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De tus amplios brazos abiertos en la cruz, nos ofreces, Señor, tus tesoros: el Espíritu, la Iglesia, la Escritura y los siete sacramentos.
Divitias Christi! (¡Las riquezas de Cristo!) Estas palabras nos revelan el gran contraste que hay entre nuestra miseria y la infinita misericordia del Salvador, que inspira a la Iglesia, el acento de la oración de ésta cuando manifiesta a Dios la gran necesidad que tenemos nosotros de Él, y al mismo tiempo la invitación que a nosotros nos dirige para que contemplemos el misterio insondable de las riquezas de Cristo. Al confesar san Pablo su impotencia para medir las dimensiones infinitas de tal misericordia, evoca toda la amplitud de la obra salvífica de Dios, para darle gloria e invitarnos a abrirnos a las gracias que nos destina el Señor. La muerte redentora de Cristo, el don del Espíritu Santo, la Iglesia, las santas Escrituras, los sacramentos: he aquí los tesoros de vida divina que vienen a transformar nuestra existencia.
Pobreza y riqueza. Ciertamente que el hombre nada vale de por sí; pero Dios le ha dado todo al darle a su propio Hijo. De ahora en adelante, nuestra actitud, de dependencia total con respecto a Dios, ha de estar penetrada al mismo tiempo de gratitud y de alegría. Ahí es donde se encuentra la humilde hidalguía del cristiano su justificación y su secreto. Tomado del Misal Diario latín-español
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«Decimosexto domingo después de Pentecostés»
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