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«Mirad las aves del cielo, mirad los lirios del campo»: y confiad en vuestro Padre celestial.
Nadie puede servir a dos señores: al espíritu y a la carne, a Dios y al dinero. Es necesario escoger. Todo cuanto sea útil y bueno nos lo dará como añadidura la providencia magnánima del Padre de los cielos, que alimenta a los pájaros del cielo y da prestancia a los lirios del campo.
Nuestra elección la inspira el Espíritu de Dios, creador en nosotros, del hombre nuevo. Se libra una batalla entre nuestras malas tendencias: orgullo, egoísmo, deseo de placer, que apartan del Señor, y cuanto, por el contrario, tiende hacia Dios y nos acerca a Él.
La colecta de la misa expresa una confianza total y abandono filial entre las manos de Dios. Aunque sintamos muy al vivo nuestra impotencia humana, ello no impide la serenidad propia del cristiano; antes bien: hace que brote más pujante e insistente nuestra alegría de pertenecer a Dios y de vivir bajo su protección vigilante. En esto nos precede la Iglesia, la cual nos hace entonar canticos de confianza y de fe: «Más vale fiar en el Señor que esperar en los hombres. A nuestro alrededor acampa el ángel del Señor; gustad y ved cuán suave es nuestro Dios.» Tomado del Misal Diario latín-español
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«Decimocuarto domingo después de Pentecostés»
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