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En este nuevo paraíso que es la Iglesia, aprisco del Buen Pastor, los corderos, blancos aún del agua bautismal, acuden a las fuentes de salvación que hace brotar la cruz redentora.
Quince días después de los bautizos pascuales nos presenta la Iglesia a Cristo bajo la figura atrayente del pastor de nuestras almas. Luego de recordarnos san Pedro, en la epístola, cuánto ha costado al Salvador tarernos a su aprisco, a nosotros, ovejas errantes, nos cuenta el evangelio la maravillosa parábola en que Jesús se presenta a sí mismo como el buen pastor que conoce a cada una de sus ovejas, da su vida por ellas y las defiende del lobo rapaz. Él es el verdadero pastor, que realiza la profecía de Ezequiel, en donde se anuncia al Israel de la plenitud de los tiempos a un pastor que libertará a su pueblo.
El aprisco de Cristo es la Iglesia. En su seno nos prodiga su vida por medio de los sacramentos; su palabra, por las enseñanzas que ella nos da y todas las riquezas de su gracia para iluminar nuestro camino y sostener nuestros pasos en nuestra marcha hacia el cielo; por medio de ella ejerce cerca de nosotros el papel de único pastor. Colocado Pedro a la cabeza del rebaño, dio su vida por los que estaban confinados, y después de él continuarán los ministerios sacerdotales manteniendo en la Iglesia la presencia que nunca fallará del verdadero pastor de almas. [tomado del Misal Diario latín-español]
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«Segundo domingo después de Pascua» y Comentario sobre el Preámbulo Doctrinal con Roma
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Parte 1 de 2. Comentario del R.P. Mario Trejo sobre el Preámbulo Doctrinal con Roma
Parte 2 de 2. Homilía del R.P. Hugo Ruiz
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