Capítulo III. Masonismo y Religión

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CAPÍTULO III. MASONISMO Y RELIGIÓN

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MASONISMO Y RELIGIÓN

Los antiguos estatutos de la masonería, a partir de la constitución de 1723, exigen a sus adeptos que profesen la religión del país donde viven; y al masón, deseoso de comprender el “Arte Real”, le recomiendan que “no sea un ateo estúpido ni un libertino irreligioso”.

Con esta frase se quiere indicar que, siendo el fin de la masonería transformar insensiblemente el medio social, no se debe propugnar abiertamente el ateísmo; pues ofendería las ideas tradicionales, quedando gravemente comprometida, con tales provocaciones, la acción masónica.

En realidad, lo que se le recomienda es que “no sea un ateo estúpido”, sino más bien consciente de su ateísmo, es decir, ateo de principios; y que “no sea un libertino irreligioso” sino un libertino que -sepa guardar las apariencias de hombre honrado, a pesar de profesar como religión el libertinaje.

En las constituciones de 1806, 1826 y 1839 no se nombra para nada la religión; en cambio en las de 1854 y 1865 se coloca, como base de la masonería, el principio de la existencia de Dios y de la inmortalidad del alma

Por otra parte, los mismos estatutos, antiguos y modernos, ordenan prescindir de las religiones, mandan respetar las creencias particulares o la absoluta carencia de ellas, y prohíben rigurosamente cualquier plática o controversia sobre tema religioso.

En el fondo de tales disposiciones se advierte el indiferentismo más crudo y descarado, y una flagrante contradicción al profesar,- por una parte, el ateísmo, y al establecer, por otra, la fórmula ritual: “A la Gloria del Gran Arquitecto del Universo” (ALGDGADU); que en Algunos diplomas masónicos aparece en latín: Universi Terrarum Orbis Summi Architecti Gloria ab Ingentis (UTOSAGAI); o también: Ad Universi Terrarum Orbis Summi Architecti Gloriam (AUTOSAG).

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1. La religión de la “Humanidad”

Para los masones el Gran Arquitecto del Universo no es más que una palabra vacía de contenido. Cada masón puede interpretarla a su gusto; viendo en ella el ideal de la verdad, del bien, de la belleza, de la Civilización o del progreso que se realizará en el mundo moderno en forma totalmente masónica.

Para los grados “sublimes” – donde ya no hay simbolismo – este Gran Arquitecto es el mismo demonio – según lo atestigua también el masón convertido Leo Taxil -, el principio del Mal, “el Genio del Trabajo, el Ángel de la Luz, el Espíritu del Fuego, el calumniado de los sacerdotes y vengador de la Razón” – según los impíos Proudhón y Carducci – el cual dominará al mundo, después de su lucha victoriosa contra el principio del Bien, el Dios de los cristianos; porque él es el Bien, el Progreso, la Civilización, la Verdad y la Libertad.

Este es el sentido de la expresión ritual, y ésta es la “religión” en la cual están todos de acuerdo, según lo pide la constitución de 1723, a saber: “la religión de la “Humanidad”, cuyo centro de unión y de atracción es la masonería”.

La Revista Masónica Italiana de 1909, dice: “El Gran Arquitecto del Universo es la más completa y preciosa afirmación: del principio de la existencia y puede representar tanto al Dios de Mazzini como al demonio de Carducci; a Dios, como fuente del amor o del odio, y a Satanás, como el genio del Bien o del Mal” [1].

En el periódico “El Mundo Masónico” de 1862 se lee: “Nuestros antepasados adoptaron la fórmula genérica de “El Gran Arquitecto del Universo”, para que cada uno pueda venerar en él a su Dios, aún aquel que no cree en ninguno… Para nosotros masones, la única religión verdadera es el culto de la Humanidad” [2].

Sírvanos de ilustración el dato que nos suministra Ducarre al afirmar que halló 2.800 maneras de entender a Dios, para que cualquier masón pueda – de buena fe – ser ateo sin parecerlo [3].

Como vemos, los estatutos antiguos sancionan el más absoluto indiferentismo en religión. Si bien algunas constituciones posteriores admiten la existencia de Dios, sin embargo, la acompañan con la profesión de este mismo indiferentismo, al observar que la masonería no se cuida de las diversas religiones; obteniendo en ella igual acogida – en esta materia – tanto la verdad como el error.

Además, el Dios de la secta es una denominación genérica que puede aceptar aún el que no cree en Dios: una de tantas tradiciones anticuadas de la Orden. Hay afirmación deísta para consuelo de los timoratos, y hay ateísmo puro para estimulo de los audaces. Así se podrá vociferar sin empacho contra el “fanatismo, la superstición, el oscurantismo y el clericalismo” – o sea, contra el catolicismo y su doctrina – sin dejar, por eso – según piensan ellos – de ser católicos.

En agosto de 1849 el Gran Oriente de Francia insertó en sus Constituciones la creencia obligatoria en Dios y en la inmortalidad del alma, pero el 10 de septiembre de 1877 la Asamblea General sancionó, a pedido de las logias, el ateísmo; decretando se borrara de los estatutos masónicos el artículo de la existencia de Dios y de la inmortalidad del alma, y se sustituyera por este otro: “La francmasonería tiene por principios la libertad absoluta de conciencia y la solidaridad humana”.

Al comentar este incidente, dice el masón argentino Virgilio Lasca, que tal supresión de la creencia en Dios y de la inmortalidad del alma fue “fruto de un maduro estudio de los antecedentes de la Orden y sancionado en nombre de la libertad de conciencia. Tal hecho le atrajo al Gran Oriente de Francia la ruptura con la Gran Logia Unida de Inglaterra, gran parte de las Grandes Logias de Norteamérica y algunas potencias de su influencia, pero luego éstas recapacitaron y reanudaron sus vínculos fraternales, excepto la de Inglaterra” [4].

En tal fecha, pues, declárose oficialmente atea y materialista y proclamó a continuación la absoluta libertad de conciencia. Este adogmatismo fue ratificado en 1885. Protestaron los masones deístas de Inglaterra y de algunas logias americanas para salvar – por supuesto – las apariencias del respeto al qué dirán; pero la mayoría de las Obediencias y Potencias de la masonería universal se adhirieron. En otro lugar explicamos ya qué derivaciones tuvo el conflicto en la masonería alemana [5].

De aquí se deduce que el espiritualismo que pregonan algunas logias es totalmente ilusorio; pues aún las que se dicen cristianas profesan manifiestamente su repudio a todo dogma; y sí dejan a Jesucristo la gloria de haber sido “el primer héroe” de los principios humanitarios que ellos preconizan, no ven en su persona y en su doctrina evangélica más que la parte meramente humana.

Todos los masones – desde los iluminados, jacobinos, carbonarios y escoceses, hasta los socialistas liberales, anticlericales y laicistas – exaltan al célebre Jesús de Nazaret, al Rabí de Galilea, al Dulce Nazareno, al gran filósofo y filántropo, al primero de los “hermanos” y al más excelente de los “maestros”; pero, eso si, reducido a la simple talla de hombre y negada su majestad de Dios humanado.

Como los antiguos maniqueos, gnósticos, albigenses y apostatas templarios, se proclaman cristianos; más cristianos que los herejes protestantes y los sedicentes ortodoxos cismáticos, y más aún que los católicos apostólicos romanos, a quienes tildan de obscurantistas, ultramontanos, retrógrados – ultrapampeanos bárbaros, diría Sarmiento -, papistas nazi fascistas, fanáticos reaccionarios e intolerantes clericales retardatarios.

La Revista Masónica Argentina de febrero de 1902 afirma que “la fórmula del “GADU” es un símbolo que cada uno tiene derecho de interpretar según su libre ciencia y conciencia”.

“No se proclama la existencia del “GADU” – dice el masón argentino José C. Soto – sino únicamente para excluir la existencia de religión alguna positiva”. El Gran Arquitecto se confunde con las leyes de la naturaleza; por lo tanto, no existe la ley moral, ni tampoco sanción alguna. “En la pérdida de un ser querido, por ejemplo – dice la citada revista en su entrega de julio de 1903 – uno se debe resignar a las leyes inmutables del Universo”.

Los delegados a la Primera Conferencia Interamericana de la masonería, reunidos en Montevideo en 1947, llegaron a la siguiente conclusión: “El Gran Arquitecto del Universo es un Principio Ideal sobre cuya naturaleza la masonería no se pronuncia, dejando a cada masón su punto de vista particular” [6].

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2. Indiferentismo religioso y ateísmo

Oigamos ahora algunas afirmaciones de altos dignatarios de la masonería para conocer qué piensan con respecto a la religión.

El masón Bacci, en 1876, decía: “Es un gravísimo error, contrario a los principios de la libertad y del progreso, la afirmación de un Dios creador, personal y providente como el Dios de los cristianos” [7].
El doctor masónico Ragón, teólogo de la secta, escribió: “El Dios sobrenatural y personal es la mayor estupidez. Fue ésta una superchería empleada por nuestros padres para civilizar a la humanidad salvaje” [8].

El masón Gahem llegó a decir: “Solo los imbéciles, ignorantes y débiles de espíritu hablan y sueñan en un Dios y en la inmortalidad del alma”.

Weishaupt, fundador del iluminismo y gran autoridad entre los masones, dijo: “Todas las religiones son quiméricas, inventa das por hombres ambiciosos. Sólo sirven para hacer al hombre supersticioso y cobarde”.

El renombrado masón y socialista Proudhón declaró: “Nuestro principio es la negación de todo dogma. Negar, siempre negar, ése es nuestro método. Nuestro principio en religión es el ateísmo, en política la anarquía y en economía la abolición de la propiedad. Justicia para todos los hombres y guerra a Dios” [9].

El masón estadounidense John Strother dio esta definición: “La masonería, como existe en Francia, Italia, España, Portugal y en las Repúblicas de Sudamérica, es una asociación política antirreligiosa, que últimamente se ha desarrollado en una especie de secta antiteísta que no hace secreto de su odio a la religión revelada” [10].

Ilustra este juicio lo que leemos en la revista “Verbum”, del mes de octubre de 1947, órgano oficial del Gran Oriente Federal Argentino (G. O. F. A.), que reimprime la impía y blasfema “Plegaria del ateo”: “Me considero feliz de no ser lo bastante cobarde para temer, ni lo bastante débil para adorar a una criatura tan horrible como el Dios de la Iglesia”.

Si semejante blasfemia se ha impreso en la Argentina, nada nos extrañará que en el homenaje al Gran Maestre Sarmiento, el 11 de septiembre de 1957, el diputado socialista Américo Ghioldi, haya dicho en plena Convención Nacional reunida en la ciudad de “la Santa Fe de la Vera Cruz”, en la cual Cristo-Dios redimió al mundo y sobre la cual juraron los Constituyentes de 1853: “Cristo ha sido grande y ante su figura mártir podemos inclinarnos; pero la Humanidad es más grande que Cristo” [11].

En 1850 rezaba así el credo de la masonería española: “Creo en Dios como Supremo Arquitecto del Universo; creo en Jesucristo, solo hombre; y creo en la Iglesia, pero no la romana sino la Iglesia Universal, que se halla oculta en la masonería”.

El Gran Oriente de Italia declaró en 1901 que el Gran Arquitecto del Universo era “la Humanidad, el Progreso, la Naturaleza y las leyes cósmicas” [12].

El primer Convento Internacional de jóvenes masones reunido en Einhoven, Holanda, del 27 al 29 de abril de 1956, declaró: “Nuestra institución tiende a crear un ambiente en el cual uno pueda hallar, en un espíritu de absoluta autonomía, las bases para configurar el propio credo filosófico y religioso”. Este ambiente, saturado de indiferentismo religioso teórico y práctico, es el que hace condenable la masonería; pues se afirma que todas las religiones son iguales, adaptables solo al vulgo ignorante
y crédulo, no al hombre sabio e iluminado; no reconocen en ellas su origen sobrenatural, conceden libertad para abrazarlas o no; sostienen como religión únicamente la religión universal inspirada en el racionalismo y declaran que sólo se debe tolerar al que aún no posee la verdadera luz masónica, la cual es la única religión de la humanidad. Para los masones es lo mismo Cristo que Buda, su evangelio es el gnosticismo y, al provocar la apostasía general, destruyen los fundamentos de la fe. La masonería resulta ser, entonces, una escuela de naturalismo que afirma la moral autónoma, la divinización de la libertad, la inexistencia del pecado; de sanción ultraterrena, y que lleva una sistemática oposición al catolicismo y a la Iglesia, al dogma católico, al clero, a los sacramentos y al Dios personal, procurando laicizarlo todo, o sea, excluir prácticamente a Dios de toda manifestación y forma de vida social.

Alberto Pike – el papa de la masonería – dice en su libro “The Inner Sanctuary”: “La única religión y el único dogma es el que nos enseña la Naturaleza y la Razón” [13].

Estas citaciones ya nos van enseñando que la masonería es la antítesis del cristianismo y que, “cuando en las traslogias se rasga el velo del secreto y desaparecen los emblemas y alegorías de las iniciaciones masónicas, todo se reduce a estas palabras: Guerra a Jesucristo y a la Religión, exterminio del Catolicismo y hasta de la idea cristiana” [14].

El sanguinario José Mazzini, corifeo del carbonarismo masónico, escribió en su libro “Derechos del Hombre”, que Dios es la Humanidad; y su lugarteniente, José Garibaldi, Gran Maestre del Gran Oriente Siciliano, afirmó en el congreso masónico de Ginebra, reunido en 1867: “Yo entiendo por Dios la religión de la Razón. Por lo tanto el Papado, como secta perniciosa, queda excluido del número de las instituciones humanas”.

El masón mazziniano Juan Bovio declaró que “el Dios de la masonería es una reliquia arqueológica, una engañosa pantalla y un expediente político” [15].

El masón Lafargue exclamaba en el congreso masónico internacional reunido en Bruselas en 1886: “¡Guerra a Dios! ¡Odio a Dios! En ello está el progreso”.

El masón Golphin declaró, en la logia “Menfis” de Londres, que “los masones permiten el ingreso en sus templos a los judíos, protestantes, católicos y mahometanos en la esperanza de que abjuren de sus pasados errores y se despojen de las supersticiones y prejuicios con que fueron amamantados en su juventud. Porque, si así no fuere, ¿qué vienen a hacer éstos en nuestras juntas masónicas?” [16].

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3. Guerra a la Iglesia de Cristo y a la civilización cristiana

La masonería no solo desprecia la religión natural y profesa el más absoluto indiferentismo y el más descarado ateísmo, sino que también ha declarado guerra satánica a la Iglesia Católica.

Los autores clásicos de la masonería, como Ragón, Clavel, MacKey, Cassard, Pike, Williaume, Bruswich, Chereau, Bazot, Branville, Redarés y otros muchos, declaran en sus rituales y cursos filosóficos sobre la institución, que uno de los fines de la orden es “obtener que los adeptos masones renuncien a toda religión positiva, como es el cristianismo, sustituyéndola por la religión y moral universal e independiente” [17].

Por lo tanto, no sólo niegan la redención de Jesucristo, sino que afirman que la religión cristiana, basada en su divinidad, es.una solemne impostura.

La Memoria del Supremo Consejo de la masonería argentina presentada por su soberano Gran Comendador Fabián Onsari, el 27 de abril de 1946, dice: “Sobre las religiones y sobre las creencias estamos nosotros”.

En el Diccionario Enciclopédico de la Masonería, editado en Buenos Aires en 1947, leemos esta diatriba anticlerical y blasfema que no tiene desperdicio: “La falange negra recibe desde Roma la consigna por intermedio de los obispos, inspirada siempre en la intolerancia… La teología católica es el resto petrificado de rancias doctrinas; sus dogmas se hallan en contraste con los principios del moderno racionalismo que en los espíritus impera”.

Luego de injuriar al Papa llamándolo “el desgraciado prisionero del Vaticano que irrisoriamente se proclama a si mismo infalible”, continúa: “La teología ha muerto; la razón es la que impera.

Frente al edificio vacilante de los principios religiosos se levanta el edificio augusto del racionalismo y el positivismo moderno.

El Dios de la masonería es la Razón y no ese Dios comestible en forma de pan ácimo que se encoleriza contra los hombres y castiga sus faltas con espantosas catástrofes. Como de parte de la masonería está la razón, la justicia y el progreso y de parte del sacerdocio sólo militan el oscurantismo, la injusticia y el estacionamiento, éste es el enemigo irreconocible de aquélla”.

Y termina así: “El fanatismo y la superstición tienen aún profundas raíces y grandes multitudes de esclavos que les sirven sumisos. Es deber imperioso de todos los francmasones ocupar el puesto de honor que les está señalado frente a estos enemigos; e incumbe a las logias la difícil y gloriosa tarea de amaestrarlos y dirigirlos hasta hacer que sean dignos de titularse campeones de la “gran obra” de regeneración y progreso a que están consagrados” [18].

El historiador masón argentino Antonio Zúñiga, hablando del catolicismo, se atrevió a escribir estos solemnes disparates: “Religión que tanto daño ha causado en el mundo con sus intolerancias, sus rigores y sus miras estrechas y antidemocráticas. Ella importó la anulación del pensamiento y la muerte de la razón, generó los despotismos más absurdos y fabulosos que han aterrorizado a la humanidad, e impuso a sus adeptos la obediencia pasiva y el mutismo absoluto” [19].

En el “Manual de los Masones” – libro canónico de la orden – se declara que “suponer una masonería cristiana es una flagrante contradicción”; y en el ritual del grado 18 del Rosa Cruz dice: “La religión de los cristianos, adoradores del Dios muerto en la cruz, no es más que una superstición” [20].

Sin embargo “la masonería – afirma el Gran Maestre Andrés Cassard, grado 33, en su Manual Masónico – es la única y verdadera religión y los masones son los cristianos por excelencia a pesar de todas las excomuniones de Pío IX y de que, al condenarla, haya dicho que es una “secta criminal y compuesta de hombres inmorales y perversos” [21].

El conde de Canteleu, en su libro sobre las sociedades secretas, dejó escrito: “El verdadero fin de todas las sociedades secretas ha sido siempre, es, y por siempre jamás será, la lucha contra la Iglesia y la religión cristiana”.

Los masones de Lieja escribían, en 1866, a sus “hermanos” de Londres: “Libertemos a la humanidad por la ciencia; sustituyamos las esperanzas del cielo por las satisfacciones de la conciencia, y arranquemos del espíritu la vana preocupación de la vida futura” [22].

El masón Fernando Petrucelli decía, en 1862, en la Cámara de diputados de Italia: “La guerra al catolicismo en todas partes, por todos los medios y por toda la superficie del globo, debe ser la base granítica de nuestra política”. Sus disparates escritos en el libro “Memorias de Judas”, en el cual afirma que “Cristo murió tísico” (sic), los repetía el profesor Benjamín Posse en el Colegio Nacional de Tucumán en 1877.

En la Instrucción Secreta de 1846 de la Alta Venta de la carbonería leemos: “Nuestro objeto final como lo fue de Voltaire y de la Revolución Francesa, es el aniquilamiento, para siempre jamás, del catolicismo y hasta de la idea cristiana”. “¡Aplastad a la Infame!”era el grito de Voltaire; o sea, a Jesucristo, a la Iglesia, al Catolicismo.

Y el “sublime” masón Nubius refrenda esta consigna estableciendo como programa de la masonería, “la descatolización del mundo”.

Las logias de Bélgica declararon en agosto de 1857 que “la masonería combate a muerte al cristianismo. Es menester – decían – que la nación acabe con él, aunque sea necesario emplear la fuerza para curarse de esta lepra”.

El masón Conrado escribía en el “Bauhutte” – periódico oficial de la masonería alemana: “Nuestro adversario es la Iglesia Católica Romana. Ella es nuestra enemiga inexorable y tradicional. Somos masones y nada más. Escoged: o cristianos o masones”.

El anti-concilio de Nápoles, que reunió en diciembre de 1869 – como réplica al concilio ecuménico del Vaticano – a la flor y nata de la masonería mundial representada por setecientos delegados de América, Asia, África y de todos los reinos y principados de Europa bajo la presidencia del escritor político Ricciardi, declaró en su texto oficial, entre otras cosas, lo siguiente: “Los infrascriptos, delegados de las diferentes naciones del mundo, proclamamos la libertad de la razón contra el despotismo de la Iglesia; la escuela, libre de la enseñanza del clero; y la ciencia como único fundamento de las creencias Rechazamos todo dogma basado en la revelación, considerando que la idea de Dios es la

fuente y sostén de todo despotismo e iniquidad. Y contraemos el compromiso de trabajar por la pronta y radical abolición del catolicismo hasta su exterminio, por todos los medios, sin exceptuar la violencia revolucionaria” [23].

Más tarde, el congreso masónico de Milán, reunido en 1881, y la Asamblea General de la masonería de Italia, convocada en 1882, establecieron que “la acción masónica debe secularizar las obras pías, organizar secretamente las fuerzas “liberales” de la Nación, y conseguir del gobierno la secularización de los bienes de la Iglesia, la extinción de las órdenes religiosas y la abolición de la enseñanza en las escuelas”.

Posteriormente, en la circular cursada a las logias, decían: “Así prepararemos el camino para la secularización de la religión, la destrucción de la jerarquía eclesiástica y una legislación civil que todo lo coloque en manos del Estado; acelerando de esta manera el advenimiento de aquel día, en que el naturalismo pueda cantar el himno de la redención sobre las ruinas de la Religión y de la Revelación”.

En el Boletín de septiembre de 1885 del Gran Oriente de Francia se lee: “Los masones debemos perseguir la demolición definitiva del catolicismo”. Y el Supremo Consejo masónico confirmaba tal decisión con estas palabras: “La lucha empeñada entre el catolicismo y la masonería es guerra a muerte, sin tregua y sin cuartel” [24].

La revista de la masonería italiana del año 1886 llama al papa “víbora oculta en el seno de Italia, nuestro más poderoso enemigo”; y al papado, “la hidra sacerdotal, la peste negra, el perenne peligro de Italia y de la civilización”.

Recientemente el Soberano Gran Comendador de la masonería norteamericana, J. H. Cowles, decía: “Quien piense que la masonería mira favorablemente al Vaticano está ciertamente fuera de su seno”.

El Gran Maestre de Italia, Arturo Labriola, afirmaba en 1950: “Las autoridades eclesiásticas proclaman que catolicismo y masonería son entre sí contrarios y recalcitrantes. Con la misma altivez de nuestra fe laica y antidogmática toda dirigida al libre examen, nosotros afirmamos la misma cosa. Y añadimos: el que se siente y reconoce católico y creyente, yerra y se engaña si se alista en nuestras filas” [25].

En agosto de 1904, en el congreso masónico internacional de Bruselas, dijo el Gran Maestre Cocq: “Debemos luchar contra la Iglesia Romana para salvaguardar nuestra libertad de pensamiento”; y acotó el delegado Duse: “La lucha contra el Papado es una necesidad social y debe ser el fin constante de la masonería”.

El 20 de septiembre de 1902, el senador francés Delpech, presidente del Gran Oriente de Francia, anunciaba oficialmente: “El triunfo del Galileo duró varios siglos, pero ya toca a su fin. Ese Dios impostor y mentiroso que prometía una era de paz y de justicia a los que en El creyeran está destinado a desaparecer. Pasa también El acumulando el polvo de las edades como las divinidades da la India, Egipto, Grecia y Roma que vieron postrados ante sus altares muchos adoradores. ¡Hermanos masones!, la Iglesia de Roma, fundada sobre el mito del Galileo, comenzó ya su decadencia a partir del día en que se instauró sobre la tierra la masonería” [26].

Ese mismo año declaraba en Ginebra el Gran Maestre de la logia Alpina: “Tenemos un enemigo irreconciliable: el Papa, el clericalismo. Su ejército es negro como la oscuridad de la noche y numeroso como una nube de microbios que infectan el aire que nos rodea. Este ejército lucha para hacer el mal, así como la masonería se esfuerza para hacer el bien”.

Los masones dicen que ellos no combaten a los católicos sino a los clericales. Pues bien; en otro lugar hemos indicado ya qué es lo que dijo al respecto el senador masón Julio Simón en las cámaras de Francia; veamos ahora la explicación que dio del concepto que encierra este vocablo, el calificado masón Courdavaux en la logia de Lille en 1889: “La distinción entre catolicismo y clericalismo es meramente oficial para. el efectismo tribunicio. Pero aquí, dentro de la logia, digámoslo bien alto en obsequio a la verdad: catolicismo y clericalismo son una misma e idéntica cosa” [27].

De todos los desatinos y blasfemias que anteceden, y da centenares de testimonios que podríamos añadir, deducimos que la masonería es y ha sido siempre y en todas partes fundamentalmente atea y destructora del ideal cristiano.

Así lo certifican sus libros oficiales, así lo enseñan sus conspicuos doctores, así lo publica su prensa periódica, y así lo proclaman su historia, sus planes y su acción persecutoria contra los adoradores del Dios verdadero.

Sus adeptos se forman gradualmente, primero en la indiferencia religiosa de los grados iniciales hasta el anti-cristianismo de los rosacruces del grado 18 y el perfecto panteísmo de la filosofía religiosa de los judíos en los grados más elevados, para culminar en el luciferismo. La “luz masónica” prometida a los candidatos a las logias, acaba en las tinieblas de la filosofía kabalística. El delegado escocés en el congreso de Lausana de 1875, hermano Makersey, decía: “El Gran Arquitecto de la masonería no es el Dios creador adorado por los cristianos y por todos los hombres sensatos” [28]. La masonería, pues, es culpable del crimen de idolatría y satanismo.

Entre las numerosas conclusiones a que llegó el Congreso Antimasónico Internacional de Trento, de 1896, tras concienzudo examen de más de ciento cincuenta obras de autores masones, extractamos la siguiente: “Los masones son panteístas y ateos, su Dios es la materia, su objeto es la destrucción universal; en lo moral han deificado el mal y en lo intelectual hacen profesión de mentira y de blasfemia; y la última palabra de todos sus secretos y misterios es el culto a Lucifer”.

Así también lo señala monseñor Meurin al determinar la esencia y el fin último de la secta con estas palabras: “Los dos ejes sobre los cuales gira toda la doctrina y la moral, la teoría y la práctica de la masonería son la adoración de Satanás y el culto a la obscenidad. En una palabra, la masonería es el paganismo resucitado en su forma más inmunda, impía y repugnante” [29].

Por eso León XIII, al acusar a la masonería como totalmente enemiga de la Iglesia Católica y de la doctrina cristiana, afirma en su encíclica de 1884 que “los masones maquinan abiertamente la ruina de la Santa Iglesia con el propósito de despojar enteramente a los pueblos cristianos de los beneficios que les granjeó Jesucristo, Nuestro Salvador; que su principal y último designio es destruir, hasta los fundamentos, todo el orden religioso y civil establecido por el cristianismo, y que en su feroz e insensato propósito de acabar con la Religión y la Iglesia, parece reconocerse el mismo e inextinguible odio y sed de venganza que abrasa a Satanás contra Jesucristo.

Ellos han hecho suyas – continúa el inmortal pontífice – las máximas del naturalismo más crudo profesando, en consecuencia, el racionalismo más absoluto. Niegan los masones la revelación con sus dogmas y enseñanzas; niegan el pecado original y la redención; proclaman la moral independiente y la emancipación de las sociedades de toda religión; combaten los fundamentos de la religión verdadera; trabajan tenazmente por anular la acción del magisterio y autoridad de la Iglesia; coartan por todos los medios su libertad; despóticamente se apoderan de la enseñanza de la juventud y establecen el laicismo escolar y el matrimonio civil, abriendo las puertas al divorcio; favorecen por sistema la corrupción del pueblo, y dan rienda suelta a las pasiones a fin de tener a las masas más fácilmente dominadas para sus abyectos fines” [30].

Diez años más tarde, en su encíclica de 1894, insistía León XIII: “La masonería, cuyo funesto poder oprime desde hace mucho tiempo de un modo especial a las naciones católicas, lucha con todo ahínco por establecer firmemente su dominio y propagarlo siempre más con todo empeño. Ya salió de su escondrijo y acecho irrumpiendo a la luz pública de los Estados… Pero lo más triste del caso es que dondequiera que alcance a poner el pie se introduce en todas las capas del pueblo y en todas las instituciones del Estado hasta lograr, finalmente, los puestos más altos y el poder a discreción. Esta es, por supuesto, la calamidad más grande, pues son manifiestas la maldad de sus ideas y la perversidad de sus planes. So pretexto de reivindicar los derechos humanos y restaurar la sociedad civil, persigue encarnizadamente la fe cristiana, repudia la doctrina revelada por Dios, tilda de superstición los ejercicios de piedad, los santos sacramentos y otras cosas sagradas; se empeña en despojar de su carácter cristiano el matrimonio, la familia, la educación de la juventud, todo negocio, privado o público, y en arrancar del alma de los pueblos todo el respeto por la autoridad, sea humana, sea divina. Además enseña la secta que el hombre debe rendir culto a la naturaleza, deduciendo de ella sola los principios y las normas de verdad, moralidad y justicia. De esta manera se impulsa al hombre a la moral y a las costumbres de vida paganas, las que se hacen hoy día aún más licenciosas por los incentivos que se multiplican… Ante un peligro tan amenazador todas las precauciones que se tomen serán pocas” [31].

Para los masones la religión es la misma masonería, o lo que ellos gustan llamar, la “religión universal”, la “religión de la humanidad”, la “religión del porvenir”, la cual – según acabamos de demostrar – es una religión sin Dios, o más bien, una religión contra el mismo Dios, porque su Dios es Satanás.

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NOTAS:

[1] Revista Masónica Italiana. Año 1909, Pág., 44.

[2] Taxil, Leo. Los misterios de la francmasonería, tomo II, Pág.

245. Barcelona, 1887. Mundo Masónico; año 1862.

[3] Serra y Caussa, Nicolás, op. cit., I, 276.

[4] Lasca, Virgilio A. La Biblia contra la Universalidad Masónica,

Pág. 24. México, s/f.

[5] Meurin, Monseñor León, op. cit, (Filosofía…), Pág. 86.

[6] Dic.. Enc. de la Masonería, año 1947. Bs. As., tomo III, pág. 907.

[7] Mundo Masónico, año 1876, Pág. 348.

[8] Ragón, Juan, op. cit., N/ 99. Soler, Mariano. La Masonería y el Catolicismo, Pág. 80. Montevideo, 1884.

[9] En Benoit, Pablo, op. cit. Tomo I, pág. 17.

[10] Caro, José, op. cit., pp. 85 y ss. y 108.

[11] Diario de Sesiones de la Conv. Nac. de Santa Fe, Pág. 214, año 1957.

[12] En Civiltá Cattolica, junio de 1901 y marzo de 1959.

[13] Pike, Alberto, The Inner Sanctuary, pág. 271.

[14] Soler, Mariano (Monseñor), op. cit., Pág. 51.

[15] En Serra y Caussa, op. cit., Pág. 271.

[16] Íbidem, Pág. 275.

[17] Soler, Mariano, op. cit., Pág. 51.

[18] Dic.. Enc. de la Masonería, tomo II, Pág. 655 y tomo III, pp, 362 y 508.

[19] Zúñiga, Antonio R. La Logia Lautaro y la Independencia de América, Pág. 364, Bs. As., 1922.

[20] Soler, Monseñor Mariano, op. cit., Pág. 60.

[21] Cassard, Andrés. Manual de la Masonería, tomo II, Pág. 485. Año 1873.

[22] Neut, Armando, tomo I, Pág. 206.

[23] En Serra y Caussa, Nicolás, op. cit. (La masonería…) tomo I, Pág. 41.

[24] Boletín Oficial del Gran Oriente de Francia, septiembre, 1885.

[25] Rev. Civiltá Cattolica, septiembre, 1958; Rev. Balaustra, abril, 1950.

[26] Compte Rendu du Grand Orient de France, Pág. 381. Año 1902.

[27] Copin Albancelli, Pablo. El poder oculto contra Francia, Pág. 157. Año 1909.

[28] Meurin, Monseñor León, op. cit. (Filosofía…), Pág. 86.

[29] Íbidem, pp. 150 y 163.

[30] Colecc. Compl de Enc. Pont. Tomo I, pp. 308 y ss. (Humanun Genus del 20 de abril de 1884). Editorial Guadalupe, Bs. As., 1958.

[31] Íbidem, tomo I, pp. 521 y 522. (Praeclara Gratulationis del 20 de junio de 1894).

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