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Tanto al banquete eucarístico, como al mesiánico, se invita a todos, aún a los más miserables. Únicamente se excluye a los que, satisfechos de lo que poseen, creen no tener necesidad de Dios.
La epístola recuerda el imperioso deber de la caridad fraterna. Siguien a Cristo, que se ha entregado por nosotros, debemos amar a nuestro prójimo hasta dar, como él, nuestra vida por los hermanos.
En el evangelio, la parábola de los invitados al festín vale tanto para la eucaristía como para el banquete mesiánico, al que estamos todos invitados. Cada vez que nos acerquemos a la sagrada mesa, acordémonos que esa «comunión» nos prepara para la unión definitiva de allá arriba. Las anticipaciones santificantes del sacramento tendrán su total perfeccionamiento en la felicidad eterna.
Las oraciones nos convidan a fijar nuestro amor en Dios, a despegarnos de las cosas de la tierra para «hacernos adelantar en la práctica de una vida verdaderamente celestial». [Tomado del Misal Diario latín-español]
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Segundo domingo después de Pentecostés
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