Así Fue la Iglesia Primitiva (I)

Título: Así Fue la Iglesia Primitiva. Vida Informativa de los Apóstoles
Autor: R. Padre José A. de Sobrino, S. J.
Adaptación pedagógica: Dr. Carlos Etchevarne, Bach. Teol.

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Contenido

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i. Presentación.

Esta necesitado nuestro mundo, cada vez más, de escuchar la Palabra de Dios. De tal manera se multiplican y difunden las palabras humanas, frecuentemente parciales y aun a veces equivocadas, que se hace cada día más apremiante que los hombres, y en particular los cristianos, se acerquen a leer y escuchar la Palabra de Dios, que nos dijo, por boca de Jesús, que El mismo era el Camino, la Verdad y la Vida. Nos atreveríamos a decir que en la topografía humana hay una multitud tan confusa de direcciones, que cada vez se hace más difícil encontrar el camino de la Paz y del Amor.

El libro que hoy nos presenta el P. Sobrino es una aportación valiosa a la Verdad hecha Camino en la vida primitiva de la Iglesia. En medio de nuestro afán continuo de cambio y de novedades, se hace también necesario mirar al pasado de nuestros orígenes cristianos, porque en ellos se nos ofrecen verdades y experiencias muy valiosas. Porque nuestro mundo, que a veces paradójicamente se inmoviliza y avejenta, necesita el ejemplo de una Iglesia joven que comentaba a caminar por el mundo, conducida por los apóstoles, porque eran a la vez amigos de Jesús y portadores de su Palabra.

Para los que hayan leído. Así fue Jesús, de este mismo autor, la presente obra es como una continuación de la primera, y, por tanto, se mueve en la misma línea de invitar a la reflexión y proporcionar un rico material informativo, que nos acerca al mundo helenístico, donde se hallan algunas raíces de nuestra cultura. La lectura de sus páginas nos permite acompañar a una Iglesia que aprendía a dar sus primeros pasos por el mundo.

Los pastores nos alegramos de disponer de este libro, que no sólo será lectura provechosa para la familia, sino material homilético para la predicación. El libro, en una palabra, une “la fidelidad en el contenido con una expresión en el modo de pensar y de hablar de nuestro tiempo,” como decía el Santo Padre en su mensaje a los teólogos españoles en la Universidad Pontificia de Salamanca.

Noble empeño al que todos debemos servir sin fatiga en el necesario diálogo con la cultura y los hombres de hoy, que tantas veces buscan a Otros aun sin saberlo.

Septiembre de 1986.

Cardenal-Arzobispo de Toledo Primado de España

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ii. Prologo.

Nosotros, los creyentes de hoy, no de la Iglesia primitiva, sino de la viva y presente y también la del año 2000, como nos gusta soñarla —, necesitamos este testimonio y esta información sobre la primitiva Iglesia. Han pasado tantos siglos sobre la Historia, que se hace necesario retrasar el camino.

Este libro es la segunda parte de otro anterior, Así fue Jesús: vida informativa del Señor. Ahora les presento la segunda tabla del díptico informativo: Así fue la Iglesia primitiva.

Esa Iglesia, fundada por Jesús durante los primeros años de su existencia. Cuando todavía vivían los apóstoles, que fueron sus amigos personales. Cuando todavía Jesús, sus palabras y milagros y la experiencia de su resurrección eran recuerdo y testimonio para muchos de aquellos primeros cristianos.

El talante literario de esta obra es el mismo de la Vida de Jesús. Por consiguiente, les ofrece una información con sus mismas características, y que, como aquélla también, antes de ser un libro, fue un programa radiofónico que voló por las ondas de España, en el Viejo y en el Nuevo Mundo.

Lo he subtitulado Vida informativa de los Apóstoles. Ya que la información nos ha sido principalmente transmitida por los Hechos de los Apóstoles, que escribió San Lucas, y por las Cartas de algunos de ellos, especialmente por las de San Pablo. Por eso en nuestro relato, aunque la protagonista es la Iglesia primitiva, lo que se refiere a Pedro y sobre todo a Pablo adquiere un especial relieve y colorido en el cuadro.

Para los que conocen la primera tabla — Vida informativa de Jesús —, este libro no puede ser una novedad ni una sorpresa, aunque me atrevería a decir que esta segunda parte resulta aún más cercana a nosotros; porque el mundo greco-latino y helenístico en el que se desenvolvió la primitiva Iglesia se halla más próximo al nuestro que aquel otro, más característicamente semítico, en el que se movió Jesús.

Encontraremos, por tanto, en estas páginas, cómo fue la primera catequesis que predicó Pedro. Presenciaremos la bajada del Espíritu Santo, no sólo en el Pentecostés cristiano, sino en otros múltiples en el que se repitió el fenómeno. Veremos derramar la primera sangre vertida por aquel diácono apasionado que se llamaba Esteban. Cómo se convirtió el primer etíope y el primer centurión romano. Cómo la fe comenzó a navegar bajo una vela griega o fue en una nao romana. Cómo se enfrentó el cristianismo con la cultura de aquellos grandes centros del helenismo, como eran Atenas, Efeso o Corinto. Llegaremos a conocer quiénes eran Águila y Priscila, la primera pareja catequista. Y Bernabé, y Silas, y Juan Marcos. Todo eso queremos contártelo para que lo percibas cerca de ti, con la proximidad de un transistor o de las imágenes de una tele. Es tu Iglesia y la mía. Y todos tenemos derecho a estar bien informados sobre aquello que fue ayer, pero sigue válido hoy y lo seguirá siendo mañana.

Pienso, sin quitar su tarea ni competencia a los especialistas en historiografía de la Iglesia ni a los biblistas neotestamentarios, sin cuyos estudios este libro sería imposible, que nuestro mundo actual necesita también de este tipo de libros, como el que les presento. Porque estamos rodeados y penetrados por los medios de comunicación social, que tantas veces nos inducen a dudas y errores, y aun excitan nuestro materialismo. Por eso se hace más necesario el testimonio de la fe cristiana de unos hombres que vivieron en un mundo que, como el nuestro, se les hacía nuevo y les resultaba difícil. La figura de un santo no es la de una estampita de papel entre las páginas de un devocionario. Ni tampoco la de una vidriera policroma de una catedral gótica. Es la de un hombre, la de un ser humano como nosotros. Un hombre o una mujer de cuerpo entero y de alma entera en un paisaje concreto. En donde el paisaje no anula la figura.

Están tan llenos nuestros espacios publicitarios e informativos de espectáculos de noticias sobre anormales, criminales y esperpentos, que nos hace falta para los ojos y el corazón la luz detergente de los santos. Y eso es en parte la Información que les presento.

No es, por tanto, un estudio exegético de las Epístolas de San Pablo, aunque las citaremos frecuentemente: ya hay otros excelentes comentarios, y cada día se van mejorando en su contenido. No es tampoco una historia de la Iglesia que maneje todo el aparato crítico para valorar hechos a veces tan dispares. Es simplemente una lectura reposada del Libro de los Hechos de los Apóstoles, que figura en cualquier edición del Nuevo Testamento a continuación de los Evangelios. En él se nos describe la permanencia activa de Jesús en su Iglesia, después de su Resurrección, bajo el soplo del Espíritu.

No hay contradicción en el reloj del tiempo. Para una Iglesia del año 2000 hay que contar con la Iglesia del año 0. Sin Jesús, ciertamente, no habría salvación ni fe cristiana. Sin la Iglesia primitiva, ese Jesús no nos habría sido anunciado. Seguiría brotando la fuente, pero el agua no llegaría a nuestros labios.

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iii. Los Hechos de los Apóstoles: Introducción.

El título que actualmente tiene el libro es Hechos de Los Apóstoles, que es la .traducción del título en griego, “Praxeis apostolon.,” con que ya se le conocía en el siglo u. Es decir, “Hechos de Apóstoles.,” sin el artículo determinado “los”; y con razón, porque “los apóstoles,” para nosotros, para el lenguaje común de los fieles, son los Doce, y en cambio la narración de este libro casi se reduce a los hechos de Pedro y de Pablo, y algo también de Juan; aunque, por otra parte, narre también algunos otros sucesos de quienes no fueron apóstoles en su estricta denominación, como son Esteban, Bernabé y otros allí nombrados.

El título de Hechos de los Apóstoles tiene precedentes en algunos escritos de la Antigüedad, como fueron los Hechos de Alejandro, escritos por Calístenes, o los Hechos de Aníbal. Y la palabra sugiere inmediatamente un relato de acontecimientos centrados en una persona. No se trata, por tanto, de una biografía que nos muestre el carácter y el curriculum vitae del biografiado, sino más bien de un conjunto de hechos protagonizados por algunos apóstoles, como continuadores del mensaje y de la obra de Cristo, que nos desbordan hasta convertirse en una historia de la marcha y progreso de la fe cristiana en los años que siguieron a la muerte de Jesús.

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01. Autor del Libro.

El autor de este libro es el evangelista San Lucas, según afirma una antiquísima tradición y confirma el análisis interno del texto.

La tradición se remonta a San Ireneo, obispo de Lyón en el último tercio del siglo u. Ireneo era originario de Asia, probablemente nacido en Esmirna, y había sido discípulo de San Policarpo. Este conoció en su juventud a Juan Evangelista y a otros que habían visto al Señor, y había sido nombrado después obispo de Esmirna por el propio Juan Evangelista. Es Ireneo quien en doce citas de sus escritos atribuye la autoría de los Hechos a Lucas, “inseparable compañero de San Pablo y colaborador con él en la predicación del evangelio.”

Asimismo en el Canon de Muratori (que lleva el nombre del investigador que lo descubrió), y que probablemente data de finales del siglo n y contiene un testimonio cualificado de la Iglesia romana, que podría ser de San Hipólito, se afirma asimismo la paternidad de Lucas respecto al libro de los Hechos de los Apóstoles. Y en el mismo sentido escriben Orígenes y Tertuliano.

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02. Clemente de Alejandría.

Si la atribución a Lucas no fuese real, sino fingida, como alguien ha pretendido, ¿no hubiera preferido la Iglesia primitiva escoger como autor a alguna otra persona más relevante, como hubiese sido alguno de los apóstoles? La coincidencia, pues, de la tradición establece indubitablemente la paternidad de los Hechos en favor de Lucas. Veamos ahora algunas rajones internas, apoyadas en el mismo texto de los Hechos.

A. Se trata de un escritor que se presenta como el mismo autor del tercer evangelio. Ahora bien, este evangelio, según múltiples testimonios, es la obra de Lucas.

B. Este Lucas parece un pagano convertido, y así lo dice expresamente el Canon de Muratori; pero lo mismo se deduce de ciertas expresiones que se encuentran en el libro, que difícilmente hubieran podido salir de la pluma de un judío educado en la tradición hebrea.

C. El texto de los Hechos manifiesta un especial y detallado conocimiento de lo que sucedió en la Iglesia de Antioquía. Ahora bien, Lucas, según la tradición, había nacido en Antioquía de Siria.

D. El autor es un compañero de Pablo, es decir, de aquellos que le acompañaron en sus expediciones y viajes apostólicos por causa del evangelio. De estos compañeros, los más asiduos fueron Bernabé, Juan Marcos, Timoteo, Tito y Silvano; pero el autor no es ninguno de ellos, porque, al narrar los sucesos, se contra distingue y los menciona como terceras personas.

Por otra parte, el texto contiene cierto número de fragmentos narrativos en los que el escritor usa el pronombre “nosotros,” es decir “nosotros viajamos,” “nosotros subimos al barco, nos detuvimos,” etc. Son los conocidos fragmentos “Wir” de la crítica textual. Este pronombre “nosotros,” usado en unas ocasiones y no en otras, parece probar una participación activa en dichos sucesos. Ahora bien, estos fragmentos “Wir” son originales de Lucas, como lo demuestra el vocabulario y la sintaxis comparativa con el texto del tercer evangelio.

Más aún, la información que Lucas nos da en esos fragmentos autobiográficos no está sacada de las cartas de San Pablo; y se diría que Lucas conoce al protagonista Pablo, posee contactos más directos con él, y no tiene por qué acudir a sus cartas para informarse. Esto explica bien una cierta independencia que se advierte entre las epístolas de San Pablo y el material paulino de los Hechos. Lo cual es perfectamente lógico, ya que una persona que conoce y trata a otra con cierta intimidad no tiene por qué consultar las cartas que él escribe a otros para saber lo que hace y piensa.

La experiencia inmediata de Lucas, como compañero temporal de las expediciones de Pablo, se confirma por la exactitud de los datos topográficos y etológicos que recoge en su itinerario. Ramsay ha recorrido los caminos de San Pablo en Asia y Europa, y ha podido comprobar la precisión de las informaciones de los fragmentos “Wir,” propias de un testigo ocular.

Algunos comentaristas contemporáneos, separándose de las pruebas de la tradición, ponen en duda la autenticidad lucana de los Hechos, y lanzan la hipótesis de que Lucas, en los fragmentos “Wir,” estaba copiando de otra fuente, digamos de un diario de viaje de un testigo que no era él. Pero se hace muy extraño que Lucas, cuya probidad historiográfica nos es bien conocida, y que nos ha narrado múltiples sucesos apoyándose en informaciones ajenas, vaya precisamente en estos fragmentos “Wir” a hacerse falsamente protagonista de sucesos, utilizando incluso un lenguaje muy semejante al del resto de la obra.

Finalmente, otras congruencias menores apoyan lo dicho, como es la insistencia y precisión de ciertos términos médicos — y sabemos que Lucas lo era — y también la cultura literaria del escritor, que posee un estilo peculiar, que emplea giros del griego ático, desconocido en el resto del Nuevo Testamento, y utiliza un vocabulario propio en un 29 por 100 de las palabras, lo cual coincide con otros datos que ya poseemos de Lucas.

El libro está dedicado a Teófilo, la misma persona a quien también dedicó su evangelio, y cuya identidad real o ficticia todavía no se ha esclarecido. Mas lo importante es conocer cuál fue la verdadera intención de Lucas al escribir los Hechos.

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03. Catequesis y Reflexión Histórica.

Los Hechos es un escrito catequético. Lucas supone la fe de los lectores y pretende profundizar en ella y “asegurarla,” darle esa “asfaleia,” esa firmeza y seguridad que prometía al comienzo de su evangelio (Lc. 1-4).

Lucas se dirige a destinatarios del mundo helenístico y posiblemente tiene ante sus ojos a los que viven en la región de Efeso. Pero de esto trataremos más adelante, cuando lleguemos en nuestra lectura a dicha región.

Es una comunidad cristiana que ya no pertenece α lα primera generación contemporánea de los apóstoles. En esta comunidad han surgido problemas internos y externos. Y Lucas pretende esclarecerlos y resolverlos, narrando para eso los orígenes de la Iglesia y mostrando que hay una identidad entre el anuncio o kerigma primitivo y la catequesis activa que se va estableciendo por la tradición. Es posible que la comunidad cristiana tenga que reflexionar sobre su identidad. Muchas de esas comunidades deben su origen a la predicación de Pablo, pero ¿es esa predicación, esa fe que Pablo les ha trasmitido, la misma que predicaban los Doce que convivieron con Jesús?

Por otra parte, pasado el primer fervor de la conversión, se presenta la monotonía de la vida cristiana y el cansancio que hay que superar en la vida de cada día, para lo cual puede ser modélico el recuerdo de los orígenes.

Finalmente, al irse desarrollando la Iglesia se refuerzan las dificultades externas provenientes del judaísmo y del paganismo, y, frente a ellas, Lucas recoge las tradiciones originales que muestran por dónde va el verdadero camino, la salvación que Jesús vino a traer al mundo.

Recientemente algunos comentaristas retrasan la composición de los Hechos hasta después del año 80; aunque otros, siguiendo en esto una bien fundada tradición, le atribuyen una fecha más primitiva.

Podría decirse que la redacción de Lucas es anterior a la destrucción de la ciudad de Jerusalén por el ejército romano, que tuvo lugar, como sabemos, en el año 70. La razón es que no hay rastro alguno en los Hechos de esta noticia, que sin duda causó un enorme impacto en todo el mundo judío, siendo así que se recogen en el texto acontecimientos de menor importancia. Por otra parte, la lectura del texto da la impresión de que la Iglesia naciente se encuentra en buenas relaciones con el Imperio Romano, cuyos funcionarios muestran a los cristianos una actitud benévola. Ahora bien, este comportamiento del Estado Romano cambió radicalmente con la persecución desencadenada por Nerón en el año 64. Si Lucas hubiese escrito después, muy probablemente nos habría dejado una indicación de este cambio tan radical en el talante de las autoridades romanas.

Finalmente, el relato de los Hechos se interrumpe abruptamente, dejando a Pablo en la cárcel de Roma, de la que sabemos que salió. Lo cual parece indicar que la obra se terminó de escribir hacia los años 62 ó 63.

Respecto al lugar, habría sólo que añadir que, si tal fue la fecha de la composición, el lugar debió de ser Roma. Y así es la opinión de San Jerónimo, aunque otras tradiciones hablan de Beocia.

Abramos esta obra, que es a la vez historia y catequesis, y que puede considerarse dividida en las dos partes ya clásicas en los comentaristas: a la primera parte se le ha llamado “Actas de Pedro,” y comprende los doce primeros capítulos; y a la segunda parte, “Actas de Pablo,” que llega hasta el final del libro, es decir, hasta su capítulo 28.

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04. Relato y Topografía de la Ascensión.

“En mi primer libro, querido Teófilo, traté de todo lo que hizo y enseñó Jesús desde el principio hasta el día en que, después de dar instrucciones a los apóstoles que había escogido, movido por el Espíritu Santo, fue llevado al cielo.

Fue a ellos a quienes se presentó después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo. Y, dejándose ver de ellos, durante cuarenta días les habló del Reino de Dios.

Una vez que comían juntos, les recomendó: — No os alejéis de Jerusalén; aguardad a que se cumpla la promesa del Padre, de la que yo os he hablado. Juan bautizó con agua; vosotros, en cambio, dentro de pocos días, seréis bautizados con Espíritu Santo.

Entonces los que se habían reunido le preguntaron: Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el Reino de Israel? El les contestó: — No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha reservado a su autoridad. Pero recibiréis una Fuerza, el Espíritu Santo que descenderá sobre vosotros, para ser testigos míos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines del mundo” (Hech. 1:1-8).

Con esta mención del Espíritu Santo, a quien llama “la promesa del Padre” y la “Fuerza,” se va preparando el relato de la venida del Espíritu Santo. Las dos denominaciones del Espíritu son muy lucanas. La primera, “promesa del Padre,” epangelía, solamente es empleada por Lucas en la conclusión de su evangelio (24:49); ahora la repite, al comienzo de los Hechos, un par de veces (1:1-4; 2:33).

Respecto a la palabra dynamis, la Fuerza, es muy usada en los evangelios y en múltiples sentidos. Lucas, muy característicamente, usa la expresión “Fuerza del Altísimo” al abrir su evangelio con el coloquio del Arcángel Gabriel y María, y de nuevo lo cierra en la última recomendación de Jesús, cuando vuelve a hablar de la “Fuerza del Altísimo,” que es sin duda el Espíritu Santo.

La pregunta que le hacen a Jesús sobre la restauración del Reino puede sorprendernos, y es indicación de cómo todavía no estaba erradicada de la mente de los apóstoles la antigua idea de un mesianismo temporal y triunfalista.

La comida que precedió a la Ascensión, y que probablemente tuvo lugar ese mismo día, tiene un nombre muy descriptivo en griego, cuya etimología más acertada es “tomar juntamente la sal,” que es una manera de nombrar un convite de amistad.

El relato de la Ascensión tiene la sobriedad característica del evangelio, tan lejos de las fantasías apócrifas.

“Dicho esto, lo vieron subir, hasta que una nube lo ocultó a sus ojos. Mientras miraban fijos al cielo viéndole irse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que se han llevado de aquí al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse” (Hech. 1:9-11).

El relato menciona una nube a la que San Juan Crisóstomo llama poéticamente “La carroza real del Señor.”  Es una nube que sigue la vieja tradición bíblica de las teofanías, en las que acompaña la aparición de Yahveh, del que a veces la nube hace de vehículo: nube que a la vez manifiesta y oculta.

Nuestro insigne poeta Fray Luis de León escribió sobre esta nube unos versos memorables:

¿ Y dejas, Pastor Santo,

tu grey en este valle, hondo, oscuro,

en soledad y llanto, y tu, rompiendo el puro aire,

te vas al inmortal seguro?

Los antes bienhadados y los agora tristes y afligidos,

a tus pechos criados,

de ti desposeídos,

¿a do convertirán ya sus sentidos?

¡Oh nube envidiosa de aqueste breve gozo!

¿qué te aqueja? ¿do vuelas presurosa?

¡cuan presto tú te alejas!

Cuan pobres y cuan ciegos, ¡ay!·, nos dejas.

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05. Los Apóstoles Regresan a Jerusalén.

Con el retorno a Jerusalén después de la Ascensión del Señor comienza propiamente la primera parte del Libro de los Hechos, que podría llamarse “Las Actas de Pedro.” Cuando los apóstoles hubieron entrado en la villa, “subieron a una habitación alta,” que es la misma donde habían recibido las primeras apariciones de Cristo resucitado.

El hecho de que Lucas (22:12) llamó en su evangelio a la sala donde se celebró la Ultima Cena anagaion, y en cambio ahora a ésta la llame yperon, no significa que se trate de dos recintos distintos, ya que ambas palabras significan una “habitación alta”; es decir, no al ras del suelo. El primer vocablo lo podía haber tomado Lucas del evangelio de Marcos (14:15); mas después, escribiendo con más independencia el Libro de los Hechos, utilizó una palabra de factura más helenística.

Sea lo que fuere del recinto, en él se reunió esta Iglesia pre-pentecostal, que comprendía tres grupos: uno, de los apóstoles; otro, que era de algunas mujeres, probablemente familiares de ellos; y, finalmente, como tercer grupo distinto, María, la madre de Jesús y sus parientes.

La lista de los nombres de apóstoles presenta algunas variantes respecto a las anteriores contenidas en los evangelios, y denota algunas modificaciones curiosas. Sabido es que la lista de los Doce se descompone en tres grupos cuaternarios, en cada uno de los cuales se nombra a los mismos apóstoles aunque no siempre en el mismo orden. Mientras que en los evangelios el orden es: “Pedro y Andrés, Santiago y Juan,” es decir, dos binarios de dos hermanos, en los Hechos se nombran “Pedro y Juan, Santiago y Andrés,” es decir, que Juan está asociado con Pedro, como vamos a verlos después en la narración de los Hechos. Y asimismo Tomás sube de preferencia, quizá por su confesión terminante de la divinidad de Jesús, en la segunda aparición a los apóstoles.

Se encuentran allí, además, los “parientes de Jesús”; y, aunque no se especifiquen quiénes eran, ya están integrados en el resto de la comunidad cristiana, y no en aquella postura conflictiva en que los evangelios nos los mostraron en otras ocasiones (Mc 3:20-21; Jn 7:2-5).

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a. La Iglesia del Pentecostés.

No existen datos en el Nuevo Testamento para localizar en Jerusalén dónde estuvo situada la habitación en la que tuvo lugar el Pentecostés; por tanto, hay que apoyarse en algunos otros datos de la tradición. Los más antiguos provienen de San Epifanio, que escribe en el siglo IV, recogiendo una antigua tradición según la cual, cuando el emperador Adriano pasó por Jerusalén rumbo a Egipto, encontró que la villa, que había sido destruida por Tito, todavía estaba en ruinas, “a excepción de algunas casas y de la pequeña Iglesia de Dios que se levanta allí, adonde los discípulos, después de la Ascensión del Salvador en el monte Olívete, regresaron y subieron a una habitación alta. Dicha iglesia se encontraba en la parte de Sión que había escapado de la destrucción posterior al asedio, por haberse allí establecido la guarnición romana dejada por Tito.”

Más adelante, en el mismo siglo IV  San Cirilo nos habla de una nueva iglesia, que llama Iglesia de los Apóstoles, que después fue ampliada hasta convertirse en una basílica conocida por el nombre de Santa Sión. Esta basílica fue visitada por la peregrina hispano-romana, la monja Eteria, que escribe que “allí el día de la Pascua cristiana se conmemoraba la aparición de Jesús resucitado a los Apóstoles, y que el domingo siguiente se leía el evangelio de la aparición de Jesús a Tomás. Y de nuevo se repetía la procesión litúrgica en el día de Pentecostés.” Por tanto, consta que hacia la mitad del siglo IV ya existía una tradición sólida que conocía el lugar de la Iglesia de Pentecostés. Si bien es verdad que toda esta tradición no prueba que esa habitación de Pentecostés sea la misma en que Jesús celebró la última Cena con sus discípulos.

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06. Elección del Apóstol Matías.

Asistamos ahora a una primera reunión, que podíamos llamar administrativa o constitucional, en la que Pedro va a tomar por vez primera la palabra: “Uno de aquellos días, estando allí reunidas unas 120 personas, Pedro se puso en pie delante de los hermanos y dijo: — Hermanos, tenía que cumplirse lo que el Espíritu Santo había anunciado de antemano en la Escritura, por boca de David, acerca de Judas, que se hizo guía de los que prendieron a Jesús. Judas adquirió un campo con el salario de la iniquidad, y habiendo caído de cabeza, reventó por medio y se le salieron todas sus entrañas, y esto se hizo notorio a todos los habitantes de Jerusalén; de suerte que aquel campo fue llamado en su propia lengua hakeldama, esto es, campo de sangre. Porque escrito está en el Libro de los Salmos: “que su finca quede desierta y que nadie habite en ella, y que su cargo lo ocupe otro.”  Por tanto, hace falta que uno que haya sido testigo de su resurrección se asocie a nosotros: uno de los que nos acompañaba mientras vivía con nosotros el Señor Jesús, desde los tiempos en que Juan bautizada hasta el día en que se lo llevaron al cielo” (Hech 1:15-22).

Pedro aparece desde el primer momento tomando la palabra, con conciencia de jefatura y de cabeza de grupo. La versión que da de la muerte de Judas difiere ligeramente de la que se halla en el evangelio de San Mateo (27:3-10); mas lo importante de las palabras de Pedro es su mención del número de los Doce, en el que los apóstoles veían una elección de Jesús que había que reintegrar y conservar. Las condiciones de los candidatos son terminantes: tienen que ser “testigos,” y, para eso, haber estado con Jesús desde el bautismo en el Jordán hasta la Ascensión, lo cual quiere decir que los candidatos habían de pertenecer a un grupo de discípulos muy asiduo a las enseñanzas del Maestro.

De los discípulos presentados uno se llama José, se apellida Barsabá y tiene por sobrenombre Justo, que no significa “piadoso o santo,” sino que es un nombre personal romano. El otro se llama Matías, nombre hebreo que quiere decir “don de Dios.”  De ninguno tenemos datos precedentes, si bien, como ya adelantó el escritor Eusebio de Cesárea, probablemente Matías perteneció al grupo de los Setenta y dos discípulos de Jesús. Su adscripción al apostolado no va a ser obra de ningún examen ni expediente humano, sino del propio Señor Jesús, a quien la Iglesia hace una primera oración comunitaria profundamente emotiva: “Señor, tú penetras el corazón de todos, muéstranos a cuál de los dos has elegido. Echaron suertes, le tocó a Matías y lo asociaron a los Once apóstoles” (Hech 1:24-26).

La oración que la Iglesia hizo en aquella ocasión invocando la respuesta de Dios es conmovedora. A Jesús se le llama Kyrios, Señor, y se le dice que es “Kardiognostes” — palabra griega sólo usada en documentos cristianos —, capaz de hacer la diagnosis del corazón humano y del interior del hombre; y a ese conocimiento se remite la designación del nuevo apóstol, sobre el que no hay que imponer las manos porque es como si Jesús, respondiendo a la plegaria de la comunidad, le señalase como apóstol.

Así fue la elección de Matías, que habría de sustituir a Judas Iscariote y completar el número de los Doce. De su vida posterior y de su muerte no se nos ha conservado información alguna con garantía histórica. Aunque sí la tiene que sus reliquias se conservan en la Basílica de Santa María la Mayor de Roma.

Como en el caso de Matías, en el correr de los siglos, el número de los apóstoles de Cristo continúa aumentándose con la agregación de nuevos nombres. La comunidad eclesial lamenta la decepción de algunos y persevera en oración, mientras que Jesús, misteriosamente, prosigue en sus diagnosis del corazón humano.

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a. Las Suertes en la Biblia.

El procedimiento de tomar una decisión mediante el azar, echándolo a la suerte, era conocido en el área de los pueblos limítrofes con Israel, como, por ejemplo, en Babilonia. Uno de estos procedimientos se asemejaba a nuestro juego de dados, que, según la cara que mostraban al caer, señalaban un significado. El pueblo hebreo conoció decisiones “por suertes,” y en concreto sabemos de un sorteo llevado a cabo por el Sumo Sacerdote, y que se llamaba Urim y Tummim. En qué consistía este juego de suertes y cómo funcionaba pertenece todavía al misterio, aunque hay ciertas hipótesis para explicarlo. El Urim y Tummim parece que eran como dados, tallados quizás en piedras preciosas, que el Sumo Sacerdote llevaba en su “pectoral.”  Este consistía en un paño cuadrado, llevado sobre la túnica y adornado con piedras preciosas que representaban las doce tribus de Israel. Repetimos que no se conoce el funcionamiento de estas “suertes.”  Ya que unos suponen que eran más bien unos bastoncitos, mientras que otros afirman que eran las mismas piedras preciosas del pectoral cuyos reflejos de luz eran interpretados con un sí o un no. La Biblia nos informa de varios casos, casi todos relacionados con la guerra, en los que el Sumo Sacerdote consultó a Dios por medio del Urim y Tummim.

Todo esto, aunque sea difícil de concretar, nos indica que en el pueblo hebreo existía una tradición según la cual podía invocarse la respuesta de Dios echando suertes.

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iv. La Venida del Espíritu Santo.

Pentecostés es un adjetivo que significa “quincuagésimo,” y que se había convertido, en el vocabulario hebreo, en una palabra para designar una de las tres grandes celebraciones religiosas del calendario, constituido, como ya sabemos, por la trilogía de la fiesta de la Pascua, la de las Tiendas o Chozas y ésta del Pentecostés.

Se celebraba, como su nombre indica, el día quincuagésimo después de la fiesta de Pascua. Si la crucifixión de Jesús tuvo lugar, como corrientemente se acepta, el día 7 de abril, la bajada del Espíritu Santo habría acontecido el 28 de nuestro mes de mayo, que muy probablemente fue el año 31 de nuestra era.

La fiesta judía del Pentecostés habría tenido su origen, como las otras fiestas, con un sentido popular de celebración agraria. Mientras que la Pascua festejaría el corte de las primeras espigas de cebada, el Pentecostés representaría el momento de la recolección de la mies ya madura y la ofrenda de los panes amasados con la nueva harina.

Con el tiempo, se añadió al Pentecostés una conmemoración festiva de la promulgación de la Ley del Señor sobre el monte Sinaí; aunque no sabemos si ya en la época de Jesús se le había comenzado a atribuir este significado. Si así fuese, hallaríamos aquí de nuevo paralelismo entre la promulgación de la antigua ley, en medio de una teofanía de fuego y de voces sobre el Sinaí, y este descenso del Espíritu Santo para confirmar la Nueva Ley, con acompañamiento de viento, de lenguas de fuego y de palabras.

“Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar, cuando, de repente, vino del cielo un estruendo, como de viento que irrumpe impetuoso, el cual llenó toda la casa donde estaban. Y vieron sendas lenguas, como de fuego, que se posaron sobre cada uno de ellos. Se sintieron todos llenos de Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según que el Espíritu les concedía expresarse” (Hech 2:1-4).

Ciertos intérpretes se preguntan si algunos de los rasgos con los que Lucas describe la bajada del Espíritu Santo no habrán sido tomados precisamente de las tradiciones judías que señalaban ese día como el de la Teofanía del Sinaí. Ya hemos dicho que no sabemos si ya, en tiempos de Jesús, el Pentecostés judío tendría ese sentido de promulgación de la ley mosaica que más adelante adquirió. Pero aunque así fuera, eso no quita nada del sentido histórico y real de la venida del Espíritu Santo en el Pentecostés cristiano, ya que se trata de un hecho indubitable, que es una clave de interpretación para la vida primitiva de la Iglesia, que remite y alude a esta bajada en múltiples pasajes del libro que estamos comentando. Por otra parte, entra dentro del estilo de la locución religiosa hebrea utilizar símbolos naturales y aun físicos para expresar otras realidades espirituales y trascendentes. El viento y el fuego han sido, no sólo en Israel, sino en otras culturas, símbolos de la Divinidad. Y la misma palabra “Espíritu,” en las lenguas hebreas, griega y latina, sirve para designar el viento, el hálito de la respiración y el Espíritu divino, ya que desde el comienzo el genio popular que forma la lengua encontró afinidades entre estos tres elementos.

También se explica la aparición de las lenguas de fuego sobre las cabezas de los congregados, ya que la posesión del Espíritu se va a manifestar inmediatamente, y a lo largo de los tiempos, precisamente por la predicación del mensaje de Cristo. Los pintores de esta estampa del Pentecostés han representado la bajada del Espíritu con unas lenguas de fuego que se posan sobre los presentes. Es sin duda una representación acertada, aunque realmente no sepamos cómo fue el fenómeno, ya que Lucas, siempre cuidadoso de su vocabulario, dice expresamente que el estruendo era como de viento y que las lenguas eran como de fuego, lo cual atenúa la expresión de un excesivo realismo.

En una palabra: podríamos decir, con lenguaje más moderno, que la bajada del Espíritu Santo fue acompañada de un fenómeno audiovisual, que la manifestó no sólo a los allí congregados, sino también a una muchedumbre que pronto acudió al suceso; porque también los que estaban fuera del Cenáculo percibieron ese ruido como de viento y comenzaron a escuchar y a entender lo que los apóstoles y discípulos les predicaban, de suerte que cada uno de ellos los oía hablar en su propia lengua. Y, ante todo, ¿quiénes eran los que formaban tal muchedumbre?

“Partos, medos, lamitas y los habitantes de Mesopotámica, de Judea y de Capadocia, del Ponto y de Asia, de Frigia y dé Pánfila, de Egipto y de la región de Libia, que está junto a Cirene, y los peregrinos romanos, tanto judíos como prosélitos, cretenses y árabes” (Hech 2:9-11).

Esta fue la geografía del Pentecostés. Diríamos el mapa carismático de la primera Iglesia por donde se va a extender la fe cristiana. Ha habido diversas explicaciones sobre el orden en que Lucas nos relata esta geografía étnica. Algunos piensan que las naciones están ordenadas según una amplia perspectiva geográfica yendo desde oriente a occidente. Comienza con los Partos, Medos y Lamitas, que habitaban al este del río Tigres, fuera de las fronteras del Imperio Romano. Después se nombra Mesopotamia, situada entre el Tigris y el Eufrates. Y a continuación Capadocia, Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, enumeradas de noroeste a sudoeste y todas ellas en Asia Menor. Finalmente, en el occidente se enumeran Egipto, Libia, los Cretenses y Roma. En cuanto a la mención de Judea, se estima comúnmente que es una lección aberrante, que no está colocada ahora en su lugar original.

No se trata sólo de una ancha banda geográfica de pueblos, sino que también se comprende una variedad de lenguas, que es un aspecto importante en el contexto del Pentecostés.

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v. Geografía Pentecostal.

Nos encontramos aquí ante la geografía pentecostal de la primitiva Iglesia, y por ello vamos a identificar a algunos de estos grupos humanos que podrían resultar menos conocidos.

Partos: eran un pueblo perteneciente al grupo racial iranio, que ocupaban una región situada entre el río Eufrates, el mar Caspio y el océano Indico. Eran muy diestros combatiendo a caballo, y los romanos mantuvieron con ellos interminables guerras fronterizas. Los partos incluso habían llegado a invadir Jerusalén, en el año 40 antes de Cristo.

Medos: naturales de Media, que era una región situada al noroeste del Irán y que limitaba al norte con Armenia. Era un pueblo de pura raza aria, y que formó parte del gran imperio persa, y uno de cuyos grupos o castas fue la de los “Magos.”

Elamitas: es una denominación de origen aplicada a los pueblos de Elam, región situada al sudoeste del Irán. Se trata de un pueblo de una rica tradición cultural, relacionado con los imperios de Sumer y Acad. Hablaban una lengua no semítica ni indoeuropea, aunque escrita en caracteres cuneiformes.

Capadocia: es una región situada en el centro del Asia Menor, que no tenía salida al mar, y que Tiberio convirtió en provincia romana. San Pedro nombra a la Iglesia de Capadocia como uno de los destinatarios de su primera carta.

Ponto: es palabra griega que significa “mar,” pero que también se aplicaba a una región del Asia Menor que limitaba al norte con el mar Negro, y que fue conquistada y desmembrada por los romanos. De allí era natural Aquila, un amigo de Pablo, a quien encontraremos después en nuestra lectura de los Hechos.

Frigia y Panfilia: eran asimismo dos regiones del Asia Menor. Frigia ubicada más hacia el interior, y Panfilia más bien como una franja costera que daba al Mediterráneo, en cuyo litoral había algunas colonias griegas. Ambas fueron regiones evangelizadas por San Pablo en sus viajes misionales.

Respecto a Asia, el nombre no se aplicaba, como hoy, al continente, puesto que era una provincia romana que comprendía algunas regiones situadas hacia la costa occidental mediterránea de lo que hoy llamamos Asia Menor, y también algunas islas adyacentes. Efeso era su capital.

Finalmente Cirene, que es la ciudad, y Cirenaica, que es la región, estaban situadas en la costa mediterránea norteafricana de lo que hoy llamamos Libia. Allí existía una confederación de colonias helénicas, la llamada Pentápolis líbica, que poseía una fuerte colonia judía.

Respecto a las otras regiones, ya nos son conocidas por nuestra geografía actual, como son: Mesopotamia, Judea, Egipto, Creta, las regiones Árabes y, finalmente, Roma.

Porque los Partos y Medos hablan el “zend,” que es un idioma indoeuropeo, de las comarcas septentrionales de Persia; Mesopotamia, Judea y Arabia utilizan lenguas semíticas, y las otras regiones se expresan en griego, koiné y dialectos. Finalmente, Roma aparece como un centro de universalidad de donde proceden tanto judíos como prosélitos no judíos.

Todo este abigarrado conjunto racial y lingüístico oye predicar a los apóstoles, que eran unos galileos casi analfabetos, y los entienden cada uno en su lengua.

“Paraban entonces en Jerusalén judíos devotos, procedentes de todos los países que hay bajo el cielo. Al producirse este ruido, se congregó la muchedumbre, y no salían de su asombro al oírlos hablar cada uno en su propia lengua. Estaban como fuera de sí, y maravillados decían: Pero ¿no son galileos todos estos que hablan? Pues ¿cómo nosotros los oímos, cada uno en nuestra propia lengua nativa, expresar las grandezas de Dios? Estaban todos fuera de sí y perplejos, y se decían unos a otros: ¿Qué significa esto? Otros, en plan de burla, decían: Están borrachos” (Hech 22:5-13).

Muchas son las interpretaciones que se han dado de este fenómeno de la locución en diversas lenguas. Unos dicen que los apóstoles hablaban en su propia lengua o dialecto arameo, y que eran entendidos por la pluralidad lingüística de los oyentes. En cuyo caso el milagro no habría sucedido en los apóstoles, que hablaban lenguas, sino en los oyentes, que los entendían. Otros piensan que se trata del mismo fenómeno carismático de la “glosolalia” o “habla en lenguas,” que se repitió más adelante en Corinto y que nosotros comentaremos en su lugar. Según él, los apóstoles no hablaban en un idioma determinado, sino que emitían sonidos inarticulados o voces, que eran interpretados por los diversos oyentes.

Otros, finalmente, y quizá ésta sea la explicación más razonable, entienden que los apóstoles hablaban en otras lenguas diferentes de la suya propia, y que eran las lenguas del auditorio allí presente congregado. De suerte que los entendían cada uno en su lengua materna, sin que esto significase que todos los oyentes entendiesen a todos los predicadores. Simplemente, había una pluralidad lingüística de predicadores impulsados por el carisma del Espíritu.

En todo caso, este fenómeno tan inusitado causa la curiosidad de muchos y la admiración de todos, y no faltan tampoco quienes piensan que se trata de unos hombres embriagados, exactamente con “mosto” o vino no fermentado, y que no saben lo que se dicen. Entonces Pedro interviene.

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01. Primer Discurso de Pedro.

Puesto Pedro de pie, con los Once, levantó la voz y les dirigió este discurso: “Hombres de Judea y vosotros todos los que habitáis en Jerusalén, quede esto bien claro, y escuchad mis palabras: no están borrachos estos hombres, como vosotros suponéis, puesto que es la hora tercera del día” (Hech 2:14-16).

Pedro comienza descartando la sospecha en los oyentes de una borrachera, a la que él llama “estar lleno de mosto” (de gleukos, vino reciente y dulce, todavía no fermentado) Es posible que la manera de hablar de los apóstoles en aquella elocución entusiasta y carismática pudiera dar la impresión de que algunos de los que hablaban estaban ebrios, sobre todo para aquellos que no comprendían el idioma de los otros. También Pablo, más adelante, señalará esa misma impresión que le producían a él algunos de los creyentes de la Iglesia de Corintio. Pero —añade Pedro — éste no es el caso, por lo temprano de la hora. Ya que es sabido que los judíos, respetuosos de la tradición, y los apóstoles sin duda lo eran, solían permanecer en ayunas hasta la hora cuarta, después del oficio matutino del Templo, y este acontecimiento tenía lugar precisamente a la hora de tercia, inmediatamente después del soplo del viento del Espíritu.

Podrán quizá parecer embriagados — admite Pedro —, pero no es por causa del vino, sino por el Espíritu de Dios, ya que ahora se está cumpliendo lo que había anunciado el profeta Joel: “En los últimos días, dice Dios, derramaré mi Espíritu sobre todo hombre. Profetizarán vuestros hijos e hijas, vuestros jóvenes tendrán visiones y vuestros ancianos soñarán sueños, y sobre mis siervos y siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días y profetizarán. Habrá prodigios arriba en el cielo y signos abajo en la tierra: sangre y fuego, y columnas de humo. El sol se tornará tinieblas y la luna se teñirá de sangre, antes de que llegue el Día del Señor, día grande y deslumbrador, y será así que todo el que invocare el nombre del Señor se salvará.” (Hech 2:17-21).

Joel fue un profeta cuya vida puede situarse alrededor del año 400 a. de C. En su profecía hay una referencia claramente escatológica del final de los tiempos mesiánicos, en los que habrá una efusión abundante del Espíritu, hasta el punto de que se ha llamado a Joel el “profeta del Espíritu Santo.” Ese fin va acompañado de un cuadro de catástrofes cósmicas que no hay que interpretar como fenómeno físico, ya que se trata de formas literarias con que se revisten los grandes acontecimientos de la historia, de una manera semejante a como lo hicieron Mateo y Lucas en el discurso escatológico (Mt 24:29-30; Lc 21:25-26).

El profeta anuncia en este lenguaje el nacimiento de una nueva era, el parto de una nueva criatura que nacerá del Espíritu. Y Pedro señala que esa criatura está naciendo ante los ojos y oídos de los allí presentes.

La promesa de Joel tiene sentido universal: El Espíritu llenará a hombres y mujeres, a jóvenes y ancianos, e incluso también a los esclavos, ya que ése es el significado original que se encuentra en la profecía de Joel. El final de la cita profética ofrece a Pedro la ocasión de introducir a Jesús en su predicación; dice el Profeta que “todo el que invoque el nombre del Señor será salvo.”  Ese Señor, para Joel, es Yah-veh, el Dios de Israel; mas para Pedro ese Señor, cuya invocación salva, es también Jesús.

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02. Mensaje valiente: Jesús vivo y David muerto.

“Hombres de Israel, escuchadme: A Jesús de Nazaret, hombre acreditado por Dios ante vosotros con milagros, prodigios y señales, como bien sabéis, a éste, dentro del plan prefijado y definido por Dios, vosotros lo matasteis crucificándolo por mano de los paganos, pero Dios lo resucitó, liberándolo de los dolores de la muerte, ya que no era posible que ella lo retuviera en su poder” (Hech 2:22-25).

La predicación de Pedro es precisa y valiente. Nada queda de la precipitación ni timidez aquella que le hizo requerir la espada o negar al Maestro en la noche de la Pasión.

Os estoy hablando, les dice, de Jesús Nazareno, a quien todos habéis conocido y a quien Dios ha acreditado ante vosotros mediante las obras que ha hecho. Y al llegar aquí, Pedro emplea tres palabras para designar estas obras. Jesús ha hecho milagros,” dynameis, que significa “la manifestación del poder y la fuerza,” que lleva el milagro consigo; ha hecho “prodigios,” terata, que es la palabra que señala su carácter sorprendente y portentoso, y ha hecho además semeia, es decir, “señales,” ya que son reveladores de la persona y de la misión de Jesús.

A este Jesús le entregaron a la muerte los judíos y ejecutaron la muerte los romanos; pero todo obedecía a un plan previsto y sancionado por Dios, que resucitó a Jesús. Y este hecho de la resurrección, afirma Pedro, está apoyado en nuestra experiencia, porque “todos nosotros somos testigos de esa resurrección.” Además, la resurrección estaba profetizada en las Escrituras.

Este sentido de continuidad entre el Nuevo j el Viejo Testamento estuvo muy vivo en la Iglesia primitiva. Y después pasó a las formulaciones más antiguas y venerables del Credo, cuando en él confesamos que Jesús “resucitó al tercer día, según las Escrituras.”

En esta línea de la confirmación bíblica, Pedro menciona al profeta David, que en el Salmo 16, hablando con Dios dice:

“ Tengo siempre presente al Señor, y mi carne descansa esperanzada; porque no me entregarás a la muerte ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción” (Sal 16:8-11).

Y en otro salmo también añade el mismo David: “Dijo el Señor a mi Señor: siéntate a mi diestra, que voy a hacer de tus enemigos estrados de tus pies” (Sal 110:1).

Sobre estos textos arguye Pedro: – dice David que no verá la corrupción; pero David murió, y lo enterraron, y conservamos su sepulcro hasta hoy entre nosotros. Luego David no habla en nombre propio, sino en nombre de uno de sus descendientes, que es precisamente Jesús.

Según David, Dios le dijo a su Señor: “Siéntate a mi diestra.”  Pero David no subió al cielo; luego ese Señor a quien se dice que se siente a la derecha de Dios no es David, sino Jesús, el Mesías y Señor de la Vida.

Incidentalmente, esa misma manera de razonar es la que había empleado Jesús, cuando en una disputa con los fariseos les arguyó con este mismo texto sin que sus contradictores supieran cómo responderle (Mt 22:41-46). Y respecto al sepulcro de David, todos los allí presentes sabían dónde se haliaba en Jerusalén, ya que existía una tradición atestiguada por el profeta Nehemías (3:16) desde el siglo III; y aún no hacía mucho tiempo que Hircano había despojado una de las cámaras sepulcrales llevándose tres mil talentos de plata. Este sepulcro estaba situado en la pendiente meridional de la colina Ofel, aunque su exacta localización se perdió tras la destrucción de Jerusalén, y más adelante, en el Medievo, se localizaría, aunque falsamente, en el mismo emplazamiento del Cenáculo cristiano.

David ya está en su tumba, David no subió al cielo; así concluye Pedro su razonamiento: “Pues bien, Dios resucitó a este Jesús, y todos nosotros somos testigos de ello. Sepa, por tanto, certísimamente toda la casa de Israel que Dios ha hecho Señor y Mesías a este Jesús a quien vosotros crucificasteis” (Hech 2:32-36).

Estamos ante el primer sermón de la catequesis cristiana a unos judíos, en la misma ciudad de Jerusalén donde Jesús había sido crucificado no hacía dos meses todavía. Y la catequesis brota pujante y definida: “sepa certísimamente, sin lugar a dudas, toda la casa de Israel, que Dios ha constituido Mesías y Señor a ese mismo Jesús a quien vosotros crucificasteis.”

La afirmación es de una absoluta firmeza y exige una entera credibilidad. El adverbio usado por Pedro es asfalós (lo que no puede caerse), y es la misma palabra que San Lucas empleó en el prólogo de su evangelio, que él escribía para que los lectores tuviesen la asaleta, la seguridad y firmeza en la verdad transmitida. Pedro y Lucas eran dos “transmisores” que estaban seguros de lo que nos decían. Dos rayos de sol para disipar nuestras dudas y nieblas. Y la trasmisión era ésta: la identidad de la persona de Jesús, de suerte que el que estuvo crucificado en el Gólgota está ahora resucitado en los cielos, y ése es el Mesías. Palabra de profundas resonancias en la tradición hebrea: un Mesías, despojado de todo ese falso triunfalismo político que se le había añadido, porque ha muerto en la cruz, pero está revestido de una divinidad mucho más trascendente porque es “el Señor.”

Quizá no se pueda todavía ver en este título del “Señor” todos los rasgos estrictamente divinos que Pablo después trazara en su definición del Cristo “Señor de todos los dioses y señores” del paganismo. Quizá la prudencia de la catequesis de Pedro le aconsejaría ir gradualmente en la predicación ante unos judíos monoteístas que acababan de crucificar a su Mesías. Pero en la calificación de Jesús, como Mesías y Señor, ya está íntegramente la confesión de la fe en la Mesianidad y Divinidad de Jesús, que será la impronta y característica del nuevo Camino que predicarán los apóstoles guiados por el Espíritu.

La reacción de los oyentes es muy significativa: primeramente les embarga la emoción: “las palabras les traspasaron el corazón.”  Y surge inmediatamente una pregunta: la primera que la sinagoga, que está muriendo, hace a la Iglesia, que está naciendo: ¿qué tenemos que hacer? Y la respuesta de la Iglesia es:

“Convertíos, y que cada uno de vosotros se bautice en el nombre del Jesucristo para remisión de vuestros pecados, y así recibiréis el don del Espíritu Santo; porque esta promesa es para vosotros, para vuestros hijos y para todos los que, estando lejos del Señor, nuestro Dios se dignase llamar” (Hech 2:38-39).

Nosotros, que entonces “estábamos lejos,” nos sentimos así convocados, por aquella primera predicación de Pedro, cabeza de la Iglesia, en la mañana primera del Pentecostés, y sentimos también que nuestro corazón se conmueve y que se afianza nuestra fe.

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vi. La Comunidad Primitiva.

Al final de nuestro capítulo anterior leíamos aquella pregunta que la sinagoga judía, que estaba muriendo, dirigía a la naciente Iglesia de Cristo: Hermanos, ¿qué hemos de hacer? A lo que Pedro respondió: “convertios y bautizaos en el nombre de Jesucristo.”

Sin embargo, en el final del evangelio de San Mateo oímos cómo Jesús resucitado, en la aparición en que se mostró a sus discípulos en un monte de Galilea, les había encomendado que fuesen por todo el mundo e hiciesen discípulos de todas las naciones, “bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.” Ahora bien, en el texto de los Hechos que estamos comentando se afirma que los primeros cristianos fueron bautizados “en el nombre de Jesús.” ¿Significa esto que la fórmula del bautismo era distinta?

El tema se ha estudiado y comentado diversamente, y algunos han pretendido que la invocación trinitaria representa una fórmula tardía, ya que el bautismo “en nombre de Jesús” fue lo primitivo. Santo Tomás de Aquino llegó a admitir que posiblemente la fórmula de bautizar en el nombre de Jesucristo se usó primitivamente, y que podría estar apoyada en una revelación hecha especialmente a los apóstoles.

Pero el comentario casi unánime de los escrituritas, y el testimonio de todas las fuentes históricas de fórmulas litúrgicas, aseguran que desde el comienzo de la Iglesia la fórmula del bautismo fue la trinitaria, transmitida por San Mateo, y que cuando éste la incluye en su evangelio es no sólo porque ya era la empleada entonces por la comunidad cristiana, sino porque también originalmente procedía de Jesús.

La expresión “bautizar en el nombre de Jesús” tiene otras explicaciones, como es la de distinguir el bautismo cristiano de otros ritos bautismales entonces existentes entre los judíos, incluido el bautismo administrado por Juan Bautista y sus discípulos. Bautismo de Jesús, por tanto, significa el bautismo instituido por El y que reposa sobre la fe en Jesús como único Salvador, aunque la fórmula de administración fuese la trinitaria.

El número de los que se bautizaron en aquel primer día fue de unos 3.000. Podemos estar ciertos de esta aceptación masiva, ya que San Lucas, muy cuidadoso al consignar fechas y números, así lo escribe. Y que la cifra es enteramente posible, el texto lo deja entender, ya que Pedro pronunció aquel día otros discursos y exhortaciones, y que además los otros apóstoles pudieron asimismo bautizar a la muchedumbre. Tampoco el texto exige que los convertidos de ese día recibiesen inmediatamente todos ellos el bautismo por inmersión. En suma, la Iglesia, en su primer día, creció desde aquellas 120 personas reunidas en el Cenáculo hasta casi 3.000. Sin duda, la red de Pedro repetía la pesca milagrosa, pero esta vez como pescador de hombres.

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01. Cuatro notas de la primitiva comunidad.

A continuación Lucas nos traza con sobria precisión el cuadro de la vida de la comunidad jerosolimitana en sus orígenes.

Se mantenían fieles a las enseñanzas de los apóstoles y a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones (Hech 2:42). Cuatro trazos de este primer cuadro de costumbres cristianas. El primer elemento lo constituye la doctrina o enseñanza de los apóstoles, que el texto griego llama la Didajé, palabra que ha servido para designar la catequesis primitiva que constituía el anuncio o kerigma de la nueva fe.

Un resumen de esta catequesis lo acabamos de escuchar en el discurso de Pedro. Y es de suponer que la catequesis de aquellos primeros tiempos de la Iglesia de Jerusalén insistió y discurrió por las dos vertientes del hecho cristiano. La vida, muerte y resurrección de Jesús se refería a algo que había sido previsto por Dios y anunciado por los profetas. A lo que se añade que, además, se trataba de un hecho contemporáneo. Jesús, “este Jesús,” como Pedro lo señala, era una persona bien conocida cuya predicación y milagros habían sucedido, y entre ellos mismos. Este Jesús había sido sentenciado a muerte por Pilato, y crucificado y muerto, como era patente a todos. Y este Jesús, y aquí estaba la fuerza testimonial, había sido visto otra vez vivo y resucitado de los muertos por aquellos mismos que lo estaban predicando.

El segundo elemento de la comunidad de Jerusalén fue la comunión, en griego la koinonia, que no significa la reunión eucarística, sino la unión o comunidad fraterna entre los creyentes. Esta koinonia o unión de ánimos se manifiesta de múltiples modos, y en concreto por la participación comunitaria de los bienes, de la que hablaremos más adelante.

La koinonia como comunidad es un concepto que también se encuentra en San Pablo, cuando enseña que los cristianos han sido llamados a la “comunión con Cristo y con la Sangre de Cristo” (1 Cor 10:16), y con el Espíritu Santo (2 Cor 13:13), y también a la comunión fraterna con los pobres (Rom 15:25). Y asimismo San Juan, en su primera carta insiste en esta kotnonia que debe realizarse entre los cristianos y que también se extiende al Padre y a su Hijo Jesús (1 Jn 1:3; 6:7).

El tercer elemento es la “fracción del pan”: la klasis. Es indiscutible que posteriormente, desde comienzos del siglo II, klasis era el término técnico y preciso empleado en el lenguaje eclesiástico para significar el banquete eucarístico en el que se partía o rompía el pan. Sin embargo, también parece que ya aquí, en este acto de la “fracción del pan,” no se quiere indicar simplemente una comida ordinaria, que no tendría por qué ser característica de la comunidad cristiana, sino que ya se refiere al Banquete Eucarístico instituido por Jesús y que constituía desde los comienzos uno de los lazos litúrgicos y fraternales de la primera comunidad.

Finalmente, el cuarto trazo lo constituye las oraciones, que en absoluto podrían ser las que todavía los cristianos continuaban haciendo en el Templo de Jerusalén, como herederos de la piedad judía; pero, dado que estas oraciones se mencionan más adelante en el texto, parece que aquí más verosímilmente se quiere significar las oraciones o himnos, incluyendo, por supuesto, algunos salmos que acompañaban la “fracción del pan” en aquellas reuniones litúrgicas celebradas en las casas de los cristianos, que comenzaban a ser así los primeros templos del nuevo culto.

Algunos han visto en la agrupación de estos cuatro elementos una caracterización de las partes esenciales de la liturgia comunitaria en la primitiva Iglesia, ya que existe un cierto paralelismo entre ella y nuestra acción litúrgica, tal como ha quedado estructurada en la celebración de la Misa. En efecto, en ella había una parte dedicada a la enseñanza de los apóstoles, que puede equipararse a nuestra “liturgia de la palabra,” con sus lecturas bíblicas y homilía. Después venía la kotnonia, que equivale a la colecta de las ofrendas para los pobres, que antes tenía lugar en el momento del ofertorio. A esto seguía la “fracción del pan,” que constituye la acción propiamente eucarística. Y todo va acompañado por oraciones y cánticos.

Completemos ahora la estampa de la comunidad eclesial.

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02. La Doctrina de la Didaje.

El término didajé, en el sentido de la doctrina que Jesús predicaba, se encuentra también en los cuatro evangelios y en otras citas de los Hechos y Epístolas de los Apóstoles: era la didajé nueva de la predicación de Jesús, acompañada de demostraciones de poder ante las que se admiraban las turbas (Mt 7:28; 22:33; Mc 1:22; 11:18; Lc 4:32). Y era la misma didajé de la que Jesús afirmaba que “esta doctrina no es mía, sino del que me ha enviado” (Jn 7:17). El término de didajé también se ha aplicado concretamente a un escrito descubierto en 1875, llamado la Didajé, o doctrina de los apóstoles. Algunos piensan que se trata de un documento muy primitivo de finales del siglo I, elaborado en la Iglesia de Antioquía; aunque otros le atribuyen una fecha posterior. El escrito, redactado en griego, contiene una colección de instrucciones de los apóstoles que, en cuanto a su redacción, son independientes de otras fuentes conocidas, como la carta de Bernabé, el Pastor de Hermas y las otras cartas del Nuevo Testamento.

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03. ¿Un “comunismo” cristiano?

“Todo el mundo estaba impresionado por los muchos prodigios y señales que los apóstoles realizaban. Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común: vendían las posesiones y bienes y lo repartían entre todos, según las necesidades de cada uno. A diario, y en grupo, frecuentaban el Templo. Partían el pan en las casas y comían juntos alabando a Dios con alegría y de todo corazón, siendo bien vistos de todo el pueblo. Y día tras día el Señor iba agregando al grupo a los que se iban salvando” (Hech 2:42-47).

Tras los cuatro primeros trazos sintéticos, el cuadro descriptivo se amplía y perfecciona. Aparece aquí por vez primera esa nota, característica de la comunidad de Jerusalén, de poseer en común los bienes y de ayudar con ellos a todos, según las necesidades de cada uno. Mucho se ha comentado sobre esta práctica, que algunos han llamado “comunismo cristiano,” y sobre ella volveremos a hablar más extensamente con ocasión de la historia de Ananías y Safira.

Sobre este punto del comunismo: no parece que la venta y reparto de bienes fuese la consecuencia de un principio doctrinal, como existía entre los esenios, que tan sólo admitían una propiedad comunitaria, administrada por las autoridades del grupo. Más bien parece que los bienes de estos primeros cristianos se iban aportando y vendiendo conforme surgían las necesidades de los hermanos. En una palabra: no se trataba de un comunismo doctrinal, apoyado en una teoría social de la propiedad, sino más bien de una expresión del amor fraterno por el que se ayudaban todos mutuamente con sus personas y bienes. Una manifestación, en suma, de la caridad que Jesús había señalado como el mandamiento principal del Nuevo Reino de los Cielos.

Más claramente, la práctica de este sentido de la propiedad, que alguien podría llamar comunista, pero que nosotros preferimos llamar comunitario, parece ser el resultado de la concurrencia de tres factores. El primero es la existencia en la comunidad de Jerusalén de un grupo bastante numeroso de “pobres,” llamémosles con esa clara palabra, que se hallaban faltos de los recursos más necesarios para subsistir. Y esto no era extraño, porque poseemos otras informaciones extraevangélicas sobre la presencia de tales personas indigentes, precisamente en Jerusalén.

El evangelio ya nos había mostrado esa presencia de los pobres y de los marginados alrededor de Jesús, y cómo éste los atendía y les mostraba una predilección singular. Más adelante, en las cartas de San Pablo se menciona esta penuria de la comunidad de Jerusalén a la que San Pablo atiende fraternalmente con sus colectas. En suma, hay un primer hecho: en Jerusalén hay pobres. No es, por tanto, de extrañar que bastantes de ellos entrasen a formar parte de la nueva comunidad de fe y de caridad que era la Iglesia primitiva de Jerusalén.

Segundo hecho. También hay ricos. Quizá pocos en número, pero nos consta de la existencia de quienes tenían posesiones propias u otros tipos de riquezas. Y en el evangelio se nombran ocasionalmente a estos ricos: Zaqueo, José de Arimatea, la familia de Betania, algunas de las mujeres que asistían con sus bienes a Jesús y a los apóstoles, y que constituían lo que podíamos llamar la “intendencia” de aquel grupo; quizá habría que añadir algunos sacerdotes de los que se convirtieron a la nueva fe. Brevemente, había pobres y también ricos en la comunidad jerosolimitana.

Tercer hecho, que es el determinativo de este “comunismo” cristiano. Jesús y su doctrina se hallaban todavía muy cercanos: acababa de morir y de resucitar. Y sus palabras no eran páginas de un libro, sino recuerdo vivo en la memoria de muchos de los miembros de la comunidad de Jerusalén. Y hasta ellos, quizá mucho más que hasta nosotros, había llegado la invitación de Jesús de “dadlo a los pobres y tendréis un tesoro en el cielo.” Y “lo que hacéis por uno de ellos, lo hacéis por mí.” Pobres, ricos, y la presencia inmediata de Jesús y del Espíritu, que se derrama copiosamente en aquella primitiva comunidad. Ahí están las razones del comunismo.

Más adelante, dicha práctica desapareció, como modo ordinario de proceder de una comunidad. Pero conservó el espíritu y aun la realidad de una generosa caridad que llegó a formar parte de la celebración eucarística, en la que no sólo se consagraba el Pan de Vida, sino que se repartía el pan de los pobres.

Sobre este extremo podríamos recordar un texto escrito por San Justino en su primera. Apología. Justino, filósofo y mártir, nació en los primeros años del siglo u en Flavia Neapolis, la antigua Sikem (la del pozo de la Samaritana) Convertido al cristianismo, conserva, sin embargo, una estima por lo que de verdad había hallado en la filosofía griega de un Heráclito y sobre todo de Sócrates, al que presenta como un “profeta del Verbo Divino.” La vida posterior de Justino nos lo muestra como un acérrimo apologeta de la fe cristiana, que defendió incluso ante el Senado romano. Finalmente fue condenado a muerte por defender su fe. Su martirio, que probablemente ocurrió en el año 166, no carece de cierta ironía: el filósofo Justino fue acusado por Crescente, también filósofo, y condenado a muerte en nombre de Marco Aurelio, el Emperador Filósofo. Justino nos dejó en uno de sus escritos una descripción de cómo ese comunismo cristiano primitivo “había perdurado en la celebración de la Eucaristía”: “Los que poseen bienes de fortuna, y quieren, cada uno da lo que bien le parece, y lo que se recoge se deposita ante el que preside, que es quien se ocupa de repartirlo entre los huérfanos y viudas, los que por enfermedad u otra causa cualquiera pasan necesidad, así como los presos y los que se hallan de paso como huéspedes. En una palabra, él es quien se encarga de todos los necesitados.”

Los primeros cristianos permanecieron algún tiempo adheridos a las prácticas rituales del mundo hebreo, de las que sólo se irían separando lentamente bajo la guía del Espíritu. De momento acudían en grupo cotidianamente al Templo. Y se reunían en las viviendas y casas privadas con el doble propósito de celebrar la Eucaristía — y otra vez se emplea aquí el término técnico de “romper o partir el pan” — y además de reunirse en unas comidas o cenas comunitarias.

Y todo ello con alegría (Hech 3:46), Lucas emplea la palabra griega agalliasis, que es un término cuyo sustantivo y verbo significan no simplemente la alegría — que se dice jara — y por ello se reservan para las grandes ocasiones de gozo y de exaltación. Tal palabra la empleó el ángel para anunciar a Zacarías el nacimiento de Juan, y también la Virgen María en su cántico del Magníficat, y Jesús en una ocasión memorable al advertir que el Padre Celestial se revelaba a los simples y pequeños.

El capítulo segundo de los Hechos termina con una nota triunfal: “Cada día, el Señor añadía nuevos creyentes al grupo de los fíeles.” Lucas ha querido repetir en eco la afirmación que nos dejó en el Evangelio de la Infancia de Jesús cuando escribió que “el niño iba creciendo en estatura, en sabiduría y en gracia.” También a unos años de distancia, por la acción del Espíritu, la Iglesia, todavía niña, iba creciendo en número y en gracia delante de Dios y de los hombres.

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vii. El Primer Milagro de los Apóstoles.

El capítulo tercero de los Hechos se abre con la narración del primer milagro concreto que realizan los apóstoles, de los que ya antes se había adelantado que “hacían muchos prodigios y milagros” (Hech 2:43).

La ley mosaica prescribía el rito cotidiano de un doble holocausto en el Templo de Jerusalén. Muchos de los judíos piadosos que residían en Jerusalén asistían a esta doble liturgia cotidiana, que tenía lugar a las nueve de la mañana o a las tres de la tarde, y que estaba acompañada de un toque de trompetas, que advertía al pueblo el preciso momento de la ofrenda.

En la ocasión que comentamos, Pedro y Juan iban al Templo para asistir a la liturgia de la tarde, y entraron en el recinto sagrado por la puerta Especiosa.

“En cierta ocasión, Pedro y Juan subían al Templo a la oración de la hora nona en el momento en que era también transportado un hombre rengo de nacimiento, al que colocaban cada día ante la puerta del templo, llamada Especiosa, para pedir limosna a los que entraban” (Hech 3:1-2).

La puerta, que los textos llaman Especiosa, o Bella, y que no hay que confundir con la de Nicanor, era la que conducía desde el patio de los Gentiles al de las Mujeres, y era sin duda la entrada más frecuentada del Templo, especialmente en las horas de oración. Las puertas estaban formadas por dos grandes hojas o batientes de madera de cedro, adornadas de oro y plata; su altura era de 13,5 metros, y la anchura de ambas hojas de casi siete metros. Del nivel del patio de los Gentiles hasta el de las Mujeres, que estaba más alto, se subía por cinco escalones, donde se solían sentar los mendigos, como el que fue objeto de la curación que estamos narrando.

“Este mendigo, viendo a Pedro y Juan a punto de entrar en el Templo, les pedía limosna; Pedro fijó en él la vista, juntamente con Juan, y le dijo: Míranos. El los miraba atentamente, esperando recibir algo, y Pedro le dijo: — Ni oro ni plata tengo, pero lo que tengo, esto te doy: en el nombre de Jesucristo de Nazaret: ¡anda!

Y tomándolo por la mano derecha, lo levantó. Al instante se le fortalecieron sus pies y tobillos y, dando un salto, se puso de pie y andaba. Entró con ellos caminando, dando saltos y alabando a Dios” (Hech 3:3-8).

Este milagro se realiza “instantáneamente.” Un adverbio preferido de Lucas, que lo usa diez veces en su evangelio. Al cojo se le “consolidan las plantas de los pies y los tobillos,” que están aquí expresados con términos propios de la medicina. Finalmente, Pedro invoca el nombre de Jesucristo de Nazaret, y esta invocación es a la vez una confesión de su fe en el Maestro, que les había hecho la promesa de responder a su oración cuando les tenía anunciado: “Impondréis las manos a los enfermos y sanarán.”

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01. El Nombre de Jesucristo.

Este primer milagro de los apóstoles se hace “en el nombre de Jesucristo,” invocando su nombre. Es imposible resumir todo lo que significa este nombre. Intentemos una síntesis.

Jesús tenía un nombre por el que le llamaban sus contemporáneos, y que podríamos decir que era su “nombre histórico.” Es el nombre que el ángel le anunció a María y a José: “Le llamarás Jesús.” Es la transcripción a la lengua española del nombre hebreo, que a su vez es una contracción de Ye-hoshuah, que significa literalmente “Yahveh es salvación.”  También sus convecinos y conocidos le llamaban “Jesús, hijo de María, y Jesús, hijo de José.”  Y después, durante su proceso y pasión, le dijeron Jesús Nazareno.

Podríamos decir que Jesús tenía dos géneros de nombre:

A) El histórico — Jesús, 213 veces en San Pablo —, como le llamaban la familia y los conocidos; aunque algunos de éstos, singularmente los apóstoles, no le interpelaban por su nombre personal, Jesús, sino por el de su función y oficio, como era el de Rabbí, o Mari, que significan Maestro y Señor. Por otra parte, tanto los discípulos como la muchedumbre, le llamaron también Cristo — 379 veces en San Pablo —, que es la traducción griega del hebreo “Mesías”; es decir, el Ungido del Señor. Así lo escribe Juan el Evangelista, refiriendo el encuentro de Andrés con su hermano Pedro: “hemos encontrado al Mesías, que significa Cristo” (Jn 1:41). Y es indudable que entre amigos y enemigos también le llamaron Cristo en diversas ocasiones.

B) El otro género de nombre, que podríamos llamar cristiano, era el del lenguaje de la fe, con el que le nombraron los que predicaron y escribieron de El, y fue, Jesucristo. Supuesto este doble nombre de Jesús y de Cristo, la unión entre los dos es una fácil consecuencia, y por ello Marcos escribe: “Comienza el evangelio de Jesucristo, el Hijo de Dios” (Mc 1:1). Algunos exegetas afirman que Jesús nunca usó personalmente este nombre de Jesucristo, y que, por tanto, el nombre no pertenece a las propias palabras ipsissima verba del Maestro.

En todo caso, los apóstoles, después de que Cristo resucitó, y la Iglesia primitiva tras ellos, le llamaban Jesucristo. Y, en concreto, Pedro lo hace con ocasión de este primer milagro de la curación del paralítico. Pablo, por su parte, repite al comienzo de sus cartas, y también en el texto posterior, esta forma compuesta, en los dos sentidos, es decir, Jesucristo y Cristo Jesús.

Otros muchos nombres se encuentran en el Nuevo Testamento que se aplicaron a Jesús, muchos de ellos por autodefinición propia, como Hijo del Hombre, Esposo, Vida, Luz del Mundo, Camino, Verdad, Resurrección. Y otros que le aplicaron los demás, como Cordero, Salvador, Primogénito, Rey de Israel, Nuevo Adán, Alfa y Omega, Logos, Hijo de Dios, Dios y Señor. Este último título fue uno de los preferidos por San Pablo, para el que tenía indudablemente un significado divino, como consta del himno de la Carta a los Filipenses: “Dios lo ha exaltado y le ha dado un nombre que está sobre todo nombre., para que toda lengua proclame que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Flp 2:9-11).

Sin duda que para San Pablo ésta es la dignidad suprema; pero no puede olvidarse que también la palabra Kyrios tenía fuertes resonancias humanas. Porque así se llamaba al emperador. Y este título en el culto imperial llegó a divinizarse.

Así recobra todo su pleno valor, en el cielo y en la tierra, este título de Señor dado a Jesucristo, como se proclama en la Carta a los Efesios 4:5: “Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre.”  La Iglesia, heredera de esta fe, se complació desde el principio en confesarla. Y frente a tantos señores terrenos que dominaban el mundo, y tantos dioses que todavía se veneraban en el Panteón, cantó con todas sus fuerzas: “porque sólo Tú eres Santo, sólo Tú Kyrios, Tú solo Altísimo, Jesucristo.”

Volvamos ahora al milagro. La reacción de la muchedumbre no se hizo esperar: “Todo el pueblo le vio andar por sus pies y alabar a Dios. Y reconocieron que era el mismo que sentado pedía limosna junto a la puerta Especiosa del Templo, de modo que se llenaron de estupor y pasmo por lo que había sucedido” (Hech 3:9-10).

El suceso no era para menos. El inválido tenía más de cuarenta años y era sin duda bien conocido de los que frecuentaban el Templo, que lo habían visto allí pidiendo limosna y como formando parte del marco humano de la puerta Especiosa. La muchedumbre, excitada por el hecho, corrió hacia Pedro y Juan, de los que el cojo no se separaba; y se reunió un gran gentío en el pórtico llamado de Salomón.

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a. El Pórtico de Salomón.

Esta galería porticada ya existía en aquel mismo sitio desde tiempos del primer templo edificado por Salomón; aunque había sido reconstruida dos veces. La galería estaba formada por una triple hilera de columnas, de las que la más exterior estaba empotrada en la muralla que rodeaba el Templo. Este pórtico estaba situado en el lado oriental del Atrio de los Gentiles, que corría paralelo al torrente Cedrón. Sus columnas de piedra blanca, de algo más de once metros de alto, y techado con una cubierta de cedro, protegía a los fieles del calor y de la lluvia, y también del viento helado que en invierno soplaba desde el desierto. Y fue precisamente en un invierno, con motivo de la fiesta de la HanukJkah, cuando San Juan nos informa de la presencia de Jesús en aquel pórtico, donde estuvo predicando (Jn 10:22-34). La Hanukkah se llamaba también la “fiesta de las Luminarias,” por causa de unas lámparas que se encendían y colocaban en los huecos y ventanas de las casas, y conmemoraba la purificación del Templo, llevada a cabo por Judas Macabeo (Mac 4:36-39).

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02. Segundo Discurso de Pedro.

Bajo este pórtico de Salomón, tras el milagro de Pedro y Juan que hemos descrito, se reunió una muchedumbre ávida de saber lo que había ocurrido. Y Pedro toma la ocasión de este improvisado auditorio para pronunciar su segundo discurso de catequesis, que esencialmente contiene los mismos elementos apologéticos del primero.

A) Jesús es el Mesías de Israel, prometido por Dios a nuestros Padres y profetas.

Β) Α este Mesías vosotros lo habéis matado, haciéndolo colgar de una cruz por manos de los romanos.

C) Pero nosotros lo hemos visto resucitado y damos testimonio de El.

D) Consecuentemente, nosotros os predicamos la conversión y la fe en este Jesús, por cuyo poder este hombre, que antes era inválido, ha sido curado.

Este discurso segundo de Pedro, en la versión que nos ha dejado Lucas, contiene algunas ampliaciones respecto al anterior. Y vamos a ofrecer aquí un resumen con sus mismas palabras.

“Israelitas, ¿por qué os admiráis, como si nosotros hubiésemos hecho andar a éste con nuestro propio poder o virtud? El Dios de Abraham, de Isaac, de Jacob, el Dios de vuestros padres, ha glorificado a su Hijo Jesús, al que vosotros entregasteis y rechazasteis ante Pilato cuando éste había decidido soltarlo. Matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó, y nosotros somos testigos. Dios cumplió de esta manera lo que había predicho por los profetas, que su Mesías tenía que padecer. Por nosotros, en primer lugar resucitó Dios a su Siervo Jesús, y lo envió para que os trajera esa bendición que prometió a Abraham con tal, que os apartéis cada uno de vuestros pecados.

Mientras Pedro hablaba al pueblo, se les presentaron los sacerdotes, el comisario del Templo y los saduceos, muy molestos porque enseñaba al pueblo y anunciaba que la resurrección de los muertos se había verificado en Jesús. Les echaron mano y, como ya era tarde, los metieron en la cárcel hasta el día siguiente. Muchos de los que habían oído el discurso creyeron, y el número de hombres llegó a unos 5.000” (Hech 3:12-44).

Tal fue el discurso de Pedro. Como hemos leído, insiste en la doble vertiente que ya se dibujó en su primer sermón de Pentecostés. Jesús es el Mesías prometido por los profetas, según consta en la Escritura, y es además el Mesías muerto y resucitado, según los mismos apóstoles predican y anuncian con su testimonio. Las dos ideas fundamentales se refuerzan. Se habla claramente del Siervo Jesús, y quizá hay aquí un entronque con el “Siervo Doliente,” anunciado por Isaías, y que ha sido glorificado por el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, después de su muerte que estaba predicha por los profetas.

Hay en el sermón de Pedro un título con el que se designa a Jesús: arjegós tes oyes. Lo hemos traducido antes en el texto como “el autor de la vida,” pero posee un matiz más suge-rente. Se trata de una palabra griega, arjés, que significa “jefe, principio, primacía,” y que ha dado origen a una entera familia de vocablos como “arcángel” (jefe de ángeles), “archisi-nagogo” (jefe de la Sinagoga), “arquitecto” (jefe de los constructores), “architriclino” (jefe de los sirvientes), etc. De Jesús se dice que es el “Jefe” o el “Líder de la Vida,” al cual los judíos han acusado ante Pilatos, mientras que han indultado a un criminal, homicida y ladrón (Barrabás) “Jefe y Líder de la Vida” es un título que Lucas no había usado en el Evangelio, y que tan sólo emplea dos veces en los Hechos, y las dos en boca de Pedro.

Pedro hace hincapié precisamente en aquello que tanta repugnancia les había causado a los apóstoles y tanto trabajo les había costado admitir: que el esperado Mesías no era el libertador del poder romano ni el mágico restaurador de una era de abundancia mesiánica, sino que tenía que morir. Y por eso, cuando ellos, los oyentes de Pedro, lo mataron, estaban cumpliendo las Escrituras. El Mesías, aunque crucificado por ellos, ha resucitado y sigue siendo el Mesías anunciado; y, por tanto, tras su Ascensión a los cielos, tras su Glorificación en los cielos, ha de volver otra vez en la restauración universal, que Dios ha anunciado también por los profetas.

En esta línea del anuncio que los profetas hicieron de la vida y muerte de Jesús, Pedro añade nuevos testimonios. En su primer discurso sólo citó al profeta Joel, a propósito de la venida del Espíritu Santo, y al profeta David, cuya tumba todavía existía en Jerusalén. En este segundo discurso Pedro amplía el horizonte bíblico y profético referente a Jesús. Quien lo ha glorificado por medio de la curación milagrosa que acaba de suceder es “el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob.” La muerte de ese Jesús, de la que los judíos son responsables, aunque con un atenuante de ignorancia, había sido “predicha por boca de los profetas antiguos” (así en plural), desde Samuel en adelante. Y no falta la mención expresa ni de Abraham, el padre de la fe, ni de Moisés libertador de la cautividad de Egipto y legislador. Jesús, por tanto, está avalado por todo el Antiguo Testamento. Pedro había recibido la enseñanza iluminadora del Espíritu Santo, y había aprendido bien la lección. Tan sólo queda — añade Pedro — que os arrepintáis de vuestros pecados, y os volváis y convirtáis a Dios, aceptando con fe a Jesús; como este mendigo que está ante vosotros, que tuvo fe en Jesús, y esta fe le dejó completamente sano.

El efecto del sermón de Pedro también fue inmediato y copioso. Muchos de los que habían oído este discurso creyeron. Y Lucas señala una cifra, cinco mil, advirtiendo muy semíticamente que se trata de “hombres,” lo cual nos lleva a la conclusión de que, con las mujeres, sumarían una cifra mucho mayor. Todo esto sucede en el pórtico de Salomón, en ese pórtico donde la última vez que predicó Jesús quisieron apedrearle e incluso prenderle.

A ese mismo pórtico ahora llegan esos mismos enemigos de Jesús y se llevan presos a los apóstoles.

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03. Pedro y Juan ante el Sanedrín.

Dejamos a los apóstoles Pedro y Juan durmiendo en la cárcel, adonde habían sido conducidos por el jefe de la guardia del Templo, llamado “estratega” o tal vez el “sagán,” ya que se trataba de la más alta autoridad de la policía. Este “sagán” era la dignidad inmediata después del Sumo Sacerdote, y, en este caso, sin duda actuaba por disposición del Sanedrín.

En esta ocasión, el Sanedrín parece que se reunió casi plenariamente, y Lucas nos menciona algunos de sus componentes. El primero es Anas, el mismo que figuró en la Pasión de Jesús. Aunque ya no era Sumo Sacerdote desde el año 15, cuando había sido depuesto por el procurador romano Valerio Grato, seguía ejerciendo una autoridad respetada por todos, y apoyada en el hecho de que sus sucesores en el mando fueron su hijo Eliazar y su yerno Caifas, que a la sazón ejercía de Sumo Pontífice. Lucas cita asimismo a otros dos miembros importantes del Sanedrín, llamados Juan y Alejandro, que algunos suponen que también pertenecían a la familia de Anas.

Incidentalmente, hallamos aquí una espléndida confirmación de la resurrección de Cristo, afirmada delante del Tribunal Supremo de Israel. Algunos de estos mismos sanedritas habían lanzado la calumnia de que Jesús no había resucitado, ya que su cadáver habría sido sustraído por los discípulos (Mt 28:12-15). Ahora se les presentaba una indiscutible ocasión para probar su calumnia y negar la resurrección de Jesús. Y no hacen nada de eso, sino que simplemente manifiestan su extrañeza ante la audacia y firmeza de dos rudos e ignorantes que se atrevían a afirmar la resurrección de Jesús y, lo que es más, que El era el único Salvador de Israel. Y para esto citaban un salmo, el 118, que señalaba a Jesús como la piedra angular, y a ellos, los jueces, como los arquitectos que la habían desechado.

Todo esto resultaba insólito. Sin embargo, allí estaba delante de ellos el rengo curado, para proclamar la verdad de un hecho indiscutible. Y también alrededor de ellos se amontonaba el pueblo, que glorificaba a Dios por la curación. Una vez más se repetía la misma situación que se había producido con Jesús: que el pueblo estaba con El, mientras los jefes y letrados le condenaron.

Tras haber deliberado, el Sanedrín llama a los apóstoles para comunicarles su decisión.

“Viendo la seguridad de Pedro y de Juan, y notando que eran hombres sin letras ni instrucción, estaban sorprendidos. ¿Qué vamos a hacer con estos hombres? Porque han hecho un milagro evidente y lo sabe todo Jerusalén y no podemos negarlo. Mas para evitar que se siga divulgando entre el pueblo, los amenazaremos para que no vuelvan a mencionar ese nombre delante de nadie.

Y habiéndolos llamado, les prohibieron terminantemente hablar y enseñar en nombre de Jesús. Pedro y Juan les replicaron: — ¿Puede aprobar Dios que os obedezcamos a vosotros en vez de a El? Juzgadlo vosotros. Nosotros no podemos menos de contar lo que hemos visto y oído.

Y con nuevas amenazas los soltaron. No encontraban manera de imponerles un castigo por causa del pueblo, ya que todos alababan a Dios por lo sucedido, puesto que el hombre curado por el milagro tenía más de cuarenta años” (Hech 4:13-22).

Pedro y Juan, vueltos a los suyos, son recibidos por la comunidad con muestras de regocijo y alabanzas a Dios, y brota unánime y espontánea una plegaria. La palabra griega es omozymadón, que sólo hallamos una vez en la Carta a los Romanos, pero que Lucas usa 10 veces y todas ellas en este Libro de los Hechos. La alabanza de la comunidad recuerda al salmo segundo de David y posee otras resonancias proféticas: “Señor, Tú hiciste el cielo, la tierra, el mar y todo lo que contiene. Tú le inspiraste a tu siervo nuestro Padre David que dijera: ¿por qué se amotinan las naciones y los pueblos planean fracasos? Se alian los reyes de la tierra y los príncipes conspiran contra el Señor y contra su Mesías” (Hech 4:22-26).

El tetrarca Herodes ocupa el lugar de los reyes. Pilato el de los príncipes, y las naciones y pueblos están representados por los judíos y romanos que tomaron parte en la pasión de Cristo, a quien se le llama “tu siervo Jesús,” haciendo tal vez eco al Siervo de Yahveh, cantado por Isaías.

El objeto de esta plegaria es pedirle a Dios que les defienda de sus enemigos y les conceda predicar la palabra con fuerza y libertad. La palabra utilizada es “predicar con parre-sía,” una voz muy usada, como unas 40 veces, sustantivo y adjetivo, en el Nuevo Testamento, y que literalmente significa “con palabra total,” es decir, un mensaje transmitido libremente, sin recortes ni omisiones, incluso con audacia y valentía.

Al final de esta oración comunitaria interviene visiblemente el Espíritu Santo, y la casa donde estaban reunidos sufre una sacudida, y los allí presentes fueron llenos del Espíritu Santo y anunciaron la Palabra, quizá con un talante carismático que repetía el don del Pentecostés.

Es posible que Lucas haya dado a esta oración una redacción literaria más concreta y personal, pero sin duda respondió a la situación de aquel momento y a la sintonía y entusiasmo que se manifestaba entre los apóstoles y su comunidad de creyentes.

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a. El Tribunal del Sanedrín.

La palabra “sanedrín” es un vocablo arameizado y derivado del griego synedrión, que significa, etimológicamente, “conjunto de asientos y de sedes,” y, por extensión, una reunión de personas que se sientan a deliberar.

Viejas tradiciones rabínicas, aunque no comprobadas históricamente, aseguran que el Sanedrín era la antigua Gran Asamblea organizada por Nehemías hacia el año 410 antes de Cristo, después del regreso de los judíos cautivos de Babilonia. El número de los componentes de este Sanedrín alcanzaría unos 120 y sus funciones serían las de regular la vida religiosa del pueblo que retornaba del exilio.

Históricamente hablando, el Sanedrín comenzó en una época posterior, y se menciona por vez primera en el libro de los Macabeos, donde no se trata de una institución religiosa, sino de una imitación, por parte de los judíos, del sistema de gobierno senatorial que regía en otras ciudades helenísticas. Los primeros documentos sólo mencionan entre sus componentes a los sacerdotes y a los ancianos, es decir, a la aristocracia y al alto clero; pero nunca a los escribas, que probablemente sólo entraron en el supremo Consejo más adelante, en la época de la reina Alejandra Salomó, que tanto favoreció a los fariseos. Aunque el Sanedrín tuvo una eficacia muy dudosa durante los tiempos del despotismo de Heredes el Grande, los romanos, más adelante, le devolvieron algunas de sus atribuciones, ya que Roma favorecía el sistema de administración local en las provincias conquistadas.

En esta época, el Sanedrín estaba constituido por 70 sanedritas, más el presidente, que era el Sumo Sacerdote. Este número de 70, conservado por respeto a la institución mosaica de los ancianos-jueces, comprendía tres categorías: la de los sacerdotes, a la que pertenecían también los que habían ejercido el sumo sacerdocio, y que eran ordinariamente saduceos. La segunda categoría era la aristocracia laica, también saduceos. Y la tercera estaba constituida por los escribas o doctores de la ley, en su mayor parte fariseos, quienes, aunque eran una minoría numérica, gozaban de gran prestigio y autoridad ante el pueblo.

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04. El “comunismo” cristiano: Bernabé y Ananías.

De nuevo Lucas nos lleva a contemplar el cuadro de la vida de la primitiva comunidad cristiana, en el que se repiten los trazos ya anteriormente descritos: unión de ánimos, estrecha vinculación con los apóstoles, presencia del Espíritu y crecimiento en número. También comunidad de bienes, sobre la que ahora se va a insistir, concretándola en dos cuadros antagónicos. La luz, representada por Bernabé, y las tinieblas, por Ananías y Safira.

“En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo, lo poseían todo en común y nadie consideraba suyo nada de lo que tenía.

De hecho, entre ellos ninguno pasaba necesidad, ya que los que poseían tierras o casas las vendían, llevaban el dinero y lo depositaban a los pies de los apóstoles, y luego se distribuía según lo que necesitaba cada uno” (Hech 4:32-35).

Esta es la descripción más minuciosa de lo que se ha llamado el “comunismo religioso de la Iglesia primitiva de Jerusalén.” Tanto por lo que aquí se dice como por otros datos aportados en los Hechos, podemos determinar las características de aquellas prácticas. Los creyentes pensaban y sentían lo mismo. O, como dice una traducción clásica, “tenían un mismo corazón y una sola alma.” Es decir, practicaban puntualmente el precepto de Jesús sobre el amor fraterno y realizaban la petición que El hizo en su oración sacerdotal después de la Cena: Que todos sean uno.

“Nadie consideraba sus bienes como propios,” y por eso todo lo poseían en común. No se trataba de una teoría sobre la propiedad privada o colectiva. Ni de una fantasía utópica como la que después imagine algún filósofo, sino de una voluntad de participación y de renuncia. No existe una imposición desde fuera, procedente de una autoridad o apoyada en un consenso comunitario, sino que es algo que sale desde dentro: la comunidad del amor y del corazón se manifiesta en la comunidad de bienes.

Examinemos ahora un ejemplo positivo y notable de esta comunidad de bienes. Su nombre era José y el sobrenombre Bernabé, que quiere decir “Hijo de la Consolación.” El era un judío de la tribu de Leví, nacido en Chipre. Lo cual no es extraño, dado que desde tiempos de Juan Hircano, a fines del siglo π antes de Cristo, habitaba en Chipre una colonia judía, que había sido acrecentada después de las donaciones que Augusto hizo a Herodes de unas minas de cobre.

Bernabé, cuyo nombre figura en el canon de la misa romana, representa en la historia primitiva de la Iglesia un papel muy importante en la comunidad de Antioquía de Siria, y podemos suponer que allí es donde Lucas, que era también natural de Antioquía, lo conoció y pudo así obtener de. él información sobre este período inicial de la Iglesia de Jerusalén.

De Bernabé se dice que el importe del campo vendido lo “depositó a los pies de los apóstoles.”  Es una forma de expresar una transmisión jurídica de dominio; ya que existía la costumbre de colocar las donaciones ante el donatario, que colocaba su pie encima como signo de posesión.

Volvamos la hoja para ver la estampa negativa y reprobable.

Se trata de un matrimonio. El es Ananías, nombre teofórico, que significa “Dios es dadivoso,” y su mujer es Safira, “la hermosa,” nombre que está relacionado en griego con el de la piedra preciosa de zafiro.

“Un tal Ananías vendió una propiedad de acuerdo con su mujer, Safíra, y, a sabiendas de su mujer, retuvo parte del precio, y puso el resto a los pies de los apóstoles. Pedro le dijo: —Ananías, ¿cómo es que Satanás se te ha metido dentro? ¿Por qué has mentido al Espíritu Santo, reservándote parte del precio de la finca? ¿No podrías retenerla sin venderla, y, si la vendías, no eras dueño de quedarte con el precio? ¿Cómo se te ha ocurrido hacer esto? No has mentido a los hombres, sino a Dios.

A estas palabras, Ananías cayó al suelo y expiró. Y todos los que se enteraron quedaban sobrecogidos. Vinieron unos jóvenes, lo amortajaron y se lo llevaron a enterrar.

Y unas tres horas más tarde llegó la mujer, que ignoraba lo sucedido. Y Pedro le preguntó: — Dime, ¿vendiste la finca por tal precio? Y ella contestó: — Sí, por tanto.

Y Pedro le repuso: — ¿Por qué os pusisteis de acuerdo para poner a prueba el Espíritu del Señor? Mira, los que han enterrado a tu marido están ya pisando el umbral para llevarte a ti.

En el acto cayó a sus pies y expiró. Al entrar los mozos la encontraron muerta. Se la llevaron y la enterraron junto al marido. La comunidad entera quedó espantada, y lo mismo todos los que se enteraban” (Hech 5:1-11).

Este suceso no sólo aterroriza a los presentes, sino que también nos sobrecoge a nosotros. Algunos críticos han llegado a dudar de su historicidad, ya que encuentran esta severidad de Pedro muy en oposición con la misericordia que Jesús mostraba con los pecadores. Sin embargo, la historicidad parece atestiguada no sólo por la unanimidad de todos los manuscritos antiguos, sino por la misma extrañeza del suceso. Lucas, que estaba ponderando la generosidad y desprendimiento de la comunidad cristiana, y que acaba de describir a Pedro curando a un paralítico, no habría fingido un episodio que denuncia la presencia de un traidor dentro de esta ejemplar comunidad.

Hay que colocarse en situación para comprender la escena. No se trata de una simple mentira, de una ocultación parcial del capital que habría de ser entregado íntegramente a la comunidad. La escena se desarrolla dentro de una atmósfera religiosa de fuerte temperatura espiritual y carismática. La respuesta de Ananías y Safira son mentiras al Espíritu Santo, un engaño a Dios. Algunos piensan que casi se trata de un sacrilegio, ya que lo ofrecido a la comunidad en aquellas circunstancias era como si se hubiese consagrado a Dios. En todo caso, Pedro no los fulmina, ni sus palabras son las que matan a los culpables; él se limita a manifestar que van a morir inmediatamente, fulminados por Dios. Para los que encuentran demasiado ejecutivo este castigo, les puede ayudar el comentario de San Agustín: “Hay que pensar que después de esta vida los perdonase Dios, porque es grande su misericordia.”

Mientras acontecían estos sucesos, la comunidad de los creyentes progresaba en número, y la predicación de los apóstoles estaba acompañada de señales y milagros, hasta el punto de que sacaban a los enfermos a la calle y los colocaban en catres y camillas para que, al pasar Pedro, por lo menos les tocase su sombra. Y mucha gente de los alrededores de Jerusalén acudía llevando enfermos y poseídos por espíritus inmundos y todos se curaban.

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05. Segunda Prisión de los Apóstoles.

Pero al lado de esta estampa positiva, de esta que podríamos llamar “la buena sombra” de Pedro, se produjo también “la mala sombra,” a cargo del Sanedrín, que por segunda vez ordenó detener a los apóstoles y custodiarlos en la cárcel común. Más aquí, de nuevo, sobreviene lo insólito.

“Por la noche, el ángel del Señor les abrió las puertas de la cárcel y los sacó fuera, diciéndoles: Id, plantaos en el Templo y predicad allá íntegramente esta manera de vivir. En vista de aquello, los apóstoles entraron en el Templo, al amanecer, y se pusieron a enseñar.

Cuando llegó el Sumo Sacerdote con los suyos, convocaron al Consejo, es decir, el pleno del Sanedrín israelita, y mandaron por los presos a la cárcel. Fueron los guardias, pero no los encontraron en la celda y volvieron a dar parte. Entonces se presentó uno diciendo: los hombres que metisteis en la cárcel están ahí en el Templo y siguen enseñando al pueblo. Salió el comisario con los guardias y se los trajo, sin emplear la fuerza, por miedo a que el pueblo los apedrease.

Los condujeron a presencia del Consejo y el Sumo Sacerdote les interrogó: — ¿No os habíamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ése? En cambio, habéis llenado           Jerusalén de vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre.

Pedro y los apóstoles replicaron: — Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros asesinasteis colgándolo de un madero. La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo Jefe y Salvador para otorgarle a Israel el arrepentimiento y el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a quienes le obedecen” (Hech 5:19-32).

Entonces interviene Gamaliel. Gamaliel era un doctor de la ley, muy respetado por todo el pueblo. Pertenecía al partido fariseo y, por tanto, opuesto al de los saduceos que estaban en mayoría, y muy respetado de todos, que le honraban con el título de “raban,” es decir, “maestro nuestro,” que solamente llevaron otros cuatro doctores después de él. La gente lo tenía por descendiente del gran Hillel, jefe de la escuela liberal de interpretación de la Biblia, y uno de los discípulos de Gamaliel será el futuro apóstol San Pablo.

El Talmud afirma que Gamaliel siempre permaneció en su fe judía; mientras fuentes, cristianas aseguran que se convirtió secretamente al cristianismo, aunque permaneció en el Sanedrín para poder ayudar así a la naciente Iglesia. Antiguos martirologios incluyen a Gamaliel entre los santos, y suponen que su cuerpo fue encontrado en Jerusalén, junto al del protomártir Esteban. Volviendo a la intervención de Gamaliel, su razonamiento convenció al Sanedrín, que se manifestaba sumamente irritado contra los apóstoles. Así habló Gamaliel: “Israelitas, pensad bien lo que vais a hacer con estos hombres. No hace mucho surgió un tal Teudas, que se daba importancia, a quien se le juntaban unos 400 hombres. Le ejecutaron, se desbandaron todos sus secuaces y todo acabó en nada. Más tarde, cuando el censo, surgió Judas el Galileo, arrastrando tras de sí gente del pueblo; también pereció y dispersaron a todos sus secuaces. En el caso presente, mi consejo es éste: no os metáis con esos hombres; soltadlos. Si su plan o su actividad es cosa de hombres, fracasarán; pero si es cosa de Dios, no lograréis suprimirlos, y os expondréis a luchar contra Dios” (Hech 5:35-39).

El parlamento de Gamaliel nos ha revelado la atmósfera de insurrección y algarada que agitaba a Israel en aquellos tiempos, probablemente con la pretensión de falsos mesianis-mos. Flavio Josefo también nos da a conocer otros disturbios políticos, ocasionados durante la sucesión dinástica de los Herodes, y añade que todos fueron reprimidos severamente por los procuradores romanos.

Las palabras prudentes de Gamaliel persuadieron al Sanedrín a no tomar medidas más severas; pero no pudieron evitar que los apóstoles fueran castigados con la pena de azotes, que, según la legislación aplicable en estos casos, eran de 39. Además les prohibieron mencionar el nombre de Jesús, y los soltaron.

“Los apóstoles salieron del Consejo, contentos de haber merecido aquel ultraje por causa de Jesús. Ni un solo día dejaban de enseñar en el Templo y por las casas, dando la Buena Noticia de que Jesús es el Mesías” (Hech 5:41-42).

Así termina esta primera confrontación de la nueva y pujante Iglesia contra la decadente sinagoga. Sucesivamente, en dos ocasiones, los apóstoles fueron interrogados por el Supremo Tribunal, que les amonestó para que no predicasen en el nombre de Jesús. La segunda vez, a su amonestación añadieron el castigo de los azotes. Los apóstoles empiezan a percibir experimentalmente que seguir al Maestro supone también llegar con El a la Pasión y a los azotes. Pronto se verá que la imitación y el testimonio será más radical, y que han de llegar hasta la muerte: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres,” y sólo oponen a sus perseguidores el gozo y la alegría del haber padecido por Jesús y la predicación interrumpida de esa Buena Noticia de su Evangelio.

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viii. Los Diáconos y Esteban.

En el capítulo 6 de los Hechos se nos informa no sólo de un aumento cuantitativo de la nueva comunidad, sino también de un cambio cualitativo. En el “corazón y ánimo unidos” de los primeros discípulos se presenta una usura y una disensión; aunque pronto van a ser remediadas. En el seno de la Iglesia que comienza se manifiesta la diversa composición étnica y cultural de sus miembros. La línea divisoria la constituye la lengua, el idioma, con todo lo que él supone de diversidad cultural. Son los discípulos de lengua griega contra los discípulos de lengua hebrea.

Leamos el texto en el capítulo 6: “Por entonces, al crecer el número de los discípulos, los de lengua griega se quejaron contra los de lengua hebrea, y decían que en el suministro diario se descuidaba a sus viudas” (Hech 6:1).

No sabemos exactamente la fecha del comienzo de este conflicto. La partícula “por entonces,” usada por Lucas, es simplemente relacional, y probablemente hay que interponer un cierto lapso de tiempo para dar lugar a estos cambios de actitudes dentro de la comunidad primitiva.

Se trata de dos grupos que habitan en la ciudad de Jerusalén, que es todavía el escenario de la naciente Iglesia. Los de lengua hebrea, o más propiamente aramea, son judíos nacidos bien en la capital o en Judea o en otras regiones de Israel. A ellos se contraponen los helenistas, que son los de lengua griega. Y aunque no necesariamente tienen que haber nacido en la diáspora, o regiones helenistas circunvecinas, probablemente muchos de ellos proceden de allí.

Y ahora volvamos a Jerusalén.

No conocemos la proporción numérica entre ambos grupos lingüísticos, el griego y el hebreo; lo que sí sabemos es que surgió entre ellos una disensión por causa de que las viudas griegas no eran debidamente atendidas. Hoy diríamos que resultaban “discriminadas” en el suministro diario. Hay diversidad de opiniones al interpretar en qué consistió este suministro. Algunos piensan que fue bastante más que un socorro pecuniario o alimentario, ya que comprendía también otras atenciones de carácter más espiritual y religioso.

El cuidado de las viudas era ya proverbial dentro de los usos y costumbres de la comunidad hebrea, y existían numerosos textos legales que señalaban la especial atención que había que dispensarles. A diferencia de otros deudores insolventes, a las viudas no se les podía tomar el vestido como fianza, y también había que dejarles en los campos algunas gavillas abandonadas tras la siega, y lo mismo se diga de las aceitunas en el olivar y de los racimos en las viñas, para que el rebusco fuese más fácil para ellas.

Ante la queja de los helenistas, los apóstoles convocan el pleno de los discípulos.

“No está bien — dijeron los apóstoles — que nosotros desatendamos el mensaje de Dios por servir a las mesas. Por tanto, hermanos, escoged entre vosotros a siete hombres de buena fama, dotados de espíritu y de habilidad, y los encargaremos de esta tarea. Nosotros nos dedicaremos a la oración y al servicio de la Palabra” (Hech 6:2-4).

La interpretación de “servir a las mesas” no debe ser tan estricta que imaginemos que los apóstoles hasta entonces habrían actuado como distribuidores y repartidores de alimentos, y aun como camareros, y que ahora les transfieren el servicio a los nuevos auxiliares. La expresión “servir a las mesas,” sin duda llevaba consigo otras tareas administrativas, y los nuevos designados asimismo desempeñarían otros oficios comunitarios más espirituales, como lo veremos en seguida en el caso de Esteban y Felipe, que son los dos cuya vida se nos describe más detalladamente.

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a. La Diáspora Judía.

La diáspora es una palabra que significa “dispersión” y que se encuentra usada ya en la versión de la Biblia llamada de los Setenta. Y comprende los grupos y colonias judías diseminados por los vastos territorios del que se llamó mundo helenístico en la época posterior a la muerte de Alejandro Magno (t 323 a. de C.)

El origen remoto de esta dispersión o diáspora hay que buscarlo en los destierros masivos a que fueron sometidos los israelitas por las potencias vencedoras que conquistaron su territorio. Fue primeramente Sargón II quien, en el año 722, trasladó a más de 27.000 hebreos desde Samaría hasta las regiones de la Media.

Más tarde, las tribus de Judá y Benjamín fueron transportadas por Nabucodonosor II, en los comienzos del siglo IV  a las regiones mesopotámicas, en las que se centraron alrededor de la ciudad de Tel-Aviv, a orillas del río Cobar. Muchos de estos judíos renunciaron a repatriarse y se asentaron definitivamente en aquellas tierras.

También hubo una colonia numerosa de judíos en Elefantina, Egipto, cerca de Assuam. Artajerjes igualmente envió una colonia a las riberas del mar Caspio. Y aun después de Alejandro Magno, tanto bajo los Lágidas de Egipto como bajo los Seléucidas de Siria, se establecieron varias colonias de judíos, que fueron especialmente numerosas en las ciudades de Alejandría y Antioquía.

Toda esta diáspora, que comenzó siendo un castigo del pueblo hebreo por sus infidelidades a la Alianza con Yahveh, se convirtió con el tiempo en bendición y providencia, ya que los judíos así dispersos alcanzaron un cierto nivel de bienestar y de influencia social, y propagaron el monoteísmo religioso. San Pablo, en sus excursiones apostólicas, encontrará muchos de estos judíos de la diáspora por todo el Asia Menor y por Europa.

En suma, ha podido calcularse con cierta aproximación que los judíos constituían en esta época el 3 por 100 de la población del Imperio Romano, que alcanzaba entonces la cifra de unos 55 millones de habitantes.

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01. Designación y Rito de los Diáconos.

La propuesta pareció bien a todos, y así eligieron a Esteban, hombre dotado de fe y de Espíritu Santo; a Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Parmenas y Nicolás, prosélito de Antioquía.

Siete elegidos, todos con nombre griego, lo cual no quiere decir que todos fueran de ascendencia helenística, ya que también dos de los apóstoles de Jesús tenían nombres griegos y eran sin duda galileos de nacimiento. Pero, sin embargo, en este caso, y dada la motivación de las quejas, parece lógico que los siete fuesen judíos helenistas y, por tanto, de un sector cultural semejante al de la diáspora.

Como es corriente en la onomástica, cada uno de estos nombres griegos tiene un significado: Esteban es “el que porta, el que lleva una corona.” Felipe es el “amante de los caballos o a quien le gustan los caballos.” Prócero es el “conductor o director del coro o de la danza.”  Parmenas es “el perseverante.”  Nicanor, “el victorioso.”  Timón, “el honrado”; y Nicolás, “el vencedor del pueblo.”

De este último se ha supuesto, aunque sin pruebas convincentes, que podría ser el jefe de la secta de los Nicolaítas, que es una herejía que se menciona en el libro del Apocalipsis (Ap 2:6) Lo único cierto de él es que era prosélito y que procedía de Antioquía, lo cual, en la pluma de Lucas, siempre tan enterado de lo que sucedió en Antioquía, es una garantía de verdad.

Designados los siete por elección, fueron presentados a los apóstoles, quienes, después de haber orado, les impusieron las manos.

Esta es la primera mención de este rito de la imposición de las manos, que aquí tiene el significado de conferir un oficio y misión especial.

Advertimos que aquí se distinguen dos grupos: uno más extenso de discípulos, cuyo número no se determina en el texto, y que es quien elige a los Siete; y otro más reducido, formado por los apóstoles, que son quienes imponen las manos a los presentados. Nosotros, utilizando un vocabulario más técnico, diríamos que los siete fueron “presentados” por la comunidad y “ordenados” por los apóstoles, que es el mismo término que emplea San Juan Crisóstomo en su comentario.

El rito de la imposición de las manos, como significativo de una transmisión de poder, era muy conocido entre los hebreos. El Antiguo Testamento menciona esa imposición como rito.”de elección y también como gesto de entrega de la víctima en un sacrificio a la Divinidad. También en el plano judicial la “imposición de manos” significaba el traspaso o la imputación de una culpa. Pero, sobre todo, el gesto aparece en relación con la transferencia de una autoridad o la colación de un oficio. Así, Moisés impuso las manos sobre Josué cuando le instituyó como sucesor en el caudillaje de Israel. Y era el mismo gesto que se hacía sobre los levitas para designar el traspaso de la función ritual, y también sobre los miembros del Sanedrín para investirlos en sus funciones.

¿En qué consistió la ordenación de estos siete Diáconos? La palabra diácono no se encuentra en el Libro de los Hechos (excepto una sola vez, en femenino), aunque sí el sustantivo diaconta y el verbo diacomin, ambos utilizados en un sentido muy amplio y muy frecuente, ya que en el Nuevo Testamento se emplean un total de 62 veces, en contraposición al Antiguo, donde sólo se encuentran 10.

Ambas palabras poseen un sentido de servicio y de ministerio, tanto material como espiritual, y también se aplican a la limosna. “No vine a ser servido, sino a servir,” dijo en cierta ocasión Jesús a sus discípulos —y empleó este verbo— (Mt 20:28). Resumiendo, podríamos decir que, aunque el Libro de los Hechos no los llame “diáconos,” sus funciones son las que la Iglesia encomendó después a los diáconos. Y por ello, como afirma San Juan Crisóstomo, podemos decir que “recibieron con la imposición de manos esta ordenación de diáconos.”

Nuestro relato nos acerca de nuevo a la figura de Esteban, que va a pasar a un primer plano.

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02. Apología y Martirio de Esteban.

“Esteban, lleno de gracia y de poder, realizaba grandes prodigios y señales en medio del pueblo. Unos cuantos de la sinagoga llamada de los Libertos, y otros oriundos de Cirene, Alejandría, Cuida y Asia, se pusieron a discutir con él y no podían resistir al Espíritu y sabiduría con que hablaba; entonces sobornaron a algunos para que dijeran: “Lo hemos oído pronunciar blasfemias contra Moisés y contra Dios. Así alborotaron al pueblo, a los senadores y a los letrados, y, agarrando a Esteban por sorpresa lo condujeron al Sanedrín” (Hech 6:8-12).

Poco tiempo parece que duró la diaconía de Esteban, que va a sufrir la oposición y ataque de esos mismos judíos de la diáspora que antes mencionamos, y que estaban representados en Jerusalén por diversas agrupaciones o sinagogas. Y cuando mencionamos la “sinagoga” no nos referimos directamente a un edificio, sino al conjunto de los judíos procedentes de una determinada región que formaban en Jerusalén diversas comunidades de vida y culto.

La primera sinagoga que se menciona es la de los Libertos. Generalmente se ve en ellos a los descendientes de los judíos que fueron llevados a Roma por Pompeyo, tras la toma de Jerusalén en el año 63 antes de Cristo. Muchos de ellos habían sido ya manumitidos y habían formado una numerosa colonia hebrea en la Urbe romana, de donde Tiberio, el año 19 después de Cristo, los expulsó, por lo que muchos de ellos regresaron en aquella ocasión al hogar patrio.

También se posee documentación sobre los judíos de Cirene o Cirenaica, y sobre los de Alejandría, donde, según Filón, ocupaban dos de los cinco barrios de la ciudad. Y también se conoce a los originarios de Cilicia, con los que probablemente estaría relacionado el futuro San Pablo.

Contra todos estos, resultaba vencedora la dialéctica de Esteban, de quien Los Hechos hacen este sucinto elogio: “dotado de fe y de Espíritu Santo, y lleno de gracia y poder, que se manifestaba con numerosos prodigios y señales.”

Lo que no pudo la dialéctica de sus adversarios, lo consiguió la astucia y la violencia, ya que, después de sobornar a falsos testigos, se apoderaron de Esteban y lo condujeron ante el Sanedrín, donde el acusado compareció para responder a estas acusaciones.

“A este individuo le hemos oído pronunciar blasfemias contra Moisés y contra Dios, y no para de hablar contra el lugar santo y contra la ley. Y le hemos oído decir que Jesús de Nazaret destruirá este lugar y cambiará las tradiciones que recibimos de Moisés.

Todos los miembros del Sanedrín fijaron la vista en Esteban, cuyo rostro les pareció como el de un ángel” (Hech 6:11-15).

Leamos ahora la apología de Esteban, pronunciada por él mismo, y que, según algunos escrituristas, probablemente Lucas recogió de una fuente escrita, ya que en el discurso se hallan numerosos arameísmos. Se trata del discurso más largo recogido en los Hechos, que ocupa 51 versículos del capítulo 7, y del que daremos aquí los pasajes más importantes.

Esteban había sido acusado de blasfemar contra Dios y contra Moisés. A eso responde Esteban mostrando la providencia que Dios ha mostrado siempre con su pueblo y el papel preponderante que señaló a Moisés en la Historia de la Salvación. Así habló Esteban: “El Dios de la Gloria se apareció a nuestro padre Abraham en Mesopotamia, y, cuando murió su padre, lo trasladó de allí a esta tierra en que vosotros vivís ahora. No le dio en propiedad ni siquiera un pie de terreno, pero prometió dársela en posesión a él y a su descendencia. Le dio como alianza la circuncisión y por eso circuncidó a Isaac a los ocho días de nacer. Isaac engendró a Jacob, y Jacob a los doce Patriarcas” (Hech 7:2-8).

Esteban continúa después narrando la historia de los israelitas en Egipto y su cautividad hasta llegar a Moisés, “hombre grato a Dios, a quien la hija del faraón lo hizo criar como hijo suyo, a quien después Dios se apareció en la zarza ardiente y lo envió como jefe y libertador de su pueblo” (Hech 7:20-25).

Esteban, sin duda, estaba recordando una historia bien conocida de sus oyentes, pero presentándola desde un nuevo punto de vista, es decir, desde la providencia de Dios con su pueblo que le había rechazado frecuentemente.

“Moisés fue el mediador entre el ángel que le hablaba en el monte Sinaí y nuestros padres.; pero éstos no quisieron escucharlo y lo rechazaron y quisieron volver a Egipto. Posteriormente, en tiempos de David, éste le pidió que le permitiera construirle una morada, aunque dice Salomón quien la edificó. Pero el Altísimo no habitaba en edificios construidos por hombres, ya que, como dice el profeta, .”mi trono es el cielo, la tierra el estrado de mis pies. ¿Qué templo podréis construirme o qué lugar para que descanse?” (Hech 7:38-49)

Advirtamos la construcción dialéctica de la apología de Esteban. La acusación se ha centrado sobre la blasfemia contra Dios y contra Moisés y sobre la amenaza de destruir e invalidar el Templo y lo que él representa. Y Esteban responde que son los israelitas quienes han desobedecido a Dios y a su siervo Moisés. Y que ese Templo, tan venerado e intocable para sus Jueces y acusadores, no es la última e inamovible habitación que Dios se ha erigido, según lo tienen anunciado los profetas.

En el trasfondo de la apología de Esteban se halla la imagen de Jesús, que es el verdadero enviado de Dios, mayor aún que Moisés, y que también ha sido rechazado por el pueblo y por sus jefes.

Este Jesús ha predicado un nuevo orden y una ley de amor, superior a la del templo material. La argumentación al llegar aquí sube de temperatura emocional.

“Rebeldes, infieles de corazón, tardos de oído. Siempre resistís al Espíritu Santo, lo mismo que vuestros padres. ¿Hubo un profeta que vuestros padres no persiguieron? Ellos mataron a los que anunciaban la venida del Justo y a El lo habéis traicionado y asesinado vosotros ahora. Vosotros, que recibisteis la Ley por mediación de ángeles y no la habéis observado.

Oyendo sus palabras, se recomían por dentro y rechinaban los dientes contra él. Esteban, lleno de Espíritu Santo, fijó la mirada en el cielo, vio la gloria de Dios y a Jesús de pie a la derecha de Dios y dijo: — Veo el cielo abierto y al Hijo del Hombre que está de pie a la derecha de Dios.

Dando un grito estentóreo, se taparon los oídos y todos a una se abalanzaron contra él. Lo empujaron fuera de la ciudad y se pusieron a apedrearlo.

Los testigos, dejando sus capas a los pies de un hombre joven, llamado Saulo, se pusieron a apedrear a Esteban, que repetía esta invocación: — Señor Jesús, recibe mi espíritu.

Luego, cayendo de rodillas, lanzó un grito: — Señor, no les tomes en cuenta este pecado.

Y con estas palabras expiró” (Hech 7:51-60).

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a. Diaconisas y Viudas.

La presencia de estos siete diáconos, todos los cuales son varones, nos lleva de la mano a preguntarnos por una posible función paralela de la mujer en aquellos tiempos de la primitiva Iglesia. Es evidente que algunos de los oficios y funciones de los diáconos los desempeñaron aquellas mujeres mencionadas por los evangelistas, cuando afirman “que seguían y acompañaban a Jesús y a sus discípulos.” Y la palabra usada es, precisamente, diakonein.

Refiriéndonos ahora a la Iglesia primitiva después de la Resurrección del Señor, hay un texto de la Carta a los Romanos en el que se cita a una mujer, y que merece nuestra atención. La mujer se llama Febe (femenino de Febo, el Sol) Pablo, que escribe su carta a los fieles de Roma, a los que todavía no ha visitado, añade al final unos saludos de despedida. Y la primera persona a la que cita es a “nuestra hermana Febe,” diaconisa — la palabra que emplea Pablo es diáconos, que se aplica entonces a los dos sexos —, ya que la palabra “diaconisa” es posterior.

Febe es “diácono de Cencreas,” que es uno de los dos puertos de la ciudad de Corinto a la que Horacio llama “bimarítima.” San Pablo recomienda a los fieles “que reciban a Febe como cristianos, como corresponde a gente consagrada, y que se pongan a su disposición en cualquier asunto que necesite de vosotros; porque ella se ha hecho abogado de muchos, empezando por mí” (Rom 16:1-2).  El pmartirologio romano la celebra como santa el 3 de septiembre.

Estas diaconisas podían ser vírgenes o viudas, y estaban encargadas de ciertas funciones del ministerio eclesiástico. Cuando Pablo escribe a Timoteo y le da instrucciones para la elección de obispos y diáconos, añade “que las mujeres asimismo sean respetables, no chismosas, juiciosas y de fiar en todo” (1 Tim 3:11). Ahora bien, según algunos intérpretes, Pablo aquí se refiere a las diaconisas auxiliares.

Respecto a las viudas, en la misma carta a Timoteo le instruye de que “no inscribas en la lista a una viuda menor de sesenta años; tiene que haber sido fiel a su marido y estar recomendada por sus buenas obras: si ha criado bien a sus hijos, si ha ofrecido la hospitalidad, si ha lavado los pies a los consagrados, si ha ayudado a los que sufren; en fin, si ha aprovechado toda ocasión para hacer el bien” (1 Tim 5:9-10).

Piensan algunos exegetas que todas estas condiciones exigidas para las elegidas se refieren a un oficio semejante al de la diaconisa; ya que, si se tratase tan sólo de inscribirlas en un registro para ayudarlas y alimentarlas, parecerían excesivos los requisitos que se señalan.

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03. Exequias y Sepultura de Esteban.

Ante el cuerpo apedreado del primer mártir cristiano comprendemos el significado de toda su apología ante el Sanedrín. Esteban ha trazado un compendio de la Historia de la Salvación, que culmina en Jesús. Jesús ha sido asesinado y traicionado por el pueblo al que venía a salvar. Pero ha triunfado, porque está vivo y glorioso en el cielo.

El grito de Esteban, “veo los cielos abiertos y a Jesús a la derecha de Dios,” es una confesión explícita de la divinidad de Cristo, y así lo entendieron sus jueces, que no pudieron soportar lo que ellos consideraban una blasfemia.

No conocemos exactamente el sitio de la lapidación de Esteban. Es muy probable que fuese a extramuros de la ciudad, en la parte norte, mucho más pedregosa y alejada del control de la guardia romana. La memoria del sepulcro del mártir se perdió en los próximos años, como la de tantos otros recuerdos y localizaciones en la ciudad de Jerusalén, destruida en dos sucesivos asedios.

Quizá durante esta época, falta de noticias, creció más propiciamente la leyenda que trató de suplir la escasez de datos históricos. De esta “pasión legendaria” tan sólo poseemos algunos códices muy posteriores, aunque muy probablemente se refieren a datos pertenecientes a épocas anteriores. Según ellas, dos años después de la Ascensión del Señor, Esteban comenzó a tener discusiones muy violentas con sus adversarios, que llegaron a conducirlo ante el tribunal de Caifas, que lo hizo azotar. La palabra de Esteban refutó victoriosamente las objeciones de sus adversarios, que lo condujeron sucesivamente ante el escriba Alejandro y el tetrarca Antipas. Finalmente, tras la sesión tumultuosa del Sanedrín, narrada en los Hechos, Esteban fue conducido ante la presencia de Pilato, donde se encontraban como defensores de Esteban tanto Nicodemo como Gamaliel y su hijo Abibo, quienes también sufrieron el martirio. Otras variantes de la leyenda afirman que las reliquias del mártir fueron trasladadas por Gamaliel a una propiedad suya, situada en la villa de Kefargamla, a 30 millas de Jerusalén, donde asimismo fue sepultado Nicodemo.

En todo caso, los datos ciertos históricos nos señalan que en el año 415 las reliquias del mártir San Esteban fueron encontradas en el citado lugar de Kefargamla por el presbítero Luciano, de cuyo hecho se conservan testimonios tanto en griego como traducidas al siríaco y al latín. En estas narraciones se cuenta que el rabino Gamaliel, maestro de San Pablo, se apareció en sueños a Luciano para notificarle la existencia en aquel lugar de los restos del Santo Mártir Esteban, así como de los suyos propios y de Nicodemo. De todo lo cual dio conocimiento al entonces obispo de Jerusalén, Juan.

La invención de estas reliquias fue acompañada de multitud de milagros, y el cuerpo fue trasladado a Jerusalén, a la basílica constantiniana, llamada la Santa Sión, el 26 de diciembre del 415, que después se ha fijado como fecha para la conmemoración litúrgica del santo. La emperatriz Eudoxia, devotísima del mártir, mandó construirle, en el año 460, una basílica aún más grandiosa, cuyas ruinas se han descubierto a fines del siglo pasado. San Agustín, comentando el culto muy extendido a San Esteban y los milagros que hacía, escribe en su Ciudad de Dios que “si hubiera de consignar todos los milagros que él había podido comprobar, habría que escribir varios libros.”  También, a comienzos del siglo VI, San Fulgencio Gordiano, obispo de Ruspe (localidad cercana a Cartago), escribía: “Esteban, confiado en la fuerza de la caridad, venció la acerba crueldad de Saulo, y mereció tener en el cielo como compañero del que conoció en la tierra como perseguidor,” palabras que han sido incorporadas en el rezo oficial de la Iglesia.

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04. El Diácono Felipe, en Samaría.

Las últimas líneas de nuestro capítulo anterior se cerraban sobre el cuerpo del diácono Esteban, el protomártir cristiano. “Unos hombres piadosos — nos advierte el cronista Lucas — enterraron a Esteban, e hicieron un gran duelo con él.” Este gran duelo a cargo de unos fieles piadosos, que no parece que fueran los apóstoles, ni aun siquiera unos cristianos, es un signo de la estima y la admiración que suscitó la muerte valerosa de aquel primer confesor de la fe. Especialmente si se tiene en cuenta que los cadáveres de los apedreados se arrojaban en una fosa destinada a los malhechores, y que solamente después de haberse enteramente podrido se podían trasladar los huesos a una tumba familiar.

Como ya indicamos, no conocemos exactamente la fecha de esta muerte, aunque es probable que acaeciera en las proximidades de alguna de las grandes fiestas de los hebreos, dada la presencia en Jerusalén de muchos forasteros. Ni tampoco sabemos exactamente dónde se hizo este enterramiento, aunque tres siglos después se comenzó a celebrar en la comunidad cristiana de Jerusalén la fiesta del hallazgo o invención del cuerpo de San Esteban, desde donde se extendió a toda la cristiandad.

Tras su muerte, Lucas nos interpone una breve noticia anticipativa sobre Saulo, el futuro San Pablo, al que nos describe con trazos breves y seguros: se trata de un hombre joven, que estaba de acuerdo con la lapidación de Esteban y que, no satisfecho con ella, se “ensañaba” con la Iglesia, penetrando en las casas privadas de los cristianos y arrastrando a la cárcel a hombres y mujeres. La palabra “ensañar” está expresada en griego por el verbo lymainomai, singularmente expresivo, ya que los médicos lo emplean para describir la acción destructiva de una enfermedad, y comúnmente se usaba para señalar la devastación causada por un animal salvaje o por un ejército en campaña.

De Pablo y de sus antecedentes precristianos volveremos a hablar más adelante. De momento hemos de considerar el aspecto positivo y constructivo que esta persecución trajo consigo, ya que impulsó la dispersión de la Iglesia de Jerusalén hacia regiones más dilatadas.

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05. Los dos Felipes: el Apóstol y el Diácono.

“Al ir de un lugar a otro, los prófugos iban difundiendo por todas partes la Buena Nueva de la Palabra. Felipe bajó a una ciudad de Samaría y les predicaba a Cristo” (Hech 8:4-5).

¿De qué Felipe se trata? Sin duda alguna, del que los Hechos acaban de nombrar en el capítulo precedente entre los siete diáconos; ya que el otro Felipe, el apóstol, había permanecido en Jerusalén. Expresamente se dice que los Doce no tuvieron que salir de la capital, ya que la persecución parecía selectivamente dirigida contra los judíos helenistas de la comunidad cristiana, cuyo portavoz había sido Esteban.

Algunos escritores cristianos de los primeros siglos padecieron una cierta confusión entre estos dos Felipes, el apóstol y el diácono. Confusión originada no sólo por la identidad del nombre, sino por el hecho de que los dos predicaron el evangelio, ambos fueron incluidos en los antiguos santorales, y además ambos tenían unas hijas. Hoy día, a vista de la información que poseemos, puede quedar disipada esa confusión. Los evangelios establecen indudablemente la identidad del apóstol San Felipe como uno de los cinco llamados por Jesús en la primera hora, y que permaneció con El durante todo el tiempo de su vida pública, y que, en la última Cena, hizo a Jesús aquel ruego, tan confiado e ingenuo: “Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta.”

Independientemente de estos datos evangélicos, los Hechos nos repiten al principio la lista de los apóstoles, entre los cuales se encuentra Felipe, y añade después que dichos apóstoles nombraron a otras personas auxiliares llamados diáconos, entre los cuales se cita el nombre del “otro Felipe.”

Respecto a Felipe apóstol, hoy podemos completar los datos evangélicos con otros aportados por una tradición, sólidamente apoyada en antiguos documentos. Dicha tradición le atribuye la evangelización de las regiones de la Frigia, y que fijó su residencia en la ciudad de Hierápolis, donde murió, según testifica Polícrates, obispo de Efeso, en el siglo π, en una carta al Papa San Víctor. En ella afirma el citado testigo que en la misma ciudad murieron y vivieron dos hijas vírgenes del apóstol y también una hermana suya, mientras que una tercera hija, que tal vez se casó, se hallaba sepultada en Efeso. Por su parte, Papías, el famoso obispo de Hierápolis, añade que él trató personalmente con las hijas del apóstol Felipe, y que una de ellas le dijo que su padre había resucitado a un muerto. Asimismo, los más antiguos documentos testimonian que Felipe murió mártir en la persecución de Domiciano.

Todo lo cual nos sitúa históricamente al apóstol Felipe sin confusión posible con el diácono Felipe; aunque éste también tuviese unas hijas vírgenes, que en este caso eran cuatro, y que se hallan mencionadas en el Libro de los Hechos, y cuya casa, en la ciudad de Cesárea, todavía existía en tiempos de San Jerónimo, porque él escribe que Santa Paula le hizo una visita. ¿Cuál fue el campo de evangelización del diácono Felipe?

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a. La Ciudad de Samaría o Sebaste.

El nombre de Samaría, citado en el texto de los Hechos, indudablemente significa aquí la capital de aquella región. Había sido fundada por el rey Amrí, u Omri, que reinó en la primera mitad del siglo IX antes de Cristo (1 Re 16:23). Después fue conquistada y destruida por el rey Sargón de Asiría, y sus habitantes fueron deportados y sustituidos por colonos traídos de otros lugares de su imperio, dando así origen a la raza mezclada de los samaritanos.

De nuevo, el caudillo judío, Juan Hircano, la destruyó a finales del siglo u antes de Cristo. Y posteriormente fue reconstruida por el propretor de Siria, Gabinius, y embellecida por Herodes el Grande, quien le dio el nombre de Sebastes, palabra griega que significa “honorable,” y que era uno de los títulos del emperador Augusto, en cuyo honor fue así nombrada la nueva ciudad.

En esa ciudad de Samaría, poblada principalmente por veteranos militares generalmente paganos, es donde predicó Felipe a Jesús como al Mesías esperado por los judíos. Escuchemos su predicación.

“El gentío hacía caso unánime de lo que predicaba Felipe, porque oían y veían las señales que realizaba, ya que de muchos posesos salían los espíritus inmundos dando voces, y muchos paralíticos y cojos quedaron curados. Y hubo una gran alegría en aquella ciudad” (Hech 8:6-8).

San Lucas, repetidas veces en sus escritos, se complace en anotar esta alegría que acompañaba la predicación del evangelio; aunque en este caso su apostolado se vio turbado por la aparición de un extraño personaje, llamado Simón el Mago, que residía ya hacía algún tiempo en Samaría y que se ejercitaba en las artes mágicas.

Los especialistas discuten el exacto significado del verbo mageuo, que es aquí la única vez que se cita en el Nuevo Testamento. Unos piensan que se trata de una magia, vulgar, de encantamientos y adivinaciones y quiromancia, mientras que otros suponen que pertenecía a un nivel superior y astrológico.

Los datos bien escuetos del Libro de los Hechos acerca de este teósofo samaritano pueden completarse con otros escritos cristianos, concretamente de San Justino, y por el paralelo que presentan con la vida de Alejandro de Anonotiques de quien nos habla Luciano de Samosata.

Samaría era un terreno bien abonado para las experiencias de sincretismo religioso. Simón había nacido en Gitthom, a 10 Km. al oeste de Samaría, y había enseñado su doctrina no sólo allí, sino también en Roma, y se hacía acompañar en sus viajes por una tal Elena, a quien él llamaba su “primera Idea.”

Esto nos llevaría muy lejos, pero basta recordar aquí que Simón profesaba la doctrina gnóstica en la que se daba culto a una tríada divina, y que el propio Simón se consideraba como el Poder Supremo, que había creado a los ángeles por medio de Elena.

San Jerónimo, comentando este pasaje, pone en boca de Simón estas palabras: “Yo soy la palabra de Dios, soy el Hermoso, el Paráclito, el Omnipotente, soy todas las cosas de Dios.” En todo caso, los samaritanos estaban maravillados y cautivados por las artes mágicas de Simón, y así nos lo dice Lucas: “Antes de llegar Felipe a Samaría, ya se hallaba en la ciudad un cierto Simón que practicaba la magia y pasmaba al pueblo de Samaría haciéndose pasar por persona importante, y todos, grandes y pequeños, le prestaban atención y decían: ésta es la potencia de Dios, llamada la Grande.

Pero cuando creyeron en Felipe que anunciaba la Buena Nueva de Dios y el nombre de Jesucristo, empezaron a bautizarse hombres y mujeres hasta el punto de que el mismo Simón creyó, y una vez bautizado, no se apartaba de Felipe y estaba atónito al ver las señales y grandes prodigios que se realizaban” (Hech 8:9-13).

Se han preguntado los comentaristas si la conversión de Simón a la fe cristiana fue sincera, y muchos se inclinan a pensar que fue hipocresía, ya que con ella tan sólo pretendía sorprender los secretos de Felipe, a quien había admirado como a un mago de categoría superior a él.

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06. Pedro, en Samaría.

En todo caso, los apóstoles, a quienes había llegado en Jerusalén la noticia de las conversiones entre los samaritanos, decidieron ir personalmente a hacerles una visita.

“Al enterarse los apóstoles que estaban en Jerusalén de que Samaría había aceptado la Palabra de Dios, les enviaron a Pedro y Juan. Estos bajaron y miraron por ellos para que recibieran el Espíritu Santo, puesto que todavía no había descendido sobre ninguno de ellos: únicamente habían sido bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo” (Hech 8:14-17).

Esta es la primera ocasión en que los Doce eligen a algunos de entre ellos para una determinada misión. Y en este caso podemos decir que la asociación de Juan con Pedro respondía a la amistad y unión ya tradicional entre ambos apóstoles, de la que el mismo Jesús se había valido en ocasiones. Respecto al bautismo “en el nombre del Señor Jesús,” ya lo hemos comentado anteriormente (c.III) La fórmula que hallamos en los Hechos, “les impusieron las manos y ellos recibieron el Espíritu Santo,” se considera como una fórmula clásica en teología para establecer la antigüedad del sacramento de la confirmación o, por lo menos, de un rito de iniciación complementario del bautismo. Su efecto era una comunicación más plena de los dones del Espíritu, que a veces iba acompañada de manifestaciones carismáticas, y que en aquel momento sin duda lo fue, ya que Simón el Mago advirtió exteriormente el fenómeno.

“Al ver Simón que mediante la imposición de las manos de los apóstoles se daba el Espíritu Santo, les ofreció dinero diciendo: “dadme a mí también este poder, para que reciba el Espíritu Santo aquel a quien yo imponga las manos.”  Pedro le contestó: —“Vaya tu dinero a la perdición y tú con él; pues has pensado que el don de Dios se compra con dinero. En este asunto tú no tienes parte ni herencia, pues tu corazón no es recto delante de Dios. Arrepiéntete, pues, de esa maldad tuya y ruega al Señor a ver si te perdona ese pensamiento de tu corazón, porque te veo en hiel de amargura y en atadura de iniquidad.”

Simón respondió: — “Rogad al Señor por mí, para que no venga sobre mí ninguna de esas cosas que habéis dicho.

Los apóstoles, después de haber dado testimonio y de haber predicado la palabra del Señor, se volvieron a Jerusalén, evangelizando muchas villas samaritanas” (Hech 8:18-25).

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07. Bautismo del Eunuco de Candaces.

Cambio de escenario. Unido al anterior tan sólo por la participación del mismo protagonista, el diácono Felipe, que se pone en camino hacia el sur por la ruta que baja de Jerusalén a Gaza, ya que así se lo ordena el ángel del Señor.

Dos eran los caminos que unían ambas ciudades. El uno, más al occidente, que cruza el Wadi Es Saga y que se unía a la gran ruta caravanera de Siria a Egipto. Y el otro camino, el meridional, que descendía a Belén, Hebrón y Eleuterópolis, y bordeaba una región desértica hasta llegar a Gaza.

Fue en el camino de Jerusalén a Gaza, que entonces estaba desierto, donde Felipe va a encontrar a la persona a quien le había enviado el Espíritu del Señor.

“Marchaba Felipe por el camino que baja de Jerusalén a Gaza, cuando he aquí que un eunuco etíope, alto funcionario de Candaces, reina de los etíopes, que estaba a cargo de todos sus tesoros, y que había venido a adorar a Jerusalén, regresaba en su carro leyendo al profeta Isaías” (Hech 8:26-28).

El hombre que Felipe encontró por el camino es un etíope. Denominación que puede aplicarse no sólo a una persona de raza etíope, sino también a un residente en Etiopía, aunque fuese de raza judía y descendiente de las familias hebreas establecidas en aquellas regiones como parte de la diáspora.

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a. Gaza.

Gaza es una ciudad antiquísima, que fue habitada por los cananeos antes de la llegada de los hebreos a la Tierra prometida. Dicha ciudad, que en hebreo significa “la fuerte,” está situada a cuatro kilómetros del litoral mediterráneo, ya en la frontera con Egipto. Durante siglos fue una ciudad fortificada de los filisteos, que guerreó contra los israelitas y que fue célebre por las hazañas del héroe Sansón, que arrancó y cargó con las puertas de la ciudad (Jue 16:1-3).

Tras múltiples vicisitudes de destrucciones y reconstrucciones, en este tiempo al que nos estamos refiriendo había sido de nuevo reconstruida por Herodes el Grande e incorporada después a la provincia romana de Siria. Hoy, la “taja de Gaza” es uno de los territorios conflictivos, disputados por israelíes y palestinos.

La Etiopía que mencionan los textos del Nuevo Testamento no coincide geográficamente con la nación que hoy lleva ese mismo nombre, ya que entonces se trataba del país situado al sur de Egipto, desde Asuán, donde hoy está la presa del Nilo, hasta Kartum. Es decir, lo que hoy se llama la Nubia y el Sudán.

Del etíope se afirma que era eunuco. La palabra no tiene necesariamente la significación biológica de uno que ha sido castrado, sino que también, e independientemente de ello, sirve para designar en ciertas cortes orientales a un alto dignatario, encargado del cuidado del harén real o de otros menesteres importantes. Y en el caso actual sabemos que se trataba de un alto funcionario de Hacienda, encargado de los tesoros de la reina Candaces.

Candaces no significa en el texto el nombre de una mujer individual y concreta, sino que es el título del oficio con que se designaba a la reina de Etiopía. Algo así como hablamos del Faraón en Egipto o del Zar en Rusia. Quizá el nombre de Candaces fue originariamente el nombre de una mujer y reina famosa de Etiopía, y después la palabra se utilizó como título de la dignidad real, ya que sabemos que fue costumbre durante bastante tiempo que Etiopía fuese regida por una mujer.

Respecto a la religión de este dignatario, parece probable que por lo menos debía de ser prosélito del judaísmo, ya que se afirma de él que había subido a Jerusalén a adorar a Dios, y que en el camino iba leyendo un fragmento de un libro de un profeta mientras viajaba en su carro.

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b. Transportes En Carro

No se sabe cuándo exactamente el hombre empezó a utilizar el carro como vehículo de transporte, tanto en la paz corno en la guerra. La pieza más antigua que se conoce procede de Ur, de la cultura sumeria, y consiste en un vehículo de dos ruedas de madera maciza, compuesta de dos piezas semicirculares encajadas alrededor de un cubo de cobre. La primera utilización parece que fue bélica, aunque pronto los asirios y egipcios la emplearon también en cacerías y para viajar. Las tumbas egipcias han revelado suntuosos ejemplares de carros reales. Así como también se han hallado carros asiríos, cuyas ruedas estaban provistas de ocho radios. Bien pronto los carros de guerra se dotaron de hoces y de otros instrumentos cortantes para destrozar por aproximación a los otros carros. En Israel, el primer rey que mostró una preocupación por estas armas de combate fue Salomón, que creó varios campamentos de carros militares como los de Meggido y Gezer.

Por otra parte, el carro servía también para la comunicación de pasajeros. Los carros militares solían llevar una caja abierta por detrás, en la que iban el conductor o auriga y un arquero. Los de viaje eran más amplios y a veces estaban dotados de cuatro ruedas, y frecuentemente en su plataforma se instalaban asientos y también marchaba un esclavo o sirviente con un quitasol.

Como los caminos, excepto algunas vías romanas, estaban mal pavimentados y los carros no disponían de un sistema de amortiguación, el transporte en carro era muy molesto y necesariamente tenía que ser lento.

En la narración que estamos analizando, el ministro etíope iba leyendo o, quizá mejor, oyendo la lectura que le hacía un esclavo, como era entonces la costumbre. Y la lectura era del profeta Isaías, y por la forma como se citan sus palabras, se trataba de la traducción griega llamada de los Setenta.

Y con esto, ya podemos volver al camino de Gaza y al relato que los Hechos nos hacen del encuentro de Felipe con el etíope que iba en su carro.

“Y dijo el Espíritu Santo a Felipe: “Acércate y júntate al carro del etíope.” Y Felipe se acercó y le oyó leer al profeta Isaías y le dijo:

— ¿Acaso entiendes lo que lees?

Y el etíope respondió:

-?Cómo voy a poder, si alguien no me lo explica?

Y rogó a Felipe que subiera y se sentara con él. El pasaje que leía era éste:

“Fue llevado como oveja al matadero, y como cordero no bala ante el que lo esquila, así El no abrió su boca. En Su humillación, la justicia le fue negada. ¿Quién contara Su posteridad?, porque Su vida fue arrebatada de la tierra.”

El eunuco pregunto a Felipe: Te Ruego de quien dice esto el Profeta, ¿de simismo o de otro?

Felipe entonces partiendo de este texto de Escritura, se puso a anunciarle la Buena Nueva de Jesús.”

La cita pertenece a la parte de la profecía isaiana, que se llama “El libro de la Consolación,” y se halla en el capitulo 52, versos 7 y 8.

En este Libro de la Consolación se introducen cuatro cantos del Siervo de Yahveh. Se trata de un personaje misterioso, que en algunos casos es colectivo, y es el pueblo de Israel, y en otros textos se contrapone a El, ya que se refiere a una persona. Llamado por Yahveh desde el seno de su madre, plasmado por El y lleno de su Espíritu, se trata de alguien a quien Dios “ha abierto el oído” para que El a su vez pueda instruir a los hombres. Realizará su misión con dulzura, sin brillo externo, incluso con un aparente fracaso. Y estará expuesto a ultrajes y desprecios, que El aceptará sin desfallecer.

En el cuarto canto se describen más detalladamente los sufrimientos de este Siervo de Yahveh inocente, tratado como malhechor, querido por Dios y destinado a una muerte ignominiosa. En realidad, el Siervo se ha entregado a sí mismo en lugar de los pecadores cuyos pecados lleva, intercediendo por ellos. Y Yahveh, por un efecto inaudito de su poder, convierte este sufrimiento en la salvación de todos. Por todo esto el Siervo prosperará, verá una descendencia y las muchedumbres rescatadas le pertenecerán y será no sólo el Salvador de Israel, sino la Luz de las naciones.

Estos textos del Siervo de Yahveh, interpretados por los apóstoles y aplicados por la Iglesia primitiva a Jesús, ya que no en vano habían recibido la iluminación del Espíritu Santo, fueron sin duda parte de aquella catequesis hecha por Felipe a un eunuco etíope, mientras el carro rodaba por el camino solitario de Jerusalén a Gaza. Y esta catequesis obtuvo del eunuco la respuesta positiva de la fe.

“Siguiendo el camino, llegaron a un sitio donde había agua, y dijo el eunuco: Aquí hay agua, ¿qué impide que yo sea bautizado? Y mandó parar el carro. Bajaron ambos al agua, Felipe y el eunuco, y le bautizó. Y saliendo del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe. Y ya no le vio más el eunuco, que siguió gozoso su camino” (Hech 8:36-39).

El eunuco pregunta “si puede ser ya bautizado,” lo cual supone que Felipe le habló de este requisito para entrar en el nuevo camino. Como los dos descendieron al agua, esto parece indicar que el bautismo tuvo lugar por inmersión, que era efectivamente la única manera como se confería en aquellos tiempos. Según San Jerónimo, este agua o corriente era la fuente de Bethsour, a poca distancia de Hebrón, que brota en la falda de un monte, en la piedra miliaria número 20 desde Jerusalén a Hebrón.

San Lucas cierra el episodio con uno de sus rasgos característicos, que es la alegría del eunuco. Ahí es donde desaparece él de nuestra historia, aunque suponemos que a su regreso a Etiopía llevaría consigo la Luz y la semilla de la nueva fe.

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c. La Versión de los Setenta.

La versión de los Setenta es la traducción griega del texto hebreo de la Biblia, llevada a cabo en Alejandría y que recibió ese nombre en una carta legendaria, llamada de Aristeas, en la que se afirma que la traducción fue hecha por setenta y dos varones escogidos, seis por cada tribu, y que, tras trabajar asiduamente, la completaron en 72 días.

La realidad es que los Setenta no es una obra unitaria. El texto hebreo de la Biblia ya había sido traducido parcialmente en diversas épocas. Primeramente, se tradujeron los cinco libros del Pentateuco, hacia el año 250 antes de Cristo, en la época del rey Tolomeo Filadelfo II, y ése debió de ser el núcleo de la leyenda transmitida por la carta de Aristeas.

Más adelante se fueron traduciendo los demás libros, hasta quedar completos hacia el año 150 antes de Cristo.

La fidelidad y el valor literario de la traducción depende de los diversos autores que la hicieron. Se considera que la versión del Pentateuco es excelente; mientras que Isaías y los Profetas menores son bastante defectuosos. Respecto a Daniel, más bien que traducción se trata de una elaboración libre.

La importancia de los Setenta reside en el hecho de que la versión se propagó extensamente entre los judíos de la diáspora, y de que fue utilizada por la sinagoga contemporánea de los comienzos del cristianismo, y de que la misma Iglesia primitiva, cuando cita el Antiguo Testamento, lo hace a través de los Setenta. Hay además que reconocer que el texto presenta un estado muy puro y próximo al original, ya que no sufrió las tendencias uniformistas de los siglos i y u de nuestra época.

Con la creciente hostilidad de la sinagoga contra la naciente fe cristiana, los judíos achacaron a la Iglesia una utilización partidista y manipulada del texto bíblico de los LXX, y por eso se opusieron a hacer otras versiones distintas a la lengua griega, que se conocen por el nombre de sus autores judíos, como Águila (contemporáneo del emperador Adriano), Teodosión y Símmaco. Finalmente, el escriturista cristiano Orígenes, perteneciente a la escuela de Cesárea marítima, reunió todas estas versiones en una obra monumental llamada Hexapia, que contenía en seis columnas paralelas el texto hebreo, su trascripción en letras griegas y las diversas traducciones ya citadas, las cuales principalmente conocemos por las citas de Orígenes, ya que en gran parte las originales se han perdido.

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