del abarcarlo todo” (No. 26: “in Inantzin in huel nelli Teotl Dios in Ipalnemohuani”), y asimismo, “porque en verdad Ella se honra en ser madre compasiva de todos Ustedes” (n.29: “Ca nel nehuatl in namoicnohuacanantzin”). Es obvio que María se siente honrada de ser la Madre de Dios, pero que se sienta honrada de ser su Madre fue algo que realmente emocionó a los mexicanos y suscitó en ellos una maravillosa respuesta que se demostró en su deseo de adoptar la nueva religión que María les explicaba en términos que no podían comprender.  La Santa Virgen pidió un templo donde Ella pudiera entregar a su Hijo (“nictemacaz”) (No. 28). Ahora explica por qué: “porque en verdad se honra en ser madre compasiva” (“namoicnohuacanantzin”) (No. 29). El Nican Mopohua no puede expresar de mejor forma la Maternidad Espiritual de María, de acuerdo con la Tradición Patrística: María es nuestra Madre porque Ella nos entrega a Cristo.  ¿De quién es Madre María? El Nican Mopohua brinda múltiples respuestas: “de Ustedes” (de los indios mexicanos, plural de la segunda persona) (No. 29), “tuya” (de San Juan Diego) (No. 29), “y de todas las gentes que aquí en esta tierra están en uno, (“in ixquichtin in ic nican tlalpan ancepantlaca”) (No.30), “y de los demás variados linajes de hombres” (“in occequin napapantlaca”) (n.31):  Aquí encontramos una de las más impresionantes declaraciones de la Maternidad Espiritual de María, y que proviene de sus propios labios: Después de declararse “su Madre compasiva” en plural, en sentido general (entendiendo, de los mexicanos, a quienes se dirige en la persona de Juan Diego), ahora afirma que Ella es la madre de Juan Diego (“tu”, “tehuatl”, segunda persona singular). De hecho, aquí existen dos aspectos indisolubles de la Maternidad Espiritual de María: el social y el individual. María es la Madre de todo el conjunto de seres humanos y, al mismo tiempo es la Madre de cada persona, con la que posee una relación única e íntima. Es tanto “nuestra Madre” como “mi Madre”.  Estos dos aspectos están muy claros en el Nican Mopohua. María se llama a sí misma la propia madre de San Juan Diego, con todo lo que esto implica, particularmente en la cultura azteca, donde el padre casi siempre estaba ausente luchando en guerras y la figura central de la familia era la madre. Por otro lado, María también afirma algo que en ese momento particular era difícil de aceptar, pero que fue precisamente el propósito de su aparición: también es la madre de todos los habitantes de esta tierra, de la Nueva España, en el momento en que aún no se dividía en diferentes países. Todos son sus hijos, amados por igual.  Pero María no se conforma con esto: su amor maternal adopta a todo el planeta. Por eso sigue diciendo:  “y de los demás variados linajes de hombres, mis amadores, los que a mí clamen, los que me busquen, los que me honren confiando en mi intercesión” (No. 31).  María se considera a sí misma la madre de todos “los que la amen” (“nepapantlaca notetlazotlacahuan”). Sin embargo, “amarla” no es una condición en el sentido de que Ella solo ama a aquellos que la aman, sino en el sentido de que mientras más nos abramos a su amor y su acción en nuestra vida, más efectiva será dicha acción, porque María desea ayudarnos a todos, pero respeta nuestra libertad.  María sigue explicando todo lo que hará por sus hijos en ese templo: Escuchará “su llanto y su tristeza” con el propósito concreto de “purificar y curar todas sus diferentes miserias, sus penas y sus dolores”. Exactamente lo mismo que hizo en Caná: Presta atención en nuestras necesidades y actúa para remediarlas. No promete una vida sin sufrimientos, como tampoco Cristo: Él nos exhortó a “cargar nuestra cruz diariamente y a seguirlo”. Pero Ella sí promete ayudarnos. Es fácil verificar que sí lo ha hecho estando simplemente unos momentos en su Basílica y observando a la gente que se acerca a su Imagen…

C. “¿ACASO NO ESTOY YO AQUÍ, YO QUE TENGO EL HONOR DE SER TU MADRE?”. “¿Acaso no estoy yo aquí, yo que tengo el honor de ser tu Madre?” ¿Quién no se siente emocionado por estas palabras? Y sin embargo, ¡cuán a menudo las dejamos de lado! Cuando San Juan Diego intenta evitar encontrarse con la Santa Virgen, porque no desea decirle “no”, y piensa que por el momento tiene que resolver el problema por sí mismo, Nuestra Señora va a su encuentro y le enseña dos cosas: que está al tanto de su profunda preocupación por su tío y que ha visto por él curándolo y, que sus órdenes deben cumplirse. San Juan Diego debe hacer lo que Ella le pide y, Ella se ocupará del resto.  María afirma una vez más su Maternidad Espiritual en términos extremadamente enérgicos y tiernos, muy personales, pero aplicables a todos sus hijos dondequiera que estén.

1. El honor y la alegría de ser Nuestra Madre. Lo primero que dice es:  “¿Acaso no estoy yo aquí, yo que tengo el honor de ser tu Madre?” (“¿Cuix amo nican nica Nimonatzin?).  Equivale a decir: “¡Tengo la alegría de ser tu Madre!” (p. 321) Esta afirmación tenía un gran significado para San Juan Diego y su pueblo, porque para todos ellos la madre era la persona más afectuosa y amante, la que está dispuesta a sacrificarlo todo por sus hijos (p. 321).

2. Bajo Su Protección. María continúa diciendo:  “¿Acaso no estás bajo mi sombra, bajo mi amparo?” (no. 119) (¿”Cuiz amo nocehualltotitlan, necauhyotitlan in tica?”).  El Antiguo Testamento habla acerca de buscar un refugio “Bajo la sombra del Más Grande” y, Jesús se compara a sí mismo con la gallina que protege a su progenie bajo sus alas (cf. Mateo 23,37). Las palabras de María también coinciden de manera maravillosa con la primera Oración Mariana ampliamente conocida: “Bajo tu protección” (Sub tuum praesidium), que en el griego original se acerca aún más al Nican Mopohua: “bajo tus entrañas de misericordia buscamos refugio…”. Se trata de un concepto muy bien explicado por San Juan de la Cruz (+ 1591) (“fusión de sombras”).

3. Fuente de nuestra salud, bienestar y alegría. La siguiente afirmación tiene de igual modo un fuerte eco en la Tradición: “¿Acaso no soy yo la fuente de tu alegría?” (No. 119) (“¿Cuix amo nehuatl in nimopaccayeliz?”).  La palabra que emplea María (“nimopaccayeliz”), puede traducirse como: “Soy tu salud”, “tu bienestar”, “tu alegría”, términos muy similares a las bien conocidas letanías: “Salus infirmorum”, “Consolatrix afflictorum”, “causa nostrae laetitia” (p. 322-323), todas ellas por un lado, eran muy familiares para los españoles y por otro lado, tenían un gran significado para los aztecas.  Cristo es Fuente de Vida, Salvación, Santidad y Alegría en el sentido más absoluto. Como su Madre y la nuestra, también puede decirse que María es todo esto, porque Ella nos da constante su bendición, felicidad y plenitud en la Persona de su propio Hijo.

4. En los brazos maternales de María. “¿Qué no estás en mi regazo, en el cruce de mis brazos? ¿Por ventura aun tienes necesidad de cosa otra alguna? (No. 119) (“¿Cuix amo nocuixanco, nomamalhuazco in tica? ¿”Cuix oc itla in motech monequi?”).  “Cuixantli” es la concavidad que se forma en una pieza de tela como un rebozo con el fin de cargar algo; expresa la idea de un vientre maternal, un regazo, intimidad, cercanía, protección…, (p. 323-324) todo lo que María nos ofrece a nosotros.  Después de las palabras más consoladoras de Nuestra Señora en cuanto a sus funciones maternales, dirigidas a San Juan Diego y abiertas a toda la humanidad, ahora se muestra a Juan Diego como persona y se refiere a su problema personal del momento: la enfermedad de su tío. Con las palabras más corteses y tiernas, realmente María casi le ruega, como un favor (“ma”, repetido tres veces) que no se preocupe, que no se sienta perturbado o angustiado por la enfermedad de su tío: no morirá de ella. María le asegura que ya está curado (No. 120, 121).  Ante las palabras de Nuestra Señora, San Juan Diego “se consoló, mucho con ello quedó satisfecho su corazón. (No. 122). Más aún, su reacción inmediata fue ponerse a su entero servicio (No. 123).

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VI. MEDIACIÓN.

San Luis de Montfort (+ 1716) resume la Mediación de María con estas palabras: Por medio de la Santísima Virgen María vino Jesucristo al mundo y, por medio de ella debe reinar en el mundo”. Si María fue el medio elegido por Jesús para venir a nosotros, también es el medio que debemos tomar para llegar a El. Fue Dios Mismo quien con su soberana y misericordiosa voluntad quiso tener la Mediación de María en Su entera Obra de Salvación, desde la Encarnación hasta la Parusia. Él la llamó a ser la Madre del Cristo Total, Cabeza y miembros.  En la Encarnación, María es mediadora de tres modos:

1. Su santidad y ardientes oraciones pidiendo a Dios que enviara el Mesías prometido, “atrajo” a la tierra al Hijo de Dios.

2. Su consentimiento en la Anunciación (Lucas 1,38), otorgado “en nombre de toda la humanidad”, como enseña Santo Tomas de Aquino (+ 1274), lo hizo posible.

3. Su Maternidad Divina, que es su más importante mediación y el fundamento de todas sus otras mediaciones, nos entregó a Cristo hecho Hombre. San Pablo lo expresó muy bien: “Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer” (Gálatas 4,4). El Hijo de Dios vino al mundo mediante María, con su consentimiento y su activa cooperación. Se convirtió en Hombre en Ella y de Ella. María es el “medio” elegido por Dios para enviarnos a Su Hijo. Ella es el “medio” que la Palabra eligió para venir a nosotros. Así también, también mediante María, Cristo sigue viniendo ahora a nuestro corazón, y vendrá en la gloria al final de los tiempos.  María no es solo la colaboradora íntima de Cristo en Su entera Obra de Salvación, sino también la inseparable socia del Espíritu Santo en todas las obras de gracia”, concibiéndonos, criándonos y llevándonos hacia la vida eterna como nuestra Madre; “formándonos en Jesús y a Jesús en nosotros”.

A. LA MEDIACIÓN DE MARÍA Y EL ACONTECIMIENTO GUADALUPANO. El Nican Mopohua se refiere a estas grandes verdades cuando María le explica que ella es la Madre de Dios y nuestra Madre y, el Acontecimiento Guadalupano en sí es un grandioso testimonio de ello, porque las apariciones de Nuestra Señora y el don de su Imagen son actos concretos de su mediación materna. Hoy, muestran su intervención en la vida de sus hijos y su poder maternal, otorgado a Ella por Dios para nuestro bien.

B. MARÍA NOS ENTREGA A CRISTO, QUIEN ES SU AMOR, SU MIRADA MISERICORDIOSA, SU AYUDA Y SU SALVACIÓN. Desde el tempo que pide, María planea realizar para nosotros tres cosas maravillosas: “Mostrar a Cristo” (“in oncan nicnextiz”); “magnificarlo o exaltarlo” (“nicpantlazaz”), y “entregarlo” (“nictemacaz”). Entonces vienen estos maravillosos títulos: “Amor (“in ixquich Notetlazotlaliz”), Mirada Misericordiosa (“Noteicnoittaliz”), Ayuda (“in Notemanahuiiz”), y Salvación (“Notepalahuiliz”)”. ¿Cómo demos entenderlos? Desgraciadamente, el original en náhuatl no es fácil de traducir, y por ello a menudo este texto ha sido mal interpretado, con lo cual se pierde su argumento principal.  De hecho, María no está prometiendo entregarnos el amor, la compasión, ayuda y salvación de ella (aunque también lo hará), sino entregárnoslo a Él, Quien es todo esto por sí mismo. Es Cristo en Sí mismo Quien es Amor, Mirada compasiva, Ayuda y Salvación y, ésta es la Persona a quien María desea entregarnos a todos nosotros.

La misma idea se repite en el No. 33, “mi mirada-persona misericordiosa” (“noteicnoittaliz”). María ordena a San Juan Diego que vaya con el Obispo de México “para decirle lo que su mirada misericordiosa y compasiva realizará”. Es decir, lo que Cristo, Quien es “su Mirada misericordiosa”, realizará (p. 183-184). Es Cristo Mismo quien desea realizarlo, María lo sabe y por eso actúa en Su nombre y siguiendo Su Voluntad.  En las palabras de María a San Juan Diego, también se puede escuchar un eco de su Magníficat: En el Magnífcat María dice que “su alma magnifica al Señor” (Lucas 1,46) y, a San Juan Diego le dice que en el templo Ella lo “magnificará”. En el Magníficat ella dice que “Dios ha observado la humildad de Su siervo” (Lucas 1,48), ella dice aquí que Él es “su mirada compasiva” (No. 28). En el Magníficat María afirma que “Dios ayudó a su siervo Israel” (Lucas 1, 54), y aquí lo llama “su Ayuda”. En el Magníficat María dice que “su espíritu se regocija en Dios, su Salvador” (Lucas 1, 47) y todo el Magníficat canta su salvación; aquí lo llama “su Salvador”. Ambos textos vibran de manera maravillosa con los mismos temas, porque ambos provienen del mismo Corazón Inmaculado. Ambos son una canción de fe, adoración, amor, reconocimiento de Dios como Salvador, ardiente deseo de entregárselo al mundo, como lo hizo Ella con Isabel y San Juan Bautista, y como está haciéndolo ahora para todos nosotros.

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VII. LA ESPIRITUALIDAD MARIANA.

La “Espiritualidad Mariana es una parte esencial de la Espiritualidad Cristiana”. Como bien lo expresó el Papa Paulo VI, “para ser cristianos, debemos ser Marianos”.

A. LOS CUATRO ASPECTOS DE LA ESPIRITUALIDAD MARIANA EN EL NICAN MOPOHUA. Existen cuatro aspectos de la Espiritualidad Mariana.

1. Antes que nada, la Espiritualidad Mariana es la Espiritualidad de María, es decir, es la forma concreta en la que María de Nazaret vivió su vida espiritual. Pero María vivió su vida espiritual de manera tan perfecta, como primera y única discípula de Cristo, que se convirtió, después de su Hijo, en el modelo de todo simple cristiano. Desde tiempos patrísticos, la Iglesia siempre ha exhortado a los cristianos a imitar a María. El Nican Mopohua se refiere indirectamente a esto llamando “santa” a María numerosas veces.

2. El segundo aspecto es el hecho de que María colaboró de manera única para hacer posible nuestra vida espiritual con su consentimiento en la Anunciación, Maternidad Divina, Mediación y Cooperación en el Calvario. Como hemos visto, el Nican Mopohua enseña claramente la Maternidad Divina de María y su Mediación.

La solemne presentación de María a San Juan Diego, está precedida de la siguiente admonición: “Ten la bondad de enterarte, por favor pon en tu corazón, hijito mío el más amado…” (No. 26). Esto indica que lo que va a decir es algo que San Juan Diego y todo cristiano deben saber y guardar en su corazón, es decir, Quién es María, Quién es su Hijo divino, cuál ha sido su papel el la Economía de la Salvación. San Juan Diego cree y entiende que María es la Madre del Único, Verdadero Dios y se rinde completa y alegremente a su servicio, sabiendo que así está sirviendo tanto a Dios como a su prójimo.

3. El tercer aspecto de la Espiritualidad Mariana es el hecho de que María, como nuestra más amante Madre y poderosa Mediadora, sigue colaborando ahora con cada uno de nosotros con el fin de ayudarnos a vivir nuestra vida espiritual hasta la perfección. El Nican Mopohua habla precisamente acerca de esto: María interviene no solo en la vida personal de San Juan Diego, San Bernardino y Fray Juan de Zumárraga, sino que también interviene en la vida de dos grandes pueblos: los indios y los españoles, en un esfuerzo maravilloso por evangelizarlos y unirlos en una fe común y en un amor común por su Divino Hijo.  El cuarto aspecto de la Espiritualidad Mariana es nuestra respuesta personal a la presencia de María en nuestra vida. Y al respecto, San Juan Diego siempre será un excelente modelo para que nosotros los sigamos, porque él respondió a María como un verdadero hijo y un siervo fiel.

B. LA MADRE Y MEDIADORA BUSCA NUESTRO SERVICIO.

1. La Mediadora tiene a sus “mediadores”. San Juan Diego, Santa Catarina Labouré (+ 1876), Santa Bernardita (+ 1879), los Niños de Fátima se encuentran entre una larga lista de Santos a lo largo de siglos, incluyendo a San Germanio de Constantinopla (+ 733), San Juan Damasceno (+ 749), San Luis de Montfor (+ 1716), San Antonio de Claret (+ 1870), Santa María Romero (+ 1977), Santa Teresa de Calcuta (+ 1997)…que dan testimonio de una verdad excepcional: La Virgen María, llamada y elegida por Dios para ser la Madre del Autor de Gracia y la Mediadora universal de todas sus gracias, por su lado, nos llama a colaborar con ella en su misión maternal. Desea usar nuestra “mediación”. Cristo es Vida, Amor, Compasión, Ayuda, Salvación (No. 26, 28). María “se vuelve su manifiesto” y nos lo “entrega a todos nosotros”. Ella nos escucha, purifica, pone remedio (Nos. 27, 28, 32). Pero con el fin de cumplir su cometido, nosotros también tenemos que participar.  Cuando San Juan Diego le ruega a María que envíe a alguien más en su lugar, María afirma categóricamente (“Tlaxiccaqui Noxocoyouh, ma huel yuh ye in moyollo”) que no le faltan (“camo tlazotin”) sirvientes (“in notetlayecolticahuan”) y mensajeros (“in notititlanhuan”) a su disposición, “a los que pueda pedir la tarea de llevar su aliento, su palabra, (“in huel intech niccahuaz in quitquizque in niiyo in notlatol”) (“in quineltilizque in notlanequiliz)” (n.58). Pero cada uno de ellos tiene una tarea que cumplir que pertenece solo a esa persona. En relación a las presentes circunstancias, dicha persona es San Juan Diego. Debe cumplirse su voluntad precisamente mediante él:  “mas es indispensable que seas precisamente tú quien negocie y gestione, que sea totalmente por tu intervención que se verifique, que se lleve a cabo mi voluntad (“notlanequiliz”), mi deseo (“nocializ”) (No. 59).  San Juan Diego se considera un pobre siervo (“nimocnomacehual”), pero María lo trata con confianza y respeto. Ella lo considera su propio representante, en quien ella ha puesto “su absoluta confianza” (“ca huel motech netlacaneconi”) (No.139). Ella le encarga la importante misión de cooperar de manera única en la evangelización de su pueblo.

2. Como una Verdadera Madre, María ordena con amor y autoridad.

3. María recompensa a su siervo muy generosamente. María se caracteriza por recompensar muy generosamente hasta el pequeño servicio realizado en su honor y nadie la excede en generosidad. Esta verdad se observa claramente en el Nican Mopohua, donde María asegura a San Juan Diego que aprecia su servicio y dos veces le promete que “lo recompensará” (“niquixtlahuaz”) (No.34), “enriquecerá (“nimitzcuiltonoz”), y lo glorificará (“nimitztlamachtiz”) (No.35). (“niccuepcayotiz”) por la molestia y el cansancio que le provoca lo que le pide (n.35-36; 92).  Nuestra Señora cumple su promesa de manera digna de sí misma. En realidad la cumple de muchas formas, algunas conocidas por nosotros a través del Nican Mopohua, otras conocidas por San Juan Diego solo: Ella le otorgó la alegría de verla y experimentar el “paraíso” aquí en la tierra, incluso antes de hablarle, cuando él escucha a los pájaros cantando las más amorosas canciones (No. 8-10); vio a la Reina del Cielo en gran gloria y belleza (Nos. 16.21); sintió su amor (No. 22), y fue honrado en escuchar sus revelaciones y ser elegido para ser su mensajero personal (Nos. 26-33); Nuestra Señora curó a su tío (Nos. 120-121); él fue testigo del milagro de las más preciosas flores que crecieron en el Cerro del Tepeyac (Nos 125-134); la Madre de Dios le obsequió el inefable don de arreglar las flores en su propia tilma (Nos. 135-136) y pedirle que las llevara en su nombre el obispo (Nos. 137-140) y, como si no fuera suficiente, tuvo lugar lo indescriptible: la misma María se convirtió en señal, ¡cuando apareció impresa en su propia tilma! (No. 138). San Juan Diego tuvo la alegría de dedicarle el resto de su vida, y ciertamente la Santa Virgen lo glorificó: ¡fue canonizado por el Papa Juan Pablo II, el amado siervo de Dios, el 31 de julio de 2002!

C. SERVIR A MARÍA COMO SAN JUAN DIEGO.

1. Servir a María es servir a Cristo. El cuarto aspecto de la Espiritualidad Mariana es nuestra respuesta a María, y una de sus más importantes expresiones es servirla. De hecho, lo que se ha llamado “esclavitud de amor” es una de las más antiguas y más constantes forma de hacerlo en la historia de la Iglesia. San Ildelfonso de Toledo (+ 687) es uno de los primeros autores que habla acerca de esto, y explica extremadamente bien cómo honrar y servir a María es honrar y servir a Jesucristo.  Somos al mismo tiempo los hijos y los siervos de María. No existe contradicción al respecto: Todo buen hijo está feliz de servir a sus padres.  Servir a María es un tema presente a lo largo del Nican Mopohua. San Juan Diego es “siervo” de la Santa Virgen, elegido especialmente y llamado por Ella para cumplir una misión muy importante. Se siente inmensamente feliz de servirla y, después de las apariciones, consagrará el resto de su vida a servirla en su templo.  El Nican Mopohua muestra muy bien que el servicio que brindamos a la Santa Madre tiene como finalidad la gloria de Dios. El Hijo desea la intervención de Su Madre, y María actúa totalmente de acuerdo con la Voluntad de su Hijo. Se refiere siempre a Él y nos lleva a Él.

2. El fiel servicio de San Juan Diego. La respuesta de San Juan Diego es un gran ejemplo para nosotros. Se caracteriza por la gran humildad, respeto y jovial obediencia, sin contar el costo, con perseverancia, paciencia, sólida fe en María, completa confianza en su poder, total disponibilidad, rindiéndose de corazón y para siempre a su servicio.

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VIII. MARÍA Y LA IGLESIA.

Entre María y la Iglesia existe un vínculo indisoluble que fue reconocido por los Padres de la Iglesia desde el principio. De hecho, María es el más importante miembro de la Iglesia después de su Cabeza, Jesucristo, porque Ella es la Madre de su Cabeza y Fundador, la Madre y modelo de todos los miembros, el primer miembro que precedió y representó a la Iglesia, el más santo miembro después de Cristo, el tipo, figura e ícono escatológico de la Iglesia. Al contemplar a María, “la Iglesia descubre sus orígenes; su íntima naturaleza de virgen, madre, esposa, discípula y colaboradora de Cristo; su camino de fe, su misión de gracia y dignidad de gloria”. Existe una perfecta unión entre María, la Iglesia y toda alma fiel. Los autores medievales lo explican muy bien al decir que todo lo que se dice de María en un sentido perfecto y especial, se dice de la Iglesia en sentido general, universal, y se dice de toda persona en un sentido singular, individual.  El Nican Mopohua tiembién menciona la relación entre María y la Iglesia.

A. SAN JUAN DIEGO Y LA IGLESIA.

1. La preparación previa de San Juan Diego.

2. La Catéquesis de la Iglesia y los Sacramentos. Cuando San Juan Diego se encuentra la primera con Nuestra Señora, se dirigía a México Tlatilolco, para asistir a la catequesis de la Iglesia, impartida por los sacerdotes. Algunos dicen que iba también a asistir a la Misa del Sábado, un detalle significativo que arroja luz sobre su devoción mariana personal.  Cuando su tío enferma, San Juan Diego toma muy seriamente su petición de recibir el Sacramento de la Reconciliación, un Sacramento muy apreciado por los aztecas (cf. 287-289).

3. El respeto de San Juan Diego por la Jerarquía. San Juan Diego siempre muestra un gran respeto por la Jerarquía de la Iglesia. Llama “nuestros sacerdotes” (“in toteopicahuan”) a los “representantes” o “imagen” (“in ixiptlahuan”) del Señor.

B. MARÍA PIDE UN TEMPLO. En sus apariciones, la Virgen María pide a menudo un templo (No. 26). Este hecho tan significativo muestra su indisoluble unión con la Iglesia: No dice que nos entregará a su Hijo, sino que siempre usa la mediación de la Iglesia. Siempre pide al visionario que vaya con el obispo u otro miembro de la Jerarquía (confesor, sacerdote) y les pida que los construyan. Busca y espera el consentimiento de la Jerarquía. No viene a un lugar secreto para una persona o para unos cuantos privilegiados, sino a una Iglesia, abierta a todos. El principal lugar al que quiere que asistan sus hijos y donde Ella quiere recibirlos es la Iglesia. Es el principal lugar donde se encuentra a Jesús y donde María nos entrega a Jesús. En el Nican Mopohua está muy claro, donde María expresa en tan bellos términos como nos entregará a Cristo precisamente en el templo que desea construir (Nos. 27-28).

C. EL RESPETO DE MARÍA POR LA JERARQUÍA. María especifica a San Juan Diego que con el fin de cumplir su maravillosa promesa de entregarnos a Cristo y ayudarnos en todas nuestras necesidades, es necesario que vaya con el Obispo de México y le diga cómo lo envía la Madre de Dios y, cómo desea Ella que le construya un templo (No. 33).  Siempre insiste, tanto con San Juan Diego como con Juan Bernardino, que deben decir al obispo todo lo que han visto y escuchado, sin guardarse nada para ellos. Ella tiene la autoridad de pedir, pero nosotros somos libres de responder afirmativamente o no.  María podría haberle pedido a San Juan Diego y a sus compatriotas que le construyeran un templo, y habrían estado más que contentos de darle gusto, porque ellos amaban construir templos. Pero no, aunque sabía que no sería fácil obtener el consentimiento del obispo, sigue por ese camino. Nunca actúa fuera, detrás o en contra de la Iglesia, sino siempre desde dentro, como la amada Madre de la Iglesia. Es la primera en someterse a la Jerarquía establecida por su Hijo, aún siendo la Madre de Dios, que está por encima de los ángeles y los hombres. No da órdenes a la Jerarquía, sino que pide, para que la decisión la tomen aquellos que detentan el poder en el nombre de su Hijo.

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IX. EL CULTO MARIANO.

En la Hermosa proclamación de María de su Maternidad Espiritual, encontramos una gran síntesis de lo que es el culto y la devoción mariana y, en términos muy similares a los usados por LG 65: María se declara la Madre de los que la aman (“notetlazotlacahuan”), “aquellos que se dignen llorarle” (“in notech motzatzilia”), “aquellos que la busquen” (“in nechtemoa”), “aquellos que se dignen creer en ella” (“in notech motemachilia”). Como sus hijos, estamos llamados a amarla, a invocarla, a buscarla en nuestras necesidades, a confiar en ella, en su mano pródiga (“in notech motemachilia”), en su intercesión (n.31). Los términos empleados también son muy similares a los empleados siglos antes por San Germano de Constantinopla (+ 733), “Está cerca de los que la invocan, la encuentran aquellos que la buscan…” (Asunción).  La preciosa Imagen en la tilma de San Juan Diego se convierte en un objeto de culto. Las primeras expresiones de reverencia que recibe provienen del mismo obispo y de los que lo rodean, tan pronto como la ven:  “Y tan pronto como la vio el señor Obispo, y todos los que allí estaban, se arrodillaron pasmados de asombro (No. 185), se levantaron para verla, profundamente conmovidos y convertidos, suspensos su corazón, su pensamiento (No. 186). Y el señor Obispo, con lágrimas de compunción le rogó y suplicó le perdonara por no haber ejecutado de inmediato su santa voluntad, su venerable aliento, su amada palabra” (No. 187). “Y poniéndose de pie, desató del cuello la vestidura, el manto de Juan Diego (No. 188). En donde se dignó aparecer, en donde está estampada la Señora del Cielo (No. 189) y en seguida, con gran respeto, la llevó y la dejó instalada en su oratorio (No. 190).  Después, el obispo trasladó la bienamada Imagen a la Iglesia Mayor (No. 212), “para que toda la gente pudiera ver y admirar su maravillosa imagen” (No. 213). Y ciertamente dio aquí los primeros testimonios del culto que se rinde a la Imagen de Nuestra Señora con palabras muy conmovedoras:  “Absolutamente toda la ciudad se puso en movimiento ante la oportunidad de ver y admirar su preciosa y amada Imagen (No. 214). Venían a reconocer su carácter divino (No. 215), a tener la honra de presentarle sus plegarias (No. 216), y mucho admiraban todos la forma tan manifiestamente divina que había elegido para hacerles la gracia de aparecerse (No. 217), como que es un hecho que a ninguna persona de este mundo le cupo el privilegio de pintar lo esencial de su preciosa y amada Imagen” (No. 218).

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CONCLUSIÓN.

Si el Acontecimiento Guadalupano es único en muchas formas, y los expertos en diferentes campos siguen sorprendiéndonos con nuevos detalles que nos muestran su profundidad, la doctrina mariológica que trae con ella no es la excepción.  El Nican Mopohua, escrito por Antonio Valeriano basado en las palabras de San Juan Diego, es una narración de los sucesos que tuvieron lugar. Por lo tanto, su principal propósito no es ser un tratado de doctrina, ni Valeriano tampoco intentó ofrecer una síntesis de la doctrina mariana. Entonces, lo más admirable ¡es que posea tan rico contenido mariológico!  La Maternidad Divina se afirma en términos teológicos claros y precisos. María es “la Madre del único, verdadero, Dios vivo, el Dios por Quien todos vivimos, el Creador y Señor del cielo y de la tierra, el Omnipresente. Ella es la Madre de Nuestro Salvador, Nuestro Señor Jesucristo, Quién encarnó en su vientre virginal.  Con toda la Tradición de la Iglesia, el Nican Mopohua también proclama la Virginidad de María: Es la perfecta, intacta, siempre Virgen. San Juan Diego agrega un delicado toque que permanece en el corazón de los pueblos latinoamericanos: “Nochpochtzine”: María es “mi Virgencita adorada”.  El Nican Mopohua alude a la santidad de María empleando este título de “Sancta”, “Santísima”. Se refiere indirectamente a su Asunción mediante su constante afirmación de su calidad de Reina, su grandeza y el poder celestial que le fue otorgado por Dios y ejercido por nuestro bien.  Una doctrina mariana maravillosamente desarrollada es la de la Maternidad Espiritual, que la misma María proclama, en cuya universalidad insiste, y que describe en términos tan contundentes y tiernos. Todo el Acontecimiento Guadalupano es un extraordinario acto de su Maternidad Espiritual, lleno de detalles maternales. Su principal misión es siempre la misma: dar a luz a Cristo, en Belén o en nuestro corazón.  El Acontecimiento Guadalupano es también un ejemplo extraordinario de todo lo que significa la Mediación de María: Entrega constantemente al mundo y cada uno de nosotros a Aquel que es Amor, Mirada Compasiva, Ayuda y Salvación. Desde el Cerro del Tepeyac, desde toda sencilla iglesia, dondequiera que estemos.  La Espiritualidad Mariana también está muy bien desarrollada en el Nican Mopohua. El llamado de María es para colaborar con el Espíritu Santo en la formación de Cristo en nosotros. Por eso Ella viene en ayuda de un pueblo entero, es más, de un continente entero, con el fin de guiarlo desde los primeros pasos del proceso de evangelización hasta su final consumación, enseñándoles Quién es Cristo, en términos que pudieran ser comprendidos y aceptados por todos sus hijos y ayudándoles a vivir su vocación cristiana.  Que San Juan Diego interceda por nosotros, para que los dos grandes mensajes del Nican Mopohua se arraiguen profundamente en nuestro corazón: María nos dijo: “¿Acaso no estoy yo aquí, yo que tengo el honor de ser tu madre?” (No. 119). Contestémosle a María con San Juan Diego:  “Señora mía, Reina, Virgencita mía, mi hijita; con el mayor gusto iré, voy ciertamente a poner en obra tu venerable aliento, tu amada palabra; de ninguna manera me permitiré dejar de hacerlo, ni considero penoso el camino. ¡Envíame inmediatamente con la Señal al mundo. Envíame por tus flores, tu amor tu Jesús!

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Responses

  1. ciertamente, la parte femenina de Dios, la creación, el dar la vida, y no sólo se refiere a la vida orgánica, sino a la emocional, a la espiritual, la templanza, la mansedumbre, y todos los valores que están implícitos en su femineidad divina, pero qde la que, hombres y mujeres participamos o deberiamos participar. Cuidar de nuestros hijos con amor y con mucha paciencia, para sembrar en ellos buenas herramientas para la vida, y no fracturarlos con violencia o rencores que mas tarde se conviertan en perturbaciones mentales y/o emocionales, investigar, averiguar, explorar que podemos hacer para su crecimiento es formar parte también de la creación, es ésta la enseñanza de la virgen, cuidar de su creación y del alma de nuestros pequeños.

  2. Muy interesante conocer un poco más de las raíces de nuestra iglesia muy enriquecedor gracias.


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