Posteado por: Alejandro Villarreal | Sábado, enero 1, 2011

La Santísima Virgen ¿Debe Llamarse Madre de Dios?

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Título: La Santísima Virgen ¿Debe Llamarse Madre de Dios?
Autor: M. I. Sr. Dr. D. Gregorio Alastruey
Tomado de su obra ‘Tratado de la Virgen Santísima’; capítulo III – De la misma maternidad divina de la Santísima Virgen; artículo I. De la verdad de la maternidad divina de la Santísima Virgen; cuestión I: Si la Santísima Virgen debe llamarse Madre de Dios; pp. 77-89

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Contenido

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Cuestión I: Si la Santísima Virgen debe llamarse Madre de Dios.

1° Que María es verdaderamente Madre de Cristo consta: a) En San Mateo (2,13): Levántate y toma al niño y a su Madre; y en San Juan (2,1): Y de allí a tres días se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, y estaba allí la Madre de Jesús. b) San Ambrosio lo enseña diciendo: “El Señor, Jesús, lo atestigua desde la cruz, y difiere un poco la salvación pública para no dejar a la Madre sin los honores debidos” {1}.

Y no se oponen las palabras de San Juan Damasceno: “Nosotros de ninguna manera llamamos a la Santísima Virgen Madre de Cristo” {2}, porque el Damasceno no repudia este modo de hablar en absoluto, sino solamente por la perfidia de Nestorio, que, abusando de la palabra Cristo, y entendiéndola en el sentido de que era puro hombre, quería que la Santísima Virgen fuera llamada así Madre de Cristo y no Madre de Dios. c) Y, en efecto, se llama verdaderamente madre a aquella de cuya sustancia es concebido y nace el hijo. Luego Cristo es hijo de la Santísima Virgen, ya que de ella fue concebido y nació, dándole, como las demás madres, la sustancia de su propia carne.

2° La cuestión, por tanto, debe plantearse así: Si la Santísima Virgen, Madre de Cristo, es y debe llamarse verdaderamente Madre de Dios.

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Errores.– a) Los docetas (gnósticos o maniqueos), al afirmar que el cuerpo de Cristo es sólo aparente o fantástico, o que ciertamente es real, pero traído del cielo de tal modo que pasó por la Virgen María como por un acueducto, sin haber sido concebido y formado de ella, reducen la maternidad divina de la Santísima Virgen a una maternidad aparente.

Los principales fautores de esta herejía, que apareció en la Iglesia en los tiempos apostólicos, fueron Simón Mago, Saturnino, Basílides, Valentín Marción,  Cerdón y Manes, llamado vulgarmente Maniqueo, los cuales explicaban de diverso modo la apariencia de la carne de Cristo.

El error valentiniano sobre el origen celeste del Cuerpo de Cristo fue exhumado en el siglo XVI por Simón Mennón, corifeo de los anabaptistas, quien obstinadamente afirmó que el cuerpo de Cristo procedía de la semilla del Padre celestial, no de la sustancia de María; también Schwenkfeld negó el origen materno de Cristo, llamando a su carne y sangre, no creatural, sino supercreatural, de tal modo que llegó a imaginarla meramente espiritual y totalmente divina; y por último, Miguel Servet se atrevió a afirmar que el cuerpo de Cristo era cuerpo de la Deidad, y su carne divina, carne celeste, engendrada de la sustancia de Dios.

Esta doctrina, según Canisio, fue común a todos los anabaptistas: “Siguen -dice- los anabaptistas, cuyo número es grande todavía, defendiendo su dogma de que Cristo trajo del cielo consigo un cuerpo espiritual y celeste y que nada tomó de María” {3}.

b) Los monofisitas, que reconocen como precursor a Apolinar y como padre a Eutiques, defendiendo que la unión del Verbo con la humanidad fue hecha in natura, afirman, en consecuencia, que en Cristo no hay más que una naturaleza, formada de la deidad y de la humanidad; y por tanto, Cristo, según esta sentencia, no sería ni de naturaleza humana ni de naturaleza divina y, por lo mismo, no sería verdadero Dios, ni María podría llamarse Madre de Dios.

c) Los nestorianos, capitaneados por Nestorio, discípulo de Diodoro de Tarso y de Teodoro de Mopsuesta, niegan la unión hipostática del Verbo con la humanidad y, consiguientemente, la unidad personal de Jesucristo, poniendo en él dos íntegras hipóstasis o personas físicas, una del hombre Cristo y otra del Verbo, unidas moral, extrínseca o accidentalmente por la inhabitación del Verbo en el hombre como en templo, por la conformidad de afectos y voluntades, por el oficio de instrumento que el hombre presta al Verbo divino y por el consorcio de honor que del Verbo redunda en el hombre.

Por todo ello:

α) Nestorio llamaba a Cristo Deifero.

β) No tenía inconveniente en llamar Dios a Cristo, no ciertamente en sentido católico, o sea, por la unión hipostática, sino por la unión moral, en cuya virtud Dios es del hombre y el hombre es de Dios; pero ni Dios es hombre ni el hombre es Dios.

γ) Finalmente, ponía una sola persona en Cristo en cuanto que la persona del Verbo y la persona del hombre constituyen una sola persona de unión; pero esta común persona es algo meramente artificial, moral, económico, jurídico, no una persona o hipóstasis en sentido físico y ontológico.

Como consecuencia de tan impía doctrina podía lógicamente afirmarse que la Santísima Virgen era Madre de Cristo hombre, pero no Madre de Dios, y, por tanto, debería llamársela no Deípara o Theotocon, sino Cristípara o Christotocon, o a lo sumo Theodochon, es decir, receptora de Dios.

Conceden, sin embargo, los nestorianos que María puede llamarse Madre de Dios en sentido impropio, en cuanto que el hombre Cristo, a quien ella engendró, unido al Verbo de Dios de un modo especial, mereció honores divinos, de la misma manera que la mujer que ha dado a luz a un niño, si después es sacerdote o santo, puede llamarse madre del sacerdote o del santo.

d) Los protestantes antiguos, como Lutero, Calvino, Bucero, Bullíngero, enemigos acérrimos de la Santísima Virgen en otros aspectos, no niegan su maternidad divina, si bien en sus discípulos más cercanos ya se encuentran las heces nestorianas {4}.

Entre los protestantes modernos, los que se llaman ortodoxos, aun profesando la divinidad de Cristo, aborrecen con aversión ciega, el título Madre de Dios dado a la Santísima Virgen {5}, y la llaman Madre del Señor.

Sin embargo, no debe silenciarse que “en nuestros tiempos haya también protestantes que reconocen la dignidad de la Virgen Madre de Dios y se mueven a reverenciarla y honrarla fervorosamente” {6}.

Los protestantes liberales, racionalistas y modernistas, rechazando la divinidad de Cristo, a quien consideran meramente como un hombre, aunque perfectísimo, niegan por lo mismo la maternidad divina.

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TESIS: La Santísima Virgen es verdaderamente y debe llamarse Madre de Dios.

Concilios y otros documentos de fe.– El Concilio de Efeso definió (can. 1): “Si alguno no confiesa que Dios es verdaderamente Emmanuel y, por tanto, que la Santísima Virgen es Madre de Dios (pues parió, según la carne, al Verbo de Dios hecho carne), sea anatema” {7}.

El Concilio de Letrán (bajo Martín I, Papa), canon 3: “Si alguno no confiesa, de acuerdo con los Santos Padres, propiamente y según la verdad, como Madre de Dios a la santa, siempre virgen e inmaculada María, por haber  concebido en los últimos tiempos, del Espíritu Santo y sin concurso viril y engendrado incorruptiblemente al mismo Verbo de Dios, especial y verdaderamente, permaneciendo indestruída aun después del parto, su virginidad, sea condenado” {8}.

Concilio Contantinopolitano III (Ecuménico VI): “Según esto, y por las epístolas conciliares que fueron escritas por tales, hemos conocido también que los santos cinco concilios universales y los santos y probados Padres unánimemente definiendo confiesan a Nuestro Señor Jesucristo verdadero Dios nuestro, uno de la Trinidad santa, consustancial y principio de vida, perfecto en la deidad y perfecto en la humanidad, Dios verdaderamente y hombre verdaderamente, compuesto de alma racional y de cuerpo; consustancial al Padre según la deidad y consustancial a nosotros según la humanidad, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado (Hebr. 4,15), engendrado ciertamente, antes de los siglos, del Padre según la deidad, y el mismo, en los últimos días por nosotros y por nuestra salud engendrado del Espíritu Santo y de María Virgen, propia y verdaderamente Madre de Dios, según la humanidad, uno y el mismo Cristo, Hijo de Dios unigénito, que ha de ser confesado en las dos naturalezas inconfusa, incontrovertible, inseparable e indivisamente…” {9}.

Las mismas doctrinas son propuestas por Juan II en la epístola a los senadores de Constantinopla (mart., 534) {10}; por Paulo IV en la constitución Cum quorumdam, contra los socianos (7 a g. 1555) {11}; por Benedicto XIV en la profesión de fe prescrita a los orientales (maronitas), en la constitución Nuper ad nos (16 de marzo 1743) {12}, y finalmente, por Pío XI en la encíclica Lux Veritatis (25 diciembre 1931), donde habla de este modo: “De este capítulo de la doctrina católica que hemos considerado, se sigue necesariamente aquel dogma de la maternidad divina que predicamos de la Santísima Virgen María; no que, como advierte San Cirilo, la naturaleza del Verbo y su divinidad haya tomado el principio de su nacimiento de la Santa Virgen, sino que tomara de ella aquel sagrado cuerpo, perfecto por el alma inteligente, al cual unido según la persona el Verbo de Dios, se dice nacido según la carne. Pero si el Hijo de la Santísima Virgen María es Dios, ella ciertamente debe ser llamada con todo derecho Madre de Dios por haberle engendrado; si una es la persona de Jesucristo y ésta divina, sin duda alguna María debe ser llamada por todos, no sólo Madre de Cristo hombre, sino también Madre de Dios. Por tanto, la que por su prima Isabel es saludada la Madre de mi Señor, la que se dice por San Ignacio Mártir que dio a luz a Dios, y de la cual confiesa Tertuliano que Dios había nacido, venerémosla todos como Madre de Dios, a la cual el Eterno confirió la plenitud de la gracia y adornó de tanta dignidad” {13}.

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2° Sagrada Escritura.- a) En San Lucas (1,43), Isabel, inspirada por el Espíritu Santo, saluda a la Santísima Virgen de este modo: ¿De dónde a mí que la Madre de mi Señor venga a mí? Esta palabra, Señor, Kyrios, significa Dios y equivale a Dios {14}.

En el mismo San Lucas (1,31 ss.), el ángel anuncia a María el misterio de la Encarnación con estas palabras: He aquí concebirás en tu seno y parirás un hijo y llamarás su nombre Jesús. Este será grande y será llamado Hijo del Altísimo… Lo santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios. Según la manera de hablar de la Escritura y por el mismo contexto aparece que en la palabra será llamado se significa lo que en realidad es el que había de nacer, y del cual había de ser Madre la Santísima Virgen; y que, por tanto, éste es Hijo del Altísimo, Hijo de Dios, es decir, Dios.

En la Epístola a los Romanos (1,3) se dice: Acerca de su Hijo, que le fue hecho del linaje de David, según la carne; y en la carta a los Gálatas (4,4): Mas al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley. Luego uno y el mismo es el que fue engendrado por el Padre desde toda la eternidad y el que en el tiempo fue también engendrado de la Virgen Madre. Y como aquel es el Verbo de Dios, resulta que la santísima Virgen es Madre de Dios.

b) En otros lugares de la Sagrada Escritura se declara expresamente que María es Madre de Cristo o Madre de Jesús (Mt. 2,11; Lc. 2,37 y 48; Jn. 2,1; Act. 1,14). Si, pues, Jesucristo es verdadero Dios, María es Madre de Dios en sentido propio y verdadero.

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Santos Padres y escritores eclesiásticos.- En la doctrina de la tradición sobre la maternidad divina de la Virgen deben distinguirse tres periodos:

a) En los testimonios de los Padres y escritores eclesiásticos de los tres primeros siglos no aparece el nombre de Madre de Dios: Theotocos. Sin embargo, el contenido de este nombre, es decir, la verdad de la maternidad divina se expresa con palabras equivalentes.

Los Padres de esta época, afirmando y defendiendo contra los gnósticos que el Verbo de Dios tomó verdadera carne de María, dan a entender que María concibió según la carne al Dios hombre.

San Ignacio Mártir afirma: “Nuestro Cristo, Cristo Jesús, fue llevado por María en el seno, conforme a la dispensación de Dios, de la estirpe ciertamente de David, pero por el Espíritu Santo” {15}.

Arístides: “Los cristianos traen origen de Jesucristo, Señor nuestro. Créese que éste es Hijo de Dios Altísimo, que en el Espíritu Santo descendió del cielo para salvar a los hombres que en El creen y engendrado de la Santa Virgen, sin corrupción” {16}.

San Justino Mártir: “El cual (Cristo) siendo el Verbo primogénito de Dios es también Dios. Y en verdad que primeramente fue visto por los Magos y demás profetas en apariencia de fuego y en imagen incorpórea; pero ahora en los tiempos de vuestro imperio hecho de la Virgen hombre, según la voluntad del Padre, como ya dijimos, quiso ser despreciado y padeció por la salvación de aquellos que en El creen” {17}.

San Hipólito: “El Verbo descendió del cielo a la Santa Virgen María para que, encarnado en ella y hecho hombre en todo, menos en el pecado, salvara a Adán, que había perecido” {18}.

San Ireneo: “Resumiendo en sí a Adán, El mismo (Señor) es el Verbo existiendo de María” {19}. “El Hijo de Dios nació de la Virgen” {20}.

Y tertuliano. “Concibió, por tanto, y dio a luz la Virgen a Emmanuel, Dios con nosotros” {21}. Y en otro lugar: “Así como, no nacido de la Virgen, pudo sin madre tener a Dios por Padre, del mismo modo, naciendo de la Virgen, pudo tener a una mujer por madre sin padre hombre” {22}.

b) En los Padres y escritores del siglo IV, el título Theotocos, Madre de Dios, Engendrada de Dios y otros sinónimos se atribuyen frecuentemente a la Santísima Virgen.

Aunque es probable que Orígenes {23} usara este nombre antes que otro alguno, ciertamente lo encontramos ya en San Alejandro de Alejandría cuando dice. “Después de esto hemos conocido la resurrección de los muertos, el primero de los cuales fue Nuestro Señor Jesucristo, quien tuvo carne verdadera, no aparente, tomada de María, Madre de Dios, εχ θεοτοχου Μαρια” {24}.

Detalle de la nomenclatura griega

Eusebio de Cesárea llama con más frecuencia a María θεοτοχου; así, hablando de Santa Elena, dice: “En la ciudad de Belén, la reina amantísima de Dios erigió hermosos monumentos al parto de la Madre de Dios τηζ θεοτοχου” {25}.

Detalle de la nomenclatura griega

San Atanasio: “Por nosotros, tomada carne de la Virgen María, Madre de Dios, hízose hombre” {26}.

San Efrén: “Virgen María, Madre de dios, Reina de todas las cosa, esperanza de los desesperados” {27}. “Acúdeme ahora y siempre, ¡oh Virgen, Madre de Dios, Madre benigna, clemente y misericordiosa!” {28}.

San Gregorio Nacianceno: “Si alguno no cree que Santa María es Madre de Dios, está fuera de Dios” {29}.

San Ambrosio: “¿Qué cosa más noble que la Madre de Dios? ¿Qué cosa más espléndida que aquella a quien eligió el mismo Esplendor divino?” {30}.

c) En el siglo V, cuando Nestorio atrevióse a negar abiertamente la maternidad divina de la Virgen, San Cirilo defendió valerosamente el dogma católico, apelando a la antigua tradición con estas palabras: “Como la palabra Madre de Dios fue también familiar a los Santos Padres que existieron antes que nosotros y que tan admirables fueron por su rectitud en la fe, pienso que para la posteridad y para todo el orbe será de gran ventaja demostrarlo como verdadero” {31}.

El Concilio de Efeso reprobó solemnemente la sentencia impía de Nestorio y definió con aplauso del pueblo que la Santísima Virgen María es real y verdaderamente Madre de Dios o Theotocos.

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Sentir común de los fieles.- Mucho antes del Concilio Efesino, llamaron y tuvieron los fieles a la Santísima Virgen como verdadera Madre de Dios, Theotocos. Así consta: a) Por el testimonio de los escritores eclesiásticos y aun de los mismos herejes.

Juan de Antioquía, favorecedor de Nestorio, se esforzó cuanto pudo en persuadirle que debía cesar en sus reclamaciones y ataques contra el título Theotocos, que ningún doctor eclesiástico repudiaba y que muchos explícitamente usaban. “Ninguno -dice- de los doctores eclesiásticos le ha repudiado. Y muchos de gran celebridad le han usado; y los que no lo usaron, tampoco condenaron ni reprendieron a los que le usan” {32}.

Alejandro de Hierápolis, enemigo acérrimo de San Cirilo y partidario tan ferviente de Nestorio que fue llamado otro Nestorio, confiesa que el nombre Theotocos, entendido por él en un sentido limitado, ya hacía mucho tiempo que era usado por los fieles. “Y ciertamente -dice- en festividades, en elogios y doctrinas es imprudentemente llamada por los ortodoxos Madre de Dios o Engendradora de Dios, sin adición alguna, o llaman deicidas a los judíos o dicen que el Verbo se encarnó y otras cosas semejantes, que, en realidad, no son dignas de acusación alguna, por cuanto no las afirman dogmáticamente” {33}.

También Teodoreto lo atestigua diciendo: “Los más antiguos predicadores de la fe católica enseñaron como de tradición apostólica que la Madre del Señor debe ser celebrada y honrada como Madre de Dios” {34}.

El emperador Constantino, en su oración a todos los santos, según refiere Eusebio de Cesárea, llama a María doncella Madre de Dios {35}.

Finalmente, Juliano el Apóstata, como atestigua San Cirilo, echaba en rostro a los cristianos que siempre ponían en sus labios el nombre de Madre de Dios. “Vosotros -decía- no cesáis de llamar Madre de Dios a María” {36}.

Contando, pues, el título de Theotocos con tan insigne antigüedad, no es de extrañar que el pueblo de Constantinopla se produjera tan inmensa conmoción cuando Anastasio, presbítero de Nestorio, impugnó en un sermón el título de Madre de Dios; y tampoco el que la muchedumbre reunida en Efeso, “cuando conoció el juicio o sentencia pronunciada por los Padres del Concilio, los aclamara con alegría indescriptible, y con hachas encendidas los acompañara hasta sus casas” {37}.

b) Los templos edificados antes del Concilio de Efeso en honor de la Virgen Madre de dios, Theotocos, y llamados con este título, son también prueba de esta verdad.

α) Por lo que se refiere a la iglesia Oriental, dícese que en Egipto el obispo Theonas (282-300) construyó en Alejandría una iglesia, ampliada y consagrada a la Madre de Dios por su sucesor Alejandro III (373-380).

También Eutiquio, patriarca de Alejandría, atestigua que es esta misma ciudad fue erigida a la Madre de dios una iglesia por Teófilo Alejandrino (384-412).

En Palestina, la iglesia de la Natividad, llamada por San Jerónimo iglesia de la Gruta del Salvador, y que llega a los tiempos de Constantino, no sólo tenía carácter de iglesia del Señor, sino también santuario en honor de la milagrosa concepción de Cristo de la Virgen María, Madre de Dios.

Y, por último, en el Asia Menor, el Concilio de Efeso, que definió solemnemente la maternidad divina de la Santísima Virgen, se celebró (año 431) en la iglesia de Santa María, que estaba consagrada a la Virgen bajo el título de Madre de Dios, ya que carece de todo fundamento la duda de algunos críticos sobre si la iglesia efesina recibió aquel título después de clausurado el Concilio.

β) En la Iglesia Occidental goza de gran estima la tradición que atribuye a San Pedro, Príncipe de los Apóstoles, la edificación de un templo o capilla para el culto de la Bienaventurada María, Madre de Dios {38}.

Además, en el año 1900, bajo las ruinas de Santa María Libertadora en el Foro Romano, se descubrió la vetustísima iglesia de Santa María de la Antigua, con esta inscripción: “a la Santa Madre de Dios y siempre Virgen María”. Iglesia que Grisar opina fue edificada a principios del siglo IV {39}.

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Razón teológica.- a) La Santísima virgen es verdadera y propiamente Madre de Cristo. Luego es Madre de Dios, ya que Cristo es Dios propia y verdaderamente.

b) Se dice que una mujer es madre de alguno cuando ha sido por ella concebido y engendrado. Si, pues, la Santísima Virgen concibió y engendró a Dios, es ciertamente su Madre.

En efecto:

α) Cristo, por razón de la unión hipostática, es una hipóstasis o persona divina subsistente en la naturaleza divina y humana.

Si, pues, a esta hipóstasis o persona pueden atribuírsele con verdad todas las cosas que según ambas naturalezas le convienen, es claro que a la persona divina y, por tanto, a Dios puede atribuirse todo lo que a Cristo le conviene según la naturaleza humana. Ahora bien, a Cristo le conviene, según la naturaleza humana, ser concebido y ser nacido de la Bienaventurada Virgen María. Y así dice Santo Tomás: “Ser concebido y nacer se atribuye a la persona o hipóstasis, según aquella naturaleza en la cual es concebida y nacida; y como en el mismo principio de la concepción de la naturaleza humana fue asumida por la persona divina, puede decirse verdaderamente que Dios fue concebido y nacido de la Virgen” {40}.

β) La persona o hipóstasis es el sujeto a quien compete la generación y natividad; que nunca se dice que la naturaleza humana es engendrada o nacida, sino el hombre, ni jamás se dice que la mujer es madre de alguna naturaleza, sino de tal o cual persona o hipóstasis; la razón de esto es porque la generación y natividad dice orden al ser; así como se engendra algo para que exista, así lo que nace es también para existir; el ser es propiamente de la cosa subsistente; no de la naturaleza, que es la forma por la cual algo subsiste. Ahora bien, ninguna persona o hipóstasis es engendrada y nacida de María Virgen sino el Verbo de Dios en la naturaleza humana {41}.

c) La Bienaventurada Virgen fue verdaderamente madre del término resultante de la concepción. El término resultante de la concepción de María Virgen es la persona del Hijo de Dios subsistente en la naturaleza humana y, por tanto, Dios. Así lo prueba Vega: “el término resultante de la concepción de la Bienaventurada Virgen María es una sustancia subsistente, no la sola naturaleza humana en abstracto; luego es necesario afirmar, que fue persona; pero no humana, porque Cristo no subsiste por subsistencia creada, luego fue divina subsistente en ambas naturalezas” {42}.

d) En tanto podría negarse que la Bienaventurada Virgen María fue Madre de Dios, en cuanto que o el Vero divino no hubiera asumido la humanidad en unidad de persona o hipóstasis, o que la hubiese asumido después de su nacimiento, o después de la concepción, pero antes de la natividad.

Lo primero es la herejía nestoriana; lo segundo suprime la divina maternidad, pues la maternidad no hubiese tenido este caso como término una hipóstasis divina subsistente en la naturaleza humana, sino una persona humana; verificada después de la unión hipostática, sería otra persona distinta de la persona nacida de María, pues después del nacimiento sería persona divina, y antes, únicamente persona humana; lo tercero, porque pugna también con la verdadera razón de la maternidad divina, que no solamente consiste en que la Virgen diera a luz a Dios, sino que también le concibiera {43}.

e) A la función de la madre, aun la generación natural, no pertenece constituir la hipóstasis del hijo, ni producir físicamente el mismo principio de vida intelectual o alma espiritual, sino solamente suministrar la sustancia de su cuerpo al hijo de ella engendrado. Esto lo prestó la Bienaventurada Virgen respecto al Hijo de Dios en ella encarnado, como cualquiera madre lo presta respecto a su hijo natural. A este propósito dice Santo Tomás que para ser verdadera madre no es preciso que el hijo tome de ella todos los elementos constitutivos de su ser. “El hombre consta de alma y cuerpo, y más es hombre por su alma que pos su cuerpo. El alma del hombre n ose toma de la madre, sino que es creada por Dios inmediatamente. Así como a una mujer se le llama madre de un hombre porque de ella toma el cuerpo, así también a la Bienaventurada Virgen debe llamársela Madre de Dios se de ella fue asumido el cuerpo de Dios. Conviene decir que es cuerpo de Dios si es asumido en la unidad de persona del Hijo de Dios, que es verdadero Dios. Confesando, pues, que la naturaleza humana fue asumida por el Hijo de Dios en unidad de persona, es necesario decir que la Bienaventurada Virgen es Madre de Dios” {44}.

Hay que hacer notar aquí cuidadosamente: 1.° Estas dos fórmulas, María es Madre de Cristo y María es Madre de Dios, coinciden pues aunque: a) según el modo de hablar de los nestorianos, que afirmaban que había en Cristo dos personas, una de hombre y otra de Dios, María debía ser llamada Madre de Cristo, pero no Madre de Dios, y de ahí que fuera reprendida por los Santos Padres la fórmula Christipara, considerada como la contraseña de los nestorianos; y así dice San Juan Damasceno: “De ninguna manera llamamos Christipara a la Santísima Virgen” {45}; b) sin embargo, en el sentido católico ambas fórmulas se equivalen y son una misma cosa; pues no hay en Cristo dos hipóstasis o personas, Dios Verbo y el Hombre Jesús, sino que la hipóstasis de Cristo es la mismísima del Verbo divino, que desde toda la eternidad fue engendrada por Dios Padre según la naturaleza divina, y en el tiempo engendrada por la Virgen según la naturaleza humana. Dice Santo Tomás: “La Bienaventurada Virgen María se ha de llamar Madre de Dios, no porque sea madre de la Divinidad, sino porque es madre según la humanidad de una persona que tiene divinidad y humanidad” {46}.

c) Ni tampoco se ha de decir que la Bienaventurada Virgen es madre de la Deidad; esta enunciación, aunque en sentido idéntico o material es verdadera, puesto que Dios y la Deidad son lo mismo secundum rem, es, sin embargo, falsa en sentido formal, porque la maternidad y la filiación solamente se refieren al supuesto; y éste debe expresarse con nombre concreto y no abstracto.

2.° El término griego Theotocos no es completamente equivalente a la palabra latina Deipara; porque τιχτω (parir, producir) comprende tanto la concepción como el alumbramiento; y la palabra perere (parir) no significa sino el dar a luz. Si María hubiera dado a luz a Dios Verbo, pero hubiera concebido una naturaleza humana connaturalmente subsistente, que antes del parto hubiese sido asumida por el Verbo, entonces en rigor etimológico podría decirse Deipara, pero no Theotocos.

Detalle de la nomenclatura griega

Sin embargo, por el común uso y sentido, dar a luz supone concebir el supuesto o persona que se da a luz, y en este respecto a otras palabras que constantemente se usan por la Iglesia, tales como Dei Genitrix (Engendradora de Dios) y Mater Dei (Madre de Dios) {47}.

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Corolario.- De lo dicho aparece cuán central y profundamente dogmática es la denominación de Theotocos, porque esta sola palabra contiene la profesión plena de la fe católica en los principales dogmas que se refieren a la Encarnación de Dios Verbo.

El nombre Theotocos encierra, en efecto: a) La profesión de la naturaleza humana de Cristo, porque la Bienaventurada Virgen con su acción generativa no pudo comunicar a su Hijo sino la naturaleza humana. b) La profesión de la naturaleza divina de Cristo, pues si Cristo no fuera Dios, María no podría llamarse Madre de Dios. c) La profesión de la unión hipostática y unidad personal de Cristo, Dios Hombre, pues de otro modo el uno y mismo Cristo no podría ser Hijo del Padre eterno e Hijo de mujer. d) Y la profesión de las dos distintas naturalezas de Cristo en unidad de persona, porque si Cristo, juntamente con su naturaleza divina, no tuviera verdadera naturaleza humana, no traería origen de María por verdadera generación.

Detalle de la nomenclatura griega

De donde deduce Franzelin: “Así como en la doctrina de la Trinidad la profesión του ομοουσιου fue tenida por los Padres como contraseña de la fe ortodoxa, porque ella no menos expresa la distinción de personas, contra los monarquianos, que la unidad de naturaleza, contra la herejía arriana, así la predicación de la palabra τηζ θεοτοχου es considerada en la Iglesia católica como símbolo y compendio de toda profesión respecto a la Encarnación de Dios Verbo” {48}.

Detalle de la nomenclatura griega

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Notas:

{1} De Institut. Virg., c. 7.

{2} De fide orth., III, 12.

{3} De Maria Deip. Virg., 1. III, c. 4.

{4} CANISIO, De Maria Virgine, sect. 2, c. 18; DILLENSCHNEIDER: La Mariologie de S. Alphonse de Liguori, p. I, c. I.

{5} HODGE, Syst. Theol., p. I, c. 19; PAQUET, o. c., d. 6, a. 3.

{6} Enc. Pii PP. XI Lux veritatis, 25 dec, 1931.

{7} DB, n. 113.

{8} DB, n. 256.

{9} DB, n. 290.

{10} DB, n. 201.

{11} DB, n. 993.

{12} DB, n. 1462.

{13} Acta Apost. Sedis, vol. XXIII, n. 14.

{14} De aequivalentia nominum Adonai et Kyrios cum tetragammato, IHVH; CERFAUX, Adonai et Kyrios, RSPhTh, agost. 1931.

{15} Ephes., 18, 2

{16} Apolog., 15, 2.

{17} Apolog., I, 63.

{18} Contra Noetum.

{19} Adv, Haer., III, 21.

{20} Ibíd., III, 16

{21} De car. Ch., c. 17.

{22} Ibíd., c. 18.

{23} Cf. NEUBERT, Marie dans l’Eglise Anteniceenne, c. 3, nn. 132-133.

{24} Ep. Ad Alexandrum Constantinopolitanum, 12.

{25} Vita Constantini, l. III, c. 43.

{26} Contr. Arian., or. 4.

{27} Serm. De Ss. Dei Genit. V. Mariae laudibus.

{28} Or. As ss. Dei Genitr.

{29} Ep. 101.

{30} De virg., l. II, 7.

{31} Liber ad Reginas, De recta in D. N. Jesus Christum fide.

{32} Ep. ad Nestorium.

{33} D’ALÉS, Le Symbole d’Union de l’anne 433 et la premiére école nestorienne, RechSR, juin 1931.

{34} De Haer., i. IV, c. 12.

{35} Oratio as sanctorum coetum, c. 11.

{36} Contra Jul., l. VIII.

{37} Enc. Pii XI Lux Veritatis.

{38} JANNOTA, Theotocologia Catholica, c. 4, th. I, §73.

{39} CLÉMENT, Le sens chrétien et la modernité divine de Marie, ETL, oct. 1928.

{40} 3, q. 35, a. 4.

{41} S. Tom., in 3, q. 35, a. 1.

{42} O. c., pal. 24, cert. 8, n. 1565.

{43} S. TOM., 3, q. 35, a. 4.

{44} Comp. Theolog., c. 222.

{45} De fide orth., III, 12.

{46} 3, q. 35, a. 4 ad 2.

{47} MULLER, o. c., th. 1, n. 42.

{48} De Verb. Inc., th. 39; TERRIEN, o. c., l. 1, c. 3.

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