Posteado por: Alejandro Villarreal | Domingo, abril 4, 2010

‘El Tormento Inquisitorial’ por Salvador Abascal Infante

Título: El Tormento Inquisitorial
Autor: Salvador Abascal Infante (1910-2000)
Tomado del libro: “La Inquisición en Hispanoamérica”, correspondiente al Capítulo IV, del mismo nombre, pp. 103-110. Editorial Tradición, México, 1998.

Solamente aplicada con rigurosos y determinados requisitos fue autorizada la tortura por la Bula Ad Extirpanda del Papa Inocencio IV, del 15 de mayo de 1252:

“El podestá -o alcalde- o el rector de la ciudad está obligado a constreñir a los herejes a hacer confesiones y a denunciar a sus cómplices sin que, sin embargo, les haga perder un miembro o poner en peligro su vida” (Bullarum amplissima collectio, III, p. 326. Cita del Dictionnaire Apologétique de la Foi Catholique, de D’Alés, t. II, palabra Inquisition, cols. 872-873. París. 1923)

Y esta constitución, que establecía varias reglas para la Inquisición en la Romaña, Lombardía y la Marca de Treviso, fue confirmada por Alejandro IV el 30 de noviembre de 1259. Por otra parte, los Inquisidores hacían uso de la tortura desde antes de estas autorizaciones pontificias, desde 1243, en el mediodía de Francia.

¿Cuál fue la razón de estas autorizaciones, habiendo antes prohibiciones pontificias expresas de la tortura? En

el siglo IX el Papa Nicolás I, respondiendo a una consulta de los búlgaros, había prohibido ese medio de investigación, que:

“no era admitido ni por las leyes divinas ni por las leyes humanas; porque la confesión debe ser espontánea y no arrancada por la violencia”

Y luego el Decreto de Graciano, código de Procedimientos canónicos del siglo XII, decía:

“Confessio non extorqueri debet sed potius sponte profiteri: La confesión no debe ser arrancada por la fuerza sino más bien espontáneamente hecha”.

Pero ya era a la sazón de uso corriente la tortura en los tribunales civiles en virtud del renacimiento del derecho romano:

“Los legistas comenzaron a sentir la necesidad de recurrir a la tortura como a medio expeditivo de información”. (Lea, citado en el artículo arriba mencionado del Dictionnaire Apologétique de la Foi Catholique, que seguiré aprovechando: artículo firmado por Jean Guiraud.)

Y lo que le dio al tormento carta de naturaleza en la Inquisición fue el gravísimo peligro que no solamente la iglesia, sino también la sociedad civil misma corría con la herejía si esta no era aniquilada. Se necesitaba un medio eficaz y rápido de descubrir a los cómplices de los herejes manifiestos. Jean Guiraudd no deja de calificar de bárbaro el tormento en cualquiera de sus prácticas. Pero la herejía en aquellos momentos era peor que una peste que amenazara con matar a la Cristiandad entera. Y si para extinguir esta peste es lícito y necesario descubrirla y combatirla donde pueda hallarse, sin que a nadie le sea permitido ocultarla de alguna manera, para que no cunda repentinamente como incendio en yerba seca, con mayor razón era lícito en tan graves circunstancias el uso del tormento para descubrir el mal de la herejía, por escondido que se hallare, sobre todo considerando que a todo trance trataba de extenderse secretamente; que destruía en sus raíces la naturaleza misma del matrimonio, o sea la sociedad, y a la vez rechazaba el único medio de salvación integral, los Sacramentos -entre ellos el matrimonio-, sin los cuales normalmente no baja del Cielo la Gracia, y sin la Gracia no es posible la guarda de los Mandamientos de la ley de Dios, y sin la guarda no hay sociedad humana sino un traslado del Infierno, como Motolinia decía que había sido la vida de los pueblos del Anáhuac antes de su evangelización.

El principio en que se basaban el tormento y la pena de muerte en la Inquisición yo lo veo en el Levítico 5, 1:

“Si una persona pecare, porque habiendo oído las palabras de uno que juró (hacer algo), y pudiendo ser testigo de la cosa, o porque la vio, o porque supo de cierto, con todo no quiso testificar, pagaría la pena de su culpa”

Porque nadie tiene derecho a ocultar un mal que dañe a la sociedad

Y en Éxodo 34,14:

“No te postrarás ante ningún otro dios, pues Yahvéh, cuyo nombre es Celoso, es un Dios celoso”.

Palabras con las cuales -explica San Agustín- “se indica que Dios no dejará impune a su pueblo si no le es fiel, adornado dioses ajenos”.

Se trata de una pena en esta vida:

“Dios prohíbe con un terror gravísimo -sigue diciendo San Agustín- esta infidelidad, llamándose a Sí mismo Celoso. De Él se dice en el Salmo: ‘Has hecho perecer a todo el que te es infiel’ (…) Por último, el texto dice: ‘No sea que hagas alianza con los que están establecidos en el país y te prostituyan siguiendo a los dioses de ellos. Ex XXXIV, 15’.” (San Agustín, Obras completas, t. XXVIII, pp. 297-298).

Recuérdese que en el desierto Yahvéh hizo que los levitas mataran a “unos veintitrés mil hombres” por haber adorado al becerro de oro. Y Moisés les dijo a los ejecutores:

“Hoy habéis consagrado vuestras manos al Señor, matando cada uno al hijo propio y al hermano, por lo que seréis benditos” (Éxodo 32, 28-29).

Porque los habían matado “con santo celo”.

Además, el tormento, tal como los Papas desde Inocencio IV ordenaron que se aplicara, y tal como lo aplicará la Inquisición Española a partir de 1480, no se autorizaba sino en defensa de la Fe y, por otra parte, no constituía un verdadero mal físico para el reo, sino sólo un dolor pasajero sin huella y que le ayudaba a descargar su conciencia de la responsabilidad de la herejía.

Cuando las primitivas prohibiciones pontificias del tormento se dieron aún no había Inquisición, y solo el objeto de ellas fueron los tribunales civiles, en atención a que si éstos lo usaban, en todo caso lo aplicarían bárbaramente, con pérdida de algún miembro del reo y aun de la vida, o cuando menos produciendo una lesión permanente. Así es que no hay real contradicción entre lo dispuesto por Nicolás I y el decreto de Graciano, por una parte, y la bula Ad Extirpanda de Inocencio IV, por otra parte: Nicolás I y el dicho Decreto se referían sólo a los tribunales civiles, e Inocencio IV e inmediatos sucesores, sólo a los tribunales de la Inquisición medieval, constituidos para la defensa de la Fe, a la sazón el bien común social por excelencia.

Y es claro también que tampoco hay contradicción entre la Bula Ad Extirpanda y sus confirmaciones por Alejandro IV y por Clemente IV, por una parte, y, por la otra, la actual condenación, sin distingos, del tormento, por el nuevo Catecismo de la Iglesia Católica -números 2297 y 2298- y por la Encíclica Veritatis Splendor, número 80, de Juan Pablo II, porque aquellos tres Papas y sus sucesores autorizaban el tormento, bajo reglas estrictas, sólo en la Inquisición, por ellos y los obispos gobernada, y únicamente en defensa de la Fe y de las sanas costumbres, y, en cambio, en su Catecismo y en su Veritatis Splendor Juan Pablo II lo prohíbe no habiendo ya más tribunales que los meramente civiles y totalmente secularizados y aun perfectamente ateos, en medio de un mundo que ha retrocedido a una espantosa anarquía moral, porque:

“el hombre ya no está convencido de que sólo en la verdad puede encontrar la salvación (…) y se confía sólo a la libertad, desarraigada de toda objetividad, la tarea de decidir autónomamente lo que es bueno y lo que es malo” (Veritatis Splendor, núm. 84).

No sólo no hay ya ni puede haber tribunales del Santo Oficio en defensa de la Fe y de las sanas costumbres, sino que tampoco hay ya en todo el mundo ni un sólo gobierno cristiano, pues aunque hay gobernantes -en Estados Unidos, en Inglaterra, etc.- que asisten a “servicios evangélicos” de alguna de las sectas protestantes, a quien rinden culto es a un nuevo Huichilobos, más sanguinario que el de Moctezuma y que el antiguo Moloc, pues el actual recibe la ofrenda de 40 a 50 millones de abortos provocados ostensiblemente al año y una cantidad quizá mayor de abortos no visibles: el más villano y satánico de los filicidios. Y a Huichilobos le hacen la corte el becerro de oro y el dios de los homosexuales, con millones de adeptos, y otros ídolos cuyos nombres debe conocer el Infierno. Aun en Polonia se autoriza el aborto, aunque solo en dos casos, con los cual es suficiente para que también allí impere Satanás: cuando un médico diga que corre riesgo la vida de la madre por la mala conformación del feto y cuando éste sea producto de una violación. Y allí se está tratando de liberalizar aún más el aborto, como antes de la caída de la URSS.

Veamos los hechos. ¿Cómo se aplicó el tormento de la Inquisición Medieval y luego en la Española Isabelina?

El mismo Guiraud reconoce que la Inquisición medieval usó de la tortura, no con la refinada crueldad que le atribuyen sus modernos adversarios, sino “con las mayores precauciones y en casos ciertamente excepcionales”.

Y en muchas ocasiones los Papas repitieron que la tortura jamás debería llegar hasta la pérdida de algún miembro y aún menos hasta la muerte -citra membri diminutionem et mortis periculum-fijando así un límite a sus rigores.

Por otra parte, nos sigue diciendo Guiraud, los manuales de los inquisidores precisaban que la tortura no debía ser infligida sino en casos muy graves y cuando las presunciones de culpabilidad eran ya muy serias.

“De una manera general, para poner a alguien en el tormento era necesario tener ya sobre su crimen lo que se llamaba una semi-prueba, por ejemplo dos serios indicios, dos indicios vehementes, como la deposición de un testigo respetable, por una parte, y por otra la pésima reputación, las perversas costumbres o también las tentativas de evasión” (Dictionnaire Apologétique de la Foi Catholique, t. II, p. 237).

Y no se infligía el tormento sino cuando todos los otros medios de investigación se habían agotado. En fin, no se dejaba al arbitrio del inquisidor, quizá excitado por la investigación de la verdad, el cuidado de ordenarlo. Para esto el Concilio de Viena, Francia, de 1311 determinó que todo un juicio debería preceder al tormento y que en ese juicio debería participar el obispo diocesano y por lo tanto en la sentencia que se dictaría, y que era necesario su consentimiento. Y de hecho muy rara vez se aplicó el tormento en Francia, aun en el Languedoc, donde la herejía era más extendida y pertinaz.

Además, no tardan en aparecer los abogados al lado de los acusados. Y el juez no era una sola persona, sino un verdadero jurado, constituido por varios hombres prudentes, prelados y religiosos discretos.

La pena de la hoguera no fue inventada por la Iglesia, sino por Federico II de Alemania en 1224. Fue él quien decretó que el hereje declarado tal por el juicio de la autoridad eclesiástica debía ser quemado en nombre de la autoridad civil: auctoritate nostra ignis judicio concremandus. Gregorio IX e Inocencio IV no se opusieron es esta rigurosa penalidad de origen laico. ¿Se consideraba que tal género de muerte era el más intimidatorio y el que mejor podía mover a contrición al reo, para su eterna salvación? Pero la Inquisición Española no se aplica al reo que muestre arrepentimiento, aun ya relajado al brazo secular: se le da garrote y luego de le quema.

Se puede asegurar que la Española fue más cuidadosa, más benigna que la Inquisición medieval, al mismo tiempo que más poderosa y activa en combatir la herejía.

Concretémonos a la Nueva España. ¿Qué clase de tormentos se aplicaron aquí?

Muy bien los describe Yolanda Muriel de Ibañez. Fueron el de cordeles y el de agua, combinando éste con el potro.

Colocado el reo sobre un banco o una mesa, se le sujetaba bien con un cordel al que se le daban vueltas en piernas y brazos desde la muñeca. Si el reo negaba o callaba, se le daba otra vuelta al cordel.

Y se le seguía dando vueltas al cordel, primero en un brazo y luego en el otro. Si ni a la dieciséis vuelta se lograba su confesión, se pasaba a la tortura del agua combinada con la del potro: se colocaba al reo de espaldas sobre una tabla acanalada sostenido por cuatro palos, y en medio de la cual había un travesaño más prominente, quedando la cabeza y las piernas algo hundidas; y se le ponían dos garrotillos en cada brazo y en cada pierna, para irlos apretando uno por uno hasta que confesara la verdad. Pero si seguía callado el reo, se le ponía sobre el rostro un lienzo muy fino llamado toca, para en él verter el agua lentamente, por cuyo efecto la tela se adhería a las ventanas de la nariz y aun a la boca, impidiendo la respiración.

De cuando en cuando se interrumpía el tormento, tanto de los cordeles como el del agua, para pedirle al reo que confesara.

Presente siempre, un médico suspendía o daba por terminado el tormento si el reo se debilitaba demasiado. Y nunca duraba más de una hora. El acto tenía que presenciarlo el Ordinario, el Obispo del lugar. Jamás hubo derramamiento de sangre, ni daño físico verdadero.

A la cárcel se le llamaba “la perpetua”, sin serlo, pues era sólo por uno o dos años. Más duro era el castigo de las galeras, que siempre era por pocos años.

Quemado vivo no fue ninguno de los 16 o 17 reos condenados a muerte en el siglo XVI.

Y conviene hacer notar que la pena de muerte por el fuego no podía extrañarles a los indígenas, cuyos “sátrapas” la habían practicado con muchos esclavos y cautivos cuando menos dos veces al año.

Motolinia nos enseña que el día de la fiesta llamada Hueymiceaihuitl:

“por la mañana tomaban algunos esclavos y otros que tenían cautivos de guerra, y traíanlos atados de pies y manos, y echábanlos en un gran fuego para esta crueldad aparejado, y no los dejando acabar de quemar, no por piedad, sino porque el género de tormento fuese mayor; porque luego los sacrificaban y sacaban los corazones”. (Historia de los Indios de la Nueva España, cap. VI, p. 34. ed. Sepan Cuantos de Porrúa.)

Fray Bernardino de Sahagún hizo una investigación se puede decir que exhaustiva sobre las costumbres precortesianas, y nos da mayores datos en este particular en su Historia General de las Cosas de la Nueva España.

No una sola vez al año quemaban víctimas vivas loa aztecas.

En el primer día del décimo mes, llamado Xócotl huetzi:

“después de haber velado toda aquella noche los cautivos, en el cu, y después de haber hecho muchas ceremonias que llaman yiauhtli, para que perdiesen el sentido y no sintiesen tanto la muerte; atábanlos los pies y las manos, y así atados poníanlos sobre los hombros y andaban con ellos como haciendo areito -(para todo los hacía vacilar el demonio)-, en rededor de un gran fuego y gran montón de brasa; así andando íbanlos arrojando sobre el montón de brasas, ahora uno, y desde a un poco otro; y el que habían arrojado dejábanle quemar un buen intervalo, y aun estando vivo y basqueando sacábanle fuera arrastrando, con cualquier garabato, y echábanle sobre el tajón y abierto el pecho sacábanle el corazón; de esta manera padecían todos aquellos triste cautivos (…)”. (T. I, cap. X, pp. 120-121, 186-187-188, con otros detalles en esas tres últimas páginas. Porrúa. 1969.)

En el duodécimo mes, llamado Teotleco, que quiere decir la llegada o venida de los dioses, a 19 días andados de él -(cada mes era de 20 días)-:

“quemaban vivos a muchos esclavos, echábanlos vivos en el fuego en un altar grande que se llamaba teccalco, que tenía gradas por cuatro partes; encima del altar andaba bailando un mancebo aderezado con una cabellera de cabellos largos (…); la cara tenía teñida de negro con unas rayas de blanco (…). También otro mancebo se aderezaba como murciélago, con sus alas y con todo lo demás (…)”. (T. I, cap. XXXI, p. 198; apéndice II, p. 233).

Estos sacrificios se efectuaban dentro del recinto del templo mayor de Huichilobos.

¿Y desde cuando no se practica en México la tortura por las autoridades policiacas? Durante la persecución religiosa de 1926 a 1929 fueron bárbaramente atormentados muchos sacerdotes y seglares. De éstos los principales fueron el Lic. Anacleto González Flores, que ningún homicidio había cometido, conocido como “El Maestro”, verdadero intelectual, y José de León Toral, que cambió su vida por la de Obregón. ¿Y actualmente? Don Luis de la Barreda acaba de declarar el 25 de febrero, que: “Si bien la tortura ha pasado de ser un ilícito que se cometía todos los días a uno que se comete esporádicamente, aún falta mucho por hacer para erradicarla. Esta conducta ocupa el número 32 en la lista de denuncias” al CDHDF. – Don Luis de la Barreda es el Presidente de la CDHDF. (El Universal, 26-II. 1997.)

También la Iglesia practicó la tortura en la Edad Media en los Estados pontificios: bajo Pío II (1458-1464) los bandidos Bonnano y Tiburzio fueron torturados para que revelaran sus planes y quienes eran sus cómplices, y ellos dos, que además de saqueadores querían acabar con el gobierno “de los curas”, fueron ajusticiados con 6 de sus cómplices. Aun habían entrado a Roma gritando su odio y tratando de arrastrar al pueblo. (Pío II, Así fui Papa, pp. 253-255.)

Tema afín: Tormento, Crueldad y Barbarie Fuera del Imperio Hispano

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