Posteado por: B&T | Domingo, octubre 31, 2010

Los Fieles Difuntos

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(Ver y Creer).- No es lo mismo el día de los muertos que la festividad de los fieles difuntos. No es lo mismo, porque desde la mirada del incrédulo, los muertos están muertos, no hay nada que celebrar, y mucho que lamentar, porque la muerte los arrancó del mundo de los vivos. La perspectiva del creyente, en cambio, ve que la muerte no es otra cosa sino “el paso de esta vida al Padre”, como Jesús mismo la definió, y que los difuntos no están muertos sino vivos, en la vida de la que ya no morirán, en la vida eterna, en la vida de Dios.


El difunto es todo aquel que ha dejado de funcionar porque han cesado sus funciones en la Tierra. Es un difunto, pero no es un muerto, porque ha iniciado a vivir con nuevas funciones, ahora en la eternidad. Hay una pequeña diferencia entre ambos términos pero una diferencia grande que radica en vivir o en morir, en estar vivo o en estar muerto.

Quienes rezamos diario, principalmente al inicio y al final del día, solemos pronunciar la oración que Jesús nos enseñó y en ella afirmamos: “Hágase tu voluntad así en la Tierra como en el cielo”. Pues bien, la voluntad de Dios es que muramos para el mundo, en la Tierra, para que vivamos en la Gloria del Cielo. ¿Alguien tiene una mejor idea o un plan más brillante?

Con la muerte termina toda posibilidad de santificación porque en eso consiste, precisamente, la vida, en la búsqueda del Reino de los cielos. Por esto es que Santa Teresa de Jesús afirma que “el hombre mortificado, por la negación de sí mismo, va muriendo progresivamente al propio yo, preparándose así ante el misterio de la muerte, cual despojo total de la propia vida. El cristiano no ha de temer la muerte. Gracias a ella alcanza a su Dios, al Amor tanto tiempo anhelado. La Fe y el amor de Dios no sólo ayudan a vivir alegres y felices la vida, sino que hacen llevadero el trance de la muerte. Cruzando el umbral de la muerte, alcanza la vida.” Por esto es que también escribe: “Todo se pasa tan presto, que más habíamos de traer el pensamiento en cómo morir que no en cómo vivir”.

El evangelio apócrifo “Historia de José el carpintero” relata la vida, y sobre todo, la muerte de San José, el esposo de la Madre del Señor, el Custodio del Redentor. Este texto se presenta bajo la forma de un relato contado por Jesús a sus apóstoles y contiene uno de los textos más bellos sobre la muerte, cuando el mismo Jesús le dice a San José, mientras muere, lo siguiente:

“La fetidez de la muerte no tendrá ningún poder sobre ti, ni ningún olor cadavérico ni ningún gusano saldrá de ti. Ni uno solo de tus huesos se quebrantará. Ni un solo cabello de tu cabeza caerá. Ninguna parte de tu cuerpo perecerá, ¡oh mi padre José!, sino que permanecerá intacta hasta los mil años. A todo hombre que cuide de hacerte sus ofrendas el día de tu aniversario, yo le bendeciré y le retribuiré en la congregación de los primogénitos.

Y al que haya dado alimento a los indigentes, a los pobres, a las viudas y a los huérfanos y les haya distribuido del fruto de su trabajo el día que se celebre tu memoria, te lo entregaré, para que tú lo introduzcas en el banquete de los mil años. Y a todo el que haya tenido cuidado de hacer sus ofrendas el día de tu conmemoración, yo le daré el treinta, el sesenta y el ciento por uno. Y el que escriba tu historia, tus obras y tu partida de este mundo y las palabras salidas de mi boca, lo confiaré a tu custodia por todo el tiempo que permanezca en esta vida. Y cuando su alma abandone su cuerpo y tenga que dejar este mundo, yo quemaré el libro de sus pecados, y no lo atormentaré con ningún suplicio el día del juicio; y haré que atraviese sin dolor ni quebrantos el mar de fuego; todo lo contrario de lo que le ocurrirá a todo hombre duro y codicioso que no cumpla lo que está prescrito. Y aquel al que le nazca un hijo, y le ponga el nombre de José, yo haré que en su casa no entre el hambre ni la peste”.

Si Jesús no impidió que San José muriera, no va impedir que nosotros muramos, pero ciertamente, como a José, nos llevará ante la presencia, de infinita ternura y amor, del Padre celestial.
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>>BITÁCORA<<

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