Posteado por: Alejandro Villarreal | Jueves, abril 22, 2010

‘La Inquisición’ por el Dr. D. Jaime Luciano Antonio Balmes y Urpiá

Título: La Inquisición
Autor: Dr. D. Jaime Luciano Antonio Balmes y Urpiá
11,560 palabras.

Contenido

i. La Inquisición.

HÁLLOME naturalmente conducido a decir cuatro palabras sobre la intolerancia de algunos príncipes católicos, sobre la Inquisición, y particularmente la de España; a examinar brevemente qué es lo que puede echarse en cara el Catolicismo por la conducta que ha seguido en los últimos siglos. Los calabozos y las hogueras de la Inquisición, y la intolerancia de algunos príncipes católicos, ha sido uno de los argumentos de que más se han servido los enemigos de la Iglesia para desacreditarla, y hacerla objeto de animadversión y de odio. Y menester es confesar que en esta especie de ataque, tenían de su parte muchas ventajas que les daban gran probabilidad de triunfo. En efecto, y como ya llevo indicado más arriba, para el común de los lectores que no cuidan de examinar a fondo las cosas, que se dejan llevar candorosamente adonde quiere el sagaz autor, que abrigan un corazón sensible y, dispuesto a interesarse por el infortunio, ¿qué medio más a propósito para excitar la indignación, que presentar a su vista negros calabozos, caballetes, san benitos y hogueras?

En medio de nuestra tolerancia, de nuestra suavidad de, costumbres, de la benignidad de los códigos criminales, ¿qué efecto no debe producir el resucitar de golpe otros siglos con su rigor, con su dureza, y todo exagerado, todo agrupado, presentando en un solo cuadro las desagradables escenas que anduvieron ocurriendo en diferentes lugares, y en el espacio de largo tiempo?

Entonces teniendo el arte de recordar que, todo esto se hada en nombre de un Dios de paz y de amor, se ofrece más vivo el contraste, la imaginación se exalta, el corazón se indigna; y resulta que el clero, los magistrados, los reyes, los papas de aquellos tiempos, son considerados como una tropa de verdugos que se complacen en atormentar y desolar a la humanidad. Los escritores que así han procedido no se han acreditado por cierto de muy concienzudos; porque es regla que no deben perder nunca de vista ni el orador ni el escritor, que no es legítimo el movimiento que; excitan en el ánimo, si antes no le convencen o no le suponen convencido; y además es una especie de mala fe el tratar únicamente con: argumentos de sentimiento, materias que por su misma naturaleza; sólo pueden examinarse cual conviene, mirándolas a la luz de la fría, razón. En tales casos no debe empezarse moviendo sino convenciendo: lo contrario es engañar al lector.

No es mi ánimo hacer aquí la historia de la Inquisición, ni del sistema que en diferentes países se irá seguido en punto de intolerancia en materias religiosas; esto me fuera imposible atendidos los estrechos límites a que me hallo circunscrito; y sería, además, inconducente I para el objeto de esta obra. De la Inquisición en general, de la del, España en particular, y de la legislación mas o menos intolerante que; ha regido en varios países, ¿puede resultar un cargo contra el Catolicismo? Bajo este respecto, ¿puede sufrir un parangón con el Protestantismo? Éstas son las cuestiones que yo debo examinar.

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ii. Instituciones y legislaciones de intolerancia.

Tres cosas se presentan desde luego a la consideración del observador: la legislación e instituciones de intolerancia; el uso que de ella se ha hecho; y, finalmente, los actos de intolerancia que se han cometido fuera del orden de dichas leyes e instituciones. Por lo que a este último corresponde, diré, en primer lugar, que nada tiene que ver con el objeto que nos ocupa. La matanza de San Bartolomé, y las demás atrocidades que se hayan cometido en nombre de la religión, en nada deben embarazar a los apologistas de la misma; porque la religión no puede hacerse responsable de todo lo que se hace en su nombre, si no se quiere proceder con la más evidente injusticia.

El hombre tiene un sentimiento tan fuerte y tan vivo de la excelencia de la virtud, que aun los mayores crímenes procura disfrazarlos con su manto; ¿y sería razonable el desterrar por esto la virtud de la tierra?

Hay en la historia de la humanidad épocas terribles en que se apodera de las cabezas un vértigo funesto; el furor encendido por la discordia ciega los entendimientos desnaturaliza los corazones; llamase bien al mal y mal al bien; los más horrendos atentados se cometen invocando nombres augustos. En encontrándose en semejantes épocas, el historiador y el filósofo tienen señalada bien claramente; la conducta que han de seguir: veracidad rigurosa en la narración de los hechos, pero guardarse de juzgar por ellos, ni las ideas ni las instituciones dominantes. Están entonces las sociedades como un hombre en un acceso de delirio; y mal se juzgaría, ni de las ideas, ni de la índole, ni de la conducta del delirante por lo que dice y hace mientras se halla en ese lamentable estado.

En tiempos tan calamitosos ¿qué bando puede gloriarse de no haber cometido grandes crímenes? Ateniéndonos a la misma época que acabamos de nombrar, ¿no vemos los caudillos de ambos partidos, asesinados de una manera alevosa? El almirante Coligny muere a manos de los asesinos que comienzan el degüello de los hugonotes, pero el duque de Guisa había sido también asesinado por Poltrot delante de Orleáns; Enrique III muere asesinado por Jacobo Element, pero éste es el mismo Enrique que había hecho asesinar traidoramente al otro duque de Guisa en los corredores de palacio, y al cardenal hermano del duque en la torre de 1Ioulins; y que además había tenido parte también en el degüello de San Bartolomé. Entre los católicos se cometieron atrocidades, pero ¿no las cometieron también sus adversarios? Tiéndase pues, un velo sobre esas catástrofes, sobre esos aflictivos monumentos de la miseria y perversidad del corazón del hombre.

El tribunal de la Inquisición considerado en sí, no es más que la aplicación a un caso particular de la doctrina de intolerancia, que con más o menos extensión, es la doctrina de todos los poderes existentes. Así es que sólo nos resta examinar el carácter de esa aplicación, y ver si con justicia se le pueden hacer los cargos que le han hecho sus enemigos. En primer lugar es necesario advertir que los encomiadores de todo lo antiguo falsean lastimosamente la historia si pretenden que esa intolerancia sólo se vio en los tiempos en que, según ellos, la Iglesia había degenerado de su pureza. Yo lo que veo es que, desde los siglos en que empezó la Iglesia a tener influencia pública, comienza la herejía a figurar en los códigos como delito; y hasta ahora no he podido encontrar una época de completa tolerancia.

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iii. Causas del rigor desplegado en los primeros siglos de la Inquisición.

Hay, también que hacer otra observación importante que indica una de las causas del rigor desplegado en los siglos posteriores. Cabalmente la Inquisición tuvo que empezar sus procedimientos contra herejes maniqueos; es decir, contra los sectarios que en todos tiempos habían sido tratados con más dureza.

En el siglo XI, cuando no se aplicaba todavía a los herejes la pena de fuego, eran exceptuados de la regla general los maniqueos; y, hasta en tiempo de los emperadores gentiles eran tratados esos sectarios con mucho rigor; pues que Diocleciano y Maximiano publicaron en el año 296 un edicto que condenaba a diferentes penas a los maniqueos que no abjurasen sus dogmas, y a los jefes de la secta a la pena de fuego. Esos sectarios han sido mirados siempre como grandes criminales; su castigo se ha considerado necesario, no sólo por lo que toca a la religión, sino también por lo relativo a las costumbres, y al buen orden de la sociedad. Ésta fue una de las causas del rigor que se introdujo en esta materia; y añadiéndose el carácter turbulento que presentaron las sectas que bajo varios nombres aparecieron en los siglos XI , XII y XIII, se atinará en otro de los motivos que produjeron escenas que a nosotros nos parecen inconcebibles.

Estudiando la historia de aquellos siglos, y fijando la atención sobre las turbulencias y desastres que asolaron el mediodía de Francia, se ve con toda claridad que no sólo se disputaba sobre este o aquel punto de dogma, sino que todo el orden social existente se hallaba en peligro.

Los sectarios de aquellos tiempos eran los precursores de los del siglo XVI; mediando empero la diferencia de que estos últimos eran en general menos democráticos, menos aficionados a dirigirse a las masas, si se exceptúan los frenéticos anabaptistas. En la dureza de costumbres de aquellos tiempos, cuando a causa de largos siglos de trastornos y violencias, la fuerza había llegado a obtener una preponderancia excesiva, ¿qué podía esperarse de los poderes que se veían amenazados de un peligro semejante? Claro es que las leyes y su aplicación habían de resentirse del espíritu de la época.

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iv. Tres épocas de la Inquisición de España: contra los judíos y moros, contra los protestantes y contra los incrédulos.

En cuanto a la Inquisición de España, la cual no fue más que una extensión de la misma que se había establecido en otras partes, es necesario dividir su duración en tres grandes épocas, aun dejando aparte el tiempo de su existencia en el reino de Aragón, anteriormente a su importancia en Castilla.

La primera comprende el tiempo en que se dirigió principalmente contra los judaizantes y los moros, desde su instalación en tiempos de los Reyes Católicos hasta muy entrado el reinado de Carlos V;

la segunda abraza desde que comenzó a dirigir todos sus esfuerzos para impedir la introducción del Protestantismo en España, hasta que cesó este peligro, la que contiene desde mediados del reinado de Carlos V, hasta el advenimiento de los Borbones; y finalmente la última encierra la temporada en que se, ciñó a reprimir vicios nefandos, y a cerrar el paso a la filosofía de Voltaire, hasta su desaparición en el primer tercio del presente siglo. Claro es que siendo en dichas épocas una misma la institución, pero que se andaba modificando según las circunstancias, no pueden deslindarse a punto fijo, ni el principio de la una ni el fin de la otra. Pero no deja por esto de ser verdad que tres épocas existen en la historia de la Inquisición, y que presentan caracteres muy diferentes.

Nadie ignora las circunstancias particulares en que fue establecida la Inquisición en tiempo de los Reyes Católicos; pero bueno será hacer notar que quien solicitó del Papa la bula para el establecimiento de la Inquisición, fue la reina Isabel, es decir, uno de los monarcas que rayan más alto en nuestra historia, y que todavía conserva, después de tres siglos, el respeto y la veneración de todos los españoles.

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v. Judíos, causas del odio con que eran mirados.

Tan lejos anduvo la reina de ponerse con esta medida en contradicción con la voluntad del pueblo, que antes bien no haya más que realizar uno de sus deseos. La Inquisición se establecía principalmente contra los judíos; la bula del Papa había sido expedida en 1478; y antes que la Inquisición publicase su primer edicto en Sevilla en 1481, las Cortes de Toledo en 1480, cargaban reciamente la mano en el negocio, disponiendo que para impedir el daño que el comercio de judíos con cristianos podía acarrear a la fe católica, estuviesen obligados los no bautizados a llevar un signo distintivo, a vivir en barrios separados, que tenían el nombre de juderías, y a retirarse antes de la noche.

Se renovaban los antiguos reglamentos contra los judíos, y se les prohibía ejercer las profesiones de médico, cirujano, mercader, barbero y tabernero. Por ahí se ve que a la sazón, la intolerancia era popular; y que si queda justificada a los ojos de los monárquicos por haber sido conforme a la voluntad de los reyes, no debiera quedarlo menos delante de los amigos de la soberanía del pueblo.

Sin duda que el corazón se contrista al leer el destemplado rigor con que a la sazón se perseguía a los judíos; pero menester es confesar que debieron de mediar algunas causas gravísimas para provocarlo. Se ha señalado como la principal, el peligro de la monarquía española, aun no bien afianzado, si dejaba que obrasen con libertad los judíos, a la sazón muy poderosos por sus riquezas y por sus enlaces con las familias judías influyentes. La alianza de éstos con los moros y contra los cristianos era muy de temer, pues que estaba fundada en la respectiva posición de los tres pueblos; y así es que se consideró necesario quebrantar un poder que podía comprometer de nuevo la independencia de los cristianos.

También es necesario advertir que al establecerse la Inquisición, no estaba finalizada todavía la guerra de ocho siglos contra los moros. La Inquisición se proyecta antes de 1478, y no se plantea hasta 1480; y la conquista de Granada no se verifica hasta 1492. En el momento pues de establecerse la Inquisición, estaba la obstinada lucha en su tiempo crítico, decisivo; faltaba saber todavía si los cristianos habían de quedar dueños de toda la Península, o si los moros conservarían la posesión de una de las provincias más hermosas y más feraces; si continuarían establecidos allí, en una situación excelente para sus comunicaciones con África y sirviendo de núcleo y de punto de apoyo para todas las tentativas que en adelante pudiese ensayar contra nuestra independencia el poder de la media Luna. Poder que a la sazón estaba todavía tan pujante como lo dieron a entender en los tiempos siguientes sus atrevidas empresas sobre el resto de Europa.

En crisis semejantes, después de siglos de combates, en los momentos que han de decidir de la victoria para siempre, ¿cuándo se ha visto que los contendientes se porten con moderación y dulzura?

No puede negarse que en el sistema represivo que se siguió contra los judíos y los moros pudo influir mucho el propio instinto de la conservación; y que quizás los Reyes Católicos tendrían presente este motivo cuando se decidieron pedir para sus dominios el establecimiento de la Inquisición. El peligro no era imaginario, sino muy positivo; y para formarse idea del estado a que hubieran podido llegar las cosas, si no se hubiesen adoptado algunas precauciones, basta recordar lo mucho que dieron que entender en los tiempos sucesivos las insurrecciones de los restos de los moros.

Sin embargo, conviene no atribuirlo todo a la política de los reyes, y guardarse del prurito de realzar la previsión y los planes de los hombres, más de lo que corresponde. Por mi parte, me inclino a creer que Fernando e Isabel siguieron naturalmente el impulso de la generalidad de la nación, la cual miraba con odio a los judíos que permanecían en su secta, y con suspicaz desconfianza a los que habían abrazado la religión cristiana. Esto traía su origen de dos causas: la exaltación de los sentimientos religiosos, general a la sazón en toda Europa y muy particularmente en España, y la conducta de los mismos judíos que habían atraído sobre sí la indignación pública.

Databa de muy antiguo en España la necesidad de enfrenar la codicia de los judíos para que no resultase en opresión de los cristianos: las antiguas asambleas de Toledo tuvieron ya que poner en esto la mano repetidas veces. En los siglos siguientes llegó el mal a su colmo; gran parte de las riquezas de la Península habían pasado a manos de los judíos; y casi todos los cristianos habían llegado a ser sus deudores.

De aquí resultó el odio del pueblo contra ellos; de aquí los tumultos frecuentes en muchas poblaciones de la Península, tumultos que fueron más de una vez funestos a los judíos, pues que se derramó su sangre en abundancia. Difícil era, en efecto, que un pueblo acostumbrado por espacio de largos siglos a librar su fortuna en la suerte de las armas, se resignase tranquilo y pacífico a la suerte que le iban deparando las artes y las exacciones de una raza extranjera, que llevaba además en su propio nombre el recuerdo de una maldición terrible.

En los tiempos siguientes se convirtió a la religión cristiana un inmenso número de judíos; pero ni por esto se disipó la desconfianza, ni se extinguió el odio del pueblo. Y a la verdad es muy probable que muchas de esas conversiones no fueran demasiado sinceras, dado que eran en parte motivadas por la triste situación en que se encontraban permaneciendo en el judaísmo. Cuando la razón no nos llevara a conjeturarlo así, bastante fuera para indicárnoslo el crecido número de judaizantes que se encontraron luego que se investigó con cuidado cuáles eran los reos de ese delito.

Como quiera, lo cierto es que se introdujo la distinción de cristianos nuevos y cristianos viejos, siendo esta última denominación un título de honor, es, la primera una tacha de ignominia; y que los judíos convertidos eran llamados por desprecio marranos.

Con más o menos fundamento se los acusaba también de crímenes horrendos. Decíase que en sus tenebrosos conciliábulos perpetraban atrocidades que debe uno creer difícilmente, siquiera para honor de la humanidad; como, por ejemplo, que en desprecio de la religión y en venganza de los cristianos, crucificaban niños de éstos, escogiendo para el sacrificio los días señalados de las festividades cristianas. Sabida es la historia que se contaba del caballero de la familia de Guzmán, que enamorado de una doncella judía, estuvo una noche oculto en la familia de ésta, y vio con sus ojos cómo los judíos cometían el crimen de crucificar un niño cristiano, en el mismo tiempo en que los cristianos celebraban la institución del sacramento de la Eucaristía.

A más de los infanticidios se les imputaban sacrilegios, envenenamientos, conspiraciones y otros crímenes; y que estos rumores andaban muy acreditados lo prueban las leyes que les prohibían las profesiones de médico, cirujano, barbero y tabernero, donde se trasluce la desconfianza que se tenía de su moralidad.

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vi. Rigores de la Inquisición, sus causas.

No es menester detenerse en examinar el mayor o menor fundamento que tenían semejantes acusaciones; ya sabemos a cuánto llega la credulidad pública, sobre todo cuando está dominada por un sentimiento exaltado que le hace ver todas las cosas de un mismo color; bástanos que estos rumores circulasen, que fuesen acreditados, para concebir a cuán alto punto se elevaría la indignación contra los judíos, y por consiguiente cuán natural era que el poder, siguiendo el impulso del espíritu público, se inclinase a tratarlos con mucho rigor.

Que los judíos procurarían concertarse para hacer frente a los cristianos, ya se deja entender por la misma situación en que se encontraban, y lo que hicieron cuando la muerte de San Pedro de Arbués, indica lo que practicarían en otras ocasiones. Los fondos necesarios para la perpetración del asesinato, pago de los asesinos y demás gastos que consigo llevaban la trama, se reunieron por medio de una contribución voluntaria impuesta sobre todos los aragoneses de la raza judía. Esto indica una organización muy avanzada, y que en efecto podía ser fatal si no se la hubiese vigilado.

A propósito de la muerte de San Pedro de Arbués, haré una observación sobre lo que se ha dicho para probar la impopularidad del establecimiento de la Inquisición en España, fundándose en este trágico acontecimiento. ¿Qué señal más evidente de esta verdad, se nos dirá, que la muerte dada al inquisidor? ¿No es un claro indicio de que la indignación del pueblo había llegado a su colino, y de que no quería en ninguna manera la Inquisición, cuando para deshacerse de ella se arrojaba a tamaños excesos? No negaré, que si por pueblo entendemos los judíos y sus descendientes, llevaban muy a mal el establecimiento de la Inquisición; pero no era así con respecto a lo restante del pueblo. Cabalmente, el mismo asesinato de que hablamos dio lugar a un suceso que prueba todo lo contrario de lo que pretenden los adversarios. Difundida por la ciudad la muerte del inquisidor, se levantó el pueblo con tumulto espantoso para vengar el asesinato.

Los sublevados se habían esparcido por la ciudad, distribuidos en grupos andaban persiguiendo a los cristianos nuevos; de suerte que hubiera ocurrido una catástrofe sangrienta, si el joven arzobispo de Zaragoza, Alfonso de Aragón, no se hubiese resuelto a montar a caballo, y presentarse al pueblo para calmarle, con la promesa de que caería sobre los culpables del asesinato todo el rigor de la ley. Esto no indica que la Inquisición fuese tan impopular como se ha querido suponer, ni que los enemigos de ella tuviesen la mayoría numérica; mucho más si se considera, que ese tumulto popular no pudo prevenirse, a pesar de las precauciones que para el efecto debieron de emplear los conjurados, a la sazón muy poderosos por sus riquezas e influencia.

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vii. Conducta de los papas en este negocio.

Durante la temporada del mayor rigor desplegado contra los judaizantes, observase un hecho digno de llamar la atención. Los encausados por la Inquisición o que temen serlo, procuran de todas maneras sustraerse a la acción de este tribunal, huyen de España, y se van a Roma. Quizás no pensarían que así sucediese los que se imaginan que Roma ha sido siempre el foco de la intolerancia y el incentivo de la persecución: y, sin embargo, nada hay, más cierto. Son innumerables las causas formadas en la Inquisición, que de España se avocaron a Roma en el primer siglo de la existencia de este tribunal; siendo de notar, además, que Roma se inclinaba siempre al partido de la indulgencia.

No sé que pueda citarse un solo reo de aquella época que habiendo acudido a Roma, no mejorase su situación. En la historia de la Inquisición de aquel tiempo ocupan una buena parte las contestaciones de los reyes con los papas, donde se descubre siempre por parte de éstos, el deseo de limitar la Inquisición a los términos de la justicia y de la humanidad. No siempre se siguió cual convenía la línea de conducta prescrita por los Sumos Pontífices. Así vemos que éstos se vieron obligados a recibir un sinnúmero de apelaciones, y a endulzar la suerte que hubiera cabido a los reos si su causa se hubiese fallado definitivamente en España.

Vemos también que solicitado el Papa por los Reyes Católicos, que deseaban que las causas se fallasen definitivamente en España, se nombra un juez de apelación, siendo el primero D. Iñigo Manrique, arzobispo de Sevilla. Tales eran sin embargo aquellos tiempos, y tan urgente la necesidad de impedir que la exaltación de ánimo no llevase a cometer injusticias, o no se arrojase a medidas de una severidad destemplada, que el mismo Papa, y al cabo de muy poco tiempo, dada en otra bula expedida en 2 de agosto de 1483, que había continuado recibiendo las apelaciones de muchos españoles de Sevilla que no habían osado presentarse al juez de apelación por temor de ser presos.

Añadía el Papa que unos habían recibido ya la absolución de la Penitenciaría apostólica, y otros se disponían a recibirla; continuaba quejándose de que en Sevilla no se hiciese el debido caso de las gracias recientemente concedidas a varios reos, y por fin, después de varias prevenciones, hada notar a los reyes Fernando e Isabel que la misericordia para con los culpables era más agradable a Dios que el rigor de que se quería usar, como lo prueba el ejemplo del buen Pastor corriendo tras la oveja descarriada; y concluía exhortando a los reyes a que tratasen benignamente a aquellos que hiciesen confesiones voluntarias, permitiéndoles residir en Sevilla o donde quisiesen, dejándoles el goce de todos sus bienes como si jamás hubiesen cometido el crimen de herejía.

Y no se crea que en las apelaciones admitidas en Roma, y en que se suavizaba la suerte de los encausados, se descubriesen siempre vicios en la formación de la causa en primera instancia, e injusticias en la aplicación de la pena; los reos no siempre acudían a Roma para pedir reparación de una injusticia, sino porque estaban seguros de que allí encontrarían indulgencia. Buena prueba tenemos de esto en el número considerable de los refugiados españoles, a quienes se les probó que habían recaído en el judaísmo. Nada menos que 258 resultaron de una sola vez convictos de reincidencia; pero no se hizo una sola ejecución capital; se les impusieron algunas penitencias, y cuando fueron absueltos pudieron volverse a sus casas sin ninguna nota de ignominia. Este hecho ocurrió en Roma en el año 1498.

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viii. Lenidad -benevolencia- de la Inquisición de Roma.

Es cosa verdaderamente singular lo que se ha visto en la Inquisición de Roma, de que no haya llegado jamás a la ejecución de una pena capital, a pesar de que durante este tiempo han ocupado la Silla Apostólica papas muy rígidos, y muy severos en todo lo tocante a la administración civil. En todos los puntos de Europa se encuentran levantados cadalsos por asuntos de religión, en todas partes se presencian escenas que angustian el alma; y Roma es una excepción de esa regla general: Roma, que se nos ha querido pintar como un monstruo de intolerancia y de crueldad. Verdad es que los papas no han predicado como los propietarios y los filósofos la tolerancia universal, pero los hechos están diciendo lo que va de unos a otros; los papas, con un tribunal de intolerancia, no derramaron una gota de sangre, y los protestantes y los filósofos la hicieron verter a torrentes. ¿Qué les importa a las víctimas el oír que sus verdugos proclaman la tolerancia? Esto es acibarrar la pena con el sarcasmo.

La conducta de Roma en el uso que ha hecho del tribunal de la Inquisición, es la mejor apología del Catolicismo contra los que se empeñan en tildarle de bárbaro y sanguinario. Y a la verdad, ¿qué tiene que ver el Catolicismo con la severidad destemplada que pudo desplegarse en este o aquel lugar, a impulsos de la situación extraordinaria das razas rivales, los peligros que amenazaban a una de ellas, o del interés que pudieron tener los reyes en consolidar la tranquilidad de sus estados y poner fuera de riesgo sus conquistas?

No entraré en el examen detallado de la Inquisición de España con respecto a los judaizantes; y estoy muy lejos de pensar que su rigor contra ellos sea preferible a la benignidad empleada y recomendada por los papas; lo que deseo consignar aquí es que aquel rigor fue un resultado de circunstancias extraordinarias, del espíritu de los pueblos, de la dureza de costumbres todavía muy general en Europa en aquella época, Y que nada puede echarse en cara al Catolicismo por los excesos que pudieron cometerse.

Aun hay más: atendido el espíritu que domina en todas las providencias de los papas relativas a la Inquisición, y la inclinación manifiesta a ponerse siempre del lado que podía templar el rigor, y a borrar las marcas de ignominia de los reos y de sus familias, puede conjeturarse que si no hubiesen temido los papas indisponerse demasiado con los reyes, y provocar escisiones que hubieran podido ser funestas, habrían llevado mucho más allá sus medidas. Para convencerse de esto recuérdense las negociaciones sobre el ruidoso asunto de las reclamaciones de las Cortes de Aragón, y véase a qué lado se inclinaba la corte de Roma.

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ix. Principios intolerantes de Lutero con respecto a los judíos.

Dado que estamos hablando de la intolerancia contra judaizantes, bueno será recordar la disposición de ánimo de Lutero con respecto a los judíos. Bien parece que el pretendido reformador, el fundador de la independencia del pensamiento, el fogoso declamador contra la opresión y tiranía de los papas, debía de estar animado de los sentimientos más benignos hacia los judíos; y así deben de pensarlo sin duda los encomiadores del corifeo del Protestantismo.

Desgraciadamente para ellos, la historia no lo atestigua así; y según todas las apariencias, si el fraile apóstata se hubiese encontrado en la posición d, Torquemada, no hubieran salido mejor parados los judaizantes. H, aquí cuál era el sistema aconsejado por Lutero, según refiere su mismo apologista Seckendorff. “Hubiera debido arrasar sus sinagogas, destruir sus casas, quitarles los libros de oraciones, el Talmud, y hasta lo libros del viejo “Testamento, prohibir a los rabinos que enseñasen, obligarlos a ganarse la vida por medio de trabajos penosos”. Al menos la Inquisición de España procedía no contra los judíos sino contra los judaizantes; es decir, contra aquellos que habiéndose convertido al Cristianismo reincidían en sus errores, y unían a su apostasía el sacrilegio, profesando exteriormente una creencia que detestaban en secreto, y que profanaban además con el ejercicio de su religión antigua Pero Lutero extendía su rigor a los mismos judíos; de suerte que según sus doctrinas nada ¡)odia echarse en cara a los reyes de España cuando los expulsaron de sus dominios.

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x. ¡Moros y moriscos!

Los moros y moriscos ocuparon también mucho por aquellos tiempos la Inquisición de Espina; a ellos puede aplicarse con pocas modificaciones cuanto se ha dicho sobre los judíos. También era una raza aborrecida, fina raza con la que se había combatido por espacio de ocho siglos, que permaneciendo en su religión excitaba el odio, abjurándola, no inspiraba confianza. También se interesaron por ello los papas de un modo muy particular, siendo notable a este propósito una bula expedida en 1530, donde se habla en su favor un lenguaje evangélico, diciéndose en ella que la ignorancia de aquellos desgraciados era una de las principales causas de sus faltas y errores, y que para hacer sus conversiones sinceras y sólidas, debía primeramente procurarse ilustrar su entendimiento con la luz de la sana doctrina.

Se dirá que el Papa otorgó a Carlos y la bula en que le relajaba del juramento prestado en las Cortes de Zaragoza de 1519, de no alterar nada en punto a los moros, y que así pudo el Emperador llevar a cabo la medida de expulsión; pero conviene también advertir que el Papa se resistió largo tiempo a esta concesión, y que si condescendió con la voluntad del monarca fue porque éste juzgaba que la expulsión era indispensable para asegurar la tranquilidad de sus reinos.

Si esto era así en la realidad o no, el Emperador era quien debía saberlo, no el Papa, colocado a mucha distancia y sin conocimiento detallado de la verdadera situación de las cosas. Por lo demás, no era sólo el monarca español quien opinaba así: cuéntase que estando prisionero en Madrid Francisco I, rey de Francia, dijo un día a Carlos y que la tranquilidad no se solidaría nunca en España hasta que se expeliesen los moros y moriscos.

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xi. Nueva Inquisición atribuida a Felipe II.

SE HA DICHO que Felipe II fundó en España una nueva Inquisición, más terrible que la del tiempo de los Reyes Católicos, y aun se ha dispensado a la de éstos cierta indulgencia que no se ha’ concedido a la de aquél. Por de pronto resalta aquí una inexactitud histórica muy grande, porque Felipe II no fundó una nueva Inquisición; sostuvo la que le habían legado los Reyes Católicos, y recomendado muy, particularmente en testamento su padre y predecesor Carlos V.

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xii. El P. Lacordaire.

La comisión de las Cortes de Cádiz en el proyecto de abolición de dicho tribunal, al paso que excusa la conducta de los Reyes Católicos, vitupera severamente la de Felipe II, y procura que recaigan sobre este príncipe toda la odiosidad y toda la culpa. Un ilustre escritor francés que ha tratado poco ha esta cuestión importante, se ha dejado llevar de las mismas ideas, con aquel candor que es no pocas veces el patrimonio del genio. “Hubo en la Inquisición de Espada, dice el ilustre Lacordaire, dos momentos solemnes que es preciso no confundir: uno al fin del siglo xv bajo Fernando e Isabel, antes que los moros fuesen echados de Granada, su último asilo; otro, a mediados del siglo xvi, bajo Felipe II, cuando el Protestantismo amenazaba introducirse en España.

La comisión de las Cortes distinguió perfectamente estas dos épocas, marcando de ignominia la Inquisición de Felipe II, y expresándose con mucha moderación con respecto a la de Isabel y de Fernando”. Cita en seguida un texto donde se afirma que Felipe II fue el verdadero fundador de la Inquisición, y que si ésta se elevó en seguida a tan alto poder, todo fue debido a la refinada política de aquel príncipe, añadiendo un poco más abajo el citado escritor que Felipe II fue el inventor de los autos de fe para aterrorizar la herejía, y que el primero se celebró en Sevilla en 1559. (Memoria para el restablecimiento en Francia del orden de los Frailes Predicadores por el abate Lacordaire. Cap. 6.)

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xiii. Parcialidad contra Felipe II.

Dejemos aparte la inexactitud histórica sobre la invención de los autos de fe, pues es bien sabido que ni los sambenitos ni las hogueras fueron invención de Felipe II. Estas inexactitudes se le escapan fácilmente a todo escritor, mayormente cuando no recuerda un hecho sino por incidencia; y así es que ni siquiera debemos detenernos en eso; pero enciérrase en dichas palabras una acusación a un monarca, a quien ya de muy antiguo no se le hace la justicia que merece. Felipe II continuó la obra empezada por sus antecesores; y si a éstos no se los culpa, tampoco se le debe culpar a él. Fernando e Isabel emplearon la Inquisición contra los judíos apóstatas; ¿por qué no pudo emplearla Felipe II contra los protestantes? Se dirá empero que abusó de su derecho y que llevó su rigor hasta el exceso; finas a buen seguro que no se anduvo muy abundante de indulgencia en tiempo de Fernando e Isabel. ¿Se han olvidado acaso las numerosas ejecuciones de Sevilla y otros puntos? ¿Se ha olvidado lo que dice en su historia el padre Mariana? ¿Se han olvidado las medidas que tornaron los papas para poner coto a este rigor excesivo?

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xiv. Una observación sobre la obra titulada La Inquisición sin máscara.

Las palabras citadas contra Felipe son sacadas de la obra La Inquisición sin máscara, que se publicó en España en 1811; pero se calculará fácilmente el peso de autoridad semejante, en sabiéndose que su autor se ha distinguido hasta su muerte por un odio profundo contra los reyes de España. La portada de la obra llevaba el nombre de Natanael Jonntob, pero el verdadero autor es un español bien conocido, que en los escritos publicados al fin de su vida no parece sino que se propuso vindicar con su desmedida exageración y sus furibundas invectivas, todo lo que anteriormente había atacado: tan insoportable es su lenguaje contra todo cuanto se le ofrece al paso. Religión, reyes, patria, clases, individuos, aun los de su mismo partido y opiniones, todo lo insulta, todo lo desgarra, como atacado de un acceso de rabia.

No es extraño, pues, que mirase a Felipe II como han acostumbrado a mirarle los protestantes y los filósofos; es decir, como un príncipe arrojado sobre la tierra para oprobio y tormento de la humanidad, como un monstruo de maquiavelismo que escarda las tinieblas para cebarse a mansalva en la crueldad y tiranía.

No seré yo quien me encargue de justificar en todas sus partes la política de Felipe II, ni negaré que haya alguna exageración en los elogios que le han tributado algunos escritores españoles; pero tampoco puede ponerse en duda que los protestantes, y los enemigos políticos de este monarca, han tenido un constante empeño en desacreditarle. Y ¿sabéis por qué los protestantes le han profesado a Felipe II tan mala voluntad? Porque él fue quien impidió que no penetrara en Espacia el Protestantismo, él fue quien sostuvo la causa de la Iglesia católica en aquel agitado siglo.

Dejemos aparte los acontecimientos trascendentales al resto de Europa, de los cuales cada uno juzgará como mejor le agradare; pero ciñéndonos a España puede asegurarse que la introducción del Protestantismo era inminente, inevitable, sin el sistema seguido por aquel monarca. Si en este o aquel caso hizo servir la Inquisición a su política, éste es otro punto que no nos. toca examinar aquí; pero reconózcase al menos que la Inquisición no era un mero instrumento de miras ambiciosas, sino una institución sostenida en vista de un peligro inminente.

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xv. Rápida ojeada sobre aquella época.

De los procesos formados por la Inquisición en aquella época, resulta con toda evidencia que el Protestantismo andaba cundiendo en España de una manera increíble. Eclesiásticos distinguidos, religiosos, monjas, seglares de categoría; en una palabra, individuos de las clases más influyentes, se hallaron contagiados de los nuevos errores: bien se echa de ver que no eran infructuosos los esfuerzos de los protestantes para introducir en España sus doctrinas, cuando procuraban de todos modos llevarnos los libros que las contenían, hasta valiéndose de la singular estratagema de encerrarlos en botas de vino de Champaña y Borgoña, con tal arte, que los aduaneros no podían alcanzar a descubrir el fraude, como escribía a la sazón el embajador de España en París.

Una atenta observación del estado de los espíritus en España en aquella época, haría conjeturar el peligro, aun cuando hechos incontestables no hubieran venido a manifestarle. Los protestantes tuvieron gran cuidado de declamar contra los abusos, presentándose como reformadores, y trabajando por atraer a su partido a cuantos estaban animados de un vivo deseo de reforma.

Este deseo existía, en la Iglesia, de mucho antes; y si bien es verdad que en unos el espíritu de reforma era inspirado por malas intenciones, o en otros términos, disfrazaban con este nombre su verdadero proyecto, que era de destrucción, también es cierto que en muchos católicos sinceros había un deseo tan vivo de ella, que llegaba a celo imprudente y rallaba en ardor destemplado. Es probable que este mismo celo llevado hasta la exaltación se convertiría en algunos en acrimonia; y que así prestarían más fácilmente oídos a las insidiosas sugestiones de los enemigos de la Iglesia.

Quizás no fueron pocos los que empezaron por un celo indiscreto, cayeron en la exageración, pasaron en seguida a la animosidad, y al fin se precipitaron en la herejía.

No faltaba en España esta disposición de espíritu, que desenvuelta con el curso de los acontecimientos hubiera dado frutos amargos, por poco que el Protestantismo hubiese podido tomar pie. Sabido es que en el concilio de Trento se distinguieron los españoles por su celo reformador y por la firmeza en expresar sus opiniones: y es necesario advertir que una vez introducida en un país la discordia religiosa, los ánimos se exaltan con las disputas, se irritan con el choque continuo, y a veces hombres respetables llegan a precipitarse en excesos, de que poco antes ellos mismos se habrían horrorizado. Difícil es decir a punto fijo lo que hubiera sucedido por poco que en este punto se hubiese aflojado; lo cierto es que cuando uno lee ciertos pasajes de Luís Vives, de Arias Montano, de Carranza, de la consulta de Melchor Cano, parece que está sintiendo en aquellos espíritus cierta inquietud y agitación, como aquellos sordos mugidos que anuncian en lontananza el comienzo de la tempestad.

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xvi. Causa de Carranza; observaciones sobre la misma y sobre las cualidades personales del ilustre reo.

La famosa causa del arzobispo de Toledo, fray Bartolomé de Carranza, es uno de los hechos que se han citado más a menudo en prueba de la arbitrariedad con que procedía la Inquisición de España. Ciertamente es mucho el interés que excita el ver sumido de repente en estrecha prisión, y continuando en ella largos años, uno de los hombres más sabios de Europa, arzobispo de Toledo, honrado con la íntima confianza de Felipe II y de la reina de Inglaterra, ligado en amistad con los Hombres más distinguidos de la época, y conocido en toda la cristiandad por el brillante papel que había representado en el concilio de Trento. Diez y siete años duró la causa, y a pesar de haber sido avocada a Rozna, donde no faltarían al arzobispo protectores poderosos, todavía no pudo recabarse que en el fallo se declarase su inocencia.

Prescindiendo de lo que podía arrojar de sí una causa tan extensa y complicada, y de los mayores o menores motivos que pudieron dar las palabras y los escritos’ de Carranza para hacer sospechar de su fe, yo tengo por cierto que en su conciencia, delante de Dios, era del todo inocente. Hay de esto una prueba que lo deja fuera de toda duda: hela aquí. Habiendo caído enfermo al cabo de poco de fallada su causa, se conoció luego que su enfermedad era mortal y se le administraron los santos sacramentos. En el acto de recibir el sagrado Viático, en presencia de un numeroso concurso, declaró del modo más solemne que jamás se había apartado de la fe de la Iglesia católica, que de nada le remordía la conciencia de todo cuanto se le había acusado, y confirmó su dicho poniendo por testigo a aquel mismo Dios que tenía en su presencia, a quien iba a recibir bajo las sagradas especies, y a cuyo tremendo tribunal debía en breve comparecer.

Acto patético que hizo derramar lágrimas a todos los circunstantes, que disipó de un soplo las sospechas que contra él se habían podido concebir, y aumentó las simpatías excitadas ya durante la larga temporada de su angustioso infortunio. El Sumo Pontífice no dudó de la sinceridad de la declaración, como lo indica el que se puso sobre su tumba un magnífico epitafio, que por cierto no se hubiera permitido de quedar alguna sospecha de la verdad de sus palabras. Y de seguro que fuera temeridad no dar fe a tan explícita declaración, salida de la boca de un hombre como Carranza, y moribundo, y en presencia del mismo Jesucristo.

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xvii. Origen de la parcialidad contra Felipe II.

Pagado este tributo al saber, a las virtudes y al infortunio de Carranza, resta ahora examinar, si por más pura’ que estuviese su conciencia, puede decirse con razón que su cansa no fue más que una traidora intriga tramada por la enemistad y la envidia. Ya se deja entender que no se trata aquí de examinar el inmenso proceso de aquella causa; pero así como suele pasarse ligeramente sobre ella, echando un borrón sobre Felipe TI y sobre los adversarios de Carranza, séame permitido también hacer algunas observaciones sobre la misma para llevar las cosas a su verdadero punto de vista. En primer lugar salta a los ojos que es bien singular la duración tan extremada de una causa destituida de todo fundamento, o al menos que no hubiese tenido en su favor algunas apariencias. Además, si la causa hubiese continuado siempre en España, no fuera tan de extrañar su prolongación; pero no fue así, sino que estuvo pendiente muchos años también en Roma. ¿Tan ciegos eran los jueces o tan malos, que o no viesen la calumnia, o no la desechasen, si esta calumnia era tan clara, tan evidente, como se ha querido suponer?

Se puede responder a esto que las intrigas de Felipe II, empeñado en perder al arzobispo, impedían que se aclarase la verdad, como lo prueba la morosidad que hubo en remitir a Roma al ilustre preso, a pesar de las reclamaciones del Papa, hasta verse, según dicen, obligado Pío y a amenazar con la excomunión a Felipe II, si no se enviaba a Roma a Carranza. No negaré que Felipe II haya tenido empeño en agravar la situación del arzobispo, y deseos de que la causa diera un resultado poco favorable al ilustre reo; sin embargo, para saber si la conducta del rey era criminal o no, falta averiguar si el motivo que le impelía a obrar así, era de resentimiento personal, o si en realidad era la convicción, o la sospecha, de que el arzobispo fuese luterano.

Antes de su desgracia era Carranza muy favorecido y honrado de Felipe; dióle de ello abundantes pruebas con las comisiones que le confió en Inglaterra, y finalmente nombrándole para la primera dignidad eclesiástica de España; y así es que no podemos presumir que tanta benevolencia se cambiase de repente en un odio personal, a no ser que la historia nos suministre algún dato donde fundar esta conjetura. Este dato es el que yo no encuentro en la historia, ni sé que hasta ahora se haya encontrado. Siendo esto así, resulta que si en efecto se declaró Felipe II tan contrario del arzobispo, fue porque creía o al menos sospechaba fuertemente, que Carranza era hereje. En tal caso pudo ser Felipe II imprudente, temerario, todo lo que se quiera; pero nunca se podrá decir que persiguiese por espíritu de venganza, ni por miras personales.

También se ha culpado a otros hombres de aquella época, entre los cuales figura el insigne Melchor Cano. Según parece, el mismo Carranza desconfió de él; y aun llegó a estar muy quejoso por haber sabido que Cano se había atrevido a decir que el arzobispo era tan hereje como Lutero.

Pero Salazar de Mendoza, refiriendo el hecho en la Vida de Carranza, asegura que sabedor Cano de esto, lo desmintió abiertamente, afirmando que jamás había salido de su boca expresión semejante. Y a la verdad, el ánimo se inclina fácilmente a dar crédito a la negativa; hombres de un espíritu tan privilegiado como Melchor Cano, llevan en su propia dignidad un preservativo demasiado poderoso contra toda bajeza, para que sea permitido sospechar que descendiera al infame papel de calumniador.

Yo no creo que las causas del infortunio de Carranza sea menester buscarlas en rencores ni envidias particulares; sino que se las encuentra en las circunstancias críticas de la época, y en el mismo natural de este hombre ilustre. Los gravísimos síntomas que se observaban en España de que el luteranismo estaba haciendo prosélitos, los esfuerzos de los protestantes para introducir en ella sus libros y emisarios, y la experiencia de lo que estaba sucediendo en otros países, y en particular en el fronterizo reino de Francia, tenía tan alarmados los ánimos y los traía tan asustadizos y suspicaces, que el menor indicio de error, sobre todo en personas constituidas en dignidad, o señaladas por su sabiduría, causaba inquietud y sobresalto.

Conocido es el ruidoso negocio de Arias Alontano sobre la Políglota de Amberes, como también los padecimientos del insigne fray Luís de León y de otros nombres ilustres de aquellos tiempos. Para llevar las cosas al extremo, mezclábase en esto la situación política de España con respecto al extranjero; pues que teniendo la monarquía española tantos enemigos y rivales, teníase con fundamento que éstos se valdrían de la herejía para introducir en nuestra patria la discordia religiosa, y por consiguiente la guerra civil.

Esto hada naturalmente que Felipe II se mostrase desconfiado y suspicaz, y que combinándose en su espíritu el odio a la herejía y el deseo de la propia conservación, se manifestase severo e inexorable con todo lo que pudiese alterar en sus dominios la pureza de la fe católica.

Por otra parte, menester es confesar que el natural de Carranza no era el más a propósito para vivir en tiempos tan críticos sin dar algún grave tropiezo.

Al leer sus Comentarios sobre el Catecismo, conócese que era hombre de entendimiento muy despejado, de erudición vasta, de ciencia profunda, de un carácter severo, y de un corazón generoso y franco. Lo que piensa lo dice con pocos rodeos, sin pararse mucho en el desagrado que en estas o aquellas personas podían excitar sus palabras. Donde cree descubrir un abuso lo señala con el dedo y le condena abiertamente, de suerte que no son pocos los puntos de semejanza que tiene con su supuesto antagonista Melchor Cano. En el proceso se le hicieron cargos, no sólo por lo que resultaba de sus escritos, sino también por algunos sermones y conversaciones. No sé hasta qué punto pudiera haberse excedido; pero desde luego no tengo reparo en afirmar, que quien escribía con el tono que él lo hace, debía expresarse de palabra con mucha fuerza, y quizás con demasiada osadía.

Además, es necesario también añadir en obsequio de la verdad, que en sus Comentarios sobre el Catecismo, tratando de la justificación, no se explica con aquella claridad y limpieza que era de desear, y que reclamaban las calamitosas circunstancias de aquella época. Los versados en estas materias saben cuán delicados son ciertos puntos, que cabalmente eran entonces el objeto de los errores de Alemania; y fácilmente se concibe cuánto debían de llamar la atención las palabras de un hombre como Carranza, por poca ambigüedad que ofreciesen. L o cierto es que en Roma no salió absuelto de los cargos, que se le obligó a abjurar una serie de proposiciones, de las cuales se le consideró sospechoso, y que se le impusieron por ello algunas penitencias. Carranza en el lecho de la muerte protestó de su inocencia, pero tuvo el cuidado de declarar, que no por esto tenía por injusta la sentencia del Papa. Esto explica el enigma; pues no siempre la inocencia del corazón anda acompañada de la prudencia en los labios.

Me he detenido un poco en esta causa célebre porque se brinda a consideraciones que hacen sentir el espíritu de aquella época; consideraciones que sirven además para restablecer en su puesto la verdad, y para que no se explique todo por la miserable clave de la perversidad de los hombres.

Desgraciadamente hay una tendencia a explicarlo todo así; y por cierto que no es escaso el fundamento que muchas veces dan los hombres para ello; pero mientras no haya un evidente necesidad de hacerlo, deberíamos abstenernos de acrimina El cuadro de la historia de la humanidad es de suyo demasiado sombrío para que podamos tener gusto en oscurecerle, echándole nueva manchas; y es menester pensar que a veces acusamos de crimen 1 que no fue más que ignorancia. El hombre está inclinado al mal pero no está menos sujeto al error; y el error no siempre es culpable

Yo creo que pueden darse las gracias a los protestantes del rigor y de la suspicacia que desplegó en aquellos tiempos la Inquisición de España. Los protestantes promovieron una revolución religiosa; y es una ley constante que toda revolución, o destruye el poder atacado o le hace más severo y duro. Lo que antes se hubiera juzgado indiferente, se considera como sospechoso y lo que en otras circunstancias sólo se hubiera tenido por una falta, es mirado entonces como un crimen.

Se está con un temor continuo de que la libertad se convierta en licencia; y como las revoluciones destruyen invocando la reforma, quien se atreva a hablar de ella corre peligro de ser culpado de perturbador. La misma prudencia en la conducta será tildada de precaución hipócrita; un lenguaje franco y sincero calificado de insolencia y de sugestión peligrosa; la reserva lo será de mañosa reticencia; y hasta el mismo silencio será tenido por significativo, por disimulo alarmante. En nuestros tiempos hemos presenciado tantas cosas, que estamos en excelente posición para comprender fácilmente todas las fases de la historia de la humanidad.

Es un hecho indudable la reacción que produjo en España el Protestantismo: sus errores y excesos hicieron que así el poder eclesiástico como el civil concediesen en todo lo tocante a religión mucha menor latitud de la que antes se permitía. La España se preservó de las doctrinas protestantes, cuando todas las probabilidades estabas indicando que al fin se nos llegarían a comunicar de un modo u otro y claro es que este resultado no pudo obtenerse sin esfuerzos extraordinarios. Era aquello una plaza sitiada, con un poderoso enemigo a la vista, donde los jefes andan vigilantes de continuo, en guardia contra los ataques de afuera y en vela contra las traiciones de adentro

En confirmación de estas observaciones aduciré un ejemplo, que servirá por muchos otros; quiero hablar de lo que sucedió con respecto a las Biblias en lengua vulgar, pues que esto nos dará una idea de lo que anduvo sucediendo en lo demás, por el mismo curso natural de las cosas. Cabalmente tengo a la mano un testimonio tan respetable como interesante: el mismo Carranza de quien acabo de hablar. Oigamos lo que dice en el prólogo que precede a sus Comentarios sobre el Catecismo Cristiano. “Antes que las herejías de Lutero saliesen del infierno a esta luz del inundo, no sé yo que estuviese vedada la Sagrada Escritura, en lenguas vulgares entre ningunas gentes.

En España, había Biblias trasladadas en vulgar por mandato de reyes católicos, en tiempo que se consentían vivir entre cristianos los moros y judíos en sus leyes. Después que los judíos fueron echados de España, hallaron los jueces de la religión que algunos de los que se convirtieron a nuestra santa fe, instruían a sus hijos en el judaísmo, enseñándoles las ceremonias de la ley de Moisés, por aquellas Biblias vulgares; las cuales ellos imprimieron después en Italia en la ciudad de Ferrara. Por esta causa tan justa se vedaron las Biblias vulgares en España; pero siempre se tuvo miramiento a los colegios y monasterios, y a las personas nobles que estaban fuera de sospecha, y se les daba licencia que las tuviesen y leyesen”.

Continúa Carranza haciendo en pocas palabras la historia de estas prohibiciones en Alemania, Francia y otras partes, y después prosigue: “En España, que estaba y está limpia de la cizaña, por merced y gracia de Nuestro Señor, proveyeron en vedar generalmente todas traslaciones vulgares de la Escritura, por quitar la ocasión a los extranjeros de tratar de sus diferencias con personas simples y sin letras. Y también porque tenían y tienen experiencia de casos particulares y errores que comenzaban a nacer en España, y hallaban que la raíz era haber leído algunas partes de la Escritura sin entenderlas. Esto que he dicho aquí es historia verdadera de lo que ha pasado. Y por este fundamento se ha prohibido la Biblia en lengua vulgar”.

Este curioso pasaje de Carranza nos explica en pocas palabras el curso que anduvieron siguiendo las cosas. Primero no existe ninguna prohibición, pero el abuso de los judíos la provoca; bien que dejándose, como se ve por el mismo texto, alguna latitud. Vienen en seguida los protestantes, perturban la Europa con sus Biblias, amenaza el peligro de introducirse los nuevos errores en España, se descubre que algunos extraviados lo han sido por mala inteligencia de algún pasaje de la Biblia, lo que obliga a quitar esta posibilidad a los extranjeros que intentasen seducir a las personas sencillas y así la prohibición se hace general y rigurosa.

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xviii. Reflexiones sobre la política de este monarca.

Volviendo a Felipe II, conviene no perder de vista que este monarca fue uno de los más firmes defensores de la Iglesia católica, que fue la personificación de la política de los siglos fieles en medio del vértigo que a impulsos del Protestantismo se había apoderado de la política europea.

A él se debió en gran parte que a través de tantos trastornos pudiese la Iglesia contar con la poderosa protección de los príncipes de la tierra.

La época de Felipe II fue crítica y decisiva en Europa; y si bien es verdad que no fue afortunado en Flandes, también lo es que su poder y su habilidad formaron un contrapeso a la política protestante, a la que no permitió señorearse de Europa como ella hubiera deseado. Aun cuando supiéramos que entonces no se hizo más que ganar tiempo, quebrantándose el primer ímpetu de la política protestante, no fue poco beneficio para la religión católica, por tantos lados combatida. ¿Qué hubiera sido de la Europa si en España se hubiese introducido el Protestantismo como en Francia, si los hugonotes hubiesen podido contar con el apoyo de la Península?

Y si el poder de Felipe II no hubiese infundido respeto, ¿qué no hubiera podido suceder en Italia? Los sectarios de Alemania ¿no hubieran alcanzado a introducir allí sus doctrinas? Posible fuera -y en esto abrigo la seguridad de obtener el asentimiento de todos los hombres que conocen la historia-, posible fuera que si Felipe II hubiese abandonado su tan acriminada política, la religión católica se hubiese encontrado al entrar en el siglo XVII, en la dura necesidad de vivir, no más que como tolerada, en la generalidad de los reinos de Europa. Y lo que vale esta tolerancia, cuando se trata de la Iglesia católica, nos lo dice siglos ha la Inglaterra, nos lo dice en la actualidad la Prusia, y finalmente la Rusia, de un modo todavía más doloroso.

Es menester mirar a Felipe II bajo este punto de vista; y fuerza es convenir que considerado así, es un gran personaje histórico, de los que han dejado un sello más profundo en la política de los siglos siguientes, y que más influjo han tenido en señalar una dirección al curso de los acontecimientos.

Aquellos españoles que anatematizan al fundador del Escorial, es menester que hayan olvidado nuestra historia, o que al menos la tengan en poco. Vosotros arrojáis sobre la frente de Felipe II la mancha de odioso tirano, sin reparar que disputándole su gloria, o trocándola en ignominia, destruís de una plumada toda la nuestra, y hasta arrojáis en el fango la diadema que orló las sienes de Fernando y de Isabel.

Si no podéis perdonar a Felipe II el que sostuviese la Inquisición, si por esta sola causa no podéis legar a la posteridad su nombre sino cargado de execraciones, haced lo mismo con el de su ilustre padre Carlos V, y, llegando a Isabel de Castilla escribid también en la lista de los tiranos, de los azotes de la humanidad, el nombre que acataron ambos mundos, el emblema de la gloria y pujanza de la monarquía española. Todos participaron en el hecho que tanto levanta vuestra indignación; no anatematicéis, pues, al uno, perdonando a los otros con una indulgencia hipócrita; indulgencia que no empleáis por otra causa, sino porque el sentimiento de nacionalidad que late en vuestros pechos os obliga a ser parciales, inconsecuentes, para no veros precisados a borrar de un golpe las glorias de España, a marchitar todos sus laureles, a renegar de vuestra patria.

Ya que desgraciadamente nada nos queda sino grandes recuerdos, no los despreciemos; que estos recuerdos en una nación son como en una familia caída los títulos de su antigua nobleza; elevan el espíritu, fortifican en la adversidad, y alimentando en el corazón la esperanza, sirven a preparar un nuevo porvenir.

El inmediato resultado de la introducción del Protestantismo en España, habría sido como en los demás países la guerra civil. Ésta nos fuera a nosotros más fatal por hallarnos en circunstancias mucho más críticas. La unidad de la monarquía española no hubiera podido resistir a las turbulencias y sacudimientos de una disensión intestina; porque sus partes eran tan heterogéneas, y estaban, por decirlo así, tan mal pegadas que el menor golpe hubiera deshecho la soldadura. Las leyes y las costumbres de los reinos de Navarra y de Aragón eran muy diferentes de las de Castilla; un vivo sentimiento de independencia, nutrido por las frecuentes reuniones de sus Cortes, se abrigaba en esos pueblos indómitos; y sin duda que hubieran aprovechado la primera ocasión de sacudir un yugo que no les era lisonjero.

Con esto, y las facciones que hubieran desgarrado las entrañas de todas las provincias, se habría fraccionado miserablemente la monarquía; cabalmente cuando debía hacer frente a tan multiplicadas atenciones, en Europa, en África y en América. Los moros estaban aún a nuestra vista, los judíos no se habían olvidado de España; y por cierto que unos y otros hubieran aprovechado la coyuntura, para mediar de nuevo a favor de nuestras discordias. Quizás estuvo pendiente de la política de Felipe II, no sólo la tranquilidad, sino también la existencia de la monarquía española. Ahora se le acusa de tirano; en el caso contrario se le hubiera acusado de incapaz e imbécil.

Una de las mayores injusticias de los enemigos de la religión al atacar a los que la han sostenido, es el suponerlos de mala fe; el acusarlos de llevar en todo segundas intenciones, miras tortuosas e interesadas. Cuando se habla por ejemplo del maquiavelismo de Felipe II, se supone que la Inquisición, aun cuando en la apariencia tenía un objeto puramente religioso, no era más en realidad que un dócil instrumento político puesto en las manos del astuto monarca. Nada más especioso para los que piensan que estudiar la historia es ofrecer esas observaciones picantes y maliciosas, pero nada más falso en presencia de los hechos.

Viendo en la Inquisición un tribunal extraordinario, no han podido concebir algunos cómo era posible su existencia sin suponer en el monarca que le sostenía y fomentaba, razones de estado muy profundas, las que alcanzaban mucho mas allá de lo que se descubre en la superficie de las cosas. No se ha querido ver que cada época tiene su espíritu, su modo particular de mirar los objetos, y su sistema de acción, sea para procurarse bienes, sea para evitarse males. En aquellos tiempos, en que por todos los reinos de Europa se apelaba al hierro y al fuego, en las cuestiones religiosas, en que así los protestantes como los católicos quemaban a sus adversarios, en que la Inglaterra, la Francia, la Alemania estaban presenciando las escenas más crueles, se encontraba tan natural, tan en el orden regular la quema de un hereje, que en nada chocaba con las ideas comunes. A nosotros se nos erizan los cabellos a la sola idea de quemar a un hombre vivo.

Hallándonos en una sociedad donde el sentimiento religioso se ha amortiguado en tal manera, y, acostumbrados a vivir entre hombres que tienen religión diferente de la nuestra, y a veces ninguna, no alcanzamos a concebir que pasaba entonces como un suceso muy ordinario el ser conducidos al patíbulo esta clase de hombres. Léanse empero los escritores de aquellos tiempos, se notará la inmensa diferencia que va de nuestras costumbres a las suyas; se observará que nuestro lenguaje templado y tolerante hubiera sitio para ellos incomprensible. ¿Qué más? El mismo Carranza, que tanto sufrió de la Inquisición, ¿piensan quizás algunos cómo opinaba sobre estas materias? En su citada obra, siempre que se ofrece la oportunidad de tocar este punto, emite las mismas ideas de su tiempo, sin detenerse siquiera en probarlas, dándolas como cosa fuera de duda. Cuando en Inglaterra se encontraba al lado de la reina María, sin ningún reparo ponía también en planta sus doctrinas sobre el rigor con que debían ser tratados los herejes; y a buen seguro que lo hacía sin sospechar en su intolerancia, que tanto había de servir su nombre para atacar esa misma intolerancia.

Los reyes y, los pueblos, los eclesiásticos y los seglares, todos estaban acordes en este punto. ¿Qué se diría ahora de un rey que con sus manos aproximase la leña para quemar a un hereje, que impusiese la pena de horadar la lengua a los blasfemos con un hierro? Pues lo primero se cuenta de San Fernando, y lo segundo lo hacía San Luís.

Aspavientos hacemos ahora, cuando vemos a Felipe II asistir a un auto de fe; pero si consideramos que la corte, los grandes, lo más escogidos de la sociedad, rodeaban en semejante caso al rey, veremos que si esto a nosotros nos parece horroroso, insoportable, no lo era para aquellos hombres que tenían ideas y sentimientos muy diferentes. No se diga que la voluntad del monarca lo prescribía así, y que era fuerza obedecerle; no, no era la voluntad del monarca lo que obraba, era el espíritu de la época. No hay monarca tan poderoso que pueda celebrar una ceremonia semejante, si estuviere en contradicción con el espíritu de su tiempo; no hay monarca tan insensible que no esté él propio afectado del siglo en que reina. Suponed el más poderoso, más absoluto de nuestros tiempo: Napoleón en su apogeo, el actual emperador de Rusia, y ved si alcanzar podría su voluntad a violentar hasta tal punto las costumbres de su siglo.

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xix. Curiosa anécdota de un predicador obligado a retractarse.

A los que afirman que la Inquisición era un instrumento de Felipe II, se les puede salir al encuentro con una anécdota, que por cierto no es muy a propósito para confirmarnos en esta opinión. No quiero dejar de referirla aquí, pues que a más de ser muy curiosa e interesante, retrata las ideas y costumbres de aquellos tiempos. Reinando en Madrid Felipe II, cierto orador dijo en un sermón en presencia del rey, que los reyes tenían poder absoluto sobre las personas de los vasallos y sobre sus bienes.

No era la proposición para desagradar a un monarca, dado que el buen predicador le libraba de un tajo, de todas las trabas en el ejercicio de su poder.

A lo que parece, no estaría entonces todo el mundo en España tan encorvado bajo la influencia de las doctrinas despóticas ¡como se la querido suponer!, pues que no faltó quien delatase a la Inquisición las palabras con que el predicador había tratado de lisonjear la arbitrariedad de los reyes. Por cierto que el orador no se había guarecido bajo un techo débil; y así es que los lectores darán por supuesto que rozándose la denuncia con el poder de Felipe II, trataría la Inquisición de no hacer de ella ningún mérito.

No fue así sin embargo: la Inquisición instruyó su expediente, encontró la proposición contraria a las sanas doctrinas, y el pobre predicador, que no esperaría tal recompensa, a más de varias penitencias que se le impusieron, fue condenado a retractarse públicamente, en el mismo lugar, con todas las ceremonias de auto jurídico, con la particular circunstancia de leer en un papel, conforme se le había ordenado, las siguientes notabilísimas palabras: “Porque, señores, los reyes no tienen más poder sobre sus vasallos del que les permite el derecho divino y humano; y no por su libre y absoluta voluntad”. Así lo refiere D. Antonio Pérez, como se puede – ver en el pasaje que se inserta por entero en la nota correspondiente a este capítulo. Sabido es que D. Antonio Pérez no era apasionado de la Inquisición.

Este suceso se verificó en aquellos tiempos que algunos no nombran jamás, sin acompañarles el título de oscurantismo, de tiranía, de superstición; yo dudo sin embargo, que en los más cercanos, y en que se dice que comenzó a lucir para España la aurora de la ilustración y de la libertad, por ejemplo de Carlos III, se hubiese llevado a término una condenación pública, solemne, del despotismo.

Esta condenación era tan honrosa al tribunal que la mandaba, como al monarca que la consentía.

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xx. Reflexiones sobre la influencia del espíritu del siglo.

Por lo que toca a la ilustración, también es una calumnia lo que se dice: que hubo el plan de establecer y perpetuar la ignorancia. No lo indica así por cierto la conducta de Felipe II, cuando a más de favorecer la grande empresa de la Políglota de Amberes, recomendaba a Arias Montano, que las sumas que se fuesen recobrando del impresor Platino, a quien para dicha empresa había suministrado el monarca una crecida cantidad, se empleasen en la compra de libros exquisitos, así impresos como de mano, para ponerlos en la librería del monasterio del Escorial, que entonces se estaba edificando; habiendo hecho también el encargo, como dice el rey en la carta a Arias Montano, a D. Francés de Alaba su embajador en Francia, que procurase de haber los mejores libros que pudiere en aquel Reino.

No, la historia de España bajo el punto de vista de la intolerancia religiosa, no es tan negra como se ha querido suponer. A los extranjeros cuando nos echan en cara la crueldad, podemos responderles, que mientras la Europa estaba regada de sangre por las guerras religiosas, en España se conservaba la paz; y por lo que toca al número de los que perecieron en los patíbulos, o murieron en el destierro, podernos desafiar a las dos naciones que se pretenden a la cabeza de la civilización, la Francia y la Inglaterra, a que muestren su estadística de aquellos tiempos sobre el mismo asunto, y la comparen con la nuestra. Nada tememos de semejante cotejo.

A medida que anduvo menguando el peligro de introducirse en España el Protestantismo, el rigor de la Inquisición se disminuyó también; y además podemos observar que suavizaba sus procedimientos, siguiendo el espíritu de la legislación criminal en los otros países de Europa. Así vernos que los autos de fe van siendo más raros, según los tiempos van aproximándose a los nuestros; de suerte que a fines del siglo pasado sólo era la Inquisición una sombra de lo que había sido. No es necesario insistir sobre un punto que nadie ignora, y en que están de acuerdo hasta los más acalorados enemigos de dicho tribunal: en esto encontramos la prueba más convincente de que se ha de buscar en las ideas y costumbres de la época lo que se ha pretendido hallar en la crueldad, en la malicia, o en la ambición de los hombres.

Si llegasen a surtir efecto las doctrinas de los que abogan por la abolición de la pena de muerte, cuando la posteridad leyere las ejecuciones de nuestros tiempos, se horrorizaría del propio modo que nosotros con respecto a los anteriores. La horca, el garrote vil, la guillotina, figurarían en la misma línea que los antiguos quemaderos.

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