Posteado por: Alejandro Villarreal | Sábado, abril 4, 2009

Domingo de Ramos

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Aproximábase los días de la Pascua, y a pesar de la excomunión lanzada contra Jesús por los fariseos y de la sorda persecución que empezaban a tramar contra él, continuaba su camino a Jerusalén, en donde, según había anunciado a sus discípulos, le esperaba pasión y muerte ignominiosa.

El entusiasmo, cada vez mayor, que habían suscitado sus milagros y su doctrina, hizo que fuera engrosando la multitud que le seguía, aclamándole por el mayor de los profetas y el libertador de Israel.

Al llegar al monte Olivete, cerca de la aldea de Betfage, llamó Jesús a dos de sus discípulos, y les dijo: “Id a esa aldea que está enfrente de vosotros. Hallaréis a su entrada una pollina atada y su asnillo, en la cual nadie ha montado traedlos, y si alguien os pregunta por qué obráis así, decid que el Señor los necesita y al punto os lo cederá”. Hicieron como Jesús había dispuesto: extendieron los apóstoles sus vestidos sobre el jumento, y Jesús, cabalgando sobre la humilde bestia, entró triunfante en Jerusalén entre las apretadas filas de las turbas, que, transportadas de júbilo, alfombraban con sus vestidos y con palmas y ramos de árboles del camino por donde había de pasar, clamando:

“¡Hosanna al hijo de David; bendito el que viene en nombre del Señor!”

El regocijo con que los habitantes de Jerusalén y de los pueblos circunvecinos recibían al Señor exacerbó más el odio y la envidia de los fariseos y doctores, que se decían consternados: “Ved cómo nada conseguimos; el mundo entero corre en pos de él”.

Contemplaba Jesús los muros y el templo magnífico de la ciudad santa, y arrasados en lágrimas los ojos exclamó: “¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que a ti son enviados! ¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos como reúne la gallina a sus polluelos al abrigo de sus alas, y tú no lo has querido! Llegarán días en que te rodearán tus enemigos en apretado cerco, y no quedará en ti piedra sobre piedra. Perecerán tus hijos al filo de la espada, y serán llevados cautivos a todos los pueblos; Jerusalén será hollada por todas las gentes, hasta que llegue la plenitud de los tiempos en las naciones”.

Esta plenitud de los tiempos se refiere al fin del mundo y al Juicio final; que Jesucristo anunció a continuación de la profecía de la ruina de Jerusalén, sin que deban confundirse ambas profecías, aunque enlazadas en los relatos evangélicos. Respecto al tiempo en que se verificará el fin del mundo, declaró que ni los ángeles del Cielo, sino sólo Dios lo sabe. Pero indicó las señales que precederán a la venida final del Hijo de Dios, para juzgar a los hombres: guerras, hambres, pestes, terremotos, la disminución de la caridad, el predominio de los impíos y la persecución más terrible en contra de los ministros de Dios, la predicación del evangelio en todas las regiones de la Tierra, la abominación de la desolación del lugar santo, según las predicciones de Daniel. El terror invadirá a los hombres por causa de males tan espantosos, que no sólo no los habrá presenciado iguales la Humanidad en ninguna época de la Historia, sino que harán perder la fe a muchos cristianos. Aparecerán falsos Cristos y falsos profetas, que seducirán con engañosos prodigios aún a los escogidos, y por último, menguará la luz del Sol, desaparecerá la de la Luna, se conmoverán las estrellas del cielo, y entonces aparecerá la señal del hijo del hombre en medio de los alaridos de todas las tribus de la Tierra, que le verán entre las nubes del cielo con gran poder y majestad, mientras el clamor de las trompetas angélicas congrega a los justos de todos los confines del mundo. A éstos, ovejas suyas colocadas a su diestra, benditos de su Padre, los pondrá en posesión del reino que tiene preparado, por haber cumplido su ley y obrado la caridad con él en la persona de los indigentes; y los impíos, representados por cabritos puestos a su izquierda, los arrojará malditos al suplicio eterno.

Extraído de ‘Historia Sagrada’ del R. P. Pedro Gómez.

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Domingo de Ramos por Giotto

'Domingo de Ramos' por Giotto di Bondone

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