Posteado por: Alejandro Villarreal | Martes, marzo 27, 2012

«La Tecnocracia en la evolución convergente de Teilhard de Chardin» por el R.P. Julio Meinvielle, S.J.

Título: La Tecnocracia en la evolución convergente de Teilhard de Chardin
Autor: R.P. Julio Meinvielle, S.J.
Extraído del libro «La Iglesia y el Mundo Moderno. El Progresismo en Congar y Otros Teólogos Recientes», diapositivas 392-403 de la presentación en B&T

Teilhard de Chardin no usa la palabra «Tecnocracia». Pero caracteriza perfectamente la realidad a que este concepto hace referencia. A ella dedica el importante estudio L’Energie Humaine, que es un Inédito del 6 de agosto – 8 de septiembre de 1937, escrito en Marshella-Shangai, y publicado en el tomo VI de sus obras. Teilhard de Chardin pretende darnos un esbozo de la gran ciencia del mañana, la ciencia del Hombre por excelencia y que él llama allí Energía Humana [88].

R.P. Julio Meinvielle, S.J. (1905-✝1973)

Se trata de una ciencia teórico-práctica que organiza toda la energía humana, la incorporada en el cuerpo del hombre, la controlada por el mismo hombre a través de las máquinas artificiales, y la espiritualizada en «la actividad libre» y que «forma la estofa de nuestras interlecciones, afecciones, voliciones» [89]. Esta ciencia tiene por objeto, en el pensamiento de Teilhard Chardin, «organizar lo mejor posible alrededor nuestro, el mantenimiento, la distribución y el progreso de la Energía Humana»… para «el negocio fundamental» que «ha llegado a ser el asegurar, racionalmente, el progreso del mundo» [90].

Esta ciencia estaría en camino. Teilhard de Chardin hace referencia explícita [91] a un grupo, reconocido por otra parte [92] como sinárquico y tecnócrata, que llevaba el nombre «Centre d’etude des problèmes humaines» y que estaba formado por el doctor Carrel, los dos Huxley, junto a ingenieros y economistas, grupo que estaba animado por el misterioso Jean Coutrot, que apareció como suicidado cuando la Policía de Pétain hizo la requisa de los centros masónicos de Francia. El mismo Teilhard de Chardin formaba parte de este grupo [93].

Teilhard de Chardin, cuando habla de energía, entiende «que ninguna diferencia esencial separa lo que se opone comúnmente bajo los nombres de energía física y de poder moral» [94]. Y así dice expresamente: «Si, como hemos creído establecer, el Cosmos es de estofa universal, entonces una ensambladura mecánica artificialmente realizada, una atracción de naturaleza efectiva, un progreso de la organización económica y social, una ligazón obtenida por ondas hertzianas, aún una sistematización intelectual, tienen tanto y aún más realidad física que las atracciones y agrupamientos corpusculares, o que las conexiones naturales formando los cuerpos organizados» [95]. Y prosigue diciendo algo que es de suma importancia para apreciar la naturaleza y amplitud de la Energía Humana o Tecnocracia: «En el Cosmos que se ha descubierto a nuestros ojos, no hay que hacer ninguna distinción fundamental entre lo físico y lo moral. El dominio de la energía Humana es de lo “Físico-moral”.» [96] De acuerdo con esto, y Teilhard de Chardin lo dice expresamente a continuación, hay que tratar de probarlo e intentarlo todo hasta el final, lo que se puede físicamente, se puede también moralmente [97]. Mídase las consecuencias de esta afirmación para la aplicación, por ejemplo, de la inseminación artificial en la especie humana o los recursos eugenésicos, para eliminar tipos inferiores de seres humanos, etc., a lo que se referirá luego Teilhard de Chardin en las páginas 160, 165 y 166.

En un punto del ensayo que lleva el título Organización de la energía humana total, Teilhard de Chardin escribe: «¿Cómo fijar límites a los efectos de expansión, de penetración, de fusionamiento espiritual, resultando de un agenciamiento coherente de la multitud humana?… Dominar y canalizar las potencias del éter y del mar, está bien. ¿Pero qué es esto, qué triunfo significa comparado con la dominación global del pensamiento y del amor humano? En verdad jamás se ha presentado oportunidad más magnífica que ésta a las esperanzas y a los esfuerzos de la tierra» [98]. Por aquí es legítimo deducir, por ejemplo, no sólo la justificación sino la exigencia e imposición, en nombre de la ciencia, del control privado y público de las mentes y del amor para el gobierno científico de los pueblos. Y en efecto, Teilhard de Chardin va a hacer la aplicación de estos principios a las diferentes energías a que se ha referido anteriormente, advirtiendo que hay cierta timidez, determinada por motivos morales, en llevara fondo, como corresponde, la aplicación de los mismos, con todas sus consecuencias. Y así dice:

«En materia de energía “incorporada” somos increíblemente lentos en llevar a delante (y aún en concebir) la realización de un “cuerpo” de la humanidad. Sobre este terreno, los apóstoles del “birth-control” (aunque animados con frecuencia del deseo estrecho de aliviar la pena individual) nos habían hecho un servicio: el de abrir los ojos a la anomalía de una sociedad que se ocupa de todo salvo de organizar el reclutamiento de sus propios elementos. Ahora bien, la eugenesia no se limita a una simple selección de nacimientos. Toda suerte de cuestiones se vinculan con ella, algunas todavía apenas estudiadas, a pesar de su urgencia. ¿Cuál debe ser, por ejemplo, la actitud de fondo que hay que adoptar, frente a los grupos étnicos fijos o decididamente poco progresivos, por el ala en marcha de la Humanidad? La Tierra es una superficie cerrada y limitada. ¿En qué medida se deben tolerar, racial o nacionalmente, áreas de menor actividad? Más generalmente todavía, ¿cómo hay que juzgar de los esfuerzos que multiplicamos para salvar, en los hospitales de toda clase, lo que no es con frecuencia sino un desecho de vida? ¿Qué cosa profundamente bella y verdadera (quiero decir la fe en el valor irremplazable que los recursos imprevisibles contenidos en cada elemento personal) se esconde evidentemente bajo la obstinación de sacrificarlo todo para salvar una existencia humana? ¿Pero esta solicitud del hombre para su prójimo individual no debería equilibrarse con una pasión más alta, naciendo de la fe en esta otra personalidad superior que es esperada, lo veremos, del éxito terrestre de nuestra evolución? ¿Hasta qué punto el desarrollo del fuerte (si es que se le puede definir claramente) no debe primar sobre la conservación del débil? ¿Cómo conciliar, en un máximo de eficiencia, el cuidado que hay que prodigar a los heridos con las necesidades superiores del ataque? ¿en qué consiste la verdadera caridad?…» [99].

Teilhard de Chardin pasa en seguida a ocuparse de la organización de la energía controlada que, para él, constituye el objetivo del programa tecnocrático en lo propiamente económico y político. «El agenciamiento de los mecanismos de que se teje artificialmente, dice [100], el gran cuerpo humano, no suscita, en efecto, los mismos delicados problemas que la manipulación directa de los organismos vivientes».

Así, así reclama una urgente utilización de las fuentes de energía también exige «la instalación sobre la Tierra de una economía general de la producción y del trabajo, dobladas del establecimiento de una dinámica racional del oro» [101]. Para que pueda efectuarse un «progreso serio» en este aspecto, exige dos condiciones, «la primera, que la organización prevista sea internacional, y finalmente totalitaria» [102], y la segunda, que sea concebida para llegar a ser muy grande, «organizada en una escala, no ya nacional, sino humana» [103].

Con respecto a la organización de la energía espiritualizada, habla de «una organización interna, psíquica, de la Noosfera» [104]. Y allí dice: «Intelectualmente, los progresos de la ciencia van a edificar una síntesis de las leyes de la Materia y de la Vida que no es otra cosa, en el fondo, que un acto colectivo de percepción; el Mundo visto en una misma perspectiva coherente, por el conjunto de la Humanidad. Socialmente, el abrazo y el fusionamiento de las razas llevan directamente al establecimiento de una forma igualmente común no sólo de lenguaje, sino de modalidad e ideal. Afectivamente, la comunidad de interés y de lucha por los mismos objetivos va a acompañada “ipso facto” de una camaradería de combate, esbozo natural de un amor o sentido humano» [105].

Teilhard de Chardin termina este punto de la organización de la Energía Humana, diciendo que ella, «tomada, en su totalidad, se dirige y nos empuja hacia la formación última, por encima de cada elemento personal, de un alma humana común» [106]. Esa alma humana común ha de alcanzar una «totalización de cada operación en relación con el individuo; totalización del individuo en relación consigo mismo; totalización en fin de los individuos en el colectivo humano» [107].

Esta organización y totalización «total» de la Energía Humana operada «científicamente», a los ojos del creyente, presenta la historia del Mundo «como una inmensa Cosmogénesis, en el curso de la cual todas las fibras de lo Real convergen, sin confundirse, en un Cristo a la vez personal y universal» [108]. En «el Cristo resucitado del Evangelio… que incorpora a sí mismo la Evolución» [109]. «Aquí, una esfera que pide un centro. Allí, un centro que espera su esfera…» [110].

Teilhard de Chardin corona con «Cristo» su totalitaria Tecnocracia. Ya veremos cómo los verdaderos autores del movimiento novísimo de la promoción de la Tecnocracia en marcha que, a través de Jean Coutrot, lograron interesar a Teilhard de Chardin en el «Centre d’etude des problèmes humaines» [111], tenían una visión menos ingenua y más realista de aquel punto Omega verdadero hacia el cual marcharía la dominación del mundo.

Notas.

[88] J. L. Moreno, Fondements de la sociométrie, traducido del inglés, Presses Universitaires, París, 1954, p. 145.

[89] Ibíd., pp. 145-146.

[90] Ibíd., p. 156.

[91] Ibíd., p. 157.

[92] Ver HENRY COSTON, Les technocrates et la Synarchie, p. 19 y PIERRE VIRION, El Gobierno Mundial y la Contra-Iglesia, Editorial Cruz y Fierro, Buenos Aires, 1965.

[93] PIERRE VIRION, El Gobierno Mundial y la Contra-Iglesia.

[94] Ibíd., p. 157.

[95] Ibíd., p. 157.

[96] Ibíd., p. 158.

[97] Ibíd., p. 158.

[98] Ibíd., p. 165.

[99] Ibíd., p. 166.

[100] Ibíd., p. 167.

[101] Ibíd., p. 167.

[102] Ibíd., p. 167.

[103] Ibíd., p. 169.

[104] Ibíd., p. 170.

[105] Ibíd., p. 171.

[106] Ibíd., p. 171.

[107] Ibíd., p. 183.

[108] Ibíd., p. 192.

[109] Ibíd., p. 196.

[110] Ibíd., p. 197.

[111] Ibíd., p. 157.

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