Posteado por: Alejandro Villarreal | Jueves, julio 14, 2011

Maculinidad y feminidad: ¿estereotipos culturales?

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Título: Maculinidad y feminidad: ¿estereotipos culturales?
Autor: Gerard J. M. van deen Aardweg
Extraído del libro ‘Homosexualidad y esperanza: Terapia y curación en la experiencia de un sicólogo‘, cap. 6, §3. Énfasis añadido.

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Llegados a este punto no podemos evitar algunas notas características de la opinión actual, que rechaza las ideas tradicionales de masculinidad y feminidad, así como los “modelos de roles”, como meros productos culturales. De acuerdo con esta opinión, la cultura tradicional ha sobrevivido a su tiempo y, por lo tanto, el “adoctrinamiento” de los niños con estereotipos de papeles sexuales está profundamente desaprobado. De hecho, para nuestra explicación de la homosexualidad no es decisiva la cuestión de si los modelos de masculinidad y feminidad son transmitidos naturalmente o no. Los sentimientos homosexuales, de hecho, emanan del sentirse deficiente en la propia masculinidad o feminidad, tal como es percibida por el niño (o por el adolescente) en su comparación con los demás.

Hablando estrictamente, es irrelevante que esta masculinidad (o feminidad) sean algo relativo en cuanto dependientes de hábitos culturales arbitrarios o parte de la herencia biológica del hombre, o una mezcla de ambos.

No obstante, la hipótesis predominante actual de la equivalencia fundamental de los sexos puede confundir un recto juicio sobre los comportamientos por desviación sexual. Además, los métodos igualitarios de educación infantil ponen en peligro seriamente el desarrollo emocional en general y su desarrollo sexual en particular.

La teoría de la equivalencia es insostenible. En todas las culturas, tiempos y lugares del mundo, hombres y mujeres se diferencian en muchas dimensiones básicas del comportamiento. La interpretación más aceptable de esto es el factor hereditario. Los chicos y los hombres, más que las chicas y las mujeres, tienen una tendencia hereditaria a la “dominación social”, a ejercer la autoridad en la vida social[3]; son “luchadores” en el sentido amplio de la palabra y su modo de pensar suele estar dirigido hacia un objeto concreto. Las mujeres, en cambio, suelen dirigirse más hacia las personas, reaccionan con mayor fortaleza ante los estímulos emocionales y son sensiblemente más expresivas.

Son más cuidadosas y experimentan una mayor “empatía” en sus emociones, lo cual no es una mera cuestión de aprendizaje estereotipado tradicionalmente (quien quiera profundizar en este campo puede leer el resumen de May sobre investigaciones acerca de las diferencias entre sexos, efectuadas en niños de varias culturas –incluida la nuestra-, en adultos y en algunos primates más altamente desarrollados que, por lo visto, presentan parecidas diferencias masculino-femeninas)[4] Por tanto, los papeles tradicionales ideales –ridiculizados hoy en día- del chico como alguien “firme”, “fuerte”, “líder” y que “conquista el mundo”; y de la chica como “cuidadosa” y “cariñosa” son más verdaderos de lo que aparentan a primera vista. Esto no significa que se deban exagerar estas diferencias psicológicas, ni tampoco extraer de ellas normas rígidas y absolutas de comportamiento (por ejemplo: profesiones y ocupaciones concretas asignadas a la naturaleza innata de hombres o mujeres). Lo que se afirma es que no es natural asignar los mismos papeles sociales y de comportamiento a chicos y a chicas (hombres y mujeres). Tampoco es natural comportarse como si los diferentes porcentajes de hombres y mujeres en profesiones variadas indicaran “discriminación” o injusticia social. Se deben hacer distinciones claras en los papeles asignados a chicos y a chicas durante la educación. No es deseable, ni beneficioso para el conjunto social, negar la evidencia de preferencias y talentos ligados al sexo en el caso de ciertas ocupaciones o papeles, y no hacer uso de las capacidades y dones inherentes y propios de uno u otro sexo.

La psique humana es profundamente masculina o femenina. Esto se observa en niños educados sin apenas presión en la dirección de los papeles correspondientes a su género natural. Por ejemplo: niños criados más bien como niñas, con una presencia excesiva de una madre feminizante – con la cual se identifican o imitan-, o niños educados por padres ancianos en un ambiente que no favoreces el comportamiento como jóvenes varones: a pesar de todo, ellos desean en el fondo de su corazón las cosas de los chicos, aunque su comportamiento no sea el propio de los chicos. A menudo, admirarán a los otros chicos que ven como tipos masculinos. Una chica educada con una actitud despreciativa hacia lo femenino (“¡coser y todas esas ropas de niñas no son para mí!”), se impresionará –y admirará indefectiblemente dentro de sí- con aquellas chicas o mujeres que irradien feminidad. He observado más de una vez que las mujeres que luchan contra este “papel femenino opresivo” se sienten de hecho inferiores a ese papel. De hecho, admiran a las mujeres que aceptan libremente su feminidad.

Podemos enfocar la cuestión de otra manera: los hombres y mujeres jóvenes sosegados, felices y sin conflictos interiores, parecen no tener problemas de papeles. Experimentan una determinada tendencia masculina o femenina en varios campos de su vida, como algo bastante evidente. Ninguno tiene problemas con la relación “tradicional” hombre-mujer.

Considerando todos estos elementos, la filosofía psicológicamente más razonable es tomar las diferencias básicas de comportamiento sexual como punto de partida para estudiar las relaciones mutuas entre hombre y mujer, dentro y fuera del matrimonio. Dependiendo del tiempo y de las circunstancias, la expresión concreta de estas relaciones variará, pero sin abandonar el modelo configurado por la naturaleza. Los papeles sexuales son complementarios, de acuerdo con la naturaleza complementaria de los talentos o dones ligados al sexo. La eliminación forzada de estos patrones de comportamiento ligados al sexo, inspirada en todo caso por frustraciones neuróticas o por una filosofía igualitaria errónea, tan sólo producirá fricciones inútiles en las relaciones entre sexos y no será útil para la madurez psicológica.

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Notas:

3. GOLDBERG, S., The Inevitability of Patriarchy. Temple Smith, Londres 1977.

4. MAY, R., Sex and Fantasy, Patterns of Male and Female Development. Norton, Nueva York 1980

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bibliaytradicion.wordpress.com

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Responses

  1. Sodoma siempre va a ser Sodoma y Gomorra siempre va a ser Gomorra.


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