Posteado por: Alejandro Villarreal | Domingo, abril 4, 2010

‘Personajes Antiguos y Modernos Alaban el Santo Oficio’ por Salvador Abascal Infante

Título: Personajes Antiguos y Modernos Alaban el Santo Oficio
Autor: Salvador Abascal Infante (1910-2000)
Extraído del libro: “La Inquisición en Hispanoamérica”, correspondiente al ‘Apéndice II. Grandes y famosos personajes antiguos y modernos alaban al Santo Oficio’, pp. 366-372. Editorial Tradición. México, 1998.

Son ellos Hernando del Pulgar (1436-1493), el Cardenal Cisneros (1436-1517), Pedro Mártir de Anglería (1457-1526), Fray Juan de Zumárraga (1476-1548), Carlos V (1500-1558), Fray Luis de Granada (1501-1588), Melchor Cano (1509-1560), Jerónimo de Zurita (1512-1580), Santa Teresa de Jesús (1515-1582), Juan de Mariana (1536-1624), Suárez de Peralta (1537-?), Antonio Pérez (1540-1611), Leonardo de Argensola (1559-1613), Lope de Vega (1562-1635):

-Mas la Iglesia, mi contrario
para vencer mis designios,
ha formado un tribunal,
ha creado un Santo Oficio,
tan tremendo y admirable,
tan fuerte, tan exquisito,
que aun yo estoy temblando dél
porque es eterno castigo
de mis herejes, si bien
es dulce, es blando y es pío-;

Salvador Abascal Infante (1910-2000) fue un político y escritor mexicano. Nació en la ciudad de Morelia, Michoacán, siendo su familia originaria de Valle de Santiago, Guanajuato. Abascal fue uno de los fundadores junto con Alfonso Trueba, su compadre, y uno de los Jefes nacionales de la Unión Nacional Sinarquista (UNS) estando en contra de las políticas sociales que ejercía Lázaro Cárdenas (PNR) (el posterior PRI) para revertir las políticas anticristianas acumuladas desde el tiempo del masón Benito Juárez.

Menéndez Pelayo (1856-1912) -Inquisición y Cultura-; Don Juan Valera (1824-1905) -Inquisición y Progreso-: el inglés Aubrey F. G. Bell -Luis de León. Un estudio del Renacimiento español. Oxford, 1925-, Karl Vóosler, alemán, quien demuestra que en el periodo de dominio de la Inquisición española, de más de 100 novelas, sólo 2 (dos) prohibió y sólo 4 (cuatro) expurgó; García Icazbalceta, quien diserta ampliamente sobre el cuento de las “momias” de la Inquisición. (Alfonso Junco, Inquisición sobre la Inquisición. Ed. JUS.)

Por mi cuenta creo conveniente agregar que lo que más prueba la libertad de pensamiento bajo la Inquisición es el siguiente pasaje de La Celestina del judío Fernando de rojas, tremenda sátira anticlerical:

“CELESTINA. ¿Trabajo, mi amor? Antes descanso e alivio. Todas me obedecían, todas me honraban; de todas era acatada, ninguna salía de mi querer; lo que yo decía era lo bueno, a cada cual daba su cobro. No escogían más de lo que yo les mandaba: cojo o tuerto o manco, aquél habían por sano que más dinero me daba. Mío era el provecho; suyo, el afán. Pues servidores, ¿no tenía por su causa dellas? Caballeros viejos e mozos, abades de todas dignidades, desde obispos hasta sacristanes. En entrando por la iglesia, veía derrocar bonetes42 en mi honor, como si yo fuera una duquesa. El que menos había que negociar conmigo, por más ruin se tenía. De media legua que me viesen, dejaban las Horas: uno a uno, dos a dos, venían adonde yo estaba, a ver si mandaba algo, a preguntarme cada uno por la suya; que hombre había que, estando diciendo misa, en viéndome entrar se turbaba, que no hacía ni decía cosa a derechas. Unos me llamaban «señora»; otros, «tía»; otros, «enamorada»; otros, «vieja honrada». Allí se concertaban sus venidas a mi casa, allí las idas a la suya; allí se me ofrecían dineros, allí promesas; allí otras dádivas, besando el cabo de mi manto e aun algunos en la cara, por me tener más contenta. Agora hame traído la fortuna a tal estado que me digas: ¡buena pro te hagan las zapatas!
SEMPRONIO. Espantados nos tienes con tales cosas como nos cuentas de esa religiosa gente e benditas coronas. Sí, que no serían todos.
CELESTINA. No, hijo, ni Dios lo mande que yo tal cosa levante; que muchos viejos devotos había con quien yo poco medraba e aun que no me podían ver, pero creo que de envidia de los otros que me hablaban. Como la clerecía era grande, había de todos: unos muy castos; otros que tenían cargo de mantener a las de mi oficio, e aun todavía creo que no faltan. Y enviaban sus escuderos e mozos a que me acompañasen; e, apenas era llegada a mi casa, cuando entraban por mi puerta muchos pollos e gallinas, ansarones, anadones, perdices, tórtolas, perniles de tocino, tortas de trigo, lechones. Cada cual, como recibía de aquellos diezmos de Dios, así lo venían luego a registrar para que comiese yo e aquellas sus devotas. ¡Pues vino no me sobraba! De lo mejor que se bebía en la ciudad, venido de diversas partes: de Monviedro, de Luque, de Toro, de Madrigal, de San Martín e de otros muchos lugares; e tantos que, aunque tengo la diferencia de los gustos e sabor en la boca, no tengo la diversidad de sus tierras en la memoria; que harto es que una vieja como yo, en oliendo cualquiera vino, diga de dónde es. Pues otros, curas sin renta, no era ofrecido el bodigo cuando, en besando el feligrés la estola, eran del primero voleo en mi casa. Espesos, como piedras a tablado, entraban muchachos cargados de provisiones por mi puerta. (…)” (Tomo II, ediciones de “La Lectura”, pp. 46-49. Madrid, 1913.)

Debo citar también al estadounidense y catedrático Philip W. Powell: en su notabilísimo libro “Árbol de Odio”, recientemente editado en Guadalajara, sin consignar la fecha, en castellano, por la Asociación Pro-Cultura Occidental, A. C., expresa los siguientes juicios sobre la Inquisición española: en la página 37:

“Incidentalmente observemos que fueron ejecutadas en Hispanoamérica poco más de un centenar de personas como resultado de los procesos de la Inquisición, durante unos 250 años de existencia formal. A mi juicio, esto resulta bastante favorable (si me perdonan la palabra) en contraste con la tortura y ejecución de católicos en la Inglaterra de Isabel (1558-1603): 130 sacerdotes y 60 seglares, cifra que se eleva a 250 si incluimos los que murieron en prisiones del Estado. El cálculo de muertes de los acusados de brujería en los estados alemanes, durante los siglos XVI y XVII, alcanza sobradamente a varios millares”.

Ya sabemos que del “poco más de un centenar de personas” ejecutadas en Hispanoamérica por la Inquisición, a la Nueva España le corresponden 43, y el resto, digo yo, a los Tribunales de Lima y Cartagena de Indias, sin llegar en conjunto a un centenar…

En la misma página 37 y en la 38 leemos también:

“El empleo de la tortura física (en el Santo Oficio) era relativamente infrecuente si se compara con el cuantioso número de los procesos, y se aplicaba bajos estrictos reglamentos, con garantías y condiciones más humanitarias que la mayoría de semejantes procesos judiciales requería en la Europa de aquellos tiempos. Gran parte de la jurisdicción del tribunal se refería asuntos que ahora corresponden a los juzgados civiles, tales como la bigamia, blasfemia, falso testimonio y otras inmoralidades como la perversión sexual. Debe también recordarse que en los siglos XVI y XVII, el período de mayor actividad de la Inquisición, la práctica de religiones disidentes era virtualmente sinónimo de traición, y esto era cierto no sólo en España y sus posesiones, sino también en gran parte del resto de Europa. Así, los cripto-judíos, cripto-musulmanes y protestantes, eran vistos por las autoridades como traidores o agentes subversivos”.

Y lo eran. Por lo cual puede agregar el autor en seguida:

“A este mismo tipo de delincuentes pertenecían muchos de los que fueron ejecutados en las Américas”.

En la página 38:

“Aun varios reconocidos enemigos de la Inquisición admiten que dicha Institución trató el problema de la brujería con tino esclarecido, mientras en ciertas regiones de Europa se desencadenó una saña homicida en contra de la hechicería (…) -El famoso auto de fe, ceremonia de alta popularidad, fue literalmente un acto de fe público, proyectado para exaltar el patriotismo, como diríamos hoy en día. Lealtad hacia la fe era sinónimo de lealtad hacia la Corona, con el Estado, con el Imperio y con la Cristiandad”.

En la página 39 observa el autor que la Inquisición española soporta en gran parte el peso de la Leyenda Negra de las Potencias protestantes contra España, así como la “Ilustración” condenó el “oscurantismo” de la Edad Media por odio al Medioevo católico.

En la página 74 leemos:

“Escritores judíos, tales como Cecil Roth y el influyente y abiertamente hispanofóbico Heinrich Graetz, exaltan con orgullo el singular poderío y prosperidad de su raza en la España de entonces (siglo XV)-. Otros muchos escritores, desde entonces hasta ahora, han dado testimonio de este hecho histórico. (…) Las palabras de Cecil Roth, en su Historia de los Marranos, ilustran este punto y acertadamente indican la necesidad. Desde el punto de vista hispano-cristiano, que justifica la firmeza con que se intentó resolver el problema judío: ‘(Los Conversos) formaban parte en el organismo de la nación un extenso cuerpo extraño, imposible de asimilar y muy difícil de abandonar… Fue, sin embargo, notorio que (los Conversos) eran cristianos sólo de nombre, observando en público un mínimo de la nueva fe y en privado un máximo de la antigua… De la misma manera, hubo una gran masa de Conversos dentro de la grey de la Iglesia Cristiana, que trabajaban insidiosamente por su propia causa dentro de las diversas ramas del cuerpo político y eclesiástico, condenando en forma abierta muchas veces la doctrina de la Iglesia y contaminando con sus influencias la masa total de los creyentes. El bautismo apenas hizo poco más que convertir a una considerable porción de judíos, de infieles fuera de la Iglesia, a herejes dentro de la misma. Era lógico y aun justificado que desde todos los púlpitos se oyeran apasionados sermones llamando la atención sobre la mala conducta de los nuevos cristianos (es decir cripto-judíos) y apremiando a la toma de medidas para desenmascararlos’.”.

En las páginas 75 y 76, después de hacer constar “el indeleble recuerdo de que fueron los judíos los que contribuyeron de manera significativa al éxito de la invasión islámica y de que frecuentemente se ligaban a este enemigo tradicional de España y de la Cristiandad”, no siendo imposible un intento de nueva invasión de España por los musulmanes de Constantinopla y de África para vengar la pérdida de Granada; tras de hacer notar también que “algo singularmente español en todo esto no fue intolerancia ni fanatismo sino más bien una notable paciencia en comparación con la forma en que fue tratado el problema judío en otras parte de Europa”; y luego de pensar que Isabel la Católica estableció la Inquisición “con repugnancia”, aunque lo hizo sólo “con pesar”, diría yo, afirma el autor lo siguiente, mucho muy importante:

“Cualquier otro monarca en la Europa de aquel tiempo, enfrentado con similares condiciones, hubiera utilizado medidas mucho más duras -(y los demuestra en una nota, recordando el trato que se les dio a los judíos en Inglaterra, en Francia, en Polonia y en Rusia, desde fines del siglo XIII)-. La Inquisición castellana tuvo entre sus objetivos eliminar la posibilidad o probabilidad de un ‘estado judío dentro del Estado’ -(algo seguramente deseado por los algo más de cuatro millones de judíos de España de aquellos días)- (…) La Cristiandad europea aprobó de corazón la decisión de Fernando e Isabel y puso de relieve el hecho de que por fin se estaba haciendo algo positivo para extirpar la perniciosa influencia del judaísmo”.

Y en una nota, el autor cita a Jerome Münzer, quien después de sus viajes por España durante 1494-1495 escribió que:

“los judíos y los marranos -(los judíos bautizados judaizantes)- fueron antiguamente los amos de España, porque ellos obtuvieron los principales empleos y explotaron a los cristianos, pero ahora Dios, por medio de los Reyes Católicos, ha curado este mal. ‘Repetidamente, registra el servicio que el rey Fernando rindió a la Cristiandad por la derrota de los infieles y demolición del ghetto judío de Granada… y castigando duramente a los cristianos renegados…” (Citado en Arnoldsson, p. 113)’.”.

Finalmente, en la página 215 nos dice el estadounidense Philip W. Powell:

“Tampoco nos haría daño el meditar sobre una Edad de Oro española, imperial e intelectual, que se mantuvo casi dos siglos y alcanzó un gran nivel a lo largo de casi todas las líneas del saber humano. Una edad de oro, además, cuya categoría la alcanzan pocos pueblos y a la que nuestro país quizá no llegará jamás. Y, entre paréntesis, una literatura dorada y época artística que floreció durante el apogeo de la Inquisición, hecho histórico que exige mucho más cuidadoso examen y comprensión de los que hasta ahora ha recibido, especialmente en nuestro país”.

No puede olvidárseme otro gran historiador estadounidense, anterior a Powell: Thomas Walsh, hispanófilo cultísimo, cuyas obras en defensa de España son de un valor incalculable, entre ellas su Torquemada, en la que pinta al vivo al santo primer inquisidor general, cuyo nombre se presta para el ludibrio y la calumnia. Quien lea sin prejuicios el Torquemada tiene que admirar rendidamente a este gran judío católico y al autor de su biografía.

Digno es de mención otro yanqui de nuestros días: Alexander V. Davis, porque aunque en su El Siglo de Oro de la Nueva España (Siglo XVIII) emite un juicio general adverso a la Inquisición con estas palabras:

“Negar su crueldad, sus abusos y a menudo la imposición de severos castigos por ideas y acciones que para nosotros están muy lejos de ser criminales -(para un “nosotros”, que ya no es de cristianos)-, sería falsificar la verdad, así como las épocas”

-(distinguiéndose la época de la Cristiandad de la actual de la apostasía)-; no obstante el no distinguir así el Bien del Mal esenciales, le da luego una buena justificación al Santo Oficio:

“(…) En cambio, logró establecer la paz por siglos enteros, mientras que en Europa había a menudo largas, sangrientas y fratricidas guerras, debido a que la unidad de la fe había sido rota. Aunque sus métodos fueron el terror -(para los delincuentes de lesa religión y lesa patria: algo muy saludable)- y el sigilo -(muy necesario contra el supersigilo de los criminales)-, los procedimientos del Santo Oficio estaban regulados de acuerdo con un código estricto, el cual aspiraba, tanto como era posible en aquellas circunstancias, a proteger a los que eran falsamente acusados. Además, cualesquiera que hubieran sido sus prejuicios religiosos -(sus convicciones religiosas)-, los jueces eran generalmente hombres de la más alta integridad personal”. (Op. cit., pp. 169, 176, 177. editorial Polis. México. 1945.)

Luego es claro que el Santo Oficio estuvo siempre, durante siglos, al fidelísimo servicio del Bien Común, del verdadero y necesario Bien Común: el de la Paz de los espíritus por el reinado de la Ley Natural elevada por la Gracia al Orden Sobrenatural.

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