Posteado por: Alejandro Villarreal | Martes, noviembre 15, 2011

¿Dónde se han ido todos los católicos? Pensando en el Cielo

Título: ¿Dónde se han ido todos los católicos? Pensando en el Cielo
Autor: Susan Claire Potts – Columnista del Remnant Newspaper
Traducción: Alejandro Villarreal -nov. 2011-

(RemnantNewspaper.com).- En la época que antecedió a los cambios, nadie utilizaba las palabras liturgia, eucaristía o reconciliación, se utilizaban las palabras francas Misa, santa Comunión y Confesión. Todo el mundo sabía lo que significaban, no se hablaba de rúbricas y la mayoría de los laicos no tenían nada que ver con púlpitos, aspersorios o incensarios, esas eran cosas del sacerdote. Como en la medicina, existía un lenguaje especializado que no era de nuestra incumbencia. Sólo nos dejábamos guiar, confiados en que éramos dirigidos al Cielo.

De lo que hablábamos entonces era del Cielo y el Purgatorio, y lo que debíamos hacer para alcanzar uno y acortar el otro. Nos estremecíamos tan sólo de pensar en el Infierno, y así, no hablábamos mucho de éste, tan sólo nos abocábamos en trabajar para nuestra salvación, con temor y cautela, como San Pablo nos aconsejó. «Todo por el amor de Jesús, la Gloria de Dios y la Salvación de las almas», solíamos decir.

Pero difícilmente oímos hablar ya de salvación, el tema no tiene oportunidad para mostrarse, ¿no se preguntan la razón?, ¿están los católicos seguros del Cielo o de un algo indefinido que sucederá después de la muerte?

Creo que la respuesta es más sobre ese “algo” indefinido, existe una renuencia muy profunda en ellos para tocar el tema, algo los detiene con firmeza, no es que callen, ya que existe demasiado parloteo insípido por todas partes, pero si profundizamos en esas palabras vacías y miramos bajo la superficie de esa “papilla” que hacen pasar por teología, encontraremos el obstáculo. El obstáculo mental consiste de tres partes.

El primero es que la gente ya no sabe lo que es el Cielo. Segundo, ellos no saben que es pecado y qué no lo es. Y tercero, ellos no saben qué hacer con la doctrina Extra Ecclesiam Nulla Salus, que les causa tantos problemas. Estas tres cosas hacen casi imposible que se hable sobre la salvación.

Considérese el primer obstáculo. Durante muchos años demasiados sacerdotes y profesores agnósticos nos han dicho que realmente no sabemos nada acerca del Cielo, y esto ha humedecido la fe y la esperanza, sobrenaturales. Nada parece claro ya, las preguntas quedan sin responder, las dudas no se despejan. Los retiros, las conferencias religiosas y las discusiones en las aulas frecuentemente se expresan así: «¿Es el Cielo un lugar?», pregunta un estudiante, el pedante a cargo de la clase mueve la cabeza, sin decir nada, se acaricia la barbilla y baja la mirada, considerando la pregunta, «es un estado del ser», dice al fin, con reserva, como si hubiese dicho una verdad profunda. El estudiante insiste.

«Pero, ¿qué significa eso?»

«No estamos seguros».

El estudiante suspira, voltea la cabeza, mira a través de la ventana y ya no pregunta más.

He escuchado esta clase de cosas muchas veces, tan pronto se han expresado tales palabras, singulares como humo tenue, y se evaporan sus sílabas, nada se ha adherido a la mente, nada ha nutrido el alma.

Ya es suficiente de estos disparates, por supuesto que el Cielo es un lugar, y quienes tienen autoridad lo han dicho, fuerte y claro. Está más allá de nuestra imaginación comparar este lugar, pero eso no significa que no sea real, está por sobre lo natural, es incorruptible y su sustancia perdura para siempre.

Es decir, si el cielo no fuese un lugar, entonces ¿dónde está Nuestro Señor?, ¿qué ha visto El con sus preciosos ojos y qué ha tocado con sus Manos Heridas? Y, ¿dónde está Nuestra Señora, la Inmaculada Concepción, quien ha subido al Cielo en cuerpo y alma?

Ellos no están flotando en una niebla etérea, estamos hablando de presencia física ahí. Algún día, cuando contemplemos a nuestro Rey y a nuestra Reina en forma gloriosa, en el Cielo, veremos sus verdaderos rostros, y escucharemos sus verdaderas voces.

La negación de la realidad sustancial del Cielo desploma una doctrina tras otra, si el Cielo no es un lugar, ¿qué hay acerca de la Resurrección del Cuerpo? ¿No se supone que volveremos a nuestros cuerpos el Día del Juicio?, ¿a nuestra propia sangre y huesos, dedos y artejos?, esto es lo que la Iglesia enseña, esto es lo que creemos, pero ¿a dónde irán estos cuerpos glorificados?

¡Cáspita!, esto no sería cierto tampoco.

La Encarnación, la Ascensión, la Segunda Venida serían cuestionadas. Terminaríamos con alguna especie de tontería esotérica para explicar la vida futura. Se nos dice que debemos tener fe en que la vida continúa después de la muerte [del cuerpo], solamente que no sabemos exactamente cómo. Quizás es una inmortalidad espiritual, a la que no le estorba la carne, ¿quién sabe?

El segundo obstáculo abierto a discusión sobre nuestra salvación es el problema del pecado y sus consecuencias. Cristo murió por causa de nuestros pecados, todos repiten la fórmula, pero, ¿las palabras realmente se impregnan?, ¿alguien sabe la razón?

Para salvarnos del Infierno, esa es la razón, para rescatarnos de la condenación. Si no hubiésemos sido salvados, estaríamos condenados [irremediablemente]. Tan sencillo como esto.

Temo que la gente ya no teme al Infierno, ellos rechazan la sola idea, es tan absurdo para la mente moderna, la imagen no les cuadra. Llamas y oscuridad, hedor a sulfuro, ¿quién cree eso?

Pero el Infierno existe, es verdadero y es eterno.

Imagínese el peor dolor, la pena más honda, el arrepentimiento más amargo que se haya experimentado, siéntase de nuevo la angustia, la aflicción, la soledad más desgarradora que jamás se haya sentido, eso sólo será una tenue reminiscencia de lo que el Infierno puede ser, donde el pecado nos llevará.

Aún así, no podemos hablar acerca del pecado, no debemos ser “juiciosos”, no mencionemos los Mandamientos, como si el pecado no existiese. Uno pensaría que los sacerdotes unánimemente le han dado la bienvenida a la sicología de Carl Rogers, pues practican las consideraciones positivas incondicionales, la erradicación de la “negatividad” y esperan que lo bonito “aflore” desde las profundidades de un supuesto corazón humano perfecto, un tanto como si fuese una versión moderna [del mito] del Noble Salvaje de Rousseau, no existe la corrupción del pecado original para ellos, todo es bueno.

¿Y cuál es el efecto de negar el mal? La perdición, ni más ni menos.

Considérese toda la especie de cosas que la gente acepta hoy, cosas que siempre hemos llamado Pecados Mortales, mortal porque nos matan [el alma, que no equivale a eliminar]. La Iglesia solía advertirnos acerca de éstos, para que no nos condenáramos, pero hoy existe un gran silencio.

El mayor de éstos es la anticoncepción artificial, nunca olvidaré lo que sucedió el domingo después de que Humanae Vitae fue publicada. La encíclica ocupó las primeras planas de los periódicos, un extenso artículo citaba a un montón de “teólogos” quienes declaraban con presuntuosa autoridad que esa enseñanza no era infalible, la gente podía entonces hacerse su propia idea acerca del tema, la gente fue seducida con la idea de que eran “adultos responsables”.

¡Qué extraño!, pensé, mientras me dirigía hacia la Misa, esperando escuchar la verdadera enseñanza de la Iglesia, pero el sacerdote ni siquiera mencionó la encíclica, ni tampoco lo hizo el domingo siguiente, ni nunca. Después supimos que incluso los obispos la habían rechazado, y Roma no hizo nada. Los disidentes se establecieron, nadie hablaba de ello, la “planeación familiar” era un asunto privado, después de todo, y se objetaba ¿qué saben los curas célibes acerca del matrimonio?

Así que la gente hacía lo que ante sus ojos era correcto. No hubo réplicas, nunca escuché a un sacerdote decir desde el púlpito que una mujer no podría comulgar si utilizaba la píldora, ni los escuché hablar acerca de la perversión de la esterilización, del golpe mortal contra el cuerpo, de la infame mutilación de la carne. Ellos se negaron a hablar acerca de la perversión de la homosexualidad, ni siquiera al calor de los escándalos; ellos no hablaron del adulterio o la fornicación, de la codicia ni el robo, ¿sobre la mentira?, ni una palabra.

Ellos raramente hablaron acerca de la belleza del Cielo, del sufrimiento del Purgatorio o del dolor calcinante del Infierno, imagínese tal cosa. Nadie mencionó que nosotros podríamos no terminar nuestra vida terrenal en el mismo lugar, no hubo advertencias, se pensaba que no había de qué preocuparse.

«¿Todos son salvos?, ¿nadie se pierde?»

El pedante responde de nuevo:

«Jesús es tan misericordioso», dice con un ademán, «que Él no se atrevería a enviar a nadie al Infierno.»

«Pero, ¿no debe hacerse algo para ir al Cielo?», pregunta un cándido estudiante, «¿no debe uno ganárselo?»

El pedante sube la mirada mostrando desesperación, el jovenzuelo insiste «uno debe estar bautizado, ¿verdad?, uno debe ser católico.»

Otro estudiante agrega «ya que la Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo, ¿los sacramentos no nos transforman?, ¿no nos hacen idóneos para el Cielo?»

El pedante inclina la barbilla, sus ojos muestran displicencia, como si pudiese mirar a través de las paredes, contemplando algo que los demás no pueden ver, inhala profundamente y dice, «uno no debe discriminar», entonces expone con cierta amplitud el nuevo entendimiento sobre la posibilidad de la salvación universal, «existe la ignorancia invencible, después de todo, y la idea del cristiano inconsciente, y después están aquellos quienes han tenido experiencias cercanas a la muerte que relatan una vida placentera para todos en la vida futura, ¿para qué nos molestamos en hablar de ello?», concluye.

Pero yo digo que sí debemos hablar.

¿Es que el Magisterio no ha dispersado la niebla?, ¿por qué los sacerdotes y obispos no se remiten a decir: Fuera de la Iglesia no hay salvación?, ¿tienen temor de decirlo?, ¿temor de los infieles?, o peor, ¿han perdido la fe?

Respecto a esto, la doctrina es verdadera.

Déjenme contarles lo que esta enseñanza me mostró hace mucho tiempo, cuando sólo era una niñita, y que fue nada menos que una invitación desde el Cielo.

Yo no crecí siendo católica, aunque no comprendo por qué, ya que sabía el Credo Niceno de corazón y lo recitaba diligente en la Iglesia Episcopalista de Cristo, proclamando orgullosamente mi creencia en la Única Santa Iglesia Católica y Apostólica. No era protestante, eso era seguro, pero les tocó a mis compañeras de cuarto grado el situarme firmemente sobre el Camino de la Salvación.

Solíamos permanecer sentadas en círculo durante la hora del receso en la Escuela del Suroeste, deseando que la maestra no se fijara en nosotras y nos hiciera jugar con la pelota o Red Rover o algún otro juego aburrido, teníamos asuntos importantes que discutir, éramos cinco: Dolores, Mary Kay, Anne, Barbara y yo.

Algunas veces el clima era muy frío, la nieve se nos metía a los zapatos, nos juntábamos friccionando nuestros abrigos mientras temblábamos de frío, y sin notarlo, esas niñas me decían las cosas más sorprendentes, cosas que nunca había oído antes, cosas sobre el “otro mundo”, podía escucharlas indefinidamente, pronunciaban palabras que me despertaban curiosidad, como purgatorio, limbo e indulgencias, ellas creían realmente en el Infierno, el demonio era real, decían.

Mis amigas sabían toda clase de cosas acerca del Cielo, era sorprendente, era como si ellas me transmitieran algún conocimiento secreto, no había duda en sus mentes cuando expresaban que el Cielo era un lugar y ellas hablaban de éste como si hubiesen estado allí alguna vez, yo les pedía que me dijeran más.

Se miraban entre ellas, chocaban ligeramente sus cabezas y entonces me miraron con tristeza, «pero tú no puedes ir ahí», dijeron.

«¿Por qué no?»

«Porque no eres católica»

«¿Qué debo hacer para ser católica?»

«Ir al catecismo.»

Aquellas palabras penetraron en mi corazón como una flecha, incluso cuando no me fue posible “ir al catecismo” hasta que estuve en segundo año de universidad, ya me había hecho a la idea desde entonces, sería católica de verdad, no sólo repitiendo el Credo Niceno en la blanqueada Iglesia Episcopal, me preguntaba cómo pude creer en la Única Santa Iglesia Católica sin estar en ella.

Aquellas niñas de nueve años poseían la Verdad y no dudaron en enseñármela, ellas me dijeron lo que era necesario para la salvación porque yo era su amiga. Ellas no diluyeron la doctrina, no necesité saber acerca de las excepciones, sólo necesité ser católica. Por favor díganme más detalles, todo ello existe, lo entiendo, pueden haber personas en el Cielo sin siquiera imaginarlo, eso es bueno. No me imagino cómo el Señor rescata a las personas en sus últimos momentos, cuando no quisieron entrar en la Iglesia durante su vida, no pretendo saber cómo es que la gracia erradica la incredulidad de sus mentes antes de que sus almas dejen este mundo, pero no necesito saber esas cosas extraordinarias, eso es asunto de Dios.

Si eso no fuese verdad, entonces todo lo que hiciéramos sería un desperdicio, ¿para qué nos esforzamos tanto? ¿Por qué deberíamos permanecer apegados a la Tradición? ¿Para qué luchar contra la corriente de inmoralidad y desprecio que envuelve al mundo? ¿Qué importa? ¿Cuál es el punto? Si la salvación está fuera de la Iglesia entonces no tenemos que hacer nada, tan sólo arrojarnos al mar de lo desconocido.

Por mi parte, prefiero ser como mis viejas amigas, aquellas valientes niñas quienes fueron las primeras en decirme lo que debía hacer para salvar mi alma.

Gracias a Alejandro Bernal por esta recomendación.

Traducción de Alejandro Villarreal de bibliaytradicion.wordpress.com

>>BITÁCORA<<

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Responses

  1. Los católicos no se han ido a ninguna parte. Simplemente se han transformado emocional, mental y espiritualmente en Montinianos (apóstatas de los últimos tiempos).

  2. @ Alex. No se fueron a ningún lado… simplemente se hicieron apóstatas de la Fe católica tradicional de 20 siglos.

  3. La politica del Vaticano postconciliar, es “no hablar del Infierno” y el mejor exponente de esta linea es el “eminente teologo” (como oi una vez en radio) que nombraron a Hans Urs Von Balthasar, con su famosa inspiraciòn teologica, (diabolica por supuesto) de que: El infierno “no existe” y si es que existe està vacio, con esto nos da a entender a la manera de Lutero que basta tener Fe, y como Jesucristo es pura misericordia, pues ¡¡Todos vamos al cielo!! en sintesis, lo que yo veo, es que el llamarse “Catolico” hoy en dia a la manera postconciliar, es ser protestante, por eso no se tiene conciencia de lo que es pecado, y se acepta como normal todo lo mundano, de ahì viene el desbarajuste de los encuentros Asis para la paz, a la manera del mundo echando a un lado las enseñanzas de Cristo, poniendo a prueba la paciencia de Dios, hasta que un buen dia como sucediò antes del Diluvio donde se comia bebia y se casaban, a nosotros nos llegarà el castigo anunciado por Sor Lucia de Fàtima

  4. Me parece muy interesante que hablen de estos temas como el de la santa muerte ya que muchas personas creen en ella, para que conoscamos mas sobre esta creencia y como es mucha su popularidad en Mexico.
    A mi en lo personal me da un poco de miedo hablar sobre este tema ya que oviamente de da mucho pavor la muerte y la gente que lo practica, pienso yo que sus sacrificios que hacen son muy fuertes ya que algunas personas ofrecen sus almas al diablo.
    Y en forma general me parecio interesante esta paguina ya que habla de temas como la iglecia que nosotros los jovenes hemos hecho a un lado.


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