Los Milagros de Jesucristo

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Título: Los Milagros de Jesucristo
Autor: Rev. Padre P. A. Hillaire
Extraído de su obra ‘La Religión Demostrada‘, Cuarta Verdad, capítulo III, sección II.

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Contenido

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>>BIBLIA Y TRADICIÓN<<

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Los milagros de Jesucristo ¿prueban la divinidad de la religión cristiana?

R. Sí; los milagros de Jesucristo prueban la divinidad de la religión cristiana.

Un solo milagro prueba la divinidad de una religión, porque solamente Dios puede hacer verdaderos milagros, por sí mismo o por sus enviados. Es así que Jesucristo hizo numerosos milagros; luego Jesucristo es Dios o por lo menos, el enviado de Dios.

Pero una religión fundada por un enviado de Dios es verdadera y divina; luego la religión cristiana es divina.

El poder de hacer milagros es la credencial que Dios entrega a sus embajadores para darles autoridad ante los hombres.

N. B. Nuestro Señor Jesucristo no es sólo un enviado de Dios, como Moisés; es el hijo de Dios mismo; lo demostraremos más adelante: pero para probar la divinidad de la religión cristiana, basta probar que Jesucristo es el enviado de Dios: si esto es verdadero, la religión que Él enseña necesariamente es divina.

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1) Sólo Dios puede hacer milagros. El milagro es un hecho sensible que sobrepasa todas las fuerzas creadas y no se obra sino por una intervención especial de Dios. Un verdadero milagro requiere la intervención del poder divino. Desde el momento que un hombre hace milagros, se sigue que éste hombre obra y habla en nombre de Dios, que le ha delegado su poder. Dios no puede poner su poder al servicio del error o de la mentira, pues engañaría a los hombres, lo que no es posible. Un solo milagro prueba, por consiguiente, que el que lo hace es el enviado, el mandatario de Dios.

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2) Jesucristo hizo numerosos milagros. Milagros sobre la naturaleza inanimada: Jesucristo convierte el agua en vino en las bodas de Caná; dos veces multiplica el pan para alimentar a las muchedumbres; con su palabra calma las tempestades, etc.

Milagros sobre las enfermedades: Jesucristo sana toda clase de enfermos; devuelve la vista a los ciegos, el oído a los sordos, la palabra a los mudos, el uso de los miembros a los paralíticos, etc.

Milagros sobre los demonios: al oír la palabra de Jesucristo los demonios salen del cuerpo de los posesos y proclaman que Él es el Hijo de Dios.

Milagros sobre la muerte: Jesucristo resucita a la hija de Jairo, al hijo de la viuda de Naím y a Lázaro, muerto de cuatro días:

Los milagros de Jesucristo están perfectamente comprobados.

1º Los evangelios los narran, y hemos visto que los evangelios son libros históricos de una autoridad incontestable.

2º Jesucristo hizo sus milagros en presencia de gran número de personas, en lugares públicos, en las plazas de las grandes ciudades, a la vista de los judíos prevenidos en su contra, a la vista de los escribas y de los fariseos, sus enemigos encarnizados, hombres hábiles e interesados en descubrir una impostura. Los hizo instantáneamente, sin preparación alguna, sin valerse de medios naturales, con una simple palabra, por un acto de su voluntad, a veces hasta sobre ausentes.

3º Los judíos, testigos de estos prodigios, jamás los pusieron en duda. Estaban confundidos, y en su obstinación decían: “¿qué haremos? Este hombre hace muchos milagros; si le dejamos hacer, arrastrará a todo el pueblo en pos de sí.”[42]

En su talmud, o colección de las tradiciones judías, los rabinos, confiesan los milagros de Jesús de Nazaret, atribuyéndolos a la magia. Luego los milagros de Jesucristo son ciertos, puesto que están reconocidos por los mismos enemigos.

Los prodigios obrados por Jesucristo son verdaderos milagros. Ellos no provienen ni del demonio ni de las fuerzas de la naturaleza.

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a) No pueden ser atribuidos al demonio: si el demonio hubiese obrado por milagros, hubiera trabajado en la ruina de su imperio. Por lo demás, el demonio, obedeciendo al Salvador, reconocía que Jesucristo era su Señor.

Además, la mayor parte de los milagros de Jesucristo superan a los poderes de los espíritus malos, y piden una potencia infinita. Así, por ejemplo, la resurrección de los muertos no puede ser obrada sino por la fuerza divina. Ni ángel ni demonio pueden substraer a las almas de la recompensa o del castigo que ellas reciben de Dios al abandonar este mundo, ni volverlas nuevamente al estado de prueba, ni restablecer entre el alma y el cuerpo las relaciones íntimas que constituyen la vida: la resurrección demanda una potencia igual a la creación.

Además, Dios no da al demonio el poder de cambiar las leyes de la naturaleza, ni la facultad de engañar a los hombres haciendo obras divinas.

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b) Tampoco pueden ser atribuidos los prodigios de Jesucristo a las fuerzas de la naturaleza. La mayor parte de estos milagros superan todas las fuerzas creadas. Después de 1900 años, y no obstante los progresos de las ciencias y los descubrimientos de los sabios, no se han podido explicar estos milagros por causas naturales.

Hoy, como antes, la voz del hombre es impotente para apaciguar las tempestades, multiplicar el pan, dar vista a los ciegos de nacimiento, resucitar a los muertos. Tales prodigios están y estarán siempre por encima de las fuerzas de la naturaleza. Reunid todos los recursos de la medicina, todas las combinaciones químicas y magnéticas de las ciencias y jamás llegaréis a resucitar un muerto.

Durante diecinueve siglos, los milagros de Jesucristo han resistido victoriosamente a la crítica más minuciosa de los cristianos, de los judíos y de los paganos. Las tentativas de los racionalistas modernos para explicar estos prodigios son tan ridículas y tan miserables, que lo único que han conseguido es demostrar su impotencia y su mala fe.

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3) Jesucristo hizo sus milagros para probar su divina misión y la verdad de su doctrina. Interrogado por los discípulos de san Juan Bautista, que deseaban saber si Él era el Mesías, Jesús da por única respuesta la evidencia de sus milagros: Id y decid a Juan lo que habéis visto: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos resucitan[43].

En una oportunidad los judíos le dijeron: “Si eres el Cristo, dilo claramente”. Y Jesús contestó: “Os lo he dicho y no lo creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, dan testimonio de mí. Si no me creéis a mí, creed a mis obras”[44].

Cuando la resurrección de Lázaro, Jesús afirma que él obra ese milagro a fin de que el pueblo crea en su misión divina: Ut credant quia tu me misisti[45].

En todas estas ocasiones, Jesús se declara enviado de Dios, y para probarlo, apela a los milagros que obra.

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Conclusión. 1º El milagro es como la firma de Dios, y sólo la religión cristiana lleva esa firma. Su fundador, Jesucristo, ha hecho no un milagro solo, lo que sería suficiente, sino una multitud de milagros.

De cada uno de ellos podemos inferir: la religión cristiana es divina, Jesús devolvió la vista al ciego de Jericó; luego la religión cristiana es divina. Jesús libró al poseso de Cafarnaúm; luego la religión cristiana es divina. Jesús resucitó a Lázaro de Betania, muerto hacía cuatro días, luego la religión cristiana es divina.

Estos hechos y otros son incontestables; estos hechos son verdaderos milagros; estos milagros prueban que Jesús es el enviado de Dios; luego la religión católica es divina.

2º Los Apóstoles de Jesucristo, encargados de predicar la religión cristiana hicieron numerosos milagros, entre los narrados en el libro de los hechos de los apóstoles, citemos en particular la curación del cojo, en la puerta del templo (cap. 2), la del paralítico (cap. 9), las curaciones obradas por la sola sombra de san Pedro (cap. 5), la resurrección de Tabita (cap. 9), la liberación milagrosa de san Pedro (cap. 12), etc. hallamos también gran número de milagros obrados por san Pablo, en Éfeso, hasta por el solo contacto de sus ropas (cap. 14), la resurrección de un niño de Tróade (cap. 20), sin hablar del milagro de la conversión del mismo san Pablo, que podría bastar, aunque fuera el único, para que se convierta un hombre de buena fe.

Estos hechos son ciertos e incontrastables, son verdaderos milagros; luego los Apóstoles son enviados de Dios, y la religión que predican es divina.

3º La historia de la Iglesia ofrece, en cada siglo, gran número de milagros perfectamente auténticos, tanto, que se puede decir que los hechos de los santos son una digna continuación de los hechos apostólicos. Para convencernos basta recorrer las “Acta Sanctorum” de los bolandistas, o La vida de los Santos.

Un solo milagro verdadero es suficiente para probar la divinidad de una religión en cuya favor haya sido obrado. Y como tales hechos se han producido en cada siglo, en favor de la religión de Jesucristo, fuera menester, para llegar a destruir la presente prueba, negar los testimonios históricos de todos los siglos pasados, como también los del siglo presente. Sin hablar de los milagros de Lourdes, nuestro siglo ha visto muchos santos colocados en los altares. Pero la Iglesia no canoniza a ningún santo sin haber antes comprobado, varios milagros obrados por su intercesión[46].

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Curación del ciego de nacimiento. Los incrédulos suelen decir: es de lamentar que los milagros de Jesucristo no hayan sido comprobados por sabios; hubiera sido conveniente levantar proceso respecto de cada uno de ellos. Pues bien, los deseos de los incrédulos se ven satisfechos en el mismo Evangelio, que narra un milagro comprobado por jueces oficiales, que son, a la vez, enemigos del Salvador.

Jesús encuentra en Jerusalén a un mendigo que era ciego de nacimiento, con un poco de polvo humedecido con saliva, Jesús frota los ojos de este ciego y le dice: “Anda, lávate en la piscina de Siloé”.

Es conveniente notar que se trata aquí de un ciego de nacimiento y, por consiguiente, incurable. El barro empleado no tiene virtud curativa. El sitio donde se efectúa la curación es un lugar frecuentado, lo que hace imposible todo fraude.

El ciego se va, se lava y vuelve curado. Muchos de los que le han conocido cuando estaba ciego, se preguntan: ¿es el mismo mendigo que se sentaba aquí? los unos dicen: es él; otros: no, es uno que se le parece.

Pero el ciego responde: soy el mismo. Le preguntan: ¿cómo se han abierto tus ojos? El les dice: Aquel hombre a quien llaman Jesús ha tomado barro, ha frotado con él mis ojos y me ha dicho: ve a lavarte en la piscina de Siloé. He ido, me he lavado y veo.

¡Qué sencillez en la manera de hablar! ¡qué acento de veracidad! … se va a iniciar un proceso, el famoso proceso que piden los racionalistas: los fariseos se encargan de esa formalidad.

El ciego és conducido a su presencia y le preguntan: ¿cómo te fueron abiertos los ojos?, el interrogado responde: el hombre que se llama Jesús hizo barro y me untó los ojos y me dijo: ye a la piscina de Siloé y lávate y fuí, me lavé y recibí la vista.

La misma deposición que hiciera ante el público y sin incurrir en contradicción alguna. Al oír esta narración, unos se indignan porque Jesús ha hecho esta obra en día sábado, mientras que otros, más sinceros, dicen: ¿cómo podría un pecador obrar semejantes prodigios?; y se dividieron las opiniones. Para solucionar la cuestión acudieron al mismo ciego y le pidieron su opinión, como si ésta hubiera influido algo en su curación.

¿Y tú, preguntan los del Sanedrín, qué dices del que te abrió los ojos? Y él replica sin vacilar: Yo creo que es un profeta.

Entonces, los fariseos no quisieron creer que había sido ciego; y para asegurarse, llamaron a los padres de éste y les preguntaron: ¿es éste vuestro hijo, el que vosotros decís que nació ciego? ¿cómo, pues, ve ahora?

Los padres respondieron: sabemos que este es nuestro hijo y que nació ciego; mas cómo vea ahora, o quién le ha abierto los ojos, nosotros no lo sabemos. El tiene edad, preguntadle a él y hablará por sí.

De esta suerte, el proceso prueba que el favorecido por el milagro era realmente ciego de nacimiento. Los padres testifican la enfermedad, pero como ellos no han presenciado la curación, no la pueden explicar.

Esta buena gente dice a los fariseos que interroguen a su hijo, porque temen ser expulsados de la Sinagoga, pues no ignoran que el Sanedrín había excomulgado a todos aquellos que reconocieran a Jesús por el Mesías.

Los príncipes de los sacerdotes no quisieron saber nada del milagro, porque la doctrina de Jesús les contrariaba. Iniciaron, pues, otro proceso para obligar al ciego a que dijera que el autor de su curación era un pecador.

Da gloria a Dios, le dijeron, nosotros sabemos que ese hombre es un pecador. A lo que él replicó: si es pecador no lo sé; una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo.

Insistieron ellos: pero, en definitiva ¿qué te hizo? ¿cómo te abrió los ojos? contestó el ciego: ya os lo he dicho; ¿por qué lo queréis oír otra vez? ¿queréis también vosotros haceros sus discípulos?.

Estas palabras les encolerizaron y maldijeron al ciego curado: Sé tú su discípulo, que nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que Dios ha hablado a Moisés; pero no sabemos de dónde es ése. Replicó el héroe de esta historia con cierto dejo de ironía: Maravillosa cosa es, por cierto, que vosotros no sepáis de dónde sea, y con todo me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no oye a los pecadores; sino que aquel que es temeroso de Dios, y hace su voluntad, a éste oye. En ningún tiempo se oyó que abriese alguno los ojos de uno que nació ciego. Si éste no fuera un enviado de Dios, no pudría hacer nada. Estas palabras exasperaron a los fariseos: en pecado has nacido ¿y quieres enseñarnos? Y le expulsaron. Así terminó el proceso. Ante las enérgicas afirmaciones del ciego, ante la razón clara como el sol que da para probar, que Jesús es un enviado de Dios; los incrédulos no hallan más respuesta que las injurias. No se quieren rendir a la evidencia, porque su corazón está pervertido como el de los fariseos.

Jesús busca a este hombre perseguido por su causa, y le dice: ¿crees tú en el hijo de Dios? ¿quién es, Señor, para que, crea en él? Jesús le dice: le has visto y es el que te habla. Creo, Señor, dijo el ciego, y postrado en tierra le adora.

Y así , este pobre ciego, fiel a la primera gracia, cree en la palabra de aquel que le ha dado la vista. Jesús se declara Dios, y el curado le adora como a su Dios, bien seguro de que Jesús no puede engañarle, porque Dios no confiere a los impostores el poder de hacer milagros.

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Notas:

[42] Jn. 11, 47-48.

[43] Lc. 7, 22.

[44] Jn. 10, 24-25; 38.

[45] Jn. 11, 42.

[46] Puede verse Moigno, Los esplendores de la fe, t. V; Devivier, Curso de aplogética cristiana, T. I, cap. III.

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