Posteado por: Alejandro Villarreal | Martes, febrero 21, 2012

El Teatro Católico

Título: El Teatro Católico
Autor: R.P. Samuel Bon, FSSPX
Tomado de la revista Dios nunca muere, del verano de 2004, n°17, pp. 9-17

Podrá sorprender a más de un lector aficionado a los Santos Padres que podamos hablar de teatro agregándole el calificativo «católico». Afirmará con el austero Tertuliano: «El teatro es una escuela de deshonestidad, en la que se aprueba todo lo que se desaprueba por otra parte» [1], y concluirá con el gran San Agustín, arrepentido de aquellos «espectáculos teatrales, llenos de imágenes de (sus) miserias y de incentivos de (su) fuego» [2]: «No amemos los espectáculos.» [3]

Sin embargo, el Pastor Angélico advierte: «Sería enojoso que la justa denuncia del espectáculo perverso o peligroso hiciese desconocer la existencia y la hermosa historia del espectáculo educativo y bienhechor.» [4] Existe un buen teatro, un teatro católico. Queda pues definirlo y dar las condiciones para que el espectáculo pueda reclamar tan glorioso título.

Definición e historia.

El teatro se define como el arte de representar obras dramáticas, con un fin de «distracción y agradable instrucción» [5] del público.

Los autores se hacen lenguas en celebrar la excelencia del teatro: es «el arte completo: todas las artes tienen allí un papel» [6]. Es el arte de mayor fuerza expresiva: «Lo que asegura al teatro su fuerte influencia es la comunicación directa, personal, entre el intérprete y el espectador; entra por el oído y por los ojos a la inteligencia y al corazón. Los matices y las entonaciones de la voz, de una delicadeza y de una variedad ilimitadas; el gesto, el movimiento, la actitud de toda la persona, la mirada, sobre todo, y los más imperceptibles estremecimientos de los rasgos, hacen pasar la emoción de un alma a otra.» [7]

Por otra parte, la Historia nos enseña que el teatro nació religioso: «Sin remontarse a la antigüedad clásica, (…) en la Era Cristiana, el teatro nació y evolucionó a la sombra de la catedral. En un principio, es un sencillo e ingenuo, pero luminoso, emotivo y a menudo sublime comentario de la Liturgia, con los “Oratorios” compuestos de textos sagrados, a modo de mosaicos; después en su complemento más extenso, ilustrando la Liturgia con ejemplos sacados de la vida de Jesús, de María, de los santos, de hechos históricos o legendarios, más o menos rigurosamente controlados, sin duda, pero cuya poesía confirma la doctrina y la moral religiosa por medio de trazos edificantes representados a lo vivo.» [8] Con el paso de los siglos, el teatro sale del templo pasa dedicarse a temas profanos. Pero en medio de obras a veces hasta frívolas, «el teatro de inspiración religiosa no desaparece, sin embargo, y en pleno Siglo de Oro clásico, con Polyeucto, Ester; Atalia, el arte dramático francés alcanza su apogeo. Al mismo tiempo, y ya desde el siglo XVI, los dramas de Lope de Vega y, sobre todo, de Calderón de la Barca, levantando de entusiasmo a toda España, dan testimonio y de vida espiritual del pueblo español» [9]. En la actualidad, lejos de haber desaparecido, el teatro religioso está muy presente: las representaciones anuales de la Pasión actuadas en cientos de lugares, desde Oberammergau (Baviera, Alemania) hasta un sinnúmero de pueblos mexicanos, son un buen ejemplo de ello.

Si bien, el teatro «nació y se desarrolló a la sombra de la catedral», no cualquier obra de teatro puede pretender al glorioso título de “obra católica”. Definamos, pues, los criterios qué considerar para poder calificar una obra como auténticamente católica. En enseñanzas del Pastor Angélico [10], se debe considerar «bajo tres aspectos: 1°- Con relación al sujeto, es decir, a los espectadores a quienes va destinada (la obra de teatro). 2°- Con relación al objeto, es decir, al contenido (de la obra misma). 3°- Con relación a la comunidad sobre la cual (la obra) ejerce especial influjo».

1°. Con relación al sujeto.

Primera condición: respecto al hombre. «La primera característica que en este punto debe distinguir (la obra católica) es el respeto hacia el hombre (…). Por más que las diferencias de edad, de condición, de sexo puedan sugerir diversa actitud o adaptación, persiste siempre en el hombre la dignidad y alteza que le dio el Creador cuando lo hizo a su imagen y semejanza.» La obra católica de teatro deberá, pues, respetar la complejidad del ser humano, su composición del cuerpo y alma, con todo el mundo de facultades intelectuales, voluntarias, sentimentales, y aun físicas, que le permiten «libremente guiarse a sí mismo según las leyes de la verdad, del bien y de lo bello». Pero, en enseñanzas de Pío XII, «ni basta esto sólo. Hemos de exigir más: será (católica la obra) que afianza y eleva al hombre en la conciencia de su dignidad; que le hace conocer y amar mejor el alto grado en que el Creador le puso en la Naturaleza; que le habla de la posibilidad de acrecentar en sí los dotes de energía y virtud de que dispone; que le confirma en la persuasión de que puede vencer los obstáculos y evitar resoluciones equivocadas; que puede siempre levantarse de nuevo de sus caídas y volver al buen camino; que puede, en fin, progresar de bien en mejor mediante el uso de su libertad y de sus facultades».

Segunda condición: comprensión afectuosa. Aún no basta el simple respeto al hombre. Aún se puede pedir algo más a la obra católica, «que al respeto hacia el hombre añada una comprensión afectuosa». Una obra dispensa forzosamente una cierta mirada sobre los acontecimientos de la vida humana, con sus elevaciones y abismos, «pero debe mostrar el espectador que conoce, comprende y aprecia rectamente todas estas cosas; mostrarlo al niño como conviene al niño; al joven con lenguaje adaptado al mismo; al hombre maduro como le corresponde; esto es, asimilando su manera propia de conocer y de mirar las cosas» [11].

Allí cabe distinguir entre los diversos públicos. En el caso de los niños y los jóvenes, «se puede decir que este pequeño combatiente no es armado sino por grados, a fin de que sus armas no lo lastimen a él mismo. Las recibe una por una, como los hijosdalgo de antaño, según las aventuras que puede correr» [12]. Por lo tanto, el príncipe de los educadores exige que: «el argumento debe ser apropiado para los espectadores, es decir, debe servir de instrucción y diversión a los alumnos. (…) Según esto, deben excluirse las tragedias, dramas, comedias y también sainetes, en que se represente vivamente un carácter cruel, vengativo o inmoral, aunque en el desarrollo de la acción se tenga como mira corregirlo y enmedarlo. Recuérdese que los jovencitos reciben en sus corazones las impresiones de las cosas vivamente representadas, y difícilmente se logra hacérselas olvidar con razones o con hechos opuestos. Elimínense del teatro los duelos, los disparos de fusil y de pistola, las amenazas violentas y los actos crueles. No se nombre jamás el nombre de Dios como no sea a manera de oración o de enseñanza, y menos aún se profieran blasfemias o imprecaciones con objeto de hacer después la corrección. Evítense también aquellas palabras que, dichas en otro lugar, serían consideradas como groseras o demasiado vulgares» [13]. Don Bosco insiste también con mira educativa, sobre la sobriedad en los trajes, y todo lo que podría halagar en demasía el amor propio de los actores. «Así, pues, la elección del repertorio, la moderación en el vestuario y la exclusión de las cosas arriba mencionadas, son la garantía de la moralidad del teatro.» [14]

Si bien, el autor de teatro debe tener tantos cuidados cuando se dirige a las almas tiernas de los niños, no así cuando se dirige a un público adulto: este tipo de obras «por su misma naturaleza, está destinado a aquellos que ya no están en el principio de la vida (…)» [15].

Tercera y cuarta condición: la satisfacción espiritual y adaptación al deber. La enseñanza de Pío XII al respecto se encuentra bien expresada por René Bazin: «Toda obra popular, y aun se puede decir toda obra de gran arte, es una obra de educación y ascensión. Puede ser moralmente indiferente, pero debe a lo menos recrear las lamas por el espectáculo de la belleza, hacerles más ligero el peso de la vida, ser criadora de una hora de alegría y descanso. Llena toda su finalidad cuando llega más allá, cuando eleva al hombre, lo vuelve mejor, al sacrificio y a Dios. Jamás puede tender legítimamente a rebajar a la humanidad.» [16]

2°- Con relación al objeto.

Condición general: «como (la obra de teatro) mira al hombre, será ideal en cuanto al contenido, lo que ajusta en forma perfecta y armónica a las exigencias primordiales y esenciales del hombre mismo, y que fundamentalmente son tres: la verdad la bondad y la belleza» [17]. En particular, al tratar de temas religiosos e histórico religiosos, la obra de teatro debe tener como principal criterio la verdad, que debe saberse conciliar con la caridad al evocar luchas no del todo adormecidas, según la palabra de San Agustín: «Que el amor de la verdad no te haga olvidar la verdad del amor.»

Problema de la representación del mal en el teatro: ya hemos dicho, siguiendo las pautas de Don Bosco, lo que se ha de representar para los niños y jóvenes. Salvo este criterio propio del teatro juvenil, el teatro católico no se puede contentar con no representar más que obras para jovencitas. Antes bien, debe tratar temas realistas con cierto decoro y nobleza de corazón y dejar aparecer conclusiones sanas que elevan al hombre hacia las cumbres de la virtud. ¡Delicado problema ése de representar el mal en el escenario!

«Sin duda, el autor tendrá la elección de su medio ambiente, de sus personajes, de la intriga y de la conclusión final de su drama, pero (su obra) deberá siempre dar alguna figura de la realidad, crear alguna ilusión de ella. Ahora bien, la realidad es una mezcla de bien y de mal, y la proporción del mal rebasa la del bien. Las situaciones trágicas, sobre todo, ¿no suponen casi siempre alguna falta de la que son como consecuencia?» [18]

Por supuesto, esto no quiere decir que se puede, bajo pretexto de arte, decir y enseñar todo: «No existe la licencia de decir todo (…) El arte está sometido a la ley moral a la cual no escapa ninguna manifestación de la humana actividad, y le está cuanto más sometido que la obra de arte es una obra de enseñanza, una lección, un acto de influencia y de dirección sobre el otro.» [19] Lejos de nosotros el teatro naturalista, que no quiere sino pintar fríamente las triste realidad: «Por cierto, el autor debe conocer el mal, pero no está hecho para decir sólo esto, para no ver la salud junto con la enfermedad, el remedio al lado del sufrimiento, y sobre todo, ya que toca unas llagas, no tiene derecho de avivarlas o tratarlas como simple materia de descripción.» [20]

«En todo hay que considerar el fin»: la obra que se precie de ser católica «debe expresar o dejar vislumbrar una conclusión sana. No digo una conclusión optimista, no digo celebrar el triunfo del bien sobre el mal, que no vemos siempre manifestarse, desgraciadamente, en la vida. Pienso solamente que (la obra) será buena si él (el espectador) sintió más fuerte el peligro, personal o social, de la falta o del error que el autor describió, o si entendió más claro la grandeza o necesidad de la ley moral a la que, como hombre, está obligado de obedecer. Sin esto, (…) no se ve en la obra más que un desorden, que todas las razones de arte no sabrían excusar, ya que el arte no puede ser antisocial, antihumano. Debe ser un agente de progreso y una fuerza para levantar las almas; de lo contrario, no es más que un peligro que crece con el talento del artista.» [21]

Pero el fin no justifica los medios, y la mejor intención no permite justificar una obra soez, por tener al final una conclusión de una filosofía aceptable y aun excelente. El autor, «obligado de decir el mal, debe evocar su idea sin provocar su deseo. Debe tener cuidado de que la pintura, hecha con demasiada complacencia, de un mal sentimiento, vicio o falta, haga olvidar al espectador la perversidad del sentimiento o del acto; es necesario que mida el peligro del ejemplo que crea él mismo, y que, por una habilidad quizá desapercibida del público, sin decirlo casi siempre, deje a las manifestaciones de la voluntad humana su carácter de libertad, de mérito y demérito. ¡Regla temible! Confieso que es estorbosa para el autor, pero, en arte, no cabe la facilidad. Baste que sea factible seguirla.» En esto, «el único guía que no engañará, es una conciencia afinada, respetuosa de las almas, y, por decirlo todo, el tacto cristiano del autor» [22].

«Dejemos, pues, que también (la obra católica) puede representar el mal, culpa y caída; pero que lo haga con intenciones serias y con formas convincentes, de modo que su visión ayude a profundizar en el conocimiento de la vida y de los hombres y a mejorar el espíritu. Rehúya, pues, (la obra católica) toda forma de apología y más aún de la apoteosis del mal, y demuestre su reprobación en todo el curso de la representación y no sólo al fin, pues podría suceder que llegase tarde cuando ya el espectador se ha engolosinado y dejado arrastrar por malas excitaciones.» [23]

3°- En relación con la sociedad.

Primero, en relación con la familia: «obra maestra de la suma sabiduría y bondad del Creador, el teatro debe presentar y difundir el concepto naturalmente recto y noble de la familia, describiendo la felicidad de los cónyuges, padres e hijos, las ventajas de estar unido con el vínculo del afecto en el descanso y en la lucha, en la alegría y en el sacrificio. Se puede obtener esto sin muchas palabras, pero desarrollando escenas atrayentes» [24] en las que aparezcan caracteres de varón fiel en cumplir su deber de esposo y padre; de mujer en el sentido más noble de la palabra, irreprensible como esposa y madre, entregada a la casa donde se encuentra su felicidad; de hijos respetuosos y afanosos en la búsqueda de lo mejor, siempre frescos y alegres, pero a la vez serviciales, generosos, intrépidos.

Segundo, en relación con el Estado: tomado por supuesto, sin relación con algún partido político en particular, sino con relación a la institución natural del Estado, que perdura a través de las diferentes formas que puede tomar en los distintos países y tiempos. «Sin detenerse en instrucciones teóricas, fácilmente podrán mostrar y recordar a la conciencia de los espectadores lo que a todos aprovecha, lo que verdaderamente protege, lo que es de ayuda en la comunidad del Estado. (…) Pues bien, una (obra) como la que acabamos de describir aquietaría e iluminaría las inteligencias, disminuiría los sentimientos egoístas y perjudiciales a la comunidad, difundiría una conciencia mejor fundada de colaboración e ideas más amplias.» [25]

Tercero, en relación con la Iglesia: realidad sobrenatural, y por lo tanto imposible de representar en toda su amplitud por medio de cualquier producción artística. «Con todo, su conocimiento sustancial será suficiente para granjearle el respeto y la veneración que merece.» Ya se puso más arriba los principios que se deben respetar al tratar temas histórico religiosos. Sólo se debe añadir que para responder plenamente al ideal de obra católica, «debe, además de la forma artística, ser concebida y realizada de modo que inspire al espectador comprensión, respeto y devoción hacia la Iglesia, y a sus hijos alegría, amor y como un santo orgullo de pertenecer a ella» [26].

Conclusión.

Creemos haber fundamentado bastante y explicado la existencia y naturaleza de un teatro católico. En un mundo en que los espectáculos han tomado una importancia  desmedida ye n que «con más ruido y brillo que el bien, el mal se anuncia por todas partes» los Sumos Pontífices no dudan en definir el teatro católico como un «apostolado de altísima importancia y de poderosa eficacia» [27]. La experiencia enseña que no se destruye bien sino lo que se reemplaza, por lo que «la existencia de un teatro honesto e incluso bienhechor» no debe ser sólo «el objeto de un deseo más o menos platónico, sino la conquista de una convicción y de una resolución de la voluntad que no pudieran intimidar ni las dificultades ni las contradicciones» [28].

Notas.

[1] Tertuliano, De Spect., c. 17.

[2] San Agustín, Conf. 3, 2.

[3] Ídem, De Ver. Rel. c. 55.

[4] Pío XII, Discurso del 19/09/1950.

[5] San Juan Bosco, Obras Fundamentales, por Juan Carlos Canals Pujol y Antonio Martínez Azcona, BAC, Madrid, 1979, (en adelante DB), pág. 593.

[6] Henri Charlier, Culture, École, Métier, NEL, París, 1959, pág. 155.

[7] Pío XII, Discurso del 19/09/1950.

[8] Pío XI, Ídem.

[9] Pío XII, Ídem.

[10] Pío XII, Discurso del 21/06/1955.

[11] René, Les Lecteurs de Roman, citado en Le Sel de la Terre, n° 46, pág. 130.

[12] Ídem, pág. 131.

[13] DB, pág. 572.

[14] DB, pág. 573.

[15] Bazin René, Les Lecteurs de Roman, citado en Le Sel de la Terre, n° 46, pág. 130.

[16] Bazin René, Le Roman Populaire, citado en Le Sel de la Terre, n° 46, pág. 129.

[17] Pío XII, Discurso del 28/10/1955.

[18] Bazin René, Les Lecteus de Roman, citado en Le Sel de la Terre, n° 46, pág. 130.

[19] Ídem.

[20] Bazin René, Le Roman Populaire, citado en Le Sel de la Terre, n° 46, pág. 130.

[21] Bazin René, Les Lecteurs de Roman, citado en Le Sel de la Terre, n° 46, pág. 131.

[22] Ídem, pág. 136.

[23] Pío XII, Discurso del 28/10/1955.

[24] Ídem.

[25] Ídem.

[26] Ídem.

[27] Pío XII, Discurso del 19/09/1950.

[28] Ídem.

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