Posteado por: Alejandro Villarreal | Martes, noviembre 13, 2012

Homilía: «Vigesimocuarto domingo después de Pentecostés» por el R.P. Sean Guerrity, FSSPX

Título: Homilía: «Vigesimocuarto domingo después de Pentecostés»
Autor: R.P. Sean Guerrity, FSSPX
Homilía correspondiente a la Misa rezada del domingo 11 de noviembre de 2012 en la capilla de Ntra. Sra. de Guadalupe. Publicado aquí sin el permiso expreso del autor

Dos semillas, dos cosechas. A la clara luz del sol de la verdad, siembra Jesús el amor y la virtud, grano excelente de cosechas celestes; en la noche solapada de la mentira, Satanás siembra el vicio y el odio, cizaña del fuego infernal.

El demonio, autor del mal, siembra por la noche en el campo del padre de familia la cizaña, que nacerá con el trigo. A su tiempo se hará necesaria separación. Si la cizaña crece. se la arrojará al fuego; pero hay que aguardar a la siega. Tal es la disposición providencial de Dios: la separación de malos y buenos está reservada para el fin de los tiempos.

El juicio pertenece a Dios y Dios puede aguardar. Puede retrasar siglos el día de la cuenta, que no faltará. Por lo que a nosotros concierne, seamos bondadosos, dulces y pacientes con todos los hombres, cualesquieran que sean. Este deber es tanto mayor cuanto que, admitidos a la paz de Cristo, nos hemos beneficiado de su misericordia. San Pablo nos lo recuerda como un motivo de alegría, pero también como una exigencia de caridad impuesta al cristiano.

Esta caridad paciente no implica, en verdad, ninguna especie de presunción o de abandono; más bien es el resultado de una voluntad perseverante en el bien. En seres que tienen constante necesidad de perdón y de ayuda divina, ello no es orgullo ni presunción; sino humilde conciencia del deber de amar y perdonar, como Dios les perdona y ama.

La Biblia y la Liturgia de este día. Sobre el sentido de la parábola de la cizaña, véase la explicación dada por el mismo Jesús (Mt. XIII,36-43). La misma idea se repite en otras parábolas: en las de la red (Mt. XIII,47-50), del vestido nupcial (Mt. XXII,11-13), de las vírgenes (Mt. XXV,1-13); igualmente, en la evocación del juicio final, en el que se separará a los buenos de los malos (Mt. XXV,31-46, en que se oye el eco de Ezequiel XXXIV,17). Es también el momento indicado para repasar el tema del «día de Yahvé», día de la retribución, en el domingo 24º después de Pentecostés. Consecuencias prácticas que se deducen de todo esto: Sobrellevar a los malos con paciencia, sabiendo que la venganza pertenece a Dios (Rom. XII,17-21 citando Deut. XXXII,35 – Ef. IV,5-17, de donde está sacada la epístola de este día); apartarse moralmente de ellos (1Cor. V,6-13). Tomado del Misal diario Latín-español

Vigesimocuarto domingo después de Pentecostés

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