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El orgulloso fariseo que se pavonea, el humilde publicano que se golpea el pecho: «Os digo que el último será justificado y no el otro.»
Los dones que hemos recibido del Señor no proceden de nosotros, sino del Espíritu de Dios. Por tanto, debemos ponerlos al servicio de la Iglesia y de nuestros hermanos con espíritu de humildad.
La parábola del fariseo y el publicano hace resaltar de manera emocionante que de nada podemos enorgullecernos. Hay dos clases de hombres: los santos, que se estiman culpables de todas las faltas, y los pecadores, que de nada se juzgan reos. Los primeros son humildes: Dios los elevará al glorificarlos; los segundos son orgullosos, y los confundirá al castigarlos. Más profundamente define al hombre san Ireneo, diciendo que es «el receptáculo de los dones divinos».
Dios no se contenta con llamarnos a la práctica de los mandamientos. Da además su Espíritu para que transforme las almas y les inspire sentimientos cristianos. Tomado del Misal Diario latín-español
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«Décimo domingo después de Pentecostés»
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