Posteado por: Alejandro Villarreal | Martes, junio 14, 2011

Principios de teología del Protestantismo y sus diferencias con el Catolicismo

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Título: Principios de teología del Protestantismo y sus diferencias con el Catolicismo
Autor: R. P., Cango. D. Francisco Silva Diosdado
Tomado del libro «Estudios de la Teología del Protestantismo», Introducción General, pp. 5-27.

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[…] Las herejías anteriores, llamémoslas Arrianismo, Nestorianismo, Monosofismo, Pelagianismo y otras muchas, tienen siempre una doctrina compacta, clara y ordenada que, una vez captada, se ven perfectamente sus principios fundamentales y sus consecuencias lógicas. En cambio, cuando estudiamos el Protestantismo, nos encontramos con una serie de afirmaciones, doctrinas y postulados que chocan entre sí, se destruyen las unas a las otras, de modo que el fenómeno se nos aparece como un completo caos.

Y es que el Protestantismo, teniendo unos cuantos Principios comunes, se desglosa luego en una serie de concepciones tan distintas y aun contradictorias, que acaban por marear y nadie entiende a nadie.

Pensamos, pues, que el Protestantismo no es una herejía, sino una serie de ellas que suman cientos y que cobijan bajo un nombre común: LA PROTESTA contra la Iglesia Católica, para luego tomar cada una su propio camino. Fenómeno que no es nada nuevo, sino tan antiguo como el mismo Protestantismo, ya que desde su inicio se dividió en tres ramas: Luteranismo, Calvinismo y Suinglianismo.

Así pues… trataremos, en esta Introducción General, de señalar algunos principios comunes expuestos principalmente por Lutero y Calvino que luego fueron aceptados, aunque no tan fielmente, por los protestantes posteriores.

Estos principios los presentaremos en varios puntos.

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Contenido:

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Martín Lutero

Primer principio: La Sagrada Escritura

A) La Sagrada escritura, la única fuente de revelación.

La Biblia, dice Lutero, es la única fuente por la cual llegamos a conocer lo que Dios nos ha revelado, de modo que quien tiene la Sagrada Escritura, tiene todo lo necesario para conocer la revelación hecha por Dios a la humanidad.

Aparece aquí el primer choque que tuvo Lutero con la Iglesia Católica. La Iglesia Católica, en efecto, además de la Biblia, reconoce una segunda fuente de revelación que es la Sagrada Tradición Apostólica. En otras palabras: la Iglesia defiende que, además de las enseñanzas contenidas en la Biblia, Cristo y los apóstoles enseñaron otras verdades en la Biblia, verdades recibidas por la comunidad cristiana o la Iglesia primitiva y ésta las transmitió fielmente a las generaciones posteriores y que han llegado hasta nosotros, “como de mano en mano”, y nosotros, a su vez, hemos de transmitirlas a las generaciones posteriores de los creyentes hasta el fin de los tiempos.

Es de notar que esta Tradición NO ES UNA TRADICIÓN HUMANA, como acusa Lutero, sino VERDADERA TRADICIÓN DIVINA Y APOSTÓLICA, puesto que lo que transmite es doctrina enseñada por Cristo y sus Apóstoles.

B) Pero si Lutero, al negar la Sagrada Tradición Apostólica, cometió un gravísimo error que daña seriamente al Cristianismo, no fue menor el que comete en lo que él llama: EXAMEN PRIVADO DE LA BIBLIA. Veámoslo:

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a) LO QUE DICE LA IGLESIA CATÓLICA:

Los católicos reconocemos que son muchos los pasajes de la Sagrada escritura cuya comprensión n oes fácil por ser oscuros y que hay el peligro de que, si los interpretamos por nuestra cuenta, nos equivoquemos, errando gravemente en la Fe.

Para prevenir este peligro, Cristo nos dejó una autoridad doctrinal oficial a la cual toca el interpretar auténtica e infaliblemente la enseñanza de los Sagrados Libros.

Esta autoridad auténtica e infalible radica en el Concilio Ecuménico en comunión con el Papa, así como también en el Romano Pontífice, aún sin el Concilio, cuando habla EX CATEDRA, es decir, cuando enseña a toda la Iglesia alguna doctrina concerniente a la Fe y a las buenas costumbres morales, con la intención de obligar su aceptación a todos los creyentes bajo pena de expulsión del seno de la Iglesia por herejes.

En estos casos tanto el Concilio en comunión con el Papa, como el solo Papa son infalibles, es decir, que no se pueden equivocar, pues el Espíritu Santo los asiste para que no enseñen algún error.

La doctrina de la INFALIBILIDAD se deduce claramente de la promesa de Cristo a sus apóstoles de hacerlos Maestros de la Fe y la Moral, con la obligación impuesta a los creyentes de aceptar su enseñanza bajo amenaza de condenación eterna si no la aceptan, (cf. Mat XXVIII, 19-20; Mar. XVI, 15-16).

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NOTA:

Este privilegio de la infalibilidad no fue una concesión personal a los apóstoles, de modo que a la muerte de éstos desapareciera; sino que muertos ellos, se continuó en sus legítimos sucesores, o sea los obispos y el Papa.

En efecto, desaparecidos los apóstoles continuó la Iglesia y con la obligación de seguir predicando el Evangelio a todos los pueblos, los cuales tendrían la misma necesidad de seguridad en su Fe que tuvieron los primeros creyentes de la época apostólica.

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b) LO QUE DICE LUTERO:

El Maestro Martín, al rebelarse contra el Papa y abandonar la Iglesia Católica, consecuentemente rechaza la autoridad infalible de dicha Iglesia y niega que Ella sea la maestra auténtica y oficial para interpretar el verdadero sentido de la Sagrada Escritura. En su lugar proclama lo que él llama: EL LIBRE EXAMEN PRIVADO DE LA BIBLIA.

Todo cristiano, dice Lutero, tiene el derecho de leer la Sagrada Escritura y de interpretarla personal y privadamente y no se equivocará, puesto que está iluminado internamente por el Espíritu Santo.

Dos cosas hemos de advertir a este propósito:

1) La aplicación práctica de este Principio luterano demuestra que es evidentemente falso, pues vemos históricamente que de él se han derivado innumerables sectas de todos los matices y colores que se destruyen mutuamente.

De aceptarlo, habremos de aceptar también que el Espíritu Santo, que es espíritu de la Verdad, ilumina a los unos para que lo interpreten en sentido contrario. Blasfemia ésta contra el mismo Espíritu Santo.

2) La misma Biblia condena clara y expresamente este principio luterano. Ella en efecto nos dice: “… Pero ante todo sabed esto: Nadie puede interpretar por sí mismo una profecía de la Escritura, pues ninguna profecía ha sido proferida por voluntad humana, sino que, impulsados por el Espíritu Santo hablaron los hombres (los hagiógrafos) de parte de Dios”. (cf. 2Pet. I, 20-21).

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Segundo principio: La fe sin obras

El proceso de la salvación.

A) Nota previa: Martín Lutero, preocupado por su idea de que el Pecado Original corrompió esencial y totalmente la naturaleza humana, vino a concluir que el hombre, así corrompido, no puede hacer nada bueno, aún después de la Redención de Cristo, sino que todas sus obras son pecado. Por lo tanto, si el hombre se salva, no ha de ser por sus “buenas obras” (que en realidad son pecados), sino por su sola adhesión a Cristo mediante la Fe.

B) El apóstol San Pablo, escribiendo a los Romanos, presenta de modo sintético el proceso de la salvación cuando dice; “Porque El (Dios) a los que reconoció, los predestinó a ser conformes con la imagen de su Hijo, para que éste sea el primogénito entre muchos hermanos. A los que predestinó, también los llamó; y a los que llamó, también los justificó; y a esos que justificó, también los glorificó”. (cf. Rom. VIII, 29-30).

Cinco son, pues, los pasos que recorren el camino de la salvación. A saber: Preciencia divina; Predestinación; Vocación; Justificación y Glorificación como remate de todo.

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a) LA PRECIENCIA DIVINA:

No se trata aquí del conocimiento general que Dios tiene de todos y cada uno de los hombres, cosa que resulta lógicamente de la ciencia infinita de Dios, sino del conocimiento eterno que tiene el Señor de todos los hombres que se salvan.

En efecto, Dios, que quiere que todos los hombres se salven aprovechando los méritos de la Pasión de Cristo, sabe, sin embargo, que muchos de hecho no se salvan porque voluntariamente y libremente rechazan su llamamiento y la gracia redentora del Salvador.

San Pablo habla de este conocimiento eterno, al que llama PRECIENCIA y que abarca a uno y otros, a los que se salvan y a los que se condenan, aunque lo aplica, en el caso, a los que se salvan, como inicio del proceso de salvación.

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b) LA PREDESTINACIÓN:

DESTINAR significa: “ordenar algo hacia un fin” y, en nuestro caso, que Dios ordena eternamente (predestina) a los que preconoció que se habían se salvar a un fin concreto.

Aquí los autores no están de acuerdo en señalar cuál es este fin; y así:

1) Los Santos Padres tanto griegos como latinos hasta llegar a San Agustín ponen como término o fin de esta predestinación LA GRACIA. No hay que olvidar, sin embargo, que Dios da también la gracia a los malvados y primeramente la gracia de la conversión. Podemos, pues, considerar que los Santos padres hablan de la GRACIA EFICAZ y ésta es la que consideran como fin de la predestinación.

2) Posteriormente a San Agustín los autores consideran que da el fin de la predestinación a LA GLORIA o salvación eterna.

3) San Pablo, si leemos atentamente el texto a los Romanos que hemos citado, indica claramente cuál es el fin de la predestinación: EL HACERNOS CONFORMES CON LA IMAGEN DE SU HIJO o sea: EL TENER LA MISMA FORMA DE JESÚS.

Esto significa dos cosas:

a) El que reproduzcamos en nosotros la vida santa y las virtudes de Cristo, es decir: la predestinación a la gracia eficaz, sin la cual esta semejanza no es posible.

b) El asimilarnos por nuestra resurrección, a Jesús resucitado, cosa que sucederá en la Parusía cuando nos levantemos del sepulcro para entrar triunfantes con el Señor en la Gloria del Padre. Esta es la predestinación a la GLORIA.

Vemos, pues, que San Pablo habla de la doble predestinación: a la gracia eficaz y a la gloria, ya que si no tenemos ambas no podemos reproducir en nosotros totalmente la imagen de Jesús.

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c) EL LLAMAMIENTO O VOCACIÓN:

En este tercer paso deben distinguirse dos cosas, a saber:

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1) EL MISMO LLAMAMIENTO POR PARTE DE DIOS:

El ejemplo típico que pone San Pablo es la vocación hecha a Abraham llamado por Yahweh y sacado de entre los paganos para ser el Padre de muchas generaciones, y no sólo de los israelitas por la sangre, sino también del Pueblo Nuevo, o sea los creyentes en Jesús Salvador. (cf. Carta a los Gálatas).

Y así los predestinados a ser conforme con la imagen del Hijo, son llamados a ser pueblo de Dios, pueblo de salvación.

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2) LA RESPUESTA POR PARTE DEL HOMBRE:

Al llamamiento divino corresponde la RESPUESTA AFIRMATIVA de parte de los llamados, respuesta que, en concreto, se hace por la FE. De esta Fe vamos a tratar un poco más adelante.

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d) LA JUSTIFICACIÓN:

Y cuando los llamados dan la respuesta de la Fe, Dios responde en este diálogo de salvación JUSTIFICÁNDOLOS.

La justificación, pues, no la hace el hombre con sus obras buenas, sino que ella, la justificación, es una acción divina y solamente cuando Dios ha justificado al hombre, las obras de éste adquieren la condición de meritorias para la salvación.

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e) LA GLORIFICACIÓN:

Solamente cuando ha transcurrido todo este proceso, viene la culminación de la obra divina por la GLORIFICACIÓN que incluye la resurrección escatológica y la Visión Beatífica. Aquel “Cara a cara” de que habla San Pablo. (cf. 1Cor. XIII, 12).

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B. EL CONCEPTO DE LA FE

A) EL CONCEPTO ETIMOLÓGICO:

La palabra FE castellana corresponde a la latina FIDES y a la griega PISTIS, derivada esta última del verbo griego PISEYOO que tiene un doble significado:

a) Por una parte significa ASEGURAR, hacer seguro, hacer firme, hacer macizo algo.

b) Por otra parte ASENTIR, CREER, CONFIAR EN LA PALABRA DE OTRO, que en nuestro caso es LA PALABRA DE DIOS.

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B) EL CONCEPTO REAL:

a) EL SENTIDO REAL MÁS PROFUNDO: La PISTIS suele usarse para traducir la palabra hebrea AMAN (de donde viene nuestro AMÉN) que significa la propiedad divina de la firmeza, solidez y consistencia de Dios en oposición a la debilidad, caducidad e inconsistencia de la creatura.

Así pues, en lo más profundo de la Fe está el reconocimiento, de parte del hombre, de su debilidad que solamente se transforma en fortaleza cuando se apoya en la fuerza, la firmeza y la fortaleza de Dios.

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b) Es aquí donde estuvo el error de los fariseos y los rabinos judíos: ellos consideraban suficiente el conocer la Ley de Dios recibida a través de Moisés para poder, con sus propias fuerzas naturales hacer su salvación, sin necesidad de los auxilios divinos sobrenaturales.

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C) EL PENSAMIENTO DE SAN PABLO:

El apóstol NO DECLARA que las obras de la Ley  sean malas en sí mismas; ni podía hacerlo, ya que dichas obras son el cumplimiento práctico de los Diez Mandamientos cuya vigencia no desaparece con el Evangelio, sino que en él siendo obligatorios y en él se perfeccionan, como lo declaró el mismo Cristo al responder a la pregunta de aquel joven que quería saber lo necesario para tener la vida eterna. (cf. Mat. XIX, 16-19).

Por lo que toca a San Pablo, basta recorrer las listas de pecados que él señala como pecados que impiden entrar en la vida eterna y que no son otra cosa que violaciones a los Diez Mandamientos.

Por eso cuando califica a la Ley como maldición, no es porque la considere mala en sí misma, sino porque, una vez conocida por los hombres, no pudiendo éstos cumplirla con sus propias capacidades naturales sin la gracia de Dios, de hecho vino a hacer que aumentaran los pecados.

Lo que el apóstol afirma es que la salvación no nos viene por las obras de la Ley aunque buenas y necesarias, sino por la adhesión a Cristo por la Fe, ya que es entonces cuando somos justificados por Dios y nuestras obras buenas, elevadas al orden sobrenatural, se hacen merecedoras de la vida eterna.

Es patente y clara la oposición entre los fariseos y rabinos y lo enseñado por San Pablo:

1) Los fariseos y rabinos dicen: Una vez que Dios nos ha revelado su Ley, basta con que hagamos las obras marcadas por esa Ley para alcanzar la salvación.

2) San Pablo, en cambio, afirma: No basta hacer las obras de la Ley, sino que es necesario que la fuerza y firmeza divina sea comunicada a nuestra debilidad, cosa que sucede cuando nos adherimos por la Fe a esa divina fortaleza.

En consecuencia, la salvación nos viene por la Fe en Cristo y no por las obras buenas de la Ley, auque éstas sean buenas en sí mismas y sea obligatorio su cumplimiento.

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3) NOTA MUY IMPORTANTE:

Esta doctrina de San Pablo que se refiere a las obras mandadas por Dios en su Ley, se aplica, con mayor razón, a las obras que no tenían origen divino, sino que habían sido introducidas por la exigencia de los Escribas y Rabinos a los cuales el mismo Cristo acusó de imponer cargas insoportables para el pueblo, aunque ellos no movían ni siquiera un dedo para llevarlas. (cf. Mat. XXIII, 4).

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C) EL SEGUNDO SIGNIFICADO DE LA FE: LA ACEPTACIÓN DE LAS VERDADES REVELADAS POR DIOS.

a) LA VERDAD:

1) Para los griegos la verdad es ALETHES que significa el descubrimiento de que está oculto, escondido, etc. Es pues la verdad el resultado de una investigación hecha por la razón humana que llega a descubrir una realidad que estaba como escondida en otras realidades ya conocidas. La ALETHEIA consecuentemente es el término de un proceso filosófico.

2) Para los latinos, preocupados ante todo por lo jurídico, la Verdad es lo mismo que la AUTENTICIDAD, o sea, lo que está garantizado por documentos jurídicamente claros o por el testimonio de testigos veraces y honrados.

3) Para los hebreos, en fin, la verdad es EMET, derivado de AMAN que, como dijimos antes, se refiere a la “firmeza divina”, a su “solidez y consistencia”. Se refiere, pues, a aquellas verdades que participan de esta solidez y firmeza; en concreto, las verdades que Dios nos manifiesta, muy superiores a la ALETHEIA de los griegos, ya que el hombre, con toda su recta intención y buena voluntad, puede equivocarse, y la AUTENTICITAS latina que puede fallar con toda la documentación que tenga en su favor o con todos los testigos de buena fe que la amparen.

b) En el griego bíblico tanto de los LXX como del Nuevo Testamento, especialmente en el de San Pablo, la palabra PISTIS y el verbo correspondiente PISTEYEIN, traducen precisamente el EMET hebreo y, por lo mismo, que la VERDAD es lo que firme y seguro por venir de Dios y supera infinitamente la aletheia griega o la autenticidad latina.

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c) EN RESUMEN:

La fe para un creyente tiene dos aspectos que se complementan mutuamente:

1) La Fe es el acto por el cual el creyente, reconociendo su debilidad y su nada, se apoya con absoluta confianza en la “firmeza, solidez y consistencia divina”.

2) La Fe, como consecuencia de lo anterior, es la aceptación de las verdades reveladas por Dios, verdades que no se apoyan en los descubrimientos de la razón humana ni en la fuerza de documentos o testigos, sino en la firmeza y trascendencia divinas.

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D) EL PENSAMIENTO DE LUTERO:

Lutero, desde luego, acepta el contenido de la Fe en su aspecto más profundo como la confianza en Cristo que nos salva, que lleva implícito el reconocimiento de la propia debilidad.

Sin embargo, al contrario de la Iglesia Católica, se niega a dar el paso siguiente. En efecto, niega que esa debilidad nuestra, apoyada en la fortaleza divina, se convierta también en fortaleza que nos ponga fuera de la esclavitud del aspecto y nos convierta en “nuevas creaturas” con una “nueva vida” que es la vida de Cristo en nosotros de modo que podamos decir con el apóstol: “… y ya no vivo yo, sino que en mí vive Cristo”. (cf. Gál. II, 20).

En consecuencia, mientras San Pablo dice: “todo lo puedo en aquel que me conforta” (Phil. IV, 13), Lutero afirma: “Nada puedo a pesar de mi confianza absoluta en Cristo”.

San Bernardo, comentando las palabras del apóstol, dice: “Nada prueba mejor el poder del Verbo, que la fuerza que comunica a los que en El esperan. El que así está apoyado en el Verbo y revestido de la virtud de lo alto, no se deja abatir ni subyugar por fuerza alguna, por ningún fraude y peligroso atractivo, siempre es vencedor.

Lutero, pues, afirma que la creatura, aún apoyándose en la fortaleza de Dios, sigue siendo débil y todo lo que hace es pecado, así se trate de la obra de la más encendida caridad.

Acepta también Lutero la Fe en cuanto creencia, es decir, en cuanto es la aceptación de la verdades reveladas por Dios. Pero también aquí hay una falla, pues al defender que solamente la Sagrada Escritura es la fuente del conocimiento de la Revelación divina, desconoce todas aquellas verdades reveladas que nos han llegado a través de la Sagrada Tradición Apostólica.

En consecuencia la Fe luterana como creencia es incompleta y no es la Fe que Dios exige de nosotros.

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Tercer Principio. La justificación sin las obras

A) EL PENSAMIENTO DE SAN PABLO ACERCA DE LA JUSTIFICACIÓN:

a) LA PLENITUD EXISTENCIAL:

1) En la creación general:

Dios, al proyectar la creación de todas las cosas, estableció para ellas y como término de su ser, la plenitud existencial. En otras palabras, quiso que cada una de ellas llegara a su máxima perfección, mediante el desarrollo de toda su potencialidad, conforme a la naturaleza de cada una.

En las creaturas ontológicamente inferiores al hombre, esto sucede por un automatismo interno, sin que intervenga una autodeterminación libre de parte de las mismas creaturas, dado que no son seres libres, sino que están sujetas indeclinablemente a las leyes físicas, químicas y biológicas establecidas por el mismo Creador.

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2) En la creación del hombre:

El caso del hombre, dentro del proyecto divino creativo, es muy distinto no solamente porque el hombre es un ser libre que puede rechazar las leyes divinas, sino especialmente porque su plenitud existencial no consiste solamente en el desarrollo completo de su ser y sus potencialidades, sino que, dado que su finalidad es llegar a la vida eterna, tan sólo adquiere su plenitud existencial cuando llega a la resurrección de Cristo a la cual se agrega el hombre por el bautismo por el cual participa de la muerte y resurrección del Salvador.

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3) NOTA:

Pudiera darse el caso de un hombre que, observando los Preceptos de la Ley de Dios con sus solas fuerzas naturales, llegara a una perfección moral relativa, pero, al faltarle la incorporación de Cristo por la Fe, no llegaría a la plenitud existencial querida por Dios.

Y decimos: a una perfección moral relativa porque sabemos que el hombre no puede evitar el pecado sin la gracia de Dios.

San Pablo mismo reconoce que aún los paganos pueden hacer obras moralmente buenas cuando dicen: “Cuando los gentiles que no tienen LEY, hacen por la razón natural las cosas de la Ley, ellos, sin tener la Ley, son Ley para sí mismos, pues muestra que la obra de la Ley está escrita en sus corazones, PUESTO QUE LES DA testimonio su conciencia y sus razonamientos, acusándolos o excusándolos recíprocamente”. (cf. Rom. II, 14-15).

Y sin embargo, esos mismos paganos, moralmente buenos, no llegarán a la plenitud existencial porque les falta la justificación de parte de Dios.

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b) LA JUSTIFICACIÓN POR LA FE:

Hemos visto en otro lugar el proceso de la glorificación que siempre se inicia por una acción divina por la cual Dios, que preconoció a los salvandos, los destinó a hacerse conformes a la imagen de su Hijo Jesucristo.

Vino entonces el diálogo de la Fe por el cual Dios llama al hombre y el hombre corresponde al llamado divino: Dios ofrece su fortaleza para curar la debilidad humana y el hombre la acepta, se entrega y se apoya en esa fortaleza.

Dios entonces de hecho comunica esa fortaleza y eso es lo que significa cuando decimos que los JUSTIFICA.

Es en ese momento cuando las obras moralmente buenas son elevadas al orden sobrenatural y se convierten en OBRAS MERITORIAS DE LA VIDA ETERNA y así el hombre queda encaminado a la resurrección escatológica y a la glorificación.

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c) LA ACCIÓN JUSTIFICADORA:

Tanto en el Antiguo Testamento como en San Pablo Dios aparece como un juez, pero muy distinto de los jueces humanos, en efecto:

1) El juez humano da su sentencia condenatoria o absolutoria conforme el acusado sea culpable o inocente; en cambio, Dios al hacer su juicio siempre lo hace sobre un acusado culpable, pues por el pecado de Adán todos fuimos hechos pecadores. (cf. Rom. V, 12-21).

2) El juez humano no hace bueno al malo ni malo al bueno, sino simplemente declara lo que cada uno es; Dios-juez, en cambio, siempre busca hacer justo y santo al pecador, con tal que éste responda afirmativamente al llamado divino por la adhesión de la Fe.

3) Finalmente, el juez humano da sus sentencias del modo más equitativo, según las normas de un Código que no ha sido dictado por él, sino por un legislador; Dios-juez, en cambio, actúa como REY-JUEZ con derecho soberano sobre vidas y muertes y, por lo mismo, juzga según su propio dictamen y su soberana voluntad.

4) Así el juicio o justificación divina es formalmente LA APROBACIÓN DEL SUJETO POR SU REY, aprobación que puede ser:

a) Una aprobación explícita de la vida del sujeto: como aparece en la acción judicial de Cristo ene l último día, cuando todos seremos juzgados por la caridad que tuvimos en nuestra vida mortal. (cf. Mat. XXV, 31-46).

b) UNA APROBACIÓN LIBERADORA, es decir, la aprobación divina por la cual el sujeto queda liberado del pecado y de la muerte, cosa que sucede en el momento en el que el pecador, reconociendo su debilidad, se adhiere y se apoya en la fortaleza divina por la respuesta de la Fe.

c) De esta justificación-liberación habla el Apóstol San Pablo en su disputa con los fariseos.

Los escribas y fariseos, en efecto, decían que el hombre, una vez recibida la revelación divina de la Ley y sus preceptos, se justifica a sí mismo por las obras de la Ley, es decir, por la obediencia a los mandatos, el Apóstol, por su parte, enseña que el hombre no puede justificarse por sus obras buenas, sino que es justificado por la acción justificadora-liberadora de Dios, según lo hemos explicado.

Esta justificación-liberación viene de afuera hacia adentro, de Dios al hombre y, por lo mismo, tiene un sentido forense, pero, aunque en sí misma tiene un aspecto exterior, produce efectos interiores en el alma del hombre.

[Nota de B&T: forense.- (segunda acepción) del latín foras, fuera; forastero.- que es, o viene de fuera del lugar; extraño ajeno.]

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e) Esos efectos son:

1) EL PERDÓN DEL PECADO:

El hombre justificado por Dios pierde su condición de pecador y pasa a ser justo o santo, que es lo mismo, y sus pecados le son borrados, pues el Señor afirma: “Yo, Yo borro tus transgresiones por amor a mí mismo, y no me acordaré más de tus pecados”. (cf. Is. XLIII, 25). Y en otro lugar: “He borrado como nube tus pecados y como niebla tus maldades”. (Is. XLIV, 22).

Y en Miqueas leemos: “¡Oh Dios!, ¿quién es como tú, que perdonas la iniquidad y olvidas el pecado del resto de tu herencia? NO GUARDA EL PARA SIEMPRE SU IRA, PORQUE SE COMPLACE EN LA MISERICORDIA. Volverá a compadecerse de nosotros, aplastará nuestras iniquidades y arrojará a los más profundo del mar nuestros pecados”. (cf. Miq. VII, 18-19).

Y si pasamos al Nuevo Testamento, leemos en San Juan que Cristo dio a sus apóstoles el poder de perdonar los pecados diciéndoles: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonaréis los pecados, les serán perdonados…”. (cf. Jo. XX, 23).

El texto griego: AN TINOON AFETE TAS AMARTIAS es traducido al latín como: QUORUM REMISERITIS PECATA. Pues bien: el verbo latino REMITERE (remitir) es un reduplicativo del verbo MITERE que significa: ENVIAR, ARROJAR, etc., por consiguiente el perdonar en este texto es lo mismo que arrojar lejos los pecados; en otras palabras, cuando Dios justifica al hombre pecador, arranca de él los pecados y los arroja fuera y lejos y así en el justificado ya no existe el pecado y se convierte en santo.

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2) LA VIDA NUEVA EN CRISTO:

Este es un punto importantísimo y que debe destacarse: por la justificación no solamente se borran los pecados, sino que positivamente hay una transformación ontológica en el alma del pecador y por ella, liberado el pecado y de la muerte, comienza a vivir una nueva vida.

Cristo nos habla de un “renacimiento” por el cual quedamos preparados para entrar en el Reino de los cielos y muy distinto del nacimiento natural y biológico. (cf. Jo. III, 5-6). San Pablo, por su lado, nos habla de “una nueva creatura” (cf. 2Cor. III, 17 y Gál. VI, 15). Nos dice también que así como por Adán vino la condenación para la multitud, así, por la obra de Cristo vino la justificación de vida a todos los hombres. (cf. Rom. V, 18).

A esta vida espiritual y superior la llamamos GRACIA SANTIFICANTE QUE SE PUEDE DEFINIR COMO un don de Dios, gratuito, sobrenatural, interior en el alma y permanente, por el cual se borran del alma los pecados y somos hechos agradables a Dios, participamos misteriosamente de la Naturaleza divina, somos hechos hijos de Dios, hermanos de Cristo y participantes o miembros de su Cuerpo Místico, constituidos miembros de la Iglesia y coherentes con Cristo del Reino de los cielos”.

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3) LAS BUENAS OBRAS:

Ciertamente y como explicamos ampliamente en otro lugar, las buenas obras no son causa eficiente de la justificación y la salvación. Dice San Pablo: “(Dios) el cual nos salvó y nos llamó con vocación santa, no en virtud de nuestras obras, sino en virtud de su propio designio y de la gracia que nos dio en Cristo Jesús antes de los tiempos eternos”. (cf. 2Tim. I, 9).

Sin embargo son necesarias las buenas obras para la salvación, no como causa, pero sí como condición indispensable, Cristo mismo nos manda hacer esas buenas obras cuando nos dice: “Así brille vuestra luz antes los hombres, de tal modo que, viendo vuestras obras buenas, glorifique a vuestro Padre del cielo”. (cf. Mat. V, 16).

Y el mismo Señor habla de la necesidad de estas obras para la salvación, cuando respondiendo al joven del Evangelio le dice: “Si quieres entrar en la vida, guarda los Mandamientos”. (cf. Mat. XIX, 17).

San Pablo, siguiendo a Cristo, nos advierte que para entrar al Reino de Dios es necesario evitar las obras de la carne que son las obras malas que él mismo señala y, al contrario, para heredar el Reino de Dios, son necesarias las obras del Espíritu. (cf. Gal. V, 19-21; Efes. IV, 17-32).

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B) LA JUSTIFICACIÓN SEGÚN LUTERO:

a) Lutero también habla de la Justificación y es uno de los puntos clave de su doctrina, y así:

1) Considera que la Justificación es una acción soberana de Dios, tal como lo hemos explicado también nosotros y que las buenas obras no son causa de ella. Considera, pues, el aspecto forense de la Justificación y hasta aquí nada tenemos que reprocharle, como la liberación hecha por una aprobación divina.

2) Sin embargo, y aquí comienza su error, considera a esta justificación como algo meramente extrínseca al hombre y no produce los efectos interiores de los que hemos hablado; en otras palabras, niega que se borren los pecados, que haya una vida espiritual sobrenatural interior, o sea la Gracia Santificante y rechaza finalmente la necesidad de las buenas obras para la salvación. Y todo ellos a partir de su concepción teológica acerca del Pecado Original.

3) En efecto, al hablar de Pecado Original afirma que su malicia fue tal que corrompió sustancialmente a la naturaleza humana de modo que de ahí en adelante toda obra del hombre, como salida de esta corrupción es necesariamente corrompida y mala y así, aunque objetivamente podamos hablar de obras buenas, por ser obras de hombre, son corrupción y pecado.

Consecuentemente, el hombre, aun después de la Justificación-liberación hecha por Dios, permanece formalmente pecador y a esa justificación divina no corresponde una justificación interior o santificación como dice la Iglesia Católica.

El pensamiento de Lutero podríamos explicarlo mediante una imagen, la del leproso cubierto con ricas y hermosas vestiduras que ocultan la fealdad de su podredumbre. Las vestiduras ocultan la lepra, pero no la curan y así el leproso debajo de las vestiduras sigue siendo leproso.

Traslademos la imagen a la realidad del pecador. El hombre, dice Lutero, después del Pecado Original es el leproso y su lepra es el pecado. Viene Dios y con su justificación-liberación lo cubre, como con riquísimas vestiduras, con la sangre redentora de Cristo, de manera que ya ni el mismo Dios ve la fealdad de la lepra-pecado, aunque éste permanece ahí y permanece para siempre, pues, aún en el mismo cielo y por toda la eternidad, pues ahí mismo el hombre continuará siendo formalmente pecador.

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4) NOTA IMPORTANTE:

Lutero considera que el Pecado Original y la concupiscencia de la carne son una misma cosa y como esta concupiscencia no desaparece aún con la Redención de Cristo y la recepción del Bautismo, concluye Lutero que el Pecado Original permanece en nosotros y por eso la justificación-liberación hecha por Dios es algo meramente eterno y no produce nada interior en nosotros.

[Nota de B&T: Concupiscencia.- En la moral católica, deseo de bienes terrenos y, en especial, apetito desordenado de placeres deshonestos. RAE]

La Iglesia Católica, apoyada en la enseñanza de Cristo y los apóstoles, y reafirmada constantemente por los Santos Padres, condenó esta doctrina luterana en el Concilio Tridentino cuyas palabras a la letra son: “Si alguno niega que se perdone el reato del Pecado Original por la gracia de nuestro Señor Jesucristo que se confiere en el Bautismo; o afirma que no se quita todo aquello que tiene verdadera y propia razón de pecado, sino que solamente se trae o no se imputa, SEA ANATEMA”.

Y después de este anatematismo que equivale a arrojar fuera de la comunidad católica al anatematizado, explica el Concilio: “Porque nada hay que odie Dios en los renacidos, porque nada hay digno de condenación en aquellos que verdaderamente fueron sepultados con Cristo por el bautismo para la muerte (Rom. VIII, 4), los cuales no andan según la carne (Rom. VIII, 1), sino que, desvistiéndose del hombre antiguo, y revistiéndose del nuevo que fue creado según Dios, en verdad herederos de Dios y coherederos con Cristo (Rom. VIII, 7), de modo que nada retarde su entrada al cielo.

Este Santo Concilio siente y confiesa que en los bautizados permanece la concupiscencia o fómite (del pecado), la cual, habiendo sido dejada para el combate, no puede dañar a los que no consienten (con ella) y que, por la gracia de Cristo, luchan virilmente. Aún más: los que lucharen legítimamente, serán coronados (2Tim. II, 5).

Esta concupiscencia, a la cual alguna vez llama pecado el Apóstol (Rom. VI, 12 ss.), el Santo Concilio declara que la Iglesia Católica nunca entendió que este llamarle pecado se entienda como verdadero y propio pecado en los renacidos, sino que (se le llama pecado) porque resulta del pecado e INCLINA AL PECADO. Si alguno afirma lo contrario, sea ANATEMA”. En pocas palabras: La Iglesia Católica en su doctrina, expresada oficialmente por el Concilio Ecuménico Tridentino, distingue dos cosas: el Pecado Original y la Concupiscencia o fómite del pecado:

a) El Pecado Original es un verdadero pecado en el cual nace todo hombre (con excepción de la santísima humanidad de Cristo y la Virgen María) heredándolo de los primeros padres de la humanidad.

Este pecado se borra totalmente por el Bautismo (o sus equivalentes) en virtud de la gracia de Cristo, de tal manera que el regenerado ya no es pecador, sino puro, inocente hijo de Dios.

[Nota de B&T: fómite, del latín fomes, es la causa que excita y promueve algo. RAE]

b) La concupiscencia desordenada después del Pecado de Adán, llamada también fómite porque inclina y fomenta el pecado, no es verdadero pecado, sino aliciente para pecar y no se quita por el bautismo, sino que permanece en nosotros para hacer meritoria nuestra lucha contra el mal, ya que si combatimos legítima y virilmente, nos hacemos merecedores del cielo.

c) Lutero, en cambio, declaró que el Pecado Original y la Concupiscencia son la misma cosa, de modo que el bautismo, que no quita la concupiscencia, por eso mismo no quita el pecado y en consecuencia, el hombre, aun regenerado por el bautismo, sigue siendo pecador en sentido propio, y sus obras, nacidas de pecador, son pecados, aunque se trate de acciones como el adorar a Dios o alar al prójimo [contradicción evidente].

Aún más: si Lutero hubiera sido lógico, hubiera tenido que aceptar que la misma adhesión a Cristo por la Fe, como obra del hombre que es, debería considerarse como pecado, con lo que hablar de la justificación por la Fe es lo mismo que decir: Justificación por el pecado. Y a partir de esto Lutero lógicamente concluyó que la justificación es un mero acto forense eterno por el que Dios nos declara jurídicamente liberados, aunque continuemos siendo formalmente pecadores.

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Juan Calvino. Su teoría de la predestinación

A) NOTA PREVIA:

Hasta ahora hemos visto las tesis fundamentales de Lutero, pues aunque tuvo otro error, como cuando habla acerca de los sacramentos, acerca de la Iglesia, etc., todos ellos de alguna manera están relacionados con dichas tesis.

Todos los protestantes siguen estas tesis de Martín Lutero, aunque con algunas modificaciones introducidas por las distintas sectas. Juan Calvino, otro de los padres del Protestantismo, sigue en todo las tesis luteranas, pero agrega por su cuenta su teoría de la PREDESTINACIÓN DIVINA.

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B) LA PREDESTINACIÓN EN LA DOCTRINA CATÓLICA:

a) Dios, al decretar la creación de los hombres, quiso que todos, sin excepción alguna, llegaran a su plenitud existencial en la resurrección y la salvación. A esto llamamos la VOLUNTAD SALVÍFICA UNIVERSAL y por eso Dios envió a su Hijo para que redimiera a toda la humanidad con una REDENCIÓN también UNIVERSAL.

b) Esta voluntad salvífica universal de Dios, o sea, el destino de todos los hombres a la satisfacción, por ser una acción divina, es eterna, dado que en Dios no se dan acciones temporales y por eso la llamamos PRE-DESTINACIÓN, porque PRECE (según nuestro modo de entender) al hecho histórico y temporal de la existencia del hombre en la tierra.

c) Siendo la eternidad un misterio para nosotros que, como inmersos en lo temporal, no entendemos sino lo temporal, la predestinación misma, por estar relacionada con lo eterno, viene a ser un misterio que supera nuestra capacidad intelectual y sólo llegamos a él por la adhesión de la Fe.

d) La Teología católica y la Predestinación:

La Teología católica, al reflexionar sobre el misterio de la predestinación divina en relación a los hombres, distingue en ella dos aspectos que señala con dos hombres, a saber:

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1) LA PREDESTINACIÓN ANTECEDENTE:

Esta predestinación es lo mismo que la “voluntad salvífica universal” por la cual Dios quiere salvar a todos los hombres, pues a todos, sin excepción alguna, los quiere salvar y para eso los creó.

En esta predestinación va incluida la voluntad de Dios de dar a todos los hombres y dar en abundancia los medios necesarios para salvarse.

A esta predestinación la podemos llamar también predestinación absoluta y no hace distinción entre los que de hecho se salvan y los que de hecho se condenan.

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2) LA PREDESTINACIÓN CONSECUENTE:

Se le llama así porque viene consecuentemente a la visión divina, o sea, al conocimiento infalible que tiene Dios del acontecer histórico, ciencia por la cual el Señor sabe los que de hecho se salvan y los que de hecho se condenan.

Expliquémonos:

Dios quiere que todos se salven (predestinación absoluta), impone, sin embargo, ciertas condiciones indeclinables para que se realice esta salvación, o, en otras palabras quiere que los hombres hagan ciertas obras buenas que Él mismo indica al dictar los Diez Mandamientos. Por eso Cristo dijo al joven: “Si quieres entrar a la vida eterna, observa los Mandamientos”. (Mat. XIX, 17).

Ahora bien: históricamente y de hecho muchos hombres cumplen los Mandamientos y otros muchos no los cumplen. Dios, con su ciencia infalible conoce eternamente esto, cosa que expresa San Pablo cuando dice, hablando de los que de hecho se salvan: “a los que preconoció” y así la predestinación condicional se convierte en una realidad histórica.

3) Podría alguno pensar que esta predestinación, en relación con los que se condenan es injusta, o por lo menos cruel, Pero este modo de pensar está completamente equivocado, ya que:

a) No se puede hablar de injusticia, pues Dios no solamente manifiesta su voluntad de que todos los hombres se salven, sino que da a todos y a cada uno medios abundantísimos de salvación y, en primer lugar da a su Hijo, signo evidentísimo del amor que tiene por toda la humanidad, pues, como dice San Juan: “De tal manera amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga la vida eterna” (cf. Jn. III, 16).

En estas condiciones, si de hecho un hombre se condena, no puede con justicia echarle la culpa a Dios, sino a sí mismo por el mal uso que hizo de su libertad.

b) Otros, sin considerar que Dios es injusto, lo tachan, sin embargo, de cruel, o porque sabiendo quienes son los que se han de condenar, a pesar de ello los trae a la existencia, o también porque los condena a un infierno eterno. Pero unos y otros se equivocan:

1) Los que dicen que Dios es cruel porque no impide la existencia de los que sabe se han de condenar, en primer lugar porque no consideran que Dios les da a esos que se condenan todos los medios de salvación, incluyendo la donación de su propio Hijo, y se los da sobreabundantemente, de modo que, se condenan, es porque ello eligen con toda libertad condenarse; y, en segundo lugar, porque si Dios debiera no darles la existencia, resultaría que la maldad de la creatura coartaría la absoluta y libérrima libertad de Dios, lo que redunda en un absurdo: que Dios esté sujeto a sus creaturas.

2) Se equivocan también quienes juzgan a Dios cruel porque impone la pena del infierno eterno, algo, dicen ellos, muy desproporcionado con la culpa, pues, por ser ésta obra de creatura es obra finita y, en cambio, el infierno, por ser eterno, es de algún modo infinito. Esta apreciación es falsa porque consideran la malicia del pecado partiendo solamente del sujeto que lo comete y no tienen en cuenta que la gravedad de una ofensa se mide también por la grandeza y dignidad del ofendido que, en el caso es Dios y por eso la culpa, vista desde este ángulo, tiene valor también en cierta forma infinito.

En fin, no hay que olvidar que la Predestinación es un misterio verdadero al cual en esta vida no llegamos sino mediante la aceptación de la Fe.

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C) LA PREDESTINACIÓN SEGÚN CALVINO:

Juan Calvino resucitó de hecho una de las herejías más antiguas, la herejía de los Gnósticos. Estos afirmaron que los hombres se dividen en tres categorías según la voluntad y decreto divino:

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a) LOS MISMOS GNÓSTICOS:

Estos, según ellos afirman, fueron creados por Dios para salvarse y por ello su salvación es infalible y no está condicionada a las buenas obras.

Se llamaron gnósticos porque consideraban que Dios les había comunicado una iluminación interior para que conocieran y entendieran todos los misterios, de aquí que tomaran el nombre de INICIADOS.

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b) LOS PSÍQUICOS:

Estos, al decir del gnosticismo, fueron creados por Dios con la posibilidad de salvarse o condenarse, según fueran sus obras.

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c) LOS FÍSICOS O SOMÁTICOS:

A éstos, que constituyen el tercero y último grado, Dios los creó para el infierno, de modo que no se podían salvar.

Juan Calvino retomó esta doctrina de los gnósticos, aunque la modificó porque no admite, como ellos, tres categorías de hombres, sino sólo dos y en ellos se aproxima a otros herejes, los Predestinacianos, nacidos antes del siglo V.

En efecto: Calvino, con los Predestinacianos, afirma que Dios, al crear a los hombres, antes de toda consideración de sus obras, buenas o malas, los dividió en dos clases: a unos los creó para el cielo y a otros para el infierno, porque quería ser glorificado de dos maneras: por su justicia en los condenados y por su misericordia en los salvados.

Calvino, en consecuencia, rechaza la doctrina de la voluntad salvífica universal de Dios y el valor universal de la Redención de Cristo.

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NOTA:

Al preguntarles a los calvinistas cómo es que esta voluntad salvífica de Dios y este valor universal de la Redención de Cristo aparecen en las Sagradas Escrituras, simplemente dicen que se trata de una piadosa mentira, a fin de que los predestinados para la condenación no se desesperen.

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Aguascalientes de la Asunción a 30 de noviembre de 1987.

Cango. Francisco Silva D.

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bibliaytradicion.wordpress.com

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>>BITÁCORA<<

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SOBRE la REPRODUCCIÓN del CONTENIDO de B&T: Se concede el permiso para reproducir, total o parcialmente, las traducciones originales de este blog, en otras páginas o blogs, con la condición de mencionar el origen del mismo, así como a su autor original y el nombre del traductor. El autor de B&T hace lo correspondiente al tomar material de otras páginas, sin excepción, y a pesar de no concordar totalmente con las ideas de otras webs o autores, creyendo que en esto reside un simple pero no despreciable acto de honestidad.

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Responses

  1. hermanos teologos de la fraternidad sn pio x podrian esplicarme cuales son
    las frases de la biblia alteradas por los protestantes y teologos
    modernistas a la luz de la tradicion q hemos recibido?

    • Sr Javier:
      +
      Este blog no pertenece a la FSSPX, el autor del blog es su sevidor (Alejandro Villarreal) y soy laico. Uno de los puntos principales de diputa es el concepto “libertad religiosa”, el cual siempre fue entendido de forma muy diferente, sin embargo hoy se interpreta como sinónimo de “libertad de cultos”. Puede ver esta diferencia en el libro de los años veinte del siglo XX del P. Hillaire, “La Religión Demostrada” (publicado en el blog), y en la biografía del Arzobispo Lefebvre (De Mons. Tissier) se toca el tema en este sentido (entre otros docs.). En cuanto a los protestantes, es bien sabido el cambio de Lutero en su traducción, y que refiere el P. Grisar en su “Lutero vida y obra“: La Biblia Alemana; en general el protestantismo ha inventado sus dos grandes doctrinas seudobíblicas: Sola Scriptura y Sola Fide, sin contar que cada secta inicial interpretaba la Presencia Real de diversa manera, junto al bautismo, el matrimonio y los demás sacramentos, y que tal caos sobrevive hasta hoy. El tema es muy extenso para resumirlo en breves líneas.


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