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«Tomando los panes, dio gracias, los partió y los dio a los doce para que los repartieran a la hambrienta multitud; bendijo asimismo los peces y mandó distribuirlos»: imagen de la eucaristía, verdadero Pan de vida para los hombres.
«El Señor es la fortaleza de su pueblo.» Cántico magnífico de alegría y de varonil confianza, en que, una vez más, expresa el pueblo cristiano su confianza y su seguridad. El gradual, el aleluya y el ofertorio hacen eco a este hermoso cántico de entrada.
La epístola y el evangelio ponen de nuevo ante nuestros ojos nuestra condición de bautizados. Muertos al pecado por el bautismo, deberíamos vivir una vida nueva, en que no hubiese lugar alguno para el pecado; la vida de Cristo debe regular la nuestra y llevarla hacia Dios, sin ningún compromiso con la pasada esclavitud, de la que nos ha libertado. Mas sería irrealizable esta exigencia se santidad, e imposible de sostener nuestra marcha hacia Dios, si él no viniera en nuestra ayuda para comunicarnos la fuerza necesaria. Entre todos los socorros sobrenaturales que se nos prodigan y cuya acción bienechora canta la misa de hoy, ocupa el primer lugar la eucaristía. La multiplicación de los panes, que la anunciaba, muestra el pan cotidiano de nuestras fuerzas para seguir a Cristo «sin desfallecer en el camino». Tomado del Misal diario Latín-español
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Sexto domingo después de Pentecostés
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